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Hay un hombre sentado con su fondo. En apariencias sólo es un hombre vulgar sentado en una silla en un lugar, todo indica que en un bar o un restaurant.

El hombre sentado no hace nada, o, en su apariencia, no parece hacer nada. Quien lo viera sentado allí no podría más que resumirlo en "hombre sentado ahí sin hacer absolutamente nada"; un hombre sin ton ni son. (El cocinero tiene su teoría acerca de aquel pedestre sujeto, teoría catalogada de irrelevante y absurda por el grupo de mozos de la tarde ya que históricamente nadie ha considerado las aportes intelectuales de los cocineros de medio turno).

El hombre en cuestión permanecía en aquella amistosa y sospechosa posición desde no se sabe cuándo. Pero aquella figura carente de peligrosidad se encontraba en una poderosa diatriba interna apunto de sentenciar su propio destino: El hombre sentado ahí, cargaba con una imagen que no creía poder sostener un minuto más en vida, y justo en aquel momento organizaba sus argumentos de esperanza que al segundo se veían devastados por los temores y las argucias de su conciencia, reduciendo a escombros las nobles, pero viejas y cansadas, ilusiones de permanecer con vida.

El hombre sentado ahí, no sólo cargaba con aquella falsa identidad modelada perfectamente en cada gesto por cada segundo de su insignificante existencia, sino que había conseguido reconocer cada una de las materias que habían forjado y legitimado tenazmente esa farsa de vida, y que aquél día en ese impreciso bar restaurante, estaban empecinadas en enjuiciarlo y arremeter con su cuerpo de una sola y buena vez por todas.

¡Las trampas de la conciencia! Pensaba y se lamentaba. ¡Una atrofiada herencia genética! Un estúpido circulo social, una moral fina como la cámara de una bicicleta, las degradaciones a un dios inexistente, el nudo de la corbata, infinitos etcéteras que fundaban aquel espíritu servil, aquel carácter indefenso en un cuerpo estéril que engañosamente permanecía en ese estado de falsa pasividad, o no, ¿quién podrá certificar estas palabras?

Al peso de aquella imagen apócrifa y serena, en ese preciso instante se sumaban los motivos: aquellas temidas razones de su inevitable deceso.

¡Qué extrañas sensaciones generaba su conciencia al retrotraerse al inicio de esta excelsa representación de un otro que cada noche cernía con más fuerzas sus vestimentas sobre él hasta casi asfixiarlo!

Los motivos y razones, nobles en sus comienzos, se fueron diluyendo en huecos ausentes de memoria hasta evolucionar en trenzas de púa que aquella tarde, en aquel bar restauran prensaban su cuerpo como un capullo indefenso.

A la hora exacta, el hombre sentado ahí, sufría un nuevo atentado: El fondo se sumó a la cruzada de defunción como arrojado de un acantilado y se estrelló en peso muerto sobre su nuca y parecía nunca acabar de caer y golpear.

El fondo en su vida era desalentador..., el mismo cuadro, la misma calle, el mismo grupo de compañeros de trabajo apiñados alrededor de su pupitre, nuevamente la misma calle, el mismo cuadro...

¡Su pasado, infame, impresentable, se materializaba como cardos en sus entrañas y lentamente emergía como un Leviatán hambriento con los rostros de las mujeres que siguen en las esquinas esperándolo...!

¡Más atrás!, en una segunda fila, sus Relaciones rapiñaban los pedazos de su carne muerta desmembrada como viquingos viciados por los dioses de las guerras; como bárbaros y obedientes termitas que iban eliminando las huellas del cuerpo de ese aparente hombre sentado ahí sin ton ni son.

¡Sus Rencores avanzaban con determinación suicida! Los Egos que inútilmente presentaban sus últimas armas sucumbían frente a un ejército infinito de Resentimientos y Aversiones armados con los venenos de su vientre y las astillas de sus propios huesos.

Desde ambos lados comenzaban a bajar hordas de Culpas encubiertas de antiguas Buenas Intenciones.

¡Las Culpas descendían entonando las rimas de la batalla: antiquísimos cantos de guerreros míticos entre Culpas y Pecados!

Pabellones de ellas abastecían las retaguardias de Lujurias feroces con objetos punzantes y tormentores usurpados a las víctimas de su paso.

¡Más atrás Los Escarmientos, más arriba Las Penas filosas en espera de su momento! Y por ultimo un sinfín de Odios y Desconsuelos aguardaban la estocada final siguiendo entusiasmados los acontecimientos desde sus palcos de Penas mayores!

La cosa se conducía inevitablemente al desenlace anticipado. No habrá sobremesa para este banquete pensaba, (o no pensaba), el hambre es una sensación contradictoria cuando el que está siendo consumido es uno mismo.

El hombre sentado con su fondo llama a un mozo, pide la carta de los postres, su mano sobre la mesa, la respiración firme. Habrá postre murmura, no murmura, lo piensa, es como un chiste, o no, casi inaudible, cada vez más invisible, piensa, ya no piensa, tampoco ha llamado al mozo, o si.

A la hora exacta donde se produce el cambio de turno de los mozos, el hombre en aparente paz mete su mano dentro del saco.

Las pistolas, piensa el hombre sentado ahí, fueron creadas con un solo fin:

Quitar la vida.

No se puede usar una pistola para revolver eficientemente un té, ni para calefaccionar una casa o cambiar de canal...

El hombre, que es un ser económico y racional no está dispuesto a pervertir el oficio de las cosas y aquella noche no sería la excepción. Y exactamente a la hora del cambio de turno de los mozos, en aquel bar restauran, el hombre sin ton ni son posiciona la pistola y gatilla su sien.

El cambio de turno favorece a los mozos que hacen la vista gorda y se apresuran a partir.

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Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/24-21930-2010-01-17.html


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Voy entrando. Mi hermanastra mira el televisor a treinta centímetros de la pantalla. Esquivo una estúpida máquina multimuscular sprayette que aceptó mi viejo como forma de pago por lograr que un ex amigo no termine en la cárcel por pederasta. Esquivo una mesa cargada de cajas con remeras para estampar, finalmente la esquivo a ella. Esquivo su mano olor y color nicotina que sostiene una colilla de cigarrillo siempre mal apagado.

Tuve que matar al gato, dice.

Me freno en mitad de escalera. No levanta la vista del televisor y no consigo distinguir en su insoportable timbre si es que lee estúpidamente un título del noticiero o si se trata de una producción de pensamiento original.

¿Cómo que mataste al gato?

Lleva la mano nicotina a la boca y succiona la colilla extinta. Consigue inhalar parte del filtro o de su uña, no distingo donde comienza su humanidad mucho menos donde termina. Satisfecha exhala entrecerrando los ojos. Las volutas son tan densas como un puré. Repite estúpidamente: al gato.

¿Cual de los dos? Pregunto y caigo en cuenta de que estoy sosteniendo una conversación.

El blanco -dice, y la noto perturbada.

¿Vos lo mataste?, le torciste el cuello?

Hacía días que no comía y se quedaba echado sin poder levantarse. Estaba sufriendo. El veterinario me dijo que padecía algo así como incontinencia interna, se cagaba adentro. Y autoricé que le pongan una inyección para matarlo.

No lo mataste vos, lo dispuso un veterinario.

En realidad no se si ya le pusieron la inyección. Tenemos que ir por el gato después de las cinco.

Técnicamente el asesino es el veterinario.

Técnicamente lo mato un nivel elevadísimo de azufre en los riñones.

No pregunté cómo carajo llega el azufre a los riñones de un gato. Existen, al menos hasta que alguien limpie este lugar, cientos de posibilidades. Tampoco tenía muy claro qué era el azufre, pero los riñones de los gatos no lo toleran.

Todavía no lo mataron? dije por decir , ¿hay posibilidad de que se recupere?

Había tres animales esperando por la misma inyección antes que el nuestro. En los perros el veneno tarda más tiempo en actuar. Conocí a uno que esperaba por los efectos de la inyección desde hacía dos horas. Se lo veía contento, no parecía que necesitase ser sacrificado. Un coli.

Miro el reloj, pienso que el coli ya debe estar muerto. Los colis fueron creados para entristecer a sus dueños. ¿Qué vamos a hacer con el gato?.

Enterrarlo.

No tenemos lugar.

También hay que buscar el certificado de defunción.

No necesitamos un certificado. Ellos sabrán qué hacer con un gato muerto. Trabajan de eso, uno cuando compra un gato no piensa donde lo va a enterrar, no es una exigencia carecer de un lugar para practicar el ritual de la muerte. No necesito al gato muerto y mucho menos un papel que lo confirme.

Irene busca un cigarrillo y lo enciende sin soltar el filtro del anterior que sigue trabado entre dos dedos.

Le avise a papá que no vuelvo a comer digo observando su pelo . Pero si cocinan algo dejenme en la heladera.

Advierto que se ha hecho algún tipo de salpicado amarillo simpson, quizás extensiones. Pienso algo que decir en relación a mi descubrimiento, pero mi hermanastra ya se encuentra lejos de aquí, perdida entre la suba del merval y una familia que se prendió fuego en mendoza.

Termino de subir las escaleras. Mientras busco unos cds recuerdo aquello de que la mayoría de gatos blancos con ojos celestes son sordos. Intensifico mi búsqueda.

Blog.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/24-21929-2010-01-17.html