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  OPINION


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A veces basta una frase para dejar al desnudo toda una concepción de la sociedad y la política. En una entrevista reciente, Mauricio Macri expresó que no puede haber agentes de policía oriundos de las villas. Como al pasar, Macri dijo textualmente que no quería que la policía fuera “una salida laboral de emergencia, que el policía vive en la misma villa en la que vive el delincuente”. Y agregó, sin que sus interlocutores atinaran a hacer la más mínima objeción, que “en los países organizados la policía es de clase media”.

Todo el problema de la seguridad se reduce, entonces, a la falta de personal policial de clase media. Las implicancias de este enunciado son gravísimas. ¿Por qué un villero no puede ser policía? Porque la policía está para combatir a los villeros, si aceptara villeros estaría avalando quintacolumnistas en su seno. ¿Por qué, según la lógica de Macri, la policía tiene que combatir a los villeros? Porque están predestinados por la naturaleza a cometer delitos. Están marcados por un destino que no se puede modificar de ninguna manera. El villero lleva en sí un mal incurable y le cabe a la policía la tarea de evitar que ese mal, el delito, se expanda al resto de la “sociedad honesta”. La policía, al permitir que sus miembros provengan de las villas, estaría contaminándose de aquello que en realidad debe extirpar. El corolario lógico de todo este razonamiento es implacable: nada de policías villeros.

Como en las películas de Hollywood, para Macri la sociedad es un mundo de buenos y malos. Los buenos son la gente de clase media, que por supuesto nunca mata a sus familiares a sangre fría, jamás organiza secuestros extorsivos ni falsifica billetes. Del otro lado, los que viven en la ilegalidad. Los que no tienen un título de propiedad, ni un auto, ni veranean en la costa, motivos más que suficientes para que sean considerados sujetos sospechosos.

Todos los días quienes viven en las villas deben lidiar con prejuicios de este tipo. Como en todo prejuicio, en éste también hay mucho de profecía autocumplida. No se les dan oportunidades laborales porque viven en una villa, eso lleva a un proceso de marginación que deriva en adicciones y conductas ilegales que terminan por confirmar y reforzar el prejuicio. Como viene haciendo desde siempre, Macri aporta su cotidiano grano de arena a la consolidación de los peores prejuicios de nuestra sociedad. Ya lo hizo cuando les echó la culpa de la crisis de vivienda en la Ciudad a los inmigrantes. Y ahora nuevamente, dictaminando que, en tanto delincuente por naturaleza, el villero no puede ser policía.

Las políticas de Macri son también una profecía autocumplida. Generan exclusión y las soluciones que propone acentúan el proceso de marginación, en una suerte de circulo vicioso de la exclusión. Recientemente, interrogado por un periodista acerca de si no creía que era exagerado penar a los “trapitos” con la cárcel, Macri respondió: “¿Y qué quiere, que los mate?”. Frente los problemas de la marginalidad y la falta de oportunidades, las únicas dos soluciones que baraja la imaginación del jefe de Gobierno son la cárcel o la muerte.

Hemos escuchado decir muchas veces de parte del oficialismo porteño, sobre todo cuando se refiere a temas de juventud o educación, que es necesario restaurar la autoridad. ¿Cómo respetar, en el aula o la vida política, a una autoridad que margina, que discrimina, que estigmatiza a un sector social? Es difícil construirse como autoridad cuando se predica la intolerancia hacia los más débiles y el odio a la diferencia. Siempre van a surgir resistencias de aquellos que sufren esa autoridad. No se puede pretender que se queden sentados viendo cómo el poder les quita derechos.

Para que los jóvenes vuelvan a respetar la autoridad, primero tiene que haber una autoridad que respete los derechos de todos, que ensanche los horizontes de lo posible. Una autoridad que promueva que desde las villas salgan policías, abogados, maestros, arquitectos y médicos. Que impulse el progreso para todos para que, en definitiva, deje de haber villas. Porque, como quedó bien demostrado durante el funeral de Néstor Kirchner, los jóvenes no repudian a todas las autoridades, sino sólo a aquellas que les clausuran la posibilidad de un futuro digno.

* Subsecretaria de Equidad y Calidad Educativa, Ministerio de Educación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-162151-2011-02-11.html

  OPINION


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Cada vez que un caso conflictivo gana los titulares de los medios, se nos consulta acerca de qué puede hacer la escuela para que los chicos respeten a sus maestros, a sus padres, y se respeten más entre ellos. Después de responder cuál es el lugar de la escuela, siempre aclaramos que la escuela sola no puede. El contexto social también es una poderosa fuente de formación de los niños y adolescentes. Lo que se vive y se percibe en la familia, los medios, el barrio y el club, ejerce una influencia educativa que no puede ser dejada de lado en ningún análisis.

Sabemos que el contexto social enseña. Por eso, frente a la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, aquellos que tenemos responsabilidades en el ámbito de la educación debemos hacernos una pregunta urgente. ¿Qué lecciones pudieron aprender de los acontecimientos sucedidos a partir del fallecimiento de Kirchner esos chicos que tenían 5 o 6 años cuando en la Argentina explotó lo peor de la crisis, y que ahora están en plena adolescencia?

Es probable que la primera reacción de muchos de ellos haya sido un desconcierto del que deben haber surgido muchísimos interrogantes. Nos imaginamos que se deben haber preguntado, ¿qué es esto? ¿Por qué durante tres días decenas de miles de hombres y mujeres, de todas las condiciones sociales, de todos los credos, de todos puntos geográficos, y de todas las edades –pero principalmente jóvenes– rompieron en un llanto desconsolado por Kirchner? ¿Qué es esa multitud que espera durante horas bajo el sol y la lluvia para darle un breve saludo final al ex presidente? ¿Qué significa esa familia abrazada en círculo y bañada en lágrimas en el medio de la Plaza? ¿Cómo puede ser que no sea ni un cantante, ni un deportista, sino un político en el poder, el que es objeto de un agradecimiento tan fervoroso de parte de miles de personas?

Esas preguntas surgen porque esos chicos son los hijos del “que se vayan todos”. Crecieron escuchando que sus padres, los periodistas, y hasta sus propios maestros, decían que la política era algo despreciable. Sin referencias, sin un proyecto, sin una identidad común que los orientara, los niños y adolescentes, y también la propia sociedad, estuvieron un largo rato navegando a la deriva.

El incesante desfile de gente durante el sepelio de Néstor Kirchner viene a demostrar que ahora el panorama social es muy diferente. Ya no se exige que se vayan todos los políticos, sino que se reconoce cuando un mandatario asume una responsabilidad institucional guiado por un proyecto de sociedad más justa. Hay un pueblo agradecido, con la madurez necesaria para juzgar las transformaciones que se han llevado adelante a lo largo de los últimos años. Allí donde hace una década había una bronca que indudablemente estaba justificada pero que no ofrecía soluciones plausibles, hoy hay fervor y esperanza por un proyecto concreto; ahí donde había un callejón sin salida, hoy hay un horizonte social plagado de expectativas positivas.

Así como aquel contexto anómico de 2001 tuvo un innegable efecto en la constitución de la subjetividad de los chicos, este marco social distinto tiene también sus consecuencias. Ese pueblo doliente en la calle expresa la recuperación del respeto por una autoridad que se ha ganado ese respeto en base al esfuerzo y el compromiso, y no al miedo. En esa Plaza colmada se construye un lazo afectivo entre gente que dice: “Acá estamos, acá estamos para defender un proyecto”.

Y ya sea que los chicos formen parte de una familia que esté de acuerdo o no con este proyecto, este cambio del contexto los educa.

Junto con los festejos por el Bicentenario, el sepelio de Kirchner habla de un cambio en el clima social. Ambos fueron las caras visibles, una triste y la otra alegre, de la refundación de una identidad colectiva sostenida por las ideas de Patria y Dignidad. Los dos hechos son también ejemplares para los chicos. Sirven de ejemplo de una comunidad unida por el afecto a un hombre público al que se le reconoce su vocación de servicio hacia los demás. Ejemplo de que cuando uno tiene un proyecto común, cuando uno encuentra un lugar de pertenencia, gracias a la necesidad de construir junto con los demás un futuro mejor, surgen el respeto y el cuidado mutuo.

Directamente, o a través de los medios, cientos de miles de chicos pudieron ser partícipes, por primera vez en su vida, de una escena política en la cual el amor fue protagonista. Un sentimiento visible en las cartas, las fotos, los dibujos y las ofrendas que miles de ciudadanos anónimos dejaron las puertas de la Casa Rosada. Un afecto que también se pudo apreciar en los gestos amorosos de Néstor y Cristina, reproducidos hasta el infinito en los afiches y las pancartas que llevó el pueblo a la Plaza. Un amor que habilitó que otros amores, que hasta hace poco no gozaban del visto bueno de una parte de la sociedad, hoy se encuentren bajo la protección del Estado. La muerte de un hombre joven, con todos los componentes trágicos que esto acarrea, permitió que esos chicos que nacieron bajo el signo de la de-sesperanza fueran testigos de un amor ejemplar que les marcará la vida.

* Subsecretaria de Equidad y Calidad Educativa, Ministerio de Educación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-157087-2010-11-18.html

  OPINION


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¿Qué sucedería si un maestro, el primer día de clase, les dijera a sus alumnos que se olviden de todo lo que aprendieron hasta ahora, que todo lo que se les ha enseñado no sirve de nada y hay que empezar desde cero? La respuesta es sencilla, no habría educación. Es muy evidente que sin memoria no hay conocimiento posible. Y esto es válido tanto para los individuos como para las sociedades.

Todo esto parece una verdad de Perogrullo, pero es bueno tenerlo en cuenta hoy, cuando han vuelto a la carga las voces a favor del olvido. Esas voces no son las que solíamos oír. Ya no niegan la existencia del genocidio. Dicen que los crímenes de la dictadura fueron aberrantes. Creen que es correcto que se juzgue a quienes los cometieron. Pero piensan que no es necesario insistir sobre esas cuestiones porque ya todos saben lo que pasó.

Les parece, entonces, que volver a hablar de esos temas es como remachar un clavo que ya está suficientemente firme. Por eso quieren que se dé vuelta esa página de la historia para pasar a temas que consideran más relevantes. La novedad de estos discursos es que ya no rechazan la existencia y el significado del pasado. Lo que ahora intentan sostener es que ese pasado no tiene ninguna incidencia en nuestro presente. Y no es casual que se digan estas cosas justo ahora, cuando empiezan a salir a la luz las estrechas relaciones entre el Estado dictatorial y algunos grupos empresarios que siguen siendo poderosos en la actualidad.

La historia demuestra que no se puede forzar al olvido. Hace 2400 años, luego de derrotar al régimen de los treinta tiranos, los demócratas griegos juraron “no recordar los males del pasado”, creyendo que esto facilitaría la reconciliación de la sociedad. Ese juramento no podía ser más paradójico. Cada vez que juraban olvidar estaban, en realidad, recordando. Tanto es así que, después de casi veinticinco siglos, gracias a ese juramento esos crímenes siguen presentes en la memoria histórica.

Pero que el olvido sea imposible no significa que debamos dejar los recuerdos librados al azar. Necesitamos ejercitar la memoria para saber mejor quiénes somos. Porque, a diferencia de lo que sostienen los nuevos voceros del olvido, el pasado no es algo muerto. No está congelado como una foto sepia en la memoria, sino que en parte sigue vivo en nuestro presente. Y muchas veces estamos en presencia de palabras o actitudes que se remontan a épocas que desearíamos haber superado definitivamente. En algunas oportunidades es fácil darse cuenta. No es complicado advertir las huellas del pasado en la frase “a la escuela sólo se va a estudiar”. Suponer que el compromiso político no forma parte de algo que puede suceder en la escuela, afirmar que la participación de los chicos en la vida de la escuela no es algo educativo, tiene una clara reminiscencia dictatorial.

Pero no siempre las cosas son tan nítidas.

En la última semana ha circulado en los medios la imagen de un ministro de la última dictadura que declaraba que la drogadicción era culpa del “exceso de pensamiento”. A casi todos esa idea, y el hecho de que pudiera ser dicha como si se tratara de una gran reflexión, nos causa un poco de gracia. Por miedo al ridículo, ya nadie diría abiertamente que pensar mucho es perjudicial y convierte a los jóvenes en drogadictos. Sin embargo, ese rechazo por el pensamiento juvenil es dicho hoy de otra manera.

Todos somos testigos del modo en que desde los medios se valora con más énfasis aquello que tiene ver con la estética. En la televisión, a los jóvenes se los muestra siempre espontáneos y afectuosos, pero muy poco reflexivos. ¿Acaso alguna vez alguien vio que en una telenovela aparezca un joven leyendo un libro? En la publicidad las cosas son peor aún, lo único que les importa a los chicos es tener el peinado ideal, agregar amigos al Facebook o comprarse la versión más moderna de celular.

Tenemos en claro, entonces, que entre el pasado y el presente hay permanencias, pero que también hay rupturas. Por eso, debemos ser capaces de identificar que no todo es igual. No podemos acusar livianamente a alguien que no nos cae bien de “nazi”. Porque, si hacemos esto, devaluamos las palabras. No cualquiera es un nazi, por más autoritario que sea. El nazismo o la dictadura son palabras que señalan a los responsables de miles de muertos y desaparecidos. No podemos usarlas para despotricar contra las opiniones de un taxista o un político, por más desagradables que ellas nos parezcan.

Asumimos el deber cívico de recordar para poder distinguir en qué se parecen y en qué se diferencian el pasado y el presente. Desde el Ministerio de Educación de la Nación hemos tomado ese deber como un compromiso que llevamos adelante mediante diferentes políticas. Días atrás, se presentó la colección Educación y Memoria, editada por el Ministerio. La colección tiene tres títulos, uno dedicado al Holocausto, otro a Malvinas, y el último al terrorismo de Estado de la más reciente dictadura. En todos ellos partimos de una base que consideramos incuestionable: esos acontecimientos traumáticos no pueden ser negados o relativizados. El debate y la reflexión que impulsan los libros de la colección sólo tienen sentido si creemos que esos hechos existieron y merecen ser repudiados. Con quienes niegan la existencia del genocidio, no hay ninguna discusión posible.

Durante la presentación de los textos ocurrió algo que nos señala que todavía hay un largo camino para recorrer en los temas de educación y memoria. Como ese día estaba programada una protesta de estudiantes frente al Ministerio, los responsables de un par de escuelas dijeron que les parecía peligrosa una visita en ese contexto. Que se siga pensando que un grupo de jóvenes que se manifiesta por sus derechos es algo “peligroso” demuestra que el pasado sigue operando en la realidad.

Es por esta razón que buscamos que los chicos reflexionen junto a los docentes sobre estos temas tan complejos. En la jornada de presentación de los textos, 130 jóvenes participaron de los talleres en los que nos preguntamos sobre las causas de la dictadura, sobre las responsabilidades de la sociedad y sobre el modo en que se relacionan el pasado y el presente. Fue gratificante ver el entusiasmo con que estudiantes secundarios y futuros profesores participaron de las actividades. Queremos que ese mismo entusiasmo por la reflexión crítica y el conocimiento del pasado reciente se reproduzca en cada aula. Es por eso que los libros de la colección serán distribuidos entre los docentes de todo el país para que enseñen estos temas.

Hemos dicho una y mil veces Nunca más. Y para cumplir con ese compromiso tenemos que ejercitar el recuerdo. Es indispensable la memoria para saber a qué se refiere ese Nunca, para conocer qué es aquello que no queremos que se repita y para poder asumir la plena responsabilidad por nuestro presente. Es necesaria la memoria también para poder distinguir lo nuevo de lo viejo y para darnos cuenta cuando lo viejo se nos presenta bajo nuevos disfraces. La colección que acabamos de lanzar, que se enmarca en la búsqueda de memoria, verdad y justicia que impulsa el gobierno nacional, es una batalla más ganada al olvido y a sus voceros actuales.

* Subsecretaria de Equidad y Calidad Educativa, Ministerio de Educación de la Nación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-154634-2010-10-09.html

  OPINION


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Patio de una escuela primaria. Los chicos, con sus uniformes, están formados en filas prolijas. Hasta aquí, una mañana cualquiera en una escuela de nuestro país. Entonces, alguien anuncia la llegada de la Presidenta de la Nación. Esta saluda a los alumnos, los hace callar, pide aplausos y vuelve a hacer gestos de silencio. La situación finaliza con Cristina Fernández bailando entre los chicos la canción Las divinas de Patito Feo.

En esta escena, la Presidenta no es la Presidenta sino una imitación para un programa televisivo. En cambio, la escuela es de verdad una escuela primaria y los chicos que vemos son alumnos del establecimiento.

Algo de esta escena nos entristece y nos preocupa profundamente, porque creemos que ésta no es la manera de enseñar a los chicos a respetar las instituciones de la democracia. El problema no es que un programa televisivo haga uso de la sátira política. Tampoco es un problema que los contenidos de los programas televisivos, en tanto discursos casi omnipresentes en los medios y en las familias atraviesen las puertas de la escuela. Sabemos que esto es así y lo mejor que puede hacer la institución educativa es tomarlo –no negarlo– y reflexionar críticamente sobre las representaciones en juego.

El problema entonces reside en que una escuela se preste para ser escenario de una burla a la investidura presidencial. Porque la función de la escuela es formar para el ejercicio responsable de la ciudadanía. Y no es a través de una sátira política a cargo de una empresa privada con fines de lucro que se forma a ciudadanos respetuosos de las instituciones. No es la escuela el lugar para realizar una sátira política, excepto si ésta es el resultado del trabajo de los estudiantes, con búsqueda de información, ponderación de argumentos y toma de posición frente a la realidad. Aun así, es por lo menos cuestionable que niños de escuela primaria pudieran llevar adelante ese tipo de trabajo.

Acaso ¿nos parecería bien que un programa televisivo organizara en una escuela un sketch donde se viera a un policía “mangueando” una pizza? ¿Es así como desde la escuela enseñamos a los chicos a valorar a las instituciones?

Definitivamente, sería igualmente cuestionable, porque lo que está en juego no es la imagen de la persona, sino lo que ésta representa. Tenemos que aprender a cuidar las instituciones democráticas y, como adultos, somos responsables de educar a las nuevas generaciones para que lo hagan.

Y si la burla, la denostación y la ridiculización vacía de contenido forman parte de la práctica escolar de una institución, deberíamos preguntarnos qué tipo de sujetos estamos formando.

Como sociedad, muchas veces nos quejamos porque sentimos que nuestros jóvenes “ya no creen en nada” y “no respetan a nadie”. Tal vez sólo estén aprendiendo lo que, en tanto adultos, les estamos enseñando.

Miles de docentes trabajan diariamente para formar ciudadanos. Desde este Ministerio de Educación, junto a los ministerios provinciales, generamos herramientas para fortalecer esta tarea, a través de programas que tienden a recuperar la autoridad pedagógica, a generar espacios reales de participación y a fortalecer el rol del adulto frente a los niños y jóvenes.

Sabemos que la escuela sola no puede, pero sin ella trabajando fuertemente para la consolidación de vínculos y prácticas democráticas no hay ni habrá propuesta política que pueda promover la democracia como la forma más justa de vida y de organización de las sociedades y el respeto por las instituciones que la conforman y la hacen posible cada día.

* Coordinadora del Observatorio de Violencia de la escuela del Ministerio de Educación de la Nación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-127252-2009-06-26.html