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Quién hubiera dicho que acabaríamos escribiendo sobre aquel golpe de Estado como de un acontecimiento lejano. Porque el ‘76 está acá nomás. Y sin embargo, tan lejos. Si parece cuento, ahora, que aquel 1976 fue el año del avión supersónico Concord y de las Olimpíadas de Montreal donde asombró al mundo una muchachita de Rumania (país comunista entonces) que se llamaba Nadia Comaneci.

Fue el año de la España de Adolfo Suárez, de la matanza en Soweto y el inicio del ocaso del apartheid sudafricano. El de la muerte de Mao y el fin de la Revolución Cultural china que devino madre del gigante actual. El año, también, en que Jimmy Carter sucedió a Richard Nixon.

Y el año en que murieron escritores fundamentales de mi generación: José Lezama Lima, André Malraux, Raymond Queneau, Agatha Christie, Dalton Trumbo y el mexicano José Revueltas.

En poco menos de tres meses de aquel aciago 1976, millones de argentinos y argentinas ya sabíamos que se venía la noche. Empezaba a gestarse una palabra símbolo de la época: “desaparecidos”. Y también empezaba la cuenta de lo que no se iba a olvidar jamás.

Aquel 24 de marzo del ‘76 ya está muy escrito, aunque quizá no suficientemente. Quién podría dar esa medida de suficiencia. Pero lo que nosotros, los de entonces, podemos y debemos hacer todavía es testimoniar lo que fue y ya no es: aquel gobierno ineficiente y genuflexo, las Tres A, el terror imperante y la violencia generalizada, incontenible.

Hoy sólo siguen vigentes algunas estupideces clasemediera y argentinamente eternas: “Cuanto peor, mejor”; o “esto no se aguanta más”.

Los que entonces éramos jóvenes, chicos y chicas como los que hay ahora y hubo siempre, en esencia sólo queríamos lo que siempre quieren los jóvenes: que el mundo en que viven sea mejor. Y también queríamos que la democracia en la Argentina no fuese el engaño condicionado que era entonces.

Han pasado 35 años –eso es por lo menos dos generaciones– y es cierto que todo se difumina en la memoria, pero no el dolor y el agravio. Por eso la memoria se sostiene, y ni se diga en nuestra sociedad donde tenemos pilares que cargan la memoria sobre sus espaldas, y sobre todo cuando no hay justicia, o tarda tanto, y no se puede perdonar porque no hay arrepentimiento. Si el dolor no tiene plazo de vencimiento, ¿por qué va a tenerlo el olvido?

La memoria no se rige por razones sino por emociones; la memoria no acepta reglas sino que es regla en sí misma. Es el único laberinto del que los humanos no sabemos salir. Por eso la mejor actitud es entrar y vivir allí. No mansamente sino activamente. Para que la memoria sea motor y no ancla. Para que sea maestra de vida futura y no temor a un pasado que paraliza.

Por eso hace 35 años, o más, que no hay olvido ni perdón. No puede haberlos porque el olvido es siempre razón de la mentira. Y los que proponen olvidos, aquí y dondequiera, como los que se “hartan” de la memoria, son unos mentirosos. Y si borran con el codo lo que alguna vez escribieron con la mano, son unos pobres mentirosos.

No está de más, me parece, decir esto en la actual circunstancia argentina. Después de todo, 35 años después del horror que se simboliza en esta fecha, sigue dependiendo de cada uno de nosotros el seguir forjando la esperanza.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/subnotas/164788-52704-2011-03-24.html


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Escribo esto en caliente, en la misma mañana de la muerte anunciada de Néstor Kirchner, y ojalá me equivoque. Pero siento dolor y miedo y necesito expresarlo.

Pienso que estos días van a ser feísimos, con un carnaval de hipocresía en el Congreso, ya van a ver. Los muertos políticos van a estar ahí con sus jetas impertérritas. Los resucitados de gobiernos anteriores. Los lameculos profesionales que ahora se dicen “disidentes”. Los frívolos y los garcas que a diario dibujan Rudy y Dani. Todos ellos y ellas. Caras de plástico, de hierro fundido, de caca endurecida. Aplaudidos secretamente por los que ya están emitiendo mailes de alegría feroz.

Los veremos en la tele, los veo ya en este mediodía soleado que aquí en el Chaco, al menos, resplandece como para una mejor causa.

Nunca fui kirchnerista. Nunca vi a Néstor en persona, jamás estuve en un mismo lugar con él. Ni siquiera lo voté en 2003. Y se lo dije la única vez que me llamó por teléfono para pedirme que aceptara ser embajador argentino en Cuba.

Siempre dije y escribí que no me gustaba su estilo medio cachafaz, esa informalidad provocadora que lo caracterizaba. Su manera tan peronista de hacer política juntando agua clara y aceite usado y viscoso.

Pero lo fui respetando a medida que, con un poder que no tenía, tomaba velozmente medidas que la Argentina necesitaba y casi todos veníamos pidiendo a gritos. Y que enumero ahora, porque en el futuro inmediato me parece que tendremos que subrayar estos recuentos para marcar diferencias. Fue él, o su gobierno, y ahora el de Cristina:

- El que cambió la política pública de derechos humanos en la Argentina. Nada menos. Ahora algunos dicen estar “hartos” del asunto, como otros criticaron siempre que era una política más declarativa que otra cosa. Pero Néstor lo hizo: lo empezó y fue consecuente. Y así se ganó el respeto de millones.

- El que cambió la Corte Suprema de Justicia, y no importa si después la Corte no ha sabido cambiar a la Justicia argentina.

- El que abrió los archivos de los servicios secretos y con ello reorientó el juicio por los atentados sufridos por la comunidad judía en los ’90.

- El que recuperó el control público del Correo, de Aguas, de Aerolíneas.

- El que impulsó y logró la nulidad de las leyes que impedían conocer la verdad y castigar a los culpables del genocidio.

- El que cambió nuestra política exterior terminando con las claudicantes relaciones carnales y otras payasadas.

- El que dispuso una consecuente y progresista política educativa como no tuvimos por décadas, y el que cambió la infame Ley Federal de Educación menemista por la actual, que es democrática e inclusiva.

- El que empezó a cambiar la política hacia los maestros y los jubilados, que por muchos años fueron los dos sectores salarialmente más atrasados del país.

- El que cambió radicalmente la política de defensa, de manera que ahora este país empieza a tener unas Fuerzas Armadas diferentes, democráticas y sometidas al poder político por primera vez en su historia.

- El que inició una gestión plural en la cultura, que ahora abarca todo el país y no sólo la ciudad de Buenos Aires.

- El que comenzó la primera reforma fiscal en décadas, a la que todavía le falta mucho pero hoy permite recaudaciones record.

- El que renegoció la deuda externa y terminó con la estúpida dictadura del FMI. Y por primera vez maneja el Banco Central con una política nacional y con record de divisas.

- El que liquidó el infame negocio de las AFJP y recuperó para el Estado la previsión social.

- El que con la nueva ley de medios empezó a limitar el poder absoluto de la dictadura periodística privada que todavía distorsiona la cabeza de millones de compatriotas.

- El que impulsó la ley de matrimonio igualitario y mantiene una política antidiscriminatoria como jamás tuvimos.

- El que gestionó un crecimiento económico de los más altos del mundo, con recuperación industrial evidente, estabilidad de casi una década y disminución del desempleo. Y va por más, porque se acerca la nueva legislación de entidades bancarias, que terminará un día de éstos con las herencias de Martínez de Hoz y de Cavallo.

Néstor lo hizo. Junto a Cristina, que lo sigue haciendo. Con innumerables errores, desde ya. Con metidas de pata, corruptelas y turbiedades varias y algunas muy irritantes, funcionarios impresentables, cierta belicosidad inútil y lo que se quiera reprocharles, todo eso que a muchos como yo nos dificulta declararnos kirchneristas, o nos lo impide.

Pero sólo los miserables olvidan que la corrupción en la Argentina es connatural desde que la reinventaron los mil veces malditos dictadores y el riojano ídem.

De manera que sin justificarle ni un centavo mal habido a nadie, en esta hora hay que recordarle a la nación toda que nadie, pero nadie, y ningún presidente desde por lo menos Juan Perón entre el ’46 y el ’55, produjo tantos y tan profundos cambios positivos en y para la vida nacional.

A ver si alguien puede decir lo contrario.

De manera que menudos méritos los de este flaco bizco, desfachatado, contradictorio y de caminar ladeado, como el de los pingüinos.

Sí, escribo esto adolorido y con miedo, en esta jodida mañana de sol, y desolado también, como millones de argentinos, un poco por este hombre que Estela de Carlotto acaba de definir como “indispensable” y otro poco por nosotros, por nuestro amado y pobrecito país.

Y redoblo mi ruego de que Cristina se cuide, y la cuidemos. Se nos viene encima un año tremendo, con las jaurías sedientas y capaces de cualquier cosa por recuperar el miserable poder que tuvieron y perdieron gracias a quienes ellos llamaron despreciativamente “Los K” y nosotros, los argentinos de a pie, los ciudadanos y ciudadanas que no comemos masitas envenenadas por la prensa y la tele del sistema mediático privado, probablemente y en adelante los recordaremos como “Néstor y Cristina, los que cambiaron la Argentina”.

Descanse en paz, Néstor Kirchner, con todos sus errores, defectos y miserias si las tuvo, pero sobre todo con sus enormes aciertos. Y aguante Cristina. Que no está sola.

Y los demás, nosotros, a apechugar. ¿O acaso hemos hecho otra cosa en nuestras vidas y en este país?


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/subnotas/155814-50004-2010-10-28.html

  OPINION


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De regreso de Frankfurt, en el vuelo, una pesadilla me dejó un horrible sabor de boca. Y si ahora debo compartirla con los lectores es porque ayer mismo la realidad me hizo pensar que podía suceder. Imagínense: ¿Qué sería de este país si por azares del destino el Sr. Julio Cleto Cobos deviniera presidente de la República?

No tiene sentido conjeturar razones para semejante advenimiento, siendo que toda especulación sería ofensiva e inoportuna. Porque tenemos una Presidenta en ejercicio, que conduce esta nación con todos los atributos de la Constitución y la democracia. Y gusten más o gusten menos su estilo y sus decisiones, su figura es incuestionable.

Sin embargo, en mi sueño, y no sé por qué extraña razón (esos enigmas son “naturales” en el mundo onírico), de pronto asumía la primera magistratura el Sr. Cobos, ruidosamente celebrado por no pocos cretinos, resentidos o confundidos, y por muchas almas inocentes pero con poco cerebro, de esas que en la Argentina siempre se quejan a destiempo, no saben de qué se quejan o se encolumnan detrás de oportunos quejosos profesionales.

Tras mucho dudar acerca de la conveniencia de escribir o no este texto de ciencia ficción política, aquí les cuento el escenario que vislumbré a diez mil metros de altura.

El actual vicepresidente asumía el cargo aplaudido por la horda de odiadores que pulula hoy en los medios hegemónicos. Sólo unos pocos desubicados recordábamos, inútilmente, que el hombre llegaba como producto del más grave error político del Sr. Néstor Kirchner, pero eso ya no tenía importancia. Lo que sí la tenía era que en el sueño el Sr. Cobos se rodeaba de los más competentes, lúcidos, éticos y patrióticos políticos de este país.

Su ministro del Interior era el señor Eduardo Duhalde y en Economía hacían cola para ser designados los señores López Murphy, Broda, Redrado e incluso el siempre disponible Sr. Domingo Cavallo. Todos ellos decididos a cancelar rápidamente y por decreto el 82 por ciento móvil. También, y con la misma velocidad, se restablecían las AFJP, se anulaban completa y absolutamente la ley de medios y la de Matrimonio Igualitario, y por supuesto se eliminaban todas las retenciones agropecuarias.

El crecimiento económico autónomo que la Argentina viene teniendo era detenido abruptamente gracias al asesoramiento del FMI, benemérita institución que nuevamente se constituía en monitora de nuestro destino. Concomitantemente se amputaba la inversión educativa, se reducían los salarios en un 13 por ciento y los maestros volvían a cobrar 300 pesos mensuales.

Obviamente se iba al demonio la política de Defensa que ha democratizado a las Fuerzas Armadas, y eso por decisión del nuevo ministro, no recuerdo si el inagotable Sr. Jaunarena o Rosendo Fraga. Lo seguro es que se terminaban las políticas de derechos humanos, y las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo comenzaban a ser vituperadas nuevamente, algunas perseguidas o encarceladas. La ex ESMA era puesta en manos de la señora Cecilia Pando y sus amigos, que preparaban la “restauración a sus mandos naturales”. Y como el Ministerio de Justicia quedaba a cargo de un jurista radical, se disponía la rápida suspensión de todos los juicios por la Verdad, y se amnistiaba a los dictadores Videla, Bussi y Menéndez por razones humanitarias.

La Memoria pasaba a ser una mala palabra, porque todos estaban “hartos” de ella, siguiendo los nuevos postulados del señor Lanata y otros ilustres comunicadores.

El gabinete del Sr. Cobos se completaba con gente inmediatamente aprobada por los diarios La Nación y Clarín, y ocupaban sus puestos la Sra. Beatriz Sarlo en la Secretaría de Cultura de la Nación y Abel Posse en Educación o en Relaciones Exteriores (eso faltaba definirlo porque también eran candidatas a esos puestos las señoras Elisa Carrió y Patricia Bullrich). El voto definidor lo iba a tener el cardenal Bergoglio.

El Ministerio de Agricultura era disputado por los señores Biolcatti, Llambías, Buzzi y el refinado dirigente entrerriano señor De Angelis. En otros puestos Cobos designaba a gente de ética acrisolada como los señores Duhalde, Macri y De Narváez, todos asesorados por el Sr. Luis Barrionuevo. Y el Canal 7 acababa su prédica disolvente con el arribo de Nelson Castro a la dirección, secundado en el directorio por inobjetales demócratas como Mariano Grondona, Mirtha Legrand, Susana Giménez, Eduardo Van der Koy y Joaquín Morales Solá.

Claro que de inmediato en alguna plaza se manifestaban los señores D’Elía, Pérsico y Hebe de Bonafini, pero los piquetes que organizaban eran brutalmente reprimidos, mientras dirigentes sociales como Pino Solanas o Víctor de Gennaro balbuceaban tardías autocríticas. En cuanto a la izquierda y el troskismo, inexorablemente se subdividían en ortodoxos y traidores.

¿Exagero? Ojalá. ¿Que este texto es apocaliptico? Sí, pero tanto como la realidad argentina sabe y puede serlo.

Desperté horrorizado. No soy amigo de la Presidenta, pero si la veo le voy a rogar que viaje menos. Que se cuide más. Que vele por su salud. Y que prevea formas de preservación del rumbo que hoy tiene la Argentina. Porque sin dejar de reconocer las muchas desprolijidades y acciones reprochables de su gobierno –que tanto me fastidia a veces y al que a muchos como yo nos resulta tan difícil defender– hay un rumbo diferente en estos años, una esperanza que esta maldita pesadilla vino a empañar. Porque si acaso la República pasara a ser gobernada por un muerto político como el vicepresidente, de flaca dignidad y viscosa ideología, a mí me corre un frío por la espalda de sólo imaginarlo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-155032-2010-10-15.html

  OPINION


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En las últimas cuatro semanas recibí decenas, quizá centenares de mails a propósito del intercambio con Gustavo Grobocopatel.

Me han escrito altos directivos de la Sociedad Rural Argentina, socios de la Federación Agraria, ingenieros agrónomos de la pampa santafesina y la bonaerense, productores de Rafaela y Reconquista, de General Villegas y Córdoba, de Pergamino y Santiago del Estero, de Formosa y de Salta, productores arroceros de La Leonesa en mi provincia, así como del interior de Corrientes, e incluso de Rio Grande do Sul, en Brasil.

Fue una lluvia impresionante de mensajes a favor o en contra de la producción extensiva de soja. Los que firman son científicos del Conicet; genetistas de por lo menos cuatro universidades nacionales; colectivos de productores; campesinos desplazados; economistas del Plan Fénix y de otras instituciones económicas, culturales y agrarias de medio país; filósofos, escritores, lectores de este diario y etc., etc. Salvo un par de idiotas ofuscados, la inmensa mayoría de los mails fueron de tono respetuoso, tolerante y aportador de información en favor o en contra de lo expresado en mis notas. Fue un ejercicio hermoso pero tan masivo que, por eso mismo, me veo impedido de responder a uno por uno.

Lo que sí me queda es la sensación clarísima de que involuntariamente he destapado una caja de Pandora. Y no me parece mal si la discusión de los males o bienes emergentes le sirve a la nación, pero yo aquí paro. Prefiero no seguir polemizando con quienes, en general, me dicen –y siguen diciendo– que estoy equivocado o mal informado, pero sin rebatir mis argumentos. Que acaso no son gran cosa, pero sí son firmes y los sintetizo por última vez:

a) la soja transgénica es peligrosa hasta tanto no se demuestre lo contrario y no debería permitirse en la Argentina (como lo hacen casi todos los países productores);

b) el glifosato, si bien parece que es menos peligroso que el viejo DDT, no por eso es inocente y menos si está bañando la friolera de 22 millones de hectáreas de territorio nacional.

En mi primera nota hablé de “daños colaterales” y la verdad es que los sigo viendo. Donde había bosques naturales no los hay más. Decenas de miles de campesinos fueron y son forzados a abandonar sus tierras para engrosar villas miseria, no hay emprendimiento privado que los contenga y lo que hace el Estado no alcanza. Cada vez veo más escuelas rurales semivacías, y cómo se reclutan chicos para banderilleros de aviones fumigadores. El año pasado se conoció el caso de San Jorge, Santa Fe, donde además he escuchado testimonios de primera mano. Ahora me llega un mail que informa que a comienzos de septiembre “un equipo de pulverización terrestre se aprestaba a pulverizar los cultivos de soja ubicados en el predio que linda, calle de por medio, con la Escuela del Lote 7, en Colonias Unidas, Chaco. Los vecinos del lugar, que en años anteriores fueron testigos de estas prácticas y que advierten serios problemas de salud en sus niños, impidieron que esta vez se lleve a cabo la aplicación apostándose frente al equipo pulverizador evitando que pueda seguir circulando”, luego de lo cual hicieron la denuncia solicitando que no se “fumigue” más en cercanías de la escuela ni de sus hogares.

Y en la web leo, al cierre, que si hoy en la Argentina se obtienen 30 kilos de miel por colmena, hace 20 años se obtenían hasta 80 kilos en la cuenca lechera de Córdoba y Santa Fe. El cambio obedece básicamente a que en lugar de pasturas para alimentar vacas lecheras, ahora se siembra soja. La producción argentina en la cosecha 2008/2009 fue de 57 mil toneladas, de las cuales se exportó el 95 por ciento. Pero se producían 100 mil toneladas hace 10 años.

Estos también son daños colaterales de una producción que aunque deja divisas al país, no se ha demostrado que no es peligrosa, y además está descontrolada.

Quisiera que se entienda este artículo como una respuesta cordial a cada uno/una de quienes me escribieron. Seguramente hay muchos/as argentinos que saben mucho más que yo de este asunto. Lo mío es la literatura, es cierto, pero también me incumbe como ciudadano el cuidado de un país que tenía una tierra que pensábamos bendita y los acuíferos más impolutos del mundo. Hoy sabemos que eso ya no es así, que la soja transgénica y el glifosato son parte del problema (y no de la solución) y que nadie puede probar lo contrario.

Están muy bien el desarrollo, los emprendimientos y los intereses empresarios que benefician al país. Ganamos todos. Pero cuando el rumbo del de-sarrollo es decidido por el interés de unos pocos, que además pueden hacer que las decisiones políticas se subordinen a ellos, los que perdemos también somos todos.

Hacen falta controles estatales firmes y vigorosos, y legislaciones fuertemente preservacionistas, tanto para la soja y el glifosato como para la represa del Ayuí o la gravísima cuestión de los glaciares, hoy en manos de empresas mineras y gobernadores como el señor Gioja de San Juan y otros que parecen no ver más allá de sus narices. O de sus bolsillos, quién sabe.

Es claro que hay que distinguir conductas y grados de sensibilidad, porque no todos son lo mismo, ni en la soja ni en ninguna otra actividad. Pero también es cierto que el medio ambiente es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de quienes suelen tener más intereses que conciencia social.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-153810-2010-09-26.html

  OPINION > NUEVA CARTA ABIERTA A GUSTAVO GROBOCOPATEL


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Estimado Gustavo,

También agradezco el afecto contenido en tu carta, que celebro hayas hecho pública. Me parece que ambos intentamos no tener razón, sino claridad para ayudar a otros a entender un aspecto del presente. Eso exige un debate público, no privado. Así nos lo han pedido varios amigos.

Ante todo, quiero precisar nuevamente el argumento medular de mi carta anterior: que no es suficiente pensar una “estrategia de desarrollo con una visión de largo plazo” a cualquier precio. No cuestioné tu rol empresario ni tu visión de la economía mundial. Lo que cuestioné y me preocupa, y quiero discutirlo, es el daño –para mí palpable y enorme– que produce el abuso de agroquímicos vinculados con la soja. Expuse lo visible: una geografía degradada a partir de plantaciones a fuerza de glifosatos y otros venenos. Y enumeré los “daños colaterales” –despoblación, indigencia, contaminación–, los cuales son negados o minimizados sistemáticamente por productores, empresarios y corporaciones del sector.

Ese y no otro fue mi cuestionamiento, expresado antes desde mi ignorancia que desde mis prejuicios. Y eso porque no los tengo ni respondo a dogmatismo alguno. Apenas tengo curiosidad y ojos y corazón para ver. Por lo tanto, no cuestiono tus intereses ni los de nadie que trabaja y gana dinero. Saludo el éxito bien habido, la fortuna transparente y sobre todo el empeño de los emprendedores. Mi padre fue uno de ellos, seco pero decente y tenaz.

Con tu permiso, entonces, voy a discutir algunas de tus afirmaciones.

1) Decís que “Falta un Estado de calidad” y proponés “un ordenamiento territorial, con organismos de control, con justicia”.

Digo yo: ¿No es justamente eso lo que intenta el Estado ahora, al proponer un Plan Agropecuario Nacional a 10 años, y una ley de arrendamiento que incluye un principio de ordenamiento territorial? ¿Es razonable oponerse sólo porque son propuestas K? Ignoro tu posición al respecto, pero la del llamado “campo” me parece muy contradictoria. Con el debate por la “125” pasó lo mismo, y ahora muchos se dan cuenta de que les salió el tiro por la culata. Por lo tanto, yo prefiero decir que los problemas deberían ser resueltos con un ordenamiento legal muy estricto en materia de soja transgénica y de agroquímicos. Y explico por qué.

Hacia el final de tu carta decís que “gracias a la siembra directa no estamos desertificando más, el glifosato es el menos malo de los herbicidas y no pasa a las napas porque se destruye al tocar el suelo”.

Pero esto no es así, porque son muchos los millones de hectáreas que se deforestaron para sembrar soja y tienen destino de desierto ya que las rotaciones son difíciles. Y cuando deforestan para ampliar el área sembrada inevitablemente desertifican, al generar “cambio climático” (ciclos de sequías e inundaciones, como padecemos en el Chaco).

En cuanto al glifosato, no es inocuo. Según autorizados genetistas y científicos que he consultado (entre ellos un reputado investigador en Medio Ambiente y Salud del Hospital Italiano de Rosario, que hace veinte años trabaja en esto) el problema son los agregados, empezando por los detergentes para penetrar la tierra, que acompañan siempre la mezcla y que son disruptores orgánicos poderosos, como el viejo DDT. Además, como las malezas se vuelven cada vez más resistentes, le agregan otros agroquímicos –endosulfan, clorpirifo o el 24D–, la mayoría de los cuales están prohibidos en los países serios. En Francia e Inglaterra el cultivo extensivo de soja transgénica está penado por la ley. Y en otras sociedades desarrolladas no se permite bajo ningún motivo el uso de agroquímicos.

Entonces no es posible presumir inocencia para el glifosato, producto del que además en la Argentina se abusa, como se abusa de la soja transgénica, que tiene agregado un gen que la hace resistente al glifosato, que es el herbicida que mata todo, excepto a ella. Y la verdad es que nadie sabe cómo actúa este gen en un organismo vegetal, animal o humano. Y cuando esto sucede, en ciencia se aplica lo que se llama un “principio de precaución” hasta que se sepa qué pasa con las otras especies que interactúan con este gen. La FDA (EE.UU.) lo está experimentando en animales, pero no en humanos. De ahí que muchos tenemos la fuerte sospecha de que millones de argentinos indirectamente somos quizás conejitos de Indias.

2) Vos decís: “Sin soja este proceso se hubiera acelerado” y que la degradación data en el Chaco “de mucho tiempo atrás, antes de la soja”.

Es cierto, todos los problemas son anteriores, pero eso no autoriza a dar la bienvenida a la soja a cualquier precio. Es lo que propuse discutir. No para tener razón, repito. Sí para saber y que sepamos todos. Porque si no va a resultar que la soja no es culpable de nada. Y eso no es verdad.

También afirmás que “la agricultura sin campesinos es parte de un nuevo paradigma vinculado con trasformaciones en la sociedad”, viene “desde la década del ‘40, no está asociado a una ideología y no afecta sólo al campo; también hay muchas industrias con menos obreros”.

A mí en cambio me parece que las ideologías siempre juegan un papel y con los intereses mueven al mundo. Y los paradigmas son cambiantes y no siempre se erigen en favor del bienestar de los pueblos. La transformación de los últimos 40 a 60 años es producto de la tecnología, los costos de la mano de obra, las luchas sociales por la redistribución de las ganancias y varios etcéteras. No acuerdo con que la pérdida de mano de obra campesina no es tal porque pasa a los sectores de servicios.

Pero además, esa idea del nuevo paradigma agricultor me parece cuestionable si, casi inexorablemnete, deja sin trabajo a la gente y destruye familias, tradiciones culturales, apegos a formas de trabajar. No propongo que volvamos al arado de manceras, pero la modernidad desalmada tampoco. Y menos cuando hay minorías demasiado minoritarias que se enriquecen tanto mientras las mayorías cada vez más mayoritarias se empobrecen hasta niveles de indigencia.

Es por esto que el crecimiento y el desarrollo, para mí, no son una cuestión económica, sino cultural. Si el nuevo paradigma agricultor destruye la cultura de los pueblos y a sus pobladores, es un paradigma negativo.

3) “La movilidad social era mucho más lenta, para ser agricultor tenías que ser hijo de... Hoy los emprendedores, no importa su origen, pueden llegar a ser productores...”

Aquí tengo otro desacuerdo, Gustavo, porque en la Argentina de hoy, a 15.000 dólares la hectárea, la concentración es asombrosa: hay media docena de grandes agroindustrias, mientras 200.000 productores familiares tienen el 15 por ciento de la tierra. Y a mí sí me importa el origen de quien emprende, porque ese origen me permite conocer sus intenciones, su valoración del esfuerzo ajeno y su sensibilidad social.

4) Mencionás luego a los “pequeños productores que estaban a punto de perder sus campos en manos de los bancos o de los usureros locales. Este nuevo sistema agrícola de servicios ha hecho mucho más por ellos que el Estado... “

Pero esto no es verdad. Fue el Estado el que condonó deudas; fue el Banco Nación el que refinanció a muy bajo costo y apoyó de múltiples maneras a los que perdían sus propiedades. Me parece injusto atribuirle semejantes méritos al nuevo sistema.

5) “En Europa, las napas están contaminadas por siglos de agricultura irracional; felizmente en la Argentina no tenemos esos problemas...”

En Europa los pueblos consumen agua envasada y purificada con tratamientos muy estrictos, Gustavo. En la Argentina el 80 o 90 por ciento de la población consume aguas contaminadas que son dudosamente tratadas. Y como se cortan bosques enteros y el glifosato está descontrolado, la contaminación se extiende a las nuevas áreas sembradas.

6) Decís que “la desocupación es menor a la que hubiera habido sin soja” y que falta industrializar la soja en origen para “dar más trabajo”.

Esto también es discutible. Hay muchísimos cultivos sin mano de obra, y el 70 por ciento de los que trabajan están en negro. Sobran datos sobre esto. Pero además aquí se dice que no es posible industrializar porque la demanda (es decir, China) la requiere tal como se exporta: puro poroto. Lo que es una condena adicional. Un amigo empresario al frente de una pyme me dice: “De aquí sale tabla aserrada pero nada de muebles. Yo visité la región de La Marca, en Italia, y en una zona que no es más grande que Tucumán hay 5000 fábricas de muebles, y exportan 20.000 millones de euros al año. ¡Todo con madera importada!” Eso es lo que hace China: nos compra el poroto, nuestra tierra queda exhausta y el agua contaminada, y la industrialización la hacen ellos.

Finalmente, imagino que a vos te han reprochado haber entrado en este debate. A mí también me pasa. Pero sostengo que si algo vale de este intercambio es que ni vos ni yo escribimos para la tribuna, sino para saber.

Y me consta que hay empresarios tanto o más poderosos que vos, que se esconden todo el tiempo; procuran que nadie los conozca y algunos convierten sus empresas en asociaciones ilícitas. Por eso te respeto: porque vos ponés el pecho y la cara, y tenés ideas, y aunque tu modelo productivo puede no convencerme yo valoro tu perfil de empresario y me encantaría que la Argentina tuviera muchos más como vos.

Un abrazo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-151380-2010-08-15.html

  OPINION


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Estimado Gustavo,
Ante todo, gracias por enviarme la nota que publicaste en Clarín el 5 de agosto; no la había leído porque soy lector habitual de La Nación y Página/12. Otra aclaración: no integro el colectivo Carta Abierta y el título de esta nota responde a un estilo de artículos que escribo desde hace años.

Lo hago ahora porque siento respeto por tu inteligencia y guardo hacia vos una simpatía personal basada en el hecho de que hace años cantábamos con la misma, querida maestra, y en el común origen de nuestras familias, pues mi madre era de Carlos Casares, donde yo pasé muchos veranos en mi infancia. Siento, por ello, una cercanía de la que hablamos la última, en el Ministerio de Educación, y que ahora me autoriza, dado tu envío, a discutir algunos conceptos de tu nota.

No soy experto en soja, ni en agro ni en nada. Declaro mi ignorancia de antemano, y acepto que vos sí sos un experto. Pero también un dirigente con fuertes intereses, que te hacen mirar las cosas desde un ángulo que también respeto, pero al que cuestiono por todo lo que, sin ser experto, puedo ver con mis ojos y con el corazón.

Las oportunidades económicas que mencionás en tu artículo podrían ser incluso compartibles, pero si muchos decimos que la soja es mala para la Argentina es porque vemos los daños que ha producido y produce: bosques arrasados; fauna y flora originarias destruidas; quemazones irresponsables de maderas preciosas; plantaciones desarrolladas a fuerza de glifosatos, round-up y otras marcas que parecen de Coca-Cola pero venenosa. Yo recorro el Chaco permanentemente y viajo por los caminos de las provincias del NEA y el NOA: Santiago del Estero, Santa Fe, Corrientes, Formosa, Misiones, Salta, Jujuy, y veo los “daños colaterales”, digamos, que produce la soja: agricultura sin campesinos; cada vez menos vacas en los campos; una industrialización completamente desalmada (eso digo: sin alma) y el incesante, inocultable daño a nuestras aguas.

Esto no es una denuncia más, Gustavo, y no es infundada: la modesta fundación que presido ayuda a algunas escuelitas del Impenetrable y en una de ellas hice tomar muestras del agua de pozo que bebe una treintena de chicos. El análisis, realizado por trabajadores de la empresa provincial del agua, mostró que el arsénico es 70 veces superior a lo humanamente admisible. Siete y cero, Gustavo, 70 veces. Lo traen las napas subterráneas de los campos sojeros de alrededor. Hace veinte años esa agua era pura.

Como no sé quién es el exacto responsable de este horror, entonces digo que es la soja. Porque en los viejos campos de algodón, tabaco, girasol o trigo que había en el Chaco trabajaban familias enteras para cultivar cada hectárea. Pero ahora un solo tractorista puede con 300 o 400 hectáreas de campo sojero y eso se traduce en la desocupación a mansalva y el amontonamiento de nuevos indigentes en las periferias de las ciudades de provincia. A esto lo ve cualquiera en las afueras de Resistencia, Santa Fe, Rosario y muchas ciudades más.

Aun admitiendo por un momento que quizás no sea la soja específicamente la responsable, hay una agricultura industrial –tu artículo elogia su presente y sus posibilidades– que es la que está cometiendo otros crímenes ambientales. Ahí está, como ejemplo, la represa que intereses arroceros –al parecer dirigidos por un tal Sr. Aranda, del Grupo Clarín– están haciendo o queriendo hacer en el Arroyo Ayuí, en Corrientes. Esa represa va a cubrir unas 14.000 hectáreas de bosques naturales, va a tapar uno de los ríos más hermosos del país con un ecosistema hasta ahora virgen, y, lo peor, va a contaminar todo el acuífero de los Esteros del Iberá con pesticidas y químicos para producir arroz, soja o lo que China necesite.

¿Se entiende este punto de vista, Gustavo? Yo entiendo el tuyo y comparto que nuestro país “necesita una estrategia de desarrollo con una visión de largo plazo” dado que estamos frente a una extraordinaria oportunidad. De acuerdo en eso. Pero no a cualquier precio. No si nos va a dejar un país ambientalmente arrasado. Nos vamos a quedar sin pampa, sin sabanas donde pacer el ganado, sin el agua potable que es el tesoro mayor que tiene el subsuelo argentino y que ya, también, destruye una minería descontrolada.

Tu nota subraya “la oportunidad que tenemos”, pero ¿qué desarrollo y qué sustentabilidad tendrán las futuras generaciones de argentinos sobre un territorio desertificado en enormes extensiones, un subsuelo glifosatizado y con las aguas contaminadas con cianuro, arsénico y una larga lista de químicos letales que ya es pública y –sobre todo– notoria?

Tampoco es cierto que “los beneficios están presentes en el conjunto de la sociedad”, porque si así fuera y con las gigantescas facturaciones sojeras no tendríamos las desigualdades que tenemos. Que no son sola culpa del Gobierno, la corrupción o los políticos. Son el resultado de una voracidad rural que a estas alturas está siendo, por lo menos, obscena.

Como bien decís, el desacuerdo no puede reducirse a soja sí o soja no. Eso sería, en efecto, “empequeñecer el horizonte”. Pero entonces gente sensible como vos –y me consta tu sensibilidad y creo que no pertenecés a la clase de neoempresarios argentinos que no ven más allá de su cuenta bancaria y son incapaces de tener más ideas que las que les dictan los economistas que les sacan la plata– gente como vos, digo, debería hacer docencia para que tengamos, si ello es posible, grandes producciones de soja pero no a cualquier precio.

Soja sí, entonces, pero no si se descuidan el medio ambiente y el agua. No sin desarrollar alternativas verdaderas para los miles de campesinos que han sido y están siendo expulsados de sus tierras de modos brutales o sutiles. No si los sojeros siguen eludiendo impuestos y negreando a sus empleados. No si las grandes empresas semilleras o herbicidas siguen comprando medios y periodistas para que mientan a cambio de publicidad.

No todo es soja sí o soja no, de acuerdo. Pero tampoco la declaración de idealismo e inocencia que se lee en tu artículo.

Si querés lo seguimos discutiendo. Vos sos un experto. Yo apenas un intelectual. Capaz que enhebramos buenas ideas para el país que amamos.

Un cordial saludo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-151117-2010-08-11.html

Doscientos años aquí, cincuenta años allá. Una revolución que siempre convoca al recuerdo y la polémica.

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Desde hace un tiempo parece que Cuba se tambalea y son muchos los que presagian que la Revolución Cubana se encamina a su fin. No soy amigo de predicciones, pero sé que si un Bicentenario es algo excepcional, también lo es una revolución que ha cumplido medio siglo y está muy golpeada.

La ocasión es propicia para reflexionar. Sobre todo porque en la Argentina últimamente hay un cierto, pesado silencio respecto de Cuba. Aquí casi no circuló la durísima declaración de intelectuales como Jorge Semprún, Mario Vargas Llosa, Pedro Almodóvar, Fernando Savater y Rosa Montero, publicada en España la semana pasada. Tampoco la respuesta de Silvio Rodríguez desde La Habana, escrita con delicada firmeza.

En mi opinión, luego de 50 años de esperanzas y cambios, la realidad, que es tozuda, parece mostrar, si no el fracaso, al menos el deslucido final de la más hermosa utopía política del siglo XX.

Soy de los que, anónimamente, siempre apoyaron ese proceso. No por afinidad ideológica sino por valoración de una experiencia que alcanzaba logros sociales, educativos y de salubridad inéditos, y además soportando por décadas el más cruel y despiadado bloqueo económico. Por eso aun en los momentos más cuestionables, y frente a las peores decisiones de Fidel Castro y su gobierno, jamás escribí ni pronuncié una sola palabra que pudiera afectar esa experiencia.

Mi derecho a escribir sobre Cuba –y mi deber ahora– se basa en que esa revolución es parte de mi vida y mi historia personal; se basa en el amor, el idealismo y la esperanza que nos dieron aquellos barbudos de Sierra Maestra, el primer Fidel y el Che, y sobre todo los cambios sociales en una isla que de ser prostíbulo norteamericano en el Caribe pasó a ser la nación más socialmente justa y más políticamente soberana de toda América. Y se basa también en que jamás procedí con interés, al igual que muchísimos americanos libres de corazón y pensamiento. En mi caso, además, no me privé de escribir en éste y otros diarios mi absoluto cuestionamiento a la pena de muerte aplicada a disidentes, o a la adhesión cubana a la infame posición soviética frente a la dictadura argentina, en los ’70 y ’80. Pero sin por ello pasarme jamás al coro de los condenadores, como tanto intelectual converso de los que abundan en el mundo entero.

Sé que esta nota puede provocar alguna polvareda, y asumo la responsabilidad, pero creo que es hora de que se diga que si Cuba cae –digo, es un decir, si cae– a mí y a muchísima gente que jamás medró con su apoyo, que no fuimos lameculos del régimen, no hicimos turismo socialista y no participamos de colectivos de aplaudidores ni de detractores, esa caída nos va a doler muchísimo.

Y sobre todo querremos –como ahora mismo reclamamos– una transición democrática pacífica, ordenada y capaz de preservar los logros sociales alcanzados.

La Revolución Cubana fue uno de los episodios más fascinantes de la historia contemporánea. Tras luchar por la libertad y contra una de las dictaduras más feroces del continente, Fidel Castro se convirtió en símbolo de la lucha por la liberación y su gobierno fue ejemplar en muchos aspectos: autodeterminación, solidaridad internacional, sanidad, educación.

Pero también es cierto que el gobierno cubano no supo resolver otros aspectos no menos fundamentales: no democratizó su estructura de poder; no garantizó libertades esenciales; practicó censura al pensamiento y a las ideas. Nunca tuve reparo en decirlo y lo tengo escrito en los ’80 y los ’90. Para mí era y es injustificable mantener un sistema de partido único; es un arcaísmo político, y no cambiarlo es medida de gobierno conservador; no de gobierno revolucionario.

La cuestión de la democracia en Cuba es su propio talón de Aquiles, y es lamentable que Fidel no lo comprenda.

Por eso mismo apoyar esa revolución –y defenderla frente al bloqueo, la incomprensión o ciertos apresuramientos declarativos– no debe consistir solamente en aprobar todo lo que hace o dice Fidel. Es evidente que la Revolución Cubana –con todas sus conquistas–, ha cometido errores. Muchos y profundos. Y los buenos amigos debemos decirlo, no callarlo.

Pronunciarse de este modo no es estar en contra de Fidel ni de la Revolución ni del pueblo cubano. Es estar en favor de la libertad, la cultura, el pensamiento libre, la igualdad, el desarrollo de los pueblos y la justicia social.

Porque si Cuba cae –digo, es un decir, si cae– será una catástrofe política y social americana. El derrumbe podría producir retrocesos gravísimos no sólo para Cuba sino para toda nuestra América. Basta imaginar en acción al ultraneoliberalismo más feroz e inhumano, acaso llevando al poder a ciertos sectores resentidos y reaccionarios de Miami y de Washington para hacer de Cuba un renovado paraíso de casinos, mafias y negociados.

Tengo miedo de que si Cuba cae –digo, es un decir, etcétera–, no caerá de a poco. Se puede desplomar violentamente si no hay cambios ahora; si no se dan pasos al costado y se permite que las nuevas generaciones se hagan cargo, suave y organizadamente, sin dogmatismos y con la modernidad como aliada. Con Internet libre para todos y todas, caramba, con el rock en las calles y en las plazas, y con la juventud desplazando a los burócratas del gobierno y el partido y dignificándose porque mamaron todo lo bueno de la Revolución. Y con nosotros los amigos leales, alentando y ayudando desde nuestros países.

Esa Revolución, que fue un faro, hoy es una vela que se extingue. Cuba no merece eso. Hay muchos cubanos y cubanas, revolucionarios de toda la vida, que lo advierten. Muchos intelectuales que no se quieren ir de Cuba pero sí quieren que haya cambios. Están cansados de limitaciones y recelos, de vigilancias y miedos. Tienen buenas razones para el miedo, y eso es un crimen de la Revolución, no de los intelectuales. Quieren la sagrada libertad de expresarse sin temores, restricciones ni censuras. No se soporta más la censura en la isla. Quieren poder reunirse, discutir libremente, ejercer el derecho a manifestarse, putear ante lo que no les gusta.

Hay una canción muy popular en la isla, hoy. La cantan miles de chicos y chicas. Dice el estribillo: “No coma más mierda, Comandante”. Pero de hecho está prohibida. Me comenta un joven cubano, hace poco y ron de por medio: “Carajo, chico, debiéramos poder cantarla con Fidel y que él mismo se riera y la coreara con nosotros”.

Me duele Cuba en mis amigos intelectuales, escritores, dramaturgos, poetas, docentes. Están por primera vez mustios, pesimistas. “Ni en los años del período especial (mediados de los ’80) sentí este escepticismo”, me confiesa otra noche un reputado cuentista habanero.

Mi voz es pequeñita, pero pienso que si acaso este texto le llegara a Fidel, y si en una de ésas él escuchara, yo también le diría: “No coma más mierda, Comandante. Antes de morirse, abra puertas y ventanas a la libertad, como hizo en el ’59. Repita su mejor obra. Ese será su bronce”.

Pienso también en el actual, pesadísimo silencio de Gabriel García Márquez, de Eduardo Galeano, de muchos y muchas intelectuales más. Pienso en el seguro silencio que haría hoy, si viviera, Julio Cortázar. Lo comento en voz alta y mis amigos me dicen: “Claro, ellos ahora no critican ni condenan, pero ya no dan su apoyo. Y tienen razón”.

Es lo que me pasa a mí, y a muchos.

El ron que compartimos nos sabe amargo, como nunca antes. Me decido a escribir esto: si Cuba cae, digo, es un decir...


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/subnotas/146387-47026-2010-05-26.html

  OPINION


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Hace poco más de un mes, el 26 de marzo pasado, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires anunció un reconocimiento a la fundación que presido en el Chaco. Nuestra institución había sido recomendada de forma unánime como merecedora de una de las 200 Medallas del Bicentenario por su tarea de difusión, promoción y defensa del libro y la lectura, y eso significó, sin dudas, un inmenso honor para nosotros.

Se nos anunció también la entrega de dicha Medalla durante la Feria del Libro y aumentó nuestro compromiso la enumeración de notorias personalidades igualmente honradas como Quino, María Elena Walsh, Osvaldo Bayer, Hermenegildo Sábat, Clorindo Testa, Julio Bocca y Carmen Argibay, entre muchas otras.

Obviamente, pensamos que el homenaje nos lo hacía el pueblo porteño. Por eso respondimos que el “reconocimiento nos parece honroso y lo aceptaremos con mucho gusto”.

Sin embargo, un par de semanas después recibimos la información de que “las Medallas del Bicentenario a escritores y editores” serían entregadas el 27 de abril a las 20 (o sea ayer) en la Sala Roberto Arlt de la Feria del Libro. Se anunciaban “15 medallas a escritores, editores y personalidades que realizan un aporte a la difusión y promoción del libro, la lectura y la cultura. Las medallas serán entregadas por el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el Ing. Mauricio Macri, o, en su defecto, por el ministro de Cultura de la Ciudad...”.

Este anuncio nos llevó a tomar otra decisión: sin ánimo de ofender a ningún habitante de la ciudad de Buenos Aires, de inmediato renunciamos a recibir la Medalla Bicentenario.

Esta decisión se basó en varias razones, que expusimos ante las autoridades de la Ciudad y preferimos no hacer públicas hasta ahora: por un lado, la sospecha de estar ante una posible jugada política, pero sobre todo no quisimos que el señor Macri, a quien no apreciamos ni respetamos personal ni políticamente, nos entregara nada. No quisimos que homenajeara a nuestra modestísima institución una persona que desde el comienzo de su gestión achicó presupuestos y reparticiones de educación y de cultura. No quisimos recibir esta medalla de un mandatario que puso a un troglodita en el Ministerio de Educación; que designó a ex policías de espantosa trayectoria al frente de la naciente Policía Metropolitana; que ordenó la compra de pistolas-picanas y al que la Justicia investiga por haber ordenado escuchas telefónicas.

No quisimos el homenaje de un jefe de Gobierno que hace de la mentira política un estilo tan fuerte como fuerte es su frivolidad. Un político, además, que como diputado nacional fue menos que mediocre porque casi no apareció por el Congreso aunque seguramente cobró todos sus sueldos puntualmente. Un intendente que es duro para perseguir a 1500 trapitos que se ganan la vida cuidando coches, pero es muy blando para combatir a los que lucran con la prostitución; que persigue con más saña a los pobres que a los explotadores de mano de obra esclava de los que hay tantos en su ciudad. Y que encima practica la censura ideológica en los textos educativos sobre el Bicentenario y en los que se recuperan 200 años de historia destacando “la resistencia de los esclavos, las asociaciones de inmigrantes, la ley de residencia de extranjeros de 1902, las mujeres y los derechos políticos, los golpes militares, la Noche de los Bastones Largos, las asociaciones de derechos humanos, la libertad de expresión y finaliza con el tema de los pueblos originarios y el retorno a la democracia de 1983” como bien definió la UTE-Ctera.

Seguramente mi mano no vale gran cosa, pero es la mía y está limpia. Durante más de diez años de menemato, y aunque recibimos innumerables invitaciones y propuestas de aquel gobierno, en la intimidad de mi familia y de la Fundación juramos que ese hombre no estrecharía nuestra diestra. Y no lo hizo.

Del mismo modo, no quisimos ahora darle la mano a este señor en la Feria del Libro. Y por prudencia preferimos esperar a que pasara la fecha para hacer pública esta renuncia.

Que nos disculpe el pueblo de la querida ciudad de Buenos Aires, pero su máxima autoridad no nos gusta. No vemos diferencia alguna, por lo menos en lo ideológico, entre el señor Menem y el señor Mauricio Macri.

Fue por eso que, no sin dolor, renunciamos a recibir esta Medalla del Bicentenario.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-144743-2010-04-28.html

  OPINION > EL RALLY Y OTROS DESASTRES


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Cuando el fiscal de Río Cuarto Walter Guzmán archivó la investigación por la muerte de Natalia Sonia Gallardo –una cordobesa de 28 años que miraba el paso del Rally Dakar– y decidió ni siquiera imputar al piloto alemán Mirco Schultis, la Argentina toda pareció no darse cuenta de lo que esto significa.

“La conducta del corredor es la propia de una carrera” –determinó Guzmán– y la joven “estaba en un lugar donde no era permitido ubicarse”.

Algo así como “algo habrá hecho” la víctima, descartando olímpicamente que el motociclista se salió del camino y atropelló e hirió a varios espectadores, y que había una enorme organización detrás de él.

La joven Gallardo no es la primera víctima del Dakar en Sudamérica. Ya el año pasado tres personas perdieron la vida: el motociclista francés Pascal Terry, encontrado muerto tres días después de desaparecer, y dos ciudadanos en Chile, en un accidente sugestivamente silenciado.

El mismo silencio cubre la historia negra de esta carrera originalmente llamada Rally París-Dakar, que fue prácticamente expulsada de Europa y de Africa, y a la que Francia exigió incluso que se le quitara el nombre de su capital. Salvo aquí, el mundo entero sabe del desprestigio de un “espectáculo” que no es más que la aventura de unos pocos privilegiados, que ha producido ya más de 50 muertes y que por doquier deja desastrosas consecuencias ambientales.

El Rally se hizo famoso por el desafío que era unir en coche Francia con Senegal. En los primeros años no se pensaba en los daños ecológicos que se producían y tampoco se cuestionaba el trato inhumano hacia los habitantes de los países africanos, entonces poco menos que bestias de carga en los campamentos. El Rally era un “safari” y con el tiempo muchos empresarios fueron descubriendo el filón que significaba el concurso de las más famosas marcas de vehículos, bebidas, tabacos y otros artículos de consumo de ricos, más los derechos de televisión.

Pero tuvieron que irse de Africa cuando los países africanos se convirtieron en “inseguros”. Un poco por hartazgo ante el daño ecológico, otro por circunstancias políticas y algunos atentados, el Rally Dakar, con el nombre reducido y nulo prestigio en Europa, debió buscar otros horizontes. Parece que hubo intentos de hacer la carrera en los Estados Unidos (Cañón del Colorado), Canadá y Australia. Pero fracasaron porque esos países, cuando depredan, lo hacen hacia fuera: en sus territorios son rigurosamente conservacionistas.

Entonces apareció la opción sudamericana, donde hay buena rentabilidad, cero rigor ambiental y funcionarios con reputación de coimeros. Argentina y Chile, dos países con reconocida distracción ambiental y nulo combate a la corrupción, eran ideales. Y encima, el cholulismo del poder y de los medios les facilita conseguir subsidios estatales, de manera que buena parte del enorme costo lo terminan pagando los contribuyentes depredados.

Los daños son tremendos, porque en los paisajes andinos, como en los desérticos, la vida vegetal y animal está siempre en delicado equilibrio, que se rompe ante el rugido de cientos de motos, autos y camiones, a grandes velocidades y consumiendo miles de litros de combustibles.

Al parecer, y según informes circulantes en la web, el itinerario fue modificado este año en su paso por Mendoza, porque algunos dueños de tierras les han hecho juicio. En Córdoba también. En cambio La Rioja, Catamarca y San Juan ya se sabe que son tierra de nadie para el desastre ecológico.

Precisamente a finales de 2009 se conoció –aunque los grandes medios porteños casi no le dieron espacio– que la Universidad Nacional de Córdoba, por abrumadora mayoría y luego de un largo debate, rechazó los fondos “donados” por la Minera La Alumbrera de San Juan. Antes lo habían hecho ya las UN de Río Cuarto y de Luján. El doctor Raúl Montenegro, uno de los impulsores del rechazo, calificó la decisión de “histórica” y “profundamente ética” porque los fondos “proceden de una empresa que consume irracionales cantidades de agua en una provincia semiárida, contamina el ambiente y rompe los tejidos sociales con sus practicas clientelares”.

No son meras palabras: desde 1997 la mina utiliza 95 millones de litros de agua por día que obtiene en Campo del Arenal, una reserva de agua subterránea poco conocida. Consume el 25 por ciento de la energía eléctrica del NOA y el 87 por ciento del consumo total de la provincia de Catamarca. Y desde 1999 se detectan drenajes ácidos que, según Montenegro, “son la peor amenaza de la minería”. Los efectos contaminantes no se reducen a Catamarca; se han comprobado en Tucumán y hasta en el embalse de Río Hondo, Santiago del Estero.

La prensa nacional calló, casi masivamente, la represión del 19 de diciembre pasado en Andalgalá, donde fuerzas de Gendarmería desalojaron la ruta donde los habitantes protestaban contra la minera. ¿Por qué? Porque el pueblo entero de Andalgalá, de 20.000 habitantes, fue vendido recientemente para la explotación minera y va a desaparecer.

La indefensión ambiental argentina es ya escandalosa. Ahí están los canales de Areco y los miles que debe haber en todo el territorio bonaerense aunque lo nieguen los señores Biolcati y Buzzi. Ahí está la amenaza al Ayuí en Corrientes. Ahí la minería depredadora en San Juan y otras provincias. Ahí la inoperancia manifiesta de la Ley de Bosques. Y ahí el insólito, ya insostenible veto presidencial a la Ley de Defensa de los Glaciares.

¿Cómo es posible que el Gobierno no advierta la estupidez de ese veto, tan grave como su inacción frente a las mineras y su permisividad con “espectáculos” como este rally, en el que hasta las Fuerzas Armadas prestan colaboración? ¿Y que en la durísima oposición casi ningún dirigente ni partido, con la sola excepción de Pino Solanas, se ocupe de estos asuntos? ¿Y que la gran mayoría de los argentinos, y sobre todo sus dirigentes, sean tan inconscientes, o corruptos, que no reaccionan ante la destrucción de nuestro hermoso territorio?

Es desesperante que a estas preguntas las responda el silencio. Es gravísimo que seamos uno de los países más estúpida y ambientalmente suicidas del planeta.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-138616-2010-01-17.html

  OPINION


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Desde Resistencia

Las luces de alarma se encendieron en 2008, cuando en medio de la disputa agraria con el Gobierno el Canal Rural de TV canceló el programa Mano a mano con el Campo, conducido por Luis Landriscina, en el que éste había entrevistado a Enrique Lacour, empresario rural de Mercedes, Corrientes, y presidente de la Fundación Reserva del Iberá.

El motivo no era otro que impedir la difusión de la defensa del Ayuí, un bellísimo río del sudeste correntino en peligro de ser amurallado en beneficio exclusivo de dos empresas: una del conocido financista internacional George Soros (Adecoagro) y la otra (Copra S. A.) del señor José Aranda.

Aquella censura no tuvo mayor repercusión en los medios porteños, aunque fue noticia de relieve en todo el nordeste argentino. Diarios y radios, y decenas de blogs, difundieron declaraciones en contra del desastre ecológico que significa cortar un río para inventar –no corresponde otro verbo– un lago artificial de más de 8000 hectáreas. Unidas en una UTE llamada precisamente “Represa Ayuí Grande”, y a un costo de 55 millones de dólares, según el suplemento Clarín Rural, se proponen “una capacidad de elaboración de 120.000 toneladas anuales prioritariamente de arroz, pero incluirá otros granos, como maíz, soja, sorgo y trigo”.

La oposición no se hizo esperar: una carta firmada por decenas de académicos, miembros del Conicet, ONG y personalidades del ambientalismo como Daniel Sabsay, Silvana Buján, Francisco Erize, Antonio Brailovsky y el biólogo Aníbal Parera y artistas locales como Antonio Tarragó Ros y Ramona Galarza pareció lograr el objetivo de frenar lo que podría llamarse crimen de lesa naturaleza.

La fundación presidida por Lacour, radicada en Mercedes, es una ONG en la que no faltan productores agropecuarios con conciencia ecológica: “Todo el procedimiento para habilitar de manera apresurada la represa del Ayuí Grande está viciado, es irregular y atiende a intereses particulares en lugar del bien común”, sostienen junto a connotados dirigentes y productores de la región, como se puede leer en el blog www.ennombredelayui.blogspot.com

El Ayuí Grande es un importante afluente del río Miriñay, que cruza los departamentos correntinos de Mercedes, Paso de los Libres, Curuzú Cuatiá y Monte Caseros antes de su desembocadura en el río Uruguay. Se trata de un arroyo navegable, con hermosos bosques de timbós, ingás, laurel y otras especies en sus orillas; fauna protegida, como el ciervo de los pantanos, el aguará guazú y el lobito de río, y límpidas aguas que contribuyen al mantenimiento de pastizales de una importante región agroganadera.

El agresivo proyecto pretende atravesarlo con una muralla, interrumpiendo su flujo natural y creando un lago que les permitirá controlar agua suficiente para regar otras 28.000 hectáreas de cultivos. La obra haría desaparecer 50 kilómetros de costas, bosques de ribera, pastizales y pajonales.

Tal pretensión no tiene precedentes. Represas de estas dimensiones son hidroeléctricas y al servicio de una comunidad (generan energía eléctrica), pero nunca en beneficio exclusivo de grupos privados. Seguramente por eso son muchos los productores que no acompañan el proyecto. Ganaderos y arroceros ubicados aguas abajo temen por posibles accidentes del dique, escamoteo del agua y daños ecológicos varios, aunque no todos se expresan por temor a represalias. Además, sería la primera vez que un emprendimiento privado se apropiara de un bien público de esta magnitud, porque –según la Constitución nacional, el Código Civil y la Constitución correntina– ríos y arroyos no pertenecen a los propietarios de tierras a su alrededor, sino que son bienes de todos. Por lo tanto, no hacen falta ni siquiera los siempre manipulables “estudios de impacto ambiental”.

Quizá por eso el INTA y la UBA, que originalmente avalaron el proyecto, se despegaron deslindando responsabilidades una vez que el proyecto fue rechazado por Greenpeace, FARN, Vida Silvestre, Aves Argentinas y otras ONG.

“Nadie puede hacer desaparecer un arroyo y sus costas, sus bosques y el territorio de su periferia, para ampliar sus márgenes productivos o su renta”, declara Lacour, cuya fundación no está en contra de la agricultura ni de la producción (de hecho sus miembros son antiguos productores agropecuarios de la zona). Ellos reconocen la necesidad de inversiones y proyectos de desarrollo “pero no violando leyes ni destruyendo el paisaje y la naturaleza”.

La argumentación empresarial –enfáticamente saludada por el ahora saliente gobernador Arturo Colombi– es la habitual: subrayan las fabulosas perspectivas para la alimentación mundial y la dudosa creación de 1400 puestos de trabajo.

A ello les respondió la semana pasada el ciudadano mercedeño Horacio Cardozo, en ocasión de la apresurada audiencia pública a la que llamó Colombi antes de irse: “A los que piensan que por producir alimentos y dar trabajo adquieren derechos extraordinarios les digo que están equivocados. A los que quieren venderme este proyecto como la salvación de nuestra ciudad, les digo: Gracias por los espejitos. No los quiero”.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-136800-2009-12-11.html

  OPINION


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Estimado Pino: Aunque nunca nos vimos, estuve siempre cerca suyo, por lo menos desde La hora de los hornos. Lo acompañé después, cuando el antimenemismo. Admiré su cine, apoyé su gestión legislativa y hasta hice guardia en la vereda del sanatorio de la calle José Hernández cuando lo balearon cobardemente. Le escribo desde estos humildes pergaminos y desde la simpatía que me produjo su retorno a la política. Y aunque no vivo en Buenos Aires, probablemente hubiese estado entre los que alentaban su acercamiento a Carlos Heller para las elecciones del 28 de junio, que pudieron significar –de haber ido juntos– la sepultura del macrismo.

Estas líneas son para decirle que ahora tiene usted razón en casi todo lo que plantea en la tele: nacionalizar Telecom; garantizar que con los dineros públicos no se hagan negocios privados y muchas otras, casi todas sensatas, anheladas y compartibles. Tiene razón también al fustigar al kirchnerismo en sus desprolijidades, oscuridades y posibles corruptelas. Aunque yo creo que usted exagera cuando los compara con el menemato, porque no son lo mismo. Hay enormes diferencias y le voy a dar sólo tres ejemplos, para no abundar: los K fueron erráticos y desacertados con la propuesta del Tren Bala felizmente congelada (yo escribí en este diario al respecto), pero no fueron los que desmantelaron los ferrocarriles. Los K son esquivos y tienen doble discurso, pero a la Corte Suprema la adecentaron ellos, mientras que Menem instaló y mantuvo allí a una especie de pandilla adicta. Los K llevan adelante una política de Defensa ejemplar, como nadie llevó en este país en democracia. Y tenemos hoy una Ley Nacional de Educación que vino a sustituir la destructora Ley Federal de Menem, Decibe y García Solá.

Son más de tres ejemplos, y dejo de lado una política de derechos humanos como millones de compatriotas, y supongo que usted también, siempre quisimos por lo menos desde 1983. La cual es muchas veces más declarativa que efectiva, desde ya, pero innegablemente permitió avances extraordinarios en el más árido y dificultoso terreno de la recuperación democrática.

Por favor, Pino, no se le ocurra simplificar esto acusándome de kirchnerista, porque no lo soy. Tampoco formo parte de la Carta Abierta de intelectuales, ni tengo amigos en el poder, ni me deben ni debo favores. En 2003 no voté a Kirchner y en 2007 sí voté a Cristina, como lo hicieron millones de argentinos/as que ya veíamos el avance de toro furioso de una derecha conservadora que –lo viene probando– es capaz de decir y hacer absolutamente cualquier cosa.

O sea que le hablo –le escribo– como un simple compatriota, independiente a rabiar, ni sé si de izquierda, que tiene la posibilidad de hacer público su pensamiento. Y que se siente alarmado por lo que considera su ceguera, Pino. La suya y la de algunos de sus respetados compañeros más cercanos.

No se ofenda, que la ceguera no es insulto. Es simplemente la imposibilidad de ver. Y a mí me parece, dicho sea con todo respeto, que usted no ve por lo menos lo siguiente:

1. Que éste es un proyecto superador, aunque tenga puntos cuestionables. Hoy nuestro país tiene la oportunidad de sancionar un régimen nuevo, infinitamente mejor que el horrible mamarracho que es la ley de Videla. Le recuerdo, al respecto, que si usted y los que le responden no votan esta ley, de hecho y aunque quieran diferenciarse, serán responsables de que sigamos regidos por esa ley infame, la 22.285 de la dictadura.

2. Que a millones de compatriotras nos importa un pito la pelea entre Clarín y Néstor K. Pero sí nos importa que esta será una ley antimonopólica. Abre espacios a la participación de sectores marginados (y tiene usted razón en que por esa puerta pasarán las fundaciones de las grandes empresas, pero en la Argentina hay miles de fundaciones serias y honradas, dicho sea advirtiendo que la que yo presido no tiene el menor interés en ser de la partida). Pone límites como nunca los hubo, y aunque es verdad que es oscura la autoridad de aplicación, le recuerdo que hoy ni siquiera hay autoridad, pues lo que hubo hasta ahora fue un Comfer idiota. Protege a la infancia y la niñez. Fomenta el cine argentino y la producción nacional. Y respecto de las telefónicas, el tema parece haber quedado resuelto ayer.

Entonces, ¿cómo oponerse, Pino? ¿No se da cuenta a quién/quiénes va a favorecer el rechazo de esta ley? ¿Cómo van a hacer después sus diputados, una vez diferenciados del Gobierno, para diferenciarse de cívicos y republicanos que están más ciegos que Polifemo y que por desdicha no saben lo que hacen, escupiendo sobre sus historias y sus trayectorias?

¿Cómo es posible que el fanatismo anti K los lleve a coincidir con lo más reaccionario del país, esos sectores que siempre frenan el carro de la Historia? Y no es que los K signifiquen la modernidad –Dios libre y guarde–, pero ésta no es “la ley K” que dicen los cartelitos bajo los que usted habla en los muchos programas a los que ahora lo invitan. Esta ley es de cientos de organizaciones y de miles de personas y comunicadores que venimos luchando y haciendo docencia desde hace muchos años. Sería bueno que eso se respetara; que usted y los diputados que le son leales lo tuvieran en cuenta.

Porque es necesaria esta ley, aun con sus errores, Pino. Por más que usted tenga razón en casi todo lo que cuestiona, hay algo que es seguro: para el pueblo argentino nada va a estar peor con ella, y muchísimas cosas tendrán mejores posibilidades. Pero todo va a ser mucho peor si la rechazan.

Dios o el destino, o el ignoto Ojalá quieran que usted y los suyos no se equivoquen. Porque va a ser un error fiero. De consecuencias peores que cualquiera que usted imagine para este país después de esta ley.

Un saludo atento, respetuoso y cordial.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-131800-2009-09-15.html

  OPINION


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Tengo la costumbre de recorrer diarios del llamado “interior” y el jueves 30 un editorial publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, me dejó perplejo. Se titula “Jueza” y dice textualmente:

“El futuro no se adivina y rige el principio de inocencia. Pero es casi seguro que si la jueza Susana Calcinelli no hubiera decidido liberar a Claudio Morales cuando lo tuvo detenido por robo con armas, hoy el trabajador Ricardo Pelayes estaría vivo, su mujer no sería una viuda con el alma destrozada ni sus mellizos de diez años, huérfanos.

“Es una manera brutal de expresarlo, pero poner en libertad a Morales fue un error de tal magnitud que no da lugar a las sutilezas ni a la teorizaciones. El garantismo y la falta de criterio de los jueces matan. Así de sencillo y brutal. La pregunta que cabe hacerse es si la impunidad de este crimen termina sólo con la condena al homicida. Da la sensación de que no.

“Hay jueces, y es bueno entenderlo de una vez, que son más peligrosos que los propios asesinos a los que dejan en libertad, sin importarles las consecuencias.”

No conozco el caso de los mencionados Morales y Pelayes, y es la primera vez que leo el nombre de la jueza Calcinelli, pero, independientemente de ello, lo que impresiona son dos frases: que “el garantismo y la falta de criterio de los jueces matan” y que “hay jueces que son más peligrosos que los propios asesinos a los que dejan en libertad”.

Semejante temeridad periodística no puede sino corresponderse con la posición ideológica del diario bahiense, de constante apoyo y defensa de la dictadura, tal como suele exponer uno de sus directores o propietario, el ex funcionario menemista Vicente Massot.

Pero más allá de ello, si uno recorre diversos blogs bahienses resulta que el intendente de la ciudad, Cristian Breitenstein (ex kirchnerista ahora enrolado con De Narváez), también ha pedido que “se investigue” a esta jueza, ante cuyo domicilio se ha hecho una “manifestación”. Además, se sabe que un delegado municipal bahiense está juntando firmas para “sacarla”, como también se sabe que Calcinelli tiene imputados a ese delegado y a su padre en un proceso.

Susana Calcinelli, según informan irreprochables amigos y colegas bahienses, es una profesional inteligente, audaz y nada complaciente con el poder. Formada junto al fiscal Hugo Cañón, con quien trabajó catorce años, se ha ganado el resentimiento de buena parte de la Policía Bonaerense por su intolerancia frente a diversas irregularidades.

Aparentemente, esta jueza supuestamente “garantista” (adjetivo que se pretende descalificador) se ha hecho merecedora del desprecio de la red de medios que sostiene al intendente, así como de diversos partidarios de la “mano dura” y algunos miembros del Poder Judicial bahiense, e incluso algún camarista otrora vinculado con la Triple A y ya con pedido de juicio político.

En momentos en que esta nación discute una ley penal para menores, y a la vista de que el sistema de administración de justicia es tan deficiente y arbitrario, parece urgente tomar nota de estos casos, como los hay en todas las provincias.

La Justicia en la Argentina es un espanto –ésa es la verdad sentida por la ciudadanía, más allá de que suene políticamente incorrecto– porque está repleta de refugiados y nostálgicos de la dictadura.

Desde los tiempos de Alfonsín y el inicio de la democracia, la principal tarea consistió en depurar el otrora omnipotente poder militar, así como se cambiaron usos y costumbres del Ejecutivo y el Legislativo. La Constitución del ’94 es un ejemplo de ello. Pero lo que menos se modificó fue la Justicia, que es el sector más conservador del poder en la Argentina.

Con fuertísimos vínculos en muchos casos con la dictadura, y en muchos otros cautivos de los punteros políticos, hay cantidad de magistrados que sólo se dedican a conservar el puesto, cobrar a fin de mes y hacer lo que el poder político o económico espera de ellos.

La ciudadanía sigue aguardando un cambio profundo en el sistema de designación y control de magistrados. Hoy hay muchas leyes nuevas, tenemos la Corte Suprema más confiable en décadas y se están dando grandes pasos hacia la modernización tecnológica. Todo muy bien. Pero seguimos teniendo consejos de la magistratura y juries que funcionan más en la teoría que en la práctica y encima, por lo menos desde la “servilleta” de Menem y Corach, se practica, desde luego con matices, un descarado sistema de influencias políticas. Al que el gobierno nacional y los de casi todas las provincias no son ajenos.

En mi opinión, los que cuestionan a la jueza Calcinelli exhiben mucho de lo que funciona y huele mal en la administración de justicia en la Argentina. Algunos lectores opinarán que ésta es una generalización y que no tengo pruebas, y es verdad, no las tengo. Pero tampoco tengo dudas al respecto. Como de que va siendo hora de que cambiemos a la Justicia en profundidad. En democracia no se puede hacer otra cosa.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-124356-2009-05-05.html

  OPINION


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A la epidemia de dengue la sucede, más amenazante aún, la pandemia de influenza que viene de México. Una por mosquitos, otra por aves o porcinos, las dos con viejas taras argentinas sobrevolando la tragedia. No importa si los enfermos declarados, confirmados o sospechados son 10 mil o 50 mil o muchos más. No importa la guerrita política de una oposición que, sin fuerza ideológica ni moral, sólo busca aprovechamientos electorales en la desdicha de la ciudadanía y en particular de la que está cautiva del abominable sistema mediático que padecemos, frente a cierto oficialismo que también prioriza las elecciones sobre la salud de la población y, como se sabe, ha hecho de la mentira estadística una marca de gestión.

Si uno consigue descartar esa puja, que está a la vista en Charata como en Salta, y en Santa Fe como en el conurbano bonaerense o donde quiera haya ánimos calientes, lo que se ve –y que realmente importa y alarma– es que en la Argentina estamos viviendo pestes que recuerdan a las de la Edad Media. Pestes que empezaban entre los más pobres y se expandían hasta afectar a todos los sectores sociales, como la pavorosa epidemia de fiebre amarilla que mató a medio Buenos Aires en 1871.

Las pestes, se dice, llegan para quedarse. Pero entonces también habría que decir que el ahora famoso mosquito existe entre nosotros desde hace décadas y retorna porque no hubo prevención, como no la hubo frente a muchas otras enfermedades que han retornado. No hace falta ser sanitarista para darse cuenta. El Mal de Chagas sigue siendo el mayor causante de muertes entre el pobrerío argentino, y volvieron también el cólera, la tuberculosis y la fiebre amarilla. Y encima parece evidente que el glifosato y otros venenos amados por “el campo” han quebrado el equilibrio biológico y el autocontrol de la Naturaleza.

Por eso el invierno no será la solución, como no habrá solución definitiva verdadera mientras el oportunismo electoral de Gobierno y oposición continúe en el centro de la escena. Porque la falta de prevención les cupo a todos los gobiernos de por lo menos los últimos cuarenta años: militares, peronistas, radicales, menemistas, aliancistas, duhaldistas y kirchneristas. Todos, sin excepción, permitieron por omisión que estas pestes se instalaran entre nosotros.

Yo me crié en un ambiente, en el Chaco, en el que la fumigación y la prevención eran constantes. El papá de mi más íntimo amigo era un médico que se ocupaba de tener a raya al paludismo, en nombre de lo que entonces era el Ministerio de Salud Pública, con fondos de la OMS. Y también había un centro de investigación chagásica que era modelo en el mundo. Y hasta las mangas de langostas que asolaban los campos (y que ahora también han vuelto) eran contenidas mediante políticas de prevención, fumigación y esclarecimiento permanentes. Quiero decir: era un tiempo en el que los posibles males colectivos eran previstos, investigados, atendidos y combatidos de manera sostenida.

Nada de eso se hizo en los últimos treinta años. Todo se abandonó. Primero los dictadores, después el menemismo y sus patrones neoliberales, TODOS recortaron presupuestos y acabaron con la prevención. Es ésa y no otra, en el contexto de pobreza creciente que ellos mismos desarrollaron, la verdadera razón y origen de estas lacras.

Es urgente terminar de una vez con las causas profundas de estas enfermedades que son típicas de la pobreza y la miseria, reorganizando la prevención sostenida y permanente como política de Estado que atienda los múltiples aspectos sanitarios, educativos y sociales, pero sobre todo iniciando la urgente obra de acabar con la pobreza infame que ofende a la Argentina moderna y que insólitamente no es preocupación principal ni del Gobierno ni de la oposición.

Se trata de terminar con la mentira de que no son enfermedades de la pobreza. Sí lo son. Como sucede con todas las epidemias que en el mundo han sido: empiezan por los eslabones más débiles hasta que llegan a lo más alto de la cadena social. Por eso hay que descacharrar, claro, pero entonces hay que terminar con los desarmaderos y el negocio de casi todas las policías. Hay que evitar que se junte agua, por supuesto, pero entonces hay que disponer que este país tenga agua corriente y cloacas para todos. Hay que poner alambre tejido en puertas y ventanas, pero primero hay que tener viviendas dignas y no casillas o taperas que ofenden a la especie humana.

Pero de esto casi no se habla, y los multimedios insisten en recurrir a cualquier astucia que fomente la desazón de las atemorizadas y siempre manipulables clases medias. La solución verdadera sería que todos –Gobierno, oposición y medios– aunaran esfuerzos en pos del superior objetivo de la salud de toda la población. Pero para eso hace falta grandeza. Y vaya que escasea.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-124130-2009-04-30.html

  OPINION


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Uno ha preferido esperar algunos días para despedir y honrar al ilustre presidente fallecido. El doctor Raúl Alfonsín es parte de nuestras historias personales –como de millones de argentinos y argentinas que fuimos sus contemporáneos– y al menos a la distancia el silencio también ha sido homenaje luctuoso.

Somos muchos, muchísimos, los que desde los más diversos rincones del país hemos acompañado, estos días, tanto a la familia de quien fuera inclaudicable demócrata y honorable Presidente de la República, como a sus correligionarios e incluso a los miles, millones de compatriotas anónimos que sintieron –sentimos todos– un auténtico dolor por la pérdida de este gladiador de la Democracia.

Pero el haber dejado pasar unos días –además de por respeto y distancia, por vocación de no engrosar un coro– casual e inesperadamente hizo ver, también y una vez más, el comportamiento chiquito de gran parte de nuestras dirigencias y ni se diga del pésimo periodismo televisivo que padecemos.

Lo que debieron ser jornadas de recogimiento y homenaje a un gran compatriota –y ciudadano ejemplar– acabó siendo un torneo de obviedades con propósitos sectarios.

Estos días vimos, escuchamos y leímos a muchos, y muchas, diciendo que “a pesar” o “más allá” de los errores de Alfonsín, y de “las diferencias” que tuvieron con él –que a nadie le importan, digámoslo– ahora lo más importante “fue ver a tanta gente despidiéndolo...” A lo que seguían remanidas preguntas a paneles predispuestos de respondedores que sugerían que, “en realidad”, el adiós a Alfonsín era un acto de oposición republicana.

Tan estúpido todo como la actitud de los que ya empiezan a utilizar al dengue para la próxima campaña electoral. Más de 25 años de gobiernos democráticos de todos los colores, con ningún partido, ideología o medio periodístico capaz de resistir acusaciones por la pésima prevención de enfermedades en el Chaco, parece que no les enseñaron nada.

Por eso pensar, creer y decir –como se vio, escuchó y leyó estos días–- que hubo tanta gente en las calles aledañas al Congreso de la Nación porque “la gente quería expresar su disgusto” con el gobierno actual; o que “la gente se volcó a las calles para hacer de la despedida a Alfonsín un acto de protesta”, es tan idiota como cretino.

Idiota porque delata desprecio hacia los sentimientos profundos de un pueblo que simplemente, y maravillosamente, expresó su genuino dolor por sobre banderías y especulaciones. Cretino porque a la hora de su muerte el doctor Alfonsín no merecía esas bajezas.

De su mano firme y convencida los argentinos inauguramos los nuevos caminos de la Democracia. Por encima de intereses partidarios, despojado de egoísmos personales y gobernado siempre por su amor a la Patria, Alfonsín nos deja un ejemplo de civilidad y conducta que los habitantes de este país tendremos que honrar siempre. Como se honra a San Martín y a Sarmiento, a Yrigoyen y a Perón.

El presidente Alfonsín gobernó con honradez y convicciones. Como otro gran radical, Arturo Umberto Illia, su vida toda fue un ejemplo de respeto y defensa de los principios de la libertad y el estado de derecho. Alfonsín defendió los intereses de la nación por sobre cualquier posible beneficio personal. Y lo hizo con sabiduría, olfato, diálogo, pasión política y sentido de grandeza y de construcción del relato de la Historia. Ese es su legado. Toda relativización de sus méritos, toda interpretación sectaria y todo pretendido uso político es canalla.

Por eso el respeto a su recuerdo sólo exige renovar el compromiso democrático –el nuestro, el de cada uno– y rechazar las segundas intenciones de estos enanos de la política y del periodismo.

El doctor Alfonsín nos compromete a seguir trabajando por un país mejor: con educación y trabajo, con decencia y perseverancia, con respeto al derecho ajeno y siempre en libertad, con sana independencia y espíritu solidario.

Que descanse en paz y que lo recuerde y venere así la República Argentina toda.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-122669-2009-04-05.html