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  MEDIOS Y COMUNICACION

Roberto Samar discute acerca de la oferta de los medios de comunicación destinada al público infantil, el aporte que hace PakaPaka y la necesidad de que esa señal esté efectivamente al alcance de todos.

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Los discursos consumistas de los medios masivos de comunicación inciden en la imagen de la realidad social. Los mensajes, a largo plazo, van construyendo el soporte de los futuros deseos y fantasías.

El estudio de la relación entre los productos de entretenimiento para chicos y el consumo no es nuevo. En el libro Para leer al Pato Donald, de Ariel Dorfman y Armand Mattelart (1972), se analizaban los discursos que circulaban en las historietas de las revistas de Disney; y se señalaba que en el mundo de Walt “cada palabra es publicidad de una cosa o un personaje, se vive la compulsión del consumo intenso”.

En el mismo sentido, los autores sostenían que “no podemos entender cómo esta obsesión por la compra puede hacerle bien a un niño, a quien subrepticiamente se le inyecta el decreto de consumir y seguir consumiendo sin que los artefactos hagan falta. Este es el único código ético de Disney: comprar para que el sistema se mantenga, botar los objetos y comprar el mismo objeto, levemente diferenciado, mañana”.

Esta situación se graficaba en las viejas revistas del Pato Donald, donde el lugar común de las historias era la acumulación de dinero, la idealización del terrateniente o del banquero, llegando hasta la fantasía de comprar una isla.

En la actualidad, los programas de entretenimiento para chicos no tienen la cultura consumista explícita que denunciaban Dorfman y Mattelart, pero sí contienen una saturación de publicidad que los atraviesan. Mientras los chicos miran un tierno dibujito, asocian la felicidad al consumo de objetos. Ven niños contentos y felices a partir de que tienen un Playmobil, una Barbie, una computadora, un juego para hacerse trenzas o una película.

Como señalan Santiago González Bienes y Gustavo Gaccetta, licenciados en psicología y especializados en infancia, los “niños se van haciendo cada vez más ‘dependientes’ de los objetos. La falta de éstos se vuelve terrible, insoportable e intolerable. Pero detrás de estas demandas concretas, lo que el niño pide es amor, y lo que el paradigma actual le ofrece son cosas”.

Este paradigma de estímulos permanentes para la obtención de objetos se puede ejemplificar en la programación de Play House Disney, en la cual en una hora un chico llega a recibir el estimulo de comprar 16 productos mediante publicidades y recibe 21 promociones de los programas de la señal. Es decir que si un niño ve dos horas diarias de dibujitos en este canal puede llegar a recibir en un mes más de 960 estímulos de compra de productos y de 1260 promociones de programas.

Esta problemática se complejiza en los niños de entre dos y siete años, a los cuales van dirigidos muchos de los productos de Disney, ya que son más permeables a las influencias televisivas, encontrándose en el estadio preoperacional, donde aprenden cómo interactuar con su ambiente mientras desarrollan aspectos esenciales de su personalidad.

Cabe aclarar que esta situación no se da sólo en las producciones de Disney, sino que es una constante en la mayoría de la oferta televisiva de los niños, lo cual complejiza aún más el panorama, ya que hace prácticamente de la publicidad un lugar común.

En ese contexto de hiperestimulación consumista y como si fuera un contrapunto, el Ministerio de Educación de la Nación desarrolló el primer canal educativo y público para todos los chicos y chicas de Argentina y de América latina: la señal Paka Paka, el poder de la imaginación. La propuesta, que tiene fines pedagógicos y no comerciales, consiste en una nueva señal infantil con contenidos orientados a educar y a entretener, abierto a la cultura de todos los sectores de nuestro país y a distintas expresiones del globo.

En ese sentido, Paka Paka contempla producciones de alta calidad que respetan los derechos humanos, estimulan la creatividad e imaginación, promueven la diversidad, la inclusión y fundamentalmente no contienen publicidades; por lo cual no promueven la asociación de la felicidad con la posesión de objetos.

Esta señal es de todos, la financiamos entre todos. Sin embargo, no es accesible plenamente, ya que algunas empresas, como Cablevisión y DirecTV, no permiten que se incorpore en su grilla, admitiendo sólo el acceso a las señales que persiguen fines comerciales.

A partir de lo analizado: como ciudadanos, como padres y como profesionales de la comunicación debemos exigir que se garantice el derecho de nuestros hijos e hijas de acceder a esta señal infantil educativa y pública, ya que en esos consumos audiovisuales también se está construyendo nuestro futuro y las formas que tendremos de ver el mundo.

* Licenciado en Comunicación Social. Docente UNLZ.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-165643-2011-04-06.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Roberto Samar reflexiona sobre la legitimación de la violencia que se hace a través de los mensajes televisivos de entretenimiento, advierte sobre las estigmatizaciones y llama a no permanecer acríticos frente a la oferta televisiva.

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Si te digo que a un detenido lo mantienen amarrado al piso, atado de piernas y brazos, y con la boca amordazada durante años, ¿qué sentís? Y si además, para completar el cuadro, quien lo vigila goza cuando lo pisa. ¿Qué opinás? Es una aberración claramente violatoria de cualquier concepto básico de derechos humanos.

Esa es una escena que consumen nuestros niños cuando ven la película Kung fu Panda, naturalizando la violencia dirigida a los “malos”. Crecen asociando la detención al castigo.

¿Qué opinás si sabés que para hacer confesar a un detenido lo torturan, con el consentimiento y silencio de un sacerdote que se retira para no presenciar el nefasto momento? Esta es una práctica que ejercen los “buenos” en la serie de televisión V.

En el mismo sentido, José Pablo Feinmann recuerda que el protagonista de la serie 24, Jack Bauer, toma dos cables de electricidad y hace sufrir a un tipo para sacarle información.

Estos actos son ilegales según nuestra Constitución nacional, que en su artículo 18 establece, entre otras garantías, la prohibición de la coacción física (tortura), para lograr una confesión. También dice: las cárceles son para seguridad y no para castigos de los reos.

En igual sentido, pero en el ámbito internacional, los tratados sobre derechos humanos incorporados a nuestra Carta Magna reconocen las mismas garantías. Sin embargo, estos casos puntuales que menciono a modo de ejemplo muestran de qué manera en los medios masivos de comunicación la “confesión” bajo tortura, como muchas otras prácticas violentas, son lugares comunes.

Asimismo, en la mayoría de las series televisivas se presenta a los personajes como “malos” o “buenos”, por lo cual tendemos a pensar que los roles son rígidos. Es decir, si quien roba es malo, no es una persona vulnerable que comete un delito en un momento específico y por lo cual puede asumir otro rol en el futuro. También, si al que infringe la ley lo pensamos como alguien que es “malo”, lo estigmatizamos en ese lugar, por lo cual tendemos a aislarlo y agudizar aún más su exclusión.

El problema es que estas miradas, por más que pertenezcan a espacios de entretenimiento, inciden en la realidad. Ya que son discursos que circulan y tiñen de una particular subjetividad nuestra manera de interpretar el mundo, llevándonos a naturalizar actitudes aberrantes.

Podemos reflexionar el tema tomando la noción de sentido común en Antonio Gramsci, como “el sentido general, sentimiento o juicio de la humanidad; como un conjunto de creencias que la mayoría de la gente siente que son verdaderas”.

En ese sentido, grupos mayoritarios de la población toman como una verdad naturalizada la idea de que para que confiese a una persona hay que torturarla y que es normal que se haga sufrir al detenido porque la función de la cárcel es la venganza. ¿Cómo se va a instalar otra mirada si desde niños asimilamos esas prácticas?

La problemática se complejiza porque al consumir estas miradas de la realidad en un espacio de entretenimiento, las tomamos desde un lugar acrítico. Por eso somos más permeables a asimilarlas en nuestro sentido común.

Desde ese punto de vista, tiene más poder de influenciarnos una escena de una serie o un comentario de Susana Giménez, que una reflexión de Mariano Grondona. Ya que al interpretar el programa de Grondona sabemos que estamos frente a una mirada política con cierta intencionalidad, mientras que el supuesto entretenimiento se muestra como “inocente” y lo vemos relajadamente. Pero esa inocencia también contiene valores e ideologías.

Por suerte la comunicación no es lineal y podemos interpretar críticamente lo que consumimos. Actualmente contamos con espacios donde circulan pensamientos distintos, contrahegemónicos, desde los cuales podemos resignificar los discursos que se basan en la violencia y en la exclusión. Sólo debemos recordar que tenemos que estar atentos a los productos televisivos que circulan con supuesta inocencia.

* Licenciado en Comunicación Social. Docente UNLZ.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-149878-2010-07-21.html


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Los medios masivos de comunicación nos realizan un recorte de la realidad. Nos dicen qué es noticia y qué no. Es decir, nos informan de qué es lo que pasa y que es lo qué no pasa hoy. Por lo cual, nos plantean sobre qué tenemos que discutir y reflexionar. En la tapa de los diarios, en el panorama informativo de la radio o en los títulos del día de los noticieros, los medios nos instalan una agenda informativa. A esta capacidad de los medios de decirnos qué discutir se la denomina “agenda setting”.

Según Donald L. Shaw, como consecuencia de la acción de los periódicos, de la televisión y de los demás medios de información, el público es consciente o ignora, presta atención o descuida, enfatiza o pasa por alto, elementos específicos de la “realidad”. La gente tiende a incluir o a excluir de sus propios conocimientos lo que los medios masivos de comunicación incluyen o excluyen de su propio contenido.

El 24 de marzo se cumplieron 34 años del golpe de Estado. Por lo cual se organizaron marchas que fueron multitudinarias en todo el país. Sin embargo, la tapa de Clarín del día hacía referencia a la oferta a los bonistas, la gripe A y a un partido de Estudiantes.

¿Por qué Clarín evitó titular sobre el aniversario de la dictadura? ¿Por qué buscaba que ese día discutiéramos sobre estudiantes y los bonistas, si la masividad de las múltiples marchas mostraba el interés de la mayoría del pueblo?

Probablemente, en el marco del proceso judicial para determinar la identidad de los hijos adoptivos de la dueña del Grupo Clarín, Ernestina Herrera de Noble, sumado a la confrontación del grupo con el Gobierno, no era funcional una marcha multitudinaria de la temática de los derechos humanos. En ese sentido, si el hecho no es noticia, no es considerado importante, la gente tenderá a no preocuparse por el tema del aniversario del golpe de Estado.

Más allá de las políticas comunicacionales específicas del Grupo Clarín, la concentración de los medios masivos de comunicación genera la existencia de un grupo hegemónico que intenta instalar una agenda de discusión que responde a sus intereses.

Si existe una pluralidad de medios, existirán múltiples agendas de discusión y tendremos muchas miradas de la realidad coexistiendo. Por suerte la comunicación no es lineal y la última palabra de la agenda de discusión la tiene el pueblo. La marcha del 24 de marzo fue multitudinaria, se reafirmó el repudio al genocidio y se respaldó el derecho a la identidad.

* Licenciado en Comunicación Social. Docente UNLZ.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/subnotas/145529-46714-2010-05-12.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

A partir de la relación entre medios, política y poder, Roberto Samar reinstala el debate sobre la construcción mediática de la realidad.

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Cuando la Presidenta inauguró la sesiones del Congreso nacional mencionó que hay un país real y uno virtual o mediático, donde nada está bien, donde todo está mal. A partir de esta afirmación sobre la realidad virtual y la verdadera podemos preguntarnos: ¿Cuál es la verdad de la realidad? ¿Existe una “realidad verdadera”?

En realidad, valga la redundancia, no hay una verdad ni una única mirada de las cosas. Siempre hay interpretaciones subjetivas de la realidad que percibimos. Según Michel Foucault, “no hay nada absolutamente primario para interpretar, porque en el fondo todo es interpretación, cada signo es en sí mismo no la cosa que se ofrece a la interpretación, sino la interpretación de otros signos”.

En otras palabras, cuando pensamos políticamente nuestra situación actual, lo hacemos a partir de interpretaciones realizadas por otros. Siempre son construcciones colectivas de sentido.

Es decir, mientras leemos el diario o miramos la tele y pensamos cualquier situación actual, la interpretamos. Mientras percibimos la “realidad” y nos comunicamos, producimos nuevas interpretaciones que tomarán otros. Una semiosis ilimitada de sentido.

Pero esta discusión sobre qué es la “realidad verdadera” se complejiza en el mundo de hoy que está hipermediatizado por los grandes medios de comunicación. Quienes tienen un gran poder a la hora de transmitir sus interpretaciones. En esta sociedad, todos ocupamos distintos espacios de poder, pero muy desiguales. Por lo cual serán distintos los efectos de esas lecturas de la “realidad”.

Mi lectura de cualquier problema ocupará un espacio de poder en esa construcción colectiva de interpretaciones. La cual, obviamente, es mínima en relación con la opinión que brinde Marcelo Tinelli o con la política comunicacional de un grupo mediático.

Sin embargo, cuando se discute la problemática de la concentración de los medios, muchas veces se plantea como un enfrentamiento caprichoso entre Clarín y Kirchner. Pero el problema es profundo, porque una sociedad con una gran concentración de medios de comunicación tenderá a construir un país con puntos de vista hegemónicos. En sí, lo que se discute es el modelo de democracia en la cual queremos vivir.

Si repartimos el poder de los grandes medios, se permite garantizar el acceso a todas las voces. En otras palabras, se permite difundir todas las interpretaciones de la realidad. Ese es el espíritu de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que se votó el año pasado.

Cuando se logre la plena implementación de la ley se podrán difundir otras miradas. Lo cual permitirá que entendamos nuestros problemas de distintas maneras. Pensando desde nuevos ángulos, podemos ver nuevas alternativas y soluciones. Se podrán generar nuevas políticas posibles.

Con otras voces, que defiendan nuestros intereses se podrá construir un pensamiento contrahegemónico para transformar la realidad.

Otro elemento de análisis importante en la comunicación, a la hora de democratizar los medios, es el fenómeno llamado “la espiral del silencio”: cuando una opinión se presenta como mayoritaria, los que coinciden con esa lectura de las cosas se sienten más seguros y tienden a manifestar con más fuerza sus posturas. Paralelamente, quienes se sienten en una situación minoritaria tienden a inhibir sus afirmaciones.

A modo de ejemplo. Instalado el discurso de “mano dura”, seguramente quienes se sienten identificados con posturas alternativas tenderán a callarse y aislarse. Mientras quienes alienten el endurecimiento de las leyes lo manifestarán con orgullo.

Los grandes medios tienen la capacidad de amplificar una interpretación particular y hacer que se vea como mayoritaria, aunque no necesariamente sea así.

Si queremos profundizar nuestra democracia, no les tengamos miedo a las opiniones hegemónicas. La “realidad” es una construcción colectiva que hacemos entre todos. Y todos, desde nuestro mayor o menor lugar de incidencia, podemos interpretar y difundir otras lecturas, que son fundamentales si queremos construir otro mundo posible.

* Licenciado en Comunicación Social, docente del Seminario de Filosofía Política Moderna, UNLZ.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-142576-2010-03-24.html