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  OPINION


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Si la estrategia precede y envuelve a la táctica, Macri sólo tiene esta última. No hay en él mucha planificación discursiva, sólo la confianza de que sus textos caerán en los suelos correctos, “los de la gente como uno” (decía Landrú). ¿A quién le importan esos otros que leen o miran otras cosas, gentes de toda otredad?

Se le debe agradecer algo: es breve y habla rápido. Espías que escuchan o edificios que se caen, todo lo trata igual. Como en ciertos casos complejos, Macri invierte la carga de la prueba. No le concierne al jefe de Gobierno probar los hechos: cuando tiene que declarar, es él quien le pregunta a Oyarbide durante cinco horas; cuando cae un edificio, su adlátere va por Riquelme y él lee el formulario que prueba que todo está bien. Nadie cree que el jefe de Gobierno lo haya tirado abajo por su gusto, pero que el encargado de ese tema sea un dirigente del fútbol, descalifica a su equipo, ese equipo “inteligente”, “dinámico”, que se encarga de “hacer las cosas bien”. Macri, parvenu, recién llegado a las clases altas, es rico (que no es poco), pero algo le falta. ¿Pensará que a Palacios le dicen “el Fino” por aristócrata?

Mauricio no parece brillante, pero tiene ese coraje ofuscado de quien se siente no comprendido. Allí muestra el gesto de fastidio con que ataca a toda pregunta que no empiece con un elogio y responde con el gesto de ladear la cara a la derecha, entrecerrar los ojos y decir “¡Por favor!” cuando se opone un argumento al suyo. No le da vergüenza mentir, tal vez no sabe que lo hace. Pareciera que no entiende que puede existir quien tenga razón si disiente con él. Su incesante pelea con el español lo tiene victorioso. En Palermo no aprecian la grandeza de su Après moi le déluge. Tiene coraje (ofuscado) que, según Borges, siempre es mejor (la esperanza nunca es vana).

* Semiólogo (UNLP, IUNA, UNLZ).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/151430-48630-2010-08-16.html


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Cinco vicepresidentes renunciaron a sus cargos: Alejandro Gómez en 1958 lo hizo por diferencias ideológicas y también Chacho Alvarez en 2000. Eduardo Alberto Duhalde, en 1991, para asumir como gobernador en la provincia de Buenos Aires. Los otros dos, Vicente Solano Lima y Víctor H. Martínez, dimitieron junto a los presidentes Héctor Cámpora y Raúl Alfonsín. Marcos Paz, electo como vicepresidente y presidente en ejercicio mientras Mitre peleaba la guerra del Paraguay, murió después de cinco años de mandato, momento en que Mitre retoma su cargo tras lograr el desastre de Curupaytí.

El “Rebelde de los Anchorena”, Julio Cleto Cobos, se ha rebelado contra la tradición (sólo por seguir otras tradiciones más poderosas) que dice que el que manda es el presidente, pues es éste el que ha convocado los votos que dieron el triunfo y el cargo que Cobos detenta (en el verdadero significado de esa palabra: retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público), el que debe asegurar el seguimiento legislativo de la ejecutoría presidencial. Sin otra vocación que el cargo público, J. C. Cobos descubrió –inventó– desde la vicepresidencia que el poder puede ser bipartito y que su ideología era otra. Místicamente detectó, como el perro Buck de Jack London, “el llamado de la selva”; bueno, bah, casi el del campo. Su tono temblequeante al dar su voto negativo se expresó en ese circunloquio, esa atenuación que significó la forma oral que le dio a su voto diciendo “mi voto... mi voto... mi voto no es positivo”. Pero al darse cuenta de que su perífrasis había introducido un cierto estado de desconcierto, aclaró: “Mi voto es en contra”, en contra de las decisiones de su Gobierno y devolviendo un favor a los intereses y a la obediencia mediática. El vicepresidente obtiene con su tono apagado una contraposición a otra construcción retórica, la “crispación”, en la que se trata de envolver en un vidriado observatorio a la Presidenta para que, bajo esa cúpula, hasta el más simple mohín sea interpretado con dureza.

El vicepresidente usó también un lugar común, esa frase repetida hasta el hartazgo sobre todo cuando se quiere ser absuelto y mostrar un leve perfil de proceridad: “La historia me juzgará”. Uno preferiría que hubiera elegido otra figura mejor que la dilación de la prolepsis, que hubiera optado por un juicio más popular. Dejarle a la historia ese trabajo es escaparse del aquí y ahora, que desde otra mirada no es más que una captatio benevolentiae.

J. C. Cobos, con sólo el amor a su persistencia política, decidió dar por terminada su relación de delegado del Ejecutivo ante el Congreso cuando, con un feroz insight, se dio cuenta de que se había equivocado de casillero. Sin la generosidad cívica de Chacho Alvarez, quien acumuló la interesante frase “quedarse es pactar” al dejar el gobierno, Cobos no renovó su pacto con el Gobierno, ya no forma parte de él, es el jefe suplente (sólo por ahora) de la oposición. Su pacto va más allá (ése sí es histórico): es con ciertas fuerzas de lo establecido, de lo que no debe cambiar.

* Investigador en medios masivos en UNLP, IUNA y UNLZ.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/144609-46464-2010-04-26.html