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Hay determinadas fechas en las que es fácil advertir la curva del tiempo, quitarle la ilusión que tensa una línea y que pretende que haya atrás y adelante, hojas marcadas y hojas en blanco en un calendario que nunca se repite. El 24 de marzo es una de esas fechas. Hacia esa marca en el calendario se dirige marzo antes de dar su vuelta, con asfixia parecida los días previos, con algo de alivio cuando la noche se desarma, para mí, en una plaza llena de papeles, olor a choripán y una alegría discreta que da cuenta de lo necesarios que son ciertos abrazos, la falta que hace caminar con otros y con otras en el mismo sentido.

La curva de este año en la espiral del tiempo, ligeramente distinta a la del año anterior. Y a la del año anterior. Y al anterior. Este año, por ejemplo, mi familia es más numerosa que la última vez que marchamos juntos. Tal vez este año tenga que volver a insistir para que vengan todos, los niños, los adolescentes, las adultas. Que no nos venza la fobia, que no dejemos que otros lo hagan por nosotras. O tal vez no.

Entre la perseverancia por hacer profundo el mismo camino y esas ligeras variantes que permiten dar cuenta de que cada paso tiene su impronta y es necesario, así es como se construye la vida, una vida, esta vida.

No puedo recordar cada marzo de los últimos 35 por más que se insista en la palabra memoria. No puedo recordar siquiera a todos los compañeros y compañeras con quienes he caminado los días previos hacia el 24, y el 24 mismo hacia la Plaza, aunque hay algo de esa huella que siempre vuelve. Puedo recordar en cambio las veces que lloramos de impotencia, hace 15 años sin ir más lejos, porque lo que repetíamos entonces era un grito voluntarioso y convencido, pero tan duro de aferrar como una rama de cactus. No decíamos nada que ahora no suene a consigna, incluso repetida: decíamos Juicio y Castigo, decíamos que No Olvidábamos, decíamos que era imperioso recuperar a nuestros hermanos y hermanas apropiados. Eran 20 años del golpe y yo estaba bajo la bandera de H.I.J.O.S. Y ese llanto del que tengo memoria es apenas un detalle de un cuadro más generoso: el del consuelo de quienes hoy se convirtieron en mis hermanos y hermanas, el orgullo de poder ofrecer un brazo a las Madres de la Plaza para que se sostengan de nuestra rabia, la alegría de haber encontrado el lugar en el que queríamos estar en el mismo lugar en el que pretendían habernos dejado: ya no éramos huérfanos –aunque la orfandad sea como una manchita en el iris, la mirada suele fugarse por ahí– sino hijos e hijas de una historia que queríamos contar y que nos contaran de nuevo. Llorar, desde entonces, ya no es lo mismo, es algo más dulce, algo a lo que se vuelve como buscando agua fresca, algo que limpia.

Pero la manera en que transcurre marzo mantiene algo como una constante. Por largo tiempo creí, creímos, que lo único constante era la impunidad. Y aun así nunca dejamos de inventar, de buscar, de creer que lo imposible sólo se demora, pero no siempre se escabulle. La rabia se mantuvo intacta, el grito despierto, el dolor atento, la alegría lista para terminar un escrache bailando en la calle porque la calle así era nuestra. ¿Cómo escribir, a 35 años del golpe, sin apropiarme de un plural que me salvó de tantas maneras la vida? No hubiera podido sola. Todavía me acuerdo de cuánto asfixiaba marzo cuando no sabía con quién caminar. Y ahora, de pronto, ese plural se ha ensanchado. Lo que antes vociferábamos unos pocos, de pronto tiene lugar en la grilla escolar, en el discurso oficial, entre la gente, en el colectivo. En el jardín de mi hijo menor, los más grandes hacen trabajitos en los que aparece la bandera de H.I.J.O.S. ¿Se habrá moderado nuestra bronca, nuestro impulso, nuestra potencia? Puede ser, es lo de menos. No se agotan todas las luchas en una y no está mal desprenderse de algunas costras. La impunidad, puedo decirlo, ya no es la misma, aun cuando no sepa los nombres de los ejecutores de mi madre que quedó tendida en una vereda, cuando tenía, justo, 35 años. Pero puedo contar su historia. Puedo contarla frente a la ley, en un juzgado, buscando condenas. Pocas e insuficientes; condenas.

Hoy, marzo se acerca como siempre, dando cuenta de la curva del tiempo. Pero ya no hay que esperar a esta fecha para que se hable en los medios de la identidad de dos jóvenes criados en las entrañas del poder económico, probablemente apropiados, hija e hijo de padres y madres desaparecidos. De eso se habla. Y es un alivio. Es un alivio aunque la ausencia de Julio López nos haya marcado la cara con una cicatriz fresca y la muerte de Silvia Suppo, su homicidio, no permitan que la rabia ceda. Ni siquiera son los 35 años, el aniversario casi redondo, lo que habilita estas palabras tan íntimas y tan públicas. Es la escucha lo que ha cambiado. Y eso, estoy segura, lo hemos logrado a fuerza de gritos pelados y también gracias a la habilidad para bajar el tono cuando somos invitados e invitadas a hablar.

Este marzo, como todos, se acerca con su dosis de angustia. Y se desarmará después de una cantidad de abrazos necesarios en los alrededores de una Plaza con olor a choripán y esa particular electricidad que genera la acción, el dolor y la alegría compartida.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/subnotas/164788-52706-2011-03-24.html

  OPINION


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Si la Justicia tiene un largo brazo, ayer fue capaz de rodearnos a todos. A las mujeres de pañuelo blanco, manos tomadas y brazos en alto en señal de victoria, a la chica que se había pintado en la cara la leyenda Nunca más, a los ex presos políticos que levantaron para las cámaras una bandera discreta hecha de tela y aerosol, a esa madre y esa hija que lloraron abrazadas mezclando lágrimas y sudor y la risa, también, por poder estar juntas en ese momento. El dictador ha sido condenado. El Tribunal Oral Número 1, de Córdoba, dispuso su inmediato traslado a una unidad penitenciaria federal. En la sala donde transcurre el juicio estallan los aplausos, el juez que lee la condena pide silencio y parece hablarles también a quienes, a 700 kilómetros de distancia, en pleno microcentro porteño, se desbordan frente a una pantalla gigante que replica la sentencia. Taty Almeida se saca su pañuelo blanco y hace un dibujo con él en el aire, como si fuera un paso de zamba, envuelve con él a Estela de Carlotto. Madre y Abuela de Plaza de Mayo, como si este acto de justicia hubiera borrado algunas de las trazas del tiempo, bailan dando saltitos convertidas en adolescentes. Una condena no puede borrarlo todo, pero sin duda desarticula en este acto tantos años de impunidad.

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Alba Lanzilotto, con la imagen de sus dos hermanas desaparecidas en el pecho, Ana María y María Cristina, cuenta una anécdota mientras agita su abanico. Se trata de una Madre, así con mayúsculas, que después de años de estar sumida en la inconsciencia el martes tuvo un instante de lucidez. Y entonces uno de sus hijos le dijo: “Mamá, los estamos juzgando, acaban de darle perpetua al Turco Julián”. La mujer lo escuchó y agradeció: “Que alegría estar viva para poder ser testigo de este momento”. Al rato la Madre volvió a su inconsciencia. “Yo no puedo festejar –dice Alba–, no me sale la euforia. Pero sé perfectamente que estas condenas son un remedio, un remedio para curar al país y a muchas personas individualmente.” Cuando desde la pantalla montada en el auditorio Emilio Mignone, de la Secretaría de Derechos Humanos, se escuchó la sentencia a Videla, Alba apretó los párpados con fuerza y acarició amorosamente las fotos colgadas sobre su pecho.

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Después del pasaje a la cárcel que sacó el dictador Jorge Rafael Videla, el hombre que lleva el nombre de dos muertos –dos hermanos que lo precedieron–, el tipo del bigote tupido y la raya al costado que en 1977, cuando muchos todavía estaban vivos, se jactó en rueda de prensa de que “los desaparecidos no están ni vivos ni muertos, son una entelequia, están desaparecidos”, el mismo hombre que años después, amparado por el indulto que le regaló Carlos Menem –y unos cuantos secuaces, es cierto–, le dijo a un periodista –según consta en el libro El Dictador, de María Seoane y Vicente Muleiro–, “Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina no se hubiera bancado los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta cinco mil. No había otra manera. Todos estuvimos de acuerdo en esto. Y el que no estuvo de acuerdo se fue. ¿Dar a conocer dónde están los restos? Pero, ¿qué es lo que podemos señalar? ¿El mar, el Río de la Plata, el Riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, en seguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo”. Después del turno de ese hombre, llegó la condena a Luciano Benjamín Menéndez, el señor de los cuchillos. Se escuchó la ristra de delitos de los que fue hallado culpable. Se escucharon las palabras mágicas que conjuran la impunidad: prisión perpetua, inhabilitación perpetua, más accesorias y costas cual broche legal para un destino que se agota en el encierro. Tuvo mejor suerte el autodenominado “soldado victorioso ante la guerrilla marxista”. A él le tocará una junta médica que evaluará si está en condiciones de seguir a Videla a una cárcel común. Menéndez tiene un extraño record, ésta es su quinta condena a prisión perpetua. Un chico con una remera que pide “Juicio y Castigo” apunta: “Ojalá le alcanzara la salud para morir en la cárcel”. No es un deseo piadoso. Es un deseo acunado por tantos años de espera de actos de justicia como el que sucedió ayer.

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Eduardo Jozami pasó por cinco penales durante la dictadura, de Devoto a Rawson, recorrió medio país mediante traslados intempestivos y arbitrarios. No lo dice, pero como cualquier otro preso político debe haber visto compañeros morir en la cárcel. Para él, este juicio, estas condenas que siguen sucediéndose en la voz monocorde del juez cordobés tienen el peso específico de dar cuenta de cómo la represión era un entramado del que participaba todo el Estado, aun en sus estratos burocráticos. “Esta es una reivindicación también a los presos políticos”, lo alienta Lita Boitano, de Familiares de detenidos y desaparecidos por razones políticas. “Porque a veces parece que los presos no lo pasaron tan mal como otros, que la cárcel ya era lo mismo que sobrevivir”, insiste Lita, con una sonrisa emocionada. Ni falta que hace la jerarquía entre las víctimas, aunque si lo menciona es porque algo se cae en esa grieta. Será que la profundidad de las heridas se parece a la penumbra y todavía falta mucho por decir, por hacer, por juzgar, por reparar. De eso también se trata la justicia, aun lenta y con cuentagotas. Además de las condenas, lo que se ha dicho en este juicio quedará escrito con la letra de molde que impone la ley. Y podrá ser consultado por muchas generaciones en adelante.

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El silencio conquista la sala mientras la lectura de la sentencia avanza, morosa, formal, reiterativa. Indiferente a lo que significan frases como “imposición de tormentos agravada por la condición de perseguida política de la víctima” para muchas personas en este auditorio, frente a las puertas del Tribunal en Córdoba y en tantos otros lugares del país. Describen, ni más ni menos, que la planificación de una masacre. Describen también eso sin nombre que atravesó alguien querido, un hijo, una madre, un hermano a quien se buscó, por quien se reclamó, que sigue haciendo falta. Esa reiteración del tormento, tormento agravado, tormento seguido de muerte, como un martillo neumático que golpea cada vez con más fuerza. Tal vez se trate de alivio esa manera de aplaudir y festejar cada vez que la descripción de los hechos se traduce en una condena.

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Hay medialunas y sanguchitos en el auditorio, hay mate, café con leche, bebidas frescas para una tarde de calor arrasador. Agueda no come ni bebe. Basta que se la mire a los ojos para que una pequeña inundación se instale entre sus párpados. Ella no es de las que festejan, no puede hacerlo aunque está ahí para escuchar con otros y con otras cómo la Justicia se abre paso. Sus padres, Luis Goyochea y Nelly Moreno, fueron desaparecidos en Córdoba. Ya fue testigo de otra condena a Luciano Benjamín Menéndez, ese general ultranacionalista que en los primeros años de la democracia todavía se sentía con el poder suficiente como para sacar su cuchillo militar y empuñarlo contra quienes lo repudiaban en una de sus tantas visitas a un juzgado. Menéndez, comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, amo y señor del Campo Clandestino de Detención y Exterminio de La Perla, donde la mamá de Agueda fue asesinada, irá a la cárcel o donde sea que terminen sus huesos según la junta médica sin decir todo lo que sabe sobre el destino de tantos. Y eso es algo que a Agueda le cuesta digerir. O mejor, es algo que le duele. Que no hablen o que hablen para soltar su discursito del soldado heroico. Sin embargo, ella sabe, como saben otras “hijas” –así de fácil es nombrar a quien tiene a su padres desaparecidos, diciendo “soy hija”, porque el vínculo es algo más que una obviedad, es un relato político– que la rodean, que hay pesadillas que empiezan a disiparse, como esa de encontrarse en la calle con un represor y no saber qué hacer, qué decirle. En ese grupo de cuatro, todas tienen algo que contar. La vez que se cruzaron con Astiz, la vez que Lucía se descompuso sólo de ver al Turco Julián sentado en un bar en Corrientes. Eso, al menos, ya no va a suceder.

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Al celular de quien escribe llegan muchos mensajes cuando ya se cuentan 16 prisiones perpetuas en el juicio por el fusilamiento de 31 presos políticos en Córdoba. La mayoría dicen poco; cosas como “abrazo fuerte”. Debería corregirme, eso está lejos de ser poco; al contrario, da cuenta de un entramado de afecto que se brinda de muchas maneras, que comparte eso mismo que sucede acá, en este auditorio, donde Madres, Abuelas, ex presos políticos, algún funcionario, muchos militantes jóvenes: la alegría de saber que algunas consignas son más que eso, son un objetivo a cumplir. Y esa que decía “cárcel común, perpetua y efectiva para los asesinos, sus cómplices y sus instigadores” y que los chicos y las chicas de HIJOS saben corear con ritmo, morosamente y con cuentagotas, está empezando a cumplirse. Con el insoportable costo de la desaparición de Julio López y el asesinato de Silvia Suppo, también presentes, también dolorosamente ausentes. Desde la pantalla se escucha la voz:

“El juicio ha terminado”, dice y enseguida se escucha el grito que subraya tantos actos: 30 mil compañeros desaparecidos ¡presentes! El abrazo de la Justicia esta vez es tan largo y tan cálido como fue frío e intransigente con quienes debió serlo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/159202-51092-2010-12-23.html

  DESPUES DE LAS OCHO DE LA NOCHE LA PLAZA SE LLENO PARA DECIR ADIOS Y RESPALDAR A LA PRESIDENTA

En una convocatoria espontánea y sin la presencia de aparatos políticos, decenas de miles de personas ocuparon la Plaza de Mayo para rendir homenaje al ex presidente y dejar claro el apoyo a Cristina Fernández.

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Como un peso que se arrastra entre muchas manos, el dolor que se comparte también se hace más liviano. O se convierte en fortaleza. Así está escrito en cada baldosa de la Plaza de Mayo y en la historia argentina desde que un grupo de mujeres convirtió su dolor en movimiento y consiguió nombrar lo que estaba destinado al silencio: la desaparición de sus hijos. Así lo volvieron a escribir con su presencia y con mensajes apurados en marcador sobre papel, en flores atadas a las vallas policiales, en abrazos repetidos e interminables, decenas de miles de personas que no quisieron estar solas con el dolor que generó la muerte del ex presidente Néstor Kirchner.

Nadie podía precisar cómo había surgido la convocatoria, quién había fijado la hora, qué sería lo que iba a suceder allí, frente a la Casa Rosada a las ocho de la noche. Pero el mensaje circuló por teléfonos y computadoras, de boca en boca, a medio camino entre la congoja y un optimismo militante e inorgánico que indicaba que era necesario poner el cuerpo en la calle, tomar la calle, ocupar la Plaza. Congoja por la muerte inesperada de un hombre al que, según las distintas voces, se le debe desde el fin de las leyes de impunidad sobre los perpetradores del terrorismo de Estado hasta el “derecho a una jubilación”. Y optimismo, sí, porque “el proceso que se abrió en 2003 –decía Gastón Gonçalves, bajo la bandera de HIJOS– ya no depende sólo de una persona”. O porque “ahora más que nunca la Presidenta va a saber que no está sola, que estamos los trabajadores para cuidarla”, como argumentaba Jacinto Vila, un hombre que llevaba la bandera del gremio de Canillitas.

Fue en ese vaivén que se acunó anoche la Plaza de Mayo. Entre el abrazo espontáneo para ofrecer consuelo y la mirada en derredor para confirmar que eso que se coreaba podía convertirse en verdad: “El hombre muere, el movimiento es inmortal”. Canto bien dedicado a “los gorilas”, es cierto, “para avisarles que se les va a atragantar el festejo”, como decía un joven de La Cámpora.

De improviso los aplausos tomaban la plaza. Tal vez porque el minuto de silencio que suele ofrecerse a los difuntos era imposible, tal vez porque a pesar de la muerte había algo que festejar: una huella por la que seguir andando.

“Le pegaste al chancho, saltó el dueño, lo demás es chamuyo”, escribía una mujer que podría tener la misma edad que el ex presidente arrodillada sobre un tapiz de papeles y flores en el centro de la Plaza, un círculo bien custodiado por jóvenes militantes de la Juventud Peronista. Ese espacio vacío parecía representar mejor que cualquier otra cosa la ausencia, casi una capilla ardiente improvisada a cuyo borde se llegaba para estar en silencio, prender velas, anotar los nombres de las familias que se despedían tanto como agradecían y, sobre todo, sellaban un compromiso que atravesaba la Plaza con la fuerza de un juramento: “Estamos con vos, Cristina”, “Fuerza presidenta, vamos por la reelección”, “Perdimos un candidato, pero tenemos nuestra candidata”. ¿Quién sería el “dueño del chancho” para la mujer que dejó su sentencia bien acompañada por un ramo de jazmines? “Jueces corruptos, milicos asesinos, la Iglesia, el campo, algunos medios”, describió haciendo un recuento de los distintos poderes a los que Néstor Kirchner primero y Cristina Fernández después le habían rasgado las vestiduras.

“Yo estoy acá porque estoy harta de quedarme callada, ¿sabés lo que me costó aguantarme todo el quilombo con el campo? Lo escuchaba a mi jefe todo el día diciendo que había que sacar a Cristina y yo me tenía que quedar muda. Pero hoy no la puedo caretear, tenía que venir”, dijo Mariela, secretaria y recepcionista en una inmobiliaria. Los relatos del silencio, valga la paradoja, no eran aislados en la plaza del duelo. Al contrario, se desplegaban en historias diversas que dan cuenta de cierto punto de inflexión que la mayoría reconocía a partir de 2003, cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia. “Yo nunca había sentido pasión política como la que vengo sintiendo en estos años y eso lo agradezco, era como que antes no tenía nada que decir sobre lo que pasaba a mi alrededor y ahora necesito estar acá, en la Plaza. Y mañana voy a volver”, se enorgulleció el actor Javier Lorenzo. “Me lo decía mi hija esta mañana: ‘Mamá, antes decía que tenía a mis abuelos desaparecidos y tenías que explicar de qué se trataba, ahora todo el mundo entiende. Y la mayoría respeta’. Lo que cambió a partir de Néstor Kirchner es un modo de escuchar nuestros relatos como familiares de desaparecidos; ahora se escuchan en los juzgados en busca de condenas. Ahora se escuchan y eso cambia la vida de personas concretas, personas como nosotras”, reflexionó Ana cerca de la Pirámide de Mayo, ahí donde la imagen de un ex presidente convertido en Eternauta convocaba tantas lágrimas como abrazos, tantos cantos de apoyo a la Presidenta como expresiones de rechazo al vicepresidente.

“Andate Cobos”, seguido del insulto argentino más popular era el canto mejor aprendido por una multitud inorgánica pero con evidentes deseos de encontrar consignas en las que coincidir. Y esa demanda para que Cobos se desprenda de su puesto tenía tantos adherentes como los aplausos que unificaban a la Plaza intermitentemente. “Es que es injusto, Videla entra caminando a los juicios que se le siguen por haber matado miles de personas, Cobos está tan tranquilo sentado en el Senado y Kirchner muerto ¿cómo mierda voy a creer en Dios?”, clamaba un joven gremialista, motoquero, desolado. “Yo me siento huérfana otra vez”, sintetizaba Lucila mientras a su alrededor asentían otras hijas de desparecidos como ella, que hacían ronda en torno de sus propios hijos sentados sobre el asfalto, compartiendo un picnic de papas fritas y gaseosa. Algo de esa orfandad podía respirarse en una Plaza que se mostraba convencida de poder ofrecerle a Cristina Férnandez la fuerza necesaria para seguir adelante después de perder a su compañero de toda la vida. Aun a sabiendas de que ese mandato de “apuntalar, no abandonar la calle” –como se escuchó más de una vez– necesita expresar el dolor, aunque más no sea para compartirlo. Para que duela menos.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-155852-2010-10-28.html

  OPINION


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Ahora que es realidad no puedo decir que lo soñé alguna vez. Es que aunque a veces se habla de las convicciones profundas en términos de sueño, ellas habitan en las cosas y los hechos concretos de este mundo. No podía soñar con que iba a llegar el día en que pudiera, finalmente, inscribir a mi hijo menor como lo que es, mi hijo. Que cuando aprenda a hablar y le pregunten su nombre pueda decir Furio Carri Dillon. O Furio Dillon Carri, aprovechándonos de esa ventaja que tenemos las lesbianas en desmedro de las mujeres heterosexuales –Liliana Teresita Negre dixit– de elegir cuál apellido va primero. No lo soñé. Pero, ahora que es realidad, ¿de qué se trata esta sensación de estar acariciando con mis propias manos esas nubes gordas que prometen nieve en Buenos Aires para hoy mismo? ¿No se parece demasiado a estar habitando ese territorio en el que es posible tanto volar como ser otra y a la vez ser yo misma? Y no, no tengo que restregarme los ojos, estoy despierta, aunque de a ratos tengo que secármelos porque las lágrimas arrecian como agua corriendo sobre la ventana de los viejos restaurantes chinos.

Mi compañera –ya no tengo que decirle “esposa”, porque ahora el tipo de vínculo estará en el papel y yo puedo elegir la palabra que mejor la represente– mandó ayer un mensaje de texto en respuesta a tantos de amigos y amigas que llenaron nuestras casillas: “Viva la patria”, decía. Y a mí sólo me dan ganas de besarla en la boca, de ponernos a bailar en medio del desayuno, de irme de viaje para siempre por la orilla de su cintura. Porque en ese “Viva la patria” se cruzan una suma de dolores y experiencias compartidas que siempre estamos resignificando. Muchas veces nos preguntamos qué dirían nuestras madres desaparecidas de nuestra familia y de nuestro amor. Ellas –y él, tengo que sumar a mi suegro—, que eran tan estrictas en su moral revolucionaria, ¿hubieran venido a casa a acunar a nuestro pequeño con la soltura y el desprendimiento necesarios? “Sí”, nos contestamos. Y no es una respuesta ilusionada. Es la constatación de sus voces en las voces de sus compañeros y compañeras sobrevivientes que nos llenan de amor a diario desde la distancia que sea. Esto que sucedió ayer a la madrugada seguramente no estaba en sus agendas de revoluciones urgentes. Pero sabemos que hubieran festejado y llorado a moco tendido, como lloramos nosotras mientras el teléfono no para de sonar y los abrazos y las sonrisas no cesan de ponerles ritmo a nuestros latidos.

Una sensación de orgullo me explota en el pecho el día de hoy. De orgullo por los vínculos que supimos construir, porque sé profundamente que nuestras elecciones están tan ligadas a la vida que nos han salvado de tanta muerte. De tantas muertes. De los amigos y amigas que no llegaron a este momento y me hubiera gustado abrazar ayer en la plaza. Liliana Maresca, Sergio Avello, Feliciano Centurión, Alejandro Kuropatwa, Paco Jiménez; la lista sigue, pero no podría incluir a tantos y tantas que murieron de sida en tiempos en que los mismos que ahora nos condenan al infierno daban por merecidas esas muertes por haber desafiado la hipócrita moral pseudo cristiana, los mismos que se oponían –y se oponen– a difundir el uso de preservativos, a hablar de prácticas sexuales concretas que podrían haber evitado tantas infecciones. Sé que todos ellos estuvieron en la Plaza del Congreso conmigo y junto con tantos y tantas ausentes que seguramente acompañaron de alguna manera a sus amigos.

Algo se ha transformado radicalmente desde la madrugada del jueves. Aunque la resistencia seguirá siendo mucha. Nuestra familia entra en la historia con nombre y apellido. Es nuestro caso particular. Un mundo para nosotras, que no podemos dejar de ver con ojos maravillados cómo se despliegan cientos de casos particulares que están haciendo estallar esa figura vergonzante del closet, ese lugar encerrado que obligaba al silencio y a la impostura de vidas prestadas. La alegría nos desborda, las lágrimas están haciendo de nuestra casa un mar en el que nos agitamos, felices de que la marea sacuda los últimos restos del miedo. Y lo que es mejor: si esto fue posible, si hemos podido atravesar en conjunto ese corset de hierro al que nos somete la pacatería y la violencia moral de ciertas religiones, muchas cosas más serán posibles. ¿O acaso no están yendo a cárceles comunes tantos genocidas que se creyeron impunes durante tanto tiempo? Es lo imposible, y esto es un hecho, sólo tarda un poco más. Sobre todo cuando hay un río de voluntades empujando la corriente.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-149585-2010-07-16.html

  OPINION


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Hace poco más de una semana, cuando se convocó frente al Congreso a un acto a favor de la ampliación del matrimonio, decidí escribirles a los papás y las mamás de los compañeros de nuestro hijo para que nos acompañen. Mi esposa –uso esa palabra a pesar de lo arcaica que es porque nuestro vínculo es de matrimonio aunque no sea legal, y ahora mismo no encuentro otra– tuvo una leve duda frente a ese acto, le parecía que era pedir demasiado a un grupo de personas que podríamos elegir como amigos y amigas pero a quienes recién conocíamos. La respuesta fue conmovedora. Apenas llegamos a la plaza estaban todos ahí, los adultos y los niños, desafiando el frío con mate y galletitas, con sonrisas anchas como el Río de la Plata. Fue un golpe al corazón ver los cochecitos con los niños tan arropados como para cruzar la Cordillera, fue una caricia inmensa que hayan dejado en claro que no se trataba de un compromiso personal con nosotras, sino con la construcción de un mundo más amplio para la generación a la que estamos acompañando a crecer.

Todavía conservo el calor que percibimos ese día en que nos sentimos rodeadas por el reconocimiento de nuestros pares, padres y madres que saben que las zozobras que implica la crianza de un hijo no dependen de nuestros cuerpos sexuados, sino de la capacidad de entrega, de la generosidad para reconocer los deseos y necesidades de otro, más allá de los propios prejuicios, de la propia historia. Uno de los papás que esa tarde nos acompañó en nuestro reclamo, incluso, convocó a sus amigos y habló en esa convocatoria de los prejuicios que todos arrastramos. Contra esos prejuicios, él nos reconoce a mi esposa y a mí como madres de nuestro hijo. Contra esos prejuicios, seguramente, será capaz de construir el relato que pueda poner en palabras a nuestra familia como a diario hilvanamos las palabras necesarias para poder dar existencia a quienes nos faltan y sin embargo están, para escribir nuestra historia en nuestros propios términos. Trato de imaginarme cómo sería ese relato si tuviéramos que ajustarnos a la restricción de derechos que nos quieren imponer a partir de estos proyectos de ley –la de unión civil, por ejemplo– en la que nuestras familias existen pero a medias. Habría que decir, por ejemplo, que mi esposa es la madre de mi hijo pero que yo soy solamente la “unida civilmente” a ella pero sin ninguna obligación ni derecho para con ese niño que acunamos juntas, nos turnamos para hacer dormir, elegimos la comida que le hace bien y las canciones con que lo vamos a hacer bailar. Yo, entonces, pasaría a ser algo así como una comparsa, estoy en su vida pero que no me pida nada porque la ley me prohíbe maternar también al hijo de otra mujer, aun cuando decidamos poner nuestro amor y nuestra vida en común bajo el techo agujereado que la ley prevé para nosotras. Así, nuestro amor de pareja es casi un exotismo narcisista –una palabra de la que no se privaron nunca quienes están en contra de que podamos casarnos como cualquier pareja heterosexual–: entre nosotras todo, para nuestro hijo, sólo una madre, la que lo parió. Para con ella relaciones solidarias de protección mutua, para nuestro hijo sólo la mitad de la solidaridad. La ley, si este proyecto de unión civil se convierte en ley, me prohíbe darle más. Ni mi obra social, ni heredar mis bienes, ni darle mi nombre e inscribirlo en la historia que le corresponde porque al calor de mi historia y de la de su otra madre es como fue gestado, deseado, soñado, concebido y parido. ¿A quién tranquiliza esta nueva figura? ¿A quién se está protegiendo? No a mi hijo, no a los tres hijos de Andrea y Silvina que hace tres años que apenas duermen porque así es la exigencia de las familias múltiples. No al hijo de Gaby y Eli, que también quisieron contar cuánta suerte tuvieron de ser reconocidas como pareja y como madres durante el proceso de parto, nacimiento, cuidado de la salud y escolaridad de su pequeño en el Senado –aunque no las dejaron–, pero que ahora serán expulsadas como tantas otras del universo legal de las obligaciones y responsabilidades mutuas para con quien eligieron traer al mundo. No a los hijos y las hijas de tantas parejas que han hecho familias porque para eso no se pide permiso, porque la pulsión del amor no espera a que las leyes se pongan a tono, aunque las leyes deberían hacerlo para no dejar escrito, como se intenta ahora, que el apartheid es posible y hasta tiene dictamen de mayoría. Eso y no otra cosa es generar un régimen legal alternativo para quienes elegimos amar y vivir en disidencia con la disciplina heterosexual. Si la segregación se consagra por ley, por más mayoría que acompañe ese dictado, la humanidad de todos y de todas quedará dañada, reducida al tamaño de la incapacidad de ver más allá de la experiencia propia, de los prejuicios, los preconceptos, el miedo. Pero aun así, querido hijo, mi amado hijo menor, nada de eso que quede escrito podrá borrar de tu vida, de tu identidad y de tu memoria, que tus madres somos dos, que tenés una hermana mayor, una sobrina, una familia grande que excede los vínculos de sangre y que seguirá creando y reproduciendo este relato para que no te queden dudas sobre tu origen y tus derechos, más allá de lo que diga la ley. Y esto, como la segregación a la que quieren condenar a nuestra familia, también está siendo escrito, en este acto, en este momento histórico en el que todavía hay tiempo para que quienes tienen que decidir sobre tus derechos y los nuestros lo hagan de acuerdo con su humanidad y no con el tamaño de sus prejuicios.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/149083-47875-2010-07-08.html

  OPINION


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Hace unos meses, mi hijo menor tuvo una pequeña infección en un dedo. Se había clavado una astilla después de haber pasado horas dedicado a una de sus actividades favoritas: sacar la leña del lugar donde está apilada y construir de nuevo la montaña de madera, en otro lado. Los troncos le pesan, se le caen, los levanta, los acarrea, incluso de a dos. Ya nos resignamos a su esfuerzo desmedido, nosotras, sus madres, creemos que eso le augura buena energía para el trabajo. Pero, claro, no está exento de pequeños accidentes. Y allí fuimos aquella vez, a la guardia del Cemic, a mostrar su dedo inflamado. Entré con él al consultorio mientras mi esposa estacionaba el auto. La médica miró su dedo, le dio un tratamiento con agua de alibour y cuando estaba escribiendo la prescripción entró A. “Ella es su otra madre”, expliqué a la médica. Paciente y amable, la doctora volvió a repetir la explicación. “Tranquilas, mamis, no es nada.”

Luciana y Natalia son muy jóvenes, ni siquiera llegaron a los 25. Tienen una nena con una enfermedad en proceso de diagnóstico que le genera convulsiones e internaciones periódicas. Cada vez que la nena llega a terapia intensiva, una de sus madres es marginada. Ahí sólo pueden entrar familiares directos. “Los otros padres se quejan si ven que dejo entrar a la tía.” En medio de la angustia las dos tienen que dedicar el tiempo de discutir, presentar notas, hablar con el director del hospital, lograr la autorización. La nena tiene miedo cuando la internan, nunca se calma hasta ver la cara de sus madres al costado de la cuna.

Esta segunda situación la cuento en rueda de amigas, en la feria del libro, mientras fumamos un cigarrillo a la intemperie. Hablábamos de cuánto se insiste en el sufrimiento de quienes desafían el mandato de la heterosexualidad obligatoria, del modo que sea. Sufrir no es nuestra experiencia, pero no deja de ser un riesgo sobre todo y, justamente, en relación con las instituciones, desde la escuela hasta el hospital, ahí donde no se reconocen cabalmente nuestras elecciones, relaciones, amores y necesidades. Eso es lo que la ley podría corregir; esta del matrimonio y muchas otras que están pendientes, como la de identidad de género. Mariana recuerda entonces la única vez que la llevaron presa: la sacaron del baño de mujeres en una estación de subte bajo la sospecha de que era un hombre y encima estaba sin documentos. Ella de todos modos no habla de sufrimiento, habla de rabia, de impotencia, de ganas de aislarse del mundo.

Mi nieta tiene tres años y tres abuelas por parte de madre. Mi esposa y yo y la esposa del padre de mi hija. En relación con nuestro bebé que no tiene ninguna –las dos están desaparecidas–, resulta una ventaja de la que la pequeña no hace más que vanagloriarse, sobre todo en la escuela, cuando se asombran por lo numeroso de sus vínculos. El otro día nos descostillamos de risa cuando le explicó a la chica que trabaja en nuestra casa por qué nuestro hijo –su “tío bebé”– lloraba: “Es que la mamá abuela lo retó”. Los niños y las niñas elaboran los nuevos relatos sin conflicto. ¿A esto le tendrán miedo los que dicen que la adopción por parte de parejas del mismo sexo es “un experimento social inaceptable”?

En el primer cumpleaños de nuestro hijo el retrato de familia lo tenía a él en el centro, a sus madres abrazándolo, a su padre abrazándonos a nosotras, a su hermana mayor a un lado, sosteniendo a su hija en brazos, al hermano de su padre haciendo morisquetas, al papá y la esposa del papá de mi hija completando el cuadro. Los dos más chiquitos tienen unas sonrisas que no les caben en la cara; no necesitan palabras para saber que todos esos adultos que los rodean están ahí para protegerlos, amarlos, acompañarlos, sostenerlos a ellos y entre nosotros, mutuamente. La Ley, con mayúsculas, está lejos de nuestras preocupaciones, los vínculos son suficientemente fuertes. Y sin embargo, cuando A. la madre que parió a nuestro hijo aquí mismo en el corazón de nuestra casa, se vaya de viaje un tiempo después y por una semana completa a otro continente, la conciencia de la desprotección que significa que el vínculo entre mi hijo y yo no está reconocido por la ley es como una sombra que se enrieda entre mis pasos. Nada va a pasar, nada va a pasar, me digo. Y por suerte no pasa. Pero no puede ser la suerte la que lo proteja de los imprevistos. No es eso lo que merece nuestro hijo. Ningún hijo, ninguna hija.

Mis compañeros de trabajo en este diario festejaron conmigo la buena noticia de nuestro hijo; también los directivos del diario y cada persona que nos conoce. Me dieron dos días de licencia cuando nació Furio, como se la dan a cualquier padre. Yo no soy el padre, soy la madre, pero como no hay ley, esa fue la licencia que les pareció correcta. Pero nada pueden hacer en cuanto a mi situación impositiva. A pesar de tener una familia ahora numerosa, para la ley soy una mujer soltera sin obligaciones y pago ganancias como tal. Mi esposa y mi hijo no existen, son invisibles.

De todas las parejas que tuve en esta vida que ya lleva más de 40 años, sólo dos fueron mujeres. F. fue la primera, vivimos juntas un tiempo, cuando mi hija mayor tenía entre 8 y diez años. Para mi hija, F. es parte de su familia –de la nuestra–, sigue acudiendo a ella cuando no estoy, cuenta con su consuelo y también con sus retos. En general me molesta cuando para defender a nuestras familias se citan estudios diversos que hablan de que las familias homoparentales son hasta mejores que las heterosexuales basándose en que las primeras se unen por puro deseo y las segundas por destino ineludible. No somos ni mejores ni peores; aunque, permitanmé hacer gala de mi orgullo: hay algo del orden de la amplitud de criterios, de la flexibilidad en relación con los roles de género que suele dar por tierra con los juicios y valorar en cambio las posibilidades que nos da nuestra tribu particular. En la que por cierto no somos todos homosexuales, lesbianas o trans. Aunque hay un poco de todo.

El día después de la media sanción en Diputados de la ampliación del matrimonio me desperté lagrimeando. Romántica incurable, ya me imaginaba la auténtica boda, con nuestro familión ensamblado llorando con nosotras como suele suceder en los casamientos, aun cuando todo el mundo sepa que ya nada es para siempre. Me imaginé pavadas como volver a insistir frente a la carnicera del barrio que A. no es mi “amiga” ni “la otra chica” sino mi esposa y de paso invitarla a la fiesta para que no me devuelva como la primera vez que lo dije un “¿¡eh!?” incrédulo y que tampoco insista, condescendiente, que cada uno es dueño de su intimidad. Porque nuestra familia no es nuestra “intimidad”. En familia vamos al parque, al teatro, de vacaciones, a la escuela y cuando no queda otra también al hospital. Comemos en restoranes, nos damos la mano en el cine, nos besamos en la calle para alegría de nuestro hijo, al que le encanta ver esa escena de cariño conyugal. Nuestra familia es pública como cualquier familia. Y es política, porque la formamos a contramano de lo que se esperaba de nosotras; porque esta utopía cumplida, además, tiene la potencia de abrir los imaginarios posibles, de convertir el mundo en un lugar más ancho. Esto no es futuro, esto es ahora. A esta constelación de amores y dolores compartidos es a la que la ley, el Estado, tiene el deber de amparar. Ignorarnos no sólo es discriminación. Es una negación de nuestros derechos más básicos: a la identidad, a formar familias, a protegernos mutuamente. Es una negación a nuestros derechos humanos.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/145384-46660-2010-05-09.html

  OPINION


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La estafa se sintió como una cachetada en plena cara, un palo en los dientes en el mismo momento en que empezaba a tomarse carrera. Los trajes nupciales, de todos modos, no quedaron intactos: serán guardados hasta mejor oportunidad con la marca de las lágrimas que se escaparon de emoción y el sudor que emitieron los cuerpos enamorados y nerviosos de los novios. Es que fue un día histórico aun cuando Alex Freyre y José María Di Bello –militantes por los derechos del ecléctico colectivo de lesbianas, gays y trans y también por los derechos de quienes, como ellos, viven con vih/sida– no hayan puesto su firma en el acta que debería haberlos convertido en contrayentes de matrimonio civil. En marido y marido, para la jerga de esa institución que aun cuando esta vez les fue negada, indudablemente ya no será la misma. Y están las fotos ahí para ratificar el cambio y la rúbrica de “histórico” para este 1º de diciembre de 2009: las Madres de Plaza de Mayo con sus pañuelos blancos y legisladores y legisladoras de casi todas las fuerzas políticas –faltaron representantes del PRO, del llamado justicialismo disidente y las más conservadoras corrientes políticas provinciales– acompañaron a los novios y a las y los activistas de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans en su reclamo de matrimonio para todas las parejas sin distinción de sexos. Todos y todas, cada uno y cada una se manifestaron a favor de la libertad y esas declaraciones hablaron de algo más que corrección política. Fueron testimonio de una apertura del más conservador de los sentidos: el sentido común. Frente a ese consenso se derrumban los pies de barro de los argumentos que hablan de moral y tradición y que hasta no hace tanto parecían discursos monolíticos. No hace tanto, pero de todos modos, es pasado.

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El estafador fue Mauricio Macri, jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Al menos así lo sintieron quienes se permitieron la ilusión de torcerle el brazo a la historia y conseguir lo que no se pudo en ningún otro lugar del mundo: que una pareja del mismo sexo pudiera casarse gracias a un fallo de primera instancia. Macri habló no hace tanto –no hace tanto, de todos modos, en el pasado– de convicciones personales para explicar que no iba a apelar el fallo de la jueza Gabriela Seijas, con competencia en la ciudad de Buenos Aires, en el fuero Contencioso Administrativo. Las mismas convicciones, sin embargo, no le alcanzaron para defender la autonomía de la ciudad que gobierna así como también la autonomía de las y los jueces que tienen competencia en el mismo ámbito. Que decida alguien más, a él le había alcanzado con el gesto demagógico que complacería a las mayorías que según las encuestas estaban y están de acuerdo con el matrimonio para las parejas del mismo sexo. Fiel al estilo que lo caracteriza, después del gesto escondió la mano. ¿Cuál podría ser la sorpresa si es la misma persona capaz de defender a capa y espada su decisión de poner al frente de la nueva policía porteña a un uniformado sospechado de encubrir uno de los actos más atroces de las últimas décadas como la voladura de la AMIA y después decir que su único error en ese nombramiento fue no “evaluar el nivel de conflicto” que produciría? ¿Acaso el conflicto no era evidente? El estafador fue, en la jornada de ayer, Mauricio Macri. Hay que decir, sin embargo, que no podía esperarse menos de él.

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Tres horas duró el compás de espera en el que todavía parecía posible que Alex Freyre y José María Di Bello contrajeran matrimonio. En esas tres horas se escucharon los testimonios de quienes estaban allí en calidad de testigos y testigas, tal como fueron nombrados por María Rachid, presidenta de la Falgbt. Las voces se sucedieron emocionadas, primero las Madres con las fotos de sus hijos desaparecidos en el pecho. Después, legisladores y legisladoras. Nadie pudo sustraerse de la clase de acto político que estaban protagonizando: un acto de la vida privada convertido en público por fuerza de militancia y por la presión de la desi-gualdad que padecen algunos y algunas. Así, palabras como felicidad, amor, compromiso, igualdad tuvieron eco en los cuerpos de los contrayentes y también en ese beso mojado y militante, el beso homosexual que los novios se dan cada vez y en el abrazo apretado que se derramó en lágrimas masculinas sobre un hombro masculino y también un poco amanerado, que eso también desafía el supuesto de la moral pública.

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No era la intimidad lo que ayer se exhibió sino el valor del testimonio personal, que tiene la fuerza del compromiso vital y sabe golpear como una maza ahí donde es imposible resguardarse: sobre las emociones. ¿Cómo abstraerse de las palabras de Ricardo Cuccovillo, integrante del bloque socialista, quien dijo estar ahí en su nombre y en defensa de “los derechos de mi hijo Marcos y su pareja, Charly, de quienes espero algún día tener un nieto”? Marcos estaba ahí, orgulloso de su padre. Ahora tiene 29 años y cuenta que hizo su coming out a los 20. “Podría haberlo hecho antes, pero yo era mi propio represor. Apenas lo dije fue una catarata de apoyos y emociones.”

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Alex Freyre, como siempre, se presentó como una persona que vive con vih. Hacer visible ese diagnóstico es parte de su cruzada personal, igual que la de su novio, José María. Dijo, en voz alta y clara, que las personas que viven con vih tienen derecho a mucho más que a sobrevivir a ese diagnóstico y a recibir atención médica, también tienen –tenemos– el derecho a hacer proyectos, a trabajar, a amar, a vivir la sexualidad, a no ser discriminados. No es la primera vez que se escucha ese discurso y, sin embargo, antes de que terminara el día quedó demostrado cuán necesario es todavía. En el canal de cable Todo Noticias, después de terminar una nota con ellos, el periodista cerró su crónica sin poder abstraerse de su calidad de pacientes: “Los chicos están muy cansados, necesitan ir a tomar su medicación”.

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Ahora el acceso al matrimonio para las parejas del mismo sexo depende de la decisión de la Corte Suprema. La misma Juliana Di Tullio, presidenta de la Comisión de Familia, Mujer y Niñez de la Cámara de Diputados, donde podría habilitarse la discusión en el recinto para que la modificación del Código Civil sea un hecho, admitió que “nadie está pensando en eso ahora que están todos pendientes de cómo distribuir los cargos”. Aun así, nadie podrá quitarle la categoría de histórico a este día en que lo que hasta hace poco parecía imposible tuviera consistencia real. Como es real que el deseo y la decisión concreta de que nuestras familias –así, en primera persona– tengan reconocimiento legal. Porque estas familias no son futuro sino la realidad cotidiana que muchos y muchas elegimos vivir.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/136314-43920-2009-12-02.html

  HISTORIA DE UN SECUESTRO, UN ASESINATO Y UNA BUSQUEDA


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Federico acuna a su hermano en brazos. Acuna lo que dejaron de su hermano 33 años de ausencia, la misma cantidad de impunidad, dos disparos de marca indeleble y el temor del asesino en el negro carbón de los huesos. Todo eso pesa 800 gramos. Menos que un niño recién nacido, menos que el pan que se compra por día. Federico Wenner tiene 64 años, casi dos metros, unas manos grandes como su pena y una ligera curva en la espalda. El mismo, dice, pesa 80 kilos. El, hermano menor de Tilo Wenner; ese nombre que se anota en la urna y que intenta reparar en ese acto la brutalidad de haber ocultado los cuerpos de los masacrados, de haberlos dejado a la intemperie del amor de los suyos y de sus homenajes aunque no de la memoria; él pesa ahora cien veces más que eso que queda de su hermano. Y sin embargo, estos pocos huesos son un hombre. Estos pocos huesos son también la historia de un hombre, pueden decir con su ínfimo peso, con su humana presencia que ese hombre, poeta, narrador, periodista, imprentero, agricultor en su infancia, autodidacta siempre, ascensorista en la juventud, espíritu libertario todavía ahora; ese hombre fue muerto antes de que se cumplieran diez días de iniciada la dictadura militar argentina más sangrienta de la historia. Que su cuerpo fue arrojado a 300 metros del río Luján, sobre un camino isleño junto al de su amigo Gastón Roberto José Goncalvez, que los dos, junto a otro compañero y otra compañera que aun esperan recuperar su nombre, fueron cubiertos con neumáticos y carbonizados. Encontrados más tarde por bomberos, enterrados después sin nombre en una fosa, anotados con un número por la burocracia del cementerio de Escobar. Tapados con tierra pero no con olvido.

Veinte años después del entierro anónimo, las manos expertas del Equipo Argentino de Antropología Forense recuperaron esos cuatro cuerpos y le devolvieron la identidad a uno de ellos: Gastón José Goncalvez, padre de Gastón y de Manuel, que hasta ese mismo año había vivido sin saber que sus padres habían sido asesinados y desaparecidos por la dictadura. Cuando Gastón padre fue identificado, merced a un clavo quirúrgico en la pierna, Manuel todavía se llamaba Claudio Novoa pero la historia empezaba a desplegarse frente a sus ojos.

En aquel momento le tocó a Gastón hijo acunar la urna con los restos de padre, llevarla marchando unas cuadras bajo la bandera de la agrupación Hijos hasta su destino en el cementerio de Flores.

Federico Wenner no supo de aquella ceremonia. No supo tampoco que la reconstrucción de la historia señalaba que uno de esos cuerpos podía ser el de su hermano, el que había sido su contención y su ejemplo. Ese tipo “especial, libertario, honesto, intelectual, el único entre los once hermanos que fuimos”. Que a Tilo Wenner le faltara completo el brazo izquierdo desde los once años no era un dato suficiente; el fuego había hecho estragos en esos cuerpos aunque, curiosamente, habían sobrevivido los mocasines de Gastón Goncalvez, un detalle que a su hijo mayor le había devuelto la humanidad que los huesos por sí solos no llegaban a otorgarle.

Federico Wenner, entonces, padecía una profunda depresión que lo había alejado de sus afectos y hasta de la vida. No podía entender, como no puede entender todavía, que él haya sobrevivido y no su hermano Tilo, secuestrado la misma madrugada del 24 de marzo por un grupo de policías al mando de Luis Abelardo Patti, a quien los dos hermanos conocían de sobra, como conocía y temía cualquiera en el pueblo de Escobar. “A Tilo lo fueron a buscar un día antes del golpe, pero él, a pesar de que le faltaba el brazo, había logrado escaparse por el fondo de la imprenta donde hacíamos el periódico El Actual. Pero después volvió, pecó de ingenuo y hasta se presentó en la comisaría junto con mi cuñada para ver cuál era el cargo en su contra. Le dijeron que contra él no había nada, que se fuera tranquilo.” Tilo, fiel a su espíritu, imprimió la edición semanal de El Actual con la denuncia del allanamiento a la imprenta en la tapa y Federico lo distribuyó, como siempre, entre los 500 suscriptores de la zona. Fue la última edición. Horas después, el 26 de marzo, la patota volvió y se llevó al periodista, al autor de 13 libros de poesía hoy prácticamente inhallables aunque en algunas librerías especializadas los originales se venden como piezas preciosas a costos que el autor nunca habría imaginado: 3 mil dólares por un poemario.

“No habían pasado 20 minutos cuando mi cuñada, Eliana Naón, fue a buscarlo a la comisaría, que quedaba a 30 metros de la imprenta. Le dijeron que ya no estaba ahí, que lo había llevado Coordinación Federal. Años después supimos que a los detenidos los subían a un colectivo que estaba atrás del patio de la comisaría, sobre un baldío. Ese resultó el campo de concentración.” Un centro de exterminio que ya tenía en su ADN la noción de traslado que tenía la dictadura: la muerte.

Ni Federico ni su cuñada dudaron nunca de que Patti estaba involucrado. Desde 1975 venía acosando a Tilo cada vez que una publicación polémica se distribuía por Escobar con su firma, en la tapa de El Actual. Ese periódico que se fundó en 1964 había resistido incluso los embates del Onganiato: en 1968 otra patota que se identificó como perteneciente a Coordinación Federal allanó y destruyó lo que pudo dentro de la imprenta de los Wenner, “nos dijeron que tenían denuncias de que nuestro periódico tenía ideas comunistas. Pero Tilo no era comunista, ni siquiera peronista. Sin embargo a la imprenta iban los muchachos de la JP y de otros partidos porque hablar con él era un placer. Tenía ideas marxistas, pero si yo tuviera que describirlo diría que era anarquista, no se cuadraba ante nada, su línea era la honestidad. Por eso se había involucrado desde el periódico con la huelga de trabajadores de la Ford en 1975, que también valió un allanamiento y hasta denunció al intendente que asumió en Escobar al mismo tiempo que Héctor Cámpora, por coimero.

Cuatro meses pasó Federico fuera de Escobar después de la desaparición de Tilo. Es que la imprenta se había convertido en un galpón lúgubre y sin sentido. Tampoco se sabía nada de quien Federico conocía como José, Gastón Goncalvez, desaparecido desde la misma mañana del golpe militar. “¿Viste la sensación que da comer tu postre favorito? Eso era lo que me producía cada vez que venían José y su mujer, Mariana (Ana María Granada, mamá de Manuel Goncalvez). Ellos eran como el sol.” A pesar de todo, finalmente Federico volvió a Escobar y fue entonces cuando se enfrentó cara a cara con Luis Abelardo Patti: “Me siguió con un Peugeot 504, se bajó con la 45 en la mano y me quiso hacer subir. Me resistí y le pegué de arrebato, el arma quedó en el piso, se armó un revuelo en la calle porque era pleno día”. La libertad de Federico, de todos modos, duró horas. Era febrero de 1977. Estuvo desaparecido dentro de la comisaría de Escobar durante diez días, los mismos diez días que duró la tortura que Patti presenció sistemáticamente. Después lo revisó un médico, le tomaron las huellas digitales y pasó a disposición del PEN. Cuatro meses después, lo liberaron. Pero haber sobrevivido, para él, fue otro modo de la muerte.

Federico Wenner, el último de los once hijos de un matrimonio de agricultores analfabetos, hijos de inmigrantes alemanes que a pesar de ser segunda generación apenas hablaban castellano, pasó más de dos décadas envuelto en una nube de alcohol y pena. Fue su corazón el que dijo basta: el pecho, literalmente, se le abrió en dos. Después de la operación cardíaca fue cuando pudo volver a asomarse a lo que más le dolía: la desaparición de su hermano. Fue un acercamiento gradual. Acompañado de una amiga que hoy es su esposa, Raquel Pik, Federico empezó a montar las piezas de su memoria. Primero se encontró con el rostro de quién él conocía como José en el Parque de la Memoria. Después, ya en 2007, se contactó con sus hijos, Gastón y Manuel, que ya se habían convertido en querellantes en el juicio que hoy mantiene detenido al ex comisario Luis Abelardo Patti. Más tarde llegó el momento de denunciar su propia desaparición en el Tribunal de San Martín y convertirse en actor en busca de justicia. Y también de dejar su muestra de sangre en el Equipo Argentino de Antropología Forense esperando que los restos de su hermano por fin se reúnan con su nombre.

La identificación de los restos de Tilo Wenner se concretó este año gracias al proyecto Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Desaparecidos. El esqueleto incompleto E 2, de la sepultura 4190, ahora tiene nombre y apellido y una placa en el cementerio de Chacarita que lo recuerda como quien fue: un poeta vanguardista, víctima de la dictadura, periodista y tipógrafo, autor de trece libros casi inhallables, aunque sus letras sobreviven en algunos sitios de Internet donde pueden leerse frases como ésta: Ahora mi amor es yo mismo volcado desde adentro. /No pudriré a nadie y no me dejaré pudrir. /Cortaré la manzana olorosa y la expondré a los cuatro puntos cardinales. /Mi libertad y ninguna otra cosa.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-135299-2009-11-15.html

  OPINION


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Resulta difícil imaginar cuál es el motivo oculto que lleva al jefe de gobierno de la ciudad a desistir de apelar el fallo que declara la inconstitucionalidad de la restricción del matrimonio a hombres y mujeres. Sobre todo teniendo en cuenta las posiciones históricas del partido que el mismo Mauricio Macri fundó: férrea oposición a la educación sexual con perspectiva de género en las escuelas –que ahora convertida en ley, de todos modos se aplica menos que mal en las escuelas porteñas–, penalización sistemática de las personas trans que ocupan el espacio público en la ciudad; ni siquiera participó el PRO de las discusiones que se dieron en el Congreso la semana pasada abriendo por primera vez el debate en torno de los derechos de las parejas y familias no tradicionales. Sean cuales fueren las motivaciones, bienvenida sea la coyuntura política que levantó la barrera de la injusticia y que ahora permite a Alex Freyre y José Di Bello soñar con decir sí quiero y que eso tenga sentido y correlato en temas concretos. Ya no más organizar estructuras económicas que protejan a uno o a otro a futuro, no más pagar escribanos para diseñar testamentos que bien pueden ser desestimados en el momento más doloroso. Ahora en cambio se abren otras posibilidades: la invención de un lenguaje nuevo para llamar a los contrayentes, la ilusión palpable de embarcarse en la bella tarea de criar juntos a un niño o una niña sin mentiras ni verdades a medias. No se puede saber a priori cuánto durará este estado de excepción; a riesgo de pecar de pesimista, siento que es ingenuo pensar que nadie más va a apelar la medida, aunque a nadie debería importarle cómo elige vivir su vida cada quien. Sin embargo, en este intervalo que se abre, en este festejo que sabe mucho mejor que comer perdices, lo justo es mirar al futuro con ojos nuevos y empezar a enumerar cómo nos va a cambiar la vida a tantos y tantas. Mi esposa y yo –así elegimos llamarnos, aunque los papeles todavía no nos habiliten– volveremos a organizar la fiesta de nuestra boda, igual que la inventamos a nuestro modo cuando hicimos la unión civil que no nos habilitó a nada más que a compartir nuestras cuentas en el Banco Ciudad –¡y encima siguen diciendo que somos socias!–. No importa cuántas veces hayamos repetido que éramos pareja, para ellos es más fácil creer que sólo trabajamos juntas. Si entonces nos casamos en ceremonia apócrifa para participar a nuestros amigos y amigas, a nuestras familias, de un amor que nos desbordaba, ahora lo haremos para nuestro hijo, que por suerte aprendió a caminar antes de cumplir un año y podrá alcanzarnos los anillos para que juremos amarnos mientras el amor y el compañerismo nos duren y si eso es mucho o es poco no importa, porque total a la vez que nos prometemos cosas lindas al oído estaremos firmando el contrato que nos da la seguridad de edificar bienes en común, dando el primer paso para que nuestro pequeño no sea más hijo de una mamá soltera sino de dos madres orgullosas que trabajan, descansan y se agitan para edificar su futuro. Y si es por imaginar, puedo llegar más lejos, puedo llegar al momento en que lo inscribamos en una escuela, las dos como madres, para cuidarlo y protegerlo, ir a buscarlo sin explicaciones ni falsos comunicados presentando a una como tutora. Y puedo ir a temas más terrenales y menos románticos, por ejemplo, ya no pagaré impuestos como si fuera una persona sola sino una mujer casada con responsabilidades familiares (vaya alivio que va a ser). ¿O acaso no será más fácil cerrarle la boca al vecino de al lado que cada tanto golpea la puerta al grito de “tortilleras putas” –sí, pasa en las mejores familias– si sabemos que la ley nos reconoce como personas íntegras, con plenos derechos de elegirnos y de protegernos y de casarnos y etc.? Ojalá Alex y José se casen y ojalá la barrera de la injusticia no vuelva a bajar como una guillotina sobre nuestros derechos, nuestros deseos y nuestros sueños. Hoy prefiero pensar que es posible, de hecho siempre creí que lo imposible apenas tarda un poco más. Y creo que nuestro hijo algo sabe de esa máxima, aun con la corta edad que tiene. No sé si será la edad o qué, pero cada vez que nos besamos, él sonríe con sus ocho dientes expuestos, como si supiera, como si disfrutara de que las dos personas que lo desearon tanto antes de conocerlo tengan algo en común que a él le falta mucho por descubrir. Pero que igual promete. Igual promete un mundo de sensaciones que en el lenguaje más cursi se llama amor. Y en el nuestro también.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/135285-43604-2009-11-14.html

  OPINION


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Es justo y necesario tomar la calle por asalto, porque sólo desde la calle es posible adueñarse del cielo mismo. Es justo y necesario poner el cuerpo y la voz ahí donde es imposible esquivarlo o silenciarla para que los reclamos, las luchas y las alegrías adquieran una forma nueva, colectiva, poderosa. Es justo y necesario saber que en el camino no se está sola ni solo, que es posible ir por más, que en la suma de la voluntades la corriente puede ser arrasadora aun cuando el tiempo no siempre esté a favor de los que luchan –según la frase convertida en consigna– y lleve una vida entera dar el primer paso, anotar el primer logro, plantar la primera bandera. De eso se trata marchar, de ponerse en movimiento en un acto codo a codo, para que el dolor que a veces puede ser una piedra en el pecho no se convierta en impotencia sino en el motor que anima los pasos, como sucede, por ejemplo, cuando son cientos de miles quienes marchan un 24 de marzo. Esos ríos de personas pudieron, con su presencia año a año, cambiar la historia del país, revertir las vergüenzas nacionales como el indulto o las leyes de impunidad a pesar de que ahora mismo el nombre de Julio López oscurezca cada uno de esos logros. ¿Pero como soportar incluso eso si no marchamos?

De transformar la impotencia en acción y la acción en alegría; de eso se trata marchar. De sacar a la calle la materia prima y el arte con el que puede trasformarse el destino. Y de todo esto, por supuesto, se trata la Marcha del Orgullo: tomamos la calle para oponer, justamente, orgullo a la homofobia, la transfobia, la lesbofobia, todas formas del miedo convertido en violencia. Nos hacemos visibles, nosotras y nosotros, nuestras familias, nuestros hijos y nuestras hijas, amigos y amigas, compañeros y compañeras, para que sea imposible esquivar este abanico de posibilidades que se despliega más allá del cuerpo, más allá de la imposición de una supuesta normalidad que no es más que dominación y falta de libertad. Estamos ahí, en el lugar donde se forja la historia, entre Plaza de Mayo y Congreso, porque decir nosotros y nosotras aun sabiendo que el colectivo que se pretende nombrar es inabarcable en su diversidad es una manera de hacer política y de exigir, a la vez, que la política formal deje de mirar para otro lado. Queda muchísimo camino por recorrer. Todavía sobrevive el sabor amargo del último debate en la Cámara de Diputados en torno del matrimonio sin restricción de sexos, en el que se habilitaron voces que con extrema violencia usaron argumentos propios de la Inquisición. ¿Por qué hay que escuchar de igual a igual a quien sostiene que la homosexualidad es una enfermedad curable con medicamentos? ¿Acaso escucharíamos a quien dijera que los afrodescendientes tienen el cerebro más chico? También sobreviven, impunemente, los atropellos policiales contra las personas trans, los códigos de faltas y los edictos en 10 provincias. Razones de sobra para marchar como lo hicimos ayer, aunque ninguna suficiente para quitarnos la alegría de estar en la calle, bailando en algunos casos, caminando en otros, poniendo el grito en el cielo en la mayoría, sintiendo que ninguna revolución es posible si no podemos ser, vivir y amar de acuerdo con nuestro deseo y en plena libertad.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-134926-2009-11-08.html

  OPINION


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Suele ser una tarea complicada hacer un balance de cada Encuentro Nacional de Mujeres. Su propia modalidad aparece, en primera instancia, como un camino de ripio para quien intenta “contar” o al menos “sacar conclusiones”. Talleres que respetan hasta donde pueden la conversación en círculo, que hacen circular la palabra como un valor precioso que a su vez construye poder aun cuando no haya, por principios, mujeres más poderosas o más autorizadas que otras. El principal valor de los ENM está en su nombre y su propuesta: Encuentro. Encuentro poniendo en juego la voz y el cuerpo, encuentro con otras con el desafío que implica escuchar y sentir la vibración del eco de otras experiencias en el propio cuerpo. Por eso es que las marchas que suelen cerrar estas jornadas intensas tienen un poder capaz de sacudir los cimientos de las ciudades por las que atraviesa. Cada vez, al menos desde los últimos diez años, cuando la participación de mujeres piqueteras, de barrios populares, campesinas, obreras, y un largo etcétera comenzaron a apropiarse de ese espacio, a asistir masivamente, a ponerle cuerpo, historia y experiencia a esas mismas consignas y debates que las mujeres feministas que alumbraron esta posibilidad hace 24 años venían sosteniendo. Así, en los debates sobre la despenalización del aborto, por ejemplo, ya no se habló más en tercera persona de las mujeres pobres, era posible decir “es por nosotras” porque ahí estaban todas, exigiendo soberanía para sus cuerpos. Esto no podía pasar desapercibido a pesar de la supina indiferencia de la mayoría de los multimedios que todavía se rasgan las vestiduras por la libertad de prensa. Nunca cubrieron uno de estos Encuentros. Ni aun cuando 20 mil mujeres marchen juntas en provincias donde la movilización más numerosa no llega a la mitad de personas. A pesar de este silencio, la Iglesia Católica junto a otras iglesias evangélicas, tal vez menos visibles, sí tomaron nota. Y tomaron también la decisión política de quitarle aire a estas voces desatadas de mujeres. Esa misma Iglesia que tiene su público cautivo entre los pobres y las pobres, que disciplina a través de la culpa, que convierte el placer en pecado y el cuerpo en sangre, se asusta frente al poder que pueden tener tantas mujeres juntas diciendo basta: ni la Iglesia ni el Estado pueden legislar sobre nuestros cuerpos. Ahora mismo se está hablando otra vez de aborto, mujeres militantes que se organizaron –muchas– a través de estos mismos Encuentros han logrado hacer cada vez más visible el derecho humano de que las mujeres puedan decidir en libertad sobre sus cuerpos. Y entonces la Iglesia avanza. Hace su contramarcha, pone el grito en el cielo; y, lo que es peor, se vale de la policía para acallar las voces disidentes a su credo. No es nueva esta alianza, pero no deja de generar miedo. Porque aunque esté claro que ese miedo que puede generar la libertad hace tiritar a quienes se sienten seguros en su dogma, también está claro que la Iglesia Católica tiene poder para influir en las políticas públicas. Y que el debate del aborto, aun cuando esté en boca de la mayoría, todavía no ha podido permear las anchas paredes de las cámaras legislativas, ahí donde la palabra, convertida en ley, podría cambiar radicalmente la vida de las mujeres.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/133397-43040-2009-10-13.html

En una ceremonia tan íntima como pública y política, se realizó en Jujuy el entierro de uno de los 128 desaparecidos en la provincia. Juan Carlos Arroyo fue identificado este año gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense. Lo que dice un cuerpo 32 años después de su muerte y un NN que ya no lo es, porque ahora una tumba tiene su nombre y su apellido.

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Desde San Salvador de Jujuy

Una orquesta de aplausos, bombos y trompetas desbarató el minuto de silencio, para arrancarle a la muerte su solemnidad y convertirla en vida vibrante de banderas y abrazos, de recuerdos y acciones compartidas. Así se fue Juan Carlos “El Negro” Arroyo a su destino final. Así se fue lo que quedaba de ese militante de la generación del ‘70 después de 32 años desaparecido: un puñado de huesos, una noble calavera destrozada por las balas en la pequeña urna que sus tres hijas acunaron hasta empujarla al fondo del nicho que en adelante llevará su nombre inscripto. Un nombre y una fecha ahí en Palpalá, en un cementerio humilde donde las lápidas se anotan a mano alzada, pintura y pincel, para rendir homenaje. Fue ahí donde El Negro había crecido, donde quería volver aunque fuera arrojado como lluvia para hacer florecer los cerros. Y aunque no llovió en la tarde de su entierro, las nubes parecían haber bajado del cielo a besar con su humedad la aridez de esa tierra querida para cumplir el deseo de un hombre que ya no está desaparecido. Que ha sido encontrado. Que ha sido velado y enterrado. Llorado y acunado y recordado y cubierto de besos y de flores y de anécdotas. El hombre que ha vuelto a casa para cerrar el laberinto infinito de la ausencia, aunque la máquina del terrorismo de Estado lo haya impedido durante 32 años.

Eran mucho más de un millar quienes aplaudían este encuentro y esta despedida. Eran cientos las banderas. Hombres y mujeres que saben de qué se trata la palabra lucha porque así es como se describe su cotidiano. Hombres y mujeres desocupados o subocupados, integrantes de redes sociales, organizadores de comedores, de roperos comunitarios, de los barrios más humildes de la capital jujeña. Una muchedumbre que no conocía a Juan Carlos Arroyo. No había conocido ni su risa ni su bigote ni su piel de coya. Pero que agitaron su nombre como bandera en cientos de marchas y que ahora, a voz en cuello, prometían “seguir luchando por el sueño de todos”. Ese sueño que caracterizó a una generación diezmada por el terrorismo de Estado y que la constancia de los organismos de derechos humanos y de los sobrevivientes convirtió en memoria viva, en memoria activa, en sueño de todos.

Ahí estaban también sus compañeros. Apenas un puñado con el corazón encogido y el recuerdo alerta. Rodeando a la familia: tres hijas mujeres, una madre y un padre ancianos, sentaditos ambos, abrazados a una foto en blanco y negro que más de una vez se imprimió en este diario como recordatorio. Una madre que apenas puede creer que su hijo, “mi hijito que tanto busqué”, ahora quepa en esa urna tan liviana como puede ser liviano un saco de huesos. Y sin embargo esos huesos son capaces de ofrecerse como prueba de un homicidio cobarde que lleva la rúbrica de un plan de exterminio. “Qué buen sembrador ha sido mi hermano que aquí están germinando sus sueños en otras luchas, las de todos ustedes”, dijo su hermana Gladys con la boca apoyada en un megáfono que amplificaba su voz para cubrir a la multitud. Y con ese mismo megáfono alguien entre esa muchedumbre que pidió la palabra le contestó: “El Negro nunca se fue y sin embargo volvió para darnos fuerza, a nosotros su pueblo, para seguir adelante”.

El cuerpo, el hombre

¿Es posible que un hombre quepa en esa pequeña urna cubierta con una bandera celeste y blanca, con un crespón negro? ¿Qué es lo que cabe ahí dentro? ¿Qué se está velando en este local de la Asociación de Trabajadores del Estado, cómo es posible velar a quien lleva 32 años de muerto? Es que el tiempo se ha dislocado en ese recinto, como dislocada está la idea de cuerpo, como antes fue desarticulada mil veces la palabra muerte para reemplazarla por otra, atroz y permanente: desaparecido. Esa palabra que se pronuncia y duele y remite tanto a ese número simbólico, 30 mil, que sin embargo poco dice de cada uno, de uno de los que no están. De los que no se puede decir que están muertos aunque la muerte sea el velo que cae sobre el ansia y la fantasía de volver a verlos alguna vez. “No puedo unir en mi cabeza lo que tengo ahora y lo que perdí. Yo quiero un abrazo de mi papá y mi papá ya no me va a poder abrazar. No quiero esto, no es lo que quiero.” La voz de María Eva Arroyo, una de las dos hijas mayores (mellizas) de Juan Carlos, se quiebra como no lo hizo en toda la jornada que ella misma organizó, 24 horas de velorio para que la memoria de su padre se corporizara y no en esos huesos sino en el desfile incesante de organizaciones sociales que pasaron por el centro de la capital jujeña a rendirle homenaje a su padre. Marina, la menor de las hermanas, la abraza y deja que el rimel se convierta en un manchón negro sobre sus mejillas. Ella no conoció a su padre, no tiene memoria de su abrazo, nunca pudo tomarla de la mano para caminar porque su padre fue secuestrado por un Grupo de Tareas el 28 de octubre de 1976, apenas cuatro meses después de que ella naciera. Tal vez por eso su reacción frente al cuerpo, frente a ese esqueleto también desarticulado, por el tiempo y por el desgarro de las balas que lo fusilaron, fue tocarlo. Abrazar su calavera, reconocerse en sus dientes, enredar su pelo en las falanges para fantasear así con que era posible que su papá le hiciera una caricia en la cabeza. “No sé si algo se cierra, a mí me falta mi papá y me va a seguir faltando, pero cuando lo vi, junto con Sofía (la otra melliza) quisimos medirnos, saber a qué altura de su cuerpo llegaríamos. Descubrí que yo le llegaba al corazón.”

Dos veces las hijas pudieron ver el cuerpo “armado” de su padre. La primera en la sede del Equipo Argentino de Antropología Forense, donde Patricia Berardi y Maco Somigliana acomodaron el puñado de huesos siguiendo las leyes de la anatomía, tal como lo habían encontrado en la exhumación que se realizó en el cementerio de Avellaneda entre 1989 y 1992. Todos estos años les llevó a los integrantes del EAAF poder asociar algunos nombres a los más de 300 cadáveres que encontraron allí, enterrados en fosas comunes. Las últimas 42 identificaciones se lograron gracias a la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas que cuenta con el apoyo de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y de otros organismos internacionales.

“Desde mi perspectiva es sacarlo de la oscuridad, de la mano de esos cobardes verdugos, del anonimato, de ser NN y es darle una identidad y una entidad”, dice María Eva cuando su voz puede cargarse de ese sentido social y político que tiene este acto que no deja de ser privado. “Es que así lo quisimos –dice Sofía–, una ceremonia en la que se pudieran mezclar los deseos personales de cada familiar, de cada compañero, con el contenido político que esto tiene. Porque ese cuerpo, este cuerpo que tenemos, tiene también las pruebas de la crueldad y la saña con que lo fusilaron.”

Marcas de herida de bala en las piernas, la cadera, las costillas. Media calavera destrozada por un itakazo. Y sin embargo Sofía sólo pudo decir una cosa cuando vio ese esqueleto: “Quiero upa”. El tiempo se comprimió para ella en un instante y fue otra vez una nena de ocho años a la que le resultó perfectamente lógico pedir upa a su papá. Claro que sabía de la imposibilidad, no fue un acto de locura. Fue correrle el límite al deseo y ponerle palabras. Y después reírse de los intentos por acomodarse a su lado, darse cuenta que su papá le llevaría una cabeza ahora que ella tiene cinco años más de los que él nunca cumplió. Y mirar sus dientes, largamente, ese rasgo de humanidad inequívoco, tan parecidos a los suyos, blancos a pesar del tiempo y con las mismas marcas del bruxismo que tanto ella como Marina padecen. “Aunque, claro, me imagino que el bruxismo debe haber sido terrible durante la tortura. Y entonces le pregunté a la gente del EAAF si se podía saber algo de sus últimos días, si había pasado hambre, cuánto había sido su tormento.” Preguntas sin respuesta, porque este cuerpo aun convertido en huesos puede hablar de algunas cosas. Pero la mayoría quedarán en la penumbra. Y en la conciencia de aquellos que encendieron la picana y dispararon sus armas. “Pero –insiste Sofía, militante de HIJOS como sus hermanas–, ése es otro camino, así como cada vez que se encuentra un cuerpo es para todos los hijos, también cada vez que sentamos a un represor en el banquillo sabemos que estamos haciendo un camino y por eso no es solamente un martirio no saber todavía quienes fueron los ejecutores”.

Tres plumas

Intimo y político, así soñaron las hijas la ceremonia que terminó ayer y así la llevaron a cabo. Cada una hizo lo suyo. Ana, la hija de Eva y estudiante de Bellas Artes, hizo una bandera para su abuelo Juan Carlos. Una bandera roja impresa en serigrafía con las insignias de la organización a la que perteneció: Frente Revolucionario Peronista. Entre las tres hijas acomodaron el local y hasta inventaron una foto para ayudar a este disloque del tiempo: una en la que están las tres juntas al lado de un padre que apenas tiene edad para serlo. Maravillas de la tecnología, pero sobre todo de la fantasía. Esa foto se acomodó sobre una pared con muchas otras fotos: el padre pescando, en París, en Cuba, con las mellizas recién nacidas, con los compañeros en algún acto político, una aparecida en una revista que da cuenta de una de las veces que lo detuvieron. Las tres hijas se tomaron la mañana del viernes para acomodar también los recordatorios que año a año publicaron en este diario –“porque es una manera de mostrar cómo lo fuimos recordando y exigiendo justicia”– y se ocuparon de colocar al pie de la urna las fotos del Che Guevara y de Eva Duarte a cada lado de la imagen de su padre. Cuando vieron la composición se dieron cuenta de que uno le sonreía y la otra parecía mandarle un beso a ese joven morocho de bigote espeso que era su papá. Y sí, por supuesto, las carcajadas coronaron un descubrimiento que no había sido pensado pero les encantó. Sofía, por su parte, pudo poner dentro de la urna un tejido. Quería darle a su padre algo hecho por sus manos y ahí estaba: en negro sobre rojo una V de la victoria. Esa victoria que es como un saludo, un horizonte lejano: esa victoria siempre que no por repetirse deja de tener sentido. “Es que esta es una pequeña victoria. Haberlo encontrado no es una noticia alegre, pero es una buena noticia.” En definitiva lograron arrancarlo del anonimato en que había sido enterrado, un cuerpo sobre otro, 360 cadáveres que durante décadas no tuvieron nombre.

Marina tenía un solo deseo: quería cargar lo que imaginaba un féretro. Por eso la urna tenía manijas, un pedido expreso que también fue cumplido. Como ese que tenía Eva, que Jujuy lo recibiera, que lo recibieran en Jujuy las personas que lo habían animado en su militancia. Y por eso la emoción tuvo más fuerza que el caudal de los dos ríos que cruzan la capital jujeña cuando a las cinco de la tarde del viernes una marcha que había salido de la estación de tren llegó con su estruendo de cantos y petardos hasta la puerta del local de ATE: más de dos cuadras de integrantes de la Agrupación Túpac Amaru, desocupados de la CTA de Jujuy, con su referente Milagros Salas a la cabeza cantando “Negro, Negro querido, siempre serás mi amigo, aunque estés en el cielo y no estés con nosotros, seguiremos luchando por el sueño de todos”. La marcha se quedó allí, arengando, poniendo vida en el lugar de la muerte, convocando a las voces a sumarse, convocando a las lágrimas también y trayendo la certeza inexorable que la historia reciente sigue resignificándose.

Edgardo “Cambá” Fontana, Eduardo Gurucharri y Domiciano “el Indio” Rivero, fueron tres compañeros de militancia del Negro Arroyo. Dos de Buenos Aires, uno de Rosario, saben y lo dicen, que “el Negro nos sigue juntando”. La identificación de los huesos para ellos trae sentimientos contradictorios, “el furor por el crimen cometido” y la seguridad de que para ellos el compañero seguirá en la memoria como un hombre alegre, decidido “amante del vinito, de la vida, con capacidad para articular, para actuar, para formarse. El creía en la militancia pero también en la ceremonia de la amistad”. Y a esa amistad honran, viniendo de dónde sea para acompañar a la familia y también para reafirmar, como dijeron antes de que la urna se perdiera dentro del nicho, “que no nos han vencido, no en lo moral y en la ética. Eramos una organización pequeña entre las organizaciones de izquierda de la época, pero podemos decir que los que quedamos estamos enteros”, dijo Eduardo. Para las hijas, la presencia de estos compañeros como de otros como Celedonio Carrizo, “es también la prueba de que mi papá sabía crear vínculos, algunos los hemos heredado –dice Sofía, ya tarde en la noche del viernes–, nos han acompañado, no nos dejaron sentirnos solas. Y eso, además de la militancia de mi viejo, es algo que nos llena de orgullo”.

Entre esos compañeros, entre las hijas y los nietos que Arroyo nunca conoció, se cumplió en la madrugada del viernes un rito prometido: beber a su salud el licor preferido de quien ya no está desaparecido porque ahora hay una tumba con su nombre: unas copitas de Tres Plumas sellaron el recuerdo de quien, dicen, sabía gozar tanto de la lucha como de la vida, así, sin mayúsculas.

El último trazo del círculo

¿Cómo es posible llorar como el primer día a quien lleva 32 años muerto? ¿Es que el duelo tantas décadas postergado puede haberse mantenido tan entero? ¿O es que es ahora que su cuerpo se ha reducido a algo que puede tocarse aunque no abrazarse cuando el duelo por fin puede terminar? Azucena, la madre de Juan Carlos Arroyo pudo por fin hacer su misa de cuerpo presente. El Negro mismo, como sea, volvió a su tierra y a su gente. “Ahora sabemos que lo mataron en febrero de 1977. Y también sabemos dónde está su cuerpo, acá nomás, en Palpalá”, dice su hermana. Los abrazos que no dio se replican en otros brazos, amigos, amigas, compañeras de militancia de HIJOS, compañeros del padre. Y el abrazo infinito de las organizaciones que otra vez acompañaron el último recorrido hasta el cementerio, las palabras de todos perdidas entre los cerros mojados por nubes demasiado bajas. El llanto compartido de otros hijos y otras hijas que enterraron en ese padre al propio como cada vez que algo así sucede. “Hemos retrocedido en el tiempo –dijo la hermana de Arroyo, Tití para la familia–, en las anécdotas, en el dolor ‘pero sabemos que hoy es hoy y que las luchas siguen’. Algo se cerró, dicen las hijas, con esa placa que se puso frente al nicho. “El morbo de la muerte”, dice Sofía. La ceremonia de la muerte que por fin deja a la fantasía también descansar en paz. Aunque Eva ahora, agotada después de la organización de esta ceremonia de dos días, se deje llevar por la pena y diga que la muerte también es una derrota. Un abrazo interminable la rodea, rodea a la familia entera, rodea a cada familiar de un desaparecido que ahí en Palpalá besa flores y se las pasa a las chicas que se montaron casi hasta dentro del nicho para dejar su amor en esa morada. El Negro Arroyo, ese hombre joven que en plena clandestinidad rompió las reglas para ir a ver “jujeños a un partido de Altos Hornos Zapla que se jugaba en Buenos Aires”, volvió a Jujuy. No como lluvia, aunque las nubes se apoyen sobre los cerros borrando su contorno, sino como una presencia viva que a pesar de todo sigue construyendo memoria. Y denunciando la impunidad. “Hubo quienes apostaron al olvido y al silencio, hubo quienes quisieron hacerle creer a los jujeños que mi hermano estaba en Europa. Esos fueron derrotados”, dijo Tití Arroyo. Y un estruendo de vientos, palmas y cantos cerró la ceremonia de la muerte, llenándola de vida.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-129701-2009-08-09.html

Por atrás de la tribuna oficial, se entendía la “moderación” del discurso pero se esperaba más. Y se decían cosas que no se repitieron en público.

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El olor a bosta es como un sello de agua sobre el cuero lustrado de sus botas de caña alta: prueba de originalidad, marca de estirpe. El contratista, de todos modos, taconea sobre el mármol de la escalera que lo llevará a su asiento en la tribuna de los representantes zonales. Se quita así el desperdicio pero advierte, sorprendido en el acto: “No es por vergüenza si no para no patinar. Este es el olor del trabajo”. “Que no es lo mismo que el olor a mierda”, dice una mujer a su lado y se tapa la cara como disculpándose por el exabrupto.

Facón, rastra de plata, poncho negro y sombrero de fieltro el hombre dice ser “llamado Peter Arroqui, contratista y autoconvocado”, oriundo de Coronel Suárez. Las galas le sirven para destacarse; también su entusiasmo cuando, de pie, grita ¡bravo! mientras Hugo Biolcati, presidente de la Sociedad Rural, anota entre la lista de pestes padecidas por el campo a un “Estado predador insaciable”. Toda la tribuna del lado derecho del palco oficial se encabrita en aplausos con esas palabras, aunque su arenga de claque bien compuesta tampoco se sacia. La corrección política que parece haberse aprendido bien de este lado de la arena, donde los sementales de toro en exposición se dejan admirar como si supieran que ellos tampoco son “la mansa vaca lechera que se deja ordeñar para pagar los costos de la ineficiencia”, metáfora firmada por Biolcati para hacer referencia al “campo” representado allí por sus más envarados dirigentes.

Es que querían más del discurso de apertura oficial de la 123o Exposición Rural Argentina. Es lo que se escucha en los corrillos, lo que se dice por lo bajo cuando se pregunta. En voz alta, en cambio, Peter Arroqui opina con elegancia: “Fue medido, pero está bien, no queremos fomentar la guerra civil”. ¿Quiénes serían entonces los contendientes? Ya no hay respuesta, es hora de agitar la bandera azul y blanca con un curioso diseño en negro en el lugar destinado al sol. Parece una hélice, pero de lejos, también una esvástica. “No sé qué significa, a mí me la regalaron”, dice un joven de boina roja que no deja de agitar su insignia después de evaluar el paralelo.

Es una mañana de sol y el predio de la Sociedad Rural desborda de gente. La organización del evento ha dispuesto la entrada a las tribunas como si fueran mangas por las que se entra en fila, de a uno. A la derecha, los productores más reconocidos y los dirigentes zonales. A la izquierda del palco oficial, un público más llano y menos comprometido con los discursos, aunque señale a ciertos políticos como si se estuviera en frente de alguna celebridad del espectáculo. Hay allí un escenario, en definitiva, y un espectáculo que agradece que el frío haya amainado y tal vez, también, que la fiesta del “campo” se dé en un entre nos sin fisuras. Ni la Presidenta, por supuesto, ni funcionarios del Poder Ejecutivo. Ni siquiera se ven representantes de los trabajadores más castigados del sector agropecuario.

Están de un lado los que se beben las palabras como si esperaran que el trago fuerte llegue en algún momento para lanzar su grito de júbilo –sucedió con la mención al Estado predador, pero también cada vez que se mencionó la palabra patria– y del otro los que esperan el show de caballos, gauchos e indios caracterizados con pelucas, el pecho desnudo y montando a pelo. Entre esa muchedumbre, una señora recibe besos que devuelve con un “gracias, querida”. Es doña Lita de Lazzari, el ama de casa de voz estridente y un sentido común blindado, conservador y católico.

“Acá se respira aire nacional”, dijo Lita como enamorada mientras caía sobre las tribunas una lluvia de papelitos celestes y blancos expulsados por bombas de aire bien dispuestas en los cuatro vértices de la arena. Papelitos como en la cancha de fútbol, arenga de marca nacional registrada en el Mundial ’78, pero geométricamente recortados, que subrayan la voz del locutor: “No se callen como extranjeros frente a este grito compartido: ¡viva la patria!”.

Un corrillo de productores cordobeses le da la espalda al espectáculo. El palco oficial, pocos minutos después de terminado el discurso, está casi vacío. “Podría haber sido más crítico, más fuerte, más después de la tomada de pelo de ayer (por el viernes). No sé para qué le dicen diálogo si es un monólogo, dieron lo que la Presidenta ya había ordenado.” ¿Y cómo ve el futuro Oscar Azar, productor de granos y carne de Río Primero, Córdoba? “Les queda poco”, se adelanta su hijo, boina roja y ojos azules. Pero el padre enseguida lo disciplina: “No digas eso. Ojalá que no, que recapaciten”. La idea es poner paños fríos, pero el joven asegura que el discurso de Biolcati “lo llenó, sobre todo por las cosas que dijo de la patria”.

“Es que esa palabra es necesaria en este tiempo en que se la ha devaluado y manoseado, parecemos más Venezuela que un país acorde a nuestra identidad”, Guillermo Fernández Llanos, productor, criador de caballos y dirigente de la SRA cordobesa oscila entre la repulsión “por la situación actual” y una cordura que quisiera quede en los papeles. “No pongas sólo de Venezuela, lo que quiero decir es que acá se interpreta el sentir del productor verdadero. Porque nosotros no manejamos el campo por teléfono, estamos acá con nuestros hijos y todos nos ensuciamos de bosta.”

Tal vez es esa sensación de estar al amparo, entre iguales, lo que permite al público más interesado guardar las opiniones más urticantes. Ahí estuvieron en el escenario las espadas de los hombres de campo –hay mujeres sí, pero ellas no son nombradas, ni desde el palco, ni en el entre nos que se define de esa manera; padres e hijos, hombres todos–; ellos dijeron lo que más se espera oír: “Bajar las retenciones es algo necesario, ya no resiste análisis”, regaló Francisco de Narváez a quienes lo atisbaban entre la aglomeración de micrófonos que lo asaltaron no bien entró al predio. Y entonces, también, alguien pidió aplausos, que se dieron tímidos aunque otra voz pidió más. “¿No es divino?”, se sonrojaba una mujer de mediana edad montada sobre sus botas de montar.

“No se puede estar con dios y con el diablo”, dijo la mujer al paso del jefe de Gobierno de la ciudad, Mauricio Macri. “Ahora resulta que está bien lo que propone el Gobierno, que si hacen lo que dicen nos vamos a calmar, ja”. Ella se llama Mercedes Gonet y tiene campos en la Pampa Húmeda. “A éste –señalando a Macri–, algo le dieron”, insiste para justificar su amor platónico por el empresario de origen colombiano. La frase sobre dios y el diablo es una metáfora común durante el mediodía. Los cordobeses la usaron para referirse a la ausencia de su gobernador. Y un grupo de santafesinos, que mira con desprecio el termo de plástico que regala una marca de yerba mate, la repite para referirse a Héctor Binner. “Es una pena, una falta de compromiso que no haya habido ni un solo gobernador, sobre todo entre los que se supone que nos apoyan”, opina Francisco Becerra, cabañero.

Cuatro globos de helio con forma de torpedos se ubican en los cuatro vértices de la arena de exposición. Ahí están representadas las cuatro entidades de la Mesa de Enlace. SRA, Coninagro, Federación Agraria y la Confederación Agraria Argentina. De su unión se jactaron desde el palco, aun cuando el dirigente entrerriano Alfredo De Angeli, haya reclamado con el peso de su popularidad que el dirigente de FAA lo reciba en reunión privada. El, como otros estancieros más elegantes, aluden a las bases para justificar la presión que se sostiene como una amenaza sobre el futuro. “Nos quieren empujar al paro para después irse porque nosotros los debilitamos. Y la verdad es que si no aflojan las bases se van a desbordar”, dice un hombre de pañuelo ecuestre al cuello que prefiere no dar su nombre. Es que el “campo”, dice el hombre repitiendo las palabras del discurso, “ya no es una vaca mansa y no nos vamos a dejar ordeñar”. La pregunta la deja picando el hombre anónimo: ¿Y cómo será ese plan del “campo” para acabar con la pobreza sin entregar leche? Colorado, tomando con un sorbete una gaseosa de siete pesos, dice: “Ya van a ver cuando empiece a sesionar el nuevo Congreso. Ya lo dijo Hugo, la gente opinó en las urnas, pero ya va a llegar el momento de hablar en serio”.

En esta reunión del “campo” que empezó a desarticularse después del pío recorrido de la Virgen de Luján y su “inmaculada presencia” por el pie de las tribunas, curiosamente, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no fue mencionada ni una vez. No mereció opinión sobre su persona ni sobre sus actos. Es como si ya no la vieran. Se habla, sí, del Gobierno, pero apenas para decir que “queda poco”, aun cuando el vaticinio, también repetido, se silencie abruptamente. Será, una vez más, la certeza de estar en casa –la Sociedad Rural– y en familia. A pesar de que el público tiene algunas motas de heterogeneidad, cuando dicen patria todos parecen saber a qué se refieren.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-129286-2009-08-02.html