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  TESTIMONIO DE JOSEFINA GONZALEZ, QUE PADECIO EL CAUTIVERIO SIENDO NIñA

Entre tantas historias siniestras que día a día se ventilan en las audiencias de la causa Díaz Bessone, la de Josefina -madre asesinada, padre desaparecido- es todavía sorprendente.

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El terrorismo de estado diezmó la familia y amputó una parte de la vida de Josefina "la Tana" González, aún antes de nacer. Su padre, Dardo José Tosetto, fue secuestrado el 9 de diciembre de 1975 y continúa desaparecido, frente al hospital Español. Entonces, su mamá Ruth González estaba embarazada y arriesgó la vida para avisarle a la familia de su compañero. En febrero de 1976 nació ella, a quien su mamá le dijo "La Tanita", durante los cinco meses que pudieron compartir. El 19 de julio de 1976, la patota secuestró a Ruth y sus dos hijas: Mariana, de tres años y ella, de cinco meses. En el mismo allanamiento cayó Pedro Paulón. Ruth, que era muy buscada, se escudó en una identidad falsa: Dolores Aguirre. Así pasó por el Servicio de Informaciones, donde también estuvieron secuestradas las dos niñas, que luego fueron apropiadas por guardiacárceles. Ruth todavía los represores no sabían de quién se trataba fue llevada a la Alcaidía, adonde la patota la buscaba periódicamente para interrogarla. Simulaba trastornos mentales, mientras sufría por el destino de sus hijas. Entre tantas historias siniestras que día a día se ventilan en las audiencias de la causa Díaz Bessone, la de Josefina es todavía sorprendente. Siendo una niña muy pequeña y ya recuperada por una tía abuela que se encargó de criarla , debieron extirparle el baso, producto de un golpe muy fuerte sufrido cuando tenía cinco meses.

Ese golpe, según consta en la elevación a juicio oral de la causa, se lo propinó el entonces interventor de la policía rosarina, Agustín Feced, para presionar a su madre, que aún así mantuvo silencio. El 23 de septiembre de 1976, Estrella González hermana de Ruth y su pareja, Héctor Vitantonio, también fueron secuestrados en su casa, donde estaban con su beba, Clarisa, de 10 días. La patota dejó a la niña al cuidado de unos vecinos.

Por esos días, a Ruth la sacaron de la Alcaidía en taxi, con dirección desconocida. Ya sabían quién era. Se presume que la tuvieron un tiempo en el centro clandestino de detención La Calamita. El 5 de octubre aparecieron los cadáveres de Ruth, Estrella y Héctor en la avenida de Circunvalación. Josefina pasó gran parte de sus 34 años intentando armar el rompecabezas familiar en el que faltan cinco piezas, ya que su abuela, Amorosa Brunet de Gonzalez, también está desaparecida. Y otra de las hermanas de su madre, María de las Mercedes, estuvo presa desde septiembre de 1975 hasta 1979. Todos eran del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

El familiar que reconoció los cuerpos de su mamá y su tía le contó que Ruth estaba desnuda y Estrella con el camisón con el que fue secuestrada. El supuesto enfrentamiento fue publicado en los diarios, y entonces la hermana de su abuela Amorosa comenzó a moverse para recuperarla a ella y a su hermana. Mariana fue restituida un mes después. Con Josefina fue un poco más difícil, recién pudo recuperarla en mayo de 1977.

Ayer, Josefina se sentó frente al Tribunal Federal Oral número 2 y contó la sucesión de pérdidas y búsquedas que forman parte de su historia. Habló con un tono suave, pausada, sin ceder a la emoción. En un momento, contó que todos los años publica el recordatorio de su padre en Página/12, y gracias a eso algunos compañeros de facultad de Tosetto, que estudiaba Ciencias Económicas, le dieron algunos datos. "Tengo seis fotos de él", dijo sobre lo que constituye un tesoro. Les dijo a los jueces que está a la espera de su filiación paterna, para así llevar su nombre real. "No pudieron sacarme la sangre ni la historia", expresó.

Cuando tenía 7 años, Josefina empezó a tener pesadillas. Soñaba que la perseguían, sentía un brazo a la altura de la panza. Una psicóloga le aconsejó a su tía que le contara la verdad, porque hasta entonces creía que la familia había muerto en un accidente. Como la tía Judith no podía hablar de lo ocurrido, fue su hermana Mariana, apenas tres años mayor, la encargada de decirle que a sus padres los habían matado porque "pensaban distinto y lo habían dicho". El impacto subjetivo fue perdurable. "Hasta el día de hoy me cuesta hablar delante de gente que no conozco", les dijo ayer a los jueces.

La reconstrucción de su identidad tuvo un primer hito cuando tenía apenas diez años, al encontrar en la biblioteca familiar una partida de nacimiento, donde figuraba el nombre de su mamá, pero no así el del padre, que estaba tachado. Tres años después comenzó la investigación, a través de Lelia Ferrarese.

Del paso de Ruth por la Alcaidía hay numerosos testimonios, ya que compartió cautiverio con muchas testigos, entre ellas, con Lelia que también declaró ayer. A Lelia le regaló una miniatura tallada en hueso y le dijo: "Vos vas a salir de ésta, estoy segura. Por favor, no te olvides de mis nenas".

Uno de los pocos objetos que la Tana tenía de su mamá era una despedida, en forma de libro de cuentos, que les había hecho en la Alcaidía. El 30 de diciembre de 2009, la Tana sufrió un atentado en el domicilio, y sólo se llevaron los objetos que pertenecían a sus padres, de altísimo valor simbólico y afectivo para ella, pero ningún valor material. Entre ellos, aquel libro, que ella había tenido la precaución de escanear. Por ese atentado no hay ningún acusado o detenido.

Del padre fue más difícil encontrar datos. Estaba a punto de cumplir los 15 años cuando conoció a sus abuelos paternos, que eran de Brikman (provincia de Córdoba). Ellos le llevaron algunas fotos y supo que era muy parecida, bastante antes del análisis genético que dio 99,999 por ciento de compatibilidad. La primera imagen de su padre la había tenido poco antes, cuando vio una foto del carné de la biblioteca Argentina.

Tenía 20 años, en 1996, cuando pudo saber algo más sobre su madre. Formaba parte de la organización Hijos y buscó datos entre las compañeras de detención. Le costaba preguntar entre las pocas personas de su familia que continuaban vivas, porque era remover un dolor profundo. Su tía Judith, por ejemplo, no podía hablar de la masacre familiar sin llorar. "A mí me daba un poco de culpa preguntarles", dijo ayer frente a la demudada presidenta del Tribunal, Beatriz Baravani de Caballero.

Josefina pudo saber que su madre era "una persona muy fuerte, muy entera, que hizo todo lo posible para bancarse todo". Cuando terminó de contar su historia, dijo que sigue "creyendo en que la Justicia funcione, que esta es la manera de hacer un país más justo".


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/9-27447-2011-02-16.html

  EL TESTIMONIO DE RODOLFO FERNANDEZ BRUERA

Rodolfo eludió el secuestro aquella noche, porque su hermano se escapó por los techos de la casa de Laprida 1788 para advertirle del peligro. Pero el padre estuvo 40 días detenido en el Servicio de Informaciones. Falleció hace cinco años.

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La vida de Rodolfo Fernández Bruera pendió de un hilo en la noche del 1º de julio de 1977. Su padre, José Esteban Fernández, fue el rehén que la patota eligió como anzuelo para obligarlo a entregarse. Rodolfo es hermano de Gonzalo, uno de los testigos del lunes en la causa Díaz Bessone. Rodolfo eludió el secuestro aquella noche, porque su hermano se escapó por los techos para advertirle del peligro. Pero el padre estuvo 40 días detenido en el Servicio de Informaciones. La larga espera de justicia por los delitos de lesa humanidad impidió que José Esteban pudiera testimoniar en primera persona lo vivido en el centro clandestino de detención. Murió hace cinco años. Su hijo ofreció ayer un documento escrito a máquina por el hombre, que tenía 60 años cuando lo secuestraron. En ese manuscrito hizo una minuciosa descripción física del SI, relató las torturas y simulacros de fusilamiento de prisioneros que escuchó, así como la relación con los guardias. Ese escrito pertenece a un hombre azorado con las arbitrariedades cometidas por el estado. Un hombre que vivió 40 días con gran temor de escuchar la voz de su hijo entre los "detenidos" que llevaba la patota al SI. Rodolfo fue el único testigo de la audiencia, que se suspendió al mediodía porque el juez Jorge Venegas Echagüe, uno de los integrantes del tribunal, estaba descompuesto.

Esa noche del 1º de julio de 1977, la patota llegó primero a la casa de los Fernández Bruera, en Laprida 1788, y luego trasladaron a José Esteban a su taller gráfico de Presidente Roca y Catamarca. "Requisaron todo el taller y a partir de ese momento mi padre termina detenido- desaparecido, porque no estaba legalizado, y mi hermano menor queda a cuidado de mi hermana mayor", relató ayer el testigo, que no llegó a su casa esa noche. "Si hubiese llegado a mi casa no estaría hoy aquí. Me venían siguiendo hacía entre 10 y 15 días. Esa noche fue el último vínculo con mi familia", siguió entregando su memoria para que forme parte del proceso judicial.

Al día siguiente, Rodolfo sabía que su padre había sido detenido. La opción de hierro que enfrentaba era entregarse o huir. "La opción primera fue la que traté de manejar. Me contacté con un pariente mío que tenía buena relación con la dictadura del momento y estimaba a mis padres", contó sobre lo vivido en aquellos días de angustia. A las 8 de la mañana, fue a la casa de ese familiar y lo puso al tanto de lo ocurrido. Le dijo que sí, que era militante montonero, trabajaba en prensa y hacía volantes. "Es algo muy peligroso. Esas palabras me hacían cargo de todo, no tenía nada que ocultar, yo siempre fui colaborador porque me costaba mucho asumir la violencia política, eran tiempos violentos pero yo no lo asumía. Hacía volantes, matrices de películas, ayudaba con eso. A partir del 25 de marzo del 76 viene un compañero a hacer algo y digo que sí, ahora sí. Las cosas cambiaron y empiezo a militar", contó ayer sobre su decisión política tras el golpe de estado. "Ellos cambiaron las reglas del juego y yo asumí todas las responsabilidades, por eso dije que asumía todo, que mi padre no tenía nada que ver", dijo frente al Tribunal presidido esta semana por Beatriz Barabani de Caballero. Por lo demás, Rodolfo llevaba una vida a plena luz: "Trabajaba desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde y de ahí me iba a estudiar publicidad, también había estudiado ciencias económicas".

En aquella entrevista, Rodolfo le pidió a su familiar que hiciera "todo lo posible por salvar" a su padre, y afirmó que se entregaría. Esa misma persona le confirmó que su padre era un rehén, que lo querían a él. Y Rodolfo le preguntó si garantizaban su vida. "No", fue la respuesta que recibió. Mientras tanto, ahora sí escondiéndose, Rodolfo mantenía comunicaciones telefónicas con su hermano mayor, que un día le dio una opinión gravitante. Le dijo que se presentara si quería, en Balcarce y Córdoba, en el Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, y le dio el nombre de un teniente coronel ante el que debía presentarse. "Eso te lo digo formalmente, pero como hermano te digo que tomes distancia porque te quieren muerto. De papi nos encargamos nosotros". Esas fueron las palabras de Diego, su hermano mayor. Tras la audiencia, Rodolfo habló con Rosario/12 sobre el eterno agradecimiento a su familia.

Otra de las pruebas que el testigo aportó a la causa fue una nota del diario La Capital, publicada el 8 de julio de 1977, en la que se hablaba de un taller con "material extremista". Después de su detención, al padre lo obligaron a firmar que había encontrado su comercio en perfectas condiciones, pero lo habían saqueado y jamás pudo reabrirlo. Aunque José Esteban intentó explicarles a los represores que no se trataba de una imprenta, no hubo forma de que lo entendieran.

"Lo bueno de este relato es que uno lo puede contar, muchos otros no pueden. De esta historia del 76 en adelante vamos a saber el 15 o el 20 por ciento de la verdad. El resto lo perdimos con los desaparecidos y el tiempo que nos llevó replanteando el tratamiento de esta verdad, aquí se consiguió y es un avance de la justicia y para nosotros es importante", dijo Rodolfo en la audiencia. Su testimonio terminó con un agradecimiento por "la oportunidad para relatar un pedazo de esta historia".

Más tarde, cuando se iba del Tribunal acompañado por su familia, su esposa, Gioconda, quiso decir lo suyo: "Después de 30 años, esto está a flor de piel. Uno siente que otra vez están poniendo la piel, el cuerpo. Los ves ahí a ellos, y nos podemos cruzar en cualquier momento en esta ciudad con los acusados".


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/10-27348-2011-02-09.html

  ESTHER BERNAL, TORTURADA EN EL SI, OFRECIO UN TESTIMONIO CONTUNDENTE

Fue secuestrada por una patota de 15 represores. "Quiero que tengas el valor de mirar a quien sobrevivió a tus torturas", le dijo a Marcote -uno de los acusados- y le arrojó un vaso de agua.

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Esther Cristina Bernal viajó desde Misiones, donde vive, para contar de su secuestro y el de su hija de 3 años, el 17 de agosto de 1977. Detalló las torturas que sufrió desde el mismo momento en que le arrancaron a su hija de los brazos, imploró a los jueces que hagan justicia, manifestó su desazón porque los imputados están en libertad y reivindicó su identidad política peronista. Cuando terminó, se paró frente a uno de los imputados, Mario Alfredo Marcote, y lo increpó: "Quiero que me mires, que tengas el valor de mirar a quien sobrevivió a tus torturas". El torturador conocido como "El Cura" se mantuvo imperturbable, sin levantar la vista. Mientras los gendarmes se acercaban a la testigo para cumplir con la orden de desalojarla, Bernal atinó a vaciar el agua del vaso del abogado defensor sobre el cuerpo de Marcote. Más de uno de los presentes en la sala se levantaron a aplaudir la actitud. Por eso, al retomar la audiencia, cuatro personas del público no pudieron reingresar. El relato de Bernal, el primero del día de la reanudación de las audiencias por la causa Díaz Bessone en el Tribunal Federal Oral número 2 fue desgarrador. Tuvo unas palabras para la actual jueza federal Laura Inés Cosidoy, cuyo comportamiento calificó de "macabro" como "defensora oficial entre comillas", cuando ella estaba presa en la cárcel de Devoto.

A Bernal la secuestraron en su casa, junto a su hija. La llevaron al Servicio de Informaciones, y una vez en la sala de torturas, le arrancaron a la niña. "El momento más terrible es cuando tiran de mi hija, que se aferró a mí y yo a ella, hasta que decido soltarla porque la estaban lastimando", relató. También contó que recién hace dos días -cuando hablaron ante la inminente declaración judicial supo qué había vivido su hija durante las horas (entre 24 y 48) que estuvo retenida ilegalmente en el SI. En cambio, Bernal pasó cinco años y medio privada de su libertad.

A secuestrarla fue una patota de más de 15 personas, comandada por el Vasco, apodo de Ovidio Marcelo Olazagoitia. Entre sus torturadores, recordó a "Managua" (Ernesto Vallejo), "El Sargento" (Ramón Rito Vergara, uno de los imputados en la causa), "El Ciego" (José Rubén Lofiego, otro imputado), Marcote, otro que ella mencionó como "Carlitos Baravalle", y que podrían ser dos personas diferentes, así como "el Armero". El jefe de la patota, Feced, presenció la tortura con picana eléctrica y golpes. El objetivo de los tormentos era que firmara una declaración que ya estaba elaborada. Tras la picana, la llevaron a una habitación donde Feced, Lofiego y Marcote la interrogaron a cara descubierta. La alojaron en la rotonda, en el SI. Luego, la llevaron al sótano, al que recordó como "el lugar más siniestro que alguien pueda idear o imaginar". "Estaban los torturadores, bajaban, subían, había gente que estaba colaborando con ellos, como el Pollo (Héctor Baravalle) y la mujer (Graciela Porta). No se sabía quién era quién. Era algo totalmente macabro. De ahí se salía para la visita entre la gente que estaba tirada, escuchábamos cuando se torturaba y también cuando la patota festejaba porque había traído una persona", rememoró Bernal.

Lo que recordó como "el summun" fue el día que "Feced organizó un banquete". Era el 5 o 6 de septiembre, en vísperas del día del montonero. "Bajó al sótano, les pidió a todos los presos que le pidieran bebidas y comidas a los familiares. Iba a hacer una cena para celebrar el triunfo sobre la subversión, y nos obligó a los presos a estar presentes. Dijo que había vencedores y vencidos, que él era el vencedor y nosotros, los presos, los vencidos. Pero faltaba algo más, que iba a coronar su triunfo, y era el fusilamiento de siete compañeros", fue el impactante relato de Bernal. Más tarde, recordó por qué estaba segura de que había sido así: habían llevado a un hombre mayor, por error, que fue testigo de los fusilamientos. En tanto, contó: "Era una rutina tremenda que cada vez que pedían ropa era porque estaban por bañar a alguien porque lo iban a fusilar. Ese día nos pidieron ropa para siete. Nos pidieron que nos retiráramos para bañarlos, que era la rutina de todo fusilamiento. No aparecieron nunca más", siguió la testigo. Entre los desaparecidos de ese día estuvieron Finkelman y Esteban, con quienes Bernal había compartido cautiverio en la rotonda.

En la extensa declaración, la testigo hizo más de una apelación al estado de libertad de los imputados. Les preguntó a los jueces cuántas personas tenían que declarar para condenarlos. También describió la actuación de la actual jueza Cosidoy, al contar que presionaba a sus familiares para que la obligaran a ella -presa en la cárcel de Devoto a firmar un arrepentimiento. Les decía que era la forma de conseguir la libertad, o al menos mejores condiciones de detención. Porque Bernal se negaba a arrepentirse, estuvo "cinco años y medio" sin tocar a su pequeña hija. "Este plan sistemático ilegal tenía otras patas, como la justicia. Una pata muy fuerte era Cosidoy", dijo la testigo.

Cuando habló de los efectos de la represión ilegal sobre su hija, fue un momento especialmente conmovedor. "Me enteré hace dos días adónde estuvo mi hija, porque hace 34 años que mi hija no puede hablar de esto", dijo la testigo, que hizo un largo silencio porque lloraba. "¿Qué les puedo ofrecer para curar las heridas a mi hija y a todos los que sufrieron como ella? Yo creo que este daño tiene que ser evaluado por el Tribunal".

Antes de irse, se acercó a Marcote, le gritó que la mirara a los ojos, y le tiró agua. Norma Ríos, Inés Cozzi y Mónica Garbuglia, que estaban en el público, se pararon a aplaudir. Pablo Alvarez gritó "cagón".


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/10-27335-2011-02-08.html