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  “FUE UN LARGO PROCESO DE REVOLUCION PACIFICA,” DICE EL LIDER DE LA RESISTENCIA GERD POPPE

La historia empieza en 1983, cuando la RDA aceptó la instalación de misiles nucleares rusos. Brotaron movimientos pacifistas, a uno y otro lado del Muro que por aquel entonces tenía 22 años. Seis años después caía.

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Desde Berlín

Aquel 9 de noviembre de 1989 Günter Schabowski, miembro del Comité Central del partido de gobierno en la Alemania socialista, se equivocó. En conferencia de prensa dijo cosas que no tendría que haber dicho, al menos no en ese momento. Dijo cosas como: “Hoy decidimos aprobar una regulación que posibilita a todo ciudadano de la RDA (República Democrática Alemana) salir del país por cruces de frontera de la RDA”. Cuando le repreguntaron por el cuándo, especificó inseguro: “Según entiendo, de inmediato, sin demora”. Así, después de más 30 años la caída del Muro era un hecho. Y con él se fue derrumbando toda la cortina de hierro que dividía al mundo.

En términos periodísticos resulta cómodo y atractivo narrar la debacle soviética desde ese furcio ocasional y precipitado. Sin embargo, los hechos se venían sucediendo lenta y paulatinamente en los años previos. Visto desde hoy, había señales por doquier. Aunque, lo reconocen todos, incluso los por entonces más optimistas, nadie esperaba que las cosas se dieran con la velocidad con que finalmente se dieron. “Fue un proceso muy rápido en el que uno se levantaba a la mañana y no sabía sobre qué iba a decidir en el transcurso del día. Había muchas sorpresas, mucha espontaneidad”, recuerda hoy Gerd Poppe, que por aquellos años estaba sentado a la mesa redonda junto a los miembros de la Alemania occidental, la oriental y las potencias extranjeras involucradas. Junto a otros, él representaba la cuarta pata, a aquellos que desde hacía años venían siendo oposición dentro de la RDA.

“El Muro cayó como resultado de un largo proceso que se ha denominado revolución pacífica. Que quede claro, no fue que primero cayó el Muro por error y luego vino la revolución. Fue exactamente al revés”, insiste. Poppe es un hombre de bigotes pronunciados, tan blancos como su pelo. Es afable. Se siente cómodo contando su historia, es como si sintiera el imperativo de hacerlo. Pregunta tres veces a lo largo de la conversación cuánto tiempo queda. Se lo nota embalado, quiere seguir contando todo, con detalles.

Según su conceptualización, esta historia empieza en 1983, cuando la RDA aceptó la instalación de misiles nucleares rusos. Brotaron movimientos pacifistas, a uno y otro lado del Muro que por aquel entonces tenía 22 años. Pero fracasaron, y a finales de año tuvieron que renovar objetivos. El cuidado del medio ambiente, los derechos de la mujer, los problemas del tercer mundo y, acá la novedad, comenzó una lenta politización en torno de la democracia y los derechos humanos. Todo se fue cocinando dentro de la protección de las diversas Iglesias.

Una de sus actividades fue publicar las demandas de los cuerpos internacionales como Naciones Unidas, que pedían democratización. A la vez se vincularon con opositores de Checoslovaquia, concretamente con el grupo de Carta 77, cuyos estatutos y líneas políticas sirvieron de orientadores. “En esos países los opositores o críticos decían muy claramente que la situación no se resolvía con reformas. En la RDA nos dimos cuenta después, en los ’70 creíamos que con reformas las cosas podían andar”, explica Poppe.

En los ochenta empezaron a publicar una serie de revistas clandestinas. Eran mil ejemplares a repartir con rústicos métodos en toda la RDA. En términos de infraestructura la cosa no era fácil, hacía falta la ayuda de la gente del oeste. Ahí es que aparece Petra Kelly, una de las fundadoras del Partido Verde alemán. Ella y otros cooperaban con la impresión y difusión ya que cruzaban fronteras con pasaporte diplomático.

Lentamente, los diferentes grupúsculos a lo largo y ancho de la RDA comenzaron a entrelazarse. Incluso, cuando en el ’87 lo detienen a Poppe y a otros cuatro colegas suyos, lograron articular protestas simultáneas en al menos 30 ciudades, siempre con la ayuda de la Iglesia. Poppe lo dice y sonríe y se pone colorado.

En la Alemania socialista la economía no marchaba bien y cada vez más alemanes pedían formalmente la retirada. Muchos partían sin más a Checoslovaquia y Hungría, mientras ganaban espacios en Hungría y Polonia los movimientos reformistas. A su vez en Rusia, a casi diez años de la derrota en Afganistán, Mijail Gorbachov abandonaba la “doctrina Brezhnev”, según la cual en el caso de que hubiera fuerzas hostiles al socialismo que buscasen influir en el desarrollo de algún país para que éste se dirigiera al capitalismo, se convertirían no sólo en un problema del país concerniente, sino también en un problema común para todos los países comunistas. Gorbachov innovó y a partir del ’88 estableció que el Kremlin no tendría la potestad de intervenir en ningún país que renegara del Pacto de Varsovia. La inspiración, cuentan quienes saben, provino de la canción de Frank Sinatra, “My way”. Se trataba de la “doctrina Sinatra”.

También se impulsarían reformas económicas (Perestroika) y políticas (Glasnost) en el bloque. Pero la RDA de Erick Honecker, sabiéndose el motorcito económico del socialismo real, las resistía.

El 7 de octubre se cumplió el aniversario de los 40 años de la RDA. Con actos solemnes y una convocatoria internacional, el gobierno se festejó a sí mismo. El parteaguas sería dos días después, el 9, con las marchas en Berlín y Leipzig. “Ahí se ponía en juego si se caían o no definitivamente. La pregunta era si habría violencia o no. Y no hubo. Y ése fue el día donde para mí todo estuvo dicho.”

“Ese movimiento fue una revolución, a pesar de haber sido pacífica. Porque lo que cambió fue todo un sistema con movilización de masas”, argumenta. El término revolución es siempre controversial. Más cuando se pretende digerir una historia tan cercana, tan reciente. Pero lo cierto es que desde casi todos los sectores, desde la izquierda actual de Die Linke hasta los democristianos de la CDU, hay consenso en este punto. Sin embargo, todos también aclaran que lo que había era también vida cotidiana. En plena campaña, la recientemente reelecta canciller Angela Merkel, quien vivó su juventud en el lado socialista, declaró que “es falso decir que toda la vida era mala. Teníamos nuestras familias y nos divertíamos con nuestros amigos”.

Lo cierto es que unos se impusieron sobre otros. La historia la escribieron unos y comenzaron las investigaciones. En el marco de la reunificación el debate giraba en torno de los tiempos. Los democristianos del canciller occidental Helmut Kohl pregonaban una integración feroz e inmediata. La socialdemocracia proponía un acercamiento lento, cauteloso. Francia e Inglaterra jugaban a trabar el proceso, mientras los Estados Unidos de George Bush lo fogoneaban. Pero el 18 de marzo del ’90 se realizaron elecciones limpias para la asamblea popular de la RDA y los conservadores de la CDU sorprendieron con el 48 por ciento de los votos. A principios de julio se reunificó la economía. Y en diciembre volvieron a ir a las urnas, pero esta vez ya como un solo Estado. Volvió a ganar la CDU que hoy comanda Merkel, o “la muchacha”, como por esos años Kohl la apodó.

El grupo de Poppe participó en cada una de las elecciones, pero no tuvieron demasiada suerte: “‘Son muy simpáticos y lucharon mucho –nos decían–, pero tenemos que votar a los que tienen la plata.’ Y los que tenían la plata eran los democristianos”. El grupo de Poppe, sin embargo, metería seis diputados en el ’90. Y él sería uno de ellos. Para el ’94 se aliaron con los verdes y él volvió a ser parlamentario.

En todo momento, su acción política se concentró en la investigación de lo que pasó detrás del Muro. Tal es así que hoy recuerda como gesta heroica la exitosa lucha de su grupo por abrir los archivos de la policía secreta, de la Stassi. El fue uno de los primeros que pudo ver sus actas. Diez mil páginas dedicadas a él y su mujer del ’76 en adelante. Incluso se inventó un software para hacer una especie de enorme puzzle con papeles destruidos en las muchas bolsas que fueron descubriendo.

Nadie que hubiera formado parte de aquella organización podía ser maestro, policía, empleado público en el nuevo Estado. A cada uno se le hizo un escrutinio para ver qué fue de su pasado. “Hoy mismo –agrega Johannes, el traductor– escuché en la radio que todavía hay 17.000 empleados públicos que fueron de la Stassi.” Se trata de un tema que es noticia cada tanto en Alemania. “Somos de Alemania del este y nos sentimos juzgados por Alemania occidental”, dice el ex parlamentario.

Van tres horas de conversación y Poppe seguiría hablando. Se trata de una causa personal, se le nota en los gestos. Por eso, aunque en términos políticos sea hoy un verde caído en desgracia, es evidente que mientras pueda va a seguir contándole su historia a cuanto oído quiera escucharla.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-134902-2009-11-08.html

  SIXTO PEREIRA, SENADOR DE TEKOJOJA, MOVIMIENTO SOCIAL ALIADO DE FERNANDO LUGO


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Desde Asunción

El escenario político paraguayo está enrarecido. No sólo por la flamante paternidad de Fernando Lugo sino, principalmente, por la fluctuante y gelatinosa correlación de fuerzas que se da por dentro de su alianza gubernamental. Los antiquísimos liberales pelean espacio por espacio, tribuna por tribuna con la izquierda, que por estos días avanza en un proceso de unidad sectorial. A su vez, los liberales se matan entre ellos, pujando por una sucesión que deje a su línea interna lo mejor parada posible. Así están aquellos –encabezados por el mismísimo vicepresidente–- que abogan por el juicio político a escasos nueve meses de gestión, mientras los otros apuestan a llegar lo más sólidos posibles a las presidenciales de 2013. Sixto Pereira es un senador que apoya a Lugo por izquierda. De extracción campesina, militante del Movimiento Popular Tekojoja, intercala en su discurso frases en guaraní. En entrevista con Página/12, Pereira desgrana los éxitos y las deudas pendientes del proceso, identifica enemigos, define su participación en el Ejecutivo como “una oportunidad para acumular” y no se ahoga en eufemismos en criticar a sus aliados liberales.

–A diez meses de la gestión de Fernando Lugo, ¿cuál es el gran cambio?

–La alternancia en el gobierno, que implica el desplazamiento de una cúpula mafiosa enroscada en el Estado. Me refiero a la cúpula colorada que tuvo sus tentáculos en el Poder Judicial, en el Congreso nacional y en el Ejecutivo, desde donde desarrolló una política asistencial, prebendaria y clientelar, que es como durante tanto tiempo desarticularon a los movimientos sociales. Todo este largo proceso concluyó con una de las peores concentraciones de tierras, el avance desproporcionado de los agronegocios, principalmente de la soja y los biocombustibles.

–¿Y cuál fue el mérito de Lugo para canalizar ese descontento?

–Lugo sirvió de figura aglutinante, dado que venía del sector eclesial y del ala progresista identificada con las luchas campesinas. Eso significaba la simpatía de las mayorías indígenas y populares. El proceso se fue dando lentamente y generó una insubordinación democrática contra las cúpulas o elites partidarias, sean coloradas o liberales.

–Sin embargo, justamente, la alianza gubernamental es entre sectores de izquierda y los liberales...

–Era claro en ese momento que iba a resultar imposible desde la izquierda llegar al gobierno. Pero para ellos las cosas eran igual de evidentes. Entonces surgió esta “Alianza Patriótica para el Cambio” sobre las coincidencias que pudiéramos tener entre la derecha y la izquierda.

–¿Y cuáles fueron esos puntos?

–La reforma agraria, la soberanía energética y alimentaria, la institucionalización del Estado...

–Todos puntos sumamente conflictivos al día de hoy.

–Sí. Lo que logramos fue capturar el Estado en el marco de un proceso no exento de contradicciones y dificultades. Este gobierno es heterogéneo en términos políticos y económicos. Es, en definitiva, un gobierno democrático-burgués.

–¿Así lo definiría?

–Claro, si no confronta contra estructuras económicas, ni instituciones capitalistas.

–¿Hasta dónde se puede llegar con Lugo? ¿Cuál es su tesis de máxima?

–Este gobierno es una oportunidad. No es revolucionario, ni socialista. Es apenas un gobierno democrático que aspira a recuperar la institucionalidad. Estos son momentos de acumulación política en los que ir fortaleciendo a las organizaciones populares con miras a las presidenciales de 2013.

–¿Cómo está posicionada la izquierda hoy dentro del gobierno?

–Tenemos varios ministerios y secretarías en sectores clave. Pero hace falta mayor cohesión interna, lo que nos daría mayor visibilidad en el gabinete y mayor incidencia en la elaboración de la estrategia económica global. Esto, a su vez, garantizaría las medidas socio-económicas que precisan las mayorías populares.

–Viendo desde un costado positivo, pareciera que es en la puja con Brasil por la represa de Itaipú donde mayor cohesión existe. Y no es un dato menor que la izquierda tenga al canciller y a parte del equipo negociador...

–Ese es uno de los mayores logros de este proceso. Existe un apoyo político decidido de Lugo al equipo negociador. Se ha instalado en el país la defensa de la soberanía energética. Pero no sólo acá, también entre la izquierda brasileña y en gran parte del Mercosur.

–¿Cuál es la principal dificultad que atraviesa hoy la Alianza?

–La heterogeneidad y la desconfianza. Es que ellos no se hacen cargo de los acuerdos firmados.

–¿Cómo ve a los liberales, divididos entre el sector funcional al gobierno y aquellos, encabezados por el mismo vicepresidente, que quieren tumbar a Lugo?

–Las chances concretas de Julio César Franco (el vicepresidente) son pocas porque los movimientos sociales no se prestaron a ser la chispa que motive el incendio. Hay que recordar que acá hubo en 1999 un “Marzo Paraguayo” que, a pesar de haber sido una lucha interburguesa, implicó la movilización social popular campesina a raíz de un asesinato político. En aquel entonces hubo un reacomodamiento de fuerzas de coyuntura, pero a partir de ese momento los conspiradores saben que precisan de la gente en la calle.

–¿Y Lugo tiene a la gente en la calle?

–Fernando puede, con sólo dar una señal, tener al pueblo en la calle. Pero para eso hace falta que lleguen las medidas sociales.

–En términos políticos, ¿cuánto puede esperar la reforma agraria?

–Lo primero es hacer un catastro, o sea identificar las tierras públicas y recuperar el Estado. Eso va a implicar necesariamente confrontación, porque los latifundistas no se van a quedar de brazos cruzados. Esto mismo está pasando en Venezuela y Bolivia.

–¿Cuál es hoy el principal enemigo?

–Los sectores ligados a los agronegocios, empotrados en la Unión de Gremios de la Producción (UGP), donde están los terratenientes, los importadores y exportadores. Son ellos los que tienen el poder real a través de diversos operadores.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-126316-2009-06-09.html