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  OPINION


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Primero probamos con Moyano, pero sabiendo que mucho no va a importar porque Moyano no es Kirchner como para aglutinarnos de una. Después probamos con que bloquearon la salida del diario, pero tampoco importó demasiado porque ya nos caímos cien mil ejemplares y otros tantos miles de visitas al sitio. Después probamos con que el gobernador reelecto de Salta quiso diferenciarse de ser un delfín del kirchnerismo, pero tampoco importó porque se le dio por subrayar que acompaña a la Presidenta. Después probamos con la Villa 31, que son unos negros peligrosos y podía pagar al toque, pero interesó menos todavía porque es cosa de Capital y encima hay eso de la no discriminación. Después probamos con que se viene el chavismo porque aumenta la representación del Estado en las empresas con participación de la Anses, pero no lo creemos ni nosotros. Después probamos con la agresión de la patota santacruceña de la Uocra a empleados estatales, pero no interesó porque ya no somos creíbles. Y así seguirá –o eso parece– hasta las elecciones de octubre e intermedias, para terminar en que nos llevaron puestos pero ya es tarde. Si acaso suena a demasía esta candorosa y enésima asociación libre con la frase adjudicada a Brecht, pensemos simplemente en que el agarre opositor de estos días llegó a pasar por la hipotensión de Cristina. Un agarre que no fue de la dirigencia política explícita, sino de los medios de comunicación que la conducen. Porque la dirigencia ésa deja pocas o ninguna alternativa.

Además de los intentos antedichos, Macri presentó un documento de políticas de Estado como pre-requisito de acuerdo entre la oposición. Es una retahíla de lugares comunes, que perfectamente pudo haber escrito un alumno de primaria con inquietudes de buena redacción. El mismísimo Macri dijo que no entendía quién puede estar en contra de acabar con la pobreza, combatir la inseguridad o fomentar el empleo. Justamente: cuando opuesto a un argumento no hay uno de exactitud inversa que merezca ser atendido, ese argumento no existe. Pero lo que dejó en soledad a la presentación de Macri no fue que no se puede estar en contra de la felicidad. Quedó solo porque, al margen de haberse mandado otra vez por las suyas con los destinatarios de su mensaje enterándose por los medios, rigen dos motivos centrales: su figura no enamora a nadie por fuera de los acólitos; y luego, los receptores de su ensayo están inmersos en una indefinición cuyo dramatismo emparda al del PRO. No hablemos ya de la increíble pelea mediática entre Solanas y Lozano, porque no se supone que el jefe de Gobierno porteño haya pensado en ese palo como uno de los recipientes de su algarada. Los radicales y los socialistas ya habían fijado que el límite es el hijo de Franco. Y Duhalde, inmerso en una interna risible pero interna al fin, le salió con los tapones de punta para advertirle que, sin primero consensuar, los tiempos no se marcan a través de la prensa. Como asimismo cabría creer que Macri no pudo no haber calculado nada de todo esto, la única deducción posible es que, en vez de marcar los tiempos, quiso ganar alguno en función de que él tampoco sabe qué hacer: si la Presidencia, si la Capital, si Michetti, si Rodríguez Larreta, si el rabino Bergman o si volver a Boca. De premio consuelo, la movida le sirvió para disimular otro derrumbe edilicio en la ciudad. Y para que la figurita de la Villa 31 continuara firme y mediáticamente anclada en la lógica clasemediera facha y no en los negocios inmobiliarios que significan ésos, los terrenos más caros de Buenos Aires.

El paralelo o siguiente desparpajo de entretenimiento fue la “avanzada oficial” sobre “las empresas”, pero eso ya casi no resiste el menor análisis. Resulta que Clarín, La Nación, Techint, AEA y Cía. serían en verdad los partidarios de afectar las ganancias corporativas, porque se oponen a que la proporcionalidad accionaria tenga representación acorde en las decisiones orgánicas. Pero más aun, fue en Clarín mismo (!!!) donde una muy buena nota de Gustavo Bazzan, el jueves, indicaba que los directores estatales no tienen poder real, ejemplificando cómo “las firmas tienen en muchos casos montada una suerte de ‘red de protección’ para soportar las embestidas de los accionistas minoritarios”. Asombroso. Con tácticas de semejante naturaleza infantil, u obscena, lo más profundo a que pudieron recurrir fue atar el cuadro hipotenso de la Presidenta a las dudas sobre su vocación reeleccionista. Y es que es así: que no sea ella la candidata, más que la inflación, es inquietante y que el retraso del tipo de cambio abre un signo de interrogación a futuro. Todo cierto y para preocuparse, en efecto; pero, al fin, cotejable con un Gobierno que muestra acción comprobada, incluso con sapos como Moyano o el Indek. No hay tanto para revolver en el kirchnerismo. Es lo que se ve, sea para adherir o para oponerse. Más la incógnita de si Cristina realmente encabeza una renovación movimientista basada en organizaciones sociales, cuadros nuevos y a formar, transición hacia esquemas superadores del pejotismo clásico. ¿Y si no es eso qué, visto desde lo que dice querer enfrentársele?

Recurramos ahí mismo. A un columnista de las huestes de Jorge Fontevecchia, responsable principal del Grupo Perfil. El filósofo Tomás Abraham dice lo siguiente, en artículo del sábado 9 de este mes: “¿A alguien se le llega a ocurrir que nuestro país puede ser gobernable entre 2011 y 2015 sin Cristina? ¿Es posible creer que un rejunte entre Mauricio Macri, Chiche Duhalde y Ricardito Alfonsín puede constituirse en la plataforma de una opción política y en una alternativa de gobierno? Imaginar que los de PRO –que vaya a saber de dónde sacan esta idea de que los pobres son ‘pobrecitos’–, la jefa de manzaneras que quiere reunir nuevamente a la familia argentina en torno de su marido, y este extraño hijo de un nuevo rey Lear bastardeado en su legado, se unan por un espanto compartido para labrar el porvenir político nacional, nos sitúa en la otra rama de la filosofía, la patafísica, dominio en el que los bufones son reyes”.

El mejor chiste de la semana pintaba para ser el de Rudy y Daniel Paz, en Página/12 del martes. Dos tipos comentan, en segundo plano, “cómo cambió la onda desde que Macri puso seguridad privada”. Y al frente del dibujo, apoyado en un mostrador de pizzería, un policía pide “una grande de queso cheddar y fresas para el gerente”. Pero ese mismo día se conocieron las declaraciones de Duhalde, intentando justificar la bajísima participación en la interna del “peronismo federal” desarrollada, el domingo, en Misiones, Corrientes, Chaco y Entre Ríos. No llegaron al 1,5 por ciento del padrón, que es el piso exigido para participar en las elecciones de octubre. El Padrino arguyó entonces que la gente que votó lo hizo temprano y que después del almuerzo se fueron todos a dormir. “No contábamos con la siesta”, dijo Duhalde con una cara circunspecta similar a la de “el que puso dólares, recibirá dólares”. Y eso que faltaba el remate, que llegó con el coitus interruptus de la pulseada con El Alberto. Es dable pensar, con toda legitimidad, que no es nada bueno contar con una oposición de este nivel. Se puede creer que, si hubiera un frente de derecha más o menos serio, y otro a la izquierda del kirchnerismo de propiedades similares, el panorama sería más rico porque el Gobierno se vería obligado a debatir y proponer con mayor esfuerzo.

Pero esto es lo que hay. Una manga de bufones aunque, para ratificar al resignado columnista de Perfil, de un rey que ni siquiera existe. Y como ya se sabe, serratianamente dicho, no hay otro tiempo que el que nos ha tocado.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166493-2011-04-18.html

  OPINION


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Este es uno de los momentos políticos más hilarantes que puedan recordarse. Y sólo la instalación temática que intenta disimularlo le pone alguna cuota de seriedad, aunque podría no ser el término más exacto.

Que esto haya sido gatillado por cifras electorales de dos distritos con peso numérico casi nulo ya era síntoma de un desconcierto gigantesco. Al cabo de Catamarca, la conducción periodística opositora puso el grito en el cielo y advirtió que podrían venirse tiempos peores. Comenzaron los movimientos y declaraciones que, antes de llamar a la unidad, mostraron signos de expectativas cambiadas. Eso registra lo que se afirmaba en público; no lo que, según se permite señalar esta columna, hace tiempo, es la realidad: la oposición no quiere ganar, porque tiene plena conciencia de que no puede ofrecer absolutamente ninguna alternativa creíble. Como fuere, la derrota catamarqueña bastó para que, dentro y fuera del radicalismo, tomaran nota del alerta de tsunami. Lo de los radicales fue solamente más explícito, porque viajaron para celebrar y se volvieron de un velatorio. Chubut acabó por blanquear la crisis, pero ya de manera generalizada. Concluyó la carrera política de Mario Das Neves, que aparecía como el único sin prontuario de la derecha peronista. Felipe Solá terminó de borrarse esa misma noche. La UCR se plegó al kirchnerismo en la denuncia de tongo, construyendo un hecho del que debe haber escasos antecedentes si es que los hay: fraude para apenas rascar una diferencia de cientos de votos en elección a gobernador. Es que hay que anoticiárselo así, con mezcla de cinismo y estructura de sketch. Como Macri, que no puede comandar el Colón y (dice que) pretende ser presidente de la República, el Peronismo Federal ni siquiera tuvo organización para hacer la Gran Santa Fe de 1983, cuando se perdía contra el alfonsinismo, apagaron la luz en el centro de cómputos y a las dos horas salieron ganando la provincia por 14 mil votos. O como se los enrostró un connotado periodista de El Grupo: había que ganar, aunque sea, con un gol sobre la hora y con la mano. Ni eso.

El resto de lo que siguió a Chubut no deja de ser impresionante, por más que responda a la lógica de una oposición en desbande. Ernesto Sanz, del que tan pocos saben quién es hasta el punto de que él mismo bromea con esa certeza, se bajó de una preinterna del radicalismo que ya no será y de la que más pocos todavía tenían alguna noción. Fue suficiente, sin embargo, para persistir en el alerta mediático desde las puntas corporativas que dirigen a las filas opositoras. Volvamos siempre a Chesterton, que nunca falla. Aquello de que el periodismo consiste en informar que Lord Jones ha muerto, a gente que nunca se enteró de que Lord Jones estaba vivo. Casi paralelo a Sanz, Das Neves se apartó no sólo de la graciosa pulseada comicial con El Padrino y El Alberto, sino de la carrera presidencial, obvia y directamente. El domingo pasado, los últimos dos fueron a una lid en quince escuelas porteñas, donde ni siquiera hacía falta el DNI, y sacaron un empate. Según ellos, votaron unas 34 mil personas. Pero Duhalde dijo que el kirchnerismo movió un montón de gente para votar contra él, y Rodríguez Saá acusó que el macrismo hizo otro tanto en su perjuicio. Es decir que, si a apenas 34 mil presuntos votantes se les restan los que el uno y el otro señalaron como participantes ajenos, en sentido estricto virtualmente no fue nadie ni por el uno ni por el otro. Pegado a eso, Macri dejó trascender unas primeras señales de que podría ir por la reelección en Capital. Binner, tal vez azorado por la implosión del radicalismo, no desmiente que miraría con cariño salirse de una eventual alianza con el hijo de Alfonsín y mandarse con Proyecto Sur. Pino recordó que ama muchísimo a Buenos Aires, por las dudas. El Padrino reclamó juntarse porque de lo contrario ganará Cristina, dijo, a la semana de jurar que Cristina le pasará la banda presidencial a él. Y la guinda, naturalmente, la aportó el Gardiner mendocino. Debe haber montones de casos como el suyo, en el mundo y acá mismo, pero su actualidad los borra. Lo erigieron como la gran esperanza blanca al día siguiente del voto no positivo, y desde entonces no hizo otra cosa que no hacer nada en ninguna dirección eficaz. Fue el producto de la fantasía de una derecha impotente. Cuanto más avanzaba Cobos en demostrar que no puede conducir un triciclo, más persistían en potenciarlo como figura a contemplar. Aun así, ¿alguien podía prever el remate de estos días? No que se haya bajado, sino la forma, las frases, las piruetas medidas con días de diferencia. El domingo anterior a comunicar su decisión, Cobos dijo textualmente: “Creo que hay una etapa y una posibilidad de acuerdos electorales (con Eduardo Duhalde). Puede haber una cierta simbiosis (?) para ir juntos en un escenario electoral”. El enunciado cobista se quiso ver como apoyatura a la peregrina idea lanzada por Macri, en soledad, al convocar a un único frente opositor que, según agregó, en caso de disponer de una candidatura presidencial mejor que la suya lo haría dar un paso al costado. El ignoto Sanz también se anotó en ésa. Pero al día siguiente el hijo de Alfonsín dinamitó el extravío al apuntar que de ninguna manera iría en un frente con el hijo de Franco, bien que dejando alguna puerta abierta hacia De Narváez o Solá. Solanas aportó lo suyo agregando como inviable cualquier acuerdo con la estructura del partido radical. Esta pinturita dejó atrás al dicho de Cobos, pero lo cierto es que a los cuatro días de juguetear con la simbiosis y el duhaldismo anunció que se retiraba. Pasó a la inmortalidad, eso sí: “Creo que también esto le hace bien al radicalismo, porque sirve para demostrar que un radical puede terminar su mandato”, dijo y se tomó el avión a Mendoza. Una lástima que no esté vivo el gordo Soriano. El picnic que se hubiera hecho con Cobos habría alcanzado dimensiones inolvidables.

De todo menos casualidad, la agenda mediática, mucho más que hurgar en las aristas de esta comedia impactante, pasó por encadenar sucesos de modo tal que no quepan dudas de estar viviendo en algo parecido a Ciudad Juárez. La decisión de la ministra Garré, al ordenar el retiro de la custodia en los edificios públicos porteños para volcar los federales a la calle, en verdad no pudo alcanzar la anchura de polémica. Macri se subió ahí para insistir con el ejercicio de cargarles toda culpa a los demás. Pinta que la medida podría haber sido consensuada o advertida, más allá de la deuda millonaria que tiene el gobierno de la Ciudad con Nación por falta de pago de la policía adicional. Pero en el gran punteo periodístico no hubo disposición a que se discutiera nada de nada. De entrada se presentó a la orden como una locura de desprotección, que nadie terminó de explicar en qué consiste (ni tan sólo los gremios de empleados y médicos municipales, que lanzaron un paro tan insólito como para contar con el apoyo del propio Macri). Y al trotecito surgió el caos de tránsito por el piquete de la gente de Villa 31, para que importe un bledo que se protestaba por la muerte de un vecino al que el SAME no quiso atender porque, otra casualidad permanente, los choferes de la ambulancia se sentían inseguros. El título de Clarín del jueves fue antológico: “Piquetes, caos y reclamos de custodia policial”. Y uno de los recuadros debajo del copete, que tampoco mencionaba al muerto por desatención, vendía: “Crónica de un automovilista preso en una cola interminable”.

No hay que extrañarse, desde ya. Si no se dedicaran a esto, tendrían que adentrarse en las noticias de la oposición que dirigen.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165996-2011-04-11.html

  OPINION


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¿Habría ocurrido el infernal despliegue mediático que siguió al bloqueo a la distribución de Clarín si hubiera una oposición cuya jefatura no fuera Clarín?

Es una pregunta que suena distractiva respecto de lo que tanto se consideró como el centro de la cuestión: un ataque, y feroz, contra la libertad de prensa. Pero sucede que ese eje también puede pasar por otro lado. Tomada la primera versión de la historia, hay un diario que un día no salió porque sus propietarios están en guerra contra el Gobierno; y a éste se le dio por joderles la vida impidiéndoles nada menos que una circulación dominical. Abordada otra visión, es atinado preguntarse a qué oligoide gubernamental, o conjunto de ellos, se le ocurriría ordenar una medida tan grosera y opuesta a cualquier recomendación de sentido común. ¿En qué cabeza entra la existencia de alguna otra capaz de pensar como fantástico que medio mundo periodístico y político se venga encima? Una respuesta factible –y escuchada, de hecho– es que, aunque en efecto sea difícil imaginar a imbécil semejante, se han generado condiciones institucionales para que cincuenta o cien personas se animen a meter una pata autoritaria terrible. Vaya problemón, en ese caso, porque entonces querría decir que la cosa pasó por cincuenta o cien personas y no por una persecución oficial a la “prensa libre”. Apliquemos lógica, no emociones. Es también bajo el arrebato como suelen cuestionarse las manifestaciones generadoras de inconvenientes callejeros, porque más que de la bronca comprensible parten de creer que hay una suerte de acción-inacción oficial destinada a estimular el caos de tránsito. Es un argumento análogo al anterior, que también requiere de someterse a contraposición por vía del ridículo: ¿se supone que hay autoridades –las actuales o las que fueren– dichosas con incitar al mal humor popular? ¿O debe entenderse que se mantiene firme la decisión de no reprimir porque es preferible a carecer de válvulas de escape social, en un país que viene de haber estallado? Después, ¿qué se conjetura como probable si se aplicara la represión planteada por las derechas dirigenciales y las de ciudadanía frívola, que al cabo, naturalmente, son lo mismo? ¿De qué estaríamos hablando si se obrase a la bala y el palo reclamados por la demagogia y la furia? ¿De la paz convivencial en la gran urbe?

Volvamos al episodio de ese domingo. Está bien: se le hizo el juego al enemigo. O mejor hablemos del contrario porque, si bien el convencionalismo de la frase previa es más rápido y eficaz, hay formas políticamente correctas que a veces es mejor respetar. Bloquear la salida de Clarín sirvió en bandeja a todas sus firmas, y alrededores políticos, la posibilidad de contragolpe. No hay nada que festejar. La portada en blanco del lunes no fue original, pero sí una muy buena idea. Y ni qué hablar de haberla implementado el 25 de marzo de 1976. Si la derecha tuviera cuadros se habría diligenciado un término medio, entre lo negativo de que no salga un diario y el advertir que de ahí a establecer al paisaje argentino como nazi, casi, hay una diferencia de tamaño bizarro. Pero la derecha no los tiene, a los cuadros, y pasó lo que pasó: un bombardeo de victimización como si estuviéramos en, digamos, la Uganda de Idi Amin. La manera en que el Grupo Clarín ataca a este Gobierno está, apenas, un escalón por debajo de lo que se ve, oye y lee en Venezuela, donde los medios privados directamente convocan al asesinato de Chávez. Pensemos en la CNN o la Fox llamando al magnicidio, a ver qué haría el Imperio. Debe disponerse de una cara de piedra imperturbable –modestísimo adjetivo– para decir que Argentina tiene en riesgo la libertad de expresión como si los sectores alarmados por eso que inventan, o compran, no dispusieran de infinitas opciones de soporte informativo para esquivar la persecución denunciada con increíble desparpajo. Solamente por Cristina: cornuda, bipolar, montonera, depresiva de luto, más pintada que una puerta, sus carteras y sus zapatos, el cajón sin el cuerpo del marido, el velorio a cargo de Fuerza Bruta. ¿Cuántos más calificativos y figuras monosémicas, explícitos e implícitos, que no se registren todos los santos días en opiniones, y títulos noticiosos, y sugerencias, y entrevistados, y tendenciosidad sistematizada? ¿Cuántos más? ¿En peligro la libertad expresiva? Con una mano en el corazón, ¿están jodiendo, no?

El firmante es reacio a írseles tan encima a los laburantes de Clarín que bloquearon la salida de la planta. Hubo en exceso ese señalamiento. Hubo demasiado de “esta gente... hay que comprenderlos, pero cómo no se avivaron”. Cómodamente sentado frente a la compu, y al micrófono, se puede largar así como así que, en vez del abuso de animárseles a los camiones de distribución, podrían haberse encadenado al Obelisco o a la Pirámide de la Plaza. U otros modos de llamar la atención. Pero los que ya se cansaron de años y años de que El Grupo los bastardee son ellos, no uno en la placidez de su análisis. Los que se hartaron de que echen delegados, de que los fallos de la Justicia no sirvan, de que en Clarín no pueda haber comisiones gremiales, de que no pueden cubrir ni la mitad de la heladera, son ellos. Y contémplese que ni siquiera se coteja autoridad moral, porque es republicanamente cierto que la incursión en un presunto delito penal no autoriza la ejecución de otro. Es decir: no hablemos de la complexión ética de quienes claman por la libertad periodística en el mientras de Papel Prensa; de las tramoyas de grandes bufetes para que se evadan análisis de ADN, hasta el punto de ingresar al Guinness de las gambetas jurídicas; de los vericuetos que sirven, con jueces enamoradizos, para trabar una ley de medios sancionada en democracia. No. No hablemos. Concedamos el beneficio de inventario de que el asunto es la yegua presidencial cebada y desorientada; y sus sub-40; y sus chicos de La Cámpora; y que está presa de los gordos de la CGT; y que no previó ni pudo evitar que no saliera Clarín un domingo. ¿Y?

La táctica y estrategia de la oposición encabezada por El Grupo, según acaba de confirmarse con el bombardeo mediático y el documento para “cuidar la democracia”, quedaron prácticamente reducidas a la demonización de Hugo Moyano. Su carácter de pistolero pianta-clase media y extorsionador –complicado para desmentir, acéptese– es el palenque al que ir a rascarse. Bien que sin rumbo claro, es acierto comunicacional. ¿Y? ¿Se va por Macri y su terapia de grupo en un shopping de Recoleta? ¿Se va por El Padrino? ¿Por la psiquiátrica-ambulatoria, por el que usa el apellido, por el traidor? Los sibaritas de Capital y aspirantes a sinónimos, que ya votaron a Erman González, a De la Rúa, a Solanas, al hijo de Franco, a Carrió, a Zamora, en blanco, ¿no deberían, alguna vez en la vida, introspeccionarse acerca de a dónde quieren ir, y con quién? ¿Van a votar, por puro resentimiento de clase, a un tipo que dice querer ser presidente cuando no puede arreglar un conflicto en el Colón, para que les cante Plácido Domingo?

Tal vez el maridaje comparativo suene agarrado de los pelos. No menos que hablar de una situación digna del liderazgo de Goebbels, porque un día no salió Clarín. Es una de las circunstancias que pueden acontecer, cuando la conducción política opositora la ejerce una corporación empresaria.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165508-2011-04-04.html

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Chubut termina de prender lo que en Catamarca fue una señal de alarma enorme para la oposición. El panorama se agravaría si el recuento del escrutinio favoreciera al candidato kirchnerista, pero aunque no fuera así el dictamen ya es inequívoco. Desde las propias usinas de la derecha citaron como acertada la definición de Felipe Solá, quien fue el único del “peronismo federal” acompañante de Das Neves que, en la mal disimulada noche fúnebre de ese domingo, se animó a liquidar el diagnóstico en dos oraciones: “Hay un candidato que ganó por muy poco y hay otro que perdió por muy poco. Pero está claro que hay uno que ganó y otro que perdió”.

Lo que siguió a lo sucedido en Chubut da la pauta del grado de desconcierto que vive el conjunto opositor. Pero es necesario discriminar entre los indicios de reorientación o reagrupamiento producidos allí, y aquello que en verdad les dificulta dar algún paso adelante. Lo primero es un simple análisis de especulaciones dirigenciales. Das Neves, que se bajó de la interna. El hijo de Alfonsín, que ahora estaría dispuesto a resolver por consenso la candidatura radical. Duhalde, que de sostener la condena al éxito de la Argentina pasó a que están condenados a aliarse con Macri. De Narváez, que estaría manejando un plan B de articulación con los cobistas. Macri, que no sale de un ta-te-ti de agenda electoral ya exasperante para su propio entorno y ahora, según confluyen todas las fuentes que se quieran, dispuesto a congelar las relaciones electorales con el engendro de El Padrino & Cía. ¿De qué estamos hablando? ¿Sólo de que Catamarca y Chubut les sacudieron la modorra? ¿O de gestos inerciales que ocultan un trasfondo de impotencia, porque ni saben ni pueden ni, por lo tanto, quieren presentar a la sociedad una alternativa seria? Si admiten que la popularidad del Gobierno es haber establecido el piso del “nunca menos”, y esa definición encierra haber dejado atrás varias de las políticas más escabrosas de la etapa neoliberal, ¿cómo hacen para plantarse en la promesa de una instancia superadora, habiendo los antecedentes que portan? “Superadora”, para conceder, sólo les cabría a las huestes que se dicen de centroizquierda no kirchnerista, que tienen el pequeño inconveniente de demostrar por qué, para superar, serían mejores que los K. Si el tema es en cambio la derecha peronista, directamente debe hablarse de retraso y nunca de superación alguna. Es el retorno de la apertura a los mercados, de las relaciones carnales con “los países exitosos”, del discurso de la mano dura. Y el dato fundamental de que, en toda hipótesis, el kirchnerismo conservará, además de una contundente porción de votos, un volumen de movilización del que carece el resto. Para peor escenario opositor, hay ya significativas franjas del establishment que confiesan aceptar este modelo en rol de mal menor; ya sea porque les va antes muy bien que nada mal, como por el hecho de que se reconocen más cómodas ante quienes demuestran fortaleza de mando. Podría decirse, incluso, que Clarín es el único factor corporativo dispuesto a persistir en un oposicionismo feroz.

En la serie Cuadernos del Pensamiento Crítico Latinoamericano, coordinada por Emir Sader y editada por este diario, el martes pasado se publicó un ensayo del cientista social Pablo Alegre, investigador de la Universidad Católica de Uruguay. Es atractivo lo que señala sobre Argentina, en su caracterización de las trayectorias de desarrollo de los países del Cono Sur. “La Argentina mantiene un sistema de partidos poco institucionalizados, a lo que debe agregarse un proceso de creciente fragmentación y faccionalización de las elites partidarias. Hoy el Gobierno logra, gracias a la localización de amplios recursos estatales y poder político, tejer alianzas transversales con liderazgos regionales y locales (...) (Hay) la constitución de un frente electoral controlado por un liderazgo vertical, que procura recomponer algunas de las orientaciones neoestatistas en materia de políticas de desarrollo (...) El funcionamiento de esta alianza vertical (...), que logra articular vínculos (...) con sectores populares fragmentados por un lado, y con movimientos organizados heredados de la era Movimiento Sindical por el otro, ha permitido al Gobierno neutralizar el conflicto social, ampliando los márgenes para implementar distintos paquetes de políticas sin posibilidades de focos de veto”. Luego, Alegre adosa que a su vez “la Argentina ha presenciado el sostenido aumento del precio de sus bienes exportables, que, en combinación con la sensible disminución de los niveles de endeudamiento externo a partir de una exitosa política de canje, le ha permitido mejorar sus márgenes fiscales, aumentar la capacidad de ahorro y expandir la economía”. Si se desea ponerlo en palabras ratificatorias de lenguaje simplemente más periodístico que sociológico, hay una conducción política encarnada en la figura de Cristina (susceptible de confirmación efectiva a mediano y largo plazo, bien que al corto porque todavía no comunicó su decisión de ser reelecta). Por debajo de ella, rige un arco que va desde Moyano hasta los movimientos sociales o sectoriales paridos por la crisis de 2001/2002. Y todo eso puede ser eficiente porque la economía sopla a favor gracias a decisiones políticas que –entre otros motivos– saben aprovechar ventajosas condiciones externas. ¿Qué clase de modelo pregona la oposición, o cuál podría instaurar, que dé seguridades de una estabilidad más firme que la actual, incluyendo –en el lugar que apetezca– un buen clima de negocios?

Entre un partido, el radical, que puede no ser la añoranza de lo que nunca jamás sucedió pero parece que lo fuera; y el peronismo antikirchnerista, que en reemplazo de no tener siquiera una estructura partidaria se limita a ser un rejuntado de figuritas mediáticas cuya sobresaliencia corresponde –siendo benéficos– a ese invento que es Mauricio Macri, la oposición cayó en manos de una corporación comunicacional que como mucho puede disponer de poder de fuego para afectar, pero no para construir. Es lo que Héctor Magnetto desesperó por trasladarles con el gesto público de la famosa cena en su casa, sin éxito porque, además de los problemas para armonizar un programa de gobierno creíble, corroboró encontrarse con una batalla de egos insoportable. De manera que, según es perceptible hasta para el más despistado, la cantidad y –primerísimo– calidad de errores en que debe incurrir el kirchnerismo para perder las presidenciales de octubre supera lo que hoy permite la imaginación política. Y así los cometiera, como en los episodios de carácter eventualmente expansivos que involucran al jefe de la CGT, quedaría por ver si la oposición tiene la capacidad para aprovecharlos. No porque no podría desde varios mandobles efectistas, si acaso tuviera un referente confiable. Es porque sencillamente carece de convicción para ofertar algo distinto a lo que ya se conoce que ofreció en el pasado reciente. A valores de la actualidad estricta, su única esperanza sería que Cristina decida no presentarse. Y si sucediera eso, quedaría por ver si no se metería en un problema mayor vista la incapacidad antedicha de no estar en condiciones para convidar un programa de gobierno fiable.

El firmante se sabe reiterativo, pero no tiene por qué renegar de su profunda seguridad: la oposición no quiere ganar.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165051-2011-03-28.html


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Hay que dejar de hablar del golpe, únicamente, como la instancia más trágica de la historia argentina. Hay que animarse, de una buena vez por todas, a opinar que en algunos o varios aspectos pasamos a ganar. Pero por favor: no confundir esa apreciación con los juicios de quienes estiman que ya están podridos de que (les) hablen de la dictadura. Porque se trata justo de lo contrario.

La bestialidad de lo parido hace 35 años, o un poco antes, es precisamente lo que hace resaltable cierto aspecto del presente. En lo personal, incluso, quien firma se pasó la mayor parte de estas tres décadas y media, en casi cada uno de estos aniversarios, dedicando sus columnas a advertir más que nada sobre la sobrevivencia de lo que la dictadura dejó. La destrucción del aparato industrial; el ninguneo masivo a participar o comprometerse en política, por fuera de aquella primavera alfonsinista que en verdad fue un veranito; la profundización del desprecio ideológico, racista, hacia la actividad sindical y ante los desesperados llamados de atención de los excluidos; la discursividad facha de una vasta clase media (¿Macri no es acaso el hijo civil perfecto de los milicos?); el deterioro de la movilidad social ascendente, quitadas las fantasías patéticas del uno a uno de la rata; la precarización laboral. Puestos en el orden que se quiera, esos y otros componentes son inescindibles del punto de inflexión que significó la dictadura. Aun ahora cabe tener la seguridad o la certidumbre de que en el ámbito educativo en general, por las fallas objetivas y subjetivas que fueren, permanece potente –en el mejor de los casos– la idea y traslación de que hace 35 años aparecieron, desde la nada misma, asesinos lunáticos y capaces de esparcir una de las carnicerías humanas más alucinantes del siglo XX. ¿Cuántos y cómo son hoy los docentes (y comunicadores, y periodistas, y referentes “culturales”, y etcétera) que no saben o no quieren explicar que la mayor tragedia de nuestra historia fue producto de la necesidad y vocación de la clase dominante, para acabar por medio del terror y de raíz –creyeron– con todo signo de rebeldía que anidara en las entrañas y en la militancia activa de una porción de esta sociedad?

Como habíamos propuesto al comienzo: esa bestialidad de los mandantes de los milicos, de los grandes grupos económicos que pusieron todo el gabinete del golpe, y toda la jerarquía eclesiástica para bendecir las torturas, y toda la complicidad directa de los emporios de prensa (que viene ser todo lo mismo), obliga a animarse no solamente a la pregunta de cuánto de aquello sigue vivo sino –por fin– a la de cómo fue y es probable que tenga tanto de muerto. Y la respuesta directa es que apareció una normalidad o anomalía, susceptible de sacar de quicio a quienes, durante 200 años, se acostumbraron a la victoria final e inevitable de sus intereses. De sus ganancias fáciles de país agroexportador, y listo. De sus estratagemas comunicacionales. De su seguridad de tenerla más larga, siempre. Nadie dice que al final (¿qué es el final?) no vuelvan a tener razón. Pero por lo pronto, alguien, algo, les metió una baza después de tanto tiempo. Alguien, algo, les produjo diarrea. Habrá sido que se les fue la mano en su canibalismo de clase parasitaria, en su impericia dirigencial para heredarse, en su exceso de confianza. En no darse cuenta de que había espacio para la aparición de un outsider que leyera la realidad mejor que ellos. Como sea, algo (les) pasó como para que, a “nada más” que 35 años, lo persistente del golpe que dieron conviva poco menos que en desventaja con lo que cambió.

Tantos milicos a quienes ya no tienen como última reserva de la Patria. Tantos pibes que no les tienen miedo. Tanto que dependen de unos medios y unos periodistas en los que se cree cada vez menos. Tanto que el enamoramiento de las astronómicas tasas de interés de la etapa neoliberal empieza, de a poco, a compartir novia con un modelo que privilegia el mercado interno, al punto de quebrarles varios de sus frentes corporativos (la UIA, la Mesa de Enlace). Tanto problema para encontrar dirigentes políticos que les obren de gerentes: hay, pero no convencen a la sociedad. También disponen de caudillos sindicales del viejo aparato burocrático que se resiste a morir, pero que carece del peso de otrora.

Y tanto boludo ideológico, por ser en extremo suaves, que dice que todo eso que cambió, o va cambiando, compele a dejar de hablar de la dictadura, cuando precisamente se trata de hablar más que nunca para tener noción de por qué cambian las cosas.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/subnotas/164788-52701-2011-03-24.html

  OPINION


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Vaya momento casi ideal para confundirse. El adjetivo no alcanza, en realidad. Además de eso es apasionante, provocador, para la gente con inquietudes políticas e intelectuales básicas.

En principio tienta decir que la tormenta se generó tras lo ocurrido en una electoralmente ínfima provincia norteña. Puede ser cierto, como también podría serlo que si no era Catamarca hubiera sido y lo será –más temprano que tarde, porque las elecciones presidenciales están a la vuelta de la esquina– cualquier otro factor. Real o inventado. Ganó una K más bien de última hora en el 0,9 por ciento de padrón electoral del país. Pocos le prestaban importancia, como suena menester, tanto a ella como a Catamarca. Pero pasó que radicales y alrededores, que iban a la fiesta para primerear paisaje optimista, terminaron en un velorio. Y los kirchneristas, que daban por descontada una derrota insignificante, terminaron de festejo prospectivo. Pasó lo que siempre pasa cuando hay alteraciones de la lógica en temporada electoral decisiva: lo accesorio logra transformarse en principal, al menor atisbo de variación. La jefatura opositora, siempre bajo titularidad de Clarín, se aprovechó de una animalada de la candidata triunfante para tirar un par de días. Como eso sólo no podía aguantar mucho, justamente, a mediados de semana operaron que la CGT quería imponerle el vice a Cristina. Hasta le pusieron nombre. Y de inmediato cayó la noticia de la Justicia helvética atrás de Moyano, lo que son las casualidades, al margen de las tortugas que puedan haberse escapado de Cancillería.

Para empezar o seguir por lo indefendible, o intragable, de un lado y de otro. La estructuración del armado de poder kirchnerista incluye al PJ y dentro de ello a Moyano; que no es un orgásmico anillo al dedo para la táctica o estrategia de Cristina, pero tampoco la frigidez. Si ella va realmente por otro período presidencial, ya los tiempos electorales no le dan para andar careciendo de Giojas, Sorias, etcéteras de ese tipo... y Moyanos. El gobernador bonaerense, claro. Pero véase el bando contrario, donde ya jugaron todo a que Scioli patee el tablero, perdido Reutemann como Menem blanco. Jugaron a Cobos, a la Mesa de Enlace, a los fracasados inevitables que Magnetto invitó a cenar para que se pusieran de acuerdo. No pueden. No saben. Fundamentalmente, no quieren. Ahí es cuando entra lo que disparó la elección en Catamarca, con enseñanzas muy significativas en torno del panorama electoral general. Signos que ya están al margen del resultado de ayer en Chubut, porque lo que cuenta es la pedagógica tal vez sin retorno de ese domingo. A izquierda y derecha, se coincidió en que el corolario catamarqueño fue producto de un combo con componentes variados o muy precisos. Sólo varió el orden en que fueron puestos. El kirchnerismo, obvio, privilegió como determinante el arrastre de la figura presidencial y su visita a la provincia en los días previos. Y para la oposición nacional en su conjunto se trató de aspectos locales: el desgaste del gobernador-candidato radical; el exabrupto de última hora al afirmar que se quedaría otros 20 años, “le guste a quien le guste”; haberse dormido en las encuestas favorables, que apenas dos semanas atrás lo daban favorito por entre diez y veinte puntos. En lo mediático eso duró muy poco porque la gobernadora electa no tuvo mejor idea que reivindicar a Ramón Saadi, nada menos que respecto del asesinato de María Soledad Morales. Todos tienen su cuota de razón, porque por algo es un combo. Sin embargo, la pregunta clave es qué habría pasado si el humor nacional generalizado no fuera favorable a Cristina y al rumbo que estipula. Los K pueden haber perdido de vista que, por más decisiva que sea la Presidenta, influyeron los elementos aldeanos. Pero las figuritas nacionales de la oposición extraviaron que ninguna de las cuestiones distritales es suficiente para interpretar su derrota, porque el asunto es que Cristina tracciona desde un clima positivo para su gobierno. O mejor es decir: sí se percataron pero, impedidos de asumirlo en público, sólo les quedó el ardid de prenderse a monturas tales como el desatino de la gobernadora electa de Catamarca en defensa de su primo; o después, en torno de que a Moyano estarían investigándolo en Suiza junto con su error patético, inexcusable, de convocar a un paro contra una causa judicial que lo afectaría. Una medida de fuerza que no le habría jodido la vida política más que a sí mismo, inclusive, pero sobre todo al Gobierno que dice defender. ¿Hasta dónde lo defiende? Hasta el límite de que no vengan a pedirle pruebas terminantes de fidelidad. Soy Moyano, fui combativo contra el menemato, desde la CGT le contengo el conflicto social a Cristina y antes a Néstor, pongámosle que quiero y queremos algunos lugares expectantes en las listas electorales y hago mis negocios personales, está bien: ahora dame vos tu prueba de amor y operá sobre fiscales, jueces y Cancillería. Eso es políticamente egoísta. Carece de altruismo. La encierra a Cristina, no a Magnetto. Comunicó haberse dado cuenta, al dejar el paro “en suspenso”, que quiere decir soy fuerte, pero no hercúleo. En el mejor de los casos, qué novedad, Moyano tiene serios límites ideológicos. En el peor, digamos que compatible con el previo, se animó a extorsionar a la Presidenta. Después, ¿por qué centrarse –por qué se centran ellos– en la figura de Moyano? ¿Por el impresentable paro que ya no será mañana? Desde ya que no. Es que Moyano representa (coyunturalmente) la parte de la batalla cultural-política que es susceptible de que ellos puedan ganar en algo, siendo que la parte mayor está ganándola el imaginario y realidad que escenifica Cristina ¿al cabo? del mamarracho de los Cobos, las Carrió, los Biolcati, los Macri-Duhalde y sucedáneos. Lilita, para ejemplificar al paso, aprovechó Japón para decir que “Dios nos está diciendo (...) que vivamos en la verdad, en la decencia, en la justicia, que no usemos la tecnología ni aunque sea de manera pacífica”. Bueno. La pobre se volvió loca de atar –hace rato, si es por eso– pero, como se quiera, es leal a su propia locura. Los otros están lejos de estar locos, aunque, políticamente, es dable discutir si no se acercan a estarlo vista la lectura que hacen del momento político. El inmovilismo frente a su propia impotencia. Aquello de que son clase dominante, pero no dirigente. Los otros, es decir, titulan en tapa que para los Estados Unidos la inflación argentina es “dramática”, subyugados todavía por el extinto influjo de un cipayismo que ya pierde más votos que en el ‘46. Los otros se quedan cinco metros en orsay, minimizando el valor del proyecto parlamentario consensuado, entre todos, para ampliar los derechos laborales de las empleadas domésticas. Los otros se apuran a darle una página impar de cartel francés, número cinco, a que “un cura, un ruralista radical y un PJ se unen contra Insfrán”, a propósito de las decisivas elecciones formoseñas de octubre... Los otros corren a pedirle a la Presidenta que lo pare al camionero para defender las instituciones. Los otros que defienden las instituciones son los que ya les echaron encima toda la mierda habida y por haber.

Unicamente a un tarado, permítase la expresión algo abrupta, se le pasaría por la cabeza poner las manos en el fuego por la inocencia pecuniaria, judicial y política de Hugo Moyano. Pero únicamente a un tarado de proporciones ecuménicas se le ocurriría marginar a esa constatación de que este birlibirloque se da justito después del resultado en Catamarca. Y sobre todo, luego que Marcela y Felipe son mandados por la Justicia, otra vez, a hacerse las pruebas de ADN.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-164619-2011-03-21.html

  OPINION


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Ayer, en Catamarca, se largó formalmente la carrera electoral del año. Es oportuno echar un vistazo al panorama conjunto, pero focalizado en cierto aspecto que la vorágine de encuestas, informes, opiniones y especulaciones pasa de largo. O quizá, deba hablarse de que ese aspecto está naturalizado.

Tomemos uno dato fresco y relevante. Hace poco más de una semana, el gurú electoral Jaime Durán Barba comenzó un trabajo de zapa sobre su asesorado Mauricio Macri, para intentar convencerlo de que le conviene salirse de la candidatura presidencial e ir por la reelección en Buenos Aires. Hasta donde se sabe, el jefe de Gobierno porteño sólo aceptó postergar su decisión porque no está seguro de que la victoria de Cristina en primera vuelta sea irreversible. Sí es comprobable que, casi de súbito, Macri dejó de hablar de su postulación a presidente. Pero eso podría atribuirse a que entiende como mejor campaña pedir la intervención de la Federal para el desalojo de viviendas ocupadas. O mandar al rabino Bergman a Salta, para hacerle el aguante al esclavista Alfredo Olmedo. O insistir con que no puede gobernar la ciudad como quisiera porque el gobierno nacional no le da plata, frente a lo cual es impostergable recordar aquello que supo ser uno de sus principales caballitos de batalla: no necesito plata de nadie porque a Buenos Aires plata es lo que le sobra.

Asimismo, podría considerarse que el drama existencial de Macri no pasa tanto por los cálculos electorales sino por sus sencillísimas ganas. La ciudad ya lo aburrió hace rato, según confiesan sus propios íntimos, porque ni siquiera era el juguete que quería. Era tan sólo lo que necesitaba como trampolín hacia una acumulación de poder mayor, con la salvedad de que en política no hay el milagro de un Bianchi en quien descargar la conquista y usufructo del éxito. Hay que trabajar. Y Macri no tiene ni la menor idea sobre el significado de ese término. Podría haber puesto más la cabeza que el cuerpo, aunque sea, para transformar en un partido y en alcances nacionales los favores mediáticos, el Boca que ganó todo, la decepción popular con los progres que habían administrado la ciudad y el baile del triunfo 2007 con la figura de Michetti, de cuya actividad tampoco se conoció nunca nada. Y resultó que no. Ni partido, ni formación de cuadros, ni buena gestión; ni desarrollo fuera de Buenos Aires, más allá de recurrir a un cómico santafesino que debutó borboteando su sueño de que los negritos tengan agua caliente para bañarse. Lo único que hay en lugar de eso que podría haber sido es una ciudad donde a lo que se mueve se lo saluda con bicisendas que no usa nadie, y a lo que no se lo pinta de amarillo. Una ciudad más sucia que jamás, con un caos de tránsito inigualable y escuelas públicas que, sin desmentida de las mismas autoridades, eximen de ir a practicar turismo de aventura en otros parajes. Para no abundar, como decía David Viñas.

Macri –y Michetti más todavía, dicen las encuestas– conserva sin embargo alrededor de un tercio de poder de fuego electoral. No se sabe, o nadie hurga, si es así porque la clase social y mental a la que representa el ¿macrismo? Está francamente conforme con su mandato. O si no es más que la animadversión hacia la yegua presidenta. Tomado por cierto que ese electorado está y que podría ser proyectado a nivel nacional si Macri trabajara (un poquito o a secas), el horizonte se animaría a sonreírle. Si no a corto plazo, al mediano. ¿O acaso no es, después de todo, la variante ideológica más claramente enfrentada al kirchnerismo? Mucho más aun: ¿alguien escuchó que los propios kirchneristas pongan las manos en el fuego por que, en 2007, Kirchner no quería que en la Capital venciera Macri, para tener un contendiente proyectual preciso? ¿Alguien las pondría por que al Gobierno no le preocupa que Macri se baje de la aspiración presidencial? Los radicales se consumen en su interna; el peronismo federal es ya una caricatura de sí mismo; Pino volcó del todo –bien que no algunos de sus adyacentes, a quienes el ombliguismo empieza a hartarlos– y Carrió debe estar concentrada en cómo adjudicarle el acto de Huracán a Fuerza Bruta. ¿Quién que no sea Macri, por lo tanto, para tener contra quién? Salvo que se minimice el hecho de que sin oposición, del tipo que fuere, es imposible no desgastarse.

La visión más rápida, la vigente en lo real o en la realidad que construyen los medios dominantes, es que las cosas son lo que son sin importar cómo se las interpreta. Tomado el caso de Macri, que el periodista usa como disparador bien que no menor, se trataría de que esa constatación verdadera o ficticia –Cristina triunfante en primera vuela– es sanseacabó. Es decir: la Presidenta gana de cualquier forma, y ese qué sustituye al porqué. ¿Por qué estaría ganando fácil?¿Solamente porque la vida anda mejor, o mucho mejor en comparación con el incendio de hace diez años? ¿O además porque la oposición no tiene manera de convencer acerca de en qué sería más eficiente? Macri, para resaltar, ¿tiene el único inconveniente, digamos, de que el mundo quiere soja justo cuando él no lo puede aprovechar? ¿O tiene la angustia de que no se le ocurriría absolutamente nada más que eso, sabiendo que encima no le da el espacio epocal para quebrar ni la Asignación Universal por Hijo, ni la reestatización jubilatoria, ni el Fútbol para Todos ni su ruta? En una palabra, ¿qué es lo que Macri, o el hijo de Alfonsín, o cualesquiera de los hijos del pasado, están en condiciones de ofertar que no sea lo que ya está ofertado? ¿No será eso, la falta de convicción, lo que les impide asentarse electoralmente?

Lo que ayer arrancó en Catamarca es un proceso en el que, a priori, los méritos y deméritos del kirchnerismo deberían ser juzgados con una vara igual de severa que la que vaya a usarse para observar a la oposición. Suena a obviedad y en verdad lo es; pero deja de serlo si por “oposición” se lee un “nosotros”, entendida la primera del plural como cuánto del “nunca menos”, de lo logrado, está dispuesta a bancarse la mayoría de esta sociedad. Cuánto es proclive esa mayoría a que se profundicen cambios hacia izquierda, sin que eso suponga pensar en revoluciones, ni radicalizaciones, ni casi nada por el estilo. Usemos el ejemplo de 1995. Ganó la rata, cómodo, cuando ya se archisabía que era un travestido vendepatria. Pero se prefirió la ficción del deme dos de la dictadura mutado al uno a uno. Así terminamos. Ahora hay otro contexto internacional y regional, otro tipo de liderazgo, otra clase de rumbo. ¿Estamos de acuerdo en que ése es el piso? ¿O la eventual– marcha hacia algunos techos impone afrontar choques de intereses, convulsivos, que esta sociedad no tiene deseos de sufrir? Si es esto último, habría que contrapreguntar qué hay de distinto, en lo que la derecha ofrece, que no sea lo que ya ofreció.

La presunción es que esa derecha está para atrás, como quedó dicho o intentó decirse, porque es consciente de que no tiene para ofrecer nada mejor dentro de los marcos de su propio sistema. De ahí a que no se vuelva a confiar en ella, a pesar de ella misma, hay mucha diferencia. O podría haberla. Eso es lo que se abrió ayer, al margen de lo circunstancial de la irrelevancia numérica del padrón catamarqueño. Se largó tratar de saber si lo que hay es simplemente el seguro de que por ahora no hay nada mejor, para consumir y sentirse liderados por un rato. O si es que no que hay nada mejor como modelo a futuro.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-164132-2011-03-14.html

  OPINION


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Por lo general, nadie siente que los discursos políticos pueden cambiarle la vida en un sentido estricto. A escala histórica, son pocas las alocuciones frente a las que los pueblos se percibieron delante de un hecho decisivo. Pero también ocurre que se necesita del paso del tiempo para mensurar lo profundo, o no, de ciertas verbalizaciones políticas. Y sobre todo, suele suceder que no se las coteja con el resto de lo que se escucha.

Esto último es lo acaecido con la palabra presidencial en la apertura de las sesiones del Congreso, lo cual es una forma de decir: como lo reconocen miembros de ambas Cámaras y de todas las extracciones, ni siquiera en voz baja, tratándose de un año electoral estarán haciendo campaña antes que adentro del recinto, en proporción de diez o veinte a uno. No es un dato aleatorio, porque expresa que la gran cocina pasará (mucho) más por lo propositivo comicial –en la mejor de las hipótesis– que por las acciones concretas desde las bancas. Nunca fue distinto. Es lo inherente a un sistema fuertemente presidencialista como el argentino, y no viene al caso si hay que conservarlo. Dicho de otra forma, nadie interpreta que la mejor plataforma electoral sea trabajar de diputado o senador. Esté bien o mal, hay una diferencia sustantiva entre oficialismo y oposición; que es universal aunque por estas pampas, en estas circunstancias, se acentúa: el primero tiene para mostrar lo que hizo y hacia dónde va, desde la ratificación de lo obrado; y la segunda tiene el problema de no haber hecho nada, con la suma de no conocerse tampoco qué es lo que quiere en términos de articulación de fuerzas.

El discurso de Cristina debería ser revisado, no única pero sí esencialmente, bajo esa perspectiva. Lo contrario significaría que su pieza oratoria puede ser apreciada o denostada como un episodio suelto, aislado de contexto, remitido nada más que a la disposición favorable o negativa que despierten su figura y gobierno. ¿Es lógico eso? De lógica pura, entiéndase. De método analítico, no de pasiones.

Para gusto del firmante, ante un ámbito tan “institucional” y siendo de esas disertaciones trazadoras de grandes líneas, la Presidenta ignoró temas que no debió obviar. Iban a cuestionarla igualmente, desde ya, según es uso y costumbre en casi cualquier oposición respecto de casi cualquier oficialismo. Sin embargo, ante lo horrible en particular de esta franja opositora que no dispone, ni apenas, de alguna perorata superadora del mero oposicionismo, ¿para qué dejar el flanco de no hablar de la inflación? ¿Por qué no profundizó, como supo hacerlo hace poco, en la responsabilidad de los formadores de precios? ¿Por qué ofrecer otro blanco absoluto sobre el desquicio en el Indek? ¿Por qué no haber fugado hacia adelante con una explicación estructural acerca de que se paga deuda con reservas? ¿Por qué soslayar la distribución de ganancias entre los trabajadores? A un cuadro político con la personalidad de Cristina, portadora de esa capacidad retórica deslumbrante y enfrentada a gente con serios aprietos para armonizar sujeto, verbo y predicado, le cuesta chaucha y palito acostarlos con dos o tres oraciones fulminantes y conceptuales. Lo hizo, es más, durante su propio discurso. Al Gardiner mendocino le solicitó que mandara apagar el bullicio de sus acólitos radicales, y no jodieron más. Y a un mediocre necesitado de protagonismo, que pegaba grititos y cuyo nombre ni tan sólo importa, le fijó la vista de lejos para preguntarle “¿cómo es su nombre, diputado?” (el tipo ése, ¿se aguantará el espejo desde el otro día?). Le bastó un disparador, el de que “no se hagan los rulos” con su candidatura próxima o eterna, para que los chiquilines de la oposición se tomaran de “hacerse los rulos” como decadente opción imitativa de respuesta. Qué manga de gente gris. Con tanto territorio libre de obstáculos que no sean los propios, no se justifica que Cristina haya regalado espacios. Y esto vale sin perjuicio de aquello en lo que sí marcó rumbo, y que fue prolijamente salteado en el parecer de los corifeos opositores. La extensión de la Asignación Universal por Hijo a las embarazadas. Lo imperioso de un nuevo estatuto del peón rural. Un nuevo régimen de adopción. Reformular la ley penal tributaria para los grandes evasores.

A Scioli le dedicó que la inseguridad no debe ideologizarse, que no es una frase muy feliz que digamos viniendo de alguien ideologizado como ella, aun cuando se entienda la chicana para que acabe con tonterías tales como bajar la edad de imputabilidad; y, más allá, para que corte con seguirle la emoción fácil a lo que escucha en TN o Radio 10; y, más allá, para que se entienda que en el proyecto, o como quiera llamárselo, no hay lugar para tibios ni, mucho menos, para quienes no ofrecen garantías de que a mediano y largo plazo no volverán a andadas menemistas. Ya se lo habían avisado con el impulso a la candidatura de Sabbatella. Y se lo advirtieron a los barones del conurbano, propulsando esas listas colectoras que el cinismo kirchnerista denomina “de adhesión”. Cristina dijo también que a los sindicalistas los quiere de compañeros y no de cómplices, pero al respecto los grandes medios y figuritas opositoras prefirieron hacerse los tontos; o, peor, en ese aspecto son tan tontos que en lugar de denunciar la picardía presidencial, con el fin de seducir sectores medios, se rindieron a sus intereses de clase para asegurar que la Presidenta ya no aguanta más ni piquetes ni paros salvajes. Son tan increíblemente torpes que eligieron concentrarse en que hay un operativo destinado a la recontraelección de Cristina en 2015 (al margen del urgente asesor comunicacional que necesita la diputada Diana Conti). O en la apasionante revelación de que un órgano de los Estados Unidos alerta por la fuerte suba del consumo de cocaína en Argentina: título central de portada de Clarín, el viernes último, que el mismo diario remitió para su desarrollo... a la página 49.

El resumen de todo esto sería que, sea hache o be, furibundos en la crítica o defensa de la jefa de Estado y su administración (y su discurso, para el punto), ella manifestó una serie de omisiones, críticas y propuestas que son contrastables con lo actuado. Y con cómo lo actuado adelanta o retrocede de cara al futuro. Enfrentado a eso, y con la licencia de decir “objetivamente” como si la objetividad no fuera poco menos que un valor abstracto, lo que hay es examinar el debe y haber del oficialismo, sí, pero sobre todo aquello de los contrastes. Se encuentran, muy rápido, discursos vacíos de cualquier definición. Macri en apertura de sesiones distrital convocando a atención de infancia desprotegida, como si fuera un dirigente socialista. Cobos y su insistencia en parecer una fotocopia de De la Rúa, si eso fuera posible. Sanz en el Gran Rex, delante de las viudas decrépitas de la Alianza, bajando como toda línea un “hola, soy Sanz, quiero ser Presidente”. Pino en campaña ¡¡¡en Expoagro!!!, subido a babucha de Clarín y La Nación, por ser contemplativos. El hijo de Alfonsín, contando que ya está cabeza a cabeza con la Presidenta. Como otras veces, da vergüenza seguir. Vergüenza ajena.

O sea que, tal vez, no haya sido la fracción discursiva más completa o atractiva de la Presidenta. Simplemente, fue de esos discursos a los que, si no les sobra, les basta con que su protagonista, y sus alcances, sean comparados con lo que hay enfrente.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-163609-2011-03-07.html

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Así es: por los alrededores de la detención de José Pedraza (y en simultáneo de su número dos, lo cual es un hecho inédito) hay un par de aspectos que, llamativamente, pasan más bien inadvertidos.

Un primer reflejo fue constatar que, al revés por completo de lo sucedido hacía muy poco con el apresamiento de otro jerarca sindical, la caída en desgracia de Pedraza no le movió un pelo corporativo a nadie. Es cierto: el Momo Venegas tiene detrás el apoyo explícito de Duhalde –o a la inversa, en realidad– y sus contactos y amistades en el núcleo duro de la burocracia cegetista son mucho más profundos que los del cabecilla de la Unión Ferroviaria. Además, las andanzas de quien dirige a los trabajadores rurales son investigadas por un juez como Oyarbide, del que siempre rigen sospechas en cuanto a su independencia de accionar, sumado a la propensión que tiene por los impactos mediáticos. Muy por el contrario, Susana López, la jueza de Instrucción que lleva la causa del otro adefesio, es considerada en forma unánime como una magistrada de trayectoria intachable y excelencia profesional. Pero nada de todo eso fue lo esgrimido, centralmente, para interpretar que al Momo salieran a defenderlo ipso pucho, mientras Pedraza ya manya cómo se prueban las pilchas que dejará. No. La centralidad analítica fue que en un caso hay “la mafia de los medicamentos”, y chau. Y que en el segundo rige un asesinado, provocando entonces que los códigos de solidaridad mafiosa tengan, aunque sea, la prevención de convocarse a silencio. De ahí se saltó a revolver –sin necesidades de mayor esfuerzo investigativo, por supuesto– en el descomunal nivel de vida del “sindicalista” Pedraza. Su vivienda en Puerto Madero, su declaración de que gana apenas 25 mil pesos por mes, su reloj o sus mersas apliques de oro. No importa. Es un tema que debería conducir a la pregunta de si acaso es casualidad que estos descubrimientos vean la luz sólo cuando hay un avatar judicial de por medio (verbigracia por el porqué de que nunca se revisa el origen de la fortuna de empresarios varios, definidos formalmente como tales). Y que, por lo tanto, redirecciona a interrogantes complementarios. ¿Se trata de destruirlo a Pedraza porque se lo merece, y claro que se lo merece? ¿O de asentar la construcción de discurso contra cualquier cosa que simbolice actividad gremial, sindicatos, sindicalistas, corrupción anclada únicamente ahí? Como dice Daniel Santoro, el artista, si el negro Hugo Moyano, ya sea por negro o por Moyano, viste alguna vez un Armani (que tampoco, encima), todos se preguntan de dónde sacó la plata para comprárselo. Pero a cualquiera de los que visten 150 trajes de ésos, y a quienes solamente dedican notas sobre sus internas y miradas institucionales, nadie les pregunta nada. En un punto, es lo que se llama derrota cultural. Sindicalista, sospechoso a priori. Empresario, dispensado a priori.

Tómese el párrafo precedente como paréntesis ad hoc, porque estábamos en aquello de que la diferencia de circunstancias entre Venegas y Pedraza; o entre Zanola y Pedraza, ya que estamos, es un muerto. Un asesinado. Mariano Ferreyra. ¿O sea que “la mafia de los medicamentos” es un episodio secundario porque no hay un muerto comprobado? ¿Si le dieron una droga vencida o falsa a un enfermo de cáncer es un dato aleatorio, porque lo válido es compararlo con un asesinato político? Alguna gente del PO fue casi la única que habló de eso. Y no interesa si lo dijeron porque su posicionamiento jurásico les impide soportar que la justicia burguesa mande presos a quienes denunciaron como los asesinos de su militante. Los trotskistas, o estos troscos, podrán equivocarse y vivir afuera de la realidad, compulsivamente, en torno de las recetas para los males que denuncian. Podrán ser o semejar a una secta. Podrán confundir al enemigo. Podrán ser funcionales a la derecha. Podrán laborar para continuar siendo el cero coma cero de los votos, durante toda la vida. Pero son útiles para alertar sobre variados diagnósticos, sin los cuales el escudriño de las contradicciones en los procesos históricos, como éste, que requieren acumulación de fuerzas populares, sería más pobre, más aguachento, más cínico.

El segundo elemento desatendido tras la detención de Pedraza es ante qué se está, o podría estarse, a propósito del modelo gremial dominante desde el fondo de los tiempos. Y si se habla de eso, se lo hace también de las oportunidades que ofrece el presente político. No habrá quien crea, es de imaginar, que la sucesión de problemas afrontados por tamaños caciques sindicales es ajena a un clima capaz de habilitarlos. Una temperatura apta para animárseles. Basta con sacar cuentas de cotejo. Años y años de intocabilidad. De protección absoluta. De enfrentarse como mucho a las denuncias de minoritarios opositores internos. De alianza fácil con el empresariado, con sus prebendas repugnantes a cambio de conformar a las bases. De complicidad de los emporios periodísticos, no fuera cuestión de que se creara un ánimo agitador. Años y años. ¿Y qué? ¿Resulta que de golpe y porrazo tienen que dedicarse a buscar pullovers para taparse las esposas delante de las cámaras? ¿No será que, tan de a poco como sin pausa, se les corta el carretel por la persistencia de un sistema demoliberal pero al fin y al cabo un tanto más atento en los pudores “republicanos”? ¿No será que hay un modelo, una voluntad, o como quiera llamársele, que franquicia tocarles el trasero? Es paradójicamente atractivo, aleccionador, que los medios de comunicación preponderantes anden regodeándose, casi, con las desventuras de los Venegas y los Pedraza. Justo ellos, los medios, que a la par de la connivencia con los amos gremiales vivieron cuestionando a sus patotas en forma innominada, deben dedicarse ahora a recabar en sus lujos asiáticos y su defecar en los derechos de los trabajadores. Lo vertebran, ellos, los medios, a través de señalar la confabulación general y particular del oficialismo con ellos, los oligarcas sindicales. Disponen objetivamente de parte de la razón. Pero la parte de la razón faltante es que, por carácter transitivo, el oficialismo no es el violador institucional declarado por ellos, los medios, porque si lo fuera no se explica cómo pueden ir presos los socios del kirchnerismo.

Los problemas de la corporación sindical-empresarial exceden al ámbito de la Justicia, aunque sea veraz que es ahí donde sufren las complicaciones mayores. Ya hay la lucha de agrupaciones venidas de abajo que se hacen lugar entre bandas despóticas, como en el subte, y con reconocimiento jurídico más allá de que algunos métodos sean ampliamente discutibles. Ya hay la exigencia internacional de que se admita a la CTA como un actor de pleno derecho, más allá del papelón que pasó ese órgano en su proceso electoral. Ya hay, en síntesis, que el modelo de sindicalismo meramente estatalista, conservador, violento, corrupto, entró en disputa. Una disputa poco menos que neonata, todavía imperceptible. Pero tampoco se creía que habría forma de enfrentar a Clarín, si es por eso. O de que pudieran casarse los homosexuales o de reestatizarse las jubilaciones.

No hay más destino que el que se quiera construir, pero para eso es imprescindible acertarle a la caracterización del momento histórico. Si se piensa que las desdichas de tanto pandillero son casualidad, estamos fritos. Si se juzga que responden a que cambiar algo para mejor es posible, estamos para adelante.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-163205-2011-02-28.html


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A veces, sucede que los efectos de un hecho son mucho más importantes, o al menos más pedagógicos, que sus propias causas. Inclusive, puede ocurrir que el episodio sea, en lo potencial, de muy escasa trascendencia pública. Y que sus consecuencias lo transformen en algo tan inventado como rimbombante.

¿Alguien cree que el decomiso del avión militar estadounidense era o es un episodio capaz de despertar atracción masiva? Obvio que no. Pero los alcances periodísticos que tuvo conllevan una esencia muy valiosa, aunque, en principio, nada sorprendente. Por aquello de la (no) relación causa-efecto, carece ya de mayor sentido hurgar en cómo fue que se prendió el fósforo. ¿El Gobierno sobreactuó la medida para afirmar su verba antiimperialista? ¿Fue necesario el show mediático? ¿No era lo mismo proceder hacia idéntico fin pero con mayor reserva? ¿Acaso habríamos sido menos soberanos si se hubiese maniobrado con sigilo? ¿Es tan grave la carga no declarada de ese avión norteamericano? Cualquiera de esas preguntas, que a priori son o podrían ser legítimas, pasó a ser irrelevante al cotejárselas con la réplica barbárica de los medios de comunicación hegemónicos, sus periodistas más connotados y, desde ya, una mayoría de la oposición o, si se quiere, de los dirigentes opositores que hablaron del tema (sólo el hijo de Alfonsín resaltó al procedimiento como de pleno derecho, y hubo un resto que se llamó a silencio). Para subrayar, por las dudas: esos interrogantes, en realidad, nunca fueron el objeto analítico prioritario, sino que obraron como subordinados al espanto causado entre el cipayaje por –al fin y al cabo– un mero incidente diplomático con los Estados Unidos. Con excepción del odio de clase, el racismo, el sentimiento de venganza y las barbaridades que se dijeron cuando el conflicto con los campestres, es difícil recordar un hecho a través del cual se haya manifestado, con tanta brutalidad e ignorancia, el espíritu y el estilo de quienes conforman, desde los medios, un soporte clave de la mentalidad vasalla.

Cabezas de portadas, informativos de radio y televisión, columnas centrales, entrevistas, machacando con la “perplejidad y preocupación” de los Estados Unidos por la “improcedencia” de haber amedrentado al personal del avión. Ex embajadores con amplia concesión de espacio, absortos por haber colocado a Washington en un “banco de acusados” (Juan Archibaldo Lanús). Y por estas acciones que “nos condenan a la intrascendencia” en la que en verdad ya estaríamos, porque “ningún líder de nación políticamente gravitante (...) ha aterrizado en estas playas” (Rodolfo Gil). Amateurs impunes que hablaron de la inmunidad que proveen las “valijas diplomáticas”: una licencia que no tiene absolutamente nada que ver con el decomiso de un avión de carga. Los disparates interpretativos, sin un solo dato de sostén, bajo aseveración de que se ejercitó una represalia contra Obama por no incluir a la Argentina en su próxima gira. La impudicia de sugerir que si tampoco viene el jefe del Fondo Monetario por algo será. La amenaza de que la Casa Blanca borre al país de su status de aliado extra OTAN, brindado gracias al alineamiento incondicional de Menem con la política exterior de los republicanos... Qué asco.

Correspondería revisar si esta embestida mugrienta de los medios y sus ordenanzas no tiene nada de insólito, desde el entendimiento de que, después de todo, es la expresión de una tilinguería tan reaccionaria como ancestral. Porque, tal vez, nos encontremos con una segunda lección, o ratificación, de lo motivado por el caso del avión yanqui. No hay la más mínima duda en torno de que piensan efectivamente así, pero, ¿no debería haberla acerca de lo obnubilados que están respecto de la temperatura popular? ¿No advierten que su grosería genera un resultado inverso al que buscan? El Gobierno les provoca arcadas, es cierto, quizá más por el despliegue de su discurso confrontativo que por una grave afectación de sus intereses. Ahora bien: ¿tanto como para enceguecerlos de esta manera? ¿Tanto como para que extravíen así la necesidad de una táctica de enfrentamiento menos guaranga, vistos los resultas que obtienen? ¿No los alertaron en absoluto la masividad de los festejos por el Bicentenario, la del funeral de Kirchner, la unanimidad de las encuestas que encargan ellos mismos y que muestran a Cristina en posición de clara favorita? Como el firmante se resiste a creer que puedan despistarse de semejante forma, aunque tampoco lo descarta, termina cayendo en la cuenta de que, perdidos por perdidos siquiera en lo coyuntural, resuelven persistir en fugar hacia delante. En redoblar la postura de choque. Sería probable que estén imitando a los propios K, que en la más dramática de sus instancias apostaron a profundizar las grandes líneas de enfrentamiento con bloques de poder específicos. Y les fue bien, o les va bien.

Hay esa palabra, cipayos. Es de origen persa y la primera vez que se la citó, en el Diccionario de la Real Academia Española, aludía a “soldado indio”, en 1869. Pero unos años después, la definición se ensanchó a “soldado indio al servicio de una potencia europea”. Una segunda acepción es “secuaz a sueldo”. El profesor venezolano Alexis Márquez Rodríguez señala que la connotación peyorativa de la palabra comenzó a usarse, al parecer, en Cuba y Puerto Rico, cuando aún eran colonias españolas y se empleaba para designar al criollo que se alistaba en el ejército colonial. Aquí, ya se sabe, la popularizó Arturo Jauretche a través de su Manual de Zonceras, que lista las ideas negativas de los argentinos sobre su propio país. El escritor mantenía que esos preceptos eran introducidos en la conciencia ciudadana desde la educación primaria, y ya marcaba que después se sostenían a través de la prensa. Un postulado conocido por todo aquel que disponga de inquietudes intelectuales básicas. Sin que pierda valor, ninguna vez.

Puede que la furia cipaya sea sencillamente eso, en lugar de una apuesta política, meditada, a favor de acentuar los topetazos. Puede que no puedan con sus raíces clasistas o adquiridas, y listo. Si es eso les cabe una extensión, ahondada, de la legendaria sentencia borgeana acerca de que los peronistas no son ni buenos ni malos sino incorregibles. Porque, dada por eficaz la provocación, ellos, la clase dominante argentina y –hoy más que nunca– sus puntas de lanza mediáticos, portan una incorregibilidad más emperrada todavía. El peronismo fluctuó históricamente a derecha e izquierda, y en su nombre se crió mucho de lo mejor y lo peor de este país. Pero estos garcas no oscilaron nunca. Jamás dejaron de ser escribanos de los imperios de turno, jamás tuvieron una fisonomía patriótica, jamás se plantearon a dónde condujo su pusilanimidad. Son los tipos de las relaciones carnales y en una de esas, como ya se expresara en esta columna hace unas pocas semanas, el tiempo les da la razón a caballo de esa significativa porción de la sociedad que tiene su misma escala de valores. De esa gente que toda la vida miró hacia afuera no para ampliar sus miras de pensamiento crítico, sino por la comodidad cobarde del presunto amparo bajo el sol. Esos frívolos acaban de dar otra muestra de sí.

A veces su símbolo es un helicóptero. A veces un avión.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-162786-2011-02-21.html

  OPINION


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Las enormes diferencias entre los problemas que aquejan a oficialismo y oposición van quedando expresadas con contundencia.

El Gobierno afronta otra vez, debido a las expectativas que pintan el año y la discusión paritaria consecuente, el acecho de la inflación. No le encuentra la vuelta al combate contra los formadores de costos, y encima de eso sigue perdiendo la batalla discursiva porque está instalado que los precios suben porque los precios suben o, peor aún, que la responsabilidad o culpa final es del Estado. Y en lo que se llama campo político las últimas jornadas trajeron la profundización de un debate recurrente. Hubo diversos gatillos. La masacre policial de José León Suárez. La instrumentación o no de listas colectoras en la provincia de Buenos Aires. El recelo en la gobernación por el apoyo de Casa Rosada a que Martín Sabbatella sume su candidatura. Se traduce en todo eso lo difícil de la relación entre las autoridades nacionales con Daniel Scioli, por un lado, y por otro con el aparato de los intendentes pejotistas. El accionar de la policía en aquel episodio volvió a revelar una distancia, muy grande, entre la bajada de línea de la ministra Garré (de la Presidenta, en consecuencia) y la operatividad autónoma –por ser suaves, claro– de la Bonaerense. Son directrices políticas que apuntan a concepciones diferentes, complicadas para la convivencia ideológica. Y es por ejemplos como ésos donde se cuela que no son todos lo mismo, sin perjuicio de que los K y Scioli se necesitan y de que ambos, a la par, creen decisivo el concurso de los barones del conurbano. Para sumar complejidad, la CGT de Moyano se abroqueló en defensa del capo Gerónimo Venegas. ¿Cómo se hace para asentar una estrategia gubernativa, ganadora y honesta, que conforme a esos todos? Empero, estas descripciones y esa pregunta atienden a un espacio, el oficialismo y alrededores, en el que los problemas pasan por cómo controlar desde un piso que está firme.

En la franja opositora –excepto la unidad suscitada por la detención del principal aliado sindical de El Padrino—, el conjunto venía mostrándose a la vista de cualquier observador mínimamente atento, hace ya buen rato. La muerte de Kirchner fue lo que terminó de dejar desnudo el paisaje. Sólo cabía esperar la profundización de ese vacío. Desaparecido el aglutinante casi exclusivo del espacio anti K, como vector insuperable de los lamentos y acusaciones sobre modos prepotentes y aislamiento del mundo, tanto la dirigencia política como los espacios mediáticos y sectoriales que enfrentan al Gobierno se quedaron sin discurso. Al cabo del pico opositor, cuando el conflicto con los campestres y después por la derrota electoral oficialista, los que se comían a los chicos crudos ratificaron su ausencia pavorosa no ya de ideas alternativas potables, sino de capacidad organizativa que las disimulase. O, siquiera, de ciertos reflejos que les sirvieran para mantener la inserción social pasajeramente conseguida, mucho más por el encono contra los errores gubernamentales que por el entusiasmo ante sus mandobles. Los Kirchner jugaron bien porque, en el peor momento, sorprendieron a propios y ajenos con su volumen de respuestas rápidas y convocantes. La ley de medios y la Asignación Universal por Hijo, entre otras medidas y gestos, reconquistaron favor popular. ¿Fue primero eso, o que en la vereda contraria volvió a corroborarse que cocodrilo que se duerme es cartera? Podría decirse que ambos factores en simultáneo, pero el periodista tiene la impresión de que la cantidad de defecciones del arco opositor superó al vertiginoso reimpulso oficial.

Repasemos, en orden aleatorio, algunos datos archiconocidos y no por eso carentes de valor, al agrupárselos con el reposo analítico que siempre provee el tiempo transcurrido. Julio Cobos, quien aparecía o fue construido como nueva e imparable estrella de la presunta alianza entre parcelas de clase media crecientemente disconformes y agentes económicos concentrados, no arrancó nunca. Lo mismo sucedió con Francisco de Narváez, el otro gran referente electoral que había vencido a Kirchner nada menos que en el conurbano bonaerense. La Mesa de Enlace se retiró a descansar, lo más oronda, sobre la incrementada cordillera de divisas que provino del aumento en los precios granarios internacionales. Los bloques parlamentarios de la oposición, incluidos los flamantes agrodiputados y autoerigidos en la barrera que pondría freno al autoritarismo kirchnerista, brillaron bien antes por sus desencuentros que por la armonización de aspiraciones capaces de ilusionar a mayoría alguna. El peronismo jurásico no tardó en exhibirse como un show de vanidades personales, mientras Macri se dedicaba a gestionar cada vez peor, como si no le bastara con sus desconsuelos judiciales. Y los radicales persistieron en caracterizarse como una sucesión extenuante de internas individuales, al margen de que puedan haber recobrado algún vigor gracias a la ausencia de opciones (son un partido histórico, después de todo, y como tal conservan estructuras territoriales que, en etapas de desierto, les habilitan mantenerse a relativo flote). En ese escenario global de quienes aspiran a desbancar al oficialismo o eso juran, la jefatura opositora fue quedando en las manos, solitarias, de las corporaciones mediáticas enardecidas por la afectación de sus negocios. Y lo especial que pasó la semana anterior es que se concentraron algunas noticias emblemáticas de ese panorama.

De nuevo en orden azaroso, acabó por saltar la lucha intestina de los grandes industriales, y el centro de la cuestión consiste en que buena parte de ellos está a disgusto con el accionar del tándem Techint-Clarín, porque los deja pegados a una estrategia de confrontación con el Gobierno no apta para sus intereses. Dicho esto, el punto de fondo es entonces que, también entre los popes de la industria, hay unos cuantos –si no los más– a quienes el kirchnerismo podrá no caerles precisamente simpático. Pero empiezan a apostarle al malo conocido, porque los buenos por conocer les resultan patéticos: una deducción en la que no prima lo ideológico, sino lo que advierten como pericia o firmeza de mando, además, por supuesto, de que es innegable la fuerte recuperación del polo industrial. De manera análoga, sectores del agro pequeños y medianos, que en 2008/09 se encolumnaron sin dudar un segundo tras los dictados de las grandes patronales, comenzaron a percibir que varios de sus reclamos eran atendidos. El Gobierno les partió el frente, que era lo que medio mundo le dijo que tenía que hacer, y no hizo, antes y poco después de la 125. Culminan por ofrecer una imagen deshilachada por completo, al límite de que en estos días tienen dificultades hasta para consensuar un comunicado. En el Congreso, el extinto Grupo A apenas si puede hacer la mueca de un llamado a consulta popular por el 82 por ciento móvil, lo cual es de una demagogia tan obscena que cabría pensar, por qué no, en un efecto boomerang. Y si es por los aprestos electorales, mientras Cobos se dedica a cruzar la Cordillera de los Andes, Carrió continúa de paciente psiquiátrica ambulatoria, y el hijo de Alfonsín y Sanz dirimen no se sabe qué, peronistas federales y Macri se unieron para la foto frente a los avatares del Momo Venegas. Otro boomerang, quizá. Lo consideran un preso político y ahora dicen que esto se venía venir por la andanada de revelaciones sobre el trabajo esclavo en el campo, como si el nudo del asunto fuera ése y no lo incontrastable de las denuncias.

Volvamos al comienzo. A las diferencias. Porque los unos tienen un problema en el cómo seguir. Pero los otros tienen el más grave de cómo empezar.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-162329-2011-02-14.html

  OPINION


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No hay noticia políticamente más importante que el virtual lanzamiento de Mauricio Macri como candidato presidencial. Habrá quienes crean que sólo se trata de una formalidad, al entenderla como una decisión elemental y tomada hace tiempo, pero, en primer lugar, no es así. Y, en cualquier caso, deja las cosas más blanco sobre negro que nunca en términos de dónde pararse frente a un año electoral decisivo para el corto y mediano plazo de los argentinos. E incluso para el largo.

Como se recordó en estos días, Néstor Kirchner juzgaba obvio e inevitable que, más tarde o más temprano y crecientemente, el escenario político quedara circunscripto a una gran fuerza inclinada hacia la izquierda y a otra volcada para la derecha. A fin de evitar polémicas inútiles: estamos hablando de poderíos, figuras y candidaturas con chances de poder real, y no de estampas testimoniales. Con independencia del modo en que cada quien evalúe al ex presidente, los hechos estarían dándole la razón. El denominado “peronismo federal” ya pasó de la puerta del cementerio a los pies de su tumba, con Duhalde como mascarón de proa simbólico y algunos correveidiles que no terminan de decidirse a nada porque apenas los une, o unía, la bronca y el estupor ante el hecho heterodoxo del kirchnerismo. Elisa Carrió, segunda en los últimos comicios presidenciales y construida por gruesos sectores de clase media urbana como una outsider capaz de contener a sus inconformismos sempiternos, ha pasado a ser, definitivamente, un tema de evaluación psiquiátrica. Hace rato que no merecía ser justipreciada con parámetros de medición convencional, porque nadie se dedica a lo político-dirigencial para destruir todo lo que construye. Carrió hace animación mediática, no actividad política. Acaba de afirmar que la masividad del funeral de Kirchner fue montada por Fuerza Bruta. Se diría que no hay vuelta atrás para quien llega a ser corrido por izquierda por Mirtha Legrand, aunque podría argüirse que en la Argentina jamás se sabe. Hay más luego una incógnita, ya pulverizada esa otra construcción, periodístico-campestre, que es el Gardiner mendocino; y descartadas, se supondría, las probabilidades de otro cuyano, Ernesto Sanz, del que más o menos nadie tiene idea de quién es. ¿Hay todavía un voto radical histórico, gorila, maestro-ciruela, en condiciones de hacer entrar en las grandes ligas al hijo de Alfonsín y a alguna porción de ese Partido Socialista al que da pavura confiarle algo más que una intendencia? ¿Hay vuelta, objetivamente, de la imagen de no saber terminar un mandato, del fantasma del helicóptero, de haberse sufrido que sus carencias de liderazgo les impiden gobernar con el peronismo en contra, de no controlar sindicatos, de no conocerse qué diablos es en verdad la alternativa que ofrecen? Finalmente, para volver o seguir andando por postulaciones testimoniales, el neo-Carrió que es Pino Solanas (no por la expresividad ideológica, aclaremos, sino como representatividad quijotesca) resolvió ir por la testificación presidencial inviable y no por la probabilidad certera de gobernar la Capital. Pino no quiere gestionar. Quiere relatar. De modo que resignó el enchastre con lo probable a favor de la comodidad de lo imposible.

Por todos esos agujeros que dejan las opciones al kirchnerismo, Macri comunica que va él. Lanzó una secuencia de oraciones a la que no se prestó mayor atención, ni siquiera por parte de sus más conspicuos detractores. Dijo que va por todo. Dijo que Buenos Aires ya no le interesa porque si gana Cristina no aguantará otros cuatro años de no poder hacer nada, a repugnante contramano de aquello que afirmaba en su campaña: a la Capital le sobra la plata, decía en 2007, y no tiene por qué depender de nadie. Dijo que si le va bien, será presidente. Y que de lo contrario tendrá más tiempo para estar con Juliana, en la definición más pornográfica que el firmante recuerde acerca de cómo se interpreta la vocación política: ya fui presidente de Boca y ya goberné nada menos que a los porteños, así que sólo me queda la Presidencia de la Nación y de lo contrario me dedico a mi mujer y a los negocios que me deja mi papá. Toda una auténtica disposición al entendimiento de la política como servicio público. Que se arreglen entre Rodríguez Larreta y Michetti: si pierden es problema de ellos y no del desastre que fue mi gestión. La derecha peronista no tendrá otra variante que seguirme. Y eso trae tanto (eventual) respaldo de aparato como interrogantes porque, ay, ¿la hibridez de los radicales llegará hasta el punto de votar a un tipo que tiene detrás el apoyo de Duhalde & Cía? No importa. Si les gusta bien y si no, también, porque no tendrán otra en esa segunda vuelta que hoy es una quimera. Macri va por todo y está perfecto. Olfatea que, aun cuando el viento de cola de la macroeconomía le da al kirchnerismo y a la popularidad de Cristina una ventaja enorme, hay una porción de esta sociedad, muy significativa, que no quiere lola con experimentos de aroma zurdo. ¿Cuántos son los argentinos que a pesar de estar mejor que casi nunca, o precisamente por eso, quieren sacarse de encima la incomodidad de enfrentamientos con el Imperio, y a Madres y Abuelas en el balcón de la Rosada, y a los piquetes y a Moyano, y a que el Estado se meta en mi vida como si alguna vez hubiera habido más Estado que cuando la rata lo puso a disposición de sus agentes? ¿Cuántos serán esos argentinos que compran el país que les venden Clarín y sus acólitos? ¿Cuántos son los que creen que está amenazada la libertad de prensa, y que Guillermo Moreno es más perjudicial para su vida cotidiana que los grupos monopólicos? ¿Cuántos los que compran que estamos aislados del mundo? ¿Cuántos los pobres y la clase media a los que les parece que no es cuestión de cómo les va sino de cómo les dicen que les tiene que ir? ¿Y cuántos son los que, malhumorados o indignados por “la inseguridad”, serán capaces de ir atrás de un discurso represivo asquerosamente demagógico, cuya inutilidad completa se reveló una y mil veces? La cuenta que saca Macri es que todavía son muchos. Ha deducido, por pulsión de clase, o porque registra que cuanto mejor se está más miedo puede tenerse a perder alguna quintita, o porque tendrá a sus órdenes a la maquinaria mediática, que es todo o nada. La Presidencia o Juliana. Le llevó su tiempo, y por eso no es cierto que la decisión caía por su propio peso. Apuesta a que, a pesar de lo que se avanzó, ese componente reaccionario de la sociedad argentina es lo suficientemente grande como para ponerle una ficha, aunque pueda quedarse sin el pan y sin la torta.

Que el peronismo antikirchnerista no le garantice ni por asomo la presencia nacional de que carece; que si alcanza la segunda vuelta es dudosísimo su arrastre de voto radical; que no sólo carezca de equipo sino de partido o fuerza militante, directamente, son aspectos que Macri habrá tenido en cuenta, pero sin mayor quite de sueño. Después de todo, él no se metió en política para construir cosa alguna que no fuera un ámbito de negocios institucional, con el apoyo de las grandes facciones de poder económico y el favor de votos que pudiera brindarle la sucesiva defección de los partidos tradicionales. Hoy, ese proyecto tiene la traba de un oponente que suscita ora entusiasmo, ora apoyo por descarte ante la impresentabilidad del resto. Pero confía, o eso sugiere, en que si encarna al original más puro de la derecha, contra fotocopias, insulsos e indecisos, puede haber un espacio importante, y hasta ganador, desde el segmento de la Argentina tilinga, facha, individualista.

¿Tendrá razón Macri? Según la actualidad, no parece. Según la experiencia histórica, siempre hay un huevo de la serpiente dando vueltas. Esa es la auténtica fuerza bruta.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-161892-2011-02-07.html

  OPINION


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La estimulación y la profundización del clima convulsivo eran tan impresionantemente previsibles que el periodista llega a dudar acerca de si acaso no se escapó algún disparador en efecto sorpresivo, espontáneo, imprevisto.

Pero no. No hay caso. Desde la muerte de Kirchner, lo único que no se podía acertar era el momento exacto en que el cínico recato por el luto dejaría paso al relanzamiento de las maniobras de agitación. Nada más. La mesa (les) había quedado servida. Y no importarían las enseñanzas de la impresionante manifestación popular frente al muerto, ni las encuestas que revelan un crecimiento significativo del apoyo al Gobierno, ni el asentamiento del consumo y de los grandes números de la economía. No. En realidad al contrario, esos mismos indicadores serían usados para desmontar su carácter de presunta falacia una vez que estallara lo incontrastable de los hechos. En ese relato que encabezan los jefes mediáticos de la oposición, la economía presenta graves problemas barridos debajo de la alfombra; las deudas sociales, que vaya si las hay, terminan por explotar tarde o temprano, pero mejor si es más temprano que tarde; la masividad de la despedida a Kirchner no merece mayor reflexión que apuntarla como lo lógico del impacto producido por el deceso de un jefe político importante, y el pico de popularidad del Gobierno es un dato transitorio para el que se asocian la lástima despertada por Cristina viuda y aquel espejismo de la marcha económica. De manera que sólo cabía sentarse a esperar la “eclosión”.

La excusa operada inicialmente se llamó Villa Soldati, siempre sin perder de vista que fue sobre la base cierta de penosas condiciones de vida relativas a problemas de vivienda como al acceso a la tierra. Este aspecto estructural, junto con la acción de punteros y facinerosos; el aprovechamiento de los instintos racistas más repugnantes que anidan en vastos sectores; y el concurso infantilista de algunos fragmentos radicalizados, resultó un combo apropiado para disparar “enrarecimiento” social e imagen de violencia concreta por fuera de los habituales parámetros del delito urbano. Apenas se lo piense un poco, una cosa así era, en verdad, lo único que podían tener a mano para horadar. Ellos mismos son conscientes de que, como elemento cautivante del electorado a conquistar, está completamente agotado, a corto y mediano plazo, el discurso de la baja calidad institucional; los modos autoritarios del oficialismo; la corrupción; el aislamiento internacional (???); la crispación generada por la retórica confrontadora. Incluso, no da más lo imperioso de ponerle coto a “la inseguridad” y la inflación, porque ninguno de sus candidatos, reales y potenciales, ofrece algo más o menos creíble a cambio de lo que hay. Se imponía entonces promover o aprovechar algún episodio que pudiera ser apreciado como ostensiblemente distinto del paisaje aburguesado de los avatares políticos. Algo que se saliera de un acostumbramiento que tenía al oficialismo como principal beneficiario.

Si se está de acuerdo con ese bosquejo no cuenta demasiado cuáles fueron los nombres específicos que desataron o usufructuaron Soldati, ni cuánto hubo de errores gubernamentales en la materia imprevisión. Importa cómo lo siguiente a Soldati responde con estrictez a lo que debería resolver, muy rápidamente, cualquiera que no viva en una burbuja atómica. Macri hablando de inmigración sin control, hasta con la ayuda de alguna ¿comunicadora? descerebrada que le agregó “de baja calidad”. El Padrino, que reclama “poner orden”. Los medios hegemónicos, que instituyen al área metropolitana de Buenos Aires como la Argentina entera. Sus ¿periodistas? sobresalidos, que le adjudican a este fin de año funestos presagios. Esa ¿izquierda? tan pelotuda, por ser modestos o condescendientes, capaz de insistir en ¿la creencia? de que todo sirve para continuar masturbándose con alguna una toma del Palacio de Invierno. Nada menos que Nilda Garré al comando de la Federal, y nada menos que policía desarmada ante manifestaciones de protesta como uno de sus primeros anuncios (y nada más, porque es una disposición que rige desde hace años). Los comunicadores ¿de qué? fingiendo no entender la distancia entre que los agentes porten fuego contra la delincuencia, y no tenerlo a disposición contra reproches callejeros. Y –al momento de escribirse estas líneas– la frutilla de Constitución, hasta el extremo de comerciantes y habitués de la terminal señalando que había gentes a la que, por ahí, nadie les vio la cara nunca. Si alguien deseara ser todavía más enrevesado, en una de ésas lo junta con que fue el mismo día en que dejaron libres al Fino Palacios y al amigo Ciro James. Y por las mismas horas en que los hijos adoptados de la Noble Ernestina se negaron a acatar la orden judicial para periciar su ADN. ¿Por qué no habría la licencia para elucubrar esa extravagancia, si cruzando la calle hay cagatintas que relacionaron los hechos de Constitución con la candidatura de Amado Boudou?

La pornografía de esta operación (de “prensa”, porque al conjunto de la dirigencia opositora ni siquiera le da para obrar exclusivamente por las suyas) tiene el mismo volumen que la necesidad de interpretación oficial para no ver onanistas y cirujanos en cada muerto que se les cae del placard. Porque se lo hacen caer o porque se les cae solo, el kirchnerismo tiene el deber de no juzgar cada capítulo de sus desgracias, o problemas, o inconvenientes, como si fueran la última vez o el producto de inevitables ardides opositores. Aun cuando lo sean, como lo son, se apoyan en deudas constatables. La pobreza y la indigencia, el déficit espantoso de la vivienda, la crisis del sistema de transporte público, el aparato ya casi o en un todo ineficiente de los caudillos del conurbano bonaerense, y etcéteras, son cuestiones que ni se solucionan de la noche a la mañana (van solamente unos siete años de gestión, al fin y al cabo) ni deben ser entregadas, sin más ni más, al “con todo no puedo, y nadie podría”.

Ahora que ellos descubrieron esta punta reforzada de articular pobres contra pobres, o de cazadores de oportunidades contra desamparados. Ahora que las porciones, de siempre, de la clase media, vuelven a refugiarse en su horrenda parcela de que no venga ningún bolita a amenazarlas. Ahora que la derecha provocó o encontró un piolín, circunstancial o no, para hacer el croquis de que podría haber una vida mejor si no nos gobernaran estos montoneros, o esta yegua que reparte subsidios entre estos negros de mierda. Ahora que se creen que hicieron la primera, ellos y sus troskos funcionales aunque quizás o seguramente nobles. Ellos y sus narradores de nacionalismo popular nunca sometidos a constancia de gestión, aunque (varios de) sus argumentos sean sólidos. Ahora es momento de demostrar que se está en actitud y aptitud para reforzar el marcaje de la cancha, desde una posición que no se pretende ni revolucionaria de pacotilla ni arrodillada ante los factores de poder.

Si llega a concordarse en que se trata de eso, hay espacio político para desear felicidades y esperar que se concreten.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-159387-2010-12-27.html