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No nos confundamos, cuando termine el conteo –de mesas, no de votos, porque el Tribunal no permitió este último– nada nuevo se habrá dicho sobre las irregularidades habidas en el escrutinio chubutense. Esas irregularidades ya están demostradas, y para nada dependen del resultado último de la elección.

Si se detectaron irregularidades, siempre puede haber otras no detectadas. De modo que el proceso todo se vuelve sospechable, y ya no hay manera de recuperar su transparencia. Contar ahora los votos según lo escrutado por mesa, no resuelve la cuestión (ni hay procedimiento alguno que pueda ya retrotraerla).

Por supuesto que el conteo es necesario. Se juegan en él nada menos que la gobernación e intendencias (el caso de Madryn es paradigmático). También es cierto que en el mismo conteo han aparecido situaciones insólitas (como el curioso “error” del “888” en vez de “88”). Pero las irregularidades son previas. Y respecto de las mismas, el Tribunal Electoral no puede ser quien juzgue, pues es el que debe ser juzgado.

El conteo está en manos de quienes: (1) impidieron que el escrutinio pudiera seguirse por Internet; (2) dieron los primeros datos a las 20.30 del domingo pasado, exactamente el horario en que Das Neves había dicho que el escrutinio finalizaba; en ese ínterin, nadie sabe qué pasó; (3) los datos “oficiales” –es un modo de decir– se daban de modo tal que eran llevados en papelitos escritos a mano, lo cual –en época cibernética– es tan inaudito que no merece comentarios; (4) jamás se dijo de qué ciudad o paraje eran los datos, lo cual retrotrae a épocas inmemoriales, pues es obvio que no pueden darse totales provinciales sin decir su origen (Comodoro, Trelew, etc.).

Todo esto fue evidente incluso por vía televisiva. Las irregularidades que aparecen en el conteo actual van en la dirección obvia de servicio al candidato de Das Neves, pero no se necesita de ello para advertir lo irregular. El procedimiento de escrutinio es de por sí totalmente inaceptable, en tanto se sustrajo al control ciudadano. Ya los ministros Randazzo y Fernández lo dijeron desde las 21.30 del domingo, cuando aún se suponía que ganaba el FpV. De modo que no hay que esperar el final del conteo, ni éste es la demostración de si el escrutinio fue o no válido. Las irregularidades son evidentes, fueron cometidas desde el Tribunal Electoral mismo, y ese Tribunal debe ser sometido a investigación independiente y, en su caso, a las severas sanciones que correspondan.

* Doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-164884-2011-03-25.html

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Lo siniestro es lo familiar cuando aparece en una faceta desconocida, decía Freud. Hoy, la decisión histórica e inédita del gobierno nacional respecto de no reprimir la protesta social es puesta bajo un fuego siniestro. Hay quienes han decidido aprovecharla para promover sensación de caos, y llamar a un autoritarismo que “restaure el orden”.

También los sectores populares, la base social principal del gobierno nacional, son puestos bajo el manto de lo siniestro: desde allí se aprovecha a algunos desesperados y marginados como fuerza de choque para promover desórdenes, en contra de un gobierno que tomó la decisión –en cierto sentido insólita– de renunciar al uso de la fuerza para dirimir el conflicto social.

Por supuesto que hay problemas genuinos irresueltos, sobre los que se enancan los ataques planificados contra la paz social (es decir, contra el Gobierno en su mejor momento de apoyo popular). Una cosa y la otra van juntas; sin problemas genuinos no habría quien pudiera montarse sobre ellos. Ningún milagro haría que la Argentina que en 2003 llegó a tener más del 50 por ciento de pobres hubiera ahora erradicado totalmente la pobreza. Si bien desde 2003 se la ha disminuido notoriamente, ella continúa presente.

Cierta izquierda actúa con la libertad que le permite saber que no será reprimida; del otro lado, como respuesta planificada, aparecen las patotas preparadas desde el Conurbano. Fue lo que pasó en el Indoamericano, se reproduce ahora en Constitución. Esto implica una responsabilidad donde el discurso y la actitud de la izquierda extraparlamentaria tienen que empezar a dar respuesta (ha habido ya un intento desde la dirección del Partido Obrero tras lo de Constitución). Es decisivo que se despeguen, en palabra y práctica, de la posición destituyente de la derecha nostálgica de la dictadura; y de que pongan a ésta en la mira como principal adversario estratégico, tanto de ellos mismos, como del campo popular en su conjunto. Si desde la restauración macri-duhaldista vuelven al gobierno, a olvidarse de manifestaciones no reprimidas violentamente.

Al gobierno nacional se le plantea que el Ministerio de Seguridad debe fundar una nueva doctrina de resolución de conflictos. A quienes vienen por todo, tratando de tirar un muerto o más por semana, no basta con la respuesta de no represión estatal. Esto es necesario, pero frente a la actual declaración de enfrentamiento solapado y total lanzada desde la derecha, resulta enormemente insuficiente. Frente a los que crean el caos para después decir que son los que lo van a resolver, se requiere un estado presente y unas fuerzas de seguridad que respondan democráticamente, pero no estén inermes. Ante este dilema de instaurar una seguridad respetuosa de los derechos humanos pero a la vez firme y sostenida, se encuentra ahora el gobierno nacional, y esperemos que encuentre el método frente a los sembradores del caos.

* Doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-159383-2010-12-27.html

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¿Alguien votó por un indiscriminado rejunte “anti-gobierno”? ¿Había acaso alguna boleta que propusiera una variopinta oposición sin color alguno? Es sabido que no. Se votaron opciones diferenciadas, varias oposiciones diferenciadas. La estafa a esos votos comenzó la misma noche del 28 de junio, al retomarse lo actuado durante el conflicto con las patronales del agro. Allí, “la oposición” dijo haber obtenido el 70 por ciento de los votos, y el coro mediático adicto lo repitió a gritos. El conteo fue tan falaz que en ese 70 por ciento se sumaba hasta los votos de Sabbatella (obviamente cercanos al Gobierno) y se juntaba absurdamente a De Narváez con Solanas y a Stolbizer con Macri y Duhalde.

Cabe preguntarse qué clase de oposición es ésta que pretende oponerse en bloque al Gobierno, mientras está claro que está faltando por completo al mandato electoral y al pluralismo democrático. Recordemos que uno de sus argumentos es la calidad institucional; en ese sentido, jamás han contabilizado una Corte Suprema independiente o la decisiva política de derechos humanos, quizá porque son cuestiones ambas que no supieron sostener durante sus propios gobiernos, aquellos que los tuvieron (Peronismo Federal con su aliado el PRO, radicalismo con la Alianza). Por el contrario, han pretendido naturalizar la afrenta institucional que implica un vicepresidente que forma un partido político opositor, en total incongruencia con los votos que lo llevaron a su lugar y con la investidura que debiera sostener. En todo caso, el hecho mismo de hacer una oposición única de lo que fue votado en boletas no sólo diferenciadas, sino a menudo opuestas entre sí, muestra enorme distancia con cualquier respeto a los mandatos y las exigencias institucionales que dicen defender.

En fin: en verdad se trata de posiciones antidemocráticas, en tanto nadie los votó para ejercer un indiscriminado rol de oposición, sino para hacerlo desde un partido con una orientación determinada. ¿No es una estafa al electorado progresista que sus legisladores voten a menudo junto con Macri? ¿No es una estafa a los votantes del GEN que casi siempre voten con Rodríguez Saá y Duhalde sólo con tal de ir contra el Gobierno? Las diferenciadas oposiciones se transforman en una sola por total violación del pacto electoral con sus votantes, y en ruptura con la pluralidad de miradas que exige la democracia. Es desde allí que hoy sostienen sus demandas desmesuradas y demagógicas (caso del haber jubilatorio), que en la mayoría de los casos son contradictorias con sus propias plataformas electorales y su singular ideología constitutiva.

* Doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-149458-2010-07-14.html

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Cuando dibujaban a Isidoro Cañones (espejo en que pueden mirarse no pocos argentinos) lo hacían con un diablito y un angelito que, dentro de él, competían. Había un Isidoro bueno y uno malo, y a la hora de decidir, luchaban entre sí. Una manera clara de decir lo que han afirmado grandes teóricos, como el francés Lacan, cuando decían que el sujeto (es decir, cada persona) está dividido. Entre el deseo prohibido y la asunción de la prohibición, entre el impulso y la ley, entre la voluntad y la apatía.

En una pareja las desavenencias existen siempre, y sería casi una anormalidad que no se dieran. Cuesta ponerse de acuerdo, aun para pequeñas cosas como qué comer o qué ropa usar. Es obvio que la pareja es una institución nada simple, y que concordar entre sus dos componentes está lejos de ser esperable y natural.

Ahora bien, si uno no se pone de acuerdo ni consigo mismo, ni con su personal pareja, ¿cómo podría haber consenso entre 40 millones de personas, como somos los argentinos? ¿Qué verdad podría haber en esa noción idílica del acuerdo entre todos, que algunos creen que sería una bendición política nacional?

El consenso se ha vuelto palabra de moda, por cierto vacua. Está ligado a las imaginerías inconscientes más elementales: aquellas que dicen que lo junto es mejor que lo separado, que lo acordado mejor que lo discordado. Propio de cualquier discurso infantil sobre qué es lo bueno y qué es lo malo.

Pero la política juega el destino de los pueblos, no es un juego de niños. Allí no caben imaginerías bobas como las del Gran Acuerdo Universal, ni la de los consensos ideales entre los que piensan diferente. Tales infantilismos se pagan muy caros, generalmente con la Voz del Amo presentada como la de todos a la vez.

El consenso es la muerte de la política. La política, antes de la globalización (digamos, en la Argentina de los años ’50 o ’60) implicaba posiciones diferentes, programas distintos, ideologías diversas. Eso es lo genuino en política: ofrecer opciones diferenciadas, y ejercerlas como tales. No como en la época del menemismo, en que todos recitaban el libreto neoliberal, y daba igual votar al radical Angeloz que al candidato supuestamente peronista. No había política, pues se había renunciado a ésta: se jugaba al consenso, que consistía en que había que administrar y gestionar la privatización generalizada. En eso, todos estaban de acuerdo.

Desde 2003 hubo otra realidad en Argentina, y la política fue recuperada, tras haber sido rechazada totalmente en la debacle de 2001. Es porque reapareció la política que hay hoy antagonismos en el país, algunos razonables y otros artificiosos. Pero, por el bien del país, hay ahora discusión. Hay política, pues hay proyectos diferentes y no se recita desde el Gobierno el libreto neoliberal hegemónico a nivel planetario.

En cambio, la idea de consenso es intrínsecamente antidemocrática. Como es obvio que entre 40 millones no nos ponemos de acuerdo, hacen acuerdo por nosotros unos pocos allá arriba. De modo que se alejan de los mandatos populares, y de la variabilidad y heterogeneidad reales que hay en la sociedad. El consenso ahoga la pluralidad negando las diferencias, e impide la representación efectiva de las diversas voces y opciones que existen de hecho en la ciudadanía.

No hagamos, entonces, de la debilidad virtud, y no presentemos la falta de opciones y los acuerdos monocolores como si fueran un gran logro democrático. Por el contrario, el valor de la democracia reside en albergar el abanico de opiniones que hay en la sociedad, evitando los discursos homogeneizantes que son tan habituales en las dictaduras.

* Doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-148003-2010-06-21.html

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“Si los gobernantes quisieran, se acabaría la pobreza”, dicen algunos con un simplismo pasmoso. O creen que “si los gobernantes se pusieran las pilas, en unos meses acabamos con la inseguridad”. Algo más cercano a la magia y la ciencia ficción que a la realidad. En la Argentina post 2001 se convirtió en un lugar común echar la culpa de todo a los políticos, en especial a los que gobiernan. Con tan poco cuidado que no se diferencia un gobierno de otro, o se echa la culpa hoy por lo que hicieron los de ayer (caso de la ahora discutida deuda externa).

Por supuesto que la política maneja una porción del poder. Pero sólo una porción, a menudo bastante menor. Las ciencias sociales dejan en claro que, por ejemplo, para acabar con la pobreza, hay que enfrentar a múltiples poderes económicos, mediáticos y geopolíticos existentes. Y que éstos reaccionan con virulencia: véase, si no, cómo las derechas atacan a gobiernos como los de Evo Morales o Rafael Correa. Los gobiernos que no son atacados, que guardan “buenas maneras”, como en Chile, es porque han estado atados a políticas de mercado, en excelente relación con los grandes capitales.

Es cierto que hay políticos corruptos, y que hay políticas que –a veces– no quieren cambiar nada. Por algo se llegó al 2001 en Argentina: la población se hartó de corrupción e ineficacia, desde Menem a De la Rúa. Pero cuando se quiere cambiar algo desde la política, aparece el conflicto con los otros poderes establecidos, que quieren que todo siga como está, y tienen fuertes resortes para presionar a los gobiernos.

“Son poderes no asumidos por vía democrática, que no provienen de elecciones ciudadanas; poderes que no están a la vista de la población y –por ello– pocos critican. Y poderes que no se van cada cuatro o seis años: están siempre. Por ejemplo, monopolios empresariales a nivel regional o nacional, que operan hace décadas y a menudo promueven “golpes de mercado”, como aquel que volteó a Raúl Alfonsín. O los grandes propietarios rurales de la Argentina, que en su momento (1973, ley de renta potencial de la tierra) hicieron retroceder al mismo Perón en la cúspide de su gobierno.

Y está el peso de los grandes medios, en especial la TV, que sataniza o bendice según su decisión, con la ventaja de hacer creer que lo suyo es siempre verdadero (“usted lo está viendo”). Está el poder de la Iglesia, en los casos en que interviene sobre temas que son del campo de decisión civil y político (lo cual debe diferenciarse de la legitimidad de las creencias religiosas de cada ciudadano). Está el poder militar, afortunadamente subordinado al civil en los últimos tiempos. Está el poder geopolítico de las grandes potencias, especialmente Estados Unidos, que interviene desde sus embajadas, sus planes de supuesta asistencia y sus monopolios económicos. Está el poder de los organismos multilaterales de crédito (FMI, Banco Mundial), esos que rigieron las políticas argentinas por largos períodos, particularmente antes de la crisis de 2001.

Todos esos espacios operan poder propio. Cuando los gobiernos sirven a sus intereses, reina la armonía con ellos. Entonces, según la versión de “los de arriba”, hay paz y consenso. En cambio, cuando algún gobierno toca esos intereses privilegiados para imponer políticas solidarias, ellos atacan e instalan una condición política de inestabilidad y zozobra. Y lo hacen desde su lugar de pretendida neutralidad y no-política.

Ojalá superemos entonces esas ingenuidades que hacen creer que los únicos que tienen intereses en la sociedad son los políticos. Los mejores políticos son los que se enfrentan a esos poderes cerrados, permanentes y ocultos; por supuesto que terminan siendo los políticos más atacados desde esos poderes y –por ello– los que son vistos como supuestamente “conflictivos”.

No todos los políticos pueden ser reivindicados, pero reivindiquemos la política como el espacio de agregación de la voluntad colectiva para domesticar a los poderes fácticos, esos que nadie elige y que nos arman la vida. Es desde la política que podemos encarnar proyectos sociales que no estén al servicio de los poderes establecidos. Si, en cambio, tiramos la política por la ventana, seremos gobernados silenciosamente por el espacio de la economía, la televisión y la geoestrategia imperial. Es decir, nos gobernarán unos pocos, y al servicio de unos pocos.

Doctor en Filosofía, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-139446-2010-02-02.html

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No es un advenedizo recién llegado como De Narváez, un saltarín sin lealtades como Solá o un provinciano desconocido como Das Neves. Es un peronista histórico, y además un peso pesado del justicialismo. Alguien con historia y con espacio propio en la historia del movimiento.

Alguien, también, que ha dejado algunas huellas importantes para el país, que no siempre le son reconocidas. Baste señalar dos: ayudar a la eyección de Menem y a evitar su posible tercer mandato, por un lado; por otro, haber tomado el timón del país es un momento en que todo se hundía, y sacarlo medianamente a flote. No es poco, aunque el “debe” esté también lleno de cargas: desde haber entronizado a los barones del conurbano y su política clientelar, a la fuerte sospecha de contribución activa en la caída de De la Rúa, entre otras.

Lo cierto es que nada de su mejor pasado se advierte en su accionar actual. Apareciendo a destiempo, desfavoreciendo al peronismo, jugando una mezquina revancha personal contra el kirchnerismo.

Sabido es que él contribuyó a entronizar a Néstor Kirchner como candidato en 2003. La paternidad sobre el santacruceño terminó cuando éste decidió liberarse de tutelajes y tomar el comando en la provincia de Buenos Aires. Duhalde no puede todavía digerir la abultada derrota electoral que, por entonces, Cristina le propinó a Chiche, así como algunos dichos tajantes y parricidas con que se despachó el entonces presidente.

Asistimos ahora a un despliegue de despecho por parte del cacique bonaerense, lanzado aun a costa de hundir al justicialismo. Es por demás notorio: las clases medias no lo quieren por peronista, las derechas liberales ansían sus votos pero no lo votarían a él, el peronismo mismo quedaría dividido si él pretende forzar una derrota del kirchnerismo, y para el progresismo su solo nombre es mala palabra. Por ello, Duhalde perdería cómodamente las elecciones generales; hoy por hoy, hasta sus allegados admiten que Cobos lo derrotaría sin ambages.

¿Adónde va, entonces, esta apresurada candidatura presidencial? ¿Por qué alguien que siempre supo esperar se muestra tan ansioso, endilgándonos incluso un improbable “gabinete” presidencial, cuando aún no ganó ni las internas de Chivilcoy?

La vendetta y el rencor son malos consejeros. Suena gracioso Duhalde hablando de evitar tensiones, cuando todos recordamos el encuentro de Mar del Plata que ayudó a expulsar a Rodríguez Saá del gobierno, los enfrentamientos con el menemismo que incluyeron al caso Cabezas, o su infeliz frase de que “este gobierno es como los sachets de leche, tiene fecha de vencimiento”.

Peor es la situación si, en su enfrentamiento personal, Duhalde tiende a hundir al peronismo entero. Si, como es fácil advertir, su adversario es el actual gobierno y no el radicalismo, está contribuyendo al desgaste –cuando no a la caída– de un gobierno que es peronista, le guste a Duhalde o no; y si sabe que su candidatura es vehículo de una casi segura derrota del PJ en las elecciones, está contribuyendo a que el peronismo se entregue sin luchar para la instancia presidencial. Y, obviamente, está favoreciendo a los adversarios del justicialismo en esa instancia crucial y estratégica.

Curioso, ¿verdad? Pero nadie se puede llamar a engaño: Duhalde es un político fuerte y un muy débil candidato. El invento de evanescentes gabinetes para gobiernos imaginarios en poco ayuda a sus menguadas posibilidades presidenciales; pero menos aún contribuye a cimentar las del justicialismo en su conjunto.

Docente e investigador universitario.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-137760-2009-12-29.html

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Tras el hundimiento de Carrió en las urnas –subrayado por su no concurrencia al diálogo–, ya es obvio que el candidato del denominado Acuerdo Cívico ha de ser Cobos. A pesar de sus desaires al radicalismo –tanto en la última elección como antes en Mendoza–, en la UCR ahora se subordinan a su voluntad, en la medida en que la imagen positiva del vicepresidente los doblega.

Sobreviene la inevitable pregunta: ¿a qué juega el Partido Socialista en todo esto? Giustiniani perdió en Santa Fe, a pesar de una muy buena elección de su agrupación. Resultado: es obvio que Binner no puede aspirar a la candidatura máxima. Además, perdería ampliamente en cualquier compulsa interna contra el radicalismo, que tiene una estructura abrumadoramente superior a nivel nacional.

Por ello, el socialismo ya no puede aspirar a conducir –siquiera por vía candidaturas, ya que nunca por mayoría numérica– el Acuerdo Cívico. Ergo: si se queda allí, será comparsa segundona del cobismo. Flojo negocio ir como furgón de cola, y para colmo, hacerlo con alguien que no le hace ascos a la derecha (desde el telefonazo a Menem, a la reunión con De Narváez).

Claro que Giustiniani ha dado claras muestras de vocación seguidista, haciendo a su partido indistinguible de la Mesa de Enlace y de la oposición salvaje. De tal manera, es esperable que el senador quiera jugar como “legitimador progresista” del cobismo, subordinándose al mismo.

Pero no es tan obvio que Binner esté dispuesto a ese papel y menos aún que lo estén todos en su partido. Como ejemplo, baste advertir que el socialismo de Mendoza (el que conoce a Cobos de cerca, el que recuerda su desmanejo cuando gobernador en un tema clave como seguridad) no fue a la elección con el acuerdo entre el radicalismo y Carrió. Entendió que no podía ponerse al socialismo dentro de una coalición que no lo representa ideológicamente.

Es que –con una figura de peso como Binner–, el socialismo puede aspirar a no ser socio menor de la derecha, jugando en cambio a ser parte constituyente del nuevo conglomerado de izquierda que se avizora, junto a sectores como los representados por Sabbatella, por Solanas/Lozano, e incluso por el kirchnerismo. En ese espacio jugaría con mejores posibilidades de liderazgo que las que tiene con el cobismo, además de que contribuiría a la reconstitución de una alternativa popular a nivel nacional. Mientras, Giustiniani se reúne con los radicales. Pero no desconoce que, al interior de su partido, un áspero debate recién empieza.

* Doctor en Psicología, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/129012-41500-2009-07-29.html

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Como el partido mediático dictaminó que ganó “la oposición” (como si no hubiera muchas y diferentes oposiciones), Elisa Carrió logró disimular su catastrófico resultado electoral. Es paradójico ver pavonearse al diputado Fernando Iglesias por diversos sets televisivos con un incomprensible aire de ganador, deslizando que el Gobierno perdió “porque es insultativo”. ¿Y el lenguaje desmesurado de Carrió, qué será? ¿Cómo calificar su inacabable saga de declaraciones excesivas, totalmente rechazadas en la elección?

Lo cierto es que Carrió se hundió en las urnas. Con cientos de miles de votos menos que Kirchner en provincia de Buenos Aires y tercera cómoda en Capital, donde estuvo a punto de ni siquiera alcanzar su propia banca. Justo el distrito donde ella suponía obtener el trampolín para su candidatura presidencial del 2011.

Acallados sus gestos ampulosos y agoreros sobre un fraude que no existió, ahora la candidata que –a diferencia de Carlos Reutemann– se especializa en llegar tercera, deberá establecer cómo hace para no bajar más peldaños desde esa posición. Es que ella fue en la misma –¿la misma?– fuerza que Julio Cobos y que Hermes Binner. Como es por demás evidente, allí “cada cual atiende su juego”. Siendo seguro que Cobos será candidato, todos nos preguntamos dónde irán los otros dos postulantes, con sus votantes respectivos.

Es decir: en la próxima elección, es bastante improbable que el Acuerdo Cívico siga existiendo. Y si finalmente lo hiciera, como fruto de su fracaso en esta elección, Carrió deberá entregar sus votos a aliados con quienes –hasta ahora– apenas la ha unido otra cosa que el espanto.

* Doctor en Psicología, profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/128320-41214-2009-07-16.html

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Cobos es un político afortunado; nunca construyó una fuerza, pero siempre pivotéo sobre lo construido por otros. Inicialmente, el radical Roberto Iglesias lo impulsó a la gobernación de Mendoza; el hoy vicepresidente lo dejó para enrolarse con el kirchnerismo. Como desconocido que iba bajo el nombre de Cristina, llegó a la vicepresidencia; allí vio aparecer el movimiento patronal-agrario opositor, con el cual se alió contra los que lo habían llevado al cargo.

Ahora se ha visto con el apoyo de ese complejo mediático-agrario que es la oposición, sin contar con un partido propio a nivel nacional. Para encontrar apoyo se ha aliado nuevamente al radicalismo, el cual le ha dado lugar a regañadientes, visto que no cuenta con ningún candidato propio con peso en la opinión pública. Como el radicalismo se había ya unido con Carrió, el ex gobernador ha quedado incluido en una incómoda alianza con esa ya autoasumida candidata.

Cobos votó contra quienes lo habían elegido cuando el famoso “no positivo”, pero si ello estuvo bien o no, es opinable; no era fácil decidir en esa circunstancia. En cambio, sí es claramente reprochable haberse sumado inmediatamente a los adversarios de su propio gobierno para aprovechar la popularidad encontrada entre quienes detestaban la posición política que él venía defendiendo. Aun más problemático resultó que no renunciara a su cargo de vicepresidente, al cual llegó con los votos de aquellos a los que ha dado la espalda. De hecho, no ejerce tal vicepresidencia, pues no forma parte efectiva del Gobierno. Pero es notorio que ese lugar le sirve para hacer campaña y permanecer en la agenda.

En su momento, los radicales Roberto Iglesias y Gerardo Morales no ahorraron epítetos contra Cobos, ataques a los cuales solía sumarse el hoy candidato Ernesto Sanz, insólitamente presentado ahora como “hombre de Cobos”. La UCR resentía haber llevado como candidato a alguien que luego se pasó a la Concertación, y el partido entendió esa decisión como una fuerte deslealtad a su mandato. Como es sabido, lo mismo sintieron después la mayoría de compañeros de ruta de Cobos en la Concertación, abandonados súbitamente por quien se trasladó a terreno adversario.

Al principio, en la UCR festejaron lo que creyeron era el regreso del hijo pródigo. Pero en estos días lo están repensando.

Al margen de las enormes cicatrices que dejó en el radicalismo –sobre todo en Mendoza, pero no sólo allí– el paso de Cobos por la Concertación, el cambiante vicepresidente ahora está propinando nuevos golpes a sus aliados. Con curiosa soltura, declara que “necesita el partido para que le dé respaldo, no para que le marque la agenda”. O sea, un partido al cual Cobos pertenezca, pero al cual no le deba compromiso alguno.

Es que tan extraña declaración –que muestra el perfil individualista de quien no ha transitado la militancia partidaria– viene luego de dos fuertes transgresiones a lo que podría esperarse de quien hace una alianza política. En la provincia de Buenos Aires, tras poner algunos candidatos suyos en una lista única junto con los de la UCR y Carrió, planteó colectoras con candidatos propios por listas aparte en varios de los municipios. Tamaña afrenta a las condiciones de un acuerdo llevó a que la justicia electoral interviniera, por cierto que anulando al partido de Cobos (Confe) en esa provincia. Es decir: la UCR tuvo que ir a la justicia electoral contra Cobos y sus seguidores. Esta vez, la UCR ganó.

Pero no conforme, el ex gobernador mendocino decidió lanzarse a una reunión con De Narváez, increíblemente presentada como de “carácter institucional”. Allí Cobos daba apoyo a alguien que no se presentaba a la Justicia el mismo día de su no-presentación, quien es a la vez un destacado adversario político de la alianza de la que Cobos forma parte.

Quizás a la población mayoritaria poco le importen estos rechazos a las condiciones elementales de la lealtad política; incluso a algunos podrían caerles bien. Son las paradojas de quienes hacen política apostando a no parecer políticos. Pero es un juego que a largo plazo se desgasta, porque se hace difícil ocultar la finalidad político-personal presente en las diferentes acciones. Todo esto es una pena para quienes, en alguno de los momentos de la trayectoria cambiante de Cobos, hemos creído en su compromiso y su palabra. Y la pregunta es muy simple: ¿quiénes serán los próximos desencantados, luego de las elecciones legislativas?

* Profesor de la Universidad Nacional de Cuyo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/127093-40678-2009-06-23.html