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Me presento, soy Jorge, Jorgito. Ahora tengo casi cincuenta pero en mi relato estoy situado en los diez, los doce, pongamos. Vivía enfrente del parque, mi abuelo tenía el kiosco. Me sacaban a la mañana temprano o en la tardecita. En aquella época no había rehabilitación o mi familia era muy bruta. Mamá trabajaba de enfermera en el Monroe y nunca estaba, entre las guardias y los novios. "Tengo derecho a rehacer mi vida", gemía y me hablaba como si yo fuera un adulto más. Me fui acostumbrando a ver, a escuchar. Casi que no hablaba. La radio gigante, con estuche de cuero, me acompañaba. Yo sintonizaba tangos y fútbol. Y los radioteatros, pero los ponía bajito al oído para que no piensen que encima de tullido había resultado maricón.

Corría la dictadura de Onganía y el parque estaba despoblado... No comprendíamos las razones, pero la policía montada no nos dejaba jugar al fútbol en ese lugar. Nosotros teníamos seis, siete u ocho años y - sin saberlo- éramos "la resistencia". La montada entraba al parque al galope destruyendo el pasto que decían defender, y ante sus ojos un picado se transformaba instantáneamente en "las fuerzas realistas".

Tenían su infantería, compuesta por unos señores de mameluco, que en el medio de las imaginarias canchitas plantaban, una y otra vez, arbustos espinosos, arbustos que nosotros, una y otra vez pero por las noches, arrancábamos de cuajo.

Estaban obsesionados con nosotros... claro, nunca nos habían podido sacar la pelota y encima le dejábamos los arbustos arrancados como piquete.

Cuando los ruidos de corceles y de acero se dejaban oír, con nuestra brigada nos desparramábamos subiendo hasta la copa de los eucaliptus, y cuántas veces se terminaron quedando horas amenazándonos para que bajemos.

Habíamos construido una casa en uno de ellos, de los eucaliptus, y allí nos reuníamos a conspirar y planificar nuestras tácticas y estrategias. Pensábamos en trampas para los caballos, en tensar un alambre a la altura de los jinetes y hasta en la osadía de ir al cuerpo a cuerpo, pero nos dimos cuenta de que desgastarlos progresivamente y dejarlos al ridículo sería el mejor método. Llegamos a torearlos y burlarlos desde los caballitos de la calesita... Los atacábamos con barriletes y les tirábamos con unas pelotas de goma falladas que nos daba Don Gerildo, el dueño de "La Pulpo".

Increíblemente, los tipos llegaron a odiarnos por cosas como estas, y no podían hacer otra cosa que asustarnos. Su triste victoria sólo era sacarnos la pelota a nosotros, no cualquiera, una "Pintier" que en esa época valía oro.

Fue Ernesto el que un día me invitó. Entre todos los pibes cruzaron el carrito conmigo adentro y lo pusieron cerca del arco de la calesita para que viera mejor. Casi los mata mi abuelo, pero no importa. El gesto fue lo principal. Y las ganas mías de jugar que me hicieron saltar pis en el pantalón. Después vino la noche, la helada, mi neumonía pero no importa: el día se había llenado de gloria y casi casi había estado jugando a la pelota con ellos.

Nos retiramos por un tiempo del campo de batalla y volvimos a la cuadra a jugar al "1 y 2", también "al cabeza"; pronto nos aburrimos y volvimos al parque a dar la batalla final... Le dijimos a los de Vidal que por fin aceptábamos el desafío, pero en el parque. "En el parque no viene la montada, ya nos dejan", les dijimos. Se armó el desafío pero con la "Pintier" de ellos. Les estábamos pintando la cara y, como previmos, la montada apareció por sorpresa. Me la dieron a mí, como estaba planeado; la levanté y de volea se la puse en las manos al del primer caballo que la atajó sorprendido. Salimos todos corriendo y vimos cómo la caballería reculó y volvió con "su trofeo". Nunca más regresaron. Habrán creído, como siempre, que nos habían robado la pelota.

Después nunca mas lo ví: un día, en la época de Isabel alcancé a cruzarlo en la esquina pero me saludó triste. Después supe que lo andaban buscando. Y que lo cazaron. Nunca le supe agradecer que me llevara a la casa de la puta, que me hiciera comer higos recién cortados de la planta, que me repasara el cuaderno del colegio y que compartiera muchas cocas colas que él mismo le compraba a mi abuelo para tomarlas conmigo. Y jamás lo vi limpiar el pico de vidrio cuando yo se la pasaba.

Ahora Ernesto se fue. Heredé el kiosco, armé una canchita enfrente con arcos siempre bien pintados y cerco perimetral.

Hace un mes, durante el juicio al que asistí de testigo declarante, pude devolverle todo de un solo saque: limpiar su memoria, sacarlo a la luz, ver la cara de los dueños de la pelota con las esposas puestas porque creyeron que silenciándolo a él, robándosela, iban a poder con nosotros, los enfermos, los rengos, los callados, los que nunca pudieron hacer un gol y se quedaron silenciados hasta hoy.

* En colaboración con Ernesto Garabato.

abonizio@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28213-2011-04-11.html


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Apenas había pasado el mediodía. El sol de este verano prematuro en combinación con el pavimento transformaban la calle en un infierno.

-Me había detenido la luz roja de un semáforo ajeno e inmutable. A mi derecha paró un coche. La sonrisa grabada en el rostro del conductor me robó la atención. Quizás por culpa de la insolación, me puse a imaginar el motivo de su sonrisa en soledad. ¿En que estará pensando?, ¿Será feliz? -me pregunté.

Al lado mío hay un tipo que me mira: son esas observaciones banales mientras se espera el cambio del semáforo, pero lo reconozco. Sí, exactamente. Es el que me llevó la novia, el que me dejó afuera. Marcelo, Marcelito, con sus remeras Penguin y su autito colorado. Veo que cambió: al menos ahora tiene uno azul, impecable pero berreta. Conserva, el perfil canchero que le destrozaría de un mazazo. Increíble que piense en esto: calma, doctor, calma, no es para tanto. ¿O si?

-La luz verde lo alejó velozmente de mi lado. Mientras avanzaba fui observando los rostros que estaban a mi alcance. Como hipnotizado por la idea traté de adivinar algún signo de felicidad en ellos. ¿Quién será el ganador? ¿El del auto importado, el de la bicicleta, el chico, el del aperitivo en el bar, el de traje y maletín, el que discute acaloradamente por celular?

No me puedo quejar: llevo una vida impecable, sin una rotura de la malla. Todo en su lugar y con prudencia: no me emociona nada pero debo hacer como si. Nada me gusta del todo pero debo imaginarme un mundo vivaz. Me dan asco todos los buscadores de fe y salud con quienes me encuentro casi a diario pero debo transmitirles algo de lo que sé fingir que todo es posible, que la sanación es legítima, que nuestros pensamientos buenos nos sacarán del pozo del infierno al mediodía. El amor es la cuenta en el banco y la amistad estarse junto con otros embaucadores en la cima, y la negrada abajo, sabiéndonos que en realidad somos actores, excelentes autores de guiones aprendidos de memoria. ¿Acaso está mal?

-Hace muchos años, una pitonisa de adolescencia me dijo: "La felicidad no existe", y agregó: "Lo máximo a lo que podemos aspirar es a un instante interesante, alegre pero efímero. Sólo eso".

Arranqué, puse segunda y lo dejé atrás como avergonzado si me llegó a reconocer. Un doctor, caramba, y el otro, a juzgar por su autito, apenas un laburante, un luser: me extraña doctor que esté pensando en asesinarlo, y tan solo por una pollerita. !Vamos! Hágase hombre de una vez, la vida te cambia, el rencor es doloroso y vano ¿Acaso no es lo que enseño, yo, el Doctor del Espíritu en mis clases de Formación Profesional para el Exito? Me extraña, vamos que ya lo tiene en el espejito como a media cuadra. ¿Ah, lo va a esperar? ¿Resolvió entonces el conflicto? Bueno, veamos. Pongo punto muerto anticipando lo que vendrá, je y el coche se abre a la derecha para dejar el paso al bulto azul que viene detrás. Esperemos. Hay una mariposa en el parabrisas, golpeo el vidrio: me ponen nervioso estos bichos del pleistoceno que tendrían ya que haber desaparecido. Fuera, fuera.

¿Será así? ¿Qué es la felicidad? ¿El sí de una mujer, el dinero, el camino allanado en lugares donde abundaban las piedras, un éxito deportivo, las manos de un niño, algún logro laboral, la cristalización de un sueño, todo esto junto?

Ahí viene. Vino. Ni lo rocé, conozco el lugar en este mediodía de sol de bronce fundido, no pudo maniobrar y se dio pleno, justo contra los barrilones, con solo dar un volantazo para que se asuste y al girar se tope con la valla de hierros. Bajo la velocidad: ni un alma en la calle, sin testigos, sin nada, ahí estás ganador, robador de novias, esto es el sol, el verdadero sol de muerte, el infierno que me propiciaste, el de la vergüenza ahora se te vino encima, con ese retorcerse de fierros, chapones y fuego de donde no vas salir más que en una bolsa para la morgue, che galán. Lo que hiciste a un Profesor de la Sensibilidad como yo no se le hace. ¿Entendiste como es el mundo?

Una bocina irritada me devolvió al mundo. Volví a sentir el calor. Por suerte ya estaba a pocas cuadras de mi casa en donde me esperaba mi flamante pileta de lona para brindarme el rato de felicidad que me toca.

Ahora me meto en el club; tomo un trago, saludo, festejo y a la noche, con el aire encendido, una buena pipa y la familia lejos prendo el noticiero para verlo arder. ¿No era un valiente arrojado en brazos de ideales e injusticias mundanas? ¿No era el acaso el que se la llevó e hizo que la hicieran bolsa por guerrillera? Bueno ahí tenés: a veces ganamos nosotros. Pero no aparece, busco en la guía, doy con su número y atiende él, con su voz tranquila. Corto, tiro el whisky y voy al despacho: en la cajita están las pastillas que hoy no tomé. Nadie debe saber que lo hago. Que de lo contrario veo, sueño, imagino cosas, mentiras horribles del pasado, sombras de sombras que me rompen la cabeza y no me dejan vivir feliz y en paz con mi triunfo.

*en colaboración con Marcelo Contreras.

abonizio@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27053-2011-01-19.html


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De pibe tenía una obsesión, Adrián, conocer el mar, pero estaba mucho más lejos que para otras personas, y que sólo debía conformarme con la Picasa, cuando íbamos a visitar a unos parientes en Rufino.

Lo buscaba en las revistas de la farándula, en algunos programas de tv en blanco y negro, y en varias enciclopedias, pero me quedaba con los relatos de algunos conocidos que habían tenido la suerte de verlo, entre ellos el de la solterona Mercedes, profesora de geografía en un secundario, que tenía la habilidad de enfriar todo lo que hablaba, hacerlo técnico y mas lejano aún, como explicarme delante de una foto al lado del lobo marino como si fuera un mapa geográfico, que el mar argentino tenía una soberbia plataforma submarina cosa que no contaba el océano Pacífico y era la que ocasionaba esas olas de más de dos metros que se podían ver al final de la foto.

-Yo lo presentía en las propagandas de Hawaianas, donde se veía una sandalia al lado de almejas: ¿Como no las levantan?. Esa indolencia me desesperaba. E imaginaba andar por las playas de ensueño con una bolsa de arpillera juntando caracoles, láminas de strass sicodélico, tesoros de nácar con olor a sal. Mientras los turistas se refrescaban el orto en el agua, perdiendo el tiempo, Víctor.

Al otro día le pregunté a Elalberto, sodero de la Liverpool de la calle San Luis, cuanto medía el camión cargado que manejaba, "que se yo, más de dos metros," me contestó a la pasada, desde ese día me quedaba al lado del Bedford imaginando que una ola gigante me envolvía, Elalberto siempre me lo agradeció porque pensaba que se lo estaba cuidando.

Generalmente no iba a la escuela los días de lluvia, pero castigado por haber canjeado un vuelto por tres paquetes de figus ese día tuve que ir. De mi grado éramos tres nomás, a tal punto que juntaron a todos los alumnos de la escuela en una sola aula, la mía, y a mi lado no lo tuve al ruso Benzecri como todo el año sino que se sentó Anita, una piba de un grado mayor que había visto en algún recreo. Pero nunca me había fijado en ella, jamás había visto ni había imaginado ver semejantes ojos verdes, ni escuchar un cantito entrerriano que me ponía la piel de gallina.

-Anita, Anita, ahora se va a poner a dramatizar sobre la pibita: éramos chicos, ya sé que duele todo mucho más y los grandes creen que nos olvidamos fácilmente: nos cambian de colegio, nos mudan y cada movimiento de revés es un desgarro. ¿Pero cómo le digo a Víctor lo de Ana, Anita, la más linda de todas? Este es un sensible de verdad. Esta noche, en el billar le hablo.

No podía decir ni una palabra, ya que sentía lo mismo que cuando mi tío Santiago, un tipo grande como una casa, y con la fuerza de diez personas, me tiraba para arriba y me atajaba antes de tocar el piso, o cuando me subía al Gusano Loco, lo tapaban con una lona y empezaba a girar para atrás, allí tampoco decía nada, es más estaba más cerca del grito que de la palabra, igual que aquella tarde.

Pero a Anita le gustaba hablar mucho, noté que pestañaba demás cuando lo hacía y que para escuchar abría grande sus ojos cuando se sorprendía, por lo cual comencé a contarle historias increíbles para poder observar ese verde mar que me llamaba y poder acercarme a esos dos chispazos, a esos dos fuegos que habitaban detrás de sus pupilas.

-¿No te dije? Escribió todo esto por ella. No olvida, es como los búfalos, capaz de esperar al cazador que lo hiriera, digamos un año antes, y boletearlo de un cornazo. Ahí está. Se pone de nuevo a hablar y no lo para nadie.

Quien iba a decir que en esa aula amarronada y entristecida por una educación pasiva, hubiera sentido tantas sensaciones, sin haberme movido de mi lugar de siempre, que a partir de ese día una mujer nunca fue lo mismo para mí, y que comencé a dudar de dichos escuchados como "ojos que no ven corazón que no siente", porque hacía varios días que no la veía y seguía sintiendo lo mismo.

Salí a buscarla, me habían dicho que vivía por una cortada al oeste de la escuela República de Chile, no podía seguirla porque su papá la venía a buscar en una Apache todos los días, lo cual me indicaba que cerca no vivía, pero nunca tan lejos, nunca pasando Avellaneda, ¿Había vida más allá? ¿Acaso se podía volver si uno cruzaba, acaso el cine Echesortu y Echesortu Sport, no eran la Aduana de esta frontera seca? Trillé todo el verano con mi bici y con mi mente fronteriza estructurada en la misma escuela donde conocí lo que estaba buscando, pero al llegar a la avenida me quedaba sentado en la bicicleta, como la pintura de San Martín en el caballo blanco, pero con cero coraje para cruzar semejante cordillera.

Esperé marzo que iniciaran las clases como nunca, me dijeron que se había vuelto a Diamante, empecé el largo camino del olvido.

-No se nota: estás de novio con el Recuerdo. ¡Y ya sos grande! Dale, jugá con la del punto que te quedaste colgado en las alturas. Mejor te cuento: yo, que anduve atravesando Avellaneda y me animé para volver cagado de miedo, puedo decirte que Anita murió mucho tiempo después en Europa, donde hacía la residencia como médica: la mató el novio, un loco egipcio y la dejó en la playa, celoso porque le descubrió en una cajita de cuero cerrada con llave Ana olvidó ese día bajarle la tapa fotos de su país, el cuaderno de papel araña azul con dibujitos y uno que mal que mal eras vos y debajo, en letras coloridas y despatarradas la frase con el error incluído: Víctor, Mi Movio. Uno se entera tarde y mal de las cosas. Cosas de la magia, insensibilidades de angelitos necios y estupidizados de tanto volar en vano sobre un océano gris, aburrido y torpe como el que narraba la de Geografía.

A mi soledad ahora la acompañaban dos obsesiones o quizás era la misma, al final de ese año mi hermana con su novio en un Fiat 600 con portaequipaje y una carpa me llevaron a Mar del Plata, llegamos justo al amanecer, por fin frente a frente, por fin algo que supere a mi imaginación, no sabía del ruido de sus olas como tampoco sabía de la voz de Anita, no sabía del viento que me peinaba los cabellos, como no sabía del pestañar de una mujer. La única diferencia que pude sacar es que el amanecer en el mar tiene un solo sol.

*En colaboración con Víctor Maini.

abonizio@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26853-2011-01-05.html


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El Zappo era Bóveda, yo Hijitus Gómez e íbamos a probarnos a Central esa semana. Pero se cruzó el Destino con apariencia de Historia, embozado y de fajina y nos arruinó el triunfo. Soy yo, abrime, le susurré raspándole la persiana del lateral. Ya andaban ladrando los perros y lo que menos quería era kilombo. Ya voy, y sentí que se puso de un salto fuera de la cama y me abría la puertita del fondo, la de la garrafa. Nada, nada, dije bajito para no despertar a la madre. 0 Anda la cana en mi barrio y me mandé para acá. Me sorprendió la naturalidad con que narraba. Se llevaron a Chico que se había quedado en el ensayo: los ví desde la plaza así que tomé el 218 y rajé.

"Mi casa quedaba sobre la calle Felipe Moré, frente a una villa miseria que estaba cruzando las vías del ferrocarril. Tenía que caminar cinco cuadras por Matienzo, paralela a la mía para acceder a los beneficios del progreso y la civilización: Pavimento, transporte público, amigos y la posibilidad de infiltrarme en un mundo educado y generoso, al menos eso creía en aquella época de mi adolescencia, querido amigo..."

¿Qué hora es? Dijo el Zappo como si nada. Me ofreció un café con leche. Yo tenía las manos heladas y un cagazo padre. Nada, mama mama sin acento Es el Adrián que se olvidó una cosa. Vaya a dormir, mama. Se dirigió a mí mientras me daba la bata del padre muerto: Una bata negra funeraria y descosida. Tomá, es un robe de chambre francés. Meditó. Mañana la cagamos con la prueba en Central...no tenés ni los botines...Ma` sí, yo tampoco voy, con esta lluvia de mierda que se viene ni cancha va a quedar, dale venite para adentro, ¿querés mear? Pará que te enciendo la luz.

"...Le ruego a Dios que hoy no llueva, de lo contrario no podrá entrar hasta aquí la ambulancia del PAMI y no lograremos internar a mi padre debido al barro, por esta zona no llegó el pavimento todavía. Además algo tan elemental e imprescindible como un teléfono público que no tenga el cartelito `No funsiona', error ortográfico incluido, es como un pequeño milagro. También es toda una odisea conseguir otro en condiciones y evitar así que no muera en la espera de la ayuda médica. No sé qué pensaras vos mi querido amigo, pero en mi caso salir de esta infame circunstancia, es una prioridad absoluta para mantener mi cabeza con el menor daño colateral posible..."

No dormimos. La verdad es que nos la pasamos cagándonos de risa por la situación: Yo con la ropa mojada, el instrumento seguro choreado en la requisa, sin avisar en mi casa el teléfono en Matienzo era una utopía y la lluvia en el techo que impedía nos oyéramos. Además la perrada cuando llueve se pone loca, se pone. Sentí, los matungos afinan mejor que nosotros. Nos miramos, contamos las chirolas y entendimos que no llegábamos ni para un sanguche de mañana. Va a estar bravo, hay que ir a ver qué pasa con la sala de ensayo y llamar a tus viejos... decime, ¿No se nos ocurrió algo mejor que querer tener un grupo y encima querer jugar en Central?. Ja, y pensar que los milicos buscan droga. Acá está la droga que nos pone idiota. Y se tocaba con su dedo flaco la sien. En la radio sonaba Carlos Santana e hicimos un prodigioso silencio de santuario. La madre del Zappo pasó como hipnotizada a servirse un vaso de agua. Caminaba, hablaba, lo retaba en sueños.

"...Hubo una época que en el patio delantero de casa, instalamos un barril metálico de doscientos litros para vender al público Kerosén y carbón para la villa de enfrente. Era una mínima salida económica al escaso presupuesto familiar, que además me permitía justificar mi estancia en la casa, ya que a esa altura había abandonado los estudios y mi padre me dio un ultimátum: "Si no estudias, tenés que laburar, de lo contrario buscate un hotel para vivir".

El trabajo no era tan sacrificado, salvo por el camión de reparto que no aparecía entonces tenía que agarrar la bicicleta, acomodar como podía una damajuana de vidrio de diez litros y salir haciendo piruetas hasta el galpón que lo distribuía. ¿Qué relación podría tener este hecho con mis aspiraciones artísticas?...".

Toda esa zona la tenemos borrada: Sé que volví en cuanto pude y me conchabé de repartidor. Dejé la música, no pude reponer la guitarra eléctrica y como si yo hubiese tenido la culpa del golpe de estado, mi viejo se enojó y me prohibió armar un grupo, acercarme a las malas compañías y me tenía cortito con la rienda. Pero en cuanto pasó la barahúnda volví a Matienzo para decirle al Zappo que había armado otro grupo de rock que ensayaba en la funeraria del Gordo, en la piecita de los ataúdes con desperfectos.

"....El plan era bueno; fundamos una banda de rock y partimos a triunfar desde la esquina de Felipe More y Montevideo. Éramos diez amigos de la barra del club "Matienzo". Solo tres de nosotros dimos el siguiente paso: Adquirir los instrumentos. El Flaco Arana se hizo cargo del bajo, Daniel "Ojos Llorosos" la primera y única guitarra y mi pequeño cuerpo zamarreaba la batería. Así nos presentamos en sociedad. Un sábado por la tarde invitamos al resto de los pibes que asistieron como público privilegiado a la pieza. Nuestro primer concierto en vivo. Todavía guardo entre mis archivos de fotos, una que retrató ese momento de efímera gloria.

Adrián llegó tarde y festejó el último tema: Hablaba que no nos habían vencido, que él había juntado a otros en un grupo y que había que hacer un plan "de acá a dos años". Estaba transpirado y parecía loco, pero yo estaba peor que él. No pudieron con nosotros, gritábamos. Y nos reíamos.....".

*En colaboración con José Luis Aguilera.

abonizio@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25492-2010-09-26.html


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"En una vidriera descubrí un libro con una tapa en blanco y negro que mostraba a un chico jugando. Inmediatamente trato de rescatar mi propia foto sin color. El recuerdo más antiguo que se me presenta es el del patio de la casa de mis abuelos. A la distancia me parece inmenso, lleno de rosas a la defensiva y ligustros por donde se podía espiar al vecino. El césped se insinuaba en algunos lugares y la tierra era muy dura..."

Así comienza la carta de Marcelo que me llega a la sucursal. Vino un cadete y sencillamente me preguntó por mi apellido y que firmara debajo. En el sobre estaba el suyo: Contreras. Sonamos me dije: debe ser el marido de mi ex mujer. Veamos, dije, y rasgué el sobre como quien deguella. Después pensé que últimamente se estaban ventilando muchas cosas del pasado, pero ya era tarde para presentimientos. O temprano para justicia, según gritan otros con razón.

"...Luego está la escuela Pestalozzi, todos íbamos allí en esos años. Recuerdo mis primeros pasos sobre las gastadas baldosas del patio, los meticulosos maestros esforzados en convencernos de la utilidad del triángulo, las aulas iluminadas y la dirección (...)

Aparecen los amigos, los buenos y los otros, la esquina que por algunos años fue testigo silencioso de nuestras reuniones nocturnas, siempre ante la atenta mirada de algún padre amparado por las sombras. También estaba el ladrón con sus códigos intactos y el fútbol..."

Tengo un sobresalto: este debe ser Marcelo, el de la zapatería. El pibe del asfalto, el que la dominaba mejor sobre el cemento pero que en la tierra era un artillero temible. El de los hermanos altos y el auto negro, el del Chrisler coludo que tanto le envidiábamos. El de la novia morocha que estudiaba en Bellas Artes. El comunista. Marcelo, el del secreto. ¿Para qué me escribe, para qué me busca ahora? Tengo un presentimiento fulero pero sigo leyendo.

"...Se me presentan las canchas dibujadas sobre el cemento de una callecita olvidada por los autos, las pelotas asesinadas en horas de la siesta en manos de vecinos impiadosos, las fachadas decoradas con círculos de barro y el agua bendita que provenía directo del pico de una canilla. Los partidos de noche sólo eran posibles cuando había luna llena, ya que los faroles de la calle sólo nos daban una idea de la ubicación de la redonda. Jugar en un potrero era sublime y nos forjaba para los partidos internacionales, ya que más allá de las vías era otro país, con otras costumbres, otros olores y otra gente..."

Se nota que se dedica al periodismo. Ahí está, va a contar la historia. No me escribe para chantaje. Creo que lo hace para mostrarme algo; que sobrevivió, que puede recordar si quiere y tiene con qué. Podría haber ido a declarar pero por lo que sé no fue. Como sea me está advirtiendo algo, que compartimos lo mismo, que hemos vivido cerca. Adonde quiere llegar no sé. Bien descripto, parece un escritor el tipo. En cuanto a mí, parece que una neblina me hubiese borrado la cara: nunca nadie me visitó o saltó mi nombre en alguna cosa de los derechos humanos. Pasé como un fantasma por la vida pero el pibe me reconoció en algún hueco de su memoria, se acordó y me encontró después de veintitantos años. Tiempo suficiente para olvidarse, me parece. Debe haber rebobinado sobre la postal invertida o camouflada. Las fotos viejas tienen esas cosas. Yo agachado, pero en vez de ir a buscar la pelota dentro del arco como lo hacía cada vez que Marcelo me enfrentaba ahora estaba inclinado sobre su torso, con la máquina encendida pero con un cablecito mocho para que no anduviese, haciendo que le daba, hablándole al oído para que simule gritar, para que grite cualquier cosa y después se deje caer como hecho bolsa porque debe haber entendido que a las órdenes se las puede disfrazar. ¿Entendió? Quién sabe.

"...Ahora en las canchas reinan los reflectores, los arcos tienen redes acogedoras y el alambrado protege a la redonda de vehículos hostiles, pero esta es otra historia, otros tiempos y hasta creo que otra vida..."

La vida es una voltereta que a veces sale bien: él quedó con el cuero entero y yo no aparecí en lista alguna: olvidado, "un secretario de la energía que simulaba trabajar", me decía para mí con sentido del humor. Hice lo que pude. Me obligaron. Un encargado que cumplia órdenes pero que con Marcelo, Marcelito, el mejor nueve que tuvo Hernandarias F.C. de Echesortu hice una excepción: espero que se la acuerde, espero que me escriba de fútbol, que sea agradecido, no hable de todo aquello, que guarde el secreto, mantenga el silencio y que tenga reconocimiento por los tantísimos goles que le dejé hacer.

*En colaboración con Marcelo Contreras

abonizio@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25435-2010-09-22.html