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  OPINION


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1

Cada época tiene la facultad de resignificar el pasado, de convocarlo y de hacer algo con él. Nada de lo que quedó a nuestras espaldas permanece intocado cuando, bajo las circunstancias propias del presente, es puesto nuevamente en el centro de la escena. Eso ocurrió con imponente potencia durante los festejos del Bicentenario, no sólo porque una multitud rompió en mil pedazos los augurios de la corporación mediática que prometían una conmemoración famélica atravesada por la indiferencia popular, sino también porque lo que sucedió en esa ocasión memorable fue la emergencia de otro relato de la historia nacional, un relato que obligó, a los distintos actores de la vida contemporánea, a debatir lo que parecía ser un expediente cerrado.

Por esos misterios que conforman la intimidad de las sociedades lo que dejó el Bicentenario fue no sólo la posibilidad de conocer otra memoria del ayer argentino sino, también, rompió, en el debate político actual, la hegemonía de los sectores dominantes y de sus voceros mediáticos. Simplemente se liberaron otras posibilidades de interpretación y se puso en evidencia que la historia siempre es un territorio de disputas y querellas que estallan en el presente para resignificar lo acontecido. Y lo notable de esas jornadas inolvidables de mayo de 2010 fue que se juntaron las multitudes que se derramaron sobre el centro de una Buenos Aires sorprendida y festiva con otra escritura, tenue y casi invisible hasta ahora, que encontró su camino hacia la superficie. Ese encuentro fue posible porque algo insólito se inauguró en otro mayo, pero de 2003, cuando Néstor Kirchner llegó inesperadamente a la presidencia y quebró la inercia de un país en decadencia y olvidado de lo mejor de su propia historia.

Algo semejante, aunque bajo otras condiciones y características, ha sucedido el 11 de marzo en la cancha de Huracán cuando decenas de miles de hombres y mujeres de distintas edades y condición social se reunieron para enlazar, en un giro no menos interesante y sorprendente, lo acontecido 38 años atrás en otra Argentina con lo que hoy nos interpela de una realidad apasionante en la que nada parece permanecer indiferente a lo que viene movilizando el kirchnerismo.

Poco y nada tienen en común el 11 de marzo de 1973 cuando triunfó la fórmula Cámpora-Solano Lima rompiendo 18 años de proscripción del peronismo, con la convocatoria realizada por la Corriente Nacional de la Militancia que reúne a un amplio espectro no sólo del peronismo sino de otros sectores afines al gobierno de Cristina Fernández. Poco tienen que ver aquellos jóvenes de los setenta que portaban sueños revolucionarios además de haber sido el núcleo militante que luchó, junto con una parte importante de la clase trabajadora, para que Perón regresara a su patria del exilio madrileño, con estos jóvenes del siglo XXI que han amanecido insospechadamente a la política rompiendo la inercia de la falta de participación y del predominio del hiperindividualismo propio del capitalismo posmoderno que infectó nuestras sociedades en las últimas décadas. Dos experiencias históricas muy distintas que, sin embargo, confluyeron en esta extraña cita que el presente argentino realizó en la cancha de Huracán o que, sería mejor decir, se viene gestando desde el conflicto de la 125 y se multiplicó exponencialmente durante los días de la despedida popular a Néstor Kirchner.

Dos épocas que se entrelazan pero no desde una perspectiva melancólica, esa que sólo manifiesta la tristeza por un pasado irrecuperable o que permanece paralizada ante lo insuperable de lo que quedó a nuestras espaldas como expresión de lo que ya no podremos llegar a ser. Nada de ese espíritu de museo atravesó el acto de Huracán, tampoco los jóvenes que llegaron de a miles lo hacían vestidos con las ropas prestadas y gastadas de otros jóvenes y tratando de imitarlos como si estuviéramos en un teatro en el que sólo se representan escenas de un pasado clausurado e infinitamente distante de nuestra actualidad. Ellos, los que se sintieron interpelados por Kirchner, saben perfectamente que están viviendo su propia experiencia y que las tramas de un país no se repiten sino que ofrecen, siempre, nuevas y cambiantes realidades. Pero también saben que existen hilos secretos, a veces delgadísimos y con posibilidades de cortarse, entre las generaciones; hilos que reaparecen cuando menos se espera que suceda y que se entrelazan con los otros hilos de la historia, esos que desde el presente reconfiguran con audacia lo acontecido en el pasado. Estos jóvenes se encontraron, en una cita inusual, con aquellos otros jóvenes que atravesaron con fervor y con horror otro tiempo argentino; y lo hicieron asumiendo el riesgo de caer en el anacronismo o en la nostalgia sacralizadora pero dispuestos a habilitar un presente signado por sus propios e intransferibles desafíos.

La Argentina del 2011 poco y nada tiene que ver con ese otro país de 1973. Nos separan los años cruentos, vergonzosos y miserables dominados por los perros de la noche dictatorial. Pero también se ha transformado radicalmente la relación de las actuales generaciones con la democracia invirtiendo los términos de aquella otra época en la que poco y nada del espíritu democrático parecía vivir en el interior de una sociedad que había conocido la malsana reiteración de proscripciones, golpes militares, gobiernos civiles débiles y, finalmente, una dictadura criminal como nunca antes se había conocido. Una generación, la del setenta, ilusionada con transformar el mundo y sacudida por las irradiaciones de la Revolución Cubana, la epopeya del Che y los grandes movimientos de liberación nacional que venían convulsionando al Tercer Mundo; una generación atravesada por la gramática de lo absoluto que no pudo torcer el rumbo de una tragedia anunciada y que creyó que podía tocar el cielo con las manos. Otra generación, la actual, construida su experiencia de retazos y de novedades pero habitada por la permanencia, inédita, de una democracia que, más allá de crisis y dificultades, sigue escribiendo sobre el cuerpo social una historia que parece haber alcanzado una madurez que ya nadie discute. Una generación que está necesitada de encontrar su propio lenguaje pero que también busca reconstruir los hilos que la unen con las antiguas experiencias. Delicado equilibrio entre las escrituras del ayer y las páginas de un presente que van delineando su propia interpretación.

Los jóvenes que caminaron hacia Huracán saben que son herederos de otros jóvenes; saben que llevan en sus mochilas sueños y mandatos, utopías y derrotas. Pero también saben que se enfrentan a sus propios desafíos y que es necesario, en la vida, caminar ligero de peso. Saben, o intuyen, que un puente frágil pero indispensable se ha construido entre el 11 de marzo de 1973 y el 11 de marzo de 2011, pero también saben que cada paso que se da nos aleja del pasado abriendo el horizonte de otra realidad. Saben que es bueno recoger las experiencias del ayer, que es indispensable dialogar con los relatos de otras generaciones, y saben, a su vez, que cada generación vuelve a inventarse a sí misma asumiendo sus riesgos y dándole forma a sus sueños. Allí, en ese movimiento hacia atrás y hacia adelante, se expresa la dialéctica de la historia, esos momentos únicos e intransferibles en los que lo invisible vuelve a hacerse visible y donde lo olvidado es nuevamente recordado. El poder corporativo, los cultores de la dominación, como siempre, se desesperan cuando estos “milagros” se hacen presentes en la vida de nuestro país. Algo de eso viene sucediendo entre nosotros y, en Huracán, con miles de voces cantando lo propio de esta época, nuevamente se dieron cita las multitudes que hacen la historia.

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En Huracán se reescribió, bajo las demandas y las condiciones de nuestra actualidad, la significación del 11 de marzo de 1973. Se hizo de esa fecha-acontecimiento ya no un recuerdo de un pasado mítico añorado por quienes se sienten huérfanos de sus irradiaciones, sino que se abrió paso una reapropiación inesperada y de nuevo estilo que los jóvenes de hoy parecen querer hacer con aquellos momentos del pasado que vuelven a cobrar un sentido que parecía extraviado en la noche de la historia. Como un salto de tigre, si vale la metáfora utilizada por Walter Benjamin en sus Tesis de Filosofía de la Historia, el presente trae a su conflictiva realidad aquello que se guardaba en la memoria y lo coloca en una nueva dimensión. Extrañas parábolas que se producen en el interior de una sociedad que no ha perdido sus vínculos con el pasado y que, al volver a citarlo, hace saltar los goznes de aquellas puertas que parecían cerradas para siempre.

Algo de eso, y salvando las distancias, aconteció el último viernes en la cancha de Huracán, algo de las reescrituras que guarda en su interior la vida social, política y cultural argentina y que apuntan, a lo que con extraña justeza y algo de incredulidad, señalara Beatriz Sarlo cuando, en un artículo reciente, destacó el avance de “la hegemonía cultural del kirchnerismo”. Giro de época que sorprende tanto a la derecha como a ciertos sectores del progresismo (de esos que proliferaron a partir del conflicto de la 125 y que se cansaron de hablar de “la impostura kirchnerista”) que, después de las elecciones de Catamarca, no pueden dejar de reconocer que ese cadáver que creyeron ver pasar por delante de sus casas se ha vuelto una fuerza interpeladora que amenaza con perpetuar sus ansias de transformación bajo la gramática de una escritura que recoge los hilos de tradiciones y experiencias supuestamente sepultadas pero amalgamándolas con las novedades propias de las generaciones actuales.

En Huracán se perfiló la confluencia de las múltiples y diversas fuerzas que hoy habitan el espacio kirchnerista. Allí estaban los movimientos sociales, una parte de los sindicatos, los jóvenes de La Cámpora y de otras agrupaciones, multitud de vecinos y vecinas que se acercaron sin encuadramiento al acto, rezagados de Entre Ríos que llegaron cuando se terminaba el discurso de la Presidenta pero que se sentían felices de estar ahí, militantes de fuerzas políticas aliadas y seguidores de Hugo Yasky en la CTA. Estuvo, claro, el peronismo con sus banderas y sus diversidades que hoy, de un modo mayoritario, van convergiendo alrededor del liderazgo de Cristina. Catamarca es, quizás, un claro ejemplo de esa convergencia que permitió arrojar casi a la marginalidad a los exponentes del neomenemismo federal.

Un acto que recogió la herencia de un acontecimiento que marcó a fuego a la generación del setenta y que no suele ser festejado ni recordado del mismo modo por el peronismo ortodoxo que ha preferido otros rituales y otras fechas emblemáticas a aquella que le recuerda el triunfo de “los infiltrados”. Eso, sin dudas, también marcó la convocatoria de Huracán pero la inscribió en un tiempo, el actual, que ve desde otras perspectivas lo que antes parecía un conflicto irreversible en el interior del propio peronismo. Cristina, asumiendo esto nuevo y antiguo que lleva el nombre de kirchnerismo, se encargó de afianzar la excepcionalidad de un presente en el que los jóvenes han regresado, bajo nuevas condiciones, al universo de la participación, la militancia y la política. Y allí, sin dudas, está el nombre de Kirchner como llave que les permite abrir la puerta giratoria que enlaza el pasado, el presente y el futuro. El desafío está planteado en una Argentina que no deja de sorprender allí donde el espacio público se ha convertido en el ámbito indispensable de todos los debates y donde la palabra “democracia” vuelve a reencontrarse con aquello que se había perdido cuando en nombre del propio peronismo y al amparo de la entrada del país al Primer Mundo y a la economía global de mercado se vaciaron sus mejores tradiciones. El acto de Huracán tejió, con los hilos de la memoria y la actualidad, aquello que el kirchnerismo viene desplegando desde el 2003 sorprendiendo a una sociedad que parecía extenuada y vaciada de sus esperanzas.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-164323-2011-03-17.html

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La historia muy pocas veces es lineal. Imaginar, entre nosotros, un recorrido causal y necesario es suponer que el hilo del tiempo discurre con placidez, alejado de tormentas y sorpresas, de situaciones inesperadas y de bruscos giros que suelen sacar de quicio aquello que supuestamente responde a una racionalidad subyacente. El tiempo, el de un país, el nuestro, zigzagueante y espasmódico, entrañable y trágico, suele responder a una extraña alquimia de materialidades realmente existentes y acontecimientos que dislocan lo previamente anunciado como esperable. Ruptura y continuidad se entrelazan marcando a fuego la complejidad de un presente anómalo; de un presente capaz de persistir atravesado de viejas matrices, a la vez que nos ofrece el panorama de lo nuevo que disloca lo establecido hasta configurar una escena inimaginable de acuerdo a la fuerza inercial de una historia que, eso parecía evidente e inmodificable, seguía una marcha hacia una decadencia siempre anunciada como destino irrevocable. Muy de vez en cuando, cuando no se lo espera, algo sucede, algo intenso, que viene a alterar las escrituras del poder. Algo de eso, en su excepcionalidad, aconteció a partir del 25 de mayo de 2003. Lo insólito, lo que no podía estar pasando, simplemente comenzó a derramarse sobre una época descreída que, en muchos que continuaron aferrados a su incredulidad, condujo a la teoría de la impostura. De una suerte de relato de ficción astutamente desplegado por el saltimbanqui y prestidigitador venido del sur y dispuesto a engañar para que todo siguiese igual. Hubo que esperar hasta su muerte, también inesperada, para terminar de desgarrar el velo de la impostura, de ese relato mentiroso y autoexculpatorio que tanto les sirvió a ciertos intelectuales y políticos supuestamente progresistas a la hora de consolidar su opción por el poder corporativo y la restauración conservadora.

El vértigo estaba marcado por la caída en abismo, por esa espera del cumplimiento de lo peor que venía arrojándonos, en tanto habitantes de esta geografía sureña y muchas veces destemplada, a la intemperie. Sin horizonte, pero también sin pasado a redimir. Puro presente de angustia, corroboración de un destino estrellado contra el muro de ilusiones vanas o de engreimientos ahuecados después de años de horrores, miedos, desilusiones, banalidades, fiestas dispendiosas, cualunquismos diversos y profetismos quiméricos. Años en los que los puentes entre las generaciones se rompieron y en los que lenguajes y tradiciones emancipatorios se transformaron en objetos arqueológicos, piezas de colección de un museo temático en el que el presente, como tiempo de llegada al fin de la historia, se volvía escenario de un mundo sin sueños ni esperanzas. Apenas entre sus pliegues, o en sus napas soterradas, persistían legados y herencias maltratados por las inclemencias de una realidad despojadora de ilusiones y de proyectos alternativos al de un capitalismo neoliberal que parecía devorarse todo a su paso.

Kirchner, su nombre, vino a invertir esa inercia, vino a enloquecer la marcha del tiempo argentino quebrando la repetición maldita y abriendo fisuras, cada vez más hondas, en el muro de un sistema (amasado entre la dictadura y el menemismo) capaz de aniquilar memorias de equidad y tradiciones populares al vil precio del consumismo y la exclusión como etapa final del miedo destilado sobre cuerpos y conciencias. Su impronta, su firma que era un jeroglífico para la mayoría de una sociedad que no sabía quién era ni de dónde venía (sabía, apenas, que era gobernador de Santa Cruz pero desconocía su pasado, sus antiguas lealtades, la persistencia, en él, de historias clausuradas por la violencia dictatorial pero a la espera de una reparación), su firma, decía, selló lo inesperado, aquello caudaloso que se liberó en un discurso alocado, inusual, antiguo y lozano, admirable y sorpresivo que pronunció, entre la seriedad de la investidura presidencial y la informalidad de un personaje subvertidor de todo protocolo, lúdico en momentos de extrema gravedad y serio para aliviar, con sus malabares simbólicos con el bastón de mando, la incredulidad de una sociedad demasiado lastimada y, también, envilecida.

Una doble reparación comenzó en un país incrédulo. Reparación del pasado, sobre la que volveré, al reabrir no sólo los expedientes cerrados por las leyes de la impunidad y los indultos, sino al destrabar una memoria que lograba, con esfuerzos pero con intensidad, interrogar críticamente por una época decisiva, preñada de utopías y de errores, de sueños revolucionarios y de violencias, de generosas entregas generacionales y de poderes asesinos que se preparaban para quebrarle el espinazo a un tiempo crepuscular y soñador pero potente en su capacidad para jugar a fondo los destinos del país. Una época que dejó una marca indeleble en cuerpos y memorias pero que había sido arrojada a la pieza de los trastos viejos, formas espectrales de un pasado tabicado y ausente que, pese a todo, seguían susurrando desde una lejanía que se volvió, en el giro loco de la historia abierta de nuevo, actualidad e interpelación. Kirchner, haciéndose eco y cargo de los mil hilos resistentes de los movimientos de derechos humanos y de antiguos mandatos que se guardaban en su propia deuda impaga, habilitó, como no se lo hacía desde los comienzos del gobierno de Alfonsín, la dimensión entrecruzada de la memoria, la verdad y la justicia. Pero también, y allí se guarda lo no previsto, oxigenó el debate sellado de los setenta y lo hizo recobrando las luces y las sombras de una extraordinaria apuesta generacional. Lo que parecía ya no tener lugar, lo destinado a ser invisible o a convertirse en polvo que se lleva el viento huracanado del “progreso”, interrumpió el presente reescribiendo las páginas de la memoria que siempre transforman lo heredado, lo guardado en lo recóndito del recuerdo y lo vivido como tiempo presente supuestamente alejado de esas deudas con un pasado “olvidado”.

En ese giro reparador hacia el pasado (en esa suerte de imposible redención de las víctimas devolviéndoles rostros, ideas, convicciones, sueños, pesadillas, cuerpos, justicia) también se abrieron las puertas de una casa que habían permanecido cerradas hacia el futuro. Una doble maldición pendía sobre Argentina: la maldición de un pasado irresuelto cuyas figuras espectrales permanecían irredentas, y el borramiento de toda esperanza en el mañana. Sin pasado y sin futuro, arrojados a un puro presente impiadoso y descreído. Kirchner, emergiendo de lo previo y de lo anómalo, heredero de fuerzas sociales y de tradiciones en disonancia con una época hegemonizada por la práctica y el relato de los vencedores, giró la inercia del tiempo histórico y le dio forma, en un mismo movimiento, a la reparación, todavía en curso, del pasado y del futuro. De ese modo, y los festejos del Bicentenario dan testimonio de lo caudaloso de ese giro en las sensibilidades y en las conciencias, el daño abisal causado por la dictadura y perpetuado por la impiedad del capitalismo neoliberal más las expresiones prostibularias emergentes de tradiciones que eran supuestas portadoras de ideologías populares pero travestidas en instrumentos de la reacción, inició su camino de reparación. El peronismo le debe demasiado al flaco desgarbado que inició su rescate del envilecimiento menemista; en él, en su lenguaje y en sus gestos, lo que se hizo presente fueron los espectros fundacionales del 17 de octubre, sus metamorfosis en la generación del setenta y los desafíos de una realidad, la actual, cargada de sus propias novedades. Allí, en esa alquimia renovadora, en esa apropiación salvaje de viejos y nuevos símbolos, se encuentra eso que llamamos, con cautela pero con entusiasmo, kirchnerismo. El pueblo, el olvidado y el dañado durante tantos años, lo supo y por eso dio testimonio caudaloso de su profunda tristeza entramada, como no podía ser de otro modo, con la fuerza del agradecimiento y del apoyo decidido a su compañera de toda la vida.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-157678-2010-11-28.html

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1 La actualidad argentina tiene la marca de lo excepcional y, claro, de lo no previsible. Como un viento huracanado que se lleva todo por delante, algo de lo no esperado se abrió paso en mayo de 2003 y cristalizó alrededor de la figura, anómala y desconocida para la mayor parte de la sociedad, de un hombre alto y desgarbado, gracioso e informal, extrañamente memorioso de lo que muchos ya querían archivar y olvidar, venido del sur patagónico. Decir que somos contemporáneos de una anomalía no supone, como algunos creen, desconocer las fuerzas, muchas veces ocultas o subterráneas, de la historia ni caer en una suerte de providencialismo. Significa algo más sencillo pero no por eso menos enigmático: reconocer los momentos de ruptura o de inflexión que desplazan las fuerzas inerciales y dominantes en esa historia que aparecía como repetitiva e inexpugnable, para asumir que algo distinto, quizás imprevisto y no escrito en ninguna causalidad ni en ninguna garantía histórica, se hace presente y hace saltar los goznes de esas continuidades asfixiantes que, la mayoría de las veces, suelen ser la expresión de un discurso del fin de la historia y de la muerte de las ideologías que, claro, terminan por afirmar el modelo de la dominación proyectándolo hacia una eternidad inexorable.

Momentos excepcionales en los que la continuidad se quiebra en mil pedazos y surge lo no previsto, que recoge fuerzas y experiencias preexistentes pero que, fundamentalmente, les da una nueva dimensión, incorporándolas a un giro de la historia que acaba por englobar y por trascender a esas fuerzas, a veces –incluso– contra la dinámica que las constituyó. Esas circunstancias se presentan muy de vez en cuando y la mayoría de las veces acaban en frustración o en resignada aceptación de la imposibilidad de torcer las fuerzas inerciales del sistema. Alfonsín, que llegó en un momento clave de la historia argentina, que tuvo el apoyo popular para avanzar hacia otro proyecto de país, supo del poderío de las corporaciones económicas y también supo de la resignación que, como una maldición, recorrió los gobiernos democráticos desde Frondizi en adelante.

La profunda desilusión que siguió a la frustración de Semana Santa marcó a una generación de jóvenes que había sentido que algo nuevo se abría después del horror de la dictadura; esa desilusión dejó, entre otras cosas, habilitado el camino de la frivolidad prostibularia del menemismo y de la desactivación de las mejores tradiciones populares. La banalidad, el egoísmo hiperindividualista, el vacío, el cinismo y el desinterés fueron la consecuencia de aquella frustración. Más de una década tardó el país para intentar salir de esa resignación de fin de mundo que envenenó la vida social, cultural y política. Lo inesperadamente abierto el 25 de mayo de 2003 vino a enloquecer ese devenir inercial de una historia decadente y sin salida. Pero también vino a dar cuenta de sonidos roncos que se guardaban por debajo de la superficie y que buscaban su camino hacia la luz del día.

Kirchner, su nombre, vino a catalizar fuerzas visibles y subterráneas de una realidad en estado de intemperie; de un país que zigzagueaba al borde del precipicio y que no terminaba de sustraerse a los designios malditos de la década del noventa y de su tremenda capacidad para destruir tejido social, instituciones, trabajo, vida cultural y tradiciones políticas. Un modelo, el neoliberal, que hundía sus raíces en la noche dictatorial, y que pareció quebrarse en las jornadas de diciembre de 2001, cuando una extraña y anómala rebelión que cruzó distintas expectativas sociales hizo saltar por los aires no sólo el gobierno de la Alianza con De la Rúa a la cabeza, sino prácticamente a las estructuras institucionales y políticas del país. Una sociedad que quedó girando en el vacío, que vio de qué manera se sucedían en el término de unos pocos días cinco presidentes mientras las heridas brutales dejadas por el menemismo se mostraban con toda su crudeza. Un país desfondado material, social y moralmente que no sabía qué sucedería al girar la esquina de los acontecimientos y que seguía atrapado entre las protestas de los más débiles y las diversas y asesinas acciones represivas que culminarían en los asesinatos del puente Avellaneda, que acabarían por apurar la salida de Duhalde del gobierno y habilitando, de forma inesperada, la llegada de Néstor Kirchner una vez que el riojano impresentable desistió del ballottage en un último intento por deslegitimar al santacruceño. Muy de vez en cuando la taba cae del lado bueno y eso sucedió cuando muy pocos lo esperaban. Gran parte de la sociedad no sólo no lo esperaba ni lo conocía, sino que de haber sabido lo que pensaba ese flaco desgarbado hubiera salido huyendo de pánico, atemorizada, como otras veces, de su propia sombra y de su cualunquismo de clase media despolitizada, como solía denominarla Nicolás Casullo.

Pero la anomalía que significó la llegada de Kirchner debe ser inscripta también en una época, la de principios de siglo, muy poco dispuesta para aceptar y procesar aquello que traía en su mochila alguien que insistía con reconstruir los puentes rotos entre la generación del setenta y una actualidad que había atravesado la hegemonía neoliberal, la caída del modelo socialista, la crisis de las tradiciones nacionalpopulares junto con el “olvido” del legado de Marx y de las izquierdas en general. Un tiempo termidoriano que había dejado a nuestras espaldas las grandes ideas de una modernidad en estado de disolución, ideas arrojadas al tacho de los desperdicios o convertidas en objeto de estudio sin relevancia en las encrucijadas del presente, materia prima de historiadores y de arqueólogos de objetos en desuso. Kirchner, su nombre, al igual que otros procesos contemporáneos que se abrieron en Sudamérica, produjo un asalto anacrónico a la fortaleza del “fin de la historia” y a las resignaciones de una posmodernidad entre banal y despolitizada. Su irrupción debe ser leída en el interior de la ruptura de esa linealidad recurrente y repetitiva que venía asolando toda esperanza en un cambio del decurso de la historia. No nació de un repollo ni careció de antecedentes; simplemente enloqueció lo esperado abriendo las compuertas de otro tiempo de la vida nacional a contrapelo de la tendencia mundial dominante.

2 El nombre de Kirchner vino a romper esa continuidad malsana, vino a desequilibrar la marcha regular hacia la barbarie de un modelo económico-político que, desde hace mucho tiempo, no sólo venía ejerciendo su poderío sobre la vida material de los desposeídos sino, también, había logrado capturar los núcleos más profundos y decisivos de la vida cultural apuntalando, de ese modo, sus propios intereses, transformándolos en los únicos visibles de cara a una sociedad que se mostraba como vaciada de sí misma y demudada. Kirchner, su nombre, interrumpió esa marcha triunfal de los poderosos de siempre. Logró, de manera inesperada, desviar el curso decadente de una sociedad que desde hacía mucho tiempo había perdido la brújula. Lula lo dijo con una frase sencilla, directa y justa: les devolvió la autoestima a los argentinos.

Algunos actos simbólicamente decisivos le dieron encarnadura a un gobierno que nacía de la noche argentina, de una noche que arrastraba nuestros peores fantasmas y que parecía proyectarse hacia una perpetuación insoportable. Kirchner comprendió que para comenzar a “curar” las profundas heridas que atravesaban el cuerpo social hacía falta entrelazar acciones reparadoras en el sentido económico-material (la primera fue recuperar trabajo y reducir los índices de pobreza y de indigencia, que eran los más oprobiosos y brutales de la historia) con otras acciones que rearticularan un discurso y una conciencia que habían sufrido los duros embates de la derrota, la desilusión y la invisibilización; comprendió, porque lo llevaba dentro suyo, el papel fundamental de rediseñar enteramente la política de derechos humanos haciéndolo, al comienzo, a través de un gesto descomunal en su valor simbólico-reparador: ordenarle al jefe del Ejército que descolgase los cuadros de Videla y de Bignone.

Ese acto, que algunos intelectuales progresistas caracterizaron como sobreactuado e impostado, implicó un quiebre fenomenal que se acopló con la construcción de una nueva Corte Suprema de Justicia y con el avance decidido hacia el enjuiciamiento de los genocidas. Los movimientos de derechos humanos supieron, casi desde un principio, valorar en su extraordinaria dimensión lo abierto por esas reparaciones simbólicas e institucionales desarrolladas por un Kirchner que se atrevió a derogar las leyes de la impunidad. El aire fresco que recorrió la vida nacional a partir de esas acciones tuvo mucho que ver con la refundación de un mundo democrático envilecido por años de vaciamiento, impudicia y complicidad con lo peor de nuestra historia. A veces un gesto viene a romper la monotonía de la repetición, abriendo horizontes que permanecían enturbiados. Esa orden no sólo habilitaba el camino de la reparación y de la justicia, no sólo les devolvía encarnadura a las víctimas del terrorismo de Estado, sino que también producía un hecho inédito: afirmaba la supremacía del poder político democrático, por primera vez en décadas, respecto, en este caso, del poder militar. Simbólicamente vino a remover la lápida que pesaba sobre una democracia que se había mostrado, hasta ese día, débil y resignada. Entre las grietas de esa resignación histórica se metieron, siempre, los poderes corporativos para limitar y chantajear a los sucesivos gobiernos. Primero Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández produjeron una inflexión histórica, entramando legitimidad y soberanía como atributos siempre extraviados de la democracia argentina. Algunos antiguos progresistas que forjaron sus argumentos políticos en los años noventa no supieron o no quisieron comprender la hondísima significación de esos gestos y comenzaron a utilizar, como caballito de batalla que se prolongó hasta la muerte de Kirchner, la impresentable argumentación de la “impostura”. Cientos de miles de argentinos y argentinas humildes, más miles y miles de jóvenes y de otros actores sociales mostraron, en los días inolvidables y tristes de finales de octubre, la impudicia de transformar el giro histórico que Kirchner gestó inesperadamente en nuestro país en un relato de ficción, en una suerte de pura impostura. Las multitudes, el pueblo que regresa del ostracismo, quebraron en mil pedazos esa argumentación.

Kirchner, su nombre, habilitó el regreso, bajo nuevas condiciones, de lenguajes emancipatorios extraviados entre las derrotas y los errores; hizo posible una lectura en espejo de otras circunstancias históricas al mismo tiempo que nos desafió a que encontráramos las palabras que pudieran nombrar lo que permanecía sin nombre de este giro de la historia. Un desafío que nada tiene que ver con la melancolía de un retorno a antiguos paradigmas, pero que tampoco cree en la tierra arrasada ni en la absoluta novedad que nace de sí misma, sino que vuelve a reencontrar los mil hilos de una memoria desgarrada entretejidos, ahora, con los lenguajes que buscan, de diversos modos, nombrar lo inédito de una actualidad sorprendente y conmovedora de tradiciones anquilosadas. Algo de todo esto se vio en la Plaza del adiós y del juramento, de la tristeza y de la nueva conjura portada por una generación que busca producir su propio tiempo con sus palabras y sus experiencias, pero sabiendo de antiguas deudas que se cuelan con las nuevas demandas. Tal vez algo de todo esto, que quedará por seguir vislumbrando, sea lo que hoy nombramos bajo el nombre de kirchnerismo. Un nombre que sabe de la memoria del peronismo, que conoce de sus laberínticos zigzagueos, de sus vaciamientos, de sus límites y de su potencia reencontrada bajo ese giro impensado y tan difícil de encasillar y de comprender para aquellos que se habían instalado cómodamente en el fin de la historia y en la retórica de la resignación. Allí, en esa extraordinaria encrucijada, alguien, una figura extraña que vino del sur patagónico, escribió para siempre su nombre en la memoria popular.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-156665-2010-11-11.html

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Hay épocas que habilitan de un modo insospechado la discusión y el debate de sus propios fundamentos. Son épocas extrañas y desconcertantes en las que lo habitual y lo aceptado entran en un cono de sombras o sufren la corrosión de lo que se va añejando. Epocas, algunas, atravesadas por la pasión revolucionaria que parece no dejar nada en pie mientras el viento huracanado que descarga construye un gigantesco montón de escombros con aquello que era aceptado como bueno y verdadero y que ahora, en la hoguera del cambio histórico, es arrojado, en el mejor de los casos, a la vitrina del museo. También hay otras épocas que logran perpetuarse con intensidad disimulada una vez que fueron relegadas al pasado o, más inquietante, aquellas otras que nacidas de la vorágine revolucionaria terminan por restaurar lo que supuestamente vinieron a derribar. Cada época guarda sus sortilegios y sus enigmas y, todas, nunca anulan la diversidad y la multiplicidad de sentidos y posibilidades que se acumulan en su interior. Suponer que la historia es unilineal y que los acontecimientos por venir ya están escritos en el gran libro de las certezas constituye otra de las paradojas de la marcha zigzagueante y huidiza de las sociedades.

En el año del Bicentenario tenemos la oportunidad, rara, de redescubrir las distintas metamorfosis del país, el entrecruzamiento de épocas disímiles que adquirieron cada una de las fisonomías que mencionaba líneas arriba. Epocas de cambios prodigiosos seguidas de épocas de apaciguamiento y modorra. Tiempos de virulencias y debates que acabaron en regresiones autoritarias y otros tiempos de supuesta calma que inauguraron días de una intensidad inusitada. Encrucijadas en las que se jugó el destino de décadas y desvíos que hicieron descarriar el tren de la transformación para arrojarnos al pantano de la decadencia. Distintas interpretaciones y lecturas que acompañarán cada una de esas encrucijadas y que seguirán disputando por la “verdad” de sus conclusiones. Ninguna esfera de la historia permanece ajena al litigio; todas ellas son sometidas, una y otra vez, al conflicto de las interpretaciones que no se resuelven en la calma serena de los debates académicos, sino que suelen encarnar en sujetos de la realidad que disputan en la escena del mundo sus miradas enfrentadas y desafiantes.

Ser testigos de una época en la que muchos de sus núcleos de sentido son puestos en cuestión es un raro privilegio que no deberíamos desaprovechar. Habitar un tiempo en el que se pueden revisar las ideas que fueron hegemónicas en el pasado reciente constituye una oportunidad y un desafío, en particular allí donde la hondura de la devastación cultural y material dejó sus profundas y decisivas marcas entre nosotros. Marcas lo suficientemente hondas como para reconocer lo arduo y complejo del camino que nos queda por recorrer a la hora de intentar avanzar sobre perspectivas reparadoras que a su vez posibiliten la profundización de los cambios indispensables para dejar atrás las peores consecuencias de ese pasado que sigue acechando nuestro presente bajo la forma de la restauración y el sentido común emanado de la naturalización de los valores neoliberales. Nada más difícil a la hora de iniciar procesos de transformación que la dureza con la que se resisten los núcleos duros de ese mismo sentido común.

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La década del noventa constituyó una época de mutaciones decisivas que atravesaron casi todas las esferas de la vida social, económica, política y cultural. Fueron años en los que la cotidianidad fue sacudida por un cúmulo de transformaciones estructurales que dejarían sus huellas imborrables en el cuerpo social. Una Argentina que ya venía siendo desmontada con especial virulencia desde marzo del ’76 entró en una etapa en la que nada de lo antiguo parecía sostenerse a la luz de los nuevos paradigmas surgidos de las usinas ideológicas del neoliberalismo. El menemismo, forma prostibularia del peronismo, encarnó, en una sorprendente voltereta histórica, los valores y las políticas de este nuevo tiempo del capitalismo especulativo-financiero que vendría a culminar aquello que afloró bajo la siniestra batuta de Martínez de Hoz. Pero la gran diferencia fue que la acción desplegada por Menem y sus acólitos caló hondo en un sentido común disponible para ser penetrado por la nueva sensibilidad y tuvo un contundente apoyo electoral. El terreno de su preparación hay que ir a buscarlo en las heridas decisivas que sufrió el cuerpo argentino desde los años dictatoriales, pasando por la desilusión alfonsinista y la caída en abismo de la hiperinflación que habilitó la entrada triunfal de la nueva y rutilante receta de un neoliberalismo planetariamente triunfante. El menemismo surgió de una sociedad dañada en su intimidad y de una cultura popular desconcertada y desgarrada por décadas de descomposición, violencia, horror y envilecimiento de los supuestos portadores de las tradiciones nacionales. Del horror de la dictadura a la desilusión de finales de los ochenta, a partir de sus consecuencias imborrables, es que se fue montando el proyecto desplegado con saña y crudeza por la derecha liberal-conservadora travestida en su versión menemista y que hoy reaparece incluso bajo los ropajes de una retórica progresista como la que escuchamos en el Congreso durante el debate del 82 por ciento móvil para los jubilados. La Alianza, fallida ilusión republicano-progresista, agudizó la bancarrota y aceleró el día del derrumbe. Por esas extrañas vicisitudes argentinas vemos de qué modo el radicalismo, responsable principal del desastre que culminó en diciembre de 2001, vuelve a encontrar cierto predicamento a través de la figura de Alfonsín hijo o del pequeño señor Cobos.

La desilusión emergente de la frustración de Semana Santa y de la subordinación a las demandas de las corporaciones económicas se entrelazó con la pérdida de las referencias y con la traición de una parte no menor de la dirigencia peronista y de sus estructuras sindicales, que se asoció a un clima de época en el que la hegemonía del hiperindividualismo y las seducciones deslumbrantes de las nuevas formas del consumo y de la industria del espectáculo echaron las bases para un giro radical en los imaginarios sociales y en las estructuras de la subjetividad.

El menemismo caló muy hondo en las conciencias, dejó entre nosotros una madeja muy difícil de desanudar que se proyectó sobre prácticas y actitudes. El avance de los paradigmas privatizadores se hizo al precio de horadar una larga historia que, casi de la noche a la mañana, quedó desprestigiada. Durante años la hegemonía arrasadora del neoliberalismo dejó en estado de intemperie las ideas y las tradiciones emancipatorias, vaciando y desvirtuando lo que había sido parte fundamental de las vicisitudes argentinas. Siempre es difícil recomponer lo que fue desgarrado y más difícil es desmontar un sentido común colonizado y conciencias que perdieron sus orientaciones para caer en la seducción de la sociedad del espectáculo y de los fervores consumistas. A lo largo de una década una parte no menor de la sociedad se dejó tentar y seducir por la fiesta primermundista, por los viajes a Miami y la ficción escandalosa del uno a uno que hipotecó el futuro en nombre de un presente prostibulario, cualunquista y frívolo. Las marcas están allí, siguen insistiendo en la cotidianidad de amplios sectores de las clases medias configurando el mapa de su visceral rechazo a lo inaugurado en mayo del 2003. Nada peor que mirarse en el espejo de la propia infamia cuando uno se cree portador de todas las virtudes. Nuestra clase media hace mucho tiempo que cuando se siente algo manchada se arroja a las aguas puras de la virtud republicana para luego salir limpia de toda responsabilidad. Así lo hicieron al final de la dictadura y así lo volvieron a hacer al final de la década del noventa una vez que la última extensión del menemismo, que fue el gobierno de la Alianza, cayó en el descrédito y la bancarrota.

3Hoy, sin embargo, nos encontramos en otra coyuntura histórica. Nada de lo que parecía eterno sigue sosteniéndose y, de un modo extraordinario y elocuente, vemos que desde hace unos años todo vuelve a discutirse en el seno de nuestra sociedad. El conflicto desatado por la Resolución 125 fue el punto de partida para el vértigo de una época en la que algunos prejuicios van cayendo al mismo tiempo que viejas perspectivas son retomadas en el interior de nuevos desafíos. Los argentinos hemos discutido, y lo seguimos haciendo, la cuestión clave de la renta agraria; regresan palabras olvidadas o saqueadas por el oportunismo, como lo son la “igualdad”, el “Estado”, la “distribución de la riqueza”, lo “popular” y su sustantivo “el pueblo”; se volvieron a abrir los expedientes del genocidio militar y regresan las discusiones sobre la problemática de la memoria; el núcleo de la reparación social regresa a través de la asignación universal y de la recuperación del sistema estatal de jubilación que supone mucho más que una reapropiación de los recursos de los trabajadores para extenderse hacia la dimensión cultural simbólica de aquello que fue desvirtuado por la ideología neoliberal. Recorrió la sociedad el debate fundamental que culminó en la ley de servicios audiovisuales y hemos sido también testigos de la aprobación de la ley de matrimonio civil igualitario que logró desplazar el prejuicio y la violencia jurídica y simbólica que recaía sobre una parte de nuestros conciudadanos. Ahora vemos que busca encontrar su lugar otro debate, el de la despenalización del aborto, postergado y ninguneado desde los grandes medios en contubernio con la Iglesia Católica.

Nada permanece fuera de la agenda pública en un tiempo político-cultural en el que nos atrevemos, como sociedad, a discutirnos, a revisar críticamente nuestra travesía histórica y a recuperar la capacidad para reparar el profundo daño que dejó en nosotros un modelo de destrucción no sólo del aparato productivo, sino que logró interiorizarse en los intersticios de nuestras prácticas y de nuestra sensibilidad. Saludables, entonces, las épocas en las que caen los tabúes y en las que se va logrando sacar de la invisibilidad vidas e ideas sobre las que se ejerció una extraordinaria violencia tanto material como simbólica. Intensa y decisiva una coyuntura en la que volvemos a recuperar legados y tradiciones bajo la condición de su inevitable actualización. Pujante y renovador un tiempo en el que la democracia se muestra como un territorio en el que se sigue expresando el litigio por la igualdad, madre, seguramente, de todos los otros litigios.

Una época, entonces, atravesada por viejos y nuevos desafíos, de esos que nos exigen pensar con intensidad crítica legados y tradiciones para ver qué ha quedado en pie después del vendaval de una historia impiadosa. Una época para forjar aquellas palabras que disloquen un sentido común atrapado en las redes de la dominación y que logren internarse por un territorio en el que se vuelve imprescindible guiarse con otros recursos y con otras palabras que siguen a la espera de su apropiación por aquellos sobre los que continúa recayendo la posibilidad de hacer algo con las injusticias y las desigualdades del presente. Una época que carece de garantías allí donde las amenazas de la restauración conservadora se visten con las ropas de un seudoprogresismo que no se sonroja al estrechar filas con la derecha en nombre, supuestamente, de los intereses populares (allí está la aprobación del 82 por ciento móvil en conjunto con los mismos que destruyeron el sistema jubilatorio y luego lo privatizaron quebrando la lógica de la solidaridad y anclándolo a los intereses de la especulación financiera de un capitalismo depredador). Una época de riesgo en la que se abre ya no sólo la posibilidad de reparar lo dañado reconstituyendo vida social y cultural, sino que nos devuelve lo que parecía clausurado: la invención de una política de la transformación capaz de reincidir en la interminable querella por la igualdad, la justicia y la libertad.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-155150-2010-10-17.html

  OPINION


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1 El calidoscopio argentino siempre nos ofrece un frenesí de imágenes que cambian como el movimiento imprevisto de las hojas otoñales al ser sacudidas por el viento. Lo que el día anterior parecía sellado, al día siguiente ofrece su rostro inverso. Lo que la semana anterior se ofrecía como la anticipación del “fin de una época”, como el anuncio oracular que cierta pitonisa afecta a las frases de neto corte apocalíptico suele lanzar al escenario de una sociedad algo desconcertada anticipando la llegada de los “días terribles” que serán seguidos por “la alegría del nacimiento mesiánico” (mezclando tradiciones helénicas con retóricas bíblicas sin tener mucha conciencia de tan particular alquimia), se hunde, la semana siguiente, en frases despechadas y agresivas contra los otrora entrañables compañeros de viaje rumbo a la “verdadera República” que, a los ojos relampagueantes y alucinados por tantas visiones de tan esperpéntica figura de la política autóctona, se convirtieron, de la noche a la mañana, en “traidores”, en culebras venenosas dispuestas a pasarse con armas y bagajes a las huestes del Anticristo. Acompañándola en este resentimiento contra sus antiguos aliados, hoy vemos de qué manera los periodistas estrella de los principales diarios se dedican a despotricar contra una oposición “incoherente”, “incapaz”, “desquiciada” e “inútil”, esa misma que antes de ayer era la salvaguarda de la patria. Qué rápido que avanza la desilusión y cuán poco dura la fama entre los escribas de La Nación y de Clarín dispuestos, ahora, a arrojar al tacho de los desperdicios a sus héroes de la oposición. Cuidado con su inclinación a buscar por otros lados más oscuros de la memoria nacional, allí donde ven de qué manera y para horror y espanto de la gente bien los “olvidados e incontables” reaparecen en la escena reclamando su visibilidad. Honduras como espejo en el que algunos de esos escribas desean que se mire el país, sigue allí presente y activado en los laberintos de una gestualidad destituyente que recorre los pasillos tribunalicios, las “mediaciones” eclesiásticas y los comunicados de las grandes corporaciones económicas. Por ahora, al menos y para escarnio de los responsables de tanta frustración, quedó un tanto debilitada la pata legislativa, esa que amenazaba con destronar la soberbia autoritaria del oficialismo. Esta ha sido una semana pródiga en acontecimientos y en enseñanzas. También han sido días de intensidades políticas capaces de abrir dimensiones que parecían clausuradas reconstruyendo puentes impensables con antiguos acontecimientos que han marcado hondamente la historia nacional y que, bajo las luces reinterpretativas del presente, asumen rasgos nuevos, esos que emergen de lo que rompe el deslizamiento esperable, acumulativo y rutinario de la temporalidad política para derramar, sobre la época, otra lógica y otras oportunidades. ¿No será oportuno leer la actualidad con los prismas de un Walter Benjamin allí donde reclamaba la necesidad de pasarle a la historia el cepillo a contrapelo y al tiempo evolutivo y lineal de la dominación desplazarlo por el instante que es peligro y oportunidad?

Ahora todos sospechan de todos. Los radicales de sí mismos descubriendo que el “efecto Cobos” empieza a remitir y van surgiendo otros posibles candidatos más gratos a los boinas blancas, maestros de una retórica hueca que ofrece una imagen desolada de su propia tradición. Los “peronistas disidentes” haciendo lo que siempre han hecho, devorarse sin contemplaciones los unos a los otros y soñando con ser, cada uno, el nuevo sultán de la Argentina. Los socialistas preguntándose qué hacía su senador entre Menem y Reutemann y por qué terminaron por apoyar al Opus Dei dentro del Senado de la Nación. El centroizquierda de Proyecto Sur y sus aliados mirando desde fuera el partido que se jugaba en el Senado y que amenazaba con eliminar a la primera presidenta del Banco Central ajena a la ortodoxia neoliberal mientras se dedicaban a ser funcionales a una oposición que quería ir por todo (eso sí, muy alegres por haber logrado la presidencia de alguna comisión –no importa que en el resto se nombrara a lo peor de la derecha destituyente y corporativa– y la promesa de una investigación de la deuda ilegítima por parte de los mismos que la generaron). Lo insólito, lo absurdo y lo grotesco se mezclaron en el interior de una oposición impresentable que se preparaba para pasar por las armas a Mercedes Marcó del Pont y que terminó dándose cuenta de que los fusiles tenían la pólvora mojada.

Ahora, desconcertados y sospechando todos de todos, ya no saben quiénes son los leales y quiénes los traidores. Difícil, muy difícil ofrecerse como garantía de futuro cuando se hunden en el pantano de un presente que los muestra como lo que efectivamente son: una tienda de los milagros más dispuesta al derrumbe que a la consolidación de una acción unitaria sostenida pura y exclusivamente por el más craso oportunismo. Alguna gente comienza a preguntarse, incluso contra lo que creían hasta ayer nomás, qué defiende esta oposición, hacia dónde quieren llevar al país y cuál es su límite. Por extraño que parezca a veces la fragilidad, la puesta en evidencia de un acto de injusticia –como el que estuvo a punto de cometerse contra Marcó del Pont– o la percepción creciente de un gobierno acorralado y debilitado abre insospechadas reacciones y redefine la lógica de los acontecimientos. La debilidad no suele cotizar en la bolsa de la política y de los políticos pero sí en el interior de una sociedad que descubre que no todo lo que se le dice es verdadero y lo hace cuando percibe que una cierta injusticia se está por cometer o cuando la trama de la realidad vuelve a aparecer como frágil y muy próxima al peligro abismal. A eso, sin comprenderlo por ignorancia y obsecuencia con el poder corporativo, es hacia donde amenazó con llevar la oposición al país en las últimas semanas aprovechando los errores del Gobierno y su desconcierto inicial para leer los cambios en las representaciones parlamentarias. Cuidado con tensar demasiado la soga porque se puede romper.

2 Todo eso y más puede suceder en una Argentina loca e intensa que, en menos de 24 horas, fue testigo de un extraordinario y multitudinario acto en Ferro del que participaron decenas de miles de entusiastas militantes y que en la noche del viernes replicó, bajo otras características, en una impensada movilización de miles de ciudadanos muy de clase media que marcharon hacia la Plaza de Mayo para comenzar a desmentir que en la ciudad de Buenos Aires todos y cada uno de sus habitantes más favorecidos, aquellos que no provienen de las barriadas humildes y que suelen ser reducidos a carne de cañón del clientelismo por la gran prensa del poder, se dedican en sus ratos de ocio a declarar su odio mortal hacia el Gobierno y, en particular, hacia los Kirchner. Comienzan a soplar otros vientos, en este caso, desde la sorprendente convocatoria de un grupo de espectadores de un programa de televisión. Extraños tiempos en los que las tecnologías de la comunicación pueden abrir los grifos de multitudes que reclaman más violencia contra los pobres (las andanzas ya casi olvidadas del falso ingeniero Blumberg fueron testigo de esa “comunidad telemática” lanzada contra el Gobierno), pero que también pueden servir para construir otra plaza, una que recuerda viejas jornadas de matriz y tradición popular y progresista. Calidoscopio de la política, insisto, que permite que bajo la misma forma tecnológica se manifiesten distintos contenidos y muy diferentes alternativas morales. No es un dato menor de la realidad actual ese desplazamiento o esa brecha que comienza a abrirse en el interior de la clase media. De la misma manera, que constituye un efecto propio de estos tiempos hipertecnologizados la apropiación de ciertas formas de la comunicación para inyectarle contenidos inesperados redefiniendo los trazos cada vez más complejos de la política y de las representaciones subjetivas. La compleja urdimbre de forma y contenido, vieja temática de la tradición filosófica al menos desde Nietzsche en adelante, regresa sobre nosotros exigiéndonos pensarla con ojos críticos y no dogmáticos, alejándonos tanto de la ilusión de un giro “liberador” de la mano de las nuevas formas tecnológicas como de un rechazo absoluto a los desafíos e innovaciones que esas mismas formas ejercen sobre la vida social, política y cultural. Lo sucedido el último viernes ofrece mucha tela para cortar.

De la misma manera que tampoco debe pasar desapercibido para quien intenta dar cuenta de la complejidad del momento, el contraste y la complementación (aunque parezca un contrasentido lógico) entre el multitudinario y festivo acto de Ferro organizado por los movimientos sociales y el que se había desarrollado un día antes en el Chaco, cuando Kirchner reasumió la presidencia del PJ. Afirmación del poder en el interior de la estructura pejotista con sus límites y sus zonas oscuras, de esas que llevan a que muchos de esos mismos dirigentes que hoy rodean a quien los conduce, mañana pueden abandonarlo sin inconveniente alguno (y esto para recordar que la oposición también habita en el interior del oficialismo que, a veces y en momentos particularmente significativos, lo descubre con espanto). Baño de intensidad militante en Ferro que, como escribió una columnista de La Nación que supo en otras épocas asumir posiciones radicalmente alejadas del vocero mediático de la derecha vernácula que hoy la tiene como columnista estrella, muestran las “dos almas del kirchnerismo”, esa que negocia con el aparato y esa otra que renueva las tradiciones populares y transformadoras. Claro que para la cronista, una notable estudiosa de la literatura argentina y una observadora de la vida cotidiana que acabó por adquirir la visión del mundo de cierta clase media palermitana preocupada por la persistencia de la pobreza mientras gira raudamente hacia el neoconservadurismo, esa doble escena separada apenas por 24 horas, en verdad no era otra cosa que la puesta en evidencia, así lo piensa y lo escribe Beatriz Sarlo, de la impostura y la ficción de todo aquello que toca el kirchnerismo. Nobleza obliga, al menos se vistió con su traje de etnoantropóloga, y se sumergió en la bestia negra de la historia argentina, para luego escribir su informe sobre pejotismo y militancia social. Pero a ella, alma sensible, le siguen preocupando los niños pobres, aunque escribe en el diario de aquellos que se dedican a multiplicarlos.

Una semana que hizo añicos el tablero de ajedrez con el que venía jugando una oposición que creía haber arrinconado a su adversario y que se preparaba para esas últimas movidas que suelen culminar, si las jugadas son las apropiadas, en jaque mate (la ahora denostada senadora Latorre lanzó al ruedo mediático, para indignación de las almas bellas y puras que pululan en la oposición y entre el “periodismo independiente”, la denuncia de actitudes golpistas en el Congreso de la Nación). No percibieron, porque son jugadores endebles y muy poco refinados, que nada es más difícil que resolver anticipadamente lo que el medio juego aún no permite. Se entusiasmaron con la toma por asalto de la fortaleza del adversario alucinando que todas las defensas y la posibilidad de contraataque estaban quebradas; no se detuvieron a contemplar sus propias fuerzas, no imaginaron que un buen jugador de ajedrez tiene como principal virtud la capacidad reflexiva y la sutileza con la que logra anticipar las movidas del otro diseñando estrategias de largo alcance. Creyeron, ilusos, que la tienda de los milagros bajo la que se reúnen, una tienda del cambalache nacional, estaba en condiciones de dar el salto definitivo hacia la rendición incondicional del enemigo tan denostado, odiado y subestimado.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-142065-2010-03-16.html

  DEBATES > EL 2009, ENTRE LOS AUGURES DE LA CATASTROFE Y LAS LECCIONES QUE DEJO


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El año 2009 se ha retirado sin cumplir las promesas apocalípticas que, según los diferentes augures y profetas que pululan en ciertos ámbitos de la oposición política, entre los economistas de las principales consultoras y en algunos medios de comunicación, debían derramarse sobre el cuerpo y el alma de los argentinos. Los vaticinios eran tremendistas y anunciaban, entre otras cosas, un dólar altísimo, una economía atacada irreversiblemente por el virus de la recesión, aislamiento internacional, default, cosechas paupérrimas, importación de carne, colapso de la industria lechera, desaparición del trigo, desocupación masiva, protestas sociales transformadas en polvorines prontos a estallar ante la menor señal, violencia urbana capaz de convertir las calles de las grandes ciudades en lo más parecido al infierno de Dante que se pueda reconstruir en estas geografías sureñas. Imágenes de la bancarrota y de la catástrofe que se encargaron de repetir infinidad de veces muchos de los más preclaros e independientes periodistas que suelen copiarse los unos a los otros en el afán de transformar sus vaticinios en el pan cotidiano de la mesa de los argentinos. Si viviésemos nuestras vidas de acuerdo con el relato de los augures de la catástrofe y no como expresión de lo realmente vivido, hace tiempo que el país se hubiera convertido en un gigantesco campo de batalla repleto de cadáveres y asolado por todas las pestes imaginables. Hacer el ejercicio de mirar alrededor, de recobrar, aunque sea por un instante, la cordura que nace del vínculo entre lo que decimos que nos pasa y lo que efectivamente nos acontece, nos restituiría una dimensión completamente distinta del país en el que habitamos, un país que poco o nada tiene que ver con el gran relato que se vierte día tras día desde la corporación mediática y que se fabrica en el interior de las usinas del establishment económico y político.

Transcurrido el año del Armagedón, sorteados los ríos de lava que descenderían sobre la Sodoma y la Gomorra kirchnerista, acontecido el cruce del Rubicón que significaba el recambio parlamentario del 10 de diciembre, todo estaría disponible para la decadencia irremediable de aquello que se inauguró en el 2003 y se revalidó a finales del 2007. Argentina, así lo anunciaban, estaba preparándose para abandonar la lógica de la confrontación, el clientelismo populista sostenido sobre los choripanes, el revanchismo de los setentistas, sus escandalosas e impresentables “formas” políticas alejadas de las genuinas “maneras republicanas” y el uso discrecional de la chequera oficialista. Claro que antes de alcanzar la orilla republicana, esa que tanto añoran nuestros defensores del establishment, seríamos lamentables testigos de la furia desatada sobre nuestras calles, furia que nos retrotraería, así lo decían sin sonrojarse, a diciembre de 2001. Anunciaban y esperaban la catástrofe; se frotaban las manos y se relamían en sus reuniones de conspiradores ante las señales del fin de los tiempos. Imaginaban entrar en el año del Bicentenario en condiciones de mirarse en el espejo de esa otra Argentina del primer centenario, la del país agroexportador, granero del mundo y rectamente gobernado por los preclaros representantes del poder económico.

Y sin embargo nada de eso sucedió. No habitamos el mejor de los mundos, no hemos resuelto algunos de los problemas más graves y acuciantes que atribulan a las mayorías (en especial seguimos prisioneros de un orden económico que profundiza la desigualdad social), pero estamos lejos de ese escenario de locura infernal que proyectaban los apasionados defensores de la restauración conservadora. Hubo, en el medio, una dura derrota electoral que presagiaba el derrumbe del gobierno y que se transformó, para sorpresa y horror de los críticos termidorianos, en un nuevo punto de partida, en una suerte de relanzamiento de lo más interesante y significativo que trajo al escenario argentino la presidencia de Cristina Fernández. Junio no fue, como parecía, el principio del fin, sino la búsqueda de otros horizontes, esos que se reencontraron con algunas de las decisiones más significativas y revulsivas del 2008 (por ejemplo, las medidas que nacieron después del voto no positivo de Cobos y que, entre otras cosas, alumbraron la reestatización de las AFJP, la movilidad jubilatoria y la nacionalización de Aerolíneas Argentinas). Una derrota que conmovió al kirchnerismo y que le hizo recobrar su capacidad de respuesta ante las coyunturas difíciles. Algunas de esas respuestas constituyen, por sí solas, acontecimientos mayúsculos para el derrotero de la democracia. El principal de ellos fue la aprobación de la ley de servicios audiovisuales, después de uno de los debates más intensos, interesantes y plurales que recuerda la Argentina en relación con un proyecto de ley. Una victoria doble: contra la herencia nefasta de la dictadura y contra las “mejoras” realizadas durante los noventa por el menemismo en beneficio de las grandes corporaciones mediáticas que condujeron hacia la más colosal estructura monopólica del espacio comunicacional. Otra de las respuestas material y simbólicamente claves, de esas que marcan un rumbo y señalan un itinerario claramente diferenciado de la lógica desplegada entre nosotros por la cultura neoliberal, fue la decisión presidencial de implementar la asignación universal para todos los niños de padres desocupados o con trabajos informales, medida que ataca directamente el núcleo duro de la pobreza y constituye una acción justa, reparadora e históricamente relevante, al menos en parte, para los sectores más postergados y sufridos.

La derrota electoral en la provincia de Buenos Aires puede ser interpretada como una oportunidad para revisar críticamente los motivos y los errores que llevaron a que un personaje como De Narváez se alzara con el triunfo, no sólo conquistando ampliamente a los sectores altos y medios, sino, más grave y preocupante, penetrando con su discurso pergeñado por publicistas y potenciado por la estética tinellista, en los sectores populares. Quedó claro que la pejotización terminó por perjudicar a Kirchner, que pagó el precio de abandonar una de sus ideas constitutivas, aquella de la transversalidad y de los frentes capaces de incluir a diversos actores del campo popular. Quedó claro que no alcanza con llevar a los intendentes a la cabeza de las listas, que las candidaturas testimoniales horadaron prestigio y proyecto mientras quedó diluido el núcleo fundamental de lo que debería ser un proyecto de genuina profundización de los cambios. Quedó claro que en los territorios calientes del Gran Buenos Aires, allí donde se sigue amasando la pobreza y la miseria, el kirchnerismo no supo o no quiso encontrar los modos directos de la interpelación que se correspondiesen con acciones reparadoras visibles, como si no hubiera sido capaz de abandonar la forma superestructural y aparatista de la política para reconstruir base de sustentación popular de un gobierno que la necesita y mucho si quiere enfrentar con alguna posibilidad el avance de la derecha restauracionista. Junio sirvió para no cometer los mismos errores, para aprender de una derrota que, leída desde esta perspectiva, incluso puede acabar convirtiéndose en una oportunidad de cara a los desafíos que se abren de ahora en más y teniendo como horizonte la puja electoral del 2011. Entre otras cosas no menores, los resultados electorales de Junio ponen en evidencia que al kirchnerismo sólo le puede quedar bien el traje de aquello que por no encontrar una definición más atinada denominamos el centroizquierda; un traje que exige generosidad política y garantías de estar siguiendo un rumbo que vaya en dirección a la profundización de aquellas medidas capaces de reducir la brecha de la desigualdad, de abrir los canales de participación popular, de democratizar más y mejor la gestión de gobierno, de ofrecer claras señales respecto al cuidado del medio ambiente y a la efectiva puesta de límites a los diversos tipos de explotación de las riquezas naturales del país, de cambiar, como se hizo con la ley de medios, la legislación que mantiene el privilegio, donado por la dictadura, de los grandes negocios financieros, unido esto a una indispensable reforma impositiva. Acciones, todas, destinadas, insisto, a marcar un rumbo, a darle visibilidad a un proyecto de país capaz de recrear una cierta mística política de clara matriz democrática y popular. Reconquistar apoyo social, incluyendo la indispensable interpelación de ciertos sectores medios que hoy rechazan al Gobierno, supone un esfuerzo de renovación de prácticas y de lenguajes políticos, del mismo modo que también exige posicionamientos claros y directos contra las formas visibles de corrupción estatal, tanto la heredada como la que se desplegó en los últimos años. Sin querer transformar la cuestión de la corrupción en un eje central (lo que suele hacer el discurso del establishment y de las políticas restauradoras de matriz neoliberal), sí es necesario dar señales contundentes de saneamiento de las prácticas públicas y estatales. No se trata, por supuesto, de lavarle la cara al kirchnerismo y volverlo “presentable” para la buena sociedad, que ya no quiere conflictos ni crispaciones; su lugar original en el presente argentino es haber logrado reintroducir la política y, en no menor medida, haber logrado escandalizar a aquellos poderes que creían ser los dueños definitivos del pasado, del presente y del futuro.

El 2009 también puso en evidencia, por si alguien no lo supiera o se hiciera el distraído, qué tipo de gestión puede llevar adelante la derecha. El macrismo en la ciudad de Buenos Aires ofreció toda una batería de brutalidades, ineficiencias y decisiones desatinadas que tuvieron sus dos puntos culminantes en, primero, el bochorno del Fino Palacios como el primer jefe de una policía que antes siquiera de ser puesta en funciones termina con su cuerpo entre las cuatro paredes de una celda, a la que probablemente le siga el segundo jefe nombrado por Macri al que tuvo que destituir por las escuchas ilegales; para luego rematar su “audaz” gestión con el fallido nombramiento de Abel Posse al frente del Ministerio de Educación, convirtiéndolo en el ministro que menos tiempo estuvo en el cargo y que tuvo que abandonarlo después de lanzar una serie de ideas de un reaccionarismo ultramontano. Lo que se cayó fue la máscara de una derecha light, signada por las estéticas posmodernas y las retóricas políticamente correctas. Lo que se puso en evidencia es, por un lado, sus límites y su incapacidad, y, por el otro lado, la matriz reaccionaria que se guarda en su interior, esa que asumió los rostros impresentables del comisario preso y del escritor ultraautoritario. El macrismo anticipó, lo haya querido o no, lo que puede llegar a ser un gobierno de la derecha, ese escenario posible si en el 2011 las fuerzas democráticas, populares y progresistas no logran comprender lo que verdaderamente está en juego en la Argentina de hoy.

Muchas otras cosas sucedieron en el 2009, pero lo que quedó definitivamente claro es que los augures y profetas, los anunciadores berretas del apocalipsis, fracasaron en todos sus pronósticos. El Gobierno tiene grandes desafíos por delante y será permanentemente puesto a prueba allí donde no logre dar señales claras de hacia dónde y con quiénes intenta ir. En este sentido, el 2010 puede ser un año más que significativo para ir delineando hacia dónde rumbeará el país en los próximos tiempos. Aprender del 2009 significa, entre otras cosas, abrirse con generosidad hacia nuevas formas de construcción política, esas que sean capaces de salir a pelearle a la derecha apelando a lo mejor de las tradiciones populares y progresistas. Veremos, entonces, qué se aprendió de un año tan decisivo, complejo e intenso como lo fue el que acabamos de abandonar.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-138691-2010-01-19.html

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Por esos extraños juegos del destino, de esos que siempre lo fascinaron hasta perseguirlos por las lejanías de la historia, de la literatura y de la filosofía, el mismo día en que la Cámara de Senadores se apresta a discutir y votar la ley de medios, un día demasiado esperado, luchado y trajinado durante veintiséis años, en este viernes seguramente memorable me descubro tocado por la melancolía y la tristeza de su ausencia, de la que precisamente se cumple un año en esta jornada que, como él diría entre la seriedad y la broma, lleva todas las marcas del destino nacional, de ese que hubiera recordado con acento borgeano. Pero también puedo palpar, bien adentro, la felicidad del amigo insistiendo entre nosotros con sus ideas, con la risa rea y sobradora, que imagino, de quien nunca dejó de prestarles atención a esos signos inesperados, a esos azarosos encuentros que forman un acontecimiento.

Tristeza y alegría de una amistad invalorable, profunda, fraterna y deudora, como una maravillosa donación, de pasiones intelectuales y políticas, de esas que se desplegaron en los pasadizos de una historia que nos atravesó con sus promesas y sus fracasos, con sus esplendores festivos y sus hecatombes, con los añorados arraigos y los destierros. Una historia, la de él, que es la nuestra por herencia y deseo, esa que supo transmitir como ninguno entre las palabras extraídas de su memoria callejera y erudita, de fervores amasados con la arcilla del barrio, de la gloria futbolera, de picados entre faroles tangueros y calvarios racinguistas, pero que también supo de los encuentros con las lenguas de la poética emancipatoria, de la militancia, de las utopías redentoras entramadas con antiguas liturgias metodistas y vastas lecturas bíblicas en increíble alquimia con Fanon y Sartre, con el profeta Isaías y León Trotsky, con Hölderlin, el poeta del crepúsculo de dios, y Julio Cortázar, con la melancolía mesiánica de un Walter Benjamin y la escritura urgente e imperiosa de un Rodolfo Walsh. Como si siempre hubiera sabido que las cosas importantes, esas que dejan huella, nos exigen el desparpajo de entrelazar a Borges con el gordo Cooke, a Perón con Sófocles, a Thomas Münzer con Evo Morales. Amasijo lúdico de escrituras de la vida y de las ideas atravesadas por el reclamo de la revolución. Lecturas desasosegadas del tiempo otoñal, ese tiempo de la revisión y de la autocrítica, de la inquieta indagación por aquellos legados duramente sacudidos por los golpes de una historia inclemente capaz de llevarse vidas entrañables junto con ideas galvanizadoras de militancias sobrecogidas por la sed de justicia e igualdad. En Nicolás el atardecer de la revolución se convirtió en tema de honda y decisiva indagación; para él, atravesado por su biografía y por las ideas de un tiempo excepcional, se trató de seguirles la pista a esos legados para proseguir, bajo nuevas condiciones y sin las antiguas certezas, por los arduos caminos de un pensar comprometido con la lengua tartamuda de la emancipación.

Nicolás vivió sacudido por la pasión argentina; nunca dejó de añorar una geografía de remansos y de mesuras mientras se sumergía en el torbellino de una historia capaz de girar alocadamente sobre sí misma para ofrecernos la imagen inverosímil de un país siempre en estado de urgencia e incompletitud; de un país capaz de sacudirnos el letargo para devolvernos, inesperadamente, a la intensidad de la política, de las plazas y de los arrebatos nacidos de viejos y nuevos reclamos, de antiguas y nuevas promesas. Con su mirada astuta y socarrona, no dejaba de observar, no sin ciertas reticencias nacidas de otras travesías por mares tempestuosos y devoradores de navíos y de náufragos, las anomalías de este tiempo argentino, en especial esa que viniendo del Sur llegó a inquietarlo profundamente al confrontarlo con sus propios arcanos setentistas. Algo loco y extraño, algo a destiempo y anacrónico venía a romper la inercia de un país en estado de catástrofe, de un país atravesado de lado a lado por la noche de la neobarbarie cultural capaz de multiplicar hasta el hartazgo las voces del cualunquismo autóctono, ese que casi siempre, en las distintas estaciones de la historia nacional, vino a expresar los fervores virtuosos de nuestras clases medias.

Nicolás, nacido y criado en Almagro, descendiente de tanos del Ligure; hijo de un amante de la ópera y del radicalismo gorila, y de una madre devota de Evita, descendiente de un extraordinario pastor metodista, uno de los dueños del negocio de la naranja en el Abasto y escritor arrebatado por la lengua teológica y salvífica. Nicolás, su nieto y heredero, habitante del corazón porteño, nunca dejó de sentirse profundamente incómodo por la verborragia insoportablemente arribista, mediocre y racista de sus propios vecinos de barrio. Pero, y así de extraña es la vida, nunca dejó de sentirse a gusto en esas calles gardelianas que inspiraron su novela El frutero de los ojos radiantes, fresco de una Argentina entre la promesa y el desastre, entre la ilusión libertaria y el Apocalipsis. Con ese amasijo contradictorio se fue conformando la peculiar sensibilidad de este porteño medular y añorante de una ciudad perdida e imposible. Tan fuerte sería su arraigo a ese barrio que al retornar del exilio mexicano sus pasos lo llevarían, con la inexorabilidad marcada por los signos zodiacales, nuevamente hacia Almagro.

Casi desde el inicio, Nicolás se sintió atraído por lo inaugurado en mayo de 2003, pero no atraído en el sentido de quien simplemente se deja llevar por el entusiasmo ciego. La atracción que en él despertó Kirchner, su excepcionalidad, corrió pareja con su permanente interrogación crítica, con sus palabras que podían cruzar el apoyo directo y furibundo ante la avalancha de gorilismo racista clasemediero para tornarse, inmediatamente, en cuestionamiento de los límites de un proyecto que tenía mucho de tienda de los milagros o de armada brancaleone, pero que también le ofrecía la imagen de una gramática plebeya y entrañable allí donde nos permitía sacudirnos de la barbarie de los noventa. Mirada irónica que sobrevolaba una escena en la que las épocas parecían arremolinarse, en la que las memorias del pasado volvían a disputarse en el laberinto del presente. Nicolás pudo intuir lo espeso del aire de época. Pudo anticipar, cuando todavía no se vislumbraba en el horizonte la maroma agromediática, que se avecinaban tiempos conflictivos porque, entre otras cosas, el kirchnerismo había tocado algunas fibras íntimas del poder, de ese que se tragó el gesto inaugural del cuadro descolgado de Videla, que dejó hacer hasta que, recuperado de su inicial estupor y de sus propias necesidades de recomposición, volvió, como otras tantas veces en el pasado, a cargar sin contemplaciones y apoyándose en lo irresuelto de 2001, en ese fondo viscoso que Nicolás pudo describir con ojo anticipatorio cuando mostró su fino escepticismo ante la “rebelión de las clases medias de Scalabrini Ortiz y Santa Fe”. Leyendo algún reportaje que le hicieron en 2007 puedo comprobar que, aunque sin tener la certeza de su acontecer futuro, ya intuía llegado el tiempo de la revancha contra el “insoportable plebeyismo populista”.

Para él, como para muchos de nosotros, el kirchnerismo implicó una anomalía, aquello loco e inesperado que venía, junto con otros procesos abiertos en Suda-mérica, a quebrar la inercia de la repetición neoliberal, a romper la monotonía insoportable de la larga siesta del fin de la historia proclamada a los cuatro vientos por la retórica de la dominación. Sus ensayos sobre el populismo, su intento de volver a abrir la caja de Pandora de una tradición bombardeada por las nuevas formas del virtuosismo republicano vinieron a expresar su convicción, forjada entre lecturas eruditas de matriz benjaminiana y de experiencias políticas efectivamente vividas en otras épocas argentinas, de que la querella en torno del populismo, de sus herencias y legados sería una de las grandes batallas cultural-políticas del presente. Remoción de los escombros de una tradición que parecía regresar bajo nuevas e inéditas condiciones, apertura de un debate con aquellos que vulgarizaban de un modo insoportable lo que en los años sesenta y setenta había constituido una verdadera pasión argumentativa. Nicolás, como siempre aunque con las cicatrices de otras batallas, se movió contracorriente, dirigiendo sus dardos más críticos e irónicos contra un neoprogresismo fascinado con la retórica de un republicanismo seudovirtuoso y profundamente olvidado de los olvidados de la tierra; de un progresismo vaciado y fascinado por la llegada al puerto del libre mercado y de la democracia liberal. El vio en lo inaugurado en mayo de 2003 la posibilidad de la reintroducción desordenada y plebeya de la política y del conflicto en una escena devastada por la neobarbarie massmediática y el cualunquismo de los “filósofos de época” portadores del virtuosismo propio de los republicanos de Barrio Norte.

Pero lo que también apreció con ojo crítico, no exento de cierto pesimismo civilizatorio, fue la profunda y decisiva transformación cultural que desplegó el capitalismo neoliberal. Una transformación anclada fundamentalmente en los lenguajes massmediáticos, verdaderos exponentes de la estetización de la política y de la vida cotidiana en términos de un discurso que redefinió imaginarios e identidades sociales, al mismo tiempo que proyectó nuevas formas de subjetividad atravesadas y horadadas por la naturalización de los valores emergidos de la lógica del mercado y de sus necesidades. No sólo se trató de un giro economicista, del dominio de la gramática de la mercancía, sino que, más intenso todavía, lo que se puso en escena fue el desplazamiento de la vieja política y de los partidos que expresaron tradicionalmente al poder y a las derechas, para dejar su lugar, ahora sí y de un modo complejo y novedoso, a las corporaciones mediáticas que pasaron a ser, según su opinión, la emergente derecha de la época, el núcleo disparador de los arquetipos culturales que giran alrededor del ciudadano-consumidor, forma elegante para nombrar lo que en palabras de Nicolás no sería otra cosa que el cualunquismo de clase media. Una derecha innovadora que logra meterse en la vida íntima de los individuos al mismo tiempo que logra calar hondo en el sentido común. En esos complejos dispositivos de los medios de comunicación de masas vio Nicolás lo propio de estas últimas décadas. Tal vez, y apelando de nuevo a los enigmas del destino, no resulta casual que el viernes 9 de octubre se crucen los caminos de una vida intensa y lúcidamente vivida con la jornada histórica en la que se dirimirán, en el Senado, los días por venir, esos que con pasión crítica siempre intentó pensar Nicolás Casullo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-133194-2009-10-09.html

  OPINION


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“Sólo por amor a los desesperados
conservamos aún la esperanza.”

Walter Benjamin

La política y sus tiempos. La política y la capacidad de devorar en un instante todo aquello que amenaza con salirse de las exigencias de lo urgente. La política y la clausura del pasado, pero no entendido como tiempo cristalizado, como núcleo de una melancolía insoportable, sino entendida, la política, como dominio abusivo y brutalizador del aquí y ahora que vuelve ilegítima cualquier fidelidad o, más grave todavía, cualquier persistencia en un giro anacrónico del lenguaje y de las pasiones. Todo debe jugarse en el absoluto del presente que engulle sin piedad los entusiasmos de ayer. No parece quedar ni la sombra del recuerdo o, cuanto mucho, una leve mueca de autoconmiseración por haber sido tan ingenuos, tan poco realistas, tan absurdamente quiméricos, que pudimos imaginar en un momento de extravío y alucinación que éramos testigos, y quizás parte, de un cambio histórico, de una rara inflexión de una época previamente anunciada como de clausura. A la hora del crepúsculo, como decía el viejo Hegel, la filosofía levanta vuelo para intentar comprender lo sucedido. Son muchos los que se despiertan de su largo sueño, ese que prolongaron mientras las cosas sucedían sin ellos o contra ellos, para dedicarse a recordarnos todo lo que se ha hecho mal, todo lo que se hubiera podido hacer y no se hizo. Son los críticos de última hora, los aventajados que saben sacar ventaja cuando las hojas ya han caído del árbol pero que nunca se atrevieron a enlodarse cuando la historia se volvía barro y urgencia. Son aquellos que nos lanzan a boca de jarro que gracias a los desaguisados del kirchnerismo hoy regresa la derecha y amenaza con volverse nuevamente hegemónica. Olvidan, prefieren hacerlo, que si la derecha restauracionista está entre no-sotros es porque algo sucedió en estos últimos años, algo de lo insólito y de lo inesperado que, entre otras cosas, reinstaló la cuestión degradada de lo político y nos ofreció la rara oportunidad de recuperar, bajo nuevas condiciones y abriéndonos a otras posibilidades hermenéuticas, lenguajes rapiñados en tiempos de oscuridad y de derrota; mundos conceptuales que se nos habían extraviado o que habían sido sometidos a la dura crítica, que suele ser impiadosa, del acontecer histórico.

¿Qué fue de las izquierdas siempre esclarecidas y dueñas de la verdad y de las tradiciones nacional-populares en los noventa, más allá de sus insistencias dogmáticas y de sus cegueras para intentar leer la densidad de los nuevos tiempos? ¿Qué fue de ese progresismo bienpensante, pulcro y republicano cuando le tocó la hora de ejercer el gobierno? ¿Qué fue de los libros que nos ampararon al construir nuestras biografías político-intelectuales cuando tuvimos que recorrer el arduo pero indispensable camino de la revisión crítica? Algunos intentamos construir refugios para guarecernos de la tormenta desatada sobre todos nosotros por una época brutal del capitalismo vencedor; refugios en gran medida apartados de la escena pública y de la política allí donde ambas parecían alejarse miles de kilómetros de aquello que creíamos significativo (los ladrillos con los que construimos esos refugios estaban hechos de los saberes amados, de los libros que nos apasionaron, de aquellos otros que no habíamos leído en las horas de la urgencia y, por qué no reconocerlo, de los dogmatismos). Otros resistieron dando batallas minoritarias y testimoniales, valiosas en sí mismas. Los más cerraron el folio de sus antiguos compromisos juveniles para adaptarse a las nuevas condiciones de una época cruel y antiutópica. Todos, de diversos modos, sufrimos el impacto de ese giro impensado en el interior de nuestra historia reciente.

¿Cuesta regresar al punto de partida como para intentar otra mirada? ¿Qué éramos y dónde estábamos en el 2003? ¿Qué esperábamos de ese a destiempo alocado que se llama/ó kirchnerismo? ¿Qué fue de la anomalía y de la excepcionalidad, apenas un giro ingenioso del lenguaje para dar cuenta de lo que no podíamos dar cuenta? ¿Olvidamos, acaso, las escrituras ciertas, por aparentemente incuestionables, de lo destinado nacional, las marcas persistentes de lo peor en el cuerpo de la sociedad que no esperaba y menos deseaba lo que aconteció inesperadamente el 25 de mayo de 2003? ¿Qué país éramos en ese inicio catastrófico y degradante de un milenio que nos devolvía la imagen de una decadencia indetenible? ¿Qué nos había sucedido durante la década menemista?, una década que se comió el alma de gran parte de los argentinos que, como en otros momentos graves de la historia, olvidaron rápidamente sus compromisos y sus opciones. Esas mismas opciones que hoy, convenientemente travestidas, regresan de la mano de una derecha mediática (así, al menos, la veía Nicolás Casullo a la derecha en esta época de un neoliberalismo articulado no sólo como giro económico del capitalismo sino, fundamentalmente, como revolución cultural afincada en los lenguajes universal-homogeneizantes de los medios de comunicación de masas), capaz de penetrar en lo profundo del sentido común de vastos sectores sociales y de modificar intensamente los imaginarios de época para fusionarlos con los objetivos del poder económico y de sus prácticas culturales. El enceguecimiento posmoderno del aquí y ahora, la lógica avasalladora del instante parecen apropiarse de nuestra capacidad para auscultar los signos del presente mirándonos en el espejo de un pasado que, aunque ya no lo sepamos ni lo queramos o podamos ver, insiste en nosotros recordándonos dónde estábamos y de dónde veníamos.

Errores, muchos, pero cómo no cometerlos cuando el giro loco de la historia hacía tiempo que había dejado huérfanos de ideas a los supuestos portadores de lo emancipatorio (ya se que muchos dirán que lo venían advirtiendo, usarán sus certezas incontaminadas para demostrar que las maneras de comprender este tiempo de la historia son equivalentes a las que siempre hemos utilizado como si las furias de esa misma historia no nos hubieran atacado impiadosamente, cual termitas que se devoran maderas carcomidas por el paso del tiempo). Descreerán de lo extraordinario que hasta hace muy poco era la marca de la originalidad, de la de ellos y de la nuestra. Dirán (¿diremos?) que todo fue apenas una ilusión, casi un equívoco, como quien toma una calle que de repente lo conduce hacia una zona de la ciudad que permanecía desconocida, hasta que se da cuenta de que eso mismo que le resultaba desconocido era tan sólo una falsa escenografía. Mientras tanto los pasos nos devuelven a lo conocido, a las desilusiones de siempre pero satisfechos por nuestros aciertos y nuestras aseveraciones autocumplidas. Ni un resto de fidelidad a ese loco entusiasmo que nos tomó desprevenidos, regreso al redil del realismo o, peor, del posibilismo. De nuevo a asumir la sensatez, a regresar a la seriedad que necesita una verdadera República y de la que carecimos a lo largo de esta experiencia alucinada que descuidó, eso nos dicen desde diversos lados, las formas. Se acabó, el tiempo de la anomalía se volvió espectral, es apenas un fantasma que ya no asusta a nadie y, mucho menos, recorre nuestras geografías devastadas, una vez más, por la seriedad de lo inexorable. Los tiempos se han cumplido y hemos regresado a nuestra cotidianidad, aquella que se despoja de la esperanza imposible para afirmarse en la certeza de lo cumplido como anuncio de lo peor, es decir, el fin de la excepcionalidad y de la espera sin garantías.

¿Eso es lo que deseamos? ¿Tanto para tan poco? ¿No es acaso ahora, cuando el desfiladero se estrecha, el momento de la insistencia, la loca afirmación de lo a deshora? ¿No es éste el núcleo de lo imaginado como lo propio de esas cartas abiertas que se nos ocurrió escribir para decir de otro modo, con otras palabras, aquello que estaba sucediendo y que amenazaba, una vez más, con tragarse lo inaugurado en el 2003? ¿No constituyó una sorpresa, para propios y extraños, y en especial para la derecha mediática, la aparición de esos intelectuales que salían a defender a un gobierno impresentable, desprolijo, soberbio, hegemónico y rodeado de piqueteros? ¿Imaginábamos que los avatares laberínticos de nuestras vidas nos permitirían esta segunda oportunidad para intervenir, ahora de otro modo y con las enseñanzas del dolor a cuestas, en la escena política? ¿No fue acaso esa desprolijidad plebeya la que nos conmovió y nos convocó cuando toda forma de “gestión” de lo público parecía definitivamente capturada por los lenguajes tecnocráticos y por las apelaciones hipócritas a la calidad institucional mientras se desguasaba el Estado y se agusanaban las lógicas de la distribución de la riqueza en nombre de las sacrosantas leyes del mercado? ¿No intentamos, acaso, darle forma a nuevas palabras que buscaran dar cuenta de lo propio de una época anómala, sabiendo que lo político se muere allí donde no se reinventa bajo otras experiencias y en la búsqueda de nuevos lenguajes? Lo único garantizado en este tramo de la experiencia humana, decía Theodor W. Adorno con un cierto dejo de pesimismo, es la reproducción de la barbarie. Tal vez por eso lo que queda, lo que nos queda, es seguir insistiendo. Hoy más que nunca para impedir que se consume esa barbarie que, entre nosotros, lleva la forma de la restauración conservadora.

El kirchnerismo (¿pero... qué es eso?) nos donó lo que parecía perdido: la actualidad de nuestras nostalgias, la alegría de intensidades olvidadas, la oportunidad de un entusiasmo crepuscular y bello. Abrió las compuertas cerradas de la política habilitando un diálogo que parecía imposible entre generaciones separadas por los abismos de la historia y de las derrotas. Asustó, sí, asustó como hacía mucho tiempo que no ocurría a los poderes de siempre, a esa derecha que sintió un escalofrío y que tuvo que iniciar el camino de la horadación del Gobierno para clausurar cualquier intento de cambio posible en un país que había renunciado a todo cambio. Demasiado, al menos para mí, como si lo ajado hubiera encontrado una nueva e imposible circunstancia para fugarse de lo cumplido y asomar de nuevo su rostro por las sendas de una historia continental. Como si aquellas reflexiones benjaminianas, las que nos recuerdan el potencial dislocador y subversivo de la nostalgia en una época dominada por el instante y la fugacidad, se hubieran vestido con las galas de lo impensado y de lo inesperado permitiéndonos reencontrarnos con nuestras mejores tradiciones intelectuales y políticas. Extraña circunstancia en la que incluso pudimos recuperar una poética de la emancipación transformándola en el lenguaje extravagante, por injurioso de las formas aceptadas, de cartas lanzadas al ruedo de la política. ¿Valió la pena? Kirchner se ha equivocado mucho, eso decimos y seguramente tenemos razón... pero acaso ¿si no se hubiera equivocado, algo de lo acontecido hubiera sucedido? ¿No somos el resultado de un error, no es la actualidad nacional ese a deshora del que hablaba hamletianamente o apelando, por qué no, a los espectros de Marx? ¿No se abre ahora, precisamente ahora, un tiempo para entramar los hilos de las lenguas que se hablaron durante estos años de yapa? ¿Hay algo de gratitud en nosotros? ¿Vale en política la fidelidad gratuita? ¿Pecaremos de ingenuos? En fin, perdón, por estas reflexiones crepusculares.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-129704-2009-08-09.html


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OPINION

1

La historia no deja de sorprendernos, sus giros inesperados constituyen una más que interesante oportunidad para no perder la esperanza. ¿Era imaginable, hasta ayer nomás, la quiebra de General Motors? ¿Podíamos prever la hondura de la bancarrota del capitalismo especulativo-financiero y, junto con su crisis, el descalabro, todavía más discursivo que efectivo, del neoliberalismo? ¿Alguien, instalado en la década del ’90, hubiera alucinado lo que hoy está ocurriendo en gran parte de Latinoamérica? Señalo estas cuestiones, formulo estas preguntas porque hoy vemos cómo algunas cosas se repiten en nuestro país; escuchamos y observamos de qué modo las corporaciones económicas, esos mismos grupos que acumularon riquezas y poder a lo largo de gran parte de la historia, vuelven a instalarse en el centro de la escena para ejercer su veto a decisiones de un gobierno democrático y a intentar deslegitimar un proceso político que, a grandes trazos, ha invertido la lógica de dominación que venía desplegándose en Argentina desde, al menos, el año ’76. Los grupos concentrados han dicho basta, lo vienen haciendo desde la rebelión agropatronal del 2008, y lo manifiestan a través de uno de sus pilares, que son los grandes medios de comunicación y sus periodistas estrellas. Para ellos la crisis del capitalismo debe resolverse reduciendo una vez más la participación de los asalariados en la distribución de la renta; debe apuntalar una forma de acumulación que logre doblegar las demandas emergentes en el interior de un proceso de recuperación económica que les devolvió a los trabajadores la capacidad para salir a las calles en defensa de sus intereses. Por eso están dispuestos a doblar la apuesta en un mes electoral buscando espantar una vez más a las clases medias con el cuco del chavismo y de las estatizaciones; pero, dudosos del éxito en el cuarto oscuro, buscan y buscarán profundizar la horadación del Gobierno apelando a su inmenso poder económico-mediático.

La profunda crisis desatada en el corazón del poder económico mundial no ha tenido como único resultado evidenciar el núcleo de injusticia que subyace impune en el centro neurálgico del sistema capitalista; ni tampoco se ha detenido apenas en evidenciar el nivel de irracionalidad de un modelo económico que sigue amplificando las tendencias destructivas allí donde se ha desentendido de cualquier posibilidad de entramar una relación más equitativa entre las ansias de rentabilidad y la utilización a destajo de los recursos naturales; apenas si nos ha permitido, a los mortales comunes y corrientes, visualizar que algo del orden de lo mefistofélico ha propiciado el despliegue de un sistema-mundo capaz de arrasar todo a su paso pero que, sin embargo, no responde, como algunos nos quisieron hacer creer, a la naturaleza de las cosas ni a la eternidad de lo inmodificable. Un pesado velo comienza a caerse delante de nuestras miradas todavía desconcertadas e influidas por una construcción ideológica que permanece entre nosotros reclamando sus virtudes y sus derechos. No deja de ser fascinante una época que ve de qué modo algo se va desplomando al mismo tiempo que lo nuevo no acaba de nacer; una época envuelta en tinieblas que no terminan de ser despejadas por los rayos del sol.

2

Lo que no termina de diluirse es la afición de las corporaciones económicas a ejercer distintas formas de presión sobre el gobierno y la opinión pública allí donde intentan perpetuar sus intereses, como si un antiguo y nunca olvidado reflejo siguiera actuando a la hora de recordar de qué modo operaron en otros contextos históricos, lejanos y recientes. Ha habido, en nuestro país, una relación directa entre los intereses del poder económico más concentrado (haya sido o siga siendo agrario, industrial y/o financiero) y las continuas exigencias desplegadas por esos mismos capitanes del capital en sus diversas y entrelazadas variantes hacia los diferentes gobierno que, con dificultades y debilidades, habitaron los últimos 25 años de vida democrática (y eso para circunscribirnos a un período que nos incluye y no dirigir nuestras miradas hacia la totalidad del siglo XX en el que los poderes económicos han bombardeado sistemáticamente todo proyecto democrático que intentó fijar límites a su avidez). ¿Alguien olvida, acaso, lo que significó para Alfonsín la oposición de esos mismos poderes que desataron el proceso hiperinflacionario e hicieron posible la entrada triunfal a la era de la convertibilidad? ¿Es posible que los hilos de la memoria sean tan débiles que no nos permitan recordar quién gobernó el país durante la década del noventa y de qué modo el proyecto de la Alianza no vino sino a continuar lo inaugurado por el menemismo en el plano estrictamente económico, pero que acabó por emponzoñar a la totalidad de una gestión enclenque y desnutrida de toda capacidad de generación de alternativas viables a la hegemonía neoliberal? ¿Tan lejos queda el 2001 que no somos capaces de recordar el hundimiento económico, político e institucional que amenazó la integridad del país sometiendo al despojo y a la exclusión más brutal a una gran parte de la sociedad?

Es por eso que no deja de ser letra conocida la manera cómo las corporaciones (y ahora también se ha sumado al coro de los críticos la UIA, junto con los ideólogos de un neoliberalismo que sigue insistiendo) buscan presionar al gobierno de Cristina Fernández. Quieren cerrar el capítulo de la recuperación salarial iniciada en el 2003; quieren clausurar por peligrosas y contaminantes las relaciones con Venezuela (incluso allí donde han logrado ingentes ganancias en los últimos años); sospechan de la política latinoamericanista del Gobierno porque les huele a “populismo”; regresan sobre las argumentaciones resquebrajadas de un neoliberalismo rancio a la hora de cuestionar en el país lo que no cuestionan en los países centrales (¿alguien los escuchó reclamándole a Obama por la estatización de GM? ¿Han mostrado su indignación ante las nuevas formas de participación estatal que se vienen planteando en Europa como un medio indispensable para hacerle frente a la crisis brutal desatada por la economía de mercado? ¿Se han quejado de los gigantescos rescates, con dinero de los contribuyentes, que se hicieron en esos mismos países de los grandes bancos y de las compañías aseguradoras generadoras de la burbuja especulativa? ¿Han acusado, acaso, a Obama de socialista? Tal vez no falte mucho para que lleguen a esa instancia, como sí lo hacen los sectores más recalcitrantes y reaccionarios del Partido Republicano).

Toda su retórica ideológica se dirige a criticar al Gobierno en un momento electoral, de la misma manera que la Mesa de Enlace no ha hecho otra cosa, desde el 11 de marzo de 2008, que buscar horadar la legitimidad del Gobierno allí donde lo único que quieren es volver a fijar, ellos, las líneas maestras de la economía. Se han acostumbrado a ser los dueños del poder, los árbitros de todas las decisiones trascendentes, aquellos que arman el partido y luego lo dirigen a su antojo. Para ellos palabras como estatización, nacionalización, regulación, equidad, distribución de la renta, soberanía alimentaria, paritarias, son expresiones demoníacas que amenazan con arrojar a la Argentina en los brazos de la nueva bestia de la época: el populismo. Y esa bestia asume hoy el rostro de Chávez, se expresa en las políticas reparatorias de Evo Morales y en la Constitución revolucionaria promulgada en Ecuador por Correa, todos ellos aliados de un gobierno, el de Cristina, que buscaría deslizarse hacia las sendas horrendas que conducen hacia el populismo. Nuevamente se trata, para el discurso que hoy se despliega hegemónico desde los medios de comunicación concentrados, de decir basta, de cortar de cuajo la cabeza de la serpiente y devolver a la Argentina al concierto de las naciones civilizadas, las que siguen rigiéndose por la sacrosanta economía de mercado, esa misma que entre nosotros activó la bomba que hizo añicos, durante los añorados, por los dueños de la riqueza, años ’90, industrias y trabajo multiplicando la desocupación y la miseria y concentrando todavía más la riqueza. Ese basta se expresa nuevamente a través de presiones y de acciones que buscan condicionar al Gobierno llevándolo a un plegamiento de las políticas de reconstrucción del tejido social, de la economía y de los derechos de los desposeídos. Añoran la ley de flexibilización laboral; extrañan su tiempo de reinado absoluto.

3

Resultaría escandaloso si no fuera el efecto de una larga y dilatada intervención en la historia nacional ver de qué modo las corporaciones siguen recorriendo los caminos del chantaje, de la brutalización social, de la avidez indisimulada por maximizar la acumulación y la rentabilidad a costa de los salarios y de las riquezas naturales; observar, también, cómo piensan la democracia, cómo desean corporativizarla reduciéndola a una cáscara vacía puramente funcional a sus intereses. Por definición los grupos concentrados del poder económico no son democráticos, no lo fueron ayer ni lo son hoy. Ellos actúan de acuerdo con sus intereses y lo hacen, ahora, entre nosotros, apropiándose, muchas veces, del sentido común; construyendo, a través de la corporación mediática (profunda y decisivamente entrelazada con las otras partes del poder económico) una opinión pública que se ha vuelto una caja de resonancia de sus propios intereses y de su visión del mundo. Para ellos la democracia es apenas un dispositivo formal que nada tiene que ver con la querella por la igualdad; antes bien, es clave, desde su perspectiva, alejar esa lógica de las demandas insatisfechas de las decisiones centrales de un gobierno que se quiere democrático apuntalando todas aquellas políticas que, en consonancia con lo desplegado desde marzo del ’76 (pero ya anticipado por el Rodrigazo), no hagan otra cosa que multiplicar sus ganancias y su hegemonía.

Ellas, las corporaciones, han fijado el límite, han dicho lo que ya no están dispuestas a tolerar. Será responsabilidad del Gobierno eludir el chantaje, estará en él seguir por un camino que busque mejorar la vida de los que menos tienen, defender el salario ante una crisis que, entre otras cosas, busca ponerles un freno, profundizar la integración sudamericana, ampliar y mejorar la participación del Estado, regular e intervenir allí donde sea necesario para resguardar los intereses nacionales, el medio ambiente y los derechos sociales. Todas estas cuestiones vitales que hacen a la calidad institucional y a la genuina profundización de la democracia vienen a expresar, de un modo invertido, todo aquello que buscan quebrar y limitar las corporaciones económicas. Algo de esto se juega en las elecciones del 28 de junio y en el día después, cuando haya que elegir entre la profundización de los cambios o la aceptación del gran chantaje corporativo. No resulta menor que, a diferencia de otros momentos difíciles de la democracia argentina, hoy podamos situarnos ante una disyuntiva que no se ha cerrado y ante un Gobierno que, más allá de sus carencias y faltas, no ha dado el brazo a torcer y sigue insistiendo en un camino fundado en el doble mandato de no reprimir la protesta social y de acrecentar el núcleo vital de los derechos humanos buscando, al mismo tiempo, invertir la pirámide de la distribución de la renta. Contra esa orientación se mueven y deliberan, como lo han hecho en otros momentos de nuestra travesía como nación, los grandes grupos económicos, esos mismos que no dudaron en solventar, cuando fue necesario, a las alternativas golpistas y dictatoriales pero que hoy prefieren una democracia domesticada y vaciada de ese interminable litigio por la igualdad que los incontables de la historia no han dejado de sostener y de defender. La persistencia de ese litigio sigue viva entre nosotros pese a lo mucho que los poderosos de siempre han hecho por doblegarlo definitivamente.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-126234-2009-06-07.html