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  OPINION


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Aunque sea pronto, aunque sea a los tropezones, aun a riesgo de equivocarse seriamente, es necesario pronunciarse sobre la urgencia, ya habrá tiempo para corregir si es necesario. El asesinato a mansalva de Mariano Ferreyra implica una regresión política, social y cultural de proporciones alarmantes. Despejemos ante todo las hojarascas más aparentemente obvias. No cabe (casi) duda de que en lo inmediato –como se empezó ya a insinuar desde círculos oficiales y paraoficiales– el máximo beneficiario será la oposición de derecha. Sus partidos ya se atropellan para sumar el episodio a los “patoterismos” gubernamentales, saltando por encima de mediaciones y sutilezas. Y usan el episodio para cuestionar la existencia misma de organizaciones sindicales, como siempre tomando la parte por el todo. Sus medios vomitaron los más repugnantes –por cínicos– panegíricos del militante caído, como si les importara otra cosa que echar nafta al incendio. Como si, en otro contexto diferente del de las forzadas crispaciones actuales, su actitud no hubiera sido, en el mejor de los casos, la del “ninguneo”, y en el peor, la de invertir las causalidades, cargando todo el peso sobre los “subversivos” y “provocadores” que, ya sabemos, terminan mal. Está bien, de acuerdo: hay que ser prudentes y “racionales”, cuidarse de no contribuir a las operaciones sucias y confusionistas, la bronca y el dolor son también legítimas herramientas políticas, pero al mismo tiempo debe primar la “ética de la responsabilidad”. Etcétera, etcétera.

Pero, un momento. Sin que todo eso deje de ser atendible, poner allí el eje es, esta vez, desviar la cuestión. Un crimen político de estas características –cometido con toda “premeditación y alevosía”, como reza la jerga–, en plena vigencia de las formas democráticas, no es un hecho delictivo más. No es lo que los medios llaman “inseguridad” (aunque en otro sentido, desde ya que sí lo es), que es algo que existe en cualquier ciudad del mundo, y no es particularmente grave en Buenos Aires. Pero esto es también otra cosa: es un crimen contra la clase trabajadora entera –y de paso, contra los estudiantes rebeldes: Mariano era también eso–; es, o puede ser, si no se trata con consecuencia, un punto de no retorno, no sólo para algún miembro de un elenco gubernamental, sino para la sociedad argentina en su conjunto. No puede ser, de ninguna manera, tolerable –si bien nada es asimilable a nada, la comparación no es del todo extemporánea– otro Julio López. ¿Fue consecuencia de una interna sindical? ¿De una interna de la CGT? ¿De una interna del PJ? ¿De una operación para perjudicar no sólo a los adversarios inmediatos, sino por elevación al Gobierno? Todo eso –y vaya a saberse cuántas cosas más– es posible. Estamos en la Argentina. Enseguida intentaremos mostrar, no obstante, que tampoco eso es lo esencial, salvo como gravísimo síntoma. Pero sea como fuere, toda la carga de la responsabilidad política por el esclarecimiento cae sobre el Gobierno. Es así. Así debe ser, y muy especialmente cuando se trata de un gobierno que se autocalifica de progresista, de defender los derechos humanos y de no reprimir la protesta social. No es una paradoja: un gobierno que pretenda tener esas características está muchísimo más obligado que otros a destapar las ollas de basura que sean necesarias para encontrar la verdad, aunque el olor pueda alcanzar a algún amigo. Porque en definitiva se trata de eso: de la verdad. Frente a otros debates más o menos importantes que se han dado o se están dando porque merecen darse –la 125, las AFJP, la ley de medios, Papel Prensa, el matrimonio de personas del mismo sexo, la participación en las ganancias, lo que fuere– se podía, y muchos legítimamente pudieron, o pudimos, pensar que se debía, considerar matices, relativizaciones, claroscuros, posiciones múltiples (apoyo crítico, crítica sin apoyo, apoyo sin crítica), con el fin de crear el mejor contexto posible para una discusión lo más profunda y productiva posible. Esto –repitamos– es otra cosa. Un “salto cualitativo”, como se dice. Aquí no hay lugar para tonalidades ni para especulaciones acerca de hasta dónde conviene correr el arco. No hay lugar para dirimir acuerdos o diferencias con la organización a la que pertenecía Mariano. Aquí se trata de la Verdad, con mayúsculas y en términos absolutos. El Gobierno y la Justicia –tanto por deber moral como por consecuencia con su discurso político y también, cómo no, por conveniencia– deberá llegar hasta el final. “Cueste lo que cueste y caiga quien caiga.”

Y no sólo el Gobierno, sino la sociedad en su conjunto, muy especialmente los sectores y clases populares contra los cuales se ha efectuado este atentado. Aun cuando pensemos que el Gobierno tiene las mejores intenciones de llegar hasta el fondo del asunto (y que además le conviene, para insistir en eso), el pueblo debe protagonizar –de manera multitudinaria y pacífica, pero firme– ese empuje. Parafraseando a Rousseau, a veces los gobiernos deben ser obligados a ser libres. Un signo de vocación de libertad por parte del Gobierno, por ejemplo, sería que hoy mismo arbitrara las medidas (jurídicas, legales y constitucionales: nadie le exige ningún “estado de excepción”) para otorgarle su legítima personería a la CTA y a todos los nuevos sindicatos de base representativos que corresponda, como política de Estado que prescinda de afinidades electivas y conveniencias coyunturales. Es decir, deberá reconocer que la matriz sindical tradicional de la Argentina debe ser radicalmente revisada. Y deberá reconocer, en voz bien alta, que el sólo hecho de que haya “tercerizados” superexplotados que encima son asesinados cuando reclaman su inclusión, demuestra que todavía no es cierto que se haya construido otro “modelo”, aún dentro de los límites del sistema. No estaría mal –sí, sí, con las “prudencias” del caso, ya lo sabemos– empujarlo en esa dirección, mientras se acompaña la consecución del “juicio y castigo” a todos los culpables del aciago día miércoles. Si se logra hacer eso de manera clara y rigurosa, deslindando nítidamente culpas y responsabilidades, por fuera de especulaciones mezquinas o de diatribas altisonantes, no hay por qué temer que no se pueda sortear el riesgo de echar leña en el fuego de la derecha. Y al revés, se le habrá hecho un gran favor a la profundización de la democracia.

Y hay algo más que no puede pasarse por alto, y que se acerca más a lo “esencial”. Esto no empezó el miércoles, ni terminará mañana. Si decimos que son los “sectores y clases populares” los que deberán asimismo encarnar esa búsqueda de la verdad, es porque la monstruosidad cometida contra Mariano Ferreyra muestra de la manera más salvaje posible que en la Argentina ese “anacronismo” de otros tiempos llamado “la lucha de clases” está bien viva. Y mata. Eso también forma parte de una “verdad” pura y dura –y que hoy mismo se está viviendo en Francia y muchas otras partes, ¿por qué la Argentina tendría que gozar de privilegios especiales?–. Eso es algo que las clases medias (no por cierto las auténticas clases dominantes, que practican esa lucha cotidianamente), y a veces los gobiernos, suelen olvidar, creyendo que algunas (o muchas, tanto da para el caso) medidas “progres” –que serán siempre bienvenidas y defendibles– bastan para barrer bajo la alfombra un dato constitutivo, “estructural”, de la sociedad en que vivimos. Se puede discutir, “académicamente”, si en ciertas etapas es pertinente alguna forma de “bonapartismo” o de “unidad nacional-popular” (y no estamos diciendo que este gobierno sea siquiera plenamente eso: sólo estamos extremando el argumento), siempre que se sepa que tarde o temprano esa otra “verdad” que se quisiera subterránea saldrá a la superficie: persistir en negarlo es hacer que “retorne de lo reprimido” de la peor manera, de la manera siniestra en que lo hizo el miércoles. Y bien, tendrán, todos, que hacerse cargo. Desde el miércoles eso ya no se puede desconocer más. Es un dato de la realidad con el que la política, sea cual sea, deberá contar: dadas determinadas circunstancias, aún en plena vigencia de las instituciones, hay sectores dominantes dispuestos no sólo a explotar a los dominados (eso no podrían dejar de hacerlo: es la propia lógica de su funcionamiento), sino a asesinarlos cuando éstos resistan un poquito más “desprolijamente” de lo tolerable, y opten –frente a la corrupción y traiciones de sus dirigentes “naturales”– por buscar formas alternativas de organizarse. Es así. Cualesquiera hayan sido los “errores” de los agredidos, si es que hubo tales, no quita que son los agredidos, desde hace siglos. Y que el miércoles sufrieron una nueva baja, no en combate limpio y frontal, sino por abyecto asesinato. Una demostración más de que la “lucha” no es, nunca fue, simétrica: es la guerra de dominación de una clase sobre otra, a cualquier precio. El Gobierno, la Justicia, la “clase política” tienen que saber esto aunque prefieran desconocerlo (que no es lo mismo que ignorarlo). No se puede hacer política por fuera de esa realidad, y la política que se haga dependerá de la posición que se tome ante esa realidad. La pelea por hacer que eso se entienda –y es también, claro está, una pelea “cultural”– vale la pena. Puede acercarnos, quizás, un pasito más a la “verdad”, y alejarnos un poquito de la degradación. Aunque para Mariano, por supuesto, ya sea demasiado tarde. Y permítaseme terminar con un exabrupto, que ojalá se entienda bien. Mariano Ferreyra no fue un héroe, ni un mártir, ni una víctima. Fue algo mucho más importante que todo eso: un hombre serio.

* Sociólogo, profesor de Teoría Política (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/155646-49944-2010-10-25.html

  OPINION


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1

El día anterior a la marcha de los “pueblos originarios” –ese día en el que hasta la “gente del campo” de Recoleta se enteró de que la Argentina no es un país europeo– se pudo escuchar por la radio (pública) a un dirigente indígena diciendo, con apenas una pizca de sorna, aproximadamente lo que sigue: “Me parece muy bien que la Argentina festeje sus 200 años como nación. Es el entusiasmo de las muy jovencitas. Nosotros ya estamos aquí hace varios miles de años, y hace más de quinientos que no tenemos mucho que festejar.” Para alguien (“yo”, “el que esto escribe”, “el arriba firmante”, “este columnista”, o el sujeto dividido que fuere) plenamente argentino de cuarta generación pero descendiente de barcos austríacos y vascos franceses –los vascos franceses son franceses, mientras los españoles son sencillamente vascos– no deja de ser descolocante, por más “informado” que se crea, escuchar un tono de amable condescendencia dirigido al Estado-Nación por parte de un connacional, sí, pero de esos que estaban ab origine, en el comienzo, cuando nadie (ningún europeo, se entiende) había siquiera concebido los conceptos de Estado o de nación. Igual de descolocante que ver, en el Paseo del Bicentenario (este “yo” no lo vio: estaba fuera de Buenos Aires; pero se puede ver en YouTube, como todo) una instalación del GAC (Grupo de Arte Callejero) recordando, entre otras cosas, que la primera declaración independentista de América latina y el Caribe no fue en 1810 sino en 1804 (me permito humildemente corregir a la instalación, que ponía “1807”), a saber la haitiana. La primera, y por lejos la social y culturalmente más radical: allí fue el conjunto de la clase explotada por excelencia, los esclavos de origen africano, la que, bajo dirección de los líderes surgidos de esa misma clase como Toussaint Louverture, tomaron el poder y fundaron una nueva nación, a la que llamaron “Hayti”, que no es un nombre africano, sino taíno, la lengua de los arawak, habitantes originarios de la isla a la que había llegado Cristoforo Colombo el 12 de octubre de 1492, y que habían sido exterminados casi totalmente 300 años antes de la independencia del Haití “negro”. Toda una lección de “multiculturalismo” avant la lettre. O, mejor –porque el “multiculturalismo” o la “hibridez cultural” son la coartada de una (falsa) globalización–, una asunción frontal de los conflictos irresolubles que planteó desde el principio la mundialización del capital.

2

Es decir: una fecha, una de esas llamadas “efemérides” (un bicentenario, pongamos) no es tan sólo un hito en una historia lineal. No hay, para empezar, historia lineal. Las fechas –que son campos de batalla del “conflicto de las interpretaciones”, como bien saben los historiadores– son nudos (complejos, borromeanos, intrincados) que condensan de manera “desigual y combinada” historicidades heterogéneas, temporalidades diferentes, proyectos políticos, culturales y existenciales diversos y frecuentemente enfrentados. Cuando todas esas diferencialidades aparecen unificadas en un festejo (nacional y continental) multitudinario, estamos ante un bien interesante escenario de tensión entre dos polos de significación objetiva: por un lado, la tendencia a crear un tiempo histórico “homogéneo y vacío” (son palabras de Walter Benjamin), ilusoriamente propuesto como una totalidad sólida y sin fisuras; por el otro, la tendencia –probablemente mucho menos “consciente”– a darles visibilidad a las diferencias y las heterogeneidades, a la pugna de proyectos e intereses históricos que ocasionalmente –y estamos inmersos, en toda Latinoamérica, en una de esas “ocasiones”– asoman desde el proverbial “subsuelo sublevado” de las patrias. De un lado, el efecto de masa de las identificaciones con el ideal de unidad; del otro, los “agujeros” abiertos en ese ideal identitario por las particularidades de clase, de etnia, de género, de “modelos” económicos, sociales, políticos, culturales. Las dos cosas son igualmente verdaderas, en el sentido de que producen efectos materiales sobre las prácticas de los sujetos y de la polis. La historia (o la “prehistoria” en la que aún estamos, según la metáfora de Marx) es un remolino que hace entrechocar esas polaridades. Y esa historia se escribe –y, sobre todo, se hace– de manera totalmente distinta según la perspectiva sea la de los (por ahora) vencedores, o la de los (por ahora) vencidos. La primera es la historia que ya fue. La segunda, la que puede ser.

3

La fiesta popular es antigua como la humanidad. Desde la orgía dionisíaca, pasando por el carnaval renacentista, la diablada quichua o el vudú haitiano que contribuyó a aquella gran revolución, hasta las celebraciones oficiales de fechas magnas, ha sido teorizada mil veces por los antropólogos o los historiadores de la cultura. Más allá de las diferencias, parece haber un cierto consenso: son umbrales, paréntesis liminares, en los que se suspende, justamente, el tiempo lineal, rutinario pero sordamente sufrido, de un transcurso regulado que disimula las alegrías maníacas y las angustias depresivas, las laceraciones de la opresión cotidiana y las humillaciones administradas por poderes crueles que no son siempre los más visibles. En la fiesta, con todas las máscaras del caso, todo eso se actúa. Se crean heterotopías y heterocronías: espacios y tiempos paralelos, paradójicos o paratácticos, que a veces estallan inesperadamente en la fundación de cronologías nuevas: la fiesta revolucionaria de 1789 inventa un nuevo calendario, en la comuna se dispara contra los relojes de los edificios públicos. Nuestra pampa, es obvio, se mira con otra radiografía. Su cabeza de Goliat tiene preocupaciones más módicas. Pero la fiesta habla, de todos modos, de un momento histórico con cierto suspenso. Se ha discutido mucho, en estos días, sobre el auténtico significado de la masiva participación popular. No hay acuerdo sobre esa “autenticidad”, ni puede haberlo: en el remolino de la historia, en el momento liminar de suspenso, podrán conjeturarse tendencias, pero no significaciones únicas y excluyentes. Las “participaciones populares” entusiastas y festivas son siempre bienvenidas, pero la multiplicidad entrechocante de sus tiempos y espacios heterogéneos no debería precipitar vaticinios de triunfos y derrotas a corto plazo. Es legítimo –aunque gobiernos y oposiciones se rasguen las vestiduras en el altar de la corrección política amonestando que “la fiesta es de todos”– el debate sobre quiénes sacarán mayores réditos de una fiesta bicentenial que abre la puerta del tiempo electoral. Sin embargo, la fiesta popular –que se intersecta pero no necesariamente “hace masa” con la oficial– tiene otros tiempos, más largos, más espasmódicos, más subterráneos, más fragmentarios, más inciertos, también más ricos de sentidos históricos. Aquellos antropólogos e historiadores de la cultura explican que muchas veces sucede que en la fiesta todo está permitido para que después (porque toda fiesta tiene un fin) todo vuelva a su lugar: la fiesta como mera válvula de escape de las tensiones. Pero también explican que no todo vuelve a su lugar exacto: durante el paréntesis de suspenso, las masas aprendieron que se puede jugar a otra cosa que a las pálidas rutinas (aunque sea disfrazadas de “crispación”) del siempre-lo-mismo de la política “burguesa”. No habría que exagerar, pues, el volumen del acontecimiento puntual. Pero sí observar con apasionado interés qué trae la larga duración del post-fin de fiesta: ¿continuidad del entusiasmo o mera resaca?

* Sociólogo, ensayista y profesor de Teoría Política.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-146663-2010-05-30.html

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A los jóvenes, es sabido, los estupidizan el rock, los aritos y los preservativos (aunque cuando uno era joven, llevar este último adminículo en el bolsillo era un signo, más bien, de “viveza”, de estar “siempre listo” para una eventualidad). No, digamos, Tinelli. Esta sutil hipótesis sociológica nada dice, sin embargo, sobre qué estupidiza a los adultos. O a los ancianos que ya llegan muy alelados a provecta edad, aunque se hayan pasado la vida escuchando a Mozart y no a Mick Jagger. Y es lógico que de eso no se diga nada: hay que hacerle creer al que escucha que la decrepitud es señal de tener una posición ¡firrr-me! frente al mundo. Y de que –viniendo los consejos de un respetable intelectual de la nación que de pronto adquirió cartera– sus discursos tienen alguna posibilidad de ser, como se dice, pasados al acto. Pero esa pretensión es insultar la inteligencia hasta de los votantes que, indirectamente, le entregaron la cartera. Quiero decir: son palabras que no tienen la más mínima posibilidad de eficacia, más allá de la de ser citadas por algún acusado de genocidio –con la cual, como es obvio, el efecto es boomerang–. Como diría algún lingüista, el performativo –ese enunciado que por su propia enunciación es un acto con consecuencias materiales en la realidad– requiere de una serie de condiciones institucionales y sociales para poder afectar algo. Pero no hay tal cosa. Desde ya: éste es un país que conserva nichos ecológicos trogloditas, como cualquiera. Y ésta es una ciudad llena de reaccionarios, como todas. Y tenemos una clase media con una historia complicada, etcétera. Pero hoy –en el futuro nunca se sabe, pero el hombre habla hoy– hay un umbral que ya se cruzó, un piso mínimo del cual la buena sociedad, como tal, no se va a bajar, por más mano dura que reclame para los delincuentes juveniles. Para los descastados y lúmpenes, entendámonos. Pero ¿para los rockeros con arito que van a las buenas escuelas porteñas, públicas o privadas? Hay que estar muy despistado para creer que incluso las mamás de algún colegio inglés de Barrio Norte van a tolerar el arrasamiento del inveterado sarmientismo de la middle-class metropolitana. No, con la educación de los pibes no se juega, che. Y entonces ¿el pobre tipo qué va a hacer? Supongamos –podría suceder– que en reacción a sus palabras las maestras declaran una huelga. ¿Va a mandar reprimir violentamente –como tendría que hacerlo, si es consecuente con su performance verbal– a las proverbiales segundas madres? Puede ser, el primer día. Y hasta el segundo. El tercero se tiene que ir, en helicóptero, en bicicleta –por las nuevas bicisendas que hizo su jefe–, o en cuatro patas para pasar lo más inadvertido posible. ¿Entonces por qué no ahorramos tiempo, Mauri? Pero, uno sabe por qué: porque, mientras tanto, hay que darles aire a los grandes media para ver si con toda la manija que le están dando al asunto logran que alguien se crea que la cosa va en serio. Que la “corrección política” (auténtica o cínica, lo mismo da) de la porteñidad –esa corrección política que es la razón por la cual votaron en pro de un jefe que llamaba a la concordia– va a ser despachada rápidamente para que con las palabras se puedan hacer cosas. O sea: la inflación de sandeces huecas de un plumífero es un tiro por elevación que pretende fungir de amenaza de que algún día lo que se dice se haga. En todo caso habrá que ocuparse de esas operaciones, pero no de las palabras mismas. Y, seguramente, habrá que ocuparse de ver qué está pasando con la educación en la bendita CABA. Finalmente, como decía Freud, educar es una tarea imposible, igual que gobernar: entre otras cosas, porque son tareas que tienen que suponer sujetos libres y autónomos en una sociedad que no lo es; entonces ¿por qué no nos ocupamos de eso? Y dicho sea de paso: tampoco habría que considerar apocalíptico que un escribiente inverosímil esté al frente de esa magna cartera, o suponer que el próximo 24 de marzo no se va a poder decirles a los educandos lo que corresponda. Eso sería menospreciar el hecho de que es en el duro trabajo cotidiano en la jungla de pizarra donde se juega lo que importa verdaderamente, y no en los micrófonos de una ceremonia de asunción que prontamente puede ser de deposición. Y ahí, donde importa, los pibes, en general, están en buenas manos. Y, bueno, ya que tanto hemos hablado de palabras (huequísimas), nos permitiremos terminar con una erudita disquisición filológica. Cualquiera que –como el que esto escribe– sea un fanático de los westerns clásicos de Hollywood, sabe cuál es la palabra con que se designa a esas patrullas improvisadas de ciudadanos ávidos de sangre que el sheriff recluta para salir a linchar al malviviente: esa palabra, en inglés, es posse. Pero el plumífero de marras no da la estatura del más bien lacónico John Wayne. Y no se ve (por ahora, todo es por ahora) que haya muchos energúmenos dispuestos a montar.

* Sociólogo, profesor de Teoría política y de Sociología del arte (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-136963-2009-12-14.html

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1 Ya está. El proceso iniciado en marzo de 2008 tuvo una segunda culminación “institucional” el domingo 28 de junio. La primera fue la derrota de la 125, de la que esta elección es hija. Como nos atrevimos a decirlo en aquel momento, no se confrontaron realmente dos “modelos”, sino dos estilos de gestión (uno más reaccionario que el otro, sin duda) de lo mismo. He aquí los efectos de esa ausencia de auténticas alternativas. Un año y medio de tironeos y negociaciones crispadas entre los distintos bloques que conforman el poder político-económico en la Argentina de hoy se resolvió electoralmente en el nítido predominio –si no la completa hegemonía– del bloque más concentrado agro-industrial-financiero-mediático, y en detrimento del bloque denominado “neodesarrollista” más débil, más vinculado con el Estado. El gran “business” triunfó sobre el comparativamente más pequeño. Como no podía ser de otra manera en el contexto de la crisis capitalista “periférica”, y sin cambios de fondo. Imaginar que el bloque más débil podía imponerse “por arriba”, ilusionándose con un gran “revival” de la sustitución de importaciones y las “burguesías nacionales”, o algo por el estilo, con sólo algunos “retoques” en la política económica y social, era francamente utópico. En tiempos de crisis, las medidas cortas tienen patas ídem, y los entusiasmos “superestructurales” se disuelven rápido.

2 Así, antes del 28-J la suerte estaba echada. Unos puntos más o menos en los resultados de la provincia de Buenos Aires no habrían alterado radicalmente la lógica del proceso, salvo quizás en términos “simbólicos” (que por supuesto no son despreciables, pero tampoco flotan en un cielo puro, exento de la contaminación por las “bases materiales”). Si Kirchner hubiera obtenido los famosos 3 o 4 puntos que esperaba sobre De Narváez, aun así habría que explicar el arrollador avance de esa llamada “nueva derecha”, que hubiera tenido que esperar hasta el 2011 para mostrar todo su potencial. Como están las cosas, se ha quemado una etapa, por así decir. Como le gustaba repetir a Hegel, la Razón histórica tiene sus (a veces crueles) astucias. Abominamos de la idea de que “cuanto peor mejor”; pero cuando lo malo ocurre, más valdría extraer alguna enseñanza de ello. Algo muy ambiguo (veremos cuán “malo”) ha sucedido, también en cuanto a la trama social subterránea que este último año y medio fue tejiendo. Como no estamos en Honduras, no hizo falta por ahora, para resolver la “interna” de los bloques dominantes, un golpe palaciego-”constitucional”. El bloque más concentrado se impuso mediante elecciones “burguesas”, claro, pero limpias e inobjetables (las planificadas paranoias de campaña agitando fantasmas de fraude fueron fantochadas de cuarta), aunque totalmente vaciadas de relevancia política, o siquiera discursiva, ninguna; si durante un tiempo, en estos últimos años, pareció que retornaba la política “en serio”, esta campaña mostró distinto parecer. Lo cual es, de paso, otro indicador de que no se confrontaban dos “modelos”: cuando de verdad hay eso, se nota en las campañas, en la calle. Pero, volvamos a la “trama social”. Los resultados distritales de la elección muestran lo que algunos han llamado la “derechización” de una parte importante de la sociedad, incluyendo capas de la clase trabajadora y sectores populares. En principio, es así. Hoy, ahora, no es de buen tono, mucho menos simpático, decir esto. Lo “políticamente correcto” sería: bueno, finalmente no fue para tanto, es un tropezón que desalienta pero no liquida las esperanzas, están Pino y Sabbatella, el macrismo en Capital ganó pero retrocediendo, etcétera. Pero “el análisis concreto de la situación concreta” no se hace para consuelo de los perdedores, sino para intentar, muy modestamente, entender lo que pasa, y orientar la propia política. Ni el dinero de De Narváez, ni las payasadas de Tinelli, ni la “traición” de unos cuantos intendentes (que aportaron lo suyo, claro) alcanzan para explicar lo que muy bien podría ser el principio del fin de un ciclo. No es cosa de culpabilizar en abstracto a la sociedad –entre los que podían razonablemente “entrar”, no había tantas opciones, y la izquierda siguió sin encontrarle la vuelta–, pero tampoco de desresponsabilizarla alegremente: ¿o las “masas”, cuando hacen lo que nos gusta, es por “conciencia”, pero si no, es porque el poder las llevó de las narices? Aclaremos: “derechización”, no porque no hayan votado al bloque K (que ciertamente no representaba a la “izquierda”) sino porque sí votaron a De Narváez. Desde ya, no es una cuestión “ontológica”: la “derechización” puede ser pasajera (como también puede serlo la “izquierdización” que algunos ven en Capital, por ejemplo). Pero por ahora es así, y hay que pensar por qué.

3 La trama social, que se mostró es muy compleja. El bloque triunfante, en marzo del año pasado, tuvo su “diciembre 2001” de derecha, “baño de masas” incluido. Frente a la crisis de las representaciones políticas clásicas, aprendieron a ganar la calle. El bloque K, en el 2003, había sabido salir del “que se vayan todos” popular cabalgando sobre la comparativamente espectacular recuperación económica, y crear expectativas de cambios de fondo, aun sin patear el tablero. Pudo, digamos, hacer cierto “bonapartismo populista” –aunque sin el líder y sin las masas de 1945–. Otra cosa es gobernar con crisis. Con menos para repartir (aunque convengamos en que tampoco en la bonanza se repartió tanto) había que, justamente, alterar toda la lógica del “reparto” y darse una auténtica base de masas para defender la nueva lógica. La nueva lógica no apareció, el reparto en serio no apareció, por lo tanto tampoco las masas. Lógico: si no habían sido convocadas para apoyar lo que apareciera como apoyable, ¿por qué esperarlas en el anónimo y serializado cuarto oscuro? La decisión por el PJ (y “el Néstor” no tenía opción, con su política) terminó de clarificar el panorama: aquel “bonapartismo”, abortado el simbolismo de la pésimamente tramitada 125, estaba definitivamente corrido a la derecha. El bloque K había alcanzado un techo en sus pretensiones “reformistas”. Ese techo estaba de antes –los techos no se fabrican de la noche a la mañana–-, pero en el momento de mayor tensión algunos pensamos (quizás equivocadamente: en todo caso, reivindicamos nuestro derecho a apostar) que, aun manteniendo una completa distancia crítica del bloque K, valía la pena oponerse a lo que se llamó “lo peor”, para ensanchar un poco el espacio en disputa, o los márgenes de maniobra, en rumbo a otra política. No fue así: al contrario, esos márgenes se angostaron.

4 Algunas medidas que vinieron después todavía podían ser defendibles en sí mismas, una por una. El problema es, precisamente, el “una por una”. No había, ni podía haber en los límites del tironeo por el único “modelo”, una orientación que dibujara la hipótesis de una transformación integral. Cuando, durante esta campaña, se dijo que había que señalar “lo que falta”, pero defendiendo “lo que se hizo”, uno podría preguntar: “lo que falta” y “lo que se hizo”... ¿para qué? ¿Para llegar a cuál objetivo? Esto no estuvo nunca realmente en cuestión: no había dos modelos. En esas condiciones, ante la no-alternativa, no es de extrañarse que “lo que falta” siempre se vea más: si no hay un rumbo claramente distinto al del otro bloque, lo que falta es necesariamente demasiado. Ante el descontento por lo que falta, y en un contexto de crisis generador de nuevas incertidumbres, y sin que se quiera ni se pueda tener una voluntad transformadora a fondo, y sin que se pueda concebir otra cosa que la “re–pejotización” de la política, ante todo eso, gana la derecha disfrazada de “lo nuevo”: es casi una ley de hierro. La “indiferencia” (también manifiesta en el alto índice de abstención) y la consiguiente despolitización, abona que un candidato efedrino-clownesco pueda estar al mismo tiempo a favor de privatizar todo y de estatizar todo. Son sólo modos de decir, sin materia que les dé sustancia. Cuando lo que se discute son “estilos” de gestión, no hay nada que discutir. Y entonces no se discute, ni siquiera con uno mismo: con el “voto castigo” se beneficia, ahora sí, al que salga más en TV.

5 ¿Y Pino, y Sabbatella? Está bien, sería necio negar que puedan percibirse como una “bocanada de aire fresco” en medio de la pesadez climática. Pero sería igualmente necio no ver que también ellos recogieron un descontento por “lo que falta” que no en todos los casos y de antemano puede ser definido inequívocamente como una alternativa al “modelo”. Solanas no podía haber alcanzado semejantes números sin recibir una buena cuota del “centro” y hasta del “centroderecha” vergonzante al que no le daba el cuero para votar a Prat Gay o la Michetti. Que eso decante en un auténtico movimiento emancipador no depende sólo de la buena voluntad de los dirigentes, sino del grado de participación y repolitización que todos, cada uno en su rol, podamos insuflarle a la sociedad. Si De Narváez recibió votos populares y Solanas de la Recoleta (los ponemos simplemente como ejemplos extremos), eso quiere decir que todos los espacios políticos tienen el problema adentro. Si en los próximos dos años ambos son consecuentes con lo que postulan, ambos perderán una buena parte de sus votos, que no necesariamente irán al otro. O sea: “Es la lucha de clases, estúpido”. Que frecuentemente es muy confusa y contradictoria. Sobre todo cuando, a esta altura, son muy pocos los sectores que saben realmente qué están defendiendo. Hoy por hoy, pues, la mesa está servidísima para un 2011 decididamente de derecha (es ella la que siempre gana en el desconcierto: otra ley de hierro), aun si se preserva la sacrosanta “gobernabilidad” (lo cual está por verse: otra vez, la “novedad continental” inaugurada hace unos días por Honduras debería importarnos, y mucho). En la foto de hoy, los mejor colocados para el 2011 son todos de derecha. Pero también esa cuestión está abierta: justamente, son demasiados, y aunque representen más o menos los mismos intereses, en la liza política la interna puede ser sangrienta.

6 Finalmente, por supuesto que seguirá teniendo un papel fundamental lo que dio en llamarse la “batalla cultural”. El bloque triunfante la supo dar muy bien. La virulencia de sus ataques al bloque K fue una sobreactuación desmesurada para lo que éste representaba. No fue un error, sino un acierto: consiguió implantar artificialmente –con la complicidad involuntaria del Gobierno, hay que decirlo– la idea de que estas elecciones dividían al país en un antes y un después, y así obligó a muchos a alinearse, casi sin matices, en uno de los dos “campos”. Ahora, esa batalla deberá también modificar su lógica, aclarar las posiciones, debatir proyectos que realmente apunten a una transformación. No se trata de un combate sólo “cultural” en sentido estricto (es decir, estrecho). La especificidad de eso debe desde ya ser preservada, pero habrá que encontrar la manera de articularlo con los sectores, clases y prácticas sociales cuya repolitización participativa de conjunto (porque no es que no haya habido experiencias de ella en los últimos años) es la única salida del callejón. Y deberá hacerse por fuera de todos los bloques hoy dominantes, para que el descontento no vuelva a beneficiar a lo peor. La “cultura”, en estas circunstancias, es toda ella política. La situación es difícil, laberíntica, pero hay que afrontarla en todos los terrenos, no solamente el discursivo. Como alguna vez dijo un filósofo argentino: “Cuando la sociedad no sabe qué hacer, la filosofía no sabe qué pensar”.

* Sociólogo, ensayista, profesor de Teoría política y social (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-127842-2009-07-07.html

  OPINION

Una reflexión sobre las implicancias políticas y sociales latentes en el discurso de Susana Giménez y otros integrantes de la farándula a favor de la instauración del crimen como castigo.

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“El miedo originario crea fantasmas absurdos. Evoca mutiladas víctimas de los relatos de Ulrico Schmidl. Sabemos que nos defienden disciplinadas fuerzas del orden, y la oleada del peligro nos llega desde allá (...). La tierra desde lejos nos transmite ese pavor. Un pavor mortecino, húmedo, terrestre y antiguo que también brota al menor descuido. Una ciudad inestable y atroz reposa muda y quieta, dentro o debajo de las otras.” Etcétera, etcétera. Durante unas 300 páginas más elabora ese tono, entre melancólico y apocalíptico, Ezequiel Martínez Estrada en su obra maestra La Cabeza de Goliat. Parece –es casi una banalidad decirlo– “escrito ayer”. Salvo que en su época la luz y el sonido catódico/estupefaciente no se deslizaba todavía en las penumbras íntimas del living o el dormitorio del proverbial “burgués asustado” listo para improvisarse fascista en el desayuno. Ni había, por lo tanto, vedettes ya ni siquiera con la ternura de la decadencia, chocheando gagá-gangosamente, transidas –es probable– de dolor auténtico y sin embargo con la peor mala fe, llamando a un ojo por ojo que, bien lejos de la épica vetero-testamentaria, apenas aspira al patetismo mediocre del susto de casta (adquirida, no adscripta) y la mueca casi última de una Judith con las marquesinas ya quemadas: el que mata tiene que morir, va de suyo, y como esto último nos va a suceder a todos, cuanto más cerca están más quisieran algunos/as, en ese resentimiento, irse acompañados/as. Ella no lo sabe –y por eso dice la verdad–, pero está planteando, por la negativa, un sesudo dilema de ética kantiana: ¿Acaso no tengo derecho a elevar mis pasiones personales a ley universal? Si en buen/a ciudadano/a pienso que el que mata debe ser matado, pero yo, claro, no sería capaz de hacerlo, ¿no debería hacerlo el Estado, “representante” de la voluntad del pueblo? “Hay muchos que piensan como yo” no es una mera falacia estadística: es sensibilidad para procesar una voluntad (incluso una “conciencia”) de clase, más el candor impune proveniente de haber llegado a la “clase”, y no tener que dignificar una prosapia. El Su-tinellismo (que ahora sabemos incluye reflejos spinettistas) no es una insensata farandulada individual: es una influyente configuración político-cultural que –como se dice– “produce subjetividad”. Así que –salvo por el detalle de ese catodismo actual con un poder multiplicador para el terror ya largamente inscripto en el corpus del socius (tema eminentemente león-rozitchneriano, se advertirá)–, salvo por eso, seguimos en don Ezequiel. Quiero decir: evocando “mutiladas víctimas” que vienen del fondo de los tiempos (o de los estómagos de los deglutidores de Garay) para que el pavor mortecino brote al menor descuido –aunque no parece tan descuidado que re-brote, sin duda por azar, casi siempre en calendas electorales–. La div(in)a no sabe –por eso es eficaz– que dice la verdad: los ventrílocuos a los que chiroliza se preparan para gobernar. “La mayor pasión de mi vida ha sido el Miedo”, confesó célebremente, hace tres siglos y medio, Thomas Hobbes, el fundador de toda posible filosofía del Estado “autoritario” (aunque, éste es otro debate que alguna vez habría que hacer: ¿no dice Freud, en algún lado, que el autoritarismo aparece precisamente cuando falla la autoridad?). ¿Por qué habríamos de ser menos los porteños de hoy, con nuestro “pavor” de que en cualquier momento (“por un descuido”) se resquebraje el asfalto de Belgrano o Recoleta y emerja –como en alguna vieja película B de ciencia-ficción en la que los invasores marcianos salían de bajo tierra (¿o era que se levantaban los muertos?: ya no recuerdo)– esa “otra ciudad” inestable o atroz que preferiríamos des-conocer (porque descompensan nuestra energía, parece que dijo otra vetero-vedette, con tonalidades más new age). El miedo fue el tema de Hobbes, en los albores del capitalismo, y sigue siendo el nuestro, en sus estertores indeterminadamente prolongados. Lo conocimos, inflado hasta el horror indecible –ninguna apelación oficial a la Memoria logrará borrar ese recuerdo– del ’76 al ’83. Pero sobrevivió después (es una de esas ciudades escondidas “dentro o debajo de las otras”), trasmutado en hiperinflación o la sorpresa que correspondiera. Hubo que pasar al que se fue (único de los todos que se tenían que ir) en autogiro nocturno, y la re-fundación del 2003 (que no re-fundó nada pero abrió una rendijita de aire fresco hoy un poco enrarecido) para descubrir que estamos otra vez en lo mismo: el tema –o el lévi-straussiano “mitema”– sigue siendo el miedo. Hoy bifurcado, básicamente, en dos fuentes ominosas: por un lado, una vez más, el miedo económico: a saber, la crisis “globalizada” (qué raro: hasta hace unos meses lo “global” era la solución, no el problema), cuya relativa modestia local es mediáticamente sobredimensionada con típica lógica de “profecía autocumplida”; por otro, con renovados bríos, el miedo social: éste, aunque venga del fondo de los tiempos, convengamos en que ha sufrido una pronunciada degradación; si antes era al potencial revolucionario de la clase obrera organizada o al pueblo insubordinado, ahora es al fantasmal lumpenaje de un “más allá” que ni siquiera se sabe bien dónde queda (las fronteras urbanas han devenido lábiles, y ya ni la avenida Córdoba nos garantiza ser norteños), y sólo secundariamente a un “populismo” light que trabaja de chivo emisario por haber renunciado a darse base de masas: del “subsuelo sublevado de la patria” hemos pasado a los “muertos-vivos” surgiendo de los sótanos oscuros, de la policía brava a la UCEP, esa gestapito Macri-biótica. La solución de nuestras vedettes mortecinas (para insistir con ese estupendo adjetivo martinezestradista), altamente representativas –hay que decirlo– de una “clase política” más afecta a las cámaras (las empresarias y las de TV) que a la incómoda calle, es muy poco táctica, y un poco contradictoria: producir más muertos –más fantasmas–, sea por hambre o por “pena”, para poder seguir tranquilamente con los negocios... que están en crisis. Mr. Lynch, se sabe, es más eficaz que la morosa Justicia argentina para tender puentes de cadáveres sobre los ríos infestados de cocodrilos ante los portones del castillete. Es decir, para tranquilizar momentáneamente a los asustados, no importa qué pase después. Y sería ingenuo acusarlos/as de no haber leído a, digamos, un René Girard, con sus explicaciones de la violencia mimética como destructora de toda forma de comunidad, y la idea (a menudo malentendida) de que la “solución” del chivo expiatorio sólo puede ser transitoria: aunque ella sea el origen violento de la Ley, ésta (alguna Ley, no necesariamente las que tenemos) deberá reemplazar la “salida” del asesinato colectivo. O de desconocer las ingentes bibliotecas ya escritas que demuestran la inoperancia de la pena de muerte para reducir la violencia social. Inútil, esa acusación de ignorancia, porque el conocimiento para nada serviría: ante el terror, la única Razón valiosa (con “valor de cambio”, y plusvalor fetichista) es la Razón puramente instrumental, “técnica”, que alienta hoy la bola de nieve de la muerte para algunos para que mañana nos matemos entre todos. Y no es que las causas de esos efectos no sean eficientes: en el reino de la actual (im)política, con la fórmula Miedo Económico + Miedo Social se ganan –se ganarán– elecciones. Ganará, con esa fórmula, cualquiera sea el que gane. Hoy, en el mundo, se gana siempre –lo ha analizado agudamente Alain Badiou para el caso Sarkozy– con el slogan apenas matizadamente único del miedo. Si es por “centroderecha”, es el miedo al “otro” (sin mayúsculas); si es por “centroizquierda” (la mediaclase progre de hoy, sabemos, es extremista de centro y fundamentalista de la moderación) es por “miedo al miedo”: reacción especular del que quiere diferenciarse dentro de la cancha que ha marcado el adversario. Reconozcamos que también aquí hay un cierto declive cultural en nuestros fantasmas. Con una modesta metáfora literaria: si el Quasimodo de Victor Hugo gritaba “¡las campanas, las campanas!”, o el Kurtz de Conrad gritaba “¡el horror, el horror!”, nuestro burgués asustado grita “¡los negros, los negros!”, y nuestro progre bienpensante “¡el campo, el campo!” (todavía no hemos llegado, pero llegaremos, a: “¡el country, el country!”). Dicho sea esto último no para minimizar el desagrado ante la conformación de un sólido bloque de derecha que –miedos y medios mediante– viene galopando al son de los bombos sojeros (y cada vez con menos retenciones en su armado propiamente político), sino para establecer que aún nos falta ver, en la vereda de enfrente de la nueva guardia restauradora, algo realmente diferente, y no un tironeo –quizá defendible en términos de oposición a “lo peor”, pero nada más– en el interior del mismo “campo”. No es entre el miedo y el “miedo al miedo” que hay que elegir. No es entre la “seguridad” y la “inseguridad” (resignada), o entre la pena de muerte y el “garantismo”, que hay que definirse. Mucho menos entre la “seguridad” y la “inseguridad” (¿cuándo, en efecto, estuvo la clase media argentina más “segura” que entre 1976 y 1983?). Desde ya: los ciudadanos argentinos (aun cuando nunca hayan estado en Nueva York o San Pablo, para poder comparar) tienen derecho a sentirse protegidos de los delincuentes. Pero “seguridad” es mucho más que un concepto policial: es –o debería ser– una categoría política completa, que incluye la seguridad al acceso de alimentos, vivienda, empleo, educación, salud. Pero estas ampliaciones del campo semántico, claro, son siempre “a largo plazo”, y no entran en los nítidos dualismos. Así presentados, esos sistemas de oposición binaria son de una insanable mediocridad ideológica y de un avieso cinismo clasista, aunque se los anuncie desde diez radios al mismo tiempo. El efecto que pretenden –al igual que en su momento la oposición blanquinegra “Gobierno/Campo”– es el de dividir a esa entelequia llamada “opinión pública” en bandos congelados, “ontológicos”, que no responden a ninguna relación “dialéctica”, mucho menos a un debate político sustantivo o a una interrogación crítica sobre las condiciones integrales de enunciación de las palabras que se naturalizan. Lo que sí logran es un inmediato efecto “performativo”: si alguien está a favor de la legalización del aborto es automáticamente un asesino de nonatos, si está en contra de la pena de muerte es cómplice de los delincuentes. Hay que escupir esa sopa de letras y armar un nuevo crucigrama. Sentarse a definir los términos y debatir a qué política de la lengua (y, por lo tanto, de todo lo demás) responden esas definiciones. Como se decía en un tiempo: hay que “achicar el pánico” antes de que ese “pavor mortecino” del que habla Martínez Estrada nos deslumbre hasta dejarnos ciegos.

* Sociólogo, ensayista, profesor de Teoría Política (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-121353-2009-03-12.html