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  MEDIOS Y COMUNICACION

Para María Graciela Rodríguez, tanto lo que se tiene en común como la diferencia son la base de la comunicación. Y el diálogo entre iguales y diferentes hace posible el ejercicio político que construye lo común.

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“Una ciudad está compuesta por diferentes hombres: personas similares no pueden crear una ciudad”, dice Aristóteles. Y el sociólogo Richard Sennet coloca esta frase, a modo de epígrafe, en su espléndido Carne y piedra.

La ciudad, entendida aquí como polis, no remite simplemente al lugar donde se dirimen los conflictos, aunque abarca esta idea. La ciudad de Aristóteles que retoma Sennet es más bien el espacio donde la diferencia misma es motor de la política, donde se ponen en juego las opiniones que una sociedad posee sobre sí misma y sobre sus “otros” y donde estas opiniones dialogan para elaborar lo común.

La experiencia básica, compartida, de la humanidad habilita a relacionarse con un otro que vive su experiencia en el marco de situaciones y valores distintos sesgados por la clase, el género, la etnia, la residencia geográfica, las credenciales educativas, etcétera. Comunicar implica poner en común, y en el mismo proceso, dialogar sobre lo diverso de eso en común. Como una moneda de dos caras, no hay posibilidad de comunicación si no hay algo en común; pero tampoco habría nada que comunicar si no hubiera diferencias. Y sólo se produce sentido al reconocer la diferencia de una experiencia común. Por ende, si la “mismidad” permite la comunicación, la alteridad interroga la relatividad de la propia experiencia, y, como resultado de esa interrogación, se visibiliza la diferencia. Por eso, alteridad, mismidad y diferencia son categorías que permiten discernir y re-elaborar la diversidad constitutiva de la experiencia humana y social.

En las sociedades mediatizadas contemporáneas resulta ingenuo pensar a los medios de comunicación como simples “apéndices” de lo social cuando, actualmente, son uno de sus componentes fundamentales. Gran parte de los sentidos comunes que intervienen en el diálogo se ponen en juego en situaciones cotidianas, tanto informales como institucionales. Y otra buena parte de ellos circula a través de los medios de comunicación. Ambas instancias permiten la comunicabilidad y la puesta en común de la diversidad de la experiencia humana. Y aun cuando es innegable que el espacio público no puede reducirse a los medios, tampoco es posible ignorar la coparticipación que éstos sostienen en su construcción.

De hecho, espacio mediático y vida cotidiana confluyen poderosamente en esa zona rutinaria, gris y poco visible del día a día. Allí los medios inscriben ininterrumpidamente la diferencia, la alteridad y la mismidad, y de ese modo proveen marcos que encuadran la producción cotidiana de significados, los que a su vez orientan la regulación de las relaciones sociales. Los medios proporcionan recursos para formular juicios en el mundo cotidiano de los sujetos, poniendo en circulación tópicos y narrativas peculiares, aportando discursos, textos e imágenes, y alimentando entonces el diálogo que necesariamente se requiere para la comunicación pública.

Y aquí se dimensiona un punto central sobre el modo en que se negocia la relación entre los grupos, porque la comunicación no sólo permite el diálogo, sino que además expresa públicamente, pone blanco sobre negro, las relaciones entre las fuerzas desiguales de las que cada grupo dispone para hacer prevalecer su posición. El propio diálogo representa el límite de una frontera móvil entre sujetos con diversos grados de poder y señala por eso un concepto relativo al lugar desde el cual cada grupo puede acreditarse como legítimo, como interlocutor válido, como portador de una voz pública con peso pleno. O no. Y por qué.

Decíamos al comienzo que no hay posibilidad de política en la mismidad, que no hay “ciudad” posible sin diferencia y que sí la hay entre sujetos diferentes. La cuestión crucial aquí es que estos sujetos diferentes comparten (o deberían hacerlo) un estatuto similar: el de la igualdad en la ciudadanía. Ser iguales no equivale a ser lo mismo. Porque mientras lo primero implica una base igualitaria de derechos y deberes, lo segundo sólo expresa in-diferenciación. Por eso, escuchar voces diferentes entre iguales ayuda a pensar, corrige errores, señala caminos hacia lo común, moviliza certezas, desestabiliza “verdades” adquiridas, previene contra los totalitarismos de cualquier signo. Alguna vez Aldo Rico dijo que “la duda es la jactancia de los intelectuales”. Pues bien, dudemos. O mejor: dejemos que la diferencia en igualdad nos haga dudar. Sólo el diálogo de iguales entre personas diferentes permitirá que la sociedad encuentre la polifonía necesaria para elaborar lo común. Ese es el camino de la política.

* Doctora en Ciencias Sociales. Docente Idaes-Unsam y UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-166605-2011-04-20.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

En vista de las emociones provocadas por el fútbol en la platea masculina, María Graciela Rodríguez trae a colación la idea del melodrama, supuestamente adjudicado como consumo mayoritariamente femenino y termina invitando a celebrar porque, tal vez, el fútbol sea un (extraño) sendero de encuentro entre ellas y ellos.

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Después del partido entre Argentina y Alemania conversé con varios amigos que se sentían, más que simplemente tristes, realmente abatidos. Uno de ellos me contó que pasó el domingo encerrado, sin querer ver a nadie y que le costó mucho ir a trabajar a la semana siguiente. “Deprimido”, fue su diagnóstico y yo me lo imaginé comiendo helado solo frente a un zapping indolente. Otro fue aún más allá cuando respondió a mi pregunta de cómo se sentía: “Hay momentos –me dijo– en que consigo no pensar en ella y todo empieza a volver a la normalidad. Pero ella, la Selección, me tiene mal y creo que durará tiempo”. Sé que muchos lloraron, así como también lo hicieron jugadores y técnicos. Decepción, sensación de abandono, dolor, depresión, lágrimas. Estos varones no sólo observaron la derrota, no sólo la analizaron, no sólo la desmenuzaron: también la sintieron, la procesaron emocionalmente, vivieron un melodrama. Mi marido, uruguayo, y otros connacionales suyos con los que hablé después del partido entre Uruguay y Holanda, vivieron en cambio “una de caballeros”, el relato prototípico donde un héroe, o héroes en este caso, tienen que atravesar una serie de peripecias y giros del destino con el fin de salvar obstáculos a pura habilidad, picardía, un poco de suerte y mucha garra. “Si pudiera elegir perder –dijo el maestro Tabárez– elegiría perder de este modo.” De este modo: haciendo un gol de honor en los últimos agónicos minutos, y/o yendo al sacrificio con una mano interpuesta entre un jugador de Ghana y el arco, para besar después el travesaño que rechazó el pelotazo.

En los ’60 y ’70 se decía que el melodrama, en tanto consumo supuesta y mayoritariamente femenino, atentaba contra la autonomía de las mujeres, manipulaba sus identidades, alienaba sus conciencias. Y no fue sino hasta entrada la década de los ’80 cuando, de la mano de Ien Ang, se empezó a atribuir peso al valor del placer y las emociones en estos consumos. El fútbol, un universo marcadamente masculino, creado, regulado, narrado, jugado, analizado, conversado, por hombres, es también una escena emocional. Y ésta se declina en clave de relatos populares: melodramática o caballeresca, según el devenir de cada partido y de las propias interpretaciones subjetivas.

Argentinos y uruguayos procesaron los partidos emocionalmente y los relatos que subyacen a esas emociones pueden ser enmarcados en narrativas populares de tiempos muy largos y probada efectividad: la de la mujer (“la” Selección) que seduce y luego abandona a su amante; y la del grupo de caballeros que van sorteando los obstáculos que le pone el destino en el camino a la gloria. Relatos tradicionales que históricamente fueron atribuidos al consumo femenino e infantil, respectivamente, y que habilitan a estos varones a expresar públicamente sus emociones (en el bar, en los medios, en el trabajo) sin ser condenados por afeminados o por pueriles. Escenas públicas, amplificadas por los medios de comunicación, que los “completan” en la ternura, sin que nadie los descalifique por ello.

Podría decirse: “Bienvenidos a nuestro mundo”, si no fuera que eso implicaría admitir que las emociones son prerrogativas de las mujeres y los niños; y que la racionalidad sólo les compete a los varones. Es preferible entonces proponer que celebremos, porque tal vez el fútbol sea un (extraño) sendero de encuentro.

* Docente e investigadora UBA.

Doctora en Comunicación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-149432-2010-07-14.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Dos miradas sobre la manera como los medios informan o tratan lo real, sus omisiones y complicidades. María Graciela Rodríguez lo hace reflexionando sobre la perspectiva informativa de los medios que emiten desde Buenos Aires acerca de las problemáticas y los actores del interior del país

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La Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Salta realizó recientemente un seminario al que tuve la inmensa fortuna de ser invitada. El encuentro estuvo dedicado, para decirlo en pocas palabras, a reflexionar sobre las nuevas formas que asume el capitalismo a partir de lo que se conoce como agronegocios. En el caso de Salta, estos agronegocios afectan principalmente a la zona chaqueña, donde habitan diversas comunidades originarias.

Hasta el momento, la convivencia entre poblaciones aborígenes y la clase tenedora de la tierra había sido particular: grandes propietarios de fincas, dueños de ingenios y empresas agroindustriales les “permitían” vivir allí, en unas tierras de las que, históricamente, ya se sabe, fueron expropiados en la etapa colonial. Una suerte de “capitalismo agrario familiar” funcionaba como encuadre para la explotación de la tierra, manteniendo así los asentamientos de los pueblos tradicionales. Pero algo cambió en la economía global y en las últimas décadas el valor de esas tierras se elevó. Entonces los propietarios vendieron sus hectáreas al mejor postor, es decir, a empresas transnacionales con pocos escrúpulos respecto de los habitantes ancestrales, y menos aún por la observación de un desarrollo sustentable del medio ambiente. Día a día el impresionante desmonte del Chaco salteño va de la mano de la expulsión de los asentamientos comunitarios, produciendo en poco tiempo un mapa cercano a la desolación, el desierto y la pobreza.

Quienes organizaron este seminario en la Universidad Nacional de Salta tuvieron la sensibilidad de convocar también a dirigentes de organizaciones indígenas para intentar fortalecer el diálogo entre la academia y las comunidades afectadas. En ese diálogo, los salteños estaban pensando lo local para poder pensar lo nacional y lo global. Echaban mano de la historia, la antropología, la agronomía, las ciencias del ambiente, la sociología, la comunicación, para tratar de comprender de qué está hecho este nuevo horizonte, con qué elementos se está reorganizando el capitalismo actual. Impactada por la profusión y la contundencia de las investigaciones y de los testimonios, también me preguntaba cuántos países hay en este país, qué nos pasa que estos temas se invisibilizan en las agendas nacionales, qué perspectivas de futuro tiene una nación que es sorda y ciega a las profundas transformaciones que están ocurriendo ahora, en este preciso momento, en el borde mismo de la nación.

Durante tres días nos sumergimos en una problemática compleja, plagada de vericuetos que, no obstante, se revela de urgente solución. Los académicos reunidos allí presentaron los resultados de investigaciones que, desde diversas perspectivas, analizaban la cambiante realidad; los líderes de las organizaciones exponían sus derroteros en la maraña de tramiteríos, audiencias solicitadas, negaciones y sorderas de los gobiernos provincial y nacional. Ironizaban con que “Dios atiende en Buenos Aires”, y yo no podía dejar de preguntarme: ¿qué significa “Buenos Aires” en las palabras de una dirigente wichí?

Con una culposa (o humillante) sensación de “porteñidad”, llegaba al hotel, prendía la tele, y allí estaba TN, una señal de alcance “nacional”, mostrando un bache en la avenida Figueroa Alcorta; contando las últimas novedades del farandulero Ricardo Fort; detallando la oferta cultural para la noche en la ciudad capital; advirtiendo sobre la posibilidad de un temporal, mientras en Salta brillaba el sol. ¿Qué significa “Buenos Aires” para la dirigente wichí? ¿Qué significa “Buenos Aires” para un salteño? ¿Y qué significa “Salta” para la televisión, además de un renglón en las temperaturas pronosticadas? ¿Qué significa “soja” para los medios nacionales y qué para las dirigencias wichí, guaraní, diaguita?

La nueva Ley de Servicios Audiovisuales tiene previsto el otorgamiento de licencias a los pueblos originarios, para la creación de medios de carácter público no estatal. La ley reconoce a los Medios Indígenas Públicos como cuarto prestador de Servicios de Comunicación Audiovisual, para diferenciarlos de los medios privados, los estatales y los comunitarios. Quizá, de este modo, algún día nos enteremos de los múltiples significados de algunas palabras, especialmente los que importan para aquellos que nunca la tuvieron. Ojalá.

* Doctora en Ciencias Sociales. UBA/Unsam.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-138084-2010-01-06.html

  OPINION


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La escena transcurre apenas iniciada la década del ’90 en los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, cuando la carrera de Ciencias de la Comunicación todavía funcionaba en el edificio de Marcelo T. de Alvear y Uriburu. Cada vez que alguien salía del aula donde se estaban tomando exámenes finales, la bandada de quienes estábamos esperando afuera lo acosábamos: “¿Qué te preguntaron? ¿Qué te preguntaron?”. Invariablemente el asediado respondía: “Una sola cosa: me preguntaron por la modificación del artículo 45” (de la Ley de Radiodifusión). “¿Nada más?”, repetíamos incrédulos. Y efectivamente, los integrantes de la mesa hacían una sola pregunta: ésa. Parecía demasiado fácil. Era evidente que detrás de la estrategia de evaluación del conocimiento elegida había otra intención. Tardé algunos años en darme cuenta de que, en verdad, la entonces titular de la materia, Margarita Graziano, ya vislumbraba el escenario mediático que la modificación de ese artículo habilitaba, y que así pretendía, con esa única pregunta, que todos los que algún día seríamos licenciados en Comunicación nunca lo olvidáramos. La medida, la de Margarita quiero decir, fue efectiva, y sus efectos perduran más allá de su desaparición física.

Pasaron dos décadas desde que se modificó el artículo 45 y todos los años comienzo mis clases recordándoselo a mis propios estudiantes. Les digo también que nos han hecho creer que la “cultura”, defínase como se defina, tendría una existencia autónoma en la levedad del mundo de las ideas. No obstante, les digo, la cultura no puede ser comprendida despegada de las condiciones materiales de existencia. Y en el caso específico de la cultura mediática, objeto privilegiado de las ciencias de la comunicación, entre estas condiciones están los horizontes que permite/restringe la ley. De lo cual se desprende que, entonces, podríamos llenar páginas, sitios web, conferencias, espacios de radio, e incluso aulas de docencia, con críticas a Tinelli y sus shows, a la televisión autorreferencial, al desvergonzado “Mandá 3030 a Gatitas y recibí en tu celular...”, al lenguaje degradado, y a otras lindezas por el estilo de la cultura mediática, y, sin embargo, no habremos hecho mucho con ello por cambiar las condiciones. La crítica a la cultura mediática requiere pensarse también desde las condiciones que la hacen posible. Porque, defínase como se defina, la cultura no corre por carriles autónomos respecto de ellas.

El problema no son los medios en sí mismos, ni siquiera los medios comerciales, cuya lógica de la ganancia va por delante de otras lógicas. El problema es que la concentración de los medios en empresas comerciales opacó otras voces que podrían oírse si tuvieran acceso a las licencias. Sería, acaso, una melodía distinta la que escucharíamos todos los días, si la ley permitiera que estas voces tuvieran un espacio. Y más que una melodía monolítica, sería una armonía plural, donde las voces ocuparían diversos lugares. Si fuera así, muchos términosfetiche dejarían de tener un sentido unívoco; la inseguridad, sin ir más lejos, tendría significados distintos según quién la emitiera: ¿”inseguridad” porque nadie los protege cuando bajan de sus 4x4? ¿O “inseguridad” porque no saben con certeza si van a poder seguir yendo a la escuela, o comer, o conseguir trabajo mañana, o salir vivas de un aborto clandestino?

Otras voces. Maravillosa metáfora usada en los ’80, cuando todavía era posible imaginar un mundo plural.

El artículo 45 de la ley de la dictadura impedía que los propietarios de medios gráficos accedieran a licencias de medios electrónicos. Fue modificado en democracia, y fue la misma democracia la que recibió un golpe que sólo algunos previeron como letal. El debate que nos espera no es un debate sencillo, porque el asunto es que los actores que fueron beneficiados por esa modificación, los grupos multimedios (fundamental pero no solamente el que compone Clarín-TN-Radio Mitre), son también aquellos encargados de poner en la arena de la opinión pública los argumentos destinados a producir un debate sobre la propia ley. ¿Hace falta terminar estos párrafos alertando sobre la necesidad de debatir la necesidad de una nueva ley oficial sobre servicios audiovisuales de comunicación?

* Doctora en Ciencias Sociales, docente Unsam y UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-122356-2009-03-30.html