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  DEBATES > DESPUES DEL MUNDIAL I


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Pasó, para los argentinos, el Mundial, se acabó, por ahora, la ilusión de la redención maradoniana. Duró, el sueño, hasta el fatídico sábado gracias a algunas pinceladas dejadas al correr de los partidos y por la electricidad que recorrió la pasión futbolera de un país que ha sabido de triunfos colosales, de goles inolvidables y de frustraciones memorables que dejaron sus marcas bien adentro de la memoria y de la sensibilidad. Los sueños compartidos, siempre, se entrelazan con las huellas de lo vivido, son la manifestación de una extraña alquimia de ilusiones y de realidades. Su potencia tiene que ver con esos orígenes y con esos trazos dejados en la memoria colectiva por otras circunstancias. Por eso también su desvanecimiento produce un efecto devastador, nos deja con el alma en los pies y con la frustración a cuestas sabiendo que la revancha es un consuelo que queda demasiado lejos. Pero que, de eso también algo sabemos, suele regresar cuando menos la esperamos y nos devuelve la alegría perdida en medio de la derrota actual. Nuestro fútbol, como nuestra historia, está atravesado por esos momentos en los que la felicidad y el dolor han dejado marcas imborrables.

Una pasión que conmueve la vida cotidiana, que altera los ánimos y le da forma, muchas veces, al carácter nacional no puede ser la expresión de lo rutinario ni asumir la forma burocrática de quienes no sienten hasta el fondo de sus almas la significación de un deporte que es más que un juego, mucho más que un entretenimiento o que la retórica del fair play; que pone en evidencia lo visceral y lo emotivo, lo racional y lo imaginativo y que se entrelaza con recuerdos y biografías de cada uno de nosotros. Porque, pese a algunos periodistas que se ofrecen como sesudos analistas de la derrota, que siempre es ajena, a muchos de nosotros el 4 a 0 contra Alemania nos atraviesa el cuerpo y los sentimientos, nos hace retrotraernos a lo más recóndito de nuestra memoria futbolística y nos pone delante de una historia maravillosa allí, incluso, donde la frustración, la cachetada destemplada, el golpe de nocaut, la humillación de resultados calamitosos, se conjuga con gambetas inigualables, tacos para la historia y triunfos espléndidos de esos que muy pocos en el mundo pueden ofrecer como propios. Las derrotas también dejan sus marcas y asumen la forma del mito, están allí para recordarnos lo que solemos olvidar de nosotros mismos. Son parte de lo que somos y de lo que podremos ser si no las olvidamos ni dejamos de aprender de sus enseñanzas. Los ojos abiertos por el dolor suelen mirar más intensamente que los que nunca lo conocieron. Y también por eso las victorias, como las alegrías, se disfrutan mucho más. El técnico, único e irreemplazable, de nuestra Selección sabe algo de todo esto. Lo sabe porque lo vivió en carne propia. Y todo eso lleva el nombre de Maradona. El, como ninguno, representa las alturas más gloriosas de nuestro fútbol-poesía, ha sido el nombre de lo más entrañable que habita la saga de nuestro fútbol porque no sólo él fue el creador de un gol eterno, el pibe de los cebollitas que como un mago salido de un circo universal maravillaba con el jueguito interminable que le permitía hacer cualquier cosa con su máximo objeto de devoción que fue y es una pelota de fútbol. Maradona es Villa Fiorito, los picados del pobrerío, la palabra rea, esa que nos ha dejado sentencias únicas, aquel que la rompió en la vieja cancha de La Paternal, que se convirtió, para todo el pueblo napolitano, en un semidios, aquel que redimió a los pobres del sur italiano contra los siempre triunfadores habitantes del norte; fue el de las lágrimas de bronca en la final del ’90, el de los tobillos reventados dando su último esfuerzo, el amado por los humildes y el odiado por los dueños del negocio. También fue el de la caída, el de una vida privada saqueada por la brutalidad amarillista de los medios de comunicación, el de una adicción que le robaba su palabra y le ofrecía el rostro espantoso de la desolación. Fue eso y mucho más. El triunfo deparado a los olímpicos, a los elegidos de los dioses y el que pagó el precio terrible de ser quien fue y quien es. Maradona lleva a cuestas el peso de ser Maradona y, eso creo, lo hace con una dignidad que muy pocos tienen; lo hace con la integridad de los que han conocido el cielo y el infierno, las máximas alturas del éxito y de los elogios rutilantes y su contracara, la caída en abismo, la soledad, la venganza de los mediocres que nunca han dejado de maltratar a Maradona en sus momentos de inquietante debilidad o en circunstancias signadas por la derrota, la futbolera y, peor todavía, la de la vida. Maradona ha sido el del milagro que le permitió reconstruirse, ese mismo que desmintió a los agoreros que se solazaban con su derrumbe. En él, en su travesía extrema y extraordinaria por una cancha de fútbol y por el laberinto de la vida, metabolizó lo impensado de quien ha sabido revertir sus propias ausencias. Hay algo de todos nosotros en el zigzagueo maradoniano, algo de ese juego con los extremos que ha venido marcando la vida argentina desde siempre. Una gramática del exceso, un fervor por el que se paga un altísimo precio cuando llega la hora de la derrota, pero que nos ha permitido disfrutar con una intensidad única cuando llegaron los días del júbilo. Arrepentirse de esa trama profunda que nos constituye me resulta algo vacuo, insustancial e indeseable. Somos, qué duda cabe, la ilusión y la frustración, el empeño por hacernos cargo de lo mejor de una historia pigmentada por sueños a veces

inalcanzables y la imperiosa necesidad

de hacernos cargo de nuestras imposibilidades.

Algo de lo extremo, de eso que siempre acompañó a Diego, parece dar cuenta de nuestras vicisitudes, como si no nos convinieran el equilibrio ni el consenso. Todo o nada. El itinerario de Maradona se entrelaza con el del país, juega en espejo y nos muestra imágenes de nosotros mismos. Sus éxitos y sus derrotas no parecen ser muy distintas a las que nos acompañaron a lo largo de la historia. Supimos de momentos espléndidos, de mundos populares alcanzando cotas de equidad, que dejaron sus huellas en lo más profundo de la memoria colectiva (y el Maradona de los suburbios populares, el amasado en los potreros del pobrerío, el del lenguaje reo, el que siempre estuvo más cerca de Garrincha que de Pelé representa una parte no menor de esa memoria de un pasado mejor); supimos, también, de descensos al infierno, de horrores dictatoriales y de masivas destrucciones de nuestros sueños en distintas circunstancias de nuestra travesía como nación. Conocimos la esperanza y supimos del desencanto, tocamos los resortes más íntimos de la ilusión y nos descubrimos en medio de la pesadilla. Como país tuvimos, y tenemos, algo maradoniano, imposible, loco, entrañable, inesperado que no sabe de puertos intermedios, de maquinarias que siempre funcionan de la misma manera. Conocimos la improvisación genial y el desastre de la improvisación. Jugamos en equipo y nos embelesamos ante la aparición del genio que, él solo, resolvía partidos. Tal vez nuestro problema radique en no lograr que se crucen más y mejor ambos caminos. Tal vez ése fue el error de Maradona en este Mundial: imaginar que Messi era como él, que los mitos se repiten y que las epopeyas están a la vuelta de la esquina. A Messi, como a la historia argentina, le pesa la sombra del mito, el recuerdo de lo maravilloso perdido que, sin embargo, sigue insistiendo. Todos, sabiéndonos portadores de una vana ilusión, soñábamos el sábado en medio de lo que parecía un desastre, con la jugada maradoniana hecha por Messi, con esa gambeta increíble reproducida 24 años después. Claro, descubrimos que los acontecimientos inolvidables son únicos y no se repiten o, al menos, no cuando los esperamos.

Messi no es Maradona, no puede serlo. Su vida, el itinerario que lo llevó, siendo un chico, desde su Rosario natal hacia Barcelona no tiene nada que ver con los pasos seguidos por Diego. En Maradona hay todavía un resto de otro país, la saga mutilada de viejas historias populares, el camino desde la pobreza hacia la cumbre, la fidelidad a los orígenes que siempre se denuncia en sus momentos de arrebato, allí donde suele cincelar frases filosas y memorables como aquella que para siempre nos recordó “que la pelota no se mancha”. Messi, que es un buen chico, humilde pese a ser quien es, tiene más que ver con el futbol espectáculo, con Europa, con las canchas armónicas y prolijas, de esas que parecen mesas de billar y que nada tienen que ver con las nuestras (muchas veces impresentables y salpicadas por la violencia y lo delincuencial, pero también portadoras de la memoria del potrero). Y sin embargo Messi, de un modo notable, guarda en sus genes aquello mismo que hizo posible un Maradona. Quizás, como en una antigua tragedia griega, su hora sólo podrá llegar cuando la sombra del otro dios le deje ocupar su propio lugar bajo el sol. ¿Será dentro de cuatro años?

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-148911-2010-07-06.html

  OPINION


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1

Los días argentinos no dejan de sorprendernos. Lo esperado y el azar se entrelazaron para devolvernos la imagen de una historia abierta, compleja, laberíntica, tumultuosa y aluvional. De a centenares de miles, viniendo de todas partes, cruzando las fronteras que separan la ciudad de los suburbios, subiéndose a colectivos y trenes, a subtes y autos o simplemente caminando para apurar las cuadras que los separaban de un centro que, por cuatro días de una intensidad increíble, se reencontró con su pasado mítico, con sus leyendas de arrabales tangueros y de marchas obreras, la multitud invisible se transformó en el pueblo del Bicentenario. Vinieron de esas geografías tematizadas como zonas del peligro, sortearon las prevenciones y los prejuicios de todos aquellos que asimilan masas andantes con disturbios y criminalidad, con violencia y agresión. Multitud abigarrada y festiva, colectivo social multiplicado en millones de personas que manifestaron con alegría y serenidad, que gozaron y cantaron, que bailaron y conversaron, que miraron y preguntaron, que se emocionaron y se sorprendieron. Todos, cada uno de nosotros, fuimos sintiendo la potencia de la transfiguración; pudimos percibir que algo inusual y extraordinario estaba sacudiendo las entrañas de un país siempre anómalo y extraño pero siempre intenso y desafiante.

La ciudad se abrió y los cuerpos se movieron con libertad desprendiéndose de los miedos impuestos, de esos trazos de ficción mediática que apabullaron desde pantallas y rotativas la cotidianidad de los argentinos hasta construir la imagen de una sociedad en estado de guerra y de intemperie, asolada por la inseguridad y prisionera de una violencia autodestructiva que, siempre, asumía el rostro del oscuro habitante de esos arrabales transformados, gracias a las retóricas del amarillismo y el racismo, en las zonas del mal. Desde allí vinieron de a miles y miles desmintiendo, como lo han hecho en otras ocasiones memorables de nuestra historia, a quienes, desde el desdén y la más cruda violencia del lenguaje discriminador, no se cansaron de repetir que los mueve el clientelismo y el choripán, la promesa de alguna dádiva o la obligación de no quedar mal con el puntero del barrio. Los velos se cayeron, se derrumbó el discurso hegemónico y monocorde de la corporación mediática. Estalló en mil pedazos la palabra “crispación”. Y las calles del centro mutaron en calles de fiesta y regocijo, de asombro y participación. Así de simple y de complejo... la multitud, los negros de la historia, los incontables, los que pujan desde el fondo de los tiempos por el reconocimiento y la igualdad hicieron acto de presencia y lo hicieron transformando durante cuatro días a Buenos Aires en una magnífica alquimia de ágora y carnaval, de imágenes monumentales desplegadas sin medir riesgos estéticos por la fuerza bruta de la invención artística y la inquieta interrogación por aquello del pasado que sigue insistiendo en el presente. Fue alegría compartida y conmoción ante los dolores y los horrores de nuestra historia, que también estuvieron allí, sin ocultamientos ni narraciones edulcoradas. Y estuvieron junto a las clases medias de los barrios porteños y del Gran Buenos Aires desmintiendo la lógica de los abroquelamientos y los muros invisibles que se fueron levantando utilizando los recursos culturales de medios de comunicación atravesados de lado a lado por la retórica de la ciudad neoliberal, privatizada y fragmentada, de esa que vivió de rapiñar el espacio público poniéndolo a su servicio. Los cuerpos se mezclaron, lo individual y lo colectivo se entrelazaron al riesgo de romper prejuicios y paradigmas dominantes, como recordando otras ciudades en la ciudad del Bicentenario (ciudades de los conventillos y de las esperanzas, de caminatas míticas narradas por la literatura de Borges y Marechal, de Martínez Estrada y Cortázar, de Sabato y Oesterheld, de alquimias de poetas y de vagos, de movilizaciones populares y de tozudas resistencias, de tardes futboleras y de antiguas devociones barriales... ciudades escritas con la diversidad de mil escrituras por sus habitantes que, como si hubieran venido de todos lados y de todas las épocas, se reunieron para recobrarse y mirarse a los ojos en estos días de mayo).

2

Allí, en la ciudad libre y lúdica, tumultuosa y festiva, no estuvo la “gente”, ese nombre forjado para excluir e invisibilizar al otro, para restarle su humanidad transformándolo en una amenaza o en la plebe oscura y sin nombre. La “gente” quedó atragantada en la garganta de aquellos periodistas formateados para diferenciar a los lindos de los feos, a los limpios de los sucios, a los ciudadanos que se manifiestan espontáneamente de los oscuros objetos del clientelismo o del piqueterismo. Allí hubo pueblo, diverso y múltiple, portador de lenguas y tradiciones, amalgama de lo distinto y de lo semejante, tumulto de colores y de grafías. Pueblo que recuperaba sueños olvidados, que se dejaba agasajar después de tantas frustraciones y que rompía en mil pedazos el discurso que nos enseñó a establecer una brutal equivalencia entre multitud y homogeneidad, entre pueblo y monotonía autoritaria, entre la masa oscura y las personas pensantes y autónomas. No estuvo un pueblo bucólico, ni un pueblo virginal. No hubo ni hay pueblo puro. Hay luces y sombras danzando a contraluz de la historia argentina como esa que pudimos ver desfilar entre vanguardismos estéticos, giros brechtianos y arquitecturas monumentales que cruzaban, de un modo desafiante, lo artístico y lo político. Allí estuvo el pueblo de la independencia y el de las dictaduras, el de los anarquistas soñadores y el de la locura especulativa, el de la Constitución quemada y el de la fiesta democrática, el del dolor inconmensurable de las Madres, el del infinito reclamo de justicia y memoria y el de los silencios resignados. Pueblo manchado y vital. Como si en los claroscuros de la historia, en el interior de sus pasadizos secretos, la palabra pueblo pudiera narrar lo mítico y lo soñado, lo esperado y lo perdido, la fuerza del acontecimiento que parte aguas y la monotonía de los tiempos de la resignación y el olvido. El pueblo es, también, lo que bordea el peligro, lo que a veces se aventura detrás de lo inesperado que brota haciendo saltar los goznes de una realidad enturbiada y estancada. Otras veces ese nombre fue pronunciado, y algo de eso se contó en los muros del Cabildo y en las avenidas capturadas por el desfile de las carrozas y la contemplación entre deslumbrada y fervorosa de la multitud, para legitimar las páginas más ignominiosas. El pueblo es movimiento, mutación, herencia y memoria, es cuerpo sobre el que las escrituras de la historia van dejando sus huellas indelebles aunque se las intente borrar.

Pero el pueblo es también el giro de los tiempos que interpela siempre de un nuevo modo aquello que lo constituyó. Cada generación reinterpreta el pasado de acuerdo a sus necesidades, a sus prejuicios y a sus ensueños de aquello siempre esperado como reparación y oportunidad convirtiéndolo en fuerza vital y en actualidad, dándole sentidos tal vez impensados en otras encrucijadas de nuestra historia. Como si algo de lo excepcional se hubiera derramado sobre este presente para iluminar de otro modo nuestra travesía como nación. Como si eso inimaginado se hubiera encontrado con ese sujeto olvidado y ninguneado produciendo un acontecimiento sobre el que todavía no alcanzamos a descifrar su proyección. Intuimos que lo desplegado en estos últimos años, aquello que fue invirtiendo la marcha decadente y brutal de una Argentina que había sido capturada por la cultura del egoísmo y la especulación del capitalismo neoliberal, tuvo mucho que ver en las jornadas multitudinarias del Bicentenario. Como si lo inaugurado otro 25 de mayo, pero de 2003, con sus intensidades y sus dificultades, con sus apuestas riesgosas, sus aciertos y sus errores, hubiera encontrado el difícil camino que nos fue llevando, tal vez sin preverlo ni imaginarlo de este modo y con tal magnitud, a la reaparición del pueblo.

Una reaparición que se vincula directa y decisivamente con el también arduo ejercicio de rescatar a la política de su envilecimiento, de volver a ponerla en el centro de lo democrático como un instrumento sin el cual las sociedades quedan prisioneras de los arbitrios de las “gestiones empresariales” y de los tecnócratas del establishment. La política como lugar del litigio por la igualdad y como lengua que se instala para desmentir las falsas e ilusorias retóricas de la unidad y del consenso que suelen ocultar la perpetuación de las injusticias y las desigualdades. Porque este 25 de mayo no es apenas un acontecimiento festivo, un baile de máscaras sin rostros por detrás. Es, ha sido, la emergencia de una posibilidad que parecía saldada o extraviada, la posibilidad de situar lo político en el corazón de la democracia sin renunciar a dar la batalla por la distribución de la riqueza, la refundación del Estado, la recuperación imaginativa del espacio público, la reparación de las injusticias del pasado en los tribunales del presente y de inscribir este tiempo argentino en nuestro muchas veces olvidado destino sudamericano.

Hemos sido testigos y partícipes de días luminosos. Días irrepetibles, únicos, que dejarán su impronta en lo por venir. Días que nos de-safían y nos ofrecen el raro privilegio de ser actores de la historia, de esa misma cargada de fantasmas que fueron convocados por el arte y la política, que estuvieron en esa maravillosa galería de los patriotas latinoamericanos, que pasearon entre nosotros bajo los rostros de José Martí, del Che, de Emiliano Zapata, de Túpac Amaru, de Artigas, de Evita, de Allende, de Sandino, de Bolívar, de San Martín y de tantos otros que hacen a la memoria y a la trama subterránea de un continente caliente, desmesurado y libertario. Días del pueblo que dibuja los trazos de una Argentina que quiere ir en busca de la igualdad, la libertad, la justicia y la fraternidad. Algo de eso pudimos sentir en la piel, en el corazón y en la reflexión mientras, como escribió Elías Canetti en la encrucijada de otra historia, nos dejamos llevar por el vértigo y la fiesta de lo colectivo.

* Filósofo, profesor e investigador de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-146644-2010-05-30.html

  OPINION


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Los augures parecen querer regresar una y otra vez. Sus profecías, que desean fervientemente que se vuelvan autocumplidas, anuncian la inminencia de la catástrofe. Su retórica, algo agusanada por el uso y el abuso de la predicción fallida, describe un escenario de pesadilla en el que la violencia social completamente salida de cauce terminará por arrojarnos al abismo del desgobierno. Sueñan despiertos con la reproducción hoy, acá y entre nosotros, de aquello acontecido en diciembre de 2001. Alucinan un giro vertiginoso de los tiempos políticos y sociales que lleve al país hacia un estallido brutal que sólo podrá ser detenido por las fuerzas genuinamente republicanas, retaguardia permanente de la patria amenazada por la bestia populista. Sin pudor vociferan la llegada de un vendaval salvífico, de esos que recogen de sus lecturas ultramontanas, aquellas en las que se describe la llegada del Apocalipsis redentor. Miran con ojos de buitres atentos a la primera señal, listos para arrojarse sobre ese cadáver que tanto esperan. Son los heraldos de una violencia que se anuncia y a la que se reclama cada día desde los grandes medios de comunicación, preocupados, estos últimos, en horrorizarse ante las frases de un Maradona exaltado aunque absolutamente despreocupados y cómplices ante esas otras frases que nos hablan de bandas armadas, de piqueteros violentos, de narcos infiltrados en los movimientos sociales y que nos hacen desayunar cada día con los anuncios de un fin arrasador. En estos días el mal lleva el nombre de Milagro Sala y del movimiento Túpac Amaru.

El amigo lector pensará, algo sorprendido, que está ante un texto emanado de los relatos bíblicos o, supondrá, que nos hemos deslizado irreparablemente hacia cuestiones entre esotéricas y milenaristas. Nada de eso. Escuchar a ciertos dirigentes políticos de la oposición más frenética es tropezarse con descripciones mucho más demoledoras y salvajes que las que inician este artículo. No agotan sus metáforas tremendistas, no escatiman recursos verbales para hablarnos de la pobreza, de la crispación, del clima tormentoso anunciador de una violencia social indetenible; se dedican, como cierta pitonisa de mirada paranoica, a construir frases que anticipan giros catastrofales y venganzas inauditas. Y lo dicen sin pudor, sin que la mayoría de los periodistas “independientes”, de esos que siempre nos ofrecen el relato de su propia virtud republicana y democrática, digan absolutamente nada o, cuanto menos, busquen interrogar con cierta distancia crítica a los portadores de profecías tan escandalosas. Quizá no lo hagan porque en su fuero interno, en el secreto de sus posiciones, se sientan a gusto con esas visiones del Armagedón.

Entre Elisa Carrió y Gerardo Morales, para nombrar a los dos más ilustres retóricos del fin de los tiempos, podemos llenar las páginas del tremendismo nacional, un tremendismo que ya no se dedica sólo a denostar al Gobierno (táctica que parece ya no ser suficiente para atizar el espíritu de cierta clase media muy dispuesta, aparentemente, a subirse al tren fantasma de la restauración neoliberal), sino que ahora busca saciar su apetito reaccionario yendo contra los movimientos sociales, describiéndolos como bandas de facinerosos que sólo viven de los dineros públicos y de su uso clientelar. Bandas violentas y armadas que se dedican a asustar y a escrachar a honestos dirigentes opositores (transforman un acto menor, aunque no por eso menos repudiable, en un acontecimiento monstruoso, como si el senador Morales hubiera sido casi linchado por una horda de criminales. Nada dijeron, claro, cuando los “chacareros republicanos y virtuosos” de Santa Fe trataron con especial virulencia al diputado Agustín Rossi, ni tampoco se les ocurrió denunciar a quienes se convirtieron, amenazas mediante, durante meses en dueños de las rutas). Disfrutan con la exageración, amasan con placer los distintos componentes que supuestamente harían falta para que de una vez por todas una tormenta purificadora se lleve puesto al Gobierno. Mientras lanzan a los cuatro vientos sus anuncios y sus descripciones, son transformados por la corporación mediática en pacíficos corderos hondamente preocupados por la injusticia y la desigualdad. Para acentuar su inclinación altruista tienen a su lado las voces de una Iglesia que prácticamente se ha convertido en partido político de oposición (en verdad, daría la impresión de que en Argentina, la Iglesia, la de Bergoglio, y la corporación mediática constituyen el eje alrededor del cual gira una oposición desmadrada e incapaz de aprovechar su “triunfo” del 28 de junio).

Es grave, demasiado grave, que quienes se dicen gente de diálogo, quienes se reclaman como fervorosos defensores de la convivencialidad democrática, apuntalen un discurso que guarda una violencia y una crispación a las que supuestamente denuncian como parte de la idiosincrasia kirchnerista y como núcleo de los movimientos sociales. Es grave que en un país que ha conocido épocas dominadas por el terrorismo de Estado se utilicen con una liviandad irresponsable argumentos que carecen de toda verificación (Carrió, Estenssoro y Morales se dedicaron a ofrecer un mapa de ciertos movimientos sociales y de piqueteros como si fueran fuerzas insurgentes, armadas hasta los dientes y preparándose para tomar por asalto el poder. ¿Alguien dará cuenta de estas barbaridades? ¿Algún medio de comunicación les exigirá, a estos tres mosqueteros de causas que huelen mal, explicaciones, datos, pruebas, etcétera, etcétera?). Lo que no dicen es que durante los momentos más dramáticos de la crisis de finales de los ’90, que desembocó en diciembre de 2001 y que luego siguió durante todo 2002, fueron los movimientos sociales, los piqueteros, quienes mostraron una conducta cívica impresionante impidiendo que una violencia anómica, nacida de un país desmembrado con instituciones absolutamente deslegitimadas, se derramara por las calles de las ciudades. Fueron los desocupados, los más golpeados por las políticas neoliberales, los que hablan mal, los invisibilizados, los que contuvieron y encauzaron democráticamente las protestas mientras el “país de los ricos y famosos”, el de los empresarios de éxito y el de los políticos, estaba paralizado y no sabía cómo salir de un atolladero gigantesco que, con sus complicidades, supieron generar. Y ahora quieren arrojar sobre esos movimientos la sospecha de ser los portadores de la violencia. Ironías de una Argentina que suele tener la memoria corta allí donde prefiere ocultar sus propias responsabilidades. La violencia, esa de la que supuestamente hablan y a la que denuncian, ha provenido del poder, de sus injusticias e iniquidades. Contra esa violencia se levantaron con inmenso coraje las organizaciones de desocupados y los movimientos sociales. Ellas pudieron darles un lenguaje a los silenciados, fueron capaces de inventar algo nuevo en el interior de un orden corroído y envilecido. Ellas fueron resguardo de la genuina democracia ante el saqueo y la impudicia de las corporaciones. No todo, claro, ha sido virtuoso ni transparente, lo que exige siempre lucidez en la crítica y capacidad para eludir la tentación del anquilosamiento burocrático y el facilismo clientelístico. Pero es la propia dinámica de las creaciones populares la que podrá revisar sus caminos y no la ofensiva macartista de aquellos que se ofrecen como víctimas cuando han sido, la mayor parte de las veces, victimarios de los olvidados de la historia.

La virulencia irresponsable con la que lanzan acusaciones que, en otro tiempo argentino, supusieron liberar la máquina represiva, descompone la idea y la práctica de la democracia para dejar paso a los discursos de la beligerancia. Se trata de hacer proliferar un clima de crispación extrema, de multiplicar un relato que vaya infectando la vida cotidiana por las señales inequívocas de un estallido por venir. No les interesa el debate democrático, tampoco el procesamiento mesurado de las discrepancias; piensan, están convencidos, que ha llegado la hora de las palabras contundentes asociadas a denuncias espectaculares que despachan en una sola frase la extraordinaria saga de movimientos sociales que fueron expresión de una dignidad inexistente en la mayor parte de la sociedad acomodada. Su discurso es peligroso al mismo tiempo que falaz, pone en cuestión su identificación con el orden democrático allí donde no hacen otra cosa que hablar delirantemente de fascismo cuando no tienen argumentos para confrontar políticamente con sus adversarios. Pero el problema no lo tienen quienes así actúan y piensan, el problema lo tenemos todos aquellos que seguimos sosteniendo la idea de una democracia que sea capaz de procesar sus conflictos sin eliminarlos, que sepa profundizar un itinerario hacia la justicia y la mayor equidad sabiendo que todo proceso cuestiona intereses poderosos. Mientras tanto seguiremos siendo testigos de los anunciadores del fuego, tendremos que seguir viendo y escuchando, casi como si fuera en cadena nacional, que se acerca el día de la catástrofe tan deseada.

Habitar la democracia, recrearla continuamente, darle rienda suelta a nuestra capacidad de invención es también salir al cruce de estas retóricas del fin del mundo, de estos augurios apocalípticos que lo único que buscan es maniatar a la propia democracia confinándola a ser una caja vacía, un mero lenguaje formal sin posibilidad alguna de amplificar las voces de los incontables, de esos mismos que hoy son denunciados como los portadores de “la violencia y la criminalidad”. Es nuestra responsabilidad cuidar la convivencia democrática, y cuidarla significa también ser capaces de revisar críticamente nuestras actitudes y nuestros gestos, saber innovar y superar lo que tal vez no sea pertinente para esta actualidad. El desafío de todos aquellos que imaginamos una travesía argentina en clave emancipatoria es no dejarnos ganar por el dogmatismo ni por las retóricas facilistas. Debemos aprender mucho de las experiencias y las vicisitudes de quienes salieron a la luz del día para colocar una palabra reprimida y olvidada; pero también aquellos que han sabido ponerse a la cabeza de esas demandas silenciadas durante tanto tiempo tendrán que ser capaces de andar con los ojos bien abiertos para no solo cuidarse de las acechanzas del poder sino, más difícil todavía, de sus propias certezas.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-134103-2009-10-26.html

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“El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice nada más que esto: ‘lo que aparece es bueno, lo bueno es lo que aparece’. La actitud que por principio exige es esa aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho gracias a su manera de aparecer sin réplica, gracias a su monopolio de las apariencias.” Guy Debord

1 En el mismo momento histórico en el que caía el Muro de Berlín y se desplomaba como un castillo de naipes el sistema soviético, cuando casi atónitos contemplamos la apertura de una época que de un modo arrollador se deshacía de imágenes, lenguajes políticos, ideologías y prácticas que habían convulsionado y apasionado durante más de un siglo a hombres y mujeres de las geografías más diversas y distantes, lo que emergió como exponente de una nueva época del mundo fue la forma neoliberal del capitalismo tardío.

Las últimas décadas del siglo XX estuvieron atravesadas por la hegemonía de un discurso que se ufanaba de haber concluido, de una vez y para siempre, con las disputas ideológicas, al mismo tiempo que afirmaba la llegada de un tiempo articulado alrededor de la economía de mercado y de la democracia liberal. Fin de la historia y muerte de las ideologías para desplazarse, ahora, por los espacios rutilantes del consumo, el reino de las mercancías y el goce hedonista. Los escenarios, ya antiguos, de las conflictividades políticas y sociales serían pacientemente reconstruidos en los nuevos museos temáticos, sitios interactivos en los que el visitante de estos tiempos poshistóricos podría contemplar aquello que sucedía en los días ideologizados. La paz del mercado desplazó, eso se anunció a los cuatro vientos, las oscuras turbulencias de una historia dominada por el conflicto y la intransigencia de los incontables, de esas masas anónimas, oscuras y resentidas que regresarían a ese sitio del que nunca debieron haber salido. Las tradiciones del igualitarismo fueron a parar al vertedero de la historia. Hizo su aparición triunfal el nuevo ciudadano-consumidor, figura arquetípica de un clivaje hiperindividualista en el interior de la sociedad, ese que se desplazaría con fervor de iniciado por los santuarios de las metrópolis contemporáneas: los shopping centers.

Pero lo que también comenzó a ser desmontado, junto con el vertiginoso giro de la economía de producción a la economía de especulación, fue el imaginario social que acompañó el tiempo del capitalismo bienestarista, aquel que hizo, a partir de la segunda posguerra, del Estado un referente insustituible a la hora de articular las relaciones entre el capital y el trabajo (del New Deal rooseveltiano, pasando por nuestra experiencia de un Estado de Bienestar bajo el primer peronismo hasta llegar a la edad de oro del bienestarismo socialdemócrata europeo, ese modelo fue lo propio de un largo período de la historia del siglo XX que sería brutalmente desmontado por el neoliberalismo allí donde inició su derrumbe el modelo, ya fracasado desde tiempo antes, del socialismo autoritario de la URSS, dejándole al capital, de todos modos, las manos libres para convertirse en el amo de la nueva situación mundial). El pasaje de la metáfora fabril a la metáfora financiera (adiós a las chimeneas y a los sindicatos, bienvenidos los yuppies de Wall Street, las carteras de inversores, la flexibilización laboral y el trabajo basura) vino a expresar la bancarrota de prácticas que remitían a una época esclerosada; puso en evidencia que estábamos en presencia de una mutación fundamental del capitalismo, y que esa mutación no iba a detenerse hasta resemantizar la totalidad de los lenguajes sociales, económicos, políticos y culturales.

Dicho de otra manera: el neoliberalismo, su lógica más profunda y decisiva, se dirigía hacia una transformación revolucionaria del conjunto de la vida social. En esa tarea de desmontaje de las viejas formas de vida y de representación, seguida de la construcción de una nueva subjetividad entramada con las demandas de la economía global de mercado, ocuparían un lugar central y privilegiado los grandes medios de comunicación. Pensar el neoliberalismo es interrogar por ese maridaje extraordinario entre mercancía e imagen, entre mercado y lenguaje mediático; es tratar de comprender el fenomenal proceso de culturalización de la política y de estetización de todas las esferas de la vida. Una de las derivaciones de este proceso ha sido la expropiación de la política, y su consiguiente vaciamiento, por el lenguaje de los medios de comunicación.

2 Lo que el filósofo francés Guy Debord, con anticipación genial –allá por los años ’60–, había denominado la “sociedad del espectáculo”, aquella que se desplazaba hacia el dominio pleno y escenográfico de la pasión consumista y de sus “paraísos artificiales”, transformando a los seres humanos en espectadores cada vez más pasivos del verdadero sujeto de la época, la mercancía, constituyó lo propio de la travesía neoliberal. Se trató de una apropiación, por parte del capitalismo, de las fantasías y los deseos al mismo tiempo que se expandía planetariamente la industria del espectáculo, y la cultura, adecuada a los lenguajes audiovisuales y a su enorme capacidad de penetración, se convertía en una mercancía clave para la producción de una nueva humanidad. Lo que había prefigurado Hollywood desde los años ’30 y ’40, mostrándose como la avanzada brillante, innovadora y compleja de la americanización del mundo, señalando la importancia decisiva de la industria del espectáculo como vanguardia en la construcción de los nuevos imaginarios sociales, terminó siendo la materia prima a partir de la que el neoliberalismo logró naturalizar sus valores y sus intereses. Es inimaginable el despliegue planetario, global, del capitalismo financiero-especulativo, su capacidad para volverse hegemónico, sin ese rol decisivo de los medios de comunicación.

Por esas paradojas de la historia, los primeros que se dieron cuenta de la monumental importancia de las nuevas tecnologías de la comunicación y su relación directa con la política fueron los regímenes fascistas. Mussolini en Italia y Hitler y Goebbels en Alemania capturaron con maestría mefistofélica los poderes que emergían de la radiofonía. Con el giro de los acontecimientos, y una vez derrotado el totalitarismo, las triunfantes democracias occidentales se apropiarían con igual fervor de los potenciales propagandísticos y generadores de imaginarios social-culturales, que se guardan en los medios de comunicación de masas. La política quedó atrapada en esa lógica discursiva e iconográfica al mismo tiempo que la estetización y espectacularización emanados de los recursos propios de esos lenguajes contaminaban casi todas las esferas de la vida cotidiana. La astucia genial del sistema fue proyectar en la compleja trama a la que llamamos sociedad (transformada, por los mismos medios, en “opinión pública”) la imagen de que la corporación mediática era portadora de independencia, autonomía y capacidad crítica al mismo tiempo que garantizaba la libertad de expresión. Lo que se logró fue invisibilizar los lazos esenciales que vinculaban y vinculan a estas empresas con los intereses económicos dominantes. El neoliberalismo, como ideología del capitalismo tardío, comprendió que no era posible garantizar una profunda transformación económica si, al mismo tiempo, no se cambiaba la manera de mirar el mundo y de comprender la realidad. De lo que se trató es de la intensiva producción de un nuevo sentido común.

Más allá de la sobrevaloración, siempre discutible, que se pueda hacer del papel de las corporaciones mediáticas como definidoras de la opinión pública y como constructoras decisivas del sentido común, lo cierto es que ocupan un lugar destacadísimo en la estrategia de dominación del neoliberalismo. Son un factor sin el cual le sería muy difícil, a esa ideología, transformar sus intereses particulares en intereses del conjunto de la sociedad, mutando prácticas egoístas y exclusivamente ligadas al lucro y la rentabilidad en valores naturalizados en el interior de las conciencias. La proliferación de los lenguajes audiovisuales, su profundo arraigo en la intimidad de la vida cotidiana exigen, de la misma sociedad, una indispensable herramienta que le permita legislar adecuadamente impidiendo que la tendencia a la concentración y a la monopolización hagan del espectro comunicacional una incansable repetición del sentido común neoliberal. Entre la ideología y el mito, los lenguajes emanados de la corporación mediática apuntalaron el despliegue de nuevas formas de la subjetividad adheridas al reino de valores de un capitalismo que se leyó a sí mismo como la estación final y consumada de la historia.

De ahí, entonces, la crucial importancia que adquiere, en términos de una ampliación de la circulación democrática de la comunicación y la información, el debate que se está llevando a cabo en el Congreso de la Nación en torno del proyecto de una nueva ley de servicios audiovisuales. Lo medular de la disputa político-cultural se juega en estas discusiones, no porque una ley vaya a garantizar una espontánea transformación de los valores reinantes sino porque, al menos, logrará impedir que sigan proliferando los monopolios y abrirá el juego para que otros actores entren en la conversación. De eso se trata, entre otras cosas, la democracia. Dicho de otro modo: en una sociedad atravesada de lado a lado por los lenguajes de la comunicación y la información resulta inimaginable que ese campo abrumador y decisivo permanezca al margen de las grandes disputas político-culturales. En el interior de ese mundo en el mundo se despliegan imágenes, ideas, proyectos, lenguajes, formas de la sensibilidad, mitos que se entraman capilarmente en la cotidianidad de nuestras vidas. Leerlos desde la inocencia o creyendo que en su interior se privilegian centralmente los modos de la diversidad y la pluralidad constituye, a estas alturas de la travesía argentina y mundial, un desplazamiento del eje de la discusión hacia la más crasa complicidad con los factores de poder que se manifiestan en los núcleos duros y concentrados de los medios masivos de comunicación. La búsqueda, tal vez ilusoria pero imprescindible, de una mayor democratización en la distribución y producción de la comunicación es un desafío de primera magnitud a la hora de imaginar un giro más participativo y plural. El poder corporativo lo sabe y, por eso, va con todas sus armas contra un proyecto de servicios audiovisuales que viene a amenazar su hegemonía.

* Doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-131394-2009-09-08.html

  OPINION


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Mientras el miércoles por la noche miraba el debate de los candidatos a diputados por la Capital Federal no podía dejar de preguntarme, por un lado, si existe la ingenuidad en política y, por otro lado, si todavía persiste entre nosotros la profunda desideologización de los años ’90, época, como todos recordarán, en que se anunció a los cuatro vientos una doble muerte: la de la historia y la de las ideologías, con lo que se habían vuelto vetustas y anacrónicas las referencias a derechas e izquierdas. En el tiempo dominado por la lógica del mercado y la estetización posmoderna de todo, ningún anclaje significativo podía ofrecer nada relevante, ninguna memoria política podía perturbar el juego de equivalencias que borraban historias, posicionamientos, conflictos, herencias político-culturales, resistencias, derrotas, hegemonismos, explotaciones, clases sociales, violencias (y la lista es demasiado extensa como para continuarla). Una nueva forma de lenguaje pasteurizado, construido con los retazos del marketing, la publicidad y la reingeniería empresarial, se ocupó de darle rienda suelta a la neutralización de la política, a su sometimiento a las gramáticas audiovisuales y a los designios de la industria del espectáculo.

Clausurado, por inactual, el tiempo de las derechas y las izquierdas, lo que reinó durante aquella década y hasta 2003 fue una suerte de naturalización de las construcciones neoliberales. Naturalización del mercado como referente primero y último de todas las relaciones sociales; naturalización de una estructura de valores que proyectó a escena al ciudadano-consumidor, ese mismo que concibió la vida social y democrática como si fuera un paseo de compras por un shopping center que, eso sí, tenía que venir con satisfacción garantizada; naturalización de una forma extrema de individualismo asentada sobre la fragmentación social y la profundización de la brecha entre ricos y pobres; naturalización, también, de la pobreza que se equiparaba a la lluvia, a un fenómeno de la naturaleza y que sólo podía ser tratado desde la perspectiva de la filantropía; naturalización del periodismo y de las corporaciones mediáticas como reaseguro de la misma democracia, silenciando los intereses defendidos por esas mismas corporaciones; naturalización de la reducción de la política y de los políticos a las demandas de las nuevas estéticas televisivas. Todas estas naturalizaciones venían a esconder un sistema de dominación que a lo largo de varias décadas llevó, hasta alcanzar dimensiones escandalosas, a la concentración de la riqueza en cada vez menos manos y a vaciar la relación entre democracia, política y litigio por la igualdad.

Mientras que en el debate televisivo Carlos Heller fue el único que intentó, con diversa suerte, regresar sobre los núcleos ideológicos que se estaban poniendo en juego, los otros tres candidatos se dedicaron mancomunadamente a descargar casi todas sus baterías sobre el kirchnerismo. No sorprende que ésa haya sido la estrategia de Michetti y de Prat Gay, ambos son deudores directos e indisimulados de una derecha que no se nombra como tal escondiéndose en la retórica del fin de las ideologías; sorprende que alguien como Pino Solanas, que dice expresar una posición nacional y popular, se haya dedicado todo el programa a bombardear a un gobierno que tiene como principal contrincante precisamente a la derecha neoliberal entramada en la alquimia de corporaciones económico-mediáticas y de partidos que simplemente se han transformado en correas de transmisión de esos intereses concentrados.

Pino Solanas eligió la estrategia de horadar la candidatura de Heller, desconociendo lo realizado en estos últimos años, jugando sin disimulos el juego de la derecha que lo trata como a una niña bonita que viene a legitimar lo que en la boca del macrismo o del gorilismo neorradical sería imposible de lograr. Pino colocó su prestigio, aquel que viene de una película como La hora de los hornos, para acabar favoreciendo a la única alternativa real de poder, la derecha restauracionista y privatizadora, que puede venir a sustituir al kirchnerismo en esta etapa histórica. No hubo, en prácticamente todas sus intervenciones, una denuncia de esa alianza neoliberal que viene, desde el año pasado, avanzando como una amenaza poderosa sobre los aciertos, y no sobre los errores, primero del gobierno de Néstor Kirchner y ahora de Cristina Fernández; no hubo junto a un denuncismo antigubernamental efectista algo equivalente dirigido contra aquellos que no sólo vienen por todo en la Argentina sino que buscarán también desestabilizar al resto de los proyectos populares que vienen desplegándose en Sudamérica y de los cuales este gobierno ha sido una parte fundamental. Poco o nada parece importarle a Pino Solanas el destino de Bolivia, de Ecuador, de Paraguay; poco o nada le preocupa el regreso de la derecha al poder, porque él y los suyos se imaginan como los herederos de la caída del kirchnerismo.

Así como el diputado Lozano votó junto con toda la derecha contra la Resolución 125 e hizo lobby para que los senadores de Tierra del Fuego hicieran lo propio, el miércoles pasado, en el debate televisivo, Solanas se dedicó a criticar con saña y sin ninguna mediación posible a un gobierno que, más allá de deficiencias y errores, ha hecho girar el tiempo argentino hacia una perspectiva reparadora de lo popular. Nuevamente termina por elegir quedarse junto a aquellos que desguazaron al Estado, que brutalizaron la política, que naturalizaron la pobreza y la desigualdad social, y lo hace recurriendo a un arsenal supuestamente progresista y popular, algo semejante a lo que su aliado de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, viene haciendo desde el 11 de marzo de 2008, habilitando a la Sociedad Rural a través de los recursos simbólicos de una federación que se pasó con armas y bagaje al campo de sus antiguos enemigos.

Quisiera imaginar, amigo lector, que es posible que exista la ingenuidad en política, que lo de Solanas fue simplemente una estrategia, muy mezquina, para restarle algún voto a Heller y ganarlo para su lista en esa apuesta por convertirse en el nuevo referente de una alternativa popular; quisiera creer en esa ingenuidad o en esa pequeñez, pero algo de lo impropio, algo que no nació en el debate televisivo de los candidatos sino que se viene expresando desde hace más de un año, me hace dudar, ahora, de mi propia ingenuidad a la hora de preguntarme por qué ese silencio de piedra para criticar a la derecha restauracionista, mientras se descargan todas las granadas sobre un gobierno acosado por esas mismas corporaciones de las que nada dicen realmente Pino Solanas y Claudio Lozano o que, en el momento de la verdad, terminan por defender como lo hicieron durante el debate por la 125. Nada más difícil que disputar efectivamente la renta y no, como otros, que sólo lo han hecho de forma retórica; nada más claro que ver cómo actúan las corporaciones y a quién quieren desbancar para entender si estamos ante una ficción, como dicen Pino Solanas y los suyos, o ante una compleja lucha política, económica y cultural. ¿Ha sido acaso una ficción la disputa por la renta agraria extraordinaria, o la que se abrió con la renta financiera a partir de la reestatización del sistema jubilatorio, o la que se avecina en la disputa por la renta simbólica a través de la nueva ley de medios audiovisuales? La derecha, estimado Pino Solanas, sabe cuándo algunas cosas van en serio o cuándo otras son mera cháchara testimonial.

Muy diferente ha sido y es la actitud tomada por Martín Sabbatella que, aunque no coincidamos en su decisión de presentar en estas elecciones una candidatura propia y diferenciada, lo ha hecho sin desconocer los méritos de lo realizado por el Gobierno y sin apelar a la lógica de la impostura y de la denuncia espectacular ni, mucho menos, dejando de criticar centralmente a la derecha. Lo ha hecho y lo hace con honestidad y sin plegar sus banderas y sus ideas. Lo de Pino Solanas ha sido de otro orden, ha tenido una virulencia verbal que sólo se podría conjugar y corresponder si su oponente fuera esa derecha restauracionista que espera paciente su turno para volver a ser la dueña de los destinos del país. Pero no, él y su partido han elegido como enemigo al gobierno sin importarle nada o casi nada la recuperación del sistema jubilatorio, la reestatización de Aerolíneas Argentinas, el saneamiento de la Corte Suprema, la política de derechos humanos, la defensa del trabajo y del salario en un contexto mundial de crisis y de políticas atentatorias contra los intereses de los trabajadores en la mayor parte de los países centrales, la construcción de un espacio latinoamericano atravesado por lo democrático, lo popular y lo emancipatorio que, entre otras cosas, contribuyó a frenar a la derecha fascista y separatista de la Media Luna boliviana, que les otorgó a 1.800.000 ciudadanos sin ninguna cobertura el derecho a jubilarse, que viene mejorando ostensiblemente la inversión en educación e investigación... Han preferido el sí... pero como forma de desconocer el giro histórico que se dio en nuestro país desde el 25 de mayo de 2003; han preferido el discurso de la impostura y de la ficción como si nada hubiera sucedido realmente y todo fuera apenas un engaño que no hace otra cosa que encerrar la continuidad del menemismo.

Mucho queda por hacer y por profundizar; muchos son los flancos débiles y las deudas con los que menos tienen; mucho queda por resolver con relación a los recursos naturales, a la protección de los glaciares, a la verdadera reconstrucción de un Estado devastado, a la imperiosa necesidad de llevar al Congreso una nueva ley de medios audiovisuales y a profundizar la redistribución de la riqueza; también mucho y decisivo queda por hacer a la hora de construir nuevas formas políticas de participación popular. Seguramente el 29 de junio estaremos discutiendo todo esto y más, sabiendo que un mismo espíritu emancipatorio debería reunirnos a todos aquellos que seguimos imaginando un país más justo, igualitario y libre; y sabiendo, también, dónde está el peligro, allí donde la amenaza de una restauración conservadora insiste sobre nuestro tiempo argentino.

* Ensayista, doctor en Filosofía, profesor de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-127041-2009-06-22.html

  OPINION

Las consecuencias sociales de las ideas que fundamentaron la hegemonía neoliberal en los ’90 y su supervivencia bajo la forma de un “sentido común” construido por los grandes medios de comunicación.

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Durante la década de los ’90 proliferaron los anuncios del fin de la historia y de la muerte de las ideologías. Francis Fukuyama, aquel empleado norteamericano-japonés del Departamento de Estado, escribió, teniendo como telón de fondo la caída del Muro de Berlín y la agonía de la Unión Soviética, un artículo que recorrió las geografías más distantes del planeta y en el que, declarándose heredero de Hegel, confirmaba que estábamos asistiendo al entierro de una época del mundo dominada por la lógica del conflicto, para dejar paso a la entrada en la era de la expansión ilimitada y definitiva del mercado y de la democracia liberal. Fukuyama realizaba unas extrañas piruetas teóricas para apuntalar su visión del fin de la historia; para ello recurría a un poco conocido, al menos fuera de los círculos intelectuales, filósofo ruso-francés llamado Alexander Kojève, quien a lo largo de unos seminarios dictados en el París de los años ’30 interpretaba de un modo harto original a Hegel, inscribiéndolo en esa perspectiva que anunciaba la llegada de un tiempo caracterizado por el reinado de la razón burguesa expandida hacia todos los confines. Lo que en Hegel era una compleja reflexión sobre la travesía del Espíritu Absoluto en la época de la Revolución Francesa y de la expansión napoleónica, y en Kojève una ardua y genial relectura del filósofo alemán a la luz de los acontecimientos de principios de siglo XX signados por la guerra, la revolución social y el ascenso de los fascismos, en el empleado del Departamento de Estado era la apología del libre mercado y de la función imperial norteamericana como punto de cierre de la historia y de sus vicisitudes.

Fukuyama desplegó su hipótesis del fin de la historia en el momento de la hegemonía neoconservadora, en esos años finales de la década del ’80 dominados por la figura bifronte y reaccionaria de Reagan y Thatcher, quienes vinieron a expresar un gravísimo giro del capitalismo que iniciaba el crepúsculo de su era bienestarista para introducirse de lleno en su etapa especulativo-financiera, esa que ha entrado en una crisis casi terminal en 2008, arrasando las expectativas neoliberales y reintroduciendo ideas y prácticas supuestamente arrojadas a los sótanos de una historia clausurada. Para Fukuyama, el final del mundo bipolar traía como resultado la evaporación de cualquier alternativa viable a la hegemonía del capitalismo, creando a su vez las condiciones para un despliegue inmisericorde y salvaje de la especulación financiera que venía a poner en evidencia que la nueva forma de acumulación ya no pasaría necesariamente por la esfera productiva. Entramos de lleno en la era de los flujos financieros, de los paraísos fiscales, de los planes de ajuste recetados por el FMI a los gobiernos del Tercer Mundo y del desmantelamiento del Estado como instrumento de control y regulación de ese mismo capital que ahora se preparaba para zambullirse en las aguas de la más absoluta de las especulaciones. Se trataba de cantar loas a una globalización que permitía la libre circulación de las mercancías, pero que clausuraba a cal y canto las fronteras de los países ricos para que entraran hombres y mujeres, en especial aquellos que provenían de las regiones más pobres del planeta y que buscaban huir de la miseria extrema generada por esas mismas políticas neoliberales. El fin de la historia venía de la mano con el triunfo, aparentemente irrefrenable, de un capitalismo despojado de cualquier eufemismo a la hora de exaltar como el bien supremo de la humanidad a la riqueza y a sus detentadores. La apología de los “ricos y famosos” se convirtió en el nuevo modelo de una ciudadanía restringida.

Pero esa época dominada por la retórica del fin de la historia y la muerte de las ideologías no tuvo sólo consecuencias económicas devastadoras principalmente para los países periféricos, multiplicando la pobreza y la marginalidad y acrecentando el proceso de concentración de la riqueza, sino que también, y de un modo radical y decisivo, desplegó aquello que podría ser denominado como una profunda revolución cultural que logró naturalizar su propia visión del mundo, arrasando con tradiciones e identidades político-culturales que quedaron reducidas a ser piezas del museo de la historia, restos arqueológicos de un pasado definitivamente cerrado a nuestras espaldas. El giro cultural-simbólico se hizo aprovechando el advenimiento de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, tecnologías que, de la mano de las grandes corporaciones mediáticas, fueron imprimiéndoles a la vida de las personas nuevas significaciones. El gigantesco esfuerzo ideológico (aunque esta palabra estaba prohibida en el diccionario de los neoconservadores) apuntó a horadar el sentido común hasta adecuarlo a la construcción de nuevos imaginarios y nuevos modos de producción de la subjetividad que quedarían asociados a las demandas y exigencias del mercado, transformado ahora en la verdad última y revelada de la vida social.

No se trató, por lo tanto, pura y exclusivamente de un giro económico ultraliberal capaz de reconfigurar el conjunto de las relaciones internacionales a partir del paradigma del libre mercado y de la lucha frontal contra toda forma de proteccionismo (claro que eso no dejó de ser una imposición hecha a los países pobres mientras fue apenas un gesto retórico en los países ricos que mantuvieron a rajatabla sus políticas proteccionistas); se trató, antes bien, de una transformación que involucró los núcleos duros de la economía del capitalismo junto con una intensa mutación de las prácticas sociales y culturales de la mano de los lenguajes de la industria del espectáculo y de la información que, herederas de la vieja usina hollywoodense –en especial la que proyectó sobre las geografías más distantes el sueño estadounidense y su estilo de vida– e incorporando las enseñanzas extraídas de la apropiación que el fascismo hizo de las tecnologías audiovisuales como ejes de su ejercicio propagandístico, supieron incidir en la producción de una nueva manera de concebir el mundo y la vida, penetrando hasta el fondo mismo de las conciencias de época.

Comprender el giro neoliberal es salirse de la simple constatación de aquello que se modificó en el plano de la realidad material para penetrar en aquellos ámbitos de la vida privada y de la fabricación de valores y modelos paradigmáticos, desentrañando la decisiva importancia que, en esa construcción novedosa, en tanto generalizada y hegemónica, tuvieron los medios de comunicación. Es inimaginable el mapa de las últimas décadas desprendido de los lenguajes comunicacionales. En el tiempo de la desideologización y de la neutralización de la política transformada en lenguaje empresarial y puramente administrativo, el eje articulador de sentido, la argamasa con la que sellar los bloques de la dominación, pasó de las viejas estructuras político-ideológicas, lo que tradicionalmente se llamaron los partidos políticos, a la máquina comunicacional-informativa que se convirtió, a partir de ese giro económico-cultural, en garante de la reproducción del sistema y de su lógica.

Lo que en el comienzo de los años ’60 Guy Débord definió como la “sociedad del espectáculo”, acabó siendo lo más propio y decisivo de nuestra propia época, el eje alrededor del cual giró la mayor parte de la vida y el ámbito principal a la hora de producir nuevas formas de la sensibilidad adaptadas a las necesidades de un capitalismo en vías de metamorfosis. Devaluadas las derechas tradicionales, astilladas las estructuras partidarias de representación, debilitadas las formas conservadoras emanadas de las retóricas moralizantes de las instituciones religiosas, fueron las corporaciones mediáticas, las grandes empresas del espectáculo y de la comunicación, las que asumieron la enorme tarea de generar una nueva “opinión pública” capaz de sentirse identificada con los valores emanados de la forma neoliberal que asumió el capitalismo contemporáneo.

La alquimia entre mercado, valores hiperindividualistas, espectacularización mediática, fragmentación social, privatización generalizada y desintegración de lo público posibilitó, entre otras cosas, que un modelo inédito en su capacidad de generar desigualdad e injusticia acabase convirtiéndose en referencia ineludible y verdadera de una sociedad capturada por las más diversas formas del prejuicio y la sospecha. Tal vez por eso resulte tan arduo modificar usos y costumbres a la hora de buscar alternativas a un modelo que, si bien hace agua por todos lados, sigue habitando el fondo de las conciencias hasta el punto de oscurecer cualquier vía de salida. Nada más difícil que ir contra el sentido común, que intentar romper la hegemonía del discurso neoliberal que viene desplegando “su imagen del mundo” desde hace varias décadas. Nada más complejo y desafiante que poner en cuestión aquello que nos habita y que se despliega entre los pliegues de nuestra cotidianidad hasta el punto de volverse indiscernible de lo que pensamos e imaginamos. Nada más arduo que ejercer la crítica contra nosotros mismos, en especial cuando esa crítica tiene como destino permitirnos ver de otro modo aquello que está aconteciendo alrededor nuestro. De eso mismo que no podemos ver allí donde seguimos capturados por un “sentido común” que transforma en impostura y ficción aquello que, en nuestro país, y desde mayo de 2003 viene pujando, con enormes dificultades y contradicciones, por doblegar el mandato neoliberal y su prolongación en esas nuevas derechas que hoy se ofrecen, a través de la corporación mediática, como los representantes de una genuina República “democrática” afirmada en la lógica de la rentabilidad de unos pocos, esos mismos que, sin decirlo, desean regresar a ese armonioso fin de la historia que, entre no-sotros, habitó la década del ’90.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-125109-2009-05-18.html


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El cierre de listas pone en evidencia el debilitamiento, la falta de debate interno y el vaciamiento de los partidos políticos. El otro aspecto claro es la idea plebiscitaria de la elección, tanto del Gobierno como de la oposición. La presencia de Néstor Kirchner y Daniel Scioli en la lista del oficialismo de la provincia de Buenos Aires es muy potente. La oposición también se juega con sus figuras muchas cosas definitivas en la Argentina. No porque estén mirando al 2011, que queda muy lejos, sino al 29 de junio: de qué manera sale el Gobierno el día después de las elecciones, si fortalecido o debilitado. Se pone en juego la estabilidad del Gobierno y del modelo; aunque no lo diga explícitamente, la oposición quiere imponer un giro liberal de derecha. Además de la postura destituyente que asumen algunos sectores de la oposición, como fue la naturaleza del diálogo entre Mariano Grondona y Hugo Biolcati (presidente de la Sociedad Rural). Existen muchos sectores, y también medios de comunicación, que difunden y quieren leer en los diarios del 29 de junio que el Gobierno salió derrotado. A partir del resultado se recompondrá el escenario político inmediato.

Con respecto a las llamadas candidaturas testimoniales –y no sé si ésa debería ser la palabra a emplear–, el Gobierno juega todo en estas elecciones poniendo como cabezas de lista a referentes atractivos para los sectores populares, como son los intendentes del Gran Buenos Aires. No me parece el tema de fondo, ni que se trate de un debilitamiento institucional. Como tampoco lo es la actitud oportunista de quienes plantean que está mal si un oficialista deja un cargo para asumir una candidatura, pero si lo hace la oposición está bien. Por eso, me parece interesante la lista del Frente para la Victoria de Capital. Es una lista rara, que lleva al frente a Carlos Heller, un hombre de la izquierda progresista; y relaciona a hombres de la CGT, como Piumato, y a referentes del modelo sindical-social de la CTA, con la participación de Tito Nenna, ligado a Hugo Yasky. Esto muestra la reinserción de los trabajadores en la política activa, como lo fue el acto de la CGT con 100 mil trabajadores en la calle, que no se daba en la política argentina de los últimos años. Me parece que es producto de una intensa negociación y debate, en contraposición a otros armados electorales que reemplazan el debate de ideas por la decisión de unos pocos, asociadas a las encuestas o la repercusión mediática. Finalmente, es casi natural que quienes expresan a los sectores concentrados de la producción agropecuaria en la Argentina estén en las listas del radicalismo liberal gorila o en el neomenemismo del PRO y De Narváez. Pero lo que no está tan claro para la gente, porque no lo expresan públicamente, es que pretenden una restauración conservadora y un giro al terrorismo liberal de los ’90.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/124706-39897-2009-05-11.html

  OPINION


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Los rostros del suburbio se sumergen en el centro de Buenos Aires como quien entra en una geografía que no le pertenece pero que, una vez penetrada, se transforma en su propio lugar, aquel en el que no dejará de mostrar sus señas de identidad, esas que no suelen ser descriptas con benevolencia por los grandes medios de comunicación. Rostros curtidos, oscuros, serios y alegres a la vez de acuerdo con la mirada con la que se topan o a la circunstancia en la que se encuentran. Rostros que devuelven, aunque no lo sepan, las imágenes de otras historias que atravesaron con intensidad las calles de la ciudad, que bajo otras memorias y otras experiencias se encolumnaron para afirmar la presencia de quienes vienen nuevamente encolumnados a defender sus derechos, todos, los del salario y los de la dignidad, esos derechos que algunos han querido suprimir cuando los vientos de la historia parecían soplar hacia la inclemente imposición de la gramática absoluta del capital.

Rostros que remiten a otros rostros como queriendo recordarnos que las épocas se cruzan y que las memorias no se borran por más que se busque invisibilizar lo que sigue insistiendo en el interior de una sociedad injusta y desigual. Rostros de una justicia siempre reclamada, rostros incontables de aquellos que desde siempre exigen que se los reconozca como iguales allí donde la democracia, antigua y nueva, se ofreció a sí misma como el espacio de una igualdad que luego sería sistemáticamente negada por los poderosos. Esos rostros, múltiples, anónimos, íntimos y lejanos, expresan una escritura desplegada en el tiempo de las rebeldías y de las innumerables luchas por el reconocimiento. Poco importa si quienes los representan no están a la altura de esas historias y de esas demandas, poco y nada importa el desdén clasista con el que los nombran los otros, los dueños de las rotativas y de las cámaras de televisión, los narradores de un sentido común atragantado de tanto racismo. Importa que después de mucho tiempo, casi un par de décadas de ausencia (cuando otros rostros más ajados y empobrecidos los sustituyeron para manifestar que los expulsados del sistema, los desocupados del neoliberalismo también tenían rostro y derechos), han regresado las multitudes anónimas a las calles de una ciudad que, más allá de la hostilidad de muchos, guarda como su mejor secreto las huellas de esas otras movilizaciones que en el pasado dignificaron la lucha obrera.

Buenos Aires, la antigua, tal vez aquella que, como Borges dijera, empieza en el sur, descubrió sus ausencias; con un dejo de anonadamiento se recordó a sí misma, recuperó en un instante y entre aquella multitud de rostros llegados de los suburbios pobres otras escrituras alejadas del individualismo de época y perturbadoras de una “opinión pública” construida a la altura de los prejuicios de ciertas clases medias que nunca dejaron de horrorizarse ante la invasión de los bárbaros, de aquellos incivilizados que vienen de una lejanía inclasificable y peligrosa. Eran, una vez más, los “negros del choripán”, la masa anónima movilizada por los recursos del clientelismo (recursos alimentados, dice esa sesuda “opinión pública”, por los impuestos que paga la gente decente), el rebaño que se deja conducir a cualquier lugar y bajo cualquier consigna porque son iletrados y casi analfabetos, carne de cañón de cualquier populismo. Son pura ausencia allí donde carecen, según esta interpretación “sociológica” de algunos connotados dirigentes opositores, de la capacidad para discernir lo que significa la libertad, el derecho y la calidad institucional. Son feos, malos y sucios, y van dejando esas evidencias mientras caminan con desparpajo por las avenidas de una ciudad que nos les pertenece.

Están ahí, arracimados bajo sus banderas, las de sus organizaciones sindicales, las que todavía señalan sus pertenencias más allá del intento del sistema por arrojarlos al vacío neutro de un anonimato en el que sólo vienen a expresar rostros oscuros e inclasificables, masa de trabajadores que sólo son capaces de malvender su fuerza de trabajo. Esas banderas son una poderosa conjunción de pasado y de presente, en ellas, entre sus pliegues, se guarda la memoria de otras batallas y de otras derrotas; ellas siempre son más que la circunstancia que hoy las vuelve a convocar y que algún nombre que se ofrece como el garante último de la verdad. Ellas son el barro de la historia, esa argamasa de sangre y sudor que siempre nos recuerda lo que todavía no se ha cumplido, los sueños soñados ayer que aún siguen esperando su oportunidad y que cada generación redescubre bajo sus propias e insustituibles condiciones. ¿Puede soñar una multitud? Para los cultores de un liberalismo exhausto por su propia crisis eso es un oxímoron porque ante todo están el individuo y su libertad, bastión contra esa masa indiferenciada que viene a amenazar a la República y a la pureza de sus instituciones. Para ellos, la multitud no puede soñar, apenas puede comportarse como una ameba, como una fuerza primitiva que es movida de acuerdo con los deseos de unos pocos. Entre el clasismo brutal y el racismo se mueve una “opinión pública” que no deja de retroceder, en términos intelectuales, hacia un conservadurismo elemental, ese mismo que suele expresar la fuerza de choque informativa de la corporación mediática, esos movileros que intentan describir lo que sus ojos no pueden alcanzar a comprender con los limitados vocablos de quienes expresan la pobreza de la ideología del prejuicio.

Extrañas vicisitudes las de una época que creía que la historia había concluido bajo el reinado omnívoro y entramado del mercado y de la democracia liberal. Un presente absoluto sin rostros curtidos que amenazantes se atrevieran a recorrer las calles de la ciudad burguesa recordando que, acá, entre nosotros, persisten la injusticia y la pobreza. Una época que se sobresalta al descubrir que nada es eterno bajo el sol a veces negro de la historia, de ese sol que vuelve a irradiar sobre las multitudes iluminando con nueva luz la demanda de los incontables por ser parte de lo que todavía, y pese a las promesas que vienen del inicio de la democracia, no se ha repartido con justicia. Gracias a que existen los sindicatos, y más allá de opacidades y agachadas de muchos de sus dirigentes, la brutalidad del sistema no acaba por triunfar, precisamente porque todavía esos rostros de los suburbios arropados bajo sus banderas y sus memorias insisten en recorrer las calles de Buenos Aires.

Sabrá, el amigo lector, elegir sus propias visiones e interpretaciones de lo que fue el impactante acto convocado por la CGT el jueves pasado; sabrá valorar su importancia en esta hora de definiciones políticas en la que se juega tanto; mi intención fue otra, apenas buscar las huellas dejadas por esos rostros en la memoria de la dignidad, de esa que guardan, desde siempre, los trabajadores y sus sindicatos. Pero también, por qué no, intentar descifrar los giros de la historia, los diferentes modos de comprender y de oscurecer nuestra visión de los acontecimientos allí donde lo no esperado nos sacude con sus provocaciones. Un intento por resignificar aquello que se despliega delante de nuestros ojos y que no alcanzamos a comprender; aquello que nos remite a otros momentos y a otras circunstancias, pero que, en el caudaloso río de la actualidad, nos pone delante de nuestra mirada a un colectivo social que sigue dejando sus marcas en una historia por suerte inconclusa. Mucho se juega en estos meses por venir, entre otras cosas, el regreso de esos rostros de los suburbios al centro de la escena política; un regreso sin garantías porque sabemos que la restauración conservadora sigue siendo una amenaza real, aquella que intentará, nuevamente, que las multitudes salgan de la historia para regresar al silencio y el olvido.

* Ensayista, doctor en Filosofía, profesor de la UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-124427-2009-05-06.html

  LA MURALLA DE SAN ISIDRO O EL FIN DE LA DEMOCRACIA

El filósofo Ricardo Forster pone en situación el proyecto de levantar un muro para separarse de los pobres: una metáfora brutal de la exclusión, el racismo y la criminalización de los sectores más vulnerables. Las clases medias, la herencia del menemismo y la campaña por atemorizar a los habitantes con el Apocalipsis.

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Opinión

Hay acciones que se convierten en metáforas de lo que guarda dentro de sí una sociedad; acciones que se escinden de sus ejecutores para ofrecernos el diagrama profundo de aquello que sólo se dice a medias o que se busca nombrar de modos elusivos y eufemísticos. Algo de todo esto se manifestó con la acción de construir un muro que tenía como principal objetivo aislar a los barrios humildes, a las villas de emergencia de las zonas “decentes” llevada adelante por el intendente Posse de San Isidro.

Una acción brutal cuyo núcleo argumentativo venía a expresar la alquimia de exclusión, de racismo y de criminalización de los sectores más vulnerables de la sociedad, aquellos que siguen viviendo en la pobreza y en la fragilidad y que son representados, en el imaginario de gran parte de las clases medias, como los causantes de todos sus males y los responsables de la inseguridad que atraviesa sus vidas. El muro se transformaba, desde esta visión administrativo-represiva de las poblaciones indeseables, en la afirmación de una radical negación: la del otro como sujeto de derechos y como parte inescindible de la compleja trama de la vida de una sociedad. Ese otro, pobre y definido como delincuencial, sufriría, a través de esa acción punitiva, una doble invisibilización: en tanto persona que se entremezcla en las calles de la ciudad con sus conciudadanos de otras clases sociales y, al mismo tiempo, como portador de una diferencia imprescindible en la genuina construcción democrática de una sociedad en la que el litigio por la igualdad constituye el verdadero meollo de nuestra actualidad.

Con el muro, lo digan o no sus constructores, los que llevaron adelante la obra y los que la desearon aunque no lo confiesen públicamente, lo que quieren que quede afuera para siempre es esa exigencia de los incontables por ser parte del reparto, por alcanzar aquello que desde la antigüedad griega ha prometido la metáfora democrática: la igualdad. El muro es una respuesta a cualquier intento de plantear una redistribución más justa de la riqueza (tanto material como simbólica), constituye el gesto soberbio de ciertos sectores político-económicos por borrar de la memoria colectiva cualquier referencia a la equidad sustentada en los principios de la movilidad social y del intercambio.

La ingeniería social rudimentaria puesta en movimiento por quien supone que es posible “aislar” el bacilo productor de la peste no hace más que volver evidente la descomposición cultural que se expresa en las “soluciones” diseñadas por las derechas contemporáneas, aquellas que reclaman el fin de las ideologías, la supuesta disolución de las arbitrariedades políticas ligadas a izquierdas y derechas, en nombre de un pragmatismo de mercado que les habilita la posibilidad de ejercer a su gusto el poder. Cuando nadie se reclama de derecha, cuando se silencia la tradición política de la que se forma parte, es precisamente cuanto más activamente funciona esa misma visión del mundo que lleva dentro suyo la construcción del muro. En San Isidro han sabido poner en acto el modelo de organización de la sociedad que hoy, entre nosotros, representa esa misma derecha vergonzante que no acepta nombrarse como tal.

El muro es también una respuesta literal, y por eso imposible de ser aceptada por aquellos, insisto, que en el fondo lo desean, a las demandas enfebrecidas de amplias clases medias que han sido capturadas por el mensaje unívoco y amarillista de gran parte de los medios de comunicación. Esos mismos medios que hoy salen a criticar al intendente Posse cuando han sido, una y otra vez, los promotores de la criminalización de la pobreza y han multiplicado hasta el hartazgo el miedo de esas mismas clases medias urbanas que desearían que los pobres sean efectivamente invisibles, que habitaran extramuros sin volverse una constante amenaza para su seguridad. Cómo no establecer una línea directa entre el amarillismo mediático, las intervenciones revanchistas y socialmente impunes de algunas estrellas del espectáculo que lanzaron el grito histérico pidiendo la pena de muerte, la frustrada convocatoria hecha a la ciudadanía “indefensa y honesta” por un cura y un rabino que discursearon y sermonearon con los lenguajes típicos de la derecha más rancia, con la acción directa, sin mediaciones, que llevó al intendente Posse a metabolizar ese gesto de clase y racista a través de la construcción del muro. Posee actuó lo que aquellos otros insinuaban pero no se atrevían a proponer.

El muro, el deseo de su construcción, es, también, la herencia de los noventa menemistas, la conclusión de un proyecto de país montado sobre la lógica de una inclusión excluyente, es decir, de una lógica que naciendo de los parámetros del mercado, parámetros de éxito y violencia, de triunfo de unos pocos y de desdibujamiento de los muchos, acabó por multiplicar la desigualdad y la marginalidad allí donde fue deshaciendo los restos de una sociedad que supo atravesar por etapas de mayor equidad y que supo de un Estado que se constituyó como distribuidor más justo de la riqueza, de ese Estado que fue bombardeado por el neoliberalismo hasta prácticamente desfondarlo en su función bienestarista para sólo dejarlo como máquina represiva. El resto tumefacto de aquellas políticas de desguace se expresa en la construcción del muro allí donde viene a representar la retirada definitiva del Estado de su función de cuidado y protección de los más débiles para convertirse en garante de su más radical exclusión. Ese es uno de los meollos de la restauración conservadora que moviliza a un amplio espectro de la oposición política, económica y mediática: el regreso a un tiempo del poder en el que no se planteaba el problema fundamental y fundante de la redistribución de la renta y en el que los “humores del mercado” determinaban las prácticas reales de un Estado desquiciado y vaciado de cualquier contenido genuinamente democratizador.

El muro, el intento de su construcción, es el fin de la democracia, constituye el intento más despiadado por reducir a una existencia de gueto a quienes, por otra parte, son transformados en aquello que el filósofo italiano Giorgio Agamben definía con la categoría de “nuda vida”, es decir, los que carecen de derechos y de visibilidad, los que son cuerpos disponibles para la represión y el aniquilamiento (éste es el “secreto” que no se dice en el reclamo de la pena de muerte, en esa suerte de generalización del “gatillo fácil” o en la producción de nuestros propios escuadrones de la muerte que se encarguen de limpiar de “impurezas” las calles de la ciudad “decente”). Sin que el intendente Posee lo sepa, desconfiamos de su formación intelectual, el muro que él intenta construir es heredero de otros muros que tenían como principal cometido aislar, despiojar y, finalmente, eliminar a todos aquellos que cayeran fuera de las gramáticas de la inclusión y de la normalidad: leprosos, locos, sifilíticos, prostitutas, judíos, gitanos, homosexuales y, ahora, pobres. Tal vez el más ominoso de los muros fue aquel que inició su derrotero histórico en la lejana Venecia del Renacimiento, de ahí su nombre maldito de “gueto”, hasta los que construyó el nazismo en distintas ciudades de Europa oriental para encerrar a las poblaciones judías que luego serían enviadas al exterminio. Muros se siguieron construyendo, siguieron siendo la expresión de la brutalidad y de la violencia, de Berlín a la Franja de Gaza y, ahora, en ese intento que esperamos fallido de realizarlo en los suburbios de Buenos Aires.

Pero no se trata de reducir el problema a la decisión de un intendente, blanco ahora de muchos de los que vienen propiciando la construcción de otros muros, aquellos que se levantan cuando se criminaliza al pobre, cuando se multiplican las imágenes del miedo y se deja que una retórica impúdica arrojada como veneno en estado puro por ciertos medios de comunicación penetre lo más hondo del sentido común hasta dejar que libere lo peor, lo más brutal y canalla, el puro deseo de represión, violencia y muerte. Entre Susana Giménez, Marcelo Tinelli, Cacho Castaña, la infinidad de noteros que sin pudor arrojan palabras multiplicadoras del efecto fascistizante y el intendente Posee y su decisión se manifiesta quizá lo más simple y hasta pueril, el resentimiento elemental, la barbarie de la ignorancia; pero en aquellos otros que desde el poder económico y mediático, desde su lógica corporativa y desde la sacrosanta rentabilidad buscan horadar los intentos, aunque débiles pero no por eso menos significativos, por darle forma a un abandono de las políticas neoliberales, lo que se evidencia no es la espontaneidad revanchista surgida del miedo sino la consciente construcción de un muro que perpetúe las injusticias y las desigualdades.

El intendente Posee, seguramente espoleado por algunos vecinos connotados de San Isidro y envalentonado por la brutal campaña mediática que no busca otra cosa que aterrorizar a los habitantes de la ciudad multiplicando hasta el hartazgo las imágenes del Apocalipsis cotidiano, de ese, así nos lo dicen fervorosa y continuamente desde las pantallas televisivas, que atraviesa nuestra vida de todos los días al salir de nuestras casas o que, incluso, ha llevado su amenaza al interior de nuestros hogares, no ha hecho otra cosa que hacerse cargo en acto del mapa de la seguridad insegura ofrecido como gran panacea por un De Narváez. La lógica es impecable: dentro de un modelo social que criminaliza al pobre y que valora por sobre todas las cosas la propiedad y la riqueza, lo único importante, lo que funda su programa político, es la meticulosa intervención punitiva, la ampliación de la vigilancia y del castigo. A esa lógica que intento describir le cabe perfectamente una denominación clásica de la política: ser de derecha, buscar defender a ultranza los intereses de aquellos mismos que generaron las condiciones para la multiplicación de la misma pobreza que hoy buscan invisibilizar y castigar. De eso se trata el intento de restauración conservadora que moviliza las fuerzas y los entusiasmos de una parte no desdeñable del arco político argentino, del mismo que hace malabarismos para hablar en nombre de la democracia y de la calidad institucional cuando no hace otra cosa que recrear las condiciones ideológicas para la proliferación de los muros de la exclusión.

* Doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-123114-2009-04-13.html

  LA REFLEXION DE POLITICOS E INTELECTUALES SOBRE ALFONSIN


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Memoria imborrable

Antonio Cafiero *

Por más que este desenlace era esperado, me ha causado una profunda emoción. He vivido momentos históricos al lado de Alfonsín. Conocí a un hombre excepcional para la política. Fue un hombre muy franco, muy consecuente con su forma de pensar. Fue un adversario tolerante que ha dejado una memoria imborrable por su devoción democrática y por su respeto al adversario. Fue un defensor de las libertades públicas. En los ’80, cuando lo conocí, me di cuenta de que era una persona excepcional. Incluso fuimos rivales pero siempre he reconocido en él su espíritu tolerante y democrático. No sólo pensaba en su partido, sino en términos del país para todos. Hemos disentido muchas veces, pero las veces en las que coincidíamos fueron muchas más de lo que la gente sabe. En el siglo XX hubo dos grandes presidentes democráticos: uno fue Juan Perón y el otro Raúl Alfonsín.

* Ex gobernador bonaerense, dirigente del PJ.


Respeto y amistad

Graciela Fernández Meijide *

La primera vez que ingresé en un organismo de derechos humanos, desesperada por buscar noticias de mi hijo Pablo, fue en la APDH, y Raúl Alfonsín estaba ahí, en una época en que esa actitud no era capitalizable para ningún político. Siguió ahí en la defensa de los derechos humanos pese a que algunos de los que formaban la Multipartidaria especulaban con una convergencia cívico-militar. Alfonsín fue uno de los pocos políticos en entender que la guerra de Malvinas era una locura y que no se debía apelar más a las instituciones militares para solucionar problemas políticos. Ya en la coyuntura electoral planteó que no habría autoamnistía para los militares y eso fue decisivo en el respaldo que alcanzó en las urnas, mucho más que la quema del cajón de Herminio Iglesias. Entendió que lo primero es la vida y por eso prendió la consigna de la Juventud Radical: “Somos la paz, somos la vida”. Con él se acabó la impunidad de los militares, aun con su postura de establecer tres niveles de responsabilidades. Desde los organismos de derechos humanos queríamos una comisión bicameral en el Congreso para lograr una condena moral y él logró una condena judicial, que no es del todo valorada en la sociedad, pero que no tiene antecedentes en el mundo. Alfonsín fue uno de los pocos políticos que no usaron el poder para beneficio personal. Enfrenté sus posturas muchas veces, pero siempre en un marco mutuo de mucho respeto. Por eso puedo decir que fue mi amigo.

* Ex dirigente del Frepaso, ex ministra de Desarrollo Social.


Un hecho único

Fortunato Mallimaci *

No deja de impactar la muerte de Alfonsín, el primer presidente posdictadura. Durante su mandato se juzgó a los comandantes de la más feroz represión que sufrió nuestro país, un hecho único en América latina, que abrió la posibilidad de continuar los juicios a los responsables del terrorismo de Estado. Por eso, Alfonsín fue denigrado y odiado por los sectores de poder de la Argentina. No olvidemos que se hablaba de la “sinagoga radical”. Pero también fue el presidente de las “Felices Pascuas”, de las leyes de punto final y de obediencia debida y del Pacto de Olivos. En definitiva, Alfonsín fue un líder político que siempre reivindicó la militancia y la práctica político-partidaria, como una forma de construir y profundizar la democracia.

* Sociólogo, director del Centro de Estudios Franco Argentinos (UBA).


Tiempo democrático

Edgardo Mocca *

Nunca encontré una manera mejor de definir qué es lo que creo que significa ser un político que la figura de Raúl Alfonsín. No faltó quien le reprochara no apartarse de la política tras dejar la presidencia. Un pedido imposible: la política era para él un modo de entender y vivir la vida. Fue un agonista y al mismo tiempo un hombre de diálogo. Un estudioso apasionado y un hombre de acción. La democracia era para él convicción y responsabilidad. Hasta sus errores estuvieron atravesados por la estatura de lo trágico: negoció con los militares sublevados contra la Constitución y cedió la aprobación de leyes de amnistía insanablemente injustas porque prefirió los costos de la impopularidad a lo que entendía era una amenaza para la democracia hacia el futuro; pactó con Menem porque consideró preferible un mal acuerdo antes que habilitar el atropello antidemocrático que se insinuaba. Nadie puede negar que el juicio a los terroristas de Estado nuevamente abierto por la democracia argentina contra la amenaza del olvido y la impunidad es la herencia de aquel juicio histórico contra los jefes de la dictadura que impulsara como primer presidente de la recuperación democrática. Fue un patriota lúcido. Rechazó el convite autocelebratorio de la dictadura, cuando la aventura militar en Malvinas y, a la vez, no dejó nunca de denunciar la prepotencia imperial, aun en el propio rostro de uno de sus representantes emblemáticos, Ronald Reagan. Amó al radicalismo, más de lo que muchos de sus críticos consideraron razonable. Era inevitable la crítica a su pasión militante en tiempos en los que se predica la política descafeinada y la volatilidad de pertenencias e identidades. Alfonsín no estaba, como hoy se predica desde el moralismo antipolítico, más allá de la izquierda y la derecha: fue un hombre de izquierda socialdemócrata y alentó la inclusión de su partido en la agrupación internacional de esa inspiración. No lo ganó nunca la tara del sectarismo, entendía las razones de los demás y defendía las propias con la garra propia del político de convicción. Su nombre es la síntesis central de estos 25 años de democracia. Fue, entre los líderes, uno de los primeros en reconocer a la democracia como el suelo común en el que puede crecer la patria. Su triunfo electoral de 1983 inició una nueva era en el desarrollo político de Argentina. Aun en años duros y en situaciones caóticas, los argentinos no renunciamos a seguir viviendo definitivamente en un Estado de Derecho. Como sabía y predicaba Alfonsín, la democracia se alimenta de las diferencias y de las tensiones; es lo opuesto del pensamiento único, de la petulancia tecnocrática y de las apelaciones morales abstractas. Este tiempo democrático, nuestro tiempo democrático argentino, sigue siendo el tiempo de Alfonsín.

* Politólogo.


La ética de las convicciones

Ricardo Sidicaro *

De trato campechano pero de la talla de gigantes, Raúl Alfonsín entró en la historia mucho antes que ayer. Tuvo la sensibilidad de captar la importancia del hecho carismático que significó el retorno a la democracia y encontró el modo justo de expresar el anhelo de la ciudadanía. Nada de la herencia institucional, económica y social dejada por la dictadura favorecía un retorno digno a la vida constitucional y todo pudo haber sido como en las transiciones anteriores y como las que iban a conocer otros países de la región. Alfonsín asumió la ética de las convicciones y nos devolvió la autoestima republicana con el Juicio a las Juntas. Aquel gran protagonismo inicial estaba destinado, como inevitablemente ocurre en la dinámica de las democracias, a quedar atrapado en las relaciones de fuerza y los dilemas de la ética de las responsabilidades. La convicción de que todo fue mejor que si otro hubiese ejercido la primera magistratura en aquellos años somos numerosos los que la mantenemos. Casi nadie se había percatado en 1983 de que la Argentina casi no tenía Estado y que esa carencia desgastaría a cualquiera que estuviera a su cabeza. La conciencia cívica y la perseverancia democrática de don Raúl, sin buscarlo, tuvieron el gran mérito de hacer creer que había un Estado. Fue esa especie de espejismo lo que estimuló a los críticos de su gestión que pedían más rigor gubernamental frente a los enemigos del pluralismo o a los depredadores de la economía. El fin de su gobierno y la vuelta al llano, como era lógico, deterioraron su imagen. En los tiempos actuales, Alfonsín gozó del reconocido respeto de la mayoría de la ciudadanía. Cuando falleció Hipólito Yrigoyen, el diario La Prensa, con pluma infame, escribió: “Ayer murió un comisario de Balvanera que fue dos veces presidente de la Nación”, pero multitudes lo lloraron en las calles. Difícilmente alguien escriba hoy sobre Alfonsín con la bajeza de La Prensa de 1933, pero es seguro que somos muchos los que lo lloraremos y lo recordaremos.

* Sociólogo, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).


La tradición republicana

Ricardo Forster *

Estamos despidiendo a uno de los políticos claves de las últimas décadas del siglo XX, un hombre decisivo en la transición democrática. Fue un político de una generación que pensaba a la política muy vinculada con sus orígenes, con sus herencias intelectuales, con sus adscripciones partidarias; no era uno de estos políticos actuales advenedizos, que se forman de la noche a la mañana. Marcó dos o tres hitos en la historia argentina. Los más importantes fueron el Juicio a las Juntas y el acuerdo de paz con Chile por el Beagle, que fue decisivo para la transición democrática. Alfonsín fue un orador extraordinario. Personalmente, para mí fue una felicidad el momento de su triunfo, en el ’83. A muchos de los que veníamos de la noche de la dictadura, más allá de que él fuera radical (y yo no lo era), su triunfo nos pareció un hecho auspicioso. Cometió errores; su momento de inflexión fue Semana Santa, de ahí en más renunció a profundizar una línea democrática popular. Pero más allá de eso, y ya habrá tiempo de analizar sus equívocos, todos hoy hablan bien de Alfonsín, pero en los años de su presidencia las corporaciones económicas lo destrozaron. Y ciertas clases medias que lo lloran, despidiendo al gran demócrata, en aquellos años fueron rabiosamente antialfonsinistas y decían que con la Junta Coordinadora retornaba el comunismo a la Argentina. A Alfonsín se le hizo un golpe económico. Su caída estuvo vinculada con la hiperinflación de las corporaciones y también con la desestabilización de los sectores opositores, como el PJ. Alfonsín fue un hombre honesto en una clase política a la que no le sobran los honestos, un republicano en el mejor de los sentidos de la tradición republicana, no en el sentido que algunos le quieren dar hoy al republicanismo.

* Filósofo, integrante de Carta Abierta.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/122456-39144-2009-04-01.html