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Lo encontraron muerto en la piecita de calle San Juan. Y sin embargo olía a verano, a caricia de jazmín. Comenzaron entonces los problemas en la pensión. Naturalmente, no es sencillo imaginar a la muerte oliendo a fresco, a colonia de bebé, a rocío sobre las calas... y debe entenderse bien que el olor no emanaba de las flores sino del muerto. Este hecho simple y peculiar bastó para incomodar a la vecindad entera, pero un fenómeno más extraño aún vino a causarles el espanto que los transformó para siempre. Cada uno de ellos, e incluso Celina que era la más vieja del conventillo, portaba en su cuerpo la brisa floral del finado. Cosa absurda, pero no por eso menos cierta: los cinco inquilinos que se contaban aún del lado de los vivos y el mismísimo propietario de la pensión desprendían el perfume del muerto.

Se reconfortaron unos a otros, durante el tiempo que duró el velorio, amparados por la presencia del difunto y la enorme cantidad de flores que disimulaban la desgracia compartida, convencidos de que todo terminaría una vez el entierro consumado.

Cuando llegó el momento, los cocheros se llevaron el féretro y a unos pocos parientes que lo acompañaron en su recorrido final. Los vecinos lo despidieron desde la vereda, agitando las manos en señal de adiós, mientras el vehículo se alejaba. Después corrieron a abrir todas las ventanas para ventilar la casona. Pero el olor permaneció allí. No por un día o dos, sino que se quedó.

Contaba doña Cecilia que, en el almacén de Mitre y Mendoza, ya le habían halagado varias veces el perfume nuevo y la habían interrogado sobre su origen; se quejaba Sandro de tener que soportar las cargadas de sus compañeros por usar una fragancia femenina; notaba Romina que los obreros de la construcción la piropeaban aún más que antes, lo que es mucho decir; se lo veía nervioso sobre todo al señor Paredes, preocupado por la amenaza de varios inquilinos de dejar la pensión si no se resolvía el tema del olor a muerto.

La situación se tornaba insostenible. Decidieron, como primera medida, averiguar si el fenómeno se había producido en otros sitios. Bastaría para ello con asistir, discretamente, a unos cuantos funerales en la zona, a modo de muestreo. La tarea no resultó completamente efectiva puesto que la nariz más joven estaba resfriada y no hubo más remedio que confiar en Susana quien, a pesar de sus limitaciones, completó dignamente la misión. Estuvieron, pronto, seguros de ser los únicos en padecer el mal del olor a muerte. Según los datos arrojados por Susana, en la totalidad de las ceremonias escudriñadas, el tufo sobrio de la defunción se impregnaba en todos los asistentes excepto en ella misma, quien se retiraba siempre airosa y oliendo a quinceañera.

Hubo que pensar en otra cosa. Se les ocurrió que quizás la fuente del problema había permanecido en la pensión, que era necesario exorcizarla mediante una desinfección más profunda y radical que le devolviera a ese hecho de muerte el hedor que le habría sido propio en condiciones normales. Se afanaron en recuperarlo y traerlo de vuelta de manera de poner las cosas en su sitio y poder seguir así con el curso de sus vidas ordinarias. Contrataron a un chamán oriundo de Fray Luis Beltrán, famoso por sus trabajos de "limpieza" áurica que los mandó a buscar en las cloacas, en los baños públicos, en los cementerios, en los tribunales federales, en el honorable congreso de la nación y hubo hasta quienes buscaron en sus propias almas. Mas los intentos fueron vanos, no hallaron nada.

No les quedó más remedio que seguir conviviendo con el bálsamo embriagador de la parca. De a uno, fueron abandonando la pensión, incrédulos sobre la eficacia de este último recurso. Despidiéndose sin verdadera pena. Paredes vendió la propiedad que ya se había devaluado bastante. Pero el olor los seguía donde fueran y, a fuerza de sobrevivir, el extraño padecimiento comenzó a mutar volviéndose contagioso.

Doña Cecilia ya no hallaba donde realizar sus compras puesto que, amablemente, le pedían que se retirase de los comercios para no incomodar a la clientela; Sandro perdió su trabajo y se presentó a cientos de entrevistas laborales que jamás superaron los primeros cinco minutos y un forzado "Muchas gracias, cualquier cosa lo llamamos"; Romina intentó, inútilmente, recobrar su encanto natural gastando fortunas en perfumes, maquillajes y prendas llamativas, no obstante, sus caderas se balanceaban sin gracia al son del silencio; Paredes compró una casa más chica y mejor ubicada, pero aún así acabó embargado por no pagar sus impuestos, a falta de arrendatarios que le permitieran sostenerla.

Solos y excluidos en su infortunio, volvieron con el tiempo a reunirse. Se sabe que el hombre es un animal de costumbre y gusta de estar acompañado. Terminaron hacinados en una casita de chapa lejos, muy lejos del centro y de calle San Juan. Aprendieron a disimularse entre la gente común. De hecho, ya casi no llaman la atención. Se han vuelto invisibles. Salvo por el olor. Ese olor tan contundente a primavera que desprende el metal, a ciertas horas, cuando se calienta al sol.

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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26981-2011-01-14.html


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Condenado calor de diciembre. Esto va a ser un infierno, me digo, mientras camino por calle Córdoba a la altura de plaza San Martín. Suerte los árboles de Paseo del Siglo que, a esta hora, todavía dan sombra. Agradezco las fachadas de mármol, que conservan algo de frío en esta ciudad. Pero la verdadera bendición es el aire acondicionado del banco.

Consulta de saldo. Ultimos movimientos. ¿Desea realizar otra operación? Quedarme un rato aquí estaría bien. Pero, no. No deseo realizar otra operación. Tampoco deseo comprar regalos navideños con treinta y cinco grados de sensación térmica y gente amontonada por todos lados. Me llevo la última bocanada de aire fresco y salgo, resignada, chequeando el ticket del saldo. Compruebo que sí me depositaron el aguinaldo pero es menos de lo que calculaba. Empiezo a hacer las cuentas mentalmente, cuando me aborda un chiquito con una familiaridad que me sorprende al punto de detenerme para prestarle atención. Me habla como si la conversación hubiera empezado antes, como si yo no estuviese saliendo del banco, ensimismada y apurando el paso.

¿Le falta la cabeza? me lo dice tranquilo, preguntando más que avisando. Le veo en los ojos el horror de la duda.

¡¿Cómo?! no entiendo de qué me habla hasta que me señala dos pichoncitos en el suelo, al lado de la puerta del Citybank, acurrucados debajo del zócalo de mármol.

¡No, quedate tranquilo! lo reconforto. Tiene la cabeza escondida abajo del ala. ¿ves?

Es un alivio para los dos. Justo en ese momento, el pichón saca la cabeza y comienza a piar. El otro se le suma. Imagino que perciben nuestra atención y demandan alimento, cobijo.

¡Ahí está, mirá! Se tranquiliza el pibito, que recién termina de convencerse cuando ve la cabeza asomarse.

Andá a saber cómo llegaron acá, se habrán caído de alguno de los árboles, le comento al muchachito que los sigue mirando fascinado. Noto que el comentario lo preocupa. Ahora que los sabe vivos y enteros, se da cuenta del desamparo: se cayeron del nido y necesitan alguien que los cuide. Se le ocurre que ese alguien podría ser yo:

¿Te los podés llevar?

Y no... ¿en qué me los voy a llevar?

En las manos.

Claro, el nene tiene razón. Pero, ¿llevármelos? Imposible. Tengo cosas que hacer y no puedo andar con estos bichos encima. Además, creo que son pichones de paloma y a mí las palomas me dan asco, sin contar que trasmiten como cuarenta enfermedades. Me quedo callada y sigo mirando los pajaritos. A esta altura comprendo que el pibe también está solo y concluyo que debe mendigar o vender curitas por la zona.

¿Y los puedo poner acá?

No, acá los pueden pisar. Mejor dejalos adonde están.

Bueno... ¡chau amigo! Me despido con torpeza. Mientras lo saludo, se entretiene acercándoles algo que hay en el piso. Un pedazo de plástico, para que jueguen como mascotas. No sé si me escucha.

¡Cuidalos, eh! me sale sin pensar y enseguida me arrepiento. ¡Qué boluda! ¡Decirle justamente eso a la criatura?! Ojalá no me haya oído.

Me quedo angustiada por los pichones. Los tres. A los pájaros, seguramente, los devorará algún gato de por ahí. ¿Cuánto tiempo más podrá cuidarlos el mocoso antes de aburrirse, o antes de apostarse, nuevamente, en la entrada de otro banco para pedir monedas?

¿Y quién cuidará de él?

Me voy con los bichos atragantados, como conejos en un cuento de Cortazar, sabiendo que los dejo abandonados a su suerte. ¿Podría yo haber cambiado ese sino? La pregunta se me clava más adentro en la garganta. Quizás sea el próximo usuario del cajero o algún cliente del banco el que desvíe el destino incierto de esos tres.

Paso por una juguetería y me distraigo buscando una muñequita en la vidriera. Entonces me acuerdo del aguinaldo mal pago y de que ahora tendré que llamar a la contadora, cosa que odio. Refunfuño de antemano: me fastidia comunicarme con ella y tener que explicarle todo de te ni da men te para evitar un nuevo error.

Para colmo, advierto que varios negocios están haciendo buenos descuentos en efectivo contado y yo, que pensaba pagar con débito, no saqué dinero. Doy media vuelta para regresar al banco. Pero no. Mejor avanzo y retiro en algún cajero más adelante. Por calle Córdoba hay un montón y, en estas fechas, están siempre llenos de plata, hasta cambio chico les ponen.

Comienza a subir el sol. Las veredas se desnudan de sus reparos. ¡Qué calor, madre mía! Ya sabía yo que esto iba a ser un infierno.

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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26714-2010-12-23.html


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Cuántas veces había subido por esa escalera a la hora de la siesta. En ocasiones, caminando, suavemente, tratando de que el impacto de las zapatillas contra los escalones quedase entre ellos y yo, un susurro de goma oído sólo por las baldosas. Casi siempre, corriendo a toda velocidad, como se corre a los seis años. Dejando atrás, el estampido de mis pasos retumbando en el silencio del patio. Y enseguida, las puteadas de mi abuelo, atenuadas por la justa mediación de una ventana cerrada. Y desde arriba, el chirrido de la puerta de chapa y los gritos de mamá: que papá está durmiendo, que el abuelo está durmiendo. A esa altura, estaban todos despiertos y yo no comprendía por qué tanto alboroto.

Todo cambió a partir de una tarde impensada. Desde hacía varios meses, la abuela estaba enferma. Alternaba períodos cortos en el hospital con largos días de reposo en casa, donde siempre había alguien para cuidarla. Especialmente, mamá. Pero ese día tenía que salir, hacer una diligencia. Nadie más estaba disponible. Tendría que quedarme sola con la abuela por un rato. Un par de horas, a más tardar. No parecía gran cosa y el asunto se resolvió con sencillez. Mamá se ocuparía de su trámite; yo me quedaría con la abuela, en casa, podría jugar y corretear como me diera la gana; y ella descansaría, como siempre durante aquellos días. Un solo recaudo se tomó: le dejaron a la abuela una campanita, en su mesa de luz, que debía hacer sonar si necesitaba algo. De ese modo, yo podría escucharla y acudiría en su ayuda. La tarea no me resultaba complicada sino más bien divertida. Me sentía depositaria de una gran responsabilidad, una demostración de confianza, un reconocimiento, en definitiva. Recuerdo que la campanita era dorada, de metal macizo y demasiado estridente para su reducido tamaño. Esa siesta, al subir por la escalera, al estruendo de mis pasos se le superpuso el tintineo de la campana, una secuencia de golpecitos secos que dejaban flotando en el aire una resonancia aguda de metal. Hice lo que se me había indicado y todo salió bien.

Pronto, la abuela murió. La enfermedad se fue agravando y se la llevó un día como cualquier otro. Recuerdo la noticia de manera borrosa, así es la idea de la muerte para un niño. Dos o tres días atrás, la había visitado, por última vez, en el hospital. Me habían llevado para que nos despidiéramos. Por entonces no lo sabía, pero ella sí. Entré a la habitación en silencio. Quise jugar con las manijas a los pies de la cama, pero no me dejaron. Cuando me acerqué, ella rompió en llanto, o quizás ya estaba llorando y yo no lo había advertido. ¡Perdoname!, me pidió, ¡Perdoname nena!, gritaba entrecortado, con la voz deformada por los sollozos. Creo que me sacaron de allí enseguida. En realidad, no lo sé, no recuerdo nada después de esa súplica. Me dejó, sobre todo, una honda extrañeza: ¿por qué se disculpaba?, ¿de qué? Algún capricho no satisfecho, uno que otro chirlo, alguna cachetada, los retos, los gritos? Con el tiempo fui hilvanando otras teorías. Aún hoy no lo sé.

Pasaron muchos años hasta que pude volver a subir por aquella escalera sin pensar en el sonido de las campanadas. Había una hora del día en que los rayos del sol penetraban el toldo, iluminando el patio a través de destellos aislados sobre las plantas, sobre un espejo de agua en la pileta del lavadero, sobre el dibujo arábigo de una baldosa. En esa hora, el patio permanecía quieto, teñido de verdes y azules, como una película en negativo. Un silencio pesado, espeso, siempre a punto de quebrarse. Me invadía un temor, un rumor. Subía raudamente las escaleras, haciendo chocar con fuerza las suelas contra el piso, para llenar el silencio amenazante de la casa vacía. Para tapar la repique de bronce que podía sorprenderme en cualquier momento. Me apuraba por llegar arriba, donde el tintineo dejaba por fin de perseguirme. Cerraba, de un golpe, la puerta de metal y me refugiaba en el otro ruido: el de la chapa que, como un fuelle desafinado, continuaba vibrando durante algunos segundos. Perduraba la estela sorda de ese eco que, acaso, sólo yo había escuchado.

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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-26505-2010-12-07.html


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Plano velado

Por la rendija de la puerta entreabierta, se perciben sombras imprecisas. Afuera, la luz es más intensa y ejerce un efecto de ocultamiento sobre lo que sucede en el interior de la habitación apenas iluminada. El campo visual del observador se reduce a una línea vertical de quince centímetros de ancho. Ella y él aparecen de manera intermitente y parcial, casi sombras: un brazo, un perfil, medio cuerpo, una mano que aprieta un antebrazo. Los objetos son más difíciles de identificar, manchas borrosas. Algo que ha sido lanzado por el aire atraviesa el espacio visible. Un instante, un destello. Las voces son también discontinuas: gritos y susurros se alternan.

Irreversible

Ella se zambulle en el bolso, mete un sweater, un manojo de bombachas. Él le desvía el brazo con violencia. Varias prendas caen al piso.

¿Dónde carajo vas?

Hablá más bajo, Lucas duerme.

Pide perdón, pero ella no lo escucha, recoge la ropa del suelo y la guarda en el bolso. Él se acerca y la abraza por la espalda, la rodea y apoya la cabeza sobre su hombro. Siente su perfume. Pide perdón otra vez. Ella no se detiene. El la arroja sobre la cama. Pretende besarla en la boca, pero ella lo esquiva. El le besa el cuello con ternura. Le acaricia las caderas. Ella no cede. Lo aleja con fuerza. Se tira al piso y se incorpora en un solo movimiento.

Dejame ir.

Hablemos, por favor.

Cierra el bolso y se dirige a la puerta. Él la detiene y le arranca el bolso de las manos.

¿Adónde vas a ir con este bolso de mierda?

Ella retrocede y toma el velador encendido.

¿Qué vas a hacer con eso? No me hagás reír.

El mango de hierro del aparato le quema un poco la palma de la mano, lo aprieta más fuerte. El se acerca. Ella lanza un golpe al aire como previniéndole que no siga. El avanza. Un haz de luz dibuja una trayectoria efímera entre los dos cuerpos. De repente la habitación queda completamente a oscuras. Se oye un golpe contundente y luego otro: un cuerpo que se desploma sobre el piso. Silencio y tropiezos. El sale de la habitación y cierra la puerta.

Lucas... ¿qué hacés acá? Andá, cambiate que te preparo la leche.

Secuela

El día que murió mamá le reventé un ojo al chueco Pereyra. En ese momento, todavía no sabía que ella había muerto. Me lo dijeron a la tarde, cuando regresé de la escuela. Si le hubiera reventado los dos quizás le habría hecho un favor. Hay cosas que es mejor no ver. Fue un arrebato, no pude calcular las consecuencias. Pereyra me venía jorobando desde hacía varios meses. Que tenía ojos de sapo me decía. La semana anterior me había metido un sapo muerto en la mochila. Mi mamá lo había descubierto a la noche por el tufo que emanaba del bolso.

La onomatopeya repetida al oído, mientras la maestra no veía, me volvió loco. Croac. Croac. Estallé. Le clavé el lápiz en medio del iris. No sé de dónde saqué la fuerza. Gritaba como un condenado. Y sangraba muchísimo. Lo dejé medio ciego con un sin fin de cirugías, post operatorios, tratamientos de por vida y, lo peor de todo, el esfuerzo y la esperanza de mantener sano el ojo que todavía servía. Le cagué la vida. Pobre Pereyra.

Ese también fue el día en que vi por última vez a mi padre. Esa mañana, mamá y él habían discutido a los gritos. Algo pude ver y escuchar a través de la puerta entreabierta. Pero no recuerdo nada con claridad. Excepto el momento en que la habitación quedó a oscuras. Todo terminó con un apagón y un golpe sin eco que aún hoy retumba dentro de mí. Me quedó esa negrura grabada en el iris como la mancha blanca en el ojo del chueco. Infinito punto ciego. Después de un silencio breve mi padre salió de la habitación con el rostro desfigurado y cerró la puerta de inmediato. Me preparó el desayuno y me llevó al colegio. Nos despedimos como todos los días. Antes de bajarme del auto me detuve un segundo y lo miré a los ojos. Entonces lo vi, él también llevaba esa marca en las pupilas. Dilatadas, a pesar de la luz, ya inmersas en su propia noche perpetua.

natalia massei


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26177-2010-11-15.html


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Justo en el momento en que la censista tocaba el timbre, nos enterábamos de la muerte de Néstor Kirchner a través de un llamado telefónico. Me apuré a abrirle sin haber digerido la noticia y todavía con la esperanza de que fuera una mentira mediática, una presunción irresponsable. Hice pasar a la chica que sólo por abrir la puerta me agradeció, por primera vez, la buena predisposición. Cuando la invité a subir el agradecimiento se repitió de modo más efusivo. Entendí que no había sido recibida de ese modo en todos los hogares. Creo que al entrar al departamento agradeció una vez más. Cada paso que dio y cada pregunta que hizo estuvieron acompañados de un vacilar, un pedido de autorización reiterado. Sin embargo, no parecía una persona tímida, ese titubeo no se percibía en ella como un reflejo natural. Claramente, se prevenía de un posible maltrato. Me llenó de tristeza y de vergüenza ajena. Tendría unos veintitrés o veinticuatro años y era maestra jardinera, nos contó después de que nuestra hija le acercara varias de sus muñecas para ser censadas como parte de la familia. Al terminar con nosotros, debía continuar con el resto del edificio, siguiendo por la puerta contigua a la nuestra, de la cual nos separan unos dos metros de distancia. No obstante, me pidió que la acompañase hasta abajo y le abriera de manera de poder repetir el protocolo: anunciarse desde la vereda, mediante el portero eléctrico, y aguardar hasta que cada uno de los vecinos bajara, a su turno, a recibirla. Me dio las gracias una vez más. Perdí la cuenta de cuántas habían sido durante esos cinco o diez minutos que demoramos en subir, completar el cuestionario y volver a bajar. Mientras regresaba, en el ascensor, me preguntaba cuántos de mis vecinos la invitarían a pasar y le ofrecerían asiento, un café, un vaso de agua, y cuántos la recibirían apurados, en el palier, respondiendo de pie mientras ella apoyaría los formularios sobre alguna carpeta o sobre el buzón de la puerta entrada. ¿Habría quienes, directamente, no la atenderían? Porque la gente tiene miedo, dicen algunos de formadores de opinión. ¿Quién podría temerle a una joven maestra jardinera con credencial oficial del Censo 2010? ¿Habrá en ese temor irracional e indiscriminado algo de desprecio por el otro? Es difícil explicar de otra forma la dinámica por la cual el semejante no identificado se convierte en un potencial chorro hasta que se demuestre lo contrario. La figura del prójimo se devalúa en una sociedad enviciada de individualismo. El otro es percibido, a priori, como un competidor, un enemigo, una amenaza. Sentí un leve alivio cada vez que escuché el ascensor y supuse que se trataba de algún vecino recibiendo a la censista.

Confirmo luego la noticia del fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner. Encender la televisión. Conectarse a Facebook, Twitter, periódicos online, para que no queden dudas. La catarata de comentarios de la primera hora desahogan el impacto, las reacciones inmediatas en estado puro, sin filtro. Leo con pesar algunos comentarios desafortunados que festejan la terrible noticia de la muerte: opiniones banales, chistes, insultos lanzados con la soltura de quien expresa una mera preferencia. El paralelo me estremece: el desprecio por el otro. Más grosero, políticamente incorrecto, pero gozando de cierta legitimación para una parte del sentido común: si el semejante me inspira desconfianza, lo trato de modo indigno, por si acaso, procuro anularlo; si no me gusta o va en contra de mis intereses, le deseo la muerte. Visión acotada, sin perspectiva. La pequeñez del que no ve allá de la suela de sus zapatos.

Dos cosas me entristecieron en el día del Censo: una es parte de la vida, inevitable pero siempre inoportuna. Sobre todo cuando se siente que se ha emprendido un camino, un proyecto que habrá que continuar. La otra es cosa nuestra: la cantidad de veces que me agradeció la censista la buena predisposición me dio pena. Yo no había hecho más que saludarla e invitarla a entrar.

Reconforta saber que, por otra parte, muchos mates fueron convidados, muchos censistas fueron esperados y recibidos con amabilidad como se saluda a un vecino, a un compañero, al chofer del colectivo. Muchísimos han sido, a su vez, los mensajes de respeto y acompañamiento ante la fatalidad de la muerte. La fraternidad siempre podrá más que el egoísmo y el miedo.

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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25946-2010-10-29.html


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Se hizo tarde y empezamos sin Helena. Ya eran más de las diez y teníamos hambre. Sobre todo Griselda. Ni bien nos sentamos se lanzó sobre la panera y la acaparó sin ninguna delicadeza. Hundió los panes, uno a uno, en el chimichurri mientras mirábamos para otro lado porque nos daba vergüenza ajena verla comer así, justamente a ella que era una chica tan recatada. En el barrio, era famosa por su lemon pie, receta casera heredada de su madre. Jamás asistían a una reunión sin llevar una o dos de esas tartas ácidas y empalagosas como ellas mismas sabían ser. La verdad es que Griselda y su mamá se parecían bastante, las dos de figura redonda, siempre prolijas y sonrientes como dos muñequitas rusas. Mamushkas. Justamente así las llamaban los vecinos. Griselda era más bien tímida, de poco hablar. Helena, en cambio, era una radio. Al barrio habían llegado solas y habían comprado una casa sencilla frente a la plaza. Del padre de Griselda nadie sabía nada. En eso Helena siempre había sido muy reservada. Una tumba. Y por la chica hubiera sido imposible enterarse de algo: muñeca escondida dentro de la otra cuyo interior permanecía cerrado. En ella se clausuraba esa magia de Matrioshka que prometía siempre otra muñeca albergadora, a su vez, de una más pequeña, sin que uno supiera nunca, antes de abrirlas, cuál sería la última.

La noche avanzaba y Helena no llegaba, cosa bastante rara porque jamás se perdía una comida de la vecinal y, fundamentalmente, porque pocas veces dejaba salir sola a Griselda. Más por ella misma y la silla de ruedas, sospechábamos, que por seguridad de la muchacha, como solía explicar. Repetía a menudo que una chica de la edad de Griselda sola de noche, en un lugar como este, era tentar a la desgracia. Salvo por los mandados y las diligencias matutinas y por los contados festejos comunales, las dos mujeres no salían de su casa. Algunos domingos por la tarde, desde la plaza, se la veía a Griselda asomada a la ventana mientras le cebaba mate a su madre, instalada un poco más atrás, frente al televisor. Por algún misterio acústico el sonido del aparato se escuchaba nítidamente desde el arenero: al barullo difuso de los chicos jugando se superponía la banda sonora de alguna comedia romántica apta para todo público o las atrocidades sin filtro que intercalaba, entre noticias banales y actualidad política, el canal informativo.

Nieve y heladas anunciaba el pronóstico de la radio para las próximas horas. Pero en el salón vecinal el chamamé y el vino tinto elevaban la temperatura hasta volverla sofocante. Incluso Griselda se había alivianado de ropas y se dejaba tomar por la cintura al ritmo de la danza, olvidada de su madre y de las tartas inglesas que habían quedado sobre la mesada, se balanceaba ligera de adelante hacia atrás y de atrás hacia delante.

A ninguno de los muchachos se les había escapado, esa noche, que Griselda estaba sola y todos la habían acompañado a la pista. A cada uno se le había sabido escabullir con alguna excusa elegante después de la primera canción. A las mujeres solteras tampoco se les había pasado detalle y habían concluido que, al final, resultó bastante rapidita la Griselda, como todas esas chicas que se hacen las misteriosas: una mosquita muerta.

Cuando llegó el patrullero, el aire se heló de golpe, desde la ventana del galpón municipal vimos al comisario sentado en el asiento trasero junto a Helena que lloraba desconsolada. Traían la silla de ruedas plegada en el asiento del acompañante. Descendió del vehículo solo y preguntó si alguien había visto a Griselda en las últimas horas. Todos nos miramos desconcertados, buscándola entre nosotros. No estaba, fue como si se hubiera esfumado. Instantes después supimos por el comisario que alguien había encontrado su cuerpo sin vida, a pocos metros de allí, y que estaban intentando establecer qué había pasado. Helena sollozaba detrás del vidrio empañado. Ajena a la búsqueda, con su cuerpo de Mamushka vacía encorvado hacia delante.

Del chimichurri nadie se atrevió a decir una palabra, no por espanto sino por pudor: a todos nos pareció justo brindarle ese último y, quizás, único momento de libertad a la pobre Griselda.

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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25735-2010-10-14.html


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Hay que hacerle un análisis al nene. Van a ser las once y el doctor todavía no llegó. No estaban seguras de la preparación para el estudio así que lo trajeron sin desayunar, por las dudas. El nene llora. Es chiquito, dos años quizás. Tiene hambre. Afuera la mañana es fresca y soleada, adentro la calefacción ahoga. El nene se tambalea sobre sus piernas inexpertas por toda la sala de espera, llorisqueando, y aterrizando cada dos o tres pasos en las piernas de su mamá o en las de su abuela. Una lo dobla en estatura y es difícil calcularle la edad. Un rostro maduro sobre un cuerpo aniñado. La otra es muy alta, alrededor de un metro setenta. Ambas corpulentas y de rasgos duros. La piel curtida y arrugada alrededor de unos ojos oscuros que insinúan juventud y fortaleza. La mirada amable. El nene tiene los cachetes húmedos, embadurnados de lágrimas y sudor mezclados con la mugre de sus manos que se lleva constantemente a la cara. Está abrigadísimo: una campera marrón de corderito, cerrada hasta arriba, un jean nevado y unas zapatillas diminutas de lona roja. Para que traspire, dice la abuela. Él se deja estar así. Se queja un poco pero sin capricho. Es buenito, explica la madre.

La abuela se pasea en círculos con una botella de Seven Up sin abrir en las manos.

Ya va mamita, ya va, se dirige varias veces al nene con ternura. Ninguno de los tres se sienta aunque la sala de espera está vacía.

Disculpe señorita, ¿podrá tomar algo la criatura?

La secretaria frunce los labios en señal de desconocimiento:

Yo creo que sí porque no es de sangre. Pero espere que lo llamamos al doctor.

La abuela recuerda que, años atrás, cuando la mamá del nene tenía apenas un año de edad, tuvieron que hacerle el mismo estudio. Justo antes, hubo que darle, por indicación del doctor, una mamadera con leche caliente aunque fuera pleno enero. Para que transpirara. Lo relata dos veces mientras la secretaria llama al médico. La mamadera, la leche caliente. Era enero. El doctor dice que sí, hasta puede desayunar si quiere.

Por fin abren la Seven y la madre saca del bolso un paquete de galletitas Vocación de vainilla.

¿Querés masita?

Se sientan los tres. Ellas conversan sobre las noticias que trasmite el canal informativo. Una mujer ofrece vender sus órganos a fin de reunir el dinero que necesita para salvar a su hija enferma. La contemplan y la escuchan absortas, llenas admiración. Si fuera necesario harían lo mismo. Sin pensarlo.

Él nene come la galletita de a pequeños mordiscos que lo mantienen entretenido. Y transpira debajo de la ropa. No adivino por qué están allí. De sangre no es. Ellas siguen comentando la valentía de esa madre televisiva. Sufren ese dolor en carne propia. No coinciden con el conductor engominado de la cadena de noticias: no se trata de una acción desesperada sino de un acto de heroísmo. Desmesurado. ¿Cómo medir ese amor? ¿Cómo calificar ese gesto de sangre ? Ellas lo comprenden sin calcular esa medida. Y sin embargo, se sienten tan lejanas a esa madre capaz de todo. ¿Qué relación podría haber entre el gesto desmedido y esos otros pequeños, más íntimos, cotidianos?

Como el recuerdo nítido de una escena ínfima: su hija, que ahora es una mujer, tenía apenas un año. La llevó al hospital para que le hicieran un análisis, entre tantos otros, como tantas veces. Era enero. Hacía calor. Le dio una mamadera con leche caliente, como tantas otras, como todos los días durante esos primeros años. Ella lo recuerda bien. Cada detalle. La humedad de esa mañana estival, el body rosa que le había puesto debajo de la camperita de algodón. El sudor, las lágrimas. Un gesto mínimo: la textura entrañable de un amor infinito. Inconmensurable.

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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25619-2010-10-05.html


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La cola frente a la Ansés es interminable. La calle está atestada de gente. Pibes sentados en el cordón o contra las paredes del edificio, pasantes que van y vienen, automovilistas que tocan bocina. Buzos con capucha, cabellos decolorados y peinados con gel, jeans con grabados tribales, cadenas colgando de la cintura; mujeres con niños de diferentes edades colgados de la cintura, madres amamantando a sus bebés o a sus niños de dos o tres años, madres niñas y madres abuelas; cabellos recogidos y teñidos de rubio o de rojizo; vendedores ambulantes, taxistas y abrepuertas. Personas amontonadas frente a las vidrieras de la cuadra, sobre todo frente a la de la juguetería. Narices diminutas contra el frío violento de los escaparates.

Paso por allí a las dos de la tarde y la muchedumbre ya está instalada. Vuelvo a pasar a las cinco y allí continúa. Toda la tarde. Y es que para todo trámite referido a la Asignación universal por Hijo la Ansés extendió su horario de atención al turno vespertino. A estas lacras las atienden bien, a los profesionales que van a trabajar los maltratan, escupe una señora que espera un taxi. Lo dice cuando está a punto de cerrar la puerta del vehículo y mandarse a mudar, claro.

Los cafés de la zona están completos, familias numerosas instaladas alrededor de las paneras de mimbre o de plástico repletas de medialunas, las tazas de café con leche rebosantes de espuma. Caras de entusiasmo y de cansancio. Todo junto resulta estremecedor. Una anciana que pasa y comenta que cobran y enseguida se gastan todo. Estoy a punto de explicarle como si no fuera obvio que están comiendo. Eso: gastando la plata en comer. Pero me digo que no vale la pena. Avanzo dejando al gentío atrás. Pienso en la señora del taxi. En mi fuero interior, las puteo a las dos.

Tati vino con su hermana mayor que está autorizada a cobrar porque ya cumplió los dieciocho. El tiene cinco. Cuando llegaron esta mañana -hay que venir temprano para conseguir que te atiendan en el día- todavía no les alcanzaba para dos promos. Café con leche y dos medialunas: seis pesos. Pero sabían que con suerte, si no se demoraban mucho, para el mediodía podrían desayunar calentitos en el bar de enfrente. A Tati le gusta acompañar a la Romina a cobrar porque después iban siempre al café: qué alegría esas facturas tiernitas y la espuma encima de la leche que en casa nunca salía así. Le encantaba echarle encima todo el paquetito de azúcar y comerse la espuma dulce antes de revolver. La Romi siempre se reía del bigote blanco sobre los labios que le quedaba después del primer sorbo ansioso:

Tomá, limpiate, parecés un gatito tomando la leche y sonriendo le pasaba las servilletas de papel.

A Tati también le gustaba ver a Romina contenta y tranquila. Ella era como su segunda mamá y, aunque nunca se animó a decírselo, a él le hubiera gustado que fuera la primera. Ella siempre lo trataba bien. Casi nunca se enojaba con él, salvo cuando venía muy cansada del trabajo y él la cargoseaba hasta sacarla de quicio. Sin embargo no le pegaba. Eso jamás. Además era linda la Romina, una mamá linda y buena.

Ese martes la cola era larguísima y Tati jugó a la popa con otros chicos de la cola, a los autitos con un nene que estaba más adelante y a las cartas de Dragón Ball con otro que estaba más atrás. Se durmió un rato encima de Romina y después esperó impaciente a que llegara su turno. Cuando por fin cobraron y salieron del Ansés, el bar de enfrente ya no servía más promos porque se había quedado sin medialunas. Así que se fueron al de mitad de cuadra.

¡Ojalá que acá también lo hagan con mucha espuma! suspiró Tati. La Romi lo miró con ternura: cara de entusiasmo y de cansancio.

Todas las mesas estaban ocupadas. Romina se acercó a la barra y preguntó si no quedaba algún lugar disponible para ella y su hermanito. El encargado sacó la cabeza del diario y, apuntando su bigote grasiento y tupido hacia la cara de Romi, hizo una pausa mientras la miraba de arriba a abajo y contestó:

Estamos llenos, mamita, pero para vos podemos hacer una excepción...

Tati saltó de alegría festejando el privilegio que les tocaba, pero Romina lo paró en seco:

No se moleste señor, muchas gracias.

Mientras el nene rezongaba que por qué no se podían quedar, el bigotudo se acercó más a Romina apoyando medio cuerpo sobre la barra y en voz baja le hizo una propuesta casi al oído. La Romi se inclinó hacia atrás, agarró a Tati que seguía pataleando del brazo y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir escuchó al encargado comentando a viva voz que si es con plata regalada sí se sientan como duques a que les sirvas, ahora si hay que laburar no quieren saber nada éstas. Romina apretó la manito de Tati e hizo fuerza para no llorar o volver y escupirle la jeta al tipo.

Vamos a tomar el bondi. Nos vamos a casa.

Al escucharla Tati armó un berrinche. Se tiró al piso oponiendo al tironeo de Romi todo su peso que no era mucho pero furioso valía por dos. Tenía hambre y estaba agotado: por nada del mundo iba a volver a casa sin su café con leche. Romina rompió en llanto.

¡Levantate pendejo! Lo incorporó de un sacudón y antes de que el nene pudiera reaccionar le dio un cachetazo con toda la palma de la mano bien abierta. Tati se llevó la mano a la cara como consolándose del dolor que seguiría allí cuando el cachete se deshinchara. Mucho más profundo y por mucho más tiempo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25264-2010-09-10.html


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Adela siempre soñó con ganar la lotería o el Quini. Tan cerca estuvo aquella vez que salió el 2345. Por dos números erró. Lo que Adela nunca había imaginado era que una mañana de marzo encontraría ochenta mil pesos olvidados en un cajero automático, a tres cuadras de su casa. Que estarían allí como si hubieran sido suyos, pero un poco desplazados del radio de su legítima propiedad, casi suyos si no hubiera sido por trescientos metros.

Había salido ese martes, como de costumbre, para hacer las compras temprano y ahorrarse la espera en el mercado. Pasó, en el orden habitual, por la verdulería, la fiambrería y el supermercado. Y volvió caminando sin apuro. Tenía tiempo de sobra para llegar a su casa y preparar la colita de cuadril con papas que iba a cocinar ese mediodía. Al pasar por calle Rawson, a mitad de cuadra, se detuvo frente a la vidriera de la zapatería. Quería saber el precio de unas sandalias rojas que ya tenía vistas pero que encontraba difíciles de combinar y, además, ahora que conocía el valor, bastante costosas. Antes de ponerse nuevamente en marcha y, mientras pensaba en los zapatos, reparó en el Banelco justo al lado de la zapatería. Fue entonces cuando advirtió la bolsa negra de plástico, apoyada sobre la tabla de madera pegada a la máquina distribuidora de billetes. El tiempo libre y la curiosidad la invitaron a entrar. Espió, sin dudarlo, el contenido de la bolsa y, naturalmente, encontró dinero. Una vez más, no lo dudó: hundió el paquete en el carrito de las compras y se dirigió a su casa, ahora sí, apurando el paso.

En menos de cinco minutos estaba encerrada en su habitación con toda la plata desparramada sobre el acolchado. Billetes de diez, de veinte, de cincuenta y de cien. Ochenta mil pesos en total, contarlos le llevó un buen rato. Ninguna identificación del propietario, aunque hubiera sido sencillo devolverlos al banco. Tan fácil desprenderse de ellos ahora que estaban arriba de su cama y no había margen de error.

Los ocultó bien al fondo, en el canasto de la ropa sucia, y por fin se decidió a preparar la carne al horno con papas.

Esa tarde, esperó a Vicente con la comida servida, como siempre, y la sorpresa de haber ganado una cifra exuberante jugando a la quiniela. El hombre venía cansado y con un apetito canino. Le preguntó, solamente, cuánto había ganado y cuánto cobraban de comisión los de la agencia de lotería. Se alegró mucho al escuchar ambas respuestas. Ella descorchó un Fresita que había salido a comprar mientras la carne se asaba a fuego lento. Y brindaron con ilusión, mirándose a los ojos. El miércoles, durante una salida al centro para ver electrodomésticos, Adela estrenó las sandalias rojas junto con vestido y cartera haciendo juego.

El jueves recibió en su casa el aire acondicionado. El viernes llegó el lavavajillas. Hubo que esperar hasta el lunes la entrega del colchón de resortes.

El martes, cuando se cumplía una semana del feliz hallazgo, un encuentro temido la sorprendió, entre las góndolas del supermercado Estrella, en el sector de los congelados:

¡Vos sos la chorra!

¿Perdón, señor? ¿qué está diciendo?

¡Vos te llevaste la guita del banco! ¡Sos vos! ¡Te tenemos filmada por las cámaras de seguridad! ¡¡¡Sos vos!!!

Disculpe señor, usted está confundido, no sé de qué me está hablando. ¡Está diciendo cualquier barbaridad ?! Permiso? Si me deja pasar, por favor?

Mirá, vos hacete la boluda si querés, pero ya estás fichada. Vas a tener que devolver la plata.

El desconocido, de unos 35 años, vestido de traje azul marino, fue terminante. Adela sintió un frío que le recorría el cuerpo, pero mostrando seguridad enfiló hacia adelante, dio unos pocos pasos y dobló en la esquina del café y las infusiones, donde dejó el changuito a un lado, para después abandonar el local raudamente.

Otra vez en su casa, sentada sobre el colchón nuevo todavía envuelto en el nylon protector, blando como deben ser las nubes y caro como el oro con los hombros caídos y las manos apoyadas sobre las rodillas, Adela mira el canasto de mimbre y piensa en el split de 4500 frigorías todavía sin instalar; el lavavajillas de acero inoxidable con 7 temperaturas diferentes y comandos digitales que no pudo aprender a usar; el 2343 que nunca salió; las sandalias que no llegó a domar; los sesenta y dos mil pesos que quedan en la bolsa; el autito para Vicente; los dieciocho mil que se gastó; el hombre de traje azul; la quiniela; el marido que llegará en un rato.

La sobresalta la estridencia grave y prolongada del timbre de entrada que insiste en sonar. Es raro, nadie los visita jamás a esa hora, todo el mundo sabe que Vicente trabaja y que ella está en el mercado, haciendo las compras.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25129-2010-09-01.html