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  FORMAS DEL FEMICIDIO


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He visto con sumo agrado a Eva Giberti defender con serena energía el carácter delincuencial del que es agresor y asesino de mujeres, consolidando la figura del femicidio, constituyente abrumador de la violencia doméstica. Me tranquiliza que, como en otras opiniones, no empiece a contar la penosa historia infantil del agresor, que probablemente haya sido así, pero que no debe terminar en “pobrecito el delincuente”. Así lo hacen sesudos estudios de juristas que al encontrar en falta a la sociedad, no sin razón, permiten que se invierta la carga de la culpabilidad recayendo ésta sobre la víctima que, en tal caso, la debemos considerar el sacrificio debido o el “daño colateral” de la impunidad que debemos garantizarle al delincuente.

¿Por qué está ocurriendo esto? Quizá no sea tan misterioso: Hay que mirar la historia hasta el inmediato pasado y todavía hoy hasta el presente. Actualmente en la India hay muchas esposas quemadas por el marido o por la suegra a la que no le gustan; cuando llegaron los colonialistas ingleses quedaron horrorizados porque, al morir un hombre hindú, moría la esposa quien debía subir a la pira de cremación e incendiarse con él, tan relativa es la relatividad del relativismo cultural.

Probablemente hasta el siglo XVIII duró en la legislación inglesa la autorización al marido para que pegara a su mujer con una vara “del grosor del dedo pulgar”. Los varones vienen teniendo largos milenios en los que su identidad fue definida por su poder y superioridad en contraposición a otra, que era su contexto de definición: una identidad de déficit, de carencia correspondiente a la mujer.

¿Por qué puede estar aumentando el crimen contra nosotras? Justamente por lo incipiente del hecho de que se nos considere seres humanos del mismo valor.

Hasta la década del ’70, “la patria potestad era masculina”; hace muy poco en términos históricos que la “matria” potestad confluyó en la patria potestad. No olvidar que pudimos votar desde la década de 1950 y aún hoy hay países en que la mujer no lo hace, no olvidar que muchas fórmulas matrimoniales modernas indicaban que la mujer “obedecería y seguiría” al marido.

Era de esperar que hubiera una exacerbación de violencia por parte de identidades masculinas que atávicamente se han sentido dueñas de otro ser humano que, hasta hace poco, les debía sumisión y hasta la vida. Esto no es negar el amor en la sexualidad como una fuerza primordial, pero el deseo de dominación y posesión también es primordial.

Por todo esto no olvidemos que la psicosexualidad masculina une agresión con placer sexual mucho más de lo que puede unirse en la mujer. Los violadores son varones, vienen equipados con un arma que puede ser tanto instrumento de amor como de agresión física. La testosterona está vinculada al deseo sexual pero también tiene vínculos con la capacidad agresiva. Al fin y al cabo, no somos las mujeres las mayoritarias consumidoras de prostitución y de prostitución travesti. Sin que vaya a entrar en comidillas acerca de las damas romanas y los gladiadores...

Nos seguirá costando todavía a las mujeres una larga lucha por la autonomía y valoración de nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Otro ejemplo es la penalización vigente del aborto: todos los cuerpos son autónomos, menos el de la mujer, cuyo vientre está socializado en las sociedades de la propiedad privada; una vez que su óvulo recibe un espermatozoide, es un vientre socializado sobre el cual ya no tiene disposición, aunque haya faltado su disposición voluntaria para que la fecundación ocurriera. Podemos ser dueñas de nuestros bienes (tampoco desde hace tanto) pero no del bien primordial que es el propio cuerpo.

Aunque ahora es un BRIC admirable por muchos aspectos, en la India los abortos son selectivamente mayoritarios sobre embriones y fetos femeninos, elegidos ahora gracias a la ecografía. En China también se hace esto y no se ha abandonado el infanticidio que cae fundamentalmente sobre las niñas.

No olvidemos que a Barreda le gritaron: “¡Idolo!”.

Así como hay varones que están desarrollando una tranquila pasividad, valorando y aprovechando el que la mujer los mantenga, hay otros que no terminan de aceptar la libertad femenina, ni siquiera la de elegir el largo de su pollera. Reaccionan entonces con furia desde la vieja identidad en vías de pérdida; la furia narcisista es de tal magnitud de odio que no le basta con golpear y matar: quiere hacerla desaparecer como se crema a un cadáver, la ataca por el fuego: ni siquiera en el cajón tendrás tu rostro; desaparecido éste por el fuego no sólo quiero que no existas, no quiero que quede rastro de tu identidad sobre la tierra.

Ultimamente se aclara que a esto no se le debe llamar crimen pasional. En la imaginación colectiva puede asociarse pasión con pasión amorosa, pero no es así. En estos crímenes no hay ni un ápice de amor. Se trata de una orgía de dominio y posesión. Lo peor del narcisismo. Una forma perversa del amor a sí mismo.

* Psicoanalista.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-163807-2011-03-10.html

  ACERCA DE LA DESPENALIZACION DEL ABORTO

La autora –ex directora de la Especialización en Psicoanálisis de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires– sostiene que “cuando la mujer no desea un embarazo pero la preñez prosigue, ese embarazo pasa a ser una violación insoportable de su cuerpo y su mente, parasitados como mero envase de una ajenidad que progresa sin su consentimiento”.

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Continúa en el mundo el debate sobre la despenalización del aborto, enfrentados los que la sostienen a los mal llamados “no abortistas”, que deberían llamarse “criminalizadores del aborto”. Partamos de la base de que nadie hace campaña propagandizando las bondades de los abortos. El embarazo no aceptado es una penosa circunstancia indeseada siempre, salvo alguna persona que tenga problemas psicológicos (he tenido pacientes mujeres que quisieron probar neuróticamente su fertilidad aun a costo de abortar. No obstante, han sido dos a lo sumo).

Pero la sexualidad y su impulso, fortísimo, hace que suela haber impericia, tanto de informados como de ignorantes, o que se juegue una adolescente y notable despreocupación sobre las responsabilidades que implica la sexualidad; tanto por la transmisión de enfermedades como por la producción de niños que merecen todo el amor y las obligaciones que los padres y la sociedad tienen para tornarlos sujetos humanos.

Dicha impericia y despreocupación deriva por supuesto de las faltas hogareñas y escolares para incluir la sexualidad y ese placer, desde los más tiernos años según nivel de preguntas o de cuestiones que plantee el niño. En una encuesta reciente publicada por un periódico, el 50 por ciento de los estudiantes secundarios no había recibido la educación que por ley se les debe dar; eso muestra hasta qué punto el prejuicio de origen religioso domina las mentes de maestros que, como los padres, no tienen que ser “especialistas en sexualidad”: deben haber tenido la curiosidad y responsabilidad de informarse por su propia vida primero. No debe transformarse la sexualidad en un patrimonio de los médicos ni de especialistas, debe ser parte del yo de realidad de todas las personas.

No se nace siendo humano, con los genes del genoma humano no alcanza para lograr ese estatuto; es necesario el alimento, el amor, el nido de significaciones transmitidas con el habla, los gestos y el lenguaje de los cuidadores inmediatos y los mensajes de los grupos sociales en los cuales los cuidadores inmediatos están inmersos. Algún día deberá entenderse que ser madre y padre es y debe ser más que un derecho, una responsabilidad; y que cada embrión, más que derecho a nacer, si nace, tiene la ardua responsabilidad de humanizarse; y lo tiene que hacer en sociedades con mayores o menores niveles de contradicción e injusticia; sociedades en las que no es verdad la igualdad de oportunidades y la igualdad ante la ley es un enunciado formal.

A un niño que se muere de hambre no se le ha dado, porque nació, el derecho a la vida: se lo ha condenado a una muerte inmediata en vez de la muerte relativamente lejana a la que llegaremos todos los bien comidos, amados y educados, sea como lo hayan podido hacer nuestras familias. Un dulce autor psicoanalítico como Winnicott dice que lo que nace es una dotación heredada y que se convierte en criatura sólo con la solícita recepción de la madre, se humaniza sólo en la interacción con la madre que lo ama; así nace la mente subjetiva. La básica noción de “yo soy” necesita lo que Winnicott llama “una madre suficientemente buena”; esta madre no tiene que ser letrada ni informada por pediatras y puericultoras: tiene que amar y desear a su bebé como para que exista empatía con él.

Otro autor, en este caso filosofante, como Lacan, sostiene que nacemos con “carencia de ser” y que sólo nuestra entrada en las relaciones con las personas y el ordenamiento simbólico como el lenguaje nos hacen sujetos, humanos (aunque a Lacan no le gustaría este último término). El genoma humano es condición antecedente, condición necesaria pero no suficiente para que la potencialidad se transforme en humanidad. Muchas disciplinas sociales están de acuerdo en que el amor de los padres, y sobre todo de la madre, son también condición necesaria para que una combinatoria genética devenga humano.

El pensamiento religioso, especialmente el católico, cree y propaga que la combinatoria genética es un ser humano, que es un bebé. Ese pensamiento infiltra a círculos letrados y científicos: aquellos que no renuncian al consuelo por la muerte y por las injusticias de este mundo que brinda la religión.

Para ser embrión, feto y finalmente bebé, esa combinatoria genética necesita el cuerpo de la madre: biológica y médicamente es un parásito del cuerpo materno, que debe ponerse a su servicio hasta después de nacer, sumando el amamantamiento al servicio de embarazo. Es una individualidad biológica que no tiene autonomía biológica y por lo tanto es incapaz de ser individuo; está atada al cuerpo de la madre. Los servicios prestados a la dotación o combinatoria genética son una parte definitoria de la dicha que puede alcanzar una mujer en su vida, cuando su cuerpo está vitalizado por el deseo de su mente, el de tener un hijo para dar un humano más a la humanidad.

Entre mis pacientes, a lo largo de una vida que ya no es corta, encontré personas con dos clases de reacciones frente a la acción de abortar –como todo el mundo sabe, abortar ya se aborta, con ley o sin ley–: para las primeras, que tienen la creencia de que ya en el primer trimestre se trata de un bebé, el impacto del aborto es traumático y, sin influirlos en la decisión como corresponde a una psicoanalista, los he acompañado en la asunción de sus decisiones: sea la elaboración de la aceptación de ese embarazo y parto, sea la elaboración del trauma o del duelo por lo que ellos suponen que es un bebé perdido, aunque yo no comparta ese supuesto.

La otra reacción es de los que creen o saben que es una combinatoria genética: permitiéndole nacer, arruinarían esa vida y arruinarían también la de ellos, al producir un violento cambio de los objetivos que han proyectado para enfrentar las dificultades del existir. Si no hay deseo y preparación para dar existencia al bebé, éste es un peso insoportable cuya presencia producirá llagas inevitables en la humanización, en la constitución subjetiva del chico y en la vida de los padres, aunque sea la llaga de la resignación.

Pero indudablemente la protagonista es la mujer. Su deseo es inalienable, puesto que su cuerpo y su psiquismo son los parasitados por el embrión. Si lo desea, ya será una mamá embarazada –se está empezando a saber acerca de las influencias prenatales que tienen las emociones de la madre–. Si no lo desea y la preñez prosigue, el embarazo es una violación insoportable de su cuerpo y su mente, parasitados como mero envase de una ajenidad que progresa sin su consentimiento y que puede llevar a la violencia de un infanticidio. Así con Romina Tejerina, la joven que, habiendo sido violada, mató a puñaladas a su recién nacida. ¿Por qué no la dio en adopción? Porque odiaba ese fruto de una violación cuyo desarrollo la violó por segunda vez.

Embarazo, parto y amamantamiento son hechos conmocionantes en la vida, en el alma de una mujer, magníficos y enaltecedores de su autoestima si los ha deseado, violatorios y traumáticos si no los desea. Pocas experiencias satisfacen tanto como la violencia del parto deseado, con la ultraconcentración de atención, la reunión de todos los sentidos y fuerzas físicas y mentales: es magníficamente violento, pero violento. El amor, en el marco de ese dolor y ese esfuerzo, testimonia la enorme fortaleza de las mujeres. No deseado ni asumido, es un castigo de la biología, que funciona como una máquina no deseante e intrusiva en la propia subjetividad; máquina desubjetivizante, junto a la sociedad pacata que dice creer que hay una vida humana, un alma, incrustada en una combinatoria genética.

La condición de la mujer como sujeto es confrontada, por parte de la sociedad, con una subjetividad que no es, con una personalidad potencial, que sólo será “alma” si la madre le tiene amor. En caso contrario, si la sociedad obliga a esa mujer a sólo ser envase, el resultado será un alma en pena. Conozco las llagas de sujetos a quienes la madre les espetó brutalmente cosas como: “Te iba a abortar pero me dio miedo que me operaran y volví a casa”. O de los que cuentan: “... Mis padres se casaron por culpa mía, para que yo naciera, y su matrimonio fue un desastre toda la vida”. Muchas de estas personas no aman su propia vida.

Nadie obliga a abortar a los que tienen pensamiento religioso, pero ¿por qué someter a una creencia dictatorial el cuerpo y el alma de las mujeres que no tienen esa creencia? Ello las obliga a someterse a una serie de experiencias traumáticas, como las que vivió Romina Tejerina hasta llegar al infanticidio. Claro que no acordamos con ese acto, porque el bebé nacido tiene autonomía biológica y puede ser entregado a padres adoptivos que lo necesiten y lo amen; cumplido el acto de nacimiento, la madre deja de ser envase y el bebé tiene derechos de autonomía suficientes como para que le sea provisto anidamiento. Pero es posible comprender las emociones de Tejerina, por haber sido violada dos veces. Es que aun las mujeres que han cometido un error también son violadas por el embarazo no deseado, aunque la relación sexual haya sido consentida.

* Psicóloga. Miembro fundador de la Sociedad Psicoanalítica del Sur. Ex directora de la Carrera de Especialización en Psicoanálisis UCES-APBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-133127-2009-10-08.html