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  OPINION

El escritor peruano Mario Vargas Llosa publicó ayer en España y Argentina una columna en torno de la polémica suscitada por la invitación a inaugurar en Buenos Aires la Feria del Libro. En el texto, el Premio Nobel de Literatura alude a Horacio González, cuya carta inicial a la Fundación El Libro generó la discusión. Aquí, la respuesta del ensayista.

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Como veo que usted ha escrito en El País y lo ha reproducido La Nación, algo que en ciertas épocas se llamaba un brulote, debo responderle. Pensé, Vargas, que todo estaba claro. Que la polémica que resta se haría de un modo adecuado. Escribo esta nota para seguir defendiendo que sea así, y para ello deberé insistir una vez más que donde usted, Vargas, ve barbarie, hay civilización. Entonces, daré largas a Vargas. Es cierto que mi primera carta se prestaba a interpretaciones de diversa intencionalidad (por eso, fue aclarada y para que quedara aún más clara, retirada por indicación de la Presidenta; había volado la imaginación de varios diarios y del propio Vargas Llosa, que recordó la censura de sus libros durante el gobierno militar, en una extrapolación que no la hubiera hecho mejor su estrambótico personaje, el locutor de La Tía Julia y el escribidor). Pero la carta, al decir “lo invito a reconsiderar” y otras expresiones parecidas, no intentaba dar ninguna indicación a las autoridades de la Feria contrapuestas a la presencia de Vargas Llosa, sino a seguir interpretando la inauguración como el espacio de la voz de escritores que evitaran las típicas efusiones de cruzados de una organización política, que ante cualquier crítica menor estallan al grito de “inquisición, inquisición”. Luego, bienvenida su charla. Está muy claro que nunca hubo una supuesta cruzada contra el cruzado, limitándole sus libertades al Sr. Marqués. Cualquier espíritu que sepa evitar las zancadillas del prejuicio, la arrogancia o la testarudez, sabe que no fue así. Pero es una pena que Vargas Llosa se deje llevar por sus relaciones peligrosas. Relaciones peligrosas es una novela del siglo XVIII escrita a través de epístolas. Algo me dice, pues, esta cuestión de las cartas. Acepto que aun siendo ellas ingenuas, pueden parecer aventuradas. El tema de aquella novela admite una descripción, el encanto del libertinaje, tema de Vargas Llosa. Ahora sé que también es tema del cual también debemos ocuparnos.

En sus cartas recientemente publicadas Vargas Llosa da prueba de su mala fe (pero poco sartreana en este caso), al creer que escribe contra censores y nacionalistas. Busca enemigos fáciles, a priori repudiados en el mundo globalizado en el que se mueve. ¿Qué peor que el inquisidor y el aldeano reducido a su necedad, el pobre individuo obturado por su cerrazón? ¿Contra eso discute usted, Vargas Llosa? Si es así, no es un polemista genuino, dispuesto a comprender razones y argumentos de sus contrincantes. Se mueve dentro de grandes cli-shés despojados de espesura, esos que le festejan las derechas mundiales. No vacila, en la cumbre de su fervor por la bravata –una fruición que domina a la perfección, pero con una superficialidad que en general no tienen sus novelas–, en arrojarnos a Ernesto Guevara o a Alberdi como inculpación, y al universalismo democrático y republicano como cartilla que no poseeríamos. ¡Meras argucias del pobre polemista mal informado!

Cuando usted escribió la saga de Roger Casemet, un alma conversa que pasa de su condición de agente humanitario del Imperio Británico hasta tornarse representante juramentado del Alzamiento protagonizado por la Hermandad Republicana Irlandesa, había demostrado mayor sensibilidad hacia las ideologías del siglo, los tormentos espirituales de los hombres combatientes o los rasgos mesiánicos de las raras criaturas antiliberales que pueblan el retablo revolucionario. Se dirá que el novelista promueve un interés especial por figuras que condenará en cambio el polemista de derecha, y que las dos esferas están separadas. Cierto, pero asombra la ligereza con que actúa con personas que no conoce, cuyo pensamiento no ha consultado, montándose así en previos eslabones de desprecio solventados por el grupo Prisa. En efecto, todo es muy rápido. No podemos comprender que como novelista alguien atienda bien las múltiples conciencias de sus personajes, y como polemista sea un prejuicioso señorcito, munido de sus certezas cortesanas, sin saber el significado real del episodio que lo involucra, paseándose por el mundo impartiendo condenas episcopales y dando cátedra sobre cómo fingirse víctima y actuar como un damnificado, que no lo es. No sabíamos cuánto le gustaban Alberdi y Che Guevara, señor Vargas Llosa, si no lo hubiéramos invitado a alguna mesa redonda sobre estos temas. Pero entonces allí sería necesario considerar diversas cuestiones. Nuestro universalismo parte efectivamente del concepto de pueblo-mundo de Alberdi, expresado en oportunidad de su oposición a la guerra contra Paraguay y la simultánea guerra Franco-Prusiana. Habría que ver qué piensan sus actuales amigos sobre esos puntos. No es el mismo universalismo del abstracto cosmopolitismo globalizado, sino que es el internacionalismo con atributos libertarios, que en nuestro caso mucho inspiramos en un Jorge Luis Borges, estación que queda muy lejos de la parada Vargas Llosa.

Le informo, mi amigo, que la Biblioteca Nacional de la Argentina, entre sus tantos linajes histórico-literarios (el morenista, el groussaquiano, el nacional-popular democrático), cultiva el de Borges, especialmente en lo que se refiere al tratamiento de las fantasmagorías complementarias de la historia. Hay una de ellas, la del “tema del traidor y del héroe” que usted, Sr. Vargas Llosa conoce bien, pues en él se inspira para escribir El sueño del celta. A condición de que esa circularidad de figuras contrapuestas no paralice la historia, es un buen ejercicio ético para cultivar una prudencia esencial para juzgar los grandes caracteres del movimiento social. Si Vargas Llosa sabe de esto, ¿por qué insiste en un juego menor de considerarse la víctima que no es, el censurado que no es, el perseguido que no es, el humillado que no es y, en última instancia, el liberal que no es? Sí, porque el liberalismo, tradición ideológica compleja, incluye la consideración absoluta por los argumentos que surgen del Otro, de ahí que las grandes filosofías del siglo XX son filosofías del Otro en diálogo trascendente con las filosofías del liberalismo de otras épocas.

Me refiero a las grandes herencias del hegelianismo, el marxismo, la fenomenología, el existencialismo, el psicoanálisis lacaniano, y sin duda también de Heidegger, cada uno con sus diferencias y dificultades. No hacen otra cosa que replicar en variados ambientes históricos las grandes conquistas antiabsolutistas del liberalismo revolucionario. La conversión incesante a la que Vargas Llosa somete a sus personajes y opiniones, lo hace hoy un protagonista especial de la transformación del liberalismo de la alteridad (y algo de eso sabía cuando le escribió su buena carta a Videla para pedir por los escritores desaparecidos) en un liberalismo repleto de astucias aprendidas en los laboratorios de una derecha internacional poco afecta al debate, pero insaciable en la invención de villanos y esperpentos con los que sería pan comido debatir. No somos eso, Sr. Vargas. Si desea discutir, cuando dé sus conferencias entre nosotros, trate de afinar sus argumentos para que no sean simples fachadas con las cuales confundir a las buenas conciencias sobre los gobiernos populares que usted busca debilitar. Lo escucharemos de todas maneras, pero lo preferimos en su mejor agudeza antes que en su enunciación chicanera. No le hace bien quedar a un nivel inferior a la de las más débiles “zonceras” que el escritor argentino Arturo Jauretche supo criticar con ironía.

Si se le pudiera decir algo a Vargas Llosa –a su sensibilidad de novelista, no de articulista mal informado– le indicaríamos que deje de inventar hombres infames y réprobos, prefabricados en el laboratorio creado por alquimistas duchos en moldear marionetas como contrincantes, con las que les sería fácil discutir y derrotar sin la molestia del argumento. Si aun no le molesta argumentar, Sr. Vargas, ensaye hacerlo con nosotros, que no somos lo que usted caricaturiza sin resguardar estilo ni cuidado. El buen liberal, si no es excesivamente de derecha, dice que el ser es lo que es, pero que puede cambiar. Usted, como liberal, parece en cambio un arrebolado dialéctico de las catacumbas más atrevidas: el ser no es lo que es y es lo que no es. Y así, le gusta debatir contra espectros de su propia imaginación y encima se convierte en guevarista. Se lo festejamos. Cuando ofrezca sus conferencias quizás tendrá oportunidad de aclararnos tantas confusiones, y si se lo permite su papel de monarca en el Olimpo desde los que manda sus rayos de Júpiter sin averiguar de qué se trata, acaso se anime a debatir estos temas sin recurrir a injurias, que no lo favorecen, pues incluso el arte de injuriar requiere estar antes bien informado. Relea los consejos de Borges al respecto. O vea cómo debatieron, escribieron y formularon un universalismo desde su circunstancia peruana, José Carlos Mariátegui o César Vallejo. Confío, Vargas, que no los haya olvidado.

Fuimos nosotros los que dijimos que lo respetábamos como novelista, no sólo las suyas de los inicios, sino también las de su madurez. Es que tuvimos en cuenta para eso la condición amplia del lector contemporáneo, el lector que a pesar de ser buen custodio de sus propias exigencias, también se entrega a las obras bien planeadas y escritas, aunque salidas de un gabinete de recursos y géneros que ya no reservan sorpresas mayores. Si nos colocamos en las posiciones más rigurosas, es evidente que este es su caso, al ofrecer ahora una novelística para un lector abstracto internacional, facturada con buenos recursos, pero ajena a la aventura de las lenguas que se piensan a sí mismas en su argamasa interna de disonancias y experimentaciones.

Ahí, nos permitimos dudar de que usted siga frecuentando los horizontes de la gran novela –las de Faulkner, Conrad o Flaubert que esgrimiera en sus primeros escarceos–, sustituidas apenas por las técnicas del buen artesano. Créanos, Vargas Llosa, abra su escucha a quienes no sólo no lo censuramos ni lo injuriamos, escuche a quienes bien lo hemos leído y decidimos entablar una discusión con usted; no asemeje su labor literaria en lo que le queda de elegante, bien resuelta, sin duda ingeniosa, con los atributos del panfletista desflecado (adjetivo de David Viñas), que ve amenazas inexistentes, horrorosos nacionalismos, inquisidores atrabiliarios y otras yerbas del bestiario del ciudadano exquisito. ¿Nosotros atados a los postes restringidos de cualquier cierre cultural? No, amigo mío: somos hijos de José Martí, universalista latinoamericano, y de José Lezama Lima, poeta irredento. Nunca nadie quiso impedir sus conferencias; ahora le pedimos que las dé si es posible con los temas de este debate, que se informe adecuadamente sobre las ideas que trata de embestir, y una vez cumplido, que trate de exponer caballerescamente sus ideas, como en otros tiempos supo hacerlo. La ciudad que todos deseamos ver sin el mundo viscoso de las órdenes y oscuros poderes que usted caracterizó y criticó muy bien en sus primeros escritos, lo espera para un digno debate. No se hurte de él con esas fáciles prisas por el agravio inútil.

* Ensayista.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/debates/32-164125-2011-03-14.html

  OPINION


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Caminando al tuntún por La Habana vieja, el observador ocasional se convierte en el verdadero hombre de la urbe contemporánea. La arrasadora belleza de los edificios ruinosos ofrece un contraste que ni siquiera es posible encontrar en otras ciudades antiguas, preservadas para los distraídos hombres del presente. En La Habana, la vida se muestra exigua, no hay miseria ni abundancia, hay carencia y dignidad. Pero en medio de esas joyas derruidas, hay hombres y mujeres viviendo. La Revolución, que para los teóricos de la irrupción mesiánica paraliza el tiempo, también entrega el vehículo de su prosecución. Ahí produce un intenso efecto museístico en medio de la vida real. Una sacudida que detiene al casco viejo bruscamente, lo protege, aunque le da el rostro de una lenta ruina. La necesaria reconstrucción se viene haciendo bajo la experta mirada del historiador Eusebio Leal, a la que vemos no concediendo nada al turismo depredador ni entregándose a la melancolía barroca. El turismo de masas, al fin y al cabo, es un tema a escala de la humanidad que aún no ha encontrado su más comprensiva verdad social, democrática y pedagógica.

Hay que concebir el ciudadano real de la ciudad moderna como alguien que duda entre elegir las imágenes del pasado, esas piedras sobrevivientes, o un modernismo admisible aunque copiativo. Esta duda se va perdiendo en nuestras cosmópolis hechas de shoppings con escenografías siderales, cercamientos de seguridad y oscuras conversaciones en el interior de los taxis. La vacilación que se obtiene en La Habana, habitar bellezas derruidas o vivir en la ciudad social con mayores comodidades, es una disyuntiva no fácilmente descriptible. Excepto que se busque un urbanismo emancipado, un nuevo socialismo urbano que preserve el pasado para activos y reales habitantes del presente. Para transformar la vida hay que convocar una justicia arcaica, que pregunte si hay virtudes en el pasado, y una justicia social que demuestre que no hay futuro sin distribución equitativa de las posibilidades existenciales. No es ajeno este dilema para el que transita por Buenos Aires; pero menos lo es para el que transita por La Habana, ciudad que como tal no es mercancía, sí depositaria de fetichismos culturales dispuestos en diversos planos históricos.

En la búsqueda de la casa de José Lezama Lima, con el mitológico dato de la calle y el número, Trocadero 162, el viajero –que ha ido a la Feria del Libro de La Habana– pasa por las más diversas estaciones del alma de una ciudad. Las calles Obispo, Vapor, Neptuno, el asombroso Paseo del Prado, un catálogo orientalista y de nombres exquisitos ante los que podemos imaginarlo todo. Ellos conviven con el deterioro, la salinidad del mar, el despojamiento de calles sin publicidad comercial y toda clase de vehículos como aquelarre de las tecnologías mecánicas a lo largo del siglo XX. Espectros que acompañan durante el itinerario. Se ve la ciudad activa, gritos de balcón a balcón, lujosos mármoles quebrados, ventanales con herrajes minuciosos cubiertos de óxido y refinamiento, grandes monumentos románticos, moriscos, afrancesados o helénicos, edificios coloniales o art decó descascarados, cuyo jeroglífico interno, su habitabilidad, tiene algo de indescifrable. Como no sea la recatada dificultad del vivir.

La casa de Lezama Lima aparece de repente, bajo forma de museo. Entera pero misteriosa se halla en su novela Paradiso, que sólo se entiende acabadamente viendo los objetos de sus vitrinas, las fotos borrosas de las paredes, el aire modesto de santería poética en las habitaciones. Es un templo vecinal con sábanas recién lavadas goteando desde los pisos altos del edificio. Es también el corazón imaginario de La Habana. La Revolución reivindicó tardíamente a Lezama Lima, que sin embargo la había apoyado y que se había dirigido a Fidel Castro como jefe del movimiento de liberación. También había considerado a Guevara, luego de su sacrificio, un nuevo Viracocha. La casa, la propia literatura de Lezama, todo el recorrido de Orígenes, la revista por él dirigida, que tanta repercusión tuviera en la Argentina de los años ’40 –sin duda, entre los contertulios de la Revista Sur–, plantea un arduo problema a los partidarios de los cambios sociales. Cómo hacer para asumir, por parte de los movimientos populares colectivos, siempre tumultuosos, los temas de la gran cultura universal. Incluidas sus mitologías, sus simbolismos secretos y sus grandes cultos laicos o recónditos. Nunca dejó esto de ser un tema en Cuba y sin duda lo es de manera dramática en la Argentina.

También si se está interesado por actos liberacionistas (nacionales, sociales y personales), ya no es posible abandonar la cuestión del lenguaje que se emplee para referirlos. Han fracasado las cartillas y las liturgias menores, recurrentes. Pero no los textos y los enunciados que buscan inspiración en las grandes literaturas de la época. El visitante a la casa de Lezama Lima, también ha peregrinado por La Habana intentando saber si han quedado recuerdos de John William Cooke, el revolucionario peronista que discutía la cuestión tercermundista en infinitos cuartos de hotel de la ciudad. Cooke había sido eximio lector de Sartre y del joven Marx, y sorprendió inspirando en Beaudelaire la conocida sentencia “el peronismo es el hecho maldito del país burgués”.

Un importante dirigente del Partido Comunista, al que procuramos para hablar específicamente de eso, lo recuerda. El conoce bien la Argentina, se expresa con algunos términos porteños y acepta el diálogo que propusimos como propio de una “nostalgia”, sin sorprenderse por la expresión “viaje sentimental”. Luego la conversación se extiende sobre la masiva discusión que está atravesando Cuba. Son los temas en los que participa gran parte de la población en términos del vuelco dramático que debe dar la isla en su economía estatal, recreando el socialismo en un mundo de necesidades. ¿Aún hay papeles de Cooke en Cuba? Pregunta que competía que hiciera un representante de la Biblioteca Nacional, institución que debe ocuparse de cualquier letra escrita que testimonie la memoria bibliográfica de un país, en cualquier radio de su dispersión.

La cuestión queda respondida aunque no haya documentos, porque la ausencia de pliegos también interesa. Eso invita a desembocar en una conversación sobre el presente. Como ese desemboque no forzado debe funcionar la pregunta sobre los papiros de cualquier pasado. No para servir a una nueva literalidad, sino para liberarlos de su encierro en la memoria. La actual encrucijada argentina contiene algunos personajes que esgrimen el facsímil de una masacre y actúan al conjuro de viejas fórmulas. Son los magnates de un reaccionarismo que intenta toda clase de chantajes, preparando ya sus cánticos luctuosos, seguros del recurso de decir “peronismo” para garantizar el cierre de la historia. Pero para que ahora aquélla no sea palabra que admita este uso, es preciso medirla, abrirla y ponerla en conjunción con grandes frentes sociales que no ritualicen el pasado y sean puente efectivo de novedades. Si esta suprema pedagogía no abarca a sectores importantes del pueblo argentino, el país está expuesto a ritornellos y oscuras revanchas.

Más allá de alianzas regionales y bloques, hay una cuerda siempre tendida entre Cuba y Argentina. No se trata de un idioma político, sino de un lazo intelectual sometido históricamente a muchos malentendidos y disparidades. Revisarlo y transformarlo es una gran tarea, que en su discurso ante asistentes en la Feria del Libro, Fidel Castro definió como una tarea de “persuasión ante las criaturas más autosuficientes e incapaces que han existido nunca: nosotros, los políticos”. Se entiende esta dura reflexión propia de pesimistas que no han perdido la esperanza, en el momento de considerarse los temas que Castro define como de “sobrevivencia de la especie humana”. Este universalismo proviene de Martí, pero también de ciertas vertientes del positivismo latinoamericano entendido no como mecanismos lineales de la conciencia, sino como un pensar a la escala de los dilemas generales del género humano. Giros novedosos, a ser considerados en relación con cómo se muestran en La Habana los estilos de vida de los habitantes en medio de una escasez que es problemática, que vulnera subjetividades pero siempre se reencuentra en el plano de una exigencia colectiva de dignidad para pensarlo todo.

Cuba va a abrir novedosas situaciones en cuanto a la iniciativa colectiva ciudadana, lo que acompañado por el fin de la doble moneda, inspirará nuevas formas sociales, que adquirirán el nombre que le exijan los hechos nuevos, como reescritura sensible del socialismo. Hablar con estos nombres es un acto de la parte museística que toda memoria, toda ciudad y todo viajero resguarda. Una charla recuerdo especialmente de esos días, la que hemos dado en el Centro Pablo de la Torriente Brau (que rememora a un escritor cubano, cronista y mártir de las luchas de la República Española). Pasamos revista allí a los mismos temas de esta nota, pero en primera fila estaba escuchando Jorge Rivas, diputado argentino, socialista, empeñado con emocionante constancia en su larga recuperación física: testimonio de cómo la vida de repente se nos agrieta y nunca desiste una esperanza quizá también repentina.

* El director de la Biblioteca Nacional se encuentra participando en la 20a Feria Internacional del Libro, en Cuba.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-162818-2011-02-22.html

  OPINION


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Se escucha en diversos ambientes el pensamiento de “recuperar la ciudad”. De la ciudad de Buenos Aires se trata. De la huraña, la enigmática, la conjetural ciudad de los porteños. La ciudad que alguien gobierna pero que nadie tiene. ¿Pero se conoce la ciudad? Desde hace muchos años suelen señalarse las diferencias sociales entre Norte y Sur, según el corte de la Avenida Rivadavia. En los últimos tiempos, se criticó el cercamiento clasista al que era sometida, al dificultarse los servicios médicos a los habitantes del conurbano. Mientras tanto, crecía la radicación de inmigrantes en nuevas localizaciones y las villas miseria se convertían en ámbitos de especulación inmobiliaria reflejando al capitalismo urbano realmente existente. Si por un lado se construía el Malba y el entrepreneur Alan Faena se ubicaba en el atolón de Puerto Madero, por otro se acentuaban los procesos laborales de servilismo, siniestros vasallajes cercanos a la mano de obra esclava.

Palermo Hollywood y Koreatown; Rosedal y Parque Indoamericano. Toda ciudad vive de sus polaridades. Si no se las ve con lucidez crítica, son temas para las guías turísticas. De lo contrario, deben ser la forma directa de visualizar las luchas sociales a través de los símbolos cívicos y las señales ideológicas del equipamiento urbano. En los nuevos inmigrantes, late un sentimiento de utopía. En los antiguos habitantes, en general, de miedo. La vida política de una ciudad tiene dos alas: una utopía de justicia urbana; otra, de recelo por lo extraño. Si triunfa este último, y por momentos parece estar triunfando, adiós Buenos Aires como ciudad abierta, como ciudad cardinal de una nación de relaciones sociales igualitarias. Una gran ciudad es una utopía y también lo que puede agrietar la vida de los utopistas, lanzándolos a la subsistencia mañosa.

Las tesis del urbanismo crítico de los años ’60 insistieron en que la ciudad era un medio de reproducción colectivo de la fuerza laboral, y que eso la caracterizaba por entero. Manuel Castells, uno de los promotores de esa idea, acabó descartándola al comprender que una ciudad es una obra de la imaginación colectiva, no producto inmediato de los modos reproductivos del capital en su necesidad de mano de obra. Por ejemplo, Pueblo Liebig, ciudad entrerriana a orillas del río Uruguay, podía haberse considerado una ciudad de esa índole, girando toda su actividad en torno del frigorífico. Pero en realidad, toda ciudad comienza su vida efectiva cuando se desprende de esa servidumbre respecto de un sistema productivo excluyente, que convertiría sus formas de comercio, circulación cultural, vivienda, salud, educación, etc., en superestructuras de consumo alrededor de su producción centralizada. El frigorífico ya no está y Pueblo Liebig subsiste como enclave turístico, un tanto fantasmal. La nostalgia, el humor triste, llevó a erigir allí el monumento al cornedbeef.

Pero, sin embargo, y sin que lo perciba, a pesar de sus milongas y sus plazas Cortázar, Buenos Aires es una simbólica ciudad-fábrica. Constituida por una plusvalía que se mide también en materia de tiempo laboral, como lo evidencian las horas pico del subterráneo, las estaciones Constitución, Once o Retiro con sus conocidas imposibilidades. Nombradas éstas de acuerdo con su grado de espesura y dramatismo, según el monto de obstáculo que oponen a los que circulan. Plusvalía temporal que pagan los trabajadores. El Obelisco es un hecho económico comunicacional (además de todo lo que se ha escrito sobre él, atinado o desatinado), porque significa “aquí está el centro”. Voluntad de conquista que sacude al conurbano y a todas las demás regiones con un dictamen de anexión y preponderancia. Una ciudad fábrica entendida como metrópolis central cree tener derecho a elaborar reclusiones de espacio y tiempo. Y junto a ello, a definir quiénes van a ser sus subalimentados, sus excluidos, sus masacrados. Lo que se reproduce es la sustracción del tiempo del habitar. Se imponen celdillas existenciales, como todo encuestador sabe muy bien. El habitar se torna sucedáneo de un hecho de consumo. Se puede saber cómo piensa la ciudad según dónde se vive, cuáles son los equipamientos domiciliarios.

El macrismo quiso desactivar a Buenos Aires convirtiéndola en sumas individuales de consumos de mercado; la piensa como si fuera el resultado de un frigorífico extinguido que estaba en su centro y por suerte dejó de funcionar, abandonando pellejos vacíos, aunque persisten funcionamientos serviles respecto de un centro de captura. Ciudad ya no laboral, sino una colmena oscura de habitantes atrincherados. Abandonó la idea, ingenua pero atendible, de la ciudad como centro cívico democrático y la confiscó con abstractos diseños comunicacionales, tal como una reciente publicidad hace con la ciudad de Claromecó. Gracioso es. El problema es que se piense así en el ejercicio de la política. El macrismo, no obstante, quiso mimetizarse con todo lo anterior: en un aspecto hasta remedó al “progresismo cultural”, en otro, a las policías científico-represivas y a sus servicios de información. Hizo un gobierno de facsímil y repetición: punteros importados del peronismo, simulacros de timbreos barriales, diálogos imaginarios con vecinos, previamente escritos en el gabinete de asesores. En general, deshistorización de la ciudad. En vez de memoria, design. En vez de justicia urbana y equipamientos públicos, atomización ciudadana. La trágica memoria de Cromañón tuvo una resolución de derecha, y la ciudad todavía debe otra reparación germinadora de vida a sus jóvenes sacrificados.

La ciudad macrista se parece a esas recorridas con fantasmales ómnibus turísticos que dicen city of books, a las bicisendas que cercenaron calles sin entender que se necesita una “voluntad maoísta” para crear masivos ciudadanos-ciclistas. Ellos vendrán, sin duda, pero su modelo de ciudad amigable es ahora una ciudad hosca, desnutrida, quizás a la espera de órdenes invisibles para salir de cacerolas. Coactiva, encerrada, con su flotilla de taxis a toda hora expandiendo una única conversación-mercancía, que gira entorno de la expectativa ansiosa de un putsch. Tal como Martínez Estrada lo percibió, mirando los picnics en los parques de los años ’30, aparentemente inocentes. O como Oscar Masotta lo imaginó en 1955, al escuchar en un cine de Flores los aplausos a ciertas escenas alusivas de Nido de ratas, con Karl Malden y Marlon Brando. Vaticinó: “Va a caer Perón”.

Sin saber que la ciudad habla y gime con rencor mientras no deja de pensarse como una utopía, es difícil tomarla como motivo de debate, incluso electoral. Vivimos uno de esos momentos y, más allá de la forma que adquiera la confrontación, será esencial decir que hay que reconstruir el derecho a la ciudad, tal como los urbanistas de las izquierdas sociales lo proclamaron ya hace mucho tiempo. Henri Lefebvre, bajo ese concepto, pensó ciudades como valor de uso, no como abstracciones publicitarias, capaces de desplegar nuevas políticas espaciales y de tiempo urbano liberado, creador. Este rango de utopismo es necesario ahora, porque es el que desentraña el sentido de las ciudades en el acto de construir viviendas, de plantear nuevas políticas de tierras, sanear sus ríos, reformar las policías, imaginar renovados servicios judiciales, urbanizar sus villas miseria sin plagiar éstas a las metrópolis gigantescas en un juego de espejos invertidos, estimular sus vanguardias culturales, recuperar sus viejos cines, volver atrás de la desmoralización urbana que proponen los shoppings centres para imaginar nuevas ferias modernas, desafío para diseñadores arquitectónicos de un nuevo linaje urbanístico. Y principalmente, la hipótesis de seguridad democrática que debe ser adoptada, haciéndola depender de una antropología de urbanización democrática, de una gran transformación en las artes y oficios en el sujeto urbano y suburbano.

Recomponer Buenos Aires es una empresa equivalente a una refundación material, moral, artística e intelectual. En toda gran metrópolis hay ciencias ocultas, clandestinidad y secreto. Estas evidencias no deben alcanzar su punto de fusión con la producción capitalista de la ilegalidad, que ya son formas de dominio fuertemente alienadas que afectan a la ciudad abierta. La hipótesis de “inclusión social” es generosa, pero debe ser acompañada del proyecto de cambiar también la ciudad –en el sentido de su cultura democrática y social–, en la que simultáneamente nuevos habitantes de pleno derecho se incluyan. La ciudad es una máquina incesante donde millones de acciones humanas se interrogan a sí mismas, por eso no debe quedar en manos de poderes que hagan de ese universo genérico un poder abstracto, un logotipo disciplinario. Las grandes tecnologías contemporáneas son manifestación de una urbe viva, no ésta de aquéllas.

Las colosales obras de ingeniería, la acción de una tuneladora o de grandes grúas deben ser decisiones políticas democráticas y no manifestación de un poder técnico que desconecte para siempre a la urbe de las lluvias o de la naturaleza. Los grandes puentes son la historia de la ciudad. El pavimento no es ocultación del suelo sino dialéctica cultural de la existencia urbana. El conurbano debe ser repensado en el sentido del urbanismo crítico, de nuevas vías de comunicación no radiales, de la justicia social y un mundo laboral-existencial volcado a un juego centro-periferia, intercambiable y sin subordinaciones, realmente emancipado. Hay que refundar también las ciudades periféricas del viejo conurbano, expandir fundaciones laterales, recrear sus aparatos educativos mediante una gran reforma pedagógica que realce las formas de vida suburbanas a la luz de nuevos descubrimientos culturales universalistas. Hay que ir hacia el sur, el oeste y el norte de la Región Metropolitana, hacia todo el cuadrante de las aguas y los vientos, hacia el Río de la Plata, con nuevas hipótesis habitacionales y de socialización de las tecnologías del vivir intervinculante.

Para replantear a Buenos Aires, es posible convocar a una vasta familia de arquitectos e ingenieros; demógrafos, sanitaristas y antropólogos; críticos literarios, técnicos, sociólogos, psicólogos y novelistas; cineastas, políticos e informáticos de nuevas estirpes, las profesiones de la construcción y la imaginación, ésas y otras, que están destinadas a repensar las ciudades por el trabajo, el arte y la política. Existe el saber de los que trabajaron y trabajan con la materia viva popular y los símbolos literarios de vanguardia, los que ya se empeñaron y se siguen empeñando en la tarea, como los arquitectos Bereterbide, Marcos Winograd, Juan Molina y Vedia. En esas filas trabajaron y trabajan también los que se ocuparon de escribir la ciudad, como Roberto Arlt, Borges, Scalabrini Ortiz, David Viñas. Es en esta época, no otra, donde esto, además de poder ser discutido, se preste al sentimiento de que es posible otro habitar y otro convivir en la ciudad de Buenos Aires.

* Sociólogo. Director de la Biblioteca Nacional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/161473-51727-2011-01-31.html

  OPINION


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No es fácil reprobar el liberalismo si lo vemos en el largo ciclo de gestación del mundo moderno. Sentimos esa dificultad aun ahora, cuando todavía se lo invoca bajo el criterio tradicional de la intangibilidad del individuo frente a la “razón de Estado” o ante los poderes corporativos. El caso de Robert Cox y su ejemplar actuación al frente del Buenos Aires Herald en los años ’70 sirve para evidenciarlo. Por supuesto, mirado el liberalismo a través de su evolución contemporánea, aparecen rostros suyos ya no tan decorosos. Especialmente, el de no ser más una ética de la responsabilidad política sino el último refugio de las más crudas derechas económicas. Desde esos cortinajes emanan las críticas a las políticas públicas, a las intervenciones razonadas del Estado, a los populismos social-democráticos y a los socialismos épicos del siglo ya transcurrido. Ya sea porque el liberalismo se convierte en un pretexto para exhibir mutiladas fórmulas conceptuales en sociedades que requieren nuevas armazones institucionales, ya sea porque las instituciones de la civilización son instrumentadas para acunar nuevos despotismos económicos, el liberalismo es una palabra remanente, vencida. No lo ha derrotado ejército alguno. Es víctima de sus propias inconsecuencias: no dice ya lo que su significado remoto quiere decir, ni quiere decir ahora lo que en sus historias antepasadas había significado.

Pero una situación interesante se presenta en relación con la obra de Mario Vargas Llosa. Su última novela, El sueño del celta, contiene un breviario del credo liberal de quien la escribe, a la manera de una novela de tesis pero, como veremos, invertida. Es la historia de un personaje históricamente existente, que se situará en los antípodas de ese mismo credo. En verdad, Roger Casement, en su dramática conversión desde su papel de cónsul humanitario del Foreign Office a diplomático prominente del ejército de liberación irlandés, nos sorprende como una figura fanática, un militante iluminado y cercano a un orden sacrificial, tal como los que Vargas Llosa acaba de condenar en su discurso de aceptación del reciente Premio Nobel de Literatura.

El novelista premiado condena; pero el novelista sumergido en la penumbra de su gabinete literario traza de manera honrosa el via crucis de su personaje. ¿Cómo pensar esta discordancia? Ya Vargas Llosa, que ha pulido para alivianar en sí mismo todo lo que había recibido de Faulkner, Flaubert o Conrad, lo ha explicado muchas veces. La novela moderna nace del distanciamiento de los autores respecto de sus personajes, produciendo una voluntaria e irónica suspensión del juicio moral que fundamenta el oficio mismo del escritor.

Vargas Llosa se ha informado en bibliotecas y archivos para construir la historia de Roger Casement, biografía trágica de la insurgencia irlandesa a comienzos del siglo XX. Su periplo afiebrado, propio de un poseído, es seguido por Vargas Llosa con su trabajo bien probado de novelista. Ciertamente, no deseamos ser quienes al discutir con él neguemos sus destrezas. En el Congo belga y en el Amazonas peruano, los informes de Casemet, obtenidos a partir de grandes escenas de ludibrio y suplicio, cumplen con la premisa del personaje tan exaltado como piadoso. Fulmina a los representantes europeos del colonialismo y los empresarios vernáculos que sostienen con formidable hipocresía una fachada empresarial con sede en Londres y, simultáneamente, feroces técnicas de servidumbre en el interior de las selvas y posesiones de ultramar.

Pero aquí hay una primera observación a realizar, que Vargas Llosa deja flotando: el hechizado Casement, ciertamente con el apoyo de la diplomacia inglesa, pone la denuncia a los explotadores colonialistas en el gesto primordial de su acción. Esto originará quiebras empresariales, abandono de poblaciones, pérdida de espacios económicos que podrían ser sometidos a otras ocupaciones tanto o más siniestras. Cualquier tema que asuma el fanático, aun el que sea justo de toda justicia, puede provocar peores efectos que los que contribuiría a evitar. Implícita moraleja liberal: cuidado al intentar impedir los males, podemos agravarlos.

¿Era entonces la manera correcta de proceder? Casement tiene inclinaciones mesiánicas. Sus elecciones morales son las adecuadas, pero las consecuencias de su acción son las producidas por un verdadero “fundamentalista”, concepto que Vargas Llosa no emplea pero ha surgido de la fragua contemporánea de la conciencia liberal aligerada de densidades históricas. La lección de Vargas Llosa –no del novelista sino la del hombre de profesión de fe liberal– sería equiparable a la de quien se indigna por la esclavitud moderna pero no aceptaría un denuncismo desatinado que no mida las consecuencias de su denuncia. Pero no es esto lo que está planteado en la literalidad de El sueño del celta. Vargas Llosa está genuina y ficcionalmente amarrado a su personaje y lo necesita extremista, en su oficio de ángel revelador de todas las penurias humanas, para justificar luego la plena asunción por parte de Roger Casement de la causa de la Irlanda irredenta.

Es ahí, ya convertido en un nacionalista radical, que mostrará su veta fundante, una militancia alucinada en un momento histórico singular, a la que es llevado por haber asimilado la situación de opresión en el Congo y el Amazonas con el avasallamiento que ejerce Inglaterra sobre Irlanda. Casement era partidario de asociar la insurrección irlandesa de 1916 a las operaciones del ejército alemán contra Gran Bretaña. Son temas que difusamente arrastran, con algunos ecos sofocados, ciertos nombres argentinos. Allí están las obras de Scalabrini Ortiz, de los hermanos Irazusta, el nacionalismo antibritánico, desde luego, y la veta “irlandesa” de la política nacional, un Walsh, un Cooke, y por qué no el coqueteo “irlandés” que realiza el “probritánico” Borges en Tema del traidor y del héroe, al que sin duda Vargas Llosa rinde tributo.

Una segunda cuestión es entonces la conversión de Casement desde su condición de agente humanitario del Imperio, en el límite del escándalo, hasta tornarse representante juramentado del Alzamiento protagonizado por la Hermandad Republicana Irlandesa. Si su ultrismo de denunciante de la explotación colonial dejaba consecuencias heréticas para los Imperios, su tesis de la alianza con la Alemania del Kaiser tenía sus dilemas, aun para los cenáculos iluminados por el santoral político de los partisanos de Dublín. Dijimos que la novela de Vargas Llosa sería asemejable a una tesis vista por el revés: el fracaso de la iluminación mística lleva a que la conciencia liberal sea la salida política para el mundo. Pero no sólo no lo dice así, sino que sus personajes, como en casi todas su novelas –basta recordar la Historia de Mayta, La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, la misma Conversación en la Catedral–, son sujetos inocentes que poco a poco ascienden a la cima de un poder que es sectario y demoníaco. Son tratados, sin embargo, a la luz de la empatía que les presta el novelista, aunque luego en sus foros liberales a éste le será fácil enviarlos al cadalso. Si esto es posible, entonces se resienten sus propias novelas, posiblemente ya engendradas para que el ciudadano liberal cosmopolita Mario Vargas Llosa condene los temas y personajes de las novelas del escritor peruano Mario Vargas Llosa.

Lo que tienen de tesis las novelas de Vargas Llosa, entonces, suele estar menos en sus propios desarrollos que en los actos políticos del liberalismo un tanto fanatizado del escritor en tanto ideólogo –pues con alguna compensación personal tenía que contener su sinuosa predilección novelística por esas almas extremas, atormentadas–. Bajo el peso de sus mismas inmolaciones, ha condenado en el tribunal del Premio Nobel a los sediciosos utópicos, a los cándidos militantes, a los obcecados revolucionarios al borde del escepticismo, que son sus polichinelas y esperpentos, a fin de mostrar un liberalismo universalista, munido de un sumario antitotalitarismo, llamando a “recuperar las libertades” en Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua. Además, poniendo como ejemplos relumbrantes a Chile o a Brasil. Naciones réprobas o naciones benditas, aquí tenemos sus temas del “traidor y del héroe liberal” en materia de países.

A la Argentina en su discurso no la nombra, deja la tarea para lugartenientes y vicarios. Asimismo convocará a desterrar las quimeras revolucionarias y las militancias expiatorias. Todo un programa, que solemos leer, profusamente reiterado, en muchos articulistas del diario La Nación, y en tantos otros, si deseáramos evocar con propósito polémico el rastro que deja por el mundo este vigía de “las libertades en peligro”.

¿Hay una novela liberal? Si las hubiera, lo serían por su estilo. Por ejemplo, las de Jorge Amado lo podrían ser, pero no por sus temas ni por la voluntad del propio escritor brasileño, por cierto bien recordable por sus compromisos sociales. Vargas Llosa, en cambio, si bien ha esmerilado los toques de realismo simbolista, irónico y educadamente decadentista que de alguna manera lo inspiran, ha conseguido como hombre público hacer emplazamientos de alerta dirigidos a los espíritus “edificantes” en torno del “populismo”, el “intervencionismo estatal” y otras señaladas malignidades que exhorta a repudiar. ¿Es esto lo que lo llevaría a execrar buena parte de sus elecciones literarias, esas conciencias aventurescas que pone en juego? Como hombre político liberal acaso está en el extremo opuesto de mucho de lo que expone en sus ficciones históricas, pero es como si quisiera decir que sólo después de arduas conversiones personales es posible ser un buen liberal.

Si muchas de sus criaturas eligen conversiones hacia la fascinación insurreccional, él las experimenta desde hace mucho tiempo en dirección a la zona de las Fundaciones Internacionales del Liberalismo en todas sus ramificaciones económicas y acepciones: el hipócrita liberalismo de combate, de índole empresarial, el más chirle de índole profesoral, el que alienta procesos de desestabilización en las grandes experiencias políticas latinoamericanas y finalmente el de los conversos.

Todo tiempo histórico sabe mucho de conversiones morales e ideológicas. Es su máximo resorte. El drama de la conversión de Leopoldo Lugones, un extraño liberal, antes socialista, en dirección a una heroicidad insufrible o hacia jefaturas oraculares, siempre fue más interesante que las conversiones de los hombres de izquierda hacia la cartilla liberal. Es que el converso es la prueba de fuego de cualquier empresa política o ideológica. Como siempre ha ocurrido, todos cambiamos y lidiamos con distintas explicaciones autobiográficas sobre nuestros cambios personales. Pero no es noble ofrecerse como converso para avalar las figuraciones que antes reprobábamos, pues en este caso es adecuado, cuanto menos, el gesto del futbolista que no festeja su gol en la valla del equipo en el que antes jugaba.

Héroe de la gran prensa establecida en esas estaciones de reaccionarismo cultural y político, Vargas Llosa es casi un nombre argentino. No ve la compleja pero atractiva hora que vivimos, quiere sacudírsela de encima, pero deja convivir en él los rastros de sus viejos símbolos rotos y la conciencia ya asentada del temor por su propio pasado. Se pasea como marioneta ambulante, aunque no tiene derecho a aleccionarnos sólo por seguir escribiendo sobre los personajes turbulentos de una historia demasiado familiar. No es respetable, aunque sus fantasmas puedan serlo.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-160535-2011-01-16.html

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En la década del ’30, Curzio Malaparte escribió un libro ingenioso pero abusivo: Técnica del golpe de Estado. Estudiaba de un modo atrevido la captura de los dispositivos de gobierno por parte de un pequeño núcleo de especialistas. El golpe de Estado era en esencia un hecho de naturaleza técnica. Malaparte (evidentemente, un seudónimo mordaz) tomaba a León Trotsky como uno de sus variados modelos. Pero en su largo periplo hacia el exilio mexicano, el sutil revolucionario ruso lee ese libro y rechaza sus premisas. La revolución, conjetura con razón, no es cuestión de un pequeño puñado de técnicos, sino de clases sociales y relaciones de clase.

En la misma época, casi en el mismo año, un joven militar argentino ávido de eventos conmocionantes, el mayor Perón, escribe su opúsculo titulado “Lo que yo vi de la preparación y la ejecución de la revolución de 1930”. Era una atractiva crónica. Su tema dominante consistía en reflexiones sobre la organización del suceso golpista. Abundan en el escrito las quejas por la falta de método en las deliberaciones de los conjurados y sólo al pasar hay referencias a la “cuestión propagandística”, precisamente algunos artículos de Lugones en La nueva república. Sin embargo, el clima de este interesante escrito es “metodológico”, pasando por alto todo lo relativo al estado de desazón colectiva que se transitaba en esos días postreros del gobierno de Yrigoyen. En este punto, es de recordarse la vasta campaña de desprestigio de Yrigoyen que venía siendo practicada por el diario Crítica.

Quien se sienta revolucionario dudosamente acepte el mote de golpista. En el escrito de Perón se hace precisamente esta distinción. Las notas ideológicas que prestigiaban a la revolución, por encima de los tecnicismos de los “especialistas del golpe”, hacían poco recomendable al golpista, tanto como aceptable al revolucionario. En su formidable Historia de la Revolución Rusa, Trotsky describe esos acontecimientos como surgidos de una conciencia trascendente, un tanto demiúrgica pero laica, propia de un inconsciente colectivo, idea de época que sin duda él toma del psicoanálisis y del surrealismo, que tanto le interesaran para sus propias reflexiones críticas. Se entiende que Trotsky impugnara la tesis “tecnicista” de Malaparte, quien tampoco abandona el análisis de las cuestiones atinentes al sentimiento general de “caos y desgobierno”, algo que también se propone generar el procedimiento golpista.

Si pudiéramos trazar una genealogía de las relaciones entre el golpista y el revolucionario, el primero ha triunfado plenamente sobre la melancólica figura del segundo. Es el patético resultado de la supervivencia de las instituciones políticas clásicas que subsisten trabajosamente en la era de las imágenes e iconos fabricados con tecnologías comunicacionales masivas. Los golpismos son seductores; la revolución es una nostalgia. Los medios de comunicación que operan con escenas primordiales de miedo y esperanza crean disciplinas de masivas, el “theatrum mundi” de la palabra popular desnuda, hablando de espasmos o catástrofes. La televisión convirtió en una factoría de fábulas universales a las grandes perturbaciones, como desastres a gran escala, salvatajes inesperados, dramas con premios y castigos, ascensos y caídas sumergidos en lenguajes evangélicos, confesiones de pornógrafos redimidos, pastorales moralistas fascinadas por lo obsceno al que sin embargo parecen condenar y fachadas sicalípticas usadas para lanzar moralinas asfixiantes. En estos lenguajes se nutre ahora la razón golpista.

Marx ya había señalado a Napoleón III como alguien que precisaba “un golpe todos los días”. Esta era la situación a mediados del siglo XIX. Pero un siglo después, a mediados del XX, todavía los estudiosos de los grandes procesos de movilización revolucionaria, como Carl Schmitt, consideraban que la lectura –como acto de fusión conceptual en la conciencia política– era lo más importante de la época. “La lectura que hace Lenin de Clausewitz es el acontecimiento fundamental del siglo”, llegó a escribir. Pero eso fue antes de que la cultura ideológica, las culturas políticas del libro, fueran extinguiéndose lentamente.

Este es un problema para los gobiernos provenientes de la tradición popular-nacional clásica, como el actual en la Argentina, que piensan en forma relativamente autónoma la representación popular, disputándosela parcialmente a las corporaciones. Algunas de ellas son propietarias de los medios de producción comunicacionales. En buena medida esta situación, entonces no enteramente percibida, comenzó a agudizarse en tiempos de Alfonsín. Y estos gobiernos, al practicar aunque sea tímidos reformismos, descubren como reacción el resurgir de la razón golpista, que ahora opera con utensilios simbólicos nuevos muy diferentes de los del tiempo de Trotsky, Malaparte y Perón. Y estos gobiernos, al descubrirla, arrojan su advertencia sobre los operadores del golpe, los conspiradores, acaso sin percibir que los neogolpismos son estructuras permanentes más allá de que existan personas o grupos que ejerzan acciones conspirativas o piensen en los términos de esa antiquísima manera de ser de lo político. El golpismo está estructurado como un lenguaje interno de la época, como una semiología que antes que voltear instituciones, las deja como un pellejo vacío.

Los gobiernos realmente populares son frágiles en relación con las reformas que encaran (tal el de Chávez, el de Evo, el de Cristina, el de Correa) que, sin embargo, no satisfacen a los partidos provenientes de las antiguas herencias de izquierda, e incluso a variadas configuraciones de la izquierdas nacionales del período anterior, que ahora han asumido partes de la discursividad republicana, menos en su esencia histórica que al gusto de la mediocracia hegemónica. Observemos que aunque los gobiernos mencionados se rodean también de medios de comunicación favorables, en muchos casos no desdeñables, penden siempre de un hilo. Sus variadas deficiencias originarias y constitutivas, explicadas por el plasma que les da sostén, en figuras y hábitos surgidos de antiguas utopías nacional-democráticas ya carcomidas, se prestan a las críticas moldeadas en el venerable figurín antiburgués y antiimperialista, mientras que no implica buena defensa de ellos el decir que “hay que tragar un sapo todos los días”. Esto es, nunca cumplirán con los requisitos premoldeados de las izquierdas arquetípicas, pero al mismo tiempo se hace incómodo verlos defendidos por pragmatistas asimismo anacrónicos, sobrevivientes de viejas épocas.

Estos gobiernos están acechados por viejas y nuevas derechas y también son condenados dura y simultáneamente por un ramillete significativo de izquierdas de todo cuño. Estas son encrucijadas que generan un punto de entrecruzamiento de todas esas fuerzas, lo que no es nuevo en la historia, pero ahora adquiere una significación trágica al poner en antesalas neogolpistas de derrumbe y desgaste a gobiernos democrático-sociales. Son acusados de no mantener el mismo “monopolio legítimo de la violencia” que las corporaciones llaman a horadar a diario. Se trata de una circularidad en la que las derechas se autoconvocan para custodiar la democracia justamente cuando ésta adquiere la nota suprema de autocontener a sus fuerzas represivas. La teoría política no ha llegado aún a identificar los nuevos síndromes de las corporaciones, es decir, su capacidad de actuar en situaciones paradojales: discurso de orden y deseo de desorden a un tiempo, como nueva productividad de sentidos múltiples. Para ello pueden incluso invocar las causas más justas, las que aún no han sido atendidas por errores y desidias de los frágiles gobiernos populares.

Sólo un pensamiento tan crucial como el de Rosa Luxemburgo logró percibir que podían pensarse en un mismo gesto político la acumulación capitalista y las tesis del colapso del régimen social real. Pero éstas tendrían dramática vigencia muchas décadas después, y no precisamente al servicio de las prometidas revoluciones sociales, sino de la operatividad de pulsiones múltiples de las corporaciones, que mantienen la reproducción existencial del sistema pensando y actuando bajo las condiciones del colapso y sus consecuencias conservadoras. Se habla de conspiraciones. Otros las niegan. Pero lo que existe son estructuras ocasionales y permanentes de desgaste, que anudan en decisivos lugares compartidos, a intereses y discursos contrapuestos. En estos términos, nadie conspira (salvo las conciencias menudas) pero la época entera tiene una significación conspiracional, pues sin que necesariamente se perfilen causalidades secretas, la producción de hechos surge de fuentes de atracción generadas por partes centrales de la lengua mediática que no han sido afectadas sustancialmente por las críticas que por primera vez han tomado carnadura política.

Estas fuentes de atracción son porciones infinitas de imágenes, portadoras de comportamientos vaciadas de su sentido originario, que utilizan el sentido de la promesa con signo reaccionario y con oscuras premoniciones que interpretan acabadamente la cámara oscura, indecible para los términos habituales de la política, con que los ambientes corporativos comunicacionales piensan la época. Lo hacen en nombre del Orden, cuyo fundamento es la producción y el control del desorden. No del conflicto, que es la objetividad de las verdaderas democracias. Sólo estudiando acabadamente la compleja evolución de la doctora Carrió podrá establecerse en qué se convierte el viejo arte político cuando ya actúa enteramente confiscado por la razón golpista. Esta se convertiría en destino inevitable del lenguaje político.

Activos dirigentes de las izquierdas argentinas hablan ahora como si no conocieran esta historia (la historia de este problema desde el punto de vista de las propias izquierdas mundiales), omitiendo la reflexión necesaria sobre las nuevas condiciones del ejercicio de la política en sociedades sometidas a complejos discursos de dominación material y simbólica, diciendo que no les pertenecen los decisivos efectos que causan sus acciones. Acciones con sentido intrínsecamente justo pueden tener consecuencias carentes de sentido justiciero. Asimismo, los gobiernos populares que no amplíen el abanico de sus reflexiones sobre la consistencia general del sentido de justicia social se privan de explorar su anunciada capacidad transformadora. La historia marcha por su lado áspero, deficiente. Vieja consigna que consigue ser aleccionadora cuando la vida política escapa en su conjunto de la razón golpista, convertida ahora en un pensamiento diseminado en amplios públicos sociales, tanto como en épocas anteriores parecía haberse extendido la razón democrática. A ésta, los gobiernos populares deben llamar a defenderla como los peces deben defender el agua.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-159368-2010-12-27.html

  OPINION


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Todos los pueblos han forjado un personaje picaresco, aprovechador y simpáticamente precario. Contrafigura del arquetipo culto, ese personaje venía de abajo, revestía forma popular y áspera sabiduría. Nos aliviaba del peso de la ley y de la solemnidad vacía. El viejo Vizcacha sirve de ejemplo mayor. Pero con los barrabravas omnipresentes, quizá se ha agotado el ciclo del pícaro argentino, que también era un ser doliente. ¿Qué comienza? ¿La era de personajes desprendidos del pueblo, de él surgidos, piedra en mano, cascoteando bolivianos, castigando paraguayos?

Todavía no tenemos nombre para ellos, por si estuvieran lamentablemente destinados a convertirse en representativos de una época, de un modo de ser. Es que no son señoritos, de aquellos que reclutaba Manuel Carlés, ni engominados tacuaristas, antes que a este grupo lo devorase también la espiral revolucionaria que provenía de antiguos textos nacionales. Son una parte ejecutora de algo que hay que desentrañar mejor. Escuchémoslos. Mientras embisten, hablan una reconocible lengua popular que hemos inventado entre todos.

Violentos de pacotilla, apretadores de morondanga, enjambre de voces por la radio, ensordecedor tejido de imprecaciones, son las milicias de estación. Corren airadamente frente a las cámaras, saben que la televisión tiene ese casillero a ser llenado. Torso desnudo, bermudas displicentes, barriguditos en sórdidas chancletas, se dan el lujo de ser fotografiados con pistolas de juguete, porque aunque no lo fueran, sólo por decirlo, este tiempo parece que se presenta como un juego. Pero cruel. Por fin llegó la hora de decirlo. ¿Habrá una suspensión cultural en la vida argentina regida por la cerrazón mental, el segregacionismo anidando en un lenguaje barrial, suburbano, como si hubiera una juglaresca racista para el piberío del barrio?

Escuchando a la señora de la casita de la esquina decir que si es así, entonces ella va a ocupar la Plaza Irlanda o el Parque Tres de Febrero, uno se siente un poco menos argentino. Viendo por televisión a esa chica de buen semblante, con anteojitos modernos y muy aplomada decir que ella se ve invadida, entonces uno se siente un poco menos argentino. En el trabajo, sube alguien al ascensor que hace saber que está harto de esos bolitas, parásitos, mientras que él... Y allí somos menos argentinos. Viajando en taxi, que es subirse a una embarazosa radio prendida, uno escucha que esa mamá vive a veinte dificultosas cuadras del subte, compró la casa con el esfuerzo de años y no puede tolerar a los recién llegados que lo quieren todo de arriba. Y entonces uno se siente también un poco menos argentino. Esa muchedumbre de voces, móviles y movileras, pueden mover los secretos profundos de una sociedad aturdida.

Digo “menos argentino” no porque sepamos qué cosa significaría serlo en un sentido completo, en un para siempre jamás. De alguna manera siempre se es “menos” respecto de algo que suponemos ser, porque lo que resta sin definir es la utopía sobre la cual siempre discutimos. Pero ahora toda una sociedad corre el riesgo de rellenar sin utopía posible ese segmento faltante –que es lo que nos hace libres– con un “discurso argentino”. Que está equivocado, y que algo o que mucho nos sustrae. Por fin se habría hallado el complemento, un sordo desdén hacia otros pueblos que habitan entre nosotros, que a veces se torna grito o disparo fatal de una oscura lucha armada. Y casi siempre, a través de un uso degradado del lenguaje nacional. Habla una mujer boliviana, ocupante de tierras. Voz nítida, gran empleo de términos inhabituales, serenidad en la expresión, conciencia de derechos, lo que casi siempre da una lengua rica y suave. Castellano atesorado en el ánfora de los pueblos. Habla un “vecino”. Voz tosca, amenazante, airada, vocablos tarambanas, el habla del jactancioso que al perder el control de sí, nos devuelve el espejo de nuestra propia lengua argentina corroída.

Tangos famosos hablaron de otra forma del tema. El “malevaje extrañao” era una convocatoria a dispensarnos mutuas disculpas porque disfrazábamos cierta ternura con una duelística de caballeros de los suburbios. Borges encumbró estos personajes y los hizo comentaristas eximios de un destino nacional. En sucesivas mutaciones que capítulos lúgubres de la historia argentina explican muy bien, el matasiete se hizo orillero, el orillero malevo, el malevo patovica, el patovica guardaespalda, el guardaespalda runfla, el runfla patotero, el patotero matón, el matón barrabrava, el barrabrava racista y el racista busca el centro del alma nacional para consumarla. Para estancar la Argentina.

Digo Argentina y se presenta de inmediato el inconveniente. Nunca vamos a cumplirla del todo porque es suma de pueblos en movimiento. Son pueblos nuevos, interrogados por pueblos originarios, pueblos originarios interrogados por el pueblo-nación. Y además: pueblos orientales de las primeras inmigraciones; pueblos orientales de las inmigraciones recientes; pueblos altiplanos; pueblos de los grandes ríos mesopotámicos hacia arriba (que dan nombres a países, provincias, ciudades y estados: Paraná, Paraguay, Uruguay); son pueblos que se mueven –porque siempre lo hicieron– en esta traslación de hombres y signos que es la nación argentina. Nunca llena, nunca terminada. Y está el pueblo-mundo: el gran concepto de Alberdi, que a pesar de tener una visión sesgada del dilema nacional del incesante fluir del pueblo, concibió claramente el hecho de que llevaba el nombre de Argentina una porción en movimiento de la humanidad renovada. No se puede perder eso justo ahora.

Preclaros escritos argentinos hablaron del pueblo del himno. Sabemos de qué se trata. Siempre hay un momento colectivo, generalmente ritual, ceremonioso o eufórico, donde se genera la gran ilusión comunitaria. Un acto escolar (la infancia), un gol de la Selección (la adolescencia), los discursos que ciertamente gustamos escuchar sobre historias compartidas (la madurez utópica). Pero ese ensalmo una vez concluido se dispersa en múltiples sentidos, cada uno de los cuales está obligado a reinterpretar los momentos de efusión compartida con una totalidad donde también subyace lo que no nos gusta. Siempre estamos llegando a algo nuevo en materia de lo popular, cargando el texto común y sabiendo que se abrirá inexorablemente hacia intereses particulares, clasistas o liberadores, que deberán desentrañar ese minuto de comunión, que en el plano litúrgico quizá tuvimos con los enemigos de toda emancipación.

En el reciente conflicto con los conglomerados agrarios, de ellos y sus batallones de publicistas emanaba la hipótesis de que había un pueblo digno, desinteresado y patriótico que llenaba la avenida Figueroa Alcorta sin choripán ni conchabos. Del otro lado, había un pueblo que se movía sin conciencia transparente, sin ideales ni buen aliento, sumergido en las vituallas que repartía el chofer del ómnibus que los depositaba en la plaza. Gran diferendo en el que había que demostrar que el “pueblo digno” era sostenido por un esqueleto permanente de envilecidos intereses de clase y el “pueblo oscuro” hacía latir en su seno, como siempre, con los matices que brinda la historia nacional, un impulso de emancipación. La discusión no ha cambiado mucho, pero se ha desplazado. El pueblo diáfano podía albergar en su conciencia una espoleta racista, que ahora, en el terreno, representarían los otros. “Vecinos” desgajados del “pueblo oscuro” enviados a la lucha tacaña, mandados ellos sí a la turbia epopeya racista, que comienza por ser un acto del lenguaje común hablado. El pueblo llano, de himnos y tablones, de marchas y tamboril, por eso debe acentuar ya mismo, en su corazón social, el síntoma igualitario que libere de servidumbres involuntarias y sepa criticar el armazón de una Argentina que nos ronda con su alianza entre señoritismo y racismo.

La Argentina debe rehacer su conciencia colectiva por medio de una gesta política y cultural tan poderosa como la que imaginaron sus principales pedagogos, a la que ahora hay que agregarle la crítica efectiva al pliegue racista que ha emergido. Esto afecta la noción misma de “pueblo argentino”. No es que no haya muchas maneras de serlo y reconocerse en él, que en el pasado han combinado las formas de la razón ilustrada y de la razón populista. Pero hoy se lucha –y el cuerpo electoral del país, en definitiva votará por esas disyuntivas–, por la ampliación de su respiración social, su reconstrucción como fuerza de cambio y cambiante, su capacidad de no ser un lenguaje clausurado y pensarse como lo que siempre fue, pueblo en tránsito, sin contornos ya trazados ni lenguajes de desprecio y miedo. Nada de esto es diferente de inventar nuevos proyectos habitacionales urbanos y suburbanos, imaginativas líneas de financiamiento popular, repensar las tierras, generar nuevas ciudades, recomponer los ferrocarriles que obligan a viajes indignos, convocar constructores, arquitectos e ingenieros con la filosofía del pueblo-mundo, reformar las policías de todo el país, proyectar en todos los cordones del conurbano una nueva imaginación ciudadana, replantear las megalópolis, recrear la lengua de los medios de comunicación y rescatarnos a nosotros mismos de lo que nos hace ser menos argentinos, sabiendo que lo que falta es lo que siempre faltará, pues todo pueblo es pueblo incompleto que se mueve para que los otros lo completen.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/158988-51025-2010-12-20.html

  OPINION


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Los acontecimientos que llevaron a la muerte de Mariano Ferreyra, los de Formosa y los de Villa Soldati –serie por demás preocupante y grave– ponen a la política argentina, nuevamente, en el máximo de la exigencia moral e intelectual. Distintas situaciones y un único sentimiento de profunda incomodidad: no es posible que quede inhabilitado un cimiento esencial de las políticas públicas, la no represión del conaflicto social. Algunos de estos hechos parecerían confusos, porque se trata de manifestaciones, reclamos o reivindicaciones que de por sí entrañan actos de fuerza. Y en ellos hay grupos sociales o políticos que pueden actuar con contundencia, expresarse con ciertos despuntes de violencia, arrojar proyectiles diversos, etc. De ahí que ciertos espíritus amigos del realismo político, aun repudiando los acontecimientos, entran enseguida en diversas disquisiciones: estaba la “izquierda”, “tenían armas tumberas”, “se encontraban también armados”. Incluso dicen que hay provocaciones o intereses difusos detrás de manifestaciones bienintencionadas. Puede ser, aunque no lo creemos. Pero quiero tratar aquí un tema de naturaleza ética: la absoluta exigencia de tomar partido por las víctimas sociales, los débiles de la historia, sin más. No cabe aquí pensar desde la razón de Estado. Una ética social activa, una ética refundadora de derecho y sociabilidad, lo es siempre “sin más”.

Ciertamente, no ignoramos la paradoja de las consecuencias, que un viejo maestro, Max Weber, hiciera centro de su teoría de la acción. Deseamos el Bien y actuamos en consecuencia. Pero obtenemos otra cosa, situaciones desarregladas, empeoramientos del cuadro social. Incluso obtenemos el Mal. Todo ello es motivo para acentuar la conciencia responsable, la autorreflexión sobre las propias acciones, la sabiduría sobre ciertas relaciones de causa y efecto que los pliegues últimos de la sociedad siempre contienen al margen de nuestra capacidad de guiarlos. Ese es el deber de los movimientos sociales reivindicativos. Pero no es motivo para no pronunciarnos, sin ninguna mediación ni cálculo, en favor de quienes son históricamente dañados. Se dirá que eso no precisa de recomendación alguna, lo hacemos siempre y sin dilaciones. No, no es así. Suele predominar en los ambientes políticos una milenaria sentencia ante los hechos más graves: ¿qui buono? Esto es: “¿A quién favorece?”

Murió alguien... pues bien, ¿de qué sector? ¿Son innominados, tienen nombres que no nos gustan, han vilipendiado nuestros propios nombres? Si reprobamos duramente, ¿no corremos el riesgo de quedar bien con nuestra conciencia, pero desconocer las situaciones complejas en que ocurre cada hecho? ¿Y si nos sacamos el gusto de hacer el clásico comunicado de las almas nobles, pero no solo conseguimos el castigo de los represores sino que también debilitamos a un gobierno nacional y popular que no controla todas las instancias que actúan en la vasta urdimbre nacional? Sí, se escuchan pensamientos como éstos. Pero en este caso solo caben, pues este es un tema que está en el corazón de época, los pensamientos en torno del victimado social y no de la justificación del Estado. Sin más. “Sin más” quiere decir que este momento reclama una dimensión ética bajo su propia responsabilidad y peso moral. Ella sola pueda juzgar lo ocurrido en las tinieblas represivas de la sociedad, sin consideraciones aleatorias. Cuales serían “hay que ver quién comenzó primero”, “traían piedras”, “los atacaron”, “interrumpían el flujo circulatorio”, “sirven a otros intereses”, “afectan a nuestros aliados”. No. Es época de una ética sin más, una verdadera reforma moral e intelectual en nuestra facultad de juzgar la escena del presente. Porque el Estado es operativo solo cuando pone de lado sus propias justificaciones, nutriéndose solo de la justificación social.

No puede haber, en este momento, ninguna idea de Estado capaz de relacionarse con un núcleo importante de transformaciones, que no asuma esa dimensión ética, sin más. El ex presidente Kirchner, al concretar la propuesta de policías de-sarmadas ante el conflicto social, introdujo en la historia nacional contemporánea el principio del socratismo democrático. Esto es, “prefiero sufrir una injusticia que provocarla”. Hace muchos años, a comienzos del siglo XIX, el mariscal brasileño Rondon marchó por el Amazonas Occidental hacia el Norte, sin responder los ataques de las etnias originarias, asentadas en el territorio. Se trataba de extender el telégrafo, pero este soldado humanista, fundador de un credo trascendental en Brasil, hoy casi olvidado, había decidido que marcharía con la consigna socrática. No era ingenuidad, una decisión marginal e inocua. Era una forma de refundar instituciones públicas democráticas y crear una moral política para los Estados, fácilmente tachadas de candorosas y aun de peligrosas para la “seguridad”. Pero ese pensamiento era un don. Tal como los grandes antropólogos lo definieron. El don es dar algo sin pretender que sea una respuesta de equivalentes; es también omitirse de una acción que sería la “contraprestación” exacta a la agresión que probablemente recibimos. No se trata de la otra mejilla, sino de instituciones con la fuerza eminente de sus convicciones sin más.

No fue un utopista, sino un hombre práctico y lúcido, como Kirchner, el que inauguró estos pensamientos que los filósofos habían pensado en sus grandes textos. No hay hoy esos filósofos. Pero de vez en cuando, inesperados políticos, excepcionales funcionarios y hasta remotos soldados de los que no podría esperarse el don de reproponer esos textos en una sociedad contemporánea compleja y quebrada por subterráneas pulsiones de justicia desatendida y de muerte, vuelven a recordar esos escritos célebres. Que además pueden no haber leído. Pero los reciben como legado subterráneo e insospechado. En una prueba de que siguen existiendo más allá de que en las universidades hablen sobre ellos. Y ahora, en estos momentos difíciles para esta ética del “sin más”, vemos la serie aciaga de estas muertes en las que participan agentes policiales, barrabravas y matones sindicales, estructuras armadas del Estado que vuelven a desenfundar sus armas viendo en manifestantes, pueblos étnicos, militantes políticos, autores de una supuesta amenaza para el orden. No. El orden incluye dos cosas. La incorporación de la manera en que lo que lo desafía, que lo hace mutar hacia formas más igualitarias. Y su autorreflexión, en el sentido de contener su fuerza, para descubrir nuevos motivos de su propia democratización. Se dirá que esto es ingenuo. Pero sin esta “ingenuidad” no se sostienen los cambios, reparaciones y sensibilidades nuevas.

No obstante, no hay tal la ingenuidad. Se trata de una productividad política nueva. Incluso es la única forma de comenzar las reformas del orden policial viciado que tantas veces se ha intentado, liberando a sus propios agentes del pensamiento represivo. Las reformas han fracasado, aun las mejor formuladas, porque no han ingresado en los misterios de la subjetividad del Estado, con sus tendencias contradictorias, entre el servicio social y la represión. También la agresividad que puede anidar, incluso, en los movimientos sociales inspirados por viejas y justas demandas, podrá también dejar paso a otras formas de acción, que otras sociedades y procesos políticos transformadores han practicado. Dígase que el tosco macrismo es una parte importante de la conciencia en retroceso de un sector de la población, sumergida en miedos inducidos y en soluciones represivas, xenófobas y encastilladas en pequeños privilegios, que no serán tales pues solo contribuyen a una vida atomizada, menguada, sin verdaderas certezas comunitarias, reemplazadas por la derechización del carácter personal y una moral que corroe las capacidades subjetivas de todo tipo.

Los acontecimientos de Villa Soldati y los que los precedieron componen un encadenamiento que es preciso detener, desde luego que con nuevas políticas sociales, de vivienda, de reconocimientos materiales y simbólicos, de inversiones en infraestructuras que atañen a la vida popular, de educación con nuevos descubrimientos pedagógicas y lingüísticos, de tecnologías que ingresen en la vida cotidiana para fortalecer sus creatividades dormidas, de conversión de las villas miserias en ciudades originales, integradas a la ciudad real con sus propios esfuerzos culturales y planificadores, develando en sí misma el rechazo a reproducir la razón económica de las metrópolis y las mismas estratificaciones clasistas en medio de las vidas marginalizadas. La vida popular no puede ser, como lo está siendo, la tentación para reproducir internamente poderes oscuros iguales a los que también la avasallan.

La sociedad argentina está decidiendo. Ahora mismo, y en cada militante social, sobre todo entre los que ven con especial simpatía los tiempos que transcurren, está decidiendo sobre una disyuntiva. O bien triunfa una moral pequeña, que se pregunte “a quién beneficia esto”. O prospera una moral sin más. Esta última es la moral que percibe que son las propias transformaciones ya practicadas las que están en peligro cuando ocurren episodios mortíferos como los que comentamos. No actuar contra ellos políticamente, sin ningún otro tipo de consideración, “sin más”, lejos de convertirnos en almas candorosas “que no sabemos medir la correlación de fuerzas”, nos convierte en conciencias nuevas para un destino de justicia renovado en el país. Renovando la autorreflexión de todos los sujetos actuantes, la de los movimientos sociales, y la del Estado, que debe autocontener lo que debe monopolizar, en especial la violencia.

* Sociólogo, ensayista,director de la Biblioteca Nacional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/158494-50830-2010-12-11.html

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En 1846, la prensa rosista, sobre todo el Archivo americano, dirigido por el sagaz polígrafo napolitano Pedro De Angelis, no dejaría pasar las importantes apreciaciones que el general San Martín enviaba precisamente desde Nápoles, donde se hallaba por razones de salud. Lo que había despertado el fervor de San Martín era la noticia de la batalla de Obligado, ocurrida unos meses antes, por lo que se ponía a disposición de Rosas. A pesar de sus dolencias, escribe varias cartas en donde incluso considera la eventualidad de la toma de Buenos Aires por parte de Francia e Inglaterra. En esa hipótesis, razonaría consejos militares de gran sutileza para poder recuperar la ciudad aun con milicias de menos calidad y cantidad que las europeas. Su escrito cumplía un papel de disuasión ante los poderes imperiales europeos.

Al final de sus días, el general dona su sable a Rosas a través de la cláusula tercera de su testamento. Rondaba su pensamiento un solo tema, la posibilidad de comparar la dimensión de la emancipación del dominio español con la lucha del gobierno de la Confederación Argentina contra las dos mayores potencias europeas, la Francia de Luis Felipe de Orléans y la Inglaterra que ya comenzaba su “era victoriana”, con sucesivos primeros ministros que el mundo recordaría, Melbourne, Peel, Palmerston, luego Gladstone y Disraeli.

Son los años de la revolución industrial madura, de la expansión del imperialismo mercantil, de la guerra del opio, de la hambruna irlandesa, de los cercos sobre el Río de la Plata en nombre de la “libre navegación de los ríos”. Rosas había estudiado bien la política inglesa y alguna vez se jactará de su amistad con Lord Palmerston, a quien al parecer pertenecía la propiedad que ocupará como exilado en las afueras de Southamptom. El Foreign Office es sutil y Rosas no lo es menos. Se conocen, se han combatido, secretamente se han admirado y comprendido.

En cuanto a Francia, gobierna Luis Felipe de Orléans, el régimen que Marx en Las luchas de clases en Francia había llamado la “monarquía financiera”. Su ministro Guizot era gran conocedor de la historia francesa e inglesa, rival de Palmerston pero no de Peel, admirador del gran historiador inglés Gibbon –del mismo modo que, muchos años después, también lo admiraría un ciudadano nacido en el país al que atacaría en dos oportunidades la marina de Francia: Jorge Luis Borges–. Rosas tampoco desconocía la política francesa y según una paradoja que Sarmiento considera en el Facundo, se valía de la propia prensa europea, que íntimamente despreciaba, para defender su gobierno. En efecto, el escritor francés Emile Girardin mantiene un diario, La Presse, que al parecer era financiado en cierto momento desde Buenos Aires para defender las posiciones del gobierno de la Confederación rosista en esos años de fuego, si es que algunos no lo son.

Rosas no carecía de pensamientos políticos elaborados, aunque no solía expresarlos en público. La liturgia barroca de su gobierno, tema de gran interés, hizo que se lo comparara con Felipe II. Había escrito un diccionario de lenguas pampas porque el mundo del orden, que era el suyo, implicaba saber el idioma en que se debía garantizar la sumisión de los vencidos. Fugazmente, despertaría el interés de Darwin, quien se cruza con él en medio de la pampa. Rosas era lector de viejos textos ultramontanos y de ciertos clásicos. Alguna vez ha citado a Burke y a De Maistre, se sabe que cuida una valiosa edición de la Etica a Nicómaco y se guía por pasmosas encíclicas papales.

Además, tiene Rosas una concepción del absolutismo político que no es de floración espontánea, sino que proviene de su familiaridad con textos sobre El Príncipe, escritos por consejeros finamente reaccionarios, entre otros –como lo prueba Arturo Sampay– un teórico de las monarquías del siglo XVIII, Gaspard Réal de Curban. Viviendo como exilado en el farm inglés, reprodujo las escenas de una granja pampeana, intentó escribir sus memorias, se carteó con sus fieles, recibió a Alberdi y a los Quesada, llegó a interesarle a Ernst Renan (que leyó manuscritos de Rosas que le fueron entregados por Adolfo Saldías) y condenó a la Comuna de París en 1871, empleando la expresión “comunistas” con el mismo valor que le adjudicaron los credos reaccionarios del todo el siglo XX.

He allí un tema. La batalla de Obligado hay que verla eminentemente “desde el sable de San Martín”, el mismo que en la década del ’60 del siglo XX fue motivo de disputas y capturas simbólicas por parte del peronismo. Pero no puede ser vista desde las propias opiniones de Rosas y su mundo cultural de terrateniente exuberante, con su gauchocracia aúlica y ritualista. Rosas fue más astuto que lo que Marx imaginaba cuando en sus escritos de 1850 sobre la India especulaba que la “astucia de la razón” debía hacerse responsable de la crisis de la dominación británica en países de ultramar, donde el imperialismo debía penetrar ampliamente para luego crear él mismo la contradicción que lo derrocaría.

Concreto, Rosas tiene la astucia del gran propietario de tierras, mimético con la lengua de sus subordinados, que arma milicias propias y que, sin dejar de ser un empresario ganadero moderno, lo es preservando más arcaísmos culturales que los que toleraban Marx y Sarmiento. Por eso libra batallas de autonomía territorial pero sin concepción antiimperialista o libertaria, sino más bien autocrática. En nada se desmerece con esto ninguna batalla, en la medida que no hay hecho que no sea paradójico.

El movedizo psicoanalista esloveno Slavoj Zizek se deslumbró con Rosas como lo había hecho antes Pedro De Angelis, aunque un siglo y medio después. Dice precisamente que Rosas es el ser paradójico que impulsó la unidad nacional sin ser demócrata, que era un republicano jacobino que sin embargo hablaba como un conservador y que, en suma, fue una persona de derecha que cumplió objetivos de izquierda. No son interesantes hoy estos pensamientos. Las paradojas existen, liberan las existencias aherrojadas, componen lo político en su realidad última, pero si son mal planteadas, pueden dar una explicación “rosista”, por lo tanto antediluviana, a hechos interesantes ocurridos durante el período de Rosas. Marx, como se sabe, juzgó a Bolívar como un anacronismo político que impedía el reinado universal de las precondiciones revolucionarias en el mundo. Las raíces de este error “europeísta” fueron muy bien explicadas por el pensamiento de la “izquierda nacional” y del socialismo latinoamericanista de José Aricó, hace ya muchas décadas. Pero la razón absolutista de Rosas no significa lo mismo que la imaginación libre del vasto Bolívar.

La tesis de un tiempo latinoamericano específico, capaz de darles singularidad a los procesos emancipadores de estas tierras –tema de absoluta vigencia–, precisa de todas maneras una noción amplia y sensible del tiempo universal y de los problemas complejos de la modernidad. ¿Hasta qué punto es posible omitir, de la sensibilidad emancipatoria anticolonial, los elementos de una comprensión lúcida del conflicto social moderno? San Martín ve en la Europa de 1848 síntomas de disgregación social, juzga la convulsión de las barricadas revolucionarias como un hombre de orden, que lo es, pero a diferencia de Rosas, no lanza rayos y centellas ni pide auxilio al Vaticano. En un libro que pensaba titular “La religión del Hombre”, Rosas iba a proponer una Liga de Naciones de la Cristiandad regida por el Papa, a la manera de la Santa Alianza. Victor Hugo y Mazzini le parecían solo contenibles por la mano fuerte de Napoleón III. La Primera Internacional le preocupaba, y se mantiene informado puntillosamente sobre los movimientos de los adeptos de Marx.

El revisionismo histórico rosista, en sus variantes republicana conservadora, ultramontana apostólica, nacionalista católica, nacionalista popular y nacionalista de izquierda, y en sus estilos más o menos documentalistas o legendarios, plebeyos o aristocráticos, es un movimiento publicístico ampliamente vigente en la conciencia pública y en los medios de comunicación. De ser la segunda voz, nunca endeble, de las interpretaciones historiográficas, ha pasado a ser ya la primera. Propone amplios modelos del pasado para un juicio inmediatista sobre el presente. Admitamos que las extrapolaciones del pasado muchas veces son hilos internos vibrantes de los grandes trabajos de investigación histórica. Pero en especial si se procede con delicadeza en la traslación, tratando los textos sin reduccionismos ni forzamientos.

Son tiempos éstos en que son necesarios nuevos aglutinamientos sociales de emancipación, que conjuguen temas nacionales, sociales, de sensibilidad cultural y con nuevos lenguajes públicos que no se cierren en forma unidimensional sobre liturgias venerables. Estas gestas son hechos que pueden transferirse al presente en la medida en que los grandes arquetipos se nutran también de la noción de que en la historia nada es traducible de inmediato. Esta traducción será obra de un cuidado analítico, del respeto documental, de la imaginación pública para que las leyendas nacionales sean relatos democráticos y que las sagas del pasado no aprisionen litúrgicamente la rica heterogeneidad del presente.

La Vuelta de Obligado fue una epopeya nacional notable, que significa también una nueva obligación a la vuelta de una larga discusión argentina. Demostró y demuestra que hubo y hay una “cuestión nacional”. Demostró y demuestra que los proyectos de modernización cultural no deben estar hipotecados a los poderes mundiales que se arrogan mensajes civilizatorios aunque se presentan con incontables coacciones. Demostró y demuestra que es posible conmemorar una proeza nacional y popular sin aprobar el régimen político bajo el cual ocurriera. Demostró y demuestra que la rica variedad de la historia argentina no puede ser encapsulada en géneros fijos y simbologías señoriales. Demostró y demuestra que estamos obligados a hacer de la historia transcurrida el alma libertaria de los poderes populares instituyentes que están en curso.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-157351-2010-11-23.html

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Y apunta, y tira. No sabe lo que hace. Mata a un hombre. Pero sabe lo que hace. ¿No precisa trabajo acaso? Ha peregrinado por el sindicato, los talleres del ferrocarril. No lo valoran bien. ¿No se dan cuenta lo que él vale? Ya van a cambiar de idea. No es como los demás, simples peones de la apretada, patovicas que no asustan a nadie, empleaduchos que hacen a desgano lo suyo, marionetas de una pesada que no pasa de la manopla y el tiro al aire. Patoteros de ocasión. El no. Tiene pretensiones, cuida su rostro para que se parezca a los rostros de la época. Si es barba candado, todo bien. Si es una dúctil vellosidad debajo del labio inferior, todo bien. Si es una camisita con tres botones desprendidos, un arito incluso, todo bien.

Y apunta, y tira. Un segundo o un primer oficio de un hombre –no leyó a Borges ni a Sartre– puede ser el de matar a otro hombre. Pero él tiene más oficios. Puede desarmar y armar una heladera con los ojos cerrados. Como técnico, diría que ése es su primer oficio. Puede desarmar y armar una 22, una 38; es su segundo oficio. A veces su primer oficio. ¿Por qué hacer distingos? Siempre con los ojos cerrados. ¡Que un hombre como él quede desocupado! Si se descuidase, hasta podría convertirse en un tercerizado. Conoce a varios que no tienen ambiciones, no saben lo que es aspirar siempre a lo mejor, a lo más fetén fetén. Es graciosa esa palabra, es antigua, él la dice en broma, pero se sabe que es para señalar las apetencias y, al mismo tiempo, atajarse por si no se cumplen enseguida. Fetén. No queda bien el papel de ser un desgraciado de la suerte. Por eso queremos lo mejor, pero nos tomamos un poco en broma. Tenemos calle, mundo, tablón, no encorvamos el lomo al costado de las vías, como esos tercerizados. Su nombre lo dice todo; no son de primera, ni siquiera de segunda. Me saco fotografías a troche y moche. Cualquier día de éstos me pongo un Facebook. Total, con la promiscuidad que hay en el mundo, sólo un vago o un desinformado no trabaja para convertirse en fotogénico. ¿No saben lo que es eso? El genio de la imagen, lo que te da luz, aunque sea momentánea. Pero si una foto resulta que tiene imán, pasás al frente. Lo saben todos. ¿Cómo no se dan cuenta los giles? No tienen ambiciones...

Y apunta, y tira. Las cosas pueden ser graves, él lo sabe bien. Pero no cuando hay palabras adecuadas que las explican. ¿No escuchó decir “a éstos se la damos”? ¿No dijo alguien por ahí, cerca suyo, “lo que haya que quemar, lo quemamos”? ¿No expuso el gordo del tatuaje la clara convicción de “a ése dejámelo a mí”, y el delegado general, ese mismo, no lanzó ufano unos conceptos fabulosos, “son troskos”, “a los bichitos colorados los servimos”? ¡Qué palabras! Las había escuchado antes, pero ahora se las decían con ganas. Había urgencia y sentido. Cómo refulgen esos dichos. Troskos. Bien pronunciados, como la pronuncian los muchachos, como en un exorcizo o un ritual de inmolación, ¿cómo va a ser un problema encajarles un estocada, un cohetazo? Bichitos colorados... hasta es tierna esta expresión, pero sabemos lo que quiere decir; si los taladramos, nadie se preocupa... si ya nacen despreciados en el propio idioma. Los que hablan son nuestros sabios del estruje y el aporreo; el pibe del tattoo, el delegado que hace reír cada vez que dice “zurdaje”, y lo dice cada dos por tres; el entablillado que la ligó en una batahola la semana pasada; un correveidile que va de la seccional al club, del club al taller, trayendo órdenes y habladurías. A veces confunde unas y otras. Le habrán dicho que esa confusión es necesaria, que nunca hay que decir las cosas pesadas claramente. Los que hablan, francamente, parecen que balbucean, sólo dicen grandes metáforas, “los corremos y los reventamos”. Pero hay que saberlas interpretar bien.

Y apunta, y tira. Hay que saber interpretar, es un arte. El es el mejor y debe demostrarlo. Un trabajo como cualquier otro. Pero profesional. Desarmar la heladera. Manejar el chumbo. No ser aburrido, eso también es bueno. ¿Y la policía? Deja hacer. Neutrales, pibe, neutrales en el conflicto social. Ya se van retirando los tercerizados. ¡Qué palabreja! Y nuestros muchachos, dueños de la escena, como soldados de Napoleón en las estepas, desfilando por las vías. Pero falta algo, algo que se venía cantando y que los maricones no saben leer. Leer, sí. Interpretar. Como quien dice, leer un partido de fútbol. Leer la situación, ésta en la que corremos a los zurditos. Sí, tiren piedras nomás. Acá va lo nuestro. ¡Fuegos artificiales para todo el mundo! Es mi interpretación selecta, mi hermenéutica que lo aclara todo, y no va al aire ni a las patas. Al centro, donde más duele. Y luego, volver al taller. Ufano. Santo Remedio de Escalada. Somos lo mejor; ya no pueden negar un empleo, lo han prometido. ¡Si les dimos de lleno! Fetén, fetén. Dicho en broma y en serio. Los capos saben lo que quieren. El trabajo ya está hecho, de primera. ¡Cómo corrían después de los chumbazos! Iba en serio. El trabajo consiste en interpretar bien, darles un moño a las cosas para que empiecen bien y terminen mejor. Y los capos... satisfechos.

Pues bien, dudamos en meternos en la conciencia del asesino, de este o de cualquier asesino. ¿Quién ha tirado? Hay un momento en que apretar el gatillo implica que toda una trama social sostiene ese acto tan definitivo y sutil que es apenas una presión, una mínima curvatura del dedo. Pero hay maquinarias detrás. No sabemos si esta descripción alcanza para decir de qué se trata. Lo que aquí imaginamos surge de las crónicas periodísticas y no lo escribimos para incriminar a nadie en especial, sino para que surja el culpable, los culpables, y la urdimbre que los rodea y constituye. Menciono algunas cuestiones relacionadas: no pensamos que el disparo o los disparos hayan salido de los pliegues internos del Estado. No pensamos que se haya “tercerizado la represión”, lo que significaría también que el tirador hubiera sido designado por el Estado o estuviera vinculado con él. Definir bien la situación es un paso para desentrañarla jurídica, social y políticamente. En cambio, pensamos que el disparo sale de una parte de la historia nacional, su parte turbia, irresuelta, espesa de oscuros tráficos y negocios. Esclarecerla, desmontarla, es obra de la Justicia y de un sentido renovado del vivir común, la política y el sentimiento colectivo. Sale el disparo, también, de ciertas conversaciones, de terminologías aciagas, de años y años en que tantos y tantos han consultado el diccionario del desprecio, de los prejuicios de una dirigencia sindical que sostiene intereses cifrados, que a veces dicen palabras venerables, pero son sonidos huecos tras los cuales sólo hay una gavilla. En ella, una mezcla de historia reventada y de aciaga fatalidad va fabricando un asesino.

Hay entre nosotros muchos temas pendientes. Este reviste la categoría de principal y urgente. Cada época tuvo su mensura de gravedad y confines ultrajados. Los 30 mil desaparecidos son la evidencia, en la lengua, en el sentido jurídico y en el pensar colectivo, de un modo explícito de gravedad. Invocarlos hace a la salvaguarda de la existencia social y política de una comunidad. Otra mensura proviene de los nombres de Kosteki y Santillán. En un caso son cifras visibles con miles de rostros detrás. En el otro, dos rostros visibles con cifras invisibles detrás. Cada época tiene su marca de peligro y sentido de la violentación de límites.

Ahora eso lo establece Mariano Ferreyra, que en la tragedia es nombre y número individual. Sabemos algo de él; es poco. Han hablado sus compañeros de militancia, su hermano; su madre, apenas. Una vida popular, una esperanza de cambio, una militancia estricta, suburbana. Es uno de los rostros que vemos pasar en el cortejo sangriento de la vida argentina. Perteneció a un compromiso militante, a un partido clásico de la izquierda del país, a una interpretación de los hechos que de repente reculan sobre sí mismos, brutalmente y sin proporciones, mostrando que encerraban un latente retoño criminal. También pertenece a una historia de la juventud argentina, de las militancias sociales y del via crucis del pueblo, en la medida en que esa noción está siempre detrás de nosotros y siempre –impalpable, etérea, demorada– en permanente reconstitución. Y también más allá, luego de nosotros. Este chico asesinado, este militante entre los miles y miles de militantes que hay en el país, espera y nos espera. Es uno de los rostros actuales que se ven pasar, fantasmales, en el reclamo de resarcimientos, ante lo injusto y lo bárbaro. No podemos quedarnos tranquilos.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156938-2010-11-16.html