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Son las cosas del marketing, vea usted. De pronto, medio mundo se sintió en la obligación de ponerse a leer a escritores suecos. Me refiero a la trilogía Milennium y a la caterva de novelas policiales que las siguieron. Era la moda al ritmo del marketing. A los inventores de esa moda no les costó mucho hacernos entrar por el aro. A los argentinos nos dijeron "sueca" y Anita Ekberg en la Fontana di Trevi apareció grabada a fuego en nuestras cabezas, recuerdos de una adolescencia de valijeros adoradores de mujeres altas, rubias, carnosa, lejanas (en kilómetros, incluso). Una mujer sueca en una película era una de las pocas posibilidades de ver una teta que teníamos los que ya habíamos sido destetados.

Y la moda no sólo nos la enchufaron a nosotros (no es tan grave: la trilogía de Larsson en entretenida y Mankell es buen escritor; al resto los desconozco), en BCNegra, festival negro de Barcelona, le dedicaron una mesa redonda al tema, que se resumía en esta simpática idea: "Por qué se mata tanto en Suecia". Vemos que en el primer mundo (si España lo es), también hay mucha gente que relaciona la palabra Suecia con Anitas que difícilmente abrazaremos en vivo y en directo.

La trilogía Milennium son tres libros gordos y caros escritos por Stieg Larsson que venían apoyados por tres películas bastante buenas. Semejante despliegue argumental aporta lo que aporta cualquier libro muy leído, y que en este caso se parece mucho a lo que aporta cualquier imagen publicitaria sobre turismo exótico: mostrarnos lugares (escenarios y culturas) que difícilmente visitaremos en cuerpo presente. Además de la trilogía del pobre Larsson (que murió joven y sin disfrutar del éxito), hijo del rico Larsson (el padre que lo heredó al morir), ahí está también el siempre presente Mankell con su personaje Wallander, al que le dedicó ¡11 novelas!, serie que (una vez hundido Wallander en el Alzheimer en El hombre inquieto), sigue con las aventuras de la hija.

Y luego venimos nosotros, extrañamente interesados en un país y en una sociedad de la que desconocemos todo excepto la tendencia de sus rubias a bañarse en fuentes públicas. Una sociedad y una cultura que uno definiría con una ristra de elogios: organizada, previsible, culta, próspera, pacífica, respetuosa, etc. ¿Entonces? ¿De qué hablan estos tipos? ¿Sobre qué escriben? ¿Sobre Heidis locales? ¿O sobre asesinatos, nazis, abuso infantil, esclavismo, perversiones? ¿Suecia es también eso? Vaya, entonces no es lo que imaginamos, por muchas rubias que haya bañándose en cada lago.

Es verdad que los suecos tuvieron sus nazis y que durante la guerra se "hicieron los suecos" (dicen que de ahí viene la expresión) cuando Alemania cruzaba sus territorios para invadir Dinamarca y Noruega. Pero eso no es un gran mérito, porque quien más quien menos todos tuvieron sus nazis. En cambio no todos tuvieron el privilegio de ser elegidos como escondite por nazis verdaderos. Si hasta Hitler habría venido a morir acá, para llevarse al más allá, como última imagen en sus retinas, una montaña helada y bosques de arrayanes en lugar de fábricas de muertos.

Yo tengo una teoría, con tantas posibilidades de volverse esclarecedora como cualquier otra porque una vez escrita y publicada, que me la vengan a refutar. Estos tipos, Larsson, Mankell, y otros de nombres casi impronunciables, se han propuesto - no sé si es una confabulación o una casualidad - crear una "mitología de la oscuridad" sobre la impoluta Suecia. ¿Qué dice Chiabrando? Vea usted, yo digo que estos escritores se inventaron un lado oscuro de su cultura porque sin lado oscuro no se puede vivir. Repito, esa es mi teoría, y no se me asuste: sin un lado oscuro no se puede vivir. O se puede vivir, pero no se puede escribir, se hace difícil hacer cine, etc. Mi teoría, de ser cierta, significaría que todo lo que cuentan estos tipos es puro montaje, y que Suecia sería organizada, previsible, culta, próspera, pacífica, respetuosa. Y que sí, efectivamente, hay rubias cariñosas y despechugadas por doquier.

Si mi teoría no le parece contundente, ahí están las palabras de Billy Wilder: "La virtud no es fotogénica". ¿Se imagina a escritores suizos escribiendo novelas para vivar a su chocolate, asegurar que la vaquita de Milka da el doble de leche que la mejor holando y que el agua de sus lagos es curativa? Los pocos escritores suizos que hemos podido leer por acá (Dürrenmatt, Frisch), también se esforzaban por mostrar ese lado negro de una sociedad que a la vista de todos parece modélica.

¿Digo Suiza, dije Suecia? No es confusión geográfica, no se preocupe, son sólo analogías para hablar de la importancia de la literatura como constructora de mitos. En estos casos, la idea es que, por muy prósperos que sean estos países (o quizá por eso), no han desarrollado una oscuridad verdadera, el lado oscuro de la opulencia, una oscuridad como la nuestra, posta posta, cultivada a través de los años con tanto ladronzuelo que hubo en el poder, menemismo, delaruismo, gobiernos militares, hiperinflación y madres en busca de sus hijos, situación que, por muy dolorosa que sea para vivir, es materia inagotable de literatura y otras artes.

Yendo a la coyuntura, creo que estos países tampoco deben tener diarios, programas de radio y televisión, y miles de cómplices involuntarios (o idiotas útiles) que repiten la consigna diaria del desaliento, o "la mala noticia nuestra de cada día": que el país en el que viven es una basura, que está aislado, que se encamina hacia el abismo, que en la esquina te van a matar, que la democracia corre peligro porque un puñado de ciudadanos se quedaron sin la claringuilla del domingo, que nunca volveremos a comer lechuga porque se fue por las nubes; y tampoco deben contar con especímenes públicos que vaticinan las siete plagas de Egipto a cada rato. No tienen una Carrió, digamos, en plan de continuar con las analogías; con una Carrió ya tendrían para un centenar de novelas, pero ella es nuestra y sólo nuestra. Y no se vende ni se alquila.

A modo de resumen: bastó con una mitología construida con un poco de esfuerzo y un par de buenos escritores, para que cualquier caído del catre se ponga a hablar de Suecia como si hubiera estado ahí mismito ayer. No es poco. Ahora, si usted tiene que viajar a Suecia, o el que viaja soy yo para tratar de sacarme las dudas sobre rubias libidinosas, cabe la pregunta: ¿es Suecia un paraíso o un país peligroso? ¿Las mujeres son buenas como Heidi y redondas como Anita, o son como Lisbeth Salander, tatuadas hasta las verijas, boxeadoras, hacker, vengativas, rencorosas: brujas? Vaya uno a saber. Por las dudas me quedo acá, que según me rezan a toda hora en la televisión, es malo pero conocido.

javierchiabrando@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28327-2011-04-19.html


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Vea usted (y no se me asuste), pero me parece que sería bueno volver a una época donde una palabra podía costarte la vida. Porque hubo una época donde la palabra podía sacudir el imaginario colectivo, la razón pública, el decoro, escandalizar. Quiero decir: hubo una época donde una palabra podía asustar a la sociedad, ruborizarla, obligarla a pensar. Hoy, me temo, eso ya no es posible. Ya no valen ni las palabrotas, ni las ideas exóticas, ni la obscenidad evidente (son demasiado comunes, están en la televisión cada día, cada hora).

Pongamos como ejemplo dos palabras de uso corriente. Una: Patria, que define tantas cosas que al fin no define nada, y que ha sido utilizada de tal manera por los abanderados de las ideas conservadoras o fascistas, que a cualquiera le resulta difícil incluirla en algún texto o discurso doméstico. Prueben y verán. Es verdad que aún resiste en actos escolares o arengas políticas, pero apenas convoca algo en el oyente, cuando no indiferencia.

Es que su sentido ha sido vaciado por uso y abuso. En cierta forma se parece a ciertos slogans publicitarios o propagandísticos que una vez que han sido lanzados al imaginario colectivo ya no pueden volver a usarse sino como parodia. Nadie podría usar la frase "síganme que no los voy a defraudar", o "la casa está en orden" sin hacer un papelón a menos que sea consciente de que es parodia y sólo parodia.

Otra palabra: Héroe. Remite, ya sea desde la óptica de la ficción o de la más pura realidad, a un hombre que arriesga la vida por otros. Puede tratarse de un prócer, como Belgrano, de un ejemplo necesario, como el Sargento Cabral, o de alguien anónimo que se zambulló en un río para salvar a un chico que se ahogaba. Hoy la palabra héroe es utilizada cada domingo cuando un jugador de fútbol hace un gol (con la rodilla, con la nuca o la mano, sobre la hora, y para hacer que su equipo empate y no se vaya al descenso). La epopeya fue suplantada por la banalidad. Repito: la palabra que define la epopeya de un prócer nacional o similares, se usa hoy para identificar a un hombre que comete un acto vulgar, tanto que volverá a repetirse la semana siguiente.

A mediados del siglo XIX, en París, centro cultural del mundo moderno, dos escritores fueron acusados, juzgados, incluso condenados, por escribir un libro. En el caso de Baudelaire, el libro se llamaba Las Flores del Mal. El de Flaubert, Madame Bovary. Releyendo esos libros hoy, cuesta encontrar los motivos del juicio y la condena (aunque en el caso de Flaubert, la condena repercutió en éxito de ventas). El problema de Flaubert era la forma en que trataba la infidelidad de madame Bovary, la mujer que paga con su vida la exaltación romántica con la que enfrenta al mundo que comienza a debatirse en luchas sociales; de ahí el bovarysmo. El problema de Baudelaire era el canto a la pasión, o como dice uno de sus poemas prohibidos entonces: el canto a la "¡Voluptuosidad, sé siempre mi reina!".

Querer recuperar el espíritu de esa época parece una enorme contradicción, porque en definitiva, el escándalo que azotó la obra de Flaubert, Baudelaire y otros, no era más que censura. Lo que da cierta nostalgia es comprobar que esos censores creían en el poder subversivo de la palabra. Sabían, porque eran censores, conservadores, fascistas pero no salames, que una palabra podía despertar al pueblo, convencerlo de que existe un mundo mejor (en la tierra), de que a veces conviene rebelarse, de que buscar el cambio es razonable y saludable.

Esta nota, que parece un tanto extemporánea, no lo es tanto si prestamos atención a que hoy, en este país, se da una lucha que además de política, es por la posesión de la palabra, y que cada palabra representa intereses ideológicos enfrentados. Digamos, en este rincón, 6, 7, 8 (y clubes de fans) y en el otro Clarín (y clubes de socios). Y nosotros, de un lado o del otro, aunque nos creamos en el ring side. Esos dos ejemplos, esté donde usted esté ubicado ideológicamente, vendría a ser la palabra dicha con todas las letras. Por oposición a eso, vemos la peor de las cobardías posibles cuando del uso de la palabra se trata: del anonimato, que en este caso se daría con ingeniosas cadenas de correos electrónicos sin autores que dan vuelta por el mundo para decir una bobada tras otras, supuestas verdades cuyo valor propagandístico reside en que caen en manos de aquellos que no necesitan más que excusas para repetir ideas huecas, vacías, anónimas, incomprobables, baratas.

En el mismo sentido van las notas periodísticas escritas en potencial o con signos de preguntas. "¿Es Javier Chiabrando el compositor de las porquerías que canta Ricky Martin?"; "Javier Chiabrando estaría desesperado por entrar a la casa de Gran Hermano". Una vez dichas esas palabras, que ni llegan a ser ideas, darán la vuelta al mundo antes de que usted lea esto. Es otra forma de la colonización de la palabra, tema que intenté desarrollar en una nota anterior: "No contaban con mi astucia". En todo caso si recibe un correo difamándome, bórrelo, que es un virus que hará explotar su computadora y quizá su casa. No, mejor hágalo circular, que es prensa gratis, lo que quizá me garantice entrar a la casa de GH o Ricky me invite a salir del closet juntos (lo pensaría; a entrar me negaría rotundamente).

Le regalo una idea brillante al mundo: crear un diario escrito por completo en potencial. No diría nunca la verdad, pero eso es un tema menor. Ya dije en esa misma nota que la verdad es relativa, lo que importa es tener la palabra. Un diario en potencial lograría la epopeya de banalizar la escritura en potencial al punto de desacreditarla a muerte. El primer ejemplar podría lleva el siguiente título de tapa: "Sería mentira todo lo que había sido considerado verdad". O, como dice el escritor norteamericano Richard Ford: "Cada vez que uno tiene razón, debería estar equivocado". Y agarrate Catalina. Pero no olvide que Catalina sería una caprichosa. ¿Es una caprichosa Catalina?

javierchiabrando@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28143-2011-04-06.html


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Vea usted, seguramente cuando esto se publique la polémica ya haya desaparecido o haya sido reemplazada por otra a la altura de nuestra ansiedad: quién ganará el GH o si Riquelme vuelve a jugar. Yo espero que los odios que genera don Mario Vargas Llosa no pase a mayores, porque no escasean aquellos que se salen de la vaina de ganas de meterle dinamita debajo de su cama europea desde donde escupe sus aleccionadores discursos sobre Latinoamérica. Ahora, vea usted qué curioso, si eligieran dinamita para mandarlo de una buena vez al Olimpo verdadero (del que no se vuelve), aumentarían las regalías de los herederos del Nóbel, inventor de la dinamita, y por lo tanto del premio, lo que no sería otra cosa que un nuevo triunfo del capitalismo que don Mario defiende como nadie. Su muerte sería su triunfo. Paradoja de paradojas. Lo más probable es que cuando esto se publique, el hombre esté vivito y coleando, y siga hablando, y hablando, y hablando, reemplazado en sus siestas y huidas al baño por su hijo Alvarito (o sea el lenguaraz del lenguaraz del establishment) o por un Vargas Llosa falso que apareció por Twitter, como si hiciera falta. Aclaremos algo ya: don Mario es un buen escritor por más que usted haya tenido la mala suerte de elegir Travesuras de la niña mala para saber cómo escribe. Mire si será bueno, que ganó nada menos que el Nóbel, igual que otras ilustres plumas tales como Wislawa Szymborska, Jaroslav Seifert, Odysseas Elytis, Harry Martinson, Kawabata Yasunari, Nelly Sachs, Shmuel Yosef Agnon, Johannes Vilhelm Jensen, Roger Martin du Gard, Gerhart Hauptmann e Imre Kertész, que deben haber sido grandes escritores por más que nosotros no sepamos quiénes son. Estoy seguro, vea usted, de que esos escritores olvidados creían eso de "pinta tu aldea y pintarás el mundo". Un escritor checo, pongamos, escribiría del complejo paso de ser checo para luego ser checoslovaco y volver a ser checo, matizado con anécdotas de sus padres cuidando las cabras que luego se merendarían los nazis. En cambio, don Mario no se detiene en esas domesticidades. Lo de él sería "para qué vas a pintar tu aldea si podés pintar el mundo". Basta que lo googlees diez minutos para ver que escribió (y con detallados conocimiento sobre historia, causas, efectos, pasado y futuro) sobre la Tatcher, Perón, Evita, las drogas, el matrimonio gay, la política chilena, Turquía, el genocidio armenio, el holocausto, la Rusia de Putin, Mao, los diarios de Brasil, Francia, Túnez, Egipto, Yemen, Argelia, Marruecos y Jordania, Chávez y la invasión de Venezuela a Colombia (que aún no se cumplió pero quién sabe), fútbol, WikiLeaks, Corín Tellado y todos los escritores de la tierra, la sociedad del espectáculo, el Congo, la sociedad sueca, la trilogía Millenium, los barrios de Estocolmo, Polanski, Cuba, Irak, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Colombia y Honduras (en "El golpe de las burlas", editada en El País el 12 de julio de 2009, donde justifica, con sinuosa escritura de premio Nóbel, como buen demócrata que es, el golpe de Estado). Y de Argentina, claro, como pudimos apreciar en estos días. Yo me lo imagino a don Mario dando notas sobre nosotros, mientras fuera de cámara, otro periodista espera a ser iluminado sobre lo que sea, no importa si el tema es la realidad mexicana o esquimal, porque don Mario tendrá algo para decir. A mí me divierte escucharlo hablar con ese tono de peruano de clase alta con toques de Harvard y de la Sorbona en proporciones iguales. Me da la impresión de que baja del cielo del arte para meterse en el barro de las ideas cotidianas. Y sale embarrado, por mucho que lo disimule. No es lo mismo oírlo decir: "... sus páginas limpias y sonoras como un arroyo de la sierra, nos acercan con la inmediatez de una ficción lograda a los secretos del arte que sirvió a Hemingway para transmutar la vida que vivió y la que sólo soñó en esa fiesta compartida que es la literatura" (sobre "París era una fiesta"), que "el partido conservador de Margaret Thatcher (...) aplicó un programa de reformas radicales de la más genuina estirpe liberal, que revolucionó de raíz la sociedad británica: privatizaciones masivas, guerra a muerte a la inflación, recorte drástico del gasto público (...) Esas reformas que, por supuesto, tuvieron un precio alto...", etc. Evite Travesuras de una niña mala y el plomífero Sueño del Celta y verá que el hombre es un grande. Y ya lo dicen todos, por un lado va su arte y por el otro sus ideas. ¿Las ideas van por otro lado? Quizá, pero me permito dudarlo. Vea sino en Travesuras de una niña mala donde el personaje principal habla de dos amigos que murieron jóvenes, uno por guerrillero y el otro por entregarse al jolgorio de los `60, lo que lleva a una conclusión: para Vargas Llosa vivir mata y creer mata. En cambio, volverse un platinado profesor universitario del primer mundo garantiza vida larga y premios. Vea también lo que escribió en "La verdad de las mentiras" sobre el rechazo de Vittorini a editar El Gatopardo y sobre lo "mal educados" que estábamos por Gramsci y Sastre y la literatura comprometida. ¿Las ideas van por otro lado? Vamos a la coyuntura. Creo que don Mario inaugurando la feria del libro va a servir para que cada uno reafirme sus propias ideas. No sé por qué hay gente que cree que las ideas nuestras son menos categóricas que las suyas, y que un discursito más o menos nos hará cambiar de opinión. Si don Mario no cambia de opinión cuando hablan García Márquez, Saramago o Hobsbawm, ¿por qué nosotros lo haríamos cuando don Mario apele a su retórica de trinchera? Hablando de eso: ¿no notaron que por muy buen escritor que sea, la sintaxis y la exposición de sus ideas cuando habla de política no son más interesantes que la de Carrió o Macri? Es un tema de análisis que me reservo para el futuro. La primera conclusión es: las ideas ramplonas generan textos ramplones. Por muy premio Nóbel que seas. Vean sino el fragmento dedicado a la dama de hierro. Quizá la causa sea el odio. El odio difícilmente genere textos bellos.

En una nota escrita para El País el 30 de enero de 2011, don Mario zarandea al ministro de Cultura de Francia porque el pobre hombre sacó de las celebraciones nacionales a Céline por nazi o, como dice don Mario, por escoria. Luego de darnos una lección de cultura francesa y de literatura universal, don Mario nos dice que lo que todo un gabinete completo, las asociaciones judías francesas y los hijos y nietos de los muertos en campos durante la guerra, además de "varias asociaciones humanitarias", decidieron después de estudiarlo largamente, es un error. Así nomás. Todo un país equivocado y él en lo cierto. Completa don Mario: "Aunque no siempre es fácil, hay que aceptar que el agua y el aceite sean cosas distintas y puedan convivir en una misma persona". Si lo dice él, que todo lo sabe, debe ser verdad.

En este caso yo pienso lo mismo que don Mario. La diferencia es que yo lo creo como creo otras cosas, con la misma inarticulada convicción con la que soy hincha de Boca. En cambio me parece que don Mario está abriendo el paraguas por si luego de su viaje al Olimpo verdadero a la gente se le ocurre borrar su nombre de calles, plazas y homenajes. No lo vamos a hacer, don Mario, no se preocupe, recordaremos sus mejores libros y olvidaremos los malos, después de todo usted no es tan importante como para que todo un país como Francia o como Argentina lo combata y además no mató ni ayudó a matar a nadie, como sí hizo Céline.

Lo peor que puede pasar es que después de dejarlo venir y hablar en la feria, de permitirle desasnarnos sobre nuestro país, del que usted es un especialista del carajo, discutamos sus ideas para llegar a una conclusión semejante a la que tenemos hoy, y que cuando caiga, porque ya se sabe que todo lo que sube debe bajar, lo pateemos en el suelo como usted hace y haría con sus enemigos ideológicos.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27927-2011-03-22.html


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Vea usted, yo creo que es mejor tener la palabra que tener la razón. En estos tiempos que corren, tener la palabra (no importa si es la verdad o no) significa instalar una idea o sofisma o mentira o fábula o burla o chiste, que recorrerá el mundo más rápidamente de lo que demoremos en colgar el teléfono. Y después que te la discutan. Los que tienen el poder han entendido eso hace tiempo. Los que lo desean lo están entendiendo ahorita mismo, porque se avivaron o bien se alquilaron a un Durán Barba que te lo sopla románticamente al oído.

Es que ya nada es como era antes y colonizar tierras (o su alternativa: poner gobiernos títeres) se ha vuelto complicado, sin olvidar que Wikileaks no se guarda ni los secretos de alcoba y en Facebook se puede armar una movida en tu contra muy poco fotogénica por muy linda que sea la gente que te putea. Además, para colonizar tierras hay que mandar tropas, matar gente que muere sin gloria alguna, verse obligado a mentir sin reírse. Es más sencillo, vea usted, colonizar la palabra, es, ¿cómo podríamos decir? más moderno, fashion. Más cool.

Cuando Estados Unidos invadió Irak (colonizó tierras y puso gobierno títere; dos al precio de uno) se preocupó mucho por instalar una palabra que la justificara (colonizó la palabra). Cierta prensa --que tiene en claro que el negocio no puede interrumpirse por un par de miles de muertos irakíes más o menos; habráse visto-- repitió como loro la palabra que el poderoso había instalado en el mundo a la velocidad de la luz: "guerra". Era una palabra que escondía otra: "invasión". Pero a la palabra guerra era más fácil repetirla que discutirla. La diferencia entra la verdad y la mentira era esa palabra que ponía al hombre común en el brete de tener que sacar conclusiones de la penumbra. Demasiado trabajo, es más fácil repetir la que dice el patrón, que si es el patrón por algo será.

Decía Juan José Saer en una nota de hace más de veinte años que la prosa es el instrumento del Estado (el Estado por el Poder o el Establishment, como se lo conoce por nombre de pila). La prosa es la herramienta de los comunicados, folletos, leyes. La prosa es el discurso de la venta, de la publicidad. La respuesta a eso sería la poesía, la innovación, la experimentación. ¿Es algo así como colonización contra independencia? ¿O civilización contra barbarie? Vaya uno a saber. La novedad, creo, es que ahora sabemos que la colonización (pobre Colón, que quizá sólo buscaba huir de la esposa) ya no la ejerce con exclusividad el monstruo yanqui con su anacrónico imperialismo, ni siquiera uno de los tentáculos de su reemplazo: la globalización. Ahora entendimos, vea usted, que existe una colonización de la palabra venida del más allá y otra no menos peligrosa que se ejerce desde el más acá.

No me lo discuta, que soy escritor y algo de eso sé. Vea un ejemplo de actualidad: "el campo". ¿Dígame qué argentino de a pie entendió realmente de qué se trataba la 125, ese espinoso asunto de las retenciones, y lo que votó el, por única vez, fervoroso Cobos? ¿Qué argentino de domingo en familia, de los que sólo ansía "un aplauso para el asador", resolvió correctamente la ecuación semejante en complejidad a la fórmula de Einstein de los afiches? Los que no sembramos, ni exportamos, ni estudiamos economía, ¡ni siquiera comemos soja!, andábamos por ahí tratando de decir algo para que no se nos considerara salames. Y la mayoría optó por repetir las ideas de uno de los protagonistas del conflicto, o sea las palabras. Que para eso están, coño.

Por eso, cada vez que tenemos que referirnos a esos señores feudales de la mesa de enlace decimos "el campo", ya sea por no encontrar una mejor forma, ora por pereza, ora porque tememos no ser comprendidos por el interlocutor de turno. Es una palabra colonizada, que resume y deja la sensación de que sabemos, de que "somos del palo", como cuando decimos borgiano, kafkiano. Hay muchas palabras más, igualmente ejemplares: la "inseguridad", la "crispación", el "diálogo", el "consenso", un país "previsible", las "políticas de estado", y un largo y poco divertido etcétera. Al que las hace circular le basta que con la oigamos y repitamos; he ahí su importancia y su rol en este mundo esquizofrénico. Y ejercerán su poder de seducción porque para eso fueron creadas. No tienen más entidad que "lo sospeché desde un principio", "síganme los buenos", frases que seguimos recordando y que serán olvidadas sólo cuando sean reemplazadas por otras que nos otorguen los mismos segundos de vaga certidumbre: "alica alicate", "estás nominado".

Hay otras formas de la colonización de la palabra. Si no, dígame qué es esto. La televisión (que coloniza como el mejor) se regodea en la exposición de argentinos/as indignados/as diciendo, sin haber leído el expediente, sin haber estudiado abogacía, sin conocer la información mínima, que el juez que liberó a un acusado está equivocado, que hay que aprobar la pena de muerte, que los violadores no se regeneran, que en los Estados Unidos se los condena a muerte (algo que por ahí vieron en una película). Otro ejemplo: niebla en la ruta, accidentes y muertos, un argentino/a se queja de que no cortan las rutas para preservar vidas. Al día siguiente la policía, ante la misma situación de niebla, corta la ruta. Ahora un argentino/a (quizá el mismo del día anterior) se queja de que debido al corte no puede llegar a su trabajo a horario.

Ese discurso puede incluir las palabras crispación, consenso, etc., o no, pero no por eso dejan de ser un discurso colonizador made in Argentina, soplado ahora a la masa de distraídos por los que la juegan de ser nuestros patrones y sus lenguaraces, que tratan de que el argentino/a en cuestión diga lo que su patrón quiere que diga, buscando demostrar (como sea) lo que la coyuntura impone: que este país se ha vuelto inhabitable, que Riquelme se tiene que ir de Boca, que acá la verdura es más cara que en Londres o que los bolivianos tienen la culpa de todo, incluido lo de Riquelme. No hay otra, vea, que aprender a leer entre líneas. ¿Para cuándo `Lectura entre líneas` como materia de estudio en escuelas y universidades? Y a los escritores también habría que leerlos entre líneas, qué tanto. Basta de privilegios. Leer entre líneas vendría a ser una buena forma de no caer en los pozos que cavan los otros, sobre todo los pozos que cavan para que nos caigamos adentro. No es una idea nueva ni revolucionaria, lo reconozco, pero ahora que la digo es mía. No contaban con mi astucia.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27833-2011-03-15.html


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Allá por 2007, que en estas épocas de tanto vértigo informativo suena a prehistoria, estuvimos juntos con Osvaldo Bayer en la Feria del Libro de La Habana. Nos cruzamos por primera vez en una combi que nos llevaba de la feria a la casa donde nos alojábamos. Me presenté, como correspondía a la ocasión, diciendo que era tal y tal, nacido en la provincia de Santa Fe, y que ahora vivía en Balcarce. La respuesta de Osvaldo, las primeras palabras que oí de su boca, fueron: "En Balcarce hay una estatua de Uriburu".

En ese momento pensé: "Este hombre, además de ser lo que es, es un hombre político". Quiero decir: un hombre político que entiende la política como el terreno donde se discuten las ideas que terminan por modificar la vida de los hombres, para mal y para bien; sobran ejemplos. Para los que no tienen por qué saberlo, Osvaldo se había tomado un buen tiempo, traducido en varias contratapas de Página/12, en remarcar la necesidad de cambiar ciertos símbolos por otros más saludables, entre ellos dejar de llamar Uriburu a una de las avenidas más importantes de Balcarce, y además sacar la estatua que lo glorifica. Fueron varias contratapas, no sé cuántas.

Tozudo, el hombre, insistente, casi un fanático, podría decir alguien que no tiene miedo de ser antipático. La última, creo, fue la del 20 de noviembre de 2010; ahí escribió: "Balcarce, esa ciudad en la provincia de Buenos Aires que todavía hoy conserva una estatua del dictador general Uriburu, el primer golpista argentino, quien derrocó a Hipólito Yrigoyen en 1930. Un monumento inaugurado durante la Década Infame y que ningún gobierno democrático se atrevió a tirar abajo (...) choca (un posible cambio) con los intereses de acaudaladas familias que protegen el bronce del militar fusilador". Por muy fogueado que uno esté (uno o una ciudad entera), en enfrentar la adversidad, ya sea económica, histórica, meteorológica, o la adversidad vista como el desdén del progreso, (y no creo que sea el caso de Balcarce, porque es una comunidad rica y próspera) no es fácil de tragar verse humillado en la contratapa de un diario como Página/12, y menos por una nota firmada por Osvaldo Bayer, el hombre que permitió que la causa llamada Patagonia Rebelde se volviera una causa nacional y un símbolo de la lucha por los derechos civiles.

Pero por muy humillante que fuera la contratapa, la clase política de la ciudad no se decidía a dar el paso de cambiar el nombre de una calle, algo que por otro lado, se hace bastante a menudo por motivos más triviales que miedo a ser recordada como la ciudad que homenajea a un asesino. La historia no termina en La Habana.

La última vez que nos vimos con Osvaldo fue en el teatro Auditorium de Mar del Plata, adonde me acerqué a saludarlo. Allí le dije, más bien como broma, que le había sugerido al ahora ex intendente de Balcarce que si estaban dispuestos a voltear la estatua de Uriburu yo me comprometía a invitar a Osvaldo Bayer a tirar de una de las sogas. Osvaldo ni preguntó si la invitación era formal o no. Simplemente respondió con un "por supuesto". Me pareció que se moría de ganas. Volviendo a esa última contratapa, me parece que vale la pena una reflexión. No estoy muy seguro de que en este caso sean las acaudaladas familias patricias de la ciudad las que defienden el derecho de un asesino a tener su estatua. Esas familias parecen estar más bien atentas a la inflación positiva, que redunda en que no se detenga el aumento del precio de la soja o el trigo, y por la inflación negativa, o sea el frustrante aumento del precio de las 4 x 4. ¿Por qué esas familias se preocuparían por defender a un dictador que ya les había brindado lo que un dictador podía darles: la muerte de sus enemigos? Esa gente, esa clase, lo primero que se saca de encima es a esos molestos y tan poco fotogénicos personajes. Ahí lo tenés a Videla de tribunal en tribunal, defendido apenas por algún trasnochado o por gente que se siente de derecha ya sea por odio, por desconocimiento, por nostalgia o porque va prendido en el negocio. Porque a Videla ahora, como a Uriburu antes, sus antiguos patrones y sponsors ya los reemplazaron por otros instrumentos más a la altura de la época, llámese Menem, Macri o De Narváez. Y no lo deben haber hecho de humanitarios, sino porque hoy, donde todo se conoce al instante, ya no se puede andar matando al enemigo al bulto, no sea cosa que te lo publiquen en Facebook y que Wikileaks diga media hora después de la desaparición del problema lo que todos sabíamos desde una hora antes.

En este caso, en Balcarce, la defensa del nombre de la calle y de la estatua de Uriburu parecía darse más bien en nombre del hábito, de la costumbre, del miedo a cambiar; incluso de la indiferencia. Cosas también peligrosas, pero motivos de otra nota. Y esa defensa muchas veces la protagonizaban personas comunes, a las que el nombre de Uriburu poco decía, y que el cambio de nombre de una calle de apenas 15 cuadras podía significar como mucho la pérdida de una carta o de algún pariente distraído. Y por más que me esfuerce en explicarlo, la verdad es que es un análisis que me excede y no es el objetivo de esta nota; esta nota pretende homenajear al tozudo de Osvaldo Bayer. El resto, lo que no puedo explicar, es trabajo para los psicólogos.

Todo este palabrerío para decir que hace apenas unos días, el Concejo Deliberante de la ciudad de Balcarce, quizá, por qué no, impulsado por la presión de Osvaldo, ha decidido cambiar el nombre de la Avenida Uriburu por el de René Favaloro. Un símbolo del odio menos. Queda la estatua por derribar. No se olviden de invitar a Bayer a tirar de una de las sogas. El ya me aseguró que estaba dispuesto.

* Escritor y músico rosarino, desde Balcarce.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27341-2011-02-09.html