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En campaña, por doquier. Laxitud extendida. Otra preinterna difunta, reproches entre los federales. Incertidumbres en la Capital, Macri y Solanas con sesgos diferentes. Otra PROpuesta con aires de divagación. Los empresarios marcan el territorio. La condena a Patti, un hecho histórico, menoscabado por algunos.

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El cronista pasea por su barrio, un cruce de avenidas en una zona porteña clásica. En las cuatro esquinas hay militantes repartiendo folletería de variados candidatos, a promedio de más de uno por esquina. Conviven pasablemente. Los transeúntes los miran con una sonrisa, es un soleado mediodía de sábado. Algunos aceptan un rato de charla proselitista. Sin mayor esfuerzo, el cronista se junta con propaganda de Ricardo Alfonsín, Martín Sabbatella, Daniel Filmus, Carlos Tomada y Mauricio Macri. El primero aspira a ser presidente, el segundo a gobernador, los dos oficialistas son precandidatos a jefe de Gobierno, el actual titular de ese cargo todavía deshoja la margarita. Es una oferta variada, que da cuenta de que nadie se toma muy a pecho las limitaciones legales para hacer campaña. Los afiches, pasacalles, solicitadas y modos de publicidad no tradicional (transmisión de actos completos en solícitos canales de cable) refuerzan la impresión.

La cultura política argentina es laxa en lo institucional, muy laxa. Contra lo que suele predicarse, no la flexibilizó el kirchnerismo, es una característica que viene de lejos. La tendencia, como refleja el ejemplo micro reseñado, es transversal: cada cual transgrede como puede, todo lo que puede. La mayor capacidad económica la tienen los oficialismos nacionales y provinciales, el radicalismo y el Peronismo Federal. Los demás hacen lo mismo, aunque en menor escala.

El electorado convalida las irregularidades, he ahí una ración sensible del problema. Un vicepresidente que traicionó su mandato fue acogido en triunfo por el espectro opositor, su imagen creció, llegó a tener envidiable intención de voto, fue recibido como un hijo pródigo por el partido que lo había expulsado. La realpolitik recorre en autopista a la sociedad y a sus dirigentes. Corregirlo insumiría años. La Ley de Primarias Abiertas es un paso adelante, que conjuga con el exitoso régimen similar ya existente en Santa Fe. No será suficiente, es indispensable para ir reorganizando el marasmo de las actividades partidarias.

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Por colectora, que es gratis: Otra moda en el ágora mediática es fulminar a las listas “colectoras”, que tampoco son un hallazgo de la era K. El ahora condenado Luis Abelardo Patti armó alguna, en sus buenos tiempos. Carlos Ruckauf llegó a gobernador bonaerense gracias a ellas, en 1999. El maestro Alfredo Bravo fue despojado de su banca de senador porteño por minoría (a manos de Gustavo Beliz) porque se invalidaron los votos de una variante de colectora que sumaba a su favor. De nuevo, nadie se priva, aunque las variantes del peronismo (que congregan más votantes que el resto) las utilizan en mayor medida.

La colectora no desvirtúa la intención del votante. Si se usara boleta única, cualquier ciudadano podría armarlas de pálpito. Otro tanto pasaría con el voto electrónico que tanto conmueve a periodistas y ONG edificantes. El gobernador reelecto Juan Manuel Urtubey ganó prestigio con su implementación. Su colega riojano, Luis Beder Herrera, copó la parada. Hará un experimento del avance en su provincia. En Salta fue un tercio del padrón, en La Rioja un puñado irrelevante de mesas. Una experiencia pilotito, digamos. Garpará un poquito y hundirá aún más en el desprestigio al chubutense Mario Das Neves, extinto precandidato a presidente en la recientemente fallecida preinterna del PJ Federal.

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Todos unidos reñiremos: Las preinternas radical y peronista disidente eran otra “licencia poética”, un apartamiento de las normas vigentes. Su dudosa legalidad no estremecía a correligionarios, compañeros, colegas periodistas en general, ni aun a este escriba, costumbrista como el que más. Se añadían al sistema legal, se le anticipaban en el tiempo. No eran una heterodoxia tan tremenda en un universo acostumbrado a ellas. La eventual participación ciudadana podría embellecerlas, la instancia obligatoria de agosto se respetaba, con toquecitos de heterodoxia criolla.

El radicalismo es un partido nacional, habituado a ese juego, que es el que mejor sabe y más le gusta. Preparó bien el escenario, se munió de los padrones 2011 de afiliados propios e independientes. Pero el backstage fracasó por el abandono del senador Ernesto Sanz. Las fundamentaciones fueron pobres y no ahorraron sospechas sobre los correligionarios rivales: el diputado Ricardo Alfonsín y el presidente del partido Angel Rozas.

El PJ federal es una entelequia, una construcción imaginaria. No es un partido, no tiene orgánica. Llamarlo “sello de goma” le falta el respeto a los sellos de goma. La interna escalonada se armó a la que te criaste: los compañeros manotearon los padrones del 2009. Sus dos primeras escalas dieron lástima, la tercera fue peor.

Estalló la discordia entre los candidatos sobrevivientes, el ex presidente Eduardo Duhalde y el gobernador sanluiseño Alberto Rodríguez Saá. Este fue clarito, señaló que sospecha que las huestes del dirigente sindical Gerónimo Venegas le volcarían las urnas en pueblos chicos del interior de las provincias. Duhalde lo acusó de mal perdedor, tiene alcurnia para hablar de eso: desde 1997 entre él y la senadora Hilda González de Duhalde han perdido muchas más elecciones de las que ganaron. Y más importantes.

Los reproches mutuos, como en el caso del radicalismo, damnifican al espacio común y desalientan alianzas. Duhalde se envanece y propugna volver al rol de “armador” del espacio opositor para el cual nadie lo necesita ni lo convoca. Por decirlo de alguna manera, si Macri quiere hablar con Sanz o con el diputado Felipe Solá, tiene cómo hacerlo sin recurrir a intermediaciones que, como predican los economistas de su palo, nada mejoran y suben el precio de los productos.

La imposibilidad de hacer una compulsa en la fuerza propia, aun de pactar reglas y luego honrarlas como les pasó a los federales, mete miedo cuando se piensa que algunos de esos dirigentes quieren confluir en una lista única. ¿Cómo consensuarían las políticas? ¿Cómo dividirían los espacios en el Estado? ¿Serían tan secesionistas extramuros como se muestran dentro del útero materno? La experiencia de la Alianza aterra y enseña: Alfonsín y el gobernador Hermes Binner lo señalan con tino. Julio Cobos y Duhalde son adalides de la unidad. Interesante dato: los que tienen votos son los más interesados en preservar identidades políticas y no armar rejuntados. Los piantavotos se muestran creativos, ecuménicos y dispuestos a renunciar a liderazgos que no ejercen.

Los grandes medios arropan a los emergentes del Grupo A, pero estos no consiguen parir un liderazgo. Abortar internas les sale más sencillo.

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Otra Moncloa, sale con fritas: Si algo gratifica a los medios dominantes son las invocaciones a grandes pactos democráticos. Las Moncloas truchas proliferan en consecuencia, puede haber una a la semana. En la que hoy termina, Macri mocionó la suya. Habló de “políticas de Estado” (otro tópico excitante para las plateas de doctrina máxime si se las reviste de imprecisión), convocó a un acuerdo transpartidario. El escenario tenía la mayor discordancia posible con la horizontalidad del llamado. Macri no habló “desde el pie” sino colocándose en la posición truquera de pie. No consultó a sus pares, ni siquiera a sus cofrades de PRO, que esperaban ansiosos la perorata, ayunos de su contenido. “Venid a mí” era el pregón del jefe de Gobierno, si se subtitulaba bien.

El rechazo fue bastante extendido, distinto caso al patético documento para “cuidar la democracia” que escribió el diputado Federico Pinedo (uno de los contados dirigentes PRO con redacción propia), para que dirigentes del espacio opositor firmaran al pie. Escarmentados por esa floja experiencia (que como toda esos ensayos no consigue trascender una semana de vida, aun con el pulmotor de los medios dominantes), el resto de las oposiciones se mostró esquiva.

Macri moderó el uso de su exótico ranking, que colocaba al presente como el peor momento de la historia democrática. Las hiperinflaciones, los saqueos, los levantamientos militares, los asesinatos de los gobiernos de Duhalde y Fernando de la Rúa, la crisis de 2001 merecen una atención mayor. Los abanderados del regreso del bipartidismo pueden incurrir en muchas omisiones (la diputada Patricia Bullrich niega en público la fecha en que fue ministra, sin ir más lejos) pero tamañas referencias... too much.

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¿Y por CABA cómo andamos? El tablero electoral de la Ciudad Autónoma es un buen ejemplo de una institucionalidad flojita de papeles. PRO y Proyecto Sur tienen a su principal figura cavilando entre un destino nacional y uno porteño. Lo resolverán, respectivamente. Macri y el diputado Fernando Solanas. El referente es, al unísono, la principal baraja en la Capital.

En el Frente para la Victoria digitará la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. En el ínterin, los ministros Amado Boudou y Carlos Tomada comparten una interna amable (e imposible de clasificar conforme a cánones convencionales) con el senador Daniel Filmus.

Hay dos candidatas ya en la pista, la diputada radical Silvana Giudici (del ala ultraclarinista de la UCR) y la senadora cívica María Eugenia Estenssoro. Por lo que parece, ninguna convocará multitudes a las urnas. Los afiliados y ciudadanos tampoco intervinieron en su unción. En un caso, fue el dedo de la diputada Elisa Carrió. En el otro, un pacto de cúpulas.

Macri da la impresión de sesgarse hacia la Nación, Solanas parece ir enfilando a la Ciudad. El debate interno en Proyecto Sur fue deplorable en estos días. Pino y el diputado Claudio Lozano llevaron al tinglado público discusiones que son inevitables pero que es delicado realizar entre cuatro paredes. Endilgarse quién “mide” y quién no está a años luz de ser una polémica acorde a una fuerza con pretensiones ideológicas.

La disyuntiva de Solanas no es sencilla ni estará exenta de costos, en cualquier opción. Incluso es factible que su eventual regreso a la CABA sea extemporáneo y haya dilapidado parte del llamativo caudal que acumuló en 2009. Si “bajara”, debería armar un discurso adecuado al distrito, que descuidó en casi dos años. Y el armado nacional sentiría el impacto de la pérdida de su referente más taquillero.

A la inversa, perseverar en su ambición nacional fortalecería a Proyecto Sur en otros territorios a costa de ser menos taquillero en Capital.

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El cuco chavista: Las corporaciones empresarias ponen el grito en el cielo porque el Estado reclama el condigno lugar que le cabe en las empresas en que tiene acciones. Es dudoso que la reforma altere la ecuación de poder ya existente, pero sería falaz negar que hay un avance estatal, tan justificado legalmente como innegable. La reacción de las empresas es precautoria, marcan su territorio como las ferias. Blanden el espantajo del chavismo, lo hizo entre otros Jaime Campos, el presidente de la Asociación Empresaria Argentina. Campos no es, como Macri o el diputado Francisco de Narváez, un heredero afortunado de capitalistas salvajes, que, por lo menos, supieron “cómo hacer fortuna” en un país de baja legalidad promedio. Campos es un gerente que ascendió con esfuerzo personal. O sea, es bastante más inteligente que las zonceras maniqueas que pregona. Sería, sin embargo, audaz suponer que ya no cree en ellas. La endogamia cultural, el aplauso de los medios, la falta de contraste con otros sectores de la sociedad, distorsionan la mirada y achatan el intelecto.

“La política”, entre tanto, se acerca con zigzagueos a la hora de las urnas. Las oposiciones practican el juego de la silla, a veces amagan con rejuntes que serían una burla al electorado y un peligro si gobernaran. El politólogo Andrés Malamud (afín a la UCR) alerta sobre esos peligros en la revista El estadista, algunos dirigentes boinas blancas se van percatando.

El oficialismo está más armado, aunque sus internas lo sobresaltan con asiduidad. Y los errores de gestión lo acechan, como a cualquier partido de gobierno.

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El hecho más importante de esta semana fue la condena a Patti, la concreción de una política de Estado que sigue avanzando, construida desde los tres poderes. Que los grandes medios hayan ninguneado la sentencia en sus tapas es una señal más de los tiempos que vivimos.

Esa condena ya es historia. La saga electoral continuará.

Con un poco de fortuna, en una semana acortada por Semana Santa, nos salvaremos de escuchar otra Moncloa trucha.

mwainfeld@pagina12.com.ar

Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166446-2011-04-17.html


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El Senado uruguayo sancionó la nulidad de la Ley de Amnistía, herencia de la dictadura que fue convalidada en democracia por dos referendos. Un debate profundo atravesó al oficialista Frente Amplio (FA): ¿podían dejarse de lado, por vía parlamentaria, dos decisiones populares?

La respuesta afirmativa puede llamar la atención pero es la adecuada al derecho internacional vigente, a los criterios contemporáneos en materia de derechos humanos. Ni siquiera el pueblo soberano puede violar los principios sobre derechos humanos, las reglas básicas sobre crímenes de lesa humanidad. De igual modo en Uruguay o en Argentina el cuerpo electoral no podría consagrar la esclavitud.

La polémica, de cualquier manera, es novedosa, un progreso de la democracia universal. Trastrueca viejas certidumbres, alumbra interpretaciones jurídicas pioneras. Son, por contarlo de alguna manera, derivaciones institucionales correctivas del horror.

Fue tremenda la controversia en el FA. Dirigentes con notables pergaminos dudaban. Se tomó una decisión orgánica, la mejor. El presidente José Mujica, que no es precisamente ese viejito converso que quieren pintar ciertos medios argentinos, acompañó la resolución.

Un viejo militante, con enorme trayectoria, el senador Eleuterio Fernández Huidobro, abogó por la negativa. Creía que un veredicto ciudadano sólo puede derogarse mediante otro. De lo contrario, arguyó se desnaturalizaría ese virtuoso instrumento. Bien mirado, lo que desvirtúa a un referendo es hacer votar al pueblo lo que es nulo de pleno derecho. Como fuera, la postura del Ñato Huidobro era franca, la cimentaba su prosapia de militante y luchador.

Perdió la discusión interna, votó en el Senado la decisión mayoritaria de su partido. Fue orgánico y leal. Cumplido su deber, para demostrar (por partida doble) fidelidad a sus principios renunció luego a su banca.

El ejemplo contrasta como un espejo deformado con el comportamiento de un vecino de la otra orilla, el vicepresidente argentino Julio Cobos. El Cleto votó contra una propuesta de la Presidenta que encabezó la fórmula que lo llevó al Senado. Y luego, permaneció, tan pancho, en el cargo usurpado, gozando de inmerecida licencia de facto con goce de sueldo.

Ya que estaba, se consagró a liderar la oposición hasta que la abulia y la falta de piné lo arrojaron a la banquina. Eso sí, siempre en su despacho.

Comparar a Fernández Huidobro y a Cobos es casi una afrenta para el mejor de los dos. Se hace con el mayor respeto hacia el uruguayo, para resaltar cuán baja es la calidad institucional en estas pampas. También qué poca consistencia tienen los compromisos políticos y la constancia con las ideas.

Es moneda corriente comparar, de manera desfavorable, la coyuntura argentina versus la uruguaya, la chilena o la peruana. En esta semana, Uruguay arrimó el bochín de sus reglas a las que rigen en Argentina. Y en el endiosado Perú, dos candidatos antisistema llegaron a la segunda vuelta electoral en pos de la presidencia. Comparar es un método aconsejable, si se mira bien, sin anteojeras.

¿Habrá leído Cobos la lección involuntaria que le dio Fernández Huidobro? El cronista malicia que no la leyó y que, si la leyó, está ideológica y éticamente incapacitado para comprenderla.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/166446-53117-2011-04-17.html

  OPINION


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Crucemos por un instante el charco, por ahí sirve para tener perspectiva. La nulidad de la ley de amnistía votada por el Senado uruguayo y el debate dentro del Frente Amplio (FA) pusieron en carne viva un potencial conflicto entre dos pilares del sistema democrático: la soberanía popular y la vigencia de los derechos humanos. Hablamos de un conflicto denso, de trabajosa elaboración.

Plantearlo así rema contra la corriente, en el ágora mediática predominan los pavotes enfáticos que creen que el Derecho es algo sencillo, mecánico, que encastra como un lego. Pontifican que los “derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás” y quedan satisfechos, imaginando que han resuelto todos los dilemas. En verdad, exponen un punto de vista individualista y no han dirimido ningún conflicto, apenas señalado parte de su complejidad.

En Uruguay hubo dos pronunciamientos populares, referendos, confirmando las leyes de la impunidad. Algunos dirigentes del Frente Amplio suponen que eso impide la intervención parlamentaria, no por afinidad o caridad hacia los represores, sino por respeto a la expresión ciudadana. Una mayoría estrecha pero suficiente eligió otra interpretación, más ajustada al Derecho internacional. Y, ya que estamos, más afín al camino seguido en la Argentina, que –¡repámpanos!– no es el Jaimito de la clase ni la oveja negra de la región. En materia de derechos ciudadanos o de expresión, más bien es pionera. Con los años se va corroborando que las líneas más avanzadas en derechos humanos son retomadas en países hermanos. Con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y la limitación a los oligopolios informativos (el cronista acepta apuestas en contrario) sucederá lo mismo.

Retomando, el Congreso uruguayo estableció que ni siquiera el voto (que siempre enaltece y a veces disimula errores) puede derogar la Constitución, transmutando un crimen de lesa humanidad en una conducta legal.

Los tres poderes del Estado argentino fueron construyendo una doctrina similar, que se conjugó plenamente a partir de 2003, durante los gobiernos kirchneristas. En ese contexto, Luis Patti fue condenado por delitos de lesa humanidad, en buena hora y en buena ley.

Allá por el año 2005 también se había suscitado en su torno un conflicto entre derechos: fue cuando quiso jurar como diputado nacional.

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El pleno de la Cámara de Diputados se negó a incorporarlo al cuerpo, dada su condición de represor. Lo suspendió y comenzó un amplio debate sobre el punto, con amplitud para la defensa de Patti.

No siempre se sabe valorar cuánto se ha refinado y sofisticado la agenda democrática: una polémica de ese calibre y nivel hubiera sido impensable décadas atrás.

Patti, ése era su punto fuerte, había sido ungido en elecciones libres. Casi como digresión: para colmo no lo habían votado ignorando sus credenciales de represor, sino convalidándolas. El discurso público de Patti fue especialmente perverso en ese sentido: cuando se lo acusaba por un caso concreto, negaba su participación como un ladrón de gallinas cualunque. Pero, a la hora de hacer proselitismo, alardeaba de violar la ley, en aras de la seguridad de los buenos vecinos. Imposible interrogar exitosamente sin “un par de patadas en el trasero”, metaforizaba sabiendo cómo se decodificaría tan sutil imagen. A menudo era más directo y hablaba de que, con el código en la mano, era inviable cualquier investigación criminal exitosa.

El represor luchó con ahínco para mantener su banca y sus fueros. Un par de sentencias judiciales, incluyendo una muy lamentable de la Corte Suprema (medrosa, conservadora y huérfana de fundamentación), parecieron darle un poco de aire. La Cámara de Diputados se mantuvo en sus trece, fue perfeccionando sus fundamentos, le negó el derecho a su banca.

En paralelo (estimulados por la situación) se reactivaban expedientes penales contra Patti. Se acumularon pruebas, testimonios frizados por las leyes de la impunidad.

La condena cierra un círculo y valida políticamente el impedimento al genocida a ocupar una banca. Leída en retrospectiva, a la luz de los hechos la conducta de la Cámara fue adecuada y digna.

En jerga jurídica, como escribió años atrás el abogado Damián Zayat, Patti quería valerse de un “contexto de impunidad” que impedía investigar sus crímenes. Las leyes e indultos que lo habían protegido eran una anomalía, en trance de superación. Era una falacia pretender que era plenamente normal el orden legal en la etapa de restauración de derechos conculcados. Dicho en parla periodística: Patti cometió delitos graves y dolosos en el marco del Estado terrorista. Y quiso mantenerse sin castigo valiéndose de las nulas normas del Estado encubridor. El Estado terrorista cesó, el Estado encubridor cedió trabajoso paso al Estado de derecho.

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Patti se victimizó, retratándose como un perseguido político, una mentira entre tantos crímenes. Sus tácticas fracasaron, en medio de procesos parlamentarios y judiciales, legales y legítimos, abiertos a la controversia.

Patti es una figura notable, un emblema, aunque su caso, en sustancia, dista de ser excepcional. Se inscribe en una institucionalidad que se va reconstituyendo. Ahora hay leyes electorales que vetan las candidaturas de represores. Ahora, los represores pasan con mayor asiduidad por los tribunales.

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El veredicto se leyó en José León Suárez, símbolo de la represión ilegal desde 20 años antes de la última dictadura. Un Tribunal Federal, no uno especial. Las condenas se fundaron en las normas vigentes.

Su defensa fue trémula y su actitud personal (exagerando dolencias para suscitar piedad), cobarde por demás. Se escondió para no escuchar la sentencia. Un ejemplo más de la falta de coraje de quienes fueron dueños de la vida de los demás.

Según informa el Ministerio Fiscal, desde ayer son 204 los condenados por delitos de lesa humanidad. Hay quienes, como Reynaldo Bignone o Santiago Riveros, tienen más de una.

La sentencia fue la cuarta dictada durante el año 2011. Hay causas elevadas contra 370 represores, se irán abriendo otras. Los números son notables. Una primera mirada podría hacer suponer que son pocos, pensando en la cantidad de represores que siguen libres. Pero deben cotejarse con la experiencia de otros países y tomando en cuenta las restricciones impuestas por mala praxis democrática desde 1987 hasta 2003. La Argentina es vanguardia en esa materia, aunque falte mucho para hacer.

La apertura de procesos en casi todas las provincias es otro logro, porque cada juicio forma conciencia, aviva la memoria, repone la justicia en todas las latitudes del país.

Patti, con cadena perpetua en cárcel común. Un hecho histórico auspicioso, notable, pero no anómalo. Este cronista se alegra de escribir sobre una gran noticia. En estos años conoció hijos de sus víctimas, que lucharon tanto con armas nobles: los saluda y felicita.

Tamaños avances auguran otros. Hubieran sido imposibles sin la tenacidad de los organismos de derechos humanos en aquellas etapas, no tan remotas, en las que la mayoría del sistema político le dio la espalda a la búsqueda de verdad y justicia.

mwainfeld@pagina12.com.ar

Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166334-2011-04-15.html

  OPINION


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El gobernador reelecto Juan Manuel Urtubey se toma revancha con Hugo Moyano, que apadrinó una lista competidora en las recientes elecciones de Salta. Lo critica sin ambages, facturando su victoria en el pago. Cosecha adhesiones de la derecha en el ágora nacional con bajo costo local. Aprovecha que en Salta la presencia de trabajadores sindicalizados es minoritaria, lo que no se traduce exactamente en la existencia de condiciones sociales envidiables.

La cadena privada de medios se entusiasma con el joven mandatario, lo proyecta como un presidenciable para 2015. Nada le veda esa posibilidad, pero la trayectoria real de Urtubey transita en sentido inverso. En 2008 integraba el elenco de pequeñas esperanzas blancas dentro del peronismo disidente, que atisbaba la cercana caída del kirchnerismo. Urtubey se probaba, como otros compañeros gobernadores, el traje de presidente. En su caso, el ex jefe de gabinete Alberto Fernández fungía de sastre. La pilcha sigue colgada, los vaticinios erraron.

El postkirchnerismo virtual sigue en veremos porque su razón de existir, el kirchnerismo, demostró una insólita capacidad de subsistir y de reconstituirse. Urtubey, con toda sagacidad, amuralló su territorio, construyó un triunfo legitimador y espera su hora (para 2015, si las constelaciones se le alinean) en el mejor lugar posible, el Ejecutivo de su distrito.

Al lector asiduo de los medios dominantes le hará ruido la frase precedente. Durante años le han contado muy otra historia, tal vez muy otra leyenda. Los gobernadores, se indignan formadores de opinión que jamás hicieron política, son pobres criaturas, víctimas del poder central. Los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner los han tenido sojuzgados, los ahogaron financieramente. Manejan la caja como déspotas, los maltratan en Palacio, los obligan a hincarse ante el sillón de Rivadavia. Los mandatarios provinciales serían, entonces, una mezcla de cobardes, masoquistas y malos defensores de sus intereses, amén de los de sus territorios.

Los datos numéricos y los resultados electorales iluminan una realidad diferente. Claro que lo empírico es desagradable y las cifras (en este país y en buena parte de la región) son últimamente populistas. Aun así, vale la pena consignar que los años corridos desde el 2003 han sido, con todas las relatividades y las desigualdades del caso (en parte preexistentes), fructíferos para las economías regionales, para las provincias. Y (perdón por aludir a algo tan poco interesante y tan exótico a la política) para el poder del staff de gobernadores.

Las provincias alcanzaron equilibrios fiscales jamás vistos. “Secaron” todas las cuasi monedas con que se habían empapelado y varias habían currado a su población a fines del siglo XX y a principios de éste. Los mandatarios, mayormente, han revalidado sus mandatos, signo de que tan mal no les fue, gorditos o no. En el turno anterior (2007 para 22 provincias, otras fechas para Santiago del Estero y Corrientes) 17 distritos sobre 24 revalidaron a sus oficialismos. En 2011 habrá que ver, a partir del batacazo en Catamarca y la indefinición de Chubut. De cualquier modo, es cantado que muchos más locales que challengers prevalecerán en las elecciones.

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El conflicto de las retenciones móviles, que atizó tantas imaginerías, construyó el mito de una “oposición” única, amén de republicana y muy federal. La bandera de la coparticipación flameó tan alto como la del Consejo de la Magistratura, y ya es decir. Un vistazo sobre la coparticipación a nivel provincial demuestra que, en sus distritos, los gobernadores propenden a reproducir las mañas y los recursos de poder del gobierno nacional. Los municipios están, en buena medida, supeditados a los manejos de los respectivos gobiernos locales. Si se instaurara un premio Olimpia para el reparto equitativo de la coparticipación secundaria (según los criterios de las ONG bienpensantes) y sin picardías ventajeras, seguramente el oro sería declarado vacante y los jurados se verían en figurillas para adjudicar la plata y el bronce.

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En el mundo real, ser gobernador implica una cuota de poder importante y un peldaño apetecible en el cursus honorum político. Desde que el riojano Carlos Menem batió primero a su colega, el cordobés Eduardo Angeloz, y años después al ex gobernador mendocino, José Octavio Bordón, se verificó una serie de presidentes surgidos del semillero de sus provincias. Lo fueron Fernando de la Rúa, los provisionales Adolfo Rodríguez Saá y Duhalde, rematando en Kirchner. Cristina Fernández alteró la serie, claro, como continuadora de su predecesor.

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La destreza de los “gobernas” para impedir incursiones alternativas es difícil de superar. Kirchner siempre lo comprendió porque su visión era más pragmática y realista que la de muchos periodistas o académicos. En verdad, el kirchnerismo (más allá de disputar puestos en las listas a legisladores o armar colectoras para mortificar o negociar algo) usualmente se resignó a respetar las lógicas provinciales. No por generosidad sino por charro sentido común. Los entreverados acuerdos realizados en 2007 tributaron a esa praxis. Cualquier bondi venía bien si se calculaba que robustecía los votos a Cristina Kirchner. El sincretismo dio para todo, por ejemplo para apañar (desde distintos sectores internos) en Mendoza a la lista justicialista y a la concertadora K, patrocinada por el entonces aliado Julio Cobos. Primaron los compañeros. El jefe de la bancada senatorial del Frente para la Victoria Miguel Pichetto rumia bronca desde entonces porque, en su Río Negro, igual formato de competencia prohijó la continuidad de los correligionarios radicales.

La proliferación de armados es, parcialmente, un rebusque para sumar a la nave insignia. En parte, la asunción de que es imposible contener y conducir a todas las líneas internas. Ocurrió en 2007, en Salta 2011, la tendencia se reiterará. ¿Carencia exclusiva del kirchnerismo? Para nada. Los devaneos de todas las fuerzas opositoras para acordar sus listas revelan que en todas partes se cuecen habas. O, si se prefiere ser más puntilloso, que la crisis del sistema político condiciona y empioja muchas variables, entre ellas la competencia intrapartidaria.

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Poco antes de las elecciones de 2009, cuando se avizoraba un resultado parejo con el Frente para la Victoria en baja, un avezado operador del peronismo anunció a este cronista un revival del poder de los gobernadores. Imaginaba un plenario, presidido por una foto inmensa de Juan Domingo Perón, con Kirchner sentado a la mesa (apenas) como primus inter pares. El resultado fue peor que los pronósticos, pero el ex presidente desmontó ese horizonte con un par de movidas distractivas, que incluyeron su renuncia a la presidencia del PJ, que jamás le importó demasiado.

Ahora cunden narrativas sobre las dificultades de la Presidenta en su segundo mandato. Será un pato rengo, se extasían los profetas, en un pálpito que contiene un derrotismo inmediato digno de mención.

Los gobernadores, como siempre, manejan los tiempos electorales tratando de sacar ventajas, es otra de las atribuciones de ese conjunto de presuntos masoquistas maltratados. Mientras transcurren las largas vísperas, bueno es recordarles a los apologistas de un federalismo que es casi un sueño confederado, que el lapso reciente de mayor poder relativo de las provincias fue durante las presidencias de De la Rúa y Duhalde. Tiempos aciagos para las provincias, sus maestros, sus empleados públicos, sus trabajadores. Por no hablar de la estabilidad económica y la gobernabilidad que tampoco florecían en esa etapa de la república bipartidista perdida.

mwainfeld@pagina12.com.ar


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166241-2011-04-14.html

  OPINION


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El gobernador Juan Manuel Urtubey logró una mayoría arrasadora, muy superior a la que le permitió arribar a su primer mandato. En números aproximados (esta nota cierra con el 70 por ciento escrutado) duplicó largamente al segundo, el diputado Alfredo Olmedo. Dejó fuera de carrera, mirando por TV, a la dinastía Romero, que gobernó 16 años de los 28 que lleva la restauración democrática.

En una provincia de marcada fidelidad electoral al peronismo, no se recordaba una diferencia tan grande desde 1973, cuando triunfara Miguel Ragone, el único ex gobernador que está desaparecido. Urtubey recordó ese dato en la elegante y centrada presentación que hizo en la conferencia de prensa ulterior al triunfo. Evocó emotivamente a ese líder de la izquierda peronista y se congratuló por el comienzo del juicio contra los represores procesados como presuntos responsables de ese crimen de lesa humanidad.

El Chango Urtubey subrayó dos puntos centrales de su campaña. El primero, que no será un “delegado” del poder central. El segundo, su afinidad y alineamiento con el proyecto que encabeza la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Sin ese contexto, explica siempre, sería imposible intentar el proceso de modernización y búsqueda de igualdad social que pretende encabezar.

Según el gobernador, los votos de los humildes (en el sufrido interior de la provincia y en la propia capital) le fueron aún más propicios que la media territorial. Con las cifras finales se podrá corroborar o refutar esa lectura.

En cualquier caso, ganó por goleada, borró del mapa a los Romero, se consolida en su territorio y puede, desde esa atalaya, mirar el horizonte de 2015.

Hace tres años, varios dirigentes peronistas (anche algunos kirchneristas en tránsito) y analistas de postín fantaseaban que Urtubey podía ser un presidenciable del post-kirchnerismo en 2011. El conflicto “del campo” y las elecciones de 2009 acicatearon la ilusión. Pragmático, peronista al fin, Urtubey entiende que el sol del post-kirchnerismo no ha alboreado aún y que, con poco más de cuarenta años de edad, su conveniencia política es seguir siendo fuerte en Salta y acompañar al Frente para la Victoria en octubre. Las alternativas (in)existentes en plaza apuntalan la racionalidad instrumental de su postura.

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La Presidenta llamó al gobernador tempranito para felicitarlo. En la Casa Rosada calculan, con buena lógica, haber enhebrado la tercera perla de un collar de elecciones sucesivas muy favorables.

Catamarca, Chubut y ahora Salta dan cuenta de un clima de opinión amigable con el kirchnerismo. Dialécticamente, lo estimulan y potencian. Walter Wayar, candidato del otro “sub lema” peronista, hizo una cosecha fatal, rondando el 10 por ciento del padrón. En Balcarce 50 no se atribulan por su destino, mientras calculan que la sumatoria de los votos entre Wayar y Urtubey expresa el potencial justicialista en Salta, que ronda los dos tercios de los votantes.

El apoyo de ciertos sectores del gobierno nacional a la fórmula de Wayar es uno de los reproches que Urtubey formula en voz baja al kirchnerismo central. Entre la militancia salteña kirchnerista más fervorosa se recrimina al gobierno y los tribunales salteños haber proscripto con malas artes la fórmula que encabezaba el joven Túpac Puggioni. Las divergencias políticas existen. Los intereses confluyentes entre el gobierno provincial y el nacional, por ahora, también.

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Le fue bien a Alfredo Olmedo, un outsider de derecha, un intuitivo de la antipolítica, un discriminador que contó con el lamentable apoyo de un rabino mediático. Una cuarta parte del padrón provincial es un logro estimable. El hombre, fiel a su idiosincrasia, se mostró en la tele poco después del cierre de la votación, denunció fraude y anunció que ganaba “por 42 a 38”. En tres horas se desdijo, reconoció la derrota y pronunció un discurso triunfalista. Esas tramoyas pavotas no justifican encandalizarse, forman parte del folklore político, sobre todo si se retractan en un lapso rápido. Las críticas a Olmedo son más sustantivas, de otro calibre: las denuncias sobre trabajo esclavo, su discurso homofóbico.

El capital de Olmedo, que tendrá muy baja proyección institucional traducida en diputados, senadores e intendentes, no es transferible al PRO, cuyos colores usó. Nadie es dueño de los votos, menos puede derivarlos. Suponer que el macrismo ha clavado una pica en ese norteño Flandes sería un desvarío.

Así las cosas, en tres distritos que suman cerca del 5 por ciento del padrón nacional, ningún partido opositor ha mostrado presencia o enjundia. El radicalismo sólo existió, en decadencia, en Catamarca. El peronismo federal sufrió la baja de un presidenciable en Chubut mientras todavía se ignora quién se queda con la gobernación.

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Ya que de ese Sur hablamos, la comparación con el escrutinio de Chubut embellece a cualquiera, pero es válido consignar que la experiencia del voto electrónico parece haber dado un buen resultado. La practicó un tercio de los salteños y tuvo una fenomenal acogida mediática, bien trabajada por los equipos del gobernador. La existencia de un mecanismo de control en papel, que permite un chequeo posterior no informático, la hace menos vulnerable que otros ejemplos. La necesidad de emprolijar y transparentar el sistema electoral es patente. No es tan claro que el voto electrónico sea la panacea que se pregona. La experiencia comparada, que algo siempre ilumina, comprueba que son muy contados los países que se valen de ese instrumento en elecciones nacionales. Con todas esas salvedades, la innovación suma a la experiencia política, al mismo tiempo que fortalece el perfil del gobernador.

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Urtubey reconoció que “Salta, la linda” no es “Salta, la justa”. Explica que enfrenta “una sórdida lucha de poder con el poder concentrado” de su provincia. Las provincias del NOA conservan una estructura social y cultural muy diferente al de las regiones más modernas de la Argentina, aquellas a las que llegaron las reformas del Estado benefactor, los avances del yrigoyenismo, los cambios sociales del primer peronismo. Aquellas en las que, parcial pero marcadamente, ha penetrado el lado virtuoso del “modelo” kirchnerista.

Tendrá cuatro años, conferidos por el pueblo soberano, para cumplir con su palabra y sus promesas. La elección fue limpia; la afluencia, interesante. Los argentinos son activos a la hora de votar y sus veredictos, desde luego opinables, siempre son traducibles en términos políticos. El de ayer consagró al gobernador, potenció al Frente para la Victoria, dejó en cero al Peronismo Federal y al radicalismo. Sin internarse en vaticinios siempre riesgosos, las elecciones de mayo y junio (La Rioja, Neuquén, Misiones y Tierra del Fuego) tienen pinta de ser muy favorables al kirchnerismo, que en un par de ellas tiene dos listas cuyo triunfo lo conformaría.

mwainfeld@pagina12.com.ar


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/166003-52993-2011-04-11.html

  OPINION

Se vota en Salta; el favorito, su trayectoria. Una provincia fiel al peronismo, reseña de sus elecciones. Algunas cifras para pensar. El PRO puede mover el amperímetro, novedad con límites. Radicales en la neblina. Y una duda sobre el final.

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Tal parece que la tercera será la vencida y en Salta ganará el local, que es amplio favorito. Las encuestas así lo sugieren y (nobleza obliga) en Catamarca y Chubut los consultores atisbaron bien el cambio de humor ciudadano y las sorpresas en las urnas. El gobernador Juan Manuel Urtubey pinta para ser reelecto. No es el contertulio favorito de la Casa Rosada pero viste sus colores: si efectivamente triunfara, el Frente para la Victoria podría cantar tres al hilo, frente a un universo opositor destartalado.

Urtubey fantaseó, en tiempos de la Resolución 125 y algo después, con ligas mayores. Acicateado por el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández se soñó candidato presidencial. Es joven y tiene tiempo por delante, hace bien (entre tanto) en consolidarse en su terruño. Las calidades de king maker de Fernández, por lo demás, todavía están por verse.

Si se corroboran los vaticinios, el principal enigma del escrutinio será ver cómo se acomodan el diputado Alfredo Olmedo (PRO) y el peronista disidente en tránsito Walter Wayar. Salta es el primer distrito en el que PRO mueve el amperímetro, acaso en condiciones de llegar al segundo lugar con más del 20 por ciento de los votos. Wayar, que fuera vicegobernador de Juan Carlos Romero y peronista ruralista disidente, se ha venido arrimando al fueguito del kirchnerismo, que calienta más que el “federal”.

Cerca de Cristina Fernández de Kirchner calculan que los sufragios que acumulen Urtubey y Wayar expresan el potencial del apoyo a la Presidenta en octubre, una cifra sideral, superior a los dos tercios del padrón.

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Números que hablan: Salta representa el 2,4 por ciento del padrón nacional, algo más que Catamarca y Chubut sumados. Según el censo 2011, la pueblan 1.215.207 habitantes. Más del diez por ciento de ellos, alrededor de 145.000, son chicos beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo (AUH), que cubre aproximadamente 75.000 hogares. El número da cuenta de dos aspectos dignos de mención. El primero es la magnitud del nuevo derecho ciudadano, que impacta en la economía doméstica de los sectores más necesitados. El segundo es que el “modelo” deja todavía muchos sectores relegados. El “modelo”, como suele ser, tiene sus ganadores y perdedores, división que recorre incluso al universo de la clase trabajadora. La discusión de política económica ganaría calidad, piensa el cronista, si algunos opositores comprendieran que el “modelo” es superior a las alternativas en oferta, bastante superior. Y si el oficialismo reparara (en) sus límites y necesidad de correcciones o cambios.

Salta fue y sigue siendo una provincia pobre, de aquellas de probada fidelidad al peronismo a la hora de elegir.

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El otro peronismo: De las ocho elecciones a gobernador realizadas desde 1973, el peronismo ganó siete. Miguel Ragone, quien triunfó en 1973, fue el único proveniente de la izquierda justicialista. Ragone es el único ex gobernador que es detenido-desaparecido. El juicio que investiga ese delito comenzó recién en esta semana, ante el Tribunal Federal Oral de la provincia. Uno de los acusados es Luciano Benjamín Menéndez, el acumulador de condenas por crímenes de lesa humanidad.

Desde la recuperación democrática en 1983, el justicialismo perdió una sola vez el gobierno, fue en 1991 a manos del Partido Renovador, una fuerza provincial. Roberto Ulloa, fea afrenta a la democracia, consiguió así replicar a su vecino Antonio Domingo Bussi: ser gobernador durante la dictadura y revalidar ungido por veredicto popular. En 1995, el poder volvió al justicialismo, que aún prima.

La familia Romero fue hegemónica entre 1983 y 2007. El padre, Roberto, fue el primer gobernador del ciclo. El hijo, Juan Carlos, logró tres mandatos consecutivos, desde 1995 hasta 2007. Urtubey lo desplazó, entonces.

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Los Romero y los dos peronismos: “La linda”, bautizan los salteños a su provincia y a fe que tienen razón. Su capital, que concentra al 40 por ciento de la población provincial, es una ciudad única, bella y colonial. La clase dominante salteña tiene pretensiones aristocráticas y dinásticas, la segunda característica es innegable. Juan Carlos Romero, de una familia llegada en segunda camada a esa arrogante élite, es afecto a tomar té en juegos de porcelana que despertarían la envidia de la reina Victoria. Sus mucamos visten en consonancia. El ahora senador nacional es proclive a usar guantes, para limitar su roce con otros seres humanos. Alguna vez se tomó licencia en la Cámara alta para hacer viajes transatlánticos en un yate de su propiedad, acorde a tal travesía. El pueblo salteño queda lejos de esos fastos.

Salta dista de ser la única provincia fiel al PJ en la que no arraigaron los cambios más sugestivos del peronismo: modernización, industrialización, sindicalización, irrupción plebeya en la cultura, movilidad social ascendente. Son varias en el noroeste y el noreste argentinos. De ordinario muy apegadas al bipartidismo, el peronismo expresa ahí un conservadurismo popular, que acompaña cualquier vertiente nacional (la del ’45, la menemista o la kirchnerista) con escasos cambios en la estructura social y cultural. El sociólogo Ricardo Sidicaro escribió sobre Los tres peronismos. El historiador Alejandro Horowicz sobre Los cuatro peronismos. Siempre es oportuno recomendar esos libros, que aluden a distintos proyectos en variadas épocas. En este caso, el cronista apunta a distintas corrientes del peronismo, que conviven en una misma etapa.

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Un amigo impresentable: Alfredo Olmedo, el diputado de campera amarilla y sonrisa indeleble, es el paladín de PRO y el único estandarte de cierto porte de la oposición en Salta. Impresentable, discriminador y acusado de explotación de mano de obra esclava, es un problema para los grandes medios que apuestan a él sus desesperanzadas fichas. No hay voluntad de desampararlo ni de restarle cobertura, pero su modalidad, sus costumbres de campaña (que incluyen sorteos de autos VIP) dificultan instalarlo como un repúblico, un abanderado de las instituciones, el consenso, la voluntad de diálogo y la transparencia.

Olmedo, todo lo indica, hará una buena elección y será el pionero de PRO con esos desempeños. El mapa nacional sugiere que Miguel Del Sel también congregará apoyos en Santa Fe, seguramente en una dimensión menor pero de dos dígitos. El diputado Francisco de Narváez mantiene buena intención de voto en Buenos Aires.

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PROs y contras: Claro que los enclaves de Salta y Santa Fe difícilmente arrastren votos para el jefe de Gobierno Mauricio Macri en la compulsa nacional de octubre. “Mauricio” tiene cierto peso en la zona metropolitana, se diluye a medida que se aleja de sus fronteras.

Ese dato y la destartalada estructura del Peronismo Federal acicatean las dudas del jefe de Gobierno, que aún no termina de zanjar si irá por la reelección o por la presidencia.

El diputado Fernando “Pino” Solanas es otro que cavila entre la Jefatura de Gobierno y la Casa Rosada, mientras el jefe de Gobierno somete a Gabriela Michetti y Horacio Rodríguez Larreta a reality shows para competir por su sucesión. “Mauricio” y “Pino” deshojan la margarita, en sus entornos hay posturas divergentes, a menudo interesadas.

Hasta ahora, puntean el PRO y el FpV en ambos casos con cualquier candidato. Pero las profecías avezadas le otorgan menos del 60 por ciento en conjunto, lo que deja un universo interesante para explorar por otros pretendientes. Máxime si se advierte que el oficialismo local y el nacional imantan votantes pero también suscitan alto número de rechazos. He ahí un gancho para Solanas, la pérdida de enjundia en el espacio nacional funge de contrapeso.

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Después de Cobos: Con un desprecio institucional digno de subrayar, el vicepresidente Julio Cobos terminará su mandato. Su dimisión a la precandidatura fue más una confesión de impotencia que un gesto de renunciamiento. Estaba vencido de antemano, desahuciado por “la gente” que lo había elegido como Gran esperanza blanca hace menos de tres años. Los dedicó a despilfarrar un tesoro que encontró con enorme suerte.

El diputado Ricardo Alfonsín avanza lo más que le permiten las circunstancias, mostrándose como el candidato único del radicalismo. No lo será hasta que el senador Ernesto Sanz decida dar un paso al costado. Las primeras palabras y los primeros movimientos del mendocino se encaminaron en rumbo inverso. Ratificó que competirá en las primarias abiertas, salió con la ambulancia a recoger cobistas desolados (casi todos se enteraron de la decisión de su referente por los medios), especulando con hipotéticas alianzas transversales.

Sanz, piensa el cronista y le confirman un abanico de correligionarios, juega contra el afán de casi toda la dirigencia intermedia del radicalismo, que quiere tener un referente nacional para poder tejer sus armados locales. Seguramente sus reclamos le irán llegando, habrá que ver cuál es su reacción en unas semanas.

Entre tanto, varios dirigentes opositores con magra virtualidad electoral (Cobos, Sanz, el ex presidente Eduardo Duhalde, a la cabeza) fantasean sobre una remake de la remota Unión Democrática o la más cercana Alianza. La hipótesis tienta a editorialistas y columnistas afines, pero no parece tener viabilidad ni siquiera intramuros. Alfonsín (con algún titubeo), el gobernador Hermes Binner, los diputados Margarita Stolbizer, Felipe Solá, el senador Luis Juez y Solanas ya han adelantado estar de punta contra ese rejuntado sin programa ni liderazgos. La historia, empero, continuará.

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Deseos y duda: Volvamos a Salta, para ir cerrando. Un tercio del padrón se expresará a través del voto electrónico. Un sistema ingenioso prevé la emisión de una papeleta, que prevé una de las potenciales debilidades del mecanismo: la falta de recursos para chequear escrutinios dudosos.

Si el sistema funciona y se cumplen los vaticinios puede haber un conteo relativamente veloz y un ganador claro. Ojalá que los salteños acudan masivamente a las urnas y expresen sus preferencias, opinables pero antes que nada soberanas. Hasta ahora la conducta ciudadana en los comicios provinciales fue inobjetable, el manchón provino del pésimo desempeño del gobierno de Chubut, que genera una indefinición que va camino de un record Guinness.

Si todo termina en buen orden, será otra buena jornada para el oficialismo nacional y otra ocasión para que las vertientes opositoras naveguen entre “la mitad de la tabla”, la promoción o el descenso, como dirían los futboleros. Sigue faltando mucho para octubre, nada está sellado aún, el rompecabezas contrera no se recompone.

Una duda asalta al cronista, a esta altura de su ya prolongada columna. ¿Vale la pena en esta reseña electoral dedicarle un par de líneas, un espacio a la desvaída interna del Peronismo Federal? En cualquier caso, acaba de hacerse.

mwainfeld@pagina12.com.ar

Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165958-2011-04-10.html


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Todos conocemos el rostro de José Luis Cabezas. Todos sabemos que el hijo de Juan Carlos Blumberg se llamaba Axel, también recordamos su cara. Los recordatorios que publica Página/12 desde su fundación conjugan la foto y el nombre de los desaparecidos. Cualquier lector atento sabe que la chica inglesa desaparecida en Portugal se llamaba Madeleine. Difundir la imagen de las víctimas, mencionarlas por sus nombres es un recaudo para rescatarlas de la violencia que padecieron, para suscitar empatía con la opinión pública, para subrayar su condición humana, similar a la de las personas que siguen el caso.

Quienes frecuentan este diario saben, merced a las excelentes crónicas del colega Horacio Cecchi, que el ciudadano que falleció por la desaprensión del SAME se llamaba Humberto Ruiz y que lo apodaban Sapito. Que era gordo, que estaba enfermo desde hace años. Los habitués de otros medios no conocen, aún, su identidad.

Lamentable, porque Ruiz era un ciudadano como todos con idénticos derechos, incluidos el de la propia identidad. Ruiz fue desamparado, en flagrante incumplimiento de las leyes y el juramento hipocrático, aunque el SAME contaba con el apoyo de un móvil policial para entrar a la villa.

Cada cual jerarquiza la información como quiere y edita en consecuencia. Los criterios tributan a varios factores, la ideología entre ellos.

El día de la muerte evitable y el piquete, la versión on line de los medios dominantes consagró absoluta hegemonía al “caos” de tránsito.

Sus “encuestas” sondeaban reacciones sobre la validez de la protesta aunque escondían con minucia su causa.

Al día siguiente, jueves, la edición impresa de Clarín puso en la tapa lo sucedido, sin aludir, tan siquiera, a su detonante. En un recuadro de diez líneas de la página 41 se retocaba, apenas, la sustracción. Se contaba que “un hombre” había muerto. Ruiz no sólo fue considerado indigno de cobertura médica por el gobierno porteño, también de identificación por el medio más poderoso de la Argentina.

El viernes, Ruiz seguía innombrado, se lo aludía como “el hombre”.

El episodio, con todas las diferencias atendibles entre ambos casos, evocó al cronista lo que pasó en junio de 2004 cuando un grupo de militantes encabezados por Luis D’Elía tomó una comisaría en el barrio de La Boca. Reclamaban porque uno de sus compañeros, Miguel “El Oso” Cisneros, había sido asesinado y la Federal no buscaba al evidente autor material, un buchón de la policía. La movilización resultó fructuosa, el homicida fue detenido, luego juzgado y condenado. Sin embargo toda la cobertura de esos días y de años posteriores se obsesionó con la medida de acción directa que, a la luz de los acontecimientos, fue lógica y eficaz. El diario La Nación dedicó su tapa a la ocupación de la comisaría, reseñó la existencia del asesinato, pero no juzgó pertinente consignar el nombre de la víctima.

Hay víctimas y víctimas, concluirá quien lee estas líneas. Algunas, por su tez, condición social o ambas, reciben un tratamiento subalterno, lindante con el desprecio. No son parte de “la gente”, ese colectivo tan capcioso como impreciso que pretende describir la unanimidad social cuando en verdad interpela y describe sólo al target del medio. A “la gente” la fastidian los embotellamientos, aunque seguramente están más habituados que los vocingleros cronistas que los cubren. Para “la gente”, ciertas víctimas son exóticas a su interés. Sus derechos no les incumben, para qué referirles cómo se llamaban.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/165958-52979-2011-04-10.html

  OPINION


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“No hay nada más bello
que lo que nunca he tenido.
Nada más amado

que lo que perdí”

Joan Manuel Serrat. “Lucía.”

Imagen: Joaquín Salguero.

Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner llegaron a la presidencia tras arrancar de bastante abajo. Perón, maximizando a la Secretaría de Trabajo, una repartición de segunda, hasta entonces. Alfonsín repechando su condición de minoría del radicalismo, segundón del peronismo por entonces. Kirchner tras obtener una irrisoria cosecha de votos, con una candidatura que llegó por descarte. Los tres conjugaron bien con los vientos de su época y tuvieron una cooperación involuntaria pero no menor de sus mediocres adversarios. Algo de fortuna hay siempre en la construcción de un liderazgo, como percibió antes que nadie Nicolás Maquiavelo. Pero la fortuna no basta sin el concurso de la destreza, la muñeca política (eso que en lengua del florentino se llamaba “virtú”). Y un piné acorde con los desafíos, que sin eso no hay Príncipe que pinte.

El vicepresidente Julio César Cleto Cobos no tendría derecho a quejarse de su fortuna. Dos golpes de suerte lo catapultaron, en menos de un año. Llegó a la fórmula con Cristina Fernández de Kirchner porque era el único gobernador “radical K” que no tenía posibilidad de reelección. Sus pares eligieron mantenerse en el terruño, sagazmente. Al mendocino le cayó del cielo su designación. La noche del voto no positivo fue otra mano que le dio el destino, propiciada por una acumulación de errores asombrosos del kirchnerismo, que remató en dejarle desempatar y ascender a ligas mayores.

Se topó con un capital político gigantesco, al bajo costo de sumarse a dos rebaños: el radicalismo en la Concertación y el frente político-agrario-opositor. Quedó encabezándolos con un potencial inimaginable. Presidenciable, hijo pródigo amnistiado en triunfo por sus correligionarios.

Desde entonces nada interesante hizo para administrar bien esa fortuna. Creyó que le duraría más de tres años, en un escenario cambiante. Merced a su desapego institucional, gozaba de una inmerecida licencia con goce de sueldo. Sin laburo por hacer, podía consagrarse full time a acumular, a “hacer política”. En tres años se consagró a la molicie y a mirarse al espejo, que le devolvía una imagen falsa, espléndida.

Un dirigente con más garra o calidad habría convocado cuadros políticos o intelectuales, lanzado ideas fuerza novedosas, armado grupos de estudio o de militantes. El se conformó con la agenda que le inventaron los grandes medios. Poner cara de estadista, visitar Expoagro o recitar banalidades en el coloquio de IDEA. Su caso, no exclusivo, es interesante para analizar los límites del poder mediático. Una cosa es “instalar” un candidato, maquillarlo, embellecerlo. Es un primer peldaño. El resto de la escalera depende de otras acciones o destrezas. Cobos creyó la mitología que los grandes medios elaboraron para darle aire. Esos embustes son un recurso deseable, por cierto, a condición de que sus emisores no los crean.

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Surgió una noche, no lo esperaban. Se licuó en años de impericia. Ayer renunció a lo que ya no tenía, un tema más digno de un bolero o un tangazo que de la política.

Lo anunció a su modo, egoísta y desabrido. Sembró críticas sobre el diputado Ricardo Alfonsín, convencido de que no puede batirlo en la interna. Hasta dejó sombras de sospecha sobre la mala fe de Alfonsín y Angel Rozas, como ya habían insinuado adláteres del senador Ernesto Sanz.

Como fuera, su retirada es una buena nueva para Alfonsín, quien mejora sus perspectivas para convocar potenciales aliados. A estos (Hermes Binner, Luis Juez, Margarita Stolbizer) también los interpela la movida de Cobos. Acorta sus plazos para decidir si van a la zaga de la UCR o si arman una opción propia.

Las miradas del radicalismo y de ese sector convergerán ahora sobre Sanz, quien se apeó inopinada y destructivamente de la preinterna boina blanca pautada para el 29 de abril. Sanz ya venía clueco, ahora queda desvencijado. Lloverán reclamos de correligionarios de todas las geografías pidiéndole que no persista en su virtual afán de competir en las primarias de agosto. A los émulos de Yrigoyen, muchos de los cuales piensan más en sus cercanos territorios que en las evanescentes elecciones presidenciales, los fortificaría unificar personería cuanto antes.

Días atrás, este cronista habló con un aliado de Sanz y le preguntó si le veía alguna viabilidad para las primarias. El hombre, un cuadro fogueado y leído, le respondió con un verso de la “Milonga de Jacinto Chiclana”, del maestro Borges: “nunca la esperanza es vana”. No lo será, pero en política a veces es ilusoria, pura fantasía. La realidad, la correlación de fuerzas, se inclinan hacia “Ricardito”.

Nada puede anticiparse en una competencia electoral donde abundan los errores no forzados, pero todo indica que Sanz deberá retirarse de la competencia más pronto que tarde. Si se cumple esa profecía, será doblemente errado su proceder anterior, que podría haberse suplido con presentaciones conjuntas, elogios recíprocos, acuerdos de unidad que siempre “visten” un poco y entonan a la tropa propia.

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Para Alfonsín y para el radicalismo, la dimisión de Cobos es un aliciente, que tiende a reposicionarlos como segunda fuerza, aunque a respetable distancia del kirchnerismo. Para los peronistas federales y aun para Mauricio Macri, una señal de alerta: deben espabilarse y cesar en sus berretines hamletianos.

Cobos confesó, sin decirlo, que dilapidó una fortuna que jamás mereció y que ligó casi de pura chiripa. Estuvo desangelado, no contó si su hija le aconsejó ese acercamiento a la realidad.

Solitario y desvalorizado, el vicepresidente estará hoy en la tapa de los diarios, incluyendo éste. Imposible haber vaticinios definitivos, siempre arriesgados. Pero es válido aconsejarle que enmarque y guarde esas tapas: tal parece que el tiempo de su protagonismo ya pasó, que le será casi imposible volver al centro de la escena.

mwainfeld@pagina12.com.ar

Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165822-2011-04-08.html

  OPINION


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El tiempo de los más humildes es diferente del de otras personas. Por ejemplo, del de los porteños que se “sacan” porque una protesta genuina y pacífica de los pobladores de la Villa 31 quilombifica durante horas el tránsito de su ciudad.

El tiempo de los más humildes, sus rutinas vitales, está acompasado por lo imprevisible, por la falta de reglas o procedimientos. Dos de los contados sociólogos que se han internado con rigor y sensibilidad en el mundo de la pobreza, Javier Auyero y Denis Merklen, abordan el tema. El cronista los parafrasea, confiando en no traicionarlos. Auyero explica que la espera es consustancial a la vida de los sectores más castigados. Nada llega en el momento debido, todo exige una carga de paciencia y de ansiedad, que agrava sus privaciones. Merklen, en su libro Pobres Ciudadanos, comenta su propia vivencia, al hacer un trabajo de campo en barrios populares o villas. Los trámites más simples pueden insumir días, los servicios o las personas llegan tarde o no llegan, los colectivos discontinúan sus servicios sin avisar. En las “salitas” o en los tribunales se espera de más (a menudo en vano) el arribo del médico, de los medicamentos, de eso que algunos llaman “justicia”.

Los humildes se adaptan a esas imposiciones, como estrategia de supervivencia. Se habitúan a amansadoras vejatorias, a aceptar prestaciones inferiores a las debidas, a trajinar para que se les dé, tan siquiera, menos de lo que son sus derechos, con mucho mayor esfuerzo. A veces esa pragmática sumisión (la contradicción de los términos es sólo aparente) rinde ciertos frutos. Por ejemplo, según se cuenta con detalle en la nota principal, Humberto Ruiz pudo sobrevivir malamente durante años con su enfermedad. Sus parientes, sus vecinos, eran avezados en la asimétrica negociación (por llamarla de algún modo) con el SAME y con la policía. Tratativas tensas, en momentos límite, en los que rebelarse suele ser un error táctico. Hay que llamar, hay que pedir, hay que insistir, hay que hacer de nexo entre los federales y el SAME, hay que aceptar condiciones arduas.

En este caso, no alcanzó. El SAME negó un servicio básico, pese a contar con el apoyo policial que suele exigirse para entrar (o arrimar) a las villas. Según informa la crónica de Horacio Cecchi, hasta se habla de una orden “de arriba”, directivas que seguramente nadie pone por escrito pero que algunos, bien predispuestos, acatan como si fueran textos sagrados.

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El horrible caso que glosamos no es novedad, los vecinos se enardecieron porque ya hubo varios. No es monopolio de la Villa 31, más vale. El juez en lo Contencioso administrativo Roberto Gallardo ya en 2007 impuso en una sentencia al Ministerio de Salud porteño la obligación de hacer entrar ambulancias a la Villa 21-24. Los vecinos informados, los profesionales de la salud diligentes, los referentes barriales saben, en ese territorio, que si alguien rehúsa enviar una ambulancia hay que llamar a Su Señoría. La obligación, desde luego, no es un privilegio de ese paraje, sino una regla que debería ser acatada en toda la Capital.

En un sistema informativo donde la indignación es norma, cuesta encontrar adjetivos novedosos para calificar lo ocurrido. A cuenta, señalemos hechos. Todo indica que hubo violación del juramento hipocrático, incumplimiento de los deberes de funcionario público, abandono de persona. Esas conductas calzan como un guante con la ideología PRO. No hablamos de un problema de gestión, sino de cosmovisión. El cronista no cree que nadie sea tan sádico como para dejar morir adrede. Pero sí debe resaltar que el modus operandi divide aguas, de un modo acaso no perjudicial para las ambiciones políticas del macrismo. Veamos. O leamos.

El diario La Nación interpela en su edición on line a sus lectores “si fue afectado por el corte en la autopista Illia, envíe su testimonio”. A las víctimas, sus amigos o sus vecinos no se les habilita una vía de entrada similar. Los comentarios de la mayoría de los lectores de la Tribuna de doctrina se ensañan con los manifestantes o, más bien, con los pobres. Varios ingeniosos, como “Feel is busters” los exhortan a liberar las calles para que puedan trabajar los que los mantienen con sus impuestos. Son los más piadosos. Otra vertiente se inclina por el exterminio: “fumigar” mociona uno. Otro recuerda que tenía un amigo que proponía sacar a los chicos de menos de diez años de las villas y quemar al resto de sus pobladores. En algún tiempo, sincera su debilidad, la iniciativa le chocaba, ahora la mira con cariño. “Hugojun” clama “por un patriota que les pase por encima”. “Mejor que se mueran” se pone explícita Marianne 2, que describe como “bestias inhumanas” a sus conciudadanos, sin mirarse al espejo. Hay quien se encoleriza porque los villeros “hacen hijos a escala geométrica”.

Hay barbarie y desaprensión de funcionarios tanto como de un par de profesionales de la salud. Esa actitud dista de ser piantavotos para una masa de ciudadanos. Con esa ideología aciaga, Mauricio Macri ganó por goleada las elecciones en 2007. Podrá decirse, con tino, que la maquillaba, usando al eficientismo como cosmético. Ahora, a cuatro años de mandato, su fuerza ya desesenmascarada entrará al ballottage, posiblemente punteando en primera vuelta. Lo del SAME lastima y da bronca. Lo del PRO da qué pensar en cuánto queda pendiente en eso de la disputa ideológica.

mwainfeld@pagina12.com.ar


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/165748-52935-2011-04-07.html


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Sólo los dos Hugos, Chávez y Moyano, les permiten ejercitar un discurso común y unirse en la diatriba. Casi todo el resto del Cosmos (que es, ciertamente muy vasto) los enfrenta y fragmenta. Semana a semana, la oferta electoral de las oposiciones agrega señales de desconcierto y entropía. La suspensión de la preinterna radical, una movida que podía tener su encanto y su practicidad, fue la mala nueva más restallante de la semana. La interna escalonada del apodado peronismo federal, con apenas dos candidatos, comienza hoy en la Ciudad Autónoma y (por decirlo con un eufemismo) no erotiza multitudes.

Para algunos contreras optimistas, esa desdicha incita a una jugada centrípeta: la unidad por la que claman los medios hegemónicos. Puede que suceda lo contrario: la fuerza centrífuga es más potente y menos virtual, crece (a paso lento) la perspectiva de una apertura por el centroizquierda. Sólo el jefe de Gobierno Mauricio Macri tomó una iniciativa, fijar la fecha de las elecciones porteñas y, casi seguro, lanzarse a la presidencial. Los federales lo esperan con los brazos caídos y abiertos, valga el primer oxímoron de esta columna.

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Desanzgelados: El senador Ernesto Sanz desistió de intervenir en la competencia radical del 30 abril, desactivando una jugada que parecía interesante. Generar una instancia de participación, instalar un candidato con intervención de correligionarios e independientes, ganar centimil durante semanas eran réditos al alcance de la mano, con la sola condición de no hacer un enchastre institucional como el de Chubut. El radicalismo traspapeló la oportunidad, por decisión de quien fuera presidente del partido. Sus argumentos formales fueron por un lado, los extraoficiales son más potentes. La bronca entre boinas blancas es elevada y, salvo que se reorganicen (lo que hoy suena entre improbable e imposible) proseguirá hasta agosto.

El periplo de Sanz justifica unas líneas. Detestaba a Julio Cobos por su adhesión a la Concertación Plural y porque años atrás le ganó la interna por la gobernación de Mendoza. Le habló a su curul vacío en la célebre madrugada del “voto no positivo” temiendo que el vicepresidente se borrase y procurando incitarlo a jugarse. Se sumó a la ola triunfalista ulterior que incluyó la amnistía partidaria al hijo pródigo. Mientras duró la estrella de Cobos, su objetivo era reunificar al radicalismo, ser una referencia partidaria, llevar al partido a la Casa Rosada. Y, last but not least, prepararse para suceder a Cobos en 2015 porque el vicepresidente estaría impedido de ir por la reelección, por haber cumplido dos mandatos. La dilución de Cobos cambió el panorama, Sanz contribuyó a ir construyendo la candidatura del diputado Ricardo Alfonsín. En un recodo del camino, el senador mendocino intuyó que “Ricardito” no era tan sólido y que él podía lanzarse antes de lo que había previsto y edificado. Las alabanzas de los medios y de sectores empresarios, que lo juzgan más confiable y apto que Alfonsín, seguramente lo entonaron.

Hace semanas venía anticipando su idea de retirarse. Sus argumentos formales son conocidos, los repitió el martes. Esa instancia se plasmó cuando se sospechaba que no se concretarían las primarias obligatorias de agosto, ahora confirmadas. Además, existe un clima de escasa concientización y movilización. Mejor, entonces, esperar a agosto. Hasta ahí lo expresado on the record.

En off the record, pero muy audible, tanto que fue reproducido generosamente en medios amigables, sumaba acusaciones severas, que dañan la reputación de sus correligionarios-adversarios. Los resumimos, brevemente. Angel Rozas, que quedó con la presidencia del partido porque Sanz se corrió para jugar la interna con ventajas, no obró con fair play. El ex gobernador chaqueño y Leopoldo Moreau amañaron el resultado de la interna para la presidencia en 2003, volvieron a confluir y son sospechosos. Una compulsa difícil de fiscalizar podría arrojar resultados exorbitantes (fraudulentos) en distritos chicos, cercanos a Rozas: su Chaco y Formosa, sin ir más lejos. Si se votara y hubiera escándalo, el saldo sería decepcionante. Más por lo bajo, hay quien comenta que la masividad de la elección debía competir con la del acto de la CGT fijado para el 29 de abril, lo que acaso sería poco funcional en el clima actual.

Desde las tiendas de Alfonsín, la lectura es más lineal. Juzgan que Sanz se bajó para eludir una derrota aplastante. “Confiaban en pelearnos la provincia de Buenos Aires con los viejos dirigentes de la Coordinadora. Pero Leopoldo, que tiene su base y no puede desoírla, jugó con Ricardo. Y ahí se les venía una goleada.” Los alfonsinistas entienden que su líder cuenta con el favor de los radicales de pura cepa. Los sanzistas admiten en parte esa inclinación pero aducen que no mueve el amperímetro fuera de las fronteras partidarias, como sí lo hace su referente.

Alfonsín actuará como si hubiera vencido en abril, un derrotero lógico pero resentido por su debilidad institucional. Tratará de convocar a un “frente progresista” desde su legitimidad partidaria, que es transitoria, supeditada a que sus adversarios no se presenten en agosto o, que en tal caso, no lo venzan. Ya comenzó a armar reuniones, sabe que Sanz lo dejó flojito de papeles.

Su primera movida pública, firmar un documento “para cuidar la democracia” motorizado por Mauricio Macri y el peronismo federal revela cuán estrechos son sus márgenes. Apartarse de un planteo de esa naturaleza puede deslucirlo ante el target de votantes opositores, que incluye una fracción irredentamente gorila. Pero, al suscribirlo, fue “conducido” por Macri y su mejor operador parlamentario, Federico Pinedo. El Grupo A se dividió frente al documento, todos los aliados deseados por Alfonsín rehusaron firmar: el gobernador socialista Hermes Binner, la diputada Margarita Stolbizer, el diputado Fernando Solanas, hasta el senador Luis Juez.

La retractación de Sanz resintió al radicalismo, todos lo saben, aunque se esmeren en minimizar el daño y los reproches públicos. Con menos limitaciones, un dirigente alfonsinista del ’83, Federico Polak, expresó la bronca en un post publicado en su blog “El tonto y los sabios”. Lo tituló “La importancia de llamarse Honesto”, haciendo gala de un exquisito saber sobre la obra de Oscar Wilde. Polak es un veterano de la política, su formación es mucho más vasta que la de la media de la dirigencia política actual. Pero el objetivo del texto no es Wilde sino Sanz, quien, asevera, “es, de alguna forma, el retrato deformado de Dorian Gray. En el rostro que muestran sus innúmeros carteles que saturan la vía pública, se muestra dulce y atinado, casi ingenuo. O tonto. Pero en el retrato guardado en su desván, no”. Y agrega que el senador sabe que “con su zigzag favorece impúdicamente a cualquier otra opción que no sea Alfonsín para enfrentar al Frente para la Victoria en octubre”. Polak interpreta la jugada en términos político-ideológicos, ubicando a Sanz en las antípodas del ex presidente Raúl Alfonsín: “Pertenece a una dirigencia que nunca lo quiso, que lo celó, que esperó cual presunto heredero aturdido y sin luces que muriera de una vez por todas, no le importan las raíces del movimiento, sino las propias”.

Usualmente con prosa menos galana, en las huestes de Ricardo Alfonsín se piensa parecido. Y, con el partido desvencijado, trata de encontrarle la vuelta a un trance de enorme debilidad, a pocos meses de los comicios. Alfonsín está mejor posicionado que Cobos y Sanz, puntea y es el único que seguro sigue en carrera. Pero lo hirió el fuego amigo, un problema de la etapa en todo el espectro político.

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Chasis, nunca taxi: Llega a manos del cronista un sobre remitido desde la Unión de Trabajadores Gastronómicos de la República Argentina, con un sticker que la identifica al dorso. Es publicidad del candidato Eduardo Duhalde para las internas abiertas del peronismo federal en la Ciudad Autónoma. Se puede votar en quince escuelas, una cifra irrisoria para tamaño distrito, una confesión tácita sobre las aspiraciones de la convocatoria. El radicalismo, que es un partido nacional, ya había pedido su padrón de afiliados y el de independientes para su interna abierta. El peronismo federal, que es un nombre de fantasía (lo que está por debajo del famoso “sello de goma”) omitió ese recaudo, una confesión acerca de la seriedad que le imprime a la compulsa.

El diputado Felipe Solá no compite, alegando que es un trámite en el que “hay que llevar a la gente”, lo que implica aparato y plata. El gobernador Mario Das Neves, malherido tras la papelonera elección de su provincia, también se apeó. Duhalde compite con el gobernador Alberto Rodríguez Saá, otro que no firmó el mentado documento de “la oposición”. Tal como está la situación, el anhelo de la mayoría del peronismo federal (no de todos sus dirigentes, otra debilidad) es armar un chasis para que Macri los encabece y funja de motor. Sin ese motor, ni arrancar podrían. Tampoco está probado que sea un Fórmula 1 pero es su principal expectativa para seguir participando en ligas mayores.

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Lo que viene: La hipótesis de una fórmula presidencial de centroizquierda, encabezada por Hermes Binner, necesita corroborarse en las urnas de Santa Fe. Pero cobró fuerza y sentido ante la dispersión del Grupo A. Terciar o, por la parte baja, definir una presencia de cara al 2015, era una quimera hace dos o tres años. Dejó de serlo.

El domingo que viene se elige gobernador en Salta. Un tercio del padrón lo hará con voto electrónico. Los sondeos favorecen largamente al actual mandatario, Juan Manuel Urtubey. Con los precedentes de Catamarca y Chubut podría imaginarse que ser local y favorito es mufa. Quizá no sea exacto y se comience a desmentir. En todo caso, los vaticinios son indigestos. Lo que sí es cabal es que a menos de siete meses, subsisten la primacía del oficialismo y la inconsistente performance de “la oposición”, ese singular que es demasiado plural.

mwainfeld@pagina12.com.ar

Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165486-2011-04-03.html

  OPINION

La relación entre el kirchnerismo y la CGT. De la bronca contra el exhorto a una semana de acuerdos. Una paritaria que encauza el calendario. El 24 a la cabeza, significados del número. El piquete que desató polémicas. Derechos de los trabajadores y debate sobre el método.

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La relación entre la CGT y el oficialismo es un puntal de la gobernabilidad en el período kirchnerista, cuyos desempeños en materia de estabilidad política y económica son dignos de mención, máxime si se los compara con gobiernos precedentes. La alianza dista de ser mansa como agua de estanque: congrega a protagonistas con intereses y objetivos a menudo diferentes. Se sostiene a través de negociaciones y pactos, siempre en revisión y tensión.

Hace un par de semanas, el anuncio de un paro de transporte en respuesta a una investigación judicial reclamada por un fiscal suizo elevó la temperatura y acicateó las desconfianzas. El agua no llegó al río, el exorbitante paro se suspendió, las suspicacias siguen latentes. En esta semana, la coalición produjo hechos conjuntos, de beneficio mutuo, que incluyen a una cantidad importante de trabajadores.

Nada es idílico ni definitivo. La conflictividad se mantendrá aunque los gestos revelan que tanto Hugo Moyano como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner tienen sobrados motivos para mantenerse unidos, en esa coalición que aúna más intereses comunes que contradicciones.

El cierre de la paritaria de los camioneros y el aumento del mínimo no imponible para los trabajadores en relación de dependencia vienen en un combo, que se redondea con dos visitas de Moyano a la Casa Rosada, cuyas imágenes retratan mejores ondas. Los gremialistas despotricaban por haber sido relegados en Palacio, por la morosidad en la minirreforma impositiva. Las actitudes presidenciales atienden a esos reclamos. El anticipo de la convención colectiva del gremio más poderoso es una contrapartida que distiende al Gobierno y marca un rumbo para otras paritarias. En el camino, la Presidenta le marcó a “Hugo” que había que controlar formas de protestas excesivas o desestabilizadoras.

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Cada convención colectiva es un mundillo, una disputa de poder por vías institucionales. El acuerdo entre los camioneros y sus patronales no impone un techo a otros sindicatos, pero sí es una referencia que las encauza, en promedio. Habrá gremios que buscarán un resultado mejor, por motivos variados. Algunos porque la rama de actividad atraviesa una etapa propicia, hay pleno empleo y necesidad patronal de paz social. Las automotrices son un ejemplo clavado. Otros necesitan mejorar los sueldos que han quedado rezagados, podría ser el caso de la industria de la alimentación y de los trabajadores de la salud. Para dirigentes que ambicionan competir con Moyano (Luis Barrionuevo, sin ir más lejos ni agotar la lista) es un incentivo superar su marca.

De cualquier manera, la relativa templanza de los camioneros teñirá otras tratativas. El 24 por ciento que informan los medios dista de ser un guarismo estricto. Leídos con minucia, los convenios incluyen otras retribuciones dinerarias, aparte del sueldo. Si se devela la convención colectiva, el aumento resultará mayor. De cualquier manera, el 24 es un mensaje, pues dista de las hipótesis exorbitantes, desbocadas, que se bartolearon en los medios. Tan es así que las centrales empresarias no dijeron “esta boca es mía”, salvo algún descolgado.

El número revela contención, organiza la secuencia de las convenciones colectivas. El Gobierno espera tener cerradas las más relevantes para mediados de año y enlazar una seguidilla de acciones repetidas en los años recientes. En el invierno, incremento del salario mínimo vital y móvil, luego de las asignaciones familiares (que ahora acollaran la Asignación Universal por Hijo). En septiembre, un mes antes de las elecciones, es el turno del aumento de las jubilaciones, estipulado por ley.

El porcentaje también cuestiona el mito de la inflación oficial, como ya sucediera con las propias paritarias docentes, con el Estado sentado en la silla de la patronal. La credibilidad del Indec es una llaga para el oficialismo. La deslegitimación del organismo oficial desnuda la inconsistencia de las sanciones a consultoras privadas, por propagar datos no confiables. El cronista ha criticado los informes privados, en promedio muy poco serios. Eso no legaliza sanciones, que no tienen sustento empírico ni –lo que es más grave– institucional. La libertad de expresión no es un coto reservado a quienes afirman verdades o hablan en defensa del bien común, suponiendo que tales magnitudes fueran mensurables. Incluye el sacrosanto derecho a macanear o propalar relatos inverosímiles. El Gobierno que desincriminó las injurias y calumnias vertidas por periodistas sería congruente si depusiera esas multas, antes de que los tribunales lo hagan.

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El mínimo no imponible es una reivindicación de los últimos años, en los que se abrió un inédito acordeón de sueldos en la clase trabajadora. Es sugestivo el debate sobre la procedencia del tributo, que debería comprender la magnitud de ese cambio. En los hechos, es un modo de preservar los aumentos paritarios, se lo menoscaba aduciendo que conciernen a pocos cientos de miles de trabajadores. La magnitud dista de ser irrisoria, corresponde añadirles a los que pagarán algo menos. En cualquier caso, es una demanda sindical del siglo XXI, aquieta las aguas, engorda (o si se quiere, no enflaquece) bolsillos de laburantes.

El sistema impositivo sigue siendo inequitativo, como señala una recomendable nota de Alfredo Zaiat publicada ayer en este diario. El aumento en cuestión tiene muy escasa relevancia al respecto.

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Dos encuentros en la Casa Rosada agregan simbolismo a las tratativas. Cristina Fernández –cuentan asistentes a la reunión del viernes– les señaló a los sindicalistas la inconveniencia de ciertas medidas de fuerza. En la Casa Rosada se escuchan dos teorías sobre el piquete que impidió la salida del diario Clarín el domingo pasado. Para algunos funcionarios, Moyano no tuvo nada que ver. Tal es la versión del secretario general de la CGT. Para otros intérpretes oficialistas es poco creíble que el delegado Luis Siri, líder de la protesta, no contara con la aprobación, así fuera tácita, de Moyano.

Lo que es seguro es que Siri tiene “juego propio”. Que, como muchos delegados de base (en su mayoría de izquierda no peronista), es más representativo y combativo que los secretarios generales de su gremio. Que tiene sobrados motivos para reclamar, ante incumplimientos laborales flagrantes de la patronal, incluso violaciones del fuero sindical. Esas facetas fueron sustraídas de la discusión por los grandes medios, tanto como por la flor y nata de la dirigencia opositora.

Pero tener razón no equivale a convalidar la metodología del piquete. Quienes disponen de herramientas legales e institucionales para hacer valer sus derechos deben moderar el abuso de medidas de acción directa de gran lesividad. Un piquete trabando la salida de los diarios no es lo mismo que un paro de trabajadores. Quienes lo implementaron fueron reincorporados por decisiones de los tribunales y del Ministerio de Trabajo. Su metodología es, pues, discutible y repudiable, como lo marcó el pleno de la Cámara de Senadores.

En política, todo protagonista es responsable de las consecuencias de sus actos, aun de las impensadas o no deseadas. Haber impedido la difusión de un diario damnifica las libertades democráticas. El discurso grandilocuente de una patronal que incumple las leyes o el aprovechamiento político de “las oposiciones” que miran sólo una faceta del conflicto y desamparan a los trabajadores son criticables, pero no anulan esa realidad.

Contra lo que se dijo y declamó, la respuesta institucional fue razonable. El Gobierno no tuvo arte ni parte en el piquete. El pronunciamiento del Senado fue consensuado y preciso. Antes, se había decretado la conciliación obligatoria y se consiguió el levantamiento del piquete, sin represión, en cuestión de horas. No es fácil deshacer entuertos tales en tiempos menores, con todas las de la ley. Ni es sencillo notificar medidas en cuestión de minutos. Si alguien puede dar testimonio son los abogados de Clarín que vienen chicaneando desde hace años la obtención de una prueba simple, en el caso de los jóvenes Noble Herrera.

La libertad de prensa existe en la Argentina, las mismas repercusiones lo comprueban por su tono y hasta por su desmesura. Claro que siempre se debe estar vigilante, en un país con precedentes tan infaustos. Es un deber colectivo, del que ningún partido desertó, aunque todos trataron de llevar agua para su molino.

En cuanto al abuso de la acción directa, es un déficit de la cultura política nacional, que no reconoce fronteras. Agrupaciones gremiales de surtidas ideologías, vecinos enconados, patronales agropecuarias..., nadie se priva porque el método “garpa”. Desandar una práctica de años exige consensos amplios, difíciles de concertar en la coyuntura.

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Los partidos opositores se disgregan en querellas internas o riñen con aliados potenciales porque se perciben débiles para la elección presidencial. En espejo, en el oficialismo cunden reflejos triunfalistas, que incluyen amagos de vender el oso sin haberlo cazado aún. Los veredictos populares de Catamarca y Chubut traslucen el potencial de la Presidenta, capaz de nacionalizar elecciones locales. También despeñaron a quienes, un mes antes de las elecciones, llevaban holgadas ventajas. La moraleja es dual, no única.

Las vicisitudes de la coalición oficialista, los tironeos por espacios en las listas están en el menú de lo predecible. Contenerlas es, de momento, una tarea más ardua que sofrenar a la oposición que, para eso, parece bastarse sola (ver asimismo notas en páginas 2 y 3). La capacidad de la Presidenta de conducir a sus compañeros, arbitrar en sus cuitas y competencias y moderar sus desbordes será un dato central para el resultado de octubre.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165474-2011-04-03.html

  OPINION


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“Seré Chávez, el breve”, sorprende el susodicho en el Palacio San Martín, y formula un discurso de brindis relámpago, en tres minutos. Le bastan para evocar a San Martín, a Belgrano, a Dorrego, a Néstor Kirchner. También para lisonjear a los vinos argentinos y revelar que son los favoritos de Fidel Castro. Pide una copa de vino, le llevan champagne. Brinda: “¡Al gran pueblo argentino, salud!” y cierra un brindis redondo. Chávez puede hasta ser breve, si se lo propone o si lo pide la Presidenta anfitriona. Eso sí, jamás será un orador hueco o casual, ni banal, ni aburrido.

Ya podrá extenderse a sus anchas en La Plata en la entrega del premio Rodolfo Walsh. Es un lauro polémico, más vale, también una decisión de los académicos y los estudiantes. Para Radio 10 y C5N se trata de una afrenta. “Rodolfo Walsh jamás lo hubiera querido”, concuerdan sus periodistas más afamados. Este cronista no se atreve a ratificarlo ni a negarlo. Sí está convencido de que el periodismo de la cadena Hadad está en las antípodas de la vida y trayectoria de Walsh.

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Pasa el presidente Chávez y es imposible ser indiferente. Googlee usted “Chávez y dictadura”, encontrará más de un millón de entradas, una fracción importante será de diarios europeos que lo tienen como bestia negra. El líder bolivariano propicia los alineamientos binarios, cualquier analista debería precaverse, insinuar una lectura compleja o, cuanto menos, rica en datos. No está de moda, claro.

La integración de Venezuela al Mercosur y a la Unasur fue una tarea de orfebres de los presidentes Lula da Silva, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Como fue norma en la mayoría de los aspectos referidos a la política regional, el brasileño y sus colegas argentinos acordaron en casi todo o en todo. La sensatez y la visión sistémica los unieron, en la difícil misión de contener a un socio díscolo.

Hagamos un repaso de la historia, no de la leyenda maniquea:

- La relación comercial entre Argentina y Venezuela es, a distancia sideral, la mayor de la historia conjunta.

- Kirchner y Lula “condujeron” a Chávez en la Cumbre de Mar del Plata donde ellos (tanto como el bolivariano) querían plantar el “No al ALCA”.

- Kirchner y el entrañable líder brasileño aconsejaron a Chávez que se sometiera a un referéndum revocatorio que distendiera el escenario político venezolano. Una jugada a todo o nada: consolidar su legitimidad o irse. Una ordalía política, una prueba de fuego que pocos mandatarios serían capaces de afrontar y sobrevivir a ella. El presidente venezolano aceptó el consejo, se expuso, ganó. Suele triunfar en las elecciones, un detalle que sus adversarios de su país o de otras latitudes subestiman.

Chávez no es un aliado sencillo ni dócil, no es eso lo que tratan de decir estas líneas. No hay motivos, ni tampoco posibilidades, de imitar acá la política interna de Venezuela. Ni para prendarse de ella. Eso sí, ante una realidad local, surgida de la decisión soberana del pueblo venezolano, la mejor respuesta es la integración y no el aislamiento o el castigo.

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Relaciones comerciales, alianzas básicas para sostener la gobernabilidad de América del Sur, ámbitos de diplomacia presidencial que incluyan a todos los Estados... Son tácticas inteligentes, jugadas, siempre expuestas a un traspié. En el siglo XXI América del Sur es una de las regiones más pacíficas del planeta, como destacó ayer la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Conatos bélicos (Colombia contra Ecuador) fueron desactivados, también pudieron frenarse intentonas golpistas contra los gobiernos populares de Ecuador y Bolivia. Si la región estuviera fragmentada, si Venezuela (que de eso se habla y no de su contingente, sí que popular, mandatario) quedara afuera, esas acciones reparadoras no podrían haberse concretado.

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El viernes se cumplirán veinte años de la puesta en marcha de la Convertibilidad, un pasable plan de emergencia para salir de la hiperinflación que se transformó en una política de Estado durante diez años. Una de las más imbéciles y suicidas de las que se tenga memoria, en un país que las ha cultivado con fruición. Se renunció a la política monetaria, lo que fue hilvanando sucesivamente la renuncia a la política económica y, en gran medida, a la política tout court. Se entregó el patrimonio nacional, se desmembró la red ferroviaria, se desguazaron empresas que durante décadas vertebraban la vida en pueblos y ciudades. Ahora se ha puesto de moda embellecer retrospectivamente el bipartidismo. Es útil recordar que la Convertibilidad fue una tremenda decisión del peronismo, que la Alianza sacralizó.

Cuando, como pasó ayer, dos presidentes concelebran un acto en Tandanor ponen en acto un sano revisionismo. Un homenaje a la producción nacional en comarcas que fueron asoladas por el espejismo financiero. El desbaratamiento de la industria naval fue un disparate magno en la era del disparate. La –trabajosa y parcial– recuperación de la actividad, un canto a la sensatez productiva.

La apostilla, cree el cronista, viene a cuento. El discurso dominante emparienta la política internacional con el delirio, el ideologismo y la falta de racionalidad. Pero hete aquí que, más allá de los discursos, lo que prevalece es la lógica instrumental frente a la embriaguez autodestructiva de antaño.

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Hace menos de tres años, por esas vueltas de la vida, el cronista asistió a una conferencia de prensa conjunta entre los cancilleres de Francia, Bernard Kouchner, y de Venezuela, Nicolás Maduro. Fue en París y llamaba la atención la diferencia de talla entre el francés, retacón él, y Maduro, que tiene una talla notable. Casi contradictoria con el peso relativo de sus países, pensó el cronista, que le pasa más cerca a Kouchner.

El motivo eran numerosos tratados comerciales, que movían una millonada de euros. Algún periodista consultó a Kouchner acerca de las –supuestas– flojas credenciales democráticas del chavismo. El canciller respondió que era el gobierno ungido por los venezolanos y aludió a lo que sería una paráfrasis gala de la libre determinación de los pueblos.

El cronista no admira, precisamente, a la administración Sarkozy. Y sabe que ejercita una cruel realpolitik. Sin embargo, remarca dos puntos lúcidos que en la Argentina se menoscaban en exceso. Los intereses económicos son un puntal de las relaciones exteriores. Las decisiones soberanas de otras sociedades no son una bagatela.

Mucho de eso falta cuando se clama al cielo por cada llegada de Chávez, que (dicho sea de paso) siempre concita adhesiones muy superiores a la de casi cualquier visitante de otro país.

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“¿Por qué no te callas?”, le espetó, inolvidable, el rey de España. Chávez se había ido de boca, seguramente. Pero a Su Majestad le saltó el imperio, el etnocentrismo, esa tendencia a juzgar a otros con parámetros propios que se pretenden imponer como universales.

Chávez no se callará. Y lo que es más serio: muchos aspectos de su política internacional son cuestionables y chocantes aun para sus aliados regionales. Con todos esos ripios y cabalgando sobre las contradicciones el proceso de acercamiento entre su país, Argentina, Brasil y el Mercosur es uno de los logros de la etapa reciente. La más fecunda y conviviente de nuestra trágica historia.

Chávez partió como ráfaga hacia Uruguay y Bolivia, donde su verba encenderá pasiones y rechazos. Puede, rara vez, hasta ser breve. Jamás pasar inadvertido.

mwainfeld@pagina12.com.ar


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/165187-52806-2011-03-30.html