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  RECIENTES HECHOS EN BRASIL Y EN HOLANDA


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La naturaleza excepcional de dos recientes y trágicos sucesos, acontecidos en el breve intervalo de dos días, desafía la capacidad de asombro y horror: mientras aún reinaba el estupor por las doce criaturas ultimadas en Río, un hombre con un arma de fuego irrumpió en un shopping de Holanda y, tras asesinar a varias personas, se suicidó.

Las crónicas insisten en que se trata de hechos incomprensibles. Afirmación que sólo es verdad si se la juzga con la vara del sentido común, porque basta aplicar otro punto de vista para advertirnos de la coherencia que atraviesa el ya grueso tendal de episodios similares. Es más, quizá descubramos que el hecho de atribuir el carácter de incomprensible a estas masacres forma parte de la desquiciada locura que las anima.

Al contemplar el historial reciente, bien puede concluirse que las características personales de los protagonistas confluyen en ciertos y determinados rasgos comunes. Jóvenes con cierto carácter signado por la extrema reserva o timidez, en muchos casos miembros de instituciones por lo general escolares, aunque de manera tan sólo nominal, ya que el análisis posterior suele revelar el aislamiento, cuando no la lisa y llana exclusión, a la que son o fueron sometidos por sus pares.

Se agrega algún delirio místico, alguna apelación a la salvación o condena de la humanidad, cierta reivindicación personal en tanto fundadores de algún nuevo linaje o mensajeros de un supuesto orden divino, y ya tenemos un perfil bastante acabado de estos malogrados sujetos.

Hasta aquí lo común que engloba a estos hechos, sin embargo, excepcionales. No es necesario mucho cavilar para concluir que se trata de sujetos psicóticos, cuya frágil estructura psíquica no tolera la convivencia de aspectos contradictorios en el seno de la personalidad; por esa razón ubican en el Otro los componentes escindidos que su subjetividad no puede albergar. Luego las alucinaciones, las voces, los imperativos para pasar al acto: “Lo cancelado adentro retorna desde afuera”, concluye Freud en su estudio Un caso de paranoia autobiográficamente descripta.

Hasta aquí la locura de quienes aprietan el gatillo. Ahora bien, desde cierta perspectiva, un desencadenamiento de psicosis es el hecho social por excelencia, no sólo porque marca una nueva e inédita relación del sujeto con el Otro, sino también porque el alienado encarna como nadie la inconsistencia esencial que alimenta el manantial de la lengua: ese agujero por el cual, sin embargo, hablamos; para cernir, velar, o directamente ocultar la falta de respuestas frente a las cuestiones que nos hacen comunes el uno con el otro: ¿quiénes somos, de dónde venimos, qué hacemos aquí, por qué las cosas son como son?

El poeta Arthur Rimbaud escribió que el yo es el otro: “Quiero ser poeta, y me esfuerzo en volverme Vidente: yo apenas sabría explicárselo y, aunque supiese, usted no comprendería nada en absoluto. Se trata de alcanzar lo desconocido por medio del desarreglo de todos los sentidos. Los sufrimientos que ello conlleva son enormes, pero hay que ser fuerte, haber nacido poeta, y yo me he reconocido poeta. No es culpa mía en absoluto. Nos equivocamos al decir: yo pienso; deberíamos decir: Alguien me piensa. Perdón por el juego de palabras. Yo es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y al carajo los inconscientes que pedantean acerca de lo que ignoran por completo!” (carta a Georges Izambard, 13 de mayo de 1871).

El psicótico hace suyas estas limitaciones insalvables de la lengua y las devuelve con aseveraciones plenas de certeza. De esta manera, al ubicarse en el lugar de la excepción, el alienado se hace señal, encarna, en suma: objetiva lo que el resto de las personas tenemos en común. Ergo: de ninguna manera estamos ajenos al alienado. Para afirmar semejante cosa habría que ser un loco... común. No en vano se dice que esos hechos son incomprensibles con la misma facilidad con la que muchos “comunes” se suelen desentender de la segregación que caracteriza nuestra época.

Así, el loco excepcional está en el punto ciego donde se funda la política, el conflicto por el cual hablamos. Esta violencia excepcional no es más que una metáfora de la comunidad.

* Psicoanalista. Hospital Alvarez.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-166196-2011-04-14.html

  SOBRE LA NEGATIVA A LA MUERTE DIGNA


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El caso de Melina González, de 19 años, es el síntoma de una concepción de la salud que no cuida a las personas. El 19 de febrero pasado, Página/12 –en nota de Mariana Carbajal– informó que, en el Hospital Garrahan, los médicos se niegan a su pedido de recibir una sedación paliativa o terminal que le permita entrar en coma farmacológico hasta el momento de la muerte, próxima e inevitable por la enfermedad que la afecta y que le produce severos dolores. El paradigma que somete a esta joven a semejante tortura es la ética del Bien, que ubica la vida como el valor supremo sin tener en cuenta el deseo, la voluntad ni la particularidad subjetiva. De esta forma, sólo resta la degradación de la experiencia vital, la existencia reducida a un organismo que funciona sin el amparo ni el respeto que merecen las palabras que, no obstante, lo animan.

Se trata de un claro ejemplo de cómo el cuerpo se articula con la política: la salud como precipitado del poder. Marx dejó en claro cómo el cuerpo se constituye a partir del otro: “En cierto modo, con el hombre sucede lo mismo que con la mercancía. Como no viene al mundo con un espejo en la mano, ni tampoco afirmando, como el filósofo fichteano, ‘yo soy yo’, el hombre se ve reflejado primero sólo en otro hombre. Tan sólo a través de la relación con el hombre Pablo como igual suyo, el hombre Pedro se relaciona consigo mismo como hombre. Pero con ello también el hombre Pablo, de pies a cabeza, en su corporeidad paulina, cuenta para Pedro como la forma en que se manifiesta el género hombre” (El capital, México, Siglo XXI, trad. Pedro Scaron, pág. 65).

En Muerte voluntaria (Buenos Aires, Astrea, 2007), la investigadora Gisela Farías se pregunta: “¿Qué tipo de participación debería tener la esfera pública respecto de la intención voluntaria y razonada de morir de un miembro de la comunidad? Sin duda que no puede restringirse únicamente al reconocimiento del sufrimiento que lo impulsa en forma abstracta. Se requiere, entonces, de una participación activa y contextuada como condición de legitimación de derechos a la integridad o a no padecer sufrimientos, puesto que tal como lo plantea Hannah Arendt en La condición humana, los derechos humanos abstractos, los que existen presuntamente con independencia de la comunidad, no son derechos en realidad”.

También Melina convoca al Otro para transmitir su experiencia. Tras reclamar sin éxito a los médicos que la seden hasta morir, la joven aspira a que su experiencia sirva para que los legisladores –el Otro social– se ocupen del vacío legal que la obliga a transitar esta tortura: “Nadie más debería sufrir este calvario. Les pido a nuestros legisladores y políticos que despierten del letargo. Donde hay una necesidad hay un derecho. Yo tengo una necesidad y no hay leyes, no existen. Pido una ley de muerte digna”, dijo desde su cama.

Mientras su cuerpo está sometido a la falta de respuestas originada en una inacción política, esta persona se ocupa del prójimo. Como Pablo, se refleja en el Otro para dar cuenta de sí misma.

* Psicoanalista, Hospital Alvarez.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-162948-2011-02-24.html

  EN VACACIONES


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“Quiero disfrutar cada momento, que cada instante tenga una intensidad especial, quiero ser libre, vivir a pleno.” Así decía una persona que se sentía muy exigida por el entorno, los ideales familiares, el trabajo, las obligaciones sociales, sus relaciones. Le llevó tiempo descubrir que estas pretensiones de vida plena y total no eran más que la nueva y remozada versión de aquella exigencia que la atormentaba. “Vivir a pleno” es una frase que suena tan bella, tan vital, juvenil, seductora... vendedora. Pero suele acarrear frustración, desencanto y desconsuelo. Porque hay que estar a mil, siempre al palo. Se trata de una actitud que promete seducción, éxito o poder a un costo muy alto.

En efecto, este vivir a pleno está teñido de una impronta consumista, es una aspiración que no escapa a la lógica de utilidad que gobierna el mundo de los negocios, del yugo y los afanes cotidianos.

Miguel Mascialino, experto en etimología, recuerda que, en latín negotium es la negación del ocio y remite a dificultad. Ese “vivir a pleno” está más cerca del negocio que del ocio. Al respecto, Lacan se divertía comentando las paradojas del principio del placer a propósito del alienante trabajo de hacer colas para “disfrutar” durante las vacaciones.

El síntoma participa de esta pérfida lógica binaria: “Tengo miedo de que si me ausento un par de semanas, bajen las ventas del periódico; pero tengo hasta más miedo de que, a pesar de mi ausencia, las ventas no bajen”, cita Slavoj Zizek (El sublime objeto de la ideología) a propósito de un famoso chiste sobre el jefe de redacción de uno de los periódicos de Hearst: a pesar de que Hearst trataba de persuadirlo, él no quería hacer uso de sus días de descanso tan merecidos... Y agrega Zizek: “Esta es la paradoja del concepto psicoanalítico de síntoma: el síntoma es un elemento adherido a uno como una especie de parásito y ‘echa a perder el juego’, pero, si lo eliminamos, las cosas se ponen aún peor: perdemos todo lo que tenemos, incluso el resto que estaba amenazado, pero no destruido, por el síntoma”.

Ahora bien, hay otra forma de entender el placer de estar vivo: “Celebración es una palabra que explícitamente suprime toda representación de una meta hacia la que se estuviera caminando”, dice el filósofo Hans-Georg Gadamer en La actualidad de lo bello. No son pocas las veces en que uno descubre –días después de haberlo vivido– cuán agradable resultó tal experiencia; cómo se divirtió trabajando en determinada tarea o estando en aquella reunión. En definitiva, todas escenas en que las expectativas de goce o disfrute, lejos de estar sometidas a la lógica de la utilidad, se insinuaban dispuestas a la novedad, la contingencia o la sorpresa.

El ámbito del tiempo libre muestra el intervalo que media entre estas dos disposiciones antagónicas: el negotium y el otium: la exigencia de un rendimiento útil (aun en la diversión) y la disposición auspiciosa ante la novedad, el cambio o lo diferente.

En torno de las vacaciones se suscitan las más diversas y disparatadas consecuencias. Por un lado: desenfrenos, accidentes, excesos y violencia de todo tipo; por otro: la entrega que deja paso a una nueva etapa, ese desasimiento en que uno descansa hasta de las mismas vacaciones.

* Psicoanalista. Hospital Alvarez.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-161199-2011-01-27.html

  ¿QUE FACTOR DEFINE A UNA FAMILIA?


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¿Cuál es el factor último y definitivo por el que una familia se constituye como tal? Es llamativa la amplitud del abanico de respuestas que se despliega ante esta pregunta. Para empezar por lo más obvio, podemos empezar por la referencia a los lazos de sangre. Pero pocos podrían sostener con seriedad semejante argumento: la adopción de niños, o las parejas compuestas por cónyuges con hijos habidos en otras relaciones, para mencionar sólo algunos ejemplos, dan testimonio de prácticas sociales que desalojan al factor biológico como elemento fundante de una familia.

Una respuesta menos tonta, siempre en cuanto al elemento que define una familia, se orientaría por exigir de las personas involucradas en la crianza de un niño una relación sexuada: una relación que alberga, sea en el pasado o en el efectivo presente, la consumación del acto sexual. Sin embargo, tampoco esta posibilidad se sostiene con solidez: basta mencionar el ejemplo que nos brindan las familias adoptivas monoparentales.

A poco que reflexionamos sobre nuestro desalentador recorrido, advertimos que nos hemos guiado por indicios externos al niño: en efecto, ni el lazo biológico ni la relación sexuada de los agentes a cargo de su crianza atestiguan el compromiso del sujeto. Ensayemos entonces un paso más. Indaguemos por el legado: desde esta perspectiva, un sujeto estaría incluido en un grupo familiar en virtud de los dones que el Otro –cualquiera sea lo que aquí se incluya–, le ha brindado o esté dispuesto a proveerle en un futuro. Pero con esto tampoco hemos mejorado mucho: una nodriza que haya provisto los primeros cuidados, o un grupo de amigos que haya brindado amor, no bastan para hacer familia. Y un niño o un joven pueden recibir un mundo sin que esto signifique nada para ellos.

Precisemos entonces nuestra pregunta de forma tal que la implicación subjetiva oriente nuestra búsqueda: ¿qué es lo que en un sujeto hace familia?

Al hablar de la transmisión de un deseo que no sea anónimo, Jacques Lacan (“Dos notas sobre el niño”, en Intervenciones y textos 2, ed. Manantial) introduce la función del nombre propio, junto al interés libidinal. Pero lejos está el nombre propio de abarcar el ser o la esencia de una persona; su particular resonancia apenas basta para designar el enigma sobre un origen. ¿Alcanza un vocablo compartido para atrapar lo que en un sujeto hace familia?

Resta el interés libidinal. La clínica con familias suele desmontar, o sacar a la luz, dispositivos secretos que someten al sujeto, sin que éste alcance a tomar debida nota de ello. Por ejemplo, la inquietud que un joven experimenta al oír que su madre le dice “papi” habla de una intimidad tan compartida como inconveniente para el lazo social. O bien, los nombres para designar los excrementos cuyo código sólo manejan madre e hijo testimonian una comunidad que se resiste a ceder su sofocante privacidad en las significaciones comunes y compartidas. La cómplice inhibición que una púber experimenta ante la mirada que el padre dirige sobre sus nacientes pechos da pruebas de una captura ominosa. Y lo mismo vale para los padres que, en su actividad profesional, atienden los asuntos íntimos de sus hijos: desde el médico ante una dolencia que compromete zonas íntimas del cuerpo, hasta el abogado con respecto a cuestiones legales que atañen a la órbita privada del hijo ya adulto.

Esos ejemplos señalan una familiaridad reñida con el mandato exogámico. El interés libidinal, por atestiguar la impronta del Otro en la constitución del sujeto, resulta tan familiar que en ocasiones se vuelve extraño, según Freud lo describió en “Lo siniestro”.

Desde esta perspectiva, lo que hace familia serían los significantes que, en un sujeto, sostienen la tensión entre la alienación a un nombre y la separación respecto de un interés libidinal indispensable, pero siempre traumático y controvertido. Familia es lo que, en un sujeto, insinúa y aparta, presentifica y elude, el incesto.

* Integrante del equipo de familia del Hospital Alvarez (Hospital de día).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-159156-2010-12-23.html

  CONSIDERACIONES SOBRE LA MUERTE DEL EX PRESIDENTE NESTOR KIRCHNER

Cuando el doliente enlaza su trabajo cotidiano con la honra al nombre, están dadas las mejores condiciones para atravesar ese duro rubicón llamado duelo. No en vano, Lacan afirmó: "No hay amor sino por un nombre".

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Las figuras públicas suelen condensar los dramas y avatares que atraviesan el común de los mortales. Por ejemplo, la especial situación que atraviesa la primera mandataria, a causa del fallecimiento de su esposo, ha suscitado una serie de curiosos pronunciamientos, muchos de neto corte psi.

Periodistas, comunicadores o dirigentes políticos se permiten insólitas declaraciones acerca de lo que debe o no debe, lo que supone o lo que no supone, esa tan delicada, particular y especial situación que se llama duelo.

Entre ellas, se destacan las recientes declaraciones de una legisladora que se distingue por sus anuncios apocalípticos. En efecto, habida cuenta de la firme decisión con que la Presidenta retomó el trabajo, este personaje fiel a su habitual estilo mesiánico fustigó: "Si no se hace el duelo como lo establecen todas las religiones eso se termina pagando".

Por empezar, semejante afirmación insinúa que el duelo consiste en marcharse al hogar para dejarse caer en el llanto o sumirse en el dolor. La casa de Bernarda Alba es un clásico que representa acabadamente esta posición oscura y sacrificial frente a las pérdidas.

En realidad, tal estrategia consiste más bien en un simulacro de duelo. Se cumple con las convenciones sólo para ocultar el trasfondo de mal habidas pasiones. Al compás del rosario se cuece el hervor del resentimiento, esa suerte de odio constipado que el sujeto no está dispuesto a asumir.

En segundo lugar, vale la pena destacar que el duelo es un trabajo. El encierro, el retiro, el llanto, los consuelos y desconsuelos de ninguna manera suponen por sí mismos la dura tarea de soltar el objeto amado.

Por eso, la obra ejemplar que ilustra la posición opuesta es Antígona, quien eligió la lucha para honrar al fallecido hermano varón. En lugar de irse a casa, ella resuelve el duelo por la vía del acto. Y no es casualidad el carácter femenino de la protagonista de esta obra señera para la cultura occidental.

En efecto, la mujer abraza el símbolo del deseo -en este caso, el nombre de la persona amada en el lugar definitivo de la tumba porque sabe que su dignidad subjetiva depende de esta inscripción. Se queda con esa marca que testimonia el objeto que ella era para él. De no otra cosa depende el duelo: soltar eso que fui para el otro, ("algo de mí se fue con él", dijo CFK).

Pero esto no se hace sin honrar al finado. Por eso y sin pretender hacer futurismo , cuando el doliente enlaza su trabajo cotidiano con la honra al nombre, están dadas las mejores condiciones para atravesar ese duro rubicón llamado duelo. No en vano, afirma Lacan: "No hay amor sino por un nombre" (1).

En tercer lugar: Antígona tiene capacidad trágica porque está dispuesta a pagar los costos de su deseo. Entrega su vida por ello. Por el contrario, cierta posición religiosa reniega de las pérdidas.

En efecto, cuando la susodicha legisladora amenaza con no sabemos qué cobranza del más allá, da a entender que sería posible no pagar algo. Se trata de la posición cristiana que resuelve la angustia con el expediente de la inmortalidad del alma; claro, siempre y cuando me quede en casa llorando el rosario. En realidad, así no se paga nada.

Por eso, al referirse al núcleo perverso del cristianismo Slavoj Zizek observa: "La estructura fundamental en este caso es la del sacrificio fingido, la de simular que no se tiene el objeto, para poder ocultarle al Gran Otro que lo tengo" (2).

Luego tenemos esos muertos en vida, como las hijas de Bernarda: Angustias, Martirio u otras que ya se insinúan como vetustos cadáveres políticos.

* Psicoanalista. Recientemente participó en Rosario en las Jornadas sobre la Cuestión del Padre.

1) Jacques Lacan, El Seminario: Libro 10, La Angustia, clase 25 del 3 de julio de 1963.

2) Slavoj Zizek, El títere y el enano, El núcleo perverso del cristianismo, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 72.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-26342-2010-11-26.html

  ELLAS, COMO REFERENCIA DE LOS HOMBRES


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“Me duele una mujer en todo el cuerpo”, escribió Borges: es el verso de un hombre. A menos que la frase connotara otro campo de significaciones, sería difícil imaginar una formulación similar para el caso de una dama. El clima de encierro y temor que Borges plasmó en su poema “El amenazado” delata la especial vulnerabilidad del macho en las vicisitudes del amor. Pareciera que nuestros cuerpos no terminan en la piel. Una parte de nuestra humanidad reposa en esa amada presencia que alberga nuestros más preciados objetos. “Mi mujer dice que...” o “Mi señora no está de acuerdo porque...” son frases paradigmáticas a partir de las cuales muchos varones confían sus más íntimas tribulaciones.

Así, la mujer es la referencia a partir de la cual el hombre piensa y se piensa, compone la realidad, escribe, trabaja o se pavonea sin anoticiarse del punto de apoyo que sostiene toda su impostura. “¿No viste dónde dejé...?”, suelen preguntar cuando buscan el portafolios, los zapatos o los documentos. Para el hombre, el cuerpo de su compañera es un lugar, una patria. Bien, pero ¿dónde termina el cuerpo de ella? Una respuesta tradicional diría: en los hijos. Pero la evidencia clínica y el devenir de la cultura indican que no bastan los hijos para dar cuenta del enigma que encierra la singularidad del cuerpo femenino. El cuerpo de una mujer no termina, no acepta medidas: te duele en todo el cuerpo. Quizá por eso los hombres se afanan por dominarlo, domesticarlo o, mejor, retratarlo infinitamente.

Por parte de ellas, la condición dislocada e imprevisible del cuerpo puede expresarse por una insatisfacción permanente o, por el contrario, en ese saber hacer con el enigma que las vuelve –dolorosamente– irresistibles.

* Psicoanalista. Fragmento del seminario virtual “El porvenir de la diferencia”.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-157054-2010-11-18.html

  ALCOHOL ANTES DE LA FIESTA


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¿A qué abismo se intenta acceder cuando se juega con un arma? Un luctuoso suceso acontecido hace pocos días amerita algunas reflexiones acerca de los trágicos atolladeros con los que se suelen topar los adolescentes. “La previa”, ese espacio de tiempo anterior al programa elegido, se da en un adentro, generalmente un hogar, propicio para generar cierto tono donde, aunque no se escatime el entusiasmo, prevalece una reserva, una discreción e intimidad opuestas al carácter público y anónimo del afuera, la salida propiamente dicha. La previa pude durar horas. En forma velada o explícita, se dirimen allí intensos conflictos, se establecen alianzas, jerarquías y subordinaciones, se miden fuerzas, se formulan promesas y confesiones, se renuevan rituales y también se previenen traiciones, al resguardo de la privacidad que brinda el ensayo. Se organiza todo un sistema de defensa, mediatizado por la mera confrontación de los “semblantes”: qué te pusiste, qué te ponés, qué te hiciste y qué te hacés. Y no sólo estamos hablando de chicas: la planchita de los varones es un buen ejemplo de la elaborada producción estética que se pone en juego como condición para asomar a la escena del mundo.

Alguien podría sostener que en la previa se procura la desinhibición requerida para abordar al Otro sexo –sobre todo en el caso de los varones– y soportar la implacable mirada del Otro, en el caso de las chicas. Seguramente de algo de esto se trata, como si el alcohol, por ejemplo, por una suerte de contagio colectivo, otorgara consistencia al “semblante” con que, después, el sujeto jugará su soledad en el mercado erótico que despliega la comedia de los sexos que habitamos.

Y es que abordar a una mujer es una prueba de supremo valor para un jovencito que intenta acceder con sus incipientes recursos a la dimensión de plenitud masculina. Es probable que no haya para un varón trance más duro y peligroso. Si, a la salida de los avatares propios del Complejo del Edipo, a los cinco o seis años, el muchachito tiene algo así como “el título en el bolsillo”, sucede que, al llegar a la pubertad, tiene que sacarlo del depósito: demostrar que es lo suficientemente macho como para ser aceptado en el grupo de pares. Y, por el lado de las chicas, basta leer El arrebato de Lol V Stein, de Marguerite Duras, para verificar cómo la mirada de la Otra puede descomponer un cuerpo adolescente.

Desde esta perspectiva podría entenderse mejor la función estimulante del alcohol en adolescentes. ¿Por qué tanta necesidad de destruirse si no es para inyectarse –fallidamente– el riesgo que les permita abordar un goce ante el cual la bonhomía de la infancia aparece como un insulto descalificador? ¿Qué es “tomar para desinhibirse”, sino calmar la aplastante demanda que inhabilita cualquier intento de abordar al Otro sexo?

Aquí vale citar El baile, la película de Ettore Escola, que transcurre enteramente en una sala de baile. No hay diálogos. Sólo el duelo que unos seres muy particulares sostienen con su propia imagen en el duro trance de abordar al Otro sexo. Como si cada uno bailara con su propia soledad.

El alcohol y la frustración amorosa van de la mano desde los más remotos tiempos. Por algo Freud ejemplificaba una de las raíces de la agresividad paranoica apelando al delirio celotípico que el borracho escenifica en las tabernas. En efecto, la frustración en el amor hace surgir un rival, y, si no lo hay, se lo inventa a la salida del boliche.

Pero, porque para el caso de nuestros adolescentes, el exceso ya está en la previa. ¿Por qué el alcohol en el ambiente seguro y protector que brinda un hogar? ¿Por qué el descontrol en el mismo techo donde habitan papá o mamá? (A veces en el mismo dormitorio, cuando ellos se han ido al cine.) ¿Qué se muestra en el adentro que después se sustrae en el afuera?

Podríamos decir que Freud habla de “la previa”: al referirse a los prolegómenos del acto sexual, señala que una demora en el placer previo bien puede redundar en una falla de la función sexual o lisa y llanamente dar cuenta de una perversión. Un exceso en la previa puede ser la causa de un nunca acabar que exacerba el campo de la fantasía en detrimento del efectivo encuentro con el objeto de deseo; luego, la frustración, la violencia, el pasaje al acto. ¿Acaso el desmesurado culto a la imagen que distingue a nuestra cultura no se alimenta de este menoscabo del acto, es decir, del escamoteo a la confrontación con el deseo del otro?

* Extractado del artículo “La previa adolescente: avatares del factor cuantitativo”.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-151989-2010-08-26.html

  EN LA PERSPECTIVA DE LA DIFERENCIA

El autor comenta el proyecto de ley de matrimonio “para todas y todos”, aprobado por la Cámara de Diputados de la Nación, en la perspectiva “de la modalidad que adopta la función de la diferencia en el cuerpo social: sin alteridad no hay amor posible y sin amor no hay sociedad que se sostenga”.

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Una sociedad democrática merece el nombre de tal cuando sus miembros se muestran dispuestos a revisar sus instituidos sacralizados. Quizá por eso, la reciente sesión en que la Cámara de Diputados de la Nación trató el proyecto de ley que habilita el casamiento entre personas del mismo sexo movilizó una serie de alentadores pronunciamientos e interesantes reflexiones en el seno de nuestra compleja comunidad. Para mencionar tan sólo algunas, hubo quienes pusieron el acento en el clima de tolerancia y libertad que primó en el debate; otros, en cambio, con un horizonte más ambicioso, avizoraron la posibilidad de un cambio cultural más favorable al compromiso que a la gastada hipocresía de los prejuicios.

En uno y otro caso, vale la pena indagar las razones por las cuales muchas voces, que suelen confrontar al calor de la lucha partidaria, esta vez compartieron diferencias desde sus más íntimos resortes subjetivos. Aportamos una respuesta: el tema que convocaba la voluntad y el espíritu de nuestros representantes –al menos de muchos de ellos– era precisamente el lugar y la modalidad que adopta la función de la diferencia en el seno del cuerpo social. Porque sin alteridad no hay amor posible y sin amor no hay sociedad que se sostenga.

En efecto, un niño adviene como sujeto en el lugar del malentendido –de la diferencia– entre los padres. En qué consiste esta diferencia es toda la sencilla e inmensa pregunta en juego. Por eso, bien podemos colegir que la trascendencia que alcanzó el debate sobre este proyecto, que otorga a los homos los mismos derechos que a los héteros, obedece a que el mismo constituyó –sépanlo o no los legisladores– la puesta en acto de una decidida pregunta sobre la naturaleza misma del Eros, esa fuerza que –según Freud– cohesiona a las personas al constituir un colectivo.

En El Banquete, texto liminar para la cultura occidental, Platón se sirve de un mito para afirmar que el Eros nace de la unión entre la riqueza y la pobreza. Es la carencia, la falta de Penías (pobreza) lo que la impulsa a engendrar un hijo de Poros (la riqueza). Con lógica parecida, los dos personajes principales –Sócrates y Alcibíades– dibujan el derrotero por donde la diferencia hace un lugar al impulso erótico.

En efecto, apartándose de las lecturas tradicionales que ubicaban a Sócrates como la encarnación del Eros, la filósofa Marta Nussbaum conjetura que si el más feo de los griegos, con su amor por las leyes de la República, representa el aspecto más abstracto del amor, su amante –Alcibíades– es quien carga con la falta propia de un sentimiento particular que, en su contingencia, no necesita justificaciones.

En otros términos, si –tal como el mismo Platón explicita– “el amor no es amor de lo bello”, sino de “la generación y procreación en lo bello”, el impulso erótico no abreva de objeto actualizado alguno sino de su constitutiva carencia. Por eso agrega que los amantes “ni siquiera podrían decir qué desean conseguir realmente unos de otros [...] es evidente que el alma de cada uno desea otra cosa que no puede expresar...”.

No es entonces la anatomía la que asegura la eficaz concurrencia de lo hétero, sino la disposición a jugar la falta que convoca la alteridad más allá de la eventual conformación física del partenaire. Pocas cosas más devastadoras para un niño que vivir sometido a la autoridad de esos padres que están siempre de acuerdo en todo.

Un padre varón y una madre mujer de ninguna manera garantizan la diferencia, ese malentendido donde un chico encuentra un lugar para su advenimiento subjetivo. Antes bien, es el deseo de quien convoca la llegada de un niño como metáfora del amor, es decir, de una falta que se dona, de una carencia que se entrega sin pretender ser suturada u obturada.

Por eso Jacques Lacan abandonaba aquella temprana formulación según la cual La Familia [1938] se conforma a partir del matrimonio, para afirmar que el lazo social se funda en un deseo que no sea anónimo. De allí el valor que cobran las identificaciones en el crecimiento de un chico. Pero cuidado, a no confundir el campo femenino y el masculino con la anatomía.

“Que un ser vivo esté envuelto en el lenguaje, en el sistema de los significantes, tiene por consecuencia para él que las imágenes lleven siempre más o menos la marca de ser asumidas en el sistema como significantes, tal como obliga la función del tipo y de lo que se llama lo universal. Ahora bien, al ser atrapadas las imágenes en el juego del significante algo se pierde, como lo muestra toda la experiencia analítica, a saber, la función imaginaria en la medida en que responde por el acuerdo del macho y la hembra. ¿Cómo no se percibe esto? ¿Cómo aún no se volvió común? ¿Y cómo no pasó todavía a alguna forma efectiva de renovación de las instituciones? [...] no hay más reconocimiento como tal del macho por la hembra ni de la hembra por el macho. Todo eso que una exploración un poco profundizada nos demuestra de la historia de una pareja, es que las identificaciones allí han sido múltiples, recubriéndose y formando siempre al final, al final, un conjunto compuesto.”

Entonces, para los debates que se avecinan: conviene tener en cuenta que un niño hace su elección sexual a partir de la diferencia que se juega en su entorno: familia –hétero u homo parental– escuela, hospital, club, grupos de arte, etcétera. Si queremos aportar a nuestra gente joven esta rica diversidad, más vale proveerlos del marco legal que ampare las nuevas prácticas sociales. La diferencia es el hogar del sujeto.

* Psicoanalista.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-145973-2010-05-20.html

  ABUSO SEXUAL EN LA IGLESIA


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Cada vez más testimonios indican que el abuso sexual de menores en ámbitos eclesiásticos es, desde hace mucho tiempo, una práctica, si no generalizada, tampoco aislada y mucho menos excepcional. ¿Por qué ahora, ya entrados en el siglo XXI, este crimen sale a luz con denuncias cuya solidez fuerza a encumbrados sacerdotes a una pública admisión de sus aberraciones? Aportamos una premisa y una hipótesis para explicar un lento y delicado desplazamiento de poder.

Premisa: el abuso sexual de menores en el ámbito religioso está en íntima relación con la negación o el rechazo de la sexualidad infantil. Es decir, cuanto más hipócrita inocencia se atribuye a los niños, mayor es el margen de que los chicos sean tomados como objetos de goce. No en vano, hasta no hace mucho, el ámbito jurídico –fiel aparcero del poder eclesiástico– se negaba a considerar la dignidad subjetiva de un niño. Hoy, que un chico se presente en una comisaría para denunciar abuso o maltrato es un hecho cuya actual vigencia y legalidad aún sorprende a muchos.

Hipótesis: el actual estado público que han tomado los abusos en el ámbito de la Iglesia es correlativo de la declinación de una concepción de la paternidad que hacía del respeto el eje troncal de su autoridad.

Una de las consecuencias más catastróficas para el sentido común de fines del siglo XIX fue la destitución del estatuto idealizado de la niñez, a punto tal que hasta el mismo Freud se confesó sorprendido por la audacia de las conjeturas vertidas en sus Tres ensayos de teoría sexual.

Lo cierto es que aquella idealizada visión de la niñez, previa a los descubrimientos freudianos, de ninguna manera se compadecía con la consideración que los niños solían recibir por parte de los adultos. Quien consulte la Historia de la infancia, de Lloyd de Mause (Alianza Editorial, 1975), se espantará por los abusos, la impiedad y los atropellos con que los menores eran objeto del peor destrato.

Al respecto, según Jacques Donzelot (“Gobernar a través de las familias”, en La policía de las familias, Pre-Textos, Valencia, 1990), las lettres de cachet que el rey confiaba para la crianza, la custodia y el cumplimiento de las normas constituían una herramienta privilegiada para imponer una ley déspota y absoluta sobre los jóvenes y las mujeres.

Quizás aquella pretendida inocencia no era más que el espejo narcisista donde el adulto reforzaba el egocéntrico dominio de su conciencia. No olvidemos que el eje neural, donde Freud lastimó, está en el dominio del verbo: como si el goce obtenido a expensas de aquella sufrida minoridad se hubiese encarnado en un soborno cuyos términos de intercambio rezaban: inocencia para el niño, a cambio de saber para el adulto.

¿Cuáles son los términos actuales del soborno? ¿A qué tienen derecho los actuales niños sujetos de derecho? “El niño generalizado” es el concepto que Lacan ensaya en su “Discurso de Clausura de las Jornadas sobre la psicosis en el niño” para caracterizar esta subjetividad en la cual nadie se hace cargo de su goce. Tenemos entonces la paradoja de que, en esta época donde los discursos sobre el niño han alcanzado su apogeo, nadie se hace cargo de su propia condición adulta; ergo, nadie se hace cargo de los niños. Esta situación aúna la irresponsabilidad y banalidad de muchos adultos con la desmesurada exigencia que los chicos suelen soportar. De esta forma, tenemos adultos que nunca dejan de ser niños y niños que parecen adultos.

¿A qué tienen derecho hoy los niños, sujetos de derecho? ¿Cuál es el soborno por el cual esta condición no se trasunta en el respeto, el abrigo y la consideración hacia los menores? Desde la semiología, Cristina Corea (“El niño actual: una subjetividad que violenta el dispositivo pedagógico”, disertación en la Universidad Maimónides, Jornadas sobre Violencia social. Mesa Educación y Violencia, septiembre de 2000) sostiene la emergencia de “una nueva subjetividad de niño, que podemos llamar niño actual, niño autónomo o niño sujeto de derechos”.

Corea observa: “El niño ya no es un ser débil, porque sabe, porque elige, porque no debe ser formado para el futuro sino que está bien pertrechado y capacitado para desempeñarse en la actualidad que habita. Lo que el niño es se verifica fundamentalmente en la experiencia del mercado”. Así, un niño “puede elegir productos, puede elegir servicios, puede operar aparatos tecnológicos, puede opinar, puede ser imagen...”. La autora no deja de destacar la engañifa que esconde esta notable inversión de roles: “¿Pero cuánto riesgo de abandono corremos en el respeto abusivo de la autonomía infantil? ¿Cuánto abandono en el elogio de su fortaleza y de su lucidez? ¿Cuánto abuso en la explotación de la autonomía y de la responsabilidad de los niños?”.

No hay menester de mucho cavilar para concluir que el soborno con que los adultos satisfacen su narcisismo, a expensas de los chicos, es el consumo. Las marcas ya no se donan, se compran.

“Un padre no merece el respeto sino el amor”, decía Jacques Lacan, cuando al brindar su última versión de la función paterna, denunciaba la impostura del progenitor que se erige como modelo o educador. Las denuncias de pedofilia en la Iglesia constituyen quizás uno de los últimos capítulos del desmoronamiento de esta autoridad fundada en el respeto. Por eso, se trata de concebir una nueva concepción de la función paterna, o resignarnos a parafrasear a Nietzsche y decir que, una vez más, Dios ha muerto.

* Psicoanalista. Equipo de Trastornos Graves Infanto-Juveniles del Hospital Alvarez.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-143030-2010-04-01.html

  LAS HINCHADAS Y “LA DECLINACION DE LAS INSIGNIAS”


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Los conflictos entre barrabravas de una misma hinchada –que condujeron, por ejemplo, al asesinato de Martín Gonzalo Acro, en agosto de 2007– manifiestan lo que puede llamarse “declinación de las insignias”: ya no se trata de enfrentamiento entre hinchadas rivales; ahora son los hijos de un mismo padre quienes transgreden el pacto de convivencia y mutuo respeto que ordena la vida del clan y asegura su permanencia. No en vano, el filósofo italiano Roberto Esposito opone inmunitas a communitas para señalar que estamos en el tiempo en el cual se vive sin deudas (Inmunitas: protección y negación de la vida, Katz editores, 2004). Hay una subjetividad en ciernes inmune a la deuda simbólica que nos constituye en tanto miembros de una comunidad.

Hoy el fútbol es el significante privilegiado que revela toda una eficaz estructura de fragmentación social. Porque más allá de las prebendas, los resortes mafiosos y el clientelismo que rodea al deporte más popular de la Argentina, lo que se agita en este conflicto es un ansia de satisfacción cuya desmesura se reproduce en sintonía con el encierro que caracteriza a estas bandas.

Este conflicto futbolero hace metástasis en otros campos de la ciudad. En un artículo publicado en Página/12 (“El trabajo de zafar”, por Cristian Alarcón, el 5 de agosto de 2007), se obtenía el testimonio de una joven adicta al paco que, en su proceso de recuperación, hablaba de “la ranchada”, como se denomina al grupo de pares con que se practica el consumo: “Yo me fui de mi casa y paraba en una ranchada, era mi lugar de escape, era mi coartada (...) Estábamos todos en la misma. Fumando. Nadie podía hacer otra cosa, estábamos todos haciendo lo mismo. En la ranchada no se puede ser uno mismo, ser diferente, tienen que ser todos iguales. (...) Es el juego que vos estás jugando. Es un juego de muerte y vos sabés las reglas del juego, sabés que mata”.

Aquellos que han tenido el privilegio de asistir a las clases de Ignacio Lewkowicz recordarán la metáfora de “el galpón”, que este historiador gestó para nombrar situaciones en que la subjetividad supuesta para habitarlas no está forjada. En su texto “Sobre la destitución en la infancia” (Página/12, 4 de noviembre de 2004), decía: “Un galpón es un recinto a cuya materialidad no le suponemos dignidad simbólica. La metáfora del galpón nos permite nombrar una aglomeración de materia humana sin una tarea compartida, sin una significación colectiva, sin una subjetividad capaz común. Un galpón es lo que queda de la institución cuando no hay sentido institucional: los ladrillos y un reglamento que está ahí, pero no se sabe si ordena algo en el interior de esa materialidad. En definitiva, materia humana con algunas rutinas y el resto a ser inventado por los agentes. Así como en tiempos del Estado-nación pasábamos de institución en institución, hoy, en ausencia de marco institucional previo, se permanece en el galpón hasta que no se configura activamente una situación. Pero eso ya no depende de las instituciones sino de sus agentes”.

Cuando sugerimos que el conflicto de los barrabravas revela la declinación de las insignias, estamos diciendo que las identificaciones que, en Psicología de las masas y análisis del yo, Freud había discernido para explicar la manera en que un grupo se cohesiona en torno del amor por el líder, ya no responden a esta subjetividad emergente. No hay amor ni lucha por una causa en la ranchada, ni en la barra brava ni en los barrios seguros que promete el liberalismo a expensas de la miseria que aguarda a nuestra gente joven en “el galpón”: sólo hay puro empuje a gozar.

* Extractado del artículo “Barras bravas, una perversión millonaria”, cuya versión completa puede leerse en www.elsigma.com.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-142215-2010-03-18.html