Ya se sabe, la muerte propone y Dios dispone, aunque ella a veces hace trampas y ocasiona catástrofes astrales, incomodidades zodiacales. Visto
está que lo suele gambetear al Altísimo: ya casi no ve y se encuentra ocupado en cuestiones de difícil solución. Por no decir imposibles. Yo
vivía en una cortada, clausurada en las puntas por otras casas y los fondos de una fábrica de cerveza. Las viejas decían que cuando moría gente
seguido se solía armar un dibujo -dedos en el aire- y si se estaba por formar una cruz con el cuarto punto, habría de cuidarse quien viviera en
el flanco vacío. Por ejemplo: moría alguna en la vereda par, luego alguien más en vereda impar y al tiempo breve alguien en un extremo, el
resultado era temible y la espera horrorosa: habría de morir seguramente alguien que viviera en la punta opuesta. Así era la cosa. Y que no
pasaba de un mes para cerrarse el trazo mortuorio. Luego de treinta días de suspenso se suspendía el maleficio.
Yo oía hablar de ello mientras leía un libro sobre tesoro de piratas: debajo de cada vivienda, en los fondos de aquella casona sucia, en los
baldíos embrujados cabía la posibilidad de encontrar uno. En eso estaba cuando oí la conversación de la cruz, la muerte, el destino. "Le toca a
La Pavota", dijo una señora a otra. "Hoy termina el mes", cerró. La Pavota tenía un kiosquito al lado del portón de la fábrica y era el puesto
obligado de los bebedores al paso o los que en la media hora de descanso al mediodía masticaban un sandwich. Su negocio se abría en la nada de
ladrillos casi como una gruta, como un altar de maderas pobres en la nada de piedra y musgo. La Pavota era alta, con anteojos culos de botella,
bondadosa, tonta, efectiva, fea, bella, extraña y solitaria. Yo la quería: siempre tenía figuritas de aviones de la Segunda Guerra y como era tan
distraída se le pegaban a veces dos paquetes en vez de uno y yo tomaba eso como un guiño del destino, una amigable razón de simpatía y amor al
mundo: La Pavota era su intermediaria y ahora estas dos viejas desagradables de envidiosas por no tener su gracia estaban hablando que ella se
iba a morir.
Esa tarde, después de los dibujitos, me senté a verla fallecer. Se hizo la tardecita y nada. Se encendieron las farolas oxidadas de la esquina,
bamboleantes y tristonas. Se apagó la del kiosquito y ví cerrarse la ventanita de madera. Entonces, luego que el batallón principal de
trabajadores en bicicletas se hubo de ir, algunos volvieron en un grupo de tres y se acercaron con delicadeza a la puertita del kiosquito de La
Pavota, que había ya cerrado el negocio. Entró uno, y al salir este entró el segundo y así hasta el tercero, con una botella de cerveza en la
mano. Se juntaron con discreción en la esquina y allí tomaron hasta el final. Uno pasó cerca mío y dejó el envase al costado de la puerta de La
Pavota. "Ahora sale y al agacharse a agarrar la botella le da un paro. Ahora cae un rayo y la mata. Ahora se incendia la casa. Ahora entran
fantasmas y la asesinan". Nada.
El manicero hizo sonar su corneta ululante de la esquina y un frío de pampa lejana me entró por los huesos. Me levanté decepcionado hasta mi casa
y llegué justo para la cena. Ya empezaba Polémica en el Bar y me reí largo con mi papá que aposentado en el sillón se rascaba la papada
festejando los chistes de Minguito. Yo miraba la claridad invernal de afuera, temblando agazapada sobre el ventanal. Esta noche moriría La Pavota
y nosotros acá sin intervenir. Me quedé dormido mucho antes que la Muerte con su capote y su garra de estrellas fugaces sucias arrastrara a la
Aurelia, la que había estado pronosticando el deceso en cruz. "Esta vez parece que la Muerte se puso caprichosa y esquivó el bulto", oí a Don
Cosme decir en los fondos de la casilla donde mateaba con su esposa. Pensé en la víctima que no había sido, ausente en el relato y me contuve en
una fina manera de callarme, de decir sin decir, de pensar sin poder hablar, que había vencido el pálido final gracias a las visitas de los
obreros de la fábrica.
Porque ellos, por ser hombres fuertes y no temerle a la Parca, seguro, seguro la habían hecho cambiar de dirección gracias a los empellones que
dieron metidos en medio de la caderas de La Pavota esa noche que me asomé a ver llegar la Muerte y comprendí otra cosa: que la vida puede alterar
lo negro del mundo cuando se lo propone. Pero no lo pude expresar. Era solamente un chico.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28351-2011-04-20.html
En la canchita donde jugábamos los domingos siempre había una vaca ciega. Vivía atada a un poste alejada del alambrado de púas. Su dueño, un
vasco ancho como un aparador, solía ordeñarla bajo la sombra del eucaliptus mientras echaba una mirada distraída a nuestro partido. Eran domingos
tediosos, largos, con fondo sepulcral de radios encendidas y una melancolía de hojas quemadas en un otoño mortuorio que prontamente, una vez
culminadas las faenas futboleras, nos hacían disparar de allí como de un campo embrujado. Y la vaca ciega siempre allí, mirando sin ver, echada o
enhiesta, atenta a los ruidos, con su cola de látigo y la cornamenta inútil. Llegaba el vasco con un balde gris a ordeñarla y al rato se iba con
la carga espumosa hacia un caserón con arcada de chapa, tan gris como una barraca, tan sin color como la sombra del otoño sin frutas ni aromas
vivos que se nos iba enquistando en la piel. Por eso, una tarde apedreamos la vaca ciega con terrones.
Por todo eso, por la nada, por buscar un blanco más indefenso que nosotros, porque sí. En eso estábamos cuando no vimos llegar al vasco, a quien
no le bastaron más que unas zancadas para estarse en el centro de la escena y no tuvo más que estirar ambas manazas para tener dos enemigos
capturados, agarrados del cuello de las remeras como gatitos del lomo.
Y pue, si aura los mato, ¿eh? ¿Qué dicen si aura mismo los mato a horquillazos?
Señalaba el instrumento que había dejado caer. Le palpitaba el cuello como un lobo, mientras medía los cuerpecitos de sus víctimas como quien
examina dos cerditos antes de degollarlos. La vaca ciega mugió y pareció amonestar el hecho, por lo que el vasco soltó a los pibes que cayeron
como pasas. "¡Que si no, hijitos de puta, que si no!". Y se fue dando zancadas con el balde al tope.
Luego, ya no sé cuando, si esa misma tarde o al rato, el Perchi se acercó a ella y la acarició varias veces en el lomo. En un partido uno tiene
ojos para la pelota, pero lo sobrenatural cuando se presenta obliga y eclipsa todo: percibí un movimiento atrás mío, detrás del arco con ropa que
estaba vigilando y lo vi al Perchi tan derecho, caminando hacia mí con una mueca de susto y alegría que era para una foto. El, un pibe que apenas
caminaba, con sus piecesitos de barro y estopa ,estaba erguido. "Mirá, mirá, mirá, mirá", repetía en un grito por lo bajo. Había vuelto a andar
normalmente.
Otro día el Chanchi, burro del fútbol, se despachó con una jugada de esas que luego han de ser narradas en las sobremesas de los campitos, bajo
una enramada con higos, tomando agua de un pico de vertiente: había parado la pelota y eliminado a todos, incluido el arquero. La clavó junto a
un poste, de chanfle como los que saben. Y esa misma tarde Albertito, mientras volvíamos, se encontró un billete de quinientos, una fragata,
pequeña fortuna que admiramos, mientras huíamos del lugar como nos habían enseñado, no sea cosa que apareciese su dueño. Con esa guita pudieron
en el kiosquito familiar levantar el pagaré. "Yo también toqué la vaca, igual que el Chanchi", dijo conmovido.
A la tarde siguiente mientras íbamos entrando al corralón, al campito de los sueños de gloria, descubrimos la vaca ciega y nos acercamos ansiosos
por entender el enigma: todos los que habían protagonizado hazañas la habían tocado, lo corroboramos a los gritos. Entonces corriendo nos
llegamos hasta el borde de cardos que cercaba al animal: todos debíamos acariciarla para que nos diera su milagro. Su leche benefactora. En eso,
aparecido de la nada como un demonio, surgió el vasco horquilla en mano apuntándonos. La tiró a modo de advertencia y vino a caer muy cerca, por
lo que huimos como conejos. Como a diez metros nos detuvimos. Estaban de testigos El Perchi, Chanchi y Albertito: queríamos más, por eso
veníamos. Allí estaba la fuente abundante para aguar con su leche mágica todos nuestros problemas, sólo que interpuesta por un tío cabrón. Desde
algún lado de su cuerpo emitió aquella voz horrorosa.
¡Sois un montoncito de bosta, argentinitos! ¿La han tocado? ¡Pues nunca más lo harán! ¡Ella elige quién quiere o quién no, y ahora yo elijo que
se mueran todos sin más verla!
Y de verdad que desapareció: la condujo al otro lado del campito inaccesible. Aquella tarde no jugamos. Alguno inquirió acerca de los beneficios
que habría obtenido el vasco por tenerla. Toledo, con una fineza sin igual musitó: "Y... el tipo antes seguro era judío... o italiano". Toledo
padecía ambas etnias con una furia exagerada.
Nos quedamos rumiando, juramentándonos que nada diríamos a nadie y que una noche robaríamos la vaca ciega para llevarla a los hospitales, a los
colegios y a los confines de todas las casas feas donde los pibes eran apaleados, vejados, encerrados. Y que en su trayecto le acariciaríamos un
poco las ubres por nosotros mismos.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28269-2011-04-15.html
Cuando la Tía Náutica murió yo andaba cerca de los veinte y me encargaron la tarea de buscar la documentación en su casa de la calle Rubiroa. Ya
se sabe, no se entierra a nadie sin papeles ni carnet al día de la prepaga que la tía, tan ordenada, venía abonando puntualmente para ganarse el
hueco de portland en que consistía su módico cielo a plazos. Abrí la casona empeñada en derramar sol y gatos por todos lados. Revolví el placard,
me tomé unos mates. Y encontré esto, en un sobre celeste escrito a máquina:
"Dicen que ahora las chicas no se cuidan como antes. Se van con cualquiera apenas les crecen los pelos de la chucha. No hay más vergüenza. Ni
pudor.
Mamá no nos dejaba ni ir a la esquina solas. O con Atilio, que nos acompañaba, o con ella. O con el Raimundo. Pero solas no. Una no sabía lo que
le podía pasar. La gente iba a pensar mal. Estas no tienen madre, que andan sueltas como hilo sin carretel.
Mamá nos enseñó a almidonar las sábanas, los manteles, las camisas.
Los muchachos iban a la Base. Ellos eran hombres. Ellos tenían que estar impecables. Salían a trabajar en los talleres navales. El sábado a los
bailes. A pescar a Villa del Mar; los domingos. Nosotras íbamos al cementerio con Mamá. A limpiar la tumba de Papá. Que en paz descanse. Las
mujeres en casa. Las chicas decentes no salían solas.
La Maruja campaneaba por la ventana. Le gustaba uno que pasaba todas las tardes... Cuando lo veía venir, salía al jardín. Barría la vereda.
Cortaba flores. Canturreaba bajito. Y lo miraba... A mí también me gustaba. Pero no tenía el coraje ni el desparpajo de esa bruja. Cada tarde se
abría más el cuello. Era pechugona la atrevida. Tenía unas tetas desbordantes. Que se desesperaban por saltarse. Parecían dos enormes racimos de
uvas, que competían por el sol. El tipo se paraba a decirle piropos. Y se le acercaba cada vez más... Ella se reía con una risita espesa, que me
chorreaba y me hacía mojar la bombacha. Una puta. Eso era la Maruja. Yo los espiaba.
Mamá embelesada con la voz de Alfredo Alcón.
El comedor en penumbras parecía engullirla, mientras se tomaba unas copitas de anís.
Esa tarde el tipo empezó a abrazarla. A mí la piel se me hizo seda. Espiándolos. Me latían los tajos, la lengua, las sienes. Hasta el pelo,
parecía que esperaba.
Un hombre. Un maldito hombre tocando mi cintura.
Un ardor de deseos me mareó y me puse a gritar.
Yo, no soy como la Maruja, soy chata. Igual que la abuela Amparo. Pero mis pezones se habían parado como olisqueando el aire.
Ella, en cambio, era como la Abuela Fortunata.
Fue esa tarde pálida de otoño, que la Maruja se fue.
Mamá no se había dado cuenta.
Ahora que estoy vieja, sola y encerrada como siempre, a veces, vuelvo a sentir olor a hombre.
Y lloro".
La tía Náutica nunca se casó y pasó por la vida con la levedad de su cuerpo espumoso sin hacer un ruido, alegre en soledad, gastando en
cuentagotas los ahorros de un padre capitán ballenero y una mamá irlandesa. La tía Náutica vivió cerca del mar pero odiaba el viento helado, sólo
lo visitaba en primavera y allí pintaba unos cuadros medio espantosos con gaviotas y caballos. Fuera de ello tocaba el piano, mantillas en los
muebles, porcelanas, olor a alcanfor: una delicada empresa de vivir con naranjas en invierno, malvones y durazneros en verano; una flor de cálido
aliento sin sofocar, una flor sola en su plantío, abierta discretamente. La Tía Naútica fue la más bella, desapercibida e invisible de la
familia.
Tomé los papeles y aparecí en el funeral. Le entregué las cosas al tío Aurelio y me fui a la esquina a tomar café con caña. Decidí no verla.
¿Por qué tardaste tanto? Ya casi se la están llevando, me reprendió con sus bigotazos y su aspereza de lobo jubilado.
Porque me estaba despidiendo de ella, mi amor de siempre, desde los catorce hasta ahora en que decidió irse sola, dejando escondido un relatito
fugaz e intenso de sus fervores, de su sangre en ebullición.
Pero no dije nada. La ví pasar camino al cementerio como un contraste en todo aquello tan negro: una luz en movimiento iba dentro de ese coche y
no lo sabían: abrazos, siestas perfumadas nuestras que nunca nadie habría de enterarse y que se habrían de hundir con ella en su océano de
portland como los ingenuos barcos que pintaba solamente para mí.
* En colaboración con Mónica Oliver.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28044-2011-03-30.html
Fue con Juan allá por el 77. Andábamos escasos de vida libre y con demasiado tiempo como para no pensar en rajarnos a Brasil, matarse en una
moto, escribir poesía, pintar paredes. El paisaje ayudaba: a él la cana lo tenía vigilado y mi pedigrí por ahí andaba. A él por su pinta de
matador inglés, rocker escapado del Expreso de Medianoche y a mí por pelilargo integrante de la Camorra. Como sea nos juntábamos: en los parques,
en las cocinas de alguna dama de algún pueblo donde Juan había recalado, en los altillos donde se fumaba porro, en el muelle abandonado. Cerca de
la gente, nunca aislados para no despertar sospechas, siempre con el DNI a mano, ya sea para entregárselo a quien te lo pidiera, ya sea para irse
en tren a Tomboctú. La casa era en una esquina virreinal y el tipo nos contrató para desalojar un piso. La paga eran los muebles que nadie
quería, pero para nosotros eran oro en polvo. Ya se sabe: estrafalarios vínculos de gente rara y millonaria, una alcurnia de libracos leídos y la
posibilidad errática de terminar sus carreras de Arte e irse a Hawai para escapar de esta polución dictatorial. Nosotros no podíamos, ni
llegábamos hasta Villa Diego. Comíamos de las heladeras familiares instaladas en las casas paternas de donde habíamos huido; sangrábamos
monederos ajenos, ahorros patrios, vendíamos lo que nadie usaba. Escapábamos, siempre escapábamos. Miramos los muebles y decidimos venderlos.
Había, además, platería, unos cuadros a los que le supusimos un valor incalculable, sillones, lámpara con caireles, una estufa. En el hall del
edificio, umbroso y secreto había un vitral redondo como el de la cúpula de una capilla. Por el piso tercero prendimos un faso y nos dedicamos a
quedarnos allí, con el aleteo ululante de las palomas en las ventanitas y el vitral arriba, maravilloso, acariciante como una obra de arte.
Luego, uno subió al rellano y abrió el departamento. Otro fue a llamar al flete y empezamos la tarea fatigosa de bajar los trastos. Como el faso
era bueno nos tentábamos y debíamos parar de vez en cuando para reírnos. Juan, que nunca reía, asomaba con el gesto el diente de plata. Cuando en
la vereda la pila se hizo altísima llegó el fletero, un gordo peludo y oloroso de otras contiendas tempranas y nos apuró a cargar. Atrás, arriba,
cara al viento y pelos sueltos, íbamos nosotros. La ciudad está trazada espléndidamente cuando uno la palpa en movimiento. Los monumentos son
insomnes fantoches, las casas altas son palacios de hielo, las veredas de los barrios playones de descarga, los árboles un laberinto floral en el
cielo tapiado de cables, pajaritos, nubes. Uno es joven, tiene tiempo, es valiente, inconciente, ineficiente. Nadie nos quería. Nadie nos hacía
estudiar. Nadie nos amaba en serio. Nadie nos importaba. Nadie estaba vivo. Nadie sabía nadar, ni cagar, ni escribir, ni vivir salvo nosotros,
allí con nuestra entumecida humanidad floreciente, huesos malditos por la indiferencia de nuestras familias, por la eficacia policial, por la
mierda que habíamos heredado y porque el mundo siempre sería así, vayamos donde vayamos, sin fuerza ni poder para intentar conocerlo: solo
quedaban las varas con hojas de árboles sagrados donde dormir eternamente la siesta hasta que algún disparo, un perro rabioso nos mordiese o una
sobredosis de algo nos tumbara. ¿Dónde, dónde estaba el mundo verdadero y bamboleante de los cuentos? ¿Por qué nuestras madres eran esclavas de
nuestros padres y ellos a su vez eran esclavos de sus patrones insondables, asesinos perfectos, cagadas humanas que aplaudirían a los milicos y
mandarían a matar delegados? ¿Por qué, por qué este mundo donde Juan, con su pinta e inteligencia era un extranjero en todos lados y no podía
conseguir ni un empleo de basurero por el hecho de estar encanado pero libre y yo, con mi voluntad sometida a los vientos no duraba en ningún
lado? En ese por qué de cenizas y perfume de mujer, fragancia a marihuana y café de anoche, sudor de rock se nos iban los días y tardábamos en
morir jóvenes.
Ayer tomamos algo con Juan, al lado del río, en esos bares de modernosos pero que son ordenados y saben vivir. No como nosotros que,
cincuentones, estamos todavía aprendiendo y nunca lo vamos a lograr. Lo sabemos. Cada cual finge vivir y trabaja: cada cual es responsable a su
modo. Cada cual se desangra por ideales adversos, piolines en el aire, trompadas contra la pared, ineficaces pero ceremoniales. Por todos los que
nunca matamos y por los que no pudieron cazarnos. A nuestro modo es un festejo, claro que sí. Luego, con el coche en marcha, la pregunta de
siempre: - ¿Dónde habrán quedado los muebles?
Porque aquellos trastos fueron dejados en algún sitio: imagínense la cara de sorpresa de una familia con un garage abierto que ve como dos
muchachones festivos y cagados de risa les dejan unos moblacos. Luego esos muchachones olvidan por la fumata donde los dejaron y por que los
bajaron alli en la época de la búsqueda del tiempo perdido, la juventud de la dictadura y otras yerbas ceremoniales.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27941-2011-03-23.html
En el fondo de la casa de los primos Luises - José Luis y Luis - descubrimos la tumba abierta a flor de tierra: un rectángulo hecho
desprolijamente y en cuyo piso habían depositado arpilleras. -¿Y el muerto? -Está helado, sonrió José Luis. Ahí llega. En efecto, mi papá y un
tío del campo traían la barra casi corriendo, mitad porque temían que se les cayera y mitad porque era tan helada que les quemaba las manos. La
depositaron con cuidado en el fondo. - Ahora van las botellas y encima el picado, dijo el otro Luis, el Luí, el mayor, el que ya fumaba. Tenía
las manos en los bolsillos de sus pantalones blancos. La remera falsa Penguin le abultaba en el bolsillo por los Clifton con que alardeaba. Tenía
novia, era una negrita con un culo precioso y soleras que dejaban ver unas tetas iguales de lindas. El Luí se acostaba también con la otra, su
hermana, una petisita rubiona que atendía el kiosco de enfrente. Estaba casada con un gendarme que casi nunca estaba y tenía dos críos. A todas
vistas, comparada con la morocha era casi una nada, pero El Luí decía que ninguna presa se desprecia y que "la experiencia que no tiene la
hermana la tiene la Inés, cazan". Como conjurada, con la excusa del movimiento en el barrio había salido a barrer la vereda de tierra, espiando a
su macho joven, con el palo con la lata en la punta que servía para separar las inmundicias de la zanja del agua más clara. Le quitaba femineidad
y afeaba aún más la postal de su casita baja, tristona y rebocada. Un vaho de acequias pútridas, como de lluvia en fermentación nos llegó bajo
las narices. Ella saludó al montón sin sonreír. Al rato, en tanto los machos de la familia cinchaban entrando los tablones y los caballetes,
atinó a pasar por la vereda la morocha de nombre Susi y se entretuvo con Luí bajo la sombra de un paraíso que cobijaba a un palenque y un banco
de piedra donde la pareja se sentó a charlar despacio. Enfrente, enmarcada por la ventanita corrediza del kiosquito, espiaba la hermana y
nosotros, ajenos al trabajo, gatos flacos con sus anatomías vírgenes y en expansión hablábamos de fútbol mirándoles las tetas a la negrita. Cerca
pasó zumbando el Luí. Me voy para la casa de ella, los padres se fueron, nos guiñó un ojazo celestón, ganador y pendenciero. Desde el kiosquito
se levantó un humo de discordia. Pudimos hasta sentir rezumar el veneno y el chirriar de los dientes de sable de la tigra Inés. Luego sobrevino
la tardecita de arrabales pobres, con sus caballos que nadie reclamaba y que se metían hasta en las casas, su olor a polvareda nunca aparecida
pero que vaticinaba malones secretos, levantamientos de la indiada tras los montes de eucaliptus y el bañado, galopes en el horizonte, un tranvía
que giraba lento, allá por la avenida para volver a su recorrido por la vía opuesta. La fragancia de lavanda anticipó a Inés, quien en un gesto
de audacia inusual asomó el morro pidiendo un poco de hielo. Mi tío Francisco se apuró a servirla y le miró el ojete cuando ella se iba a su
casa. -Chist, le chistamos para ponerlo en evidencia: había salido de la última internación hambreado e infantil como nunca. Se río y dibujó la
seña inevitable del talle femenino para luego llevarse la mano al moflete en el gesto de aceptación. Luego de la sobretarde cayó como una
sombrilla la noche plena y nos sentamos al patio, bajo la parra, donde un cerdito niño muerto aún esperaba en el centro y las sidras se abrieron
con anticipación y empezaba a correr la cerveza. Bebidas extraídas del pozo aquel donde el hielo abrazaba los envases para conferirles una
temperatura única. -¿Che y el Luí? reclamó la Hilda en un extremo. Se apareció desde adentro de la casa. Había entrado por los fondos
seguramente, por el caminito del maizal y lucía sonriente su postura de actor, ahora en remera azul y aun con el pelo mojado. Enfrente, en medio
de la fusilería aislada de cuetes ya se oía la cantinela de todos los años: discutían el gendarme y la Inés, como siempre. - Algún día se van a
matar a tiros. Y todos los chicos giramos la cabeza donde estaba el Luí que sostenía impasible como un duque una charla con la horrible tía
Margarita. Solo él podía así estarse, bello y sereno ante un diálogo innecesario. Nos miró y nos guiñó ese ojo. Luego la noche boreal y caliente
a la vez, según los vientos, nos arrimó a todos al fondo donde el grupo enancado en el vino o la sidra hicieron como una ronda quieta y reflexiva
alrededor del pozo, hablando de sus cacerías, de los putos radicales, de las compras de River, de bueyes y victorias perdidas. En la noche
partimos cada carancho a su rancho y nos despedimos de los Luises y su familia hasta el año próximo. Solo una vez volvimos a aquella casa,
modificada en su alma y en sus cosas: los padres de los chicos habíanse muerto en la ruta y el José Luis estaba en el sur, en un yacimiento. El
Luí, engordado y más serio nos presentó a quien ya conocíamos pero ahora en calidad de esposa: la Inés, más hosca pero segura de su estancia.
Extrañábamos a la Susi y su culo venerable. Se lo dijimos en un aparte. - Ah, esa... se escapó con un ex compañero de mi señora, dijo señalando a
Inés que recogía los platos. - ¿Che y el marido, el gendarme?, se animó Horacio. - Lo tenés debajo, donde estaba el pozo, y largó una risotada
que nos sobresaltó por su afán de querer parecerse a la que usaba el viejo Luí de siempre, ahora marido y padre de dos criaturas. Miramos el
rectángulo invisible: habían levantado una pileta de ladrillos. - Todo es posible, anunció El Dany mirando los terrones. - El amor es algo raro,
sentenció el Luí y nos ofertó vino frío escanciado en una heladera nueva.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27860-2011-03-17.html
Eran Cichina, La Ubre y Amancia hermanas de un mismo tropel de familia polaca, cuyos padres habíanlas abandonado en pompas fúnebres dolorosas,
dejándolas a la deriva, solteras en la gran casa rosa y gris del pasaje que terminaba en las vías y el depósito de vinos, la fábrica elemental y
monstruosa que olía a fermentos de alcoholes rancios. Con ellas vivía Marcianita, hija de algún tío que la dejara viviendo con ellas: su nombre
quizás era Isabelina o algo así pero ella mismo adoptó el apodo, gracias a una canción que nombraba Marcianita, Marcianita, machacante y zon-za.
Pero ella, quizás se sabía intergaláctica, loca cuerda en ese mundo de viejas chotas ,amargadas, llenas de enfermedades, várices y pesadillas de
aparecidos que regresaban de las estepas rusas, de la guerra primera, convertidos en espectros que anidaban en los techos altos de chapas, en los
fondos del gallinero, bajo sus camastros de ballenas, donde no faltaba la chata y un gato barcino, gordo, capado y de mal carácter. Entrábamos a
esa casa sin cerradura merced a que Marcianita nos dejaba la puerta abierta para que la visitáramos, para que alguno la arremetiera por debajo de
la pollerita azul diabólico que usaba, pintada los labios, ya los bucles con la planchita, ya los pechitos puntudos metidos en el armazón de los
primeros corpiños que se sacaba con facilidad y garantía en su pieza, allá en la altura de una galería por la que se accedía con una escalera
caracol, a salvo de miradas indiscretas. Los pibes íbamos a visitarla porque Marcianita era perfecta: un pibe más, feucha pero con piernas
abiertas y bombachas de seda, musica de ópera que ponía en un winco, mientras la siesta corría languida y según el afortunado, podríamos desde su
pieza minarete, sentirnos grandes, vertidores de polvos, hombres recios y amigos ya de una mujer, la piba más fea pero hermosura plena porque era
consciente que su encanto provenía de su rareza, quien nos enseñó a bailar rock and roll o nos dejaba dormir en su cama alta, repleta de muñecas
de nácar y piedras fosforescentes que ella confeccionaba para pulseras. Las extraía de un arcón que las viejas zonzas guardaban en algún lugar de
la casa y que les preveía de alimento: era sabido que cuando precisaban dinero y la pensión del tío lejano no alcanzaba para pagar cuentas,
acudían a la liquidación de alguna alhaja, siempre eternas como una ristra de diamantes. Esa tarde el calor era impensado: Marcianita yacía
desnuda abanicándose en la cama y tenía uno de esos días de malhumor donde se aconsejaba no hablarle. Solo se calmaba con atropelladas en su
sexo, si es que concedía o con chistes obscenos, inocentes, canciones de murga que nosotros, los machitos cabríos le traíamos hasta su reino de
duquesa en el exilio, de puta joven cargada de pedrería y lujos orientales. Estaba -digo- con ella, yo mismo desnudo, cuando saltó de repente. Me
duele la cabeza, che pelotudo, hagamos algo para parar este calor, vení bajemos. Las viejas dormían su letargo de mortajas en sus pupas ancianas
bajo las aspas de un ventilador negro y tan antiguo como un caballo de tiro. Marcianita fue al fondo, un piso violeta con azulejos de Florencia
donde había una pequeña piletita con un grifo dragón. Lo abrió y se dejó estar invitándome a quedarnos bajo el chorro. Estábamos desnudos y se lo
recordé. "¿Tenes miedo, boludo? Las viejas toman pastillas para caballos y no se levantan hasta la noche, venga, venga mi machito y me atrajo
entre sus piernas bajo el agua helada y el sol que se rompía en reflejos sobre la corriente. Hicimos el amor allí mismo, acicateados por la
novedad y luego, entresoñados, con plantas de vides en las cabezas para protegernos del sol siestero nos quedamos profundamente dormidos.
Los timbrazos en la puerta nos despertaron y contra todos los pronósticos a la viejas también: el agua, en hectolitros se había filtrado bajo la
puerta de calle y algún vecino preocupado empezó a darle al botón. Las viejas en sus camisones comprendieron el vértigo del agua que por ser sus
dormitorios en bajante, había entrado a chorros.Y empezaron a salir gritando, enloquecidas, drogadas de píldoras y de miedo porque vaya a saberse
que imaginaron: que las estepas de sus ancestros se iban descongelando, que empezaba el fin del mundo, los deshielos y los castigos divinos.
Amacia apareció en pelotas casi, la Ubre arastraba las chinelas puestas al revés con el gato en la mano y la Chichina que giraba en círculos sin
entender lo que estaba sucediendo. Marcianita no podía parar con las risotadas, se meó encima y con un pase de magia cerró el chorro, me empujó
hacia su altillo y desde allí oteamos el espectáculo. De circo: los vecinos se habían metido creyendo una catástrofe, los cuadros flotaban en el
agua y visto desde la altura parecía aquello una laguna espejada con gente espantada como ganado. Marcianita se tapaba con un toallón puesto en
su boca para no delatar su risa. Alguien la llamó y se serenó asomándose, puso cara de dormida asegurando que estaba bien y que no sabía que
estaba sucediendo. Luego, para festejar, puso Vivaldi, me secó con un toallón, me dió un empujoncito para que cayera en su cama.
Este es el día inolvidable en que se inundó la casa de las locas. Y metió su cabeza entre mis brazos y dijo aquello de que los idiotas y los
locos como nosotros siempre estaríamos juntos, para siempre, para siempre.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27741-2011-03-09.html
Leía a Bomba, el Hijo de Tarzán de Roy Rockwood, en unos libros de tapas duras y amarillas. Tenía dos sirvientes: Gibo y Wafi, que le debían la
vida, lo protegían y admiraban como solo se reconoce a un rey albión, hijo nada menos que de otro gigante majestuoso de la jungla. Por delante
interponía el papel araña azul de mi cuaderno de clases para que crean de mi a un alumno aplicado, repasando la tarea, bajo el entramado de hojas
del fondo de mi casa. Los albañiles, cercándome como a Bomba encerrado en un claro de la selva por los traficantes de marfil, raspaban con la
pala la mezcla e impedían concentrarme. Por eso me iba arriba, a la copa del árbol de pomelos y en una horqueta dura me aposentaba. Los morochos
eran de una tribu tempranera que llegaba a casa con el amanecer y se dedicaban a hacer ruidos infernales con sus picos, sus martillos furibundos,
sus lanzas y sus arcos tensando el aire tórrido. Dos de ellos hacían de sirvientes, dejándome subir al techo donde acechaba algún leopardo para
vigilar no ser atacado por la espalda. El más reconcentrado y fuerte me había fabricado una gomera de hierro con la que espoleaba a los gatos de
los muros, mientras esperaba cambie el viento para acercarme sigiloso a los elefantes gerontes que dormían en el patio embaldosado, padres de la
Alicia, con sus parálisis y sus trompas desganadas. Siempre, como escudo protector y enseña patria, llevaba mi cuaderno de colegio. Si alguno me
veía, observaría a un pibe trepador repasando la tarea en las alturas. En eso estaba cuando algo salió volando como una mariposa y vino a caer en
la falda de uno de los rumiantes. Era un estampilla de ahorro. El viejo animal la retuvo con sus dedos, miró al cielo despaciosamente para luego
observarla detenidamente. Yo di un paso atrás. Podían haberme olido y una estampida sería incómoda por más altura que me protegiese. Estos
animales son capaces de derrumbar un bosque enero. El macho, de colmillar gastado, repasaba mi sello de correo. Lo precisaba para el colegio y
era imprescindible quitárselo. Hice entonces la maniobra: descendí por la enredadera y me acerqué frontal. Tienen muy buena vista. Cuando lo tuve
a tiro de escopeta, me agaché y reptando decidí llegar hasta las patas mismas y apropiarme de lo mío Te vi, dijo el mastodonte. Hijo, ¿Que hacés,
hijo?. Me había confundido con Tulio, el vástago taxista muerto hacía un año.
Nada, vine a visitarte, papá -alargué.
Dame eso que tenés en la mano -gruñó. Sopesaba el viento, el ruido lejano en la casa; estaba en zona de tiro pero desarmado, gomera al cuello sin
proyectiles y en terreno inapropiado. La hembra dormía.
Vine a visitarte, papá -susurré.
El viejo animal buscaba los lentes que yo había corrido de su alcance. Miré hacia los muros de mi casa y allí estaban los de mi tribu
presenciando la escena divertidos. Yo por el contrario estaba muy serio.
Dale, papá, dame la estampilla y me voy.
No, irrumpió el elefante, no te vayas todavía, te la doy tomá, pero solo decime como es.
¿Como es que? -dije rencoroso y por lo bajo para que ninguna voz me delatase.
Como es el Cielo, hijo.
Arriba los negros escuchaban. Uno quiso fumar y el raspar de su cajita de fósforos sonó como un disparo. Pero la pareja no se movió. Estaba
atribulado ahí, mientras la hembra roncaba y el macho viejo me volvía a preguntar que como era aquello. Gibo y Wafi me hicieron señas que
regresara: habían detectado movimientos en la cocina de la casa. Despaciosamente reculé y trepé la escala de tronco hasta que sus brazos me
izaron por completo. Me miraron sin sonrisas. Abajo el elefante mayor buscaba a su retoño que había desaparecido en la bruma de sus ojos
fallidos. Se calzó los lentes y miró en derredor. Ya no estaba su hijo. Cuando regresé al claro, la tribu retomó el trabajo con su repiquetear de
clavos y martillos. Solo Wafi se me acercó y muy respetuosamente me aconsejó que no era prudente jugar con esos animales porque se volvían más
peligrosos cuando les han matado la cría.
Al rato pegué la estampilla de ahorro: estaba manchada del verde de la enredadera y conservaba aún la humedad de una lágrima gigante desprendida
de la pupila del mastodonte.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27637-2011-03-02.html
No es que todos estaban esperando que el Tano Ruggiero se ahogase con su canoa, pero hace rato que la fatalidad lo rondaba y con su proceder la
estaba alimentando hasta empacharla. La canoa era una ruina marrón con restos de otra pintura florida por debajo: hasta el nombre había perdido.
La Santa, le llamaba él cuando la calafateaba bajo el único olmo donde se guarecía empeñosamente a arreglar lo inarregable: hacer que ese pedazo
de madera flotase y lo pudiera remontar aguas abajo. La Santa, ahora con la creciente, estaba amarrada al palo de fierro de la bajada donde el
agua llegaba para lamerla. Y eso era un alivio, prolongaba la vida de Ruggiero que daba vueltas por la zona, acosado del infortunio de no poder
seguir emparchando la loza muriente, esa tumba de cedro que se lo iba a resultar devorando. Dormía en La Santa, envuelto en unas ruanas y nylon
por si llovía, vigilando su prenda más querida, inolvidablemente ingenuo al deducir que alguno se quisiera robar ese fósil herrumbrado. Más abajo
todo estaba bravo: los ranchos casi habían desaparecido, los caminos sepultados y de aquellas curvaturas y quebradas sólo se veían las puntas de
los espinillos de la islita de enfrente, el rancho de Tulio aguantando. Llegamos con Varela y mi papá hasta el borde y ya nos estábamos subiendo
a la canoita a motor, dirigiéndonos en medio de esa turbulencia errática que traía el agua hacia el rancho sin saber si lo encontraríamos, porque
estaba a la vuelta del acantilado medio y desde allí no se veía. Mi padrino chifló aliviado: lo divisábamos impávido entre las piedras, sin agua,
junto a dos más a los que por ahora el río no se les había animado.
"Llegamos", dijeron ambos a la vez. Por el borde, pegada a la barranca, se asomó Juana, la mayor de los Cirico. Anunciaba las cosas que habían
ocurrido en la ausencia: que había familias enteras durmiendo dentro de los ranchos, con el agua hasta el borde las camas altas y la canoa dentro
de lo que pudo haber sido el living, pongamos. Que Ruggiero, cansado de esa inundación, había amagado con meterse al lecho con La Santa y
probarla en medio del barullo acuático. "Está loco el viejo -largó ella afinando la voz--. ¿Se quedan, no? Le voy a avisar a Luisita", y dio un
vuelo de caderas para irse a su casita de chapones y cemento visto que lindaba con nuestro rancho. Varela extrajo el mediomundo y tiró como para
intuir el agua, sentir la fortaleza secreta de los turbiones. Desde los escalones mundeaba y fumaba anticipando el mate que mi papá preparaba.
Lo ví subir los peldaños sonriendo. "¡Mirá che Costeleta, mirá lo que pesqué para vos!". Unos brillitos inusuales sobresalían del agua chorreante
que escapaba del entramado: eran unos pececitos extraños, plateados con filo rojo, y otros como monedas de oro con vivitos negros. Y un tercero
allá abajo del manojo que se destacaba porque era largo y fino como una aguja. "Son del Brasil", dijo mientras lo ponía en un tacho con agua
oscura. "Mirá Costeleta, son una hermosura, vienen con la crecida... a la vuelta te los llevás para tu pecera". La hermanas Cirico llegaron con
una bandeja de lata cubierta en mantel, traían pastelitos y murmullos entre ellas que las hacían reír. Miré a mi padre: inalterable saludó
haciéndose el desentendido. Varela en cambio nada ocultaba: tenía una sonrisa de oreja a oreja por donde escapaban todos sus dientes de galán
recio y el humo de su cigarros sin filtro. Orondo, feliz, arrimó dos sillones y las atrajo hacia su círculo. Habían dispuesto cuatro asientos. Yo
sobraba, así que me fui para el lado de las toscas sin mucho para recorrer porque enseguida empezaba el agua; llevé como excusa un mojarrero.
Desde ese ángulo de tierra endurecida los sentía charlar. Después vino el mediodía, el sol agrisado amagó con salir, comimos los cinco un módico
asado que descongeló mi viejo; me ofrecieron vino por primera vez y concluí que la vida grande no era tan difícil: enfrente estaban ellas,
calmadas como perras comidas y ya bebiendo el café. Otra vez, pedí permiso y me fui a pescar. Pero al rato me entró una modorra gigantesca y me
atreví a volver sin hacer ruido y pasando cerca anuncié que me iba a dormir la siesta, hecho extrañísimo que motivó a mi viejo preguntarme si me
sentía mal. Dije "no, vos hacé...", y me derrumbé.
Imagino que habré soñado muchas cosas pero una gran tormenta pareció abatir todo; el mundo real de mi barrio, allá en la ciudad en donde el agua
cristalina, un agua de mar, entraba en todas las casas llenándolas de pececitos hermosos como los que me habían regalado. Desperté casi con la
noche encima: estaba solo en el rancho. Cuando me asomé, vi pasar como en una postal de fantasmas, lentamente, erguido en su canoa a Ruggiero
aguas abajo hacia el puerto, rumbo al remanso Valerio. La curva de su espalda fue lo último que ví. Quise avisar pero nadie había. Unos ruiditos
cercanos del rancho contiguo me confirmaron que había gente y que las hermanos Cirico tenían compañía.
Extrañaba la televisión, mi mamá y su andar. Estaba solo y un poco horrorizado en el mundo anochecido. Los sentí regresar de al lado y me metí de
un salto en las cobijas, simulando dormir. "Todavía apoliya el Costeleta con su tesoro al lado de la cama", susurró mi padrino y mi viejo que le
acotaba: "Despertalo que si no se nos va a desvelar". Cuánta razón tenía: nunca más dormiría, estaría siempre alerta. "Nunca más", me dije, y
metí la mano colgante en el balde con mis pececitos de colores.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27542-2011-02-23.html
Ahora mismo me está llegando el correo: fotografías de una costa de mar en la isla Feroe, Dinamarca, cubierta de sangre con jóvenes empeñosos con
sus ganchos, carneando delfines Calderones, negros y pacíficos. Lo hacen todos los años para que los jóvenes entren al mundo adulto. Los delfines
se acercan como gesto de amistad y son alcanzados por los ganchos. No mueren al instante y agonizan entre su propia sangre. El cuadro los muestra
con cortes profundos ante una multitud que se acerca desde los médanos para contemplar ese rito de iniciación. Pienso en los nuestros, cuando
éramos jovencitos como aquellos, pero no había mar, no éramos rubios y no había grandes presas para degollar: las hubiésemos decapitado, qué duda
cabe.
Los ritos de iniciación no estaban determinados en el calendario pero incluían la pesca. Ibamos entonces en una canoa a remo para adentrarnos en
el gran río frente al Espinillo, atravesando el canal por donde arrasan de espuma los tremendos buques y lo hermoso y lo siniestro conviven bajo
el sol de fuego y el olor a carnada, a sudor y a maderas rancias. Se lo atravesaba de lado cortando la correntada fiera a puro empeño y
acabábamos con llagas en las manos y las piernas acalambradas. Algunas veces llegábamos a Entre Ríos y otras desistíamos sin fortuna,
resignándonos a que ese día el Dios Río nos era adverso y nos conformaríamos con vadear y volver a la islita frente a Baigorria, desde donde, a
la sombra de unos cipreses, preparábamos las líneas. Caracol o masa para la boga, diablitos, mojarras, carnaza para el dorado, corazón o
cascarudo para el surubí. Sensación de un todo y un enigma a resolverse. ¿Picarán? ¿Tendremos paciencia? ¿Regresaríamos con la canoa
ensangrentada y escamosa de los cadáveres ahuecados en el fondo? Quién sabe.
Alguien extrajo los Colorados y fumamos, bajo el viento oeste que arrancaba calores inauditos y una perpetua luz de níquel derretido sobre las
cabezas. Mario fue a mear y regresó a los saltos con la noticia: allí en un claro, en una hamaca dormía la Marcela, la puta isleña más
renombrada. La había visto porque aleteó su mano espantando alguna mosca y entonces descubrió el bulto de pieles, la comida, su ropa en un horcón
alto secándose de la humedad. Se había estado bañando desnuda y ahora se dormía entre la espesura, dueña de su alma, con la tetas grandes y
negras echadas de lado, tal como ahora la estábamos espiando.
Durante mucho habíamos soñado con una sirena: cuando desde la lancha intentábamos arponear algo a la bartola deseábamos que nuestro bichero no
coincidiera en modo alguna con el lomo de alguna de esas bellezas que sabíamos vivían en lo hondo. Ahora la Marcela, la puta más venerada, estaba
ahí a veinte metros, los ojos cerrados, las tetas prodigiosas. Era grandota pero tenía dos años más que nosotros. La sirena. Fue tal nuestra
emoción y voluntad en espiarla que se despertó y sin sobresaltos nos miró de frente a los ojos. Retrocedimos y se rió. Antonioni, ducho en las
lides, agitó una mano. Instintivamente giré la cabeza avergonzado y distinguí la caña que habíamos enarcado en el jacarandá dando cabezazos.
Pegué un salto para llegar y evitar que lo que había picado se la llevara.
Me lastimé al subir y empecé a recoger, lentamente, con riesgo de caer de un planchazo sobre la canoa que cabeceaba debajo bien atada, pero como
borracha por el oleaje. Alcé como pude y un cachorro de surubí pesado como una bolsa de portland empezó a emerger del agua oscura. Pedí ayuda y
sólo volvió Ansaldi murmurando para no espantar lo que estaba sucediendo en lo oscuro de la islita: "Se está dejando con Luisito y con
Antonioni". "¿A la vez?", retruqué yo que no sabía lo que contestaba porque me latía el corazón por el esfuerzo y la emoción de estar levantando
un bicho que ya daba cabezazos en la canoa y hasta metía ruido. Eso atestiguaba el peso. "Doce kilos", dije yo sin aire mirándolo debatirse. No
podía hablar. "Yo ya vengo", oí a la vez que de un salto Antonioni y Luisito se abrazaban al pez arrastrándolo a la orilla y dando leves gritos
empezaban a despenarlo con golpes de maza en la cabezota.
La tierra en esa parte era dura y ennegrecida. Lo abrimos, vimos su tripas que eran un cuadro viscoso de colores, las tiramos lejos y lo colgamos
de una soga por la boca a la sombra: nos metimos en la orilla que allí era clara y nos lavamos todo el cuerpo, ensangrentados, oliendo a pescado.
"Este olor es de ella", dijo Antonioni y se chocaron los nudillos con Luisito. En ese momento regresó Ansaldi con los ojos abiertos y moviendo en
silencio los puños cerrados, como festejando un gol. Nos tomó por los hombros. Deslizó su dedo bajo mi nariz. "Olé, olé". Pero lo empujé. Estaba
desnudo y todavía llevaba el pito duro. Ese era nuestro rito, nuestra aurora boreal de la isla caliente fagocitados por un planeta altivo y
moreno que nos enceguecía y enseñaba cosas secretas sobre la muerte y sus afluentes, sobre el más allá que era el mas acá, en esta tierra feliz
de olores, de sangre, de amor y de comida.
Llevé a la Marcela una jarra de agua helada que conservábamos, mientras que detrás mío sentía quebrarse las ramas más secas señal del fuego
inminente. Cenaríamos allí, antes de los mosquitos y la lluvia que se anunció de repente, mientras Marcela bebía del jarro volcándose el resto
sobre su vientre y sus tetas con perlitas de sudor, entre las hojas sanas y un mantón en el piso, mientras me llamaba y lejos de ver y oler
sangre sentía el poderoso enigma del perfume de selva y vi ante mi abrirse ese ópalo rosa que habría de ser la marca que se dejaba ver para
algunos y era el sello distintivo de las sirenas negras.
Lejos, sobre el universo que anochecía, cayó un trueno.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27443-2011-02-16.html
Mi papá era chofer en una empresa de extracción y procesamiento de mármoles. Lo llevaban las distancias hacia las canteras, para traer ese
cargamento sacado de las entrañas de la tierra a pura explosión y rotura. Un día me anoticiaron de que lo iba a acompañar a Córdoba, pues debía
asentar un coche flamante de "La Familia". Era La Familia la dueña de las vidas de todos los empleados de la cantera: patrones de abolengo que
otorgaban el sueldo y la pertenencia cercana de un mundo mágico basado en filamentos eléctricos de alcurnia que encendían la imaginación de la
corrriente alterna de sus súbditos: si se portaban bien, la Familia los iluminaba con algún aumento, regalos, ropa. En esos días me habían hecho
llegar unas chombas usadas que me enardecieron las mejillas: la humillación tenía muchas terminales y yo ya las presentía, enojado por recoger y
usar aquellas remeritas de mierda que me quedaban cortas o largas, olorosas a polillas de diamantes, sudores de talcos, alturas de muebles caros
donde las encerraban para que pródigamente cayeran un día sobre el beneficiado. Las dejé en el campito. Olvidado de esas patriadas anarquistas
acepté viajar con mi papá en aquel auto, en vísperas del 6 de enero. La tarde del 5 salimos desde la puerta de mi casa, el barrio consternado por
la presencia de aquel bote flamante, mi madre recomendando a mi padre viajar sereno. Me hablaba al oído que a la madrugada, en la ruta, al amparo
de las estrellas llegarían para mi los Reyes Magos. Lo hicieron de una manera enguantada e invisible: pasada la medianoche mi padre detuvo el
auto en una estación de servicio y me abrió la guantera de donde extrajo un reloj envuelto en papel azul brillante. Contento con el obsequio me
dormí en el asiento trasero, mientras las lunas y los planetas nos perseguían como luces malas saltando los alambrados hasta que cerré los ojos
cerca del amanecer. Un lago azul se abrió en el parabrisas.
Llegamos, anunció mi papá barbudo y con lentes de sol de marco dorado.
Allá están Los Gigantes, la cantera de la Familia.
Luego unas curvas, las sierras opacadas por una bruma cercana y el descenso por un camino de gramilla hasta dar con la casa. Al sentir el motor,
un gallego servicial pero con cara funesta se apersonó sonriente a abrirnos el portón.
¿Estaís cansado? ¿Eh, amigos? Vamos, un buen desayuno para todos. Y nos condujo hacia el alero de la casa, donde ya una mesita de bronce y alpaca
nos esperaba servida para el desayuno. Había cosas, sensaciones, objetos primerizos: el cuchillo de punta curva para mermelada, los tazones como
con hilos de oro, el melón abierto con un trocito de jamón encima. Y la pileta, allí cerca, abierta como una promesa: una de mármol como en las
pelis de romanos, con sus caracoles dibujados a piedra caliza y el fondo azul donde ondulaban unos mosaicos con dibujitos. Y el aroma a azahar y
los pinares y las sierras que ahora sí se dejaban ver con algunos gorros nevados allá lejos. Respiré hondo: mi papá extendió sus piernas
fatigadas y prendió el primer cigarrillo.
Vengan, dijo el gallego, por acá tienen su retiro. Y en vez de conducirnos a las tantísimas habitaciones que intuí desde la galería nos condujo
hasta una puertita apretada entre los garrafones de gas y la entrada a la caldera: íbamos a dormir en una cucha, bajo los fenomenales cimientos
de oro, piedra bruñida y maderamen de roble antiguo. Eramos, lo había olvidado, esclavos del rey, qué duda cabía. Recordé entonces la ropa que me
habían mandado y comprendí que no gozaríamos de privilegios. Dos camitas, herramientas, trajes de lluvia y un olor a humedad serían nuestro
dormitorio. Mi papá se llevó el café hasta el lecho y me aconsejó hacer como él, descansar. Pero yo no quería estar encarcelado. Esperé que se
durmiera y muy sigilosamente salí al parque. Descubrí las marcas de sendero de los caracoles, blancos, frágiles. Macetones con plantas que deduje
carnívoras y dos o tres perrazos que lucían sus fauces, atados a una jaula. Otra, más pequeña tenía dentro un mirlo azul. Me acerqué y me puse a
silbarle. Apareció un chico morocho con unos juguetes en la mano: eran autitos de los caros. Me preguntó que hacía y le contesté que podía hablar
con los pájaros.
-Dice que va a llover, pero que va hacer calor primero -mentí. Sólo anhelaba con todas mis fuerzas entrar a la pileta, por ello forzaba la
conversación. El chico se desentendió de mi y jugaba solo en el borde de la piedra acuática. El sol empezó a rabiar sobre los cuerpos, así que me
quité mi camisa y en calzoncillos, sobre el agua de ensueño clarísima me introduje en la pileta de los millonarios como una glorificación de todo
lo soñado: estaba allí bajo el sol cordobés, en un rectángulo de plata, riéndome solo. El chico morocho, sonriendo raro me siguió pausadamente
entrando, escalón por escalón. Temblaba de frío, algo no estaba bien: se quedó en un rincón, como ahuyentado por algo y su mentón se movía ante
una descarga: a su alrededor un halo amarillo delataba que estaba orinando en el agua. Me aparté, salí por la otra punta y él hizo lo mismo,
aterrado por sentir tanto temblor de frío. Se metió en la casa, como huyendo del demonio. Cuando llegó el dueño, solo comprobó mi cuerpo mojado
con la camisa encima y la superficie amarilla que había dejado el meo en su pileta. Me dijo cosas muy feas, yo me quedé mirándolo. Tenía una
chaqueta cazadora y fumaba en pipa. Mi padre, llamado por el ruido llegó aún dormido. Y sentí que le decían: ¿Es tuyo? Cuidalo porque es bastante
mal educado ¿No te parece? -extendió señalando el orín. Así serán las cosas por los siglos de los siglos, así los cachorros inocentes serán
acusados de rabia, así serán los que fueron expulsados del paraíso y esperan a la puerta del rosal los mendrugos de los ricos.
Yo no fui, fue el otro, el hijo de puta que vive ahí dentro. Un silencio de piedra inerte, de fusilamiento precedió todo. El tipo miró a mi
padre, le palmeó el hombro. Te perdono porque es un pibe y me miró. Luego, bajo la sombra de una morera, mientras yo hipaba de rencor y de
angustia mi padre me explicó que uno de los jefes de La familia no podía tener hijos y que habían adoptado uno, pero fallado. Que nada tenía que
temer porque él me defendería pero ya iba siendo hora de irnos por donde llegamos.
Solo el gallego nos dio de apuro dos sanguches de jamón serrano y el saludo mientras volvíamos en el auto coludo. Miré la hora en mi reloj nuevo.
Solo diez horas habían bastado para mostrarme la faceta áspera del mundo, el reborde de una pileta de mármol siempre tan lejos de nosotros.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27356-2011-02-10.html
Cruzábamos el brazo del Paraná que se mete como una cuña a la altura de Baigorria. Lo hacíamos empujados por la mirada de los adultos: había que
cruzar, vadeándolo a nado y llegar hasta la otra orilla de juncales para ser un ganador. Entrábamos serios como quien va al matadero: los
grandes, creían ver en nuestros gestos una rusticidad de muchachos cejijuntos ante una adversidad. No se daban cuanta que estábamos muertos de
miedo y de asco.
El asco provenía de tener que atravesar un páramo de barro y yuyales, enterrándonos en ese lodo oscuro hasta las rodillas con la imposibilidad de
ver bajo ese agua negra, a merced de las rayas, las palometas, los cadáveres temibles de cosas más temibles aún porque nadie las había visto,
pero sabíamos que estaban ahí y que a veces la confundíamos con una rama seca un antebrazo podrido de ahogado , un nylon la babaza del feto de un
surubí gigantesco , una pústula de espuma de celulosa los intestinos de algo macabro que había muerto debajo del agua para interponersenos en
nuestro camino . Y ese miedo espeluznante de morir braceando, ahogados posteriormente a la mordedura atroz de ese ser del que ninguno hablaba
pero que yacía inerte, aplastado en su cubil de hojas pútridas y que despertaba apenas sentía que el agua a su alrededor se enturbiaba por
nuestra presencia.
Había que llegar nadando hasta la Isla de las Vacas. Superar todo eso y seríamos hombres definitivamente. Podríamos fumar, comer con los mayores,
opinar e ignorar alguna pregunta incómoda, por lo general vinculadas a mujeres, salidas y triunfos nocturnos. Pero, ahora, como todos los veranos
estábamos de nuevo ahí y nos estaban mirando y esperaban y se reían en silencio y sabían que sabíamos de nuestro espanto y gozaban, gozaban
porque ellos, cuando jovencitos habían tenido que pasar por todo esto y se vengaban en nosotros. No hay peor cosa que un humillado humillando.
Todos los veranos. Y cada vez que empezaba y nos ponían a prueba pensábamos que este iba a ser el último, que ya aprobaríamos, pero no, siempre
había algún detalle, algún destino zodiacal y maldito que nos volvía en contra y debíamos esperar hasta el próximo verano para allí, tal vez,
dejar la lidia imbécil esta de terror y sentarse sencillamente a pescar taruchas, a mear entre los irupés y sestear bajo los paraísos imaginando
novias o dineros o viajes al Oriente.
El sol nos pegaba duro en la nuca: era el cenit perfecto. Yo desconocía esa palabra pero intuía que la hora elegida era la peor, la del sol a
plomo, marcando el territorio de nuestras ofensas y nuestras cobardías. Michín fue el primero: apartó unos juncos y se metió de prepo, mirando
para otro lado, como quien vomita. Le siguió Camejo, negro y gordo con malla azul de luchador que caminó entre el lodo con un pavor que daba
lástima. Siguió Rubini, flaquito, el más asustadizo de todos, quien se deslizaba entre lo blanduzco mirando fijo hacia la otra orilla. Estaba
serio pero podía largarse a llorar en un santiamén.
Era mi turno y me volví hacia el mirador de la casa de barro seco, pintado de Boca bajo su alero miraban los mayores, en la sombra del resguardo,
vigilantes pasivos, ignorantes emperadores del Fracaso, de los suyos propios en sus vidas llanas. Como siempre que me enojaba, un dolor de venas
apretadas y un zumbido se apoderaba de mi cabeza. Me empaqué en la orilla y solo un poco de areniza sucia osó tocarme el dedo gordo del pie. Me
cruzé de brazos, me acomodé el sombrerito de paja que llevaba colgado del cuello y alenté a mis compañeros que estaban por el medio del riacho
apareciendo y desapareciendp según el oleaje a que volviesen.
Algo disparó las voces bajo el alero: habían detectado un reo y desde aquella torreta ignominiosa empezarían a disparar, ya lo sabía.
¿Eh, que le pasa, flaquito?. Uno.
Tiene miedo la nenita? Otro.
Y más Che, que hay que ganarse el pan si no acá no se come...¿Tiene miedo?
El Tercero. Putíiiin, putincito....¿Tiene miedo al cuco del agua? Me puse a mear pero el chorro no me salía, me latía el corazoncito turbio bajo
la tetilla izquierda. Para encontrarme con mis compañeros que ya habrían llegado al otro lado donde una canoa atada los esperaba para regresar a
la orilla completando el rito de iniciación debía atravesar el caminito reseco frente a la casa del alero. Fui caminando despacio para no
pincharme con nada: estaba descalzo y el sol era plomo fundido. Pero aguanté. Enfrente en la otra orilla los tres saltaban dando gritos de
alegría mirando el contorno de su terror dejado atrás y festejaban. Por la escalera de troncos descendió al que le decíamos el Embarcado porque
lucía el tatuaje de un sirena que se movía con sus músculos. Me agarró del brazo, solo me miró. Decían sus ojos: ¿Pero quién te crees que sos?
¿Distinto? !Todos debimos pasar por esto y vos sos una mierdita que te crées diferente!
Yo, además, le había ganado al ping pong, cuando el repetía que había sido campeon de no sé donde y aquella tarde, sin querer lo había humillado.
Ahora me tenía sujeto, diciéndome más cosas difíciles de imaginar con sus ojos, verdecitos, de un color lavado. Yo también lo miraba y sentía que
mis plantas se incendiaban. Podía aguantar, sabía aguantar, algo me sujetaba por el cuello y hacía fuerzas para no quejarme. Al fin, despacio,
por lo bajo le susurré; fue como un maullar que pedía por favor y a la vez exigía: Dejame, no sos nadie, todos saben que vos no vales nada...
todos lo saben...no servís para nada...por eso te dejaron solo...
Un instante de fuego y ausencia de audición. Miró su brazo apretando el mío y lo dejó caer. Mi frase se correspondía con la leyenda de marido
abandonado por una cabaretera quien huyera de la casa de pasillo y lo sumiera en lo que era: una nada de alcohol. La Nada, entonces era quien me
había tomado el brazo por ende, la Nada no llevaba peligro. Vi sus hombros yéndose y a medida que recuperaba los oídos tomé dimension de mi
fechoría emocional.
Los pibes volvieron en la canoa. Almorzamos. Los festejaron. A mi me obviaron. Cuando nadie me vio, fui hasta la parilla y le serví al Marinero
una buena tira de asado y el vaso más helado de vino que pude conseguir.
Mucho tiempo despues entendí que eso también era hacerse hombre.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27258-2011-02-03.html
Mi papá era un demonio simpático, escéptico, que no pesaba más de sesenta kilos. En su audacia que le crecía de saberse diminuto en un mar de
gigantes, hacía elevar su figura por medio de artes y pases mágicos. A veces lo retaban como a un chico y otras le regalaban una corona de
laureles que él mismo apuraba a ponerse en la testa de pelo enrulado y desde allí, desde el promontorio feudal daba órdenes que no se entendían,
susurraba chistes bastante malos, invitaba a ser como él, a meterse en su mundo giratorio y espectacular, pisar la tierra germinando chanzas y
malos entendidos, tentado hasta el punto de no poder caminar con las ocurrencias que generaba. A mi papá, me parece que le fallaba un poco. Pero
era feliz con su mundo insomne de estrellas fugaces y cacerías de leones que él mismo hacía rugir, ambientando la casa toda en un inmenso cubil
de fieras, desprovista de todo rango la imitación le salía horrible pero surgía de cada rincón del hogar donde hubiera una cortina de tul o un
esquinero en penumbras que no identificase a la bestia en su guarida de espinos. Mi madre, transpirando en esos veranos indormibles iba y venía
acarreando trastos o lavando.
¿Por qué la mutación sucedía con los calores? Me resultó un misterio hasta que de grande, entrando a la rueda del trabajo entendí que eran sus
vacaciones y se divertía a su modo. Por otro lado, los leones por aquella época andaban más agitados que de costumbre en Africa, rondaban los
campamentos, acorralaban el ganado y solían, cuando la ocasión era propicia comerse un negro. Esto ocurría cuando mi papá no iba a la fábrica y
ella llevaba adelante el orden constitucional de la vivienda. A veces era descubierto en esos arrebatos de imitación de fieras: Era un timbrazo,
algún pariente o vecino que atinaba a pasar por casa y entonces todo se arruinaba y el volvía ponerse serio, le aparecía un cigarrito entre su
labios y atendía las visitas con displicencia, adusto, infantilmente dolido por la interrupción. Tenía que ser un hombre adulto de nuevo y esa
ficción lo malhumoraba.
En la noche, regularmente tras el noticiero radial de las diez, entraba de nuevo a rugir y subía las escaleras; sus omoplatos oscilando de un
modo acentuado, marchando hacia arriba con el oído atento, se diría que se deslizaba. Nadie podía oirle a media docena de pasos. Conocía a la
maravilla todos los ruidos habituales de la casa: El estallido de un carbón, el aceite al fuego, al paleteo del ventilador. Si algún sonido
extraño se mezclaba a los ya conocidos, se paraba en seco hasta saber con claridad de que se trataba. Luego proseguía su marcha como una sombra.
Yo lo miraba ascender en cuatro patas, testigo único de su acechanza y no entendía cómo el mundo, mi familia entera no salía a admirarse de
aquella figura nocturna. Pero todavía no había llegado la hora silenciosa de las selvas, por el contrario, cada mata, cada cañaveral, era una
caja llena de sonidos. Por eso el león sabe perfectamente cuáles son las notas de esa melodía y nada lo puede agarrar de sorpresa.
Espera, arriba, dando lentos paseos sobre el cemento aún caliente, detenido en punto, mirando a la luna para que yo lo admirase. Me mandaba
entonces un rugido bajo, rápido como una pequeña explosión para asegurarse el camino libre en el bebedero. Ya ha anochecido por completo: la caza
va a comenzar. Abajo en la cocina espesa de movimiento y calor, mi mamá y mi hermana juegan distintas cosas. Una zurciendo, la otra apilando
cajitas de remedios vacías como una fortaleza de muñecas. En el patio de baldozas grises se pueden oir las ranas, la empeñosa y desvelada sierra
de la carpintería de al lado. Mi padre, convertido en hombre fuma apoyado en la barandita y yo piso su sombra de espaldas, burlándome de la fiera
distraída. Pero algo, mi olor, algún chasquido lo pone en alerta: hay luna y la noche blancuzca dificulta considerablemnete sus movimientos tanto
más cuando las cebras pastan en medio de un claro. Vigila desde el borde de la baranda, desde el borde de la selva. Como buen cazador tuvo el
cuidado de colocarse contra los vientos de sus víctimas para no ser advertido por el olfato de los animales. Permanece un momento así, como quien
reflexiona y estudia un plan de campaña. Se dirá entonces que no es animal feroz, sino un simple observador. Su cola oscila y sólo en el
nerviosismo de sus movimientos se adivina la inquietud del animal. !Ah si tuviera una leona para ayudarle! Todo se volvería infinitamente más
fácil: Harían entonces un cerco, uno de ellos espantaría la caza y el otro la sorprendería en la huída. Pero el animal está solo, tiene que
valerse de sus propios recursos, sin esperanzas ni auxilio. La paciencia, en estos casos, es admirable. Quien pudiera verlo notaría un fulgor más
brillante en su mirada, un lamerse el hocico de manera característica en él cuando tiene una golosina a la vista. Está mostrándome cómo se hace,
cazando para mí, para su cachorro y abajo la familia espera que regrese, bajando las escaleras con una cebra con el pescuezo roto con que
alimentarnos. Por ahora soy su ayudante en las sombras y él no lo sabe. Creen que está loco. Ignoran cómo se tranforma un hombre si quiere, cómo
es el león en verano.
abonizio@hotmail.com
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27217-2011-01-31.html
Nadie podría sacarme de la cabeza que antes, cuando uno era chico hacía menos calor. Aducen algunos que al ser pibe uno no comprende las altas
temperaturas porque está inmune a ellas. La adultez trae el calor como un castigo. Recuerdo la sala de la casona de mi padrino, la sala de
confección, el techo alto, negro y las aspas batientes y silenciosas de un ventilador generoso que inundaba de viento todo el antro. El cosía las
solapas, con alfileres en la boca a la vez que hablaba un verdadero prodigio y detrás, con las alas abiertas inmortalizadas en una mala disección
un flamenco que con su pico negro admonitorio parecía aún en la sequedad de la muerte, estar reclamándole el por qué de su derrumbe a manos de
una escopeta en la alta noche de los bañados. En su lecho final, mi padrino me susurraba que le diera "cristiana sepultura" al pajarraco, porque
él no creería "verlo en el cielo, porque yo, ahijado, me voy derecho al Infierno". Allí, en esa otra sala del Hospital 9 de julio sí que hacía
calor en serio o ya me había vuelto adulto: los ventanales con una cortinita de rafia eran masacrados por el sol y flotaba en el aire un tufo a
prisión, a limones agrios, vendajes con ungüentos. Era mediodía, busqué al enfermero y le comenté la canícula de fuego. Ay, querido, no se puede
hacer nada con esta obra social, ni ventiladores tienen y se fue en un giro de mariposa. Fui hasta mi casa a dos cuadras y traje el mío: un Atma
de mesa, giratorio como una tromba. Cuando llegué, la cama de mi padrino estaba tendida. Una gorda de uniforme azul la estaba acomodando. Le
pregunté por él, temiendo lo peor. Fijate en administración, algo pasó, no se murió quedate tranquilo, pero algo pasó. Se había fugado,
quejándose del calor, vestido con un ambo blanco de médico y en ojotas. Afuera, la lava del aire disolvía los cuerpos que circulaban a la sombra
de las paredes de las casonas como fantasmas sudados. Miré hacia ambas esquinas y tuve un pálpito: fui hasta el parque Urquiza donde lo encontré.
Estaba entrando por el callejón que llevaba al puerto libre de Bolivia. Le grité, se dio vuelta, jorobado y distante pero continuó avanzando. Iba
al río, a su río compadre donde alguien lo estaba llamando. Cuando ingresé por la puertita semioculta estaba a la sombra de unos paraísos,
sentado, descalzo y en cueros con el ambo doblado con respeto sobre su falda. Lucía unos calzoncillos marrones con dibujitos de anclas que yo le
había mandado a la clínica. El calor parecía no poder entrar a ese círculo de sombras de hojas, como si un redondel mágico nos protegiera. Vos sí
que te cuidás de este calor, tosió señalando el ventiladorcito que aún tenía en la mano. Nos reímos,encendimos dos fasos. Le pregunté si quería
alguna cosa, agua, una toalla, algo. Un vaso de cerveza La Negrita y quedarme con tu viejo acá, pescando con línea. Su dedo sarmentoso señalaba
los confines del puerto, los fierros oxidados, el gran Paraná. Me volvió a comentar la noche que extrajo con bichero aquel surubí ancestral de 57
kilos mientras empezaba una tormenta fabulosa arriba que hizo que volviéramos en la chatita con el cadáver del bicho y sus aletas ventrales
asomando a los costados bajo la lluvia, los relámpagos violáceos, las ramas que caían cerca y la risa potente de mi padrino porque había vencido
a las calamidades del río y extraído el más gigante entre gigantes. Tenía una boca así, entrabas completo en esa época, me señaló. La barba de
tres días, con pelusitas duras de canas le daban una imagen de santoral, semidesnudo, como con un taparrabos. Aún le colgaba del brazo el tubo
del suero. A ver, Varela, permitime y le saqué la aguja suavemente. Me miró. Sos mejor que tu viejo, che Costeleta, aunque como pescador sos un
salame. Miro a la distancia, donde los arbolitos, algunas lanchones, el agua ondulando en la incandescencia. Pero sos, como sea, pescador y
guitarrero. No hubo dramatismo ni nada patético. Repito, fue una postal sin flores, erguido y dando la última pitada cuando me despidió. Ya sé.
Me vas a decir que no me vas abandonar y todas esas pavadas, pero ahora andate, che Costeleta. Dame la mano y andate que tengo que hacer, ¿eh?
Decile a tu viejo que se cuide, que no haga como yo y que ya lo voy a visitar cuando esté dormido. Ahora anda, andate que me sé cuidar solo. Me
dio la mano áspera y como desde que tenía uso de la memoria, me dio un suave coscorrón en la cabeza.
Al otro día me dieron la noticia. Pasé por su casa y puse en el bolso el flamenco disecado que enterré por Vera Mújica al fondo, antes de ir a
verlo a la sala mortuoria.
Había aire acondicionado y un olor a jazmines que mi papá había cortado de la planta del patio para él. ¿Sabés que Varela pescó un "mostro" una
noche en el puerto? Vos eras muy chiquito para acordarte, ¡que te vas acordar!
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26952-2011-01-12.html
Evocar los significados de una postal detenida es tarea simple: me tiro boca arriba sin culpa por el ocio y elucubro el paso del tiempo como si
fuese una araña durmiendo la siesta. Recién hablé con un amigo y quién sabe porqué acabamos hablando de las figuritas. Coleccionarlas era furor
en las barriadas. Cualquiera las coleccionaba si tenía una familia dispensiosa en regalar. El asunto era la estrategia para conseguirlas sin
gastar un peso. Y se las obtenía no con el robo o lo espurio, sino con el arte del combate, la lucha donde se premiaba la puntería, el tezón, la
fortuna, el calibre y elección de la plaza de armas. Se usaba en la empresa un muro antiguo, los fondos de una fábrica o el cordón mismo de la
vereda. Consistía en parar una determinada cantidad de figus, pongamos diez para el caso, lo mismo que el contrincante. Luego de verificada que
estaban bien alineadas se retrocedía hasta un lugar pautado de común acuerdo y mediante un sorteo breve se establecía quién dispararía primero.
¿Con qué? Con una piedra, el borde un mosaico o bien, los más avezados, con su propio instrumento de lidia, vale decir un puntie. Podía ser una
bujía, un trozo de hierro, algo sólido, algo consistente que nos avalara con su presencia.
Tal preciado objeto era de un valor incalculable para su dueño, pues consistía en ser el ente mágico y único que nos podría ofrendar la gloria o
la humillación según su uso. Andaba en un hueco secreto de nuestros bolsillos y solo salía a relucir segundos antes de la pelea. Podía ser
maldecido, ojeado o lo más terrible: hurtado o extraviado, lo que equivalía para el desafortunado una pérdida horrorosa. La pareja de duelistas
estaba lista y empezaba la batalla. Surcaban el aire los punties y según su caída se hacían mediaciones, se otorgaban prendas voceadas antes que
el rival, tal como retroceder al punto de tiro si el proyectil caía de una forma u otra.
Una complicada red de códices señeros que incluían el grito, el apremio, la invocación de ciertos pasos, nombres y artes alquímicas del lenguaje
y que debían cumplirse en el campo con honor en la victoria y con resignación en la derrota. Incluían las frases que determinaban un movimiento u
otro complejo para el ignaro tales como "con endere", "penado pasando cabeza" "choquito vuelve al tiro". Una lingüística bélica, atenta y
fulmínea. De ese manojo dependía la felicidad arrancada con la puntería. Era conmovedor ver álbumes donde estaban pegadas figuritas todas
acribilladas, con los bordes mordidos para la piedra, como semicadáveres o moribundos congelados con engrudo y expuestos luego de una fragua
guerrera: pero allí en ese papel barato, pegadas en el número que correspondía estaban como muestras del coraje, la astucia, la fortuna y el
deseo.
!Con qué amor se disimulaban las heridas, con qué opaciencia se enderazaba el cartón lastimado, con qué fervor se las unía saneándoles heridas,
humillaciones o sinsabores! Recuerdo partidas memorables que culminaban con la ausencia de luz o con un contrincante en bancarrota pidiendo a su
adversario crédito o algunas trompadas o el "arribatiña", un gesto de bajeza que consistía en que un advenedizo de la barra perdidosa al ver a su
jefe cayendo en derrota aplicaba un golpe de manos sobre el victorioso para que la figus, al rodar, quedaran para el que más avidamente las
recogía y luego el desbande, cada cual con su rapiña a cuestas.
Cuántos chicles, alfajores o cigarrillos evité para alcanzar con el dinero para ver si embocaba la inconseguible en una de las raras veces que
que me podía comprar paquetes de figuritas. El auténtico experto las obtenía con su arte, con su puntie, su ojo de águila y su temple. Era de
débiles comprar: se las ganaba con la lidia y por más magulladuras que obtuvieran tenían un valor inexplicable, rebosante de orgullo. Nunca pude
llenar un álbum, me faltó suerte, dinero y puntería. Pero puse empeño, saña, trampa y fe. Ya no se recobran ni el amor perdido, ni la razón menos
aún la juventud. La salud va y viene, el deseo también y muy poco la sensación exacta de quiénes éramos. Pero de vez en cuando, como un regalo
express de la felicidad, viene a mi, la postal de quien fui, la fragancia perfecta, el dibujo exacto. Un deja vú, breve que se esfuma con solo
soplarlo. Borges, en un poema escribió que la lluvia le hacía recordar a su padre. A mi observar algunas paquetitos de figuritas expuestas
pegadas en algunos kioscos me lleva a evocar los punties, como si alguno, exacto, hermoso y eterno, hubiera quedado dentro mío y es el que
intenta guiar el disparo perfecto, el que me dará felicidad, salud, amor y alcanzará de un golpe seco, sin rasgar a la figurita exótica, la más
bella, preciada, amada y maldecida, la lunita de cartón más secreta concebida en el imaginario taller del Cielo donde se fraguaba una sola, la
mejor, la más hermosa, la "difícil". Tan parecida a un amor imposible.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/13-26797-2010-12-30.html
¿De donde, de donde lo conozco? tendría que haberme preguntado al verle la facha, pero reaccioné en un segundo y me encajó a la perfección su
jeta criolla, bigotazo malevo, pelo chuzo raya al medio y el porte flaco, trajeado de azul con la de aquella vez. Yo ya había andado saltando de
colectivo en colectivo, de ciudad en ciudad y de vida en vida, aunque las casualidades nos habían reunido allí en mi umbral de nuevo, en la misma
geografía de Buenos Aires en un atardecer de niebla y lamparita de 60 tiesa y tristona coronando la puerta de mi pasillo. Casi treinta años
después. Aquella vez la puerta era más liviana y blanquecina. Y yo más débil y aterrado que nunca. Había quedado en un procedimiento, enredado
por el destino, la complicidad idiota de algún irresponsable que me dejara a merced de la muerte en la casa marcada.
Migraciones, escuché al abrir la puerta y como estaba por pintar la casa que se pretendía allanar las casualidades felices que salvan, un gorrito
de Dixilina, los dedos con pintura, el tarro en mano me convertí por una mutación alquímica del terror y la sobreactuación en un obrero del
pincel al que le dejaban la llave bajo el macetero quienes me habían contratado. Para coronar la actuación y hacer más sólido el guión imploré si
ellos no podían hacer algo para que me paguen, porque hacía como quince días que nadie venía por ahí y me estaban dejando de seña.
Cerré los ojos, esperé el sopapo, el disparo, la risotada o la trompada. Los entreabrí y seguía allí el morochón ,murmurando algo y repasando el
DNI que me extendió, marcial aconsejándome que si sabía algo les avise -porque nosotros vamos a estar abajo todo el tiempo-. Efectivamente el
morro del jeep y el del Falcon lucieron amenazantes todo el día, mientras yo repasaba el plan de fuga que tardó un siglo, cuando me escabullí
como pude, con lo puesto y fugué hacia los puentes de la Boca, atestiguando que el pánico hace milagros y que un angelito mareado de resaca y
confundido me había palmeado y abierto la puerta cancel hasta hacerme invisible y darme el empujoncito para que me hiciera humo. Luego vinieron
días tétricos de vacío estomacal y descenso de peso. Dolor en las sienes y ausencia de circulación en la piernas. Un odio postergado hacia los
camaradas y la añoranza de la casa familiar, con su comida, su cama limpia, su patio de penumbras donde descansar del solazo que pegaba en las
persianas de la pensión donde estaba refugiado, sin consuelo ni fe ni amigos.
Cuando pude reaccionar, envolví en papel strass la ropa sucia, las medias, dos manzanas y puse todo en el fondo del bolsito laburante que me
darían el pasaporte de inmunidad para no ser confundido con un subversivo pelilargo, rasposo e intimidante con un arma a la cintura. Sonaban
cercanos los mugidos de las barcazas. Estaba dentro de un cuento de Kordon, de Conti, con linyeras comiendo algo ensartado en un alambre sobre un
fueguito, chicas huesudas atravesando esos callejones de atajo con crío en mano, olor a fritanga, aguas estancadas, flores abandonadas viajando
bajo el disfraz de irupé manchado de oil. El sol era inclemente y la sed una amenaza. En una estación de servicio tomé de la manguera como un
perro desesperado. Debía irme pero las piernas me pesaban como lingotes de riel.
¿Porque, porque me habían abandonado? ¿Porque me habían traicionado dejándome a la intemperie y a merced de morochones de bigotes chuzos al que
mi angelito perdulario, tangueril le habría susurrado en su oído de Escuela Bucetich.
Dejalo al pibe, dejá pasar a éste que lo único que hizo fue ser inconciente.
Luego llovió y no paró de llover por décadas y cayeron muchos y Alfonsín no levantó persiana alguna y los carapintadas le pintaron la cara y
desde el guano de los infiernos apareció el riojano más hijo de puta del país para cerrar los libros de la Buena Memoria, sellar con su baba las
ideologías y anunciar que el mundo había muerto y él, con remera rosa Penguin sería su macabro y perfumado enterrador, por más que los huesos de
los pibes se pudrieran al sol y el país tuviera otro signo monetario, los buques y las riquezas propias ahora ajenas y todo en un hervidero de
mierda, depresión y asesinatos. Yo ya tenía un trabajito de prensa que consistía en hablar de parajes turísticos exóticos sin moverme de mi
escritorio. Cavallo lloraba frente a los jubilados pero los sepultaba en vida y extendía los kilómetros de vías levantadas por el presidente,
ahora convertidas en plásticos de tarjetas de crédito. A mi me correspondió una. Era azul y verde, flamante en cuanto la tuve entre los dedos y
regresé hacia el escritorio donde tenía el DNI que el tipo de bigotazos que me resultaba una cara conocida me estaba requiriendo para acreditar
que era el titular. Lo recibí del mismo modo que hacía veintitantos años ya: espiando su cara conocida por la mirilla, abriendo y yendo a buscar
el documento adentro para que luego con sus dedos lacrados de marrón, encharolados y lentos verificara que, de nuevo, yo era yo. Y que ahora él
trabajaba en Seguridad Bancaria y que mi angelito, con algunas canas, me susurrara al oído: Este es el tipo, pero no podés hacer nada, salvo
escribir el relato de uno que se salvó, modestia aparte, gracias a este argentinito volador.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26668-2010-12-20.html
Después, ya dentro de un tiempo vertical y bíblico, supe ausentarme dentro de ese cono protector para renacer desde el fondo de los tiempos,
hecho ya un jovencito, derecho, con peto de musical y florido romance que mantenía con los elementos. Antes, claro, de la deserción por la
felicidad ausente, el desarraigo de la casa de glicinas, la mudanza interior hacia la angustia, el rencor estallado como un corazón bovino al
sol. Todo aquello en una planicie de resucitados, durmientes de los trenes que llevaban hacia el río, hacia donde la materia se torna pútrea y
los recuerdos nos remiten a pedacitos tras el velo: tangos, el patio esmerilado, tabaco, la orquesta rupestre como pintada contra la pared,el
mingitorio, las horas previas de tedio, la siesta de ventilador de aspas bronceadas y los vestidos de la primera cantante arracimados en el
patio, tendido igual a una espuma real evanescente como si fuesen aquellos trajes, las pieles caídas de las hadas que mutaban su ropaje cual
serpientes. Eso antes, repito antes de la navegación y la partida, cuando pensé que el tango habría de salvarme porque en algún lado estaba
escrito que así sucedería: esa ensoñación que por serlo nos protegía y nos volvía fuertes, porque creíamos, porque éramos jóvenes y el sol, la
noche, el champagne eran legítimos y la vida valía la pena. El Conde se mató en la curva de la muerte cuando iba a actuar a Chabás. Lo trajeron
envuelto en humo, una mañana de niebla que obturó la visión de los altos plátanos que parecieron cernirse sobre el cuerpo del cantor para
rendirse a sus pies, pues estaban más combados y supuraban unas lágrimas espesas que caían encristaladas en las bolitas peludas que se
desperdigaban, logrando, junto con la neblina, alcanzar un escenario de bosque empinado, de naturalidad descuidada pero pertinaz ante el poder de
lo irreductible. Pero todo esto ya no sirve y forma parte del cuadernito azul marca Combate mientras en la cocina arde la olla con eucaliptus y
ya no estás vos, Mirna y ya no está tu madre ni la mía y yo me he quedado aquí, indescifrable y apretujado de frío, ternura o piedad, bien no lo
sé, hacia mí mismo y créanme que es una sensación reconfortante al lado de aquella, la de la malograda felicidad de encontrarnos con el Conde,
con vos misma y volver a ser los amigos de siempre fuimos, indestructible trío a pesar que los huesos se han raído ya y no quiero pensar en
aquellos: ceniza de polvo ruin, letra de tango chico para un pasado enorme como el telón del Boxing Club que vaya a saberse quién se lo guardó
porque nunca más lo supe ver; un día no estaba más como no estaban más el embaldosado azul y añíl, la glicina supurante de perfume mareador, el
trofeo gigante, los retratos de Ferro Quina, la foto del Mudo y de Rita. Un sombrero de ala ancha, con el dedo maligno de Dios, volvió a crujir y
bajo su desliz se lo llevó todo. Nostalgias, calavereadas, pinturas al carbón para un país que ahora usa tinturas mágicas y veloces. Como son de
veloces los automóviles, los perros de juguete que ladran, las pantallas y los jovencitos que nunca conocieron al Conde ni a mi ni a vos, Mirna
que te estarás maquillando en el reservado lateral, disfrazado de camarín porque es así como arreglamos con los enfermeros, por eso mi untarle la
mano al que manda para que creas que estás de nuevo por salir a escena y ahora otra ves la escena giratoria y estarás en París, en Santa Mónica o
en la Cuba de Batista, Mirna, y ya la gente en sus arreboles de polleras y zapatos de hombres que relampaguean se han replegado porque estás por
salir a cantar a dúo con El Conde y yo he puesto la cinta, un cd le dicen donde está la voz suya y entre penumbras,con una mímica que he
aprendido, aparezco yo en medio de la semioscuridad y me confundís con él, claro, pero apenas lo mirás, porque en la sugestión y el hechizo
radica la fortaleza de ternura del vals que ya está sonando y salís al campo de baldosas y el público advierte tu belleza, tu altura de rubia
chiqué y aplauden y vivan y gritan fuerte hasta que con tu desliz de pollera los hagás callar y empiezan, empezamos, vos y el Conde con Bazar de
ensueño, luego siguen con Apenas un beso y terciar con Las señoritas de jazmín. Después te replegás, yo te tomo de la cintura y me das un beso en
la mejilla como siempre quise tener para mi solo y me vienen como flashes de fotografías el coche del Conde herrumbrado y sangrante, con los
frenos a los que pelé con una delicadeza extrema antes que el Conde se subiera y yo le dijera que me quedaba en el hotel porque tenía una mujer y
él volviera para no volver. Caen, según lo estipulado, estrellitas de ras sobre tu saludo y el público aplaude por un bis que le concedés y yo te
beso de nuevo para que todos vean que me pertenecés ahora, Mirna, por más que me llames con el nombre de él y este no sea ni el Boxing ni el
Pigalle, apenas un salón con tejido y barrotes en las ventanas y no haya una cabeza sana ni en la audiencia ni en el universo porque el tango
parece haberse vuelto sólo degradada carne de manicomio.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26579-2010-12-13.html
En aquel tiempo no tan lejano en que se reunió el Campo con el Gobierno a los fines de limar asperezas se pensó traer una amoladora de titanio de
la Nasa una amiga que tengo en el Gobierno me susurró que el edecán, quien goza de un alto sentido del humor había dicho: ¿Julito Cobos no vino?.
Enseguida Cristina viajó al acto de mando de Lugo en el Paraguay y fue el mismo funcionario quien sugirió empacar el sillón de Rivadavia en el
avión por las dudas alguien se lo quedara. Repitió la idea cuando Cristina viajó a China. Pasaron meses, declaraciones, y la cara de tujes
apretado del vice lloroso apareciendo hasta en las propagandas de yogurt porque nadie lo invitaba a ningún ágape, asado criollo o partido de
metegol. Menos aún para el velorio de Néstor.
Entonces la Primera Dama, a instancias del Jefe de Gabinete, quien movía el bigotazo con denuedo, anunció que se haría un "huequito" para poder
atender al disidente que estaba ya arribando a Casa de Gobierno como un novio solícito. Un impermeable desusadamente grande le empequeñecía su
magro cuerpo al descender del coche.
¿Chaleco anti balas tal vez?, le espetó un guardaespaldas. Otro oficial lo palpó amablemente.
Es por si trae otro "NO"-, deslizó feliz con la ocurrencia. Cleto pidió un traductor no presumía un diálogo claro con la presidenta y alguien que
le pruebe la bebida. Ambas cosas fueron descartadas con un guiño: Tranquilo, macho, le apostrofó el edecán. Ves mucho Discovery Channel sobre la
vida de los romanos.
Luego, por el pasillo le recordó al pasar aquel jugador de River, Poncio de apellido y amablemente lo invitó al toilette por si quería lavarse
las manos. Tuvo un viaje largo, se permitió aclararle. Imperturbable Julio admitió la sorna y le firmó un autógrafo a un granadero quien ni lo
tocó.
¿Ven? dijo Cobos, con aire de fingida paranoia. Acá me hacen el vacío. Y se rió sonzamente buscando complicidad. Nadie le festejó nada. El mismo
edecán le dió un empujoncito leve a la altura de la cintura para que caminara más rápido y la comitiva arribó al salón donde una Cristina
hablando por teléfono a la vez que se pintaba las uñas, un Ministro del Interior absorbido en una batalla naval con Nilga Garré fueron la escena
que preponderaba. Saludaron sin mirar. Llegó el té. Amable, el Vice dio el pésame e invitó a la Presi a beber primero y como un prestidigitador
le ofreció su taza por aquello del envenamiento y otras postales que Cleto consumía asesorado por Lilita Carrió.
"Es el único hombre que me hizo esperar toda una noche", se sorprendió la Presi recordando aquel cuadro lamentable de la 125 y la decisión
timorata del presente. "Yo le voy a dar la sección Mantenimiento de Excusados, otra que ingerencia", murmuró por lo bajo para que el Ministro del
Interior la oyese. Ja, como si no la hubiese tenido, le contestó Randazzo mientras le cantaba "A 8" a la Ministra de Defensa, que obviamente, se
defendía. Averiado, contestó señalando con el mentón al funcionario desempatador. Luego desde unos parlantes se oyeron los acordes de "Solo le
pido a Dios" justo en el renglón que dice "si un traidor puede mas que unos cuantos que esos cuantos no lo olviden fácilmente".
Editado, sonaba una vez tras otra. Ay, fíjense que se quedó enganchado, debe estar rayado, soltó Cris a un secretario técnico. Tomada, recién
ingresado y de buen humor jugaba con Boudou a las palabras cruzadas.
Persona débil, fácil de olvidar promesas, incompetente y peligrosa. A ver, che ¿cuántas letras? Siete y empieza con trai-contestó el Ministro de
Trabajo. Basta chicos, dijo Cris retándolos. !No ven que estoy con gente!. Sí ¿decía usted?, alargó expectante Cleto. Por los altoparlantes se
oía "! La vida es una moneda quien la rebusca la tiene!" y "El amor después del amor ".
Cris bostezaba artificialmente, Cobos exigía cambios. Randazzo le señaló que efectivamente estaban haciendo falta una lámpara nueva y el
cortinado lateral. El edecán le susurró un chiste. Julio no oyó el remate porque las risotadas de los funcionarios se lo impidieron. Shh,
solicitó Cristina, que acá, el caballero tiene algo que decirnos parece. Y el Vice, ilusionado agradeció, sin advertir que a quien se refería
ella era a un moreno vestido de gaucho quien entró por detrás guitarra en ristre a pura milonga. ....Delía es De ...De lía, tartamudeó. ¿No
estaba fuera de nuestro gobierno?. ¿Nuestro dijo?, se le oyó a Cris. Sí, le contestó un glacial Fernández, pero anima muy bien las reuniones. Un
frío de baja presión le corrió por la espalda transpirada al Vice. Besó la medalllita con la cara de San Alfredito De Angelis, santo protector de
los Sojeros. El edecán le acercó al oído otro chiste. Entra un tipo a una librería y le pide al empleado Deme el libro "Cómo hacer amigos" pero
tráigalo, rápido, !imbécil!". Justo en ese momento arribaron las masitas. La moza tenía un cierto aire a Yiya Murano. El edecán se le adosó de
nuevo. Lo palmeó tan sorpresivamente que le hizo escupir el té. Cris le espetó Ay, Julito ¿en su casa no le enseñaron modales?. No tuvo casa,
tuvo madriguera entonó el sólido morocho cantor que andaba cerca mientras en la oreja le masticaba con rabia una medialuna. Bueno, va siendo hora
de irme, musitó Cobos por lo bajo a la vez que corría la silla para levantarse. Dos ministros estaban a plena pulseada en mangas de camisa
festejando el juego, Delia había hecho entrar a la Agrupación Gauchos Descalzos que zapateaban alrededor del mendocino y le tiraban alguna que
otra patadita coreográfica, Yiya ofrecía masitas y la Presi, mientras se retocaba la nariz, recibía llamados por sus catorce celulares y ordenaba
a sus ministros al grito de !Chicos, saluden que se va la visita!. La empleada gubernamental me narró las últimas postales de aquel encuentro:
mientras el mendocino, manchado de té derramado en sus zapatos, salpicado con harina de masitas, sudado de pánico, se retiraba como podía el
edecán lo tironeó de la manga asestándole el último chiste. Cobos no le entendió ni quiso oir su final. El funcionario se rascó la cabeza y le
comentó a mi espía femenina. Este es un amargo como pocos, deslizando la broma mientras señalaba las espaldas del mendocino y su atropellado
éxodo. Llega un hombre a una empresa y le pregunta al portero: Está el jefe? No, se fue a un entierro. ¿Tardará mucho en volver? Supongo que sí,
iba en el ataúd.
Afuera garuaba y Cleto se había venido sin paraguas.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26424-2010-12-02.html
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