El hábito hace al monje, el instrumento al músico, el libro al escritor, el puñal al asesino, la pollera a la vendimia, el esguince al cisne y el
caracol a la langosta.
El hábito es oscuro si el monje es oscuro. El asesino es bestial como su cuchillo. La pollera, morada como la uva. El caracol no tiene que ver
con la langosta. Con el escritor y con el cisne pasa un poco de todo. No así con la escritora de la página última, pues con ella pasan cosas
peores. "Tengo frío, no vayamos a París", puede ser alguna de esas cosas.
Por una simple cuestión de hábitos y vendimias, la escritora de la página última enciende el pabilo a la hora de los saltos insomnes. Después el
lector pega la frente contra el diario a la hora en que deben callarse los gemidos.
De la última página cae una lluvia negra de tinta negra y el lector se echa hacia atrás empujado por un suspiro demasiado. Chorros de tinta negra
caen sobre tierra colorada.
El soporte hace a la obra y la obra al artista. La capilla Sixtina hace a Michelangelo, el temblor a Schiele, el puñal a la muerte, el mingitorio
a Duchamp, el libro a Lautréamont, el papel de diario a la escritora que enciende el pabilo. Todo en su debido lugar. A su debida hora. En su
debido orden. Orden de mérito. De meridiano de Greenwich que se comió un sándwich para no levantarse de la mesa de juego. Lo sé todo, 1977.
El lector es excesivo como todo amante parafílico.
Lo que está en un libro es literatura. Lo que está fuera del libro no es literatura. ¿Qué escribe la escritora parafílica en la última página de
un diario parafílico? "Tengo frío, me voy a Oberá". El lector es terrible. Lee cosas que nadie se atrevería a escribir. O la renquera en el pie
de página. O la página que fue llevada de los pelos al país de las pelucas. O el esguince del cisne. Suprimamos esto y no queda más que el sexo
escondido en el costurero.
Los escritores viajan a París, las parafílicas a Misiones. Los cuerpos se visten, los huesos se desnudan. Cuidado con la que esconde en la mano
el aullido del lobo. Cuidado con los dones colmados de condones. No es la voz de la narración, es la misma carne desnarrada.
Algunas cosas se parecen a otras cosas. Ducasse construye a Lautréamont para crear a Maldoror para crear a Alejandra para crear el silencio. El
lector es terrible. Lee lo que nadie ha escrito.
El diario no libra a la escritora de ser una escritora. Todo lo contrario: la confirma. Porque la aparta la confirma. Allá el libro, acá la
página. Allá la cópula. Acá la parafilia. Allá el premio Clarín. Acá el texto desnarrado. Allá la palabra carbonizada. Acá el pabilo. Esto puede
ser alguna de esas cosas. El lector bebe sendos chorros de tinta negra.
Quede claro que la parafilia literaria no es una doctrina para poner en práctica. Los doctores no lo recomendarían. La Gestalt y el mercado
editorial, tampoco. Nadie diría que los doctores, la Gestalt y el mercado están en celo. El celo es una parafilia literaria.
Así, no. Todo esto en un libro, no. Que no quiero verla. A esta literatura parafílica no quiero verla. En las librerías no hay estante
disponible. Al manicomio. Señoras y señores, no entren, no compren, no lean. No envíen su corazón a Noruega. No lograrán deshacerse de él, que
volverá irremediablemente a la casilla de huesos. La cuestión del corazón está en el pecho, no en Noruega. Todo viaje tiene su regreso. Esto
puede ser alguna de esas cosas.
Según un poeta, la luna es una galleta /mordida/ flotando en el cielo. Según otro, la luna es un perro. El lector puede encender un farolito
chino. El lector puede no leer. Puede leerlo todo. Puede leer aquello que no se ha escrito. El lector no sale de su casa ni de su asombro. Sale
de sí mismo para ver la galleta. Se prolonga en el mordisco del perro. El lector es un viajero perdido llamando a la puerta de un morador
perdido. Ambos se pierden en un abrazo. Esto puede ser alguna de esas cosas desnarrables.
Tener un pájaro que no vuela es una acción malvada. No escribir lo que vuela, también. (Otra razón para no guardar el puñal entre las sábanas).
Que el lector de otro diario sea invitado a leer este diario es una acción malvada. Hay pájaros que han decidido no volar y escritoras que han
decidido no escribir lo que no vuela. Esto puede ser alguna de esas cosas. Volverse alguien que no viaja a París, por ejemplo. No ganarse el
premio Pirulín, otro ejemplo. Poner una bomba en la puerta de Alfaguara, otro ejemplo. Esto puede ser alguna de esas cosas.
El lector de otro diario, puesto a leer éste, da tumbos sobre sí mismo, literalmente fulminado por los chorros de tinta. Su corazón no late. Se
lo saca y lo pone sobre la mesa. Entonces nota que su corazón se halla en Noruega. Dígase lo que quiera. Dejar el corazón en Noruega es una
acción malvada. Como violar cadáveres de mujeres hermosas recientemente muertas o prontas a fallecer de tedio o de anorgasmia.
El lector de la página última escribe lo que lee. "Desnudame", lee, y escribe desnudame. Desnuda dichas espantosas. Abrirle el corazón sería
desnudarlo dos veces. Suceda lo que suceda sabe a qué atenerse. Hay lectores buenos porque no son malos. A priori son cleptómanos de sí mismos.
Se roban la posibilidad de leerse y desnarrarse gota a gota en la página última.
cairo367@hotmail.com
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28285-2011-04-16.html
A Roberto y Grisel
Escena 1: (El hombre aguarda en la mesa que está al lado de la tercera columna del bar. La mujer abre la enorme puerta y entra con ella un
séquito de fantasmas que no se ven porque son fantasmas)
- El Hombre: Hola.
- La Mujer: Hola.
(Se saludan con cierta familiaridad, pero sin excesiva confianza).
- La Mujer (mientras se sienta): El malentendido de los correos electrónicos vino bien para que pudiéramos programar este café, ¿no?
- El Hombre: Sí, es cierto...
- La Mujer: Pensé en lo complicado que podía ser encontrar lugar aquí a determinado horario, pero no había tenido en cuenta lo difícil que es
conseguir taxi.
- El Hombre (con amabilidad): No te preocupes... (Los labios del hombre se siguen moviendo porque de ellos salen palabras que llegan a los oídos
de la mujer que, en su momento, también mueve los labios para decir palabras que llegan cómodamente a los oídos del hombre). Pero primero
elijamos algo para tomar, ¿tomás alcohol? Y en ese caso, ¿qué preferís?
- La Mujer: Vino. (Leve agitación de un fantasma especiado, que no se ve porque es fantasma).
Escena 2: (La mesera se retira luego de servir el vino).
- El Hombre: Mi padre, que era un antiguo militante anarquista, amaba el teatro. Era actor en un grupo del barrio... (Los fantasmas del hombre se
mueven en la conversación armoniosamente y agitan a los viejos fantasmas de la mujer que escucha desde el presente y desde el pasado, sin hablar,
hasta que el hombre pregunta). ¿Cairo es tu apellido real o un nombre de fantasía?
- La Mujer (sonriendo al comprobar que podía ser muy curioso su apellido): Nombre real. Me dijeron que David Viñas a sus primeros escritos los
firmaba con el seudónimo de Antonio J. Cairo. (Un fantasma muy amado sonríe ante ese comentario).
- El Hombre: Sí, justamente por eso te preguntaba.
- La Mujer (con la copa en la mano y el fantasma especiado en la nuca): En mi caso es real. Bueno, tan real como se puede, dadas las
circunstancias.
- El Hombre: ¿Viniste sola?
- La Mujer: Intenté, pero no pude.
- El Hombre: Entiendo, no te preocupes. ¿Ella está aquí?
- La Mujer: En la mesa de atrás, a tus espaldas.
- El Hombre: Bueno, voy hacer de cuenta que no está.
- La Mujer: Sí, es lo mejor...
- El Hombre: ¿Qué hace?
- La Mujer: Escribe, por supuesto.
- El Hombre (intranquilo): Ah... (Bebe un sorbo de vino y se traga un fantasma morado).
- La Mujer: Tiene unos altísimos zapatos rojos con plataforma. Está desquiciada.
- El Hombre: ¿Por qué?
- La Mujer: No está dando bien con el personaje: una escritora con zapatos de prostituta es inverosímil.
Escena 3: (El fantasma muy amado se retira discretamente. La escritora con zapatos de prostituta escribe mientras come un helado blanco con
algunos hilos rojos de sangre o de frambuesa)
- El Hombre: Yo te hacía por completo distinta. (El fantasma que el hombre había tragado con el vino sale rodando por los ojos). Los textos hacen
que uno se haga otra imagen de vos.
- La Mujer: Sí, lo sé. Lo mismo me dijo Grisel, una hermosa actriz que conocí hace poco. Pero lo que pasa es que estoy a merced de ella. (La
Mujer señala con la cabeza a la narradora de zapatos rojos que se mete con fruición profusas cucharadas de crema en la boca).
- El Hombre: Sí, claro. Uno sabe bien que el narrador no es el ser de carne y hueso, pero aún así, esos textos resultan tan convincentes, que...
- La Mujer (interrumpe con cierta picardía): Esperabas a Moria Casán...
- El Hombre (sorprendido): No, no, por favor. Además, me alegro de que no seas Moria Casán porque... (Todo cuanto el hombre dice es sumamente
tranquilizador para la mujer que escucha pero las palabras no quedan en sus oídos sino que pasan a través de ellos y son arrebatadas por la
narradora de zapatos rojos).
Escena 4: (El fantasma muy amado vuelve, sigilosamente, pero no se ve porque...).
- El Hombre: Ahora entiendo por qué bebemos vino en lugar de ron. (La mujer se sorprende por ese comentario al tiempo que observa a la narradora
escribiendo a la velocidad del rayo).
- La Mujer (acercándose al hijo del antiguo militante anarquista, susurra): Hablemos más bajo porque ella (señala con la cabeza a la narradora)
nos está escribiendo.
- El Hombre (inquieto otra vez, acerca una mano a la boca, como una barrera, para que lo dicho no se vaya más allá de la mesa): ¿Cómo? No es
posible. Yo estoy diciendo lo que pienso, no lo que me escriben.
- La Mujer (con gesto de duda): ¿Estás seguro? ¿A vos se te ocurrió lo del ron?
- El Hombre (desconcertado): Bueno, no estoy seguro de dónde me vino eso...
- La Mujer (resignada): De Rosario/12 o de "Culonas".
- El Hombre (nervioso y con los fantasmas alborotados): ¿Por qué no la dejaste en tu casa?
- La Mujer (impotente): ¿Te creés que para mí es fácil dejarla salir con esos zapatos? Si hubiese podido la habría atado a la cama, y aun así no
estoy segura de que me hubiera librado de ella.
- El Hombre: Vámonos de acá. ¿Anda en auto?
- La Mujer: No, no sabe manejar.
- El Hombre: Qué suerte. No va a poder seguirnos.
- La Mujer: Sí, vamos. Además, a esta hora le va a ser imposible conseguir un taxi.
(El hombre paga apresuradamente y los dos huyen seguidos por algunos fantasmas. La narradora pide un café y sigue escribiendo. A su lado se
embriaga un fantasma muy amado que no se ve porque...)
cairo367@hotmail.com
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28187-2011-04-09.html
"La muerte hace ángeles de todos nosotros/ y nos da alas/ donde teníamos hombros/ suaves como garras de/ cuervo". Jim Morrison.
La mujer que flota, hoy, es un revoltijo de huesos. Confunde al amante de Bovary con el marido de Ana Karenina. Confunde los autorizados
ejercicios maritales con la solitaria desnudez sin sentido. La mujer que flota podría retirarse abruptamente hacia noviembre, podría sofocarse
con violentos chorros de Blemm, como si fuera un mueble, pero la mujer que flota tiene otros hábitos: no es una sonámbula de cráneo transparente.
La sonámbula de cráneo transparente no vomita después de comer. No come su vómito transparente. No clickea. No se arranca de cuajo todos los
pelos de la ingle. No se descontrola con su propia suavidad. No sube la foto de su suavidad al ciber espacio. La sonámbula no ambula en su plena
soledad concupiscente.
Como es de esperar, el torpe cazador llega después de que alguien muere. Llega cuando ya no es necesario su cuchillo. La boca se le cierra en un
estornudo al cazador que no puede decir nada. Piensa en la red de cazar mariposas que contiene los cuerpos diminutos de dos amantes acribillados.
Luego piensa que la red no existe, o los balazos, o los amantes. El cazador con catarro no sabe qué hacer con su cuchillo después de la muerte.
Eso es todo. Siempre hay una jodida muerte que se adelanta. Unos jodidos agujeros en el cuerpo. El resto no es más que el viejo cuadro de un
artista loco.
La mujer que flota hoy es un animal mordido que no muerde. Feroz estado vegetal. Tal vez enloquezca o muera pronto. Tal vez despierte o
desobedezca pronto. Tal vez se ponga a palpar palabras de doble filo para cortarse literalmente. Tal vez se deje preñar por los lobos.
La sonámbula de cráneo transparente pule los barrotes de su jaula. Bebe sus propios gestos líquidos mientras el disco gira pero no suena la
canción que le gusta. Todas las reglas siguen siendo válidas en la cajuela transparente de la sonámbula. Habla sin cesar con alguien que ha
colgado. Le gusta viajar en avión con su pez gordo. Le gusta más el avión que el pez, pero sin el pez no podría subirse. Es una regla de tres
simple. Como sea, la sonámbula de cráneo transparente realmente no tiene ganas de volver pero siempre vuelve.
Una de las dos va a morir. De seguro morirá la que no debe morirse. No hay garantías de que muera la que deba morir ni de que viva la que debe
vivir. O ambas. O un mago. O un insecto inmortal. O un torpe cazador que no pueda asestar dos veces su cuchillo porque tiene fiebre.
Lo curioso resulta cuando la sonámbula de cráneo traslúcido se va por error al otro lado de la muerte y agita las patitas de araña para pedir
socorro. Se parece a la mujer a la que nadie quiere parecerse pero a la que todas se parecen. Entonces la sonámbula retrocede hasta un límite
alcanzable por el torpe cazador que, necesitado de un té con limón, la trae a la jaula nuevamente antes de que estalle la vena de Dios y llueva
sangre.
Ninguno de los dos tiene ganas de volver pero vuelven siempre.
La mujer que flota tira hilos al vacío y recoge peces desamparados. Mendigos peces que rescata de la estrechez de los charcos. Levemente
inclinada hacia lo oscuro, ofrece el cebo de su carne amarrada al anzuelo. Sólo peces hambrientos se atreven al rescate. Sólo peces muertos,
cansados de morir se animan al alimento de sus roces. La mujer que flota los besa escama por escama. Les muestra el mar, el liquen, los hermosos
laberintos de coral y dulcemente los devuelve al charco de donde nunca debieron haber salido.
El torpe cazador es un tipo que necesitaría clickear sus proezas fuera de la jaula porque saber lo que sabe no alcanza si nadie más lo sabe.
Podría inventar que ama a una muchacha estúpida pero con una voz muy hermosa y clickearlo para que todos sepan que está vivo. Cualquier muchacha
de pie en la puerta sería útil para llegar tarde a la muerte o a la jaula. Sus genitales masculinos son pequeños rostros formando trinidades de
dos ladrones y un dios. Tose y se le sacuden las trinidades hasta el infierno. Estornuda y se le sube el dios hasta el pescuezo. El puñal está
sin filo. El torpe cazador le pide al farmacéutico un antibiótico. Matará microbios. Nadie puede escapar a su destino.
cairo367@hotmail.com
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28087-2011-04-02.html
En apariencia unas y otras se parecen. Nada más que el fugaz desvío o borroneo del rouge, las diferencia. Nada más que el pedregoso rimel
haciendo peso en el pupilar del párpado, las distingue. En apariencia, unas y otras usan hebillas de carey. Unas y otras se cubren con una red
molecular de tules. Unas y otras respiran. Unas y otras se duchan. Unas y otras mueren.
Pero más sustanciales son los rasgos que las diferencian. Mientras unas conocen los nombres de las estrellas que no tienen nombre, otras las
deshabitan.
Turbias son las rayas de las que nacieron peinadas y semovientes las líneas de las que nacieron tempestuosas. Unas son un lugar y otras son un
espacio. Unas tienen órganos y otras tienen cuerpo. Y no hablemos del cuerpo estacionado en el lugar del trabajo, depositado en el sitio de los
muebles, distraído en los paseos de domingo. No hablemos del cuerpo inerte, planchado, embutido, previsible. Hablemos del cuerpo vivo. Del cuerpo
propio. El intransferible. El relumbrado. El cuerpo hambriento, sediento, despierto, sensible. El cuerpo creativo, iluminador, metafórico.
Hablemos de sus regiones. De la urdiembre. De la memoria.
Para los hombres y mujeres que gobiernan el mundo, el cuerpo no es más una cárcel de huesos. Una estatua que se pule, se rellena, se apoltrona.
Un reservorio ensañado donde la humanidad se reproduce. Pero las ciudadanas comunes, que enchastran el cisne con Nivea, que ríen ante el
vericueto del orín en las sábanas púrpuras, saben que su cuerpo no es una oruga. Que su cuerpo no es una princesa ahogada en el estanque. A
diferencia de los hombres y mujeres que gobiernan el mundo, las ciudadanas comunes suben a las naves que los dioses temen.
Los hombres y las mujeres que gobiernan el mundo hacen las cosas a su modo. Y su modo de hacer las cosas, es el mejor modo del mundo. Si sus
mujeres labran el campo de la memoria con las uñas de los muertos, es aconsejable que las ciudadanas comunes labren el campo de su memoria con
las uñas de los muertos. Si sus mujeres se abstienen veintinueve días al mes, es aconsejable que las ciudadanas comunes procuren abstenerse. Del
mismo modo, los hombres que hacen pipí parados y gobiernan el mundo, hacen sus hazañas como misioneros, por consiguiente es recomendable que las
ciudadanas comunes se den por satisfechas con todas sus misiones.
Pero afirmar esto no es más que mera estadística. Conteo de votos. Matrícula de universidades. Nómina de obreros. Inventario de cárceles. Listado
de autores. Registro de visitantes ilustres. Orden de llegada. Aritmética de la dominación. Esto no alcanza para convencer a las ciudadanas
comunes. No es suficiente para que ellas pierdan la memoria aceitunada, taponen los orificios acuosos, escurran las parafilias salivares,
proscriban sus ensoñaciones.
Sin embargo, una ciudadana común que se pasa la vida huyendo de los hombres que gobiernan el mundo, de pronto puede descubrir al hombre que
gobierna el mundo en su propia casa. Una mañana cualquiera, desde la ventana lo puede ver atravesar penosamente el patio, con sus dos piernas
sostenidas por sus pantalones.
A una ciudadana común, que se enciende con otros fuegos, le cuesta percibir lo irremediable: la entrada de un hombre que gobierna el mundo es, ni
más ni menos, que la entrada de un misionero. Y una ciudadana común que mira, no sin nostalgia, el propio cuerpo, revisa en un instante el
borrador de todos sus sueños, mientras el hombre que gobierna el mundo forcejea la cerradura para entrar. Dato insoslayable el forcejeo, porque
la cerradura de una ciudadana común es un instrumento que requiere más arte que exactitud. El cerrojo de una ciudadana común es un orificio
delicado y peligroso. Tanto se esfuerza el hombre que gobierna el mundo por cumplir su misión que la ciudadana común teme, de pronto, que el
hombre caiga muerto en el intento. Pero el hombre por fin hace entrar la llave, da dos vueltas y cae en la cama rendido.
La humanidad de una ciudadana común va más allá de lo que cualquier mujer que gobierne el mundo haya imaginado. Al verlo exhausto en la cama, la
ciudadana común nota, en un acto fraterno, que ese hombre se parece a los gerentes de marketing, a los votantes felices, a los farmacéuticos
humanizados.
Y una ciudadana común puede inclinarse sobre el cadáver para que el cadáver la escuche. Pero mientras se acerca, puede no decir una sola palabra,
porque las ciudadanas comunes son misericordiosas. No usan el poder de la palabra sobre los hombres y las mujeres que gobiernan el mundo. Tampoco
le piden peras al olmo, ni beso negro al misionero blanco, porque una ciudadana común tiene lleno de aprendizajes el cerebro.
Una ciudadana común no quiere hombres que gobiernen el mundo. A ellos los quieren las mujeres que gobiernan el mundo, que lo pueblan con niños y
niñas que más tarde seguirán gobernando el mundo. Los hombres que gobiernan el mundo conquistarán la Tierra, ganarán las elecciones, entrarán en
sus hogares con el pie derecho y se desplomarán después de dos vueltas de llave, pero no encenderán jamás la luz interdicta de las ciudadanas
comunes.
Una ciudadana común sólo quiere ciudadanos comunes.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27983-2011-03-26.html
Los muertos no la necesitan y los vivos tienen que lidiar con ella. Parece que la cosa más sensata que una persona puede hacer por su alma es
sentarla con una copa en la mano mientras la confusión es el dios de la locura.
En medio de una reunión, el alma puede decir "a mí me interesan las putas, el gusano en la manzana, los bares, las cárceles, los suicidios de los
amantes". Y de nada sirve que conjuremos nuestras nadas. Hay que hacerse cargo: las almas son lo que comen.
Es lógico que en un momento de vergüenza se tenga la tentación de tomarla por los hombros y sacudirla, pidiéndole que se retracte, pero el alma
es un objeto peligroso y delicado. Al momento del zamarreo puede pasar que los senos le tiemblen, se zangoloteen como dos nenúfares azotados por
el viento, y todo lo que se necesitaba decir para reprenderla cae en la más profunda desmemoria.
Educar el alma, cuando ya se la ha echado a perder con lecturas interdictas es una tarea abnegada. Y aunque lo aconsejable sería deshacerse de
ella, una vez que uno ha concebido su alma, sea por amor o por descuido, no puede más que cuidarla.
Los ciudadanos comunes adoran a su alma, aunque tenerla los llene de complicaciones. No es apropiado, por ejemplo, permitirle que se extravíe
observando por la ventana el trajín de las amas de casa extenuadas en el frenesí de los pulidos y los lustres.
En caso de que se opte por llevarla al bar, tampoco es recomendable que se acerque a la mesa de los maridos encervezados que tratan de olvidar a
las esposas extraviadas en los lustres, porque el alma tiende a no caer en lugares comunes.
El alma no se domestica como una esposa ni se vuelve intratable como un esposo. Una vez nacida, el alma es todo lo contrario a una croqueta de
pavo o a un aperitivo de cordero pasmoso.
Además, todo aquel que todavía no haya concebido su alma tiene que saber que extirparla de cuajo, es una operación costosa. Inaccesible para un
ciudadano común que ha caído en la tentación de dejarla crecer en su cuerpo como un hígado malsano. Por ello, lo recomendable es ir quitándole
poco a poco, lo que uno le ha dado. Y hay que hacerlo con firmeza, porque el alma es proclive a dulzuras inconcebibles. Siempre está dispuesta a
parpadear en nuestra mano, a recompensarnos tocando un nocturno en la flauta de canalones, a montarse sobre un dedo de monstruo y salir volando.
Deshacerse de ella es tan difícil como derribar un muro a golpes de puño. Y eso es inexplicable, porque el alma es liviana y etérea. El alma es
carne de algodón, sexo de ángel. Su debilidad es justamente su fortaleza. Además, un ciudadano común cae con frecuencia en la adoración de su
alma. Puede amar más a su alma que a su esposa. Una ciudadana común, puede amar menos a su marido que a cualquier cosa.
Cierto es que con sólo mirar para otro lado uno podría derribarla, pero los ciudadanos y las ciudadanas comunes, mal que les pese, no desean
hacerlo. No pueden dejar de sentirla, de parirla en noches de insomnio, de pagarle unas horas de hotel, de obsequiarles libros malditos, lencería
transparente, juguetes eróticos.
Hay gente que sueña con su alma todos los días. Que la espera en la oficina, en el bar, en la terminal de ómnibus. Vistos desde acá, esos
ciudadanos comunes parecen estar oliendo la púrpura rota de los juncos. Vistos desde allá, son la lacra del mundo.
Los historiadores se atormentan con grandes preguntas. Los matemáticos siguen afligiéndose por el problema de los cuatros colores. Los
farmacéuticos se humanizan con Rivotril. Los funcionarios y ministros se vuelven locos tratando de hacer el bien, mientras los ciudadanos
comunes, además de trabajar, dormir y despertar, lidian con la desgracia apabulladora de adorar su alma. Y por más que le den miles de
recomendaciones, en cualquier reunión de trabajo, en cualquier cena familiar, el alma aparece. Si no es ella en persona, o su recuerdo, aparece
su aroma de nenúfares. Genitalmente aparece y pone patas arriba el orden del mundo.
Hace falta mucho vodka con seven up, para que el alma no nos envuelva en sus frunces. Para cenar en la mesa familiar adormecidos en un silencio
alcohólico. Para ser un votante feliz. Para que las nubes no nos asesinen.
Todo aquel que tenga tentación de ser un ciudadano con alma, tendrá que saber que, una vez concebida, ella florece, florece y luego en nuestras
manos se desflora. Con tanta dulzura, con tanta convicción se desintegra ante un movimiento fragoso, que uno se perdona a sí mismo todo lo que ha
abandonado y todo lo que abandonará en el futuro.
También es necesario que sepa, que el ciudadano común y su alma poco a poco se funden en una esperanza abrumadora. Y las esperanzas, claro está,
no sirven para nada. Por ello, para salir del llano, lo más recomendable es parecerse a los farmacéuticos, los historiadores, los ministros y los
funcionarios. Es ético advertir a todos que la gente sin alma vive en mejores condiciones.
cairo367@hotmail.com
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27887-2011-03-19.html
Sobre la mesa de un bar leo a la suicida lúcida que desea caer más que morir. Hago algo más que leerla. Bebo café y la veo escribir sobre otra
mesa de otro bar, en otro tiempo y otro espacio. A intervalos irregulares, la suicida suspende el líquido tinta para compensarlo mediante el
líquido té.
En la bebida o en el papel puede estar la raíz del descarrilamiento. Ella escribe una palabra, luego otra, luego se detiene. Luego sube a la nave
de Jasón. Sabe que la travesía con los argonautas durará tres años sin hacer escala en ningún puerto. Luego baja a la mesa del café y escribe
otra palabra. Yo leo una a una las palabras de la suicida que disfrazada de varón practica con los grumetes el amor griego. Escribe que hace todo
por no revelar su género y mantener la pureza de su sexo.
Rematadamente confusa, la suicida lúcida escribe en otra mesa de café, en otro tiempo y en otro espacio: tendrían que crearse burdeles especiales
para mujeres artistas. Está claro que hace todo por no hilar los pensamientos. Está claro que por eso la leo. A mí me amputaron al nacer el
estómago que digiere escrituras digeribles. Los escritores digestivos se leen como Alka seltzer. Se tragan como agua mineral. Se olvidan como
preservativos.
Ella escribe una palabra, afila el puñal, rompe el cordel, escribe otra: acomoticlismo. No es practicado por los escritores digestivos. Onanismo
tampoco. Paracaidismo más que menos. Oportunismo, siempre. A mí me amputaron al nacer los ojos de leer escritores cristalinos.
Yo leo a la maldita y la maldita me inyecta una voluptuosidad concupiscente. Dicho por los médicos, los psiquiatras y los editores: los
escritores digeribles son mucho más convenientes.
Tal vez sean los papeles viejos y oscuros que revisa la maldita sobre su mesa de otro tiempo y otro bar, lo que me hace caer en la cuenta de todo
lo que no he hecho. Antes de volver a casa me exijo establecer un orden de prioridades:
Uno: ordenar los libros que están sobre mi cama.
Dos: dejar caer a la suicida.
Tres: no consentir demasiado a mi sexo enclítico.
Cuatro: Pensar si sería posible robarle al padre de mis hijos el libro de O'Neill.
Cinco: no pensar más en el punto cuatro.
Seis: revisar el punto tres.
Siete: no cumplir el punto dos.
Ocho: Ahorrar dinero.
La maldita escribe una palabra, hace un corte violento y la cordura sangra. Luego escribe otras palabras: ¿si las estrellas y el sol sólo fueran
prejuicios que nos inculcaron al nacer? Sé que hay un lugar vacío cerca de aquí pero no sé dónde. Mis angustias no nacen de carecer del libro de
O'Neill sino de desear lo que más temo o temer a lo que más deseo.
Probablemente son las diez de la noche. Entra la mujer vestida de amarillo. En el bar sólo están los espejos, el mozo, la suicida y yo. La mujer
de amarillo casi no existe. Es posible que la haya inventado. Eso hago yo cuando anochece. Invento mujeres y espejos. Aparece la suicida con un
grumete en cada mano. Escribe: no muerdo, y me veo obligada a vibrar en el centro de su abismo. La maldita puede ser una mujer judía. Una mujer
cafre. Un círculo vítreo. Una mujer sin derecho a voto. Una mujer molida a golpes. Una mujer de caza. Un perro doméstico. Una oveja masoquista.
Un timonel. Una mujer vestida de amarillo.
Sobre la mesa del café leo a la maldita. Debajo de sus palabras hay algo gris que interpreto como una flor. El mapa del amor se lee en la palma
de su mano. Maldita no llores. Maldita no escribas. Maldita no caigas. Maldita, ¿qué te falta? Los muertos no necesitan aspirina. No asustes a la
mujer de amarillo. Nunca más serán las diez si ella no viene.
En la bebida o en el papel puede estar la raíz del descarrilamiento. Los poetas digeribles no mueren de alcoholismo. Los editores no los
rechazan. Las esposas les son fieles. Los escritores digeribles piden permiso a una palabra, luego a la otra. Y las palabras se levantan la
pollera y les muestran el crepúsculo. Despavoridos, los escritores digeribles corren al diccionario y como no encuentran la palabra
acomoticlismo, no la escriben y luego viajan a París. En París se dejan crecer el cabello pero siguen escribiendo libros digeribles. Una desearía
que no pudieran hacerlo. Los escritores digeribles tienes acentos digeribles. Hacen pipí en mingitorios digeribles. No saben que todo puede
desaparecer muy rápido: el mingitorio, el gato, las paredes, la cama, el bar, la mujer vestida de amarillo. Los escritores digeribles viajan a
París sin saber que pueden quedarse sin trabajo. Que todas las pequeñas necesidades, incluyendo el amor, pueden irse al diablo por cualquier
causa que se dé.
Pero la maldita escribe la palabra, subvierte la palabra, desintegra la palabra. Ata un cordel en el cuello de la palabra, la acompaña en su
movimiento de pequeña muerte y la palabra gime como una niña abandonada. La maldita no persigue historietas de salón, no anda detrás de las
señoras gordas que hacen pipí en tacitas de porcelana. A mí me amputaron al nacer el cuerpo para los amores digeribles. La maldita es una loba
antes que un perro. Cualquier parte no está en ninguna parte. Hay un lugar vacío cerca de aquí pero no sé dónde. Sobre la mesa del café, en la
biblioteca pública, en la bañera, en el cuarto de hotel, la suicida lúcida ama a un maniquí desnudo y lo ayuda a hacer el amor sobre el agujero
abierto en una gruesa revista porno.
La maldita tira de un hilo y mueve las raíces del infierno. El mapa del amor no es un palo seco dentro de una canasta seca. A mí me amputaron al
nacer el camino de regreso del infierno.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27789-2011-03-12.html
Nina es una mujer caliente. Tan caliente que todo aire que ella no haya respirado ha muerto. A Nina la reconocemos por muchas cosas. Porque
aprieta su cuerpo entre dos líneas anchas hasta formar una letra. También, porque cuando baila el vals de los desesperados, con sus pies barre
todo lo que toca. Las campanas suenan sin razón y nosotros también.
Horizontal ver. Alguien va al encuentro de Nina. Alguien no es un pájaro. Es un fulano que apenas puede abrir las alas de su cuerpo. Por Nina, un
fulano se vuelve capaz de traspasar la cresta de la noche. Un fulano, que sale a penas del cascarón y huele a tabaco negro, llega hasta Nina con
la mente en blanco. Toca la puerta con movimientos regulares. Debajo de la remera del fulano hay un pequeño aire de molusco inmovilizado. Nina
abre la puerta. A Nina la admiramos por muchas cosas. En especial porque cuando abre la puerta la ansiedad viene a sostenernos con una sola mano.
El fulano, que no es tostador de café, es menos moreno y sutil de lo que Nina o cualquier otra mujer pudiera merecer. Pero el fulano, arrastra
sus pies hasta Nina, como un orador hacia el templo. Los fulanos no lloran, aunque los fulanos deberían llorar para convertirse en hombres.
Cuando Nina abre la puerta, el fulano mueve los labios pero a Nina sólo le llega el silencio de unas ramas movidas por el viento. No hace falta
que un fulano llene la casa de Nina con sus palabras hipertróficas, sus muletillas hipnotizadas. En la casa de Nina el silencio vale por mil
palabras. El fulano mueve los labios otra vez y lo que dice cae como algo inútil desde un canasto roto.
De este fulano nos faltan datos, detalles que no entraron por la puerta. Estamos en todo nuestro derecho de pensar que Nina lo ha inventado, pero
aun así Nina lo deja entrar y si Nina lo recibe como si existiera, entonces, el fulano existe. El fulano mueve los labios nuevamente, dice algo
envuelto en el papel estrujado de un embalaje deshecho. Nina no lo escucha, atornillada como una flor en el ojal de la noche.
El fulano, con sus incautas manos hace un gesto de último hombre y se sienta sobre la cama. Nina, que tiene devoción por todas las cosas
inanimadas, lo recuesta. Nina se arrodilla al lado del cadáver. Con la mano izquierda se toca los ojos. Conocemos esa señal. Por esa señal y
porque abre la puerta, la adoramos. Aves rapaces vuelan alrededor de la cabeza del fulano que existe porque Nina lo permite. Nina espanta esos
pájaros de mal agüero con la mano izquierda. El fulano no sabe cómo seguir. Quiere mover los labios otra vez y Nina le tapa la boca. Los fulanos
no lloran, pero deberían hacerlo.
Hierba de color oscuro. Sensación de chupar una ciénaga. Desde la calle llega un ruido de sirenas borrachas que anuncian crímenes y muertos. Los
dedos de Nina comienzan a moverse. Cuando Nina mueve los dedos una nueva historia empieza a escribirse. El cabello de Nina cae en cámara lenta.
El fulano no recuerda el eslabón que lo une a la cadena. En ese preciso instante se abren las puertas de los abismos y se lo tragan como a un ser
vivo. Nina afina el instrumento. La torpeza recalentada del fulano se transforma en un temblor de lirio. El fulano podría llorar, si supiera
hacerlo.
Nina acerca su cuerpo y el fulano, aunque no es todo lo moreno y todo lo sutil que Nina o cualquier otra mujer merecería, puede sentir un calor
de luna a través del aire. Nina toma con las dos manos el instrumento. Lo agita de arriba abajo. Música innatural. Ritmo de mucosas. Telitas de
cebolla que se cubren y se descubre. De la habitación surge un olor a sexo de ángeles quemados. Nina se detiene. El fulano es una nimiedad
atómica. Si el fulano pudiera verse a través de los ojos de Nina encontraría el diamante de su alma oculto en el corazón del mundo. Nina vuelve a
empezar. "Ahora boca abajo", dice con su voz de camelia fulminante. A Nina la reconocemos por su voz y porque nadie baila como ella el vals de
los desesperados.
Nina sacude el instrumento con la ternura de un lobo o con la furia de un cordero. El fulano quiere mover los labios y Nina con la mano libre
dulcemente le cubre la boca. ¿Qué podría decir? Nina lo salva de despellejar palabras. No hace falta más que un pequeño gemido. Un mínimo gesto
de polizón en el navío de la suerte.
Nina pegada contra la línea recta del fulano baila el vals de los desesperados. El rap de los desesperados. El reggaeton de los desesperados.
Nina mitad fisura, mitad saliva, mitad estrofa se deja caer sobre el cuerpo del fulano.
"Ya está", dice Nina, otra vez con voz de pájaro. Y el fulano mueve los labios inútilmente porque Nina no lo escucha y nosotros tampoco deseamos
escucharlo. ¿Qué podría decir?
El fulano sale corriendo a buscar un taxi para llegar a horario. Mientras corre, se parece a un hombre. Nina cree que tiene grandes posibilidades
de serlo. Pero el fulano sube al taxi con ese gesto de último hombre y una vez más la nada rubrica al mundo.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27682-2011-03-05.html
A Ana S.
En una santa ciudad cuyo santo nombre no puedo recordar, no existió un hidalgo de los que lanzaran en astillero, adarga antigua, rocín flaco y
galgo corredor, pero era fértil en la propagación de poetas. Tenía la ciudad sus fábricas, sus molinos, sus autos de alquiler, sus monopolios, su
virgen aparecida, su mundillo financiero, pero en lo que realmente descollaba era en la cantidad y la calidad de sus poetas.
Fragorosos versos nacían en los viejos cuadernos, en las noches aciagas, en los rincones oscuros. Palabras de amor prorrumpían en los paseos
costaneros y en las plazas. Fieros versos de denuncia se agitaban desde el río hasta las vías. Versos de luz y de sombra brotaban entre las
disámaras y los agapantos. Poemas de ruptura y de evocación bramaban con nuevas o viejas voces. Debajo de los puentes, en los consorcios y las
bodegas, sobre las escaleras y en los zaguanes había en la ciudad más poemas que gente.
Pero todos los oficios tienen sus complicaciones. Del panadero al domador de fieras, del vendedor de oro a la coleccionista de suspiros últimos,
cada cual en su tarea sortea un sinnúmero de escollos. Aquí, el problema de los poetas no era tanto la soledad de la escritura, la lucha cuerpo a
cuerpo con el verbo que se envilece, ni el sangriento recorte de adjetivos, ni la caprichosa obstinación de las musas. La mayor vicisitud a la
que se encontraban los creadores era cómo hacer para que sus versos trascendieran la mera hoja de papel, el comentario fraterno del amigo, la
aprobación del colega y llegaran a la gente. Los poetas, deseosos de promulgar sus creaciones, desmadrados del mercadeo editorial, incomprendidos
por sus vecinos y parientes, iban perdiendo toda esperanza de comunicación con los demás. Sus versos, cada vez más oscuros, se desangraban en la
soledad muda y desamparada.
Pero en esa ciudad proclive a los milagros y con poetas atentos a sacar provecho de la adversidad, ocurrió el prodigio.
Sucedió que de todos los rincones del país comenzaron a llegar peregrinos en busca de una oración sanadora a los pies de una hermosa santa de
marfil que había aparecido ante una humilde mujer. La venerable figura que causaba ensoñaciones en los niños, que llenaba de esperanza a los
afligidos, que renovaba las fuerzas de los abandonados, que fortalecía la resignación de los desposeídos, también cumplió los deseos de los
poetas. Hasta entonces, la virgen iba por un carril y los poetas por otros, pero o bien por bondad de una o bien por perspicacia de otros, el
milagro ocurrió.
En aquella ciudad, una vez al año la gente de todo un país se congregaba en torno a la imagen benefactora para recibir sus bendiciones. Ese
portentoso afluir de público despertó un ansia especial en los artistas. Pensaron que a la generosa santa no le costaría nada compartir su gente
y se sumaron a la festividad de la vigilia que se llevaba a cabo cada año, la noche anterior al magno evento religioso, con un fecundo recital de
poemas.
El frenesí por escuchar los ansiados aplausos no cegó a los poetas sino que con muy buen tino se pusieron a revisar los versos. Para estar a tono
con la ocasión les pareció apropiado borrar uno que otro exabrupto que al fin de cuentas, no hacían a la esencia de los poemas. La comisión de
turismo, desbordada por la magnitud del evento, dio el visto bueno a la cultura y uno más uno dos, dos más dos cuatro, cuatro más cuatro ocho,
ocho poetas se dieron cita aquella noche para difundir su obra y entretener a los fieles.
También fue de la partida, el viejo poeta del whisky, la calle y las putas. Aquella noche, conmovido por tan extraordinario momento, ante un
público masivo, el viejo hurgó entre sus papeles. Halló, otra vez, aquel poema que despertaba en él una emoción especial. Con buen tino advirtió
que nada de lo escrito estaba a la altura de las circunstancias, entonces, pensó que a medida que fuera leyendo iría haciendo algunos retoques.
Lo avalaba el axioma de un maestro de jazz: "cuando lo imprevisto se torna necesario".
Los colegas quedaron pasmados ante el anuncio del título del poema escogido por el viejo: "Un cacho de roca". En un instante temieron pasar del
recital a la hoguera, pero el viejo apoyó la boca en el micrófono sin dar tiempo a ninguna reacción reparadora a la idea de que ese maldito
estuviera allí parado ante varios centenares de inocentes personas. Sin embargo el viejo, con toda compostura, donde decía: "Ella era la peor
mujer/ que yo había conocido", murmuró: "Ella fue la gran mujer/con la que he revivido". Varios corazones descompuestos llegaron a una leve calma
que se fue haciendo más estable cuando el viejo, donde decía: "Me robó una botella de whisky llena", optó por el robo "del alma plena". Confiados
en que el poeta estaba en sus cabales, lo dejaron seguir leyendo. Así, pasaron a mejor vida los versos: "¡Dame esa botella puta, /de mierda!",
porque entre otras cosas, el viejo advirtió que los signos de admiración exacerbaban la violencia. En: "La tomé de los hombros /y le di una
bofetada", optó por "Me abracé a sus alas". Para que el clima no se le fuera al demonio, se dio cuenta de que "ella empezó a/bailar/con un vaso
de whisky en la mano", debía ser reemplazado por algo más acorde a las beatitudes y leyó: "ella empezó a/orar/con un pedazo de cielo en cada
mano".
Cierto era que el poeta se estaba sintiendo incómodo porque muy lejos estaba la puta de Nina de tener en la espalda algo más puro como un
plumero. Pero a esa altura de la noche, sin nada qué beber, obnubilado por el desafío de encontrar en la más lejana santidad las más lejanas
palabras, el viejo se sentía un gladiador de la paráfrasis literaria.
El clímax textual llegó poco antes del final, cuando frente a sus ojos, los versos: "Después corrió hacia/mí/ cayó de rodillas/me bajó el cierre/
y ahí abajo estaba ella/ haciendo sus trucos" se hicieron más vívidos que nunca. De pronto Nina, por obra y gracia de los espíritus santos,
corrió hacia él, cayó de rodillas, pero no le bajó el cierre y ahí abajo hizo un juego de manos distinto a aquellos trucos, acercó la boca y
tragó, "tragó saliva de Dios", dijo el poeta ensimismado. Nina cubierta con un manto blanco, se desnudaba ante sus ojos. Nina con el manto de la
aparecida. La aparecida con la boca abierta de Nina, "bebedora de desgracias" musitó entrecortadamente el poeta. El viejo deliraba con un vaso de
whisky en la memoria y el un endemoniado sabor de pubis en la boca. A su lado la santa imagen de Nina, venerada por tantos creyentes, le hizo
arrepentirse de todas las veces que le dijo puta, de todas las veces en que la dejó con la garganta seca. Convulsivo, envuelto en un sopor de
inspiración y abstinencia, el viejo cayó rendido ante la estatua de Nina, dura y virginal como nunca antes la había sentido, mientras el público,
conmovido ante esa demostración de fe, se deshacía en aplausos.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27485-2011-02-19.html
AMANTES
Es tenue la diferencia entre el pescador y la luna. Un esfuerzo insignificante bastaría. Decir basta con la palabra basta, habría bastado. Decir
basta de pronto, o más bien poco a poco, o más bien súbitamente. No son estos cadáveres los que respiran de la llama. Aquí todos están muertos.
Muertos y repetidos. Hagamos algo que pueda restaurar los límites del espejismo. Seamos amantes, volvamos a estar vivos. Seamos simplemente la
amante y su poeta. O la poeta y su amante. O el pescador y la luna. Bastaría la palabra basta montada en el pez desnudo de sus heridas. Y que
tomen del río lo que quieran. Que nos vacíen los bolsillos. Unas monedas no alcanzan a pagar el hastío. Basta es la palabra del comienzo. Basta
se pronuncia con todos los ruidos humanos. Basta es la palabra que hace transparente al hombre. Basta de destruir las víctimas amadas. Basta de
dar vuelta la cabeza hacia otras cosas. El pescador y la luna se hacen uno solo para el pez desnudo de sus heridas. La palabra se eleva como un
objeto del silencio. Queda sobreentendida pero no realizada. ¿Cuándo somos nosotros para nosotros? Nos echamos llave para no decir la palabra
basta. Es difícil pronunciarla. Sus cinco letras pesan como cinco ataúdes. Es más fácil enterrarse en la luna, tajearse el alma, morir de
asfixia, morir sin muerte. Basta es la palabra más desnuda y sólo el pescador puede hundir sus dedos en ese fondo de luz absoluta.
AMPARO
Es tenue la diferencia entre una mujer y la noche. Son necesarias muchas casualidades para que una mujer encuentre los caminos que la guíen a
todos sus amores inviables. Perdida en la ciudad, perdida en el mundo, perdida a pocos pasos de un trayecto. ¿Cuánto más lejos llegará mi flecha
disparada? La noche es un centauro negro que sube las escaleras en cuatro patas. La mujer tiene pies y manos. Tiene rostro y vientre. Tiene un
reguero de sombras. Soy la noche desgarrada por la flecha. Amor es una palabra que no se puede decir sin caer en desórdenes. Logro respirar junto
a los monstruos más temibles porque sé que la noche y yo existimos. Porque la noche siempre viene a dormir conmigo. En sueños hemos visto un
hombre. He movido mi infierno, he temblado y la noche me abrigó en su ombligo negro. Dentro de su vientre estoy despierta o hermosa. Despierta
sobrevuelo con un ala. Hermosa sobrevuelo con la otra. La mujer es un cuerpo más que una voz. Yo misma soy un cuerpo más que una voz. Eso en
cuanto al arte y al sigilo. Estoy diciéndome para que escuches mi cuerpo. También soy una contradicción. Siempre que pierdas algo yo también.
Somos hijos de las mismas desolaciones. Y también soy un juguete único: absurdamente me disparo y alumbro anémonas, medusas, arañas. En un
curioso movimiento, la gente se da vuelta para ver los relumbrones. En otro lugar sería triste ese movimiento, pero en este segundo umbral de la
mujer y la noche, es imposible machacar toda forma de belleza.
ARMONíA
Es tenue la diferencia entre un lobo y un pájaro. Ambos están unidos a la noción de noche. El ritmo del lobo es el ritmo del pájaro y entre ambos
lo que prevalece es el ritmo del vuelo. No todas las aves se dejan imitar el vuelo, ni todas las fieras pueden hacerlo. Incluso si lo hicieran,
la copia de algo verdadero ya no es la verdad. Pero el lobo con alas y el pájaro que aúlla desdeñan toda devoción por el escepticismo. Uno y otro
se compadecen de aquel pez en el estanque seco que sólo pude mojarse con su saliva y contentarse con la humedad de su aliento. A la hora del
desconsuelo todo vuelo es inimitable. Ni perro, ni hombre, ni mujer, ni avispa. Lobo y pájaro se diferencian apenas. Hermanos de la sed, hermanos
del salto, hermanos del vuelo. Los une el haber salvado a una mujer en el desierto, primero. Luego, el haberla salvado de ahogarse en la fuente.
Los hermana el pozo. Los hermana la invención del mordisco. Detrás de la piel del lobo está la piel del pájaro. Los une el tenue contacto con la
sonámbula de cráneo transparente. En torno a ellos nacen y desaparecen algunas ideas que giran en círculo. La soledad es su música. Los deseos
ocultos son su música. Aquello que castiga desde todas la vidas es su música. Donde las aves y las bestias tienen frío, ellos arden. Ni aves ni
bestias comprenden la voluptuosidad del ala, la fruición del aullido, el goce de la sonámbula salva. Es tenue la diferencia entre los gestos del
pájaro y las pasiones del lobo. Es tenue la diferencia entre la sed y el desierto. Tenue la diferencia entre la mujer sedienta y la mujer
saciada.
ALQUIMIA
Es tenue la diferencia entre una mujer y la llama. No es aquí el relámpago. No es la ráfaga húmeda trayendo la lluvia. No es el fiero
atrevimiento de la entrega, la imprudencia de no fingir que no existe lo que siempre ha existido. No es la búsqueda de un nombre en los
obituarios, ni la del sexo en el cuarto vacío. En el puente de la nuca despejada, en la suave llanura de la espalda, en la colina final de la
cadera, en el largo trayecto de las piernas, se disuelve la oscuridad. Durante la noche, mujer y llama van en busca de la fauna y la flora. Del
reino mineral. De los reinos secretos. Mujer y llama no hablan, miran. No saben, tiemblan. No se reparten el botín, se despojan. La mujer y la
llama no han nacido para el robo sino para la ofrenda. No socavan, no apresan lo mirado, no oprimen lo bebido, no someten lo temblado. Es de
pocos abrazar su transparencia palpable. Esa luz que no enceguece, ese brillo de sombra, ese país silencioso. Es tenue la diferencia entra la
mujer y la llama. Tanto que puede pasar dos veces por el ojo de la cerradura. Tanto que los perseguidores de apariciones no logran verla. Tan
química y tan tenue la diferencia que se agita en esas dos luces acostumbradas a perderlo todo, tan enloquecida la levedad de esa apetencia.
Mujer y llama en voz muy baja se confiesan criaturas inventadas por la memoria de los hombres.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27383-2011-02-12.html
1. Separó Lacan la luz de la sombra y pobló de fantasmas el mundo, porque el mundo estaba vaciado de sentidos.
2. El espíritu de Lacan se movía sobre el haz del mundo. Dijo: sea lo real, y fue lo real. Y dijo Lacan que lo real era aquello que no podía
representarse como lenguaje. Y vio que eso era bueno.
3. Apartó Lacan lo real de lo imaginario, y dijo: lo que se designe como "yo" estará formado a través de lo que es el otro. Y vio Lacan que eso
era bueno.
4. E hizo Lacan la expansión del lenguaje, el territorio simbólico. Y dijo Lacan: que estas tres dimensiones se hallen imbricadas. Entonces creó
el nudo Borromeo. Y agregó Lacan: el desanudamiento de cualquiera de las tres provocará el desanudamiento de las otras dos, se tratará de una
torcedura, como la Banda de Moebius. Tomó Lacan una cinta de papel, pegó los extremos, tomó el lápiz y la tijera y vio que eso era bueno.
5. Tan ocupado estaba Lacan que perdió la noción del tiempo. Varios días habían pasado, y Lacan creó el habano para solazarse de sus logros y vio
que eso era bueno. Mientras fumaba distraído, las horas pasaban como bala y a Lacan se le llenó el mundo de chucherías.
6. Y fue la tarde de un día cualquiera, cuando Lacan dijo: hagamos un fantasma a nuestra imagen y semejanza, para que nos lea. (Sin dudas, para
que Lacan existiera, ya había otro que justificara su existencia).
7. El primer fantasma hombre fue hecho a imagen y semejanza de su creador. Como primer fantasma del mundo, recién hecho, dormía plácidamente una
siesta bajo la sombra de un árbol. Entonces Lacan pensó que sería estúpido tener un mundo con único fantasma, tan estúpido como pensar en una
Antropología Psicoanalítica.
8. Entonces, Lacan pensó, pensó, pensó, yendo y viniendo una y otra vez desde el sol a la luna, desde la cama al living. Meditabundo daba pasos
largos, cabizbajo, Lacan, con las manos tomadas en la espalda.
9. Lacan observaba a su primer fantasma recién creado. Sentado en el suelo, el fantasma hombre recién creado intentaba calzarse, incluso cuando
Lacan todavía no había inventado los zapatos. Al fantasma hombre le colgaba la simiente entre las piernas y le dio por nombre Estragón, aun antes
de que Beckett creara un mundo para esperar a Godot.
10. El primer fantasma se esforzaba tratando de calzarse con las dos manos, fatigosamente. Se detenía, agotado, descansaba, jadeaba, volvía a
empezar. Lacan le llenó la cabeza con sus teorías y vio que eso era bueno. Entonces Lacan, dijo: no es bueno que el fantasma esté solo: voy a
obsequiarle otro fantasma con su mismo surco para su entretenimiento.
11. Y Lacan tomó una costilla del primer fantasma, amasó la porcelana fría, lo llenó de las mismas teorías psicoanalíticas que al primero y le
hizo un surco en la parte final de la espalda, igual al surco del primer hombre fantasma.
12. Lindos jueguitos hacían el primer fantasma y su partenaire, a cualquier hora de la noche o el día. Entonces Lacan pensó en crear la galería
de porno gay, para los futuros usuarios fantasmas. La equidad era perfecta: ambos tenían sembrador, ambos tenían surco. No se adivinaba ni por
asomo el complejo de la castración.
13. Tan felices estaban en el paraíso los primeros fantasmas, que ninguno pensaba en Lacan, ni en sus seminarios. Uno más uno era dos en un mundo
lleno de chucherías. Nada podía ser menos confuso.
14. Entonces Lacan consideró apropiado hacer algunas modificaciones. Tanta felicidad iba en contra de sus propósitos. Era necesario introducir la
fisura, el misterio, lo negro del mundo. Rebanó Lacan la simiente que pendía de las piernas del segundo hombre fantasma, y le alargó la raya del
horizonte. Extendió el surco, lo ahuecó de nuevo y creó el fantasma mujer, para extrañamiento y exploración del primer fantasma hombre.
15. Con el sobrante, Lacan hizo dos agarraderas y las abultó en el frente superior del segundo fantasma para que el primer hombre fantasma se
agarrara de ellas en los momentos de siembra desenfrenada.
16. La agricultura fue la floreciente actividad del mundo y se cosecharon pequeños fantasmas prometedores, capaces de hacer el mundo cada vez más
agrícola y más fantasmagórico.
17. Luego, Lacan puso a prueba a sus creados, y redefinió algunas chucherías del mundo. Dijo, el inconsciente no es más que la medida del afuera
del sentido de los propósitos, y los fantasmas creyeron que eso era bueno.
18. Luego dijo a sus fantasmas que al decir "llueve" la lluvia sería un acto del pensamiento. Por ello, cada uno de sus fantasmas podría darle a
la lluvia su sentido. Incluso confundir la lluvia con el meteoro, con el agua pluvial, con el agua que de ella se recogiera. Y los fantasmas
creyeron que eso también era bueno.
19. Y Lacan, con un pie en la luz y otro pie en la sombra dijo que el meteoro era propicio a la metáfora. Así, Lacan dio vía libre al fantasma
mujer, al fantasma hombre y a la metáfora. Y fue así que muchas chucherías del mundo cobraron sentido.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27286-2011-02-05.html
Longitud abismal
Una avalancha del peso de un hombre es una bola de nieve de longitud uno, seguida por una bola de nieve de longitud dos, con un nombre lleno de
letras verdaderas y falsas; seguida por una bola de nieve de longitud tres, con notas musicales; continuando con una bola de nieve de longitud
cuatro, donde el único requisito es meter el ritmo en La Verbena de Marianao; seguido de una bola de nieve de longitud cinco, donde todos los
nombres son teóricos; continuando con una bola de nieve de longitud seis donde esto es hermoso; continuando con una bola de nieve de longitud
siete donde esto es hermoso para una persona de un sexo u otro; seguida de una bola de nieve de longitud ocho donde hay más de un cuerpo;
continuando con una bola de nieve de longitud nueve rodando con los cuerpos abiertos en flor; continuando con una bola de nieve de longitud diez,
prohibida en la primera línea de la primera letra de un nombre; seguida de una bola de nieve de longitud once ya borrosa; seguida de una bola de
nieve de longitud extrema, con todas las palabras rotas; continuando con una bola de nieve en el pequeño café de la terminal de ómnibus; seguida
por una bola de nieve de longitud voluble y púbico vuelo; continuando con una bola de nieve de longitud estelar que con una de sus cabezas puede
tocar el infinito; seguida de una bola de nieve que termina con la vaginitis conyugal; continuando con una bola de nieve de rango propio, hasta
una bola de nieve de longitud insondable donde sobrevivir a la noche más profunda.
Longitud amotinada
Sí. Tenemos derecho a provocar una avalancha de Eses aspiradas, de Úes no pronunciadas después de la Q. Tenemos derecho a romper con las dos
manos todas las Haches mudas, mudas hasta la muerte. Podemos hundir galeones con los acentos que se han vuelto opcionales y bombardear los
aeropuertos con los desusados puntos suspensivos para que nadie vuelva, para que los que se fueron se queden lejos, lejos, lejos. Pero, atención,
queda terminantemente prohibido derramar cualquier lágrima de exaltación por los resultados obtenidos.
Longitud viviente
La sospecha de tener algo vivo en aquel lugar del cuerpo lo llevan a dar cuatro pasos más. (?¿Un poco lejos de la costumbre, más cerca el amor??)
Locamente captura el cuello de un sueño y su sonrisa tan dulce, tan dulce. (?El amor es fácil, su comedia difícil?). La sospecha de que algo vivo
late a doce centímetros del cuerpo le permite jugar con la diéresis y la sinéresis en otra longitud de verso. (?¿Un poco lejos del heroísmo
erótico, más cerca del placer erótico??). Quema a Teseo en la oscuridad. Pone en fila a todos los gusanos. (?Lejos de la gallina muerta, el pollo
más vivo?). Consulta el manual de lenguaje cocinado: vacaciones familiares. (?El placer es una enfermedad que se cura en enero?).
Longitud fantasma
Todo negro. La oscuridad maloliente, con su molino en la cabeza y los quijotes a dos manos. Hay un hemistiquio de Alejandría volando por lo bajo.
Las palabras prohibidas están ocultas en las mujeres desnudas. Las santas rezan sus palabras buenas con los pechos llenos de vinagre. ¿Dónde
están los que no se han ido? El número de letras y de gente disminuye hasta un punto extremo. Todos duermen. Es la noche de los vampiros. Negro
el mundo y negra el alma. Algo está pudriéndose en Alejandría. Mis fantasmas y yo nos hemos enterrado a un metro y medio de poemas hasta que pase
el día.
Longitud oral
Tres gaviotas bajaron a comer de tu mano y comieron tu mano. A partir de ahora, deberás hacerlo todo con la boca.
Longitud bip bip
Ay Enerito, Enerito, qué tristes han terminado tus días. Qué poco puede hacer por vos un poeta, Enerito, con el culo blanco y las tetas blancas
de todo un año sin haber visto la luz, Enerito. No hay verso posible para vos, Enerito, complicado en los accesos, haciendo cola en los
aeropuertos y los peajes, Enerito. Fingiéndote feliz, Enerito, con los bártulos de Bartolo. No le rompas el cubilete a la madre de tus hijos,
Enerito, cosas peores pueden hacerse a la sombra. Hacete los rulos, Enerito, ponete los anteojos de sol como si fueras Johnny Deep, Enerito.
Llevá a tu suegra a hacer topless en la playa, Enerito, y sacala de paseo con correa a la perra de tu cuñada, Enerito. Dejala que te lama los
pies y las pelotas, Enerito, de tenis, Enerito. Bip bip, Enerito. Sos el macho del mes, Enerito. No confundas los anteojos de Johnny Deep con los
de Johnny Bravo, Enerito. De pirata pasarías a pirulo, Enerito. Ponete protector sobre los cachetes de cartón corrugado, Enerito. Soñá, Enerito.
Tal vez los polvos vuelen por el aire, Enerito. Sentí pena por los veraneantes que veranean en otra parte, porque el mejor sitio es el que elegís
vos, Enerito. No pienses Enerito, y tratá de dormir la siesta bajo la sombrilla sin soltar la mano de la cornuda soledad, Enerito. Ya veremos qué
hará por vos el poeta, el resto del año.
Longitud sublunar
Hay un mar dentro del mar. Un sapo dentro de un príncipe. Un falo de rey bengalí en una botella. Una cucaracha dentro de una burbuja. Un náufrago
en los mares de la luna. En el paraíso hay una virgen ungiendo su instrumento. Un repertorio de gatos en el piano sin artista. Hay una oreja
cortada sobre un cuadro. Un cuervo en la taza de café. Hay que andar despacio en la autopista. Hay un inmigrante en Budapest. Un profiláctico en
otra botella. Un pez fuera del agua. Una virgen con el instrumento afilado en el infierno. Un adjetivo psicotrópico en el contestador. Un pez a
las boqueadas. Una lágrima alcohólica en la almohada. Un pelo de dragón sobre las sábanas. Una canción de Martirio en el aire. Una bola de fuego
entre muslo y muslo. Un epicentro en el origen de los epicentros. Un pezón erguido en el azogue. Una precipitación sublunar bajo la luna. Un
lector reinando en su página.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27188-2011-01-29.html
La ardillita rubia se babea en la tribuna, al ver los charcos de la sangre derramada de David. A mitad del cuarto set, el marcador despierta la
sed de los sedientos y en un descanso, el alma de la vampira baja a lamer el suelo. Lo chupa con fruición en cuatro patas. Cuando la cámara
vuelve a enfocar el banco, ella está otra vez, repuesta, con su naricita mínima y sus ojos azules enfocados en la batalla que viene liderando su
esposo. Pero David no sólo mantiene su servicio sino que quiebra el de su adversario y lleva el set de tres uno a cinco tres. Luego, una doble
falta deja a David en una igualdad comprometedora cuando estaba sacando para quedarse con el cuarto set.
La alternancia de buenos servicios y errores no forzados van sembrando dichas y zozobras. Pero con margen y velocidad el rey gana sus puntos.
Cuando la ardillita australiana se relame sedienta ante una bola inesperada del esposo, David, con temple de ungido decide que es mejor dejar
picar la pelota y fulminar con una volea cruzada antes que tomarla en el aire. En una fracción de segundo la mente le ordena al cuerpo el
movimiento victorioso.
El tie break se le escapa a toda Australia y el alarido agonizante del esposo no le hace temblar los colmillos a la vampirita australiana que
retuerce las manos mientras la cámara no la enfoca. Con sus tics eléctricos el luchador toma aire como un náufrago toma el último sorbo de agua y
yerra el primer servicio. Con el segundo saque pone la bola en juego pero después de cuatro golpes la manda afuera: seis cero para el rey. Luego
la tribuna salta como una rana escaldada para festejar un punto. Sin embargo, con el segundo saque y otro revés paralelo, David deja su marca de
oro y se lleva el cuarto set.
Si el partido resulta tan atractivo es porque ambos devuelven pelotas imposibles. Pero aunque el australiano haga todo lo que sabe, y es mucho,
también queda desarmado ante los golpes acertadísimos de David. El globo del rey hace llorar al entrenador contrario pero su entrenado le
devuelve el alma al cuerpo con una buena devolución que lo deja cuarenta iguales en el tercer juego. A ello le sigue un error no forzado del rey
que es rey pero también es hombre.
Las piernas de David lo llevan de una punta a otra, cargadas de sodio y minerales. Se presienten resoplos a uno y otro lado del planeta, porque
en todo partido de David los exabruptos se vuelven imprescindibles, como en una buena noche de amor las palabras fuertes, las palabras genitales,
sazonan los cuerpos agitados, las almas sudorosas. Igual que en el coito la respiración es entrecortada, en los partidos de David, la
electricidad del vientre asciende hasta el centro del pecho y retuerce el alma.
El rey no sólo aflige al esposo y a su ardillita australiana, sino que mantiene a raya a todo el estadio. En estos momentos de dominio
latinoamericano, no enfocan más a la ardillita porque la sangre derramada es la de su esposo y si hay una regla de oro entre todas las ardillas
del mundo es que a la sangre del marido se la consume con técnicas más perversas pero en privado.
Después de tres horas y media de juego reaparece ante las cámaras la ardillita con el semblante de cantautora desalentada. El remate clavado en
su propio lado de la red cae como una puñalada suicida en el propio pecho australiano, pero este esposo no es un boxeador que se deja golpear
sólo para ganar la bolsa. El sigue luchando y eso hace que éste sea un partido entre los partidos, un espasmo entre los espasmos.
Mamá australiana está en segundo plano. Ya no hace falta en el primer lugar porque la ardillita es igual de vampírica y de australiana. Una buena
derecha le da esperanzas al local pero él mismo la desaprovecha con una devolución demasiado larga que se va afuera. Otra regla de oro entre
todos los canguros del mundo es que la ardilla debe parecerse a mamá, de lo contrario, el ciclo natural colapsa.
Sólo le faltan a David cuatro puntos para la victoria pero dos buenos servicios del local entusiasman al público australiano. Sin embargo, el
treinta cero se hace treinta quince y a la ardillita se le salen las peores canciones por los ojos. De pronto, un cuarenta quince parece que
obligará a David a servir para el partido, pero por un instante el revés a dos manos nos vuelve dejar en estado de coito. La adrenalina baja otra
vez, porque el marcador anuncia que el rey servirá para parido, pero la última bola jugada contra el favorito del estadio y contra la red, aunque
se fue por escasos centímetros, provocó un relámpago catártico, coital.
Los partidos de David son como las mujeres multiorgásmicas: a un temblor le sigue una asfixia, a una asfixia, una implosión, a una implosión un
derrame, a un derrame un cataclismo. Y así como el amante no puede más que reverenciar a su amada, nosotros nos rendimos ante los pies del
ungido.
Luego de cuatro horas y once minutos, el esposo consigue el quiebre para saciar el hambre de gloria de su ardilla, de su madre, de su tribuna.
Cinco iguales. Con el contrapié, David nos coloca quince treinta. El revés por paralela y otra contrapierna nos dejan en quince cuarenta. La
ardillita se muerde los labios y con dos aces el esposo se pone cuarenta iguales. La red le da ventaja y una devolución larga de David lo coloca
seis cinco. En el quinto set no hay cortes comerciales.
El público se despierta y de pie ovaciona a su favorito. David con pelotas nuevas. David inicia el séptimo juego y con una delicadeza casi sexual
de su muñeca se lleva el primer punto. De todos modos, el rey tropieza sobre sí mismo, lanza pelotas que no duelen y el esposo tiene match point
para toda Australia. Pero David se lo quita con un toque imposible. Con los ojos fríos, fijos, duros, con el hambre de la ardilla y en nombre de
toda la fauna australiana, el esposo lucha y consigue el segundo punto para partido: con otra volea de derecha, David se lo roba. El mundo está
detenido en un desmayo universal. Sólo los que miramos este partido estamos despiertos. David se gana una ventaja aunque el esposo abnegado
llegue a todas las pelotas. El rey salva su servicio. Después de dos match point, con el temple de un domador de leones, el rey mantiene su
saque.
Un noveno saque ganador le recupera el ánimo al estadio, pero después de una jugada de toques suaves, de sutileza, precisión, giros de ballet,
nuestro rey se lleva el punto. Luego, con un proyectil al cuerpo David gana ventaja. El temblor y la doble falta nos vuelven a dar ventaja cuando
la habíamos perdido por poco. El umpire no interviene ante el error de los jueces de línea y el rey se enoja. Esa crispación da oportunidad a
todas las ardillas y los canguros australianos para celebrar un siete seis.
Con slide, con temple, con pique, con magia, David consigue un siete siete que deja mudo a todo Melbourne. El ave no puede levantarse de sus
cenizas y el rey saca para partido. Veinticuatro tiros ganadores del vencedor sobre dieciséis de su contrincante en este último set, se traducen
en un nueve siete para un rey insoslayable.
Después vendrá el lituano, como después de los lunes llegan los martes, pero ¿quién nos quitará este dulce sabor de Betsabé en la boca?
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27098-2011-01-22.html
1. Si hay algo en lo que ella cree es en la mentira. La mentira con su corazón de verdad amenazada. Con sus ojos cerrados. Con sus dedos
cruzados. Con sus patas cortas. Con sus dientes de lobo. Con sus huellas grabadas al rojo vivo en las fosforescencias del alba.
2. Ella cree en el espejismo y sus meandros azules, donde las cerraduras giran hacia el lado contrario de la historia. Cree en la rotación de las
llaves que abren y no cierran. Cree en la mentira que retuerce el paño de las lágrimas que la verdad no llora.
3. Ella cree en la mentira piadosa y en la impiadosa. En su naturaleza maldita. En su corazón indebido. En sus medias rayadas. Cree en el círculo
de cavernas que la ampara de las verdades consumidas en su vida y en su muerte. Cree en su mirada de pez fuera del agua.
4. Ella cree en las mentiras reminiscentes. En esas que se abren hacia otras y en su fisura nace la mariposa gris de la nostalgia. Cree en su
enorme carga de verdad encubierta. En su inocencia interdicta. En su admonición. En su caperuza de niña mala.
5. Ella cree en ese castillo de naipes que tambalea y se arriesga a existir contra viento y marea. Cree en la mentira que nos permite ser lo que
no hemos sido, que nos permite estar donde la verdad nunca sabrá que hemos estado.
6. Ella cree en el entretejido de cordeles y cornisas. En su cabeza de pez, en su cuerpo de mujer, en su canto de sirena, en su pulso viril, en
su jardín prohibido, en su existencia de exilio.
7. Ella cree en su cárcel de muros transparentes y soles opacos, donde se guarda la eterna fugacidad del polvo, la perdurable brevedad de la
sonrisa.
8. Ella cree en sus ropajes de ave que le permiten volar más lejos que los hombres. Cree en su otra orilla, en el otro lado del mundo donde lo
que no puede ser existe lejos de la vigilancia de la luz dominante.
9. Ella cree en todo lo que la verdad no puede nombrar. En todo lo que la mentira rescata palmo a palmo de la mirada intolerante. Ella cree en su
rumor de flores de otro mundo. En sus relatos calientes para las noches de escarcha.
10. Ella cree en su relámpago entrevisto en el fondo del agua, donde los días que está prohibido vivir se abren como frutos aptos para las
devoraciones de los hambrientos que quieren vivirlos.
11. Ella cree en la antiheroína que se balancea en el abismo, que no mira hacia atrás, que no se detiene y se permite el riesgo de estar siempre
al borde del alma, mientras la verdad entierra sus viejos pies en la tierra firme y beata.
12. Ella cree en la mentira que confunde y redime, en sus ojos de mirar más lejos, más adentro, más allá de los mármoles del cielo. Cree en la
estría que abre y en sus desvíos.
13. Ella cree en el lado oscuro. En el tenso cordel sumergido en la aurora. En la fórmula oculta bajo los deslumbres de los delirios. En el signo
grabado con fuego invisible en la frente de todas las criaturas condenadas.
14. Ella no cree en los carteles anunciantes que conducen hacia los caminos por donde todos van a los lugares donde todos llegan. Ella cree en la
sonámbula que vela en los espejos velados. Cree en todos sus extravíos.
15. Ella cree en su valentía, en su sinrazón y en su esfuerzo. En las grietas que abre, en los pasadizos que la conducen, en los refugios que
crea, en sus ascuas arrancadas del infierno, en sus plumas de ángel vulnerable, en sus transitorios amparos prohibidos.
16. Ella cree en sus coartadas, en sus palitos, en los nombres que oculta en su portal resplandeciente. En su portal proscripto. Por ella pone
las manos en el fuego. Por ella se quema.
17. Ella cree en la mentira con su enorme carga de esperanza. Cree en sus brazos cuando la llevan en andas toda vez que debe cruzar la fase más
triste de la luna.
18. Ella cree en los pozos de la mente, en los temblores del cuerpo, en las gradas invertidas. Ella cree en la subversión del aire y respira como
la reina de todas las respiraciones aun con los dedos de la verdad estranguladora oprimiéndole la garganta.
19. Ella cree en la palabra que no se formula, cerrada como un aro alrededor del cuello para que la verdad no muestre sus dientes de vieja ni sus
lagrimitas de santa.
20. Ella cree en la cinta resplandeciente que anuda los fragmentos desechados por la historia. Cree en aquello que vibra, aquello que palpita
intramuros para no perturbar el bien de los buenos, la felicidad de los felices, la respetabilidad de los respetables. Ella cree en el silencio
que resuena en las palabras que se dicen para no decir la palabra. Cree en su vaho respirable. Cree en su brasa quemante.
cairo367@hotmail.com
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26997-2011-01-15.html
1. Flor roja
El ave nocturna llega para silenciar los sonidos y calmar la agitación del cielo. Yo digo más con los ojos que con los labios. Pero con los
labios encuentro lo que no puedo descubrir con los ojos. Doscientas veces sentí que una mariposa buscaba incesantemente mi carne abierta, pero
sólo hallaba el corazón cerrado. Pura confusión entre nosotras. Cuando ella se alza, el llanto de los árboles se aflige detrás del viento. Cuando
yo me alzo, el viento suelta las escamas de la luna. Ella hace reflejos luminosos sobre los muros familiares de la noche y descansa en mi tallo.
Es complicado vivir en cosas que siempre he soñado pero no hay otro modo para mi roja sangre de lirio rojo.
2. Corazón Carcaj
El miedo siempre permanece, dijo Jack. Un hombre puede destruir todo lo que hay en su interior: el amor, el odio, las creencias e incluso la
duda, dijo Jack. Pero mientras se aferra a la vida no puede destruir el miedo; el miedo sutil, indestructible y terrible que invade todo el ser,
dijo Jack. Que impregna los pensamientos. Que ronda en el corazón. Que conserva en los labios la lucha del último aliento, dijo Jack.
El corazón de Jack estaba lleno de pelusas. No era tanto la absoluta y muda soledad lo que lo empolvaba sino la sospecha de que algo de él, de su
profundo tesoro, se había esfumado y había impedido que la vida exuberante y plena se apoderara de su corazón. El gran silencio que lo rodeaba lo
envolvía con un regodeo irreversible, familiar, pegajoso.
Sin embargo, Jack tenía ansias de arrancar el pegote. Miedo y ansias tenía Jack. Apoyaré las manos donde nadie pueda verlas, dijo, de lo
contrario las tomarán las señoras y jugarán con mis dedos. No sé qué cosas horribles harán ellas con mis dedos, dijo Jack. Tal vez me incline por
el balcón y grite, grite, grite, dijo Jack. Grite a todos que me están usando los dedos. Pero quizás mis dedos les repugnen, dijo Jack. Porque él
tenía la autoestima hecha un ovillo. Bueno, tal vez no sea necesario que me ponga de pie y asome la cabeza. Tal vez permanezca sentado en mi
sillón, dijo Jack, como siempre, agregó Jack. Quizás sólo diga algunas palabras. Quizás apenas las susurre, dijo Jack. Para que no las escuchen
aquellas vampiresas tristes que no saben usar mis dedos, dijo Jack. Un hombre tal vez no pueda ponerse de pie pero hay tantas cosas que se pueden
hacer de rodillas, dijo Jack, corrumpente.
3. Lagartos
La lagarta duerme en la cama del lagarto. Parece manoseado el acto de dormir en esa cama, pero ellos duermen. La lagarta mueve el párpado móvil y
constata. Sube al ascensor en cuatro patas y verifica. A nadie llama la atención su color verdinegro porque es igual a todas las lagartas del
mundo. La lagarta coteja. Como a todo lagarto, no le gusta el agua pero puede nadar si es necesario. La lagarta mide. El lagarto come junto a la
lagarta sutiles bocaditos de alguacil. Al lagarto le gustan los ratones. Come alguaciles con desgano. La lagarta mira para otro lado y se pinta
las uñas color rubí. Contrasta. Clava preciosamente los alfileres en la solapa y hereda las pulseras de su madre. La lagarta calcula. Cuando el
lagarto da coses porque ella urde a su costa intrincadas rencillas familiares, la lagarta diapsida abre sus fosas temporales y hace valer su
lugar en el nido. El lagarto queda en medio. De un lado la madre, del otro, la esposa. El lagarto debe elegir. Ya no puede optar por la madre.
Qué van a decir los compañeros del pantano. La lagarta carea. Entonces el lagarto olvida su fastidio, se olvida de sí mismo y se sostiene con una
amigable copa de vino saurio. El lagarto se fuga en su silencio apoltronado en el almohadón de paja y la lagarta confirma. La lagarta conoce de
memoria el juego que juega. Sabe que el lagarto farfulla, gruñe y se repliega. Está acostumbrada a colgarse la corona de laureles. Está segura. Y
está aburrida. La lagarta quiere sacarse su propia vida de encima pero como no puede, pide un viaje a los pantanos de Europa.
4. Peces
El pez ancla la válvula de escape en el desprendimiento de una jaba llena de niñas multicolores y se sulfura. Las bestias de esta especie tienen
crías de otra especie. El hijo es un animal grande y bello que no canta y sólo adivina imágenes en la agitada quietud. Tiene el silencio de un
animal glorioso y delicado. En la pecera, las niñas de colores aletean a más no poder. Parpadean como esperpentos dorados por la bruma. Están en
peligro. La niña loca saca un frasquito del corpiño y se lo lleva a los labios. La niña mala le toma la aleta para impedirle que tome el veneno y
luego la obliga a beberlo. La niña tonta tristemente, tristemente derrama muchas lágrimas. El pez entrevé en el fondo del agua un mundo anunciado
por el sueño y la sed. Estira la mano en actitud de encontrar otra. Aquello que dijo primero sí, luego es no, como el autorretrato de un pescador
solitario bajo de la luna. El pez busca niñas mansas y revuelve la pecera llena de palabras y lamentos. La niña ciega corta la flor azul de la
locura y el pez la mira con sus ojos de color imposible. Sólo el silencio vive en las invertidas torres del aire. La niña muerta canta sobre las
tumbas caídas. Sus huesos secos no dañan a nadie. Por la vereda pasa un trabajador de la construcción que imagina para todos una vida más
provechosa.
5. Espejo giratorio
No sólo es necesario vigilar a la que roba sueños de la fuente de los sueños y obligarla a no divulgarlos, sino que además debemos exigirle que
cuide de nosotros, de nuestro encanto, de nuestro páncreas, de nuestra crisma, mientras escribe con una mano y con la otra se suelta de los
doscientos brazos de la noche nacarada.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26898-2011-01-08.html
*
Lleva una peligrosa señal. Trae un lobo en la mano. La mula salvaje convive con marsopas, estatuas y violines en la ciudad de los balcones y las
fuentes. Lleva al motel un libro viejo. Lleva su cuerpo de sirena. La mula montaraz toca con su cuerpo la canción fantasma.
*
La epifanía no es un trueque. Alguien llega manco y descuella a cuatro manos. Llega rengo y se marcha saltando. Cae muerto y sale vivo. Trae un
pájaro moribundo y se lleva un vuelo.
*
La mula es trilingüe. Habla el lenguaje de las sombras, del secreto y de los encuentros soñados. La mula abandonó a su primer esposo porque tenía
panza. Al segundo porque no participó de ninguna revolución. Al tercero porque era un panzón que se la daba de revolucionario. Lleva en el buche
los poemas de Jim Morrison. En el lomo los cigarrillos armados por las chicas del chamán. En los oídos, la canción fantasma.
*
Todos los niños están locos, todos los niños están locos. A los doce años la mula trilingüe ya tenía varias tareas postergadas en su haber. Y en
vez de un perro tenía una nube. En vez de padre un recuerdo. En vez de almohada un libro.
*
Mientras todos dormían leía en un libro prohibido cómo armar una bazooka y no la armó. Si lo hubiera hecho estaría muerta. Todos los niños están
locos. Todas las mulas trilingües y todos los poetas también.
*
Con sus luces de colores el año termina. Apocalipsis de cotillón. Así no es el fin nena, le murmura el chamán en el oído. Así no es el fin, nena,
así no. Y la mula trilingüe se marcha. Se va para que el final sea el final.
*
La mula salvaje lee a Fowgill: hacen falta malos poetas. Lee a Morrison: una bestia enjaulada en el corazón de la ciudad. No lee a Piglia. Hay
cosas que no puede. Respirar carne muerta ya no puede. Se marcha el día en que el año con sus juegos de artificio finge su final. La mula
trilingüe dice basta en sus tres idiomas. Dice basta y se va.
*
Como toda mula tuvo diecisiete años y se enamoró de un toro. Tuvo veinte y se enamoró de un dragón. Tuvo treinta y se enamoró de un argonauta.
Tuvo más y se enamoró de un lobo. Tiene años que no parecen años. La mula trilingüe ama sus fantasmas. La mula salvaje es eterna. Habla el
lenguaje de las sombras, del secreto y de los encuentros soñados. Habla poco. Es una trilingüe reservada. Canta la canción fantasma de un año que
finge su final.
*
Desde la infancia es mula. Lleva cosas prohibidas. Va de un lugar a otro llena de prohibiciones. Valijas con doble fondo. Cápsulas en el vientre.
Zapatos con escondites. La mula trafica los secretos de las mujeres. El placer de las mujeres. La transformación de las mujeres. La canción
fantasma. Por las calles hormigueantes la mula transporta los sueños que nadie se atreve a soñar.
*
¿Cómo se forma una mula? De a pedacitos. Primero con los ojos. A temprana edad, la mula aprende a ver el mundo en una taza de café. Luego con las
manos, la mula salvaje toma el crepúsculo a temprana edad y no lo suelta. Luego la boca, la mula trilingüe bebe la noche a temprana edad y no se
desembriaga. Luego el alma, la mula rebelde la sacude a temprana edad y la hace bandera. Luego los pies: la mula levitante los corta a temprana
edad y asciende.
*
¿A qué se parece una mula levitante? A un reservorio. Con una cuchara de plata recoge los sueños postergados y los coloca en cuencos diminutos.
Los mezcla con lágrima de lobo y escribe la canción fantasma. La canción última del día último, para los hombres y las mujeres que dicen basta.
Que dejan de comer canapés de carne muerta. Que dejan de beber juguito de cordero pasmoso.
*
La mula salvaje no es débil, aunque se rompa. Y es trilingüe porque puede. Habita su mundo porque puede. Es líquida porque puede. Es reservorio
porque puede. La mula salvaje pone su cuerpo y erige un libro. En el libro recibe una mujer y se prodiga una culona. Prodiga un destello con
silencio trilingüe.
*
La mula tiene corazón de mujer. Piernas de mujer. La mula lleva a una mujer en el lomo a toda hora. Sostiene a la mujer que dice basta aunque
caiga en ruina. Aunque caiga en la noche. Aunque caiga en el mundo.
*
La mula salvaje con su mujer en el lomo recorre la ciudad almidonada con mohines de señora. Cantan a dúo la canción trilingüe mientras el año
permanece atado en los balcones, en los árboles de navidad, en el cuello de las marsopas, de las estatuas y de los violines. Cantan la última
canción con sus voces de camelia, hasta que el año, colgado del cuello de la luna, se acaba.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26810-2010-12-31.html
1. Bridas
Charolada la escarabaja, prendida en el manubrio del colectivero, invierte sus huesos y sus hoces, y se encalla. Tiene que sentirse vertebrada.
Romana no es. Aguamarina tampoco. Ha estado sobre una Mac y ni siquiera pudo preguntar la hora. Con ademanes de pájara abre las alas y el
colectivero ni se inmuta. Sube una señora y la escarabaja tiene que hacerse a un lado para no caer en el pie del acelerador. Recula primero y
luego otra vez vuelve a ser guardiana del despojo: la última consigna escarabaja. Goza en plena vía pública, a toda velocidad, desafiando
semáforos en rojo, manoteando las bridas de la histeria, parada en seis patas, resistiendo el burgués poder de los escarabajos con las
escarabajas. En el 122, alucina diciembres con aguinaldo y vacaciones pagas, sobre la bragueta del 122, con tarjeta y cambio justo, la más
desposeída escarabaja.
2. Follajes
A esto él lo llama hoja. Es una hoja dice, y a ese color lo llama rojizo. Es una hoja de color rojizo. Y dice que esa hoja color rojizo es para
olvidar a todas las otras hojas de colores más frecuentes. El cree en las hojas rojizas como otros creen en los claveles verdes.
3. VIP
El tiene un enorme vientre de sapo enamorado. Las ranas blancas lo buscan para despatarrarse. Le mandan SMS a su Blackberry y él responde
discrecionalmente. Las hace entrar al sector VIP del estanque y las para en dos patas. Les hace cosquillas en la panza de rana. Luego se echa de
espalda y la rana de turno se solaza a más no poder. Panza de sapo contra panza de rana. Qué deleite. Las otras ranas quisieran ver pero no se
aceptan en el VIP sapos de otro charco. Las ranitas solitarias juegan ta te ti con el dedo en el gladiolo, juegan al fideo fino desnudas como
ranas, juegan a la mancha caracol y se dejan tocar llenas de baba. En el estanque nadie quiere dejar de ser feliz. Al diablo la procreación: sapo
con rana no saca hijos. Rano con sapa, tampoco.
4. ORGANDI
Una ratona profetizó la lluvia y el gato, condenado a estar solo con su gata, comprende la chicana. La ratona hace pis en su orinal dorado y se
recrea. Está el jinete que no tiene nada qué decir y está la mariposa oculta en una hoja de color poco frecuente. La ratona tornasol envuelta en
una bata de organza, da pasitos de paloma sobre toda la raya del domingo. Sabe que el gato no puede más que ratonearse y contenerse, o bien hacer
algún pipí de rutina en el agujerito de siempre. La ratona con los deditos de ratona vierte el licorzuelo en su pequeño vaso y baila una danza de
belleza y soledad. Luego mete los bigotes del gato en su sueño y corre, amasa, bebe y dice yo cuando podría decir rana. Y toda su felicidad
radica en que sigue siendo ratona en un edificio lleno de gatas.
5. Dice Candil dice
Soy mucho más que esto, dice, mientras pinta su piquito por delante y empalma una varilla de hierro con un garabato por detrás, que le sirve para
colgarse. Se llena de aceite por las noches y de la punta le sale un ardor de luz. Está en mi naturaleza encenderme y alumbrar, dice, pero soy
mucho más que esto. Tengo uno de los oficios más viejos del mundo, dice. En la calle o en el hogar hago la vida mucho más tolerable, dice.
6. Puro
Entre los hormigos hay uno que tiene cara y orejas de hombre, ojos de pájaro, cuerpo carmesí que se prolonga en una cola alta y peligrosa. Corre
con la rapidez de un lobo y es muy aficionado a la carne humana. Su voz es una suma de trombones y reverberación de grandes arenas. Por su nariz
sopla el espanto de las soledades y la imaginación popular le atribuye poderes afrodisíacos. Las noches de luna llena, usa pantalones ajustados
color pardo y buzo con capucha. A diferencia de los hormigos comunes, tiene por misión custodiar y pulir los tesoros sexuales de las hormigas que
tienen tesoros. En navidad, las luces de colores rebotan sobre su cuerpo que es el centro del pasado inmediato y quien lo mira puede verse a sí
mismo si se anima. Pero por triste que sea lo mirado, quien se atreve a mirar, para redimirse, puede buscar los ojos del hormigo, que a fuerza de
custodiar y lamer sexos a caudales, han adquirido una incomparable pureza.
7. Juegos tristes
No puede. Ella no puede sacarse la mujer que tiene dentro. A solas con su mujer percibe un descastado pudor de peristilo, cala, ágata,
terciopelo. A solas frunce la imitación de seda y tilda vocales psicotrópicas, hasta espumar la cordura. Su mujer corre suavemente el himen y
paga las cuentas. Ahogada en cerveza se apantalla con la mano de la mujer que tiene dentro y tantea en la cartera el gas pimienta. Con su mujer
del brazo sale del bar y tambalea. El taxi lleva una mujer. Una mujer lleva a su mujer en el taxi hasta la casa. Ella no ha ido al carnaval de
Río. Apenas si pasó los pies por la avenida costanera. Ella toma de la mano a su mujer y se la lleva a la garganta. Toma el peine con la mano de
su mujer y se peina el pubis somnoliento. Ella le cuenta a su mujer cuestiones de un amor fronterizo. Y su mujer la entiende, la contempla en el
espejo, amorosa la mano en la garganta. Ella habla de su amor a su mujer. Ah, si el amado fuera una mujer... Ah, si el amado tuviera el pene de
amar como mujer... Y en un suspiro la mujer se quita la ropa sensualera. Qué feliz la mujer que está dentro de su mujer. Erótica.
cairo367@hotmail.com
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26729-2010-12-24.html
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