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  OPINION


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Las cámaras de VideoMatch se mueven, rigurosas, de una escena a otra. Primeros planos de los concursantes, de los jurados, del conductor. No es un movimiento arbitrario. No es un desplazamiento sin dirección. Porque siempre terminan en Ricardo Fort. En su rostro imperturbable, en su mirada pétrea de prócer repentino. En una imagen –la propia– preproducida para la cámara. Una imagen terminada. De las que no requieren movimientos ni encuadres especiales. Fort es un producto de una serie de tecnologías de producción de imagen. Más de veinte cirugías estéticas que reconstruyeron parte de su cuerpo y de su rostro. Las tres horas de gimnasia diaria que ensancharon su físico y lo cubrieron de músculos. Los tatuajes esparcidos por toda su piel. La pose permanente que anticipa a la cámara y le ofrece la misma toma que se repite y repite. Es esa repetición acumulativa la que termina construyendo una especie de imagen televisiva retro. Porque las poses repetidas aparecen en pantalla como una serie larga de fotos de tres cuartos perfiles, más propios del registro fotográfico que del televisivo. Imagen retro del muñecote retro. La repetición de la pose lo condena al minimalismo facial: dos o tres movimientos. Lo que se dice una economía absoluta de retórica artística. Un arqueo de cejas, una media sonrisa, un pequeño movimiento ascendente en un mentón siempre elevado.

Entonces, esa pose repetida para la toma televisiva encuentra otro uso: la nueva serie de muñequitos para los chocolatines Jack. Muchos Ricardos Fort. Todos con la misma economía facial. Pero en distintas situaciones. Subido a su Rolls-Royce, montando una moto de altísima cilindrada, cantando, bailando o en posición de lucha. El producto televisivo masivo de Tinelli se transforma en un insumo masivo de la fábrica de chocolatines de la familia Fort. Nada nuevo: sólo eficaz comercialización del narcisismo. Lo que se dice una espontánea articulación de negocios: Fort le aumenta el rating –y los ingresos por publicidad– a Tinelli y los dos mejoran las ventas y los productos de la empresa familiar Felfort. Un periodista le informa a Ricardo: “Dicen que las ventas de tu empresa aumentaron un 62 por ciento”. Y Ricardo responde: “Voy a averiguar bien, porque si es así tengo que cobrarles más a mis hermanos”. Es decir: todo pasa sin que él lo sepa. El origen de su riqueza no es su trabajo. El destino de esa riqueza tampoco es la inversión. Es Esperanto, un lugar donde gasta 15 mil pesos por noche. O Miami, donde vive la mitad del año y conduce dos Rolls-Royce. O Mar del Plata, donde es reciente propietario de un teatro y de una playa donde busca replicar otra que visita en Miami.

Nada es necesariamente objetable en Ricardo Fort. Es su vida. Pero algo pasa en la cultura masiva argentina. En su centro de gravedad. En los grandes medios. Allí, Ricardo Fort es posiblemente un síntoma. Un síntoma de la falta de proyecto de país y de futuro que recorre las mentes ansiosas y presumidas de algunos sectores medios vernáculos. Los grandes medios –que hoy ocupan el lugar de la esfera pública– son actores centrales en la construcción de la dimensión simbólica de la nación. Tienen la responsabilidad de agregar al territorio, al soporte físico y geográfico, la construcción del modo de ser, actuar y pensar como argentinos. Teóricamente, los medios masivos son el lugar de reproducción de una identidad. Lo que el ensayista colombiano Omar Rincón llama “la construcción de las comunidades sentimentales”.

Ricardo Fort es un síntoma. Y ese síntoma dice que los grandes medios librados a su lógica interna construyen siempre el mismo modelo: el de los noventa, el del individualismo, el del narcisismo programático. Porque algunos de ellos se han concentrado en destituir simbólica y culturalmente las políticas públicas impulsadas por el actual Gobierno. Y en ese camino destitutivo tienden a arrasar con todas las creencias. Su lógica negativa intenta minar el diseño simbólico del proyecto de país y de futuro en curso. Pero no construyen otro alternativo. Para ellos, en el Estado no hay proyecto. Hay un grupo de autoritarios y facinerosos. Todos bajo sospecha. Todos sujetos a denuncias, juicios y peritajes. En el Estado no hay nada. Entonces, es lógico: una sociedad que no cree en nada cree en Ricardo Fort. Ese muchachote de la mirada perdida, en infinita pose, el exponente involuntario de un modelo individual no replicable o replicable para pocos. Un Isidoro Cañones, con cierto aire de rara tristeza: el feliz propietario de una vida en la que el dinero no procede del trabajo ni su destino es el ahorro o la inversión. Por eso, cuando las cámaras de los grandes medios buscan, frenéticos e incansables, su imagen repetida al infinito, sin querer, sin saber lo que están haciendo, revelan que lo único que pueden ofrecer es el narcisismo programático de un raro playboy de estilo retro que en los noventa era un adolescente. Un adolescente rico y con tristeza.

* Jefe de Gabinete de Asesores de la Secretaría de Medios de la Nación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-137873-2009-12-31.html

  DOS OPINIONES EN TORNO DE LAS ACUSACIONES CONTRA LOS MOVIMIENTOS SOCIALES

El discurso mediático asocia piqueteros y organizaciones sociales con violencia y delito, omitiendo su historia de luchas contra el neoliberalismo y las herencias de la dictadura. La relación con el Gobierno y el rol de la oposición.

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Una oposición destituyente

Por Luis Ammann *

Hay hechos que en sí mismos son irrelevantes, pero cuya real importancia se evidencia en el contexto en que se inscribe su difusión.

En ocasión de ingresar al Consejo Profesional de Ciencias Económicas, un símbolo del neoliberalismo en la provincia de Jujuy, un grupo de personas arrojó huevos sobre el político Gerardo Morales y causó daños menores en el edificio. El senador Morales, presidente de la UCR, es el jefe de la oposición al gobierno nacional, liderazgo que ejerce con una vehemencia proporcional a las disputas internas en ese espacio donde hay, por lo menos, cinco aspirantes a candidatos a la presidencia del país para las elecciones de 2011.

El “escrache”, una forma de repudio no exenta de violencia, que le propinaron esas personas al opositor Morales, no fue diferente del que sufriera hace unos meses el diputado oficialista Agustín Rossi por parte de productores agropecuarios. En un caso fueron los excluidos, en el otro, los que constituyen el riñón del sistema; en ambos se evidenció la crispación que vive la Argentina.

Lo significativo de este hecho menor es que Morales soltó una andanada de acusaciones contra la principal estructura social de base de Jujuy y una de las más importantes en el país: la Túpac Amaru. Según Morales, la dirigente de esta organización Milagro Sala fue responsable de la agresión que sufriera y le atribuyó manejar tanto fondos oficiales como grupos armados. Posteriormente, la prensa antigubernamental en Argentina ha enfatizado su ataque a ésta y otras organizaciones a las que denominan genéricamente “piqueteros”.

Hoy, ya establecido que la Túpac Amaru no tuvo participación en el repudio a Morales, y Milagro Sala fue reivindicada en diversos actos en Capital Federal y en Jujuy, queda la reflexión sobre el ensañamiento mediático con las alineaciones sociales.

El ataque de Morales y la prensa que se siente perjudicada por la reciente Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual se inscribe en un contexto de oposición al Gobierno que tiene un nítido carácter destituyente. Estas arremetidas tuvieron su punto máximo a mediados del año pasado, cuando el Gobierno intentó profundizar políticas de distribución de la riqueza aumentando las retenciones al agro. El propio vicepresidente, votando en contra del gobierno que integra, se mostró disponible para una eventual renuncia de la Presidenta.

El episodio que protagonizó Morales en Jujuy es irrelevante. No lo es, según puede apreciarse en el despliegue periodístico, la prédica destituyente de una oposición que tampoco consigue resultados en el Parlamento. Pero que es muy hábil para confundir a la clase media urbana y procura crear las condiciones para volver a los años ’90.

* Vocero del Partido Humanista.


Milagro Sala no ríe. Milagro Sala odia

Por Daniel Rosso *

Milagro Sala toma el micrófono de TN y responde. Es segura, veloz, fluida. Su discurso es ordenado. Intercala sus declaraciones con la búsqueda de documentos que utiliza para sostener lo que dice. Eleva un papel y pregunta si la cámara puede hacer foco en las firmas. Milagro Sala se defiende. Se defiende bien. Han dicho de ella que es violenta, arbitraria y barrabrava. Han dicho que fue convicta. Dicen que es mafiosa y que anda en las drogas. Los grandes medios, siempre que pueden, retratan a los desposeídos en su rol de víctimas. Los describen envueltos en su tristeza y en su inacción. Es el registro de visibilidad estandarizado para los pobres: inertes, entristecidos, desguarnecidos. Es clientelismo emocional: les dan visibilidad a cambio de que ellos, las víctimas, les provean el rating de sectores medios que encuentran la oportunidad rápida y cómoda de ejercer la piedad, la indignación o alguna otra emoción virtuosa y pasiva. Hemos tenido un ejemplo emblemático esta semana en el programa del siempre creativo Chiche Gelblung, que descubrió a la mujer más pobre del país en un paraje olvidado del monte norteño. En el clientelismo emocional hay inacción. Las víctimas y los que se indignan porque hay víctimas permanecen en el lugar establecido para ellos: el de espectadores. Pero los pobres suelen abandonar el rol de víctimas. Suelen mutar en sujetos políticos. Entonces, los grandes medios ya no pueden hacer clientelismo emocional. Esos tipos se transforman en tipos de acción. Puede que hasta a veces patoteen o sean demasiado enérgicos en el ejercicio del poder. Puede que trasladen a su accionar la cultura en la que están inmersos. Su cultura de clase. Ya no dan lástima. Ya no garpan, como dicen en el medio televisivo. Entonces, la primera receta es invisibilizarlos, desentenderse de ellos. La segunda es estigmatizarlos. Invisibilidad e ilegalidad es un mismo y único destino para los pobres. O son invisibles o son ilegales. Si ya no dan lástima, si han roto el acuerdo clientelar, si se organizan y pelean, entonces, los grandes medios puede que los traten bajo el modo unilateral de otro formato basado en otras emociones rápidas: en lugar de piedad o indignación por su condición de víctimas ahora producen miedo y furia por su condición de sujetos activos. Lo que continúa al clientelismo emocional es la estigmatización. Es parte del juego: los grandes medios administran y fortalecen la frontera cultural que separa a los sectores populares organizados de los sectores medios espectadores. ¿Pero cómo es que las víctimas pasan a producir miedo y furia? El primer paso es construirlos como poderosos. Sustraerles todo rasgo de debilidad o retraimiento. Las cámaras muestran la pequeña montaña de palos amontonados con los que la Túpac Amaru se desplaza por las calles. Las cámaras muestran al grupo violento. Los que se reúnen por su debilidad son construidos como poderosísimos. Hay un salto descomunal por el cual a los pobres construidos como víctimas se los pasa a mostrar como poderosos. O sin ningún poder o con la totalidad de él. Esta mujer tiene empresas, controla parte de la policía, comercia drogas, está al frente de una organización mafiosa. Entonces, Milagro Sala, morena, pequeña, aparece en las fotos o en las tomas televisivas casi siempre seria, crispada, sombría. Es gente que odia. Gente agresiva, peligrosa. Como el personaje de Luis D’Elía ideado por Tinelli, que se dirigía a los presentes con la frase “¡Te odio!”. Sólo Página/12 y algún otro medio han publicado fotos de la Milagro riendo abiertamente. Porque los piqueteros no ríen. Golpean. Este registro de visibilidad que toma a la víctima en el esquema clientelar o a la militante poderosa en su condición estigmatizable deja en la oscuridad a las organizaciones sociales y sus construcciones populares. Porque Milagro Sala y su organización han construido cientos de viviendas en Jujuy, han levantado fábricas, han edificado polideportivos, centros de salud, escuelas primarias y secundarias. Esa mujer ha abandonado hace tiempo el rol de víctima. Ya está más allá del desamparo. Pero se mantiene más acá del individualismo. Ni víctima ni individualista. Es otra cosa. Es una militante popular. Una categoría difícil para los grandes medios. Porque éstos trabajan desde el interior de los procesos políticos para que las relaciones de fuerzas no se modifiquen. No es visible o no es legalizable la práctica de un sujeto social, económico o político orientada a redistribuir el poder. Por eso, Milagro Sala no ríe. Milagro Sala odia.

* Jefe de Gabinete de Asesores de la Secretaría de Medios de la Nación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-134152-2009-10-27.html

  OPINION


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Francisco de Narváez habla sereno, intimista, a cámara. El pronunciado primer plano no permite ver a sus interlocutores. Estos aparecen luego, en otros planos. Vemos a un señor tomando mate que lo escucha por la radio. Al lado, un niño con boina. Luego, una serie de hombres y mujeres que miran, concentrados y reflexivos, hacia un fuera de cámara donde –no es difícil deducir– hay pantallas televisivas. Los protagonistas del spot “El plan es cambiar” de De Narváez son consumidores de medios. Y, como tales, aparecen escuchando la radio o atentos ante las pantallas televisivas. En otro spot, jóvenes seleccionados en prolijos casting caminan por calles vacías increpando a miles de ciudadanos escondidos detrás de persianas cerradas. Irritados, nerviosos, los instan a participar, para que no “nos roben el voto”. Por supuesto, esa gente, detrás de las persianas cerradas, está asustada. Es sabido: el espacio público ha sido tomado por los delincuentes. Pero, de paso, esa gente encerrada mira televisión. Desde los años ochenta a la actualidad mucho se ha escrito sobre la relación entre política y medios. Se ha insistido con que la política se fue trasladando desde las calles hacia los medios. E, incluso, se ha dicho que cuando retorna a las calles lo hace a través de los medios. Así sucedió en los tramos más álgidos de la disputa por la aprobación de la resolución 125, cuando los medios concentrados pusieron sus cámaras en las calles para alentar la salida de caceroleros y otros sectores medios nerviosos y embarcables en una intermitente militancia delivery. La cacerola ilustra bien este modo específico de movilización activado por los medios desde el interior profundo de la esfera privada. Se trata de la señora o el señor que mira TV en su living y, de pronto, encuentra un estímulo para salir a la calle. Toma un instrumento disponible, por ejemplo una cacerola, en el camino agrega una cuchara o cualquier cosa a mano. Son utensilios del ámbito privado, muy lejos de los bombos y los redoblantes, los clásicos instrumentos militantes del espacio público. Se trata de un activo militante de crisis que nace y se reproduce en el ámbito privado. A ellos les está hablando De Narváez. Por eso, los protagonistas de sus spots son consumidores de medios. El empresario sabe que los tiene del otro lado de las pantallas, pero decide ponerlos también dentro de las pantallas, como protagonistas del spot. Por supuesto, dentro del spot aparecen escuchando a De Narváez. Así, el empresario televisivo dispone que la gente lo escuche dos veces: dentro del spot y en las casas cuando miran el spot. Y cuando los muestra movilizados, lo hace en la lógica de esa militancia intermitente que nace y se reproduce en la esfera privada: militantes de un día, el de la votación, que luego vuelven a sus ámbitos privados a mirar televisión. Es también lo que sucede en el último spot, donde una multitud corre por las calles hacia los lugares de votación. El origen del maratón es espontáneo, no hay historia política de esa movilización. También, infaltable, se muestra una pantalla televisiva desde donde se observa la rara épica ciudadana de miles corriendo a votar. Es la política fluyendo leve y localizada, en la superficie, despolitizada. La publicidad de Kirchner-Scioli también recurre a la gente, pero la ubica en otra posición. Los protagonistas de los spots hablan –a través de carteles o contando su experiencia personal– desde las calles, desde la puerta de su casa, desde su lugar de trabajo. Son protagonistas que se mueven en el espacio público. No están escuchando pasivamente. Hablan, opinan, relatan. También, Kirchner, en sus caminatas, en sus recorridos por los barrios, aparece rodeado de miles de personas. Incluso se zambulle literalmente en la gente. Son dos modelos de pensar la comunicación. Y de pensar al ciudadano. El que expresa Durán Barba, que se resume en despolitizar la política. Y el que expresa Néstor Kirchner, que consiste en politizar la sociedad. Esto también se elige el 28 de junio.

* Ex subsecretario de Medios de la Nación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-127141-2009-06-24.html