Le compré a un peruano en El Rey un CD de cumbia de Los Mirlos. Estábamos cerveceando con mi ticki cumbiantera cuando apareció el peruca cargado
de cds y dvds piratas. Estaba mordiéndole los labios, tocándole las manos, bajo las luces multicolores de ese barsucho del Superconsti, cuando
plaf, cayeron ellos, los cds. Me los puso encima de la mesa, una montaña de soldaditos musicales y me desesperé, y con ella, comenzamos a elegir
ballenatos, cumbias tropicales, José José, Jerry Rivera, Juaneco y su Combo, tres de Karicia, mi grupo preferido. Los Mirlos son lo mejor del
Perú y de la música andina, un día les contaré la historia de ellos. Nos sentíamos como unos “Cumbianteros junto a la orilla del mar”. Mi ticki
sacó cinco pesos de su cartera y me compró. El poder verde, de Los Mirlos. –Este tema habla de un curandero, es el poder verde, nos dijo el
peruano. –¿Qué es el poder verde? –le dijo sonriente, medio en joda, moviendo las tetas, mi ticki atrevida.
–Es el poder de la selva, que cura cualquier mal. Siempre hay un representante de la selva entre no-sotros, ese rol lo cumple un curandero. –Y,
¿qué cura ese curandero? –le dije preocupado.
–Lo que sea, hermano, lo que tengas, yo conozco uno. Si tienes un mal yo te llevo con él por 15 pesos.
Con mi ticki cumbiantera y guevarista abrimos los ojos, mirándonos.
–Ya sé lo que pensás, atorranta –le dije–. Pasa que mi ticki está preñadísima de dos meses. Es decir, hace dos meses que no le baja la sangre. Yo
estoy casado hace diez años, tengo tres hijos y una mujer. Pero estoy enamorado de mi ticki guevarista, estudiante de Sociales, perteneciente al
grupo Liberación y ahora preñadísima de mí o de quién sea, que eso nunca se sabe.
Continué:
–Vos sos tan atorranta, tan trola, que merecés que te lleve a ese curandero pa’ que te baje la saina.
–Cucu, diablo, vamos ya.
Y entre besos mordiendo sus labios gruesos que son un espectáculo, un puro y vacío show como las marchas en la plaza. Y ella a cada agite me
dice, “nos vemos en la Plaza”. Y yo tengo que ir a buscarla entre peronistas, progresistas, piqueteros, clases medias y vendedores de lo que sea,
que esa es la única gente rescatable de esas marchas.
Hace un rato venimos de una marcha donde pregonó una Madre de la Plaza de Mayo y leyó la carta de Rodolfo Walsh, demasiado aburrida.
–Terminemos la birra y vamos –me dijo mi ticki, en ese bar peruano demasiado antro, demasiado achacoso pa’ conocer de Madres y revoluciones y
desaparecidos. Siempre habrá un lugar más allá de todo y es este barcito peruano y metacumbiero del barrio de Constitución.
Caminamos con el peruano por Salta hasta Caseros y nos metimos en un conventillo. Me dijo:
–Esperen acá que voy a tocarle la puerta al curandero.
De una pieza sonaba la música de Rodrigo. Jugaban los niños a pesar de la hora. Esperamos en la oscuridad, besándonos.
–Pasen chicos –gritó de una pieza el vendedor de cds.
–Diganmé –nos dijo una voz en la oscuridad de la pieza. Era el curandero. Estaba sentado en un banco, con un atuendo de todos los colores y unas
velas alrededor. Tenía una vincha roja y una peluca de pelo lacio, amarillo.
–Sientesé chicos y cuentenmé. Soy el curandero del amor.
–Está preñada, curandero del amor.
–Ah, te felicito, comerte semejante bombón.
–No maestro, esto es cosa seria. No estamos para tener un hijo...
–Pero muchacho, usted es joven, puede trabajar. Un hijo es una bendición de Dios.
–Sí, maestro, pero ya tengo dos y ella tiene 17 años.
Mi ticki se reía de nuestra conversación y se mordía los labios, los dedos. Si tenía una pija la chupaba. Su mirada estaba llena de sexo en la
oscuridad, como siempre.
El curandero dirigiéndose a mi ticki.
–Y vos, nenita, ¿no te gustaría ser madre?
–Sí, curandero del amor, es lo que más deseo en la vida. Pero el Cucu me baja el pulgar.
–Ay, muchacho, andar poniéndola sin hacerse cargo de las consecuencias.
–Por eso, porque me hago cargo de las consecuencias es que será bueno que le baje el período.
–Bueno, viendo que las voluntades son irrevocables y están en contra de la vida. Llamemos al Dios de la Selva. San Poronga.
–¿San Poronga? –preguntamos a la vez con mi ticki futura mamá.
–Sí, San Poronga, el Rey del Perú. Protector de las abuelitas y de las púberes de los degenerados como vos.
–La culpa es del viagra y de la cumbia.
El curandero mirando a mi niña.
–Esto te pasa por bailar la cumbia.
–¿Por qué por bailar la cumbia?
–Te emborrachás, te prendés de un negro y te perdés con la cerveza y los besos. Al final terminás garchada en un telo o una pensión o encima de
un auto.
–Yo bailo buscando el amor.
El curandero se paró de su banquito sopló un manojo de inciensos con olor a lavandas y mentas. Se acercó a mi ticki y comenzó a manosearla y
decir cosas en voz alta.
–San Poronga, protector de los hijos de la Selva. Conductor del Semen y de los Hongos. Hijo del Océano Pacífico, protege a esta hija tuya curepí.
Haz que la sangre le baje en este preciso momento, por el bien de todos. Y en nombre de la Salud, te lo pide tu hijo.
Me di cuenta enseguida de que a este maestro se le pasaba la mano con la religión. Se franeleaba a todas las cumbianteras de la bailanta, a todas
las guachitas que preñaban por culpa de la cumbia. Iba a la puerta de la bailanta y repartía volantitos. “No tengas hijos con un desconocido, si
quedaste embarazada vení a visitarme que te vuelvo la sangre.”
¿Qué más? Nos dijo que esperáramos 15 minutos y si no le venía se sentaría en una cama donde se procedería a bajar la sangre.
–Bienvenida al desangradero. Sacate la pollera y la bombacha y acostate en la cama.
Apagó las luces casi hasta que no se veía nada en la pieza del yotibenco de la calle Pedro Echagüe y Santiago del Estero. Una vez que bajó las
luces prendió un foco rojo que había al costado de la cama arriba de una silla. Yo me quedé en la puerta inmóvil, me temblaban los pies. El
curandero del amor se arrodilló delante de la chuchita de mi ticki y comenzó a introducirle un dedo, después otro y otro. Mientras le introducía
dos dedos comenzó a darle besitos en el clítoris y a pasarle la punta de la lengua.
Al lado mío, me codeaba el vendedor de cds piratas.
–Eh, maestro, la traje para que la cure. No para que se la garche.
–Lo que estoy haciendo no tiene interés sexual, muchacho. Estoy lubricando la zona para que no hayan rispideces.
–Todo lo que usted diga, maestro, pero si hay que lubricar me debería haber pedido permiso a mí. Esta ticki es MI TICKI. Y todo lo que se diga o
haga con respecto a ella debe informármelo a mí.
–Bueno, vení hacelo vos. Si sabés tanto.
El curandero se corrió de las piernas de mi ticki. Antes rezó tres Padres Nuestro.
Se lavó las manos en una palangana. Usó jabón blanco de lavar la ropa. Y 15 gotitas de agua bendita. Sacó dos pinzas horribles de un bolso y las
puso adentro de un microondas que estaba al lado de la cama. Empezó a decir cosas inconexas, frases de oraciones, bendiciones. “En nombre del
Padre que ve todo lo mal que hacemos y nos perdona ... En nombre de los errantes que yerran por alejarse de Dios ... Por el Sr. Porongón,
Convertidor del Pecado en Pureza ... Protege a esta cierva pecadora de la cumbia ... Oh, Gran Misericordioso Creador del Cielo y de La Tierra ...
no es más que un ángel descarriado.” El microondas giró cuatro minutitos y sacó las pinzas humeando.
–Hay que quemar las paredes del útero. Y después bendecir con agua bendita. Esto va a doler.
Cuando con el vendedor de cds truchos vimos las pinzas hirvientes nos agarró un temblor en todo el cuerpo. El se tapó la boca y dejó caer la
cajita con los compac que sonaron en el piso creando entre todos una cumbia.
La cumbia de la tristeza infinita.
El vendedor de cds me dijo:
–Negro, jugate, no dejés que le haga nada.
No esperé ni un segundo y salté encima del curandero y le dije.
–Espere esto no es necesario. Vamos a tenerlo.
–¿Tener qué? –me preguntó el curandero enojado.
–El hijo. Vamos a tener el hijo.
La oscuridad de la pieza era total, de una pieza sonó una cumbia que decía que no se podía amar a dos, bien sabes. Fue ahí cuando vi la cara de
ella en la cama, sus labios brillantes, su pelo corto. Era como la cara de una virgen a punto de ser ejecutada, era como una adolescente en un
campo de prisioneros a punto de ser torturada. La vi tan hermosa y lloró.
Entre lágrimas me dijo:
–Cucu, mi amor, te amo, pero no podemos tenerlo.
En ese momento deseé que estuviéramos en el bar peruano comiéndonos una corvina con arroz; tomándonos una Condorina helada, mirándonos a los ojos
y prometiéndonos todo el amor del mundo. La agarré de la mano y comencé a llorar. El curandero del amor seguía con las pinzas en alto esperando a
que nos decidamos.
–¿Y? ¿Qué hacemos? En dos segundos se ahorran los problemas de una vida.
Le grité que no, que nos íbamos. Entonces ella se sentó en la cama y me pegó una cachetada y otra más.
–Puto, puto. No quiero tener un hijo tuyo.
Y lo miró al curandero.
–Y usted, déjese de joder y meta esas pinzas.
Yo me quedé volando entre mis lágrimas por el cachetazo de mi ticki: Sentí sus alaridos de dolor. Después fue todo sangre. Las sábanas, la cama,
la pieza, el barrio y el barcito peruano. El mundo fue rojo, como la Unión Soviética o la cancha de Independiente de Avellaneda.
El curandero del amor se asustó.
–Hay mucha sangre, hay que quemarla o se morirá desangrada.
Mi ticki cumbiantera, mi compañera fiel, mi hermana, mi todo, sangraba sin parar. La sangre inundaba el piso como una inundación. Como un río de
sangre. La sangre de nuestro amor, la sangre de mi vida.
–Va a haber que hacer una curación doble de urgencia.
El curandero corrió hasta el ropero. Tiró la ropa que había adentro y sacó un nebulizador. Con la manguera me ató el brazo y con una jeringa
comenzó a sacarme sangre.
–¡Sangre! –gritó.
Yo sentí el pinchazo y la sangre que salía de mi cuerpo.
–¡Cerrá el puño, pelotudo! –me volvió a gritar.
Cuando terminó voló la goma del nebulizador dándome otra cachetada en la mejilla.
El curandero corrió hacia la cama y se la inyectó intravenosa.
–¡Sangre! –gritó y me pinchó.
Me sentí mal aferrado a la mano de mi ticki.
–Mejor me voy que va a venir la policía –dijo el vendedor de cds truchos.
–¡Sangre, que se nos va! –gritó el curandero y saltó con la jeringa hacia el vendedor que no atinó a nada. Le pinchó el brazo con gran maestría y
le sacó un litro.
El vendedor pegó un grito de dolor.
–Gracias, hermano, le dije y le di un beso. Cuando tenga plata te compro todos los cds.
El curandero giró y le inyectó la sangre a mi ticki. Se desabrochó la manga y mientras gritaba, sangre, sangre, se clavó sin pestañar la jeringa
en un brazo y ya esto era un toqueteo, un pinchaderío sin ton ni son. Se pinchaba y ya la pinchaba a ella y se volvía a pinchar y le daba más
sangre a ella. Era tanto el bardo y la desesperación que incluso vi cómo la pinchaba a la propia ticki sacándole sangre de un brazo y
poniéndosela en el otro. “Lo importante es que la sangre fluya”, dijo. Yo estiré mi brazo y me dio dos pinchazos pero ni por asomo asomó una gota
de sangre. “Está vacío”, dijo. De brazo en brazo caían gotones de sangre que el curandero chupaba “para no perderla”.
Al curandero se le cayó la peluca y se despegó de su traje de curandero y se sentó en un banquito.
–¡La salvamos, pongan cumbia, carajo!
Yo me alegré de la vida. Salté al minicomponente Aiwa y puse Los Mirlos. Y sonó de casualidad el Poder Verde. Lo puse a volumen 55, la pieza
retumbaba que volaba. Sólo un aparato japonés puede poner la cumbia a 55 de sonido. El gran plan de los japoneses es que un día prendamos un Aiwa
y volemos en mil pedazos. La cumbia se escuchaba hasta en la Luna.
–¡El poder Verde! –gritó el curandero.
Teníamos los brazos dolorosos pero estábamos contentos.
Como si fuese un cuento de García Márquez, pero más divertido y con cumbia. Pos, qué es esta vida de hambre, sino puro realismo mágico al revés.
Sea como fuere, la cama de mi ticki se comenzó a elevar en medio de aquel cuartucho horripilante, mientras sonaba “Eres mentirosa”. Golpeaba
contra el foquito del techo e iba flotando de un lado a otro de la pieza, como una vez vi, que flotaba en llamas la cama de Frida Kahlo, en una
película yanqui. Y ustedes no lo van a creer, pero las cosas que pasan en las películas, también pasan en la vida. Si piensan que macaneo vengan
a caminar por las calles de Constitución y verán que esto es ciencia ficción sudamericana.
–Esta es una curación doble. Hay que hacer la otra parte de la curación.
–¿Qué otra parte de la curación? –le pregunté. Yo lo miré al curandero trucho que no era otro más que el mismo hermano del vendedor de cds y, a
los cds, los copiaban en el mismo Aiwa multipotente, en el cual ahora sonaba “Lamento de la selva”.
Che, que ahora me doy cuenta lo justo y hermoso que es el amor pese a todo, lo digo ahora que pasaron tres días y ya me puedo sentar y caminar.
Che, que no hay nada más justo en la vida que el amor y el sufrimiento. El curandero fue y quemó de nuevo en el microondas las pinzas y me dijo
que el amor se hace entre dos y que para que no vuelva a ocurrir era necesario, que no dolería nada, que piense en María que al lado mío, boca
arriba, y yo boca abajo, me agarraba de las manos y sonreía y fue tan linda su sonrisa, pese a todo, fue una sonrisa de amor y alegría y
comprendí que a pesar de todos los problemas, el amor es lo más lindo que nos pasa, pese a todo, y la cumbia no dejaba de sonar mientras yo me
bajaba los pantalones, en el acto más justo de la vida, mientras el curandero del amor me metía las agujas hirvientes en el centro oscuro y acre
y con olor a mierda de mi ser.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-162026-2011-02-09.html
“La vinculación del hombre con el infinito
Hay que reconocer que este año el jardín está distinto. Primero fueron los pájaros. Empezaron a llegar a principios de diciembre y desde entonces
todos los días bajan al jardín en vuelos nerviosos. Pero se posan seguros sobre el pasto, firmes sobre la fragilidad de las patas. Clavan el pico
en la tierra, lo hunden, escarban, maniobran una lombriz y la sacan a la superficie. Después vuelven a levantar vuelo. La operación no dura más
que un par de segundos. Hay que verlos cómo remontan otra vez, mientras la lombriz les cuelga del pico agitándose en el aire. Debe de ser
terrible para las lombrices. Estar en la oscuridad de la tierra húmeda sin ni siquiera sospechar la amenaza ni nada de lo que pasa acá arriba. No
pueden ni siquiera intentar la defensa. Qué terrible estarse ahí, a cierta profundidad, en la seguridad oscura de la tierra húmeda, y de repente
un golpe y algo que penetra con fuerza. Una punta que se clava, las atrapa y las levanta por el aire sin darles tiempo a nada. Me pregunto cómo
saben los pájaros dónde están las lombrices. Cuál es la señal. ¿Largan algún olor las lombrices? ¿Tienen olfato los pájaros? ¿O es que hay toda
una capa de lombrices por debajo de la tierra? ¿O es que los pájaros intuyen, prueban a acertar?
Llevo días tratando de que Mía observe eso. Un pájaro hundiendo su pico para cazar su presa y llevársela lejos para comerla. Pero no hay caso.
Siempre pasa algo. O ella está distraída cuando llega el pájaro. O en ese momento justo entró en la casa y por más que yo la llame y ella corra
nunca llega a tiempo para verlo. En fin, la cuestión es que no logro que Mía vea esa operación.
Mía acaba de cumplir cuatro años y es muy menuda. Vive en un departamento en el centro de Buenos Aires, y suele venir a Adrogué a pasar unos días
durante las vacaciones de verano. Pero algunas cosas de esta vida en las afueras le complican los días de su existencia urbana, siempre más
seguros. Un año fueron las hormigas. Si una hormiga se le cruzaba en el camino, ella se paralizaba frente al insecto y había que correr a
rescatarla. Otra vez fueron las moscas. Se encogía y enseguida replegaba su pequeño cuerpo cuando una mosca le volaba cerca. Tanto con las
hormigas como con las moscas, Mía tardó varios días en reconocer la falta de peligrosidad de esos insectos y aunque finalmente lo entendió,
siempre siguió mirándolos con un resto de desconfianza y un leve frunce de los labios en señal de rechazo y de asco.
Este año empezó con eso de las alarmas desde el primer día que llegó. Anoche cuando volvió a preguntármelo estábamos en la cocina las dos.
Preparábamos café.
–¿Oís las alarmas, tía?
–¿Qué alarmas? –le dije.
Sería mejor que tomara una taza de leche o un jugo, que comiera una fruta. –Los nenes no toman café –le dije.
–¿Qué nenes? –preguntó.
Después se puso en puntas de pie y se colgó de la mesada.
–Yo sí –me dijo.
Y controló que yo pusiera la misma cantidad de café en su taza que en la mía. Pero algo le interrumpió esa supervisión.
–Shist –me advirtió.
Su dedo índice señaló lo alto y entonces supe que otra vez Mía estaba oyendo las alarmas.
–¿Vos oís? –me insistió.
Puse dos cucharas de azúcar en cada café y revolví. Me pregunté si el ruido que Mía registraba vendría de la radio que sacamos al jardín para
escuchar música. Pensé en una interferencia, tan común, por otra parte, por el acople de las antenas. O tal vez sería la música misma, algún
instrumento. “Un éxito cada tres minutos” es el título del programa que escuchamos y que un conductor de voz arenosa repite antes y después de
cada canción.
Mía levantó sus hombros minúsculos y me dijo que podía ser, que la música podía ser. Pero enseguida volvió a pensarlo y se arrepintió.
–No, no, no –dijo–. Son las alarmas que suenan acá cerca.
¿Sería eso? ¿Los sistemas de seguridad de las casas de la cuadra? En este barrio a veces las alarmas se disparan por distracción de los dueños.
Son apenas unos segundos y puede que ese sonido que aparece con cierta frecuencia sea tan familiar para mí que ya ni siquiera lo registre. Por
qué no.
–Pero no te asustes –le pedí.
–No me asusto –me contestó–. Quiero que las oigas.
Hacía calor pero era una noche clara y despejada y se estaba bien afuera. Por eso le dije que tomaríamos el café en el jardín. Y porque además
este año ella está muy interesada en el cielo. Yo, como puedo, trato siempre de responderle las preguntas que me hace. A veces también durante el
día ella mira cada tanto hacia arriba para supervisar la salida de la luna pero nunca dice nada en esos momentos.
Hasta que la luna aparece.
Y entonces ella suspira.
A veces se da cuenta de que la estoy observando.
Y entonces sonríe.
Después vuelve a mirar al cielo y ahí nos quedamos las dos juntas sin hablar.
–¿Alguna vez acariñaste la luna? –me preguntó anoche cuando salimos a tomar el café al jardín. Estábamos sentadas en el banco largo y buscábamos
en qué parte de la hondura del cielo estaba la cara de plata.
Unos momentos antes, habíamos regado juntas las flores y también el pasto. Ahora las dos estábamos descalzas y el pasto recién regado nos
humedecía los pies y eso nos daba una cierta frescura en el cuerpo.
Un perro ladró en la calle unos ladridos histéricos y agudos.
Ella apoyó el costado de su pequeño cuerpo sobre el mío antes de insistir.
–¿La acariñaste alguna vez? –dijo y me miró.
Y como no me gusta mentirle le contesté que sí, que algunas veces la acariño, y ella me dijo entonces que también. Algunas veces.
Primero fueron los pájaros atrapando lombrices bajo la tierra. En casa eso no había pasado nunca antes. Ni siquiera aquel verano tan lluvioso en
que, por el exceso de agua, el pasto crecía rapidísimo. La tierra estaba tan húmeda que hasta las lambertianas, que tardan tanto en tupirse y son
lentísimas para desarrollarse, largaban sin embargo sus ramas nerviosas. Las hojas de los cipreses crecían en crestones tan cargados que había
que apurarse a podarlos para emprolijar los cercos deformados.
Los pájaros llegaron a principios de diciembre y unos días después aparecieron las mariposas. Hasta entonces era común ver en el jardín una
mariposa planeando cada tanto o desplazándose hacia las flores de los canteros más cargados. Común pero raro al mismo tiempo, porque ya casi no
se ven mariposas, ni siquiera en los jardines de los suburbios como éste. Pero cuando tantos pájaros cazando lombrices a nuestro alrededor eran
todavía una sorpresa en el jardín, aparecieron las mariposas. Dos mariposas juntas volando hacia los rosales por la mañana. Tres para acá y para
allá al mediodía. Otras tres revoloteando nerviosas y ágiles cerca de la retama. Al atardecer del día siguiente, puñados de mariposas blancas
sobrevolaban las salvias azules. Dicen que antes las mariposas eran de un único color, que sólo había mariposas blancas y que después de la
revolución industrial se fueron tiñendo de otros colores por los gases tóxicos que quemaban las industrias, y por la contaminación con que las
fábricas arruinaron los ríos y el medio ambiente. Pero en este jardín hay mariposas blancas y de colores, con lunares, a rayas y combinadas. Así
que acá tenemos mariposas pre y post revolución industrial mezclándose en sus vuelos cruzados. Ahora ya casi no causa ninguna sorpresa pero al
principio sí. Aunque son tan delicadas y siempre un poco sutiles, la verdad es que al principio fueron un sobresalto. Llegar de la calle, poner
apenas un pie en el jardín y encontrarse siempre una bandada de mariposas que remontan vuelo y se pierden en el aire extranjero de las casas
vecinas o de la calle. Cuánto tiempo habrían estado esas mariposas ahí, quietas, en la soledad del jardín sin gente, en la hondura de los
silencios sin voces. Por qué se van siempre, tan distantes, tan ágiles, tan nerviosas. Por qué se van.
Pero Mía tampoco me hizo mucho caso con las mariposas porque seguía preocupada por las alarmas.
Y anoche empezó otra vez mientras estábamos en la cocina preparando el café.
Después salimos las dos al jardín y apoyamos las tazas en el pasto. Fue cuando estábamos conversando sobre la luna que ella tuvo un sobresalto
porque otra vez había empezado a oírlas. Un sobresalto que fue casi un temblor en la diminutez de su cuerpo.
–Las alarmas –dijo.
Entonces las dos nos levantamos del banco.
–¿Oís ahora? –me preguntó.
Mía respiró hondo y avanzó rápido bordeando los rosales. Yo la seguí.
–¿Oís? –me preguntó.
Estábamos paradas en el medio del jardín.
La noche seguía siendo calurosa a pesar de cierta frescura que aún sentíamos en los pies húmedos.
–Por ahí –dijo Mía elevando un brazo.
Las dos buscamos en el cielo.
–Oí –me ordenó ella.
Y señaló con el índice las copas de los pinos más altos del baldío de al lado. Venían de ahí las alarmas. Igual no nos movimos. Aunque ahora ya
lo sabíamos, las dos permanecimos quietas bajo la inmensidad de esa noche clara. Que las alarmas vienen de ahí, supimos las dos, de los blancos
que los pájaros hacen en las ramas en las que se esconden con sus presas aún vivas en los nidos.
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está en la infancia.”
William Goyen
Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-161013-2011-01-24.html
En el principio, cuando Luth todavía era Luth, la tripulación toda tenía la misma edad. (Entre otras calificaciones, habían sido elegidos
precisamente por su edad. La selección era rigurosa a este respecto.) Pero a uno se lo eximió de la norma: se apartaría de ella de a poco, como
quien se desangra. En su condición de líder de la expedición, Weh, el Oficial Político, envejecería a solas durante el viaje: según la Compañía,
aquel a quien se le concedía poder debía pagar por el privilegio. Mientras tanto los tripulantes dormirían un sueño profundo, preservando su
lozanía. Fue así que los viajeros se despidieron de un Weh aún fresco, graduado con honores de la Academia; la obsesión que lo había impulsado
todavía quemaba en sus ojos. Sin embargo el Weh que los volvió a la vida, en la inminencia de su destino (Mak vio la nube roja que envolvía el
planeta y dijo: “Esto no es lo que soñé”), ya no era aquel joven sino un viejo de melena gris, a quien el espacio había forjado en su silencio.
A lo largo de la travesía, la nave reanimó a Weh a intervalos regulares. Una vez en funciones corregía curso (se dirigían a una sistema de una
única estrella, lo cual constituía una novedad) y efectuaba tareas de mantenimiento. Después realizaba amniocentesis, tantas como tripulantes. A
excepción de Weh dormían sin interrupciones, flotando en una sopa orgánica; cualquier alteración de ese líquido habría sido alarmante. Al
finalizar Weh se arrastraba a su nicho, en pos de la pequeña muerte del sueño. La obligación de tolerarlo todo en soledad consumía el grueso de
su energía. Durante aquellos episodios de lucidez, el tiempo golpeaba además con la fuerza contenida durante la espera.
Apenas llegados Mak, el Oficial Científico, tomó mediciones del planeta. Su atmósfera era tóxica: metano, amoníaco, gases ricos en hidrógeno. Mak
propuso sembrar cianobacterias en el océano de color cobre. Se alimentarían de las moléculas de agua, liberando el oxígeno necesario. Weh dio su
beneplácito. Aun así sugirió que Luth permaneciese en la nave madre. El planeta estaba lejos de ser acogedor: la visibilidad era nula a causa de
la niebla y los relámpagos. Los volcanes representaban un peligro aparte, producían vapores que devorarían los trajes y quemarían la piel. Pero
Luth pidió que se le permitiese cumplir con su deber. Como segundo Oficial Científico, le correspondía llevar la bitácora de la expedición. ¿De
qué serviría su presencia si no registraba las minucias del proceso?
La siembra fue exitosa. El planeta comenzó a oxidarse de inmediato.
Mientras aguardaba la culminación del ciclo (el cielo empezó a despejarse, una masa terrestre emergió de las aguas; con el tiempo se preguntaría
si no había sido un presagio), Luth experimentó los primeros síntomas de la transformación. Tardó en reconocerlos porque no los esperaba. En
teoría faltaba mucho para su próximo cambio, que sólo debía ocurrir después de finalizada la tarea, cuando ya hubiese regresado a casa –tal como
había sido previsto para la tripulación entera–. No obstante la evidencia resultaba incuestionable. Sus formas perdieron angulosidad, su voz se
volvió melodiosa, la palidez habitual se convirtió en fulgor.
Mak fue el primero en advertirlo.
“Ya no eres Luth”, le dijo. “Ahora eres Luth-i.”
La metamorfosis perturbó a la tripulación. ¿Cómo era posible que hubiese ocurrido, a pesar de los recaudos de la Compañía? ¿Acaso había mentido
Luth, ahora Luth-i, sobre la fecha de su nacimiento? Luth-i rechazó la acusación por injuriosa, pero los demás no oían otra cosa que su pánico.
¿Qué ocurriría si ellos también resultaban afectados y las transformaciones se sucedían: si Weh devenía Weh-i, y Mak se tornaba Mak-i, y?
Weh atribuyó el fenómeno a los vapores hidroclóricos. Debían haberse filtrado dentro del traje durante una visita a la atmósfera enrarecida (Weh
no se privó de recordarlo, había alertado sobre el riesgo) y obrado sobre el metabolismo de Luth. En cualquier caso lo relevante eran las
consecuencias del asunto. Para no interferir con la misión pendiente, Luth-i debía mantenerse apartada de sus compañeros: preservarlos de su
perfume, de la música con que ahora se expresaba, de su cuerpo transformado por el imperativo de engendrar vida.
Fue así que le ordenó que permaneciese en la nave, observando cuarentena. Con un poco de suerte la metamorfosis sería breve: al no recibir
semilla su ciclo se acortaría, entonces volvería a ser Luth. Pero Luth-i pidió permiso para cumplir con su trabajo. Ahora que la atmósfera era
respirable podía observar in situ la evolución del planeta; de ese modo se mantendría, a la vez, a prudente distancia de los suyos.
La reacción de Weh fue negarle el permiso, pero Mak intercedió. Para convencerlo exhibió muestras tomadas sobre el terreno. La vida se
desarrollaba a velocidad extrema. (Un efecto del ritmo con que el planeta giraba, día y noche en un abrir y cerrar de ojos.) En la atmósfera
nueva los organismos se habían diversificado, preservando el equilibrio: algunos liberaban oxígeno para vivir, mientras que otros lo consumían.
Weh accedió al fin, recordándole a Luth-i que no debía interferir con las especies. Los protocolos establecían este principio con fuerza de ley.
Pero en la rara y ahora límpida atmósfera, Luth-i experimentó emociones nuevas.
Las criaturas que allí medraban vivían vidas brevísimas, como chispazos. “Bocetos, intentonas de dar con un camino hacia formas como las
nuestras”, le dijo a Mak durante un encuentro clandestino.
En la abundancia de oxígeno, y bajo luz de su única estrella, la energía de que disponía la vida se había potenciado. Las aguas bullían, su azul
flamante permitía ver hondo. Luth-i advirtió la existencia de filamentos verdes, de individuos gelatinosos, de ejemplares protegidos por corazas
calcáreas. Un predador de cuerpo tubular forzó a muchas criaturas al exilio. Una vez habituadas a tierra firme, se desplazaron reptando. Pronto
aprendieron a saltar. No tardaron en encontrar otro atajo hacia la especie de Luth-i: desarrollaron alas, adueñándose de un espacio que hasta
entonces permanecía vacío. Volaban por encima de los bosques, serpeaban entre montañas a lomo de las corrientes, flotaban en el aire fétido de
los pantanos.
El planeta respondía al estímulo con imaginación. Ninguna forma le era inválida, ningún recurso cuestionable, ningún tamaño inconveniente.
Algunas criaturas eran visibles bajo cristal magnificador. Otras sacudían la tierra con sus pasos. En su compañía Luth-i conoció colores
insospechados. Le gustaba reflejarlos sobre su piel, lustrosa por obra del deseo. Ciertas especies mudaban de acuerdo al entorno. Ante Luth-i se
volvían plateadas, espejo contra espejo. Se le ocurrió que no tardarían en imitar otros de sus rasgos. ¿Era una conclusión científica, o tan sólo
expresión de su necesidad?
Por fortuna Mak la visitaba con frecuencia. Lo hacía a escondidas, para no desafiar la ira de Weh. Se habían comprometido a no seducirse. Mak no
quería agregar más tribulaciones a Luth-i, que estaba viviendo como paria. Y aunque el vacío de su vientre le producía dolor –magnificado,
quizás, por la prodigalidad de la vida en aquel mundo–, Luth-i procuraba evitar el albur de la concepción. ¿Qué sería de un vástago suyo a tanta
distancia de casa? ¿Y cómo lo llevaría de regreso? Todos los nichos estaban ocupados por sus compañeros. Uno de ellos debía morir para cederle su
lugar. De otro modo su hijo –había soñado con él la vida entera: lo llamaría Lill– se vería forzado a envejecer durante el viaje.
Mak y Luth-i se limitaban a conversar entre susurros. Luth-i le contaba de sus asombros: de la porfía de la naturaleza, de las criaturas que ya
no precisaban de huevos para reproducirse. Ahora emergían del cuerpo de sus madres, húmedas de limo. A diferencia de los visitantes, algunas de
ellas nacían hembras –y permanecían así para siempre–. A su vez Mak refería los avances de su empresa. De seguir a ese paso, el planeta no
tardaría en tornarse del todo habitable. En su entusiasmo había enviado informe de sus progresos a la Compañía, ganándose el enojo de Weh. Según
Weh toda comunicación debía pasar por sus manos. ¿Qué habría conseguido, por ejemplo, si hubiese sido indiscreto respecto del percance de Luth-i?
Preocupar en vano a los funcionarios de la Compañía, propiciar decisiones apresuradas –por ejemplo el envío de una segunda misión–.
“Cuando confesé que ya había una en camino, Weh se llamó a silencio”, dijo Mak. Desde entonces no había vuelto a dirigirle la palabra.
Luth-i sugirió que le diese tiempo. Como buen Oficial Político, Weh era celoso de su posición. Tan severo para todo, que no había dejado de
visitarla un solo día. Como lo sabía apegado a los protocolos, Luth-i informaba de su condición inalterada a través de la rejilla, sin permitirle
acceso a su recámara. Weh la había tentado más de una vez, sugiriéndole que no era un simple tripulante sino el responsable de su bienestar. Pero
Luth-i eludió la trampa.
El tiempo obró al fin, aunque no como bálsamo. La segunda nave no consumó el relevo, tan sólo dio cumplimiento a su propio, fatídico destino. A
poco de su llegada se averió, quedando librada a la gravedad del planeta. La vieron caer sin remedio. Girar en espiral, abrasándose. Oyeron
gritar a sus hombres hasta el último instante. Después sobrevino el estallido y ya no oyeron más.
Hubo llanto y desesperación pero escaso tiempo para el duelo. El planeta reaccionó ante el impacto, generando lluvias ácidas y nubes de un polvo
que se negaba a asentarse. Para desmayo de Luth-i, las criaturas más grandes se extinguieron. Enfundada en su traje, vagó por paisajes cubiertos
de osamentas. Al tañirlas, los vientos producían una música que nunca había oído.
Mak se sentía responsable del desastre. Luth-i trató de llamarlo a la cordura, pero entonces la desgracia golpeó una vez más. Un descenso en la
radiación de la estrella impidió que el planeta retuviese gases. Al bajar la temperatura, los hielos se adueñaron de la superficie. El globo
adquirió una palidez en la que Luth-i se desvanecía, invisible en su reflejo. Hubo más especies desaparecidas, sin embargo Luth-i se cuidó de
llorar en presencia de Mak.
Weh no fue tan delicado. Le hizo saber que el contratiempo era obra de su negligencia. Mak arguyó que alguien había manipulado sus instrumentos,
pero Weh no le creyó. Dijo que no lo destituía tan sólo porque Luth-i no estaba en condiciones de reemplazarlo. A continuación lo llamó a salir
de su estupor. Era imperioso revertir la situación: el planeta helado se había vuelto inhóspito, estaban más lejos que antes de sus objetivos.
Mak retornó a sus instrumentos. Produjo perforaciones, la entraña del planeta liberó calor. Se derritieron los hielos, arreciaron los huracanes,
la tierra se abrió en gajos que boyaron sobre las aguas.
Al secarse sus ramas, las criaturas que moraban en los árboles bajaron al suelo. Se adaptaron con celeridad, modificando los huesos de la pelvis
para andar sobre dos patas. Pero ahora las hembras parían de forma prematura. Escupían criaturas lampiñas que morían de inmediato. Hasta que los
machos intervinieron, con inventiva digna de su medio. Durante la indefensión que sucedía al parto, protegieron con celo a madres y cachorros:
les daban calor, cobijo y alimento hasta que lograban valerse solos. Criada por un progenitor único, como toda su gente, Luth-i observó el
proceso con un respeto nuevo. Le sugería una forma de entrega que nunca había considerado; una alianza verdadera.
A esa altura ya había empezado a ponerles nombre. Al primer cachorro que sobrevivió lo llamó Dam. Era casi negro, su negativo perfecto; cuando
sonreía se le parecía como gota de agua. Podría haber pasado perfectamente por su hijo –su hijo desprovisto de alas–.
Pero algo le quitaba el sueño: las dificultades de la manada para prosperar en tierra baldía.
Cuando le comunicó su intención secreta, Mak no protestó. Lejos de ello, se avino a colaborar con sus planes. Trasladaron a unos cuantos –Dam
incluido, era uno de los más pequeños del grupo– a una región verde, de aguas dulces y árboles frutales.
Al dejarlos allí, Mak vio en derredor y dijo: “Esto es lo que soñé durante el viaje. Estos colores, estas criaturas”.
Luth-i no se resistió a su beso.
Ya había regresado a su recámara cuando oyó el revuelo. Le dijeron que Weh había arrestado a Mak por contravenir los protocolos de la Compañía.
La acusación era grave: Mak había alterado el orden natural, salvando a una especie de la extinción que era su destino. Sería ajusticiado después
del juicio sumario.
Esa vez, cuando golpeó a su puerta como de costumbre, Luth-i dejó pasar a Weh. Tampoco objetó sus avances. En el abrazo le pidió un favor: que
librase a Mak de la ejecución. Weh argumentó que su muerte era más necesaria que nunca. Había que liberar uno de los nichos de animación
suspendida. De otro modo, ¿cómo regresaría a casa el hijo que intentaban concebir?
Luth-i vio a Mak una vez más, Mak lo había solicitado a modo de último deseo. En vano rogó Luth-i para que revelase la verdad: ella había
concebido la idea y colaborado en su implementación. Mak dijo que era inútil que muriesen los dos, estaba claro que Weh no condonaría su pena.
“Si en verdad me amas, déjame comportarme como esas criaturas y protegerte de un destino injusto”, pidió en la despedida.
Las moléculas de Mak llovieron sobre el planeta que ayudó a florecer.
Poco después, mientras Weh dormía, Luth-i abandonó la nave para siempre.
“No volveré a someterme a tu poder”, decía el mensaje que dejó para Weh. “Fuiste tú quien alteró el líquido amniótico durante el viaje,
precipitando mi transformación. Fuiste tú quien estropeó la segunda nave, para que nadie interfiriese con tu cometido. Tú manipulaste los
instrumentos de Mak, barriendo a las criaturas que eran mi delicia. Tú que hablas de los protocolos pero no reconoces más ley que tu deseo. Tú
que urdiste planes en la noche del tiempo para hacerme tuya, sin darme la oportunidad de amarte. Tú, enfermo de soledad.”
Luth-i, que jamás volvió a ser Luth, parió una hembra de cabellera roja.
Lill-i creció como hermana de Dam y luego fue su amante. Cada vez que preguntaba por su padre, sometía a Luth-i a las mismas dudas. A veces
Luth-i decía que era un ser autocrático y caprichoso. Otras sostenía que por el contrario, había sido un ser generoso que entregó su vida para
protegerlas.
Pero Weh no cesaba de enviar tormentas y terremotos. En sus manos, los instrumentos de Mak sembraban sólo destrucción. Hasta que las criaturas
las expulsaron de su compañía, atribuyéndoles sus desgracias. A pesar de que les debían mucho –empezando por el lenguaje, que sus labios
multiplicaban en versiones rotas–, nunca habían dejado de temerles.
De tanto en tanto, eludiendo la soledad a que Weh la condenó en su venganza, Luth-i se colaba en una aldea por las noches. Se sentía feliz con
poco: viendo trabajar a las criaturas, oliendo sus comidas, oyendo sus historias. En general repetían las mismas anécdotas: hablaban del sitio
abrasador al que no querían regresar, del paraíso perdido, del padre iracundo que moraba en lo alto y del diluvio que les había enviado,
blandiendo rayos, por haber acogido a las extrañas en su seno.
A veces la descubrían –su cuerpo la delataba al reflejar las fogatas– y la echaban a piedrazos. Algunas aldeas colgaron amuletos y alzaron tótems
para alejarla, o acuñaron conjuros maldiciendo sus nombres, que ni siquiera pronunciaban bien; condicionados por su paladar, los descendientes de
Dam decían Lilith en vez de Lill-i.
Pero aun así Luth-i la portadora de luz, aquella a quien llamaban Lucibel o Lucifer, no perdió nunca la fe en los hombres.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-160383-2011-01-13.html
Odio las fiestas que pasan a fin de año; siempre las odié. La idea de Papá Noel bajando por la chimenea me daba terror de niño, tanto que
tuvieron que develarme el misterio tempranamente. Mi hermana Machi volvió a pasar por lo mismo con su hija Sofía, mi preciosa sobrina. Vi
repetirse en ella la historia que me contaron, y de la que fui protagonista infantil, alguna vez. En Sofi la fobia fue más agresiva: quiso matar
a Papá Noel. Y no sé si odia las Fiestas como yo, me da miedo preguntarle ahora que es adolescente. Estimo que de las Fiestas adora los regalos.
Por el momento también cree en Dios como su madre, con el tiempo a lo mejor se vuelve atea como el tío. Sería bueno, porque la religión, a mi
entender, es una pérdida de tiempo.
Para hacer este cuento mezclé ese resentimiento con un sueño que me siguió como a una sombra desde mi propia adolescencia. El sueño duró hasta
que pude ponerlo en el papel, letra a letra, en el cuento que sigue. Luego no desapareció, sino que fue reemplazado por otro un poco menos
siniestro, en el que también el líquido juega un rol fundamental.
Es un día de sol y estoy en la playa, vestido con camisa, corbata, un traje negro, medias y zapatos. Hace calor. El mar está ahí, para que me
meta. Voy hacia él. Entro hasta que el agua me cubre. Tener la ropa puesta me preocupa más que respirar. Doy media vuelta y salgo. Sobre la
orilla de la arena, al sol, mi cuerpo no chorrea. Mis ropas están secas, mi piel está seca. El pelo está así. El agua no pudo mojarme.
Esta es mi pesadilla actual, la que mi inconsciente cambió por la anterior cuando escribí “La fe ciega”. No sé qué significará. El cuento fue
publicado recientemente en una colección de siete relatos que lleva el mismo nombre, y que acaba de sacar, en España, la editorial Páginas de
Espuma, de Juan Casamayor. Pronto se conseguirá en la edición argentina.
Nunca me psicoanalicé; tampoco intento demasiado interpretar mis pesadillas, pero estas dos, la del cuento y la nueva, se convirtieron en mis
obsesiones, debido a la persistencia. La nueva me acompaña varias veces al mes, como antes lo hizo la otra. En ocasiones la veo noche a noche, la
película preferida por mi parte secreta. Miento si digo que a estos dos sueños –en particular– no intenté develarlos.
La conclusión barata a la que llegué, a fuerza de reflexión, es que no formo parte de la naturaleza. Eso es algo que siempre sentí, desde
pequeño. Nunca quise tener hijos, y tal vez nunca los tendré. Mi decisión me aleja de lo natural. Si el mar no puede mojarme y el café caliente
no pudo quemarme en la edición publicada, yo no soy natural. Este es el mensaje que me mando a través de la almohada, cada vez, a la hora de las
brujas. Suena a reproche interior, lo sé. Suponer de qué se trata me evitará ficcionar el sueño en el futuro.
Si a alguien se le ocurre otra interpretación, le ruego que me la envíe a mi casilla de mail, muy fácil de encontrar en Internet.
“La fe ciega” es mi cuento más psicológico, a mi pesar.
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El cuento por su autor
Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-159469-2010-12-29.html
ABELARDO CASTILLO
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–Escúcheme bien –dijo el hombre de los ojos de plata–. Hay muchos tipos de gente, pero en los extremos hay dos. Mire que no hablo del idiota y del genio, no hablo del criminal y del santo. Le estoy hablando de la gente en general, y por eso digo extremos, no digo excepciones. Me va a entender enseguida, si no me entendió ya. Usted parece bastante despierto. No se enoje, no niego que pueda ser mucho más que despierto, un criminal, un genio, hasta un loco: una excepción en algunos de los extremos. Pero si le interesa lo que digo va a tener que olvidarse del valor que usted les da a las palabras. Y hasta de la palabra valor. Escuche. Hay gente que no sirve para nada o no sabe hacer nada, esa gente a la que todo le sale mal. Ni siquiera son mediocres, ni son dementes de alguna clase. Lo mediocre es el término medio de la especie humana, es el tipo general, la norma; y la demencia ya le dije que se trata de una excepción en uno de los extremos. En el inferior, digamos. En el otro extremo está la gente que sabe hacer bien muy pocas cosas. O sólo una. En todo lo demás son como los que no saben hacer nada. ¿Me sigue? En todo lo demás no son ni siquiera mediocres, son incapaces. Inútiles. Salvo para eso que sí saben hacer, no importa lo que sea. Cuando eso que saben hacer coincide con la posibilidad y con la voluntad de hacerlo, usted diría algo así como que están salvados. Y no me pregunte cómo lo sé, hoy repitió veinte veces la palabra salvación. Acá, si quiere, ponemos a los grandes hombres, a los hombres de talento, a los creadores de cualquier tipo, sobre todo si son capaces de hacer una sola cosa, ni siquiera dos. Unicamente esa cosa. Los fanáticos, los iluminados religiosos, algunos artistas. En cuanto al genio, la excepción, es nada más que la anormalidad superior pero todavía humana de este segundo tipo. Y hay una tercera clase de hombres, si es que se trata de una clase y no de un solo ejemplar. Páseme la botella. Es como si estuvieran dotados para todo. Para casi cualquier cosa. Y fíjese, por favor, que no he dicho dotados para lo que ustedes llaman cosas grandes o extraordinarias. He dicho casi para cualquier cosa. Podrían llegar a ser matemáticos o rematadores. Podrían ser astrónomos, dedicarse a la fabricación de escobas, a la etnografía. Estos, sin ser idiotas, teniendo en casi todo orden una aptitud potencial superior a la del hombre común o a la del gran hombre, son tan inútiles, en los hechos, como los que no saben hacer nada. Acá tiene uno. ¿Se hizo alguna vez un test vocacional? Espero que no. Yo sí, alrededor de los veintitrés años. Hace más de treinta. Bueno, estaba dotado para todo. Se da cuenta, un sujeto que a los veintitrés años puede ser arquitecto, director de empresa, astrofísico, remachador, sacerdote o trombonista de la filarmónica. Usted cree que miento, espere –y mientras yo le aseguraba que le creía, lo cual misteriosamente era cierto, él se agachó, alzó del suelo un bolso de avión en el que vi al pasar una botella, papeles y algún libro, y sacó de allí un legajo de enormes hojas–. Ahí tiene.
Las páginas, escritas en alemán, tenían todas un formidable membrete impreso en letras góticas. Sólo descifré la palabra instituto y la fecha. Me llamó la atención una cosa: esas hojas no estaban deterioradas. La carpeta parecía haber sido abierta muy pocas veces. Por lo tanto, no se trataba de una ceremonia alcohólica; el hombre de los ojos de plata no acostumbraba mostrar esos papeles. Ni siquiera acostumbraba mirarlos.
–Vea el informe de la última página –dijo–. ¿Lee alemán?
–No. Lo siento.
–No lo sienta. Yo soy alemán y le digo que en alemán sólo vale la pena leer das Niebelungenlied, Zarathustra y el primer Faust. –Y mientras yo casi me caía de la silla dijo con la misma voz, carente de matices afectivos pero ahora sin el menor acento germánico–: Y Kafka, que era judío y checo –se rió sin alegría–. Agreguemos a Thomas Mann.
–Pero usted no tiene... Es muy extraño.
–Exdraño que un áleman –prorrumpió con voz sonora e inesperada–, que un áleman hafle sin tureza, sin estrújulas, ajj sí, muy enormidad de exdraño. Pero cómo voy a tener acento. No le estoy diciendo que soy un hombre en blanco, sin huellas espirituales de ninguna especie, tal vez sin alma. ¿Soy alemán? ¿En realidad lo soy? Miembro del mundo, como decía en alemán un poeta que usted habrá leído, también checo pero no judío. Y no sé hasta qué punto. Hasta qué punto soy miembro del mundo, quiero decir. Vea. Antes de venir a la Argentina viví unos años en México. Me dejé grandes bigotes caídos. Me decían el macho blanco de Tlaxcala... Pero apenas ojeó mi test, ¿quiere que le traduzca la última página? No hace falta. Usted ya comprendió que yo ni siquiera puedo mentir. Un borracho que no puede mentir. Ni ponerse sentimental, ni romper de tanto en tanto alguna cosa. Si yo fuera usted, Espósito, me parecería una monstruosidad. Deme mi carpeta, no quiero que se ensucie. De todos modos, las posibilidades monstruosas de la vida real no pueden ser previstas en un test. O a lo mejor faltó una pregunta, la pregunta para mí. La vida real se descifra mejor con esto –levantó la botella con un gesto casual, la miró fríamente, y yo vi como si sus ojos ardieran un segundo tras el ámbar del líquido mirándome desde otro lugar; se sirvió–. Yo empecé a beber fuerte en la adolescencia, al terminar el gimnasio, lo que acá se llama el secundario. Fue en los años anteriores a la guerra. No sé por qué empecé, pero no fue por horror a una catástrofe que amenazaba diezmar a Europa, mi mundo, el mundo que yo conocí. La guerra en cierta medida atrae. Sólo que a mí me atraía en la misma medida que me repugnaba. Un matemático o un físico dirían que eso es igual a cero o verían fuerzas que se anulan. Se anulaban, en efecto: la guerra me era indiferente. Yo creo que empecé porque sí. O por lo mismo que bebe todo el mundo, porque el alcohol siempre está a mano. En la paz y en la guerra, y sobre todo en la paz, en las bodas de la gente, cuando alguien nace, alrededor de los muertos. En esos años, en Renania y el Palatinado, y en nuestra esfera, todo era un poco irreal. Era el Walhalla. Yo y mi grupo solíamos decir que éramos dioses, yo sin mucho entusiasmo. Un día me di cuenta de que no me importaba el destino sagrado de Alemania: lo atribuí a la brutalidad y estupidez de los dirigentes nazis. También me di cuenta de que no me importaba luchar contra sus ideas: lo atribuí al hecho de que era alemán. Entonces estalló la bomba. Literalmente estalló. Estábamos los dioses bebiendo una noche en una fonda de Manheim, un bodegón parecido a éste, y en la mesa vecina vi a un hombre real. Hablaba contra Hitler, contra Alemania, contra nosotros, hablaba serena y apasionadamente. No sé si porque yo estaba borracho o porque era muy joven, o porque el hombre decía la verdad, pero estuve a punto de levantarme y hacer algo. Darle la mano, o no sé qué. Siempre he estado a punto de hacer algo, lástima no saber si esa vez lo hubiera hecho. De pronto el restorán voló en pedazos. Los nazis habían puesto una bomba. Lo mató a él y a casi todo su grupo. Mató a todos mis amigos. A mí me partió la cabeza como si fuera un huevo. Por eso me interesó la muerte de su amigo Santiago, por la imagen, quiero decir. Diez cirujanos me rearmaron la cabeza, hueso por hueso. En esos días estalló la guerra. Y sobreviví. A todo. A la bomba. A Hitler. A la guerra. A los cirujanos. En 1942, el más eminente sínodo de médicos austríacos dictaminó: puede vivir tres años, cinco a lo sumo. Mi cerebro estaba intacto, pero alguien había detectado por casualidad un lento e irreversible proceso degenerativo. En el páncreas. Entonces hice mi test. Antes dejé el alcohol: lo dejé sin ningún esfuerzo. Yo tenía veinticuatro años. ¿Ya le han dicho que usted no sólo bebe de un modo descomunal, Espósito, sino que nunca aparta la mano de la botella? Pásemela, por favor. Gracias. Yo tenía veinticuatro años y pensaba me quedan tres, con suerte cinco, y no sé qué quiero de la vida. De mi vida. Cuando lo sepa, pensaba yo, voy a hacer fanáticamente eso. El tiempo que fuera, pero hecho día a día, minuto a minuto, hasta la muerte. No lo pensaba sino que lo supe, muy borracho, la noche misma que dejé el alcohol. Y aquí está mi formidable test. Apto para todo servicio. O por nosotros no se preocupe, tome lo que quiera y haga de su alma lo que quiera. Como le insinuó el patrón hace un rato, cuando usted parecía tan disconforme con la vida. Yo buscaba una sola cosa y ahí aparecían otra vez todas. Qué hago. Qué se hace en un caso así. Me hago quiromántico, fundo una religión, pongo una bomba en el Reichstag, estudio germanística, escribo una novela, demuestro que Kant confundió tiempo con eternidad o que el tiempo no es una intuición pura sino una pura ilusión del movimiento, y que el espacio, en cambio, subsiste aun en la inmovilidad absoluta y en la nada. Y a mí qué me importa la metafísica. Tres o cinco años bastan para inventar un idioma analítico más interesante que el volapuk o para escribir una novela, si no fuera que la encuadernación o la teología o el flautín son un destino como cualquier otro. Entonces compré doce cajones de vino del Rhin, saqué un pasaje y me embarqué para Sudamérica. No, no me volví alcohólico por eso; yo era alcohólico de nacimiento, como pude haber sido abstemio. Cuando bajé del barco ya tenía un destino razonable, el único que me quedaba. Me dediqué a eso que se llama vivir. En el año cuarenta y siete, un buen año, me acosté con ciento cincuenta mujeres, tomé seiscientos litros de bebidas alcohólicas. Fue en Brasil. Me decían el portugués. No me estaba destruyendo, no. Estaba haciendo a conciencia la única cosa que me comprometía entero. Vivir a rajatabla y emborracharme hasta la tumba. No sé qué significa lo que voy a decir pero de algún modo debo decírselo. Yo era feliz. Al séptimo año de esta sobrevida, en el cuarenta y nueve, y acá en Buenos Aires, me di cuenta de que algo andaba mal. Siete años no son cinco, y sobre todo no son tres. No me sentía peor que cuando me reconstruyeron la cabeza y supe que tenía páncreas. Fui al médico. Fui a cincuenta médicos. Radiografías, electroencefalogramas, tactos de recto, fondo de ojo, electrocardiogramas, análisis de orina, de semen, y consejos para dejar de beber y de fumar. ¿Necesito decirle qué pasó? ¿No se lo imagina? Estamos en 1970 y estoy acá, en El Barrilito de Villa Crespo, hablando con usted, ¿no es cierto? Entonces se lo imagina. No me morí. Tenía corazón de atleta, un páncreas raro, hígado grande y catarro. Era inexplicable, antinatural, opuesto a la medicina, y a la lógica... Si me disculpa, ¿usted comió hoy? Si piensa ir a dar una conferencia allá enfrente, yo le aconsejaría que me dejara a mí el resto de la botella y se embuchara un buen lomito. No es para poner esa cara, yo ya no puedo comer mucho, si no lo ayudaba. En resumen, Espósito, que acá estoy, o está lo que va quedando de mí. Hace unos veinte años que no me acuesto con una mujer: dejaron de interesarme el día que acepté que no iba a morirme. Lo que no pude dejar, lo que ya no me abandonó a mí, es esto. Es extraño. El organismo humano es lo que se llama el hombre, con su alma y su voluntad libre y su espíritu. Sin embargo trabaja en secreto, a su modo, sin intervención del hombre. ¿Tiene idea de cuánto tarda esta enfermedad, esta inmundicia, para incubar en la gente? –Y el hombre de los ojos de plata me quitó casi con brutalidad la botella de la mano; fue el primer gesto violento que le vi hacer en todo ese tiempo–. Perdóneme –dijo mientras se servía, y volvió a su tono apático y blanco–. Usted me contagia su tensión, aprieta de tal modo las mandíbulas que un día se va a quebrar una muela. Le decía que tarda entre siete y trece años. En otros, más; pero ésos no son alcohólicos, son los que toman en las comidas, en las fiestas, cuando no se pueden dormir o para pegarle a la mujer. Terminan igual pero no son alcohólicos, son los burgueses del alcoholismo. Cuando se toma como usted, si es que siempre toma así, o como yo, a los diez u once años ya no se puede dejar. No voluntariamente. Quiere decir que alrededor de los treinta y tres años, fecha de mi fallecimiento, yo quizá no estaba envenenado. Y quién sabe, con algunas cuantas células nerviosas menos a lo mejor era capaz de menos cosas. Aunque más no fuera, el flautín. Ahora me quedan únicamente hábitos. Seguir vivo y seguir emborrachándome. Pero sabe una cosa, Espósito, el problema es que ahora, cuando de veras me estoy muriendo, no quiero morirme. No quiero morirme como me voy a morir. ¿Vio la fotografía de un hígado con cirrosis? ¿Vio el cerebro de un alcohólico después de treinta años de imbecilización? Yo sí.
–Y por qué no se mató –lo dije con un rencor que me sobresaltó a mí mismo, pero que no estaba dirigido a nadie–. Quiero decir, no sé. Hable usted.
–Sé lo que quiere decir. Por qué no tuve la decencia de matarme. Usted piensa que yo debí matarme más o menos a su edad. No me maté, Espósito, por falta de interés. Para matarse hay que tener cierto grado de pasión. Yo no soy un suicida ni un autodestructivo, ya se lo dije. Pero, por qué no me mato ahora, ahora que sí podría matarme. Porque no quiero. He descubierto, un poco tarde, el sentido de la vida. Sé perfectamente lo que me espera, la cirrosis, quizás una pierna cortada o las dos. El manicomio, si Dios me da salud. Calculo que me quedan otra vez unos cinco años. Y ahora no hay error, porque ahora me diagnostiqué yo. Un día el hígado no funciona más, o se perfora algo y se hace ahí adentro un pantano de orín, sangre, toxinas y excrementos. O las arteriolas del cerebro se hunden entre la gasa, se taponan de detritus y se asfixian, o estallan. O el pus de las meninges hace algo por mi alma. Quizás hasta tengo la dicha de un delirium tremens, aunque con mi mala suerte no creo. Pero si ahora pudiera elegir, elegiría vivir un poco más.
–Y por qué no deja esta porquería –estuve a punto de decir pero no lo dije, porque esa frase venía demasiado unida al acto de haberme casi tragado el medio vaso que me quedaba, y no me pareció oportuno. Sin contar que el whisky opera de un modo no siempre previsible y ahora me empezaba a colmar un humor sarcástico y hasta algún otro tipo de humor, todavía ignorado por mí. Así que sólo pregunté–: Y cuál es el secreto de la vida.
–Ya se lo dije –contestó el hombre de los ojos de plata–. Se lo dije al principio. Siempre puede ocurrir algo peor. Vale la pena vivir sólo por eso. Para ver dónde está el límite de la degradación, la infelicidad y el sufrimiento. Hasta dónde somos capaces de humillar y hacer sufrir a los demás, o hasta dónde la vida es capaz de vejarnos, envilecernos y hacernos padecer. Pero sobre todo hasta dónde somos capaces de llegar, hacia abajo, sin ayuda de nadie, nosotros mismos. Ahora vaya. Se le va a hacer tarde.
Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/140723-45320-2010-02-21.html
LUIS LUCHI
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Paseo por
la capital de la plata
Aquí me tenés país
desnudo he venido al mundo
no te sembré la patria
excepto un rosal
que una vez planté
y mi dulce mamá
que enriquece dos metros de tierra
esperabas de mí
por lo menos
ganas de trabajar
aquí me tenés país
escribiendo versos
con el desencanto
de los necesitados de mano de obra
en los momentos de desarrollo
que se aguanten los perversos
falsos
mentirosos
que para mi apátrida
los cuentos no sirven
nunca me acogerás en tu seno
nadie me pidió
ni yo
nada tengo que dar
nada me dan
ni los documentos
soy una porción de mapa
un montón de gente
luisito pedro alberto
irene
la ñata toto
un montón
que viven en pueblos
donde saben lo que hacen
y antes de fabricar riquezas
crean los calabozos para cuidarlas
correos teléfonos
espías inconfesos
hoteles llenos
de pulgas argentinas
y perros muertos de rabia
viajan en bicicletas motos
ómnibus aviones
se despiden siempre están ocupados
arrancan hojitas de almanaques
esperando la noche del descanso
pero felipe orfeo
a esa misma hora
la nación les obliga publicar noticias
y consiguen dormir de día su conciencia
qué hacer conmigo país
¿regalarme zapatos usados?
soy de otra raza
judíos envenenados por la ganancia
fuera conmigo país
que pago impuestos al comprar fósforos
y enciendo continuamente
sobre la prosperidad que por mi culpa no existe
cómo es posible país
no ser masón espiritista socialista
no ser rotario empleado de banco católico
contar historias con fruición
reírme de san martín
hablar serio con bustamante
dudo de la legitimidad
en las bebidas
de los huecos de los buzones
del sexo de las prostitutas,
así soy yo
me podés echar
justo para navidad
o para peisaj
o para el ramadán
dónde voy a ir
a comprar caramelos al almacén de enfrente
a sonreír al cine donde está prohibido fumar
y después pedir un catálogo
con aldeas y lluvias al mediodía,
canto país
porque me gusta cantar
y cuando estoy solo
lo hago con voz firme
y bien entonada
al acercarse otro argentino
enmudezco su recriminación
por vergüenza de mi hombría que no está en discusión
a esto he llegado país
el amor es lo que quiero
no lo escribo ni lo alquilo
no se paga ni tenés nada que ver
estoy acosado por la muerte
cada vez que abro una puerta
la alegría de vivir
no tiene que ver conmigo
ni los ruiseñores del sonar divino
me identifican
y como temo equivocarme
porque a esto lo llamo canto
si algo me queda agregar
decido:
soy su enemigo
me pueden fusilar
me pueden perdonar
pueden llamarme por teléfono
52-6896
decirme un chiste
que no voy a perder
aunque soy de reacciones lentas
tengo sentido del humor
hacerse que no me conocen
hacerse que me conocen
decepcionarse de mí
y contárselo entre ustedes
yo entre el séptimo y octavo
vaso de ginebra
les diré
tratando de no hacer mal a nadie
préstenme las obras de kropotkin
que tengo ganas de leer.
Los nombres
y el amor
Gladys y Roberto se enamoran en televisión.
Teresa en el teatro.
Ludmila en el Colón.
Alicias arrancan tiernas palabras en las plazas,
Patricias serán mujeres temerarias,
Irmas maternales.
Las Elenas de ojos azules
vengadoras desde sus antepasados
de ojos azules, ojeras violetas.
Robustianas sacarán agua del pozo,
violadas sobre yuyos.
Eugenias morirán en los partos de las generaciones,
cayéndoseles el libro de la mano.
Mary, July, Pegy,
rebeca, venancia, hilda, bety
vivieron la primera experiencia profesional
de la pasión juvenil argentina
en ascenso;
con pesar las usaron
como máxima ofensa individual
para tirar a una cara.
Jacobas pasarán plumeros en los escritorios
bajo la mirada calificativa de los sobrestantes.
Isabeles, galleguitas divinas,
enamorarán a gayegos mayoristas,
sabrán contar pero no leer;
Gracielas sí sabrán leer
lo enseñaron con sus cuarenta años de maestra rural,
y el caballo de príncipe está sin montar.
Juanas, las locas de amor, en libertad por ahora.
Claras, cuando no presas llevan paquetes.
Tita, Lita, Ñata
jugarán al carnaval;
por la noche se disfrazarán.
Carlota guarda un álbum con actores de cine.
Tanias cargarán de pólvora las balas.
Florencias les curarán las heridas de guerra.
Las Marías Bonitas no se rinden.
Admiración
por los próceres
Estaba de guardia en la réplica de boulogne sur mer desde joven en la mezcla de cemento del monumento a la bandera. No se perdía un solo cambio de los cambios de granaderos y los vistosos uniformes. Rivadavia la recorrió de punta a punta, atravesó la cordillera se ahogó en el pacífico demostrando: la calle más larga del mundo. Castro Barros es bueno, Mitre es bueno, Sarmiento mejor, Corrientes es bueno, tiene una sola mano; el manco le dicen. Saavedra es bueno como pinzón; a la Lavalle la adoro si no fuera tan fusiladora. Aranguren es bueno, Avenida del Libertador es bueno, Alvear es bueno, toda su familia es buena. Roberto Arlt es bueno le dieron un pasaje, Ingeniero Huergo es bueno lo pusieron en el paisaje, Pringles es valiente, Luis Viale sabe nadar. Triunvirato era bueno, le sacaron el tranvía Lacroze. Monroe era un ángel, la General Paz es bueno y un héroe. En el museo histórico nacional en la sección numismática monedas verdaderas de oro. Almafuerte se lo merece, La Internacional sin ponerle número ni fecha. Un día entró por Balcarce (también era bueno), salió con Alem, Dorrego lucha contra las serpientes, es derrotado por bueno, Moreno es paralelo a Belgrano, los corta Jujuy, en la calle Pepirí me paro en la esquina. Posadas era un guapo, Montevideo y Paraná se cortan mutuamente, cuidado que aparece el gobernador Andonaegui.
Todos colaboraron en la patria ya hecha, la calle Luna es buena, donde me pongo triste, donde no hay ninguna expectativa para mí, donde la pena de morir sin que se entere Peralta Ramos, ese sentimiento no cabe en la Avenida de Mayo, el cayejón El Panal, Mozart era bueno, pero bueno, Billighurst, Azara, Ramón Falcón es bueno, un capo, yo camino buscando los parrones, de ese boliche salió un borracho y las vecinas lo intitularon el hombre perdidoamargadoresentido abandonado de la mano de Dios. Formen un cabaret y quizá salga de ese lugar el nuevo tango. Troilo es bueno, Piazzolla un encanto, los cantores publicarán las chapas de una ciudad en progreso. Necochea desobedecía las órdenes, Cádiz es redonda. Ford es argentino, Remington Rand es argentina, las fronteras son argentinas, esas mujeres viejas con peinados y acento provocador lo son, General Motors es argentina, San Martín es correntino por ende argentino, el banco municipal de préstamos es argentino, Fiat es argentino, Leguisamo uruguayo. La entrada al suburbio es porteña, el sur queda allí abajo un poco de los chilenos, el cielo lleva el color de la bandera, vale la pena morir por ella si no nos aplastan la cabeza. La carne es universal, los gobiernos son patriotas, las abejas son patriotas y nos dan la miel, los golfers son patriotas, unos hacen conocer en Inglaterra, no a mí, a ellos.
País si se los limpia, sucio de la mirada turbia alegrada por el alcohol dispuesto a inventar un nuevo compás de tango. El doctor Fernández Verano es inmune, ¿yo soy inmune? Jacobo se dio una inyección de ánimo, Firpo es campeón, Pérez Pícaro un ganador, Gaeta es bibicletero, los domingos por la tarde pinta su casa y sigue el domingo próximo pasado. La muerte mía trabaja las veinticuatro horas del día. La policía es mía nacional y auténtica sin cortapisas no descuidan un segundo mientras los cambiadores amateurs no dejan guardias cuando se van a dormir, se pierden por eso algunos momentos del crecimiento del árbol. Rugierito es valiente y es útil. Valdez Cora ni valiente ni útil. Caprioli un compadrón, el Cacho Otero no se pierde una oportunidad. Hernández es triste, todos los Hernández son tristes, Bernárdez es triste, todos los Bernárdez son tristes, Borges es triste y lamenta su muerte, Carmelo lloró cuando se le murió el perro, yo soy triste y todas las mañanas escapo a los tristes sin consistencia cuando la tristeza crece.
Antología, Ediciones
Ultimo Reino, Bs. As., 2003
Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/140305-45228-2010-02-15.html
La noche comienza a invadir el campo, aquella desolación de “campo bruto”, lleno de pajonales y de juncos y en donde apenas se diseñan los
fundamentos de una estancia nueva.
En el patio del largo rancho sombrío, con los caballos del cabestro, el patrón y el chasqui(1) que acaba de traerle el telegrama desde “punta de
rieles”; tan sólo aguardan para emprender su largo y precipitado viaje que un muchacho, cuyos gritos agudos llegan de las profundidades
invisibles del bajo, eche la manada en el corral, para tomar cierto famoso gateado negro, que hay que llevar de tiro.
El patrón está palidísimo y es tal su impaciencia que no puede quedarse quieto junto al caballo, y que la inhabilidad del pioncito, a quien a
cada instante se le disparan y desparraman las yeguas, le hace prorrumpir en sordas exclamaciones de ira.
En un momento dado, en que parece por fin que la manada “puntea” hacia las casas, el patrón vuelve a sacar de su bolsillo el telegrama para
releerlo una vez más, como si esperara que pudiese caber algún error, en la cruel concisión de sus cuatro palabras: “Tu chico, pulmonía doble.
Vente”... Y la firma de Tomás, su cuñado...
Porque hay que saber que el patrón, casado hace apenas dos años, tiene un hijo único, de catorce meses; que “punta de rieles” está a treinta
leguas de galope y la ciudad a unas sesenta de ferrocarril...
–¡La gran perra!
Y es que de la misma puerta del corral, y por causa sin duda de un padrillo que “anda loqueando”, la manada ha vuelto a disparársele al
muchachito y allá va por el campo, con sordo tabletear de trueno...
El patrón, con su caballo lanzado en toda la furia, pasa junto al pioncito como un bólido, y sin reparar en cuevas, ni charcos, y atropellando
ciego las cortaderas(2) y los juncos, consigue en seguida dar vuelta a la manada y enderezarla como un ventarrón hacia las casas: “¡Yegua
dentro!... ¡Dentro yegua!”... y unos silbidos estridentes que hacen estremecer a los animales y amusgar sus orejas: y es en el momento mismo en
que los punteros pisan ya la playa del corral, que el patrón, al hacer una última atropellada al padrillo mañero que perturba, siente de pronto
que con la violencia de un estallido, una intensa fulguración de llamarada y el más atroz de los dolores, algo agudísimo acaba de penetrarle por
un ojo, hasta el cerebro, hasta la médula, hasta las últimas ramificaciones de su sensibilidad...
Y al mozo, después de sujetar como puede el caballo excitado, que resbala entre el barro del juncal, no le bastan las dos manos para cubrirse la
cara en un movimiento instintivo de protección contra aquel dolor nunca sentido, contra aquel dolor infinito, que entrecruza relámpagos de fuego
y de sangre en la negrura absoluta de su yo interno.
–Me he vaciado un ojo... ¡La gran...!
Y tan lo cree así, que después de pasarse dos dedos exploradores por el párpado se los mira, esperando hallar en ellos los rastros viscosos del
humor vítreo y, en seguida, cubriendo el ojo herido con la diestra, se dirige hacia el rancho a gran galope.
–¡Caray!... Me he lastimado un ojo, corriendo entre los juncos –confía al chasqui, el único que está allí, en el patio oscuro, al lado de los
caballos; pero ante el “¡Ah, ah!”... filosófico del hombre, el patrón grita, casi colérico, a tiempo que desmonta:
–¡Che, Lauro!... ¡A ver!... ¡Vení!...
A su llamado, un gaucho barbudo y melenudo, un gaucho de aspecto siniestro, sale del interior del rancho oscuro, lento y vacilante como una
alimaña chúcara:(3)
–¿Mande?
–¡Che!... ¡M’e lastimao un ojo, corriendo!...
–¡Ah, ah!...
–Sí, me parece que me he clavado una espina...
–¡Ah, ah!... ¿Algún hunco, quizá?...
–¡No sé!... Pero me duele como un diablo... ¡A ver, tomá!... Encendé un fósforo y mirame...
Y mientras el gaucho, con torpes dedos, se dispone a dar lumbre, el patrón agrega con un gemido de dolor:
–¡La gran perra! No puedo abrirlo, ¡me parece como que lo tuviera reventado!...
–¡Ah, ah!...
Y el gaucho nervioso, después de malograr dos o tres fósforos, porque la brisa los apaga como de un manotazo, apenas encendidos invita al patrón
a cambiar de sitio:
–Vea: vamos p’adentro, al reparo, será mejor...
–¡Vamos! –contesta aquél, y los dos hombres penetran en el rancho, sin más luz que aquella mortecina que proyectan las brasas del fogón. Al
principio a nada práctico se arriba; primero, porque el patrón no puede materialmente abrir los párpados, espasmódicamente contraídos por el
dolor, y después, porque aunque el gaucho los separa con sus rudos dedazos, nada descubre en realidad, ni a la llama de los fósforos, ni a la de
una vela que encienden en seguida, para sustituirlos.
–¿Sabe que yo no veo nada?... Un poco colorao no más.
–Pero... ¡cómo no! –replica el patrón taconeando el suelo–. ¡Si me pincha como un diablo; si siento que tengo una cosa clavada!... ¡A ver!...
¡Fijate bien, hombre!...
El gaucho se restriega los dedos en el chiripá:
–¡Caray!... Yo no sé... ¡A ver!... Tese quieto... No haga juerza... ¡A ver, a ver!... ¡Ah, ah!...
–¿Qué?
–¿Sabe que vide como un puntito negro, me parece?
–¿Sí, che?... ¡A ver!... Fijate otra vez...
–¡No haga juerza, no haga juerza!... ¡Ah, ah!... ¡Vea! ¡Patente, tiene clavada la espina en el blanco el ojo, contrita el negro!...
El patrón menea la cabeza:
–¡No ves!... –y añade en seguida ejecutivo–: ¡Bueno!... ¡A ver si me la sacás, pues!...
El gaucho, cohibido, se retrae como un caracol en su concha:
–¿Yo?... ¡De ande!... ¿Con qué he de sacarla, si a gatas se le ve el cabito?
Entonces transcurren algunos segundos de un silencio casi trágico. El mozo, sintiendo repercutir dolorosamente, en su ojo herido, el acelerado
latir de sus arterias y midiendo con espanto su situación de desamparo infinito, y el gaucho, mirándole de reojo y tan preocupado, que no
advierte que el sebo de la vela mal tenida gotea sobre sus alpargatas en rápida sucesión de luminosas esferillas. Al fin se atreve a preguntar
sordamente:
–¿Y ahura, qué v’hacer?
El patrón, al oírle y sin dejar de cubrirse los ojos con la mano, se alza de hombros:
–¡Y qué voy a hacer!... Si tuviera un espejo... Pero... ¡qué va a tener uno en esta desolación de miércoles!...
Y tras un nuevo silencio, el mozo añade con energía, quitándose el pañuelo que lleva al cuello para vendarse con él el ojo lesionado:
–¡Bueno! ¡Andá, fijate a ver si el muchacho ése, ha agarrado el caballo y que le ponga el bozal del oscuro para llevarlo de tiro!
El gaucho, oyendo la orden, da un paso como para comenzar a ejecutarla, pero en seguida se detiene:
–¡Oiga!...
El patrón, que sufriendo atrozmente trata de anudarse detrás de la cabeza el blanco pañuelo, vuelve la cara:
–¿Eh?... ¿Qué querés?...
–Pero... ¿se va a dir ansí?
–¿Cómo así?
–¿Ansí lastimao?
–¡Y qué voy a hacerle!... ¿No sabés que tengo a mi hijo enfermo?
Y lo dice en un tono que el peón, a pesar de sus deseos, no se atreve a insistir...
Cuando a mitad de su viaje, y a punto ya de ponerse la luna que les ha acompañado hasta entonces, los dos hombres se detienen para mudar caballo
a un lado del camino, tanto lleva sufrido ya el patrón, moral y físicamente, que al desmontar tiene que hacer un verdadero esfuerzo de voluntad
para no dejarse caer de bruces sobre el pasto. Por suerte, el chasqui, hombre de pocas palabras y que debe tener –pese su taimado aspecto– el
corazón tan blando, como tiene de recias las asentaderas para aguantarse así la bárbara jornada que está realizando, se comide a desensillarle el
caballo:
–¡Deje!... Yo viá mudar por los dos...
–¡No, hijo!... ¡No faltaba más!...
–¡Deje, deje!... Usté viene enfermo...
Y en seguida, y mientras quita el apero(4) al animal resollante y cabizbajo para pasarlo al otro de reserva, todavía aconseja al patrón con su
voz apagada y como si continuara cierta conversación fugaz que mantuvieron seis horas antes:
–También saben decir que el barro con orín de caballo alivea muy mucho...
Como es de suponer, el patrón tiene un gesto resignado, y después vuelve a hacerse entre ambos el silencio, uno de esos largos silencios de los
que tienen poco que decir y mucho que hacer por delante, y mientras el gaucho, con lentos y precisos movimientos, cambia el recado de su moro
soberbio a su no menos soberbio picaso-tero(5), el patrón, sentado en un matorral, aguarda rumiando sus dos grandes dolores, aquel de la espina
de junco clavada en el ojo como un hierro ardiente y aquel otro de la enfermedad de su hijo, hundido en el corazón como una daga.
¡Qué pecado habrá cometido él, para merecer semejante castigo!... Porque, a la verdad, que ni inventándola se podría crear a un hombre una
situación más desdichada: el chico enfermo y él con el ojo así... sin un ojo, mejor dicho, porque es indudable que perderá el ojo y se quedará
tuerto, tuerto... ¡Bueno!... Pero eso es otra cosa; eso está allá, más lejos... Lo que está allí, a la sazón, es lo de la enfermedad del nene...
“Pulmonía doble”, dicen... ¡Ah, ah!... Eso es algo muy serio. El siempre oyó hablar de pulmonía doble, como de una cosa muy grave, y por algo lo
han puesto en el telegrama... “¡Pulmonía doble!”... ¿Y si se muriese?... ¡No, qué barbaridad!... Eso es tan brutal, tan atroz, tan repugnante que
no se debe ni se puede pensar... ¡No!... El nene se curará... ¡Mirá ella, tan luego!... ¡Ella!... ¡Cómo estará la pobre, tan asustadiza como
es!... “¡Oy!... ¡Tosió!... ¿Oíste cómo tosió?”... Bueno, pero no está sola. Tomasito la ayudará... “Pulmonía doble. Vente”... ¿Por qué
“vente”?... ¡Ah, ah!... ¡Eso es lo grave, ésa es la verdad, la bárbara verdad!... El nene tiene pulmonía doble y, por lo tanto, puede morirse...
¡Morirse!... ¡Ah, ah!... ¿Y qué hace él sin hijo?... Puede matarse, pegarse un tiro... Sí, pero... ¿y Ella?... ¡Qué horror!... ¡Bueno, no hay que
pensar!... ¿Por qué no ha de sanarse el nene?... El médico, todo el mundo, dice que es más fuerte, más lindo... “¡Papá abechito!”... El salía ya
con la valija y el nene, mandado sin duda por Ella, lo detuvo una vez más en el pasillo, tendiéndole los bracitos: “¡Papá abechito!... ¡Papá
abechito!”... ¡Qué cosa, parece mentira, parece un sueño!... ¡Aquel nene, aquel su hijo, es este mismo que está ahora allá, tendido en su camita
y rojo de fiebre!... “Pulmonía doble. Vente”... “¡Papá abechito!”... ¿No había algo de presagio aciago, algo de amargura de llanto, en aquel
último “abechito” del nene?... ¡No!... ¡Sí!... ¡Seguramente!... ¡La gran perra!... ¡Pobrecito!... ¿Por qué no se quedaría él, el imbécil un
minuto más, para besarlo mucho, para besarlo...
–Güeno, yo ya estoy...
–¿Eh?... ¡Ah!... ¡Vamos!...
Y ante el aviso del chasqui, que éste acentúa con una sonora palmada sobre el duro recado de su gran picaso, que en la alta noche hace sonar como
una matraca la coscoja(6) del freno, el patrón, con las piernas entumecidas y la espalda agobiada como un viejecito, toma su caballo y monta en
él con un gemido de esfuerzo:
–¡Vamos!...
–¡Espere!... Agarre el cabestro(7) ‘e mi moro y deme el del escuro, que si es mañerazo como el otro lo va a dir fastidiando...
–Bueno...
Y ese rumor característico, que forman al unirse el trote de los caballos de tiro y el galope de los montados vuelve a alzarse, acompasado y
monótono, en la desolada inmensidad de los campos...
A las seis de la mañana, bajo un cielo gris y una fina llovizna, el patrón mohíno y con sus caballos trasijados(8), entra por fin en el patio de
la fonda de El Trueno. Enfrente, calle por medio y ante la estación desierta, maniobra con gran ruido la locomotora del tren que acaba de llegar
de adentro y que una hora más tarde lo arrastrará de nuevo de regreso.
Bajo aquel cielo hosco y aquella “garúa” inesperada, todo tiene para el patrón el mismo tinte sombrío de su espíritu, el mismo mísero aspecto de
su desdicha moral y física.
Por eso, sin duda, apenas desmonta, lo primero que hace es enojarse con el peón del fondero, que no acude pronto a atenderle, muy ocupado en
tirar de las varas de un sulky, tan embarrado como sus alpargatas y cuanto hay allí, en el patio.
–¡Eh!... ¡Bobeta!... ¿Vas a venir?...
–¡Güen día!...
–¡Tomá los caballos, pues!...
Y cuando el patrón va a preguntar al muchacho por el dueño de la fonda, éste, muy colorado y jovial, hace su aparición en el patio.
–¡Oh!... Bon día, dun Cuan... ¿Cóme va?
–Buen día, patrón... Dígame: ¿No ha llegado algún telegrama para mí?
–¿Telégrama?... ¿Io no lo mandó quelo que vino, cul chasque?
–Sí, sí... pero... Yo digo otro, ¿algún otro?
–No, dun Cuan...
El patrón se pasa dos dedos por los párpados de su ojo sano:
–¡Caray!... ¿Sabe?... Tengo a mi hijito muy enfermo...
–¡Ah!... ¡Porca miseria!... –comenta el hombre compasivo, meneando la cabeza, y añade, tras unos segundos de reflexión–: ¿Quiere que le mande a
lo mochacho in la estación?
–Bueno; si me hace el favor...
–¡Insiguida, dun Cuan! –y el vigoroso fondero al punto grita al peón con su voz estentórea:
–¡Eh!... ¡Porca miseria!... ¡Deca quelo lí, que lo facho io, e vacha insiguida en la estación para vere si ne gay uno telegrama aquí, para dun
Cuan!... –Y mientras sale el muchacho desganadamente añade el fondero, señalando la venda que cubre el ojo herido del patrón, como si recién
reparara en ella–: ¡Oh!... ¿Ma cosa gue, dun Cuan?...
–¡Déjeme! –contesta el patrón con desaliento–. ¡Me he lastimado un ojo al salir de la estancia!...
–¡Ah!... ¡Porca miseria!...
–¡Sí, una espina o no sé qué, que me hace sufrir como un bárbaro!... –Y el patrón agrega con voz dolorida–: Me va a mirar ahora un poco, porque
ni espejo he tenido para hacerlo...
–Se ne gay a la pieza –se apresura a informar el hombre–. ¡Se ne gay uno macanuto a lo ropiero, dun Cuan!
–¡Ah, muy bien! –Y a punto en que echa a andar, nerviosamente, el patrón recomienda al fondero–: ¡Hágame llevar agua para lavarme un poco y que
me preparen un jarro de café, bien caliente!...
–¡E come no, dun Cuan!... ¡Insiguida!...
Por espacio de más de un cuarto de hora, y entre lágrimas y horribles punzadas, el patrón, provisto de unas pinzas ha estado martirizando su ojo
herido ante el espejo del ropero, que a cada instante empañaba su aliento y que, para ser menos práctico y más antipático, está decorado con una
orla pretenciosa de florecillas pintadas al óleo; pero todo su empeño ha sido inútil: el patrón, no ha hecho sino comprobar que, como dijo el
gaucho, allá, en La Estancia, tiene una espina clavada en la esclerótica –cosa de una línea por debajo del iris–, una espina que se destaca como
un punto negro, sobre el blanco estriado de sangre, y que al menor movimiento de los párpados le causa atroces dolores...
Por eso es que, después de haber vuelto a vendarse del mejor modo que le ha sido posible, se ha sentado al borde de la cama que hay en el modesto
cuartito mercenario, y allí, con la cabeza entre las manos y temblando de excitación y de frío, hila dolorosamente las más desalentadoras
reflexiones:
“¡Las cosas que podrán haber ocurrido, cuando él llegue a su casa; para peor, así, enfermo, reventado, hecho una calamidad!”... Al mozo le parece
que hiciera un año que salió de La Estancia y otro año lo que tarda el fondero en traerle ese jarro de café que le pidió para confortarse...; y
en esto está cuando la voz vibrante del hombre, que se alza en el patio reprendiendo rudamente a alguno, le arranca a su amodorramiento y le hace
incorporarse nervioso, a punto que una mano ruda sacude la puerta de la habitación, entornada y sujeta por la cadenilla.
–¿Eh?... ¿Qué hay?
–¡Uno telégrama!... ¡Uno telégrama, dun Cuan!...
–¡Ah!... ¡Bueno!...
Y el patrón, de un salto, se apodera del largo sobre rojizo que la mano velluda le alarga por la rendija, y a tiempo que lo desgarra con dedos
temblorosos vuelve a oír la voz resonante del fondero, que se aleja gritando, irritado, a alguno de los servidores: “¡Quelo li no!...
¡Anemale!... ¡Quelo lá!... ¡Porca miseria!”...
El patrón, muy pálido, da un paso atrás, como para alejarse de aquellos gritos brutales, y a dos manos acerca el telegrama a su ojo válido:
“Puedes quedarte. Según médico, chico fuera peligro”... Expresa el telegrama en azules y firmes caracteres, y el patrón, después de leerlo diez
veces en diez segundos, se queda por un momento cabizbajo e inmóvil, hasta que de pronto, y sintiendo que en virtud de una de esas reacciones tan
comunes de los nervios va a llorar, tiene que llorar, puesto que no le es posible contener más aquella enorme oleada de llanto que le sube del
corazón a la garganta, avanza hacia el ropero y, apoyando un antebrazo en aquella misma luna de espejo de las pintadas florecillas, solloza, como
una mujer o como un niño, solloza convulsivamente sacudiendo los hombros y vertiendo lágrimas a raudales, hasta empapar en ellas el blanco
pañuelo que le sirve de venda...
...Después, y cuando se quita ante el espejo aquel pañuelo mojado, el patrón comprueba con asombro que no solamente ha desaparecido el dolor de
su ojo herido, sino que también aquel puntillo oscuro y siniestro, que era la espina de junco, enclavada en la albura de la córnea opaca...
Notas
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(1) Chasqui: Chasque. Palabra de origen quichua, equivalente a correo
(2) Cortaderas: Paja silvestre que crece en los bañados. Tiene aplicación industrial y medicinal.
(3) Chúcara: Arisca.
(4) Apero: Recado de montar.
(5) Picaso-tero: Picazotero. Según Solanet: picazo-overo. Pelaje oscuro de yeguarizo, con manchas.
(6) Coscoja: Argolla del freno.
(7) Cabestro: Pieza de cuero para sujetar a los animales ariscos.
(8) Trasijado: Cansado, sudado.
Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/138349-44642-2010-01-12.html
MIGUEL BRIANTE
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A don Enrique Wernicke.
Entre las dos raíces de eucalipto que empezaban a quemarse, así de grandes todavía, en el hueco del medio, abajo, ardió furiosamente un tronco más chico, que hacía un rato habían tirado al fuego. Ardió en llamas altas y se perdió.
–Los troncos arden más que nunca justo antes de gastarse para siempre –dijo en voz alta Belisario, el que fue maestro de la escuela siete. Se lo miró, como a cada uno que hablaba.
–No sabía que también te llamabas Roldán –le dijo Lombardero, ese flaco altísimo que había sido rubio, y que hace unos años vino a pasar unos días en una quintita que tiene por acá, y ya nunca volvió a pasar del boliche, para el pueblo. Las hijas vienen a verlo, de vez en cuando.
–Lo dice por un poeta que hubo –dijo Arispe, que con los años había aprendido que para tener boliche hay que ser traductor.
Pero ese día estaba el loco Toledo, o algún otro loco –que siempre venimos– y se lo dijo, como sabiendo:
–No veo el chiste –dijeron, uno dijo–; hablar así no es ser poeta, sino decir la verdad –y todo el mundo se quedó callado un rato, como Dios venía mandando.
Esa vez, no llovía.
–Repita, entonces –dijo Arispe, por fin.
–Que el tronco arde más que nunca justo cuando se está por consumir para siempre –dijo Belisario.
–Antes no dijo consumir, pero valga –terció un tercero, el de los botes, haciendo sonar las botas de goma, una contra otra, con ese chirrido insoportable que ya conocíamos y a veces hasta nos asustaba. Y después:
–La pucha que se nos ha puesto observador –dijo, sin mucho entusiasmo en la be.
–Todos nos hemos puesto –dijo Arispe, y señaló el fuego–. O serán los años.
Podía tener razón con las palabras, pero con el dedo estuvo más cerca. Eran los años y ese fogón con tiraje afuera, que Arispe había hecho hacer en el boliche después que le contaron que la boite del pueblo tiene uno. Justo en el rincón de la pared de la ventana y de la pared sin nada, que da para el lado del pueblo. Desde hacía un invierno y algo, desde que se quemaban esos troncos en el fondo, como en casa de ricos, nos íbamos a mirar las llamaradas, y todos nos callábamos más o hablábamos más.
A la mayoría se les había dado por llegar a la tardecita, cuando empezaba el frío y había que prender el fuego. Era un momento raro, entreverado: todos decían que la leña así y las ramitas asá. Pero a la primera luz alta pegando en los ladrillos, había una parte alegre y triste, un tajo en el tiempo que nos hacía callar. Y después de ese tajo, antes de volver a callarse, todos hablaban a la vez. Así que con los días hubo que ordenar las cosas. A veces, cada uno imaginaba lo que quería y hablaba lo que quería; otras, de entrada nomás, y por votación, se marcaba a qué se parecían los troncos que empezaban a arder y, de hablar, se los hacía dentro de la historia. Otras veces se permitía que la historia fuera cambiando. Que los que habían empezado siendo caballos fueran hombres, de repente. El loco Toledo siempre veía caballos; Arispe, mujeres. Eran los que más discutían, los que más peleaban. Así que casi siempre, en el fuego, había mujeres y caballos. Pero vaya a saber qué pensaba cada uno, qué cosas callaba cada uno, después. El peón de San Manuel y el puestero, los de las barajas, al costado de todo, se lo pasaban apostando entre ellos: que qué tronco se quemaba antes, que para qué lado se iban a caer.
Era día de Arispe. Los troncos eran, o habían sido, como mujer y hombre prendidos. Arispe dijo:
–El fuego da lo que ya no sirve para nada –y medio se durmió.
–El humo –iba a decir dos o tres días más tarde, cuando le preguntaran, pero esa vez se durmió.
Hizo ruidos, el fuego, y los dos troncos grandes –esas raíces retorcidas, con brazos para todos lados; esa tormenta de ojos, caras, cuerpos, animales, montañas, campos, amaneceres y atardeceres, que habíamos simplificado en un hombre y una mujer– se juntaron suavemente. El otro tronco, la mujer, se le acomodó. En el pecho, se acomodó.
Por eso no supimos que había entrado el hombre. El fuego nos iba distrayendo del mundo, como decía Arispe. Pero mejor. Ahora que se piensa bien ni era de noche. A veces pasa. Por el rebenque, el hombre había venido de a caballo. Ni los galopes sentíamos, de tanto ruido a tronco en tren de quemarse, como decía el Francés, cuando venía.
–Sírvase usted –le dijo el de los botes, y siguió mirando el fuego, después de señalar a Arispe, que cabeceaba.
Pero el hombre quería que lo miráramos, qué embromar. Venía de lejos, y quería que lo miráramos. Se acomodó en la mitad de la luz, frente al mostrador, y pegó con el talero en el estaño, entre los vasos. Arispe se despertó. Antes lo hubiera sentado de un sopapo. Ahora le dijo:
–Mejor espere, don.
Y se vino hasta el fuego, acomodó una rama, la vio crepitar, retorcerse, desaparecer entre los troncos grandes, ser ceniza. Quiere decir que oyó el ruido de prenderse, el ruido de irse consumiendo, el ruidito final. Entonces, recién, se dio vuelta. El otro todavía lo estaba mirando y le dijo:
–Está bien, don Arispe, ya esperé.
Pero Arispe no le preguntó de dónde sabía su nombre. Nosotros tampoco. Arispe le sirvió y el otro no preguntó cómo sabía que tomaba ginebra. Se miraron.
–Me dijeron que acá uno viene y cuenta su historia –dijo el hombre. Tenía una camisa como azul, abierta adelante, y faja negra, de vasco. Pero todavía no le mirábamos la cara. Al rato dijo: –Y que se la escucha, me dijeron.
Arispe le dijo que a veces sí. En la estufa, el caballo del Loco se montaba a la mujer que había sido de Arispe. La mujer iba cediendo, dulce, duramente. El Loco estiró uno de los fierros y acomodó mejor su caballo.
–Ahora el fuego se tiene que reflejar en el fierro y dar color rojizo –dijo el Loco, para disimular.
–Se refleja –dijo desde el mostrador el que había llegado–. Como mi víbora.
Así que Arispe le dijo:
–¿A ver?
–Que de noche sueño que acá adentro me está creciendo una víbora –dijo el hombre–, y que cada noche se hace más grande y más grande y a mí no me importa y lo único que quiero saber es si cuando de tan grande que sea la víbora yo me muera, lo único que quiero saber es si la víbora vivirá.
Nos miramos.
–Puede vivir o no, quién le dice –dijo Arispe.
–Además no se refleja –dijo Toledo.
–Por ahora –alcanzó a decir el forastero, al final.
Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/137822-44406-2009-12-30.html
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