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  TEMAS DE DEBATE: LA REVOLUCION DE MAYO Y LA ECONOMIA

La idea predominante entre los historiadores es que la revolución aconteció por la crisis de la monarquía. Sin negar esto, los analistas introducen otras causas, como la intensa presión fiscal y la posibilidad de vincularse abiertamente con los mercados europeos.

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Producción: Tomás Lukin

debate@pagina12.com.ar


El fin del monopolio

Por Jorge Gelman *

En un tiempo la economía estaba en el corazón de las explicaciones sobre la Revolución de Mayo. Hoy no está más. La idea predominante entre los historiadores es que la revolución acontece por la crisis de la monarquía que crea un problema irresoluble de legitimidad, ante el cual el poder revierte a los pueblos que componen ese gobierno. Y que esta cuestión política inicia un camino que se torna luego irreversible. Sin negar esto, debería volver a discutirse si la economía no está para nada en ese proceso, si el fin del monopolio y la posibilidad de vincularse abiertamente con los mercados europeos no motorizaron algunas voluntades en esas jornadas. O si la intensidad de la presión fiscal del último período colonial no influyó en el ánimo de las elites locales. Todo esto puede ser discutido. Pero lo que no puede ser eludido son las profundas consecuencias que la revolución trae a las economías rioplatenses.

Durante el período colonial prácticamente todas las regiones de lo que luego sería la Argentina, estuvieron orientadas a abastecer de mercancías a los grandes mercados internos, especialmente a los centros mineros del Alto Perú que demandaban ingentes cantidades de bienes de consumo y de producción, que no venían de Europa sino de un enorme espacio americano que incluía a estas tierras. Incluso un territorio tan lejano de Potosí como Buenos Aires destinaba parte de su producción agraria a abastecer esos mercados, produciendo mulas que constituían el principal medio de transporte en el territorio andino.

Esta orientación económica tenía muchas consecuencias. Buenos Aires jugaba un rol central como intermediario con la economía atlántica, pero su crecimiento no cuestionó durante largo tiempo el del territorio interior. Aun cuando se crea el virreinato en 1776 con capital en Buenos Aires, es visible que se mantiene un cierto equilibrio interregional y, por ejemplo, hacia 1810 todavía la población de Córdoba es comparable a la porteña.

Esto va a cambiar radicalmente luego de la revolución. La crisis de la minería andina y la ruptura del espacio colonial van a tener severas consecuencias en las economías interiores del todo el continente. Por el otro lado, el auge de la economía atlántica estimulado por la revolución industrial y la mejora en los transportes marítimos van a desplazar el motor de los mercados interiores hacia los exteriores. La creciente demanda de alimentos y materias primas para la población y las fábricas del atlántico norte mejora de manera duradera los términos de intercambio para las economías periféricas en condiciones de producirlos.

Esto se convierte en un fuerte estímulo para lo que se llamó la “expansión ganadera” en la provincia de Buenos Aires, que algo más tarde emprenden varias provincias del litoral. Pero la peor dotación de recursos de la mayoría de las provincias interiores, así como sobre todo las enormes distancias terrestres hasta el puerto, impidieron que este poderoso motor las incluyera.

Así, la mayoría del territorio interior no logra insertarse en este nuevo circuito y a la vez está perdiendo en gran medida el de los mercados interiores en decadencia. Se inicia un camino que lleva a una fuerte divergencia en el desarrollo de las distintas regiones argentinas, con un litoral en expansión, sobre todo una Buenos Aires que crece de manera robusta y sostenida y un interior mayormente estancado por largas décadas.

Este desarrollo desigual no es sólo obra de la naturaleza, sino que a ello contribuyó el control de la aduana por las elites porteñas, que se convierte en clave para conseguir una sólida recaudación fiscal, que la mayoría de las provincias no alcanza. Esos recursos aduaneros colaboran al crecimiento desproporcionado de Buenos Aires, ya que fue una pieza central para entender la expansión de su frontera, sin la cual la expansión ganadera era impensable. Todo esto favorece una creciente migración desde el interior hacia el litoral y genera así un fuerte desbalance demográfico, a favor de esta última región, que cada vez más concentra los recursos humanos y económicos de todo el territorio.

El desarrollo del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX permite que otras regiones se incorporen al desarrollo agroexportador de manera exitosa, así como los acuerdos políticos con algunas elites del interior van a favorecer el establecimiento de políticas proteccionistas que reserven el mercado nacional para sus productos (el azúcar, los vinos, etc.). Ello permitirá a algunas regiones recuperar algo de la distancia perdida en las décadas previas. Sin embargo esa distancia era demasiado grande y sería desde allí un rasgo definitivo de la Argentina contemporánea. Buenos Aires se había convertido ya, y lo sería cada vez más, en una cabeza demasiado grande para un país bastante delgado.

* Instituto Ravignani-UBA-Conicet.


Belgrano, el economista

Por Rodrigo López *

Se ha impuesto la imagen de un Manuel Belgrano militar que francamente no alcanza para el bronce. En dicho campo tiene los dudosos méritos como por ejemplo un éxodo, la represión contra los sublevados de Arequito y la dantesca batalla de Tucumán, la cual pensó que había perdido pero cuando llega a la ciudad le avisan que había ganado, más posiblemente por la invasión de langostas gigantes en el campo de batalla que asustaron a los españoles o el robo de las municiones realistas por parte de tucumanos que por la destreza militar.

Pero Belgrano tiene aún mucho para dar. Fue ante todo un gran economista que supo pensar de manera original los problemas de la incipiente patria. Su formación universitaria la obtuvo en España, donde leyó a los pensadores mercantilistas, fisiócratas y también a Adam Smith, quien comenzaba a poner la mesa de la economía clásica. Sin embargo, no cayó en ser un mero repetidor acrítico de tales doctrinas, sino que tomó lo que le servía de cada una y desechó el resto. De manera pragmática entendió la necesidad de asegurar la autosuficiencia alimentaria y la posibilidad de aumentar la productividad en el agro. Ello no quita que haya descuidado la manufactura local, la cual consideraba que estaba “en la cuna”, por lo que merecía protección y no exponerla a que la sopapee la mano del mercado. En tal sentido, nos aclara en sus escritos en favor de la intervención del Estado en la economía: “Las restricciones que el interés político trae al comercio no pueden llamarse dañosas. Esta libertad tan continuamente citada, y tan raramente entendida, consiste sólo en hacer fácilmente el comercio que permite el interés general de la sociedad bien entendida. Lo demás es una licencia destructiva del mismo comercio”.

En relación a la vinculación con el mundo, aconsejaba un superávit comercial, ganado a costa de la política proteccionista, exportando con valor agregado y no ser los zonzos que compramos del extranjero los productos manufacturados con nuestras propias materias primas. Igual de importancia daba al endeudamiento, el cual debía ser evitado a toda costa. Belgrano estudió las leyes de granos en Inglaterra, las mismas que desvelarían al economista David Ricardo como miembro del Parlamento británico. Pero Belgrano llegó a conclusiones diferentes, tal vez por mirar desde la periferia. En vez de adscribir a las ventajas comparativas por medio de la especialización productiva, advertía que el país con déficit comercial sería una víctima crónica del país superavitario, ya que la falta de dinero por los pagos y el subsiguiente endeudamiento elevarían las tasas de interés locales mientras que las reducirían en el país superavitario. Ello haría más difícil la inversión en el país deficitario, la cual tendría más posibilidades en el extranjero.

Esto generaba un círculo vicioso que condenaba a un país al déficit recurrente y endeudamiento creciente, imposibilitando a su vez el desarrollo de las manufacturas. La comparación inmediata del Estado con un individuo, tan propia de la enseñanza neoclásica actual la consideraba improcedente: “Estos cálculos apurados hasta el exceso por algunos escritores ingleses, no son propios sino para entretener las imaginaciones ociosas y pueden introducir principios viciosos en una nación”.

Belgrano hizo referencias a lo que llamaba la “demanda efectiva” y avizoró la grandeza de China como potencia del orbe, no por su comercio exterior sino por su consumo interno. Siguiendo este curioso discurso “keynesiano” advirtió sobre el peligro de que el dinero, al contar con las ventajas que hoy diríamos de liquidez frente a las mercancías, sea usado para atesorar en vez de facilitar el intercambio, llevando a la crisis.

Seguramente estas ideas notables a favor de un Estado interventor, proteccionista de las manufacturas locales, atento al rol del dinero y la tasa de interés, y desconfiado del endeudamiento externo no podía ser admitido por la historia oficial que nos presenta un Belgrano fisiócrata y liberal. Pero en el Bicentenario podemos festejar que nuestro pensamiento económico no nació cipayo.

* Cátedra Jauretche y Cemop.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-146242-2010-05-24.html

  DE COMO IÑAKI QUEBRO AL PAIS


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En la página web del BCRA acaban de inaugurar un nuevo portal, “Banco Central Educa”, donde se presenta el Programa de Alfabetización Económica y Financiera (PAEF). El programa, de alcance federal, contiene actividades y materiales educativos para niños, jóvenes y adultos. En la sección Cuentos se destaca uno llamado “Iñaki Ventura y el misterio de las reservas”, donde con sorprendente actualidad se puede leer la ideología de Redrado y su equipo sobre el tema. El cuento arroja una moraleja sobre la utilización de reservas para pagar deuda, donde los intrépidos protagonistas desatan una hecatombe en el país llevando el dólar a 1500 pesos.

Para leer
el Iñaki Ventura

En 1972 Dorfman y Mattelart publicaron Para leer el Pato Donald, donde analizaban la conexión entre la cultura de masas y la ideología dominante. Denunciaban allí el rol que cumplía Disney haciendo apología del capitalismo. El cuento “Iñaki Ventura” de nuestro BCRA puede ser abordado con similares interrogantes.

La acción comienza en diciembre de 2011, en un pueblo de Argentina llamado “Barbas”, un “paraíso campestre”, que en 1935 había sido “una ciudad floreciente” o sea, “un frigorífico”, “una estancia”, descripción melancólica de la clase dominante de la Argentina agroexportadora. El papel de Tío Rico lo desempeña Don Edmundo Barbas, “un banquero y político que pocas veces visitó sus campos”, o sea un rentista. Ante el inminente remate del pueblo, interviene el protagonista Iñaki Ventura, “uno de los niños más populares del pueblo”, quien decide tomar las reservas del BCRA para salvar a su pueblo y pagar la deuda externa.

La elección del nombre Iñaki es difícil de asociar a un personaje argentino. Una explicación semiótica lo muestra como la conjunción entre las últimas y primeras letras del nombre y apellido de la Presidenta. Lo acompañam Jeremías, “que es su sombra”, y Paloma. Estos tres personajes recuerdan a los tres sobrinos de Donald, y están dispuestos a mandarse macanas. Lideran una “agrupación rebelde de magos de Barbas” (en la contratapa definida como “sofistas de Barbas”), y más adelante serán una “patota de jóvenes”, más cercanos a los drugos salteadores nocturnos de Kubrick, o el ERP en el Banade, que a los traviesos patitos.

Se enteran por el noticioso que las reservas superaron los 43.000 millones de dólares y se les ocurre ir por ellas. Van a ver al profesor Ranello “conocido en Barbas por ser el único experto en economía”, lo cual nos remite a la mítica figura de Cavallo, con su terminación “llo”. Este les pasa el dato de dónde queda el Central... Allí los domina la obsesión, “no sabían por dónde ir. Lo único que tenían claro era que querían llegar a las reservas”.

El cuento incurre en un llamativo error histórico cuando le hace decir a Paloma, “la más estudiosa y responsable”, que “su abuelo siempre contaba que un presidente llamado Juan Domingo Perón en 1944 dijo que no se podía caminar por el Banco Central por la cantidad de oro que había en sus pasillos”. En realidad, es una frase de los antiperonistas la zoncera de los lingotes de oro que impedían la circulación de los transeúntes por el pasillo. Además, Perón asume en 1946.

Como en las películas de ciencia ficción futurista, para 2031 describen un porvenir donde el agrobusiness se impone redondamente: “Ven campo y más campo”, “modernas máquinas, que parecían naves espaciales pero debían ser tractores, trabajaban la tierra. Y hombres voladores fumigaban y controlaban desde pequeñas alturas el clima que recibía la cosecha”. Finalmente, se hacen de las reservas: “Iñaki no lo dudó, mira obsesivo sobre las reservas” y las usa “para pagar esa deuda externa molesta por la que siempre protestaban todos”.

“–¡¿Por qué no usar las Reservas para pagar la deuda?!

–gritó furioso Iñaki.–¡No, no! –gritó Paloma, antes de que Iñaki diera la orden de envío–. ¡Eso está mal! Pero Iñaki no la escuchó y con rabia dio la orden igual.” La bóveda la abren “con un alambre”, a pesar de que Vélez Sarsfield ya había advertido que los bancos no se roban con ganzúas sino con firmas.

La hecatombe por desobedecer al “Guardián de las reservas” incluye una paranoia alentada por los medios: “Los diarios, radios y canales de televisión anunciaban que no había más Reservas en el Banco Central, y que el dólar subiría hasta valores impredecibles. La gente comenzó a correr a los bancos y a las casas de cambio a comprar dólares. ¡Pero no encontraban! Y cuando había, se vendían a precios exorbitantes, y crecientes. En un momento, el programa marcaba que un dólar valía 1500 pesos”.

El PAEF no sólo presenta recursos virtuales, sino que visitan cerca de 300 escuelas por año realizando políticas de “alfabetización económica”. Es loable que instituciones públicas se acerquen a la población, sobre todo las económicas (en España hay experiencia, y acá mismo en la AFIP). Pero este caso adolece de mensajes solidarios y es más bien una apología del liberalismo individualista. En el spot publicitario, Redrado mismo confiesa entusiasmado que el juego que más le gusta a él es “Bancándonos”: desafía “A ver cómo se bancan solos”, fiel reflejo de su Banco Central.

* Cátedra nacional de Economía Arturo Jauretche (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-138629-2010-01-17.html

  TEMAS DE DEBATE: REFORMA DE LA LEY DE ENTIDADES FINANCIERAS

Una vez que concluya el tratamiento del proyecto de ley de Servicios Audiovisuales, el Gobierno podría avanzar con una reforma financiera. Los especialistas analizan por qué es indispensable revertir la desregulación heredada de la dictadura y el menemismo.

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Producción: Tomás Lukin

debate@pagina12.com.ar


Un pilar del neoliberalismo

Por Cecilia Allami *

La Ley de Entidades Financieras constituyó la base jurídica de la Reforma Financiera de 1977, uno de los principales pilares del programa económico de la última dictadura militar. A nivel discursivo, esta reforma se basaba en las supuestas virtudes del mercado como mecanismo asignador de recursos y fijador de precios, y condenaba al mismo tiempo la intervención estatal en el sistema financiero. Según se argumentaba, la liberalización financiera mejoraría la competitividad del sector e incrementaría el ahorro y la inversión, fomentando así el desarrollo económico al liberar recursos de su estado de “represión”. De esta forma, en un contexto de liberalización creciente del mercado internacional de capitales, la nueva orientación desarticuló los instrumentos de intervención estatal característicos del modelo de industrialización por sustitución de importaciones vigentes hasta el momento, como el control de las tasas de interés o el crédito subsidiado. Este proceso tendió a profundizarse durante la década de 1990 a partir de la introducción de las normas de regulación prudencial de Basilea y la modificación de la Carta Orgánica del Banco Central, resultando en una transformación radical de la estructura del sistema financiero.

Así, entre 1977 y 2008 la cantidad total de entidades financieras cayó de 723 a 84. El número de bancos públicos –que abarcaban casi la totalidad del territorio nacional y manejaban una alta proporción de depósitos y créditos– se redujo a más de la mitad en el mismo período, observándose un particular debilitamiento de la banca provincial que fue en gran parte privatizada. Por su parte, el número de entidades extranjeras creció sostenidamente. Este fenómeno de concentración no sólo se circunscribió a la reducción absoluta del número de bancos, sino que también se verificó en términos de la creciente concentración de los activos y pasivos en pocas entidades. Simultáneamente, este esquema estimuló la conformación de conglomerados financieros, es decir, la participación de un grupo económico en más de un segmento de la intermediación financiera.

A su vez, estas transformaciones determinaron fuertes cambios en la estructura regional y sectorial del crédito. En líneas generales, los bancos han asignado recursos hacia los sectores que les han asegurado una mayor rentabilidad en el corto plazo. A partir de la década de 1990, el crédito a los sectores productivos se ha contraído considerablemente, priorizándose los préstamos para consumo. Asimismo, el acceso al crédito de las pymes se vio restringido por las altas tasas de interés, la desaparición de fuentes de financiamiento y los cambios en las regulaciones. Adicionalmente, una menor proporción de los préstamos estuvo destinada al interior del país, impactando negativamente en el desarrollo regional. En términos macroeconómicos, la desregulación del mercado financiero local y la cuenta de capital –que favorecieron la vigencia de altas y volátiles tasas de interés– generaron una significativa ciclicidad en el sector externo y potenciaron la fragilidad e inestabilidad de la economía.

Si bien los sucesivos gobiernos modificaron parcialmente algunos artículos de la Ley de Entidades Financieras, su espíritu se mantuvo inalterado durante más de 30 años. El resultado a largo plazo fue la concentración, privatización y extranjerización de un sistema financiero que no ha cumplido adecuadamente su rol de canalizar recursos hacia la actividad productiva. Es por esto que un plan integral de desarrollo debe incorporar una reformulación del marco regulatorio de los mercados financieros, con el propósito de recuperar instrumentos de política económica esenciales. En particular, es necesario identificar sectores estratégicos y desarrollar herramientas específicas para orientar el crédito a inversiones de mediano y largo plazo. En esta línea, y con el objetivo de reducir las disparidades regionales, debería considerarse la necesidad de financiamiento de las pymes del interior del país, ya que son las que más dificultades encuentran a la hora del acceso al crédito. A largo plazo, la reforma debería contemplar mecanismos tendientes a lograr un desarrollo económico y social más equitativo y equilibrado.

Un aspecto clave para el éxito de cualquier iniciativa de reforma es la firme voluntad política del Gobierno, dado que se verían afectados sectores que cuentan con un gran poder dentro de la actual estructura económica. Asimismo, el objetivo de que el crédito se oriente efectivamente hacia los fines previstos exige mecanismos eficientes de asignación y monitoreo del destino de los recursos. En definitiva, la ley vigente no es consistente con un Estado que debe participar activamente en los mercados financieros, favoreciendo el desarrollo productivo y limitando la especulación.

* Investigadora docente de UNGS.


La ley de la selva

Por Rodrigo López *

Entre las leyes vigentes de la dictadura pocas estorban tanto para el desarrollo nacional como la Ley de Entidades Financieras de 1977. Si bien desde entonces ha sufrido modificaciones menores, los puntos centrales se mantienen firmes. A diferencia de países como Brasil y Chile, últimamente tan mentados por nuestra derecha pop, la ley argentina en vez de señalar expresamente qué operaciones tienen permitidas los bancos comerciales concede “todo aquello que esta ley no prohíbe”, dando ventajas exclusivas a los bancos comerciales, siendo los únicos habilitados para captar depósitos del público a la vista. En la configuración del sistema, esto implica que dejamos de tener banca especializada (aconsejable para organizar el desarrollo) para pasar a tener un sistema de banca universal liderada por los bancos comerciales.

En nombre del “libre mercado” la reforma del gobierno de facto liberalizó la tasa de interés y flexibilizó la apertura de nuevas entidades financieras, con el expreso objetivo de que las tasas alcanzaran valores reales positivos y elevados, lo cual es letal para la industria, sobre todo para las pymes. El argumento esgrimido era fomentar el ahorro y que el mercado se encargara de seleccionar la orientación del crédito. El resultado fue la crisis bancaria de 1980, que sería la primera de una conocida lista. Tal filosofía toma el crédito como un bien de mercado, plausible de ser determinado por un precio de mercado, cuando en realidad se trata de un bien público, tanto porque se nutre con la agregación del ahorro de los ciudadanos como porque su uso repercute en la economía de toda la población. La moneda y las reservas provienen del trabajo argentino, no es justo que sean apropiadas por algunos, pues sus consecuencias afectan al resto. La regla de “el que llega primero gana” de la corrida de 2001 aún es recordada por muchos pequeños ahorristas argentinos.

Los bancos no son una empresa cualquiera. La explicación intuitiva es que los ahorristas depositan en los bancos los ahorros y éstos a su vez los prestan a terceros. Luego tales préstamos se multiplican a través del mecanismo de creación de dinero bancario. Pero en la realidad el orden es el inverso. El otorgamiento de los préstamos expande la economía posibilitando la aparición de ahorros. A partir de la ley de 1977 tal mecanismo es mutilado. Los bancos son cada vez más concentrados y dirigen sus créditos a grandes empresas (muchas de ellas extranjeras) o a las actividades más lucrativas en el corto plazo, las cuales suelen ser créditos personales y demás líneas para el consumo. La compra de bienes suntuarios en su mayoría importados no permite generar la sinergia prestamos-depósitos, impidiendo la potencialidad expansiva del crédito en el proceso económico. En momentos de especulación tiene lugar otra variante, que es el crédito para la lisa y llana compra de moneda extranjera. En este caso, no sólo se alejan recursos para la producción y se limita la expansión señalada, sino que a la postre se ejerce una presión sobre un precio nodal como el tipo de cambio.

Una reforma podría establecer resguardos para evitar que el sistema financiero se siga atrofiando. Garantizar créditos para pymes, instituir una banca pública de desarrollo y reducir parte de los créditos para consumos suntuosos mejorarían el desempeño de largo plazo (desarrollo), mientras que controlar maniobras que alientan la crisis cambiaria como los préstamos que se sacan con el solo fin de comprar dólares y especular (pedir) una devaluación podrían ser neutralizadas.

La reforma de 1977 vino a abolir la de 1973, que se nutría de las reformas de 1946 y 1949. En los gobiernos peronistas citados el crecimiento estaba orientado al mercado interno, lo cual requería asegurar la canalización de los ahorros nacionales a la inversión productiva local, fomentando la expansión industrial, el pleno empleo, y evitando con controles cambiarios las crisis de balanza de pagos.

La reforma de la dictadura vino a completar un programa de políticas que llevaron a la desindustrialización del país y el comienzo de la pesada deuda externa que sigue perforándonos el bolsillo. Por ironías del destino, a los militares les tocó cumplir el bicentenario de la creación del Virreinato del Río de la Plata (1776) y, a juzgar por la entrega de los resortes de la economía al extranjero y la sujeción política de la población nativa, parecen haber estado a la altura de las circunstancias.

El período abierto en 2003 dio buenos pasos al recuperar para la Nación los ahorros apropiados por las AFJP y permitir canales populares de dirección del crédito a través de cajas cooperativas. Pero resta terminar la obra. Los argentinos deberíamos poder llegar al 25 de Mayo de 2010 con la Plaza de Mayo sin vallado y que éste se establezca en el sistema financiero para disponer los canales del desarrollo nacional y no los de la fuga, el vaciamiento y la crisis, porque el bicentenario que vamos a festejar es el de la Revolución no el de la colonia.

* Investigador Cefid-AR y CCC Floreal Gorini.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-132928-2009-10-05.html