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Tengo nueve años Son las diez de la mañana de un martes A mi lado mi padre sentado al volante de un Ford 37 Sobre el asiento trasero una escopeta de un caño calibre 14 creo La cuida mucho Va a enseñarme a tirar No me pregunta si yo quiero aprender o no Él lo decide y listo Me hace faltar a la escuela donde quisiera estar ahora y no aquí en el auto en un camino de tierra lejos del pueblo Mi madre dice Andá con papá Acompañalo dice y hay temor en su cara Yo quiero hacerles caso A los dos Nunca sé cómo Paramos Mi padre baja del auto escopeta en mano Tenés que hacerlo dice y la carga Mira hacia el pajonal Una mata se mueve Me la da Tirale dice No puedo Tirale de una vez idiota dice La luz del sol me ciega Alguien pasa en sulky lejos por el camino de tierra Mis piernas sienten lo áspero del pajonal y pienso en mi terror por la sangre Tiemblo Obedezco Un balazo y una perdiz destrozada Comienzo a llorar Mi padre no dice nada Subimos al Ford 37 Volvemos al pueblo Yo tiro en el pajonal la perdiz sin cabeza y sigo llorando Un viaje de unos diez kilómetros sin hablarnos Las plumas pringosas adheridas a mis manos se vuelan al sacudirlas por la ventanilla del auto Llegamos a casa Ya no lloro Mi padre me observa Cuelga la escopeta de su gancho Mira a mi madre que me mira a mí Parece que va a decirle algo pero no Está enojado y no habla En este momento empiezo a comprender cómo son las diferencias entre las personas

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El chico, de unos nueve años, está sentado detrás de la ventana que da a la vereda. Ha corrido una cortina y mira hacia afuera. Hay una mesa en el medio de la habitación, que parece el comedor. Sobre la mesa, papeles, diarios y cigarrillos. Son las once de la mañana y el chico escucha el ruido de un caminar dificultoso por la vereda. Abre más la cortina para espiar mejor. Es el viejo que pasa, puntual, golpeando el suelo con su bastón de palo y arrastrando la pierna izquierda. El chico deja sobre la mesa la calculadora de mano. Hay una radio en un estante y se oye a Ella Fitzgerald cantando "Lady be Good". Se acerca un poco más al vidrio. En su cara hay una expresión absorta, levemente ansiosa. Mira al viejo, que se detiene justo bajo la ventana y apoya el bastón contra la pared. Baja la bolsa que cuelga de su hombro, la deja en el suelo y se sienta al lado, sobre las baldosas rotas. Abre la bolsa y saca bruscamente una muñeca. Cruza los pies y coloca la muñeca en su entrepierna. La muñeca tiene el tamaño de un recién nacido. Está desnuda y sucia. De la cabeza cuelgan ralos mechones de pelo pajizo. Le falta una pierna y en la otra tiene una media roja. El viejo agarra las manos de la muñeca, la mira a los ojos y le habla con una voz aguda, casi femenina. "¿Todos los días te lo tengo que decir?" La acerca a su cara hasta frotar su nariz con la de ella. "Así no sé cómo ayudarte" le dice. Los ojos del viejo comienzan a llorar. Sus lágrimas mojan su barba entrecana. "Sé lo que pensás. Nunca más me vas a engañar". Sacude los bracitos articulados de la muñeca. "Es feo ver llorar a un hombre" dice. "Fijate, otra vez la cama sin hacer". Levanta la muñeca hasta su boca y la besa. "Bueno, vamos. Nadie nos robará las naranjas. Quedate tranquila, yo te cuido". El viejo mete violentamente la muñeca en la bolsa, se incorpora con mucho esfuerzo, toma el bastón y se va, arrastrando la pierna izquierda y la bolsa. Detrás de la ventana, el chico suelta la cortina. Ella Fitzgerald canta ahora "Easy to love". La puerta del baño se abre y una mujer entra al comedor. Tiene un bolso de mano y dice "Voy al quiosco a comprar cigarrillos y otras cosas y después me quedo en la iglesia hasta mediodía". El chico contesta "Sí tía, ya sé" fastidiado, sin mirarla. La tía es maciza, baja, de vientre abultado, sin cintura. Tiene un vestido barato y huele a comida. Calza ojotas de goma, pero sus pies se ven asombrosamente bellos. Son lisos, blancos, suaves, y las uñas brillan, agresivas, muy bien pintadas con un insolente esmalte rojo. Hace un mohín de despedida, sale y cierra la puerta con suavidad. El chico espera unos minutos. Aparta su silla y se levanta. Sus zapatos negros no son iguales. El derecho es normal. El izquierdo tiene un gran zócalo que compensa la desigualdad de sus piernas. El chico camina inclinándose hacia la derecha cada vez que pisa con ese pie. Llega hasta un gran biombo y lo separa. Detrás, en lo que parece el único lugar para dormir de la casa, hay una cama de dos plazas. El chico se agacha y saca de abajo una caja de cartón. La destapa y toma una muñeca vestida con un espléndido traje de comunión, blanco, impecable. Le acomoda los pliegues, los volados, los zapatitos de seda rosada, el pelo negro, lacio y brillante. Se acuesta, besa la muñeca, la coloca sobre su entrepierna y la frota frenéticamente, hasta quedar dormido. A las doce, la tía regresa, deja la compra, el misal y el rosario y se sube a la cama. Comienza, lentamente, a despertarlo acariciándole el cuello. "Tontito" le dice al oído "¿Por qué no me esperaste a mí"? Desde la radio, Ella Fitzgerald canta "Day Dreams".

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Ayer pasó la anciana. Él, el chico de unos nueve años sentado detrás de la ventana, estaba allí. Ella miró. Él también, pero no a ella sino al infinito, al vacío. La anciana siguió su camino. El chico quedó en el mismo lugar, sentado detrás de la ventana, mirando al infinito, al vacío. Hoy pasa la anciana. Mira al chico sentado detrás de la ventana, que sigue allí, exactamente como ayer, mirando al vacío, al infinito, a través de los vidrios. La anciana mira otra vez y sigue su camino. Mañana, la anciana pasará nuevamente. Mirará y buscará al chico sentado detrás de la ventana, mirando al infinito, al vacío, y no lo encontrará. El chico sentado detrás de la ventana mirando al infinito, al vacío, desaparecerá de la mirada de la anciana que pasará mañana. La anciana, que mañana pasará, habrá dejado de pensar en él, y esa será la causa de su desaparición. Lo que la anciana no sabrá nunca es que mañana, cuando el chico sentado detrás de la ventana mirando al infinito, al vacío, desaparezca, también desaparecerá ella, porque sólo estaba presente, caminando y mirando al chico sentado detrás de la ventana mirando al vacío, al infinito, en la mirada de ese chico.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25632-2010-10-06.html


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Camino por la Peatonal Córdoba. Cargo conmigo mis muchos años y mi desparejo contorno. No estoy precisamente orgulloso de eso. Camino lento, quizás más lento que lo que en realidad podría. Miro todo. Es sólo lo de siempre. No espero sorpresas, ni siquiera algunos cambios, por leves que fuesen. Delante de mí camina una señora alta, bien vestida, elegante. Lleva de la mano un niñito de cuatro o cinco años, que luce bello como los niñitos de las fotos publicitarias: cabello rubio rizado, ojos castaños, piel luminosamente rosada, casi blanca. Me adelanto, los sobrepaso y doy vuelta para mirarlo. Soy yo a esa edad. El niñito no puede ser más idéntico a una foto mía que guardo en un placard. Los detengo. La señora se sorprende y lo aprieta contra su cuerpo. No puedo contenerme, la saludo, le digo que no se asuste, que sólo deseo hablarle del niño, admirarlo. Le pregunto cómo se llama y me dice: Mario. Le pregunto ¿Y ese nombre? Yo no se lo puse, me dice. Estaba escrito en el borde de un pañal, agrega. No le pregunto por un posible segundo nombre porque no sé que haría yo si me dice: Alberto. Pero aclara que no es su hijo. Le pregunto con toda la cortesía de la que soy capaz sobre esa pequeña vida que lleva de la mano y me dice que lo encontró. Le pregunto dónde y me dice que en San Justo, era recién nacido y estaba abandonado en el umbral de una casa, creía ella que la dirección era Gobernador Cabal 572. Le pregunto si tocó el timbre de esa casa, y dice que sí, y que no había nadie. Le pregunto si nadie lo reclamó, y me dice que no, que nadie lo reclamó. Y dice que ella lo está criando y que lo ama más que a nadie en el mundo y que él, el niñito, la ama a ella como si fuera su madre real, y que jamás le dirá que no lo es, y sigue diciendo que el niñito está anotado como propio y le ha dado su apellido, sin decirme cuál es y lejos estoy yo de preguntárselo. Y da la vuelta y camina velozmente en dirección contraria a la que traía, agarrando al niño con fuerza, y desaparece entre la gente que va y viene. Quedo parado, mirando rostros y nucas y todos me empujan y no me importa. Quiero ir a mi casa y busco el colectivo que me llevará a Gobernador Cabal 572, San Justo. Sé que mi domicilio es otro, pero no recuerdo, en este momento, ni la calle ni el número. De todos modos, pienso, allí tampoco hay nadie.


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Camino, como siempre, por la Peatonal Córdoba. Conozco de memoria el recorrido que hago, casi automáticamente. Conozco muchos personajes estables. Está el de la pierna amputada que se derrama en una verborragia imparable, saludando amablemente a casi todo el mundo haciendo gala de una simpatía que adivino un tanto forzada, pero que parece rendirle buenos dividendos. Está el ciego del vozarrón tremendo que vende loterías, a pesar de que la suerte con la que intenta seducirnos no parece haberle sido propicia. Está en el suelo en mitad de la calle el muchachito sentado sobre sus piernas que parecen de trapo. Su indefensión me sacude y me convence de que mis tribulaciones son burbujas, pompas de jabón. Lo saludo agachándome hasta su mano y deposito en ella las monedas que ya traigo preparadas. A veces quisiera quedarme a conversar un rato con él, pero temo que la proximidad de mis zapatos nuevos no le caiga bien, y sigo mi camino. Están los dos africanos que venden fantasías símil oro, llamativos por la perfección de sus físicos y la seriedad de sus negrísimos, bellos rostros. No ofrecen ni vocean sus mercancías. Se limitan a esperar. Yo diría que de esperar saben mucho, a pesar de ser jóvenes. Provenientes de quién sabe cuál remoto país, su viaje seguramente fue una huida. En sus miradas, creo ver reflejos de interminables masacres, de multitudes de refugiados vagando sin rumbo, y se me ocurre que el nombre: refugiados debería cambiarse por otro más preciso: expulsados. Y está el otro ciego sentado en la vidriera de una zapatería, extendiendo su gorra y repitiendo su letanía sin cesar. Me le estoy aproximando, cuando veo que un hombre, alto y bien vestido, se le acerca, y haciendo un ademán como para darle su limosna, no sólo no le da nada, sino que toma delicadamente todos los billetes de dos pesos que había en la gorra dejando las monedas sin tocar y asegurándose de que no hagan ruido, se los mete en el bolsillo y continúa su camino. No sabe que yo lo vi. No sabe que su acción es deleznable. No sabe que su pequeño robo es patético. Lo sigo, pensando en alcanzarlo y echarle en cara su actitud, y tal vez, insultarlo un poco. No comprendo porqué alguien que se ve próspero, trajeado, necesita este robo vergonzoso. Pero, como siempre, me vence mi resistencia a tomar partido en cualquier cosa, mi temor a quedar involucrado en conflictos ajenos, mi indiferencia ante nuestras insignificantes miserias cotidianas.


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Ahora estoy caminando por la Peatonal Córdoba, entre Sarmiento y Mitre. Veo, delante de mí, el paso voluptuoso de una mujer espléndida, con su andar cadencioso y acompasado, su cintura flexible, como sólo pueden hacerlo esas increíbles potrancas pura sangre que vuelan sobre la pista de carreras, y su melena sabiamente despeinada. La veo sólo de espaldas, porque entra a una perfumería. A qué otro negocio entraría una mujer como ella que no sea modas, blanco, prendas íntimas, perfumes. Me paro en la puerta y veo que, de pasada, se agacha frente a una vitrina abierta y rápidamente, sin que las empleadas puedan advertirlo, tira dentro de su bolso dos frascos de perfume. Luego mira todo con su aire displicente, recorre el local y me parece que está por irse sin comprar nada. Me hago a un lado de la puerta para que no se descubra observada. Sale dándome la espalda y se queda mirando la vidriera. Venciendo mi timidez y pensando que ella debe de sentirse en falta, le digo: No me importa lo que hizo adentro, no pienso delatarla, pero déjeme decirle que usted es la mujer más hermosa que he visto en mucho tiempo. Ella se da vuelta rápidamente y entonces, veo su cara por primera vez. Una gruesa y larga cicatriz le atraviesa el rostro en diagonal, desde el rabillo del ojo izquierdo pasando por la mejilla, cruzando por ambos labios y el mentón y terminando en la mandíbula derecha. Una bella cara tajeada, horrible para siempre. Quedo paralizado ante un gesto de ella que parece una sonrisa de agradecimiento, una especie de luz verde invitándome a avanzar un poco más. Yo tartamudeo una excusa estúpida sobre un compromiso impostergable, y entonces, ella me pregunta ¿Vos también vas a huir?


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Harto de caminar la Peatonal Córdoba de arriba abajo, decido volver a mi casa. No he encontrado en ese foco de tentaciones, ni una sola cosa que me haya llamado la atención, que haya despertado mi interés o mi curiosidad. Hace mucho tiempo que sólo cambio una rutina por otra cuando me aburro de la primera. Tomo el 122, un colectivo que me deja casi en la puerta de mi casa. Llego y camino unos pocos metros hasta el ingreso a mi palier. En la esquina acaban de terminar un edificio hermosísimo, con un hall espectacular y ocho pisos exclusivos. Pasar por esa esquina me produce una mezcla de admiración y envidia. Y, como se sabe, de allí a la necesidad de intervenir en la obra con un pequeño daño, que deje la impronta de un vecino rencoroso, no hay más que un paso. Y me desespera no saber qué hacer, porque todo lo que se me ocurre incluye desde leyendas obscenas en sus clarísimas paredes, dibujos escatológicos, insultos a granel, rotura de vidrios, y son impropios de un caballero maduro, bien educado y circunspecto. Así que descubro algo que creo muy original: el robo sistemático de unos cantos rodados que cubren la tierra de dos jardineras en las que hay varas de cañas secas y verdes, altas y decorativas. Paso haciéndome el distraído, me detengo como admirando el elegante ingreso, miro a mi alrededor por si alguien me observa, y rápidamente me agacho y me meto tres piedras en el bolsillo. Contento como un niño, entro a mi casa y pongo los tres cantos rodados en un frasco con agua, y se me ocurre que en mi modesto departamento, lucen mejor que en su lugar de origen. Ya van varios días que hago esto, así que el frasco está casi lleno. En honor a la verdad, creo que alguien mueve las cortinas en el edificio de enfrente. Me parece ver la silueta de una mujer mayor, de esas que están siempre fisgoneando lo que sucede en la calle. Tengo la seguridad de que hay alguien observando mis pequeñas y culposas incursiones en el campo del delito. Cada piedra dentro de mi frasco es un round ganado al destino, una tacha a mi condición de hombre correcto, que me pesa más con cada paso que doy en la vida. Y es también un desafío a la posibilidad de enfrentar un lamentable bochorno en caso de ser descubierto con las manos en las piedras. Y ahora que estoy repasando estos textos, me doy cuenta de que los cuatro están atravesados por dos elementos comunes: la Peatonal Córdoba y los robos inconfesables y no demasiado inocentes.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-21699-2009-12-30.html