La crecida del río Paraná aún no llegó a su punto máximo pero ya dejó miles de hectáreas bajo agua, casas anegadas y familias enteras sin trabajo
en las islas entrerrianas ubicadas frente a Rosario. "Mi esposo hace changas, corta el césped y pesca. Pero el río no dejó nada: ni pasto, ni
pescados", cuenta a Rosario/12 Mariela Martínez con su beba en brazos. Está descalza, porque todo a su alrededor es barro y agua. Un equipo de la
Prefectura Naval, Defensa Civil y médicos pertenecientes a la secretaría de salud municipal recorrieron la zona conocida como el Paraná Viejo
dando asistencia humanitaria a los habitantes de la zona. En particular, suministraron medicamentos contra la leptospirosis, una enfermedad
transmitida por las ratas, que es característica de las inundaciones. En la provincia ya son once los casos sospechosos y en Rosario hay tres.
Pero pese al riesgo, los isleños se resisten a evacuarse. "No tenemos donde ir, pero tampoco queremos irnos", expresaron. Cómo es vivir en medio
de la desolación y el anegamiento.
En el Paraná Viejo, ubicado pocos kilómetros al norte del puente Rosario Victoria, las casas son precarias, hechas sobre pilotes con chapas y
madera, cuyos cimientos el agua socava y en algunos casos inunda. "Tengo 20 centímetros de agua adentro de mi casa y tuvimos que mudarnos todos a
la pieza de arriba. Hace tres años que salimos de una creciente, nos recuperamos... y ahora viene otra", se lamentó Maria Laura Martínez. Y otra
mujer salió apurada al ver el barco que iba arrimándose a la costa e interrogó a Raúl Rainone, titular de Defensa Civil: "¿Cuándo viene el
agua?", casi resbalándose en el lodazal. "En diez días, parece", respondió el funcionario con desazón, sabiendo que la suba aún no ha alcanzado
su pico máximo.
Mientras tanto, los médicos repartían medicamentos: "Les llevamos dosis de doxiciclina, que es un antibiótico para combatir la leptospirosis, una
enfermedad muy frecuente en las zonas anegadas. Todos los que están expuestos deben tomar una dosis semanal. También les damos bolsas con yodo,
gasas y vendas", explicó Ignacio García, al frente del operativo sanitario. La semana próxima se conocerán los resultados definitivos de los
análisis, pero la situación es preocupante: ya hay tres casos sospechosos pertenecientes a Rosario, todos relacionados con la crecida.
Por si fuera poco, cuando el río sube, los alrededores de las viviendas comienzan a poblarse de alimañas, y es frecuente que haya serpientes. "Ya
vimos varias yarará y una mordió a nuestra perra", señaló Bárbara Molten con su pequeño hijo en brazos. El Paraná no les ha dejado casi tierra
seca donde pisar y su estadía se vuelve peligrosa por lo que planean irse, aunque su esposo, Denis se quedará a cuidar la casa.
Pese a la difícil situación, la gran mayoría no quiere irse. Prefieren soportar hacinados en una habitación, a la espera de que el río traiga
novedades, que abandonar lo poco que les queda. "Nos vamos a quedar porque tenemos miedo de que nos saquen las cosas, que nos roben, a veces
pasan canoas que uno no conoce", explicó una de las jóvenes madres. En eso coincide Juan Ramón Cuello que para recorrer el patio de su casa debe
andar en canoa. Perdió a algunos de sus animales, sus herramientas y otras cosas valiosas pero asegura que no va a irse. "Me voy a quedar acá a
esperar que baje", dijo a los prefectos que se acercaron para asistirlo.
A lo largo de los ocho kilómetros que separan a Rosario del Paraná Viejo, el paisaje es tan monótono como devastador. A las viviendas precarias
carcomidas por el agua se suman extensiones cuya geografía se ha vuelto irreconocible: donde antes había varios metros de barranca sólo hay agua,
y vacas famélicas comiendo lo poco que queda. Son los animales de los propios isleños que no tienen medios para transportarlas. "Los patrones se
las llevaron todas, nosotros no podemos", explicó uno de los peones acostumbrado a cuidar reses por encargo.
La pobreza recrudece como consecuencia del fenómeno climático. En esa zona, la mayoría de los habitantes se dedica a pescar o a cuidar ganado
ajeno, pero el agua ahoga a las vacas y el río en las crecidas se vuelve estéril. "Mi esposo es pescador pero anoche, en toda la noche pescó un
patí y dos sábalos, no sale nada...", se lamentó una mujer que es madre de seis hijos, visiblemente angustiada.
Por eso, con el objetivo de garantizar la alimentación de los más pequeños, los agentes municipales repartieron también cajas de leche en polvo.
Una entrega que realizarán todas las semanas hasta que las familias recuperen la capacidad de sustentarse a sí mismas.
Y es que para los chicos tampoco es fácil sobrevivir. Fabián Rodríguez cuenta que sus tres hijos tuvieron que dejar la escuela un mes antes de la
fecha fijada para la finalización de clases porque los caminos estaban anegados. Educarse para ellos significa levantarse muy temprano y hacer a
caballo un trayecto que les toma media hora completar.
Algunos niños isleños ayudan a la economía familiar pescando, cuidando animales y empleándose durante el verano en algunos de los almacenes,
bares y restaurantes frecuentados por los turistas durante tórridas jornadas. Pero ahora no pueden hacer nada de eso, los 5,05 metros del río se
traducen en playas anegadas, centros gastronómicos cerrados y bolsillos vacíos.
"No tenemos plata y encima la casa se nos está viniendo abajo", contó Ana María Alvarez, viuda y madre de tres chicos de seis, 13 y 14 años que
proveían los únicos ingresos. Su casa, cuya estructura es íntegramente de madera, experimenta un visible deterioro con tirantes caídos y otros
que lentamente van cediendo ante el embate del río. Pero no quiere irse. "Algunos se fueron a la casa de los parientes, pero nosotros no tenemos
donde ir", contó. Hasta el momento no ha habido evacuados.
A la abrumadora presencia del agua se le suman algunas postales inéditas: carteles inmobiliarios plantados en medio de la correntada, ofreciendo
terrenos que quedaron anegados; coquetas sombrillas de paja construidas por los paradores costeros que están a punto de desaparecer, animales
lastimados por los alambrados que no pueden divisar, corrales y gallineros hundidos casi por completo y ropa tendida en el techo de las
viviendas, por falta de espacio.
Después de cinco horas de viaje, el barco costero comienza a alejarse, ya sin pañales, ni leche, ni remedios. Atrás quedan ellos, que siempre
fueron pobres y ahora son más pobres, el río que avasallante amenaza con llevarles todo y una espera insoportable e impredecible.