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  OPINION


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Nacemos sin dientes. Dependiendo de la teta materna, crecemos. Hasta que van saliendo los primeros para acompañarnos sólo un tiempo. Con ellos vamos a ir experimentando el masticar nuestras primeras comidas duras. Con ellos deberemos deshacer y procesar una realidad para poder asimilarla. Con el tiempo iremos creciendo reemplazándolos de a poco por otros definitivos.

Nuestro criterio tiene una vida parecida, primero nos alimentamos de una información incuestionada, al gusto social de nuestros padres, pero luego irán apareciendo dientes que la irán procesando, razonando y evaluando para, recién ahí, poder asimilarla. Con el tiempo, y de acuerdo con cómo hayamos cuidado a nuestra dentadura, podremos procesar hasta la información más difícil, y reconocer hasta el condimento más sutil que se utilizó para adobarla, o por el contrario depender del purecito para poder tragar los datos sin llegar a darle ni un solo mordisco.

Casi todo nuestro alimento lo recibimos a través de los medios, esto significa que los gustos que tenemos, y que podemos compartir con otros, fueron producidos por fábricas de sentido, de contenidos, que alguien llamó hace tiempo Industria Cultural.

Los medios a su vez tienen gran responsabilidad en el cuidado de nuestra dentadura. No es lo mismo una comida que los corroe que aquella que los fortalece.

Si nuestro alimento es un batido de asesinato en la calle, sazonado de sospechosas denuncias, con una pizca de erotismo y un perrito muy simpático que salvó a la abuelita de un asalto, nuestros dientes no van a trabajar mucho. Pero si nos presentan los distintos enfoques que existen para resolver algo, nuestros dientes deberán trabajar en discriminar la información, y si el alimento no alcanza, buscará masticar más en otro lado.

A los que se nos afilaron los dientes, para el uso de criterio propio, nos gusta mostrarlos enteros y brillantes al reírnos de aquellos que cambian su discurso de un día para el otro. Pero he llegado a entender que las arengas contradictorias o la falta absoluta de fundamento de ciertas opiniones periodísticas (dichas éstas no sólo sin el menor rubor, sino con convencimiento), no son errores ni equivocaciones. Tienen por fin utilizar el prestigio de la dentadura de la prensa para romper los dientes del criterio a aquellos que dudan de sus propias muelas. “¿Cómo yo, que soy un pobre tipo, voy a poner en duda a alguien que escribe en un medio?” Esto permite a las empresas poder reemplazar un buen trozo de carne por una sopita con vitina ofrecida a todo lo largo del dial con la voz más digerible de una realidad bien procesada y condimentada al gusto.

Si los medios generan una agenda de temas que se tocan y otra de los que no se tocan y valorizan por igual lo esencial y lo accesorio (“ves llorar la Biblia junto al calefón”) para poder ser ellos los que jerarquizan la noticia, sólo nos queda para defender nuestro propio criterio, aprender a saber discriminar la información (“¡Oh, no! Santa paradoja, ¿cómo vamos a discriminar si nos dicen todo el tiempo que no discriminemos?”).

Si dentro de una posición de prestigio se tapan contradicciones y falacias responsabilizando al receptor por no saber, generando al mismo tiempo programas de “criterios artificiales” donde la víctima podrá recibir el juicio de verdad directamente de la renta del periodista a cargo, la libertad de prensa más que ayudarnos a fomentar el fortalecimiento de nuestros dientes lo que hace es desdentarnos para que como bebés sin criterio propio, podamos ser blancas y dóciles almas indignadas de sus cruzadas. El odontológico criterio que se impone, será que en el mercado se reglamente una ley de medios para escuchar otras voces (no sólo la voz de los que tienen plata, como la antigua ley lo exigía) para poder aprender a discriminar entre unos y otros y fortalecer la dentadura de pensar por nosotros mismos.

* Antropólogo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-166008-2011-04-11.html

  OPINION


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Dice el informe médico que murió por causas naturales. Treinta y dos puñaladas lo atestiguaban... Naturalmente, todos morimos cuando tenemos tantos agujeros en el cuerpo.

Algo parecido pasa con la identidad de las pequeñas comunidades, sometidas a los designios de la identidad de otras. Con el tiempo van muriendo de identidad, naturalmente. En su momento, esto se llamó aculturación; después, con un poco de vergüenza académica, etnocidio.

Pocos relacionan que la llegada de los europeos a América significó el comienzo de los dos mayores genocidios de la humanidad: el africano y el americano. Era la llegada del espíritu emprendedor y civilizatorio que estaba unificando al mundo irremisiblemente. Desde ese entonces nadie puede presentarse en sociedad fuera de esos parámetros. Así el indio, para ser reconocido, debió hacer equilibrio sobre el delgado hilo de la moralidad occidental, mientras los poderosos se ocupan de enrollar la soga de su lujuria en el cuello de los más débiles. A principios del siglo XX, las damas de sociedad limpiaban las heridas que sus maridos producían en los cuerpos de campesinos y obreros. Enseñaban a los pobres (la nueva categoría del indio domesticado) lo liberador que es la buena educación y lo lindos que se veían con los diseños del blanco. Nada de esto nos horroriza hoy verdaderamente, ya que fueron puñaladas debajo de los vestidos mientras todos bailábamos al son del pericón nacional de la generación del ’80...

El canon de la democracia exige que no exista explotación o, por lo menos, que no se vea. Eso, unido a la responsabilidad que le da el neoliberalismo a la iniciativa individual, hace que los pobres sean pobres por su responsabilidad. Pero no están solos... ahí vienen para ayudarlos las tropas de la clase media trayendo el cuerno de la abundancia por su valor permanente de adaptación al mercado a través de la creación liberadora, se exige únicamente que el pobre repiense su identidad y diseñe un ser nuevo, con los escombros que dejó la amnesia de su explotación y todos los elementos que podamos encontrar en un supermercado. Estamos frente a una política donde el asesino no clava las treinta y dos puñaladas, sino la propia víctima sobre su cuerpo. Pero una vez muerto habrá renacido un integrante más feliz, más adaptado, del mundo moderno.

De más está decir que la clase media no está pidiendo nada que ella no se exija permanentemente. Ella sólo tiene acceso al mercado para débiles, que es a donde se lleva al pobre, es el mercado que vive de las sobras de la gran comilona, peleando por captar la atención de la mano que llena el buche de los poderosos y que tan brillantemente supo intuir Smith. Pero siempre hubo otro mercado, mucho más grande, que es el que tiene por amigos a los cinco dedos de aquélla y a su palma, es el que impone o instala el consumo, el de los grandes capitales. El Estado que por peso propio debería estar en el segundo mercado se empecina en formar cuadros para el primero, y luego se sienta a ver desde una esquina del ringside la guapeza de sus dirigidos frente a la mano invisible.

Vemos así como los hermosos arcos pulidos que les dieron alimento por generaciones a los pueblos originarios, trocan en gruesas y toscas ramas de madera blanda pintada con marcadores, las yicas de tejido apretado en vestidos sensuales con llamitas norteñas. Platos de barro mal cocido pintados con colores fluorescentes reclaman en conjunto su identidad al mercado, de la misma forma que Groucho Marx se defendía: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”.

Decimos todo esto porque creemos que es deber del Estado jerarquizar las viejas herramientas de vida de los pueblos originarios, buscando instalar (no ofrecer) en el mercado su tradición americana, junto con la historia de su explotación, que incluye su producción actual de artesanías. Gracias a este doble proceso los pueblos originarios tienen la oportunidad de mirar lo que hacen y lo que hicieron y decidir quiénes son y también quienes quieren ser. Tener así en sus manos otra oportunidad de renacer. Pero esta vez por sí mismos.

Sería un buen espejo donde poder mirarse y reconocerse.

* Director del Mercado Nacional de Artesanías Tradicionales Argentinas.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/147558-47366-2010-06-14.html

  OPINION


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A la salida del cine, Guillermo comentó, como para sí: “Cómo les cuesta a los yanquis entender las conexiones simbólicas. Si no hay cables, no hay conexión...”.

Avatar, el nuevo tanque americano, reproduce la conquista de nuestro continente, representando la ocupación de una luna con nativos “buenos”, sin desarrollo tecnológico, por parte de terrícolas ambiciosos con toda la tecnología. El personaje principal es un terráqueo que nos recuerda a Juan Martín de Abújar, el único de los sobrevivientes de una de las primeras expediciones en busca de El Dorado durante el siglo XVI, quien de prisionero de los indios pasó a chamán de la comunidad. Pero, en el caso de Juan Martín, la historia siguió. Cada vez que una expedición de españoles pasaba por su nuevo pueblo, se lo llevaban a la “civilización” y de allí se escapaba una y otra vez para retornar a su vida en la selva. Si mal no recuerdo, terminó sus días en prisión por loco.

Pero hoy no vamos a conectar con la historia sino con ciertos imaginarios occidentales que están presentes en Avatar.

De ninguna manera Avatar roza el etnocentrismo de Tarzán, ese bebé blanco que en el continente negro sobrevive a todo para convertirse en rey de la selva. Ningún negrito perdido había jamás logrado tanto. De todas formas, Tarzán no fue rey sólo por ser blanco sino por descender de un lord inglés. Para conducir lunas de otros planetas a nuestro cine alcanza hoy con un cabo de la marina norteamericana. Hay una razón también en privilegiar el músculo y el corazón sobre la cabeza, tanto en Tarzán como en Avatar: es en ella donde reside el mal de la civilización.

Sin embargo, otro viejo libreto europeo está presente en Avatar: “El que tiene mayor tecnología está condenado a invadir al que menos tiene”. Esa es la razón por la cual los marcianos nos conquistaban en las películas del siglo XX y los terrícolas, a los marcianos en el XXI. Y qué decir de la vieja oposición tecnología-naturaleza como cosas irreconciliables que nos hacen ver futuros salvajes o tecnocráticos. ¿Tenemos posibilidad de pensar desde acá una tecnología en armonía con la naturaleza? La película tiene un sentido en EE.UU. y otro acá. Aquí no se puede combatir la ausencia ni generar odio a lo que precisamos para crecer... ¿Se imaginan una Argentina industrial y tecnológica? Impensado. Por suerte, lo nuestro es la soja y las vacas. Ellos tienen que cargar con el peso de Caín y nosotros con el de Abel.

Seguimos leyendo la realidad a la forma y modo en que los europeos se/nos domesticaron. El poder tecnológico y la razón siguen separados del afecto, de la responsabilidad para con el otro y del compromiso con los que vendrán. Mientras tanto, el cine alimenta que los invasores pierden y los pobres ganan mágicamente... En una investigación que realizamos junto a Mariano Garreta, financiada por el Conicet, obtuvimos en tres encuestas a lo largo de diez años que los estudiantes universitarios representan a las clases altas como inteligentes pero poco afectivas, y a las clases bajas como afectivas pero poco inteligentes, sin variación. La opción de estos chicos en el futuro estará determinada por esa representación social: “¿Voy a ser una persona rica pero fría, o un tipo bueno pero pobre?”. Avatar, además de una película “impresionante”, no termina de ser más que otro ladrillo en la pared.

* Antropólogo, director del Mercado Nacional de Artesanías Tradicionales Argentinas (Matra).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-139402-2010-02-01.html