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  MEDIOS Y COMUNICACION

Gabriela Cicalese parte del tratamiento que algunos medios le dieron al Día de la Mujer para reivindicar que, frente a la invisibilidad, hace falta un Día que coloque algunos temas en la agenda mediática.

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“¿Por qué las mujeres tienen su día y los hombres no tenemos?” “Si pelean tanto por ser iguales, ¿para qué quieren un día especial?” “Si tienen el Día de la Madre y el de la Mujer para las que no lo son... ¿nosotros por qué tenemos sólo el día del padre? ¿Los no-padres no festejamos?” Estos y otros comentarios similares se escucharon el pasado 8 de marzo, cuando alguna mujer en un programa de radio en vivo decía al aire a algún colega varón: “Te olvidaste de saludarme”.

Esta seguidilla de sentidos comunes tiene relación con el desconocimiento histórico de la raíz de una efemérides que, sin embargo, se coloca en agenda y se menciona. Seguidilla a la que hay que sumar otras tantas voces de algunas mujeres que declaran: “Para mí el Día de la Mujer son todos los días”. “Yo no estoy de acuerdo con el Día de la Mujer, tenemos que aprender a convivir todos juntos, somos todos iguales”.

Hasta bien entrada la década del ’90, cuando no existían ni Hallo- ween ni San Valentín en los calendarios populares en Argentina, el 8 de marzo era una fecha de esas que sólo algunas –siempre pocas– defendíamos en términos de reivindicación de derechos de género desde nuestros distintos ámbitos. Luego, en paralelo a la mercantilización de tantas fechas, el Día de la Mujer pasó a ser “agasajable” a través de los medios masivos, uniéndose a los mismos discursos usados para otros días comerciales y prácticas como flores, bombones y piropos. Gestos acompañados, básicamente, con estereotipos que, detrás de un supuesto reconocimiento, no hacen más que reforzar las naturalizaciones de la discriminación. Así, ensalzar el “instinto” maternal como generador de todo lo bueno que le falta a la sociedad; mirar desde lo “diferente” que se aporta y la “complementariedad” de un deber ser en los roles de decisión que se entiende “por naturaleza” masculino; exotizar los casos de mujeres que hacen tareas que culturalmente son ejercidas por varones (convirtiendo en la excepción que confirma la regla una práctica concreta que debiera hacernos cuestionar esa misma regla).

Este 8 de marzo tal vez hubo menos de esos “festejos” y estereotipos, pero también es cierto que el tratamiento del tema fue considerablemente menor que en años anteriores. Sea porque los debates importantes no dejan espacio para una conmemoración como ésta, desde los DNU hasta el irremplazable fútbol que “no se puede” levantar de pantalla para un discurso alusivo por parte de la Presidenta de la Nación. O bien porque la noche inmediata anterior una película argentina había ganado una estatuilla y se “perdió” el dato de que por primera vez en 82 emisiones el premio a “mejor director” lo ganaba una mujer. Y director se enuncia en masculino singular, tomado como supuesto “neutro” del lenguaje cuando en realidad está remitiendo a roles ejercidos por personas y, como tales, debieran dar cuenta del género y el número de las personas que ocupan cada rol.

Ese mismo “neutro” es el que sostiene la sumisión. La sumisión existe, precisamente, allí donde los grupos que son discriminados u oprimidos no tienen conciencia de esa situación. Sumisión tenían los siervos del Medioevo. Sumisión tienen muchas compañeras cuando hablan de sí mismas en masculino, o repiten discursos que las discriminan u ofenden justificando la “naturalidad” de algunas construcciones patriarcales.

Es lógico que quienes no se reconocen oprimidas “rechacen” el Día Internacional de la Mujer. Aceptarlo interpelaría al punto de tomar conciencia o cambiar alguna práctica.

En el caso de los medios masivos, mientras su tratamiento del tema caía en un estereotipo y aun con sus teñidos mercantiles, el primer plano de ese día en la agenda mediática nos permitía, a quienes tenemos conciencia de la opresión, encontrar una grieta en la vida cotidiana para transformar el festejo en reivindicación y traducir los discursos discriminatorios en protesta. En la medida en que esos espacios se reduzcan y ese Día se mencione menos, serán menores también las posibilidades de visibilizar los derechos vulnerados, las situaciones que impiden igual remuneración por igual tarea, la violencia en todas sus expresiones y la falta de oportunidades igualitarias.

Porque sólo hay una discriminación peor que la caricatura, y es la invisibilidad. Sólo hay un discurso más opresor que la ofensa, y es el silencio. Sólo hay un desafío más grande que el quiebre de los estereotipos, y es generar la escucha. Por eso, al menos, hace falta un Día que coloque algunos temas en la agenda mediática.

* Doctora en Comunicación. Directora del Centro de Comunicación La Crujía (Buenos Aires).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-142155-2010-03-17.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

¿A favor o en contra? Gabriela Cicalese propone salir del dualismo a la hora del debate sobre la ley de Servicios Audiovisuales de Comunicación, para reflexionar con el desafío de aceptar la pregunta antes que pretender tener la respuesta.

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A quienes estamos en el mundo de la comunicación, una pregunta se nos vuelve interpelación insoslayable en las últimas semanas: “¿Estás a favor o en contra de la ley de medios?”. Desde que estudiábamos a principios de los ’90, muchos de nosotros hemos participado activamente de distintas instancias de debate: con legisladores que iban a las carreras a presentar proyectos, en comisiones que se armaban en cada encuentro de estudiantes de Comunicación para consensuar una posición nacional frente a los proyectos, en mesas especialmente conformadas con referentes del campo comunicacional, etc. Debate que, ya por entonces, era consolidado y viejo, debate que varios de nuestros docentes habían comenzado ya a partir del ’83 en ámbitos como la misma institución que hoy me toca dirigir, el Centro de Comunicación La Crujía.

Sin embargo, al escuchar esta pregunta, una misma (que tiene una mirada sobre los demás debates en términos de usos discursivos de unos y otros argumentos) no puede sino involucrarse en la falsa dualidad y se ve obligada a tomar partido por una u otra posición. Posiciones que, por otra parte, se leen automáticamente como “a favor del Gobierno” o “a favor de Clarín”. Barthes nos enseñó que el “ninismo” era una figura discursiva con la que los mitos podían reconocerse en nuestras sociedades. Esto de plantear falsas comparaciones para que un valor social se imponga sin discusiones y posibilidades de ser racionalizado.

También nos enseñó en este abordaje semiológico (aplicable en su libro Mitologías al lenguaje publicitario, pero que parece hoy aplicable también a nuestros propios discursos) otra figura, la de “privación de la historia”: allí donde un proceso pluricausal se vuelve esquemático o se impone como una novedad y no como una compleja construcción histórica. Sin embargo, se escucha en los colegas argumentos del estilo: “La única ley que rompió con la ley de la dictadura”. Como si la famosa derogación menemista del art. 45 que permitió los monopolios no hubiera existido y no fuera una modificación legal (la peor que pudo hacerse, claro está) a aquella primera ley. O cuando se plantea que una señal o medio “desaparecerá”, no ya por decisión empresaria de sus dueños sino por culpa de una ley. Pero las elipsis y los reduccionismos parecen estar validados hoy por los colegas a la hora de sostener un posicionamiento u otro sobre la ley.

El estar “a favor o en contra” de distintas dualidades cuenta en nuestro país con largos ejercicios de posicionamientos ideológicos, desde aquella “civilización o barbarie”, pasando por “unitarios y federales”, “peronistas y gorilas”, “la reelección-voto cuota menemista o el caos económico...” hasta el más próximo provocado por el “conflicto del campo” de 2008.

Cuando me preguntan en términos duales sobre la ley, intento posicionar el relativismo, aun cuando se nos tilde de “tibios/as” a los que no aceptamos la pregunta. Una vez revolucionó mi modo de pensar un comentario de la antropóloga y comunicadora Rossana Reguillo: “Lo importante en cualquier planteo de ciencias sociales, antes que las respuestas, es si aceptamos o no la pregunta”.

Si preguntan por la necesidad de la ley y la respuesta es sí, esa respuesta la teníamos como Coalición con los 21 puntos antes de decir hoy, unos y otros dentro de ese colectivo, que sí o que no a la urgencia en su tratamiento.

Si preguntan por el espíritu general antimonopólico, la respuesta es sí aunque hay aristas que “vienen en el paquete” y parece que hay que aceptarlas porque cualquier insinuación a alguna objeción específica se vuelve una conducta reaccionaria. Otra vez recuerdo entonces a Barthes en sus discursos míticos cuando describe la “vacuna”, aceptar un mal menor para impedir un mal mayor.

Podemos seguir mucho tiempo haciendo “mucho ruido y pocas leyes”, como declama el título del libro de Guillermo Mastrini, consulta obligada desde el 18 de marzo, cuando la Presidenta presentó el proyecto en el Teatro Argentino de La Plata. Pero también podemos exigir contextos de diálogo y no debates pautados que muchas veces se centraban en lograr una firma de aval a un proyecto ya diseñado.

Por eso, cuando como comunicadora me preguntan hoy: “¿Estás a favor o en contra de la ley de medios?”, lo primero que se me ocurre decir es “¿podemos reformular la pregunta?”. Y pensar entonces con mi coyuntural interlocutor/a los aspectos positivos y los que faltan, los acuerdos compartidos en viejos y nuevos debates, la excusa para revisar los manejos mediáticos, pero también los nuestros.

* Doctora en Comunicación. Directora del Centro de Comunicación La Crujía.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-132250-2009-09-23.html