Cuenta Milton que en el Paraíso, junto al árbol de la vida, crecía el amaranto, de cuyas ramas brotaban flores inmarcesibles. De estas flores se
valía Eva para acicalar el espacio que compartía con Adán antes de que el demonio la convenciera de probar el fruto del Arbol de la Ciencia y de
que tentase a su compañero para que también comiera de él. Habiendo comido de aquellos frutos, Dios, que les había prohibido acercárseles
siquiera, los expulsó del Edén. Y ya nunca más hombres o mujeres, ricos o pordioseros, nobles o esclavos, santos o malditos, atravesaron la
existencia sin dolores ni pesares. El Paraíso Terrenal se perdió para siempre de la vista de los hombres... aunque no de sus conciencias.
En oriente y occidente, en el norte y en el sur, cristianos, musulmanes, judíos, budistas, vedantas y taoístas buscan esa Verdad verdadera, el
Principio Creador, el Tao que es Todo y es Nada, el Alma Universal, el Nirvana de las almas individuales, el mundo de las Ideas, el Paraíso
Perdido. ¿Y no es el Paraíso, acaso, un estado de inconsciencia, donde las palabras no habían nacido o al menos aún no se habían atrevido a los
conceptos de bien y mal, de tuyo y mío, de resentimiento y venganza, de absurdo e inútil?
¿Qué quedó de aquél Paraíso al que todos los hombres, aún los más aferrados al Tiempo y al Mundo, alguna vez en la vida añoran? Es una pregunta
capciosa, eso está claro; si alguien se atreviese a responderme, seguramente diría que nada, puesto que como su nombre lo indica, se ha perdido.
Otros, en cambio, se burlarían de mi credulidad diciéndome que todo eso es un cuento que los primitivos se inventaron para explicarse de algún
modo el origen del mundo y de todas las cosas que hay en él; que tan válido hubiese sido creer en este Paraíso como en el mito que los griegos
crearon en torno de Zeus, Prometeo, Epimeteo, Pandora y todos los dioses, titanes y víctimas del Olimpo; otros, menos esclarecidos, me dirán que
nos queda el recuerdo de un sitio inundado por la naturaleza, que sabia y pródiga, regalaba a los primeros hombres con todo aquello que les era
necesario para la vida inocente. A estos últimos les preguntaría, ¿por qué si la imagen que recuerdan y desean para su Paraíso es la de un sitio
donde la naturaleza era la que daba y decidía se empeñan en negarla, doblegarla, destruirla, inventándose necesidades que de ningún modo ella
podría satisfacer? A los segundos les diría que están en todo su derecho a desconfiar de los mitos, ya que, al fin y al cabo, tanto como los
primeros y los últimos, pertenecen a la edad que Hesíodo llamó de acero (entre los que yo me cuento, ya que, aunque quiera creer la historia que
narraré, soy el primero en advertir que todo es mentira; ni hablar de la forzada conexión de una fábula netamente judeocristiana con el resto de
las filosofías religiosas). A los primeros, que me dan el pie para argumentar, y a todos los demás, les diré que sí ha quedado algo de aquél
Paraíso: la flor que jamás muere.
Dicen que dicen --o acaso me lo invento-- que Eva no quiso dejar la tierra de la que fueron arrojados por la ira de Dios sin llevar consigo algo
que se la recordase. Cortó de raíz un tallo de aquella planta en cuyas ramas había una flor, y atravesó los umbrales de la inocencia con ella
entre las manos, regándola con sus lágrimas, alimentándola con sus ruegos. Era el temor a lo desconocido, más que el temor a Dios, el que ponía
en sus labios las palabras que dirigía a la flor; un rezo pagano, la letanía de los despojados. ¿Qué temer de Dios si ya todo mal, creía ella, le
había sido profetizado por Aquél cuyo nombre mata? Se aferró a la planta como un náufrago a las tablas del barco hundido; juró por su vida que la
planta jamás moriría mientras ella estuviese viva; creyó que, si ahora la vida carecía de sentido, al menos lo tendría en su muerte; la flor
inmarcesible fue para ella una buena razón para morir. Que Dios intentase arrebatársela, y vería como ella, antes de permitírselo, lucharía
contra El aunque le valiese el infierno.
Lo que ella no sabía era que la flor no necesitaba de sus cuidados para vivir, pues era inmortal; Dios reía para sus adentros cuando por las
noches la veía velar junto a la planta --que, fuera del Paraíso, nunca más dio otra flor que la que ya tenía-- dispuesta a luchar y entregarse al
infierno. Lo que ella tampoco sabía era que, con flor o sin flor, el infierno le estaba predestinado.
Se preguntaba Kierkegaard: ¿tenían culpa los primeros hombres por haber desobedecido a Dios si, antes de comer del árbol de los frutos,
desconocían lo que estaba bien y lo que estaba mal?
Y suponiendo que las cosas suceden tal como Dios las dispone, ¿tienen culpa los hombres por seguir, sin saberlo, su cometido?
En fin, no son preguntas para hacerse en este momento, como tampoco es momento de ponerse escépticos y decir que Dios, como el Paraíso, es un
invento de los hombres: el comienzo de mi historia, entonces, carecería de sentido, porque tiene como eje aquella flor inmarcesible que Eva
rescató del Paraíso y cuidó día tras día de la mirada de Dios. La flor sobrevivió a la primera mujer --o mejor decir la segunda, a no olvidarse
de Lilith--, al diluvio, la glaciación, la sequía; sobrevivió al fuego y los aludes; porque esa flor es inmarcesible y, aunque lejos de la tierra
divina, no puede morir. Esa flor sobrevivirá a todo, incluso a los hombres. Esa flor, la creación.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28315-2011-04-18.html
Fluyen, las palabras fluyen como aguas de un río que desciende seguro de su origen y de su destino. Fluyen, las voces fluyen como la risa
incontenible, esa que contagia y permanece en la sangre, y que eleva las almas hasta la esencia de la alegría. Fluyen, las notas fluyen perfectas
y rítmicas como el pulso de la vida: jazz que concibe, blues que pare, rock que acciona, tango que amortaja y nosotros que asistimos al más bello
espectáculo del mundo. Fluye, la energía fluye y se derrama sobre esta página que no es página sino apenas un vidrio pintado de blanco que simula
la textura mientras yo aplasto estas teclas grises, perlas cúbicas que me amparan en la credulidad, en esta sensación de ser yo quien habla
cuando es tan claro que no, que es mi voz ajena, propia y ajena; ella me convida las frases, me las alcanza para que elija, al fin elija, al fin,
al fin, al fin, al fin elija, al fin acepte el acierto de mi opción.
Fluye, mi fuerza fluye en la seguridad de ese río que desciende, en la certeza de haber encontrado el destino, la senda que me fue concedida, en
la habilidad para reconocer las señales, al fin reconocerlas para no temer a los obstáculos, para dejar de pensar en la meta, sólo en la meta, y
así disfrutar de la perspectiva que me ofrece el camino.
Fluye, mi alma fluye distendida en los rápidos de aquel río seguro; se sacude, la barca reverbera, se mece, amaga hundirse y sin embargo avanza,
avanza, avanza, y es la conciencia del avance (ahora que lo reconozco, que mi atención ya no está sobre el peligro aparente) la que me completa y
me suspende, y me dejo llevar; fluye, fluyo, fluimos.
Aquí está mi amor, aquí lo vuelco, lo reinvento, lo acicalo y lo protejo innecesariamente: reflejo de un temor que ya no siento. Aquí está mi
amor, aquí dispuesto para quien quiera recibirlo, aquí está mi vida. Es esta sensación eufórica, el deseo de salir a la calle y gritar: ¡lo
encontré, al fin lo encontré! Aun cuando no lo veo ni puedo tocarlo, lo siento, lo siento con cada centímetro de mi piel, con cada gota de mi
alma.
Trato de comprender, trato de no mostrarme soberbio, pues esto que tengo y tanto me costó conseguir es para cualquiera y está ahí, al alcance de
la mano... Pero tanto, tanto me costó llegar a mi tesoro, tantas fueron las lágrimas y los pozos, las ciénagas y la oscuridad, los traspiés y las
necias amenazas contra mí mismo, que ahora, ahora que lo tengo y sé que lo tuve siempre, me cuesta recordar que hubieron pozos y ciénagas, que si
alguien llora y se desvive no hace más que empantanarse en los mismos lodazales que a mí me acobardaron.
Me aferro, debo hacerlo, me ligo a la memoria para no impacientarme, para saber esperarlos, o al menos acompañarlos en las caídas. Pero si me
piden lágrimas, si me exigen que me hunda, les respondo con un no rotundo: ¡No, vengan hacia donde estoy yo, hacia este río que fluye seguro de
su origen y de su destino! Claro que no es a mí a quien deben escuchar, sino a las palabras que fluyen, las suyas, los acordes que acompañan, esa
voz que está y habla, siempre habla, y tan claro, tan, tan, tan claro.
Memoria, memoria, debo hacer memoria, yo también caí, también me empantané, lloré, lloré, lloré, rogué al cielo que me dimanara lento en la nada,
que me arrancara de cuajo la mente y la transmutara en vapor, deseé tanto disolverme como bruma de media mañana, ser nada, ser nadie, no sufrir,
no sentir, no al dolor por cobardía, no al amor por cobardía, no a nada, ni lo malo, ni lo bueno, nada, nada, nada: deseé tanto morir.
Memoria, debo recordar para apuntalar mi paciencia; sé que me alcanzarán, sé que llegarán, mi historia no es diferente a la historia de
cualquiera.
Memoria, debo recordar para contagiarles mi alegría. Fui débil, tan débil y es aquello lo único que recuerdan de mí, se aferran a mis caídas para
justificar la inmovilidad posterior a las suyas. Debo recordar, recordarles, recordarme; sin embargo, ése que resurge entre pliegues de nostalgia
no soy yo. Es otro, es alguien que debió morir para permitirme nacer. Es otro, otro, otro; soy yo pero es otro, otro, otro...
Fluye, el dolor también fluye, liviano, como babas de diablo líquidas que buscan el Leteo afluente, aquel que hubo sido condena, fue olvido, y es
perdón. Pero antes no, antes era una pasta gelatinosa que se aglutinaba en la bifurcaciones de las arterias, antes permanecía y se acumulaba, y
transformaba el torrente en una laguna estanca y hedionda, la Estigia de Caronte, el límite hacia los círculos en espiral que desembocan en el
peor de los núcleos, aquél que se debe conocer si se quiere renacer. Y desde allí, ascender, como Dante guiado por su amada (para él sí Beatriz,
para Dante sí), ascender y no cejar en el esfuerzo hasta sentir en cada partícula de existencia la presencia de Dios. Yo existo, vos existís, El
existe.
Fluye, el dolor también fluye, y hay que aceptarlo, hay que dejarlo fluir para que las venas respiren, para que el río prosiga su curso y no se
desborde, para que las fuerzas no se dispersen en la innecesaria, en la fatídica autocompasión. No se puede vivir de lamentos, y sí se pude vivir
de amor: si hubiese sabido esto antes, cuando el río era laguna, cuando yo no era yo; si lo hubiese sabido.
Fluye, la nostalgia fluye con un hálito de esperanza, de recuerdos aceptados; reales, tergiversados, mal olvidados, pero aceptados, al fin, al
fin, al fin aceptados y necesarios para ser, ser, al fin ser en mi destino. Fluye el pasado y se presenta aquí, tan cierto como el instante, tan
cierto como que lo he revivido en este presente que acaba de morir, y que consume en su muerte, con un hambre voraz, los instantes que hasta el
último cerrar de ojos estarán por venir. Fluye, el tiempo fluye y todo cambia. Río, tiempo, cambio, la alegoría original. Fluye, el tiempo,
corre, corre, corre.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28225-2011-04-12.html
Mi nombre es Juan. Juan Salvador.
Existo desde siempre sin treguas ni consuelos.
Ahora mi nombre es Juan. Juan Salvador.
Así me bautizaron quienes me engendraron en esta vida.
Antes fui llamado Anak, y Boris, y Claude, y Lépidus, y Andrei, y Muhabasana, y Aristófanes y...
¡Fui tantos siendo el mismo!
No tengo paz.
Mis muertes son arduos pasajes entre vidas de un mismo existir.
Jamás tuve descansos; ahora tampoco olvidos.
Soy consciente de todo lo que ha procesado mi cerebro desde que me solté de las ramas.
Todo.
Lo que aprendí, lo que negué, lo que inventé, lo que destruí.
Todo.
Cada saber acumulado, cada error, cada traición, cada gloria.
Todo.
Y aún así, ese todo no es Todo; la carga de angustias crece con cada vida, abruma, y no vislumbro un fin.
Alguna vez, llamándome Grock, padecí de insomnio; sufrí el espanto cada día, cada noche; mi alma pedía tregua y nada se la concedía.
Fue apenas un rasguño.
Nada en comparación con mi condena, con este desvelo que me impide vivir mis muertes.
Vivir mis muertes, sí: no hay otra manera de expresarlo.
No, no, no hay desde que esta situación es extraña a las palabras; en ningún idioma he hallado la expresión que se aplique a mi eterna
metempsicosis consciente... Y he vivido todas las lenguas.
Sólo yo sé cuánto sufro mi conciencia.
Esta es la gracia del Gran Jefe, mi condena.
Dios me ha condenado...
Dios...
Nunca me fue dado verlo.
Pero en verdad os digo que nadie de los que he conocido, aún aquellos que vivieron santamente sus vidas, llegaron a estar con El.
Es mentira aquello de la gran luz cegadora, de la inmensa paz, y del coro de ángeles extasiado con su presencia.
Absoluta mentira.
Sólo hay el entramado de pasajes negros y silenciosos, un laberinto cuyas falsas puertas conducen a prisiones de espacio y tiempo.
¿El cielo, el purgatorio, el infierno? Bien, gracias.
¡No hay nada!
Nada.
Salvo los calabozos, que son el ciclo repetido, las formas, los colores, los aromas, los sabores, el silencio y el ruido, las palabras y los
conceptos, la memoria y la culpa, los planes y el temor.
Esto es lo que es.
Ahora es.
Siempre es.
No hay comienzo, no hay fin.
No hay premios ni castigos.
No hay un Plan ni el esbozo de un orden para el azar.
Hay un caos sostenido por la prisión y el laberinto; somos las cuentas coloreadas de un gran calidoscopio que inventa figuras para diversión de
Dios.
Si hubiera paz, habría inmovilidad. Si hubiera bondad, habría inmovilidad. Si hubiera humildad, habría inmovilidad. Si hubiera amor... Si hubiera
amor también habría inmovilidad.
La inmovilidad aburre a Dios.
¿Cómo explicar que la inmovilidad debiera ser el objetivo de la verdadera revolución? ¿Y cómo decir que esa rebelión sería contra el Gran
Tirano?... Lo he intentado miles de veces, y El, astutamente, cada vez ha frustrado mis planes.
El no desea más que vernos sudar, temblar, llorar.
El nos quiere acá, a los saltos, obedientes a su juego; y nos enseña la sumisión a garrotazos.
La vida que Dios propone es una capciosa enseñanza de la perfección; se debe estudiar de un libro cuyas páginas son infinitas y la eternidad es
el único tiempo posible para leerlo (ya hubo quienes intuyeron el tal libro, de modo que no sería difícil chequear en bibliotecas este
testimonio); la suya es una cátedra en la que nadie pasa la prueba final.
Habrá quienes superen parciales, pero nada más.
Se ha ensañado con nosotros, los hombres: nos ha obligado a existir engrillados a la conciencia.
Y yo soy consciente de cada una de mis vidas en esta única existencia.
Con cada una de las postas aprendí que la muerte es nada, un absurdo, como la vida.
Aprendí y El lo supo desde siempre: mi castigo es la memoria y el descrédito... Alguna vez me llamaron Casandra.
Yo todo lo sé, todo respecto de mí, de las consecuencias, y así las cosas reitero el mismo error en cada existir.
Mi karma es la obcecación.
Desde el primer día de mi (no se si llamarlo) despertar me he emperrado en querer demostrarle a los hombres que Dios nos está esclavizando, que
somos sus bufones, unos enanos groseros y deformes encerrados en un laberinto tramposo, porque no tiene salida, y atroz, porque sin muerte,
acumula en los ánimos la infinita esencia del dolor.
Estos hombres, aquellos hombres, los hombres, jamás me han querido escuchar y cada vez me han vituperado, torturado, ingenuamente matado; tantas
veces reboté contra la sordera que llegué a considerar la posibilidad de ser yo el equivocado; acosado por la culpa, me sometí a las más
aberrantes vejaciones que un ser puede auto infligirse: caminé descalzo sobre la ardiente arena del desierto, penetré mis manos con clavos para
imitar los estigmas de Aquél que todos llaman su Hijo, me azoté en las mañanas para castigar la sustancia de mis sueños, me azoté en las noches
para templar mi alma y no caer en la tentación de esos sueños, lamí las llagas de los leprosos y las secreciones de los cuerpos muertos, hice
votos de silencio y castidad que jamás quebranté, ceñí mis lomos con harapos y ayuné meses enteros, oré noche y día de rodillas sobre filosas
piedras, me alejé de los hombres para morir en soledad... Pero El, sin dedicarme unas palabras en compensación por mi potencial arrepentimiento,
una explicación sutil, un algo que me permitiera comprender su punto para acatarlo ciegamente o refutarlo con mejores argumentos, me regresó al
mundo como siempre: sin olvido y sin paz.
Ya estoy harto de regresar.
Alguna vez me gustó la vida, fue durante las primeras, cuando agonizábamos en invierno pero renacíamos en primavera y el único universo posible
se reducía a nuestros territorios.
El fuego era una bendición, el mundo era una bendición, el cielo, los ríos durante el deshielo, las flores, el sexo, el misterio de la luna, el
poder del sol: todo una bendición.
Luego ya no, luego fue un gran pesar, un pelear por unas parcelas; matar o morir por orden de un jefe visible pero inalcanzable, sujetos que
esperaban el desenlace de las batallas apostados en las cimas de las colinas.
Fue trágico también el tiempo de descubrir, de analizar, de la urgencia por encontrar una respuesta al sin sentido de aquellas, nuestras vidas.
Escribíamos, leíamos, discutíamos en busca de un origen que al menos yo sospechaba pero que aún me resultaba un tanto confuso como para afirmar
que el cansancio y la congoja eran efecto de la inmortalidad.
Buscábamos la respuesta en el agua, en el fuego, en el aire, en la tierra; inventamos dioses a imagen de nuestros cuerpos; concebimos mitos a
semejanza de nuestros sueños; construimos trasmundos donde fuese posible alguna vez aliviar el peso de nuestros miedos.
Qué imbéciles.
Recuerdo cada vida, cada sol, que siempre es el mismo, cada rincón del planeta; y estoy en verdad fastidiado.
Estoy harto de transcurrir.
Fui llamado Platón; aturdido por los resabios de una existencia precedente, en Nepal, he dicho infinidad de estupideces durante aquella vida y he
incentivado a otros estúpidos a que me creyesen; luego esos estúpidos inventaron sus propios desatinos, como aquel cobarde llamado Aristóteles,
al que luego reencontré en la Roma de Calígula, destruido por los excesos, consumido por la ignorancia.
Nada de lo que dije era cierto.
Nada.
Y lo difundí a sabiendas de la mentira.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28116-2011-04-04.html
Empezar; una y otra vez recomenzar el camino, reconstruir la torre de naipes con la precisión milimétrica que requiere un menester carente de
otro método de medición y cálculo que no sea el de la vista concentrada y el pulso dominado. Los caminos siempre se tornan laberínticos; cuando
no desembocan en callejones sin salida, me llevan de vuelta al punto de inicio. Y las torres... las torres se caen con la más leve brisa.
Cuántas veces seguí el mismo sendero con la ilusión de no caer en la trampa; cuántas recogí las cartas dispersas y las acomodé para restablecer
el orden ascendente; y cuántas veces amortigüé ese destino asumiéndolo como una mera sucesión de tragedias pasajeras; cuántas veces empecé. No lo
recuerdo, perdí la cuenta.
Mis fuerzas menguaron; estoy parado en una bifurcación de la ruta y temo avanzar, equivocarme; estoy frente a los naipes dispersos, desordenados
sobre la mesa; me pregunto si vale la pena recogerlos y apilarlos otra vez. Sí, deben ser muchas las veces que reboté contra el futuro y caí de
espaldas en este presente ambiguo y desolado.
Presente. ¿Futuro?
Pasado. ¿Verdad?
Aquí, presente. Hoy, ahora.
No soporto el presente.
Cintia me mira. Cintia. Desde la puerta intenta espiar esta página. Cree que hablo de ella, y tiene razón; su paranoia me exaspera.
Cintia es mi presente. Clara es mi presente.
El presente me asfixia.
Ergo...
Quisiera terminar el camino antes de que acabe el tiempo; contemplar mi castillo concluido y que aún me resten naipes en el mazo. Quisiera vivir
este presente desde la perspectiva del futuro; vivirlo como un pasado, pararme poco antes del final y desde allí observarme en lo que resta, como
si se tratara de buenos o malos recuerdos, lo mismo da. Pero eso es imposible. Es imposible. Y sin embargo sería tan... seguro.
Es una actitud cobarde, pero serviría para predecir mis ya predecibles movimientos; para evitar la matanza. Porque las voy a matar, lo sé.
Desde que recibí la conciencia me repito que debo actuar con inteligencia; borrón y cuenta nueva. Recomenzar. Perdonar, olvidar: empezar. Pero no
tengo fuerzas, dudo demasiado y sé que cometeré una torpeza. Ocurrirá ahora mismo, o mañana, cuando mañana sea ahora mismo y me empuje otra vez
hacia este presente, a la bifurcación del camino, a la dispersión de los naipes. Voy hacia lo definitivo, y voy mal encaminado.
Cintia me mira con terror. Quizá sospecha, seguramente sospecha; maldita paranoica. No confía en mi repentino silencio. Mi cara es como un
anuncio publicitario en el cual se lee con letras de neón lo sé todo, lo sé todo. Las palabras parpadean en luces violetas y blancas, y se
reflejan en el fondo de la habitación, sobre el ventanal oscuro: lo sé todo, lo sé todo.
Lo sé todo, Cintia, tenés razón. Estás ahí, al otro lado de la mesa, querés confirmar qué tramo, pensás que puedo hacerte daño. Y tenés razón, te
voy a matar; pero cómo hacerte daño, estúpida paranoica. Cómo.
Si yo pudiera, al menos, presentir el final de mi camino; si pudiera establecer el día previo a mi muerte (Dios, mi muerte)... entonces podría
alcanzarlo antes de que mi existencia presente llegue, y desde allí me observaría en detalle. Y si alguna cosa me resultara errónea, entonces
volvería hacia acá, pero esta vez por mi voluntad, y trataría de arreglar el desperfecto. ¿Sería así? Tal vez no; el sólo pararme vigía en mi
futuro podría ser la señal inequívoca de que todo habría ocurrido tal y como lo vería: este presente desolado, vocero de maldiciones, sería
irreversible.
Empezar, otra vez empezar. ¿Vale la pena? Estoy cansado. En mis manos se barajan los naipes, indiferentes a mi voluntad. ¿O son los naipes los
que barajan mis manos? Es el mazo el que me obliga a elevar la torre; es el camino el que arrastra mis pies y me empuja hacia la izquierda, aún
cuando sé que debo ir hacia la derecha, ¡hacia la derecha!
Cintia. Sé que sospechás, sé que sabés.
Es imposible que pueda saltar casilleros, llegar al final para observar el presente. Entonces, ¿por qué veo tu funeral, Cintia? Veo las flores,
las caras inexpresivas; veo el paso lento del cortejo.
Estás muerta, Cintia. Estás muerta. Y estás ahí, intentando adivinar las palabras que dibujo en el papel. Yo podría simular que mi lápiz se cae,
agacharme, permitirte el hueco para que te sumerjas en mi cueva de frases. Y leerías: estás muerta, Cintia. Vos tomarías esa frase como una
amenaza, un peligro latente; la confirmación de tus sospechas. Pero yo no la escribí con esa intención; mis palabras describen certezas. Te vi
morir, Cintia. Vos también te supiste muerta. Yo te maté. Yo te maté.
Lo recuerdo tan claramente, lo veo. Y estás ahí, Cintia. Estás ahí.
Me confundís, Cintia. Vos y tu estúpida paranoia me confunden. Estás en la habitación, espiándome, y también estás en el río, pudriéndote,
sirviéndole de alimento a los gusanos y las moscas. Es un día increíblemente luminoso; hasta las sombras irradian luz. Puedo sentir el tibio sol
que vos ya no podrás sentir. Actué sin planificar coartadas, sin dibujarme una salida: fue un impulso. Y también maté a Clara; aunque a ella no
la recuerdo muerta.
Estoy en el punto exacto donde el camino se divide, me veo con el mazo en mis manos. Otra vez y van... No lo sé. Estoy cansado.
Pero vos no podés entenderlo, ¿no Cintia? Sos incapaz de comprender mi razón. Es mi razón, mi verdad, y no la tuya. Cómo no te das cuenta de algo
tan obvio, Cintia.
Sé que estás aquí, en la habitación, y que sigilosamente te acercás hacia mí. Sos un fantasma, un diablo silencioso. ¡Abrí los ojos, Cintia:
estás muerta!
Todo está en penumbras; yo escribo ensimismado sobre el cuaderno y vos estás a mis espaldas. Puedo verte, Cintia.
Es un recuerdo tan claro, un déjà vu; éste es el instante en que yo giro con el abrecartas en la mano y te lo clavó en el centro del pecho; este
es el momento en que tu cuerpo cae al piso como una bolsa de arena, manchándolo todo de rojo púrpura, de rojo negro. Lo veo todo tan nítido desde
allá; éste es mi presente, Cintia, no el otro, el que desde tu ignorancia me obliga a vivir y a morir según tu razón, con una palabra en el puño,
con la sorpresa de mi imposible futuro, con el mazo en la mano, en el centro del camino: con tu cuchillo perforándome la espalda.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28029-2011-03-29.html
No sé cuándo fue que perdí la capacidad de recordar los sueños, tal vez en mi última juventud, cuando dejé de darles importancia. Desde entonces
despierto sólo con el desencanto de la noche anterior, con un sabor agrio y empastado de cigarrillos fumados con prisa; en el mejor de los casos
con la mente en blanco, perdido en el instante, actuando por inercia hasta después del baño y del café con leche.
Jamás había tenido sueños proféticos ni grandilocuentes: las chicas de mis noches húmedas eran de una belleza común, cotidiana, ni siquiera
parecidas a mi madre como para justificar una visita edípica al psicólogo; las monedas que encontraba en las esquinas eran bien argentas, minga
de oro y perlas, apenas un par de pesos para cigarrillos que se transformaban en lápices de colores, porque ya se sabe que los sueños son así,
primero cigarrillos, después lápices y quién te dice que hasta chicles si eludís el despertador; mis pesadillas también eran de los más comunes,
meras angustias generadas por situaciones absurdas, como aquella en la que me veía nadando en el aire, contra la corriente, impedido de avanzar
un palmo, mientras el mundo se alejaba y se perdía en la distancia.
De algo estoy seguro: las personas que interactuaban conmigo en esos sueños jamás habían tenido rostros ni rasgos tan definidos como éstas que
recuerdo de anoche. Quizá por eso la sorpresa, el sabor amargo que aún perdura, la repetida sensación de augurio.
Esta mañana intenté comentárselo a Sofía, fue mi primer intento de solución; pero ella no le dio importancia a mis palabras, apenas si me oyó
entre el teléfono y las corridas en los pasillos, antes de salir hacia tribunales o hacia un banco de Bragado, creo que dijo. Quisiera que no me
pese tanto, yo sabía que no me oiría; además, no lo hubiera comprendido; creo que ella tampoco sueña; es más, sospecho que no duerme.
Sin embargo, aunque trato de restarle importancia, sé que un diálogo tranquilo con Sofía hubiera servido para exorcizar mi alma, para matar al
perro y terminar con la rabia que ya ganó mi cuerpo, para qué negarlo.
Todo ocurrió aquí, en esta misma calle y fue tan real (tengo que decirlo, me siento obligado a la aclaración, aunque ya se sabe que los sueños se
viven como reales y por eso la impresión que siempre es tristeza: despertar y ver que la chica no está; o que los bolsillos siguen vacíos; o que
no se puede ni siquiera flotar) que hasta sentí el calor de la bala que perforó mi estómago, y el de la sangre que después fluyó por entre mis
manos. Es tan ahora la pesadez de mis ojos resistiéndose a la oscuridad, tan presente mi resignada enumeración de proyectos inconclusos. No había
dolor físico, sólo el martirio de saberme incapaz de revertir la fatalidad; había, sí, un padecimiento más atroz que el corporal, era el que me
provocaba una sombra pesada que se acercaba para vencer la resistencia de mis párpados, para llenar de nada un instante que yo había imaginado y
deseado revelador.
Morí, en mi sueño morí; experimenté el vacío durante un segundo o un siglo, eso no importa, porque allí no había tiempo, únicamente nada; y esa
nada me transportó sin movimiento hacia un lugar que fue el despertar brusco, jadeante y sudoroso de esta mañana; cuando abrí los ojos, angustia
y alivio estaban ahí, conmigo, en el reborde de la cama.
Todo ocurrió en esta misma calle.
En mi sueño, como ahora, caminaba ensimismado, recordando una pesadilla que me había sorprendido en la noche y que me obligaba a volver a la
escena del crimen, porque Sofía nada. Entonces yo mismo me contaba lo ocurrido y me explicaba que en el sueño, como en mi sueño, caminaba
ensimismado, recordando una pesadilla que me había sorprendido en la noche y que me obligaba a volver a la escena del crimen porque Sofía nada. y
así hasta el infinito, muriendo una y otra vez, regresando para tropezar con la misma piedra en un eterno acaecer.
Como ahora, en mi sueño tomaba un cigarrillo y debía cubrirme del viento para encenderlo, así, de la misma manera que enciendo éste; mis gestos y
mis movimientos son iguales, repetidos. Todo sucede en secuencias calcadas, exactas.
Las circunstancias son tan idénticas que puedo anunciar, sin temor a equivocarme, el paso veloz de la ambulancia que en unos segundos quebrará el
silencio infrecuente de esta calle a esta hora, casi las cuatro, como en mi sueño.
Si Sofía me hubiera escuchado, habría escupido (sí, escupido) mis sentimientos en palabras; le habría contado que yo podía verme desde diferentes
ángulos, como si una veintena de cámaras se hubiesen dispuesto estratégicamente sólo para mí, único espectador; y cómo cada una de esas cámaras
se iban apagando hasta recaer en una única imagen que unía todas los perspectivas, desenfocada y absoluta, en el instante en que sonaba el
disparo y una bala candente me perforaba el abdomen. Le habría explicado cómo la imagen de ese rostro, el de mi asesino, se salía de foco por el
esfuerzo al que yo me sometía por mantener los ojos abiertos, por aferrarme a la vida. Si Sofía me hubiese permitido romper uno de los espejos,
la secuencia habría terminado allí, en esa charla de café. Pero ella sólo teléfonos y oficina: la reiteración frustrante de su indiferencia.
Necesito quebrar este castigo de morir, despertar, morir, despertar. Retomo la calle con la misma intención de quien empuja una púa estancada en
el rayón de un disco: busco el salto, la puerta de tiempo que me permita escuchar el resto de la melodía y, esta vez sí, hasta el final.
Quiero modificar el instante pero las circunstancias me dominan; todo, hasta el vuelo rasante de ese gorrión, se repite idéntico. Las mismas
casas, el mismo piso, los mismo árboles de mi sueño pero acá, en esta cuadra. Si hubiera comenzado mi marcha en otra calle de otra ciudad, de
otro país, se habrían repetido las escenas de mi sueño una tras otra, sin olvidos, sin descuidos; todos los actores habrían estado atentos al pie
que les indicaría el ingreso a escena: al timbre que acciona esa anciana y permite la aparición de la gorda de ruleros que abre aquella ventana y
espía y luego cierra los postigos con un golpe seco justo cuando las campanas de la iglesia dan las cuatro. El instante me persigue; esta es la
calle de mi sueño. Todo se corresponde. Aunque quiera retrasarme, la realidad me alcanza en mi demora y ajusta sus tiempos a los tiempos de mi
sueño; sé que pocos metros más adelante aparecerá como de la nada un joven de pelo largo y negro, de ojos grises y mirada lánguida. El me pedirá
fuego para encender un cigarrillo, y mientras yo rebusque en mi campera, apoyará el cañón de un revólver sobre mi abdomen para anunciarme que soy
su víctima. Tendrá manos temblorosas que serán incapaces de impedir la presión al gatillo; me enviará, sin remedio, a una muerte que será
despertar y angustia y jadeo y sudor frío y Sofía enredada con los cables del teléfono, indiferente a mi temor, a mi cárcel de tiempo.
Esta es la calle, la misma calle. Camino los mismos pasos, me detengo en vidrieras que ya vi. Ahí está, no me sorprende; finalmente aparece el
pibe de pelo negro y largo, ojos grises y mirada lánguida; me pide fuego para encender un cigarrillo, me observa introducir las manos en el
bolsillo, y también él oye el eco seco del disparo...
Todas las cámaras se apagan salvo una, desenfocada, que me encuadra, en su agonía, mientras bajo la pistola.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27916-2011-03-21.html
Reconozco los síntomas, muy pronto comenzará el proceso. Al menos puedo aceptarlo, al menos ya sé a qué atenerme y no me aterran las
consecuencias, pues tengo indicios más que suficientes para suponer que la gradación en principio ascendente y que desde hace meses se ha
estancado llegará hoy al apogeo; mi confianza se basa pura y exclusivamente en la fe. En esto, como en la religión o en la existencia, en las
ideas y en la negación de esas ideas, también prima una cuestión de fe; y una actitud por supuesto, una actitud que determina mi esperanza o mi
ahogo frente a esta misma irreversible circunstancia. He aprendido a recibir como una oportunidad de aprendizaje esta situación que en pocas
horas se tornará ingobernable y retomará el proceso de apariencia atroz para los legos: reconozco los síntomas, también el terror que despierta
en los extraños, pues alguna vez yo fui quien se amedrentó frente a ellos.
Si he decidido este encierro, si me he dedicado al estudio de mis males para darles una solución (sé que es posible, en esto también se funda mi
esperanza) y he determinado llevar este diario para que sirva de testigo, único testigo de mis afanes, es porque presiento la utilidad que tendrá
para quienes en el futuro padezcan este mismo... ya no sé si llamarle problema.
Sé que no soy el único, ni el último. Lo sé porque he visto a muchos de mis amigos hundirse y estancarse en el fondo, los he visto en cada una de
las fases, en las solapadas del comienzo, en las estacionarias de la continuidad, en las innegables del apogeo, en las atroces del cenit; los he
visto morir no ya por el dolor del proceso, sino por el inútil rechazo a él. Si hubiese tenido la décima parte de este esbozo de conocimiento que
hoy me permite ensayar conmigo sin temor, si hubiese sabido las palabras que ellos necesitaban oír...
El momento se acerca, y sospecho que se mostrará con algunos minutos de anticipación. Mis manos, mi piel y hasta mi alma alcanzan a reconocer la
cercanía. Es este momento previo el más inquietante, no por la zozobra sino porque, por el contrario, la calma es tan grande que el instante
parece hundirse en una siesta interminable; los sentidos abotagados perciben hasta la más ínfima partícula, el más simulado aroma; una mota de
polvo posándose sobre los muebles es como un meteorito golpeando la superficie lunar, y una gota escapando de las cañerías se oye como el
desprendimiento de un glaciar: la afortunada intervención de este universo normalmente desatendido es el único indicio de que la vida continúa,
de que esa nada aparente es el anuncio, el paso previo, el aroma de tierra húmeda que avisa de las lluvias. Luego sobrevendrá un leve
adormecimiento, algo similar al regazo entre las olas, o los valles entre montañas, un suspenderse tan calmo como el anterior, pero con el
aditamento de que ya no se oye ni se siente nada; sólo es posible una última visión de luces como chispas entre un negro profundo que de pronto
aparece y lo cubre todo, como si ese todo y uno mismo dejásemos de ser, de estar; finalmente desaparecen también las luces y la conciencia se
sumerge en un espacio sin tiempo (casi eterno, pero a la vez tan efímero que sería imposible de mensurar) que, aún sin conocerlo, sospecho
similar al de la muerte. Luego de esa muerte momentánea renace la conciencia acompañada de una angustia profunda y tan extraña que podría
confundírsela con alivio; pero no, no, es angustia, sin dudas se trata de una angustia similar a la que ha experimentado cualquiera al salir de
una pesadilla y todavía no logra asimilar que eso tan terrible que le provocó la agitación y el sudor no fue más que un sueño; horrible, pero
sueño al fin.
Hay la conciencia de que el peligro pasó, hay la idea de que bien pudo tratarse nada más que de un sueño, pero al mismo tiempo la carne
experimenta el miedo que reverbera en el espíritu y mantiene esa vibración durante largos minutos, un miedo irracional, imposible de restañar y
que arraiga su anarquía en la errónea creencia de que la pesadilla no fue esa especie de sueño, sino que es la realidad de la cual jamás se podrá
despertar. Lo otro, a comparación de este sentimiento de miedo solapado, es un juego de chicos, el susto brusco de un tren fantasma. Pero éste,
éste...
La mente que atraviesa estos síntomas es tan compleja y tan débil; si yo pudiese recordar que ese instante no es más que el producto del proceso,
entonces no estaría refiriéndome a él como un... no sé si llamarle problema. El problema, y aquí sí puedo denominarlo de esta forma, radica
precisamente en el olvido, y en la desidia: bien podría dejar anotado en cada rincón de este cuarto una larga y convincente perorata (acaso este
mismo diario) sobre los síntomas, las causas, las consecuencias sin que pudiera darme mayor crédito; me trataría de imbécil, yo mismo, por haber
perdido el tiempo en estudiar y escribir sobre mí, sobre este...
Pero claro, no se trata de una reacción consciente, huelga decirlo; la negritud, la recaída espiritual de cada proceso, es inevitable, de modo
que me veo obligado a guardar este manuscrito en los sitios más disimulados para no toparme con él y obedecer a la tentación de arrojarlo al
fuego.
El temblor perdura, como he dicho, durante horas, y en algunos casos se ha extendido durante todo un día. Pero no se trata de la carne trémula
sino de las consecuencias posteriores. Bien podría soportar una vida de miedo, conozco gente que ha vivido hasta el último día de su vida adulta
atormentada por algún miedo y nadie le ha dicho siquiera cobarde; acaso han sentido pena y hasta enojo con él, pero jamás repulsión, jamás pleno
rechazo como el ocasionado por los síntomas posteriores al temor solapado. Es en estos síntomas sobre los cuales pretendo trabajar, porque con
ellos al fin ausentes es posible la plenitud.
Si logro atravesar el último estadio, si, como sospecho, cuando el último espacio sano de mi alma haya sucumbido a este (no sé si llamarlo)
problema aún sigo con vida para dar el salto crucial hacia la verdad y la realidad, entonces mi esfuerzo no habrá sido en vano y podré dar
noticias de él.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27821-2011-03-14.html
Estaba agotado; se sentó en el banco de una parada de colectivos. Un hombre mayor (de edad avanzada, averiguaría después, aunque no parecía un
anciano), que cargaba un par de bolsas de supermercado, le preguntó si le molestaba que tomara asiento junto a él. Estoy cansado, es la edad, le
dijo el hombre. Manuel no respondió con palabras; se limitó a correrse un poco para dejarle lugar.
Es increíble lo mucho que cansan los años -dijo el viejo-. Yo a su edad caminaba kilómetros en las condiciones más adversas y sin sentirlo. Fui
entrenador del ejército norteamericano destinado a Nicaragua, ¿sabe? Defensa personal. Era muy fuerte, y muy ágil. Y era poeta.
Otro loco, pensó Manuel.
Mi padre también era un gran poeta, y anarquista. De él heredé la sensibilidad para expresarme en las palabras y en la danza. Yo era bailarín de
flamenco, ¿sabe? De chico formé parte de una compañía teatral con la que recorrimos Europa y Norteamérica. En Estados Unidos conocí a mi esposa.
Así que dejé la compañía y me quedé en California. En Europa había conocido a un chino que me enseñó una técnica de defensa personal que él había
inventado mezclando varias artes marciales: el kung fu, el karate, el tae kwon do y otras. El me enseñaba a pelear y yo le escribía poemas para
una chica que quería conquistar; una española más bien fea la pobre, pero al chino le gustaba. Sobre gustos...
¿Usted es poeta? Le preguntó Manuel, dispuesto a escucharlo, acostumbrado como estaba a que los locos como ese viejo se le acercaran a contarle
las historias más extravagantes. Manuel había escrito en muchas de sus novelas fragmentos donde incluía a esos tipos preciosos. Si alguien alguna
vez las leyera, probablemente creería que son las frases más inverosímiles de esas obras; sin embargo son ciertas, las había escuchado y él se
limitaba a transcribirlas según luego las recordaba. ¿Usted es poeta, anarquista, bailarín y fue entrenador del ejército norteamericano? ¿Cómo se
hace para ser anarquista y trabajar para los yanquis?
Es que no me podía negar; aceptaba o me sacaban del país, porque yo estaba ilegal. Ellos conocían mi historia. Yo maté a golpes a un tipo que me
quiso guapear, fue defensa propia. Así que un militar me fue a ver a la comisaría, allá les dicen de otra forma, y me ofreció que instruyera a
los soldados con las técnicas de defensa personal que me había enseñado el chino o me deportaban a la Argentina. Yo quería a mi mujer, además ya
tenía un hijo, así que acepté y me llevaron a un campo de entrenamiento de marines en Houston. Pero a mí no me gustaban nada, yo sabía que se
entrenaban para atacar al gobierno de Nicaragua, por eso les enseñé defensa nomás, pero de ataque nada. Cuando se enteraron de lo que había
hecho, me fueron a buscar. Yo ese día no estaba, había salido a trabajar en un gimnasio donde daba lecciones de flamenco. Mi mujer me llamó por
teléfono para avisarme que no volviera a casa. Me mandó plata que teníamos ahorrada, el pasaporte, y ese mismo día me fui por ruta al Este. Y en
Nueva York me embarqué rumbo a París. Si me quedaba, me fusilaban. A mi mujer la volví a ver recién dos años después. Fueron tiempos muy duros,
en Europa se siente el frío cuando no se tiene dinero. Pero había compatriotas que siempre me daban una mano. Allá conocí a Raúl Castro, en la
casa de Cortázar.
¿Conoció a Raúl Castro en la casa de Cortázar? ¿Conoció a Cortázar?
Claro, un gran tipo Julio. Viví algunas semanas con él. Estaba separado de la primera esposa, así que no tuvo inconvenientes en alojarme por unos
días. Un gran tipo. Y ahí conocí a Raúl, que me ayudó con algunos dólares, y con eso me pude mudar. Gran tipo Julio; después no lo volví a ver
durante mucho tiempo; me lo encontré acá, en Argentina, en Buenos Aires. Me acuerdo que yo iba caminando por la plaza San Martín y oigo que me
gritan ¡Miguel, Miguel! Me doy vuelta y era Julio; estaba con un hombre mayor, ¿sabe quién es el señor, Miguel? Me preguntó. Claro, le dije, es
el maestro Jorge Luis Borges. Yo admiraba muchísimo la obra de Borges y se lo dije. Entonces Borges me agradeció y me pidió permiso para tocarme
la cara, porque estaba ciego, ¿sabe? Varios años después me lo volví a encontrar. ¡Maestro!, le dije. Borges me pasó la mano por la cara y me
reconoció: ¡Miguel! Hubiera querido recitarle alguno de mis poemas, pero no tuve oportunidad. Apareció Kodama y se lo llevó a la otra punta del
salón. Esto que le cuento era en el bar del Sheraton, ¿sabe?
Manuel estaba contento; ni por un instante se le ocurrió reírse de las incongruencias que le contaba el viejo; por el contrario, lo escuchaba
hasta con devoción. Por más mentiroso que fuera, era un tipo que conocía de literatura y de historia lo suficiente como para mentir
convenientemente o para inventarse su propia realidad. ¿Pero, quién era, Manuel, para asegurar tan abiertamente que el viejo mentía o deliraba?
Lo que contaba no tenía manera de ligarse lógicamente con los almanaques y las geografías, pero qué hermoso era creérselo, aunque sea por un
rato.
¿Nunca publicó sus poemas, Miguel?
Usted como se llama, joven.
Manuel.
Mire, Manuel, nunca necesité publicar nada. Mi poesía era para mí y la llevo en mi alma, siempre. Era como la integridad de mi padre, él no
necesitaba gritarlo a los cuatro vientos. Se contentaba con saberse recto. Mi padre fue uno de los primeros sindicalistas de la argentina. Era
anarquista, el viejo. Y odiaba a Perón. Porque lo quiso comprar, pero mi padre era recto. Cuando Perón se adueñó de los sindicatos, el se abrió y
dejó de frecuentar a sus viejos compañeros. Yo no puedo comer en la misma mesa que ustedes, les dijo. Y se alejó de la militancia sindical. Perón
lo buscó para matarlo, pero mi viejo esquivó siempre los intentos de ese hijo de puta. Un gran tipo, mi viejo. Un gran tipo. Y un gran poeta,
también él. Por él me metí con el grupo de flamenco; el viejo quería que me fuera como sea del país. Murió cuando yo estaba en Europa. ¿Su padre
vive, Manuel?
No, él también murió. Lo mataron, lo atropellaron con un auto. Él también era un gran tipo.
Qué pena lo que me cuenta, muchacho.
Un gran tipo, repitió Manuel.
Nota del Autor: Los nombres están modificados, pero lo que aquí se relata el encuentro con el viejo y la historia que me narró realmente sucedió.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27728-2011-03-08.html
Máximo Salvador Guzmán fue, durante mucho tiempo, el único amigo de mi padre. No se entienda con esto que mi padre era una persona huraña, nada
más lejos de la realidad: desde su llegada a la ciudad no había hecho más que ocuparse en sembrar nombres importantes en su agenda; se había
propuesto cimentar una posición social y para lograr su cometido poco a poco se colocó a sí mismo como un nexo inevitable para la relación
interesada entre aquellos nombres. Con esa vana habilidad se rodeó de personajes influyentes... pero en realidad -y no lo supo admitir sino hasta
aquel último día en que vio a su amigo Máximo-, había estado siempre solo, agitándose en aguas de una existencia vacía.
Máximo también recayó en la ciudad, pero él no perdió su simpleza esencial; nunca se ofendió por los desplantes de mi padre: no poseyó el orgullo
o la pedantería necesaria para crearse tales ofensas. Habían sido amigos desde la infancia pueblerina, pero en la ciudad, y durante los años de
mayor frenesí, coincidían muy poco.
Se vieron por última vez, al menos en mi presencia, una mañana de hace más de cincuenta años. Mi padre se acicalaba frente al espejo del
vestidor; una junta de ya no recuerdo qué comité de acción benéfica lo había nombrado su presidente. El traje de corte se ajustaba perfecto a su
talle, los zapatos relucían y el aroma de su perfume, suave e imponente, logrado tras largas noches de alquimia cosmética, era el único posible
para esa hora, para ese lugar, para esa persona. El bigote cuidadosamente recortado, el cabello amoldado a su cráneo simétrico, la camisa blanca,
muy blanca y muy planchada y muy almidonada; la corbata adecuada; los justos gemelos: si hubiera debido elegirse un modelo de hombre para que en
otros mundos apreciaran el arquetipo humano, nadie habría sido más preciso y necesario que mi padre aquella mañana.
Mientras mi padre se disponía a repasar el texto de su discurso, yo, aburrido, extravié mis sentidos en las últimas golondrinas que revoloteaban
sobre los abetos del jardín. Me asomé a la ventana tratando de continuar la trayectoria de una de las aves, mantuve su ruta vertiginosa hasta que
descendió bruscamente hacia el sendero cubierto de ocres y amarillos; luego, el ave ascendió con la misma velocidad con la cual se había
arrojado, pero no pude seguirla, pues mis ojos habían chocado con la mirada de una silueta repentina; quedé aturdido, como si ese choque se
hubiera producido entre dos cuerpos tangibles; mis rodillas flaquearon; sólo volvió el color a mi rostro cuando descubrí que aquellos ojos
inmutables eran los de Máximo.
Le anuncié su llegada a mi padre; no supe reconocer en su respuesta alegría o fastidio por la visita -las palabras nunca habían sido garantía
para interpretar la emoción que existía entre ellos-, sin embargo noté un leve brillo en su mirada que se me antojó el detalle que había estado
faltando para su pulcra perfección.
Máximo ingresó a la habitación sonriendo; me abrazó, me besó, y me pellizcó dolorosamente los cachetes mientras me despeinaba con sus manos
rugosas. Luego de abrazar a mi padre, extrajo de su chaqueta el mejor obsequio que recibí en toda mi vida: una pluma con cuchara de plata que -me
dijo- era una artesanía celestial elaborada con la pluma del ala de un ángel.
La belleza de la pluma era inobjetable, pero me molestó que me creyera todavía tan inocente como para que me tragara un cuento semejante.
Recuerdo que el aroma como de frituras dulce que impregnaba las ropas de Máximo despertó en mí un apetito inusitado para esa hora de la mañana.
Con alguna excusa que se perdió en mitad de camino, pues ninguno de los dos me escuchaba, me retiré dispuesto a repetir el desayuno; al volverme
para cerrar la puerta, Máximo enfrentaba a mi padre con palabras que desoí; le entregaba un sobre azul con lacre morado; mi padre parecía
derrumbarse; aquella imagen me impresionó desagradablemente; dejé la puerta abierta y bajé las escaleras sintiendo un cosquilleo que me nacía en
la boca del estómago y desembocaba en la punta de la nariz; llegué a la cocina por inercia y tomé un pan por el reflejo del apetito ya ausente.
Me pesaban los pies, pero igualmente subí, atraído por la curiosidad o por vaya a saber qué impulso. Entré sin golpear, simulé un carraspeo; al
verme, Máximo dejó de hablar y se retiró cabizbajo hacia la ventana; mi padre, en un gesto que yo desconocía, apretó fuertemente los maxilares y
cerró los ojos; los músculos de su rostro se tensaron; aflojó su corbata y se dejó caer sobre el sillón con una carta y el sobre azul entre las
manos. Me miró y ocultó la carta en un bolsillo.
Presentí un secreto obsceno.
Máximo apoyó una mano sobre el hombro de mi padre y me hizo una seña para ordenarme que me retirara; consternado, di media vuelta y salí de la
habitación. Casi a mitad del pasillo, curioso y preocupado, volví la mirada; fue entonces cuando vi a mi padre llorando desconsolado frente al
impasible Máximo Salvador Guzmán.
Sentí una enorme tristeza: mi padre había sido, al fin y al acabo, un ser humano vulnerable. Atribuí su desmoronamiento a una ofensa de Máximo;
tomé la pluma que éste me había obsequiado y la arrojé con furia por la ventana.
Desde entonces, mi padre jamás volvió a ser el mismo: olvidó por completo las vanidades sociales y se dedicó realmente a vivir su vida, pero
nunca más habló de Máximo ni de la mañana en que lo habíamos visto por última vez.
Crecí con la certeza de que Máximo, de alguna manera, nos había traicionado y por eso lo detesté aunque, paradójicamente, esa traición hubiese
operado favorablemente en el espíritu de mi padre.
Treinta años después, ya en su lecho de muerte, mi padre me confesó que nada deseaba más ese día que rencontrarse con su viejo amigo. Yo mal
interpreté sus palabras como un ruego, una última voluntad, y me aboqué infructuosamente a la búsqueda de Máximo: no hallé noticias de él ni en
la ciudad ni en el pueblo. Cerré los ojos de mi padre con la angustia de no haber podido satisfacer su último deseo. Era de madrugada; el
hospital estaba desierto; mis primos, que me habían acompañado hasta poco antes; se habían retirado para organizar el funeral. En la habitación,
sólo el cuerpo de mi padre, y el mío, con el alma ausente, incapaz de soltar una lágrima que drenara el dolor.
Inaudible, una sombra traspuso la puerta y caminó hacia el lecho de mi padre; en la poca luz pude reconocer a Máximo; su rostro era puro: pensé
que la corrupción del tiempo y la vida, que hacen estragos en todos los rostros, había sido ineficaz con el suyo; me miró compasivamente, pero en
sus ojos no había tristeza; no moduló palabra; acarició la cabellera de mi padre y luego sonrió. En aquel momento no supe por qué, pero esa
sonrisa, que en otras circunstancias hubiera considerado inoportuna y ofensiva, me quitó parte del dolor.
Lentamente, Máximo extrajo de su chaqueta aquella pluma con cuchara de plata que me había deslumbrado en mi niñez, y me la regresó; era tal como
la recordaba: me alegró comprobar que las memorias infantiles no son meras ilusiones favorecidas por nostalgias de perfecta ingenuidad.
Con el mismo silencio con el que había llegado, Máximo se marchó, y aunque su presencia había anestesiado mi duelo, no fue hasta un mes después
del funeral que tuve el valor para ingresar al cuarto de mi padre. No podía postergarlo más; debía acomodar sus cosas, sus papeles y entonces sí,
sepultarlo para siempre. Traspuse la puerta con gran expectativa: sobre el escritorio, libros y hojas sueltas y más libros; el cajón superior del
escritorio era un recinto de recuerdos: había fotos de mi madre, había infinidad de cartas sujetas con cintas de colores... y al final de la pila
de papeles, en el fondo del cajón, el sobre azul de lacre morado que Máximo le había entregado aquella mañana. Lo abrí sin remordimientos, sin
esa sensación de invasión que hubiera sentido con mi padre en vida (todo es tan relativo, hasta la vida misma); la carta, fechada treinta años
atrás, era de un ignoto funcionario brasileño que informaba del lamentable accidente que había provocado la muerte de Máximo Salvador Guzmán en
el Estado de Minas Gerais, Brasil; como mi padre era el "único allegado conocido del señor Guzmán", le rogaban que tomara los recaudos
pertinentes para la inhumación del cadáver o su repatriación inmediata.
Desconozco cuál fue la decisión que tomó mi padre; desconozco dónde descansa el cuerpo de Máximo; sólo sé que están juntos en algún lugar del
Cielo: la maravillosa pluma blanca de cuchara plateada, con la cual escribí esta historia, es una evidencia irrefutable.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27611-2011-02-28.html
Como si las hojas no fueran a caer alguna vez, como si el viento no se detuviera jamás, como si el agua fuese siempre el mismo flujo sobre el
cual navegan los barcos, como si los peces jamás perecieran, como si nosotros fuéramos nosotros desde siempre y para siempre. Es un instante, lo
que tardan los párpados en lubricar los ojos; es sólo un instante y sin embargo nos deja durante largo rato ese gustito a eternidad. No hubo
Cristos ni emperadores romanos, no hubo conquistas ni matanzas, no hubo una bomba en Hiroshima, no hubo los campos de concentración, ni allá ni
acá, no hubo las rebeliones ni el naufragio del Titanic, no hubo un hombre saltando como payaso sobre el polvo de la Luna, no hubo la bandera
yanqui reclamándola en propiedad; no hubo el fusilamiento de Ernesto porque tampoco hubo Ernesto, ni el asesinato de Lennon porque Lennon nunca
fue, y no hubo los barcos de obligados inmigrantes ni las epidemias ni las inundaciones. Nada hubo antes que ese instante, ni nada pudo haber
después de él. Porque ese instante era todo, era el universo, la eternidad. Y duró lo que tarda un párpado en cerrarse. Fue nada. Y sin
embargo...
Fue un instante, fue mi instante; en medio de la ciudad, rodeado de gente, pero nadie más que vos y yo estábamos ahí. Yo, en mi instante; vos,
porque ausente, estabas en mi mente. Y en mi mente era todo: el tiempo, el universo, la eternidad y también yo y por eso vos... El círculo; o la
esfera para este plano de realidad tridimensional. La forma perfecta de la naturaleza: la esfera. Mi burbuja. Y yo dentro de ella tan débil, tan
parecida a una torre de cristal y sin embargo tan distinta, al ras del suelo, siempre a punto de estallar. Mi burbuja, la burbuja de mi instante,
ahí donde el mundo fue perfecto porque era yo el mundo. Y no lo creí perfecto porque yo me creyera perfecto, entendeme. Soy la imperfección en
pinta. Pero era mi mundo y era perfecto para mí. Perfecto y efímero, un instante con sabor a eternidad. Y estabas ahí, creeme. Vos estabas ahí.
Esa fracción de nada hubiese sido una buena razón para morir. Morir por ella. Por alcanzarla, retenerla. Pero la tuve sin esfuerzo (es un decir,
me costó treinta y pico de años de mi vida) y se fue antes de que pudiera hacer nada por aferrarla. Esa fracción, esa nada donde vos también eras
siempre. Siempre conmigo, en mí.
Se fue, duró nada, lo que necesita un párpado para descargar su latigazo de agua y sal. Duró nada y de pronto me quedé otra vez vacío, sin
razones para morir. Vivo también sin razones, pero ya no intento explicarme la vida; ya sé que es un absurdo. Vivo, aquí estoy. Respiro y me
desangro. Bebo y me enamoro. Duermo y envejezco. Odio y luego ceno. Tengo dinero y lo gasto. Mis bolsillos están vacíos y lo mismo vivo. Con un
libro más o menos, con una ropa nueva o los pantalones desgastados, bajo techo en mitad del campo con las estrellas sobre mí. Lo mismo vivo. Y
dejo que la vida transcurra, y así dejo que un día la muerte llegue. Voy a morir. Mi sangre dejará de correr, mi corazón dejará de agitarse, mi
mente se apagará como las luces de un estadio, chas, columna 1, chas, la dos, chas chas, las dos que faltaban. Y será la oscuridad, la nada, la
absoluta nada; el instante previo también: un segundo para pensar que todo, todo, todo fue en vano: samsara, velo de maya, la ilusión y para eso
uno respiró se desangró bebió y se enamoró durmió y envejeció odió y luego cenó. Todo para nada. Las luces se apagarán y todo será nada. Habré
muerto y sin una puta razón para morir. Será el destino, Dios, la naturaleza que todo limita y todo destruye, porque necesita crear y para crear
debe antes destruir, serán ellos los que digan "estás muerto, ha llegado tu hora", serán ellos y yo moriré sin haber alcanzado en vida una buena
razón para morir. Serán ellos mi última humillación.
Razones para morir.
Leo a Kundera en La vida está en otra parte: "...Le fastidiaba la pequeñez que hacía de la vida una semivida y de las personas semipersonas.
Quería poner su vida sobre la balanza en cuyo otro platillo está la muerte. Quería que cada uno de sus actos, que cada uno de sus días, que cada
hora y cada segundo fueran capaces de dar su talla frente a la medida máxima que es la muerte".
Razones para morir.
Somos enfermos de una atávica pureza (no somos puros, sólo aspiramos a reconstruirnos en ella); somos los que caemos con cada golpe de la
realidad y volvemos a levantarnos fingiendo que el golpe no nos ha dolido, o que nos ha dolido diez veces más; somos los que juzgamos el amor por
su carga potencial de dolor; somos los parias, los que ocultamos que preferiríamos leer y escribir a tener que estar charlando acá con vos de
fútbol; somos los que tan fácil lloran aunque los ojos desde hace años estén secos; somos los que, queriendo cambiar el mundo, vemos morir
nuestras fuerzas, nuestras ganas, nuestros mundos; somos los que leemos: "el futuro, esa distancia" y los que luego anotamos: el futuro, esa
distancia que recorremos sin conciencia hasta que un buen día nos damos cuenta de que ya está aquí, o lo que es peor, quedó irremisiblemente
atrás, y nos decimos: cuál ha sido, entonces, mi destino; somos los que nos negamos a morir hasta tanto no hayamos encontrado una buena razón.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27529-2011-02-22.html
Es el ánimo, viejo. Como un lampazo abandonado en el rincón, humedecido por un resto de agua sucia en el balde de chapa abollado. O es el día, de
llovizna fina, casi invisible si no fuese por los reflectores de la avenida, que tiñen el cielo de un color amarillo espeso, terroso, a
contramano de toda lógica física y cromática. O es el tiempo, que transcurre sin esfuerzos, que se ríe de los nuestros. No, no sé por qué esta
manía de pluralizar los efectos de unas circunstancias que sólo a mí parecen afectar. Allá, afuera, en el aire, en la libertad simulada; allá
donde los barrotes son tan sutiles pero nada piadosos; allá donde uno cree que nada termina y es inmenso y sin embargo hay límites en cada final
de calle, cada comienzo de barrio, cada continuidad de los espacios; allá donde me figuro que deben de correr los vientos que traen tu aroma, tu
presencia que me esfuerzo por imaginar acá; allá es donde quiero y no quiero estar. Allá es el desamparo de esa lluvia esta noche; acá son estas
palabras; allá es el fresco de un enero hasta ayer sofocante, acá es el libro que leía y esta música que escucho; allá son rostros anónimos,
sonidos informes, acá es Dostoievski ayer, Kundera hoy, y el bandoneón de Piazzolla desmintiendo el azar.
Es el ánimo viejo, y la angustia por haber creído perdido el fueguito, el motor que me movía a escribir y de repente ¡zás! acá conmigo apenas
empecé a llenar de palabras la página; y esta otra angustia, la de haber empezado por vos, la de andar rumbeando para lados que ya se recorrieron
antes y mejor, la de haber querido esa historia virgen para poder decir sin culpas, en el primer párrafo de la historia: ¿Encontraría a la maga?
¿Por qué el potencial? ¿Por qué no mejor: encontraré a la maga? Sutilezas, astucias en la narración de un pasado que se pretende desconocido y
por venir. Está claro que yo no soy Cortázar ni estas páginas Rayuela. Está claro que tal vez ni siquiera sean novela, o cuento, o nada, andá a
saber en qué terminan, dónde terminan.
Es el ánimo, viejo, de un cuerpo joven y un alma como escarcha en pleno verano.
¿Cómo es explicar los desniveles? ¿Cómo decir que ayer una sonrisa y hoy un desconsuelo? ¿Cómo sostener la exposición si mañana de seguro andará
de nuevo esa mueca que hoy me parece imposible? No he llorado, ni pienso hacerlo; sin embargo, siento en los ojos la resaca de las lágrimas.
Quisiera decir que es por vos; pero no, lo siento, es por mí. Es en este tipo de sentimientos en los que cuesta reconocer el egoísmo.
No me pesa la muerte prematura, no me acongoja el pensar que tanto, tanto te quedaba por vivir. No, sólo pienso en mí, en esta soledad sin
remedio; porque eras vos el único elixir que la anulaba, la hacía impensable otra vez en mi vida.
Claro que voy a sonreír; claro que pasará la tormenta y otro cuerpo se enredará en mis manos; claro, pero ahora, hoy. Claro, los duelos. ¿Tan
seguro estoy de todo esto" Sí, lo estoy, porque si algo aprendí de la vida es que todo pasa, como la vida. Y esto también pasará, antes, durante
o después de la vida.
"Manuel" decís, oigo tu voz.
"Qué" respondo mecánicamente, absorto en la página, en las manos, en las teclas: las palabras.
"Manuel" repetís, y no hay más urgencia que antes en tu reclamo, como si hubieses pronunciado el llamado por primera vez.
"¡Qué!" respondo irritado, ya sabés cuánto me molesta que me arranquen de aquél otro país. Y giro para encararme pendenciero con tu mirada
ambarina.
Una caricia de aire se escurre entre mis cabellos, tu figura intermitente e indecisa, una brisa apenas perceptible cruzando mis ojos; y de pronto
nada, tu ausencia, la conciencia de que mi país, el de las palabras, las ideas, los lamentos y los sueños es tan, tan similar a ese de allá, este
de acá donde se asientan sobre sólidas estructuras los anaqueles de las bibliotecas, las tablas de los escritorios, los respaldos de las sillas,
las huellas de tus pasos.
Es que allá, acá, están las bibliotecas, los escritorios, las sillas y las huellas; pero no tus pasos, y mucho menos vos, ni tu aroma, ni tus
dedos como suaves varillitas enroscándose en mi pelo. No, no estás, ni yo tampoco. Yo no soy, no puedo ser ese lampazo húmedo y sucio, esa
escarcha en el verano. No, ése no soy yo. Es el ánimo, viejo. No soy yo.
Qué bueno sería una lágrima ahora. De pronto recuerdo aquél bar en el que actuaba la banda de Jazz de Oscar Mazerath, aquél al que sólo se iba a
picar cebollas.
Qué bueno sería.
Salgamos (no sé por qué pluralizo). Mejor salgo de acá antes de que las ideas se confundan y las causas se magnifiquen. Mejores tristezas hubo en
el mundo, mejores almas sangrantes; lo mío es tan egoísta, tan espantosamente egoísta. Mejor salgo de aquí; si he de morir, no será por mí.
Mejores razones hay para morir, aunque me cueste detallar una lista de una.
"Manuel" volvés a llamar, tan suavemente como la primera vez.
"¡Basta!" grito; y salgo, dando un portazo, a la calle de una ciudad que me es conocida y hostil.
Garúa; es de la clase de lluvia que ni siquiera sirve para mojar, decimos, y al rato empezamos a estornudar; la ropa húmeda y fría y uno sin
saber cómo, en qué momento, aunque, claro, sí por qué. Enciendo un cigarrillo que (me tienta decir que sabe a pañuelo de plomero, pero esto ya lo
dijo Chandler) me seca el paladar y arrastra desde adentro un sabor acre y pringoso, persistente. Lo mantengo encendido, entre los dedos, pero no
volveré a pitarlo. Más tarde me asqueará sentir en mis manos el aroma de este sabor desagradable.
Hace poco que ha oscurecido y, sin embargo, descubro al mirar mi reloj que han pasado de las diez. Los bares están desiertos y las heladerías
cerradas. Es esta lluvia, este lado de las cosas, el ánimo, la estopa del lampazo, qué sé yo. Es lo que es, la calle vacía, algún auto cerrando
el cuadro en mitad del horizonte. Ni el ladrido de los perros, ni la alarma de algún auto caído en desgracia, ni la charla descuidada de las
viejas chusmas que hay en todas la cuadras. Nada, sólo yo, la lluvia, el cigarrillo desabrido y el chasquido de mis pasos sobre los charcos de la
vereda. Es cemento, no dejo rastros. Sólo tus pasos dejaban huellas. Sin embargo yo acá, y vos dónde. Yo acá. Yo. Nada más. Nadie más.
"¡Aaatchíis! "(¿Cómo, en qué momento?)
"Salud" me decís.
No te respondo, en el fondo me molesta que insistas en hablarme cuando está tan claro que ya no sos; que tus huellas ahí y ya no sos.
"¡Aaatchíis!
"Salud"insistís.
"Por qué no te vas un poco al carajo"te digo, entre dientes, justo al paso de una señora y su perro de revista Caras (aunque éste no se asusta ni
se escandaliza).
"¡Guarango!"dice la vieja.
No le doy mayor importancia y sigo mi camino. Tal vez algún día lamente mi comportamiento: la mujer es la dueña del almacén donde ya no espero
que me fíen.
Es el ánimo, viejo, me digo.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27150-2011-01-26.html
Detuvo bruscamente el giro, miró el tronco de la parra que crecía hacia el fondo del patio; el gris de la corteza salía constantemente de su
lugar, iba hacia la derecha, siempre iba hacia la derecha en un desplazarse eterno de apenas centímetros, llegando y volviendo a partir sin que
por eso él pudiera advertir el corte y el recomienzo; sintió un cosquilleo en el entrecejo, trastabilló y cayó al piso. Apenas el mareo comenzaba
a disiparse, se echó a reír.
"Dejá de hacer eso" le dijo su madre, que lo observaba desde la ventana de la cocina; "te vas a lastimar".
El se paró y volvió girar con los brazos extendidos, como un molinete, cada vez más rápido, más rápido, los ojos abiertos, las paredes
desencajadas, el mundo desencajado y en movimiento, una gran mancha de colores que iba cambiando de intensidad, perdían fuerza los tonos más
fuertes, los blancos se acentuaban, la mente alerta al giro y, también ahora, a la madre que lo observaba, que estaba allí aunque estuviese
perdida en algún lugar detrás de la mancha en movimiento; era el mismo juego, pero ya no era divertido, no rió al caer de espaldas, al ver el
techo girando como antes él, al sentir la mano que lo tomaba del brazo y lo levantaba bruscamente, lo arrastraba hacia el cuarto, lo arrojaba
sobre la cama.
"¡Te dije que no volvieras a hacer eso!" gritó su madre antes de cerrar la puerta con furia.
Cuando estuvo seguro de que su madre ya había regresado a la cocina, al otro lado del patio, se asomó a la ventana y observó la parra gris, el
rectángulo de tierra donde crecían dos malvones y una planta de hojas grandes y brillantes que ahora estaban algo marchitas y de la que
desconocía el nombre, la pistola de plástico y la pelota que había dejado contra la pared, la columna blanca que sostenía el techo de chapas de
la galería, un caracol que avanzaba lento hacia la zona más húmeda dejando tras de sí una leve estela plateada, la escalera que llevaba a la
terraza; en el cuarto hacía frío; el vidrio estaba frío; el parquet estaba frío; y sus manos, sus manos, sus manos; sus manos estaban frías
también. En pocos minutos más comenzaría a ocultarse el sol. Apenas un haz amarillo se dibujaba sobre la pared medianera, detrás de la escalera.
Pensó que le gustaría jugar al sol, en la terraza, pararse en la claraboya y observar, como un vigía en la torre de un fuerte, el enjambre de
antenas y cables y copas de árboles que se extendían hasta dónde daban sus ojos. Las copas más altas eran la de los pinos del cementerio. ¿Por
qué nunca le habían permitido entrar a ese cementerio? Había ido a esos otros que estaban en las afuera de la ciudad, donde estaban enterrados
sus abuelos y los abuelos de sus padres, los viejos tíos, y los primos lejanos, donde el silencio crepitante acentuaba el canto de las aves y los
yuyos crecían en las rajaduras de las tumbas más viejas, donde un musgo verde cubría las lozas de los nichos solitarios del sector de los judíos,
al que se colaba siempre por entre unas rejas de la puerta que lo separaba del sector cristiano. En esa casona del fondo, le habían dicho alguna
vez, le cortan el pelo y las uñas a los muertos; las uñas y el pelo de los muertos siguen creciendo durante mucho tiempo, y en esa casona del
fondo era donde se los cortaban; y él pensaba, trataba de comprender, qué necesidad había de acicalar a un muerto; claro que por entonces no
utilizaba palabras como acicalar, ni tampoco sabía que el semiderruido cementerio de los judíos era en verdad el sitio donde iban a parar las
pupilas de los quilombos de Pichincha, los macró polacos; las fotos se iban poniendo amarilla en los bordes y blancas en el centro, en el rostro,
los cristales rotos, las tapas rotas, las baldosas rotas, el silencio roto por el canto de las aves. ¿Por qué en los cementerios había ese tipo
de aves que en los árboles de la ciudad no? En la cuadra de su casa había gorriones, muchos gorriones que parecían renacer cada vez que caía el
sol, como ahora, que los oía desde el cuarto. ¿En todos los cementerios del mundo habría pájaros que en la ciudad no? Cómo saberlo, sólo conocía
uno, y ése uno bien podía ser la excepción de toda regla. Y aquél otro, el de los pinos altos que veía desde la terraza, era un sitio prohibido.
¿Por qué? ¿Por qué? En la vereda de ese cementerio, cuya entrada principal daba al bulevar, aprendió a andar en bicicleta. Cada vez que pasaba
por el gran portal enrejado, furtivo y fascinado espiaba hacia ese mundo, hacia esa gran plaza verde enclavada en el centro de la ciudad, un gran
espacio con palomas blancas y bancos blancos y estatuas blancas, y casitas también blancas, todo era blanco allí adentro, hasta el tronco de los
pinos. ¿Por qué? ¿Por qué no podía subir los cuatro escalones que daban al portal? ¿Por qué no podía investigar en el cementerio? ¿Por qué le
impedían ver la foto de los muertos, leer sus nombres, respirar sus muertes, oír a las aves que cantaban allí? ¿Por qué su madre a veces lo veía
jugar sin interrumpirlo, sin sacarlo bruscamente de su ensueño arrastrándolo al cuarto, arrojándolo a la cama, y otras le recriminaba hasta que
hiciese ruido al respirar? ¿Por qué justo esa tarde, con ese frío, con esas ganas de sol, lo encerraban en el cuarto y allá arriba las antenas,
las copas de los árboles, y allá a un par de cuadras el cementerio, los pinos, las casitas blancas, las aves cantando? Tuvo ganas de golpear el
vidrio hasta quebrarlo en mil pedazos. Pero no lo hizo. No se atrevió. Quizás temió la reacción de su madre; quizá el hacerse daño con las
astillas. No lo hizo y una vez más se resignó a esperar la noche recostado en la cama, mirando el cielo raso, pensando que la vida, su vida, no
era justa, que afuera había otro mundo del cual él no participaba, que en unas horas llegaría su padre, cenarían y luego se irían a dormir, y un
día más habría pasado, y él sin terraza, sin antenas, sin la copa de los árboles, un día desperdiciado porque a su madre se le había antojado
levantarse de mal humor, sin el cementerio de troncos blancos y aves desconocidas.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27125-2011-01-24.html
Algunas tardes regreso a la calle donde te vi por primera vez. ¿Por qué? -preguntarás; si estás ahí, allí, aquí, siempre conmigo. Qué busco en
esa calle ahora que, sé, no estarás; qué busco inventándome nuevas razones para la melancolía. No lo sé, Clara. Tal vez se trate precisamente de
eso, de encontrarle un motivo (ya no me agrada la palabra razones) a este sentimiento que se ha estancado en mi alma. Te veo cada día y sin
embargo prefiero buscarte en sitios donde no estarás: prefiero extrañarte. Las contradicciones hace rato que no me espantan. Estoy lleno de
preguntas, de dudas, de angustias y de miserias. Pero no me aterra saberme así. Lo acepto, es lo que soy. Y algunas tardes, ya lo he dicho, me
agrado.
Hoy, por ejemplo, llegué a la calle después del atardecer. Las mesas del bar estaban ocupadas por estudiantes que demoraban el regreso a casa. No
era tu hora. No quería encontrarte. Incluso me preocupaba que estuviese alguno de nuestros conocidos en común. Por suerte a nadie reconocí y
nadie me reconoció. Me senté a una mesa apartada del ventanal, y allí me dispuse a recordarte. Ni siquiera es amor, Clara, lo que me llevó hasta
el bar. Es una necesidad de pureza, de justificar la melancolía. Estar solo sin que nadie exija mi palabra ni que me moleste con las suyas.
A veces logro desligarme de uno u otro mundo: El mío, que pienso y vivo, y el del otro, que escribe y actúa. No es una unificación. Simplemente
soy uno de los dos. El problema, Clara (y es lo que podría llevarte a creer que sí se trata de una unificación), es que no sé cuál de los dos es
el que está. Uno y otro, de tan acostumbrados a la convivencia, han adoptado rasgos y tics propios del otro. De modo que si uno vive, el otro
también parece hacerlo; y si el otro escribe, el uno también lo intenta. Estas palabras, Clara, aunque se presenten con las formas del pasado,
como descripción de un acto ya hecho (lo cual da esa sensación de seguridad en el devenir: es uno observando lo ocurrido desde un palco
privilegiado, un mangrullo más allá de la costa) en realidad relatan lo estoy viviendo ahora. Es ahora que estoy solo sin saber cuál de los dos
soy. No importa, él y yo coincidimos en algo más que en los tics que nos contagiamos: el amor no está presente.
Volvamos al otro tiempo: nos sentimos más tranquilos en el pasado (que no te confunda el plural).
Quedaban en la mesa los restos de la consumición anterior: dos tazas de café (una manchada con rouge) y un plato blanco de loza con tres masitas
de limón. Me hubiese gustado oír la conversación de esos dos; los imaginaba dos chicos enamorados. ¿De qué hablan en un bar dos que creen amarse?
No quiero recordar mis experiencias porque no son los ejemplos más claros (o porque sencillamente no quiero recordarlas). Un mozo se acercó con
paso arrastrado; no lo reconocí a él tampoco, debía de ser un nuevo empleado (lo único conocido eran las paredes, las sillas, las tazas, y en el
fondo, muy en el fondo, esto me preocupó: me otorgó una leve conciencia de la fugacidad de nuestro paso, de nuestro mundo, de nuestro tiempo, de
nuestro movimiento encapsulado en un calidoscopio donde las formas cambian pero es siempre lo mismo). Le pedí café y dos medialunas. El mozo se
alejó hacia la barra arrastrando el mismo desgano. Me recordó al Polaco, tal vez por eso no me molestó la desidia. Al contrario: cómo podría
molestarme con quien muestra con tal claridad en su rostro la infelicidad. La aparición del mozo me había sacado del ensimismamiento, de modo que
me dispuse a observar mi entorno.
A estas alturas, Clara, ya no necesitaba tu recuerdo. Observé en especial a una pareja de chicos que se besaba dos mesas más allá; junto a ellos,
en otra mesa, una mujer madura se sonrojaba. Estaba escandalizada, miraba hacia la calle resoplando cada vez más acalorada; por un momento temí
que la cara le fuera a estallar y que la cabeza se le desprendiera del cuello. Era divertido verlos. No había palabras, no había otro diálogo
entre los chicos que el de los besos.
Pero a la mujer no le gustaban las palabras de ese idioma, tal vez le escandalizara no tanto el afecto sensual desinhibido de los chicos como la
ausencia de caricias que aquella abundancia ajena le enrostraba. La señora llamó al mozo y le pidió que amonestara a los jóvenes.
El mozo miró hacia la mesa de los chicos, que seguían en su propio mundo, sin enterarse de lo que ocurría a escasos metros, y luego a la señora;
lo vi sonreír, juro que lo vi sonreír, Clara. Entonces hizo un gesto con la cabeza, señalando el fondo del bar.
"Siéntese en aquella mesa, señora, desde allá no los va a ver".
La mujer pasó del rojo al violeta y, cosa que aún me resulta increíble, en lugar de salir del bar insultando al mozo y a los chicos,
condenándoles a todos los fuegos del infierno, obedeció y se sentó a la mesa del fondo.
Me sentí eufórico, nos sentimos eufóricos, Clara, y necesitamos encontrarte antes que extrañarte. Besarte aunque no sea en nuestro bar.
Pagué mi café y salí; le dejé al mozo 20 pesos de propina.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27027-2011-01-17.html
Simetría opuesta
La simetría era inversamente perfecta: mientras él la miraba, ella se concentraba en la lectura. Cuando ella notó su presencia, él ya estaba
pidiendo la cuenta para mandarse a mudar.
Milanesas con papas fritas, había almorzado él. Ella, un tecito con limón. La Náusea, leía él. Los caminos del encuentro, devoraba ella.
Sin dudas, las distancias eran infranqueables, pero por una de esas cosas que suceden cuando las simetrías son inversamente perfectas, una tarde
se toparon en la puerta del bar mientras él salía y ella entraba.
Nunca mejor utilizada la expresión, (me refiero a topar) porque, literalmente, fue lo que ocurrió. Con el choque volaron varios papeles de ella
hacia la calle y un libro de él, ya bastante maltrecho, fue a caer en la sopa de fideos que engullía una señora macilenta y entrada en años, una
de esas mujeres que siempre se creen obligadas a informar sobre su estado civil y la entereza de su himen (¡Se ño ri ta!).
Cualquiera podría imaginar un coro de puteadas, pero en realidad a él la situación le provocó una gracia espantosa y se echó a reír como un
forajido... mientras ella secaba sus lágrimas con la única hoja que había logrado salvar de la catástrofe. Todo esto ante la indignada señorita
de los fideos, que sí puteaba como una rea.
El se sintió un poco culpable por la risa frente al llanto... ella se decía que era una estúpida, por llorar.
Se disculparon mutuamente: los dos se atribuían la responsabilidad del accidente.
Se miraron... Como él tenía tiempo y ella estaba apurada, coincidieron en citarse a una hora que fijaron en el momento.
Ella, que entraba, se fue; él se quedó y pidió un café.
A las siete de la tarde, él todavía se preguntaba si valía la pena, si realmente valía la pena; ella esperaba. Cuando él por fin se decidió, ella
salía del bar en busca de un taxi. Le gritó, y claro, ella no lo oyó.
Pero como, increíblemente y gracias a la providencia, los taxis libres no abundaban ese día, él pudo alcanzarla. No sabía su nombre, de manera
que reflexionaba sobre la forma más amable de llamar su atención: tocarle el hombro con el índice le parecía desagradable, el adjetivo "flaca"
era bastante vulgar y quizá la hubiera ofendido, porque ella era más bien entradita en kilos... Nunca tan bienvenido el gallo que se le atragantó
y lo forzó al involuntario jra jram jhuas... sput. Ella, asqueda, volteó para mirar de reojo al maleducado y...
Hablaron de libros y de cine (él de libros, ella de cine; al mismo tiempo). El la invitó a caminar, pero ella prefería un taxi (y él que no tenía
un mango).
Terminaron en un hotel.
El ya se estaba durmiendo, pero ella... ella quería más.
Quedaron en que él la llamaría; ella le escribiría un mail.
El nunca llamó y ella lo mandó, vía @.com, a la reputa madre que lo parió.
El lo lamentó, porque después se dio cuenta de que la extrañaba. Ella lo olvidó pronto.
El, a veces se llama Cástor. Ella, siempre Soledad.
Reencuentro
El cortejo avanzaba bajo una llovizna persistente que humedecía cada hueco, cada grieta, cada pared de las bóvedas grises, negras, tristes.
Natalia tomó las manos de Julián y las llevó lentamente hacia su pecho; Julián apenas pudo percibir los latidos como ausentes del corazón cansado
y apenado de la mujer.
Los caballos retozaban nerviosos, afectados por el luctuoso instante; con la respiración exhalaban un vapor tibio y agridulce de alfalfa y miel,
de caballeriza aseada; era un aroma inadecuado para el dolor porque recordaba infancias. La humedad sí era densa, como los ánimos; las ruedas del
carruaje patinaban sobre un empedrado cubierto de arenilla y aserrín viejo. Se oía un bisbiseo de pasos lentos y arrastrados; la ausencia de
palabras remarcaba la insistencia de los llantos mudos, del rodar de la carroza, del resoplo agridulce de las bestias.
Julián miró a Natalia y vio una cara demacrada, blanca, serena, vacía, llena, temerosa, valiente, resignada, orgullosa, poderosa, pordiosera:
contradictoria. Alguien sollozó. Desde la sala llegó un rumor apagado. Julián se inquietó porque ella también notó que eran las voces de los
chicos haciendo preguntas insistentes e imposibles de responder.
El viento silbaba entre los árboles. La neblina comenzaba a descender; la escena era cada vez más espectral. El golpe de las ruedas sobre el
empedrado provocaba un leve temblor que se aferraba a los suelas, ganaba los pies y luego trepaba por la piernas para recaer en los estómagos,
allí donde las almas reposaban; allí, en el último subsuelo de la caja carnal.
Julián la miró sin decir palabras. No fue necesario hablar: ella siempre supo, siempre entendió. Cuánto amor en tan poco tiempo. ¡Cuánto amor!
El carruaje, ahora, se había detenido delante de la puerta de hierro. La antigua placa de bronce había sido pulida para recibir a ésta nueva que
esperaba, debajo de un exquisito género de tela negra, que la descubrieran las manos trémulas del cortejo. Los caballos seguían nerviosos.
Su aliento, con las horas, fue cada vez más débil. El cabello descolorido, seco, revuelto sobre la almohada, dibujó un complicado laberinto de
cuerdas que Julián observó ensimismado para no pensar... o para intentar no pensar.
Las cortinas de encaje blanco, las velas, las flores, el silencio, la bruma, los pasos apagados, alguna tos solitaria, los sollozos, el empedrado
húmedo, los caballos tensos, el chirrido de los ejes de las ruedas, las placas de bronce, las bóvedas grises, negras, tristes: todo conspiraba
contra la vida.
Se ahogó, tosió mil veces como si el alma hubiese buscado necesariamente huir en esa acción; un hilo de sangre brotó de su pequeña nariz. Julián
acercó la vela, tomó un pañuelo y delicadamente la higienizó (Natalia no vio cuando Julián, con el pañuelo, restañó una lágrima dulce, aquella
con la cual le aseó la nariz).
Seis hombres asían los bronces en el último tramo, trasponían la puerta de hierro al tiempo que los sollozos se transformaban en llantos, en
pañuelos aplastados sobre rostros dolidos, desfigurados.
Julián acomodó la almohada y la besó; le cerró los ojos... repasó con los dedos el borde seco y ya frío de sus labios.
Alguien hablaba, era el obvio "discurso para el hombre probo y el padre ejemplar"; nadie lo escuchaba... todos lloraban...
El cura dijo una oración moviendo apenas los labios, dibujó una cruz en el aire y bajó la mirada hasta perderla en el empedrado. Los llantos
recobraron intensidad. La bruma era espesa; el viento comenzó a ganar fuerzas. La lluvia rebotó sobre los cristales. La neblina se disipaba. La
llovizna persistía, pero las gotas fueron más gruesas y picaban en los rostros. Los paraguas se abrieron. Los caballos intentaban un paso que el
cochero censuró. Los movimientos se hicieron menos lentos. Una lágrima serpenteaba tímidamente en la mejilla de Natalia. La llovizna fue
chaparrón. Los tiempos se acortaban. Los llantos se tornaron quejas y reclamos inútiles cuando la puerta de hierro se cerró bruscamente impelida
por el viento. Las velas se apagaron. Los caballos por fin marchaban. El cortejo desaparecía en corridas y paraguas compartidos. Las placas de
bronce quedaron descubiertas, una junto a la otra. Un rayo cayó sobre el pararrayos de la iglesia. El piso vibraba, el apuro fue confusión.
Julián abría los ojos y vio a Natalia en un tiempo que no era aquel, la vería en un pretérito doloroso y ahora absurdo confundiéndose con el
presente y sentenciando un futuro eterno. Los paraguas se voltearon; las calles se anegaban. El viento huracanado y la lluvia desesperada
anunciaban el reencuentro de los amantes.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26924-2011-01-10.html
No había Tiempo, puedo jurarlo; había, sí, una sucesión de los hechos en el espacio, un estar lo segundo después de lo primero; sin embargo, esta
continuidad, sí, continuidad, aunque la misma palabra atente contra la veracidad de mi afirmación, estaba más allá de los parámetros normales de
esto que concebimos Tiempo. Las cosas, si bien respetaban un orden lógico, la semilla antes que la planta, el amor antes que el dolor, se daban
intermitentes. Había huecos; pedazos de sustancia de todos modos, pero huecos al fin; no me atrevo a decir que faltaban la coherencia y la
cohesión, porque si bien estaba esa sospecha, en la reflexión posterior me fue posible determinar que no. Había cohesión, también coherencia,
había un orden lógico, había la continuidad, había la sustancia, la extensión y por ende también el espacio; lo que no había era Tiempo.
Cuánto me gustaría decir que, por no haber el Tiempo, tampoco había la Muerte. Había la Muerte, y había la sensación de ir poco a poco (otra vez
la aparente incoherencia de las expresiones) muriendo. Tiempo, sólo eso faltaba.
Comencé a caminar la cuadra con millones de ideas rondándome por la cabeza; habían pasado tantas imágenes, tantas palabras, tantas vidas mientras
yo, aturdido, avanzaba por la vereda tratando de evitar los desniveles y un porrazo, que cuando levanté la cabeza para ver por dónde andaba
descubrí con espanto que apenas si había adelantado veinte metros desde que había comenzado la marcha. Miré hacia el final de la calle y me
pareció inconmensurable el tramo que me quedaba para llegar a la esquina, ¿cuántas cosas más vería y oiría en mis fantasías antes de llegar a
destino?
Luchaba por mantener los ojos abiertos, la vertical, un paso rectilíneo; era una lucha agotadora, porque la imaginación funcionaba con tanta
potencia que más de una vez estuve dispuesto a rendirme, cerrar los ojos y dejar que ese mundo me ganara poco a poco, un mundo oscuro donde yo
volaba con los pies sobre la tierra, las carnes como plomo, el alma ansiosa y agitada. Y estaba mareado de un mareo agradable, y estaba inseguro
con mis pasos, y era de noche y veía muy poco.
Dos años o dos minutos después, cómo saberlo, llegué a la esquina e hice señas a un taxi. El auto se detuvo, subí y le indiqué el destino al
chofer. El viaje transcurrió dentro de ese mismo territorio sin Tiempo. Pasaron horas antes de que el auto y el taxímetro por fin se detuvieran.
Ya en mi casa las cosas parecieron tomar un cariz de normalidad; y digo parecieron porque en realidad, lo que hacía de ese interregno un retorno
a lo habitual era la ausencia de parámetros de medición; sólo estaban los relojes, y ellos, inmóviles, mentían su mentira milenaria. Puse música,
piano, alguien, no sé quién, ejecutaba Beethoven; entonces el Tiempo volvió a esfumarse entre las notas. Magnífica melodía con un fondo de voces
y canto de pájaros que provenía de la calle, y también algo parecido a un rugido; era más bien el respirar ronco de un león en reposo; lo oía con
tanta claridad detrás de los acordes...
Fue durante (insisto con palabras que desmienten lo que afirmo; sin embargo cómo hacer de una narración pretenciosa de un destino que prefigure
en sí misma la atemporalidad) decía que fue durante el espacio que medió entre la casa de Cintia y mi casa cuándo tuvo que haber aparecido. La
conciencia de lo nuevo surgió bastante después, porque mientras estuve en la calle, en el taxi, en la cama oyendo Beethoven y los pájaros, lo
soporté como se soportan las viejas heridas, un dolor que de tan tenue y persistente pasa a formar parte de la rutina sensorial. Estaba ahí como
estaban las pestañas, nada más natural e insignificante a la conciencia de uno mismo en tanto carne, cuerpo que deambula arrastrando consigo el
alma... Sí, lo sé, exagero en las expresiones de tono místico poético; de todos modos me gusta expresarme así cuando escribo en estas páginas;
pienso que nada de lo que digo ha sido dicho antes del modo en que yo lo digo, y me hace tan feliz esta mentira... Sí, también lo sé, exagero con
las digresiones y demoro la entrada al quid de este asunto, pero me gusta las formas que elijo para mis palabras, me agrada creer que son
precisamente ellas el quid, que nada exterior, el cuento, la trama, la historia, pueden ser más interesantes que las frases en sí mismas, y me
hace tan feliz esta mentira.
Estaba ahí, entonces, como están las pestañas etc., etc., y recién tuve conciencia de lo nuevo ya pasada la mañana, cuando había recuperado el
Tiempo. No puedo decir con certeza que se tratase de algo físico, de todos modos tuve cuidado de no rozarlo con la Gillette al afeitarme; tampoco
era parte de mi imaginación, un rebote intoxicado, porque tampoco lo fue el grito de espanto que pegó Leticia al verme, en la cocina.
Ella me ha visto en peores circunstancias y ha sabido mantener la calma; incluso me ha asistido en más de una oportunidad, aunque la gravedad no
lo justificase. (En secreto Leticia me amaba, y yo a ella; tan secreto era el sentimiento que jamás nos lo diremos.) Cuando logró habituarse a la
sensación de espanto, se acercó y extendió la mano hacia mi rostro, con temor, como si el sólo contacto con eso que allí flotaba pudiese
aniquilarle las uñas, la piel, los nudillos, la mano, el brazo, toda ella. Sin embargo, comprobamos, no era algo que pudiese tocarse, tan
innecesarios mis cuidados con la navaja. Estaba allí, pero no estaba, al igual que el Tiempo en el viaje que lo trajo al mundo. Creo que estuvo a
punto de echarse a llorar. Había en sus ojos el brillo trémulo que antecede las lágrimas; sin embargo, no lo hizo. Se detuvo largo rato en la
contemplación de mi estigma, por llamarlo de algún modo, y luego se sentó a la mesa para terminar el almuerzo. Había rencor en cada bocado que
apuraba, en cada trago que luego, en la oficina, la obligarían a las Buscapinas y los Alkaseltser. No me dirigió la palabra, no me pidió
explicaciones, ni me propuso faltar al trabajo para cuidarme en esa especie de convalecencia. Terminó la comida y salió sin saludarme.
Quizá me haya molestado su reacción, sí, es probable, y le habría reclamado algo si yo mismo no hubiese estado demasiado estupefacto con la
presencia de mi nueva seña particular... Ahora tendría qué poner en los casilleros que lo preguntan; ¿señas particulares? Pero cómo definirlo en
al menos tres palabras si ya llevo dos páginas sin lograr un acuerdo entre nosotros; entre ella, o él, que ahí está, flotando, y yo, que lo
padezco algunas noches, y lo disfruto algunas tardes.
Me detengo a espiar lo que llevo escrito y, Dios mío, cuánta diferencia entre Gregorio Samsa despertó una mañana convertido en un insecto y este
andar por las páginas sin conceptos claros, sin una idea que me permita resumir lo que siento. Cuánto me ahorraría de sudor si en lugar de un
espacio sin tiempo hubiese transitado una noche de transformación progresiva; cuánto si con el simple despertar hubiese descubierto mi estigma;
pero no voy a volver sobre lo ya dicho; las cosas fueron como fueron y explicadas están.
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