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  ACERCA DEL 24 DE MARZO DE 1976


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La fecha del 24 de marzo instala una escena cuyas dificultades guardan proporción con lo que se recuerda. Queda desmentido enseguida lo que la fecha presume: que lo conmemorado pueda colocarse en la serie de los días de la vida en común como cualquier otra fecha notable, por triste o dolorosa que fuere. La fecha del 24 de marzo evoca sucesos que no son positivos ni negativos, no pueden ser dignos de festejo ni de duelo para nadie. No podrían ser dignos de festejo para los perpetradores (como lo son las victorias en la guerra), porque ocultaron sus crímenes, los negaron, los sustrajeron a la historia. No se limitaron a la acción misma: ante las sucesivas décadas durante las cuales miles y miles de personas acompañaron los clamores más desgarradores de nuestra historia por la verdad y la justicia, los perpetradores persistieron en su silencio. Persistieron en la continuidad de la desaparición de quienes asesinaron en formas indecibles, y el ocultamiento del destino de los niños sustraídos a sus progenitores de- saparecidos. Suspensión ilimitada del duelo.

Si las perpetraciones mismas estaban destinadas, por sus rasgos inherentes, a un camino sin retorno ni reparación posible, el silencio ominoso y cruel que persiste sin fin no hace más que confirmar la clausura de toda otra posibilidad que la conmemoración de lo imperdonable y lo irreconciliable. No hay regreso ni reparación posibles. Semejante inconmensurabilidad no se debe a la desmesura o a la gravedad, sino a la mortificación inexcusable de la ausencia. No conmemoramos a los muertos. Intentamos mantener dentro del campo de la conciencia una huella marcada por aquello que sucedió, y que el 24 de marzo inició en toda su hórrida mecánica.

No conmemoramos el suceso. No es lo que sucedió aquello que reclama su lugar en la memoria. Lo que necesitamos saber una y otra vez, lo que se interpone una y otra vez con un futuro en común, es que aquello –como decía Hanna Arendt de Auschwitz– no debió haber sucedido. Probablemente sea ésta una de las escasas formas enunciativas cuya repetición nos preserve de las limitaciones del lenguaje y las representaciones. De tantas modalidades disponibles para albergarnos en una vida en común viable que adolecen de restricciones irreductibles.

Decimos nunca más, pero de pronto oímos esas palabras mimetizadas en situaciones inapropiadas, imbricadas en los avatares de una vida cotidiana que, al no conciliar la continuidad histórica con los desgarramientos del pasado, muchas veces no atina a hallar las narraciones adecuadas de acontecimientos que no por dolorosos son inéditos ni susceptibles de impedirse por la mera voluntad o el esfuerzo moral. Por otra parte, enseguida sabemos que habíamos manifestado una formulación de la imaginación utópica. Deseamos que nunca más ocurran los acontecimientos del horror, pero constatamos que, con otras formas y modalidades, siguen presentándose.

Sin embargo, la tarea de la memoria se propone diferenciar los acontecimientos del horror, aquello que no debió haber sucedido, de las experiencias históricas culturales de las que no podríamos decir que no deberían haber sucedido ni que no van a suceder nunca más. Guerras, incendios, injusticia social, innumerables calamidades pueden ser atenuadas o contenidas por la vigencia de los derechos humanos y el ejercicio de la memoria, pero forman parte de la historia humana, y seguirán aconteciendo mientras seamos lo que somos y hemos sido.

Es necesario reconocer la presencia de lo trágico en la historia, justamente para asignar a los acontecimientos del horror la condición que les concierne y los diferencia de cualquier otro acontecimiento histórico cultural: no tienen precedentes, no eran esperados ni esperables en los términos reconocibles de la experiencia colectiva. Nos obligamos a un pacto para no aceptarlos como parte de las prácticas sociales. No debieron haber sucedido y es por ello que no deben volver a suceder. El trabajo que nos impone esta inabarcable exigencia es aquello a lo que nos obliga la memoria.

* Profesor en las universidades de Buenos Aires, Quilmes y Jujuy. Texto publicado originariamente por la Universidad Nacional de Jujuy, Pre-textos universitarios.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-142214-2010-03-18.html

  OPINION


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Los medios hegemónicos atraviesan en la Argentina una gravosa condición ético-política: han eludido la revisión de las complicidades, responsabilidades y omisiones con que muchos de sus protagonistas empresariales y profesionales actuaron en la dictadura de 1976. En cualquier debate sobre la actualidad de los medios, desde las condiciones estructurales de monopolio hasta la continuidad de liderazgos indemnes desde aquellos años horribles, una y otra vez se verifican las consecuencias que ocasiona una forma de poder intangible e impermeable a las críticas, cuestionamientos o demandas de justicia. Cientos de trabajadores de la prensa son rehenes de un poder monopólico que restringe la oferta laboral a escasas alternativas, y que por este solo hecho adquiere cualidades coactivas sobre los asalariados. El alcance y la sofisticación de las retóricas y estéticas mediáticas ocultan con una eficacia que haría enverdecer de envidia a los tiranos más contumaces su carácter de garantes de hegemonías superiores en consistencia a discursos políticos, religiosos o sociales. El poder mediático oculta su naturaleza detrás de pretensiones de transparencia y verdad exhibidas con procedimientos que subyugan los poros vulnerables de la sensibilidad.

Códigos éticos edulcorados y formulados con negligencia, sin considerar la historia y la memoria recientes, redactados para no herir las susceptibilidades de los medios hegemónicos, al abstenerse de cuestionar legitimidades que no se discuten ni revisan, son inocuos como instrumentos de resistencia o defensa de derechos humanos. La ruindad presente en tantas exhibiciones nauseabundas, reñida con cualquier criterio elemental de convivencia política y social, es descrita con benevolencia, sin ánimo alguno de incidencia decisiva.

Frente a las hegemonías mediáticas, la sociedad civil está indefensa, desprovista de recursos sustanciales de intervención frente a la impunidad con que nuestra telúrica industria del espectáculo ofrece sus productos al mercado. El núcleo de la cuestión no reside solamente en el monopolio. Cuando algunos programadores de medios públicos creen que para comunicar cualquier cosa deben introducir figuras de la farándula o de la industria, refrendan así el triunfo de las retóricas dominantes: ya no importa tanto entonces lo que se dice sino la estrella que lo dice. No es solo la “metodología” de ocultación o manifestación de la cámara aquello que define el asunto. Tampoco podríamos fijar una mera regla de pureza. Pero sí podríamos –tal vez– demandar la restitución de límites que los medios argentinos perdieron hace mucho tiempo.

* Director de la carrera de Ciencias de la Comunicación (UBA).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-130055-2009-08-16.html