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El tipo se llamaba en realidad Arthur Núñez García y había nacido en Uruguay en 1906. Tuvo la ocurrencia de morirse apenas cumplidos sus cincuenta años (en 1956) donde vivió desde chico: en Buenos Aires. Dicen que era muy tímido, por lo cual en vida solamente publicó dos libros, "El gusano loco" y "Los cuentos del viejo Varela". Después vinieron otras publicaciones póstumas pero ignoro, soy un tipo ignorante, si alguna vez alguien ha compilado al menos parte de sus obras completas. Yo leí bastante de sus obras, pero sobre todo era fascinante escucharlo por la radio, no puedo recordar cuál.

El usaba eso de tipo tanto para referirse a Carlomagno como al mendigo de la esquina. Tenía mucha gracia eso de tipo como un gran afecto que trasladaba a través de un humorismo impecable, si es que el humorismo puede ser impecable. No creo que tenga mucha importancia. Al tipo le molestaba ser petizo. Tampoco le gustaba la gordura. Y no puedo recordar por qué lo llamaban Wimpi, personaje de Espinaca al que dicen se parecía. Espinaca es Spaghetti un marinero con la pipa siempre en la boca, enamorado de Olivia, y qué cuando se enojaba tomaba una lata de espinacas y se transforma en algo parecido a Superman.

Quiero recordar a Wimpi pensando en esta ciudad donde abundan aquellos a los cuales Wimpi dedicaría unas líneas si los hubiera conocido, pero a lo mejor conoció a algunos y nosotros no lo sabemos.

El tipo de Rosario puede ser un tipo que sufre con Rosario Central, que ha elegido sufrir con Central, otros que prefieren sufrir con Ñuls. Los hay que sufren con Central Córdoba, otros con Tiro Federal y algunos con Argentinos. Desde hace tiempo que no veo tipos que sufran con los burros. Antes los observaba siempre cómo miraban el hipódromo desde afuera del mismo, tenían vista de lince, porque la llegada estaba lejos y generalmente, para no decir siempre tenían razón con el marcador. El tipo miraba la largada como si mirara un platillo de esos huevos de esturión con un poco de champán francés, de ser posible, aunque dude que eso le complaciera más que ver una largada desde tan cerca, los caballitos nerviosos y él mirando esa chaquetilla blanca, celeste y solferino que él que quería que ganara.

Pero me olvidé que hay rosarinos que sufren con cuadros de Buenos Aires, como Independiente, River Plate, Boca Juniors, Estudiantes, Banfield o Argentino Juniors. En Rosario hay tipos que pueden gustar de cualquier cosa, hasta de un club ignoto en el más ignoto Tibet, que no sé si los monjes juegan al fúbol.

Conocí a un tipo cuyo sueño, que no se si cumplió, era conocer Nueva York. Una vez estando de guardia en el diario me trajo un mapa de Nueva York, que estaba todo marcado y que él lo conocía al dedillo. Era como un viaje por esa ciudad en un mapa en el escritorio. Me gustaría que lo hubiera cumplido, pero no lo sé.

Había un tipo cuyas características eran que no le gustaban las pizzas, las empanadas y las cervezas y menos aún todas esas clases de moluscos que tanto gustan a muchos. A lo sumo puede comerse un plato de gambas al ajillo, que creo que son los camarones muy pequeños. Esto de los moluscos es porque hay gente que se parece mucho a los moluscos y si se los aplasta, se vuelven a levantar como si tal cosa, con una sonrisa de humillación en la boca. Hay que sacárselos de encima con la mayor rapidez posible, pues son pegajosos y tratan de pegarse como pueden. Provocan náuseas.

Había un tipo que decía que Cristo vendría el viernes de esa semana a la plaza San Martín. Publicamos la noticia y ese mismo día venía otro tipo que decía que eso era una locura, que los entendidos sabían bien que Cristo vendría el jueves no el viernes y que llegaría al Monumento a la Bandera. Siguieron llegando a la redacción, hasta que se cansaron. O tal vez porque había un tercer hombre que nos contaba que Cristo llegaba todas las semanas, pero solamente recorría y conversaba con los más humildes.

Conocía un hincha de Ñuls que iba a la cancha pero nunca miraba el partido. Caminaba de aquí para allá y se negaba a mirar la cancha. Dicho sea de paso en uno de los extremos estaba el vendedor de la única pisa que merecía comerse y en el otro uno que vendía cucuruchos de maní caliente.

Había un tipo que me decían que estaba loco, no lo conocí bien, pero hablé con él un par de veces, que pagaba los boletos del ómnibus con hojas de árboles. Le decía al guarda que se quedara con el vuelto y terminaba preso que era su secreto propósito. Se sabía de memoria un par de poemas de Rimbaud.

Conocí unos cuantos escritores que dormían de día y trabajaban de noche. Uno de ellos era rosarino y amaba el Uruguay. Ha sido olvidado, y sus artículos eran buenos.

Un tipo que me sigue sorprendiendo, aún cuando sé que murió, era uno que iba a los conciertos, ya sea en El Círculo o en la Fundación Astengo, llevaba una partitura y parecía leerla y movía las manos como si fuera el que dirigía a la orquesta. Después supe que no solo sabía leer música sino que era hijo de alguien que había fracasado tocando los timbales y que las partituras lo eran en verdad.

¿Y qué decir del tipo que tenía como mascota un ganso y lo paseaba por las calles? El caminaba muy orgulloso y el ganso también.

Conocí un tipo que decía ser Bustos Domecq y hacía responsable a Borges y Bioy Casares de lo que habían escrito en su nombre, pues él solamente escribía cosas metafísicas y no pensaba publicarlas porque nadie merecía saber lo que él podía descubrirles.

En esto de los tipos suelen ocurrir cosas inesperadas. Un día apareció alguien por la redacción. Era verano y hacía mucho calor. Me miró y me preguntó si no lo reconocía. Le dije que no entonces, me dijo, "soy el más grande los poetas americanos". Pero el tipo no mentía. No era el más grande poeta americano, pero era uno de los grandes, alguien olvidado y muchas veces odiado, Manuel del Cabral.

Wimpi escribió un texto sobre la lucha del hombre contra la polilla. Ese texto comenzaba así: "Los seres de la creación han venido demostrando que son capaces de resignarse a cualquier cosa, menos a la dieta. El caballo se resigna a la jardinera, el perro a la cadena, la mosca al flit, el ratón al gato, el tipo a su semejante. Pero a lo único que no se ha resignado nadie todavía es a la dieta. Y el tipo menos que nadie".

Es verdad, el tipo no se resigna con facilidad a la dieta (el que escribe se encuentra a dieta de muchas cosas) y si bien hay muchos que tratan de bajar de peso, dicen que no a la dieta aún cuando parezca que están diciendo que sí. Si uno no puede fumarse un buen puro, tomarse unos cuantos whiskys y comerse un familiar de salame, el tipo piensa que eso es parte de su vida y lo necesita. Los sustitutos de esas cosas son puro cuento, y el tipo sabe bien que los sustitutos no sirven para nada y si sirven para algo es para ponerlos muy tristes.

Estando sentado en una mesa con dos personas a las que tenía que entrevistar, al llegar el mozo se hicieron los pedidos. Uno de ellos pidió un pollo al horno con papas en camiseta. El otro tipo dijo, está bien, comamos eso. Pero el primero lo interrumpió: "Eso que pedí es para mí solo, hagan ahora su pedido". No recuerdo que pidió el otro, pero por mi parte dije que no comería pero tomaría un whisky con hielo y poco de agua. El tipo del pollo para él solo se lo comió con prolijidad, pero solamente dejó los huesos. De postre una rebanada de torta de chocolate con dulce de leche y helado de crema, de los que dio cuenta rápidamente. Era un gordo feliz el tipo ese, y muy capaz. Lamento no saber que ha sido de su vida o si ya ha partido donde nadie pide que se hagan dietas.

Un tipo curioso era aquel kiosquero, que se emborrachaba de tal manera, que todos los diarios del domingo terminaban en un hall de mi casa, pues nos habíamos hecho amigos y yo le aceptaba los diarios. Diarios, dicho sea de paso, que el tipo no se molestaba en buscar jamás.

Las singularidades de tipos bien conocidos en la historia, suelen llamar la atención, pero ya no tanto. Balzac escribía siempre cuando tuviera el café suficiente y una buena cantidad de deudas que lo obligaban a escribir noche y día sin descanso alguno. Raymond Chandler escribió una novela policial, para el cine, con la condición de estar borracho mientras la escribía. El Negro Ielpi cuenta que Horacio Quiroga hacía intrépidos viajes en motocicleta a Rosario porque estaba muy enamorado de una muchacha rosarina. A veces, por amor, cualquier cosa es válida.

¿Y el tipo que se encuentra escribiendo esto, qué clase de tipo es? No lo sé, pero es alguien buscándose en un laberinto. Es amigo del Minotauro, le gusta el jazz, las mujeres, el whisky y el whiskie, cosas muy distintas si las hay, la poesía, el cuarteto de Ravel, los poemas de Borges, "La tumba sin sosiego" de Connolly, los heterónimos de Pessoa, el otoño y la lluvia, la ancianidad no le molesta y entonces puede conversar con ella y tratar de enterarse de algunas cosas, Philip Marlowe, los tipos que no tienen certidumbres, los gorriones, "Rayuela", y supongo que otras cosas, como por ejemplo una esencial, escribir estas notas que con tanta amabilidad me publican.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28298-2011-04-17.html


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Para mí nieta Victoria y su profesora

Nuestra ciudad, la única ciudad para vivir o para morir, según decía un desconocido poeta, ha tenido siempre algunas curiosas costumbres. Una de ellas es la forma de entender las leyendas. Tal vez por eso, cuando desde una computadora se intenta entrar en algunos de esos sitios que exigen, entre otros datos, el nombre de la ciudad donde uno vive, si se pone Rosario nos dicen "esa ciudad no existe". Algún día eso se verá como una vieja leyenda, pero por ahora es una realidad a la que hay que aceptar porque no nos queda otro remedio. Yo diría que el más de millón de personas que vive en Rosario son rosarinos, hayan nacido o no aquí, pero son al mismo tiempo, cada uno de ellos, una leyenda. Y si el significado original de leyenda se refiere a la lectura de la vida de los santos, los mártires y los confesores, pero esto de la santidad no se aplica a los rosarinos, y tampoco en el idioma español.

Las leyendas que significaron para los rosarinos algunos protagonistas de la vida cotidiana de nuestra ciudad se va formando porque esos protagonistas fueron o aún son verdaderos personajes, que poco pueden haber tenido de santos, pero mucho de actitudes curiosas, en general simpáticas. Hay poetas y pintores, músicos y actores, artistas en general que están con vida, a Dios gracias, pero que son leyenda, auténticas leyendas por su popularidad y por el cariño que la gente en general les tiene.

Empezaría por dos fantasmas. ¿Existen? No, pero que los hay los hay. Uno de ellos durante un tiempo aparecía y desaparecía, según sus ocurrencias, pero en general de noche, por los pasillos vacíos de la radio en que trabajo. Prefiere el tango al jazz, pero creo que me tiene simpatía y suelo traerle algunas cosas que él, todavía en su vida fantasmal puede disfrutar. El otro fantasma, pero hay más, es uno que vivía en la isla del laguito del parque Independencia. Alguien dice que fue ese desconocido que se suicidó o mejor dicho quiso, y finalmente pudo suicidarse en ese laguito y fue condenado a quedarse viviendo en la isla, pequeña y rodeada, por lo menos ahora, por patos y gansos. En algún tiempo tuvo por compañero a un mandril del zoológico que se escapó del viejo zoológico perseguido por algunos miembros de la Liga de la Decencia, que lamentablemente no fueron leyenda.

Hubo alguien cuyos mejores amigos eran aquellos que cada tanto venían a visitarla de Júpiter, el planeta Júpiter sí, y que además me supo decir que yo, es decir el que escribe estas líneas, era alguien que provenía de Júpiter y que muchos en Rosario tenían el mismo origen. Era una buena amiga que murió no hace mucho, por eso la menciono pero no la nombro. Me solía decir las esquinas por las cuales con frecuencia pasaban los platos voladores y alguna vez me invitó a mirar uno pero no fui, por miedo, pero no por falta de interés. Si bien le hice una entrevista a un brasileño que con frecuencia viajaba a Júpiter, creo que semanalmente, le pedí una fotografía, pero me dijo que era imposible pues las fotografías se velaban en el viaje.

También tuve por amigo a un librero de viejo que era todo un personaje y que puedo nombrar porque a él le complacería ser nombrado. Se llamaba Rodino y tenía su librería por calle Córdoba, apenas pasando Balcarce. Se dedicaba a la astrología y sabía mucho de libros. Siempre estaba sentado cerca de la puerta. Además tenía un don, nada mágico pero certero. Me decía, y era indudable que estaba enterado, "mirá, cuando muera tal" (y nombraba alguien a punto de morir) "van a vender todo los libros de su biblioteca y son muy buenos". Eso se cumplía puntualmente, por lo cual llegué a tener libros que nunca esperé tener pero que ya no tengo más. Muchos de ellos firmados por el autor, en dedicatorias escritas con mucho afecto. ¿Por qué las bibliotecas privadas de muchos rosarios corren el parejo destino de desaparecer fragmentariamente? (Dejo para otra ocasión a Longo, los Benítez de Castro, Laudelino Ruiz. Todos ellos entrañables).

El vendedor de plumeros que caminaba por las calles de Rosario, existió, claro, pero ya va tomando la forma de una leyenda. Tenía una característica: cuando vendía uno de sus plumeros hablaba en castellano (lo escuché una vez por boulevard Oroño) pero cuando caminaba, daba largos discursos, levantando la mano en la que no llevaba los plumeros y sin duda con enojo, en un idioma que nunca pude saber cuál era, pues lo hacía con voz sonora y en realidad el sonido del lenguaje era musicalmente atractivo. Murió de una trágica carambola del tránsito: En una esquina chocaron unos autos y uno de ellos terminó aplastándolo en una esquina en el que estaba parado, esperando. ¿Esperaba la muerte?, me preguntó alguna vez alguien. ¿Quién puede saberlo?

Hay tres personajes, y los conocí a los tres que ya tienen la forma de la leyenda. Pataqueno, al que muchos no recuerdan, el Poeta Aragón, al que suelen recordar muchos más y al inolvidable Cachilo, al cual incluso se le dedicaron videos, uno de ellos realmente excelente, de Mario Piazza, algún folleto y un libro. Escribía en las paredes de la calle y algunos de esos escritos fueron recopilados. Podrían formar parte de alguna antología de la poesía del absurdo. Tenía alma de poeta y cosas de la vida lo llevaron a deambular por las calles de la ciudad, a escribir sus cosas en la pared que en ese momento le deben haber parecido las indicadas para dejar sus mensajes.

Pataqueno tenía su habitual lugar de residencia en la plaza Sarmiento, la que se encuentra frente al Normal Número 1. Una agencia de lotería, que creo estaba por Corrientes, le regalaba billetes de lotería viejos, que él vendía como nuevos, y aunque algunos lo compraban todos sabían o se daban cuenta que eran billetes que no servían para nada, o sólo eran útiles para que el pobre Pataqueno tuviera sus monedas para sobrevivir.

El Poeta Aragón fue el rey del Carnaval, cuando el Carnaval existía en serio. Por cierto, no hubiera aceptado el actual, pues se trata de una caricatura del que fue. Esos que se van transformando en leyenda no pueden aceptar las caricaturas. Tenía un lugar para vivir y un perrito que lo acompañó hasta el final.

Había otros personajes, claro, pero muchos de ellos lo eran en algunas zonas determinadas y no más allá de ellas. Eso ocurrió sobre todo en Pichincha, barrio bien conocido y de cierta mala fama, con el encanto que eso le daba. Había guapos bien nuestros, para no hablar de la abundancia de gente de otros lares. Sobre uno de ellos Roger Pla, escritor rosarino poco conocido, hizo un cuento estupendo, "Los atributos", cuento que los rosarinos en su mayoría desconocen. De ese mismo guapo le oí contar varias cosas a Borges, que tenía predilección por esos ambientes que pinta en poemas como el dedicado a Jacinto Chiclana.

Hay otros personajes que para mí son leyendas, diría que leyendas privadas y corresponden a unas cuantas historias de taxistas, que me han quedado grabadas. Son de hace mucho tiempo, por cierto no sé sus nombres y si lo supiera no los diría. Me gustaría que estén vivos y felices. Uno de ellos amaba los pájaros y el otro el cine.

Las dos historias, contadas prolijamente, tenían algo de tristeza, pero creo que eso ya se debe haber superado y realmente quisiera que fuese así. Comenzaré por el taxista que amaba los pájaros. Era joven y cuando llegamos a la esquina donde yo me bajaba, después de un largo viaje, me dijo: "me gustaría contarle la historia de mis pájaros y pedirle un consejo". Todo venía porque en el trayecto habíamos visto un pájaro que no reconocí sobre el cual el taxista me dio una clase digna de un profesor. "No tienen hábitos nocturnos, pero algo le ha pasado y se ha desprendido de la bandada". Su claridad me hizo acordar a la del Hermano Carlos, profesor, entre otras materias de Biología lo que explicaba con verdadero conocimiento y una gran pasión. Cuando llegamos, como dije, me dijo que quería contarme una historia y pedirme un consejo. "Yo tenía en el patio trasero de mi casa una muy buena cantidad de pájaros, la mayoría pequeños, que me reconocían cuando me acercaba a la jaula, cosa que hacía cada vez que podía, para mirarlos, alimentarlos y creo que hasta comunicarme con ellos. Era mi momento de mayor felicidad. Un día llegué un poco tarde, y cuando fui hacia el patio trasero me encontré con una sorprendente, muy triste e inexplicable sorpresa: mis padres le habían abierto las jaulas a todos los pájaros. Algunos ya habían regresado y otros regresaron después, pero la mayoría desapareció para siempre. Esa noche simplemente comencé a lagrimear y les pregunté a mis padres ¿Por qué?

"No me contestaron nada, se dieron vuelta y al rato salió mi madre y me dijo que fuera a comer. Le dije que no, que no comería. Han pasado algunos años, nunca he recibido explicación alguna para esa actitud. Quisiera irme de casa y no puedo por razones económicas. La pregunta: ¿qué debo hacer?". Le contesté sin saber que contestarle.

La otra historia era sobre el amor que un chico sentía por el cine. No era caro por ese entonces frecuentar los cines de barrio donde teníamos el placer de ver casi siempre tres films. Quien manejaba el taxi, no estaba angustiado como el taxista de los pájaros, pero cuando hablaba uno percibía que la historia no había sido sencilla. El, de chico, había sentido una irresistible deseo de ir al cine. El que le quedaba más cerca era el célebre Sol de Mayo, que quedaba en la Avenida Pellegrini. Al principio, cundo era chico, solía sacar unas monedas del saco del padre, y con eso le alcanzaba para ir al cine. Cuando el padre se enteró, y lo que más le molestó era que usara esas monedas para ir al cine. "Trabajé en lo que lograba y con lo que me daban marchaba al cine. Poco a poco tuve más suerte y empecé a ir otros cines. Mientras tanto nunca quise ver a mi padre. Y recién me he encontrado ahora, cuando ya estoy casado y nació mi primer hijo. Pero mi padre sigue sin perdonarme aquella historia del cine".

Todos sabíamos que Milonguita murió, pero con Raúl Hernán Sala le hicimos un reportaje por alguna calle del viejo barrio Pichincha. Muchos tangueros se enojaron, nosotros pensamos que se podía tratar de una reencarnación de Milonguita, pero no había ningún poeta para que le cantara.

También en esos días en que salíamos para hacer algunas notas con el primer camión de exteriores del Canal 3, llegamos hacia el mediodía hasta la casa de Julio Vanzo. La trasmisión eran en vivo y en pocos minutos su estudio estaba repleto de gente, sobre todo de adolescentes, en una cantidad asombrosa. Creo que para todos los que llegaban, ese hombre inolvidable, en un estudio que a muchos les pareció inmenso, debieron pensar que se trataba de alguien legendario. Y lo era, sin duda. Para nosotros, también ahora ese pintor se ha transformado en una leyenda.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28199-2011-04-10.html


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El título de la obra de Anthony Grafton es el que usamos para estas líneas. Pero el título original es otro que entonces no necesita del agregado como aclaración que se hace en castellano. En inglés el libro se llama "Tragic Origins of German Footnote", es decir "Trágico origen de la germánica nota a pie de página". Ya en el siglo XVIII, la nota al pie histórica era una forma excelsa del arte literario. Yo estoy muy lejos de la erudición, difícilmente un autodidacta pueda ser un erudito, un vértigo por el que tan sólo pueden deslizarse individuos extranjeros a lo común, como es el caso de Borges. Sin duda es un erudito, tanto cuando actúa como tal en algunos asuntos, pero también cuando logra sus grandes invenciones que no pertenecen a la erudición propiamente dicha sino al de la creación literaria. En muchos casos las notas al pie de página de Borges son parte del relato y además remiten a otros textos del mismo autor. En este caso convendría una nota a pie de página, pero por lo que sé en los artículos periodísticos, salvo excepciones, se tratan de evitar esas notas, pues el lector al que está dirigido las pasaría por alto y si las lee no le interesarían en absoluto.

Decíamos que convendría aquí el uso de una nota, pero la dejaremos en el texto. Ha aparecido hace relativamente poco un libro dedicado a Pierre Menard. Se trata de "Una vida de Pierre Menard", de Michel Lafon, Para escribirla Lafon la atribuye a un autor que es un apócrifo, Maurice Legrand aclarando que nunca publicó, "si es que quiso" publicar esas páginas. Lafond se encarga de hacerlo. El libro data de 1957 y no sería del todo equivocado pensarlo como una nota a pie de página del texto borgiano. Ya José Saramago, en su novela "El año de la muerte de Ricardo Reis" hace uso de los apócrifos (de Borges y de Pessoa, y posiblemente de algún otro que nos puede escapar con una sobria genialidad, aún cuando la unión de estas dos palabras podría ser un oxímoron).

Por cierto que Grafton no cita a esos autores, ya que su historia "trágica de la erudición" apunta sobre todo a los historiadores. El libro, ignoro si eso ocurre tan solo ocurre en la edición en español, carece de las nota a pie de página de la manera tradicional, pero las reúne en unas cuantas páginas al final, para ser concretos de la 135 a la 178. En una gran parte son la transcripción al idioma original de lo que cita en el libro. Pero por otra parte no es una novedad. Son varios los autores que prefieren esta forma de poner las notas, lo que por mi parte me resulta sumamente molesto, y como ejemplo valga la mención de un libro indispensable de Galvano della Volpe, "Crítica del gusto". En un libro de 300 páginas tiene más de cincuenta dedicadas a las notas a pie de página. Al releerlo, en parte por cierto, al escribir estas líneas, descubrimos que hemos subrayado más en ese lugar de las notas que en el texto mismo. Es que preferimos "ver" la nota al pie pues nos enriquece la lectura. Por ejemplo las del primer traductor al castellano de Montaigne, en general versiones al español de autores clásicos. Algunas son sumamente pudorosas, por ejemplo en el ensayo que su inventor dedicó a unos versos de Virgilio, y cuyo traductor considera sobradamente, no las traduce y piensa que de esa manera solamente la conocer los eruditos o algo parecido.

Julio Cortázar, en alguno de sus textos, juega con las nota al pie de página, y demuestra que de alguna forma podrían ser ilimitadas. Es posible, por lo menos en el mundo creado por Cortázar. Se puede escribir un texto breve. Pensemos en uno el que nos venga en este momento. Improvisemos. "Cuando ella pasó cerca de él, que estaba apoyado en la puerta, mirándola como se levantaba con cara de un cansancio feliz se pasó a su lado y de un tirón le sacó la tela adhesiva que él se había puesto sobre una pequeña herida en la frente" (1). Y la nota uno remite a lo siguiente: (1) "Precisemos que se trataba de lo que nosotros llamamos una curita que él había cortado con una tijera. Desnudo y con una curita en la frente no tenés nada de erotismo". (2). Entonces vamos a la nota (2): "Cuando la curita fue arrancada de la pequeña herida de la frente comenzó a salir sangre, y por más intentos de detener esa pérdida la sangre seguía, no a borbotones sino lentamente" (3) Y la (3): "Te dije que con mi falta de plaquetas, cualquier cosa puede transformarse en una sangría, le dijo él mientras se recostaba y comenzaba a manchar con sangre la almohada" (4). Veamos la (4): "Ella había comenzado a sollozar y seguía poniendo un algodón con agua oxigenada, pero el algodón se empapaba casi en seguida y entonces él, sonriente, le dijo, probá con azúcar, dicen que detiene la hemorragia". (5). Terminemos con la nota a pie de página (5): "Ella lloraba, él trataba de consolarla y la sangre seguía saliendo. El agregó entonces podemos ir al hospital, pero mejor no, anoche me amaste como una loca y ahora me más como si fueras una asesina loca, pero te amo lo mismo"".

Volvamos a la magnífica erudición de Grafton. Precisemos algo sobre el libro. La primera edición inglesa data de 1998 y la versión española es del mismo año y fue publicada por el Fondo de Cultura Económica. Grafton trabaja para el departamento de historia de la Universidad de Princenton. Nació en 1950 y en Internet se pueden encontrar algunos videos sumamente interesantes en los cuales Grafton hace la defensa de las humanidades en este siglo XXI. Por lo poco que sabemos de los temas que trata Grafton, este norteamericano es un erudito sorprendente y su libro, además, es de una gran amenidad. Es cierto que tal vez se debe a que mi predilección por las nota a pie de página han ayudado para que su lectura me resultará tan grata como la si estuviera leyendo una buena novela policial del caso (yo diría que bien podrían ser, aún A sus diferencias, el inspector Morse o Philip Marlowe) ya que tanto el erudito como estos investigadores se pierde pero finalmente encuentran eso que podemos llamar el laberíntico vértigo de la erudición.

Grafton menciona con frecuencia a Gibbon y cuando lo hace saca verdadero provecho de alguien así. Un ejemplo. Gibbon estudia a un anticuario romano del siglo XVI, Pirro Ligorio, censurado por muchos especialistas, pero el autor de la "Decadencia y caída del imperio romano" lo estudia a fondo y nos dice: "(en sus manuscritos) hay pruebas de honradez que me predisponen a contemplarlo favorablemente. Veo un hombre que suele dudar de haber leído correctamente, que deja gruesos errores en sus monumentos y sólo incluye un sic para demostrar que los ha advertido, y que deja espacios en blanco que hubiese podido llenar con facilidad. Pirro Ligorio hizo reunir en treinta tomos sobre papel las antigüedades sobre las que había trabajado. Posiblemente como mero compilador, pero discípulo fiel de lo que le habían enseñado otros anticuarios más eruditos.

Por ejemplo, al observar que Ovidio "emplea doscientas líneas en la investigación de los lugares más favorables para el amor. Sobre todo considera el teatro el mejor adaptado para reunir a las bellezas de Roma y reducirlas a ternura y sensualidad". En todo lo que investiga, Grafton es preciso y reúne esa capacidad, que él menciona, de la erudición humanista con la ironía filosófica. Hay que pensar que todo esto partiendo de un estudio de las notas al pie de página.

Las ocho líneas finales de su libro deben citarse: "Las notas a pie de página de por sí no garantizan nada. Los enemigos de la verdad y en efecto, existen pueden usarlas para negar los mismos hechos que los historiadores honestos tratan de confirmar por medio de ellas. Los enemigos de las ideas que también existen pueden usarlas parapara acumular citas y referencias carentes de interés para el lector o atacar cualquier tesis nueva. Sin embargo, las notas al pie constituyen una parte indispensable, aunque desprolija, de esa mezcla indispensable y desprolija de arte y ciencia que es la historia moderna".

A este libro quisiera agregar la lectura de una obra que aún no he conseguido, pero espero tenerla. Se trata "Les asassins de la mémoire", de P.Vidal Naquet, publicada en 1987. Vendría bien su lectura, pues en nuestro país, pululan los asesinos de la memoria. Cada vez hay más y su actitud de asesinar la memoria les viene el odio que le tienen a la verdad y a las ideas. Ambas cosas prefieren dejarlas de lado por cuestión de conveniencias.

En los libros de historia, dedicados a al tema que sea, es decir una historia del jazz o de los pintores impresionistas, una dedicada a ciertos protagonistas de distintos momentos históricos, nos parecen indispensables esas notas a pie de página y el índice. Con respecto al índice no recuerdo quien decía, en una broma exagerada, que los libros sin índice merecerían un justo castigo para su autor o para sus editores. (1)

(1) Por otra parte la lectura de este libro, sus conclusiones, la erudición que hace patente, puede parecer que, como el mismo Grafton lo dice, las notas al pie de página pudieron ser, en algún momento, un refugio contra la intolerancia en todos sus aspectos. En este caso como un refugio contra la intolerancia intelectual. Tal vez podría deducirse que algunos lectores pasan por alto esas notas, pues les resultan molestan, parecería ser que incluso a esos que pueden ejercer cierta censura (forma estricta de la intolerancia) sobre aquello que imprime o se desea imprimir.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28101-2011-04-03.html


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En 1925 los amigos de Marcos Lenzoni decidieron publicar, de forma póstuma, sus poemas, de ese que murió muy joven en 1924. Había nacido más o menos cerca de Rosario, esta ciudad fue la que hizo suya y a la cual le dedicó un extenso poema de diferentes cosas que la definen o al menos que la definían por aquel entonces. Gilberto Krass, con quien había conversado alguna vez sobre Lenzoni, me habla el otro día por teléfono (ninguno de los dos usamos celular) para ofrecerme en préstamo, ese libro que por mi parte nunca había visto, si bien conocía algunos de los poemas publicados en "Nosotros". Me voy a lo de Gilberto y lo encuentro diría que igual que siempre, con sus 87 años, el pelo abundante y blanco, y su departamento repleto de libros, cuadros, objetos muy bellos en algunos altos estantes. La galería de arte de Gilberto, que quedaba en la calle San Martín, cerca de San Lorenzo, ya no existe. Y llegará un momento en que los rosarinos, cuya memoria suele ser tan endeble, olvidarán que existió. De la misma manera que Marcos Lenzoni es apenas recordado por muy pocos. Y su libro, "Brotes morados", es conocido aún por menos. Gilberto piensa que a lo mejor puede lograr una nueva edición. Puede ser, pues publicó algunos libros que ignoro si hubieran sido publicados. Entre ellos los poemas de Bartolomé Vercelli, que no era de Rosario pero amaba la ciudad. Y un libro dedicado a Raymond Chandler y Philip Marlowe que escribimos Rafael Ielpi y quien redacta estas líneas.

Al margen que Gilberto consiga hacer esa edición, pienso recordar ese libro en el número quince de "El centón", pues el número catorce, cuyas páginas iniciales están dedicadas a recordar la revista "Risario", está pronto a salir. Pensamos incluir el prólogo de Roberto Giusti, un artículo publicada en "La Acción" el 3 de abril de 1925, cerca de un año después de la muerte del poeta el 24 de ese mismo mes pero en 1924. Su autor había sido crítico teatral en "El Mensajero" y estaba en las Sierras de Córdoba cuando nuestro poeta murió. Se habían conocido unos cuantos años antes y volvieron a encontrarse cuando partió para las Sierras con la esperanza de superar su mal. La novia de Lenzoni le escribe entonces a Noé S. Martorello: "Marcos me hablaba de usted. El día que debía partir para ese lugar donde sufrió tanto, me dijo que quería encontrar allí un amigo espiritual. Y usted llenó esa aspiración, su amistad hizo menos tristes los días tan largos. No lo conozco señor Martorello, pero el aprecio que él le tenía ha hecho eco en mí".

Lenzoni tuvo oportunidad de hacer un breve viaje a Europa con la intención primordial de conocer París y Roma. Y es en Italia donde se encuentra con su abuela, ya anciana, que parecía no creer que ese que estaba allí era su nieto que venía de América. De ese viaje habla largo entendido con Martorello. Y también de su novia, en quien vivía pensando y a la cual parecía dedicar cada línea que escribía.

La edición que estamos comentando cuenta con un dibujo a pluma de César Caggiano, que debe haber sacado de una fotografía pues está fechado en 1925. Y luego trataremos de poner todos los poemas que podamos sobre todo los que escribió sobre Rosario. Al respecto queremos recordar que en uno de los primeros números de "el centón" escribimos sobre una pequeña edición de poemas dedicados a esta ciudad. Publicado en 1921, incluía el poema a Rosario de Enrique Méndez Calzada que había ganado un concurso de poemas sobre la ciudad organizado por El Círculo. En el acto que se otorgó premio, realizado el 24 de octubre de 1921, alas 21.15, en la Biblioteca Argentina, hablaron dos de los miembros del jurado, Camilo Muniagurria, en ese momento director de la Biblioteca Argentina y Alfredo Bianchi que también estaba en el jurado. El tercer miembro era el doctor David Peña. Por su parte el poeta leyó el poema premiado. Siempre pensamos que tal vez Lenzoni, que escribió su poema a Rosario en ese mismo año, habría mandado su poema a ese concurso, lo cual no sería difícil averiguar, pues las actas y los trabajos deben estar en los archivos de la institución o en la Biblioteca Argentina, que era su sede por esos días. Pienso si no sería bueno que cuando se cumplan, el año que viene, en septiembre, el centenario de El Círculo, la institución podría hacer una edición con los poemas presentados, si es que se encuentran. Otra posibilidad sería el incluir algunos de los trabajos leídos en la biblioteca en el período de 1912 a 1921. Hay conferencias de Lugones, Ricardo Rojas, Menéndez Pidal, Gregorio Araoz Alfaro, Ortega y Gasset, José León Pagano, Martín Gil, Estanislao Zeballos y Paul Fort entre otros.

Pero volvamos a Marcos Lenzoni. Su canto a Rosario consta de un primer poema "Mi ciudad", luego otro dedicado a la calle céntrica" y siguen "La calle suburbana", "El Paraná", "El parque", "Las barrancas de Alberdi", "El Saladillo" , "Las mujeres", "Los hombres" y por cierto el "Envío" del final.

Eduardo D'Anna sostiene que una de las influencias fundamentales en Lenzoni es la de Evaristo Carriego. Por los temas que trata y sobre la forma de situarlos dentro de su poesía revelan que esa aproximación existe. Me parece notar esa influencia en algunos de los que Lenzoni escribió sobre la ciudad.

En esos poemas se debe reflejar el Rosario de 1921. ¿Sigue siendo así, al menos en algunos aspectos, esta ciudad? No lo sé, aunque siento que hablan de la Rosario que, si no conocí yo, conocieron mis antepasados. Todos ellos rosarinos y con gran cariño por ella. Por razones circunstanciales no tengo algunos libros que requeriría para hablar de esa década del veinte en la cual Lenzoni escribió sus poemas y fecha de su muerte. Hay libros fundamentales, y con distintas miradas hacia esa década, que recuerdo pues los he frecuentado bastante en estos últimos años. Me refiero a los libros que Juan Alvarez, Miguel Angel de Marco, Oscar Luis Ensinck y Rafael Oscar Ielpi dedicaron a la historia de nuestra ciudad. De los cuatro tomos de los que consta la obra de Ielpi, solamente he leído los dos primeros. En ellos se pueden encontrar mucho sobre los años que van de 1920 al 30, es decir al comienzo de la década infame. Y si bien todos dedican páginas a la actividad cultural creo que ninguno hace referencia a la existencia de Marcos Lenzoni.

Pero debemos tener en cuenta algunas excepciones, aunque se trata tan sólo de nombrarlo. En "Vida cotidiana", Rosario en el siglo veinte, obra dirigida por Rafael Oscar Ielpi se menciona a Lenzoni. Dicho sea de paso la documentación fotográfica de ese volumen es estupenda. La otra es la inclusión de Lenzoni, junto a Ortiz Grognet y a Domingo Fontanarrosa en la "Primera antología de poetas rosarinos, 1917 1937", realizada por Ecio Rossi. El mismo Rossi me llevó esa antología al diario donde trabajaba en aquel entonces y me la regaló, por lo cual suele molestarme cuando se la menciona, pero solamente para maltratarla. Fue en esa antología que conocí a Lenzoni. Y por esos años me hice amigo de Hugo Lenzoni, que no tenía ningún parentesco con Marcos, pero con quien hablamos mucho sobre el Lenzoni de tantos años antes. Estuvo después en Córdoba y nos carteábamos con frecuencia. Volvió y murió muy joven. Antes de eso tuvo tiempo de enviarme y hacerme conocer los cuentos de Perfecto Gambartes, hermano del pintor, que era el padre de su mujer. Ella tenía los últimos cuardernos en que fue escribiendo Hugo, pero la he perdido de vista, pues mi propósito era publicarlos.

Pero nos preguntábamos por los poemas que Marcos Lenzoni dedicó a Rosario en 1921 y nos hemos ido, creo, por algunas ramas aún cuando las mismas están relacionadas con el tema. En este libro que me dio Gilberto, hay alguna prosa. Con una dedicatoria: "En una noche del último verano, densa de olores y de luna, me asomé sobre el abismo de tus ojos hondos, y en su profundidad, descubrí panoramas infinitos: todos los panoramas de la vida. A tus bellos ojos asombrados, que tienen el color del tabaco y que, como el tabaco, sirven parta el ensueño, dedico estos panoramas".

Copiemos el comienzo del primero titulado "La partida": "Sin bagaje, sin binóculo y sin Kodak. Toda está en mí. Llevo mi corazón, donde cabrán muchas cosas; mis ojos desnudos, nuevos como los de un niño, y mi espíritu que ha sido limpiado como un vestido para las fiestas. Mi espíritu, que se ha vuelto candoroso y sensible a la luz como una placa.

"La locomotora respira ampliamente con sus pulmones de fuego, y los vastos latidos recorren todo el tren con una vibración rítmica; la locomotora toma aliento, hesita y, como un animal inteligente, mira la distancia antes de iniciar la gran fatiga. Yo me acurruco junto a la ventanilla. Partimos. Saco mi pañuelo y lo transformo en paloma que afuera agita las alas hacia los que quedan. Volamos. En esta mañana fría y luminosa, bajo el gran sol dorado, me parece que todo tiene alas: el tren, las casas, los árboles, sobre todo los árboles, hasta los sauces que raramente desaliñan su lacia melena de poetas, esta mañana se han despeinado al andar volando contra el viento. Llevó en mis manos el calor de los apretones cordiales y en mi boca el sabor del último beso de ella".

Antes de irme de lo de Gilberto, me dice que quiere darme otro recuerdo. Ahora estoy preparando dulces caseros. Y me da un frasco con dulce de durazno. En el ascensor, que como siempre en todos los ascensores del mundo alguien lo ha llamado antes que yo, me acompaña una bella muchacha, Sandra. Pienso que la combinación de los ojos y el pelo de Sandra, el dulce de duraznos, el tomo con los poemas de Lenzoni, forman un triángulo que se fijará en mi memoria.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27996-2011-03-27.html


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Puede ser que me equivoque, pero todos tenemos el recuerdo de un patio al menos en la memoria. Pertenecen a esa otra época lejana de la infancia, para mí sin dudarlo. La casa donde nací, en la calle Buenos Aires 1328, que debe estar próxima a sucumbir, tenía una sucesión de patios que con el tiempo se transformaron en algo borgiano. Esa enorme casona se abría a un vestíbulo y luego a un hall muy grande, cuyo techo era una claraboya, que creo que desapareció cuando esa casa perteneció al Colegio Alemán, un colegio en el cual trabajaba una profesora a la cual amé y ya desapareció con el paso tan veloz del tiempo. En realidad, de cierta manera, los grandes amores van marchándose y de esa manera solamente quedan en la memoria.

De ese hall se pasaba a dos vestíbulos más pequeños. Luego a un patio de baldosas y finalmente a un patio de tierra que quedaba en el centro de la manzana. Por ese motivo, la compañía de teléfonos de aquel entonces, que no recuerdo si era belga o francesa, debieron colocar un alto poste en ese lugar y mi abuelo autorizó que lo pusieran. Mi abuelo materno lo hizo porque estaba en su carácter hacer cosas así. Y desde ese momento, y sin que él lo pidiera, dejaron de cobrarle el teléfono incluso cuando se mudó a otra casa. Me acuerdo, no sé si con exactitud, qué el número del teléfono era 7666. Mi viejo tenía el consultorio en esa misma casa y también recuerdo el número del teléfono 7698. Puedo equivocarme, y alguien podrá decirme que nunca hubo teléfonos de cuatro números. Puede ser que tenga razón, pero de hecho descarto una operación de mi memoria, tal vez porque la memoria solamente se opera en un relato de ciencia ficción.

El tema sin embargo eran los patios. Busco en un diccionario, donde el significado esencial es un espacio al aire libre en el interior de un edificio. También están los patios de butacas (en donde se sientan quienes se sientan para escuchar un concierto o ver una obra teatral) y también el patio de armas. Los argentinos, que venimos a ser nosotros, usamos patio cuando nos tomamos demasiada confianza, "ya hace tiempo que están pasando al patio". Creo que en ese sentido no he usado nunca la palabra patio.

En cambio tengo la sensación que habrá siempre un patio en algún poema, en algún textos en donde el uso de patio lo transforma en poema. En Borges, son seguridad, sobre todo en el poema "El patio" que se incluye en "Fervor de Buenos Aires". O su mención en "La lluvia", cuyos tres versos finales son: "Patio que ya no existe. La mojada / tarde me trae la voz, voz deseada / de mi padre que vuelve y que no ha muerto". Esto me trae el recuerdo de un tanto cuya letra la escribió Cátulo Castillo y la música pertenece a Aníbal Troilo y data de 1951. Es uno de los más bellos textos de Cátulo, no demasiado recordado.

La poesía rosarina es numerosa en patios, algunos nombrados y otros dichos entre líneas. Pienso en este momento en los patios que leo o entreveo en los poemas de Isaías, de Hugo Diz, de Rubén Plaza, de Gallego, de Calgaro, de Harvey, de Sevlever, que se fue hace tan poco y pienso que tal vez haya visto patios que nosotros ignoramos.

Estas líneas, sin embargo, las dicta un pequeño dibujo de Rubén de la Colina de un patio de una casa en La Rioja, provincia que él amaba entrañablemente. Al margen de su obra de pinturas y xilografías, el dibujaba en pequeñas tarjetas recuerdos de aquello que movilizaba su espíritu. Apuntes de los cuales tenemos unos cuantos y que guardamos entre las páginas de algunos libros. En este caso al buscar "El sayal y la púrpura", de Mallea, encontramos ese dibujo de ese patio de La Rioja y otros dos de Victoria.

Rubén mismo ha escrito detrás del dibujo la razón del mismo. ""pues sí, que también nos preguntamos nosotros que razón nos lleva a La Rioja lejana, Bueno, he aquí una de esas razones: sentados en una de las galerías que circundan el patio interior, de frente al añoso jacarandá que sombrea generosamente el espacio y oyendo el canto de los pájaros en el silencio fresco de la mañana, recibimos una paz mucho más penetrante y duradera que aquella que se nos brinda en una reunión piadosa"".

Algunas casas tienen todavía patios, otras jardines, la gran cantidad de departamentos de la ciudad, salvo excepciones que debe haberlas, han cambiado el patio por balcones, pero por grandes y bellos que sean, nada puede reemplazar a los patios, sobre todo si uno busca en ellos esa serenidad "más penetrante y duradera". En algunos momentos de mi vida podía observar, desde una ventana, una enorme eucalipto, y verlo, sobre todo al atardecer, era encontrar esa paz de la que hablaba mi viejo amigo. Sentía que se trasmitía algo que no llegaba a comprender con exactitud qué era, y eso que mi amistad con los eucaliptos data desde los tiempos de mi niñez. Ahora me tranquilizo viendo mi pequeño balcón, donde las plantas reciben la visita de gorriones, palomas de monte, tacuaritas y en ocasiones algún chingolito y un picaflor que siempre pienso debe ser el mismo, como ese ruiseñor de Keats del que habla Borges.

El movimiento y los sonidos y las furias de la ciudad, la insólita velocidad de quienes viven en ella, son ajenos a mi ser, si bien tengo conciencia que parte de ello se debe a mi vejez. Todo se mueve en un tiempo que me supera, aún cuando creo que siempre me superó. En los patios, en el patio, el movimiento apenas se percibe, uno lo descubre si lo desea, pero no es lo mismo.

En otros tiempos solía frecuentar la lectura al sol, sobre todo en el otoño y en el invierno. En ese espacio se puede leer de una manera diferente. Ahora suelo busca un sustituto: después de comprar un libro o un diario, me siento a leer al sol, fumando un cigarro de hoja, y si los fondos alcanzan, tomando un whisky con agua bien fresca y tres, cinco o siete hielos. Hace unos días estuve leyendo un libro, que no es nuevo, pero se trata de la última compilación, creo que completa, realizada en el 2006 por Alción Editora, de las "Voces" de Antonio Porchia.

Y Antonio Porchia me modifica desde que tuve oportunidad de leerlo por vez primera. Me admira el personaje, me parecen únicas sus "voces". "La verdad tiene muy pocos amigos", "Se vive con la esperanza de ser un recuerdo", "Dios mío, casi no he creído nunca en ti, pero siempre te he amado".

He citado tres voces que tengo marcadas en la memoria y en algunos de los cuadernos que alguna vez quise llevar con cierta regularidad. Las tres voces pertenecen al mundo del patio, pues fue al sol cuando quedaron prendidas a lo que llamaría mi espíritu.

A Rubén le gustaba la paz que se respiraba en los patios. Debe ser así, pues en ese estado en que uno comprende ciertas cosas: "No hallé como quien ser, en ninguno. Y me quede, así: como ninguno".

En ese patio que dibujó Rubén voy pasando por mi memoria los patios que recuerdo de mi propia vida y aquellos otros que pertenecen a libros dispares, párrafos alterados en su cronología, pero recordados hoy como en un cine de entrecasa. Algunos tienen que ver con ese de La Rioja que memora en las líneas de su memoria mi amigos y otros aparecen por el sólo hecho que tienen que aparecer, es decir por razones que no conozco y mejor así. Gustavo Devimeux me regala un DVD con "Arsénico y encaje antiguo", un film inolvidable. Y se me ocurre pensar que esos ancianos muertos que acumula el hermano que se cree Teddy Roosevelt en el sótano que nunca vemos, es un patio en que el destino de esos ancianos que han sido llevados a la muerte por bondad por esas memorables viejecitas que en algunos momentos molestaban a ciertos espectadores pudorosos. Pero sí, el sótano que imaginamos patio era un sitio en las cercanías del Canal de Panamá, y vaya a saber qué diablos pasaba allí.

Me imagino, eso sí, la cara de Rubén, sus gestos, sus preguntas de cómo me había metido a transformar un sótano de comedia en un patio. Rubén era uno de aquellos que veía en el cine cosas que otros no podíamos ver. Y si en esto hay algo de autobiografía sepa perdonar el lector. Fue en ese enorme patio que es la plaza San Martín donde charlamos un día de otoño, sentados en un banco al sol, sobre un film que nunca olvidaremos, "Los tramposos", que fue como un adelanto a "la nueva ola" del cine francés.

Y en estas líneas que evocan sobre todo una amistad de más de cincuenta años, lo hacen a través de la recuperación entre las páginas de un libro, de un dibujo de un patio en una casa de La Rioja, un patio provinciano, de esos que no se parecen a ninguna otra cosa y son todas.

¿Y entonces por qué no terminar con un recuerdo que no sé si tienen o no que ver con estas líneas?. Mi abuelo materno tenía un campo cerca del Arroyo del Medio. En el verano él se sentaba mirando el poniente desde la casona, con su chambergo y la macana en una de sus manos, esperando que las gallinas fueran pasando hacia el aguaribay que usaban de dormidero. Y si él las conocía todas, las gallinas (que son mucho más sabias de lo que se cree) supongo que lo reconocía y que nunca cambiaron de ese sitio para dormir y creo que lo hicieron para no preocupar a mi abuelo que por ese entonces tenía más de noventa años.

Y dos detalles que no deseo pasar por alto. Quien no sepa que es una macana, puede buscarla en el diccionario. Por la plaza San Martín, cruzándola en diagonal, pasaba casi todos los días Beppo Levi ese hombre de excepción, de muy pequeña estatura y de un cerebro excepcional. El fascismo lo había traído a estas tierras, y cuando pasó, humilde, lleno de paz interior, Rubén me dijo, "así son los hombres sabios, de una modestia que con el sólo hecho de verlo era una lección de la humildad de los maestros".


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27900-2011-03-20.html


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Vivimos en un mundo kafkiano, por lo cual todo lo que hacemos, se trate de lo que se trate, pertenece a ese mundo. No se trata de algo en particular sino de todas las cosas en general. Pensemos en algo muy simple. Debemos de ir hasta la verdulería para comprar, entre otras cosas, una hoja de lechuga, un diente de ajo, una mandarina. Por ahora lo hacemos sin dificultad, el dueño de la verdulería, es un gordo joven y buenísimo, con quien mantenemos una relación que en verdad es amistosa. Pero llegará un momento en que comprar esas cosas tan simples implicará alguna dificultad de ese orden de las kafkianas cuyos buenos lectores nunca pasan por alto. Parecen trivialidades absurdas, pero son esas las que van haciendo el mundo kafkiano.

Conseguí en un kiosco el segundo tomo de Kafka editadas por Aguilar. Ya estos libros no se hacen en papel biblia, pero las ediciones son excelentes. En este segundo tomo se encuentran escritos póstumos, los diarios, los diarios de viaje y, creo que, habría que decir curiosamente, la carta del padre, esa carta que al parecer el padre nunca llegó a leer, lo que no es demasiado importante.

Como de todas esas obras, aunque no completas, tenemos otras ediciones, en estos días de estar y estar en el departamento acompañados por Justine, la gata, que se sabe de memoria muchas cosas de Kafka, de Borges y de Baudelaire, como tenemos, decíamos otras ediciones las vamos buscando para hacer comparaciones. Y además buscamos libros sobre Kafka algunos de ellos creo que esenciales, aunque en realidad lo único esencial es leer y releer sus obras, sobre todo porque nos damos cuenta de esa manera que en verdad, sin exageración alguna vivimos en un mundo kafkiano.

Lo notable de lo kafkiano se puede perseguir a lo largo de sus páginas en textos que en otros libros no significarían nada. Lo que logra este hombre de Praga, que como la mayor parte de los hombres como él, no tiene un lugar en el mundo para nada que quiera hacer, es que una frase aislada se transforme en algo que nos como una pesadilla absurda como tal. Frase sueltas, tomadas casi al azar: "Un río dividía la ciudad"; "Bajábamos en un bote por el río tranquilo"; "Una luz mortecina surgía de aquella montaña / una luz mortecina"; "En una noche de tormenta, vi al geniecillo salir a gatas de entre la maleza"; "La puerta se cerró, estábamos cara a cara"; "Todos dentro de la habitación"; "Sale de la casa, se encuentra en la calle, un caballo lo espera, un criado sujeta la brida, cabalgan por un desierto resonante". "Exhortar a los católicos a ganar más poder"; "profecía de su pecado original"; "en el impulso previo, conformidad"; "Había ido allí para nada, y enfrente estaban los dos invitados al funeral"; "Solo la noche es el momento en que la doma llega adentro".

Son hechos cotidianos que en otro contexto es posible que nos dejen indiferentes, pero Kafka nos hace comprender eso que él siente frente a esos detalles, si se los mira desde su mirada. Y así lo hacemos. Incluso el hecho que desde que me acuerdo se ha discutido sobre el sentido de la obra, se han modificado las fechas en que fueron escritas, se cambian algunos de sus títulos, el más significativo es el de "La metamorfosis", parecen, ante todo situaciones kafkianas. Pueden tener un gran interés crítico, pero ese interés está muy por debajo de lo que significa el sentir que se vive en un mundo kafkiano, y que resulta imposible evitarlo.

Es cierto que el único que lo vivió con excesiva lucidez es el mismo Kafka, quien sería el único que podría aportar algo que fuera fundamental para la lectura de su obra. La particular inteligencia de algunos de sus críticos nos atrae sin reservas como me sucede con los escritos de Borges, de Nabokov, de Maurice Blanchot, suele esclarecer muchas cosas de una obra que en realidad puede ser feroz si se la lee sin puntos de referencia que nos ayuden. Aclarando, ya que nombramos a Borges, que nos parece sin importancia el que haya traducido o no "La metamorfosis", incluso en dos reportajes Borges mismo hablaba de que no era él quien la había traducido (pero sin duda la mano de Borges se haya presente en algunos lugares del relato) pero que le habían ganado por cansancio. Quienes suelen referirse a este tema da la impresión que hubieran descubierto que el Sahara es un desierto, el Pacífico un océano, Saturno un planeta.

Es Maurice Blanchot quien nos dice: "Sólo soy literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa (apunta Kafka). En sus "Diarios", en sus cartas, en toda época de su vida, Kafka se consideró literato y tuvo a orgullo reivindicar ese título que hoy la mayoría desprecia. Para muchos de sus comentaristas, admirar a Kafka antes que nada es situarlo fuera de su condición de escritor".

Es así, aún cuando lo que ocurre es que la literatura de Kafka parece que debe leerse de otra forma y a uno le gustaría que se pudieran designar sus escritos de una manera diferente. Hace algunos años se publicó un libro que reunía aquellos escritos de Kafka sobre sus propios escritos, los cuales ponían en evidencia su interés por la literatura. Pero sin olvidar que es a través de ella que sentimos la existencia de esa mundo kafkiano que no tiene fin.

Creo que por mi parte comencé la lectura de Kafka hacia comienzos y a lo largo de los cincuenta. Es probable que haya perdido esa anotación del tomo de "La metamorfosis" editado por La Pajarita de Papel, pero no creo haberlo leído hasta los cincuenta. Es posible con anterioridad, pienso a que a fines de los cuarenta, que haya leído el ensayo sobre Kafka de Eduardo Mallea, escrito en 1937, incluido en "El sayal y la púrpura", libro del cual tengo la edición de 1947, realizada por Losada para su Biblioteca Contemporánea, obra, como toda la de Mallea, sumida en el más oscuro e injusto de los olvidos.

Si cuento esto es porque desde aquellos momentos sentí la íntima vivencia del mundo kafkiano. Y eso no ha cambiado, lo que no significa, como muchos pueden pensar, que he conocido más la adversidad que los momentos felices, y no es así. Sería injusto no señalar que creo haber tenido momentos difíciles (qué hombre no los tiene) y otros plenos de felicidad. No puedo decir si la he merecido o no, pero me la han dado.

Lo cual no impide que frente a tantos y tanto hechos lamentables de la historia del hombre no nos hagan percibir ese mundo kafkiano del que hablamos. Si bien Kafka comprendió cabalmente que sus días estaban contados, que era consciente que las sombras lo rodeaban, eso no le impidió los momentos en que fue feliz. Sobre todo en sus relaciones con las mujeres, siempre difíciles (¿y cuándo no lo son?), tuvo conciencia de que tocaba por algún sitio la felicidad que podría parecerle esquiva. Caminamos hacia Kafka buscando un libro que nos parece tener, al menos para nosotros, ese tono kafkiano. Nos encontramos con "El maestro del juicio final", de Leo Perutz (1882 1957) que nació también en Praga y que escribió esa novela en 1923. Se ha dicho que Perutz es una combinación de Conan Doyle, Dostoyevsky y Kafka, preferimos pensar que Borges admiraba esa obra y la incluyó en la colección de El Séptimo Círculo. Después nos aproximamos a "La vida, instrucciones de uso", de George Perec (1938 1982), obra que estremece por cada línea de sus instrucciones y luego, en una rápida caminata, llegamos a "Sesenta y cinco sueños de Franz Kafka", de Félix Guattari, pero esta obra está dedicada a "setenta y cinco sueños" de Kafka que se analizan, claro, kafkianamente y merecerían mucho más atención que estas pobres líneas.

Pero si de los libros, es decir de lo esencial, la literatura, pasamos, un día cualquiera, a la lectura de dos o tres diarios, del enunciado y los comentarios, cada vez todo eso que llamamos información es algo cada vez mas terriblemente kafkiano. El diario de un día, enfrentando ciertas informaciones y comparándolas. En un título de primera cuyo tema será comentado en las páginas interiores da cuenta que en Francia sorprende al ascenso en las encuestas de la hija de Le Pen, es decir de la ultraderecha. Hay otro informe sobre los horrores que han definido el régimen de Muhamar Khadafy y de la ideología que se encuentra en un llamado Libro Verde, que según el autor del comentario nos dice que al menos hay que salvar un ejemplar, pues es posible que la revolución árabe en Libia lo transforme en cenizas. Y una nota de distinto carácter es la que habla de la historia del Discovery y su hazaña en el espacio. Comparando las tres noticias se logra tener lo que uno puede denominar el mundo kafkiano en el cual vivimos inmersos.

Si agregamos otras informaciones pensamos si el hombre llega a comprender que contradicciones como las que hemos mencionado que hay como dos caminos trazados desde siempre en la humanidad: Aquel que corresponde a los logros, a las conquistas en el mundo material o en el mundo espiritual y aquel otro de los horrores, de la barbarie que incluso usa los adelantos técnicos para cumplimentar esa barbarie.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27803-2011-03-13.html


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Todas aquellas escenas de la historia del hombre que vale la pena recordar han tenido y siguen teniendo música de fondo, como si se tratara del pasaje de un film. Claro, la música original se ha perdido, pero hay quienes se han encargado de reconstruir lo que pueden, mejor dicho de inventar lo que les parezca más adecuado. Tres ejemplos famosos entre otros: La música de fondo cuando Sócrates decidió que lo que había que hacer era tomar la cicuta; la de Buda en el instante en que alcanzó el estado de perfección que nadie podrá volver a alcanzar nunca; la música que se escuchó en el universo todo cuando Cristo fue crucificado. Hay otros momentos menos trascendentes que esos que también tienen su música, pero claro, no es lo mismo.

No sé dibujar. Tampoco llevo una libreta en la cual escribir lo que en determinados momentos tengo ganas de hacer. Entonces quedo mudo y trato, nada más que eso, acumular en algún lugar de la memoria, a la cual con gran originalidad como el "El rincón de Funes el memorioso", algunas cosas que deseo apuntar lo que no pude hacer en el momento adecuado. Tendría que haber puesto otro título. Pero me conformo con el que he puesto, cada uno tiene su mundo para él esas escenas son todo su mundo. No hay otro. No para mí al menos.

Ahora esa vaquita de San Antonio, caminando entre el humo de mi cigarro es la escena que tiene mi mundo en estos momentos. Tal vez podría agregar un tomo con poemas de Brecht sobre el cual hay un paquete de Camel Blue y una caja de fósforos.

Me gustan más los fósforos que los encendedores. Tengo cajas de fósforos por todos lados. Hasta en los bolsillos.

Hay calles en las cuales, creo, no hay kiosco alguno donde comprar cigarrillos. Por lo menos los domingos.

Veo una cucaracha cansada caminando por el piso, la última cucaracha del universo, que va con seguridad a la muerte. Camina, le cuesta llegar detrás de una maceta. Creo que allí morirá. Sacar la absurda conclusión de que las cucarachas mueren detrás de las macetas. Por algún motivo la cucaracha me hace pensar en los dictadores. Pero estos no mueren detrás de ninguna maceta. Sería demasiado digno para ellos morir detrás de una maceta.

La pequeña lagartija se esconde detrás de un pájaro que no le presta atención. Siempre parece haber un gran pájaro que necesita de aquellos a quienes no le prestará ninguna ayuda y la necesitan. Supongo que Dylan Thomas, Cesare Pavese, Antonin Artaud entre muchos otros necesitaban de un gran pájaro que les prestara atención. Claro, me dice ella, ¿existe en realidad un gran pájaro que sirva para algo, o simplemente existe" No sé que responderle, porque cuando ella se encuentra entregada un tarea que le proporciona placer puede hacer muchas preguntas, pero es inútil querer responderle.

Para estas cosas que pueden parecer absurdas, pero no lo son, no se requiere saber con exactitud de almanaque, suponiendo que todo almanaque es exacto (lo que no es verdad), pero de cualquiera manera es un juego divertido pensar en el día que esto se comenzó a escribir y los días en que lo continuó haciendo. ¿Pero se trata nada más que de un juego? Vaya uno a saber. ¿Y para qué saber?.

El gran pájaro se hace presente cada vez que me pongo a escribir. Podría decir que siendo siempre el mismo adquiere distintas formas y lo hace sin pensar que lo estoy mirando. Mi mirada no le importa. A veces es como aquel que comía el hígado de Prometeo, a veces es el que observó Kafka, otra veces el gorrión del poema de Hudson o el ruiseñor de Keats. En ocasiones una lechuza en mi memoria, un atardecer de marzo. El gran pájaro está siempre presente para todos, pero hasta este momento no se sabe el por qué de su presencia.

El gran pájaro está entre los hombres desde el comienzo. Los hombres por su parte tienen distintas visiones de él y sus actitudes son sumamente variables. Bastaría observar los diferentes templos que se le han levantado a lo largo del tiempo para darnos cabal cuenta de esas diferencias . Y nos referimos a las más conocidas. Pues hay otro de que sólo hemos oído hablar, pero ni tan siquiera tenemos un dibujo para saber cómo eran. Por ejemplo, una tribu del Amazonas, que estaba en vías de extinción pero es probable que ya no queda ninguno de sus miembros. Eran caníbales silenciosos y muy sensuales. Adoraban a varios pájaros pero aparentemente a sabiendas que siempre era el mismo por más que sus formas fueran tan diferentes.

Un portugués de la época de la conquista, que no fue devorado porque era particularmente flaco, había logrado aprender algunas de sus palabras y había anotado algunos de sus textos. Todos pertenecientes a la oralidad. Entre ellos nunca se les había ocurrido la escritura. En uno de ellos hablaban del pájaro del amanecer, el que aparecía al atardecer y ese otro, muy pequeño, de ciertas horas de la madrugada. Eran adorados como dioses.

¿Qué se hace cuando el gran pájaro no aparece? Cada uno tienen sus sustitutos, aún a sabiendas que ninguno alcanza. Por mi parte leo y leo hasta cansarme y luego escribo. Son momentos en que me gustaría saber pintar. En realidad la lectura es el alimento preferido, aquel que puede hacerme pasar horas en diferentes mundos. Vivir escenas tan distintas hasta abrumarnos.

En lugar de leer, podríamos hacer el amor, las dos cosas son peligrosas, pero por eso nos gustan tanto. Y ahora, dice ella, deberíamos probar ciertas imposibilidades. Pienso, pero no se lo digo, que ya las hemos probado todas, pero prefiero calle y dejar que ella decida. Le propongo: "Podríamos probar leer 'El Aleph' desde su mismo centro, anulando todo lo otro, es decir Borges, lo que él ve lo que nosotros creemos ver". Ella sonríe. Esa sería una imposibilidad para el amor que aún no hemos probado. Tendremos que intentarlo.

¿Hablamos al comienzo de la música que corresponde a cada escena? Hacer el amor desde el mismo centro del "aleph", desde nuestro "aleph" ¿qué música necesitaría? En algún momento se me ocurre una vieja versión de Milt Jackson con Ray Charles. Pero al momento ella me pide algo de Charlie Parker. Hasta ahora observo, o creo observar que el gran pájaro está conforme, aunque con seguridad no actuará para nada en ningún momento, nada aún si le pedimos por favor que haga algo. Al fin y al cabo somos como sus hijos. Ella conoce (o conocía mis deseos) y me pregunta ¿no vendría bien ahora algo de Stravinsky? Sin, con seguridad, pienso que el "Pájaro de fuego" confirmaría al gran pájaro. Pero apenas comienza la música el gran pájaro remonta el vuelo y comienza a lo lejos una danza para él mismo.

En este momento, en el ahora de un instante de este momento, he quedado solo y pienso en qué debe pensarse cuando uno está verdaderamente solo. El alcohol y el cigarrillo son alivios momentáneos que no alcanzan para nada. El gran pájaro, que ha aparecido bruscamente, me dice desde algún lugar que no me es visible si no ha llegado el momento de pensar en Dios, que también es el suyo. Le digo que tengo muchos problemas con ese tema. Creer en Dios me resulta simple, una forma de estar en la vida, pero sabiendo que Dios no me tendrá en cuenta para nada. Le recuerdo: "Uno de los atributos de la divinidad es el silencio". El gran pájaro me dice que tal vez esa sea la forma de encarar la soledad cuando la soledad se hace insoportable. Guardar el más extremo silencio y dejar que los sonidos sean los de nuestro interior, aún el perdido en el laberinto.

Lo intento, dejo que palabras, signos que ignoro, dibujos, objetos extraños a mí vivir, traten de formar una oración. En realidad que ellos me dejen a mi hacer una oración, pero a sabiendas que una vez que todo lo que ha surgido del silencio comienza a formar esa oración que anhelo, se bien que la racionalización de lo que tengo a mano, aún si algo de eso me pertenece, hace que la oración en realidad se transforme en otra cosa. En un poema, pienso, pero se bien que un poema no es una oración, de la misma manera que una oración difícilmente sea in poema.

Pero allí esta ese todo confuso que puede ser mínimo o inmenso, pero invisible a los ojos de los otros, incluso de aquellos que amo. Si esto nace del "aleph", todo estará en él. Pero esa enumeración la hizo de una vez para siempre Borges y resulta inútil tratar de hacer otra.

¿Qué puedo decir entonces? Hacer el amor es una forma de hacer que los movimientos del cuerpo se vayan transformando en la oración que deseo. Todo aquel que hace el amor amando, va haciendo que las líneas que se tocan en el espacio durante segundos o el cuerpo que se toca con el otro cuerpo y construye sus propias "esculturas" de algo que prontamente dejará de ser, como si hubiésemos hecho algo con agua, con el humo del cigarro que estoy fumando, con resplandores inexplicables. O, lo que sería terrible, pensar que lo hecho es parte de la despedida del amor, un poema muy triste, una oración sin música con palabras que nos desgarran.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27696-2011-03-06.html


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Tal vez porque en más de una ocasión estuve con él y trató de tentarme, lo que no pudo, no porque yo mismo sea alguien, sino justamente por ser eso, soy un don nadie y no quiero ir más allá de ese estado. Es que al diablo le tientan los don nadie del mundo y entonces me interesa despertar a los desconocidos de siempre, que piensan que el diablo no tiene interés en ellos y ponerlos en guardia. Primero de todo tienen que comprender que como el diablo es un pobre tipo que ni nombre tiene, le interesamos todos aquellos infelices que deambulamos por las calles del mundo.

La gente suele hablar del diablo, pero este nombre corresponde a todos los "ángeles" que se sumaron a la rebelión contra Dios. Son estos "ángeles" a quienes no les importa tentar a un don nadie, tan sólo para quedar bien con el jefe. Este tampoco goza de tener un único nombre, pero el más común es el de Satanás, que en hebreo significa "el perseguidor" o "el adversario". Por cierto es la personificación del mal y también el Angel Caído, el Gran Enemigo de Dios, el Tentador, el Príncipe de las Tinieblas, el Malo. Esta simpleza, decirle que es el Malo, le molesta a Satanás tanto como la forma en que los hombres lo han mostrado. El demonio con el cual tomé un par de cañas, me decía que Satanás no es un tipo feo, no tiene cuernos ni cola ni todas esas cosas que lo adornan en la pintura, la xilografía, el dibujo. Tal vez, me decía el demonio, que ya iba por su quinta caña, el jefe se sentiría mejor si le dieran un aspecto como el de Hitler, el de Franco o el de Mussolini, pero a nadie se le ha ocurrido dibujarlo de esa manera. Le pregunto si Satanás ha leído el Fausto de Thomas Mann o ha visto alguna representación de La historia de un soldado, de Igor Stravinsky (el relato es de Ramuz). Me dice que no, que para esas cosas nos manda a uno de nosotros, quienes les trasmitimos nuestra opinión. Como en ese momento veo que el demonio con el que hablo se pone más borracho, le digo con educación que se mande a mudar o que de otra manera lo haré sacar a patadas por mi Angel de la Guarda. Se esfuma, indudablemente con miedo. Por lo cual comprendo que si ese demonio en particular tiene miedo sus compañeros también deben tenerlo. Pero ignoro si puedo aplicar eso a su jefe. Es decir ¿es miedoso Satanás?

Satanás y sus ángeles rebeldes aparecieron antes de la creación del hombre y fueron precipitados por Dios al infierno. Con respecto a este lugar, se nos dice, en algunos libros que hemos consultado, que casi todos los pueblos han tenido la idea de un lugar donde moran los espíritus y como ejemplo se dan el "sheol" judío o el "hades" de los griegos. Pero el concepto de castigos eternos se da al comienzo del cristianismo.

Volviendo a Satanás se dan, al menos en el Nuevo Testamento, varios nombres a este ser, por llamarlo de alguna manera: uno curioso es el de Príncipe de este mundo (¿de qué mundo es el príncipe?), el Príncipe de la Potestad del Aire (¿del aire que respiramos nosotros, quienes nos autodenominamos seres humano o solamente del aire del infierno), Beelcebub, Belial, el Maligno, el Tentador entre otros. Tertuliano, por su parte, lo designa como "el mono de Dios", que nos parece bastante acertado ya que produce un gran enojo a los demonios en general y a su jefe en particular.

Si bien como dijimos el arte y la literatura lo han presentado como una bestia grotesca, hay excepciones en que algunos estudiosos han puesto el acento. Una es la del Satanás de Milton que se nos muestra como "una figura majestuosa, magnífica en su perversidad" y el Mefistófeles de la leyenda del Fausto que no carece de atractivos.

Entre los mahometanos el diablo es llamado Eblis, que va por el mundo como el Satanás de los tiempos medievales buscando almas para devorar. Con respecto a este tema debería tenerse en cuenta que se dice que Mahoma profetizó que los musulmanes se dividirían en setenta y dos sectas pero este número "ha sido muy sobrepasado", por lo cual es posible que cada secta pueda tener distintos demonios con otros nombres.

Supe tener un amigo que me decía que uno de los atributos de los demonios es poder pasar desapercibido y estar cerca de nosotros. Mi amigo, que se murió bastante joven, me señalaba desde la ventanilla del ómnibus donde viajábamos juntos al centro, un café con un mesa en donde varias personas tomaban algo. El ómnibus se había detenido creo que por algún desperfecto técnico, por lo cual pudimos observar esa mesa con gente durante un rato. Mi amigo, señalando la mesa, me dijo: "Allí en esa mesa, uno de los que está, y los demás no lo saben, es el demonio, tené la seguridad que puede ser así". Reconozco que la forma en que me lo dijo me hizo tener un poco de miedo por lo cual le contesté: -¿Y no habrá algún demonio aquí entre los pasajeros del ómnibus? Sí, me dijo, es posible, pueden estar en todos lados. Con un pretexto me bajé antes de lo previsto.

Sin embargo, si bien puedo creer en la existencia de alguien que rige el mundo del mal, no soy de los que cree en posesiones satánicas o algo parecido. Eso ocurre en algunas novelas y películas, pero las armas del demonio son mucho más siniestras y menos visibles.

Recuerdo algunos de los retratos del diablo que nos ofreció el cine que me parecen dignos de recordar. De Ernst Lubitsch (1882 1947), es El diablo dijo que no, que data de 1943. El ojo del diablo, de Ingmar Bergman (1918 2007), data de 1960 y por aquí en Rosario creo haberla visto como traducida como el orzuelo del diablo, pero a lo mejor la memoria me juega una mala pasada. Otro film, pero que nada tenía de comedia, es lo que aquí se conoció como Antesala del infierno, de 1952, dirigida por Wliliam Wyler pero que en inglés se llama Detective Story y en España se tradujo como Brigada 21. En el film de Lubitsch, en el que también trabajaban Gene Tierney y Don Ameche, el papel de diablo lo hacía, estupendamente bien, un actor olvidado, tal vez porque murió muy joven, Laird Cregar (1916 1944).

Este actor también trabajó en A Gun for Hire, en la cual estaban Veronica Lake y Alan Ladd, en una obra basada en una novela de Graham Greene, una de las tantas que fueron llevadas al cine pues el ritmo de Greene es sin duda muy apto para llevarlo al cine, como lo prueban todos esos textos que el cine trató con cariño y enorme respeto, como El tercer hombre. Hubo otros filmes que tuvieron al diablo o al infierno en los títulos, pero no todos merecen ser mencionados, pues pertenecen al género de terror y no recordamos ninguno que nos parezca digno de recordar, tal vez con la única excepción de algunos de los clásicos filmes del expresionismo alemán.

Ya hablé del demonio o diablo con el cual suelo encontrarme y quiere tentarme. Y ahora se me ha ocurrido que la tentación del diablo puede haber sido estar escribiendo estas líneas sobre él, aunque pensándolo bien que un don nadie escribiendo sobre él en ciudad más bien chicona no debe importarle demasiado, pero cada alma tienen su interés y no podríamos estar libres toda tentación. De cualquier manera, esperaba un nuevo encuentro para poder hacerle la pregunta. Lo encuentro a los días al atardecer por calle Dorrego y casi en la esquina de Rioja. Lo invito a tomar unas copas en el bar de la esquina. "¿Ha decidido hacer el trato?", me dice sonriente. No le digo, quiero hacerle algunas preguntas. Llevaba un bolsito con los dos o tres libros. Le pregunto que anda leyendo. "Se sorprenderá, me dice, pero debo leerlos". Los saca del paquete y me los muestra. Lleva un tomo de Historia universal de la infamia, de Borges, La peste, de Camus y la autobiografía de Bertrand Russell. Son un buen antídoto para usted, le digo, a lo mejor lo curan, pero aunque no lo curen le harán bien. Se sonríe, me dice que ellos también deben conocer a quienes no son sus amigos, todo lo contrario. "Tenemos que conocerlos", agrega y luego: "¿Y su pregunta?". Quiero saber, le digo, si lo que estoy escribiendo sobre usted ha sido impulsado por usted mismo, lo que me molestaría mucho. Se ríe, riéndose se parece más a un diablo, se toma de un trago el whisky que ha pedido, pide otro. No, me explica: "Usted cree en nosotros, por lo cual debemos tentar a aquellos que escriben y no creen en nuestra existencia. Y más a los que creen que tenemos cuernos, pezuñas y rabo, que como observará no tenemos. Usted sabe que el trato con usted será otro. Y en cuanto a mis preguntas, ¿sabe si hay algo así como argentinismos que nos nombren o refieran al infierno?".

Como argentinismo no lo sé, pero que se refieran a ustedes y a su morada hay más de lo que debe suponer. El demonio, diablo, a quien he decidido bautizar como Eustaquio, me comienza a decir que en un tango famoso se menciona al infierno llamándolo horno. Sí, le digo, en Cambalache, un tango que nos pinta muy bien sin que ustedes tengan nada que hacer para hacer las cosas que hacemos y sobre todo lo que dejamos que hacer. "Se equivocan ustedes, nosotros nunca tenemos nada que ver y tampoco el de Arriba, aunque mande más que nosotros. Usted lo sabe bien, eso de la libertad, la tienen aunque les pese mucho y se sorprendan de tenerla. Pero sigamos con eso de los argentinismos. Además de ese tango hay poema en que un gaucho menciona al Maligno en las cercanías de una laguna contándole a su amigo que ha visto al Maligno nada menos que el escenario de un teatro". Un hermoso poema, sin duda usted no lo merece. Pero Estanislao del Campo estaba inspirado y escribió ese poema, un canto a la amistad, del cual Borges y Bioy Casares dicen el humorismo de el poema nunca es agresivo o amargo sino un manantial de felicidad. Tal vez eso lo enoja a usted y al parecer lo enojaba a Lugones, que en El payador, decía: "Ni el gaucho hubiera entendido una palabra, ni habría aguantado sin dormirse o sin salir, aquella música para él atroz; ni siquiera es concebible a un gaucho meterse por su cuenta en un teatro lírico". ¿Algún colega suyo lo tentó a Lugones para que dijera tal zoncera? No, me dice el diablo, y a Lugones lo tentaron muchas cosas y para nuestra alegría cayó en varias, lo que a ustedes les molesta mucho.

Puede ser, pero acepte que el tipo se rescató en el suicidio, que de ninguna manera es una tentación diabólica. A tipos como usted, verdaderos monos de Dios, no le gustan cosas como el suicidio.

Dos advertencias sin la presencia del diablo cerca. El habla de los argentinos tiene un uso específico para la palabra diablo: se trata de un lugar muy distante o muy poco transitado. Un ejemplo común se trata de un texto de Enrique Anderson Imbert: "¿Dónde diablos está Pacana Uno? Donde el diablo perdió el poncho". La otra: solamente por influencia del diablo, o de Satanás mismo, la Academia Española de la Lengua puede haber propuesto los cambios en la ortografía de nuestro idioma. Son un disparate. Y si leer alguna versión traducida al español costaba trabajo, ahora, con los dislates que se han propuesto leer un libro traducido al español será como leerlo en algún idioma perdido.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27498-2011-02-20.html


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La frase del título es de un escritor húngaro que acabo de conocer gracias a Susana Imbern, que me lo regala para las últimas navidades. El escritor húngaro es Sándor Márai, que nació en 1900 y se pegó un tiro en 1989. A partir de 1948 se había radicado en los Estados Unidos y si bien en algún momento había sido conocido y admirado, recién comenzó a conocerse en español en estos años iniciales del siglo XXI. Es en 1984 cuando toma el camino del exilio, ya que los comunistas habían prohibido su obra. En el quinto tomo de sus memorias, que es el que motiva estas líneas, apunta en enero de 1984 que si bien no todos los vaticinios de George Orwell se habían cumplido, Márai siente que la realidad diaria es la del terror nuclear. El concepto del título se completa con otra frase: "No es bueno dejarse envejecer por la vejez, pero es peor mantenerse por artificios".

La censura impuesta por los comunistas está impuesta no por qué Sándor Márai fuese un fascista sino porque se trata simplemente de alguien que se califica como burgués. El estado espiritual del escritor se pone en evidencia en la siguiente anotación de 1986: "El exilado que no regresa a su hogar se convierte en una figura grotesca, en un santo estilista que se acuclilla en lo alto y espera que los cuervos le traigan comida". Esta sensación de inmensa amargura comienza cuando el 4 de enero de ese mismo año ha muerto su mujer con quien compartió casi toda su vida, pues vivieron juntos más de sesenta años.

Ella es incinerada el 14 de enero y sus cenizas son arrojadas el 8 de febrero. Ese texto tiene una dignidad y una calidad humana poco común. No se deja llevar por ningún tipo de sentimentalismo, no hay ningún tipo de expresión religiosa, ni tan siquiera una oración cuando el funcionario arroja las cenizas al mar. La persona que lleva a cabo este acto es llamada por Márai el Caronte actual "que transporta a los muertos a través de la laguna Estigia, en este caso a través de la bahía, para llegar al reino del Hades". Y sobre la muerte nos dice que es misterio y realidad a la vez y que tenemos que guardar silencio ante ese misterio "incluso arrodillarnos" ante el mismo.

Es severo con los médicos mientras van llegando las "desorbitadas facturas del hospital, del laboratorio, de los médicos. Una cama en una habitación doble, trescientos dólares diarios". Dice que a su mujer esto la hubiera puesto muy mal pero que a él "me tienen sin cuidado, el dinero ahorrado es para eso". Agrega que el "robo descarado de la medicina y sus compañías es asqueroso".

Cuenta con toda sencillez la compra del revólver con el cual finalmente se matará. En esos momentos, sin embargo, no pensaba en el suicidio. Ese año de 1986, nos parece central para la lectura de ese quinto y último tomo de su diario. Es el mejor autorretrato de ese hombre tan claro en sus actitudes. Habla de la furia, nada de enternecerse, de meditar, sólo "bramar de pura rabia".

El 29 de marzo recuerda una cena a la que fue con su mujer, hacía, en ese momento, cuarenta y dos años. "...ya se había promulgado el decreto que obligaba a los judíos a llevar la estrella amarilla. La señora de la casa, judía, colocó una estrella amarilla junto a cada plato, como regalo para sus invitados. L. (su mujer, que era judía) también recibió la suya. Poco después comenzó la matanza demente y bestial de los judíos. La huida, le necesidad de esconderse, la humillación. El padre de L. trasladado a Auschwitz. Hace cuarenta y dos años la sociedad mostró su verdadera cara. El frenesí del odio, de codicia, de crueldad. Es algo que nunca se podrá olvidar ni aceptar".

No son muchos los escritores contemporáneos que menciona. Nombra a Gide con motivo de una carta que este le envía a Paul Claudel. Y el 15 de junio de 1986 hace la siguiente entrada en su diario: "Ha muerto Borges a los ochenta y seis años, éramos de la misma quinta. Falleció de cáncer de hígado en Ginebra, donde según el periódico había elegido morir. Fue un escritor genial, un talento original de este siglo. Ya no quedan muchos de esta cosecha, creo que Ernst Junger aún sigue vivo. Todos los escritores húngaros de nuestra edad están llegando al final del camino. Tampoco a mí me queda mucho. Sólo puedo moverme lo justo, no doy para escribir. Borges observó al hombre argentino con la dedicación de un ontólogo y descubrió en él al animal religioso".

Márai no era un hombre religioso. Expresa, con rabia diría, que "las palabras Dios, piedad, misericordia; todo lo que han dicho los curas y los filósofos es una completa mentira. No existe ni un propósito ni un sentido. Sólo existen los hechos descarnados. Todo es un asco". Es allí donde cita la carta de Gide: "El señor Claudel piensa que se puede llegar al cielo en coche cama".

Durante esos últimos años, sobre todo a partir de 1986, todo nos va avisando que la hora del suicidio se encuentra cerca. Sin embargo no tomará esa decisión hasta febrero de 1989. Es en 1987 que de Budapest lo visitan para ofrecerle la publicación de sus obras completas. La rechaza diciendo que "mientras el ejército invasor ruso siga en Hungría no dejaré que editen un solo de mis escritos".

Escribe sobre la muerte: "A veces resuena el eco de las palabras de aquel obispo moribundo: No me despido, sólo os adelanto". Luego agrega: "Vivo totalmente solo, es decir, no me aburro". Y una línea después: "Temer a la muerte. Lo que temo es que la muerte sea aburrida".

El 27 de agosto de 1988 escribe en su diario: "No protesto por la muerte, pero no deseo para nada morir". De 1989 hay una única anotación: "Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora". Esta es la última anotación del diario y la única que se encuentra escrita a mano. En la carta enviada finalmente a su editor escribe: "Lo siento mucho, ya no puedo más. La debilidad no desaparece y, de seguir así, pronto tendrán que ingresarme. Quisiera evitarlo. Gracias por vuestra amistad. Cuidaos mucho. Os deseo todo lo mejor. Sándor Márai". El escritor se suicidará el 21 de febrero de ese 1989 de un disparo en la cabeza.

A lo largo de este último volumen de su diario habla de algunas de sus obras y hace algunas reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre la literatura. Habla de un poeta húngaro que no conocemos o no recordamos conocer, Béla Jatzko. El libro se llama "Amor", y está editado en París en papel biblia. Son 184 páginas, publicadas póstumamente, y son poemas de amor. Es entonces cuando anota: "Una persona enamorada no escribe poemas y si lo hace desde luego no serán buenos. El poeta más bien está enamorado del poema que escribe sobre el amor".

En esos días el recuerdo de su mujer es recurrente, incluso escucha su voz durante la noche. Lee y relee algunas páginas. Señala sus lecturas de Bacon, de John Dewey, de Aristóteles, Descartes, Locke, William James, Bertrand Russell, Henry Bergson, André Gide, Claudel, y como ya dijimos Borges.

Un par de aclaraciones que nos parecen necesarias, tal vez no lo sean. El índice onomástico es curioso. Menciona con alguna excepción, creo que la de Jünger, solamente a políticos, amigos, narradores, poetas, periodistas de origen húngaro. No los otros nombres arriba mencionados, y faltan agregar algunos, no se tienen en cuenta. Es un mal índice.

Márai sólo tienen un hijo con su mujer, que muere al mes de nacer. También un hijo adoptivo, János Márai, quien es una presencia constante en el diario y cuya muerte, en 1987, le agrega tristeza.

Algo final. Estas líneas son apuntes porque el escritor que termino de conocer me asombra y su lectura me proporciona placer. Pero apenas sé de su obra y es bastante lo que hay que leer de él. Elegí los diarios y ahora estoy leyendo las Confesiones de un burgués, obra temprana. De sus obras de ficción tan sólo El último encuentro. Tal vez me ocurra como con Gide. Me iluminan más su "journal" y sus escritos sobre temas políticos, que sus obras de ficción. Puedo equivocarme, pero creo que en estos dos casos los textos personales, como lo son estos diarios, son imprescindibles para conocer la parte de ficción de la obra. Tal vez otro caso sería el de Jules Renard, pero menos trascendente que en el caso de Gide o Márai.

Sin embargo, la lectura de El último encuentro, nos parece un texto donde lo autobiográfico pese lo suficiente para reconocer a los protagonistas. Es un bello texto y todas las reacciones de cada uno de ellos responden a los conceptos que hacen a la vida de Márai. La forma de experimentar, el pudor en expresar el dolor y la tristeza, todo es igual que en su vida. Todo va con sobriedad hacia los extremos que por otro lado no tienen nada de sobrios. Pero eso no importa. La presencia de Márai, como la de Gide, se impone a toda situación y la transforma con una admirable sobriedad, con espléndido enfurecimiento si es que este aparece en algún momento.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27395-2011-02-13.html


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Borges escribió su poema "Insomnio" en Adrogué, en 1936. Apareció en Sur el 27 de diciembre de ese año. El poema nos persigue a nosotros como el insomnio persiguió a Borges a lo largo de su vida. "El universo de esta noche tiene la vastedad / del olvido y la precisión de la fiebre". Nadie que haya tenido noches de insomnio puede ignorar lo que Borges nos confirma: todo puede parecerse al olvido y su precisión es terrible. Todos los objetos que vamos identificando en las penumbras tienen, en pocos momentos, una precisión que nos hace daño. Son y no son, cuando los vemos al día siguiente, los mismos que vislumbramos en el insomnio.

Es que en una noche así la extraña sensación de que la inmortalidad es posible, terrible o no, se nos hace verosímil. Incluso esa dificultad en no poder conciliar el sueño la relacionamos con lo nocturno, pero pueden ser otras las horas, pues también se trata de no dormir lo suficiente. De cualquier manera para Borges se trata de algo nocturno ("De fierro, de encorvados tirantes de enorme fierro tiene que ser la noche"). Para Ana María Barrenechea en los versos de "Insomnio" se combinan la vaguedad y la infinitud con el detalle y la nitidez casi intolerables.

En 1936 Borges escribe unos veinte textos, algunos de ellos poemas. Comienza en marzo, comentando un cuento de su amigo Bioy Casares y lo terminará en diciembre con dos textos que se publican en el mismo número de Sur, el 27, donde aparece "Insomnio" y un comentario que con el título de "Film and Theater" habla del cine, aproximándose a nueve films y a un libro de Allardyce Nicoll con el cual no tiene la mínima piedad. Ese libro sobre las simpatías y diferencias del teatro secular y del film es de una ignorancia "negra". Borges nos dice que ese hombre versado en bibliotecas es "casi analfabeto en boleterías".

Dijimos que Borges habla del cine; lo hace partiendo de alguna enumeración de Nicoll que según este autor justifica al cine hablado. Borges no estaba totalmente ciego en 1936 y era indudable que iba con frecuencia al cine. Es así como al referirse a la enumeración de Nicoll (que abarca los films La casa de los Rothchild, Enrique octavo, La reina Cristina, David Copperfield, La tragedia de Luis Pasteur, Los cuatro hermanitos, Catalina de Rusia, Hombre de Arán, El delator) Borges nos dice: "De esos nueve films salvadores, dos El delator y Catalina de Rusia son absolutamente buenos; uno Hombre de Arán es una mera antología de imágenes; otro -Enrique octavo no es insufrible, y los cinco restantes justifican, por no decir reclaman, el incendio del cinematógrafo en que los den". Es en ese mismo año y en la misma revista Sur que Borges comenta Crimen y castigo de Stenberg y Los 39 escalones de Hitchcock. Es severo con Stenberg, pero pondera lo hecho por Hitchcock.

Pero volvamos a "Insomnio", el poema que dio origen a estas desordenadas líneas. En una antología de la poesía de Borges realizada por Emecé, ese poema encabeza el libro El otro, el mismo, que en dicha antología abarca poemas que van del escrito a fines de 1936 y llega hasta poemas de fines de los sesenta. Antes de ese título se encuentran los libros del primer Borges: Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, Cuaderno San Martín y Muertes de Buenos Aires, libros que, dicho sea de paso, fueron comentados de manera notable en una conferencia que dio aquí en Rosario, Horacio Armani, basándose en las ediciones originales, ya que en las siguientes Borges introdujo algunos cambios.

Borges deambula por las líneas tan estrictas y bellas del poema: "Creo esta noche en la terrible inmortalidad: ningún hombre ha muerto en el tiempo, ninguna mujer, ningún muerto. Porque esta inevitable realidad de fierro y barro tiene que atravesar la indiferencia de cuantos estén dormidos o muertos aunque se oculten en la corrupción o en los siglos y condenados a vigilia espantosa". He llegado al insomnio porque hace un tiempo, ya creo haberlo contado en estas páginas, tuve una experiencia, en la sala de terapia intensiva del Hospital Italiano, de cerca de diez días en que no pegué los ojos, en que el sueño había decidido dejarme de lado. Supongo que en algún momento habré dormitado, pero en verdad no puedo afirmar que haya sido así. Es cierto, me salvó en esas instancias la presencia de quienes me trataban con el suficiente afecto, pero eso no evita que haya momentos en que esa vigilia es espantosa. Sobre todo en la medida que los tiempos se confunden y estamos y no en el lugar pensamos estar. No uso reloj (tampoco lo hubiera podido usar) y desde donde me encontraba no veía reloj alguno por lo cual me inventé un horario privado y absolutamente arbitrario.

El poema de Borges me visitaba con frecuencia: "En vano espero las desintegraciones y los símbolos que preceden al sueño. Sigue la historia universal; los rumbos minuciosos de la muerte en las caries dentales, la circulación de mi sangre y de los planetas".

Como siempre me ocurre con Borges, leerlo significa multiplicar las veces que estuve con él, las charlas, algunas de ellas entrañables, al menos para mí, y cada tanto suelo mirar con nostalgia el único testimonio que hay (que yo sepa que hay) de su presencia en Rosario, filmada en 1983. Tengo ese video, pues todos los otros que se hicieron desaparecieron, y algunas fotos que todavía conservo. Una de ellas, fue en el Hotel Italia, y en ella estuvimos solos hasta que llegaron otros periodistas. Uno de los temas, tocado al pasar, fue el del insomnio, y otro su gran amistad con el escritor uruguayo Enrique Amorín.

Recuerdo esa conversación en particular ya que hay una novela de Amorín que tiene el clima del insomnio. Es una historia policial que publicaron Borges y Bioy Casares en El séptimo círculo. Se trata de "El asesino desvelado" y Amorín la terminó en Punta del Este en diciembre de 1944. Se publicó en noviembre de 1945 y que yo sepa nunca ha sido reeditada. Las últimas veces que estuve en Punta del Este traté de encontrar el lugar donde el escritor la había terminado, pero no encontré dato alguno. Después recorrí algunas de las librerías de esa ciudad y me encontré con algo que me llamó la atención, pero confieso que no demasiado. Salvo algunas pocas personas Amorín estaba como odiado en el Uruguay. Por la gente de derecha, que hablé con varios, porque Amorín había sido comunista. Por la gente presuntamente de izquierda, por el mismo motivo. Incluso una profesora de literatura llegó a negarme su existencia. Era una cena a la que habíamos sido invitados, por lo cual las cosas no pasaron de transformarse en algo que tenía algo de humor. El marido de la mencionada profesora sí tenía algún conocimiento y me dijo sonriente que su mujer no podía ni ver el color rojo. A fuerza de ser sincero: la profesora tuve el gesto de llamarme a la casa donde estábamos invitados y me dijo que la disculpara pues había encontrado datos sobre Amorín, si bien el escritor no le parecía importante.

Pero fue un vendedor de diarios, que me llevaba algunos diarios al hotel que puso las cosas más en claro. La derecha lo odiaba por su comunismo y la izquierda, representada en este caso por los tupamaros, lo odiaban con mayor intensidad. Uno de ellos me dijo (era hacia fines de los noventa del siglo pasado) que no creía que ninguna de las obras de Amorín valía la pena y que no creía necesaria su reedición. Fue el diarero que me consiguió un pequeño cuaderno dedicado al escritor, del cual lo único que recuerdo es que decían que era una lástima que un título tan bueno como "El asesino desvelado" correspondiera a una novela tan mediocre.

Si bien el insomnio no me abandona yo lo he abandonado en estas líneas pues los recuerdos se fueron superponiendo. Hacia 1982 yo escribí algo sobre Amorín y su novela policial, según Borges y Bioy Casares, fue la primera en ser escrita en idioma español. Copio, con algunos retoques, aquellas páginas escritas en 1982. Las copio con cierta tristeza, pues Amorín es un escritor injustamente olvidado y esperando que esta situación se haya revertido y "El asesino desvelado" se haya reeditado. La novela nos parece estupenda desde todo punto de vista. Tiene el sabor de la época, un gran despliegue de inteligencia y un humor muy rioplatense. El protagonista, Tito Hassan, que es xilógrafo, buscando una voz se pierde en un laberinto urdido por ese gran escritor que fue Amorín. La novela tiene el clima cinematográfico similar al de algunas obras de Graham Greene y hubiera sido un buen argumento para un film policial como se hacían por los cuarenta. La trama de la obra nos lleva a los sets del cine nacional de aquel entonces, esos sets que son el escenario del desenlace. Tito Hassan, no es un investigador ni nada que se le parezca. Es un artista argentino árabe que vive una aventura que por momentos es terrible. Amorín nos entrega algunos diálogos admirables, una trama muy bien ideada y ese tipo de reflexión que muestra a un verdadero maestro del cuento, que por aquel entonces ya estaba olvidado.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27300-2011-02-06.html