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  EL DOMINGO PASADO CASI DOS MIL PERUANOS VOTARON DESDE ROSARIO. ACA GANO HUMALA.

Los peruanos utilizaron un modelo de boleta única parecido al que utilizará Santa Fe. Pero además, tienen un "voto preferencial" que les permite votar sólo uno o dos diputados de una lista para impulsarlos al Congreso Nacional.

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Los ciudadanos peruanos residentes en Rosario tuvieron un compromiso de honor el domingo pasado: votar en las elecciones de su país, donde no sólo se utiliza la boleta única, sino también un sistema llamado "voto preferencial" que le permite a cada elector elegir sólo uno o dos diputados de una lista para impulsarlos en el Congreso. En la ciudad, fueron a votar 1.918 personas, el 75 por ciento de los 2.771 que estaban habilitados para hacerlo. Por apenas cinco votos se impuso el candidato de Gana Perú, Ollanta Humala, sobre la candidata de Fuerza 2011, Keiko Fujimori, en las 13 mesas que funcionaron en la escuela República del Perú, de Alem 3068.

En la Argentina se estima que viven unos 350 mil residentes peruanos, pero la inmensa mayoría está concentrada en la capital Federal y la provincia de Buenos Aires. Apenas 5000 de esos ciudadanos eligieron Rosario y su zona, de los cuales la mitad está en condiciones de votar en las elecciones de su país, de acuerdo con los requisitos migratorios. Aún así, en la ciudad hay un representante oficial, que fiscalizó la elección, del partido de Ollanta Humala. Se trata de Walter Gupioc Ríos, residente en la ciudad desde hace 22 años. En Perú, su hermano milita con el líder izquierdista. Por su parte, Roberto Arévalo Moscoso, presidente de la Asociación de Residentes Peruanos en Rosario, es un ingeniero agrónomo de tradición combativa, que colaboró con el consulado de Rosario en la capacitación previa al proceso electoral, que se utiliza por tercera elección consecutiva en su país.

Arévalo Moscoso es el más entusiasta al hablar sobre los cambios que podría provocar en su país la llegada de Humala, en el marco latinoamericano. "Vengo con una tradición de la izquierda más dura. Y Humala es el cambio. En la Argentina defendimos siempre los derechos de la colectividad de mi país. Atravesamos la década del 90, cuando nos detenían por portación de cara y la situación era mucho más insegura como consecuencia de la ley migratoria que existía, muy diferente de la actual", expresó el dirigente de la colectividad.

Los peruanos que viven en Rosario y el domingo pasado se acercaron a la escuela República de Perú repartieron de manera muy pareja sus preferencias: 371 eligieron a Humala, 366 votaron por Fujimori, 262 se volcaron por la lista Alianza por el Gran Cambio, del economista Pedro Pablo Kuchinsky, 257 confiaron en la lista Perú Posible, que lleva al ex presidente Alejandro Toledo y 227 le pusieron su voto a la Alianza Solidaridad Nacional, encabezada por Luis Castañeda Lossio. Hubo una alta cantidad de votos en blanco (282) y 103 anulados. El gobernante Partido Aprista Peruano, que lidera Alan García, no presentó candidato a presidente.

Sobre la boleta única, Arévalo Moscoso subrayó especialmente el sistema de voto preferencial para el Congreso, que en Perú --tras la reforma constitucional impulsada por el ex presidente Alberto Fujimori-- es unicameral. En las últimas elecciones se renovaron totalmente las 130 bancas, y los electores tenían dos opciones: votar toda la lista, con una cruz en el recuadro de la izquierda, o poner uno o dos números de los diputados preferidos en el recuadro de la derecha. De este modo, cada candidato a legislador se esfuerza por convocar más voluntades, porque pueden aumentar sus chances de acceder a una banca de acuerdo a los electores que les den preferencia. "Es todo lo contrario de la boleta sábana", indicó Gupioc Ríos.

El representante de Humala subrayó que los cinco candidatos a presidentes de su país ponderaron el gobierno de García, y prometieron seguir sus lineamientos económicos, aunque --afirmó-- sólo Humala garantiza mayor distribución de la riqueza. "¿Por qué apoyarlo? Porque significa el cambio, habla de revisar los contratos espúreos con las empresas de minería, y recuperar los recursos naturales para los pueblos. También propone mejorar los tributos de las empresas con grandes ganancias. ¿Está mal eso? Si es similar a lo que ocurre en otros lugares de América", agregó Arévalo Moscoso.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-28305-2011-04-17.html

  ELIAS CARRANZA, SECUESTRADO POR EL INFORME BRANDAZZA


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Elías Carranza vive en Costa Rica desde el 26 de febrero de 1978, cuando debió huir de una muerte segura en Rosario. Antes, había pasado un mes secuestrado en el Servicio de Informaciones de Rosario y otros tres detenido en Coronda. Aún antes había sido sumariante de la Comisión Bicameral que produjo el memorable informe Brandazza, y por eso la patota lo buscó para vengarse. Hoy es un criminólogo reconocido internacionalmente, al punto que dirige el Instituto Latinoamericano de las Naciones Unidas para la Prevención del Delito y el Tratamiento de Delincuentes. Ayer revivió su dolor frente al Tribunal Federal Oral número 2, en la causa Díaz Bessone. El viernes 18 de febrero de 1977, cuando volvía a su casa en el auto desde su trabajo en los Tribunales provinciales, lo rodearon otros tres automóviles y lo secuestraron en bulevar Oroño entre Córdoba y Rioja.

A los golpes, como era costumbre de la patota de Feced, lo llevaron al centro clandestino de detención. Como había sido amenazado de muerte por la Triple A, y desde hacía tiempo temía ser secuestrado, apenas se percató de la demora, su esposa Rita Maxera llamó al entonces juez --hoy camarista-- Ramón Teodoro Ríos, para pedirle ayuda. El magistrado se comunicó con la Jefatura de policía, donde le confirmaron que Carranza estaba allí. Esa llamada aseguró su vida.

A Carranza lo buscaban para vengarse por su participación en la Comisión Bicameral Investigadora de Apremios Ilegales y Torturas de la Legislatura santafesina, que produjo el Informe Brandazza, sobre el secuestro del joven trabajador y estudiante de Ciencias Económicas, el 18 de noviembre de 1972. Esa comisión era presidida por el diputado Juan Lucero. "Logramos identificar a los autores, que pertenecían a las fuerzas que integraban el comando Sub-Area Rosario, logramos detener a varios de ellos, tomarles declaración, reunir los elementos de prueba y trasladar el expediente al Juzgado Federal en turno en este mismo edificio", les dijo ayer a los jueces. El testigo listó a todos los involucrados en el crimen de Brandazza.

El 30 de diciembre de 1975 recibió una amenaza de la Triple A y desde entonces debió vivir escapando, aunque jamás dejó su trabajo en el juzgado de instrucción de la tercera nominación de la provincia. "Fue una época alucinante. Con mi esposa embarazada de nuestra tercera hija y nuestras hijas de cinco y diez años cambiábamos constantemente de domicilio, gracias al apoyo de amigos y de mis hermanos, que trabajaban como corredores de propiedades de inmuebles", relató ayer. Cuando cerraban los Tribunales, salía alternando las cuatro puertas del edificio para evitar que lo secuestraran.

El 18 de febrero de 1977, a las 13.15, la patota lo encontró llegando a su casa. Enseguida comprendió que lo habían llevado al SI, donde lo golpearon, le aplicaron picana y lo tuvieron vendado durante 14 días consecutivos, entre la planta baja y la favela, que estaba en el entrepiso. "En la misma situación se encontraban numerosas personas. Durante el mes que estuve en ese lugar calculo que nunca habrá habido, en las reducidas oficinas donde yo estaba, menos de treinta personas secuestradas en promedio, ya que la cifra oscilaba, traían gente nueva, y a otros, luego de tenerlos allí y torturarlos salvajemente, un buen día se los llevaban y no volvíamos a verlos", relató ayer. Otros eran puestos a disposición del PEN y enviados a cárceles.

En su declaración de ayer, Carranza recordó a Analía Minetti, que estaba muy torturada, y con quien compartió un denigrante viaje en un camión. Ese "paseo" se produjo ante el temor de los represores por una posible llegada de una inspección de la Cruz Roja. El viaje se repitió al día siguiente. Minetti continúa desaparecida.

"Los interrogatorios eran bastante elementales en mi caso, ya que más bien se limitaban a provocarme por haber sido sumariante de la Comisión", contó ayer. En una oportunidad, un individuo le pagó y lo amenazó en nombre de los torturadores a los que la Comisión había investigado.

Un día, en una cuarta o quinta sesión, en la oficina de Raúl Guzmán Alfaro, fue lanzado en medio de un grupo de 7 u 8 personas y golpeado brutalmente en la cara, el pecho y zona baja. Le pusieron la picana en el pecho y le decían: "¿Así que ustedes investigaban esto?". Uno de los torturadores le dio pistas para que supiera que era uno de los policías presos por el caso Brandazza, Angel Jesús Farías. Después de un mes en el SI, lo trasladaron a Coronda. Estuvo tres meses en la cárcel, y lo soltaron el 6 de junio de 1977, pero antes le dijeron que lo iban a matar, que se fuera del país. Demoró en conseguir el pasaporte, pero en febrero de 1978 pudo poner miles de kilómetros de distancia con el horror.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-28155-2011-04-06.html

  SOLO LA MITAD DE LAS VICTIMAS DE LOS SURGENTES SON PARTE DE LA CAUSA


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Sergio Jalil tenía 20 años cuando una patota lo interceptó en Juan José Paso y Provincias Unidas, el 15 de octubre de 1976, en una cita cantada a la que el Turco había llegado igual para proteger a su compañera, Lala, Stella Miguel. A ella la acribillaron en el lugar. El corrió un par de cuadras para zafar del secuestro, pero lo atraparon en la República 3536, donde lo maniataron y vendaron, antes de llevarlo al Servicio de Informaciones. Sergio es uno de los siete militantes de la Juventud Peronista que el 17 de octubre de 1976 fueron retirados del centro clandestino de detención y fusilados en Los Surgentes, en el suroeste de Córdoba. Antes de partir hacia la muerte, Sergio gritó: "Viva Perón, hasta la victoria siempre". Su caso fue excluído de la causa Díaz Bessone y por eso, el juez Jorge Venegas Echagüe interrumpió ayer a Marcelo Jalil cuando trataba de contar lo que había pasado con su hermano.

"Me parece totalmente ilógico que hayan desmembrado la causa de Los Surgentes no sé por qué cuestión procedimental. Es inexplicable. Los siete cayeron más o menos en la misma semana y el 17 de octubre los sacaron a los siete, los llevaron a Los Surgentes, los fusilaron, los llevaron al cementerio San Vicente de Córdoba, los enterraron en una fosa común, los desenterraron en 1984 y quemaron sus restos", argumentó Marcelo Jalil, con una lógica implacable, su impotencia ante la decisión del Tribunal.

La historia de la familia Jalil sufrió un profundo quiebre el 14 de octubre de 1976. Primero fue el allanamiento a la casa familiar, adonde llegaron unos 15 hombres, comandados por Raúl Guzmán Alfaro. Allí, al no encontrar a Sergio, encañonaron a un bebé, Juan Pablo --hijo de la hermana del joven buscado--, que entonces tenía cuatro meses. Al día siguiente cayó Sergio. La desaparición de su hijo lanzó a Nelma a buscarlo. Una vez, en la Jefatura de Policía --entonces en San Lorenzo y Dorrego-- esperó muchas horas. Entonces, se metió de prepo. Llegó a ver a cómo Guzmán Alfaro interrogaba a un joven esposado. Un guardia quiso echarla y Nelma se plantó: no se iría de allí sin entrevistarse con el jefe del SI. Y lo consiguió. El represor la maltrató, le mostró una foto de Lala y la echó, le dijo que no volviera allí. Nelma no se dio por vencida, se entrevistó con el sacerdote Raúl García, que, en el colmo de la perversidad, se hizo regalar un bolso de cuero, y le hizo preparar ropa y comida para Navidad, con la promesa de que pasarían las fiestas junto su hijo. Les dijo que Sergio estaba trabajando en el campo.

Nelma Jalil fue la primera madre que dio vueltas alrededor de la plaza 25 de mayo, con Esperanza Labrador, en plena dictadura militar. Murió el 10 de septiembre de 2008, sin haber visto a ninguno de los represores rosarinos en el banquillo de los acusados. En la casa de Marcelo, de 57 años, con tres hijos y cuatro nietos, hay tres fotos siempre presentes: el Che Guevara, Nelma y Sergio.

Aunque no pudo leerla por las restricciones que planteó el Tribunal, Marcelo había llevado ayer un texto que escribió su hija Ana Paula, en 1997, cuando tenía 17 años. "Para Sergio, un tío que aunque nunca tuve, me legó miles de cosas", era la dedicatoria, y decía: "Pienso mucho en vos, creo mucho en vos, lo que fuiste, pero no me puedo imaginar qué harías si estuvieras aquí, cómo verías lo que yo veo y cómo vivirías lo que yo vivo, quizás estarías igual que yo, un poco desorientado y haciendo poco y nada, intentando solucionarlo todo", dice el texto de Ana Paula, que su padre muestra emocionado. "Tal vez estarías rendido como muchos que yo veo, también podrías estar muy atrasado, detenido en el tiempo, podrías estar vendido, haciendo cosas que en tu pasado no te hubieses permitido, pero queda una posibilidad, si estuvieras acá, conmigo, con todos, la historia habría sido tan distinta, que ahora no te preguntaría, no me preguntarías, sólo te abrazaría", termina el texto.

Marcelo quiso dar testimonio por su hermano, pero también en memoria de su madre. Por eso, llevó el cuaderno donde Nelma había escrito el itinerario de su incansable búsqueda. Sólo lo dejaron leer la mitad. Cuando Venegas Echague lo interrumpió, sus abogadas Gabriela Durruty, Jesica Pellegrini y Daniela Asinari, del equipo jurídico de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, le hicieron preguntas para que se atuviera al relato de los Surgentes. "Hay un vericueto legal que sigo sin entender. Dividieron, entraron cuatro víctimas en esta etapa y dicen que en la próxima entrarán los otros tres, como yo empecé a relatar el secuestro y desaparición de mi hermano, me interrumpieron", explicó Jalil más tarde.

Por toda la historia familiar marcada por la tragedia de su hermano, Marcelo dejó sentada la queja. "Esta declaración debió hacerla mi vieja, pero la justicia tan lenta, y las políticas que negaban la reparación de los derechos humanos impidieron que ella llegara con vida", afirmó.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-28135-2011-04-05.html

  ALEJANDRA MANZUR TIENE 34 AñOS Y NACIO EN CAUTIVERIO EN 1976. DECLARO EN LA CAUSA DIAZ BESSONE Y CONMOVIO CON SU HISTORIA

Su padre es Oscar Manzur y fue secuestrado junto a su madre Marta Bertolino. El no volvió a aparecer, pero Alejandra sabe traerlo al presente a través de sus canciones. Una de las tantas historias familiares que se reviven en las declaraciones de las víctimas de la patota de Feced.

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Alejandra Manzur canta, escribe canciones, convierte en música todo el dolor que el terrorismo de estado imprimió en su vida desde antes de nacer. Estaba en la panza de su mamá, Marta Bertolino el 10 de agosto de 1976, cuando la patota de Feced las atrapó junto a su padre, Oscar Manzur. Desaparecido desde entonces, es a él a quien le escribió la canción Senegami, que dice: "Desde el fondo de la noche/ siento tu voz que se va/ con otros nombres se pierde/ tu nombre y tu libertad". Y aunque el lunes pasado, cuando declaró en la causa Díaz Bessone, no haya cantado en honor a él, sí conmovió hasta los huesos al contar su historia. Alejandra nació desaparecida, a su mamá la habían torturado con saña durante 25 días, y la amenazaron con que la beba iba a ser entregada en la Casa Cuna. A su papá lo torturaron tanto que le dijo a su esposa "nena, me muero", y nadie volvió a escuchar su voz. José Rubén El Ciego Lofiego era el que conducía las torturas en el Servicio de Informaciones, y está acusado por el homicidio de Oscar. Alejandra tiene 34 años, tiene un hijo de dos años y está embarazada, espera una nena. Su declaración en el juicio tuvo la apuesta a la vida que la caracteriza, por una mirada que combina el dolor y la gratitud.

"Siempre viví el fantasma de la desaparición porque en realidad nací desaparecida, y permanecí varios días sin nombre y apellido, es decir sin identidad, y corrí el riesgo de quedar desaparecida. Finalmente aquí estoy, gracias a la vida, a la lucha, al azar y a la solidaridad de algunas personas. Tal vez por esto, siento un contacto profundo con los hermanos desaparecidos, con los chicos que perdieron su identidad", dijo el lunes a la noche, después de las 22, frente al Tribunal. Alejandra relató que a los seis meses fue separada de su madre, tras pasar con ella por la Unidad 5 de Rosario y la cárcel de Devoto. Entonces, quedó a cargo de sus abuelos. "Viví en la casa de mis abuelos maternos, Rina y Pocho, con ellos y con el tío Guille, que tenía 21 años en ese momento. Estuve todos esos años rodeada del cariño inagotable e infinito de estas tres personas a las que amo profundamente y a quienes estaré eternamente agradecida", dijo frente al Tribunal, mientras su abogada, Gabriela Durruty, no podía preguntarle porque las lágrimas le brotaban sin control y los demás abogados de las querellas tampoco podían contener la emoción.

"Tengo lejanamente en la memoria a mi abuela Rina acunándome en mi piecita y cantándome la canción Señora Santana. Para mí, ella era mi mamá, porque sin duda la sustituyó durante todos esos años. Recuerdo que yo le quería decir mamá y ella me decía rotunda que no, que era mi abuelita Rina. Ahora entiendo su preocupación de conservarle el lugar de mamá a su hija Marta, que estaba presa, y que algún día volvería a ser mi mamá", relató la joven, que había escrito un texto previo como guía de lo que iba a decir, pero después también dejo lugar a la improvisación.

No sólo su mamá, sino también su tío Eduardo hermano mellizo de Marta estaban presos. Mientras tanto, los abuelos maternos habían puesto fotos de Marta y Oscar en la pieza de Alejandra, para que los tuviera presentes. Iban cada tres meses a Devoto. "La principal comunicación con mi mamá era a través de las cartas. Cada semana llegaban cartitas que mis abuelos y mi tío me leían, y a veces yo les daba un besito como una manera de contacto con ella. Yo le mandaba dibujitos y ella me mandaba dibujos con canciones y cuentos escritos a mano. También la visitaba regularmente en la cárcel de Villa Devoto. Los encuentros eran a través de un locutorio (un vidrio y un micrófono). Lo que más recuerdo de eso es alguna de sus monerías: se cubría la cara con todo el pelo y luego se la descubría", contó sobre sus vivencias infantiles.

Uno de esos encuentros con Marta fue distinto. "En una visita de contacto muy breve, en un patio grande, pudimos abrazarnos. Esto debe haber sido algunos meses antes de su regreso. Recuerdo con nitidez que en un momento le dije: ¿por qué no te puedo llevar ahora conmigo?", relató Alejandra.

La vuelta de su mamá, en diciembre de 1981, sumó alegría, pero también contradicciones. "Recuerdo como si fuera hoy el día que le conté a mi seño Mirta en el jardín de infantes que ese día iba a llegar mi mamá, el abrazo que nos dimos cuando al fin nos encontramos, y que le dije que la iba a abrazar hasta dejarla sin respirar. El reencuentro con mi madre real, esa que había perdido/abandonado tantos años antes, por un lado era algo lindo, muy vital, y de hecho, necesario. Pero por otro lado me generaba mucha culpa con mi mamá/abuela que me había acunado con tanta ternura días y noches", rememoró Alejandra, quien aclaró que el amor y la contención familiar, así como concurrir a análisis desde muy pequeña la ayudaron a no volverse loca.

La historia de pérdidas tuvo otro capítulo trágico cuando Alejandra tenía 9 años. Su abuela Rina, tan importante para ella, se suicidó. "Esto está profundamente ligado a todo el dolor y el sufrimiento que se había vivido durante esos años en la casa de mis abuelos maternos por las tragedias ocurridas, como son la desaparición de mi padre, mi madre y mi tío Eduardo presos, y una beba que había quedado huérfana", subrayó el lunes frente a un Tribunal presidido por Jorge Venegas Echagüe.

Una parte de lo perdido, esa madre con la que no pudo compartir los primeros años de su vida, pudo repararlo con la llegada de Tamara, su hermana menor. "Viví la destrucción de mi familia antes de nacer, antes de su constitución. Todos los pedazos quedaron desparramados y ya nunca podrán juntarse, eso es irreparable. Porque la mamá que perdí/abandoné/me abandonó, a los 6 meses, que volvió para recuperarme a los 5 años, es una mamá con la cual yo tuve que conocerme otra vez, y porque mi papá no volvió nunca, ni va a volver. En este sentido de la destrucción de mi núcleo familiar resultó muy reparador el nacimiento de mi hermana Tamara. Fue como revivir la conformación de un nido, donde yo no era la nena chiquita, pero la veía crecer junto a su mamá, que era también mi mamá y esto lo disfruté mucho. También es importante y vital la constitución de mi propia familia, de mi familia actual, mi marido, mi hijo, mi bebé por nacer. Significan la creación de vínculos afectivos nuevos que me llenan de vida y de caricias", dijo Alejandra, en su apuesta por la vida.

Con la vuelta de su mamá también pudo saber algo más sobre su papá, que hasta entonces era un fantasma. "Cuando mi mamá volvió de la cárcel me contó que ellos militaban, que se juntaban con otros compañeros y que luchaban por una sociedad más justa para todos. Que un día vino un golpe de estado y empezó a desaparecer gente y que a ellos los detuvieron juntos poco antes de mi nacimiento. Y cuando le pregunté por mi papá específicamente, me dijo estaba desaparecido. Esto me generó una incertidumbre terrible. Me volvía loca de sólo pensar que podría estar vivo. Y ¿dónde? Se me presentaba como un fantasma y en varias oportunidades soñé que tocaba el timbre en la casa de mis abuelos. Cómo podía ser que ni estaba allí para verlo y tocarlo ni había un lugar concreto donde estuviera enterrado y donde poder llorarlo", dijo Alejandra sobre lo que significa para una niña convivir con aquel siniestro concepto del desaparecido. Tras su insistencia, la madre le dijo que Oscar era un desaparecido justamente porque nadie dice dónde están sus restos, pero que a él lo habían matado. "Con todas estas imágenes de terror tuve que vivir, crecer, pasar mi adolescencia, y hacerme mujer. Los que lo conocieron me cuentan que era muy risueño, muy alegre y muy buena persona, pero para mí era como un fantasma", le puso palabras Alejandra.

En el marco de una declaración más extensa, Alejandra afirmó que "fue muy difícil sobrevivir al horror de esta historia". Y abundó: "Tengo marcas indelebles en la piel, muy profundas, estoy llena heridas, de agujeros, y eso es imposible quitarlo porque son vivencias traumáticas, muchas de las cuales están en mi registro inconsciente porque sucedieron cuando yo aún no tenía posibilidad de guardarlas en la memoria, no tenía el recurso fundamental de la palabras".

De hecho, ahora puede atar el dolor de su infancia con el terrible dolor que sufrió su madre, cuando sólo tenía 23 años. "Hoy que tengo un niño de dos años y estoy embarazada de 8 meses me resulta inimaginable y de una crueldad y de una crudeza insoportable la separación de un hijo en los primeros años de su vida. No poder presenciar los primeros pasos, las primeras palabras, y cada uno de los signos de su crecimiento", dijo frente al Tribunal.

Por eso su gratitud. "Si alguien ve mis fotos de esos años, puede ver en mí una nena alegre, pícara, vivaz, y de hecho tengo muchos recuerdos lindos de mis primeros años. Pero yo pude darme cuenta varios años más tarde cuánta tristeza y cuánta angustia había en ese hogar, y cuánto esfuerzo hicieron mis abuelos y mi tío para que yo no percibiera con tanta crudeza tanta desolación", afirmó.

Alejandra también subrayó el dolor que provoca en las víctimas del terrorismo de Estado la impunidad y reclamó porque cinco de los seis imputados de la causa Díaz Bessone están libres. "Parece una paradoja de la historia argentina que esté hoy aquí, a 34 años de los acontecimientos, embarazada de ocho meses, como estaba mi madre cuando la secuestraron , frente a este tribunal, pidiendo que se haga justicia por los tres. Por mi padre, por mi madre y por mí", terminó su testimonio. La canción que escribió para su padre también dice: "Las estrellas van muriendo/ el tiempo las ve pasar/ pero su luz permanece/ no se apagará jamás".


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-28108-2011-04-03.html

  DOS EX PRESAS POLITICAS DIERON TESTIMONIO DEL CALVARIO DE MARTA BERTOLINO

Marta Ronga y Mary Daldosso contaron con lujo de detalles cómo fue la llegada de Bertolino a la Unidad 5, en los primeros días de septiembre de 1976. Estaba flaca y tenía a su beba, de pocos días. El lunes, la testigo acusó a Lofiego.

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Marta Ronga y Mary Daldosso eran presas políticas alojadas en la Unidad número 5, de calle Ingeniero Theddy, en septiembre de 1976, cuando llegó Marta Bertolino, de 23 años, flaca y demacrada, con su hija Alejandra, de poquitos días. Venían de la Maternidad Martin y llegaron al pabellón donde había cuatro madres con sus hijas. "Estábamos incomunicadas desde el golpe militar. Una noche, cuando estábamos cenando, se abrió la puerta y la autoridad trajo a una joven que resultó ser Marta, con un bebé en brazos. Estaba en estado lamentable, muy flaca, con una pierna enyesada. Como tenía alguna ropita de mi bebé vestí a la nena. Le preguntamos a Marta si quería cenar y comió desesperadamente. No hablaba, estaba muy callada", rememoró Daldosso. Marta demoró unos días en contar la terrible historia que traía encima. Mary recordó que durante el mes que pasó en la Unidad 5, Marta estaba aún más incomunicada que las otras presas. No podía salir al recreo de una hora, su hija no estaba anotada, le negaban la atención médica para su pierna enyesada, al punto que la propia Daldosso le sacó el yeso con un cuchillo de cocina.

Unos días después de haber llegado, Marta le pidió a Mary que se quedara en el recreo, para hablar con ella. "Se ve que le inspiré confianza", dijo ayer Daldosso, que era abogada de la UOM de Villa Constitución y estaba presa desde el 20 de marzo de 1975. "Me contó lo que había pasado, que habían sido detenidos ella y su esposo, Oscar Manzur, que la habían torturado", relató ayer Mary frente al Tribunal Federal Oral número 2. Marta le contó que tenía muchísimo miedo de que le sacaran a su hija y la llevaran para seguir torturándola, le pidió ayuda porque su esposo estaba muerto, contó cómo había escuchado que lo torturaban hasta que dijo que se moría, y luego no volvió a oírlo. El lunes pasado, Bertolino dio testimonio durante casi cinco horas, y acusó a José Lofiego de sus propias torturas, así como de la desaparición de su marido, Oscar Manzur.

"No podía creer ese relato, nosotras estábamos allí, en una especie de caja de cristal, donde no pasaba nada. Esta situación me desconcertó. Le dije que íbamos a contarles de a poquito a las otras presas, porque iba a ser doloroso para todos", relató Daldosso y en ese momento, la emoción le impidió hablar durante algunos instantes. Cuando se recompuso, refirió los apodos de los torturadores que le había mencionado Marta: el Ciego (Lofiego), el Cura (Marcote) y Tu Sam (Carlos Brunatto), además del Pollo Baravalle, un civil que fue secuestrado y colaboró con la patota.

Las dos testigos fueron ofrecidas por la querella de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas, y por eso las preguntas estuvieron a cargo de la abogada Gabriela Durruty. Relataron -apenas con matices- una misma situación. "En la madrugada del 13 de septiembre de 1976, es decir, a los pocos días de la llegada de Marta Bertolino, nos despertaron los ruidos de botas en tropel sobre el techo, corridas y gritos. Eran amenazas de hombres que decían que nos iban a matar. Más no escuché porque a los insultos y amenazas los taparon los tiros, parecían de fusiles y ametralladoras. Parecía que el techo de la celda se nos venía encima de tanta corrida", contó ayer Ronga, con una capacidad narrativa admirable. "Nos quedamos abrazadas como pudimos, y bajo los dinteles, como si eso pudiera protegernos de algo. Hasta que se hizo silencio y creímos que se habían ido. Pero no, como una alucinación en la noche volvían, ahora por el pasillo los escuchamos abrir la primera reja, cruzar corriendo el patio, golpear con las armas la puerta y abrirla al grito de cuerpo a tierra, las manos en la cabeza. Entraron unos hombres con uniformes de combate, nos quedamos allí tendidas, esperando el tiro de gracia", continuó el relato de aquella noche infernal. Les rompieron sus pertenencias. La imagen se completó con los retazos de la segunda testigo de la mañana. Daldosso recordó el temor de ser el blanco de alguno de aquellos disparos. Las cuatro detenidas que estaban con sus bebés se refugiaron en la puerta del baño, el lugar más reparado, y protegieron con sus cuerpos a sus hijos. "Empecé a cantar para que los niños no se asustaran con los estruendos", recordó ayer. Tanto Ronga como Daldosso les preguntaron a las autoridades del penal por lo ocurrido. A Ronga le dijeron que ahora estaban bajo las órdenes del Comando del Segundo Cuerpo de Ejército. La respuesta que recibió Daldosso fue mucho menos creíble. "A la nueva vino el marido a rescatarla", dijo la jefa de celadoras.

La amenaza para la vida de Marta Bertolino seguía vigente. "Con una paloma (pequeños papeles escritos, transportados por hilos que se usaban para comunicarse entre diferentes pisos del penal), los presos comunes que estaban alojados en la comisaría 8ª, debajo de la cárcel, nos avisaron que esa noche iban a trasladar a la nueva", relató ayer Daldosso. Esa noche, en la celda de las madres, nadie durmió. Pero no hubo traslado. Al día siguiente, les reprocharon a los comunes la falsa alarma. Ellos contestaron que no se habían equivocado, que hubo un móvil parado durante toda la noche en la puerta. Al día siguiente, llegó ropa para Alejandra, y todas respiraron: la familia de Marta había podido ubicarla.

Pocos días después, los presos comunes volvieron a ser solidarios, y les avisaron que iban a ser trasladadas. Daldosso supo que era verdad porque su hermana llegó un día de semana para retirar a su bebé, María Soledad, algo que sólo tenían permitido hacer los fines de semana. El 15 de octubre de 1976 las llevaron a la cárcel de Devoto. El minucioso relato del traslado que realizó ayer Ronga fue escalofriante. Contó cómo les pegaban y que una presa pedía las muletas, porque no podía ponerse en pie, pero le seguían pegando. Fueron en un avión sin asientos, esposadas, tiradas contra el piso. Relató que en un momento pudo ver a Alejandra, por debajo de la venda. Más tarde, ya en Devoto, divisó una prenda de su propio hijo, y sintió alegría al saber que la beba había permanecido con su madre en la cárcel bonaerense. A Marta la había conocido en los recreos, cuando empezaron a dejarla salir.

También Daldosso recordó el traslado, en especial por la separación de su hija, que quedó en Rosario al cuidado de su familia. "Fue uno de los momentos muy dolorosos. En la vida de una mujer, hay momentos muy doloroso. Un embarazo estando detenida, un parto y la separación de tu hijo. Por eso me acuerdo muchísimo de la situación de Marta", dijo ayer Daldosso. Cuando salió de la sala de audiencias, fue a su encuentro la abogada de Hijos, Nadia Schujman, siempre cálida. Mary la abrazó con fuerza y lloró. "Fue duro recordar todo eso. No sabía que declarar significaba revolver tanto adentro", expresó la abogada laboralista.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-28067-2011-03-31.html

  JUAN GIROLAMI Y JORGE RUEDA DECLARARON EN LA CAUSA DIAZ BESSONE

Los testigos fueron secuestrados junto a Marta Bertolino y Oscar Manzur, que permanece desaparecido. Girolami responsabilizó a Lofiego por la muerte de su compañero y pidió que se juzgue a los civiles que planearon la última dictadura.

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La desaparición de Oscar Manzur en la madrugada del 10 de agosto de 1976 fue un dato clave de las declaraciones de los dos testigos que declararon en la audiencia de ayer en la causa Díaz Bessone. Juan Girolami relató su secuestro en la casa de su familia, donde estaban alojados Manzur y su esposa Marta Bertolino, que declaró anteayer. "Los cazamos al Turco y la Pelusa", se vanagloriaron los integrantes del Ejército que realizaron el operativo. Llevaron al Servicio de Informaciones (SI) a todos los que encontraron en el departamento de España al 300, así como a Jorge Rueda, el novio de Marcela Girolami, quien había ido a tomar el colectivo y fue interceptado por los represores. "Quiero dejar expresa constancia de que vi entrar al compañero Oscar Manzur al SI en perfecto estado de salud, salvo por la renguera de un tobillo, y que al cabo de dos, tres o cuatro días en los que escuché sus quejidos en los interrogatorios, nunca más supe de él. Así que responsabilizo a José el Ciego Lofiego por la desaparición y el asesinato de Oscar", dijo Girolami.

En el final de su testimonio, Girolami rindió homenaje al ex presidente Néstor Kirchner y bregó para que la justicia avance sobre las responsabilidades civiles en la dictadura cívico-militar. "Les pido que algún día podamos sentar en el banquillo de los acusados a los verdaderos ideólogos de este genocidio", solicitó.

El primero que declaró fue Rueda, quien contó su secuestro, las torturas que sufrió junto a Girolami. "Nos torturaban un rato a cada uno", dijo el testigo. En la tortura, dio una cita falsa. Lo subieron a un auto Chevy para que fuera a buscar a sus compañeros, pero no había tal cita. El Ciego le aseguró que la iba a pasar peor por no haber colaborado, y unos días después, los tormentos se intensificaron. En el SI pasó por la Favela, el entrepiso al que llevaban a los más torturados, y también lo tuvieron entre 3 y 4 días en el sótano. "No tener agua era lo mínimo. El problema era no volver a ser torturados, era una situación enloquecida, estábamos en manos de psicópatas", relató ayer el testigo. El 21 de septiembre de 1976 lo trasladaron a la cárcel de Coronda, donde permaneció hasta abril de 1979. Después estuvo en Caseros.

Girolami contó del secuestro, agregó lo excitados que estaban los integrantes del grupo de tareas al saber que habían "cazado" a Manzur y Bertolino. "Encontramos unos montoneros", dijeron los represores. El testigo relató el traslado, en un Unimog, en el que además le robaron el dinero que tenía para comprar los medicamentos para la farmacia de su padre. Los llevaron en el marco de un gran operativo hacia el SI, donde pasó una buena parte de su cautiverio, los primeros días junto a su hermana Marcela y su madre Delfina. "Quiero dejar constancia de que mi grupo familiar y amigos en ningún momento fuimos detenidos, por más que nos haya venido a buscar el Ejército. Fuimos secuestrados", dijo el testigo. Atribuyó la delación a un vecino de su edificio, Carlos Sfulcini, integrante de la patota de Feced, a quien conocía personalmente.

Cuando estaba en el SI, a Girolami le mostraron cómo habían castigado a su madre. "Mirá cómo está sufriendo tu mamá", le dijeron sobre los moretones que tenía la mujer, productos de los golpes. A su hermana no se la mostraron pero le aseguraron que estaba en la misma situación. Girolami recordó además los quejidos de dolor de Marta y Oscar cuando eran torturados.

En medio de las torturas, Girolami pensó que una forma de pararlas era cortarse con el vidrio de la puerta del pasillo donde los alojaban entre una sesión de tormentos y otra. "Pensé en cortarme para obtener atención médica, o para que paren la tortura porque ya...", las palabras no salieron de su boca, pero no hizo falta. Con notable esfuerzo, el testigo relató que el corte en su mano no alcanzó para parar los castigos. Al contrario. "Me molieron a patadas, en esa paliza me fisuraron las tres últimas costillas del lado izquierdo. No había preguntas en la tortura, esta vez, sólo me decían: 'Así que te quisiste escapar'", rememoró ayer. Le aplicaron picana sobre la herida abierta. Y aunque reclamara atención médica, no se la ofrecieron. La herida se infectó. Un día, el Ciego le dijo que lo harían curar, y lo llevaron a la Asistencia Pública, en Moreno y Rioja. Allí pudo ver a su padre, por primera vez desde el secuestro.

Después de las curaciones en su mano, el 22 de agosto de 1976, lo llevaron al sótano. Y el 21 de septiembre lo trasladaron a Coronda. En julio de 1979 volvió al SI, y estuvo casi un mes en el sótano, nuevamente. En esa época, su madre murió. Vergara fue el encargado de llevarlo al velorio y también al entierro. El 18 de octubre de 1980, Girolami quedó en libertad.

Girolami era -como Manzur- militante de la Juventud Trabajadora Peronista, y empleado municipal. Ayer describió al "Ciego", a Mario "Cura" Marcote, a Ramón "Sargento" Vergara y a José "Archie" Scortecchini, a quien conoció en un traslado desde Coronda hasta el SI.

"Después de toda esta experiencia que viví, me llevó 35 años estar delante de este Tribunal. Sé que hubo impedimentos en los diferentes gobiernos, porque a mi modo de ver el golpe de 1976 fue cívico-militar y eclesiástico", dijo casi sobre el final a los integrantes del Tribunal. Girolami habló muy pausado. Al salir, lo esperaban compañeros y familiares, muchos con lágrimas en los ojos. Los abrazos aliviaron el esfuerzo de recordar.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-28057-2011-03-30.html

  TESTIMONIO DE JOSE FRANCISCO REYDO, SECUESTRADO EN EL 76

La Patota fue a buscar a su novia a su casa y se lo llevaron a él. Por haber vivido apremios sabe lo que significa aguantarse sin hablar. "Los que cuestionan al compañero que cantó no tienen idea de lo que es la tortura", dijo.

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José Francisco Reydó fue secuestrado el 14 de octubre de 1976 en su casa, en Balcarce 712. Su ex esposa, Alicia, estaba ayer entre el público que fue a escuchar su testimonio en la causa Díaz Bessone. Entonces era su novia. Ella les abrió la puerta, pero los represores no la reconocieron. Se lo llevaron a él. Por ella le preguntaron esa madrugada, y durante los 32 días que duró la tortura. Los dos eran militantes de la Juventud Universitaria Peronista, y él se enorgullece porque Alicia jamás cayó. Cuando Francisco lo cuenta, se le llenan los ojos de lágrimas, igual que cuando recuerda a Eduardo Lauss, una de las víctimas de la masacre de Los Surgentes. Francisco pudo ver a Lauss y a José "Ciruja" Oyarzabal en el Servicio de Informaciones, en el sector llamado La Favela. Los tres eran estudiantes de derecho. Lauss y Oyarzábal fueron sacados del SI para la masacre de la localidad cordobesa.

Reydó estuvo desaparecido hasta el 17 de noviembre, cuando lo pasaron a la enfermería de la Alcaidía de Jefatura, donde recibió el respeto de los presos comunes. Un día, en enero de 1977, lo llevaron sólo por unas horas de nuevo al SI, antes de trasladarlo a Coronda. En el SI vio a Juana Bettanín y María Inés Luchetti, madre y esposa del que fuera diputado nacional de La Tendencia, Leonardo Bettanín, asesinado en Rosario el 2 de enero de 1977. Juana, de 54 años, le contó que había sido torturada y violada. "Me puse loco cuando supe toda esta cuestión", relató a Rosario/12. Reydó les pidió ayer a los jueces que tomen las agresiones sexuales como delito de lesa humanidad.

De los torturadores, mencionó a José Rubén "El Ciego" Lofiego, Mario Alfredo Marcote y Raúl Guzmán Alfaro. Pero también se refirió a los compañeros de cautiverio. "Tuve la suerte, la bendición de haber estado al lado de compañeros como Gustavo Pícolo, que es mi amigo del alma y el Cabezón (Carlos) Pérez Rizzo, que me dieron una fortaleza enorme, enorme", contó ayer, al tiempo que afirmó haberse preparado para tolerar la tortura. Así, simuló ataques de epilepsia que le permitieron evitar la tortura por un par de días. "Que Alicia no haya caído nunca para mí es una bendición, un triunfo enorme", afirmó Reydó.

Por haber vivido la tortura sabe lo que significa aguantarse sin hablar. "Los que cuestionan al compañero que cantó no tienen idea de lo que es la tortura. Ninguno de nosotros va a criticar a aquellos compañeros que han dicho algo, han cantado una cita, un control o una casa. Sí decimos de aquellos que cantaron, torturaron y salieron a marcar compañeros, a esos no los vamos a perdonar nunca", dijo Reydó en abierta alusión a Ricardo Miguel Chomicky, uno de los acusado en esta causa.

A Lauss y Oyarzábal los vio en La Favela también. El 17 de octubre de 1976, la patota los sacó del centro clandestino de detención junto a Sergio Jalil, Daniel Barjacoba, Cristina Costanzo, Cristina Márquez y Analía Murgiondo. Los mataron cerca de Los Surgentes, en Córdoba. "No fui testigo del momento en que los llevan, pero sí estuve con el Ciruja y Eduardo en La Favela. Eduardo no me dijo nada, solamente me puso la mano en el hombro y esa mano en el hombro era amor, comprensión, compañerismo, ternura, solidaridad. No hacía falta que hablara. Y me destrozó", rememoró Reydó con los ojos húmedos. También dijo que Sergio Jalil fue para él "un gran referente" desde los tiempos en que compartieron la escuela secundaria en la Dante Alighieri. "Lo que vi de ellos en el momento que estuve en La Favela fue una entrega de amor que nunca te vas a olvidar", dijo ayer.

Reydó fue trasladado a Coronda, donde las condiciones de detención estaban pensadas para aniquilar la subjetividad de los militantes. Pero resistieron. "Nosotros teníamos un compromiso ante el resto de los compañeros, un comportamiento que seguíamos al pie de la letra y una resistencia a este plan sistemático de destrucción del ser humano", expresó Reydó, quien dio un ejemplo de esa organización. El 12 de abril de 1979 le avisaron que lo liberarían. El tenía un espejo de un centímetro por un centímetro que escondía en su boca, entre las encías. Era el que usaba para las guardias en las que debía vigilar que no llegara ningún guardiacárcel mientras los presos conversaban. Cuando lo llamaron para la revisación previa a la libertad, decide tragar el dispositivo realizado con papel de aluminio. Pero la salida se demora unos días. A Reydó le tocaba hacer la guardia, con ese espejito que había ingerido. "Lo defequé, lo busqué y lo encontré, lo lavé y volví a ponerlo en la boca, para poder cumplir con mi guardia", contó el testigo en la sala de audiencias el testigo.

La vida en Coronda era dura. No podían hablar ni siquiera en los recreos, pero igual lo hacían. No tenían permitida la lectura de libros ni diarios. Se las ingeniaban. "Teníamos seguridad montada porque no nos podían agarrar dando clases, que era lo que hacíamos de lunes a viernes, o contándonos películas para recreación, una actividad de los sábados y domingos. Todos los días, a las 20, teníamos el noticiero con las novedades que traían nuestros familiares", relató sobre la forma de sortear las restricciones de la cárcel.

Cuando lo liberaron, en 1979, un militar lo amenazó con matarlo si se quedaba en Rosario y Francisco decidió ir a vivir a Buenos Aires. El jueves siguiente comenzó a participar en las rondas de las Madres de Plaza de Mayo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-27841-2011-03-15.html

  PRESENTO UN RECURSO DE AMPARO EN EL JUZGADO CIVIL Y COMECIAL NUMERO 9 DE SANTA FE

Quintero pide que se declare la inconstitucionalidad del artículo 15 de la Ley 18.248, (conocida como Ley de Nombre). Si prospera su demanda, el DNI debería llevar el nombre que la identifica, sin necesidad de informes médicos.

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Marina Quintero es la primera travesti de la ciudad de Santa Fe que acude a la justicia para cambiar su nombre sin necesidad de una reasignación sexual, inspirada en lo obtenido a fin del año pasado por Florencia Trinidad (conocida popularmente como Florencia de la V). Militante social y por los derechos de gays, lesbianas y trans, Marina había pedido el cambio de su DNI en diciembre del año pasado, en el Registro Civil de la capital provincial, pero le negaron esa posibilidad basados en la ley de nombre. Por eso, ayer, presentó un recurso de amparo en el juzgado civil y comecial número 9, a cargo de Carlos Buzzani. Si el juez resuelve de manera favorable, el DNI deberá llevar el nombre que la identifica, sin necesidad de informes médicos. "Nos basamos en el fallo de Florencia Trinidad porque es el primero despatologizado. Es decir, el primero que considera que tiene derecho porque tiene derecho, no porque haya una patología", indicó la abogada de la Multisectorial de Mujeres de Santa Fe, que patrocinó a Marina. La presentación fue acompañada por Stella Vallejos, la delegada del Inadi en la provincia, quien subrayó que la acción de ayer es "resultado de un trabajo colectivo" y resaltó la asesoría de la Federación de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (FLGBT), autora de un proyecto de identidad de género presentado el año pasado en el Congreso nacional. "Nací el día 30 de noviembre de 1962, en la ciudad de Santa Fe, en un hogar tradicional", comienza Marina el relato de su historia personal, que forma parte del recurso. "Desde muy temprana edad, cerca de los 9 años, sentí un deseo irrefrenable de vestirme y relacionarme conforme al género femenino. Todos los seres humanos pueden resistir cierto tiempo una concepción semejante, pero ya en mi adolescencia decidí comenzar un proyecto de vida sin hipocresías", dice la reconocida militante social de la ciudad de Santa Fe. A partir de esa decisión, inició un tratamiento de sustitución hormonal, que comprendió la aplicación de estrógenos por autoingesta. Claro que entonces no encontró respuestas en el sistema público de salud. "Desde mi más íntimo ser siento y vivo como una mujer en todas las esferas de mi vida: afectiva, social, cultural", dijo la demandante. Por esa razón, que su documento diga Julio es incongruente. Quintero pide que se declare la inconstitucionalidad del artículo 15 de la Ley 18.248, (Ley de Nombre). Allí se establece: "Después de asentados en la partida de nacimiento el nombre y apellido, no podrán ser cambiados ni modificados sino por resolución judicial, cuando mediaren justos motivos". El director del Registro del Estado Civil podrá disponer de oficio o a pedido de parte, la corrección de errores u omisiones materiales, que surjan evidentes del texto de la partida o de su cotejo con otras.". El recurso plantea que "si bien es cierto que los derechos que la Constitución reconoce no son absolutos sino relativos, también es cierto que lo son en tanto y en cuanto no por ello se vulneren derechos superiores como la igualdad, la autonomía, la identidad personal y la libertad garantizadas". En ese sentido, Condrac planteó que "así como la libertad apareja el goce y el ejercicio pleno de los derechos civiles, la igualdad elimina las discriminaciones arbitrarias para ese goce y ejercicio. La igualdad importa razonabilidad y justicia en el trato a las personas. Ello de modo tal que el mismo Estado sea el que se encuentra obligado a remover los obstáculos de tipo social que limiten de hecho la libertad y la igualdad de todas las personas". Uno de los ejes de la argumentación indica que "cuando los órganos de poder ejercen la función administrativa deben manejarse con la misma regla de no dar a unos/as lo que se niega a otros/as en igualdad de circunstancias, evitando discriminaciones arbitrarias. Caso contrario, estaríamos estableciendo una discriminación entre ciudadanos/as de primera y de segunda categoría". Marina Quintero es una histórica luchadora, tanto en el ámbito social como en el de los derechos de las personas trans. "A mí tener el documento con mi nombre me implicaría mucha tranquilidad, mucha paz", dijo en diciembre, cuando pidió el cambio de DNI en el Registro Civil. "Cuando voy a hacer un trámite todos me dicen señora y cuando entrego el documento se quedan mirando como diciendo: '¿Dónde está el plato volador?'. Los documentos que tengo no concuerdan con mi personalidad", dijo. Quintero es la referente santafesina de Attta (Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de la Argentina), una de las entidades que logró que le entreguen los nuevos DNI tanto a Florencia Trinidad como a Tania Luna.

Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/10-27771-2011-03-10.html

  DECLARARON DOS HERMANOS DE UNA VICTIMA DE LA MASACRE DE LOS SURGENTES

Francisco y María Inés Oyarzábal contaron el secuestro de José Antonio, el 12 de octubre de 1976, la incansable búsqueda, la tardía confirmación del asesinato, y la desidia de un juez con los restos, que fue como "su segunda desaparición".

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"Para los abogados, lo que se juzga acá son delitos. Para los familiares, son dolores. Yo me pregunto cuántos dolores tienen que pasar por este escritorio para que los asesinos estén presos", expresó Francisco el Vasco Oyarzábal al final del testimonio en la causa Díaz Bessone, sobre la desaparición de su hermano José Antonio, una de las siete víctimas de la masacre de la localidad cordobesa Los Surgentes. Puso así sobre la mesa la indignación que provoca que los seis acusados por delitos de lesa humanidad estén en libertad. Su hermana María Inés, también dio testimonio ayer. A José Antonio le decían el Ciruja desde la escuela secundaria, y así lo llamaban en el club Duendes donde jugaba al rugby. Tenía 22 años, estudiaba Derecho y era militante de la Juventud Universitaria Peronista. Había dejado de vivir con sus padres, se había mudado a una pensión, en España 961, pero todos los días iba a almorzar con su familia, y a dejar la ropa sucia para que su madre la lavara. La última vez que Francisco lo vio fue el martes 12 de octubre de 1976, al mediodía. El jueves siguiente un compañero de la JUP lo alertó sobre la ausencia. Empezó una búsqueda en la que "se cerraron muchas puertas".

Recién en 1982, por intermedio de la madre de Daniel Barjacoba y la tía de Eduardo Lauss, otras víctimas de la misma matanza, supo que su hermano estaba muerto. En marzo de 1984, María Inés y Francisco presenciaron la exhumación de cuerpos NN del cementerio de San Vicente, en la ciudad de Córdoba, con la esperanza de recuperar sus restos. Vieron cómo se sacaban -sin ningún cuidado- unos 50 cráneos, muchos con orificios de bala en la nuca. Incluso, vieron un cráneo con una venda sobre los ojos. Esperaban que allí estuviera José Antonio, le proporcionaron al entonces juez Gustavo Becerra Ferrer toda la documentación posible para identificarlo. Pero entonces no existía el análisis de ADN. El magistrado devolvió los restos al cementerio. En 2003, el Equipo Argentino de Antropología Forense quiso recuperar los cuerpos para identificarlos, con las nuevas tecnologías que incluían el análisis de ADN. "Necesitábamos que apareciera aunque sea un hueso", dijo ayer María Inés. Entonces, se enteraron de que aquellos restos habían sido incinerados en febrero de 1985. "Para mí fue la segunda desaparición de mi hermano", afirmó Francisco ante los jueces. Su sueño era traer los restos para enterrarlos en el cementerio El Salvador, junto a sus padres.

Francisco contó que los primeros -escasos- datos sobre el destino de su hermano los obtuvo gracias a las averiguaciones de Sara de Mackey, la madre de Etelvina, su novia de entonces. La mujer formaba parte del poder judicial provincial y fue de inmediato a la jefatura de policía a pedir una reunión con Feced. La atendió el comisario Corrales. Era el 18 de octubre de 1976, José Antonio había sido asesinado la madrugada anterior, junto con Cristina Costanzo, María Cristina Márquez, Analía Murgiondo, Sergio Jalil, Lauss y Barjacoba. Corrales, sin embargo, dijo que Oyarzábal había sido detenido en la vía pública y lo habían herido, que estaba en Jefatura, y que iba a pasar a disposición del Ejército. La mujer se entrevistó también con el subcomandante del segundo cuerpo de Ejército, Andrés Ferrero, que la intimó a no averiguar más sobre esa situación.

Para saber dónde estaba José Antonio, los Oyarzábal intentaron en el Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, en el Arzobispado de Rosario, en los tribunales, con pedidos de hábeas corpus. "Todas las puertas se cerraron con hostilidad", rememoró ayer Francisco. Los datos más certeros llegaron por una denuncia hecha a través de una carta, desde la cárcel de Devoto, por los detenidos políticos Carlos Pérez Rizzo y Gustavo Piccolo. Ahí supo que debía probar "del otro lado", como dijo ayer. "Empezamos a recorrer la parte más dura de la historia, pero generando nuevos afectos. Acá había humanidad, entendimiento, solidaridad. Eran las otras víctimas, las que habían puesto la carne en la sala de tortura. Nosotros teníamos el cuerpo intacto pero también mucho dolor. Sigo sin entender las ausencias", dijo ayer Francisco durante su testimonio, que afrontó con una persistente carraspera. "Desde que me enteré de que debía testimoniar hoy me pica la garganta, perdón", les dijo a los jueces, en otra muestra del valor simbólico que tiene el momento para cada uno de los que se sientan allí.

Francisco militó en organismos de derechos humanos desde el final de la dictadura militar, hizo presentaciones en los años 90 por la inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida y punto final, hasta debió tolerar que una oficial de justicia fuera por esos años a su casa a embargarle bienes, porque un recurso había sido rechazado, y generaba costas. "Me produjo gran violencia, porque mi hermano no estaba y a mí me querían sacar una biblioteca", relató ayer.

Durante años esperó que su hermano estuviera vivo. Cuando tuvo certeza de su muerte, esperó recuperar su cuerpo. Cuando supo que era imposible, esperó la justicia. "Siempre esperamos que algunas de estas bestias dijeran lo que habían hecho. ¿Cuántas madres murieron sin saber dónde estaban sus hijos? ¿Cuántas abuelas mueren sin saber donde están sus nietos? Y los que tienen las respuestas, callan", manifestó Francisco. Antes de morir, su madre expresó ante el sacerdote confesor que quería reunirse con José Antonio. María Inés le hizo honor en su testimonio. "En nombre de mi madre, que recorrió estos bulevares en soledad buscando a mi hermano, en nombre de ella pido justicia", dijo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-27658-2011-03-03.html

  VICTORIO PAULON Y MABEL GABARRA TESTIMONIARON POR LA DESAPARICION DE PEDRO PAULON

El histórico dirigente gremial estaba preso y se enteró muchos meses después del secuestro de su hermano. En tanto, Gabarra llevó la única foto de Pedro, su cuñado, que rescataron para incorporar a la causa: "Tuvo existencia, vivió".

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Pedro Paulón tenía 38 años. Esperaba que liberaran pronto a su hermano, Victorio, que había sido encarcelado el 1º de mayo de 1975, durante la represión a la huelga de 60 días que realizaron los obreros metalúrgicos de Villa Constitución. El 19 de julio de 1976, en la casa de Pedro, en Sánchez de Bustamante 845, vivía también Ruth González -militante del Ejército Revolucionario del Pueblo- con sus dos hijas pequeñas, Mariana y Josefina. Esa madrugada, personal de civil irrumpió en la vivienda y se llevó a los cuatro. Logró escaparse Inés, prima de Pedro, que también vivía ahí. "Pedro fue mi cuñado, hermano de mi marido. Tiene existencia, la tuvo, vivió. Lo secuestraron y lo mataron", dijo ayer Mabel Gabarra en la audiencia por la causa Díaz Bessone. "No teníamos ni siquiera una foto de él, porque en esa época no nos sacábamos fotos. Pudimos encontrar una, del casamiento de un compañero. Y nos permitió decir que por fin está apareciendo, como uno de los 30 mil. Hay una gran deuda de la justicia en este país. Recién ahora, 30 años después, podemos estar frente a un tribunal diciendo que existieron", agregó la testigo, histórica militante feminista de Rosario desde que volvió del exilio. Pidió que esa única foto de Pedro Paulón se incorporara a la causa.

Victorio Paulón, dirigente de la CTA y durante años secretario general de la UOM de Villa Constitución, también dio testimonio frente al Tribunal, contó lo poco que pudo reconstruir del destino de su hermano y dio una lección de historia gremial de la región. "Los que están sentados acá atrás son los mercenarios al servicio de un proyecto político. El empresariado tenía de ilusión de fábricas sin comisiones internas ni delegados, sin reclamos salariales", dijo ayer Paulón.

La última vez que vio a su hermano fue en agosto de 1975. Pedro fue a visitarlo al penal de Coronda. Pensaba que Victorio saldría pronto. "Estuve seis años y medio detenido sin verle la cara un juez", dijo ayer el testigo. Su hermano le contó, en aquella última visita, de sus contactos con el ERP. En octubre de ese año, a Victorio y otros 30 detenidos los trasladaron al penal de Devoto, donde recibieron feroces palizas. El Ejército se había hecho cargo de los presos políticos. Las condiciones de detención se endurecieron, les prohibieron las visitas. Por eso, hasta diciembre de 1976 no supo que su hermano estaba desaparecido.

En agosto de 1980 a Victorio le dieron la libertad condicional, y fue al exilio a reencontrarse con su esposa, Mabel. Recién en 1984, al volver al país, pudo tener algunos datos de su hermano. Dos sobrevivientes, Eduardo Azum y Roberto Hyon, lo vieron en un centro clandestino de detención. Hyon cree que fue en la Calamita, en Granadero Baigorria, pero Azum calculó que no era así, por la distancia que recorrieron los secuestradores hasta el lugar. "Lo torturaron salvajemente", dijo Victorio. A Pedro le preguntaban por Hyon. "El me dijo que si estaba vivo era porque mi hermano nunca se hizo cargo de conocerlo", relató Victorio.

Mientras su marido estaba preso y su cuñado había desaparecido, Mabel estaba aterrorizada. La noche del secuestro de su cuñado, Mabel había dejado a su hija Alejandra en esa casa a pedido de Inés Paulón. A las 6 de la mañana la despertó un tío, y le contó lo ocurrido. "En ese momento me desesperé por encontrar a Alejandra y por avisarle a la familia. De Pedro no se sabía nada. Todas las personas entonces estaban tratando de salvar su vida. Era un clima de terror, cada vez que sonaba una sirena teníamos miedo de que nos vinieran a buscar", recordó Mabel, que el 4 de agosto de 1976 se fue a Uruguay, y empezó el exilio que continuó en Francia, donde participó en las denuncias internacionales sobre el terrorismo de estado. "A mí el exilio me costó tres años de estar lejos de mis hijos, eso es irrecuperable", dijo Gabarra. A la vuelta del exilio, Gabarra inició el trámite por la desaparición forzada de Pedro. A pedido del fiscal Gonzalo Stara, Victorio Paulón trazó ayer un panorama de la represión en el cordón industrial del Gran Rosario. Contó que en 1975 trabajaba en Vilber, en Villa Constitución. Trazó las diferencias entre el sindicalismo combativo, aglutinado en la CGT de los Argentinos durante la dictadura de Onganía y el colaboracionista. Relató el contexto y la historia del Villazo, la movilización popular para obtener las elecciones libres en el sindicato, que finalmente se produjeron en noviembre de 1974. Ganó la oposición a la conducción nacional de Lorenzo Miguel, y comenzó la hostilidad. El 20 de marzo de 1975, las fuerzas de seguridad irrumpieron en la ciudad y se llevaron 120 obreros detenidos. Entonces, los obreros eligieron 2 representantes por fábrica, para formar un comité de lucha. Victorio fue elegido por Vilber. Comenzaron una huelga para pedir el cese de la intervención, y 40 días después del inicio de la medida de fuerza, fue encarcelado. El dirigente sindical contó también que a partir de marzo de 1975, en un sector de Acindar llamado Albergue de Solteros, porque allí vivían los jefes que no tenían familia, se instaló un destacamento de la Policía Federal. Después del golpe militar de 1976, funcionó un centro clandestino de detención. "En Acindar se ve claramente la vinculación entre la etapa previa del golpe y la estrategia de anquilamiento de la organización sindical que se produjo en todo el cordón", afirmó el testigo. Cuando salieron a la vereda de Oroño al 900, Mabel y Victorio recibieron el cálido aplauso y los abrazos del público. Allí estaba Josefina González, la beba de 5 meses secuestrada con su madre, Ruth y Pedro Paulón.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-27644-2011-03-02.html

  EL TESTIMONIO DE UNA EX MEDICA DEL HOSPITAL DE NIñOS DE ROSARIO

La radio fuerte para tapar las torturas, los gritos desgarradores de los atormentados, los castigos a su esposo, volvieron una y otra vez en el relato de Nora Díaz, quien estuvo detenida 40 días en el Servicio de Inteligencia.

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Cuando terminó de declarar y salió de la sala de audiencias, Nora María del Huerto Díaz soltó un llanto fuerte, desconsolado, en el pasillo por el que entran los testigos que declaran en la causa Díaz Bessone. Estaba sola, pero su dolor se escuchó con nitidez desde afuera. Había contado durante casi una hora cómo la tuvieron secuestrada por 40 días, y hasta al policía que debió firmar su egreso de la Alcaidía, el 19 de julio de 1977, le dio vergüenza poner en el parte que había estado presa todo ese tiempo por "averiguación de antecedentes". Cuando quiso volver a su trabajo como médica de guardia del hospital de Niños Víctor J. Vilela, el jefe del servicio la acusó de haber abandonado su trabajo, y le pidió un certificado que ella, sólo dos días después de haber sido liberada, fue a buscar al mismo Servicio de Informaciones. Se lo dieron, firmado por el comisario Hugo Sandoz. Cuando volvió con su justificación, recibió como respuesta: "Pero acá no dice que no hiciste nada".

El clima de persecución a toda la sociedad instalado por el terrorismo de Estado se hizo presente con fuerza en la declaración de ayer de esta pediatra que fue secuestrada en su casa, cuando tenía 26 años, junto a su esposo, Alberto Fernández, empleado ferroviario. La radio fuerte para tapar las torturas, los gritos desgarradores de los atormentados, los castigos a su esposo, volvieron una y otra vez en el relato de Díaz. "Quiero que entiendan que yo me pasé 33 años de mi vida intentando olvidar esto para poder seguir. Creí que esta declaración se iba a producir mucho antes. Para mí, llegar a los 60 años a contar esto es terrible", dijo ayer frente a los jueces.

La mujer comenzó su historia con el operativo en su casa de Perú 1566, el 10 de junio de 1977, a la madrugada. Estaban durmiendo y escucharon un ultimátum por altavoz. En la puerta había una camioneta del Cuerpo Guardia de Infantería, de la policía provincial. Los efectivos estaban de civil. La pareja tenía una nena de 2 años y pudo dejársela a un vecino, con el teléfono de su padre para que se la entregaran. Desde allí, los llevaron al Servicio de Informaciones. Los primeros cinco días los pasó en una sala donde compartió cautiverio con un muchacho joven de Villa Constitución al que llevaban todas las noches para torturarlo. Mucho después sabría quién era. Permaneció con los ojos vendados y cerca de su esposo. No podía ver las caras de los represores, pero ayer aseguró que reconocía los zapatos de todos los represores.

Allí, cuando la patota iba a buscar gente, sentían alivio. "Cuando salían era como que una respiraba, pero había que esperar que volvieran con algo, porque si no venían a buscar a algunos de los que estaban allí para torturarlos de nuevo", rememoró ayer, sin quebrarse.

Un día, el jefe de guardia, Carlitos Gómez, le dijo que la iban a bajar. Más tarde la trasladaron al sector del sótano, a una de las dos habitaciones de mujeres. "Me di cuenta de que ahí se habían roto todos los códigos, que era difícil saber quién era quién. Había un detenido, apodado El Pollo (por Baravalle, que estuvo imputado en esta causa y se suicidó en Italia en 2008), que estaba con nosotros pero subía libremente y salía con la patota", relató ayer. Para ella, "las noches eran terribles. El repiquetear de la cama de acero cuando aplicaban la picana no me lo puedo olvidar".

En esos interminables días en el sótano, pudo saber que llevaban gente para matarla. "Lo peor que me pasó fue que a los 10 días de estar abajo, llevaron a ese chico que había estado conmigo, que lo torturaron tanto, que se llamaba Jorge, para bañarse, cuando hacían eso nos ponían en una habitación aparte, y nos prohibían hablar, pero nosotros nos ingeniábamos. Era sábado a la tarde. El se asomó en el baño y me dijo: 'Gorda, me llevan a declarar ante el juez militar'. Yo me puse tan contenta, porque había zafado. Ya me había dado cuenta de que ahí mataban gente. Cuando volví con mis compañeras de cautiverio, me dijeron que yo no podía ser más boluda. Que la gente iba a declarar ante el juez los días de semana por la mañana, y que ese chico no volvía más", dijo la testigo. Cuando salió en libertad, se propuso saber quién era ese joven, que le hablaba siempre de su hijo pequeño. Averiguó que se llamaba Jorge Sklate, y está desaparecido.

Un día la llevaron a declarar ante un juez militar, que la amenazó con que nunca más vería a su hija. Ella le gritó que jamás había conocido a un montonero, pero el juez mantuvo su amenaza. No fue la única vez que la llevaron arriba. Para llegar a destino debía ir sorteando cuerpos de personas que estaban tiradas, secuestradas, en ese lugar. La otra vez que la subieron también le taparon los ojos. Escuchó que iba a la oficina del Ciego (el apodo que usaba José Rubén Lofiego, uno de los acusados de esta causa). Allí la interrogaron y le mostraron una foto de Jorge Francesio, que era médico. Ella lo había cruzado en los pasillos del hospital de Niños, pero no lo conocía personalmente. También está desaparecido.

Por orden de uno de los represores, "Darío" (Julio Fermoselle, no está en este juicio), una noche le dieron a Díaz una pastilla para dormir y se llevaron a su marido, a quien sometieron a tormentos que le provocaron diversas heridas. Fernández declaró en este causa en noviembre, y contó que era militante del Peronismo de Base.

Entre los datos que ayer aportó la testigo, habló del "Sargento" como uno de los represores que estaba en el SI. A ese apodo respondía Ramón Rito Vergara, uno de los seis imputados de la causa. Aunque no pudo recordar claramente su aspecto, sí mencionó que era uno de los encargados de buscar y regresar a los detenidos que iban a la sala de torturas. "Si participaba no lo sé, pero ahí todos participaban", dijo la mujer, que tomó más de un vaso de agua durante la declaración. "Dudé mucho si venir, pero sigo pensando que en la vida hay que hacer lo correcto. Acá estoy y esta es mi historia", expresó. Al salir, su cara trasuntaba dolor. Traspasó la puerta de la sala y no pudo contener más el llanto acumulado.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-27553-2011-02-23.html

  JUICIO A LA PATOTA. NUEVO TESTIGO EN LA CAUSA DIAZ BESSONE

Luego de la declaración de Margarita Molina, y a partir de la indagación de las abogadas Durruty y Asinari, el fiscal Gonzalo Stara pidió que se citara a Miguel Angel Kruppa para que testifique por el secuestro y asesinato de su hermano.

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Carlos Kruppa tenía 22 años el 16 de julio de 1976, cuando un "grupo de tareas" cortó la luz de su barrio, en Fray Luis Beltrán, y entró a su casa. "Estábamos durmiendo, yo tenía 18 años. Escuchamos voces, como a las 2 y media de la mañana, y entraron con pasamontañas y fusiles, eso fue lo único que alcancé a ver", contó su hermano, Miguel Angel, la semana pasada, en la puerta de los Tribunales Federales de Rosario, donde se realiza el juicio oral de la causa Díaz Bessone. El joven fue secuestrado, y nunca más supieron de él. La familia recorrió todas las dependencias oficiales, incluso llegó a la cárcel de Coronda, pero no obtuvo una respuesta. Miguel Angel fue propuesto la semana pasada como testigo en la causa, en la que se investiga el homicidio de su hermano.

El martes pasado declaró una vecina de los Kruppa, Margarita Molina, quien contó que aquella noche de julio de 1976, se oyeron ruidos de autos en la calle General López al 200 de Fray Luis Beltrán. Aunque ella no salió de su casa, alcanzó a oír los gritos desgarradores de la madre de Kruppa, que clamaba para que le dejaran a su hijo. La declaración sirvió para que las abogadas de la querella que la habían ofrecido como testigo --Gabriela Durruty y Daniela Asinari-- indagaran si había algún sobreviviente de la familia. Al saber que el hermano de Kruppa continuaba viviendo en la misma casa de entonces, el fiscal Gonzalo Stara pidió que se lo citara a declarar como testigo de la desaparición de Carlos Kruppa.

Ese mismo día, el testigo Luis Lapisonde contó su secuestro, el 21 de julio de 1976, y que fue llevado al Batallón de Arsenales de Fray Luis Beltrán, donde lo torturaron reiteradamente. En una de esas sesiones lo pusieron en la misma habitación que Kruppa, a quien reconoció por la voz, porque eran vecinos. Nunca más volvió a oírlo. Lapisonde no tuvo dudas sobre el lugar de su cautiverio, ya que conocía perfectamente el Batallón, porque allí estudió y jugó al fútbol, además de reemplazar ocasionalmente a su hermano, que repartía leche.

Mientras tanto, el hermano de Carlos Kruppa esperaba en la vereda de los Tribunales Federales, donde afirmó que nunca había sido citado a declarar. "Esa noche robaron todo lo que tuvieron a mano. Buscaban un mimeógrafo y armas, pero sólo encontraron un rifle de aire comprimido y gomeras", dijo el futuro testigo de la causa Díaz Bessone. "Rompieron todo, se comieron todo lo que había en la heladera, casi me matan al perro, un fox terrier, que se llamaba Rabito y dormía con mi hermano. Cuando estos tipos se acercaron, el perro ladró, y le apuntaron", relató Miguel Angel.

De hecho, su propio secuestro fue una posibilidad cierta. "En un momento uno de los secuaces preguntó qué hacían, si me llevaban a mí también, pero el otro le contestó que yo era un pendejo", recordó frente a los Tribunales. Esa noche sacaron a su hermano en calzoncillos de la casa, pese al frío. El desató a su padre, al que habían amarrado con un cinto. Había también vecinos que gritaban por la ventana. El joven secuestrado tenía 22 años, trabajaba en la Municipalidad de San Lorenzo.

La búsqueda posterior fue infructuosa. "Hicimos lo que teníamos que hacer, recorrimos todo lo legal, fuimos por todos lados, hasta a la cárcel de Coronda, pero en todos lados nos decían que no estaba", rememoró Miguel Angel, que espera la oportunidad de declarar en el juicio oral en el que se investiga el homicidio, por el que está acusado el general Ramón Genaro Díaz Bessone, jefe del comando del Segundo Cuerpo de Ejército hasta el 12 de octubre de 1976.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-27520-2011-02-21.html

  LA DELEGADA DEL INADI PIDIO AUDIENCIA CON CARMEN ARGIBAY


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La delegada del Inadi en Santa Fe, Stella Vallejos, solicitó una entrevista con la ministra de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Carmen Argibay, para plantearle la "situación de indefensión" que viven las mujeres en el norte santafesino, donde los casos de violencia de género se suceden y agravan. La gota que rebalsó el vaso se produjo esta semana, en Reconquista, donde una mujer de 23 años, embarazada de dos meses, fue encerrada por su pareja durante cinco horas bajo golpes y torturas. La familia de la joven realizó la denuncia, pero eso tampoco es garantía de rápida intervención policial. Según relató una médica feminista de esa ciudad, Cristina Díaz, cuando las mujeres concurren a la sede policial, en lugar de tomarles la denuncia -que permitiría iniciar las acciones judiciales previstas en la ley provincial de violencia familiar- sólo elaboran una "exposición" sin efectos prácticos. "No existen refugios para mujeres víctimas de violencia en el centro ni en el norte de la provincia", indicó Vallejos, quien subrayó que "la ley no se cumple".

La delegada del Inadi confesó que no sabe "evaluar si hay más visibilidad o un recrudecimiento de violencia hacia las mujeres. El tema es que los deben amparar a las mujeres, no estoy hablando de toda la provincia, sino en el norte, no están haciéndolo. Cuando el pedido de ayuda llega a mí, en la ciudad de Santa Fe es porque los lugares donde deberían darles respuestas no lo hacen". La funcionaria consideró crucial que "cada uno cumpla con el rol que le corresponde. La policía, el fiscal, la justicia, tienen que cumplir con su deber de amparar a las mujeres".

Según recogió la delegada del Inadi, "la cantidad de situaciones de violencia es alarmante, abarca a todos los estamentos sociales, identidades partidarias. En el norte existe un desamparo absoluto, por ejemplo, hay una comisaría de la mujer que no toma las denuncias".

Una rápida recorrida por los casos publicados en los medios de comunicación de los últimos cuatro meses, arroja una gran cantidad de casos de violencia de género. El último, difundido el 16 de febrero pasado, es el de Alejandra, de 23 años, que fue golpeada de manera continuada durante más de cinco horas por su pareja, quien la amenazó con cortarla con una motosierra, y también con un hacha. Además, le pegó con palos. La chica fue retenida desde el lunes pasado a la noche, hasta primera hora del martes, por el agresor, en su casa, y luego debió ser llevada al hospital.

Para Vallejos, la indefensión de las mujeres en el norte provincial es gráfica en algunos casos que considera paradigmáticos. Sin develar la identidad de la víctima, para protegerla, contó uno de Reconquista. "Una chica que fue víctima de violencia durante muchísimos años, en uno de esos episodio le tiró con agua caliente al agresor mientras la estaba golpeando, para defenderse. Al muchacho no le quedaron casi heridas y la chica había presentado muchas denuncias. Pero la chica fue condenada por el juez por intento de homicidio. Como la mujer tiene dos hijos chiquitos, y tuvo buena conducta, salió en libertad condicional. En las últimas fiestas, el hombre se metió en su casa y la golpeó de nuevo. Pero ella no tiene a quién recurrir, porque los operadores judiciales ya mostraron su posición frente al tema", relató la funcionaria.

Vallejos quiere poner el acento en "las mujeres víctimas de violencia, que no murieron, pero sufrieron agresiones, porque esa es la manera de prevenir el femicidio". Además, considera que existe "una negligencia del estado. En concreto, con las mujeres que están siendo víctimas de violencia, porque no les reciben la denuncia, ni les dan contención o asesoramiento legal".

En la provincia existe una ley del diputado provincial Enrique Marín, oriundo de Reconquista, para sancionar a los empleados policiales que no reciban las denuncias o eviten iniciar las actuaciones correspondientes en los casos de violencia contra las mujeres, pero hasta ahora, esa normativa fue impracticable. "¿Adónde van las víctimas a denunciar a los policías que no le toman la denuncia, si no tienen instituciones que las amparen?", preguntó la delegada del Inadi.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/10-27505-2011-02-20.html

  EL TESTIMONIO CLAVE DE CARLOS PEREZ RIZZO ANTE EL TRIBUNAL FEDERAL

Pérez Rizzo salvó su vida gracias a la gestión de su padre policía. Tenía 24 años cuando lo detuvieron. En el SI, dijo, había 16 personas que fueron asesinadas o continúan desaparecidas.

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Carlos Pérez Rizzo se sentó frente al Tribunal Federal Oral número 2 y comenzó a contar su secuestro, el 14 de octubre de 1976, junto a una compañera, Cristina Costanzo. "Voy a hablar de aquellos que no están y no tienen más que a nosotros para que contemos la verdadera historia", dijo el testigo, a quienes su compañeros llaman "Cabezón". Afirmó

que en el Servicio de Informaciones había 16 personas que estaban cautivas y luego fueron asesinadas en supuestos enfrentamientos, o continúan desaparecidas. Entre ellos, las siete víctimas de la masacre de Los Surgentes, así como Marisol Pérez y Daniel Gorosito. De 57 años, Pérez Rizzo salvó su vida gracias a la gestión de su padre, comisario principal y amigo del entonces interventor de la policía rosarina, Agustín Feced. Tenía 24 años cuando lo detuvieron. Después de unos meses en el SI, fue trasladado a Coronda, Rawson y Devoto. Recuperó su libertad el 17 de abril de 1984.

Mostró las cicatrices en el codo izquierdo de las heridas que sufrió en la tortura, se emocionó cuando contó que fue abuelo el lunes pasado. "Mis hijos dieron vida a una vida nueva, y yo vengo a dar testimonio por aquellos que pelearon por una vida nueva", dijo. Pero hubo un momento en el que las lágrimas no lo dejaron hablar. Cuando le preguntaron sobre la reunión que tuvo con Feced y su padre, al poco tiempo de secuestrado, estuvo largos minutos sin poder abrir la boca. Sólo atinó a recordar la "desesperación" de su papá. En la sala, el público lloró a moco tendido. Casi al final, dijo: "Soy montonero y no lo voy a negar ahora. Aparte, estamos en democracia".

En un momento, Pérez Rizzo expresó: "Acá falta gente, porque la patota hacía tres turnos, en grupos que no pueden haber bajado de entre 12 y 16 personas. Eso significa 48 o más" integrantes de la patota. También calculó que cada guardia era de entre cuatro y seis, lo que suma otros 12 a 18 más. Recordó especialmente a Beto Gianola, que cada dos días bajaba al sótano para amenazarlo de muerte. "Cabezón, a vos yo te voy a matar", le decía. Fue testigo de una especie de asamblea que los miembros de la patota hicieron en una habitación contigua a su lugar de cautiverio para discutir la orden de Feced de preservarle la vida. Todos querían matarlo, pero una parte proponía, además, incumplir la orden del mandamás de la policía. Al salir, cada uno de los represores le pegó.

Pérez Rizzo también contó la "sorpresa" que le causó, en 1987, la ley de obediencia debida, "en virtud de lo vivido". "Se desesperaban por participar en secuestros y torturas. En el caso de los guardias, para ganar puntos y poder participar de los saqueos", rememoró.

La primera parte de la declaración estuvo centrada en el relato de las personas que vio en el SI y luego fueron desaparecidas. De Costanzo, secuestrada junto a él en Matienzo y Ocampo, recordó que aguantó para "cantar" la casa donde vivía hasta la hora estipulada por la organización. También contó que vio, en muy mal estado, a Daniel Oscar Barjacoba, que había sido secuestrado unos días antes. En esos días cayeron también Sergio Abdo Jalil, María Cristina Márquez y Analía María Murguiondo. En la misma pieza que él estaban José "el Ciruja" Oyarzábal -su "compañero y amigo" y Eduardo "el Laucha" Laus.

A los varones los habían puesto en la oficina de Feced y a las mujeres, en la sala de torturas. En la madrugada del 17 de octubre, los hicieron preparar, y los llevaron, a todos menos Pérez Rizzo. Como Jalil estaba en cueros y hacía frío, el Cabezón le regaló su campera beige. Cuando volvió la patota, escuchó decir: "Lo de Los Surgentes salió perfecto". Los diarios hablaron de muertes en el intento de copamiento a una comisaría. Pérez Rizzo y Gustavo Piccolo, compañero de cautiverio, hicieron un documento en la cárcel de Devoto en el que detallaban la vestimenta con que se llevaron a estos seis militantes con vida desde el centro clandestino de detención. Al salir de la audiencia, Pérez Rizzo se abrazó con el hermano de Oyarzábal y le dijo: "Lo trajimos de vuelta".

También habló de la llegada al SI del Negro Quique, desaparecido. "Lamentablemente no sé cómo se llama, puede ser Martínez", dijo. "Después de varios días de torturas, me llevan a la Favela para que fueran sanando las heridas. Ahí traen a un compañero del PRT ERP, Daniel Gorosito", contó. Seis días después, lo mataron.

Por la intervención de su padre, Pérez Rizzo es bajado al sótano. Allí pudo observar a otras personas que luego fueron desaparecidas, como Roberto, alias Tito o Chaqueño, de quien recordó que "estaba despedazado". Le habían quemado la base de los testículos con acetileno y le habían cortado el pecho con bisturíes. En noviembre vio a Marisol Pérez.

En enero lo llevaron a Coronda, pero un mes después lo trasladan de nuevo al SI para esperar su primer consejo de guerra. En ese momento estuvo en la Favela con dos militantes de la UES, Adrián Sánchez y el Toni, de quien no supo dar el nombre. Ellos no dieron datos en la tortura. Como la patota no tenía gente para secuestrar, un día llegó Ricardo Chomicky, el civil colaborador acusado en esta causa. "Lo ponen al lado del Toni. No recuerdo si yo ya sabía que Cadi ya estaba colaborando en demasía con el SI. Le empieza a sacar de mentira a verdad, como si fuera un compañero. El Toni menciona que gracias al Cabezón no había dicho nada. El está desaparecido, y yo me comí una gran paliza", relató Pérez Rizzo.

Otros tres desaparecidos que el testigo pudo ver en el SI fueron Susana Broca, Enzo Zunino y Eduardo Bracacchini. "Después de que se los llevaron, Darío escribió el parte policial por el cual los tres habían sido muertos en un intento de copamiento en la comisaría de Alvear. Y lo leyó en voz alta", relató ayer.

Pérez Rizzo contó cómo notaban que la patota se estaba preparando. Dijo que esos momentos eran un "pandemónium". Desde el sótano escuchaban las corridas, los gritos, el ruido de amartillar las armas. "Cuando se escuchaba eso era porque sacaban a alguien para matar o iban a buscar a alguien", contó.

Sobre los represores, recordó especialmente a Mario Alfredo Marcote, el cura, que acosó sexualmente a Teresa Soria de Sklate, con promesas de salvar la vida de su esposo. Tanto ella como él están desaparecidos. También contó que tuvo algunas entrevistas con José Rubén Lofiego, que participó de su secuestro. Mencionó a Managua (Ernesto Vallejos, no está en esta causa), que le dio una tremenda paliza usándolo de puchinball. En la segunda parte de su declaración, Pérez Rizzo leyó un documento que escribió en 1979, cuando estuvo detenido en la Alcaidía esperando un nuevo consejo de guerra. Ese escrito, que fue pasado a máquina por su padre, incluía la descripción de las sesiones de tortura que vivió.

Ayer volvió a leerel final: "Como dice Lito Nebbia, si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia. El que quiere oír, que oiga".


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-27439-2011-02-15.html

  VIVENCIAS DE UN HOMBRE QUE FUE TOMADO COMO REHEN PARA FORZAR LA ENTREGA DE SU HIJO

José Esteban Fernández Bruera fue secuestrado por la patota de Feced el 1º de julio de 1977. Estuvo 40 días en el SI. Hizo sobre esa experiencia un relato que esta semana fue incorporado a la causa Díaz Bessone. Murió hace cinco años.

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Era un hombre mayor, padre de cuatro hijos. Había quedado viudo en un accidente automovilístico y logró superar la depresión con cierto esfuerzo. Su taller gráfico le permitía vivir con holgura, era culto. La noche que comenzó su pesadilla había invitado a su hijo más chico, Gonzalo, de 16 años, al cine. Ese 1º de julio de 1977, le tocaron la puerta, le dijeron que eran policías de Drogas Peligrosas pero apareció gente de civil. Buscaban a Rodolfo, el tercero de sus hijos. Según él mismo, el más mimado. Como no encontraron al joven, militante del Partido Montonero, se lo llevaron de rehén y lo tuvieron secuestrado durante 40 días. José Esteban Fernández Bruera observó azorado cada detalle de su cautiverio. Sabía que el objetivo de la patota era forzar la entrega de su hijo. Cada vez que llegaba algún joven, temía que fuera Rodolfo. Una vez, le dijeron que tenía una visita y se aterrorizó. Estuvo en el Servicio de Informaciones (SI). Primero en un corredor, luego en la Favela, más tarde en el Sótano. Unos años después, escribió 16 páginas con su máquina de escribir, que esta semana fueron incorporadas a la causa como parte del testimonio de Rodolfo Fernández Bruera, su hijo, el que la patota de Feced buscaba para matarlo.

Ese escrito -con tachones a mano y también con las x que servían para corregir el texto antes de las computadoras- describe lo que vivió en el centro clandestino de detención. Sobre sus primeras horas en el SI, el hombre escribió: "Estaba solo, era una especie de corredor, aunque vendado, podía ver levantando la cabeza los detalles cercanos. Había un lavatorio, una puerta comunicaba a unas oficinas donde a lo lejos se oían voces y ruido de máquinas de escribir. Pasé varias horas allí, parado o sentado sobre el duro y frío mosaico".

Más tarde, fue trasladado a un descanso entre dos escaleras, del que describió que el baño "estaba en un pasillo al que se llegaba a través de la puerta amplia. Había que golpear y esperar a que se dignaran a atendernos, salvo las horas que ejercían la guardia el Sargento y Juan, los demás hacían una diversión de nuestras necesidades, había que esperar hasta que se les ocurriera permitirlo y como debíamos hacerlo vendados, a tientas, se divertían manoseándonos a veces y con pullas hirientes". El Sargento que menciona es uno de los imputados en la causa Díaz Bessone, Ramón Rito Vergara.

En ese mismo lugar del SI fue testigo del acoso sexual del Cura Mario Alfredo Marcote hacia una detenida. "Una de esas veces en las que el Cura puso más ahínco en sus requerimientos amorosos y la muchacha, sentada contra el rincón que formaba la puerta y la pared, no sabía donde meter su cabeza para evitar la baba inmunda de ese ser repulsivo".

Fernández Bruera pasó varios días allí. "Todas las noches había revuelo en ese recinto, los gritos e imprecaciones se sucedían. Entraba gente maniatada y vendada", describe el hombre, pocos años después de su cautiverio, que duró 40 días. "Cada hombre joven que entraba era un sufrimiento, aguzaba el oído para individualizar las voces, temía ver entrar u oír a mi hijo, la única razón por la que yo soportaba todo esto era la esperanza de que él pudiera escapar, nada sabía de su destino, tardé mucho en saberlo".

Efectivamente, Rodolfo escapó a Suecia, donde vivió hasta 1983. En la audiencia del martes pasado del juicio oral contra Díaz Bessone y otros, contó que su padre nunca hablaba de esas vivencia, para seguir protegiéndolo.

Cada fragmento de su descripción desnuda también el asombro y la incredulidad. "La mayoría (de los secuestrados) salía a las pocas horas, eran errores. Una de esas noches, llegó una pareja de ancianos. No tenían menos de 75 años, ella sollozaba (...) El se sentó al lado mío (...) Me preguntó por qué lo habían secuestrado si era pobre. -No, le dije, usted está en la policía. No quería creerme, podían ser policías esos individuos con procederes e imágenes de fascinerosos".

Al tiempo lo trasladaron a la Favela, otro sector del SI, donde compartió cautiverio con Carlos Pérez Rizzo y Gustavo Piccolo (dos de los testigos de mañana en las audiencias del juicio). "Pérez se enojaba conmigo por mi impaciencia, yo estaba seguro de que mi libertad era cuestión de un día u otro, él sostenía lo contrario (...) Mis oídos estaban siempre atentos a cualquier voz juvenil que pudiera identificar como la de mi hijo -continúa el relato-. En una oportunidad, al bajar al baño, vi a un joven con un parecido físico al de él. Cuál fue mi desesperación. Bajé dos o tres veces, pronuncié su nombre suavemente y por fin me tranquilicé al constatar que no era él".

Sus sobresaltos no terminaron ahí. "Al tercer o cuarto día de estar en mi nuevo ambiente, vino el subcomisario a avisarme que tenía visita. El estaba asombrado (...) Temí que Rodolfo se hubiera arriesgado a verme y entregarse para lograr mi libertad, bajé la escalera con un miedo atroz. Asombrado vi a mi hijo mayor, Diego", relató en el escrito.

La descripción de las torturas que escuchó -pero no presenció- es sobrecogedora. "En el tiempo que pasé allí varias noches no pude dormir o fui despertado por los alaridos dolorosos de hombres y mujeres 'interrogados'", dice su relato, en el que plantea: "Cada alarido me penetraba y me hacía maldecir la brutalidad de esa gente".

Una de esas noches quedó grabada en su recuerdo. "No sé si porque me impactó como infrahumana o porque el odio inmenso que me provocó la 'diversión' de la brigada me causó tan profundo dolor que llegué a llorar desesperadamente el sufrimiento ajeno", dice el texto, en el que describe después un simulacro de fusilamiento tras los tormentos.

Más tarde lo mandaron el sótano, al que él llama "el limbo" en su descripción detallada, en la que cuenta disposición de los muebles y rutinas de funcionamiento. Allí, en ese lugar donde vivía con gente mucho más joven, Fernández Bruera tenía una costumbre. "Yo me despertaba muy temprano a la mañana. Veía aparecer la luz en las ventanas mientras me paseaba como un animal enjaulado mientras canturreaba suavemente alguna melodía, las mismas que había vocalizado cuando paseaba en brazos a Rodolfo", dice documento del padre que pasó 40 días preso para proteger a su hijo. Fernández Bruera murió hace cinco años, cuando la impunidad recién empezaba a desarmarse en la Argentina. Nunca pudo contar ante un Tribunal lo que había vivido.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-27402-2011-02-13.html