Mostrando entradas con la etiqueta Mario Toer *. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mario Toer *. Mostrar todas las entradas

  OPINION


[+] Mostrar esta Nota

Es de suponerse que el arte de la política implica, al menos, una cierta capacidad para obtener una creciente y apreciable audiencia en el escenario en el que se está inserto. Puede aceptarse que haya un cierto tiempo de gracia, dados los afanes de los rivales por desmerecer mi propio discurso. Pero pasados varios lustros, incluso contando con razonables estándares de libertades públicas, si quienes están dispuestos a reconocer lo atinado de mis propuestas en una compulsa electoral rondan el uno por ciento, casi siempre por debajo, algo inadecuado está ocurriendo. Como en otras dimensiones de la vida, se podría cambiar de oficio, pero si se persiste, la extrañeza tiene que ir en aumento.

Aunque ni los más avezados de los estudiantes de Ciencia Política puedan explicar sus diferencias, las sectas trotskistas que presumen de partidos rondan la decena, algunos menos minúsculas que otras. No puede ponerse en cuestión que en sus filas prima el rechazo por las injusticias que el modo de producir capitalista provoca y que es generosa su entrega, como lo evidencia la joven vida truncada de Mariano Ferreyra, alevosamente asesinado por matones de un pseudo sindicato. Tampoco que muchos tienen perseverancia para encontrar y acercarse a sectores postergados para estimular y liderar sus reclamos. Pero es más que evidente que semejante empeño no es suficiente para emerger en la escena política.

Y aquí viene lo más penoso. Para encontrar la atención tan esquiva, se llega a la desmesura. Desmesura que no tiene que ver con la índole de algunos hechos en particular. Calles, avenidas, vías, terrenos y edificios pueden ser ocupados y escenarios de una lucha cuando son ganados por multitudes, que es cuando incluso se cuenta con la comprensión y hasta el apoyo de las mayorías. Recuérdense si no escenas del 20 de diciembre o antes las del Cordobazo, para mencionar algunas insignes, como otras tantas que han jalonado numerosos capítulos en nuestra historia. Pero cuando la insistencia proviene de pequeños grupos o más aún cuando las víctimas están compuestas por legiones de trabajadores, sin que quepa la menor duda, quien gana es la derecha.

En general, el trotskismo, más allá de sus matices o algunas lúcidas rectificaciones, ha quedado pegado al marco conceptual de la Segunda Internacional, que se atenía a la fase del capitalismo que madurara en el siglo XIX, esperando que el crecimiento imparable de la clase obrera permitiera, con el peso de su número, ajustar las cuentas con la burguesía de su propio país. Comparten esa premisa con los reformistas, aunque pretendan otro final. No comprendieron las transformaciones del siglo XX, todas las implicancias del imperialismo y mucho menos la índole de los conflictos en las periferias. Su propuesta estratégica, sea en Noruega, Francia, Mozambique o Bolivia, será la misma: “frente obrero” o “frente de trabajadores”. Nunca pretendieron encontrar un enemigo principal o procurar la unidad del pueblo. Eso era para los “populistas”, deviniendo en tarea central “desnudarlos” para que no confundan a los trabajadores. Lo que aquí padece el kirchnerismo, lo sufren por igual Morales, Correa, Lula o Chávez.

Incluso, como no logran audiencias apreciables, buscan a los inconsecuentes en sus propias filas, para explicar las falencias. Se dividen y a volver a empezar. La intolerancia se conecta con la creencia que presume que la tierra prometida se alcanza por medio de la insurrección, de allí que quien supone ser el “estado mayor” verdadero debe poner límites a la democracia interna. Hay que cohesionar las filas desde el vamos. Y si por un accidente histórico se consigue algún concejal o diputado, habrá que estar alerta para expulsarlo a tiempo antes de que sea el curso por el que penetre la ideología parlamentarista. Luis Zamora ha sido elocuente para reseñar las performances de las sectas.

Recientemente, el corte de las vías en el Roca y las consecuencias que deparara nos enfrentan con esta pertinacia sorprendente. Los argumentos de que no son responsables de la ira de los trabajadores que querían regresar a sus casa resultan francamente asombrosos.

¿En virtud de qué lógica se puede sostener que las formas de lucha deben ser indiferentes a los daños y los sentimientos que provocan en el resto de los trabajadores?

En algunos medios estas propuestas venían gozando de cierta consideración, seguramente por su empeño por acompañar reclamos justos. Pero todo parece indicar que donde ya son más conocidos comienza el reflujo. Los resultados de las elecciones en los centros de estudiantes de Filosofía y Letras y Sociales, antiguos baluartes, así lo atestiguan. También la de los no docentes en esta última Facultad.

Pero el debate debe acrecentarse. La capacidad que poseen para nutrir los argumentos del macrismo en la ciudad o incluso incrementar la matrícula en universidades privadas no debe subestimarse. Aunque seamos justos, no son los únicos responsables en provocar divisiones en el seno del pueblo. Existe algo así como un trotskismo silvestre, menos elaborado, que también florece en nuestros días, y que a veces se suma a punteros y vivillos dispuestos a nutrirse de beneficios propios o que coquetean con los adláteres del PRO.

Pero detengámonos en quienes se presume más permeables al debate de ideas. Si estas prácticas sólo condujeran a profundizar su propia insignificancia, no merecería que nos ocupemos de ellos. El problema es que son los principales artífices del crecimiento de la derecha, incluso en sectores populares. Si no supiéramos que antiguas injusticias nutren su impaciencia, aquí y en cualquier parte, podríamos suponer que están concebidos por encargo. Por eso, más allá de la extrañeza que provocan, es necesario debatir y consolidar autoridad política allí donde se hagan presentes. Sin aprioris ni bravatas. Pero poniendo en evidencia a quién están sirviendo. Lo que también supone ajustar las cuentas con lo grotesco que perdura en muchos ámbitos y que a veces los hace aparecer verosímiles. De últimas, llegarán a su mínima expresión cuando quienes estén al frente de los reclamos sean quienes saben también dónde se encuentra el enemigo.

* Profesor de Política Latinoamericana. Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-159748-2011-01-03.html


[+] Mostrar esta Nota

Se fue un tipo entrañable. Vino del sur sin avisar y allá regresó siete años después, de la misma manera. Siete años que dejan una marca muy profunda. Con su entrega prodigiosa le cambió la vida a mucha gente, entre los que se encuentra quien esto escribe. Los monopolios que pretenden secuestrar la imaginación de la gente no le dieron tregua. Pero les ganó. Ya venía haciéndolos retroceder de manera notoria en los últimos meses. La ley de medios fue un legado colosal. Y quizá por eso eligió el día para marcharse. Sus fuerzas se aflojaron como reconociendo que comenzaba un día en extremo especial. El día del Censo Nacional. Un día en que millones de argentinos no tenían otra cosa que hacer que sentarse a ver televisión. Y entonces se produjo un curioso fenómeno. El efecto sorpresa hizo que la cizaña de los editores se encontrara distraída. El mínimo decoro les impidió marcar el ritmo de la manera usual. Por algunas horas muchos periodistas pudieron volver a hacer periodismo. En algunas horas se vio mucho de lo ocultado en años. Quienes condensaron imágenes para las pantallas no tuvieron encima la pertinacia de la censura. Y por todos lo canales pudimos volver a ver al Flaco jugando con el bastón con su comunicativa sonrisa, la cara inolvidable de Bush en Mar del Plata cuando le decían no al ALCA, el gesto con la mano y el rostro entre impertérrito y gozoso indicando que quitasen el cuadro de Videla, e incontables escenas que lo pintaron de cuerpo entero. Pudimos ver entonces a una señora reporteada en Callao y Santa Fe balbuceando que no sabía que había tanta gente que lo quería, que lo visto en esas horas daba para repensar... Los medios internacionales también sintieron el impacto de la momentánea fractura del cerco. The Guardian, de Londres, lo llamó “héroe de la independencia” y el oficialista La Nación, de Santiago, Chile, sostuvo: “Algunos medios deberían leer y hacer una autocrítica sobre el fracaso de su política de desgaste del gobierno, que como se manifestó en el duelo popular, no hizo efecto”. Porque, además, el testimonio de la multitud inacabable, llorosa pero decidida a ocupar su lugar, no dejaba margen para las dudas. Los gestos de determinación de tantos jóvenes permiten que tengamos la sensación de que está asomando una nueva era. Un antes y un después. Un parteaguas. Como fue el 17 de octubre de 1945. La gran diferencia es que el conductor nos dejó. Pero quedan dos cosas que aquella vez no estaban. El “proyecto”, más claro esta vez, que innumerables voces recordaron ante las cámaras. Y el relevo, de quien nadie duda que cuenta con la capacidad para seguir al frente.

Porque si algo tuvo como más notable el Flaco que se fue era la certeza de hacia dónde quería ir. Con quiénes quería marchar. La amalgama podrá lucir desprolija para algunos. No faltaron los censores presuntuosos que imaginaron caminos diversos con convocatorias escuálidas. Pero si miramos de dónde venimos, nos daremos cuenta de que no podía ser de otra manera. Y él lo supo conjugar. Sin presumir de infalibilidad, dejó muy poco margen para los especuladores que pretendan “interpretarlo” para llevar agua para otros molinos. Los “colados” están obligados a hacer muy buena letra para no ser prontamente expelidos por las mayorías que fraguaron en su despedida. Por eso lo odió la reacción. Por eso y por su coraje lo levantan como bandera los jóvenes que lo fueron a despedir.

Se dice que el carisma no se hereda. Puede ser. Lo recordaba Sarlo en TN. Pero ¿no decían que estábamos bajo los designios de la “pareja gobernante”? Quizás algunos cientistas sociales descubran ahora que hay carismas biplaza. Los escribas de la reacción ya se lamentan de los signos que prenuncian que habrá más de lo mismo y que no se aprecian los llamados a consensuar con lo establecido.

Pero en definitiva, sabemos que los herederos son los que cerraban el puño o ponían los dedos en V en las plazas y en los cortejos. Es el Pueblo, pocas veces tan digno de ser renombrado como ahora. Con todas sus incontables tribus, que habrán de seguir y aun incrementarse. Lo que sí habrá que ejercitar es el arte de concordar, coordinar, conjugar, organizar, para que las pequeñas y atendibles ambiciones, y aun diferencias, no impidan rodear a la Presidenta sin resquicios y golpear todos juntos en el lugar apropiado. Que nadie nos quiera sorprender. La América latina, que también se sumó al duelo con sus máximos representantes, sigue esperando mucho de nosotros.

* Profesor de Política Latinoamericana, Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156053-2010-11-01.html

  DOS OPINIONES SOBRE LAS ELECCIONES DEL 28 DE JUNIO Y EL FUTURO DEL KIRCHNERISMO


[+] Mostrar esta Nota

El futuro del kirchnerismo: ni afuera ni solos

Por María Esperanza Casullo y Abelardo Vitale *

Para comprender las raíces de la derrota sufrida por el kirchnerismo, tal vez sea un buen punto de partida revisar la fórmula que supo darle buenos resultados en sus días de auge, entre 2003 y 2005, así como su subsiguiente erosión. De este ejercicio, creemos, pueden desprenderse lecciones válidas tanto para el actual Gobierno como para partes importantes de la oposición.

Partes de la historia ya han sido revisitadas hasta el hartazgo: el ascenso inesperado de Néstor Kirchner a la presidencia en 2003, luego de que Carlos Menem rehusara a presentarse en el ballottage, la precaria legitimidad de origen de un presidente que asumió en el contexto de lo que aún era una fortísima crisis social y económica con el 22 por ciento de los votos, la apuesta explícita de los grupos de poder a que el nuevo gobierno no pudiera levantar vuelo (expresado en el ya famoso “La Argentina eligió darse gobierno por un año”, de José Claudio Escribano), la para muchos sorprendente consolidación del nuevo gobierno y la subsiguiente reconstrucción de la autoridad presidencial, principal éxito de ese período.

Durante un lapso, la nueva administración enhebró una seguidilla de medidas exitosas: la renegociación de la deuda, la renovación de la Corte Suprema, el repago al FMI, el manejo exitoso del tipo de cambio, el fortalecimiento del superávit fiscal y el sostenimiento de la moneda. En el plano político, la decisión de romper públicamente con Eduardo Duhalde pareció ser premiada en 2005, cuando el nuevo Gobierno pudo ganar una mayoría de bancas en el Congreso. Por un breve momento, parecía que la capacidad del entonces presidente, Néstor Kirchner, de llevar adelante sus iniciativas parecía casi ilimitada, lo que rápidamente llevó a varios a sostener que Argentina se constituiría en un país con un régimen unipartidario.

Una de las razones de este importante éxito (¿más fugaz de lo pensado?) residió en la capacidad del nuevo Gobierno de alinear, cual círculos concéntricos, a tres grupos del arco político: el peronismo más tradicional y orgánico –o lo que luego varios llamaron peyorativamente “pejotismo”–, el progresismo no peronista y el kirchnerismo no peronista ni progresista. (Este último círculo era el más pequeño de los tres, pero la pertenencia de varias de las principales figuras del Gobierno hace que, en gran medida, fuera quien traccionaba a los otros dos).

Y ésta fue la principal novedad del kirchnerismo: su capacidad para, al menos por un momento, lograr solapar por primera vez desde 1983 partes importantes de los círculos peronistas y progresistas detrás de una agenda de políticas comunes. Orientando al peronismo hacia políticas progresistas por vez primera en décadas y orientando al progresismo hacia la gestión concreta también en décadas.

Este es un punto que no suele encontrarse en los análisis del kirchnerismo: lo novedoso que este solapamiento de los círculos peronistas y progresistas resultó en términos históricos y cuan productivo resultó este alineamiento.

Los círculos peronistas y progresistas fueron, desde 1983 hasta 2003, circunferencias absolutamente tangentes. El liderazgo alfonsinista atrajo casi unánimemente al progresismo durante su gobierno, pero enfrentó la resistencia activa del peronismo. Durante el menemismo, todo el arco progresista fraguó en su oposición absoluta al gobierno peronista. Y, a pesar de las raíces peronistas de la mayoría de los líderes del Frepaso, la capacidad de atraer votos peronistas al frustrado gobierno de la Alianza resultó cuasi nula.

El gobierno de Néstor Kirchner, que llegó al poder como un producto casi exclusivamente peronista, de la mano de Eduardo Duhalde y con un primer gabinete con una fuerte presencia de peronistas bonaerenses, tomó luego una serie de iniciativas, de discursos y hasta de elecciones estéticas que no pertenecían al peronismo en sus versiones menemistas o duhaldistas sino que eran claramente progresistas. El caso más claro es el de la política de derechos humanos, que resultó ser una repudiación total de la llevada adelante por Carlos Menem, y también por Eduardo Duhalde. Pero también la renovación de la Corte Suprema, las posiciones tomadas en política exterior, la negativa a reprimir la protesta social, la inclusión de movimientos sociales en el Gobierno, las políticas educativas y de salud fueron páginas sacadas del manual progresista, y muchas veces implementadas por esos cuadros técnicos.

A partir de ese momento, y por razones que exceden estas líneas, los tres círculos que se habían, si no alineado completamente, sí solapado, comenzaron a derivar en direcciones opuestas. Y esta deriva resultó en una pérdida de iniciativa política, de bases de sustentación, y finalmente de legitimidad social.

Creemos que hay aquí algunas lecciones preliminares. Por un lado, para el Gobierno: cualquier política que conduzca a un cada vez más progresivo encierro en un solo círculo, el de los kirchneristas puros, terminará muy probablemente en grados menores de autonomía y legitimidad. La ampliación del abanico de políticas públicas hacia agendas progresistas (sean éstas el ingreso universal, el avance en la institucionalización de mecanismos de control político, la refundación del sistema de estadísticas públicas, y otros), lejos de constituir una pérdida de control, constituyó la clave del momento de mayor autonomía relativa. Sin mencionar que, además, una discusión pública centrada en políticas y no en tales o cuales elementos psicológicos de la presidenta o del ahora diputado electo es justamente lo que el Gobierno debería tratar de lograr.

Por el otro lado, hay una enseñanza a los sectores progresistas no peronistas, que ahora se interrogan si deben “dar la pelea” dentro del peronismo o en construir una alternativa por afuera, que supere, aunque no repita, la experiencia de la Alianza. Cuando, por convencimiento o por conveniencia, con mucha o poca convicción, sectores del peronismo apoyaron políticas de corte progresista, se pudieron hacer avanzar iniciativas que pocos años antes parecían imposibles. Las voces que ahora dicen que “todo lo que toca el peronismo lo contamina” y que, por lo tanto, cualquier coalición debería ser enteramente no peronista están ignorando que, por un lado, en su momento y aún también ahora, hay sectores importantes dentro del peronismo que sienten que una agenda progresista es su propia agenda, que se han jugado por un proyecto político que sentían suyo y que siguen estando disponibles para una coalición orientada por políticas y no por liderazgos personales. Al mismo tiempo, la renuncia voluntaria a dar una disputa en estos términos terminaría entregando al peronismo institucional a un proyecto liderado por los sectores más identificados con un renovado liderazgo empresario y antipopular. Esto es justamente lo que ellos quieren, ya que esta es la fórmula que tan bien funcionó durante los años noventa.

Trazar la línea en la arena de esta forma ofrecerá seguramente una agradable sensación de paz moral, pero sería condenar a un proyecto progresista y popular a una casi segura minoría en el mediano plazo.

Y si algo debemos aprender, de todos estos años de avances y retrocesos, es que el anhelo de justicia social no debiera quedar limitado a un hipotético y épico futuro venturoso.

* María Esperanza Casullo es politóloga. Abelardo Vitale es licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ambos escriben en Artepolitica.com


Aquí están, éstos son

Por Mario Toer *

Pasados algunos días desde las elecciones muchas son las interpretaciones que se han venido conociendo y puede decirse que en buena medida coinciden en aspectos centrales. Es extendida la consideración de que la experiencia que venimos transitando es muy valiosa pero se careció de recursos para enfrentar al bloque dominante una vez que éste salió de su sorpresa y atonía y desplegó todo su potencial para detener la confluencia popular en ciernes. Las carencias pueden explicarse de diferente manera pero lo cierto es que nadie venía tallando como para contar con la experiencia y la sabiduría que la dureza de la confrontación requería.

Resulta unánime el destaque del papel de los medios como elemento articulador de la contraofensiva reaccionaria, llevada a cabo de manera impiadosa, rigurosa, contundente, desvergonzada y con notable pericia profesional. Quizá lo que cuesta un poco más asumir es que cuando se avanza, esos recursos van a operar de la manera que lo hicieron. Así viene ocurriendo en otras latitudes de nuestra América. Hoy por hoy ya son un dato de la realidad y continuarán con su sórdido despliegue. Para eso están. En cualquier caso, va quedando más claro que, si bien la inventiva de la cadena mediática es inconmensurable, es por demás naïf darles flancos que van a ser explotados hasta la extenuación. El cuidado y el ingenio para contrarrestar semejantes operativos merecen intensificarse. Podemos ser mucho más perseverantes y creativos y nunca debemos subestimar su capacidad para hacer daño.

Así las cosas, para retomar la iniciativa se requiere metabolizar la experiencia, aprender de los errores y comenzar a darle consistencia a todo aquello que nos faltó. Paradójicamente, uno de los saldos más ricos que quedaron de la campaña es una amplia militancia que no quiere bajar los brazos. Y aquí aparece la primera responsabilidad, con un buen número de liderazgos claves implicados, de arriba abajo. La demanda, el clamor apunta a constituir instancias, redes, que no dispersen esfuerzos y potencien las ganas de hacer sentir las propias fuerzas. Bien nos valdría aprender de nuestros hermanos uruguayos y constituir espacios donde las diferencias puedan procesarse sin que sean motivo de enemistades o pugnas por figuraciones de menor cuantía.

Todo parece indicar que NK ha comenzado a moverse en la perspectiva de reunir a quienes resultan inequívocamente confiables al interior del PJ con la intención de desplazar a los oportunistas de diverso pelaje y a quienes se ofrecen con escaso pudor para liderar el curso de la restauración reaccionaria. Puede que sea el camino más aconsejable para no regalar semejante estructura al campo contrario. Y que las internas abiertas contribuyan al debate y la construcción de fuerza propia. Puede suponerse también que serán posibles nexos más consistentes con quienes no pertenecen al PJ y quieren ser de la partida. Así nos lo expresó NK en la Asamblea de Carta Abierta. Pero esto no tiene que significar, más bien todo lo contrario, que este amplio espectro de variantes que no se reconocen parte del justicialismo se queden a la expectativa. Hoy urge convocar a una amplia confluencia de quienes no queremos ceder terreno, queremos cuidar lo que tenemos y seguir avanzando, tanto por arriba como en los ámbitos de trabajo y estudio. Mostrar que juntos podemos pretender que hay un mundo por ganar. Quedarán afuera los que, como lo enfatiza Emir Sader en su nota del 15/7, siguen aferrados al señalamiento del presunto cambalache donde supuestamente todo da igual y se empeñan en la mera crítica que termina siendo destructiva. Es de esperar que se sumen, en cambio, quienes como Sabbatella no dejan de recordarnos la necesidad de que nos afirmemos en el piso común desde donde partimos. Medidas indispensables que atiendan a los más necesitados habrán de requerir espaldas más anchas. Iniciativas que permitan revelar las diferencias entre los opositores requerirán miradas más perspicaces.

No son tiempos de lamentaciones ni angustias paralizantes. Sobran los tiempos peores en nuestra historia pasada. Nos hemos sincerado y nos conocemos mejor. Hace seis años no había nadie. Hoy podemos empezar a contar con uno de cada tres.

* Profesor titular de Sociología y Política Latinoamericana (UBA), secretario adjunto del gremio docente Feduba.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-128523-2009-07-20.html

  OPINION


[+] Mostrar esta Nota

Las vísperas de unas elecciones, en las que se juegan muchas cosas, son apropiadas para algunas reflexiones. Sabemos que hay muchos votos cantados y difíciles de conmover. Está el voto de quienes defienden sus intereses, desconfían de lo que se ha extendido en toda la región y obran en consecuencia. Son coherentes, ninguna objeción. Después está el voto pánfilo. Son bastantes. Tienen muy poco que ver con los de arriba, pero se creen a pie juntillas los dislates con los que abruman los medios de desinformación. Son una pena. Rescatables, pero con mucho trabajo y paciencia.

Y después están los votos de los que quiero ocuparme en esta ocasión: el voto de las almas bellas. Se trata de votantes bien intencionados con quienes imaginamos mundos parecidos. Quieren lo mejor para sí y para sus semejantes, pero padecen de una crónica aversión para repasar y comprender la historia y les cuesta entender la dimensión de la política. Tienen poca idea de porqué la mayoría del electorado no los acompaña. Tienden a suponer, aunque no lo dicen, que es por mera necedad. Al fin de cuentas, un país tan lindo como el que ellos imaginan, ¿por qué no se suman los más, los objetivamente interesados? Algunos suelen diagnosticar que “carecen de conciencia”. Allá ellos, se dicen, poco importa, pero mi voto de alma bella enfila a reunirme con todos los que quieren para ahora un mundo mejor. Las almas bellas no son demasiadas. Pero tampoco son un puñado insignificante. Y tienden a agruparse en dos variantes.

Están los perseverantes abonados a micro emprendimientos (aunque sus concurrencias suelen renovarse según pasan los años) de quienes me he ocupado en otras oportunidades. Y están los más románticos y menos doctrinarios, que sinceramente sufren con los más postergados de la tierra y por los daños que se le causan a diario al planeta. Son sensibles a los vuelos retóricos y, en general, aceptan que su postura conjuga la política con la poesía. Silvio Rodríguez escribió una hermosa canción en su juventud, dedicada al Che, que aún se esforzaba en Cuba por conmover la economía de la isla. “Si el poeta eres tú”, decía el estribillo. Claro, a Fidel no le hubiera cuadrado una canción de este tenor. Era quien había armado las alianzas con hasta el último liberal que se oponía a Batista. Y hasta les había otorgado en un primer momento la presidencia de la república y el cargo de primer ministro, ni más ni menos. A pesar de que el Ejército Rebelde era dueño y señor de la isla. Y los señores Urrutia y Miró Cardona recién dejaron sus cargos cuando las mayorías salieron a la calle para exigirlo. Los poetas son imprescindibles en todos los espacios, pero para que el amasijo sea consistente debe nutrirse con lo que existe, y para que fragüe, los que van al frente tienen que saber caminar largas marchas por el barro. La poesía, como el cine y la plástica, estimulan el espíritu, y sin ella ninguna misión noble podría llevarse a cabo. Pero las leyes de la política son diferentes.

Un excelente analista y politólogo, Ezequiel Meler, decía hace poco en su blog Pre-textos, polemizando con un alma bella, más de la estirpe de los doctrinarios: “Siempre hay conciencia de clase. El tema es reconocer cómo se compone, qué determinantes históricos y culturales la integran, cuál es su sentido y dirección, si sirve a los fines políticos que nos proponemos, etc. La conciencia de clase puede no ser revolucionaria, puede no ser socialista, pero siempre es algo. De ese ‘algo’ parte el trabajo político, el tuyo y el mío”.

Y ésta es la cuestión. Tanto para los doctrinarios como para los poéticos. Si las almas bellas se interesaran por esta trama, descubrirían que un genial observador de nuestro mundo, Antonio Gramsci, diseñó con maestría la índole de los escenarios en los que transcurre la política. ¿Cómo articular con los más un espacio que pueda efectivamente disputar el territorio a los de arriba? La manera no puede provenir de mis sueños y aspiraciones. Ni provenir de rígidos principios. Tendrá que nutrirse de los complejos y contradictorios entrelazamientos que las mayorías han conjugado para negociar condiciones de vida que suponen mínimamente aceptables en el marco de ciertas condiciones. Las mayorías son portadoras de una vasta sabiduría que recorre generaciones y continentes. Y no son poéticas ni aventuradas. Pero son los protagonistas. Los protagonistas de la política y de los cambios posibles. A veces pueden equivocarse en toda la línea. Pero sólo desde su experiencia puede buscarse un nuevo camino.

En nuestros días, uno de los reclamos más persistentes de las almas bellas se relaciona con la opción de Kirchner por disputar y obtener la jefatura del Partido Justicialista. Se “pejotizó”, dicen, en una antojadiza y burda simplificación. La realidad es otra. Consiguió convocar a lo mejor que convivía en esta contradictoria conjunción, mezclada con oportunistas diversos y personajes que, tarde o temprano, se marchan para otras tiendas sin que nadie los eche con un úkase burocrático. No estamos hablando de un armado de ocasión, como existe en otras latitudes. Aquí se trata de un conglomerado con mística y largos años de persecución. Se trata nada menos que de un movimiento del que se dice que, sin él, no se puede gobernar. Los K, viniendo de la nada, disputaron en el territorio más temido, la provincia de Buenos Aires. Y ganaron. Viniendo de ese movimiento pretenden que quienes se abroquelaron en sus filas, aunque más no sea por mera autodefensa, cimentada en el número y la unidad, se sumen ahora a este nuevo curso que ha despuntado en toda América latina. Con sus tiempos, que no son los de los jóvenes leídos. Y es por esto, como es notorio, que la derecha se desvive por recomponer un armado que cuente con la suficiente presencia del mismo tronco por que también saben que sin esta vertiente no pueden recuperar la iniciativa. Hay razones de la historia que nos lo explican. No puede dilucidarse el tema en pocas palabras. Pero baste señalar que el movimiento se gestó y perduró porque lo que obtuvieron sus protagonistas fue consistente. Aunque haya supuesto una delegación en mandos que querían asegurarse que no se pasaría de ciertos límites. Si pretendemos convocar y hacer confluir otras vertientes, lo que es indispensable, pongamos manos a la obra despojándonos de devaneos por figurar en la cartelera y valorando lo que ya se ha producido.

Hoy, como nunca, las opciones son claras. O se es protagonista con las mayorías consolidando el curso que se ha abierto o se persiste en los antiguos cenáculos que rondan el 1 por ciento en algunos distritos o, a lo sumo, en la variante nutrida en fantasías de celuloide que se conforma con contar con alguna presencia tan solo en la ciudad que siempre ha sido esquiva a las mayorías, con incesantes reclamos por todo lo que resta por hacer.

En las filas de la restauración conservadora algunas cosas están fuera de discusión. Ya lo han dicho muchos. Y las almas bellas deberían reparar en este señalamiento. Si la derecha clama en todos los tonos contra este Gobierno, es porque algo que no es superficial está ocurriendo. ¿Por qué insistir en solazar el espíritu tan lejos de los cursos de la historia? La belleza de las almas también puede nutrirse del temple que supone cerrarle el paso a la contraofensiva conservadora y buscar los rumbos que permitan profundizar en un camino que no es transitable si no se cuenta con el calor y la presencia de los que son más y menos tienen. No sólo está en juego nuestro destino. También el de los demás pueblos del continente. Y como decía el poeta uruguayo tan sensible a las mayorías que estamos recordando: en la calle, codo con codo, somos más.

* Profesor titular de Política Latinoamericana en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-126672-2009-06-15.html

  OPINION


[+] Mostrar esta Nota

En mi materia de Política Latinoamericana suelen cursar bastantes estudiantes extranjeros y, en una ocasión, conversando con una grácil, espigada y elegante estudiante norteamericana, me refirió que en su universidad jugaba al soccer de número 9. Me salió del alma. Le dije: “No te puedo imaginar saltando a cabecear en un corner”. Sabido es que el balompié en los EE.UU. es jugado en mayor proporción por mujeres que hombres y que así se han encumbrado en las máximas competencias mundiales. Nosotros, por el contrario, hacemos del fútbol un deporte viril, y no pretendemos que nuestras chicas alcancen glorias similares a las de nuestros varones. Y eso a pesar de que en damas podemos competir con buenas posibilidades en el basquet, el voley, el tenis y ni qué decir, el hockey. No cabe duda de que lo mío, quizá bastante compartido, es un prejuicio. Bien podría presumirse que hoy día existe respecto de la Presidenta una insistente campaña para alimentar el extendido prejuicio de que la política es cosa de hombres. Inacabables consideraciones sobre su look, sus entonaciones o gestos. Obviamente se pretende así alentar la desatención sobre las consistentes argumentaciones que CFK explaya en sus intervenciones con notable solvencia, con convicción, elocuencia y conocimiento de causa, sin tener que apelar a ningún machete de ocasión. Resulta que la Presidenta cabecea los centros como para que Maradona la tenga en cuenta y los de la platea no lo toleran. Los motivos son obvios. Descalificar a la persona, descalificar el proyecto, apartar a la población del discernimiento en torno de ideas, buscando reforzar el sometimiento a las versiones más superficiales que los medios cultivan en abundancia. Ante esto quienes nos movemos en el ámbito de la cultura no podemos callar ni quedarnos expectantes. Tampoco resulta oportuno ponernos en paladares negros y ensayar recomendaciones de poca monta. La operación en curso es deleznable desde donde se la mire y creo que hay que denunciarla como una grosera discriminación, por más que posen de sofisticadas consideraciones de índole estética apañadas en la libertad de expresión. Y que conste que esto no implica la subordinación incondicional al discurso oficial. De modo alguno. Desde mi modesto saber y entender, es indispensable que se expresen todos los pareceres que pueden sumar aportes a las tareas pendientes. Eso sí, aunque nos disguste, no estamos en un foro de librepensadores al margen de los tiempos. Estamos en el medio de una de las más feroces campañas por hacer retroceder a un gobierno y posibilitar una restauración conservadora. Hoy por hoy es eso lo que está en juego y cada cual debe tener la capacidad de poder discernir lo principal de lo secundario y ubicar sus legítimas aspiraciones en consecuencia. Hay muchas construcciones pendientes que no hay por qué suponer que deben venir desde arriba. Que los mejores puedan ir dando un paso al frente y los impresentables se jubilen, aquí y en Catamarca, hay que gestarlo, sobre todo, desde el llano. Y no necesariamente desde una banca parlamentaria. Son las vicisitudes propias de tener que reparar el barco en altamar.

La reciente propuesta de adelantar las elecciones nacionales resulta un recurso oportuno para saldar cuanto antes esta confrontación, buscando quedar posicionados lo mejor posible para después seguir, con el mismo empeño, impulsando y debatiendo las numerosas cuestiones de fondo que debemos garantizar que se instalen en la agenda pública, para que el curso abierto encuentre en el futuro tiempos mejores para los que más lo necesitan.

* Profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-121616-2009-03-16.html