Me acuerdo de Me acuerdo (título original I remember), ese legendario libro de Joe Brainard homenajeado por Georges Perec en su Je me souviens y
admirado por Paul Auster por el modo en que “traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos al mundo”.
Me acuerdo de que Me acuerdo –no me acuerdo en qué estante de mi biblioteca lo tengo– está construido en base a puntos y apartes y frases breves
y puntos que siempre comienzan con un “Me acuerdo...”. Ejemplos: “Me acuerdo del día que dispararon a John Fitzgerald Kennedy” o “Me acuerdo de
lo tonto que parece todo por la mañana”.
Me acuerdo –toda cosa que se piensa en el acto un segundo después ya es un recuerdo– de haber pensado que el “mecanismo” de Me acuerdo sería un
buen recurso para escribir esto que me piden que escriba sobre el golpe, treinta y cinco años después.
Me acuerdo de que “It was thirty-five years ago today / General Videla thaught the country to pray”.
Me acuerdo de que entonces yo tenía doce años.
Me acuerdo de que yo no estaba en Buenos Aires, Argentina.
Me acuerdo de que yo estaba en Caracas, Venezuela.
Me acuerdo de que al golpe lo vi por televisión, en blanco y negro.
Me acuerdo de que alguna vez pensé que la memoria (la historia íntima) es sepia, pero la Historia pública es en blanco y negro. Y que lo sigue
siendo. En el blanco y negro de los televisores de entonces.
Me acuerdo de que había un Gran Muerto y el fantasma de Esa Mujer y un Brujo y demasiados hechizados.
Me acuerdo de que se lo veía venir (al golpe) y de que se la veía caer (a Isabelita).
Me acuerdo de que Isabelita se fue volando. En helicóptero. Como si dejara su propio y privado Saigón que era, también, el de tantos otros.
Me acuerdo de pensar que el golpe (el acto en sí, el Puñetazo, la Patada) era apenas el knock-knock al que seguiría el bang-bang.
Me acuerdo de que nos llamaban por teléfono para preguntarnos “qué se dice por ahí de acá”. Me acuerdo de que los teléfonos eran una especie de
Radio Caracas, de sucursal de Radio Colonia.
Me acuerdo que también nos llamaban para contarnos quién era el nuevo muerto, quién había desaparecido. Me acuerdo a la perfección de la llamada
que comunicó el final de Rodolfo Walsh.
Me acuerdo de que entonces no existía Twitter y que nadie podía twittear cosas como “Acaba de parar un Falcon verde frente a la casa del vecino”
o “Algo habrá hecho”.
Me acuerdo de que nosotros nos habíamos ido de Argentina un tiempo antes. Habíamos sido los casi primeros habitantes de una Caracas súbitamente
intelectual y muy emigré donde día a día se iban sumando nombres y apellidos que llegaban huyendo de días nublados, de noches oscuras, de listas
negras y de agendas en llamas.
Me acuerdo de que yo habitaba ese limbo entre la infancia y la adolescencia, pero que ya había tenido experiencias dignas de un cuento: paseo en
un auto feo con empleados de la Triple A, padres en el calabozo, abandono de hogar dejando todo ahí dentro y abrazo de aeropuerto.
Me acuerdo de que un argentino tuvo la idea de vender en un kiosco de Sabana Grande, Caracas, revistas y diarios argentinos. Me acuerdo que, años
después, alguien me contó que lo habían asesinado.
Me acuerdo de que mi padre y mis amigos compraban allí –con fruición casi masoquista– Gente y me acuerdo del primer número de Somos con Videla en
la portada. Me acuerdo de que lo habían apodado La Pantera Rosa, confundiendo a un animal animado con un animado animal. Me acuerdo de que muchos
salieron a la calle a aplaudirlo cuando dejó de procesar. Me acuerdo de la cara de Massera. ¿O era una máscara de Halloween? Del Chiflado N. 3 no
me acuerdo mucho. Pero me acuerdo de Viola. Y cómo olvidar a Galtieri. Y me acuerdo de que muchos decían que Bignone –como Lanusse– “era bueno” o
al menos “no era tan malo”.
Me acuerdo de la Iglesia argentina y... ¿De verdad tengo que acordarme de la Iglesia argentina? Señorita: me duele la panza y tengo ganas de
vomitar.
Me acuerdo de que en esa misma calle de Caracas donde vendían Gente y Somos muchos argentinos salieron a festejar el Mundial ‘78 sin entender muy
bien por qué lo hacían, aunque la explicación que escuché muchas veces era “Por lo menos que los de allá tengan una alegría”.
Me acuerdo de que yo, en cambio, prefería leer Skorpio y Corto Maltés y las nuevas versiones de Pif Paf y Tit-Bits.
Me acuerdo de leer una y otra vez la reedición de El eternauta buscando recordar y no olvidar allí las calles de un Buenos Aires que comenzaba a
desvanecerse.
Me acuerdo de que alguien me comentó que habían matado a H. G. Oesterheld y yo recordé que, sí, al final ganaban los Ellos.
Me acuerdo de volver a Buenos Aires en el invierno de 1979 y que todo –comparado con el ensordecedor y caótico y colorido tropicalismo de
Caracas– me parecía tan firme y de frente marchen y silencioso y en blanco y negro y, sobre todo, en gris.
Me acuerdo de que el silencio era salud y los argentinos eran derechos y humanos y que yo esperaba el día en que salía el nuevo número de Humor o
de Súper Humor o de Hurra (y de Skorpio y Corto Maltés y las nuevas versiones de Pif Paf y Tit-Bits) como otros esperaban una victoria o, al
menos, una tregua.
Me acuerdo del día que dispararon a John Winston Lennon y –qué loco– de que lo primero que pensé al enterarme fue: “Seguro que intentó robar un
banco”.
Me acuerdo de haber ido al primero de muchos conciertos de Seru Giran y de, querida Alicia, cantar a los gritos las canciones apenas en código de
Charly García.
Me acuerdo de la voz de Graciela Mancuso y de la risa de Hugo Guerrero Marthineitz y de las muletillas de Juan Alberto Badía.
Me acuerdo de salir corriendo por la Avenida del Libertador, a la salida de tantos Obras, para esquivar los patrulleros y los camiones que
esperaban afuera con ganas de regalarnos varios bises.
Me acuerdo de leer por primera vez El hombre en el castillo de Philip K. Dick y de fantasear con que, en realidad, quién sabe, tal vez en otra
dimensión...
Me acuerdo de que estábamos ganando y seguíamos ganando y que la gente donaba comida y joyas para darle de comer a los hijitos extraviados
luchando por la hermanita perdida.
Me acuerdo de que por esos días –yo era clase ‘63– un tipo detrás de un mostrador me gritó “Traidor” cuando fui a renovar mi pasaporte y que, por
supuesto, no me lo renovó.
Me acuerdo que después de eso –y de eso, y de eso también, y de todo lo demás también– eso se acabó como se acaban tantas cosas: nunca acabándose
del todo. Siempre habrá voraces Cascarudos, enormes Gurbos, zombificados Hombres-Robot, mortales Glándulas del Terror, líricos Manos abducidos, y
todo eso. La Casa nunca está en orden y el Proceso siempre va por dentro.
Me acuerdo –disculpas, por las dudas– de que siempre me olvido y de que nunca estoy del todo seguro de cómo es eso del dequeísmo y del queísmo.
Me acuerdo de que me sigo acordando.
Me acuerdo de que no me voy a olvidar.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/subnotas/164788-52702-2011-03-24.html
UNO Mi cuento favorito de H.G. Wells –y uno de mis relatos preferidos de cualquier escritor– es “The Door in the Wall”,
publicado originalmente en julio de 1906 en el Daily Chronicle e incluido al año siguiente en el libro The Country of the Blind. Genial ya desde
su sencillo y aparentemente normal pero tan inquietante título (toda puerta está, en teoría, interrumpiendo el fluir de una pared; pero hay algo
extraño en que se presente a la puerta como algo metido en un muro, como un agujero, ¿no?) lo que aquí cuenta Wells es la odisea privada de un
tal Lionel Wallace. Hombre de éxito que, de tanto en tanto, a través de un portal que aparece y desaparece desde su infancia y a lo largo de los
años en los muros de su vida, huye y va y vuelve de un mundo alternativo de “realidades inmortales” rebosante de “paz, delicia, belleza más allá
de todo sueño y una bondad como nadie en la tierra ha conocido jamás”. El final –la historia nos la narra un amigo del viajero– es previsible
pero no por eso menos tremendo: Wallace anuncia que se irá para ya no regresar, desaparece, y a los pocos días encuentran su cadáver en el foso
donde van a dar los túneles de unas obras cercanas a la East Kensington Station. El narrador se pregunta entonces lo que nos preguntamos
nosotros: ¿Fue? ¿Volvió? ¿Dejar su cuerpo de este lado era el peaje, el precio del pasaje? ¿O simplemente, víctima de su delirio, se cayó en un
pozo?
DOS Leo X’ed Out, el nuevo comic de Charles Burns (Mondadori lo publicará a la brevedad con el título de Tóxico) que comienza
con alguien que se despierta y descubre un agujero en el muro de su habitación. Y, por supuesto, los agujeros están para atravesarlos. Y allí va,
por un túnel, el héroe alucinado con cadencia David Lynch y trazo Hergé (hay un más que evidente guiño a La estrella misteriosa, mi Tintín
favorito con ese comienzo de grietas y terremoto) rumbo a un mundo extraño habitado por seres más extraños a los que nuestro mundo normal les
parecería, sí, tan anormal.
TRES Ahora hace mucho frío pero la gente sigue caliente. Nada de “paz, delicia, belleza más allá de todo sueño y una bondad como
nadie en la tierra ha conocido jamás”. El año empezó con una de esas “injusticias” que contaminan el aire de los cafés donde ya no se puede
fumar. El Balón de Oro a Messi y no a un español –Xavi o Iniesta– de la casi barcelonesa selección campeona del mundo. Claro está que cuesta
enojarse con Messi, a quien los locales quieren tanto como detestan a Ronaldo o al insoportable Mourinho. Messi complace a la tía soltera y al
punk en llamas, y tiene algo de aquel Chance en la novela de Jerzy Kosinski. Imposible olvidarlo recogiendo la pelota dorada, trajeado como
animador de fiestas infantiles con esa sonrisa todavía más infantil que recuerda a la del lunático Andy Kaufman. Si alguna vez le escriben a
Messi sus memorias propongo que se titulen Desde la cancha. Y que en la portada salga una foto de Messi saliendo de una grieta en el césped
esmeralda del Camp Nou.
CUATRO Y de lo que en realidad habla Wells en “The Door in the Wall” es de la preservación de cierto espacio alternativo, de la
precisa ubicación de un punto de fuga al que no hay que perder nunca de vista. El relato puede leerse como un anexo al Peter Pan de James Matthew
Barrie, amigo de Wells, y a tantas otras ficciones contemporáneas que se apoyan sobre la idea de la preservación del tiempo perdido, sobre la
posibilidad de salirse del río de los años y contemplar a los demás pasar y envejecer desde las orillas. Drácula, Dorian Gray, Ayesha, Peter
Pan... Todos ellos ajenos a esas grietas que, por una cuestión de piedad con nosotros mismos, convinimos en rebautizar como arrugas.
CINCO Y leak significa filtración y las cosas se filtran a través de las fisuras y grietas del sistema. Lo que nos lleva a
Wikileaks y a Julian Assange, quien seguramente ya anda ofreciendo sus memoirs al mejor postor. El nuevo sex-symbol para las juventudes progres y
la bestia negra para la madurez conservadora. Días atrás, en un sketch de Saturday Night Live se lo enfrentaba a su contraparte eléctrica. A otro
ídolo virtual: Mark Zuckerberg, el “creador” de Facebook. Y el actor que imitaba a Assange se quejaba: “No entiendo: yo entrego los datos
privados de las corporaciones a la gente y soy el malo, mientras que él entrega los datos de la gente a las corporaciones y es el bueno”. Algo de
razón tiene. Pero pequeño detalle: para ser el bueno buenísimo de la película, Assange debería entregar los datos de todos y no solamente de
turbios y tontos funcionarios del gobierno norteamericano. En lo personal, todavía estoy esperando todo eso que Assange decía tener en su poder
–cuando encendió su ventilador informático de mierda– acerca de los chanchullos de la banca internacional y que todavía no he leído en ninguna
parte.
SEIS Mientras tanto, me entero de que de todo el dinero recaudado y prometido para aliviar las grietas y agujeros y muros caídos
por el terremoto de Haití, un año después, sólo se ha entregado a sus destinatarios un 10 por ciento de la cantidad anunciada. El resto, parece,
no ha podido filtrarse a través de los canales habituales y blablablá. Postales de Haití en los noticieros: todo está como estaba, todo lo que se
cayó no se levantó y ahora, además de furia, hay cólera. País zombi, país muerto vivo, y hasta la próxima catástrofe maléfica para los nacionales
a ser explotada por los internacionales benéficos de siempre, cada uno de su lado.
SIETE La delgada línea que separa a unos de otros es, en ocasiones, el preámbulo de un abismo insondable e imposible de
franquear con unos y otros mirándose desde un borde a otro. Subrayo frase de G.K. Chesterton –amigo de Wells y de Barrie– citada en la flamante
biografía de Marshall McLuhan que acaba de publicar Douglas Coupland. Aquí está: “El mundo moderno se ha divido por completo entre Conservadores
y Progresistas. Los Progresistas son los encargados de continuar cometiendo errores. Los Conservadores son los encargados de evitar que esos
errores sean corregidos”.
Errar es humano, suelen excusarse los inhumanos cuando les conviene equivocarse, cuando se equivocan a su favor.
OCHO Y crack significa grieta y crack financiero y los tiempos que corren nos han obligado a convertirnos en pseudoexpertos de
abstracciones como “inyección de fondos”, “subasta de la deuda”, esas cosas. Y Grecia, Irlanda y Portugal... y España en la mira. Todos van
cayendo como personajes de nombre complejo en aquellos thrillers de Agatha Christie. Pero al menos los libros de la Gran Dama del Crimen
–recuerden– venían con guía de personajes a consultar cada vez que nos perdíamos yendo de la muerta en la cama al muerto en el living o, perdón,
en la biblioteca, donde se sirve el brandy y se encienden los cigarros.
NUEVE Portada de la revista humorística El Jueves. Allí, uno de los dos líderes sindicales al frente de Comisiones Obreras se
entusiasma: “¡Por fin! ¡Es la revolución! ¡La gente sale a la calle!”. El otro, resignado, le aclara los tantos: “Me parece que no: es que ya no
pueden fumar dentro”.
Puertas otra vez. Al otro lado de la puerta, por favor.
DIEZ Y Benedicto XVI vuelve a hacer reformas en los planos de la eternidad (el limbo, el Purgatorio como “fuego interior”, esas
cosas, más detalles otro día) sin precisar cuál es el círculo que les toca a Berlusconi y a sus diablitas conejitas. Me quedo, mejor, con Adolfo
Bioy Casares, en su Autocronología, evocando temblores de niño que, con el tiempo, crecen a firmezas de escritor: “1921 - Me explican: por las
grietas que en cualquier momento se abren en la corteza del mundo, un diablo puede tomarnos de un pie y arrastrarnos al infierno. Lo sobrenatural
como algo aterrador y triste”.
ONCE El fin de semana pasado, un triunfal Mariano Rajoy, en un mitin del Partido Popular, exclamó al borde del orgasmo que
“España tiene sed de urnas”. El problema es si las ranuras de las urnas por las que se meten los votos son, en realidad, grietas que se abren en
la corteza del mundo por las que un diablo... Lo político como algo aterrador y triste.
DOCE Apago la computadora –¿puerta?, ¿grieta?, ¿agujero?– y me voy a dormir. A soñar. A cruzar. A progresar y a conservarme. A dejarme caer o a
agarrarme al borde del sueño o a viajar por ese túnel del tiempo que es la noche. Mañana será otro día, otro mundo, otro muro.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-161111-2011-01-25.html
UNO De un lado está Europa y del otro está Asia. Un río las separa, pero –cruzar silbando
“Istanbul (Not Constantinople)”– un puente las une. Si todo fuera tan sencillo... Y, ahora que lo pienso, silbar “Istanbul (Not Constantinople)”
es algo casi imposible.
DOS Lo obvio, claro, sería Estambul, de Orhan Pamuk. Digo: si uno siguiera siendo ese tipo de
persona que, en los viajes, se lleva libros con el nombre del lugar al que viaja en el título. Pero ya no. Se acabó eso de París era una fiesta,
Campos de Londres, Cuarteto de Alejandría, Galápagos, Amsterdam, Berlín Alexanderplatz o Dublineses. Para Turquía me llevo el último del autor de
L. A. Confidencial, novela que nunca me llevaría a Los Angeles. La nueva y explosiva memoir horizontal pero retorcida de James Ellroy: The
Hilliker Curse. Y digo “explosiva” porque sus menos de doscientas páginas –subtituladas My Pursuit of Women– son literal y literariamente la
historia de un Big Bang y su larga onda expansiva. Aquello que comenzó –ya lo sabemos por la anterior Mis rincones oscuros– con el asesinato
nunca resuelto de una madre y se perpetúa a lo largo y ancho de los cuerpos calientes de hembras fatales para el autor que las persigue hasta el
abandono y, luego, invocarlas desde un paisaje devastado junto a una cama deshecha. Es que para Ellroy las mujeres son, sí, minas. Para Ellroy,
las mujeres explotan. Explotan en su cara al escribirlas y, leyéndolas, en la nuestra. Con esa prosa de ametralladora, acribillando todo pudor o
escrúpulo. Y sin embargo, en el aire, uno no puede dejar de seguir leyendo hasta que los acontecimientos se precipitan y el avión aterriza.
TRES Haciendo la cola para que me estampen mi visado, en el aeropuerto de Estambul, de pronto
me acuerdo: ¿Hubo una película que se llamaba Mirta, de Liniers a Estambul? Estoy casi seguro de que sí. Podría consultarlo vía Internet, en el
hotel. Pero, para cuando llegue a mi habitación, seguro que ya no me acuerdo. Paradoja: el acceso al vértigo de una memoria absoluta nos ha
vuelto tanto más olvidadizos.
CUATRO ¿Será la vista desde los altos del Hotel Adamar la mejor de toda Estambul? Decido que sí
–estaré aquí apenas 24 horas y punto– con esa certeza despótica de los viajeros relámpago. Allí, en el atardecer, el cielo es rojo y las siluetas
de las mezquitas compiten entre ellas mientras, desde todas partes, brota el canto de los muecines. Y mientras camino rápido por la ciudad,
tachando greatest hits (Santa Sofía, Mercado de las Especias, Gran Bazar, cisternas, Mezquita Azul), esquivando multitudes de hombres que alzan
los brazos al paraíso y de mujeres religiosamente cubiertas ligeramente, ligeramente paranoide como todo turista en tierras extrañas (¿tocará
justo aquí el próximo little big bang?), me acuerdo de aquella aventura del Corto Maltés. Allí, el aventurero más internacional mataba a un
muecín y ocupaba su puesto y, para no ser descubierto, salía al minarete para gritar cualquier cosa.
CINCO La palabra árabe muecín equivale, en árabe, a gritador y cómo grita el presidente chileno
Sebastián “Abrazator” Piñera. Siempre al borde del pozo. Tan contento de que lo esperen para no perderse la foto o la cámara. Diciendo cosas como
“cantemos con el casco sobre el corazón” o –momento impagable– ese “¡Viva Chile, mierda!” con carita de chico bien educado que comete impensable
travesura, con cara de “Uy, dije mierda”. Lo veo todo, en vivo y en directo y, sí, hubo un tiempo en los noticieros, en que el vía satélite se
anunciaba como un lujo raro y poco frecuente. Ahora no: ahora todo sucede al mismo tiempo en todas partes y ahí van saliendo, uno a uno, los
mineros de una mina mucho más peligrosa que cualquier mina del minero Ellroy. Felicidades a todos ellos, pero cuidado con las tanto o más
peligrosas profundidades de la superficie. Ya se han anunciado sabrosos premios y botines para los protagonistas de esta edición underground de
¡Viven! Recompensas que incluyen concentraciones patrias para aclamarlos, crucero por Grecia, invitación a un partido del Real Madrid, contratos
por entrevistas y libros y películas y –para ese subterráneo fan de Elvis– visita privada a Graceland. Y esto es sólo el principio de algo que
tendrá final y uno no puede sino evocar lo que les pasaba a aquellos primeros legendarios ganadores del Prode que nunca pudieron reponerse de la
mala suerte de tanta buena fortuna. “He pensado y voy a cambiar mucho”, advirtió uno. “He sufrido mucho y no quiero sufrir más”, precisó otro. Y
ambas frases tienen algo de conmovedor pero, también, de inquietante. Desde aquí hago votos para que Piñera no los esté esperando en sus casas,
debajo de la cama o dentro de un placard. Y ahora –loop interminable, end of the world news– la realidad ya está preparando una nueva historia
irreal pero cierta. Y paren las rotativas y enciendan, otra vez, las cámaras nunca lentas y siempre rápidas.
SEIS Mientras tanto y hasta entonces, minucias y pequeñeces. Y los abucheos a Zapatero –quien
un par de días antes, mientras se precipitaba por túneles mal apuntalados en las encuestas, había afirmado que su continuidad política y posible
candidatura para las elecciones generales de 2012 “será una decisión muy personal”– durante el desfile del 12 de Octubre, Fiesta Nacional y Día
Grande. Y nadie pareció inquietarse (o sí, pero no lo dijo) porque semejante resolución política se entienda como asunto privado a tramitarse a
solas. Así que a esperar al año que viene mientras aliados y contrincantes del PSOE miran arriba y abajo y Rajoy –lo único que sabe hacer– sonríe
entre bambalinas sin decir que habrá de convertirse en el próximo a tomar “decisiones personales”. El rey se enojó por el griterío, el príncipe
también, y Letizia vistió pantalón en lugar del vestido corto de rigor volviendo a provocar desgarro de vestiduras entre los que la acusan de
fuera de lugar y posición además de lucir populares y económicas prendas by Zara & Mango. Y el gobierno intenta ahora pactar un impracticable
protocolo para que esto no vuelva a suceder (lo de los insultos y pedidos de dimisión de viva voz; no lo del pantalón de Letizia) y así evitar la
mala educación cívica de gente molesta pero también, de paso, de aulladores indignados por el derrumbe de la crisis, atrapados en galerías
inaccesibles, como esos canarios en las minas de carbón, preguntándose cómo van a hacer para salir de ahí abajo, donde la luz no llega pero (hey,
volvió a subir la factura) te la cobran lo mismo. Y –atención, tomen nota– esto es lo más inquietante de todo: entre esos disconformes e
iracundos cada vez hay más grupitos de quinceañeros de buena posición, sin cascos pero con cocodrilitos sobre el corazón, convocados vía Facebook
y Twitter. Chicos que llegaron allí enarbolando banderas franquistas y cantando “Cara al sol” mientras, en el cielo, los aviones pintaban el azul
de rojo y amarillo.
SIETE Las nuevas novelas de Douglas Coulpland y Alberto Fuguet transcurren en aeropuertos.
Sincronicidad si la hay; y yo –de regreso a España, Ellroy ya acabó– ahora hojeo un libro que me compré en la indispensable librería Robinson de
Estambul: Under the Sun: The Letters of Bruce Chatwin. Más postales que cartas porque –siempre en tránsito– Chatwin escribía corto y preciso. Y
busco y encuentro una desde Buenos Aires –fechada en 1974, Hotel Lancaster, para Elizabeth Chatwin, esa tan paciente Penélope– donde el inglés
describe la ciudad como “una definitivamente bizarra combinación de París y Madrid pero sin sedimento histórico, con avenidas alucinantes donde
ni siquiera la más humilde ama de casa se ve obligada a sacrificar sus aspiraciones de María Antonieta”. Yo describo a Estambul como una versión
mil y una noches del Distrito Federal de México y vine aquí para dar una conferencia sobre el Buenos Aires literario. Ese fervoroso Buenos Aires
de los libros que, para mí, es cada vez más real que el Buenos Aires en el que alguna vez viví y escribí y leí y al que difícilmente alguna vez
vuelva (sin Adán Buenosayres en el bolso) para dar una conferencia sobre Estambul. Ese Buenos Aires fundado por segunda vez por Juan de Garay que
–con el correr de los años– para mí es ese único Buenos Aires donde, en un sótano de la calle Juan de Garay, todavía late el aleph desde el que
se puede ver la totalidad del inconcebible universo.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-155317-2010-10-19.html
UNO Hace unos cuantos años escribí que, para mí, Mario Vargas Llosa era como el Hannibal Lecter de la literatura en español: el hombre que todo
lo intuye sin necesidad de salir o levantarse de su celda/escritorio, el que mejor comprende las motivaciones tras los actos de aquellos que
andan dando vueltas por ahí afuera, el que traza como nadie la línea que separa la realidad de la ficción y a las personas de los personajes, el
más experto arquitecto de la novela como santuario donde refugiarnos. Y, como es de público conocimiento, Lecter –para muchos ese buenísimo malo
o malísimo bueno– siempre se escapa y se sale con la suya. Tiempo después le hice a Vargas Llosa –escritor que lee y lector que escribe– ese
mismo comentario en vivo y en directo: “Usted es para mí el Hannibal Lecter de la literatura”. Vargas Llosa me miró sorprendido, sonrió un tanto
inquieto (o quizá ya resignado a que se lo acusara de cualquier cosa) y me pareció que, con cierto alivio, escuchó enseguida mis razones para lo
que en principio podía llegar a sonar como definición y apreciación freak. “Ah... Era un elogio”, me dijo riendo cuando le expliqué lo de Lecter.
“Usted es el hombre que todo lo sabe”, insistí. Pero no estaba en lo cierto; porque si alguien no podía saber o siquiera sospechar que el pasado
jueves 7 de octubre iba, por fin, a recibir el Premio Nobel de Literatura, ese alguien era Mario Vargas Llosa.
DOS Sí, el pasado jueves –como casi todos los pasados primeros jueves de octubre– me serví una cerveza y me senté a ver el más breve y más
sorprendente reality show de la televisión toda: la comunicación anual de quién es el nuevo ganador del Premio Nobel de Literatura. Conectamos
con la Academia y escenografía despojada, puerta que se abre, secretario que sale con papelito en la mano y lee nombre y justificaciones que, por
lo general, no explican gran cosa. Así, uno escucha quién es el ganador y algunas veces piensa “¡Oh!”, muchas veces piensa “¿Uh?” y –en contadas
ocasiones, feliz como el jueves pasado– exclama “¡¡¡Aaaaaaaaaaaah!!!”.
TRES Y de pronto y sin aviso, claro, la tormenta de opiniones, la carrera hacia los teclados para escribir la columna que celebra o condena, el
sonido del teléfono pidiendo opiniones. Y, en el caso de Mario Vargas Llosa, todo eso de su cuestionable perfil siniestramente diestro, de la
variable polaridad de su credo político, de la traición a sus sueños de juventud. Me preguntaron por todo eso, lo respondí en voz alta, pero creo
pertinente pasarlo a letra. Allá vamos: ninguna idea personal –expresada civilizadamente y sin hacer daño a segundos y terceros– debe ser
castigada, a no ser que esté al servicio o apología de un orden dictatorial o criminal. Puede ser criticada, de acuerdo, pero dentro de los
respetuosos parámetros –de ida y vuelta– de la libertad de expresión. Cada uno se hace cargo de lo que dice porque es libre de decirlo y, hasta
donde sé (más allá de mi delirante y difusa analogía con Hannibal Lecter), difícilmente se revele algún día que Vargas Llosa fue todo este tiempo
un exquisito asesino en serie. Por otra parte –dentro de un paisaje donde es tan fácil alzar un puño izquierdo mientras se hunde la garra derecha
en el bolsillo– siempre se me antojó admirable el que Vargas Llosa (con buena parte del camino recorrido) se arriesgara a semejante golpe de
timón en público sabiendo que eso podía costarle mucho, pero prefiriendo ser sincero consigo mismo y con los demás. Last but not least, el
liberal centrado Vargas Llosa –laicista, a favor de los derechos de los gays, de la legalización del aborto y de las drogas, crítico con todo
autoritarismo– expresa lo suyo con mejor y más precisa prosa que la de la oratoria inflamada e inflamable de todos esos caudillos iluminados que
galopan sus muy privadas fantasías a campo traviesa y atropellan a lo largo y ancho de islas náufragas y tierras no tan firmes. Aquel al que le
disguste ese lado de Vargas Llosa (y, lamento desilusionar a muchos, pero la literatura como oficio y actitud y hasta ejercicio físico es, ya en
su ADN, un animal cómodo y burgués) no tiene más que ejercitar un sencillo y democrático acto. Un acto de esos que varios de los detractores de
Vargas Llosa no permiten realizar a todos aquellos sobre los que creen levitar: el de no leer sus crónicas y no-ficciones y concentrarse en su
ficciones que, constantes, se ocupan de la búsqueda y defensa de los derechos y de los humanos, de la libertad, y del vivir con honor y dignidad.
Si tampoco quieren leer sus ficciones, todo o.k.: en cualquier caso, a Lecter le sobran lectores.
CUATRO Y –en los fulgores encandiladores del Nobel– vuelve también todo eso del “misterio” de la ruptura con su hermano de sangre y tinta Gabriel
García Márquez, de la competencia que los une y los separa. Otro lugar más vulgar que común que me recuerda a aquella tan gastada dicotomía
beatle. Así –ambos compartiendo la única cara de un single boom– Gabriel García Le-nnon (con mayor facilidad para el slogan y aire más rebelde)
habría escrito la lisérgica y voladora Cien años de soledad (equivalente de la realista y mágica “Strawberry Fields Forever”) mientras que el
Mario Vargas McCartney de Conversación en la catedral (su panorámica, terrena, e instantáneamente nostálgica “Penny Lane”) sería el conservador
artesanal y doméstico. No sé... La historia ha probado que McCartney era igual de vanguardista o más que Lennon y que es muy fácil cantar
“Imagina que no hay posesiones” siendo multimillonario. Y hay demasiada gente que sólo percibe la realidad como si se tratara de un match de
boxeo o unas elecciones políticas. Yo prefiero seguir leyéndolos a ambos. Y –ahora que lo pienso, volvamos a Vargas Llosa, porque de eso y de él
se trata hoy– comencé a leerlo con la intensidad con que sólo se lee en la adolescencia. Esa misma intensidad que muchas veces hace que, con el
correr de los años, dejemos de lado a quienes leímos entonces porque, sí, los leímos vampirizados por ellos y, al mismo tiempo, como si fuésemos
ese vampiro que exprime a su víctima hasta la última gota, hasta que nos convencemos de que ya no tiene nada para ofrecernos y volamos hacia
otros cuellos en busca de nuevo y virgen alimento. Pero no he dejado de leer a Vargas Llosa –get back y don’t let me down– convencido de que su
mejor libro siempre puede ser el próximo, y falta menos para El sueño del celta.
CINCO De paseo por Madrid –promocionando el retorno de Gordon Gekko a las calles y pasillos de Wall Street– el revolucionario director de cine y
documentalista especializado en especímenes mesiánicos Oliver Stone se preguntó en voz alta y para los micrófonos “¿Qué ha hecho Mario Vargas
Llosa que le importa a nadie?” Lo que sería una muy buena pregunta si no hubiera sido formulada con cara de piedra sonriente y una poco fina y
muy gruesa ironía. Respondo: “Vargas Llosa escribió muchos libros muy buenos”. Y punto. Pero sigo y pregunto yo: ¿Qué otro autor ha firmado
libros tan distintos pero de similar potencia y genio como La casa verde y La guerra del fin del mundo y (mi favorito porque, cuando lo leí y lo
reí recuerdo haber pensado: “Pero cómo... ¿este tipo además es muy gracioso?”) La tía Julia y el escribidor? Todo esto no quiere decir que Vargas
Llosa sea perfecto: mi concepto del erotismo es tan diferente al suyo, me quedé con ganas de más en su libro sobre Onetti, y juro que jamás podré
comprender sus ganas de subirse a un escenario para actuar de Odiseo o de presidente del Perú. Pero sí estoy seguro de algo: Vargas Llosa tiene
superpoderes. Así que, más allá de Hannibal Lecter, Vargas Llosa igual podría llamarse (nombre muy Marvel Comics) The Amazing Doctor Book o
(nombre muy DC Comics) The Novelist.
El viernes, hablando con Javier Cercas –quien, además de estar muy contento por haber ganado el Premio Nacional de Narrativa, estaba muy contento
por el Nobel a Vargas Llosa– coincidíamos en que este Nobel funcionaba como una bofetada de sensatez (el Nobel, en su esencia, como consagración
definitiva de un ilustre y no como descubridor de rarezas más o menos meritorias, y que pase el que sigue, que pase Philip Roth) y ponía, al
menos por un rato, las cosas en su sitio dentro de un mundillo literario cada vez más proclive a los conservantes artificiales y colorantes
radiactivos del efímero sabor de moda. “Sí, es bueno que se recuerde que la cosa pasa por escribir grandes libros”, me dijo Cercas. “O al menos,
mucho más fácil y tan placentero, que la cosa pase por leer grandes libros”, dije yo.
Y nos reímos los dos. De felicidad.
Y Vargas Llosa –como Hannibal Lecter– estaba suelto.
¡¡¡Aaaaaaaaaaaah!!!
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UNO Abran los cuadernos, saquen sus lápices y tomen nota de la nueva palabra del día: apofenia.
El término fue estrenado por un tal Klaus Conrad en 1959 y define a “la espontánea percepción de significados y conexiones entre cosas sin
relación alguna” resultando en “experiencias concretas de otorgar sentido de manera no del todo normal a lo que no suele tenerlo” (conducta que
bien podría describir a lo que sucede cada semana en mis contratapas) y cuyo uso en exceso puede llevar a esa zona crepuscular donde se “confunde
el límite entre la creatividad y la psicosis” (síntoma que en más de una ocasión también puede describir lo que sucede cada semana en mis
contratapas). Pero, en realidad, de lo que quiero hablar hoy es de Zero History, la última y flamante novela de William Gibson.
DOS Las novelas del norteamericano William Gibson (South Carolina, 1948) son decididamente
apofénicas. Y provocan la apofenia en su lector. No tanto las primeras y futuristas y ciberespaciales (Gibson se hizo instantáneamente célebre en
1984 con la adelantada y fundacional Neuromancer), sino las tres últimas Pattern Recognition (del 2003, traducida como Mundo espejo), Spook
Country (2007, País de espías) y la ya mencionada Zero History (2010, todavía sin traducción), componiendo lo que ya se conoce como la Trilogía
Bigend. Las tres transcurriendo en un presente apenas acelerado y como descripto desde otro ángulo donde marcas, productos y consumos varios
funcionan como hitos y efemérides. Como Historia. Aquí, ahí y ahora, Gibson –como en su momento lo hicieron y supieron Philip K. Dick y J. G.
Ballard– tiene la astucia de dejar de mirar hacia adelante para, mejor, mirar hacia los costados de la paranoia, las alturas de la conspiración y
los subterráneos de la resistencia. “Todo lo que en realidad tenemos cuando simulamos escribir sobre el mañana es ese momento en el que estamos
escribiendo... Lo que a mí me interesa es la versión libremente alucinada del presente o del ayer inmediato”, declaró en su momento Gibson para
justificar su adiós a lo que vendrá o a lo que vendría. Pero la prosa de Gibson no tiene la económica claridad cromada de la de Ballard (sus
frases son, a menudo, aforísticamente crípticas como las de Don DeLillo y su ritmo pasa del rat-tat-tat de James Ellroy a los giros centrífugos
de Thomas Pynchon) ni sus tramas el humor enloquecido y perdedor de Dick (Gibson se sabe un visionario ganador y certificado desde el principio
y, por momentos, se tiene la irritante impresión de estar escuchando a alguien que seguramente es gurú de Bono y de otros estudiantes aventajados
de mesianismo). De hecho, es más bien fácil perderse en sus tramas, confundir personajes y líneas argumentales (lo que seguramente excita a los
adictos al desoriente de Matrix, de Lost y de la muy gibsoniana Inception), perder la paciencia ante su compulsivo exhibicionismo
tecno-existencial... Pero aun así se prospera y se avanza en su lectura –y se soporta a sus personajes robotizados sin nada de la tristeza zombie
de las criaturas de Bret Easton Ellis– porque lo que entusiasma y seduce en las ficciones no-ficciones de Gibson es el ambiente. La escenografía,
el aire acondicionado en que se calientan y calientan sus ideas, el modo en que esto encaja con aquello vaya uno a saber cómo y vaya uno a saber
cómo Gibson lo sabe. Apofenia, que le dicen.
TRES Y las novelas de la Trilogía Bigend –el apellido tiene que ver con la sinuosa figura del
alguna vez adicto a sustancias peligrosas y magnate belga Hubertus Bigend, dueño de la agencia de publicidad y diagnóstico Blue Ant– son,
también, novelas productivas. Novelas sobre la vida secreta de los productos y sobre lo que éstos producen en nuestras vidas públicas y privadas
con Hubertus Bigend como guardián de los portales que separan al comercialismo feroz del genio underground. Hubertus Bigend –-cuyo apellido es
tan fácil de descomponer y desarmar en un Big end o gran fin o final– ejerciendo de Papa viral del Dios Marketing. Así, Zero History se concentra
en el vínculo bizarro entre la industria de la moda y el diseño de uniformes militares y una nueva variedad de género denim del que puede llegar
a resultar el jean perfecto. Y la idea es tan genial como freak: sabiendo que los uniformes militares acaban influyendo en la alta costura y el
vestuario pop, Bigend se propone copar los contratos para uniformes militares y dárselos a modistos de avanzada y, así, saltarse un paso y,
literalmente, tomar por asalto las pasarelas. “Habiendo creado buena parte de lo más hot y masculino desde mediados del siglo pasado, de pronto
los militares se descubrían compitiendo contra su propio producto histórico reciclado como ropa sport. Necesitaban ayuda”, postulan Gibson &
Bigend. Mientras tanto y hasta entonces, pía el Twitter, suena el iPhone, planta cara el FaceBook, los cool-hunters (hombres y mujeres
extremadamente sensibles al potencial económico de logotipos y modelos) salen de cacería, y a no olvidar esa leyenda urbana recordada por uno de
los reseñistas de Zero History. Aquel mito oral que hablaba del Department of Homeland Security de los Estados Unidos convocando de urgencia
–días después de aquel 11 de septiembre de 2001– a un puñado de los mejores escritores de ciencia ficción para que le explicaran al presidente y
allegados por qué había pasado lo que pasó y qué pasaría pasado mañana y cómo hacer para que se les pasara ese apofénico dolor de cabeza
decapitada. ¿Qué habría dicho Gibson en ese supuesto cónclave top secret y sci-fi? Seguramente algo así como “lean la novela que ahora mismo me
voy a poner a escribir”.
CUATRO Y esa novela se llamó Pattern Recognition y allí apareció por primera vez Hubertus
Bigend sonriendo sobre las ruinas todavía humeantes del World Trade Center. De este modo –del Ground Zero a Zero History–, Gibson ha venido
invitándonos a investigar la misteriosa aparición de miniclips flotando en Internet, el posible surgimiento de una nueva forma de arte high-tech
apoyándose en la inmortalidad de los famosos (versiones holográficas de River Phoenix o de Francis Scott Fitzgerald muriendo en las veredas de
Los Angeles y los bungalows de Hollywood), la súbita desaparición de personas “en la acepción tan particularmente argentina del verbo” y, ahora,
la idea de que la moda es, a su manera, otra forma de Tormenta del Desierto o Justicia Duradera o Haute Vendetta. O como más y mejor prefiera
bautizarla Hubertus Bigend. Ese Citizen B que, en Pattern Recognition, hace pocos años pero tanto tiempo atrás, ya nos explicaba: “Ahora no
tenemos la menor idea de qué o quiénes serán los habitantes de nuestro futuro. Desde este punto de vista, no tenemos futuro alguno. O al menos no
en el sentido que nuestros abuelos lo tuvieron o pensaron que lo tenían. Aquellos futuros detallada y culturalmente imaginados fueron un lujo de
otra época en el que el ahora duraba mucho más. En cambio, para nosotros, las cosas pueden cambiar tan abrupta y violentamente que el futuro de
nuestros abuelos no tiene un ‘ya’ al que sujetarnos. No tenemos futuro porque nuestro futuro es tan volátil... Lo único que tenemos es la gestión
de riesgos. Ese constante girar de las determinadas posibilidades de un determinado momento. El reconocimiento de patrones”.
En otras palabras, en una palabra: apofenia.
Y –a ver cómo lo relacionan apofénicamente con todo esto que acaban de leer– es tan fácil predecir lo que me sucederá en pocas horas: se
encenderán los motores del avión que me llevará a Estambul, y el tipo sentado al lado mío mirará tan fijo no al uniforme militarizado de las
azafatas, sino a las azafatas, y todos apagarán a regañadientes todos esos gadgets a los que viven enchufados y sin los que ya no podrían vivir.
Un cable los atraviesa.
Ahí afuera, el presente continuará y el futuro nunca se sabe.
El pasado, muy bien, gracias.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-154330-2010-10-05.html
UNO Gran duda proletario-existencial: ¿debo escribir una contratapa sobre la huelga o, tal vez,
honrar a todo el asunto declarándome en huelga de escritura sobre la huelga?
La huelga –se entiende, se sabe– es la huelga general que le harán a Zapatero el próximo miércoles. Huelga en protesta por las medidas más bien
capitalistas que ha venido tomando y haciéndonos tragar el gobierno socialista en los últimos tiempos. Medidas y amputaciones varias para
mantener respirando a uno de los países más enfermos económicamente de un continente económicamente enfermo. Bruscas correcciones en el discurso
de un buen hombre –por imposición de los poderes centrales y de los organismos internacionales que se dedican a eso de contar y descontar
billetes– quien, de pronto, afirma vivir tranquilo con su conciencia y no sentir que ha dado brazo a torcer y credo a modificar. Todo bien, todo
en orden para quien ganó su segunda legislatura cabalgando sobre el discurso de que la crisis afectaría poco y nada a una esplendorosa y blindada
España. Y a no olvidarlo nunca: el libro favorito de Zapatero es Don Quijote de La Mancha. Por algo será.
DOS Y lo extraño de las huelgas generales en general es que, finalmente, el Día D o el Día H en
sí no es lo más importante. Tampoco el día después. Lo que vale de las huelgas a la hora de hacerse valer es todo lo que se sucede antes de la
huelga. La que aquí nos ocupa –y que tiene en los altos índices de desocupación y de flexibilización laboral para gusto de los patrones su razón
de ser– fue convocada antes del verano boreal, días antes de las vacaciones. Ah, parecía tan lejos, y de pronto ya está aquí. “Como la ola de un
tsunami arrimándose a la orilla”, definió un sindicalista lírico y catastrofista. Y así todo se mueve en función del próximo miércoles de
miércoles. Se acuerdan mínimos de servicios públicos, se anticipan índices de participación, se despliegan pancartas y se enarbolan estandartes,
se recuerdan las seis marchas anteriores de la democracia ibérica (dedicadas a Adolfo Suárez en 1978, a Felipe González en 1985 y 1988 y 1992 y
1994 a Aznar en el 2002) y se gritan consignas a favor o en contra de la hora de la huelga. Y muchos que apoyaron, ahora serruchan. Y todos
quieren trabajar de huelguistas. Es un trabajo descansado.
TRES Yo también. Pero en otro tipo de huelga y de paro. Parar un poco. Parar bastante. Parar
del todo. Por un rato. Pero no se puede. Leo la noticia del gran hallazgo de una obra maestra de Pieter Bruegel El Viejo en El Parado –un muy
hermoso cuadro llamado La vino de la fiesta de San Martín– y en esa aglomeración de cerca de cien figuras enseguida veo un amontonamiento de
desempleados. Miro por la televisión un documental sobre la impar Belén Esteban –joven alguna vez seducida, embarazada y abandonada por un torero
mujeriego y hoy reconvertida en fuerza popular y fenómeno televisivo de rating mientras se la compara con la Evita de Perón y con la Cristal de
la telenovela– y ahí nomás la escucho aullar como una poseída llamando a las armas al pueblo, mientras el locutor me explica que, según una
encuesta, si la criatura en cuestión se metiera en política sería la tercera fuerza del país y decisiva para que el PSOE o el PP pudieran formar
gobierno. Ni siquiera un reportaje al insufrible Diego “Estoy Desesperado” Maradona –quien, luego de que le cortaran las piernas en EE.UU., ahora
se dice dispuesto a “cortarme un brazo” por volver a envolverse en la bandera/camiseta y sacar pechito argentino– consigue distraerme. Todo va
para el mismo lado, arrastrado por la corriente, mientras se barajan posibilidades y se sopesan incertidumbres. Y Rajoy anuncia de nuevo el
Apocalipsis si no se autoriza su Génesis. Y Zapatero –quien no deja de proponer “soluciones” y “medidas” para todos los males de este mundo– sale
de una reunión con los tiburones más peligrosos de Wall Street (George Soros & Co.) diciendo que Europa ya está fuera de peligro. Un par de
días después, Irlanda y Portugal se acercan a ese abismo por el que ya se precipitó Grecia. Y ese es el problema: mientras Rajoy sabe que casi
nadie lo soporta y Aznar se nutre del odio de muchos (a su persona o a todos los demás), Zapatero todavía insiste en eso de querer que todos lo
quieran. Y tal vez alguien tendría que explicarle a Zapatero que uno quiere a sus padres y a sus hijos y a sus amigos y a su mujer o a su hombre
(o a sus hombres y mujeres). Incluso puede querer a George Clooney o a Angelina Jolie o a Hanna Montana o a Justin Bieber o a sus juguetes (que
van desde Woody y Buzz a un yate o un avión privado). Pero nadie quiere a los políticos. A los políticos se los vota y, cuando ganan, sólo se les
pide que nos quieran a nosotros. Y que la expresión de ese amor pase por apersonarse lo menos posible en nuestras vidas. Bastante tenemos con el
juego de nuestro propio partido, siempre en campaña, con el puño en alto, non-stop.
CUATRO Por el momento, los sondeos dicen que el 70 por ciento no atenderá este juego, que no
piensan que paralizarse jugando a las estatuas sirva para algo. ¿Y qué pasa después? ¿Cómo sigue? ¿Qué sucede cuando se para el paro? Fácil, lo
mismo de siempre: los auspiciantes del producto asegurarán que se rompieron records de consumo, los encuestadores del gobierno y afines
asegurarán que unos pocos no fueron a trabajar porque estaban resfriados o se perdieron de camino a la oficina. Y así hasta el próximo, la
próxima, los que vienen o los que se van mientras uno permanece cambiando de canal y preguntándose cuándo se estrena la nueva temporada de Mad
Men: esa gran serie sobre el trabajo y el eslogan donde lo importante es vender cualquier cosa. Rápido. Antes de que ese cliente que siempre
tiene la razón descubra que lo han tomado por loco o por idiota mientras todos hablan mucho y hacen poco.
Entonces, como ahora, uno desearía un poco de silencio.
Uno de esos silencios en los que, sí, huelgan las palabras y entre ellas –muy especialmente, especial del día– la palabra huelga.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-153956-2010-09-28.html
UNO Pocas cosas más interesantes que el fútbol para aquellos a los que el fútbol no les
interesa en absoluto. La idea anterior seguramente irritará a los especialistas del balompié (entiéndase por especialistas a aquellos que hasta
no hace mucho aseguraban, con sobradora seriedad, que Messi no estaba a la altura de una selección nacional destinada a ganar el último Mundial
gracias al genio estratega de Maradona), pero no lo siento mucho; así son las cosas. El no ser especialista en absolutamente nada salvo en Bob
Dylan (espécimen singular sobre el que resulta absolutamente imposible especializarse, porque lo único que se sabe con total certeza de su
persona es que nunca se sabe qué hará en los próximos cinco minutos) me coloca en una situación ideal frente a todo deporte (no me pierdo carrera
de Fórmula 1 aunque no sepa manejar, y mi parte favorita de un auto sea el espejo retrovisor y el equipo de sonido) y, en especial, frente a las
ocurrencias de un partido de fútbol y la fauna que lo puebla.
Los grandes avances en la transmisión televisiva de los partidos (fui tan sólo dos veces a la cancha: la primera, en Vélez si mal no recuerdo, se
suspendió el partido por falta de pelotas y la segunda, para ver al Fútbol Club Barcelona en todo su esplendor) me permiten, incluso, reconocer
sin error a ciertos jugadores. Viviendo en Barcelona –y, por lo tanto, siendo refleja y automáticamente del Barça– hasta puedo nombrar
correctamente a buena parte de la plantilla de estos tipos con caras raras y superpoderes particulares ensamblándose como una tropilla de X Men
mutantes tan felices de ser millonarios jugando a la pelota por aquí y por allá. También –mecánica y reflexivamente– hasta pude desarrollar
cierto desprecio por los archivillanos del Real Madrid: una brigada cosmética y sólo interesada por los millones primero y el juego después que
–de unos años a esta parte– no ha hecho otra cosa que capturar a semidioses extranjeros para combinarlos en un cóctel implosivo que lo único que
consigue es vender camisetas de los Adonis de turno (Beckham o Ronaldo) hasta que llega uno de los dos duelos anuales con su némesis catalana y
ahí se acabó lo que se daba, y es entonces cuando se activa Valdano y empieza a hablar, a hablar mucho, a explicar lo que pasó y lo que no pasó
y...
DOS ... qué hago yo escribiendo de todo esto, me pregunto. Lo mismo que todos los habitantes de
esta sufrida tierra, me respondo. Es decir: busco en el fútbol lo que no se encuentra fuera del fútbol. Digo más: cierto sentido y orden y
coherencia narrativa, cierta justicia argumental. No pan y circo sino sabroso pastel y noble dramaturgia. Así que arranca la Liga y se impone la
llamada cuesta de septiembre (más empinada que nunca) y, con el deshoje del otoño, vuelve a retomarse el difícil partido de la realidad: la Gran
Crisis; los trulalescos bandiditus encapuchaditus y emboinaditus de ETA anunciando nuevo e impreciso alto el fuego (y van...); la próxima y nada
épica huelga general (que muy pocos, apenas un 9 por ciento, parecen dispuestos a cumplir según las últimas encuestas, porque se siente que “no
servirá en absoluto para cambiar el estado de las cosas”); el pesimismo como moneda de cambio (nadie parece creer en nadie ni en nada; leo que el
58 por ciento de la población considera incapaz al PSOE y el 77 estima que el PP no lo haría mejor aunque lleve la delantera en intención de voto
futuro); mientras seguimos con el eterno picadito entre el Deportivo Zapatero (convencido o intentando convencer de que todo va mejor aunque no
lo parezca) y el Club Atlético Rajoy (asegurando que nada va bien sin explicar nunca cuál sería la forma de cambiar rumbo y polaridad). Uno y
otro –pareciendo pensar pura y exclusivamente en otro y en uno– se hacen falta en comparecencias y noticieros con cara de yo no fui, fue él. Lo
que, parece, les basta y sobra para sentirse perfectos líderes en el campeonato más allá de que la hinchada cada vez con más humor de hooligan
–tres de cuatro españoles, un 76 por ciento de los encuestados– les pida que, por favor, se retiren prontito a los vestuarios y se conviertan en
glorias satelitales del tipo Alfredo Di Stéfano o Johan Cruyff o Felipe González o José María Aznar. Esos que de tanto en tanto reaparecen para
entregar una trofeo importante o decir algo dentro o fuera de lugar.
TRES Ante el descrédito absoluto de la clase política y gobernante (para colmo, ahora hay que
soportar también unas internas complicadas para dirimir al candidato madrileño que no estaban en los planes del PSOE y que intentan vendernos
como apasionante ejercicio democrático entre coleguitas que se adoran pero no), no es de extrañar que hasta yo empiece a leer el diario por las
páginas deportivas, que me conmueva con cada declaración del humilde pero eficaz seleccionador nacional Vicente Del Bosque (digno patriarca luego
del casi impresentable Luis “Síndrome de Tourette” Aragonés), y que me interese muy especialmente por el duelo conradiano y onomatopéyico de Pep
versus Mou. Me explico: Pep es Guardiola y Mou es Mourinho y ambos son los misters –o directores técnicos– del Barça y del Madrid
respectivamente. Y la gesta cósmica está servida con tanto más rigor y atractivo que el sainete democrático de ahí afuera. He aquí a dos tipos
elegantes y divertidos y siempre con una gran frase en los labios y en las fauces. Salidos de un casting perfecto, Pep y Mou son obsesivamente
analizados por especialistas y por especiales (como yo) y disfrutados como si se tratara de un gran western. De los dos –otra vez, la tierra
tira– yo me quedo con Pep, aunque me dé mucho pero mucho miedo. Ya saben: esa sonrisa feroz, esos ojitos penetrantes. El catalán Josep Guardiola
i Sala desciende directamente del linaje de Ray Liotta, James Woods y el enorme Christopher Walken con Jack Nicholson enarcando sus cejas en las
alturas. Es decir: tipos encantadores pero a los que de ningún modo te gustaría ver saliendo con tu hija adolescente. El portugués José Mario
Santos Mourinho Félix, por su parte, pareciera querer arrimarse a la escuela de Cary Grant y Paul Newman y George Clooney aunque, seamos
sinceros, de más el tipo de galán maduro de telenovela mexicana pero de las buenas.
Hace un par de domingos, la revista de La Vanguardia los juntaba en tapa para diseccionarlos por separado desde la gestualidad, pasando por la
“filosofía de juego”, deteniéndose en las ventajas de las canas o la calva, hasta llegar a la corbata de marca y el pulóver de cashmir. Y se
terminaba hablando en esas páginas de algo llamado “entrenamiento invisible” donde, a la hora de la verdad, los que organizan y planifican (los
misters) tienen perfectamente claro que los que importan son los mandados y los que sudan los jugadores y que la medida de su éxito pasará,
siempre, por ser casi transparentes y no estar todo el tiempo gesticulando a un costado del campo. O sea: figurar poco pero estar siempre en los
momentos decisivos que, si se puede, sería lindo que fueran más victorias que derrotas, ¿sí?, teniendo claro que las victorias se consiguen
jugando bien, metiendo pelotas en la red y no explayándose en jugadas imaginarias. Ahora, sólo falta que los otros misters lo entiendan antes de
que lleguen las cada vez más próximas eliminaciones... perdón... elecciones. Y –ah, sí– en un rato juegan España y Argentina, pero yo todavía no
decido cuál canción de Bob Dylan voy a escuchar ahora para festejar el fin de esta contratapa: ¿La apocalíptica “A Hard Rain’s a-Gonna Fall” o la
optimista “The Times They Are a-Changin”? Más realista que especialista, me inclino ante el resignado soplido sin respuesta de “Idiot Wind”, y
ahí afuera la gente patea al aire y, con el perdón de las damas presentes, sigue chupando frío o calor y los dueños de la pelota hacen dibujitos
raros en un pizarrón y nos explican cómo –si los dejan, si nos dejamos– ganarán la próxima copa, salud.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-152754-2010-09-07.html
UNO ¿Cómo empezar? ¿Por cuál puerta? ¿Cuándo sentir por primera vez la irrefrenable necesidad
de tocar esa primera pieza que nos prohíben tocar, porque hay ciertas cosas que necesitamos tocar para sentirlas reales y parte de nosotros?
Toda vida, vista en perspectiva, se va ordenando como un museo y me pregunto cuál habrá sido el primer museo de mi vida. Y mi primer museo es un
libro. Un libro que se titula Mi Museo Maravilloso (¿Editorial Abril?) y que se vende a los padres como “una perfecta introducción al mundo del
arte para los niños”. Me acuerdo de ese cuadro en el que aparezco yo sosteniendo a Mi Museo Maravilloso y, ahí dentro, reproducciones de cuadros
tan famosos como obvios. Ya saben, ya pueden imaginárselo: la sonrisa de la Gioconda y el grito de Munch, los pétalos de los girasoles de Van
Gogh y los frutos faciales de Arcimboldo, las multitudes en miniatura del Bosco y Brueghel donde no aparece Wally, nacimientos y crucifixiones,
la Venus de Botticelli y el Saturno de Goya, bosques y mares y ciudades y cielos. Y yo –el retrato del niño que fui yo– primero deteniéndome
largos ratos en cada reproducción, pero con cada visita paseándome cada vez más rápido, apenas parando aquí y allá. Son los últimos años ’60, hay
cuatro canales de televisión, son todos en blanco y negro (en alguno pasan Galería nocturna, esa serie museológica y crepuscular de Rod Serling
donde cada rostro o paisaje apenas encierra una pesadilla despierta y con tantas ganas de ser contada), y Mi Museo Maravilloso ya me adelanta la
velocidad y la gracia de bailar el zapping. Así, los años pasan y los museos –dentro y fuera de los libros– se suceden; pero yo seguiré
visitándolos, a todos, con la pasmosa velocidad con que un niño corre por los pasillos de un museo mientras el guardia de turno lo mira fijo y
tiembla y no puede evitar el preguntarse si éste será el día terrible en que tendrá lugar y tiempo la catástrofe tan temida de un niño metiéndose
dentro de un marco para ya nunca volver a salir.
DOS “El arte vive cuando se mueve”, apuntó Max Ernst. Así que ahora voy en movedizo tren rápido
a Madrid, rumbo a tres museos: el Reina Sofía y El Prado y el Thyssen. Y una vez que llegue allí, volveré a hacer lo mismo que hago siempre que
viajo a la capital. Una variación de aquel ejercicio cine/cinético godardiano en aquella película donde se rompe el record hasta entonces
ostentado por un tal Jimmy Johnson de San Francisco. El record de velocidad a la hora (a los pocos minutos, a los 9 minutos y 43 segundos) de
recorrer El Louvre corriendo. A saber: entro corriendo al Museo Reina Sofía y me planto por unos segundos frente al Guernica de Picasso y salgo
corriendo de allí y cruzo hasta El Prado y entro corriendo y me planto por otros segundos frente a Las Meninas de Velázquez. Una síntesis de la
gran pintura española que –recuerden– comienza ya a descollar en las paredes de ese primer museo llamado Altamira. Y con el correr de las
carreras, debo decir que Las Meninas me parece más moderno y el Guernica más clásico y –el tiempo no pasa en vano, mis reflejos son cada vez
peores, mi sombra es cada vez más larga que mi cuerpo– siempre vuelvo a lanzarme a esta aventura íntima, me pregunto si no me voy acercando a ese
final, a ese cuadro que no será ni cuento ni novela, pero que se titulará Escritor atropellado por automóvil al cruzar la calle. Acrílico. Más
Plop que Pop. Definitivamente Crash. Carne rota y rojo derramado. Como en una de esas pinturas de Francis Bacon.
TRES Y esta vez, además de esos dos cuadros españoles, hay tres buenas muestras extranjeras.
Tres muestras maestras a las que aplicar –cumplido con el rito Guernica/Meninas– mi método un tanto menos frenético que el postulado en Bande à
part: lo que yo hago es entrar a la muestra, recorrerla a paso redoblado, mirar de reojo, ubicar los puntos de máximo interés, salir, comprar el
catálogo, irme al bar del museo, ver y mirar el catálogo, y luego regresar para concentrarme en lo que más me interesa. Primero fast-forward
general y después stop y luego selectivo rewind. Pero siempre play.
Así, la primera –por orden de cercanía a la estación de trenes– está en el Reina Sofía, se titula Manhattan, uso mixto y es una acumulación de
fotografías y videos desde los ’70 hasta el presente enfocando a esa ciudad cuyo profético nombre indígena equivale a “territorio de sitios
altos”. En muchas paredes –los fantasmales vampiros existen– el espectro de la doble estaca del World Trade Center y, de sus pasillos, me quedo
con una foto de D. Wojnarowic, que muestra a un joven cruzando Times Square con una máscara de Rimbaud. La segunda, en el Thyssen, es Ghirlandaio
y el Renacimiento en Florencia y gira alrededor del poético (de Poe) cuadro de una bella joven ya prematuramente enterrada cuando la hizo renacer
el renacentista: ahí, Giovanna degli Albizzi Tornabuoni, capturada en todo el esplendor de su inmortalidad. “Dentro de los museos, la eternidad
es llevada a juicio”, canta Bob Dylan –quien más de una vez abjuró de los museos– en “Visions of Johanna”, mi canción favorita entre las suyas.
Y, claro, es un concepto inteligente y perturbador: la idea de que los museos funcionan como tribunales de lo que merece sobrevivir a las mareas
de los siglos. De acuerdo con ello pero, también, por qué no contrarrestar esa cualidad espesa, como de almíbar y de ámbar, del aire que se
respira allí dentro con la velocidad que podemos imprimirle a nuestros cuerpos, con la firma de nuestros nombres, condenados al olvido de los
cementerios: esos museos donde cada cual va a visitar apenas dos o tres o cuatro cuadros muy queridos e inolvidables y cada vez mejores por
efecto de la ausencia y la memoria y donde, en ocasiones, se detiene frente a la lápida de un famoso para leer fechas de creación y de
desaparición, nombre y epitafio y técnica. Así, otra vez, a correr hasta El Prado, donde cuelga Turner y sus maestros y, por una vez, no se
proyecta la influencia del inglés en Monet y Pollock y Rothko, sino que se buscan sus antecedentes. Y de allí no me quedo con grandes éxitos como
“Paz – Entierro en el mar”, sino con el hasta entonces para mí desconocido “El ángel puesto en pie sobre el sol” (agotada la postal en la tienda)
que cualquiera de estas noches, pienso, servirá de inspiración para que un nuevo e implacable asesino en serie abra la puerta para ir a jugar y
monte mortales tableaux vivants con sus víctimas. Y los firme.
CUATRO De regreso a Barcelona, saco de mi billetera un recorte de hace unas semanas que guardo
allí junto a fotos y tarjetas y billetes. La primera plana de La Vanguardia del pasado 6 de julio, cuyos editores tuvieron un gesto lírico y raro
y tan digno de agradecer. No hay allí fotos de políticos mediocres ni de talentosas catástrofes naturales ni de deportistas millonarios ni de
súbitas y efímeras celebridades como aquella estrella nacida muerta en un campeonato mundial de sauna. El titular es La mejor foto del universo y
es una foto fría y a la vez ardiente y muestra “el fruto de once meses de observaciones del telescopio espacial Planck”, aclarando que “esta joya
tecnológica ha cartografiado la radiación de fondo del universo” y nos muestra algo así como el plano del cosmos conocido por el hombre hasta la
fecha. La foto, por supuesto, impresiona. Una esfera estirada, color azul espacio profundo en el centro, roja con manchas amarillas en sus polos
y, como ecuador, el tajo blanco de la Vía Láctea. Parece un cuadro abstracto y figurativo al mismo tiempo y colgado en el museo más grande jamás
construido. Un museo maravilloso, cuyo nombre y apellido es un misterio y me pregunto qué otras piezas se exhibirán allí. Y junto a ese cuadro
donde –si se mira bien, si se busca y se encuentra– estamos todos, no hay ningún cartel que revele nombre del maestro original y primero o
técnica utilizada. Tampoco se lee la orden de no meterle mano a la obra por temor a que sufra daños irreparables. Para eso, me temo, ya estamos
nosotros –más falsos que falsificaciones, tan parecidos a esos dementes que se activan y detonan en pinacotecas y la emprenden a puñaladas
asesinando naturalezas muertas– mientras unos cuantos nos miran, por las dudas, muy de lejos, con una mezcla de fascinación y desprecio, sin el
menor interés por venir a visitarnos. Mejor, piensan, esperar a que nos transformemos en valiosas antigüedades, en ruinas espléndidas, en
recuerdos del futuro y souvenirs de lo que vendrá, en más pedazos que piezas de museo a recorrer y correr, mirándolas rápido, más rápido, más
rápido todavía.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-151886-2010-08-24.html
UNO Ayer volví a encontrarme con él. Y es tan fácil cruzárselo porque, en algún canal de cable,
siempre están pasando Psicosis de Alfred Hitchcock. Título que –por caprichos de traductor– deforma toda la idea. Psycho, en realidad, es
Psicópata. Es decir: el enfermo –y no la enfermedad– es el verdadero protagonista. Y el protagonista tiene un nombre que suena peligrosamente a
normal. Pero no, me temo, me da temor.
DOS Y tiene su gracia y su lógica que Psicosis y Norman Bates cumplan medio siglo de edad el
mismo año que Matar a un ruiseñor y Atticus Finch. Y que aquel justiciero abogado (a quien me referí en este mismo sitio la semana pasada y que,
también, como Bates fue inspirado por una persona real) ocupe desde siempre el primer lugar entre los “héroes” del cine en la lista del American
Film Institute. Y que el asesino motelero (Robert Bloch, quien lo escribió gordo y cuarentón, se basó en el serial killer Ed Gein) ocupara la
misma posición en la lista de “villanos” hasta ser desplazado al segundo puesto por Hannibal Lecter. Darth Vader es el tercero, pero ni Hannibal
ni Freddy Krueger, ni Patrick Bateman ni Jason ni Dexter, ni ningún otro con ganas de matar mil habrían podido ser de no ser por Norman, quien
abre la puerta para ir a jugar y –sorpresa– ser el “héroe”. Y –atención– Norman no es inteligente ni sobrenatural. Norman es, apenas, un pobre
tipo perdido en esa tierra de nadie y de nada que son las carreteras norteamericanas. Norman es el verdadero quiet american que un día deja de
serlo. Otro ilustre compatriota suyo con ganas de matar para vivir –el talentoso Tom Ripley– largó antes, de acuerdo. Pero Ripley tiene otro
signo: es viajado, culto, y está mucho más cerca de Lecter (que cocina para comer) que de Bates (que rellena para embalsamar). Ripley y Lecter
(pesadilla europea asimilada por la soñadora USA) son excepciones, son excepcionales. Bates, en cambio, es un tipo común. Lo que no quiere decir
que sea un tipo normal.
TRES En su reciente Point Omega, Don DeLillo homenajea a Psicosis con un primer capítulo donde
se describe en detalle una video-instalación –24 Hour Psycho de Douglas Gordon– en la que se proyectan a velocidad lentísima, a lo largo de todo
un día, los 108 minutos de película. Pero es David Thomson –autor de, entre otros, dos indispensables diccionarios fílmicos y de Sospechosos,
curioso artefacto y universal e infame bestiario noir– quien le hace los honores a Norman Bates en su reciente The Moment of Psycho: How Alfred
Hitchcock Taught America to Love Murder. Allí, Thomson disecciona el film escena a escena y mide el poder radiactivo y el efecto residual y la
eterna influencia que Psicosis ejerció y sigue ejerciendo sobre toda una sociedad que, hasta mojarse en esa ducha, pensaba que esas cosas no
debían verse en los cines de su tierra más cumplida que prometida, de su paraíso con manzanas y sin serpientes. A saber: 77 ángulos de cámara y
50 cortes y 3 minutos de cine mudo enmarcando esas puñaladas en el cuerpo de la fugitiva y ladrona y caperucita rojísima Marion Crane (Janet
Leigh), mientras ese riff de violines violadores de Bernard Herrmann parece cantar un Kill! Kill! Kill!. Secuencia filmada a lo largo de una
semana. Room Service! ¡Orgasmo de celuloide! Notas y gotas que pueden entenderse como la primera sangre slasher (en la novela Marion es apenas
decapitada con un solo golpe) y el primer aliento del blockbuster veraniego. Ese “momento”, para Thomson, es la punta del iceberg y del cuchillo.
Y Thompson menciona a La noche del cazador de Charles Laughton y a Sed de mal de Orson Welles y a la también pscótica y voyeurística y apenas
semanas mayor Peeping Tom de Michael Powell como gestos previos de la violencia que aquí se liberaba así como la casualidad de Truman Capote
comenzando a investigar su A sangre fría, mientras Hitchcock encendía el cartel del Bates Motel. Y todo va a dar al estreno de Psicosis, cuando
todos supieron que no sólo en Dinamarca había algo podrido.
CUATRO Thomson postula la idea de que los mejores films de Hitchcock sólo le pertenecen en
parte. El resto es nuestro, y depende de nosotros ver allí todo aquello que no está a la vista. El especialista –quien define a Psicosis como “un
grito de horror ante la idea de la locura”– también recuerda que a la crítica no le gustó y fue considerada vulgar y algo así como un episodio
demasiado alargado la muy popular serie televisiva patrocinada por el mismo Hitchcock. Al público le encantó y rompía records de recaudación y
asistencia en todos los países en la que se la proyectaba. Y Hitchcock (quien se había comprometido con una Paramount poco interesada en
producirla, presupuestó menos de un millón de dólares, renunció a su sueldo a cambio del 60 por ciento de las acciones del film además de
invertir dinero propio por los derechos del libro de Bloch todavía en galeras, y planeó una magistral campaña publicitaria donde se prohibía la
por entonces costumbre general de entrar a la sala con la función empezada) se hizo poco menos que millonario. Y, de acuerdo, ni Perkins ni
Herrmann fueron nominados por la Academia. Hitchcock sí, pero nunca le dieron el Oscar, ni el honorífico. Y acaso lo más importante: Hitchcock
esquivó a la férrea censura de la época pasando frente a sus ojos y narices la película más elegante pero explícitamente sexual hasta entonces.
Janet Leigh en la cama junto a su amante o en la ducha junto a su asesino y, para colmo, antes de ser sacrificada, Marion Crane (¿Cuándo se había
visto que una estrella protagónica fuese despachada al otro lado tan pronto? ¿Sería por eso que hasta su auténtica muerte Leigh recibió llamadas
telefónicas amenazantes de amiguitos de Bates?) también había hecho uso del inodoro. Y eso no se hace.
CINCO Y, por supuesto, Psicosis inauguró el concepto del buen malvado: el malo como el bueno y
lo bueno de la película. Norman Bates, como HAL 9000 en 2001, es el personaje más humano y simpático de Psicosis y –lo mismo le sucedió a quien
le puso voz a la computadora de Kubrick– marcó un currículum para siempre: Perkins jamás se repuso ni lo superó. Sus retornos al personaje en las
tres innecesarias secuelas (tan gratuitas como –¿Norman, como Hamlet, digno de ser “representado” una y otra vez?– ese caprichosa clonación
warholiana que calcó Gus Van Sant) no le sirvieron de nada. Allí, se intentaba explicar el “misterio” de Norman Bates (el único reproche que cabe
hacerle a la original y a Hitchcock es ese diagnóstico psicoanalítico del final) y lo único que se conseguía era despertar las ganas de volver al
enigma del principio. Thomas Harris cometió el mismo incorregible e imperdonable error en las últimas dos entregas de su Lecter. Y ni el propio
Hitchock pudo salirse con la suya otra vez cuando, años más tarde, repitió receta con nuevos ingredientes y colores chillones en la desagradable
Frenesí.
Y es que no hay nada más allá de esa habitación de motel vetusto con mansión gótica à la Edward Hopper en la colina. Jamás un Do Not Disturb de
esos que se cuelgan en el picaporte del lado de afuera se pareció tanto al Do Not Cross de esas cintas amarillas con las que se rodea la escena
de un crimen pero que no alcanzan a distraernos de la idea de que, según las encuestas, cada vez es más factible que el norteamericano medio se
cruce alguna vez o conozca de siempre a algún fabricante de muertos. Que todos esos normales pueden ser, en realidad, aquellos Normans. Y que si
les toca –si alguno de ellos toca a sus puertas para explicarles que después de matar a un ruiseñor le gusta disecarlo para regalárselo a su
mami– ni siquiera el abogado Atticus Finch podrá defenderlos.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-151503-2010-08-17.html
UNO Todo es incierto menos la certeza de que –luego de un largo invierno– por fin comenzó el
verano. Lo que, necesariamente, no es buena noticia. La guerra fría de la crisis muta sin problemas y –cuando insisten con el retorno de la gripe
A el próximo otoño– cambia el vestuario pero no la escenografía. Donde se temblaba ahora se transpira. Pero, en ambos casos, la emoción es la
misma: el cuerpo se estremece y suda de miedo.
DOS Y en algún lugar ya se están activando los motores de ese monstruo que se conoce como “la
canción del verano”. Ya saben: algún espanto saltarín que surgió desde las profundidades del franquismo (que siempre está en la superficie) y que
consiste en canciones estivales como las nacionales “Macarena” o el “Aserejé” o la última importación eurotrash donde una francesa o una sueca
invitan a despistarse en las pistas de baile de Ibiza. Es decir: nada de “Here Comes the Sun” o de “Let the Sun Shine In”. Son, en el fondo,
canciones más encandiladoras que luminosas. Golpes de calor sónico que te dejan idiota y babeando y derritiéndote bajo un sol de injusticia. Por
ahora no ha asomado ninguna candidata firme. De ahí que me pregunte –y proponga– ¿por qué no una excelente canción, perfecta para los tiempos que
corren, como canción de este verano de nuestro descontento?
TRES Lo que me lleva a Ariel Rot y a su admirable “Papi dame la mano” incluida en el recién
aparecido álbum Solo Rot. Y la otra noche volví a ver en vivo a Rot y a su modélica banda en la Sala Bikini de Barcelona. El lugar estaba lleno a
reventar; mucha más gente que en otras noches donde se presentaron allí gente como Eels o Rickie Lee Jones o Calexico y escuché en directo por
primera vez lo que ya había oído en compact y visto en clip. Y volví a pensar lo mismo que pienso siempre que me cruzo con Rot. El cantautor (y
guitarrista) argentino-ibérico tiene no sólo el “problema” de ser demasiado bueno sino, además, de ser demasiado constante en sus muchas
bondades. Todos sus discos son impecables, todos sus conciertos son intachables, todos sus solos de guitarra son justos y de un buen gusto
admirable (Rot toca y hace sonar su sólida guitarra exactamente igual que todos los que sólo saben tocar la muda guitarra de aire frente a los
espejos de su adolescencia), todas sus letras dicen lo que tienen que decir con las palabras exactas. El título de otra de las canciones de Solo
Rot lo dice y lo resume todo: “Dandy”. En síntesis: Rot –como Willie Nile o Graham Parker o Steve Forbert o Robyn Hitchcock o Robert Forster o
Freedy Johnston o Ron Sexsmith o John Hiatt– nunca se beneficiará de la tan resultona maniobra rockera del comeback. Porque Rot nunca se fue o
cayó en desgracia, nunca hizo nada mal, nada parece indicar que vaya a hacerlo y ahí está la box del 2007 Etiqueta Negra: 30 años de Rock and
Roll como evidencia incontestable. No hay bache creativo en su currículum ni crack-up existencial en su prontuario. Y si los hubo, tuvieron lugar
en privado y con una elegancia que no lo priva de mirar alrededor, cerca o lejos, y cantarse las cuarenta a sí mismo con un “Quise ser artista de
culto, exclusivo, refinado / Estoy harto de que me digas que soy pobre pero honrado” o sonreírle a otro las ácidas estrofas de “Una vida
equivocada”. Tampoco –Rot es acaso el único discípulo stone en español que no da vergüenza ajena– cayó en la tentación de vociferar la siempre
resultona canción modelo “pechito argentino” para hacerse más populachero que popular en las canchas y estadios de la patéticamente rolinga Hija
Patria. Rot se permite, apenas, la nunca impúdica exhibición de torch-songs para corazones rotos (aunque siempre reparables, latidos de buena
calidad) y, en la muy graciosa “Manos expertas”, el comentario agudo sobre la gravedad de la decadencia física pero con la voz y la estampa de
quien se sabe poseedor de los genes de un Dorian Gray que no hizo trampa ni esconde ningún culposo retrato en el altillo de su biografía. Lo que
no significa que no haya graduaciones en una obra que empieza y termina en sí misma y que Solo Rot no sea el mejor –el más redondo y compacto–
disco entre todos sus mejores discos. Lo que me lleva de regreso a “Papi dame la mano que tengo miedo”: una rumba carcelaria que habla del eterno
retorno, del salir o el quedarse adentro, y de ese siempre maduro miedo infantil que nunca nos deja, que todo el tiempo nos agarra con la garra,
y cuyo estribillo es, en realidad, eso que nos dicen los hijos para tranquilizarnos, para hacernos sentir fuertes, cuando nos ven con cara de
“Nene, dame la mano que tengo miedo”.
CUATRO Así, insisto, el sinuoso bamboleo al que te lleva la canción de Rot me parece el
soundtrack ideal para estos calientes días españoles –y, ya que estamos en tema y en temas, concentrarse también en el logrado
slide-harrison/argen-beat de “Dulce mirada” y ese “Todo se rompe, todo se me rompe, darling”– donde todos parecen ofrecernos la mano más para la
bofetada que el apretón. Cenizas en el aire entre las que –parece, nunca se sabe– la debacle final de ETA sería el único posible rayo de luz. El
resto, ya saben: el baile de ilusiones entre las ilusionistas del PSOE y el PP; la reforma laboral impuesta por los profesionales del RI$K que
saldrá (el día en que España debuta en el Mundial) por decreto de ser necesario; el sin saber qué decir ante el dato de que uno de cada tres
jóvenes españoles ha perdido su trabajo entre las vueltas de los últimos idus; esa Catch-22 donde hay que reducir gastos para poder pagar lo que
se debe con “soluciones” que lo único que producen son menos trabajo y menos crecimiento y menos dinero para pagar las deudas y al amanecer... Y
otra vez Rot, ahora desde un vibrante rock llamado “Problemas”. “Necesito urgentemente que lleguen días soleados / Pero vienen nubarrones con
tsunamis y tornados / Problemas, problemas, problemas, el río te arrastra, la lava te quema / El barco se hunde, el gato se escapa, mi chica me
pega”, canta Rot con la alegría de un marine con mil batallas en el uniforme y cuya cabeza fue pedida (y nunca entregada) tantas veces. Y así
Solo Rot, paradójicamente, se convierte en la mejor compañía para tiempos en que la Casa Blanca y la NASA deciden consultar a James Cameron para
solucionar problemitas (puestos a elegir, yo invocaría el fantasma de Kubrick: Stanley, dame la mano que tengo miedo); seis tipos se encierran
por más de quinientos días para simular un viaje a Marte que nadie puede financiar (¿idea de Cameron?); la gente en la vía quema sus ahorros en
la Gran Vía y hace cola para pagarse el vicio caro: un iPad; los pulgares se deforman de tanto enviar SMS o SOS (España tiene el mayor número de
adictos al “mensajito” en toda Europa); Madrid apura la construcción de un “bunker del fin del mundo” en la sierra y Hungría se hunde y aparece
un agujero negro en las calles de Guatemala acaso como avance de ese 2012 maya y findemundista (¿Cameron otra vez?); una de esas encuestas que
nunca se sabe cómo y para qué se hacen reveló que para los ibéricos no tener acceso a Internet o al uso de su teléfono móvil genera más angustia
que la falta de sexo; y (¡Basta Cameron!) se hizo pública la información del primer caso de un humano contagiando un virus informático a una
computadora. La Gripe @. La cosa fue así: un tal Marc Gasson –investigador en la Reading University– tenía implantado un chip que le permitía
abrir la puerta de su laboratorio y usar su móvil. El virus le llegó a su chip por teléfono y de ahí saltó a la memoria de una máquina que lo
propagó por las tarjetas de acceso de los empleados del edificio. ¿Dónde tenía implantado el chip Gasson? Respuesta: en su mano.
Otra vez, todos juntos: dame la mano que tengo miedo.
No, ésa no; la otra.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-147141-2010-06-08.html
UNO El otro día vi finalmente, por televisión, Up: esa película para niños con viejo o esa
película para viejos con niño. La verdad –la semana pasada hablaba aquí de los “nuevos viejos” y sus derivados– que no estoy seguro a quién está
dirigida. De lo que sí estoy cada vez más seguro es de que no hay producto Pixar & Co. que no se apunte a esta cada vez más conciliable
paradoja de lo alguna vez irreconciliable. Es decir, el que los dibujos animados o pixelados pretendan –y consigan– satisfacer a ambos extremos
del espectro de la vida. A inmensos pequeños y a cada vez más reducidos grandes. Supongo que la tendencia –aunque habrá manifestaciones
anteriores– tiene su Big Bang con Los Simpson: familia amarilla que todavía divierte a los recién llegados mientras se la pasa haciendo guiños de
connaisseur a la alta y baja cultura de los que ya tienen el disco duro casi lleno de referencias literarias, cinematográficas, musicales y
personales porque, sí, Springfield está aquí y allá y en todas partes.
DOS Pero viendo Up –en realidad viendo ese magnífico y largo y tan down prólogo a la posterior
acción voladora y exótica que no me resultó tan interesante– no pude dejar de imaginar, porque lo sentía en mis propios huesos, a millones de
padres a lo largo y ancho del planeta, sentados en la oscuridad de un cine junto a sus retoños. Allí, entre sombras, unos y otros. Los primeros
pensando en la cantidad de oportunidades que no se dieron. Los segundos ya asimilando, más o menos subliminalmente, el hecho de que muchas cosas
con las que sueñan por las noches –empezando por Papá Noel y los Reyes Magos– no serán realidad a la mañana siguiente, el próximo año, durante
unas cuantas décadas. Y que la vida, finalmente, pasará y pasa por la gratificación de inflar globos y el tormento de que siempre aparezca
alguien para pinchártelos mientras te dice que a veces estoy tan bien, estoy tan down, calambres en el alma, cada cual tiene un trip en el bocho,
difícil que lleguemos a ponernos...
TRES ... de acuerdo: no es que ver Up me deprimiera –aunque debo admitir que me resultó mucho
más inofensiva y graciosa esa vuelta de tuerca al tema de príncipes y princesas que es Tiana y el sapo y que, además, viene con canciones del
inmenso Randy Newman–, pero sí que me produjo una cierta inquietud existencial. El mismo delicioso escalofrío que me producen los productos marca
Pixar: ambas Toy Story (y se viene la tercera), Cars, Wall-E y esa obra maestra acaso insuperable que es Monsters, Inc. Todas ellas ficciones
claramente morales y en todas siempre presente el tema del paso del tiempo, el de las fronteras que se cruzan de una edad a otra, y el de que no
hay época en la que puedas bajar la guardia. Porque cuando uno está de lo más tranquilo, descansado en uno de esos cruceros crepusculares, de
pronto entra una ola gigante por la ventana y...
CUATRO ... pasa lo que está pasando ahora en España: los ancianos descubren que no era verdad
eso de recoger los frutos de la cosecha y descansar; los adultos comprenden que los trabajos que ahora les ofrecen tienen letra pequeña y despido
express y contrato basura, y los jóvenes –según reportaba La Vanguardia días atrás– reparten y alargan lo más posible su tiempo entre el estudio
y el consumo de lo que sea. De algún modo, si se lo piensa un poco, los muchachos se dedican a actividades que se solían asociar más bien con la
senectud: a la lectura (en pantalla) y al consumo (de medicamentos para sentirse mejor) y al dato ya conocido de que se están extinguiendo. Sí:
los estudios dicen que este grupo –un 17,5 por ciento de la población mundial– apenas crecerá un tres por ciento en los próximos veinte años. Es
decir: en Suiza –tal vez sea una forma de prevenir alentando, de incitar al desmadre y despadre previo control– ya se han puesto en venta
condones para usuarios de doce años y los pañales infantiles van a estar muy baratos de aquí a un tiempo y va a subir mucho el precio de los
pañales geriátricos y (leerlo en Manufacturing Depression de Gary Greenberg, recomendado en El País por Manuel Rodríguez Rivero) de esas cada vez
más populares pastillitas que te ponen up para arriba. Compren ahora y almacenen –como la cigarra– para el ine-vitable invierno del descontento.
CINCO Y mientras escribo esto, se descubre un/otro nuevo escándalo religioso (pederastia y
maltratos en el coro dirigido por el hermano del Papa) y me llega el nuevo libro del anticlerical Fernando Vallejo. Va de la vejez y la
inminencia de la muerte. Se titula El don de la vida, pero a no preocuparse por ese título con perfume de autoayuda. El don de la vida empieza
así y basta para aterrorizar al pequeño boy-scout más curtido: “–¿Quién tiene la verga más grande en este bar de maricas? –pregunté al entrar
todo borracho y me trajeron a un muchacho.” Otra que Up.
SEIS Y el informe de La Vanguardia venía con una bonita infografía en la que se repartía la
juventud en diferentes tribus. A saber: el peón no remunerado (el dibujito desanimado lo mostraba como un personaje salido de Los santos
inocentes o algo así), el proletario soldado (en plan colimba en guerra civil del nuevo milenio), el joven emergente (con look que remitía a la
ya inmóvil Movida madrileña), el marginado (punk de museo de cera con botella en mano), el joven digital (con su iPod clavado al cráneo y
estética de Generación XYZ) y, por último, el digital nativo (sin rasgos ni ropas y completamente tatuado por el virus verde flúo de dígitos
Matriz, completamente despreocupado por la responsabilidad social y la conciencia ecológica). El No Future de los Sex Pistols ha dado paso al Yes
Present de los Vampire Weekend. Esta última variedad, creo, es la más inquietante de todas: son gente que está muy contenta y enchufada en la
casa de sus padres, de los que dependen por completo (los chicos gastan cuatro veces más de lo que se les asigna semanalmente), pero con los que
comparten, por más que habiten los mismos escasos metros cuadrados, apenas el 5 por ciento de su tiempo. El restante 95 salir y entrar en
Internet. Porque es gratis y surfeando se conoce gente y hasta se puede ser otro, muchos. Y así, flotando en una adolescencia electrónica –leo
ahí que son absolutamente dependientes de una tecnología que manejan con torpeza y, en ocasiones, sin medir las consecuencias de sus actos y
enters– que se prolonga hasta los 35 años. Hasta que llegue ese momento dorado en que serán muy pocos y, por lo tanto, muy necesarios, únicos,
imprescindibles para ayudar a esos ancianos bajoneados que un día resuelven escalar las vertiginosas alturas de sus sueños de juventud.
Mientras tanto y hasta entonces, siempre habrá un padre controlador aéreo que se lleve a sus hijitos de cinco años al trabajo y les enseñe a
aterrizar aviones up in the air llenos de hombres y mujeres down y en picada y con los cinturones muy pero muy ajustados.
Yupi.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-141626-2010-03-09.html
UNO La cifra es la versión trascendente del número. Un número se dice rápido, se lo usa para
contar y eso es todo. Una cifra no cuenta sino narra. Un número crece a cifra cuando pasa a significar algo. Así, las cifras vendrían a ser
números clásicos. Esas cifras que enumeran catástrofes o en las que, sí, ciframos nuestras esperanzas. Las cifras que, a veces, se escriben con
letras o son acompañadas por palabras. Por ejemplo: día 13, 2001: Odisea del espacio, 9/11, la cantidad de hoyos que se necesitan para llenar el
Albert Hall, 6 millones de judíos, 25 millones de argentinos jugaremos el Mundial, 30 mil desaparecidos, 007: Licencia para matar, y el número de
teléfono del nombre de la persona a la que se ama y a la que se llama y a la que se corta cuando atiende...
DOS De regreso, en el todavía flamante aeropuerto de Barcelona y al que aún no tengo nada que
reprocharle (pero todo llega, siempre se arrival a esa situación; ya lo dije: no me dan nada de miedo los aviones, pero me dan mucho miedo las
aeropuertos), esperando que salgan las valijas, abro mi primer diario español en un par de semanas, y las cifras me saltan a la cara como
mastines marca Baskerville. Allí mismo leo que el ministro de Fomento exigirá a las compañías aéreas que expliquen por qué retrasan o cancelan
vuelos (buena suerte) y que sólo nueve de los aeropuertos españoles dan ganancias. Sépanlo: Barajas de Madrid pierde 432 millones de euros al año
y El Prat de Barcelona, 42 millones. Y los controladores aéreos (profesión psicotizante, tal como lo vimos en aquella comedia con John Cusack y
Billy Bob Thornton y Angelina Jolie) tienen por aquí un sueldo base de 170 mil euros anuales que ascienden hasta una altura crucero de 334 mil
euros por horas extra y que, en 2008, subieron todavía más hasta alcanzar la cifra estratosférica de 700 mil euros. (Nene: cuando seas grande,
más te vale querer ser controlador aéreo o te muelo a patadas...) El ministro de Fomento dijo que no puede ser: amenazó con suplantarlos por
maquinitas y, claro, ya se sienten las turbulencias de huelgas estivales para que las compañías aéreas expliquen por qué se sale tarde y se
suspende y a ajustarse los cinturones.
TRES 101 son los goles que Messi lleva metidos con el Barça –ese equipo que gana hasta cuando
lo descalifican de un torneo y pocos días después se da el lujo de golear a los que lo dejaron afuera– y cómo lo quieren a Messi los muchos
catalanes...
CUATRO ... entre los que se cuentan varios que no quieren a extranjeros dando vueltas por aquí
y pateando las pelotas. La crisis hace crecer los nacionalismos (abundan consultas y plebiscitos no vinculantes y sin autoridad, pero...) y el
Ayuntamiento de Vic (con un 25 por ciento de extranjeros) ha decidido en pleno y por la suya dejar de empadronar a extranjeros sin papeles, y
poco y nada importa que el gobierno central los acuse de ilegales. Un político valenciano se refirió a la política de inmigración de Zapatero
como “camarote de los hermanos Marx”, y sordos rumores oír se dejan y el Ayuntamiento de Torrejón se ha unido a la medida y, días después, Vic
dijo que acatará lo que disponga Moncloa, pero la otra noche, en el noticiero, los locales parecían tan contentos de andar ninguneando a
visitantes...
CINCO Y en medio de constantes borrascas, Zapatero ha postergado a 2011 su decisión de lanzarse
a un tercer round. Si finalmente decide que no, ni quiero imaginarme la que se va a armar en el PSOE por la sucesión. Si dice que sí, ya puedo
imaginarme todo... En cualquier caso, Zapatero parece tan feliz por ser presidente interino de una Europa en la que los europeos no creen ni como
continente ni como concepto. Cada uno a lo suyo y sálvese quien pueda es la política a seguir, y Zapatero arrancó su mandato amenazando con
sanciones a los individualistas (enseguida alguien le dijo no-no-no desde Alemania y Francia), que enseguida se convirtieron en premios para los
que se porten bien. Mientras tanto, el último número de The Economist se ríe de él, lo llama “Carlomagno”, se burla de su adicción a intentar
conseguir sillas en reuniones cueste lo que cueste, y le explica que si, como dice, va a comandar la recuperación del Viejo Mundo aplicando sus
recetas, no estaría mal que las aplicara primero a la enferma España. El Partido Popular –con ventaja de 1,6 punto sobre el PSOE en intención de
votos y presto a ganar por primera vez las elecciones en Andalucía– también se ríe. No sé de qué.
SEIS Porque la cosa está clara. Y oscura. Cifras que se publican estos días por el fin de año y
(lo siento, para mí la cosa siempre empezará con el 0 y no con el 1) el principio de una nueva década que se percibe por aquí tan diferente a la
que se acabó. Veamos, contemos, saquemos cuentas: en los últimos dos años, España ha perdido 7 millones de turistas (principal fuente de ingresos
junto con la construcción, que ha quedado por los suelos) y 2009 se cerró con un 8,7 por ciento menos de visitantes que doce meses atrás. Hay un
63 por ciento menos de inmigrantes y el paro afecta a un 28 por ciento de extranjeros y a un 16 por ciento de nativos, y son muchos los que se
mueren de curiosidad por saber por cuánto renovará Pep Guardiola como controlador terrestre del Barça.
SIETE Muchos ceros son los de la fortuna que un empresario menorquín legó a un tal Felipe, a
una tal Leticia y a sus hijos a quienes nunca conoció. El que los beneficiarios sean los futuros reyes de España permite creer en que los cuentos
de hadas no sólo existen sino que continúan después de las perdices...
OCHO ... y de los 100 mil o 50 mil o 200 mil haitianos a los que el cielo se les cayó encima y,
digo yo, puestos a hacer buenas acciones...
NUEVE Y se hace un tanto absurdo indignarse por los bonos y aguinaldos recibidos por los
corsarios de Wall Street. Después de todo, de eso se trató siempre: de ganar el dinero propio a costa del dinero ajeno. Esté quién esté en la
Casa Blanca, el color será el verde, el verde dólar...
DIEZ ... sin importar demasiado si se los cuenta con la mano diestra o la mano siniestra, y la
derecha ganó en Chile y me pregunto cuál será el número o la cifra de chilenos que se preparan para exiliarse en la Argentina. Chiste, chiste...
Y aquí llegan ya las valijas. Son dos. Son 2. Tan felices de no engrosar el creciente porcentaje de equipaje extraviándose en la dimensión
crepuscular. Y a casa, a encender las estufas y seguro que aumentó el precio del gas, consumo en máximos históricos, grados como números
negativos, hace frío. Mucho. Así que mejor quedarse adentro mientras, ahí afuera, vuelta y vuelta, las cifras que nos tienen fritos aúllan y
muestran los dientes y mastican y se comen crudos a los números.
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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-138713-2010-01-19.html
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