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Los hipertextos y su aproximación a lo infinito, las actualizaciones de los hardwares, la tenaz advertencia de los programas antivirus, las notificaciones que nos ponen al tanto de las publicaciones de los caralibros, los incansables inicios de sesión, los ávidos pedidos de reactualización tecnológica, los alertas de archivos dudosos, las configuraciones de las páginas, sus extensiones y sus plugins. El sistema se atiborra de información y exige de paciencia. Entonces, para consuelo del usuario que insiste en abrir tantos archivos a la vez y demandarle al sistema más de lo que puede dar, aparece el malogrado mensaje sentenciando la espera. "Este programa no responde". La red se satura y uno se satura en la red.

Fuera de la red, el mundo sigue su curso: las campañas publicitarias, la ilusión óptica de los nadies, los reality shows, los concursos por un sueño, la taza soft, los descuentos en planes de adelgazamiento, el llame ya, la enumeración anquilosada y errabunda del discurso moralista, los asuntos de la Nación, el inquebrantable luto, las campañas electorales y ecológicas, las catástrofes naturales, la mala literatura, la histeria de los consorcios, el simpático síndrome de resolución totalitaria de los taxistas, los corredores inmobiliarios, los empleados públicos, las negociaciones salariales, los legisladores inaugurando sesiones ordinarias, la moza contando su propina, los que se emocionan hasta las lágrimas recibiendo el llamado de los sorteos televisivos, los que responden encuestas en la vía pública o atienden respetuosamente el llamado de los fastidiosos telemarketers. Este programa tampoco responde.

Detrás de la pantalla o del otro lado de la línea, apabullados por los movimientos indeliberados del mundo de la virtualidad y el mareo escandaloso de una realidad mediática y mercenaria, vamos digiriendo la dispepsia esnob e intentando deshacernos de la banalidad de lo cotidiano y de la mordacidad de las últimas noticias.

Encastrados en el rompecabezas de lo virtual y lo irreal, lo versátil y lo azaroso, nos resulta difícil preservar la naturalidad y no caer en lo frívolo.

Vamos imbuyéndonos en el bullicio del desahogo, sacudiéndonos la resaca de lo real, encauzando nuestra urgencia por decir, reincidiendo en el maquinal gesto del exabrupto. El espacio que nos abre el desencanto de nuestra cotidianeidad babélica, nos acerca, nos iguala, nos democratiza en la histeria y el desasosiego.

Todo parece volverse vacuo en el vil escenario social de la red, de la información y de la imagen. Su balburdia macilenta nos fatiga; su bullicio inconsistente nos agravia.

No hay prórroga en la maleabilidad de las formas, ni sistema que no sature.

bienvenidacassandra@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27845-2011-03-16.html


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Mis vecinos se pelean. La voz de ella es la que se escucha. No se sabe si él está presente o detrás de un teléfono, hasta que se lo oye, casi tímidamente. A ella la domina la necesidad de gritar. A él, la de huir. No hay discusión viable, ni acuerdo bilateral. Sólo un efluvio de palabras soeces y humillantes. Ella lo llama hipócrita una y otra vez y lo condena a la culpa; de él nada se oye, más que una silenciosa aceptación de la condena. La escena culmina con el ruido de unas llaves, la puerta que se cierra y el zumbido del ascensor. La voz de ella se calma y se queda en susurro. Los pasos de él se alejan. No hay acuerdo ni despedida ni separación; sólo fragmentos de una imagen rota en sus cabezas. Todo comienza a desvanecerse: los bienintencionados comienzos, los films vistos de a dos, los libros comprados de a dos, las cuentas por vencer, las gripes, los termómetros, los inviernos, las siestas, las vacilaciones, las listas de supermercado, los hijos porvenir. Luego de unos días de terrible escepticismo, todo volverá a pensarse simple y duradero.

Las peleas se repiten en diferentes pisos y, en diferentes puntos de la ciudad, otros, con otros nombres y otras historias, reincidirán en la neurosis del te quiero pero no puedo; harán volar algún que otro cubierto, eliminarán algunos archivos y se dispondrán a recomenzar la vida de a dos después de cada enojo.

A las relaciones predecibles y su continuo vaivén neurótico, se suma la erotización de los escenarios virtuales y el aparente halo de misticismo con que se intenta envolver cada interacción en la red: desde el tipeo de ciertas fórmulas indescifrables de códigos restringidos, a los comentarios vacíos que hacen eco hueco a las palabras de otro.

Al hastío de una vida en la que corremos hacia ningún lugar se suma la vacuidad y el sinsentido de saber que caminamos solos entre una multitud de rostros informes y que cuando el delivery haga sonar el timbre, la porción siempre va a ser una, aunque hayamos pedido para dos.

Así, va configurándose la red de relaciones de una ciudad agotada en sus formas y en sus capacidades amatorias; tambaleándose en sus emociones.

Las líneas no dan abasto. Tampoco los psicoanalistas, las obras sociales, las fábricas de pañuelos descartables, los laboratorios de somníferos, las hoteleras.

El amor se vuelve un imposible o se torna un trabajo de paciencia.

bienvenidacassandra@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24243-2010-07-01.html