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¿De dónde vienen los dirigentes y funcionarios? ¿Dónde estaban y qué hacían hace algunos años? ¿Qué pensaban, qué callaban, cómo ganaban su dinero? Tras analizar la idea de “archivo”, el escritor Mario Goloboff plantea que la respuesta es irrelevante: para la historia, “la personalidad individual tiene bastante poca importancia” y “lo que cuenta son los hechos irreversibles que esta gente produce, guiada por las grandes demandas de la sociedad o empujada por ellas, quizás algunas veces a su pesar, otras porque saben ponerse al frente de las mismas”.

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Opinión

El número 1 de la restaurada revista de la Biblioteca Nacional fundada por Paul Groussac, llamada justamente La Biblioteca, en homenaje al polígrafo nacido, como nuestro Carlos Gardel, en Toulouse, quien también estableció, para suerte de todos nosotros, sus cabales en la Argentina, fue dedicado a, y llevó por sugerente título, “El archivo como enigma de la historia”. Es bueno rescatar algunas de sus reflexiones para intentar diluir esta moda, que se ha dado últimamente en la política, de hurgar en los antecedentes, generalmente indignos del presente, de los adversarios, en especial de los que antes estuvieron en el llano difícil y están hoy en el poder, se diría vengativo y omnímodo.

Recuerdo, al respecto, que en un primer viaje de conocimiento a España, en los tempranos setentas, andábamos por bollerías y tascas, guiados por nuestro querido poeta y narrador andaluz Fernando Quiñones, mientras él se jactaba de hablar a voz en cuello, con posaderos y malandrines (ya que llevaba “la opinión del común”, de “la gente”), del “Tonto”, ése al que había educado, designado y colocado don Generalísimo Francisco Franco para que lo continuara dócilmente: el que ahora es, por derecho propio, y virtudes bien propias, el rey Juan Carlos.

Igualmente recuerdo, con una inevitable sonrisa, todo lo que se escribía, se demostraba, se probaba y sostenía sobre los antecedentes del señor Mijail Gorbachov, dirigente y militante, claro está, del Partido Comunista de la Unión Soviética (tan militante y tan dirigente que, si no, jamás hubiese llegado a donde llegó) y de las desconfianzas, fundadas, explicadas, probadas, acerca de los cambios que él proponía y del destino de la Perestroika, seguramente subsumida al poco tiempo (para aquellos avezados, intransigentes fiscales) en la eterna e inconmovible rueda de la Nomenklatura.

Y más atrás todavía, y de este lado, en los maltraídos sesentas, las dudas sobre qué habría de dar, para la purísima y principista izquierda, aquel abogadito cubano, el doctor Fidel Castro Ruz, propietario de buenas tierras, quien jamás impulsaría, “por sus compromisos de clase”, ni una tímida “revolución democrático-burguesa”.

Elijo recordar también, porque según me parece viene al caso, esa magnífica novela de Robert Musil, El hombre sin cualidades (uno de los monumentos literarios del siglo XX), en cuyos primeros capítulos juega, respecto del Imperio austrohúngaro y ¡vaya coincidencia!, con cierta letra del alfabeto y con el hecho de que la Kakania (como la llama) se moviera, acompasadamente, al ritmo de aquélla, puesto que el Estado era kaiserlichköniglich (imperial-real) y también kaiserlich und königlich (imperial y real) y “no había cosa ni persona que no fuese afectada allí por una de esas dos siglas, k. k. o k. y. k; era necesario poseer una ciencia secreta para poder decidir de una manera segura qué instituciones y qué hombres podían ser llamados k. k. y qué otros k. y. k.”. Y donde acota cómo se vivía, hace ya casi un siglo, “lo institucional”, con guiños que no parecen pasarles muy lejos a algunas de nuestras bellas repúblicas: “La constitución era liberal, pero el régimen clerical. El régimen era clerical, pero los habitantes libre pensadores. Todos los burgueses eran iguales ante la ley, pero justamente no todos eran burgueses...”.

Como en esa suerte de tautología verbal de la gran poeta norteamericana Gertrude Stein, parte del poema “Sacred Emily”: “Rose is a rose is a rose”, del archivo puede decirse que es el archivo del archivo del archivo... Jacques Derrida, quien alguna vez trabajó el tema desde su enfoque “deconstructivista”, especialmente en una conferencia de 1994, que luego pasó a ser el título Mal de archivo. Una impresión freudiana afirmaba que el mismo es “de naturaleza ambigua”. “Comienzo y futuro abierto a la vez, es la posibilidad de repetir aquello que olvida la memoria y que, a través de su reunión en un corpus atesorado y espacialmente dispuesto, conjura la amenaza del soberano.” El archivo, para Derrida, es siempre político, potencia un porvenir indeterminado, mira más hacia delante que hacia atrás y “es la pregunta por la política, por sus modos de socialización e integración de la vida colectiva”.

Aparecen, pues, estos pequeños inspectores biográficos (“ajudantes de guardalivros na cidade de Lisboa”, se podría decir de ellos, parafraseando al agudo y sabio Fernando Pessoa), prontos a demostrar (en otros, claro está, en otras familias), de dónde vienen los malísimos dirigentes y funcionarios actuales, dónde estaban y qué hacían cuando la dictadura militar, qué cuando los recomienzos de la democracia, qué cuando la presidencia de Carlos Saúl Menem. Qué ideas tenían, qué defendían, qué callaban, cómo ganaban sus dinerillos. Es decir, quiénes eran entonces y quiénes son, travestidamente, ahora. Ahora que están en el poder y, en materia de derechos humanos, de recuperación de empresas para el Estado, de equidad social, de justicia, de educación, de cultura, de una política exterior soberana e independiente, se empeñan en hacer, puro malignos y perversos puros, lo contrario de lo que supuestamente decían o silenciaban antes.

Y eso funciona muy bien para el cotilleo diario de quienes ejercen psicología política de café desde los grandes diarios, desde la descargante radiofonía de seis a veinticuatro horas todos los días, para ciertas buenas vecinas de Vicente López y de Palermo, quienes llaman y refrendan esas opiniones como parte de una fantástica manipulación en cadena. Pero no ¡ay! para la verdadera, la mayúscula historia, la que nos enseña que la personalidad individual tiene bastante poca importancia y que lo que cuenta son los hechos irreversibles que esta gente produce, guiada por las grandes demandas de la sociedad o empujada por ellas, quizás algunas veces a su pesar, otras porque saben ponerse al frente de las mismas, en oportunidades históricas que no se desperdician y donde la aleación funde a la temperatura necesaria.

Como enseñaba Walter Benjamín en sus “Tesis de filosofía de la historia” (escritas, nunca se subraya lo suficiente, a principios de 1940, todavía bajo la emoción del pacto germanosoviético), no es el pasado el que origina el presente sino, casi, al revés: “La historia es objeto de una construcción, cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino el (“jetztzeit”, literalmente: ), que es lleno”.

De ahí, como se ha visto durante la segunda mitad del siglo XX, y para no hablar sino de América latina, la recuperación de José Martí por la Revolución Cubana, la de Túpac Amaru por la llamada “revolución peruana” de 1968, la de César Augusto Sandino por los nicaragüenses, la de Emiliano Zapata en Chiapas...

Entendiéndolo así, podría concluirse, que el “mal de archivos” es hoy, en la pobre Argentina ideológica de estos siempre agitados días, un triste, redundante, inútil consuelo de tontos.

* Escritor y docente universitario.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-133381-2009-10-13.html

  OPINION


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En épocas de congelamiento ideológico y de vacío político, se celebraba mucho en Moscú la siguiente definición: “¿Qué es un pensamiento? Es el camino más corto entre dos citas”. Y en efecto, eran tiempos en los que más valía, para el cuidado de la salud, antes que la compleja y peligrosa argumentación, una frase oportuna bien refrendada por el principio de autoridad. Cualquiera fuese la circunstancia, el tema, el asunto a tratar o a resolver. Aunque el referenciado lo hubiese escrito o dicho en otra situación, respecto de otros problemas, en diferente contexto. Y aunque la cita, algunas veces, no fuera del todo fidedigna. Con la firma bastaba y sobre todo, e irrefutablemente, la de Stalin.

Lejos de invocarse la cita sólo por controversias teóricas, en muchas ocasiones se trataba de resolver vastos y graves asuntos de gobierno, tales como el desarrollo desigual de las economías regionales, el desparejo crecimiento de las naciones de la Unión, problemas alimentarios, energéticos, rurales, militares, y hasta culturales, lingüísticos, artísticos. Para todos había, en el digesto, una frase que transaba el pleito. Iban, alegremente, desde la célebre “el socialismo es dictadura del proletariado más electrificación” hasta aquellas de Vladimir Ilich Lenin sobre “la organización del partido y la literatura del partido”, las cuales, como revelara después su compañera de toda la vida y de luchas, Nadeska Krupskaia, “jamás se refirieron a obras de la literatura”.

La historia viene a cuento y vale evocarla desde otro polo, geográfico y político, a raíz de ese discurso que escuchamos hace poco, encabezado por una cita de nuestro poema nacional, el Martín Fierro. En medio de esta dialéctica actual muy paradójica, poblada de novedosas denuncias a la pobreza por parte de los más ricos de la sociedad, apelaciones a la institucionalidad por parte de veteranos cortadores de puentes internacionales y organizadores de puebladas, defensas de la libertad de expresión por parte de monopólicos manipuladores de cerebros y voluntades, y en un discurso con sesenta y cuatro menciones de “la patria”, y líneas también de Jorge Luis Borges y de José Martí, los versos “aquellos que en esta historia / sospechen que les doy palo, / sepan que olvidar lo malo / también es tener memoria” habrían tal vez pasado inadvertidos si no hubiesen sido citados nada menos que por el presidente de la Sociedad Rural en la inauguración oficial de la 123ª Exposición de Palermo.

¿Qué hacía allí el Martín Fierro, un poema escrito para denunciar la persecución del gaucho sin tierra, llevado a la guerra y la miseria por la fuerza, por los patrones y la policía, condenado a defenderse como un delincuente, despojado de su mujer y de sus hijos, de su solar y de todos los bienes materiales de este mundo? Justamente, a raíz de ello, el propio poema fue vapuleado y despreciado, y su autor, José Hernández, desconocido y ninguneado como escritor de segunda categoría y, aunque muy popular, escribiente de “cosas del gauchaje”.

Cuenta algún honroso poeta de la elite, como don Joaquín Castellanos, sinceramente avergonzado, que cuando Hernández visitó Salta a principios de 1886 (el año de su fallecimiento) “las atenciones que se le dispensaron fueron dirigidas al hombre político. Al poeta no lo tuvieron presente. La mayoría ignoraba, en aquel tiempo, hasta la existencia del poema Martín Fierro, cuya primera parte se había publicado diez años antes. Los pocos que allá conocían algo de la obra, la conocían solamente por los trozos popularizados y, sobre todo, por las frases criollas convertidas en dicho común, como aquella de ‘va cayendo gente al baile’. Pero aun los que sabían que Hernández era autor de aquellos versos, no los tomaban en cuenta para caracterizar al poeta. Creían que su composición había sido un pasatiempo juvenil, una payada de circunstancias sin valor alguno como producción literaria”.

El Martín Fierro sólo fue verdaderamente recuperado muchos años después por Leopoldo Lugones, porque éste supo unir la poesía con “la ideología nacional”, darle un papel a la literatura en la formación del Estado y de la identidad, y comenzó a forjar el arquetipo del argentino con su reconsideración del Martín Fierro, en aquellas seis conferencias en el Teatro Odeón, en 1913, que terminaría recogiendo en el libro El payador. Lugones venía pensando todas estas cuestiones: la formación de una nación, de una conciencia nacional, y ahí entronca lo del libro como el poema épico argentino. Por una parte, argumenta un tanto alucinado, la obra de Hernández consagra el ritmo poético vernáculo –el doble galope de las cuatro patas del caballo en el octosílabo– y, por la otra, al gaucho como emblema de la nacionalidad.

William Shakespeare –actor, empresario, sonetista de a ratos y, de a ratos, autor de una obra genial– pasó los últimos años de su vida en Stratford-on-Avon, su pueblo natal, sin escribir una línea, y dejó un testamento en el que no se menciona libro alguno. Arthur Rimbaud revolucionó la poesía moderna, si bien escribió solamente hasta los veintidós años y luego se dedicó a la trata de esclavos en Africa, olvidándose para siempre de la literatura y del mundo.

Batallador político constante, apasionado defensor de causas siempre perdidosas, denostado, perseguido, exiliado, defensor de la autonomía y el coraje del Chacho Peñaloza, cuya cabeza clavada en la pica de Olta endilga a Sarmiento, numen de la fundación de esa “ciudad futura”, masónica y astral que es hoy La Plata (a la que, además, dio el nombre), José Hernández murió, al fin, ignorando que había escrito uno de los libros inmemoriales de la lengua, un libro que es, ya, memoria de la humanidad.

Sin suponer ni imaginar que sus versos de justicia y dignidad iban a andar de boca en boca por generaciones de jóvenes, de adultos y de viejos, acompañándolos en sus trabajos y sus días. Sin sospechar tampoco, y esto seguramente, que alguna vez serían esgrimidos para sustentar vaya a saberse qué privilegios al comienzo de un discurso en una Sociedad Rural.

* Escritor, docente universitario.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-131180-2009-09-04.html

  OPINION


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Probablemente desde mucho tiempo antes, desde la época de la escritura sobre piedra, hueso, arcilla o caparazones de tortuga, en cera, en pergamino, en cuero, omóplatos de carnero, hojas de palmera, trozos de vasijas de barro, pieles de bestias salvajes, pedazos de corteza, mediante nudos, lazos o imágenes... Aunque, con mayor certidumbre, desde el momento en que no tan bárbaros sajones como los que vendrían después, dueños por entonces de una adelantada metalurgia, la adaptaron en la imprenta al papel y a la letra gótica, haciéndola llegar hasta el siglo XXI, la lectura constituye un verdadero problema de civilización.

Por otra parte, la sociedad moderna, azuzada por la semiótica y el psicoanálisis, ha ido convirtiendo el verbo que describe una actividad tan visible y concreta como la de posar y deslizar los ojos sobre una línea de diario o de libro en resbaladiza aptitud metafórica: no sólo leemos la curva de los astros y los designios de Dios en las marcas del cielo, el destino en las manos o en las cartas, los pasos de la bailarina en la danza, un recuerdo impreciso en el gusto de cierta magdalena; ahora también leemos la disposición de los muebles y adornos en una casa como expresión del espíritu de sus habitantes; las intenciones y objetivos de los integrantes de cualquier manifestación colectiva en sus ropas y caras; la traición de la amada en sus actos fallidos, en sus enojos o en sus apuros; el inconsciente en los sueños. Todo es pasible ya de una “lectura”, ampliada, sistemática, permanente, obsesiva. Esta captación, este presunto apoderamiento inteligente de los signos de la realidad, desplazado, al fin, del simple ojo hacia otras regiones ignotas de los sentidos o del espíritu, a pesar de su aparente hondura se revela cada día como más ingobernable por el raciocinio.

Sin embargo, no todos han de ser inconvenientes en esta proliferación de supuestas capacidades; ellas pueden servir de consuelo ante tanta queja que carcome hoy a padres, adultos mayores, maestros, profesores, por su señalada o sentida o percibida escasez, quienes acusan a las nuevas generaciones de despreciar la lectura, a los medios de obstaculizarla y reemplazarla, a los fantásticos adelantos tecnológicos de deformarla, aunque la justicia de tales denuncias es polémica y está por comprobarse, como tantas otras que se largan a circular por el vasto mundo.

De todas formas, cualquiera haya sido aquel dibujo, aquel trazo, voluntario o involuntario, consciente o subconsciente, es siempre el lector el que le da sentido, según su propia historia, su sentimiento, su interpretación, según lo que quiera establecer o demostrar. La tan mentada legibilidad viene muy dudosamente del propio objeto; somos los observadores quienes se la conferimos. Y no sólo al libro de la naturaleza o al de las cosas, también en el de aquéllos donde los seres humanos pusieron toda su voluntad y su genio de afirmación filosófica, estética, poética. Somos nosotros quienes les otorgamos el sentido a partir de nuestras vivencias, de nuestra experiencia, de nuestra concepción del mundo. Escribió alguna vez Virginia Woolf: “Anotar nuestras impresiones sobre Hamlet después de una relectura anual representaría escribir nuestra biografía, puesto que cada vez que aprendemos algo más de la vida Shakespeare comenta lo que nosotros sabemos”.

A favor de aquella multiplicadora tendencia se han lanzado, en estos últimos tiempos electorales, políticos, politólogos, intelectuales y académicos volcados resueltamente al minucioso análisis político, opinantes libres de la más diversa especie, fascinados por lo que, bien críticamente, Oscar Terán llamó “el imán de la política”. Todos ellos venían anunciando que iban a leer los resultados de las últimas elecciones, y hasta cómo habrían de leerlos. Hay, por las horas que corren, naturalmente, una extraordinaria coincidencia entre dichas lecturas, sus previsiones y sus opiniones precedentes y actuales.

Van, claro está, en una misma y feliz dirección. Tampoco, por supuesto, ciertas miradas y balances en la dirección contraria parecen muy ajustados y objetivos. En fin, que nadie podría, seriamente, jactarse de leer con gran exactitud en el polifacético libro de eso que llamamos realidad. O la voluntad del electorado. O lo que quiere la gente. O el alma de los pueblos. Ni de hacerlo, con tamaña velocidad, por y para mucho tiempo.

Cada vez con más fuerza, ahora se están leyendo hasta los silencios. Como en los grandes edificios que poseen ascensores y escaleras, las responsabilidades de tales actos corren por cuenta del lector, espectador o intérprete. Ya, con su ilimitada sabiduría, lo había anunciado el senador Carlos Reutemann, muchas horas antes de la jornada electoral: “Va a haber lecturas de todo tipo”, dijo.

Puede que, en un futuro no lejano (o en un presente no cercano), los hechos se lean de otros modos. O que, tal vez, éste de la multiplicidad de lecturas no sea el más pertinente de los caminos que suele elegir la razón: por algo el libro mayor de nuestra lengua pone tan cerca del enjuto caballero, derivada de su copiosa e indiscriminada lectura, una siempre extraña y discutible locura. Casi como un roce anagramático y una lección de vida.

* Escritor, docente universitario.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-128947-2009-07-28.html

  OPINION


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Eric Arthur Blair, hijo de un administrador del Departamento de Opio en Motihari, India, por entonces colonia británica, nació en 1903. Cursó toda la escolaridad en Inglaterra, muchas veces como becario, ya que su condición económica no lo hubiera permitido. Imposibilitado de obtener una beca universitaria, se incorporó a la Policía Imperial India en Birmania. Hasta que en 1928 volvió a Inglaterra, atesorando una vasta experiencia y un odio visceral contra el imperialismo inglés que lo acompañaría durante toda su vida, de lo que dan brillante testimonio textos célebres como Burmese Days (Los días de Birmania, 1934) o Shooting an Elephant (Disparando a un elefante, 1936).

Pasó algún tiempo en la indigencia, hizo todo tipo de trabajos manuales e intelectuales, hasta que debió abandonar un puesto de maestro de escuela por razones de salud y, mientras escribía notas para ganarse la vida en el New Adelphi, se convirtió en George Orwell, a fin de evitar problemas laborales y familiares, y acaso porque el río Orwell, en Suffolk, era uno de los lugares más emblemáticos para muchos poetas ingleses.

Imbuido ya de las ideas socialistas y libertarias, se lanzó a Barcelona cuando el alzamiento “nacional”, para luchar por la defensa de la República durante la Guerra Civil española. Llegó en diciembre de 1936 y fue asignado como miliciano al antiestalinista POUM. De esa voluntaria participación queda su Homenaje a Cataluña, hermoso testimonio de un combate utópico donde primó el heroísmo, la escasez de medios, la ausencia de estructuras y los rencores recíprocos entre las diferentes fuerzas del antifranquismo: “Yo había venido a España con la vaga idea de escribir notas periodísticas, pero me uní a las columnas casi inmediatamente, porque en ese momento y en ese clima parecía inconcebible hacer otra cosa. /.../ Era la primera vez en mi vida que estaba en una ciudad en la que la clase obrera había asumido el poder. Prácticamente todos los edificios, de cualquier tamaño que fueran, habían sido tomados por los obreros y cubiertos con banderas rojas o la roja y negra de los anarquistas; todas las paredes estaban pintadas con la hoz y el martillo y con las siglas de los partidos revolucionarios; casi todas las iglesias habían sido destripadas y sus imágenes quemadas. Aquí y allá, eran sistemáticamente demolidas por grupos de obreros. Cada negocio y café tenía una inscripción anunciando que había sido colectivizado; hasta los lustrabotas habían sido colectivizados y sus cajas de lustrar pintadas de rojo y negro. Los camareros y sus ayudantes lo miraban a uno a la cara y le hablaban de igual a igual. Las formas de trato serviles y aun las ceremoniosas habían desaparecido temporalmente. Nadie decía ‘Señor’ o ‘Don’ o siquiera ‘Usted’; todos llamaban a los otros ‘Camarada’ y ‘Tú’, y en lugar de ‘Buenos días’ decían ‘Salud’”.

A su regreso a Gran Bretaña, se ganó la vida escribiendo reseñas de libros para el New English Weekly. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para el Servicio Oriental de la BBC en programas dirigidos a obtener el apoyo de la India y del Este asiático a los aliados. Pasó luego a convertirse en columnista y editor literario de Tribune, una revista semanal de izquierda. Los últimos años de su vida transcurrieron entre reyertas políticas y hospitales. Alcanzó a pedir que se lo enterrara según el rito anglicano. Falleció en 1950. Sus restos yacen en Oxfordshire.

Amigo y mentor de maestros (Herbert Read, Arthur Miller, Stephen Spender, Raymond Williams), Orwell fue una de las personalidades literarias más discutidas del siglo XX, vapuleado e injustamente tratado por las izquierdas durante los ’30 y ’40 debido a sus tomas de posición hostiles al régimen soviético. Periodista sagaz, arriesgado, autor de una vasta obra ensayística compuesta por artículos y reflexiones; verdadero pionero en el análisis del discurso político, con textos fundadores como Politics and the English Language o The Sporting Spirit; defensor de la función social de los escritores frente a las injusticias, la guerra y los fenómenos totalitarios; autor de notables ensayos anticoloniales; más conocido por sus alegóricas novelas (Rebelión en la granja y 1984) o por sus escritos sociales y políticos, vivió sacudido por los acontecimientos del siglo, sobre los que de modo abierto actuó y juzgó descarnadamente.

Ni siquiera a muchos años de su muerte la historia lo dejó en paz: una edición de The Guardian de hace poco tiempo reveló fichas de los servicios secretos británicos (MI5), desclasificadas en los National Archives, donde consta la vigilancia ejercida de 1920 a 1960 sobre las actividades de intelectuales sospechosos, entre ellos y en buen lugar el propio George Orwell. Los documentos, que incluyen detalles ridículos sobre la vigilancia ejercida, revelan el rango de los encargados y su particular torpeza para juzgar lo que observan. El Sargento Ewing, que lo monitoreaba hacia 1942, anota: “Este hombre ha avanzado en sus puntos de vista comunistas... Se viste con ropas bohemias, tanto en las horas de oficina como durante su tiempo libre”.

El Archivo “Orewell” (sic) empieza investigándolo en enero de 1929, al ofrecerse para trabajar en París como corresponsal del Workers’Life, el precursor del Daily Worker, famoso periódico “rojo”. La observación continúa en los ’30, cuando comienza a ayudar en una conocida librería de la izquierda, la Booklovers’ Corner, en Hampstead, con cuyo dueño, Francis Westrope (“conocido por sus posiciones socialistas y considerado él mismo un intelectual”), eran muy amigos.

El Archivo contiene recortes del Manchester Guardian de septiembre de 1938, donde consta que Orwell ha firmado un Manifiesto por la Paz, alentado por organizaciones de izquierda. Dos años antes, se había requerido información sobre el escritor, al haber sido visto en un acto del Partido Comunista, celebrado en Londres. Hay también otros datos del pasaporte: su conocida gran altura (“height 6ft 2ins” –“altura 6 pies 2 pulgadas”–: cerca de 1,90 metros), sus ojos grises, su pelo castaño y ... “sus tatuajes en la espalda y en ambas manos”.

Como acaba de escribir Robert Mc Croum en The Observer sobre 1984: “Probablemente, la novela definitiva del siglo XX, la historia que restará eternamente fresca y contemporánea /.../ y que ha sido traducida a más de sesenta y cinco lenguas y ha vendido ya millones de ejemplares, dará a George Orwell un lugar único en la literatura mundial”.

Sobrevive, también, de su elevado intelecto y su desgraciada carne, una triple paradoja de la historia, y de la historia del pensamiento. La primera, que quien anunció el control absoluto del estado totalitario sobre el mínimo hombre haya sido, a su vez, vigilado hasta aquellos extremos por una de las democracias occidentales de mayor fama. La segunda, haberse visto acusado, no se sabe con cuánta veracidad, de participar él mismo en denuncias contra simpatizantes comunistas. La última (y no la menor), ver en qué se ha convertido, por obra de nuestra paupérrima televisión, la temible figura del Gran Hermano con poder estatal, que Orwell tuvo el genio de percibir y nombrar (Big brother is watching you), el peligro de un espía mayúsculo, metido en los hogares y en la conciencia de las gentes, en manos ahora de manipuladores sin escrúpulos, disfrazados de tontos o de angélicos.

* Escritor, docente universitario.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-126227-2009-06-07.html

  OPINION

“Durante años nos preguntamos qué había hecho posible la catástrofe (Shoa) en la Europa culta, estética, refinada del siglo XX. En textos de Primo Levi puede encontrarse alguna respuesta, siempre parcial aunque satisfactoria: para los alemanes, durante décadas ‘los hebreos eran sólo aparentemente seres humanos: en realidad son algo diferente, abominable e indefinible, (más lejanos a los alemanes que los monos a los hombres)’.”

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Dentro de diez o quince mil años, si es que aún hay literatura, si es que hay mundo, alguien escribirá, en un impredecible soporte, la historia de un animal fabuloso que empezó siendo yuyo o poroto o arbusto, y terminó con la dudosa felicidad de cierto país que cierta vez se llamó la Argentina. Mientras tanto, las bibliotecas van acogiendo, copiosamente desde el Medioevo, otros especímenes no menos singulares de un alargado y enriquecido bestiario.

Ya Cornelio Tácito, en una de las cumbres del género historiográfico (Anales, VI, 28), sostuvo que si bien la antigüedad es ignota, por tradición se reconoce que el Ave Fénix vive más de mil cuatrocientos sesenta años. Y su casi contemporáneo, Plinio el Viejo, en el octavo de los treinta y siete libros que cansinamente componen la Naturalis Historiæ, verdadera enciclopedia de la ciencia del mundo antiguo, señala, entre otras reprochables costumbres animales, que los dragones atacan cruelmente a los elefantes, aunque sólo en verano. Avanza una explicación, propia de lo que suelen llamar sentido común y, por eso, poco menos que irrebatible: todos saben que la sangre de estos paquidermos es fría.

Tales ingenierías vienen desde mucho antes: el Libro de los libros, sobre todo después del Diluvio, consagraba una alianza indestructible entre hombres y animales. Torcidas interpretaciones bíblicas nos fueron distanciando, si bien ya aparecían en él criaturas dudosas, y en Isaías (11, 8) se evoca “la caverna del basilisco”, animal que, en vida, ha recibido por lo menos tres entidades, igualmente legítimas: algunos prescriben que se trata de un lagarto deforme, otros hablan de un reptil gigante y los demás mencionan un pollo alto dotado de tres pies, con cola y dientes de serpiente. Como, según buenos datos, su cresta tiene forma de corona, lo llaman “pequeño rey”, basiliskos en griego o “el regente” para la etimología latina. Se ha hecho famoso por provocar la muerte con un único y veloz vistazo.

Algunos helenos, más prácticos, imaginaron el origen de la araña en una venganza de la diosa Atenea contra Aracné, princesa célebre por su tintura púrpura y su destreza en el arte de tejer, a quien aquélla habría trucado perversamente, puesto que una vieja rivalidad comercial emponzoñaba las relaciones con los lidios, de origen cretense. Y Mileto, en Creta, era la más grande exportadora de lana de color del mundo antiguos...

Todavía hoy, en la región boscosa de las Ardenas, compartida entre Bélgica, Francia y Luxemburgo, los cazadores proponen una explicación del acecho a un delicioso tordo: el tendedor dispone sus trampas sobre los árboles, y la mayoría de las veces en tierra, para capturar al “tordo escarbador”, el cual, sostienen, se alimentaría a ras del suelo, escarbando a reculones. Descontada la inexistencia obstinada del singular pájaro terrestre, se deduce que el inconsciente popular ha forjado esta nueva especie para defender el derecho inmemorial del cazador a recorrer y a capturar animales en el bosque.

Pero, por lo general, no hay respuestas tan directas al surgimiento de algunos mitos. Puede conjeturarse que entre las causas de estas creaciones esté un radical antropocentrismo y la tendencia a encontrar semejanzas con el reino animal, que sigue siendo, mal que nos pese, el nuestro. Las relaciones que se subliman en ellas son las de captura, de caza, de crianza, pero también de modos, procedimientos, actitudes morales o moralizantes. Estas hechuras frecuentan las fábulas, las alegorías, las metáforas, los acertijos, los aforismos. No siempre van en desmedro del mundo animal, pero sí, ocurre, en menoscabo del humano. A veces, son intereses económicos o sociales los que llevan a ello. Otras, una conjunción de éstos con los políticos.

En julio del año pasado, después de dura pelea, se anunciaron dos actos públicos en Buenos Aires. Uno en apoyo de la política gubernamental y otro a favor del “campo”. Un barbado dirigente rural declaró que ellos iban a hacer su acto en el Monumento a los Españoles y “que no se van a cruzar al otro lado que es donde está el zoológico”. Antes y después hubo dichos similares con alusiones, poco veladas, a borregos, a perros, a ratas, a bichos.

Menciones involuntarias como, probablemente, otras que vengo comentando: Bestiario (1951) se llamaba también el primer libro de cuentos de nuestro Julio Cortázar, pero quizás no tenga que ver con esto. Tal vez haya sido pura influencia de Les chants de Maldoror, del uruguayo-francés Conde de Lautréamont, padre de los surrealistas. ¿O sí? ¿O expresaba, en aquel momento, a través de su título y de algunos cuentos (“Casa tomada”, “Omnibus”, “Las puertas del cielo”, el propio cuento “Bestiario”), la repulsión de la clase media y de su medio al “aluvión zoológico”, a los “cabecitas”, a “los monstruos” que venían a ocupar “la casa”? ¿No lo advirtió él mismo al arrepentirse tantas veces, públicamente, de aquella mirada, como bien señaló, “muy despectiva /.../ sin ningún cariño, sin ningún afecto”?

Hace tiempo que se vienen señalando estos calificativos como culpables de disminuir la estatura humana de sus destinatarios. Cuando se insiste en ellos durante cierto tiempo, puede llegarse a atrocidades mayores, padecidas ya por la especie. Durante años nos preguntamos qué había hecho posible la catástrofe (Shoa) en la Europa culta, estética, refinada del siglo XX. En textos de Primo Levi puede encontrarse alguna respuesta, siempre parcial aunque satisfactoria: para los alemanes, durante décadas “los hebreos eran sólo aparentemente seres humanos: en realidad son algo diferente, abominable e indefinible, (más lejanos a los alemanes que los monos a los hombres)”. Esto quizás explica que, con frialdad administrativa, se los transportara como ganado, se los marcara como bueyes, se los hiciera comer como perros, se los exterminara con gas letal utilizado para piojos y pulgas. Padecimientos a los que, entre tantos, Giorgio Agamben agrega “el tatuaje biopolítico”. Ahora, Judith Butler revela la inventividad de la administración militar norteamericana, que aconsejó demorar los juicios para mantener a los presos de Guantánamo en la espera y en la incertidumbre, ya que se trataba de “bárbaros que merecen ser reducidos al estado animal”. De ahí el cuidado que habría que tener con el uso de ciertas imágenes y con los ignorados poderes del lenguaje para modificar la conciencia y el corazón de las gentes.

Lejos de mi ánimo acusar a nadie en la Argentina de tales maldades en el uso del Bestiarum vocabulum. Porque es cierto también (y no lo digo para defender posturas económicas o sectoriales, de las que conozco poco) que algunos hombres de campo están asustados. Ven (o dicen que ven) disminuir día a día la hacienda, los animales de cría, los de granja, que nos quedaremos sin carne, sin leche, sin lana... Hace poco, visité en Algarrobos a uno de mis ancianos tutores. Hablamos largo de esto. Sobre el final, muy apenado, don Goyo Sartori, hombre de los más sabios que he conocido, pero que teme ya lo peor, me confesó: “Fijate, qué te voy a decir, no es que yo quiera hablar contra los de la ciudad ni que me las agarre con ellos. Pero ¿cómo, con los cambios del clima, con esta política y con todas las cosas que pasan, no van a desaparecer nuestras vacas, nuestras ovejas, nuestros caballos... si han llegado, así nomás, con el simple correr del tiempo, a extinguirse los centauros?”

* Escritor, docente universitario.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-125238-2009-05-20.html

  OPINION


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¿Quién, en nuestros años mozos, no acudía a ver el cine de Ingmar Bergman como se asiste a un templo? Al igual que, años después, las obras de Woody Allen o, ahora, las de Quentin Tarantino, las películas del artista sueco formaban parte de lo más refinado de la cultura audiovisual, aquí y en el extranjero poblaban nuestros atardeceres y nuestras noches, y luego los cafés y las discusiones, con el recuerdo de sus imágenes artesanalmente elaboradas, de sus diálogos escuetos y abismales, de su hermetismo y extrañeza, de su erotismo a contrapelo de las enseñanzas recibidas, de su belleza nueva y cómplice.

Aquel hijo de pastor protestante, que había vivido en el presbiterio una infancia rígida y atormentada, una juventud rozada apenas por el nazismo y la guerra, y una lenta y larga madurez signada por su rica y profunda productividad, nos comunicaba una filosofía en la que sombríamente se mezclaban Sören Kierkegaard con Martin Lutero, Johann Sebastian Bach con Wolfgang Amadeus Mozart, y las preguntas por el amor, la muerte o el destino humano con la ignorancia o el alejamiento definitivo de la religión: “Dios y yo nos hemos separado hace ya mucho tiempo. Aquí estamos, sobre esta tierra, y ésta es nuestra única vida”, declararía en 1976.

Incomodidad metafísica e intelectual, estremecimientos y temblores, vacilaciones, inseguridades producían sus escenas, sus frases en la doble “noche oscura” mística del cine o, fuera de él, en la áspera tiniebla de la identidad personal. Incertidumbres, sí, y hasta temores, que hacían pensar en el vasto mundo, en la realidad y en la irrealidad de la realidad, a través de esas representaciones fílmicas, circenses, teatrales, las que fueron sus primordiales pasiones.

De aquellas dudas y enseñanzas, al cabo de los años, no salimos peor. Al contrario, me parece que aprendimos a pensar, que es, quizá, lo más auténtico, lo único importante que un joven, y un no tan joven, deben aprender. A pensar lo abstracto y lo concreto, la complejidad, la espesura y la diversidad de lo real.

En la otra margen de la civilización occidental, qué lejos de aquel genio, de aquel sabio, qué deformación o asimilación insuficiente de los mandatos celestiales, estos pequeños gestos del homónimo rabino, con su kipá de colorinche, su ademán admonitorio y su discurso enhiesto; con sus respuestas elementales a los insondables problemas del miedo, en la escenificación, para la plaza pública, del asustadizo sermón.

Doctor de un pueblo que asumió en carne viva, repetidamente, la opresión y las gestas liberadoras, se caricaturiza en sus jeremíacos lamentos y en el reclamo de vigilar y de castigar más, de reprimir más, de encerrar más. Reincidente él también en su vocinglera actuación, el religioso juega, como en el kafkiano teatro popular de Oklahoma, el papel de sí mismo, y simula lo que ellos quieren escuchar. Retruécanos que avergonzarían a Gracián: “Como puede ser que el mal trabaje tan bien y que el bien lo haga tan mal”; facilidades: “El legado de Perón no puede ser el legado de Nerón”; dudosas fraternidades en las que, generoso, se conchaba, pastorilmente, de alguacil: “Tenemos que tomar eso que aprendimos de los hermanos del campo. Hay que organizarse para defendernos”; rencorosas aunque modestas consignas de comité: “Hay que llenar las mesas para que no nos roben los votos”. Dispuesto a mezclarse y a ser portavoz de tantos pecadores, y a participar, de ser posible, en los asuntos del Estado, el personaje se siente destinado a hacer cumplir lo que alguna vez llamaban “el efecto Prigogyne”: un Dios fuerte y un Príncipe débil, para garantizar el mínimo de desorden público y de orden teológico sin los cuales su actividad (intuimos, espiritual) carecería de sentido.

Menos imaginativo todavía que él, se me ocurre, viéndolo, escuchándolo (entre divertido y atónito, lo admito), sólo una próxima película, igualmente leve y de corta trascendencia. En la cual Liv Ullmann o Bibi Anderson demanden, con anteojos negros y en una conferencia de prensa ad hoc, medidas fuertes para los rubios delincuentes suecos, la prohibición del alcohol, por ejemplo, o de la libertad sexual. Hay, eso sí, una duda sobre el título: ¿el innovador Yo no soy fascista. Tengo un marido judío u otro, probablemente repetido, El huevo de la serpiente?

* Escritor, docente universitario.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-122127-2009-03-26.html