I
Su rostro. Ni su cara, ni su perfil, ni su silueta. Digo, su rostro es el que busco porque huele a peste. Posee la sutil manera de contagiar su
bacilo. Y uno no puede ir sino hacia los colmillos de la serpiente, las garras del chacal.
Ella no miente. Nunca miente. Es al revés. Por más que sepa de su ponzoña no puedo dejar de creerle. Y si mientras me besa, abre los ojos como
dos soles hambrientos, puedo desligarme de mis venas y de lo que por ellas corre. Salir a la calle en busca de más o amasijar a los jefes de
todos los servicios de hematología.
Como esos tipos que se suben a lo más alto que pueden; antena de televisión, tanque de agua, techo de lavadero, y esperan de manera estoica el
mismo viento que los obnubiló cuando apareció ese rostro.
Ciegos de amaneceres, se parten el pecho en dos hasta el esternón con un cuchillo oxidado (si es necesario). Abren los brazos cual espantapájaros
y allí esperan, presos de ninguna vergüenza ni pregunta desubicada de vecina tapialera: ¿qué hacía anoche gritando en la terraza? Del susto que
me dio casi llamo a la policía. ¿Usted no ve en la televisión todo lo que está pasando?
El viento pasa horas enteras haciendo bailar a las sogas ahogadas en trapos sucios, enloqueciendo a los pocos gallos de chapa que aún quedan y
nos orientan con sus puntos cardinales y refrescando los pulmones hasta el último instante de los que deciden saltar a la deriva y volver al
mismo punto del cual partieron. Pero de ese rostro que trajo el viento, nada. Ni una mísera comisura.
Y empieza la tarea impiadosa de bajar de la altura y clausurar el pecho a razón de dos centímetros por minuto para los que olvidan rápido, y de
cuatro milímetros por día para los melancólicos.
El desencanto es verse el pecho lleno de cicatrices.
Es como tomar agua de arroz un día entero. El vientre duro. La garganta cerrada y los ojos a ras del piso como persianas.
II
Inmerso en el perímetro que marca el alcohol, mis párpados caen como portones, ese vahído melancólico me lleva a ningún puerto. Quisiera
preguntar, reír, conversar o responderle pero ya es tarde y se nubló el futuro, a veces, trazado como una línea en el horizonte.
En mis pupilas, un cosquilleo armónico que culmina en las yemas de mis dedos. Y, hasta que llega allí, degüella a paso firme todo intento de
serenidad. Cae la voz, se ciega la luz y toda su circunstancia deberá esperar hasta otro momento. O pedir turno con tiempo en algún tribunal que
pueda echar mano al banquillo de los acusados.
Raro en mí...
Como esas burbujitas que, cada tanto, y a veces pareciera guiadas por un reloj invisible pero disciplinado en su trajinar, se desprenden de la
pared de vidrio de una botella y emergen feroces hasta desmayarse al besar la superficie.
Guardan y vigilan una lógica de la cual, que yo sepa, ningún físico o matemático se ha atrevido a hablar. Alzan el camino, marcan una impronta
vertical. Llueve hacia arriba rompiendo todas las escalas y humedeciendo las piernas de las mujeres que visten pollera, nutriendo de alboroto las
mañanas momificadas.
Martillan los dedos. Tamborilean. Sin recurrir a músculo alguno. Menean a su arbitrio toda clase de incandescencias. Y al sonar, suena la magia,
suena la turba, suena tan lindo. El fraseo es diferente si es de noche, si son más de las tres y las sábanas cayeron y el límite no es el
territorio. Hace tiempo dije algo acerca de la lógica, ¿te acordás? Y en ese momento, se te dio por preguntar: ¿para qué carajo queremos que esté
presente el mundo?
Y un día sin avisar, sin siquiera llegar a ser ráfaga, se nos presenta una brisa. Y de otoño. Acompasa leve, casi ingrávida, la guardia de hojas
amarillas que alborotan los parques.
La brisa trae un esbozo. No es ese rostro, pero bien puedo identificar en él sus labios candados. Su boca escandalosamente furtiva. Y sus ojos
que nunca revelarán si mienten (a dios, gracias).
Y vuelve a soplar el viento. Y hay chances de traicionar el último juramento: al diablo con los dioses, hoy es feriado. Y si no es ese rostro, es
parecido. Aunque se desdibuje a dos minutos de la próxima traición o a tres milenios del siguiente desengaño.
Por eso no creo en el amor: me fui oxidando.
Tampoco creo en la soledad: vinieron a rescatarme mil veces y nadie me preguntó si yo quería salvarme.
Eso sí, creo en los milagros.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27082-2011-01-21.html
A Liliana
La encontré frente a los tribunales federales. Era uno de esos días en que se llevaba adelante uno de los juicios a los represores en Rosario. No
me atreví a saludarla. Estaba abrazada y lloraba dignamente. Intuí que mi saludo no alcanzaría, ni por asomo, a cubrir siquiera la mitad de esa
escena. A contrapelo de lo que hoy día muchos afirman, tuve un sentimiento insobornable: recordar una parte de su historia de vida durante la
dictadura. Yo no estoy harto de eso. Al contrario.
La vida de Analía y la de su familia, en esa época de horas furtivas, tuvo lugar en ciudades como Mendoza, Córdoba, de aquí para allá.
Tratando de construir una cotidianeidad que no les era tal. Una realidad ajena a los problemas comunes. Amenazados constantemente por
destripadores con sed de sangre que iban tras ellos, tras de todos. Hurgando debajo de cada ladrillo, de cada baldosa, envalentonándose por cada
trofeo de guerra.
Pero la vida de la familia de Analía se dirimió en Asunción, Paraguay. Allí los detuvieron agentes de civil que respondían al plan Cóndor. En una
habitación estaban su hijo, su esposo y ella, con un embarazo de seis meses. Del otro lado, funcionarios del dictador Alfredo Stroessner y
miembros del Acnur, la oficina de las Naciones Unidas que se encarga de los refugiados, negociando por sus vidas.
Escuchó la palabra "montoneros" y "terroristas" una cantidad infinita de veces. En todo ese tiempo, comprobó que ese cartero que tantas veces se
ofreció para cualquier menester, que hablaba con ellos de trivialidades, esos tesoros que cotizan como ninguna otra cosa en el mundo cuando uno
no tiene un piso donde pararse, ni era cartero ni honesto era su ofrecimiento.
Gracias al bienaventurado accionar de los funcionarios del Acnur obtuvieron un salvoconducto para toda la familia. ¿Hacía dónde? No lo supo hasta
subir al avión con lo puesto. Ya, en vuelo, una azafata les avisó que su destino era Ginebra, Suiza.
Como no podía ser de otra manera, los días fueron durísimos: añorando el país, celebrando con los que escapaban, llorando a los muertos.
Supo en todo ese tiempo que en Ginebra, durante los meses invernales, el sol se ve muy poco y hay que saber encontrar su encanto con mucho
ingenio. Junto a una amiga que provenía del continente africano, de un país del cual ya ni del nombre me acuerdo, que escapaba de otra dictadura
siempre fraguada al fuego indecoroso del imperio, que aunque cambie de color y de modos nunca podrá limpiarse los restos de sangre que asoman
bajo sus uñas, caminaban hasta un punto de la ciudad desde el cual podía aprovecharse al máximo el exiguo sol de la tarde. Era un lugar frente a
una montaña. Una de sus laderas trazaba una línea inclinada que dividía al mundo en dos partes: una era fría como una postal; la otra, era una
lámina tornasolada recibiendo sus últimos fulgores, como muriéndose. Pero hallar un lugar en el exilio donde ver el sol, viniendo de un país
donde escaseaba la vida y arribando a otro del cual poco y nada se conocía no era algo para despreciar. Las dos se sentaban y aprovechaban la
escena hasta que se agotaba. Y por unos instantes, gambeteaban esa sensación de no sentirse allá y no estar acá. De todos modos, el accionar de
Analía y sus compañeras nunca se detuvo. Se encargaban de recibir las denuncias de compañeros desaparecidos y las presentaban ante la comisión de
Derechos Humanos de la ONU, con base en París, para que tuvieran repercusión internacional y pudieran horadar el cerco de censura que imponía la
dictadura.
Mantenían contacto con los familiares de las personas que se habían exiliado, luchando contra un enemigo que mata en silencio y cotiza en oro
desde cada vida que se cobra: la tristeza.
Allí estaban una tarde, cuando antes de entrar al recinto, se abrió una puerta de par en par y la figura de Julio Cortázar emergió enfundada en
un sobretodo gris de gabardina. Su rostro pétreo detenido en el tiempo. Alto, cobijando un cuaderno bajo el brazo izquierdo y blandiendo un
cigarrillo en la boca. Con ese porte de enfant terrible que inmortalizó Sara Facio.
Supo decir de él, Haroldo Conti, escritor detenido desaparecido el 5 de mayo de 1976: "Francamente, sigo creyendo que no es una condición sine
qua non estar ahora y aquí para opinar y aún participar de nuestra faena política. De hecho, hay gente que estando aquí es como si viviese en el
Himalaya o aún en la Luna. Los clásicos espaldistas. Son capaces de escribir sobre el Renacimiento o sus aburridos fantasmas apoyados en el mismo
paredón detrás del cual revientan a sus hermanos. Julio, en cambio, y para abreviar, es un ciudadano del mundo al cual no le afectan las
distancias (...) Yo aprecio esto en Cortázar y se lo agradezco y creo que es bueno que se quede allá aunque sea nada más que para eso. Porque
cuando enmudezcan todas las voces, habrá todavía una, salvada por la distancia, que señale y condene, que denuncie y ayude, que movilice y
congregue".
Analía apenas pudo verlo pasar al lado suyo porque estaba de espalda. Sus compañeras, sí. Por el tumulto, un hombro de Cortázar chocó contra el
de ella. Le juran hasta el día de hoy que él se dio vuelta para disculparse. Ella quedó tiesa de la emoción y no pudo devolverle el gesto.
Al terminar la tarde, como hace poco en Boulevard Oroño frente a Tribunales, Analía se abrazó con todos los que hicieron posible el juicio y
castigo a los genocidas responsables de un listado interminable de compañeros detenidos desaparecidos. Y cada tanto, se daba vuelta para mirar. Y
a cada minuto, se acariciaba el hombro.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26936-2011-01-11.html
Soy limitado, primitivo, previsible y sumamente acotado como un gesto. A la par corre mi conciencia tratando de espabilarme a los tortazos. De
vez en cuando, la tibieza roza mi rostro y me despierto de un sueño atolondrado. Alegre y nocturna como la esperanza.
Hay retazos de mi vida, sin embargo, que cuelgo en la soga de claridad cuando se hace la mañana en mi patio, sólo para ver en qué se convierten.
Mientras tanto, yo, leo los diarios. En Internet. Porque en papel se me mueven las letras y las palabras se me piantan, y siempre me parece que
estoy leyendo lo mismo. Y empiezo una vez más. Y, lo mismo. En otras hojas, con otra tipografía, pero en el fondo nada cambia.
Y mientras, de reojo, semblanteo lo que dejé colgado en la soga: esos retazos que se hicieron lugar a golpe de codazos en el sueño y hoy ameritan
ser la única herencia que me explica que anoche dormí, volé, me perdí en las horas desiertas o me desencontré caminando en una senda de hojas
amarillas de miedo, sepias de aburrimiento, durante no sé cuánto tiempo. Y de tanto abrir tranqueras, caminar y caminar, supe, con tamaño
disgusto y sinrazón, que todos los caminos nocturnos son efímeros, tenues, renuentes a la lozanía. Culminan a las siete menos cuarto de la
mañana. Todas las mañanas. Y, mañana, luego de garabatear esta balada en LA Menor, así también será.
De todos modos, aún conservo en la soga del patio ese galimatías que suspiré al levantarme esa otra mañana que ya ni me acuerdo. De lejos, no
parece tan descabellado. Tampoco parece lo contrario. Esto también hay que decirlo. Se parece a esas hojas quemadas por el sol en un otoño pleno,
ya crecido, insobornable. Son esas mismas hojas las que denotan que la opacidad está en pleno cauce y su sintonía fina se va a descansar hasta
que llegue su próxima actuación. Y lo hace porque sabe que su devenir es cuestión de tiempo. No hay entrevero cuando piensa en lo que va a venir.
En su devenir no hay dudas. Es pura certidumbre ¿No se aburrirá de tanta certeza?
Se cuelga y se descuelga el tiempo. Yo lo conservo en botellitas. Tiempo en conserva, al vacío. Con tapa a rosca. Es una máquina que me prestó un
amigo muerto. Dice, que a él, no le sirve para nada. Decidí callarme la boca y pedírsela a préstamo por un año. A él, le pareció perfecto. A mí,
me dio lo mismo. Me dio pena confesarle que a nadie le sirve para nada enfrascar el tiempo. Es que lo vi irse tan contento, radiante, lleno de
aire los pulmones, los pelos al viento hirviendo de gratitud, silbando una canción de Los Beatles; que pensé en no decirle nada. Y guardarme la
tristeza. Para mí.
Me preguntó sobre lo que había colgado en la soga, esa mañana:
¿Qué son esos retazos que colgaste en la soga, enfrentados a la claridad cuando se hace la mañana en el patio? ¿Para qué los colgaste? ¿Sólo para
ver en qué se convierten? Lo miré fiero. Fijamente, durante tres años y medio. O algo más; no me acuerdo. El tiempo pasa tan rápido...
Al cabo de ello, le cebé un mate amargo y miré hacía allí, en esa opacidad que da el patio cuando es de tarde, y lo único que queda de la mañana,
es esa gota de rocío que se quedó a vivir en el vientre de una hoja, esa gota que hizo de su suspensión, de su levedad, agotamiento en los
relojes, arena sobre los párpados en un abrir y cerrar de ojos, pausa para la muerte y sus estragos. Bruma en los dedos.
¿Qué? -le pregunté.
Eso -me dijo- y señaló con el índice hacia la boca enmohecida de algún túnel del tiempo que, por pura y absoluta casualidad, da hacia la puerta
de mi cocina que comunica con el patio.
¿Eso que cuelga de la soga? ¿Prendido con palitos de madera?
Sí, eso -contestó devolviéndome el mate. ¿Qué es?
No sé -respondí sincero.
Ah...
Deben ser de otra vida?
Mi amigo no es de andar soltando palabras porque sí. Agarró el mate, lo vio lavado y le cambió la yerba. Después, sacó unos bizcochos que compró
en una panadería de Avenida del Rosario y Lituania y puso la pava al fuego. Cuidá que no se hierva el agua, me dijo. Yo me voy un par de años a
mirar qué es eso colgado en el patio de tu casa. Ya vengo.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26839-2011-01-04.html
Ese sábado al mediodía llegué antes que ellos para reservar el parrillero. En medio de los aprontes, los vi llegar a los dos. Venían con ese
aplomo que se porta al hablar de mundos ajenos. Parecían dos delincuentes sacados de una película de vaqueros. Yo no soy de ir al cine. Algunas
tardes, la piba que las vende a tres por diez en la esquina del Supermercado, me cuenta las últimas que salieron. Nunca se las termino comprando.
No es por miserable, vos vieras la piba que bien que las cuenta.
Lo cierto es que yo no esperaba que Media Res viniera al asado. Sólo lo esperaba al Bocha. Con él, nunca hubo historia. Con el otro, sí. El apodo
se lo ganó porque una noche se durmió borracho sobre la vía del tren. Tuvieron que amputarle un brazo y una pierna. "Por suerte fue del mismo
lado", bromeaba cuando se le calentaba el pico.
Un domingo nos enfrentamos en la final de un torneo de fútbol en el club "Sol y Sombra". El partido fue palo y palo. Terminamos empatados: dos a
dos. Fuimos a penales. Media Res atajaba para el equipo contrario apoyado en su muleta. Por dentro yo rogaba que no, por favor que no. Pero sí:
me tocó patear el último penal. El de la definición: si la embocaba seguíamos. De lo contrario, alpiste.
Me castañeaban las rodillas. Mi secreto era no mirarlo por nada del mundo y juntar bronca por todas las veces que, de chiquito, pasaba por la
vereda de su casa y él estiraba la muleta a propósito y yo caía destartalado, con el dolor en el orgullo, la bronca en la rodilla que sangraba y
las risotadas de todos los atorrantes que le hacían la segunda.
Todo eso lo concentré en mi botín derecho.
Le amagué como lo hace un jugador de mi categoría y se la tiré esquinada, abajo. Iba como pidiendo permiso. Sí, ya sé que se la tiré para el lado
donde le falta la pierna y el brazo. ¿Pero qué esperaban que hiciera? Yo soy un goleador. Sobre mi espalda descansa la ilusión de miles y miles
de hinchas que, todos los sábados por la tarde, van al club y me alientan. Me piden que sea demoledor, que los destruya. Además, la amistad es
una cosa y la competencia es otra. Ya habrá tiempo de tomar un porrón y charlar sobre esos temas. ¿Qué me voy a poner a explicarte ahora?
La cosa es que, con la pelota en el aire, salgo corriendo hacia el corner para celebrar con los muchachos a través del alambrado, mis compañeros
abrazándome, besando la camiseta y la medallita, la bocina del Rastrojero con el que se movía el cuerpo técnico atronando. Y la gloria, hermano:
¡la gloria!
En eso veo de refilón que Media Res lanzado hacia el otro lado, estira la muleta en un gesto último, desesperado, y con la punta de goma para
apoyar sobre el suelo, rasguña la pelota, ésta se desvía, pega en el palo y sale hacia afuera despacito a buscar abrigo en los pies del director
técnico contrario, que tira la damajuana y grita hasta estallar: ¡que salieron hijos nuestros, hijos nuestros morirán!
Hubiera preferido que un francotirador hiciera puntería en mi pecho, que la tierra se abriera bajo mis pies y la lava de un volcán me devorara
entero, las plagas del antiguo testamento multiplicadas por trece o peor aún: que mi novia, la Denisse, me metiera los cuernos con Gaspar, el
dueño del gimnasio.
Entre la polvareda, yo era una máquina devastadora de lanzar piñas, patadas y puteadas a mansalva. No se sabía a quién le pegabas y de quién
recibías. Era lo de menos. Me sumé a la muchedumbre que le pegaba al referí y en un segundo momento, pasé al otro bando y empecé a defenderlo. No
podía diferenciar de qué lado debía posarse el fiel de la balanza. Es más, si agarraba una balanza, se la partía en la cabeza al primero que se
me cruzara.
Cuando divisé a Media Res me le fui al humo. Revoleaba la muleta repartiendo golpes a todo aquello que se le acercara a un metro y medio a la
redonda. Parecía una hélice humana. En la carrera, arranqué un banderín y lo encaré con el palo. Lo tenía en la mira. Todo un arsenal de tácticas
y estrategias virtuales que había estudiado del Counter Strike, en interminables horas con el culo en la silla del ciber, se disputaban para ser
puestas en práctica.
Con el palo lanzado al aire, siento que me camisetean y caigo como en cámara lenta de espalda al piso. A poco de revolcarme de dolor, entreabro
los ojos y lo veo: era el Bocha. Desparramado como estaba, de cara al cielo, me puso el botín de metalúrgico número cuarenta y cuatro sobre el
pecho con la puntera de acero hundiéndose en mi garganta. Por un segundo tuve la ilusión de gritar, pero a cambio, sólo pude lanzar un quejido
que se fue apagando a medida que el bocha me apretaba con el botín. Estiró el cuerpo todo lo que pudo y se agachó hasta rozarme la nariz. Hasta
el día de hoy siento ese aliento rancio sellando mi vergüenza.
Aguantátela, pendejo. Lo que pasa en la cancha, queda en la cancha me dijo.
Desde el suelo, lo vi alejarse hacia el kiosquito. Mientras empinaba una damajuana, me soltó un último consejo:
¡La próxima vez tenés que ser más bicho, apuntale al balero!
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26207-2010-11-17.html
Dice que no sabe. El cura de sesenta y pico de años venido de España, dice que no sabe. Pregúntenle al director de la escuela, grita, agitando
ademanes que se deshacen en el aire. Que tampoco le interesa saber, dice. Y pone cara de ogro: "No me pregunte más, señorita, por favor". Y
quiere dar por terminado el diálogo cerrando la puerta de madera con herrajes de antaño. Pero no puede cerrarla porque la periodista del canal
local de cable, prepotente, de cruda belleza, le pide que espere, quiere hacerle otra pregunta. Y mete el pie y aguanta la estocada del cura que,
con sólo un cuarto de cara asomando por el hueco que deja la puerta entornada, le ordena que se retire, que lo deje en paz.
Es en ese hueco que deja la puerta entornada donde ella mete el micrófono, y le pregunta si es verdad que al salir la ley de matrimonio
igualitario sonaron las campanas de su iglesia celebrando la noticia. El cura le empuja el micrófono y le lastima la cara, gesto que lo único que
logra es redoblar la apuesta de la cronista que le inquiere, con sorna considerable, si forma parte del sector progresista que se está
aggiornando a los signos de los tiempos que corren o si está a favor de adoptar una actitud similar a la iglesia británica, cobrándoles a los
fieles que quieran ver al Papa algo así como unos treinta euros por persona, porque según afirman, las arcas del Vaticano están necesitadas. Y el
cura, ahora sí, empuja la puerta con vehemencia, logrando vencer la resistencia de la periodista que se desploma en la vereda llevándose puesto
al camarógrafo.
Detrás de ella, aprovechando el momento de incertidumbre que reina en la escena, el grupo de alumnos que le gastó esa broma haciendo sonar la
campana en la madrugada y que, al día siguiente, difundió la noticia con video incluido en Facebook, Youtube, Twitter y Flickr, sale del colegio
al grito de: ¡cam pa na zo!, ¡cam pa na zo!
Mientras el camarógrafo y la periodista se recuperan de la caída, un sacerdote joven, quizás aún seminarista, con pelo corto y peinado con raya
al costado, de sotana tableada y planchada que le llega hasta los pies, zapatos acordonados y lustrados, llega hasta la puerta de la parroquia.
Sin recibir respuesta, golpea incesantemente queriendo ingresar hasta que desde el interior de la misma, la voz desencajada del cura de sesenta y
pico de años, asoma por encima del bullicio que se amontona en la vereda: ¡fuera de mi parroquia, arpía, prostituta, hija del demonio! ¡Voy a
llamar a la policía!
El joven sacerdote trata de hundir más y más su cara en la madera añosa de la puerta parroquial y ni se le pasa por la cabeza mirar hacia los
chicos que desbordan la vereda gritando: ¡a bri le al cu ra, la puta que te parió!
Al descubrirlo, la periodista atropella al joven sacerdote que se pela los nudillos golpeando la puerta con preguntas tales como: ¿tuvo algo que
ver con el campanario? ¿Qué opinión le merece la ley que permite el casamiento entre personas del mismo sexo? ¿Usted y el otro sacerdote son los
únicos dos hombres que comparten la casa parroquial?
Y el sacerdote joven, quizás aún seminarista, transpira y la hilera de gotas de sudor arma una larga cadena que llega al piso. Y, desde allí,
copiando la pendiente que tiene la vereda fruto del levantamiento de las baldosas por las raíces, ingresa por debajo de la puerta mezclándose con
las lágrimas del cura viejo que está adentro. No sabe muy bien porqué, pero llora. Lo hace de la peor forma que hay para llorar: en silencio. No
grita ni putea, se muerde los labios. El, justamente él, que hizo de la persecución su bandera y de la delación una insignia. Por eso llora.
Porque sabe.
Y el sacerdote que lo espera afuera también sabe pero es joven, y le falta ese ingenio que tienen los curas longevos como él. El que está afuera
no conoce los códigos. Y teme que, al dejarlo solo, afuera, se le suelte la lengua. Que la periodista bífida lo someta a un interrogatorio del
cual no sepa cómo salir. Que mancille la institución, que publique una infamia imposible de doblegar y su superior lo llame. Y se lo reproche de
mala manera.
¿Pero en qué quedamos?
Perdónelo monseñor, es muy joven -replica el viejo cura.
Si sucede algo voy a hacerlo responsable.
Aún no sabe cómo manejar sus impulsos...
¿Quiere que seamos el blanco móvil de la prensa?
No, monseñor.
¿No le fue suficiente con las denuncias de abuso infantil?
Le ruego lo disculpe.
Es la última vez que lo perdono -y le apunta con el índice.
Le estaré eternamente agradecido, monseñor.
Dígaselo claramente a su protegido.
Lo haré.
Y ahora, vaya.
La puerta se abrió de golpe. Un brazo decidido lo tomó de la solapa del saco y, literalmente, devoró al joven sacerdote hacia el abismo oscuro de
la parroquia.
En medio del griterío de los pibes, la periodista creyó escuchar una frase desvergonzada que iba dirigida hacia ella. Sonrió socarrona. Se quitó
los restos de tierra de su campera zamarreándose los hombros, encaró al camarógrafo y le dijo:
Apagá la cámara, Cachete, que la nota ya está. Y metele que hay que llegar al canal antes de las siete de la tarde. Al llegar al auto, el
camarógrafo se detuvo.
¿Qué pasa? -se fastidió ella.
¡La puta que los parió! Los pibes nos desinflaron las dos gomas de atrás.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25467-2010-09-24.html
Silencio. El más puro y soterrado silencio. No es hora de apabullar la bocanada final con palabras. Dejá la boca abierta, la lengua caída, los
pómulos pesados como piedras. Agachá la cabeza. Que el fuego nos consuma mansamente, de a poco. Hemos tallado la piedra del agobio como nunca
nadie antes.
Ya es tarde, mi amor, muy tarde...
Las arañas han hecho nido y eso no se consigue en una sola noche. Si nada se mueve en derredor, avanzan. No deben presentir ni el hálito de un
ángel (si es que los ángeles a esta hora y por estos lugares aún se atreven). Al mínimo pestañeo se ponen en guardia. Y esperan, alertas, que se
aleje la acechanza. Hasta que en el último pliegue de su sombra, no se perciba más nada y lo único que quede en pie sea la ceniza de un recuerdo.
Entonces, guardan el veneno, repliegan las argucias. Tejen, traman, y se zambullen sin más, al hábito ancestral de las telarañas y sus abismos.
Esos espacios tan nuestros... los abismos. De hace tanto. Y músculos quietos que huelen a zozobra.
Y no vale llorar. Por mucho menos que eso, dicen que dios hizo desaparecer dos ciudades. (De acuerdo, no fue tan así. Pero decime la verdad, ¿no
hubiera estado bueno escapar del patetismo?)
Ni siquiera se nos ocurrió mirar al techo u otro rincón oscuro donde inhumar el alba. Es lógico, estamos abocados a lo nuestro. Los ciegos, como
vos y yo, amamos hasta el hartazgo compartir la pesadilla porque así es como se diseca el amor.
Nublada, eso dijo: hoy estoy nublada. Acá en el suelo, en el piso. A la altura de los pies. Un celaje brumoso que lo único que requiere para ser
visto es eso: cerrar los ojos. No es indispensable perderse, pero convengamos que tiene un halo voluptuoso que te gana.
Que tejan las arañas. Dejémoslas tranquilas. Ya habrá tiempo de hablar de esto. Hoy, ya no soy para nadie: y cuando digo nadie, también digo
estertor, poder, revancha y semilla.
Te preguntarás y me preguntarás, ¿cómo se llega hasta aquí?: tragando el humo, respirando hondo, tosiendo de a ratos. Supongo que para nacer, ha
de haber antes un tiempo muerto donde se desangre el calendario para volver siendo nada.
Alertas, eso sí, al sendero que decidan las arañas.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24845-2010-08-13.html
Volvió de la escuela a las corridas. Las cuatro cuadras hasta la casa, las hizo atropellándose con la mochila, pisando charcos, cruzando la calle
casi sin mirar. Entró por el pasillo porque esa puerta estaba abierta todo el día. Al llegar al patio, no encontró olor a torta ni a tapitas de
maicena para armar alfajores.
Ya dentro de la casa, la segunda señal fue el orden en la cocina. El horno limpio, impecable. Los repasadores extendidos sobre la mesada.
Respiró hondo.
Se acordó que en la mochila tenía un alfajor. Lo rescató entre cuadernos y escuadras. Estaba un tanto aplastado y se lo veía hecho migajas. Le
quitó de forma suave el envoltorio tratando de no desarmarlo más y lo acomodó en un platito. Buscó la velita que le encienden todos los siete de
Agosto a San Cayetano para que nunca en la vida falte el trabajo, y la introdujo despacio, en el centro del alfajor.
Se sentó frente a él, ansioso. Miró hacia los costados dejando pasar el tiempo. Luego se levantó y recorrió la casa. No había nadie. Volvió a
sentarse frente al alfajor y esperó otro rato. Como cinco minutos. Para él, fue toda una vida. Notó como las sombras de la tarde se aquerenciaban
sobre la ventana, ganando el interior de la cocina.
Cagamos -dijo. Se hace de noche.
Tomó un fósforo y encendió la velita. Se acomodó bien en frente del alfajor y empezó a cantar: ¡Me los cumpla feliz, me los cumpla feliz, me los
cumpla, Betito, me los cumpla feliz! Y continuó: ¡Bien, bien, bien! Aplaudió lo más fuerte posible. Comenzó a golpear la mesa. Las manos
calientes, las palmas rojas de tanto aplaudir. La voz ronca de gritar.
¡Bien, bien, Betito! ¡Viva, Betito! ¡Bien, bien! ¡Me los cumpla feliz, Betito!
En ese momento, llegó el papá.
Tenía cara seria. Un gesto agobiado. Solo atinó a mirarlo. Tiró la campera en la silla y siguió hasta el baño. El intentó esperarlo sentado hasta
que saliera. No pudo. Se levantó y salió tras él.
Papá, papá -llamó delante de la puerta.
Nada.
Papá?papá ¿te falta mucho?
Silencio.
Ya casi se iba cuando escuchó tirar la cadena. La puerta se abrió y su figura, que casi no cabía en el marco, emergió.
Hoy es mi cumpleaños, papá -explicó. Por eso gritaba.
Sobre la cara del padre se aposentó una sonrisa a medio hacer. En ese instante, llegó su hermana. Lo abrazó dándole una cantidad enorme de besos.
Volteó hacia el padre y exclamó:
¿Lo saludaste, papá? ¡Es su cumpleaños! ¡Dale, saludalo!
Ya sé, ya sé, -ensayó el padre con la sonrisa a medio hacer. Ahora, un poco más desnuda. Estaba en el baño, contestó ¿Cómo no me voy a acordar?
Su hermana empezó a hablar y contó que la tía Concepción iba a traer chocolate para tomar y una torta de vainilla. Aprovechó para darle su
regalo: un chocolatín Jack. Y para colmo, con el caballero rojo de sorpresa. Saltó de alegría por toda la casa.
Se sentaron a esperarla. A cada tanto, como al pasar, él espiaba el rostro de su padre que seguía en silencio. Las manos entrelazadas sobre la
mesa. Los nudillos maltratados, fruto del frío que azota la ciudad cuando amanece. No se les hizo tan larga la espera porque la tía llegó al
ratito. El chocolate estaba riquísimo. Como siempre.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24707-2010-08-03.html
Hay un pasillo que me espera, tan cruel como largo y mugriento. Lo he caminado tantas veces. Pensaba en eso cuando miré mi tobillo y leí su
nombre. Tomé el trapo más a mano y fregué sobre el tatuaje sin pausa. Sentí un ardor prematuro pero firme que se agrandaba a medida que menguaba
el movimiento. Luego, fue un puntazo infame que me recorrió toda la pierna. Salté hasta llegar a la pileta del baño y dejé correr el agua. Al
principio, nada. Al segundo siguiente, creí desmayarme. El frío caló por la piel escaldada. Quedé con la boca abierta tirado en el piso de cara
al techo. El dolor por toda la pierna adormeciéndome el pie y endureciendo mi vientre tanto como una piedra.
Siempre pienso lo mismo: son jodidos los recuerdos. Todavía no he logrado despegarme de él y ya tengo una mancha roja a punto de estallar en
sangre, cubierta por una pielcita violácea tan delgada como si fuese de seda. Yo me opuse al tatuaje hasta que pude. Pero su insistencia hizo que
cediera y me impusiera su sello epidérmico. Ese rótulo eterno que nunca me abandonará.
Hacía poco que había dejado de consumir y los consejos que me daban los hermanos de la iglesia ya no eran suficientes. Las noches eran
interminables. Cuando no dormía, comía. Eso me calmaba como casi ninguna otra cosa en el mundo. Cuando no quedaba comida la buscaba. Le hacía el
amor toda la noche, todos los días. Se escondía ella. Me mentía. Decía que se iba a la casa de una amiga y terminaba en la casa de otra. Me ponía
más ansioso. Por eso me acosté con la amiga. La tipa se puso nerviosa porque me di cuenta que mentía. La cubría. Me abalancé y se resistió hasta
que pudo. Además, siempre le tuve más ganas que a cualquiera. Y lo cuento porque ella tuvo la culpa: yo no perdono la traición.
La encontré tres días después. De no haber sido por la madre hubiera tardado menos. Al paso de las horas, caí en la cuenta de que la vieja me dio
pistas falsas. Apenas la vi, supe que sabía todo porque, a boca de jarro, me preguntó si había lastimado a alguien.
El amor no lastima, le dije es la traición, hija de puta.
Fue un solo tajo: el tiempo, el amor y la mentira. Me tatué un recuerdo abrigado al sol de un amanecer sentado en el tapial de su casa. El tajo
empezó ahí. Nació en sus labios, siguió por el orificio de los ojos para enredarse en su pelo.
Yo había dejado de consumir, estaba nervioso y no la encontraba. La buscaba para hacerle el amor día y noche. ¿Qué más quiere una mujer?
Me llevan a la enfermería. El aire apesta a humo y muerte. Pero yo no soy de los cobardes que atrasan los relojes. Aún conservo la esperanza de
que si borro el tatuaje, el tajo se cierre y empiece a correr el tiempo desde cero. Porque el mío se quedó allí: en esa huella de tinta.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24433-2010-07-14.html
Esa mañana el patrón estaba ocupado como nunca. Ni siquiera pudo levantar la vista una sola vez en toda la jornada. Por eso, apenas se hizo un
claro, enfiló hacia la casa en busca de comida. Hacia allá iba cuando se encontró con el puestero y un sobre en sus manos. Apenas lo semblanteó,
el patrón lo atoró.
¿Qué te pasa a vos?
Tengo una carta para usted, patrón le dijo temblando.
¿Y yo cuándo te pedí una carta? -prepeó.
El puestero se intimidó.
Bueno, dámela apuró el patrón estirando la mano o dejala en la camioneta y después la veo, ¿es una citación?
El puestero parecía una estatua. El sobre crujía en sus dedos. Tomó coraje.
Se trata del Atilio. El torito se enteró de todo y está muy mal, patrón.
¿Cómo que se enteró? ¿Quién se lo dijo?
Se enteró, patrón, se enteró. No sé cómo, pero lo sabe. Está hecho una piltrafa terminó de decir el puestero casi moqueando. Bajó su gorra
cubriéndose buena parte de la cara y enfiló hacia el monte de eucaliptos. Se sentó con la cabeza gacha, exhalando aire y angustia.
El patrón advertido de la gravedad del tema, tiró lo que cargaba en las manos y sacudiéndoselas para quitarse la tierra, fue hasta él. Cuando lo
vio con ese talante, le preguntó si era para tanto.
Creo que sí, patrón.
Damela de una vez por todas, carajo -masculló entre dientes.
Antes que nada, quiero que sepa que yo no tuve nada que ver con este asunto. La última cosa que haría en este mundo sería hacerlo sufrir al
Atilio.
El puestero tragó saliva. Y continuó.
Fue la Filomena, patrón. Ella fue la que lo anotició al Atilio del destino de la Clodomira. Esa Filomena nunca fue buena leche y usted eso lo
sabe. Animal ponzoñoso como esa vaca no conocí nunca en estos campos, patrón. ¡Que ganas de arruinarle la vida al Atilio! Mire que hay que ser
mala entraña, eh?
El patrón tomó la carta desconfiado, sin dar demasiada credulidad al alegato.
¿Cómo encontraste la carta? le preguntó.
La encontré en el corral, cerquita de donde suele echarse el Atilio. Se la quise devolver y no me la quiso recibir. Le pregunté si necesitaba que
la enviara y me contestó que hiciera lo que quisiera. "No me importa más nada", me mugió. "¿La puedo leer, Atilio?", le insistí respetuoso. "Me
da lo mismo", me respondió. "Tirala, quemala", alcancé a escuchar. Y yo se la traje, patrón. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Hace desde anoche que
tengo este entripao que me parte el pecho.
El patrón se asestó las gafas y rumbeó para la casa, buscando la reposera de la galería. El sol de la media tarde era débil, cómplice de la
escena. Rompió el sobre, estiró el papel y leyó:
"¡Como te extraño mi gordita! ¿Cómo escapar de este chubasco de sentimientos y recuerdos que acuden a mí? Se me hace que no hay horizonte ni
llanura que pueda contener mi desencanto. Tus manchitas me persiguen. Tus patas guían mi destino, mi frenesí. Ni los alambrados con sus boyeros
pueden detener mis ganas de estar otra vez con vos, sobre esta gramilla que fue, tantas veces, testigo de lo nuestro. A veces, cuando la tarde
gana el aire y mi jornada declina, te busco detrás del establo, debajo de los eucaliptos, cerca de los durazneros. No me convenzo de que no
estarás más por aquí. Nada saciará mi sed. Nada superará mis deseos de rozar tus ubres. Desde el primer momento, supe que no eras igual a las
otras. Y si bien siempre fui responsable de mi trabajo; y vos eso lo sabes muy bien, mi princesita de cuero, no veía la hora que el puestero nos
reúna tras la alfalfa, cerca del molino de viento -mudo testigo de nuestros encuentros para volver a sentir tus mugidos. ¡Como extraño el
inquietante titilar de tu cencerro! Te confieso que más de una vez el patrón me azotó creyendo que con ese infame rebenque podría hacerme
desfallecer en mi obcecado intento. ¿Recordás el día que nos escapamos aprovechando la siesta del arriero y nos bañamos en el remanso? No habrá
ninguna otra tarde igual. No habrá ninguna. Aún hoy huelo en el aire ese aliento a pastito tierno en tus mandíbulas. Aquella diáfana tarde el
mundo se abrió ante mí y fuiste mía. Al fin pude estrecharme en tus ancas, mecerme en tu cuero mojado y encontrarme en tus ojos desorbitados de
pasión y lujuria".
"Hoy ya nada de eso cuenta para mí. Ya no más olor a leche tibia ni paseos matutinos con soles a media asta. El ocaso de este imperturbable
afecto, fue decretado por un abastecedor de matarifes. No tengo consuelo. Sólo me queda esta diatriba banal. Este epílogo que nunca busqué. Y si
bien la vida sigue, tal le cabe a un semental de mi porte, ninguna será como vos, mi Clodomira. Ninguna tendrá tus cuartos. Ninguna me espantará
las moscas como vos en el verano. Nada me hará olvidar tu fina y estrellada cola sembrando en mi alma, semillas de amor eterno. Siempre tuyo,
Atilio".
El patrón alzó la vista y pitó el cigarro hasta sentir el ardor quemándole los dedos. Bajó el ala de su sombrero y resumió en un solo lagrimón,
tanta tristeza junta. Tanta desazón rastrera.
Vamos, patrón, no se esconda -dijo el puestero al percatarse. En estos casos, también es de hombre llorar.
El patrón subió a la camioneta sin decir palabra. Atrás quedaron los bretes, los paisanos y el Atilio. El toro semental más taimado de la zona,
quebrado en su temple por inquinas del corazón.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-23735-2010-05-27.html
Hace años que vivo de esta forma. Hace mucho más tiempo que me expando de esta manera, y sin embargo, no quieren darse cuenta o simplemente
simulan. Me piden que demuestre por qué me reproduzco, que de una vez por todas delate un rasgo que dé cuenta de ello. Como si vivir de esta
manera fuera poca cosa. Como si perdurar en este estado, durante todo este tiempo, no fuera suficiente. ¿Qué buscan? ¿Qué gesto esperan de mí,
que ya no haya demostrado en todos estos años de aislamiento? Nadie, de todos los que hurgan en mi vida, que no son pocos se ha dignado a
estudiar mi anatomía con un poco de respeto. Buscan formas que no pueden tolerar. ¡Son tan tontos! No han podido superar sus propias lógicas, sus
principios éticos y pretenden entenderme. Me dan pena estos hombres.
Consumen horas de trabajo analizando mi metabolismo. Cuándo voy a mutar o qué tipo de proteínas contengo. ¿Para qué? Para nada. Y si logran
descubrirlo, se desayunan con que esa conclusión es el origen previo a otro origen.
No tienen paz.
Ya casi ni me detengo a pensar la sombría obsesión que los consume. Buscan y buscan en cada organismo, con el propósito de certificar cuánto de
misterio tiene la vida de un ser vivo en una probeta. Por mí, pueden hacer lo que quieran. Hoy esto, mañana aquello. Lo único que prosperará
serán las revistas científicas: la ciencia ficción que los engorda.
Aún en este encierro, me siento mucho más libre que ellos. Puedo perdurarlos. Lo saben. Saben que poseo suficiente gimnasia para inquietarlos.
Eso los vuelve inestables, impredecibles hasta el hartazgo, aún más vulnerables.
Sé, porque lo cuentan aquí, que no pueden dormir por las noches. No escuchan a sus esposas ni atienden a sus hijos. Van de aquí para allá con sus
teléfonos móviles descartando hipótesis, comprometiendo su ya debilitada salud e infligiendo dolor y pena en derredor.
Hay una paradoja que los ha desvelado desde que el tiempo es tiempo: si me libero, los condeno. Condeno a millones liberando mi cuerpo. Infiero
que resulta insoportable para ellos aceptar que una prueba de vida los pone en riesgo, en el umbral de la tragedia, después de haber comprado en
abyectos mercados todas las respuestas. Necesito nada más que un intersticio. Un espacio efímero para que todas sus enciclopedias se desplomen en
un instante.
Los quisquillosos de la comunidad científica pondrán el grito en el cielo. Se golpearán el pecho relinchando jeroglíficos interminables.
Organizarán simposios y congresos donde se granjearán palmadas en la espalda. Por la noche, volverán borrachos después de pulverizar su
impotencia en célebres burdeles.
El camino de las horas hará lo suyo y la decisión será historia.
Lo que saben y callan es que nunca trabajo solo. Sin esa aquiescencia por parte de ellos, mi ciclo culminaría en un tubo de ensayo, a merced de
los improvisados. Lo que saben y callan, es que el enemigo no está en nuestras filas sino en las suyas. Lleva tiempo, pero al final alguien abre
la puerta, descifra una clave y me libera. Su codicia y deshonra han sido más letales que todas las bacterias y virus que hayan asolado esta
tierra.
Entonces, llega mi turno. Cumplo con mi trabajo. Exploro cada dimensión de aire que me hace falta y seduzco a cuanto sistema inmunológico se me
presenta. Al tiempo, suenan las alarmas. El mundo entero implora por ayuda. La profecía autocumplida sale a escena y devora a miles de incautos.
¡Es el momento en que llegan ellos, muñidos de una batería de soluciones tan parecidas a las que se usa en las guerras! Luego, hay disculpas por
los efectos colaterales de siempre. Tiempo después, los noticieros cierran el telón con entrevistas y algo de estadística.
Es así de simple. Así de siniestro.
aazappa@hotmail.com
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-23331-2010-04-27.html
Caminó toda la noche sin rumbo por el monte. Detrás de cada paso suyo, detrás de cada sombra con la que se topó, lo acorraló un arrebato de
venganza. Todas las lechuzas le salieron al paso. Todos los caranchos volaron en círculo sobre él. Cada ramita seca encarnó en un quejido.
No supo si en algún momento, estando de pie o quizás apoyado sobre el tronco de un árbol, pudo conciliar algo de sueño. Lo cierto fue que, en
algún instante de su deambular, miró hacia arriba y se percató de que el sol ya se entrometía entre el follaje con sostenido ahínco. A pesar de
la hora temprana, sintió el peso del calor sobre su cabeza.
Decidió volver a la capilla. No tardó en encontrarla. Ni siquiera tuvo que desenfundar su machete sucio de sangre para despejar la maleza y
hallar el sendero.
Apenas llegó, la sorpresa lo dejó atónito. Tardó pocos segundos en reponerse pero los suficientes como para dudar entre irse o quedarse. Decidió
quedarse. Recorrió el perímetro de la construcción deteniéndose en cada crujido, por mínimo que le pareciera. La rodeó sin atisbar nada fuera de
lugar, nada raro. Todo estaba allí, en su lugar. Salvo el cuerpo. El cuerpo no estaba donde lo había dejado.
Juntó valor y se acercó hasta la puerta de entrada. Fisgoneó sobre cada fina grieta que le ofrecía la madera. El contraluz del interior no lo
favoreció. Por ello, se tomó su tiempo en observar minuciosamente el interior desde cada ángulo, desde cada esquina, sobre cada una de las
hendijas.
Todo igual, salvo el cuerpo.
Fue entonces que se retiró unos metros y buscó huellas o algún indicio que le permitiera corroborar que había escapado. La poca gramilla no
demostraba signos de pisadas ni había en derredor muestras de pasos. Ni siquiera la puerta estaba violada ni rota su cerradura.
Decidió entrar.
En principio, creyó apropiado romper el vidrio de la ventana que se hallaba sobre la pared derecha. Esa maniobra, pensó, le daría más tiempo para
recuperarse al entrar al recinto. Luego concluyó que sería mejor ingresar por la otra ventana, la de la izquierda, ya que lucía sobre el vidrio
unas grietas de gran tamaño. También lo descartó. No estaba seguro de lograrlo y la mínima posibilidad de otorgarle una ínfima ventaja a su
víctima desalentaba de plano cualquier intento. Se lamentó de haber tirado la llave la noche anterior hacia la espesura del monte. Desesperado,
sacó su machete y con tres golpes fuertes pudo franquear la entrada, destrozando la cerradura. Dio un paso atrás, estiró el brazo que blandía el
arma y la puerta se abrió quejumbrosa. La oscuridad del interior se vio desbordada por la luz del día. Tuvo que apelar a todo el coraje del que
presumía para soportar la escena. Confirmó, de modo palmario, que el cuerpo no se hallaba donde lo había dejado. Ese cuerpo que había dejado
sobre el piso, tras haberle asestado siete machetazos, se hallaba sentado sobre el primer banco de la capilla, frente a la imagen del Cristo.
Gritó. Sin pensarlo, le gritó. Tres veces el nombre de su víctima retumbó en el templo sin recibir respuesta. Por fuerza del viento, la puerta se
cerró tras de él, dejándolos encerrados. Por segunda vez en menos de un día, los dos se hallaban solos dentro de la capilla, compartiendo el
mismo espacio.
Temblaba. Sí que temblaba.
Aferró su machete con la mano derecha. Sobre la otra, enrolló su campera a modo de escudo y a resguardo de un ataque artero e imprevisto. Avanzó
a pasos lentos aguantando la respiración, tratando de guardar un poco de calma. El pecho le estallaba en estremecimientos. Dio cinco pasos en los
que, prácticamente, arrastró los pies a través del pasillo de bancos. Luego arremetió a grito limpio, asestando sobre el cuerpo que se hallaba
sentado en el primer banco, frente a la imagen del Cristo, un machetazo seco a la altura del cuello que casi lo decapita por completo. El grito,
la cabeza casi rebanada y él, rodaron por el suelo de la capilla.
Quedó tirado boca arriba, ganado por el pánico. Desde allí, observó cómo, a esa hora de la mañana, el interior de la capilla mostraba un gris
añil en las paredes y un fondo de tintes sepias sobre el altar, se entreveraban con el verdín que surgía desde el zócalo.
Permaneció así un largo rato, respirando humedad. Reflejándose en un par de ojos desparramados por el piso, a tan solo unos pocos centímetros de
los de él. Los halló penetrantes y filosos como su machete. Lento, se hincó de rodillas. Su frente ardía. Sus manos temblaban apoyadas sobre el
suelo. Postrado, hecho un ovillo, lloró un rato en silencio.
Se levantó y del bolsillo del pantalón sacó un pañuelo. Lo refregó varias veces en el charco de sangre que avanzaba sobre el piso, y con el,
garabateó sobre el altar: "hijo e mil puta". Lejos, se escuchó el galope de unos caballos. Huyó, atropellando la pesada puerta de entrada,
dejando caer el machete sobre el piso.
Afuera, lo esperaba el día.
No hizo más de doscientos metros cuando las primeras volantas rumbo a esa capilla internada en el monte, se cruzaron con él. Una capilla, solía
declamar el sacerdote desde el púlpito, construida para que ese pueblo olvidado de dios y del diablo recibiera, al menos una vez por mes, los
sagrados misterios de la fe.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-23051-2010-04-06.html
El tipo estaba nervioso esperando en penumbras al amigo que venía abofeteándose, a diestra y siniestra, por culpa de los mosquitos. Insultando,
por ende, al universo por completo. La cita era en el Parque Sur, sobre el arroyo Saladillo, precisamente a la altura de la quebrada. El amigo
emitió un "hola" apagado, con rostro enjuto. El calor era de caldo sopero. Su talante empeoró cuando, al levantar la vista, vio la cara sonriente
de Julio.
¿De qué te reís, Julio? fue la pregunta como un estilete.
Negro, todavía no te diste cuenta. ¿Te fijaste en el arroyo?
Entre las sombras recién nacidas de la tarde noche, el negro trató de fijar un lugar, frunciendo la vista lo más posible, tratando de hacer foco.
Casi muere de la sorpresa. Dio un paso atrás y volvió la mirada sobre el arroyo para desechar cualquier artilugio. Con estupor divisó unos bichos
de gran tamaño que se contorneaban en el aire para sumergirse de nuevo en las aguas espesas con cabriolas propias de un contorsionista.
¿Qué carajo son esos pescados, Julio? preguntó estupefacto.
Ahh...viste, ¿pensabas que te había llamado al divino botón? ¡Que sorpresita te llevaste! Son delfines, negro... delfines. Son un fenómeno estos
bichos, los libros dicen que son muy inteligentes. Se comunican con la gente, te ayudan si naufragás. Después de los monos vienen estos en la
cadena... la cadena de la... ¿cómo se llama? Ayudame, negro. ¿Te acordás de ese programa que vimos en el canal de los animales? En ese preciso
momento se me encendió la lamparita.
El negro quedó mudo.
Julio, vos estás loco. ¿Cómo vas a tirar delfines en el arroyo?
Alguien se tiene que ocupar de levantar el nivel del barrio, negro. Viajé al acuario de Mar del Plata, y como le sobraban dos, les hice una
oferta y me los traje. El problema es que son dos machos y yo pensaba vender los cachorros. Apenas tenga un poco de tiempo me los llevo para allá
y ellos me prestan un estanque para que se junten. Estos bichos son un relojito. Cuando tienen ganas están con la idea fija no los para nadie.
¿Y si se escapan?
Está todo pensado, negro. Desde el puente de Ayacucho hasta Circunvalación no van a poder pasar. Puse redes debajo de las dos embocaduras de los
puentes.
¿Me estás jodiendo? le contestó el negro abriendo los brazos como quién toma impulso para volar.
¡No! ¿Cómo voy a joder con un tema tan delicado? ¿Sos loco? Lo primero que pensé fue en eso. Ya te dije que estos bichos son muy inteligentes.
Además, si se escapan, tengo miedo de que les pase algo, que corran peligro. Ya les tomé cariño. De noche se acurrucan para dormir juntos sobre
los botes que están atados en la orilla. Parecen hermanitos.
Che, preguntó el negro con curiosidad recién nacida ¿saben hacer alguna pirueta?
No, piruetas, no. Rutinas, negro, ru ti nas. Vieras como contrastan con el verde de las laderas y el marrón del fondo del arroyo. Cuando el agua
toma el reflejo de las seis de la tarde, el cuerpo les brilla.
Claro, con toda la porquería que tiran del frigorífico como no les va a brillar el cuerpo acotó el negro.
No aclaró Julio nada que ver. Tienen el cuero aceitado, se lubrican solos. Estos bichos son finos.
¿Cómo hacés para darles de comer? preguntó el negro sin dejar de mirarlos.
Comen pescaditos. Me voy hasta el Mangrullo y levanto lo que quedó sobre la costa o lo que tiran las pescaderías de Avenida del Rosario. Les
lleno dos o tres baldes por día.
¿Puedo bajar a verlos? le preguntó a Julio.
Bajá, bajá tranquilo. Tené cuidado de no resbalarte. En la semana voy a arreglar este tema de la costa porque esta zona es muy empinada y yo la
pienso reformar para el circuito de visitas escolares.
El amigo se detuvo en seco a poco de iniciar el descenso. Miró a Julio sin que éste se sintiera mínimamente aludido por lo que había dicho. Se
sentó sobre la ladera y, apartando matorrales y basura, fue deslizándose arrastrando el culo hasta llegar a centímetros de la orilla. Se acercó
al agua para limpiarse las manos cuando un chirrido agudo y potente lo tomó por sorpresa. Quiso escapar y en la carrera, se resbaló cayendo
pesadamente en el barro. Fue cuando los vio de cerca. La sorpresa del primer contacto tornó en estupefacción.
¡Julio! ¡Julio! gritó como poseído.
A más de cuatro metros por encima de él, Julio se espantó pensando en un accidente.
¿Qué pasa, negro? No veo nada desde acá dijo corriendo desbocado, de un lado a otro.
¡Te pintaron los delfines! gritó el negro, buscando desesperado la silueta de Julio.
¿Cómo que me los pintaron? ¿Con qué? ¿Dónde? Te tiro una linterna así me alumbras porque desde acá arriba no se ve nada. El negro la abarajó en
el aire y alumbrándole el lomo a uno de los delfines, le hacía señas desesperadas a Julio para que observara.
El rostro de Julio resplandeció en la noche cerrada. Se reía a carcajadas, mientras le gritaba al negro que era un estúpido. Apenas se
tranquilizó, le contó que él mismo les había pintado el nombre del emprendimiento sobre el lomo: "Delfines del Saladillo. Reserva Natural de la
Humanidad" para que no se los robaran.
Les hice como a las vacas. ¿Cómo se dice cuando las marcan con el nombre del dueño? La diferencia es que yo no les quemo el cuero le contó serio,
alejado de esa carcajada que hace segundos le había quitado el aire. Además completó vos sabés de mi compromiso con el medio ambiente.
El negro repechó la ladera empinada esquivando el barro. Tras suyo, la chimenea del Swift colaboraba con una densa bocanada de humo que cegaba la
noche. Julio charlaba con vecinos que se interiorizaban sobre la posibilidad de presenciar el espectáculo. No lo quiso interrumpir y lo saludó de
lejos, levantando levemente la mano. Tomó Arijón y llegó hasta Ayacucho para sentarse a tomar una cerveza. La noche caminaba lenta, despojándose
de los últimos latigazos de calor. Lejos, como un quejido, los delfines se hacían escuchar.
Estaría bueno comprar ardillas y echarlas en todo el Parque Sur meditaba mientras le traían la segunda botella. Con calma, se sirvió un vaso
tratando que no se le llenara de espuma. Se acomodó en la silla imaginando una campiña alfombrada de césped inglés y rodeada de árboles y
animales silvestres, con familias reposando en el pasto sobre manteles con un fondo de delfines contorneándose en el arroyo, mientras pensaba:
"mañana mismo se lo propongo a Julio".
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-22894-2010-03-26.html
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