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Mi padre suele enviar cartas. Lo sé porque seguidamente lo comenta. Pero extrañamente nunca le he visto escribir ninguna. Sé que suele recibir también. Algunas bien extensas, amigables. Tampoco pude ver que leyera ninguna. Por otra parte, sí estuve presente en algunas ocasiones cuando las lleva en la mano y se las muestra, agitándolas un poco, dentro del sobre ya rasgado, a mi madre.

Ha de ser bello el recibir una carta; es un género y una predisposición diferentes. Yo nunca he recibido una, una de verdad, con olores y asperezas. Quien se sienta a escribir una carta, se sienta y enfrenta el papel blanco, inmediatamente sabe que ha de mover la mano. Es algo íntimo pero en vistas a un futuro vario, es como lanzar una lata en la noche y no saber si hará alboroto. Otro poco es como guardar un secreto en un árbol, dejarlo en la corteza horadada y saber que por ese sendero va a pasar alguien. Se acercará al árbol y sacará entre la madera carcomida, en el vaho del aserrín desprendido, aquello que se le ha confiado.

A veces se sienten en el aire columnas, tantas columnas, como un bosque colmado de marcas, tórrido, con la fronda de las copas dejando bajar un peso húmedo, toda aquella luz deslustrosa, pálida. Algo ha de pasar entonces entre tantos árboles ciegos. Es bueno por eso abrir la vista, tener en cuenta los sentidos. Al caminar por ese bosque se tiene aquella extraña relación, aquel estado inmóvil que permanece: lo pendiente. Y se camina atado y pendiente de todo ese enredo boscoso, como caminando en medio de telarañas; sólo que a las telarañas podemos verlas y abrirnos paso con la mano. En cambio, a esta realidad nunca podemos reconocerla, estamos absorbidos por todas sus presunciones, asumimos como propias cada pretensión suya. De vez en cuando, se desprende una gota de glicinas, de savia, y cae justo delante nuestro. El aroma asciende cerrado y mohoso, en un roce que no llega a hacer empalme, entendemos que algo que nos rodea, que algo a nuestro alrededor, puede derrumbarse.

Antes se escribían cartas. Se mandaban cartas producto de tomarse el trabajo de sentarse a escribirlas. Buscar un buen papel o al menos uno que sirviera. La historia más de una vez obligó a las personas a escribir sobre las excrecencias del mal tiempo, sobre cualquier superficie, sobre lo que hubiese a mano. Aún así, siempre, siempre, parece ser más fácil escribir y pensar cuando se tiene la compañía imaginaria del otro. Género bastante malvado el epistolar, tantas cosas pueden suceder en la dilación, en el segmento diferido propio de su mecanismo. No en vano la tragedia se valía del exceso de tiempo, del gasto, que propicia todo mensaje. En el intervalo, la desgracia. Así, tal vez, cuando leas estas líneas, mi ánimo sea diferente, otras mis ocupaciones. Ni hablar del estado del pensamiento y el ovillo de emociones en que las leas. Suelo pensar entonces el doble filo de las cartas, a veces perversas; otras, esperanzadoras.

Tristemente hemos espantado mucho a los fantasmas, una cruzada ciega del pensamiento exorcizó todas las villas con hogueras; en cada pueblo, por remoto que fuese, se elevó un cadalso para ver arder a los espectros. Ahora, de repente, la realidad ya despoblada de demonios, tanto nos hemos empeñado, se vuelve reservada, discreta (en aquel sentido matemático) y guarece muchas de sus caras en la imagen de lo indiferente. La realidad como un ama de casa recelosa guarda uno por uno todos los objetos de la casa, los va quitando de los estantes, de los anaqueles, de la chimenea y los enfunda. Sólo queda el mobiliario vacío. Tampoco es que echemos tanto de menos esas cosas, porque cuando estaban presentes, develadas, siquiera reparábamos en ellas. Queda, no obstante, el afuera, la calle.

Pero parece que aquellas horquillas fueron sobremanera eficientes porque las personas casi no se miran en las veredas. Como si las calles fueran el cauce helado de un río que se heló, no podemos caminarlas, pasamos urgentes bajo un frío ensordecedor que mana de todos lados. Umbrales permanentes, cruzamos. Aturde la mente aquella imagen bajo cuya forma los hombres de otras épocas imaginaron la verdad: detrás del umbral, como una esencia que espera ser tocada tras el vano de un portal. ¿Se equivocarían tal vez? De cualquier modo, la ojiva ya ha hecho por mucho su trabajo; ahora es el tiempo de las manos trabajando otra vez, insistiendo, nuevamente, en lo maleable, en la pasta, en el género, en el barro, en todas esas cosas que no pueden ser reversibles, que no tienen envés ni revés, sin salve y seña, sólo cosas. El puño encomendándose a la carta.

En una película que vi hace un tiempo, en lo alto de una montaña, en un templo degradado, un personaje le confía un secreto a la rajadura de una columnata. Acerca un susurro que luego cubre con barro. Algo de eso tiene el escribir cartas. Como si al trazar línea tras línea fuéramos dejando desparramada varia gramilla y de entre esa maleza de tinta seca, sólo el remitente puede reconocer aquello que aún conserva sentido, podrá ver la sutura de barro en la piedra y entender el secreto.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26222-2010-11-18.html


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Te agradezco los temas. Ya los estoy escuchando. Les tenía ganas hacía rato. Es una música vital. La ando necesitando. Recién le vi el final al Náufrago, tirado en el sillón con mucha resaca y con la ansiedad que trepida después de una euforia, esa que conozco tanto y es, a estas alturas, un huésped no de honor pero inevitable. Estaba tirado con la ansiedad en el pecho, me hincaba ese diente, y sabía que necesitaba distraerme, de otro modo el día se iría por la cañería: malestar en el pecho, joder. Entonces hacía zapping en la penumbra y hallé náufrago y la dejé, doblada y todo, la dejé. Puse la música más baja en la compu y me eché, bien echado como estaba a mirar una vez más esa película. Y fui de a poco comprendiendo los sinsabores de ese hombre ya adulto, ya maduro. Su echar a suerte la vida y empeñarla por el torrente de sangre caliente que rebusca el sol como un bruto: el tipo comprendió que debía vivir, costara lo que costase. Y vivió. Y naufragó. Y volvió a la realidad, al calendario, a los horarios, pero también a la gente, a las personas y las posibilidades. Pero resulta que aquella posibilidad tan grande, aquella que nos echa un ramo de rosas desde el puente y nos hace vernos más guapos y sentirnos más afianzados en la vida, la posibilidad del amor, se le había cerrado con la eventualidad de una puerta que el viento arrima. Su mujer, Kelly, el amor absoluto de su vida, su esposa, el modelo de la foto que lo acompañó desde la tapita dentro del reloj y lo ayudó a mantenerse vivo, vital, en la isla, lo entendió muerto, finiquitado y se casó con alguien más y, a su regreso, ya tenía una hija pequeña. Y a él, a Chuck, qué le quedaba. El había vuelto de la muerte, había renacido, se había hecho duro porque se supo sobreviviente de un trance en que muchos quedaríamos varados, vallados por el miedo y la desesperación. Chuck fue bautizado por la vida que le recompensó con fortaleza, Chuck jamás podrá ser un burgués ansioso de nuevo. Ya no le queda esa. Chuck ahora sólo puede vivir. Pero vaya cosa, sin Kelly. Chuck es fuerte y lo sabe, pero ha vuelto a un mundo que todavía no termina de comprender, y para peores está solo, solo con su alma que resiente el golpe de dados de llegar demasiado tarde, tragedia, "no debí haberme subido jamás en ese avión; no debí jamás bajarme de esa camioneta". Pero lo hizo y sí que lo hizo y ahora qué queda. Queda todo por delante y todo, amigo, es mucho. Tal vez demasiado, incluso para un hombre fuerte bautizado con el hierro rojo de la vida. Chuck está desvelado junto a un amigo cuyo cabello arremolinado y la bata que lleva, indican que él también, ha sido desvelado por Chuck. Y sentado con los gestos volviendo poco a poco a la vigilia serena de una noche donde fuera llueve a cántaros, escucha a su amigo que deja rodar un par de hielos en el vaso. Este los mira en su mano, los mira rodar y dice que ha vuelto, y cuenta que tuvo miedo allá solo en la isla, y que temía enfermarse y morir de cualquier forma horrenda. Sólo le quedaba, para sí, para su entera decisión, el cuándo, el cómo y el dónde de su muerte. En lo demás no le iba la cosa. Era improbable que pudiera hacer nada allí solo en la isla. Su lógica le martillaba que jamás volvería a casa con los suyos, le decía que moriría solo y en forma horrenda. Entonces hizo la prueba. Antes de colgarse de la rama más alta de un peñón, hizo el intento con un tronco que semejaba algo de forma humana. Y fue que la rama no resistió el peso del inerte suicida y se quebró en partes, cayendo el tronco y golpeando en las punzantes aristas de las rocas, "ya ves; ni siquiera tenía el poder de decidir cómo morir", hubiera muerto otra vez, de forma horrenda; se hubiera quebrado la espina, una pierna, el cuello, pudo haber quedado postrado esperando la muerte por días. No tenía nada. Y estaba solo. Pero un día -los hielos siguen rotando en el vaso- Chuck va a decir algo importante: pero un día Chuck sintió el calor como un manto caliente encima y supo que debía vivir. Eso. Que debía mantenerse vivo. Debía hacerlo, respirar. Contaba con ello. Algo muy dentro lo dictaba y Chuck vivió y se mantuvo vivo y un día la marea le trajo una vela, y ya sabes cómo viene comportándose Chuck, no iba dejar pasar esta, "prefiero morir en medio del océano Wilson, a morir solo como perro en esta isla". Y así fue que un barco lo halló y lo trajo de regreso, a la vida, a la gente. Chuck perdió a Wilson en la balsa durante una tormenta, esa pelota que lo supo escuchar con cierta sabiduría tanto tiempo. Chuck sabía que era sólo un balón de futbol pero igual lo lloró, se desgarró en un grito estremecedor mientras las olas batían a Wilson hacia la lejanía del mar. Chuck perdió a Wilson en el camino, pero hubo algo que supo mantener siempre consigo: por nada del mundo dejaría caer en lo profundo del océano la foto de Kelly, el reloj familiar que ella le confió justo antes de subir a aquel condenado avión. Jamás se lo permitiría. Chuck trajo ese reloj y esa foto tan de vuelta como sus propios huesos, ya más duros, ya más resistentes, ¿Y qué fue lo que halló? No halló a Kelly, no halló al amor de su vida que lo había tomado por muerto, no halló a su mujer, a su amada que tanto lo mantuvo vivo allá en la isla. Chuk, amigo, otra vez no tenía, nada. Pero estoy faltando a la verdad; sí tenía algo y rápido él también lo supo. Es sólo una palabra que puede sonar tan feo a veces, Chuck tenía, vamos a decirlo, esperanza. Tenía esperanza porque estaba vivo. Y mientras deja rodar esos hielos que chasquean mientras se van deshaciendo, Chuck le dice a su amigo, así, sin más, que más haría falta por otra parte: mañana va a salir el sol, eso es seguro, y qué sabes que pueda traerte la marea. Entonces seríamos unos irresponsables, unos injustos, unos descorazonados, de no salir a rebuscar en el barro, en los campos, en las ciudades, en el miedo, en el desamor, en las penurias, en el sinsabor, en la resaca, en la ansiedad, a la vida. Y ya ves, ya no me siento tan mal, he escrito algo al menos, una carta, a un amigo, y eso es algo bueno, o debería serlo, y la carta lleva un tono, eso bien que lo sé, un tono que busca a la vida, y tal vez de momento, no la encuentre, tal vez esta noche las cosas se compliquen y el poniente nos ponga mala la cara y todo se vaya al carajo, pero aun así, resta mañana, restan los justos, las guitarras negras de Zitarrosa, los cerros, el café, el calor y el frío, qué sabes, amigo, qué ha de traernos cualquier día, la marea.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25720-2010-10-13.html