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  OPINION


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Hasta hace unos años, las relaciones de la Argentina con el arco andino eran limitadas y confusas. Por distintas razones, algunas de escaso valor práctico en función de los intereses nacionales, los vínculos con las cinco naciones del área oscilaron entre la cercanía y el distanciamiento, entre la sobre-actuación y el sub-despliegue, entre el ensimismamiento y el activismo. Por primera vez desde los ’90, el país parece haber entendido que una estrategia zonal balanceada y asertiva es posible y deseable.

Una mirada al pasado ayuda a entender este argumento. En los ’90, Buenos Aires estableció un esquema de proyección poco fecundo en el arco andino. Enajenó una relación histórica con Perú al proveer, clandestina e ilegalmente, de armamento a Ecuador durante la guerra entre Quito y Lima de 1995. Respaldó, a su vez, con un alto perfil la “guerra contra las drogas” en Colombia: el apoyo a Bogotá se inscribía en un contexto más amplio de acompañar a Washington en muchas de sus iniciativas hacia América latina. Con Venezuela primó la diplomacia de los negocios –la Argentina llegó a ser el cuarto inversor del continente en Venezuela– y una sintonía política con las “reformas estructurales” de Carlos Andrés Pérez que terminaron en el “Caracazo”, prenuncio del colapso de su gobierno. Hacia Bolivia –y salvo por el tema del gas– no hubo una orientación acorde con la variada e intrincada agenda argentino-boliviana y pareció que el país cedía, de facto, terreno ante la creciente influencia de Brasil en el país andino.

En la primera década de este siglo –y en especial después de la feroz crisis de 2001/02– se procuró robustecer ciertos lazos con una parte del mundo andino. Venezuela fue la contra-parte central, tanto en lo político como en lo comercial. Bolivia pasó a concitar más atención, tanto debido a afinidades políticas como por las diversas tensiones institucionales vividas en el vecino país y cuyo efecto directo sobre la Argentina no era –ni es– menor. Con Ecuador se profundizó la sintonía diplomática (por ejemplo, la Argentina se encargó en Bogotá de las relaciones entre Ecuador y Colombia, rotas en 2008), en parte por las buenas relaciones creadas entre los mandatarios.

Perú y Colombia no fueron objeto de mayor interés, ya sea político–diplomático o económico-comercial, por varios años. Ahora bien: en marzo de 2010, la presidenta Cristina Fernández viajó a Perú con el propósito expreso de desagraviar a Lima por la conducta argentina en 1995. Como secretario de Unasur, el ex presidente Néstor Kirchner jugó un papel fundamental en la distensión entre Colombia y Venezuela, así como durante la intentona golpista en Ecuador. La visita a Colombia esta semana del canciller Héctor Timerman (a la que podría agregarse en el futuro una visita oficial a la Argentina del presidente Juan Manuel Santos) se inserta en lo que se podría denominar la “normalización” de la política andina de la Argentina. Esto significa desarrollar una estrategia integral y constructiva hacia el arco andino que no tenga como leitmotiv el ser pro o anti un determinado número de gobiernos y países.

Este incipiente regreso de la Argentina a los Andes puede ser una palanca importante para la política exterior sudamericana y latinoamericana del país. No hay una diplomacia carente de ideología, ni una buena diplomacia lo es por concebirse como pragmática. Lo que debe evitarse en política exterior es el dogmatismo. Guiarse por dogmas conduce a posturas rígidas, ingenuas y acríticas. Un sendero no dogmático como el que parece dispuesto a transitar la diplomacia argentina hoy es una buena señal: eso, más temprano que tarde, incrementa la influencia del país, le reduce su vulnerabilidad y aporta a su prosperidad.

* Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella y Miembro del Club Político Argentino.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-164423-2011-03-18.html

  DEBATES > DESPUES DEL MUNDIAL II


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Un mundial de fútbol es, más que cualquier otro campeonato nacional o certamen internacional de más aliento, un ejemplo de competencia corta. Un conjunto de circunstancias autogeneradas y de ocurrencias fortuitas culminan en la obtención del título de campeón. Si se aspira a llegar a la final hay que superar seis partidos en un mes. Y si se quiere ganar la copa todo tiene que ir bien: contundencia y contingencia deben ir de la mano.

Un torneo de esa naturaleza implica llevar a los mejores jugadores que, por su aptitud, estado físico, funcionalidad y actitud, estén en condiciones de formar parte de un equipo competitivo. Los jugadores que escogió Maradona tuvieron probablemente el acuerdo de un 85 por ciento de los simpatizantes y especialistas. Algunos, sin embargo, no entendieron por qué no reforzó el mediocampo –siempre es posible que haya lesiones inesperadas, tarjetas amarillas o rojas indeseadas o dificultades de acople de último momento–, ni por qué no incluyó defensores más versátiles ni por qué no contempló opciones de enganche adicionales y más naturales. Pero de todas formas el técnico llevó a Sudáfrica un muy buen plantel. De allí en más había que ver cómo se armaba el equipo y, sobre todo, había que definir para hacer qué tipo de fútbol los había escogido.

El país tuvo en suerte una de las dos zonas menos complicadas del Mundial de 2010. Ello quizás condujo a pensar que se podía ser más audaz que durante la etapa clasificatoria de Sudamérica, en la que muy pocos entendieron a qué jugaba la Argentina y en la que Maradona tuvo licencia para probar jugadores y variantes. La opción ofensiva escogida por el técnico fue bienvenida por un público futbolero que, a diferencia de Italia, por ejemplo, aborrece planteamientos persistentemente defensivos. La “nuestra” –si es que existe tal– es buscar el arco rival siempre que se pueda, combinando esfuerzo y parsimonia y con un juego vistoso.

Pero los buenos resultados iniciales en vez de ser útiles para examinar y avanzar se convirtieron en una camisa de fuerza impuesta. Un mundial es tremendamente exigente: exige primero resultados y, además, una particular mezcla de consistencia, inteligencia y flexibilidad. Un mundial es, simultáneamente, estrategia más táctica: ni la claridad estratégica per se ni el “tacticismo” a cualquier precio llevan a buen puerto. Ya en los octavos de final el equipo argentino mostró ante México (país número 14 en el ranking histórico de la FIFA) evidentes desequilibrios dispositivos y despliegues errados que el resultado final a favor opacó. El festejo merecido pero complaciente de pasar a la siguiente fase influyó, posiblemente, para que nadie en el entorno de Maradona sugiriera un análisis minucioso y un balance realista.

De allí en más, y antes del partido con Alemania, la limitación del sistema usado se vio con más claridad. Ya en los días previos al partido se mostraron señales de irreflexión y necedad como si la continuidad a cualquier precio fuese un mérito. ¿Por qué reiterar una fórmula que sirvió ante selecciones muy débiles pero que se mostraba aventurada ante un equipo como Alemania (país número 2 en el ranking histórico de la FIFA) que lleva un sinnúmero de mundiales con suficiente experiencia y logros? ¿Por qué no contemplar que Alemania ganó dos veces en este campeonato convirtiendo cuatro goles y que, de algún modo, tenía buenas y claras ideas de cómo llevar adelante un partido trascendental? ¿Por qué no evaluar y explorar alternativas en razón de las virtudes propias y las dificultades del oponente?

Argentina perdió 4 a 0 contra Alemania, no 4 a 2. El esquema ofensivo no funcionó en términos de generación de opciones netas y de goles concretos. Se puede ganar o perder en cuartos de final, pero el resultado de Argentina fue lapidario y amerita una evaluación seria que sea enseñanza para el futuro –sin tragedia pero con rigor, sin acusación pero con ponderación–. Aprender en el fútbol –como en otros ámbitos de la vida– no es sinónimo de debilidad sino de madurez. A su vez, ello es conveniente para futuras generaciones, tanto de deportistas como de aficionados.

El fútbol es, como decía Dante Panzeri, “dinámica de lo impensado”. Y Maradona paró muy mal el equipo frente a Alemania. Nada original, salvo un milagro, podía ocurrir con un planteamiento más tozudo que virtuoso. El lo sabe, a pesar de que buena parte de los periodistas deportivos y algunos ex jugadores y entrenadores insistan en el valor de “morir con la nuestra”. ¿Cuál es el sentido futbolístico de “morir con la nuestra” en un mundial en el que, con inteligencia y eficacia, se podía llegar más lejos?

Si le queremos dar una épica gloriosa a tal derrota bien: pero más temprano que tarde eso sólo agiganta un mito individual (el de Maradona), pero no una enseñanza deportiva y colectiva para todos. Lo que ocurrió entristecerá aún más de lo necesario porque muy pocos aceptan que terminar entre los ocho mejores equipos del Mundial es bueno en sí mismo y porque ya habrá revancha en otra ocasión. Pero como se trataba de ser campeón –como lo sugerían el técnico, los asistentes y jugadores y buena parte del periodismo deportivo después de la primera fase cuando se les ganó a Nigeria, Corea del Sur y Grecia (países números 37, 27 y 61 en el ranking histórico de la FIFA)– la medida para evaluar el resultado terminó siendo ésa. Y en tal sentido la Argentina vivió una nueva caída heroica si se juzga por las reacciones de algunos simpatizantes y periodistas: Maradona sobrevive (una vez más), Grondona sonríe calladamente (como siempre) y el fútbol argentino (otra vez) no progresa. Fin del Mundial.

Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-148912-2010-07-06.html

  OPINION


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La crisis financiera originada en Estados Unidos se ha transformado en una crisis económica global que tiende a profundizarse y exacerbarse. Las lecturas predominantes en América latina en torno de dicha crisis colocan el acento en los factores financieros, subrayan las dificultades comerciales, ponderan las consecuencias materiales y reflejan una preferencia por alternativas nacionales. Como en tantas otras ocasiones históricas, los gobiernos del área se dirigen, inadvertida y torpemente, hacia un gigantesco dilema de prisionero: cada uno piensa que se salva solo y que coqueteando a uno de los jugadores más poderosos le quita eventuales ventajas a un competidor próximo en la región. De ese modo, se opta por estrategias conservadoras que únicamente conducirán a mayores costos individuales y colectivos. El espejismo momentáneo de ganancias propias (y pérdidas para los otros) obnubila una mirada más estratégica. Apenas se está atravesando una fase de la crisis global y habrá que ver cómo deviene, en momentos sucesivos, esta situación problemática. El atajo unilateral puede ser funcional en el muy corto plazo, pero es errado y hasta peligroso en una perspectiva de mayor aliento.

En ese contexto, y desde un enfoque político, se hace necesario repensar la inserción mundial de los países del Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay) dejando de lado la idea de relanzar artificialmente el Mercosur como una vía alternativa para hacer frente a la actual coyuntura. El argumento principal es que, con avances y avatares, el Cono Sur constituye una incipiente comunidad política. Retomado la definición de Karl Deutsch, esta porción de Sudamérica “es un conjunto de actores cuya interdependencia es suficiente para marcar una diferencia sustancial en el resultado de sus decisiones importantes”. En ese sentido, la mayor encrucijada del Cono Sur en esta hora será su interés, disponibilidad y compromiso para promover y construir un espacio de cooperación. Siguiendo el Diccionario de la Real Academia Española, se concibe el espacio como el “ámbito territorial que necesitan las colectividades y los pueblos para desarrollarse” y se considera la cooperación como la acción y el efecto de “obrar juntamente con otros para un mismo fin”.

Es importante subrayar que la cooperación no se interpreta como un acto sino como un proceso con un horizonte más amplio que se puede reforzar mediante logros y gratificaciones compartidas o que puede desalentarse a través de prácticas de free riding o mediante la explotación de ventajas individuales. Además, se asume que en las actuales condiciones internacionales posiblemente la cooperación resulta esencial para garantizar la soberanía. Asimismo, se parte del hecho de concebir como ámbito cooperativo tanto a lo económico como a lo político. Esto es, los estados tienen intereses que se derivan de sus objetivos económicos (poder material, recursos estratégicos, bienestar, mercados, etc.) y de sus metas políticas (orden, seguridad, principios, prestigio, etc.): en consecuencia, la cooperación involucra distintos tipos de intereses de significación equivalente. A su vez, se entiende que la cooperación es el resultado de un acto de escogencia –se prefiere cooperar o no hacerlo– y se produce cuando un conjunto de circunstancias –oportunidad, voluntad, medios y valores– la allanan.

Ahora bien, la condición de posibilidad de un espacio de cooperación en el Cono Sur surge de la existencia de un sustrato (político, económico, militar y social) histórico reciente que ha cimentado muchos valores comunes, varios intereses mutuos y ciertos objetivos compartidos. El Cono Sur vive un momento de transición: en gran medida, se ha superado la tradicional cultura de la rivalidad, pero aún no se ha consolidado una fecunda cultura de la amistad. Cabe destacar que la construcción de ese espacio implica una distribución de responsabilidades y una movilización de recursos acorde a la envergadura de los actores involucrados. Por último, la vigencia y continuidad de un espacio de cooperación supone no sólo que los participantes sean amigos sino también que tengan el anhelo y la capacidad de transformarse, en algún momento, en aliados.

El ideal de un espacio de cooperación se inscribe en lo que la literatura especializada llama una estrategia de buffering. Dicha estrategia la llevan a cabo estados/regiones moderadamente poderosas, se facilita por la existencia de una comunidad política y de seguridad suficientemente estables, aspira a reducir el impacto y el control de una gran potencia en un ámbito geográfico determinado, intenta crear una esfera regional más autónoma, se apoya en redes e instituciones del área y puede incrementar el poder individual y colectivo de los participantes. En esencia, alcanzar un pleno espacio de cooperación permitiría limitar la esfera de influencia de una superpotencia, preservar la estabilidad en una región e incrementar el bienestar de sus miembros.

Por último, dos presupuestos políticos subyacen al argumento aquí presentado. Por un lado, ante el dilema profundización-ampliación un espacio de cooperación procura primero profundizar para después ampliar: el Cono Sur necesita ahondar y dinamizar subregionalmente sus lazos de convergencia y acción antes que pretender niveles regionales de gran unidad. Esto último puede ser un ideal inspirador y constituir un punto final de llegada, pero no debiera convertirse en un nuevo modelo a priori para una integración elusiva. La moderación, el esfuerzo y la constancia son claves para alcanzar y consolidar un espacio de cooperación: sólo así se podría expandir su cobertura geográfica y su repertorio temático. Por otro lado, se asume que la gran estrategia de Estados Unidos no variará significativamente con la elección de Barack Obama; a lo sumo se producirá un matiz en la búsqueda de la primacía –se pasará de una primacía agresiva a una calibrada–. A ello se agrega el hecho de que la resolución de la crisis económica global demanda importantes grados de colaboración y coordinación no sólo en el plano mundial, sino también en el plano regional. Estos dos fenómenos implican un desafío y un incentivo para alcanzar un espacio de cooperación. La usualmente criticada desatención de Washington hacia la región bien podría recrear la oportunidad y potenciar la necesidad de que desde el área misma surjan mecanismos y proyectos subregionales de aglutinación práctica y resolución autónoma de los múltiples problemas que atraviesa América del Sur, en general. La dimensión de la crisis global exige volver a pensar el modelo de desarrollo de las sociedades; en particular, la periferia tiene la oportunidad –como la tuvo en otras circunstancias históricas– de aportar a una revisión de la ortodoxia económica aún vigente.

En este contexto, un espacio de cooperación es consistente con la situación observable en la región y el mundo. La mezcla de fragmentación regional, proyección militar de Estados Unidos en el área y la envergadura de la crisis global no es promisoria. Las asignaturas pendientes en la política interna de los países del Cono Sur, la doble naturaleza doméstica e internacional de muchos de los problemas regionales y el tamaño de los riesgos en materia de seguridad y bienestar no pueden responderse con pasividad o postergación. En una fase inicial un espacio de cooperación tendrá, quizá, menos componentes de altruismo o empatía: el peligro o el horror pueden convocar más que la armonía o la solidaridad. Sin embargo, cooperar defensivamente no es suficiente: un espacio de cooperación sólo puede crecer y afianzarse si se lo define positivamente y si se lo ejerce ofensivamente.

También es crucial decir que cooperar no es sencillo ni se produce automáticamente. El tipo y carácter de los intereses en juego, el horizonte de largo plazo y el número de actores involucrados son dimensiones fundamentales al momento de ponderar las probabilidades de éxito o fracaso de una iniciativa cooperativa. El hecho de que un espacio de cooperación en el Cono Sur abarque a pocos participantes es un elemento favorable; la convergencia de intereses comunes y la proyección de futuro son los desafíos mayores.

Sin embargo, hay obstáculos para concretar ese espacio de cooperación y que no se pueden soslayar. Entre otros, por ejemplo, la mayor o menor fortaleza de un gobierno incide en las posibilidades de cooperación: gobiernos débiles –atravesados por crisis de envergadura, con ejecutivos limitados, con escaso consenso en materia internacional y ausencia de estrategias de largo plazo consistentes– tienden a cooperar menos o a incumplir compromisos de cooperación. A su vez, la “rutinización” de una suerte de diplomacia de la escaramuza –esto es, la reiterada aparición de “malentendidos”, “incidentes” y “discordias” entre los países del Cono Sur– que parecen intrascendentes, pero que no lo son, tienden a afectar el logro de acuerdos sustantivos entre las partes, debilitar la expectativa de cumplimiento de lo acordado y dificultar la colaboración. Por otro lado, el primado exclusivo de la política interna sobre la política internacional debilita la cooperación. Cuanto más inciden las razones de la política doméstica, la lógica electoral de una coyuntura, las urgencias de un determinado régimen, las motivaciones partidistas y la satisfacción de intereses creados de grupos muy reducidos es probable que cooperar resulte más difícil. En forma concomitante, si bien la diplomacia presidencial puede ser efectiva para alcanzar compromisos y destrabar situaciones complejas, la personalización excesiva en los asuntos internacionales no facilita una cooperación efectiva. A mayor individualización en materia externa, menor institucionalidad en política exterior. Con más individualización, es más factible la sobreactuación y, con ella, la tergiversación. Paralelamente, el recurso al “unilateralismo periférico” –esto es, la actuación inconsulta con el propósito de satisfacer, de modo preferente, los propios intereses nacionales y, en algunos casos, en desmedro de los pares– genera desconfianza y entorpece la colaboración. No hay que olvidar que cooperar es un proceso de largo aliento que requiere de sucesivas muestras de contacto, cometido y concreción. Si los países del Cono Sur tienen el interés, la disponibilidad y el compromiso para evitar o superar esos escollos entonces el espacio de cooperación podría avanzar.

Ahora bien, una estrategia que incorpore la idea de un espacio de cooperación exige esclarecer varios aspectos claves. Entre ellos, cabe subrayar:

- El tema del liderazgo: individual o compuesto. En condiciones en las que la hegemonía no es posible ni es deseable, la opción a favor de un esquema combinado de liderazgo merece explorarse. Por un lado, está el tipo de liderazgo múltiple; esto es, una forma de liderazgo sobre temas en la que distintos actores con intereses comunes acuerdan en torno de un asunto y se logra, a través de negociaciones, que nadie maximice los beneficios simbólicos y materiales del tratamiento de una cuestión. También está el liderazgo concertado que apunta a precisar, anticipadamente o ante un evento particular, los modos de articulación de posiciones convergentes. Asimismo, está el liderazgo conjunto que consta de una distribución de tareas entre las partes de acuerdo a las prioridades y los intereses en juego. Además, está el liderazgo colaborador que se basa en compartir recursos y bajar costos en relación con un tema/problema específico. Adicionalmente, está el liderazgo compartido que se centra en el proceso necesario para generar una comunidad de pares con un destino común. Por último, está el liderazgo distributivo que se orienta a “empoderar” a otros actores, tanto por razones prácticas como de empatía.

- El tema de las instituciones: superfluas o fuertes. En condiciones de gran asimetría internacional y crisis global la falta de institucionalidad o la institucionalidad débil en el plano regional sólo contribuye a reproducir –en ese nivel– grados de disparidad y formas de arbitrariedad. Una institucionalidad fuerte –y esto es lo que los poderes ascendentes argumentan en el campo mundial– contribuye a gestar un orden más legítimo, estable y predecible. Una institucionalidad fuerte es una garantía de cambio gradual, de más transparencia y de mayor eficiencia. Una institucionalidad fuerte permite dirimir de modo más pacífico las naturales divergencias en términos de intereses.

- El tema de la diplomacia: circunstancial o sustantiva. En condiciones mundiales de alta incertidumbre, volatilidad y pugnacidad resulta clave determinar los alcances del esfuerzo diplomático en el terreno regional. Una modalidad es incidir mediante la obstaculización del accionar del más poderoso y para ello recurrir a tácticas defensivas y reactivas, críticas procedimentales y pronunciamientos retóricos. Otra modalidad consiste en combinar intereses y principios y asumir un papel ofensivo orientado no sólo a frenar la ambición o la eventual agresión del más fuerte, sino a prevenir situaciones críticas y actuar en consecuencia. Esto último demanda, entre otras, unas cancillerías activas, dotadas y sofisticadas.

- El tema de la agenda: limitada o amplia. En condiciones de ajustes políticos en lo internacional y profundización de las dificultades económicas, el temario de mayor atención regional puede seguir dos direcciones. Por un lado, puede centrarse en unos pocos asuntos muy caros a los intereses concretos y directos de los países del área. Por el otro, puede cubrir los tópicos propios y aquellos que están más en boga globalmente. En cualquiera de los dos casos, la evaluación de la relación medios/objetivos y del balance costos/beneficios es importante.

Idealmente, el espacio de cooperación aquí sugerido se piensa a partir de un liderazgo compuesto, sustentado en instituciones fuertes, orientado por una diplomacia sustantiva y centrada en una agenda limitada. En síntesis, es viable concebir un espacio de cooperación en el Cono Sur. En este comienzo de siglo y ante una crisis económica de grandes proporciones y efectos imprevistos nuestra encrucijada no puede ser: dominados o desordenados. El Cono Sur puede sortear mejor la actual situación crítica si elude participar o propiciar un juego de suma cero entre sus participantes y si comienza a cooperar con realismo y creatividad.

* Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés y Miembro del Club Político Argentino.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-122573-2009-04-03.html