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Atravesó el pasillo quizá con cuatro pasos firmes pero mientras caminaba iba diciendo. Que ya no había garantía de nada, porque al no haber negativo uno no sabe si se trata realmente de una imagen de otra cosa, capturada a partir de un objeto, o solamente una imagen digital puramente salida de los procedimientos de quien procesa imágenes puras, decía.

Yo lo escuché deslumbrado por el sol del mediodía y dejé que la brisa cálida y húmeda arrinconara sus palabras hasta doblar la esquina. Que esto hace que los objetos desaparezcan, dijo sin inmutarse, y que no era necesario tener un objeto para conseguir una imagen, y aún más, agregó, que las imágenes pueden terminar generando objetos y si no hay objetos, dijo también, todo funciona igual y el mundo digital sigue su curso; y tal vez por eso será que yo recordé al huevo, a la gallina, y a todas las cosas que se suceden interminablemente en el mundo del cuento de la buena pipa, del gallo capón ese de Centroamérica y de la lluvia que parará, papá, según dijo Pachín.

Al llegar a la esquina no me decidí a doblar, pensando que si él mismo doblaba me seguirían todas esas imágenes que no se sabe si vienen de un objeto o van hacia el objeto: sin negativo, registro incuestionable, ni copia de respaldo, me decidí a amagar hacia la otra calle para estudiar mejor sus movimientos y entonces decidir, pero me seguía diciendo de las imágenes digitales que incluso hay distintos grados de diferencia con el objeto que representan, porque se puede digitalmente modificar la imagen hasta dejar algunos rastros del objeto, sutilezas que cualquiera puede reconocer en la imagen y sin que deje de ser cierta, la imagen puede destacar algunos perfiles que la percepción no. Que en la imagen, destacados, teñidos, señalados, acentuados y recalcados, modifican de por sí al propio objeto que después de la imagen tendrá efectivamente ese atributo en un grado superlativo, lo que tal vez sin la imagen, antes de la imagen, a pesar de ella, crudo y sin digitalizar, hubiera sido un triste costado a no considerar y no hubiera significado nada para nadie.

Doblando, sin embargo encuentro que la reflexión digital es capaz de llevarlo a cualquier parte, porque si bien en un primer momento había puesto el pie izquierdo sobre la calzada, bastó mi movimiento hacia la derecha para ponerlo a girar en dirección a mí, y sólo dos pasos los dió en la calzada, retomando sobre la vereda toda esta cantinela digital analógica digital. Por eso, dice, es que en estos días digitales es tan difícil tener certezas, elegir entre una cantidad enorme de muestras o dar un juicio más o menos duradero. ¿Te gusta esa mujer?, pregunta retóricamente, qué es lo que realmente sabés de ella, ¿las imágenes que publica sobre sí, los perfiles que ha querido destacar, los suspiros suaves sobre el atardecer, la mirada que a veces podrás encontrar si tu sensibilidad te lo permite, los gestos ensayados desde la niñez, los improvisados gestos en momentos de sorpresa?

Esa es la pregunta que más me importuna, porque cuando la veo venir, a la coloradita ya me la estoy llevando por delante, y aunque haga intentos sobrehumanos para resistirme, termino pisando con mis mocasines los dedos que afloran desde la sandalia, y tanto peor cuando la reconozco, cuando me doy cuenta que la he visto varias veces y que ninguna de las circunstancias en las que la ví ha sido para mí neutral, cuando pienso y recuerdo que siempre he intentado un camino manso para acercármele, aún mientras la acuno en mis brazos para intentar que siga parada, recupere el equilibrio, no se caiga y no trate de lastimarme como defensa al tremendo pisotón que viene de sufrir.

Que me disculpa, dice entonces ella con un tono improvisado y serio que a mí no termina de resultarme falso. Que no es nada, insiste, y que no se ha lastimado y se siente bien.

"Muy bien", me dice con una sonrisa tan espléndida que a mí me parece haber visto, o verla antes, o verla después, entre mis brazos.

eugeniop@tower.com.ar


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28074-2011-04-01.html


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Hay algo que me hace dudar, al principio algo casi imperceptible llama mi atención, hace que deje lo que vengo pensando y me concentre, tal vez un tambaleo que apenas noto, un ritmo inusual en su paso. La ropa que viste, si bien es conocida y estoy seguro que la he visto muchas veces así vestida, a pesar de que tiene rastros de estar limpia, arreglada y planchada tiene, sin embargo, un dejo de antigüedad, como apoliyada, como gastada desde nueva. Esto lo noto mientras la miro de lejos, al atardecer, con el enorme horizonte del río detrás, como si una luz de luna lo envolviéralo todo en el mismo crepúsculo del día, sin esperar su debido tiempo, como si algo en el propio tiempo mismamente se hubiera alterado abriendo una puerta a otra dimensión, a una dimensión donde no importa tanto la secuencia interminable de los días, las horas, los segundos que diferencian el escenario presente de los días pasados, una dimensión de tiempo distinta donde todo se agolpa y no hay pasado, no hay futuro y uno puede esperar del porvenir escenas ajadas que ya conoce, pero jugadas por protagonistas de menos prestigio que aferrados a un tiempo que no pasa, que no se diferencia, que no aporta espesor a las cosas que se repiten indefinidamente en un ciclo caprichosamente modulado, alegre, triste, melancólico y húmedo, así , en este tiempo, es que reparo, viéndola caminar con un paso desacompasado que otrora me hubiera inquietado pero en este tiempo que no transcurre, que se traslapa en un presente interminable sin futuro, me resulta que será su modo habitual de caminar, oscilando, pendiendo, flameando de un lado a otro sin que sus pasos se dirijan decididamente hacia adelante, sin que la encaminen hacia atrás, sin que la muevan hacia uno u otro lado.

Sus pasos, registro entonces, tienen el azaroso don de venir hacia un lado, hacia el otro, parecer hacia adelante, pero tampoco interesa cuál es la dirección decidida de sus pasos porque sus pasos, en un tiempo que no se ha detenido pero ya no es útil para dejar atrás el pasado, tampoco llevan a ninguna parte. Suceden en una sucesion sucesiva de sucesos que no dejan rastro, que no dejan marca, que al no conducir a ningún escenario distinto incluso resignifican el territorio, y el aura lunar que la ha envuelto desde siempre ahora aparece repitiéndose, distinta, pero ya no sigifica un augur del destino, el encanto de lo misterioso; apenas sugiere el sinsentido de no tener un tiempo que prefigure un futuro, que dé esperanza por lo no hecho, y la recorta del resto del mundo destacándola, no ya en su singularidad tentadora, sino en la original trivialidad con que se distinguen, por ejemplo los caballos entre sí, cuando en invierno son arriados a los campos verdes para que al pastar puedan sostenerse para el próximo verano o mejor aún, a la única e irrepetible cosa que los guía, en el calor hastiante del verano, rumbo a la seca de los campos altos guiados por un instinto que no discrimina presente, pasado ni futuro y ni siquiera permite un lugar para el deseo.

La veo acercarse pero nunca alcanzo una distancia apropiada para observar los detalles de su rostro, tal es el tiempo y el espacio donde ella aparece, tan particular que la distancia incluso toma otro valor y se puede estar cerca y lejos a la vez, acertar justo a la medida y no errarle en ninguna estimación porque todas y cada una de las distancias que hay en este mundo que recién percibo son siempre adecuadas, justas, precisas y exactas. Esta abolición de tiempo, espacio y espesor le da al mundo una condición sólida, de eternidad trivial donde una cosa puede resultar a la vez idéntica y diferente de otra y los sucesos reorganizan al mundo tanto para atrás como para adelante, sumido como está el mundo en un tiempo indefinido donde no hubo pasado ni habrá futuro pero es dudoso que haya presente, donde las cosas que ocurren no dejan marca, habilitadas como están para volver a ocurrir en distintos e intercambiables grados. La veo acercarse pero no alcanzo a ver qué clase de marcas hay en su rostro: es probable que en este tiempo no haya más que una cosa indefinida donde la juventud se mezcle con la madurez y ésta a su vez se entrelace en una milonga interminable y serpenteante con la vejez y vayan aflorando todas en un coro disonante, con quintas, que resulten incluso como la armonía de antes de don Juan Sebastián sin resultar jamás armónicas ni ofrecer aristas disonantes.

Intento, mirando más allá del horizonte ver si hay algo, un signo, una muestra, un indicio que señale que fuera de los límites de mi percepción haya sucesos sucesivos orientados en el pasado el presente el futuro, en un espacio donde realmente se puedan reconocer los límites, las distancias, los bordes, los inicios, intento reconocer en el vuelo de las aves algo más que el caprichoso devenir de un tiempo sin sentido, en un espacio sin distancias, en un mundo sin espesor.

Atardece, me inquieta y me ilusiona saber que el movimiento del sol continúa, que más allá hay cosas invariantes en las que se puede confiar.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26784-2010-12-29.html


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Un día me levanté, pero había estado durmiendo toda la noche con una desconocida. Ella se había despertado un poco antes, tal vez a causa de todas las alarmas que desde largo rato venían sonando y me ofrecía sin sonrisas un desayuno frugal.

Había un espejo, collares de cuentas colgando de un clavo clavado en la pared, plumas en la cama y una luz verde y oscura que al iluminar los cristales daba unos reflejos azulados, amarillos, naranjas. La falta de rojo pensé es lo que me recuerda a mi sangre.

Enseguida me acercó una bandeja laqueada donde no había pétalos ni azúcar. Ni siquiera recordé esta mujer me habrá visto tocando la guitarra y aunque conozca algunos tics de ésos que me acompañan no debe estar segura del sentido último de mis gestos. No estaba del todo despierto cuando noté que ya podía empezar a hacerme preguntas y cuentas: qué es lo que habría en esos roperos cerrados; dos o tres veces por semana en un mes resultan doce veces, y en el arcón de flejes metálicos: ¿qué clase de tesoros maravillosos escondería allí esa mujer de quien nunca conoceré su juventud?

Tomé esa madrugada por el asa el café humeante mientras la luz azulina del televisor lo inundaba todo. Ahora, calmo y en la madrugada, en el recuerdo se me aparece una luz verde e intermitente, como de Marlowe, como de esos carteles fluorescentes, pero no estoy seguro si eso es un recuerdo. Entonces pensé que podía apaciguar mi sorpresa, hacerme amigo, pero la señora desconocida me hablaba de cosas extrañas.

No sabrá tampoco pensé que en mis días extranjeros también yo hablo unos idiomas desconocidos para ella con un acento curioso que a algunos recuerda el melodioso canto del italiano, pero no es más que la lengua de mi niñez, unos disparates que aún ahora medio viejo como estoy me gustan para jugar: ¿qué habrá en el tecer placard del otro cuarto? Esta muchacha, pensaba, no conoce qué libros hay en mi biblioteca, qué música prefiero por la tarde y nunca ha visto mis corbatas.

Se trata se me ocurrió , probablemente de la mujer de otro; con algún otro de los que viven en esta ciudad tendrá un cierto compromiso, una rica intimidad, abrirá su espíritu, compartirá los momentos más importantes de su vida con dicha y pena, buscará y brindará cariño, atesorará recuerdos intensos que jamás conoceré, tal vez con él sí tenga hijos, y probablemente abrirá su espìritu ignoto en perspectivas que yo nunca alcanzaré a conocer porque los recuerdos que le quedarán de mí serán trivialidades del momento, cosas que no cambian la vida de nadie.

Ignora todo sobre mis cuentas bancarias recordé , desconoce mi patrimonio pensé y además vaticiné se despedirá discretamente con un aura de misterio cuando desee volver a las cosas suyas. Intuyo o conozco que en esas circunstancias si la llamo no me contestará aún cuando estuviera en medio de una tormenta.

Bebí, sin embargo, el café en taza ajena que sostuve con la mano mala. Sabrá de mí, pienso, todo lo que se publica, habrá leído tal vez con curiosidad todos mis libros. Como Marx, a la luz de la claraboya habrá visto en la hemeroteca todos mis artículos pero no es sino hasta leer esto que no tendrá noticia de mi alegría al llegar a King Cross, camino a la biblioteca.

Tomé, decía, del jarro blanco, de a sorbos, el café caliente mientras recorría la bella piel de coloradita madura que tenía esta mujer desconocida. ¿Qué anotaciones habrá habido en aquellas carpetas? ¿Le hubiera gustado saber que guardaba un retrato suyo de cuando ya empezaba a dejar atrás su juventud?

Con un aire de cotidianeidad se levantó, desconocida, grácil, sutil, vergonzosa, acostumbrada a cubrirse con lo que tiene a mano, en el reino del pudor.

La conocí al tacto, es cierto, recordaría cada una de las caricias interminables que le hice, podría recordar sus estremecimientos, sé exactamente cuando se han tensado sus músculos y cuáles relajó primero cada vez que la acaricié. Pero no sé ni sabré dónde guardará las medias, cómo ordenará los utensillos en la cocina ni por qué será que sonríe ciertas veces, ni tampoco porqué se siente atacada otras tantas veces.

A punto de terminar mi café amargo ya no pude volver a pensar otra cosa, sólo en el pasado, envuelto como estaba en esta sensación impropia de haber dormido tanto tiempo con una desconocida, probablemente con la mujer de otro.

eugeniop@tower.com.ar


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25323-2010-09-14.html


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Una vez más guío mi automóvil blanco por la autopista Duarte. El paisaje no es gran cosa; de a ratos se ve un rancho y a veces agua por los dos lados: a la izquierda el mar, a la derecha la laguna, y unas garzas. Una vez antes de ésta, recuerdo, vi una zorra salir disparando entre unas plantas pinchudas que se alzan al costado de la laguna, pero esa vez tenía un destino más claro. Hoy, sin embargo, espero poder guiar durante un par de horas más para llegar a un lugar donde quise ir antes.

Se trata de un rancho que dista algo más de un kilómetro del próximo rancho y desde los dos al pueblo más cercano habrá unos veinte kilómetros. Hay dunas, mar, unas plantas secas y leñosas y entre las espinas, por la mañana, caminando con suavidad de alpargatas, se puede ver una pequeña culebra serpenteando entre las ramas; eso si se ve con atención, pero en cambio si uno se deja llevar por el susurro copioso del viento que viene del mar las culebras se mueven sin sorprenderte y sólo cuando la lechuza, el urubú o el zopilote caen sobre ellas, mirando hacia atrás, tomás conciencia de que ahí estaba, vivoreando, la vivorita porque ha dejado en la arena una vivorita abajo que va serpenteando, va dibujando en la arenita la viborita que serpenteando va dibujando una vivorita.

Guío el automóvil por la carretera, decía y si bien los dispositivos de navegación me informan que me desplazo hacia el Este, yo siento siempre que voy para el Norte. Estoy seguro de que más allá, pasando los ranchos que espero alcanzar con la luz del atardecer, está la frontera y deberé exhibir sin pudor mis papeles, los papeles del auto, abrir todas las puertas y mostrarle a la autoridad policial que suscribe, el enorme desorden que llevo conmigo, esa colección desatinada que me acompaña pero prefiero no pensar en lo que puedan sugerirle al inspector esas cosas, mi único deseo, ahora que soy un verdadero veraneante, es llegar a mi destino.

Por un instante me pregunto qué ocurriría si el destino que estoy buscando fuera más allá de la frontera, si tuviera que hablar en otro idioma, completar una ficha de inmigración, dar a sellar mi pasaporte, justificar la importación transitoria del auto, pasar la inspección del servicio de sanidad. ¿Es que cambiaría en algo estar de uno y otro lado de la frontera? Busco sin embargo, con alguna ansiedad en la guantera mi pasaporte, mi cédula y mi carné de conductor. Están dentro de un papel plegado que originalmente fue una carta que me informaba sobre algunos comentarios técnicos de un proyecto, porque yo soy, aún cuando a veces no lo crea, un ingeniero, y entiendo de límites, de trazados, de autopistas y de caminos.

Cuando me puse en marcha tenía otra idea, quería ir a un lugar donde hubiera trenes, donde no tuviera necesidad de manejar, un lugar donde hubiera trenes subterráneos, quizás de dos plantas, discurriendo por una red nodal que tuviera varios niveles para poder bajar de un tren, subir de nivel hasta otro túnel, discurrir por unos largos corredores subterráneos con una vereda rodante, pero ir caminando por la cinta a mayor velocidad que los de ahí, que los que todos los días hacen ese recorrido desde una terminal a la otra para transbordar de tren para, en el vértigo de los pasos agigantados por el trottoir roulant tomar nota de nichos, tambuchos, puertas y trampas que abran/cierren el conducto que conecta estos lugares acotados por las vías y eventualmente abrir/cerrar puertas para ir viendo por donde se va.

Y sin embargo ahora sigo manejando por la autopista Duarte. No hay carteles que indiquen la distancia a la frontera ni la máxima velocidad para transitarla. Noto un ave volando hacia la laguna, que ha quedado atrás. Eso es en el cielo, donde brila el sol. En la tierra sólo hay arena que vuela con las ráfagas de viento y me alegro de no ir a pie, por mis ojos.

eugeniop@tower.com.ar


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25158-2010-09-03.html