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Ya se sabe, la muerte propone y Dios dispone, aunque ella a veces hace trampas y ocasiona catástrofes astrales, incomodidades zodiacales. Visto está que lo suele gambetear al Altísimo: ya casi no ve y se encuentra ocupado en cuestiones de difícil solución. Por no decir imposibles. Yo vivía en una cortada, clausurada en las puntas por otras casas y los fondos de una fábrica de cerveza. Las viejas decían que cuando moría gente seguido se solía armar un dibujo -dedos en el aire- y si se estaba por formar una cruz con el cuarto punto, habría de cuidarse quien viviera en el flanco vacío. Por ejemplo: moría alguna en la vereda par, luego alguien más en vereda impar y al tiempo breve alguien en un extremo, el resultado era temible y la espera horrorosa: habría de morir seguramente alguien que viviera en la punta opuesta. Así era la cosa. Y que no pasaba de un mes para cerrarse el trazo mortuorio. Luego de treinta días de suspenso se suspendía el maleficio.

Yo oía hablar de ello mientras leía un libro sobre tesoro de piratas: debajo de cada vivienda, en los fondos de aquella casona sucia, en los baldíos embrujados cabía la posibilidad de encontrar uno. En eso estaba cuando oí la conversación de la cruz, la muerte, el destino. "Le toca a La Pavota", dijo una señora a otra. "Hoy termina el mes", cerró. La Pavota tenía un kiosquito al lado del portón de la fábrica y era el puesto obligado de los bebedores al paso o los que en la media hora de descanso al mediodía masticaban un sandwich. Su negocio se abría en la nada de ladrillos casi como una gruta, como un altar de maderas pobres en la nada de piedra y musgo. La Pavota era alta, con anteojos culos de botella, bondadosa, tonta, efectiva, fea, bella, extraña y solitaria. Yo la quería: siempre tenía figuritas de aviones de la Segunda Guerra y como era tan distraída se le pegaban a veces dos paquetes en vez de uno y yo tomaba eso como un guiño del destino, una amigable razón de simpatía y amor al mundo: La Pavota era su intermediaria y ahora estas dos viejas desagradables de envidiosas por no tener su gracia estaban hablando que ella se iba a morir.

Esa tarde, después de los dibujitos, me senté a verla fallecer. Se hizo la tardecita y nada. Se encendieron las farolas oxidadas de la esquina, bamboleantes y tristonas. Se apagó la del kiosquito y ví cerrarse la ventanita de madera. Entonces, luego que el batallón principal de trabajadores en bicicletas se hubo de ir, algunos volvieron en un grupo de tres y se acercaron con delicadeza a la puertita del kiosquito de La Pavota, que había ya cerrado el negocio. Entró uno, y al salir este entró el segundo y así hasta el tercero, con una botella de cerveza en la mano. Se juntaron con discreción en la esquina y allí tomaron hasta el final. Uno pasó cerca mío y dejó el envase al costado de la puerta de La Pavota. "Ahora sale y al agacharse a agarrar la botella le da un paro. Ahora cae un rayo y la mata. Ahora se incendia la casa. Ahora entran fantasmas y la asesinan". Nada.

El manicero hizo sonar su corneta ululante de la esquina y un frío de pampa lejana me entró por los huesos. Me levanté decepcionado hasta mi casa y llegué justo para la cena. Ya empezaba Polémica en el Bar y me reí largo con mi papá que aposentado en el sillón se rascaba la papada festejando los chistes de Minguito. Yo miraba la claridad invernal de afuera, temblando agazapada sobre el ventanal. Esta noche moriría La Pavota y nosotros acá sin intervenir. Me quedé dormido mucho antes que la Muerte con su capote y su garra de estrellas fugaces sucias arrastrara a la Aurelia, la que había estado pronosticando el deceso en cruz. "Esta vez parece que la Muerte se puso caprichosa y esquivó el bulto", oí a Don Cosme decir en los fondos de la casilla donde mateaba con su esposa. Pensé en la víctima que no había sido, ausente en el relato y me contuve en una fina manera de callarme, de decir sin decir, de pensar sin poder hablar, que había vencido el pálido final gracias a las visitas de los obreros de la fábrica.

Porque ellos, por ser hombres fuertes y no temerle a la Parca, seguro, seguro la habían hecho cambiar de dirección gracias a los empellones que dieron metidos en medio de la caderas de La Pavota esa noche que me asomé a ver llegar la Muerte y comprendí otra cosa: que la vida puede alterar lo negro del mundo cuando se lo propone. Pero no lo pude expresar. Era solamente un chico.

abonizio@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28351-2011-04-20.html


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Son las cosas del marketing, vea usted. De pronto, medio mundo se sintió en la obligación de ponerse a leer a escritores suecos. Me refiero a la trilogía Milennium y a la caterva de novelas policiales que las siguieron. Era la moda al ritmo del marketing. A los inventores de esa moda no les costó mucho hacernos entrar por el aro. A los argentinos nos dijeron "sueca" y Anita Ekberg en la Fontana di Trevi apareció grabada a fuego en nuestras cabezas, recuerdos de una adolescencia de valijeros adoradores de mujeres altas, rubias, carnosa, lejanas (en kilómetros, incluso). Una mujer sueca en una película era una de las pocas posibilidades de ver una teta que teníamos los que ya habíamos sido destetados.

Y la moda no sólo nos la enchufaron a nosotros (no es tan grave: la trilogía de Larsson en entretenida y Mankell es buen escritor; al resto los desconozco), en BCNegra, festival negro de Barcelona, le dedicaron una mesa redonda al tema, que se resumía en esta simpática idea: "Por qué se mata tanto en Suecia". Vemos que en el primer mundo (si España lo es), también hay mucha gente que relaciona la palabra Suecia con Anitas que difícilmente abrazaremos en vivo y en directo.

La trilogía Milennium son tres libros gordos y caros escritos por Stieg Larsson que venían apoyados por tres películas bastante buenas. Semejante despliegue argumental aporta lo que aporta cualquier libro muy leído, y que en este caso se parece mucho a lo que aporta cualquier imagen publicitaria sobre turismo exótico: mostrarnos lugares (escenarios y culturas) que difícilmente visitaremos en cuerpo presente. Además de la trilogía del pobre Larsson (que murió joven y sin disfrutar del éxito), hijo del rico Larsson (el padre que lo heredó al morir), ahí está también el siempre presente Mankell con su personaje Wallander, al que le dedicó ¡11 novelas!, serie que (una vez hundido Wallander en el Alzheimer en El hombre inquieto), sigue con las aventuras de la hija.

Y luego venimos nosotros, extrañamente interesados en un país y en una sociedad de la que desconocemos todo excepto la tendencia de sus rubias a bañarse en fuentes públicas. Una sociedad y una cultura que uno definiría con una ristra de elogios: organizada, previsible, culta, próspera, pacífica, respetuosa, etc. ¿Entonces? ¿De qué hablan estos tipos? ¿Sobre qué escriben? ¿Sobre Heidis locales? ¿O sobre asesinatos, nazis, abuso infantil, esclavismo, perversiones? ¿Suecia es también eso? Vaya, entonces no es lo que imaginamos, por muchas rubias que haya bañándose en cada lago.

Es verdad que los suecos tuvieron sus nazis y que durante la guerra se "hicieron los suecos" (dicen que de ahí viene la expresión) cuando Alemania cruzaba sus territorios para invadir Dinamarca y Noruega. Pero eso no es un gran mérito, porque quien más quien menos todos tuvieron sus nazis. En cambio no todos tuvieron el privilegio de ser elegidos como escondite por nazis verdaderos. Si hasta Hitler habría venido a morir acá, para llevarse al más allá, como última imagen en sus retinas, una montaña helada y bosques de arrayanes en lugar de fábricas de muertos.

Yo tengo una teoría, con tantas posibilidades de volverse esclarecedora como cualquier otra porque una vez escrita y publicada, que me la vengan a refutar. Estos tipos, Larsson, Mankell, y otros de nombres casi impronunciables, se han propuesto - no sé si es una confabulación o una casualidad - crear una "mitología de la oscuridad" sobre la impoluta Suecia. ¿Qué dice Chiabrando? Vea usted, yo digo que estos escritores se inventaron un lado oscuro de su cultura porque sin lado oscuro no se puede vivir. Repito, esa es mi teoría, y no se me asuste: sin un lado oscuro no se puede vivir. O se puede vivir, pero no se puede escribir, se hace difícil hacer cine, etc. Mi teoría, de ser cierta, significaría que todo lo que cuentan estos tipos es puro montaje, y que Suecia sería organizada, previsible, culta, próspera, pacífica, respetuosa. Y que sí, efectivamente, hay rubias cariñosas y despechugadas por doquier.

Si mi teoría no le parece contundente, ahí están las palabras de Billy Wilder: "La virtud no es fotogénica". ¿Se imagina a escritores suizos escribiendo novelas para vivar a su chocolate, asegurar que la vaquita de Milka da el doble de leche que la mejor holando y que el agua de sus lagos es curativa? Los pocos escritores suizos que hemos podido leer por acá (Dürrenmatt, Frisch), también se esforzaban por mostrar ese lado negro de una sociedad que a la vista de todos parece modélica.

¿Digo Suiza, dije Suecia? No es confusión geográfica, no se preocupe, son sólo analogías para hablar de la importancia de la literatura como constructora de mitos. En estos casos, la idea es que, por muy prósperos que sean estos países (o quizá por eso), no han desarrollado una oscuridad verdadera, el lado oscuro de la opulencia, una oscuridad como la nuestra, posta posta, cultivada a través de los años con tanto ladronzuelo que hubo en el poder, menemismo, delaruismo, gobiernos militares, hiperinflación y madres en busca de sus hijos, situación que, por muy dolorosa que sea para vivir, es materia inagotable de literatura y otras artes.

Yendo a la coyuntura, creo que estos países tampoco deben tener diarios, programas de radio y televisión, y miles de cómplices involuntarios (o idiotas útiles) que repiten la consigna diaria del desaliento, o "la mala noticia nuestra de cada día": que el país en el que viven es una basura, que está aislado, que se encamina hacia el abismo, que en la esquina te van a matar, que la democracia corre peligro porque un puñado de ciudadanos se quedaron sin la claringuilla del domingo, que nunca volveremos a comer lechuga porque se fue por las nubes; y tampoco deben contar con especímenes públicos que vaticinan las siete plagas de Egipto a cada rato. No tienen una Carrió, digamos, en plan de continuar con las analogías; con una Carrió ya tendrían para un centenar de novelas, pero ella es nuestra y sólo nuestra. Y no se vende ni se alquila.

A modo de resumen: bastó con una mitología construida con un poco de esfuerzo y un par de buenos escritores, para que cualquier caído del catre se ponga a hablar de Suecia como si hubiera estado ahí mismito ayer. No es poco. Ahora, si usted tiene que viajar a Suecia, o el que viaja soy yo para tratar de sacarme las dudas sobre rubias libidinosas, cabe la pregunta: ¿es Suecia un paraíso o un país peligroso? ¿Las mujeres son buenas como Heidi y redondas como Anita, o son como Lisbeth Salander, tatuadas hasta las verijas, boxeadoras, hacker, vengativas, rencorosas: brujas? Vaya uno a saber. Por las dudas me quedo acá, que según me rezan a toda hora en la televisión, es malo pero conocido.

javierchiabrando@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28327-2011-04-19.html


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Cuenta Milton que en el Paraíso, junto al árbol de la vida, crecía el amaranto, de cuyas ramas brotaban flores inmarcesibles. De estas flores se valía Eva para acicalar el espacio que compartía con Adán antes de que el demonio la convenciera de probar el fruto del Arbol de la Ciencia y de que tentase a su compañero para que también comiera de él. Habiendo comido de aquellos frutos, Dios, que les había prohibido acercárseles siquiera, los expulsó del Edén. Y ya nunca más hombres o mujeres, ricos o pordioseros, nobles o esclavos, santos o malditos, atravesaron la existencia sin dolores ni pesares. El Paraíso Terrenal se perdió para siempre de la vista de los hombres... aunque no de sus conciencias.

En oriente y occidente, en el norte y en el sur, cristianos, musulmanes, judíos, budistas, vedantas y taoístas buscan esa Verdad verdadera, el Principio Creador, el Tao que es Todo y es Nada, el Alma Universal, el Nirvana de las almas individuales, el mundo de las Ideas, el Paraíso Perdido. ¿Y no es el Paraíso, acaso, un estado de inconsciencia, donde las palabras no habían nacido o al menos aún no se habían atrevido a los conceptos de bien y mal, de tuyo y mío, de resentimiento y venganza, de absurdo e inútil?

¿Qué quedó de aquél Paraíso al que todos los hombres, aún los más aferrados al Tiempo y al Mundo, alguna vez en la vida añoran? Es una pregunta capciosa, eso está claro; si alguien se atreviese a responderme, seguramente diría que nada, puesto que como su nombre lo indica, se ha perdido. Otros, en cambio, se burlarían de mi credulidad diciéndome que todo eso es un cuento que los primitivos se inventaron para explicarse de algún modo el origen del mundo y de todas las cosas que hay en él; que tan válido hubiese sido creer en este Paraíso como en el mito que los griegos crearon en torno de Zeus, Prometeo, Epimeteo, Pandora y todos los dioses, titanes y víctimas del Olimpo; otros, menos esclarecidos, me dirán que nos queda el recuerdo de un sitio inundado por la naturaleza, que sabia y pródiga, regalaba a los primeros hombres con todo aquello que les era necesario para la vida inocente. A estos últimos les preguntaría, ¿por qué si la imagen que recuerdan y desean para su Paraíso es la de un sitio donde la naturaleza era la que daba y decidía se empeñan en negarla, doblegarla, destruirla, inventándose necesidades que de ningún modo ella podría satisfacer? A los segundos les diría que están en todo su derecho a desconfiar de los mitos, ya que, al fin y al cabo, tanto como los primeros y los últimos, pertenecen a la edad que Hesíodo llamó de acero (entre los que yo me cuento, ya que, aunque quiera creer la historia que narraré, soy el primero en advertir que todo es mentira; ni hablar de la forzada conexión de una fábula netamente judeocristiana con el resto de las filosofías religiosas). A los primeros, que me dan el pie para argumentar, y a todos los demás, les diré que sí ha quedado algo de aquél Paraíso: la flor que jamás muere.

Dicen que dicen --o acaso me lo invento-- que Eva no quiso dejar la tierra de la que fueron arrojados por la ira de Dios sin llevar consigo algo que se la recordase. Cortó de raíz un tallo de aquella planta en cuyas ramas había una flor, y atravesó los umbrales de la inocencia con ella entre las manos, regándola con sus lágrimas, alimentándola con sus ruegos. Era el temor a lo desconocido, más que el temor a Dios, el que ponía en sus labios las palabras que dirigía a la flor; un rezo pagano, la letanía de los despojados. ¿Qué temer de Dios si ya todo mal, creía ella, le había sido profetizado por Aquél cuyo nombre mata? Se aferró a la planta como un náufrago a las tablas del barco hundido; juró por su vida que la planta jamás moriría mientras ella estuviese viva; creyó que, si ahora la vida carecía de sentido, al menos lo tendría en su muerte; la flor inmarcesible fue para ella una buena razón para morir. Que Dios intentase arrebatársela, y vería como ella, antes de permitírselo, lucharía contra El aunque le valiese el infierno.

Lo que ella no sabía era que la flor no necesitaba de sus cuidados para vivir, pues era inmortal; Dios reía para sus adentros cuando por las noches la veía velar junto a la planta --que, fuera del Paraíso, nunca más dio otra flor que la que ya tenía-- dispuesta a luchar y entregarse al infierno. Lo que ella tampoco sabía era que, con flor o sin flor, el infierno le estaba predestinado.

Se preguntaba Kierkegaard: ¿tenían culpa los primeros hombres por haber desobedecido a Dios si, antes de comer del árbol de los frutos, desconocían lo que estaba bien y lo que estaba mal?

Y suponiendo que las cosas suceden tal como Dios las dispone, ¿tienen culpa los hombres por seguir, sin saberlo, su cometido?

En fin, no son preguntas para hacerse en este momento, como tampoco es momento de ponerse escépticos y decir que Dios, como el Paraíso, es un invento de los hombres: el comienzo de mi historia, entonces, carecería de sentido, porque tiene como eje aquella flor inmarcesible que Eva rescató del Paraíso y cuidó día tras día de la mirada de Dios. La flor sobrevivió a la primera mujer --o mejor decir la segunda, a no olvidarse de Lilith--, al diluvio, la glaciación, la sequía; sobrevivió al fuego y los aludes; porque esa flor es inmarcesible y, aunque lejos de la tierra divina, no puede morir. Esa flor sobrevivirá a todo, incluso a los hombres. Esa flor, la creación.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28315-2011-04-18.html


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El primer ministro de Japón, Naoto Kan, insiste en recortar las consecuencias del problema nuclear que estalló en Fukushima. “La crisis se está estabilizando paso a paso, pero no hay razones para el optimismo” (www.businessinsider.com, 12-4-11). No obstante, señaló que la gente debe vivir como de costumbre, no incurrir en autorrestricciones y consumir los productos de las zonas afectadas “para darles apoyo”. El gobierno nipón, sin embargo, elevó el nivel del riesgo a 7, el máximo, el mismo de Chernobyl, según las categorías establecidas por el Organismo Internacional de Energía Atómica para evaluar el alcance de las catástrofes nucleares, y sus funcionarios declaran que el material radiactivo que escapó de los reactores de Fukushima sólo constituye un décimo del que emitió la planta rusa. No es una opinión compartida.

El físico nuclear Michio Kaku destacó que la Compañía de Energía Eléctrica de Tokio (Tepco, por sus siglas en inglés), dueña de las instalaciones de Fukushima, “ha tratado de minimizar el impacto de este accidente nuclear... que ya ha liberado algo así como 50.000 billones de bequereles de radiación (de uranio). Esto equivale a la mitad del nivel 7, pero los reactores siguen emitiéndolos. La situación no es para nada estable... el menor accidente –un nuevo sismo, la ruptura de un conducto, la evacuación de los equipos que trabajan en Fukushima– podría desatar una fusión en tres de las estaciones nucleares de una dimensión mucho mayor que la de Chernobyl” (www.demo cracynow.org, 13-4-11).

El accidente ha despedido hacia la atmósfera una enorme cantidad de yodo radiactivo (I-131), un 10 por ciento en relación con Chernobyl, que es soluble en agua. La lluvia lo deposita en tierra, las vacas comen pasto y su leche se contamina. Los granjeros de la zona la tiran porque es demasiado radiactiva. Se ha descubierto agua contaminada en Tokio y algunos de sus habitantes han abandonado la capital, advertidos por las contradicciones de los anuncios oficiales y la clara voluntad de acallar los alcances del desastre. Occidente calla, pero EE.UU. prescribió que su personal debe alejarse 80 kilómetros de Fukushima, ni 20, ni 30, ni 40, y el gobierno francés aconseja a sus ciudadanos que abandonen del todo Japón. También esas son medidas del peligro, aunque no tengan un enunciado matemático.

Cabe preguntarse el porqué de los ocultamientos del gobierno japonés. ¿Para evitar el pánico de la población? Tal vez. ¿Para no ahondar la crisis económica que el terremoto y el tsunami agravaron de manera extraordinaria? Quizá. Pero los especialistas se preguntan por qué no se recurre al método empleado en Chernobyl, que consistió en encerrar o enterrar el reactor número 4 bajo toneladas de concreto en vez de intentar desmantelarlo, y en cerrar la central nuclear por tiempo indefinido.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-166408-2011-04-17.html


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El tipo se llamaba en realidad Arthur Núñez García y había nacido en Uruguay en 1906. Tuvo la ocurrencia de morirse apenas cumplidos sus cincuenta años (en 1956) donde vivió desde chico: en Buenos Aires. Dicen que era muy tímido, por lo cual en vida solamente publicó dos libros, "El gusano loco" y "Los cuentos del viejo Varela". Después vinieron otras publicaciones póstumas pero ignoro, soy un tipo ignorante, si alguna vez alguien ha compilado al menos parte de sus obras completas. Yo leí bastante de sus obras, pero sobre todo era fascinante escucharlo por la radio, no puedo recordar cuál.

El usaba eso de tipo tanto para referirse a Carlomagno como al mendigo de la esquina. Tenía mucha gracia eso de tipo como un gran afecto que trasladaba a través de un humorismo impecable, si es que el humorismo puede ser impecable. No creo que tenga mucha importancia. Al tipo le molestaba ser petizo. Tampoco le gustaba la gordura. Y no puedo recordar por qué lo llamaban Wimpi, personaje de Espinaca al que dicen se parecía. Espinaca es Spaghetti un marinero con la pipa siempre en la boca, enamorado de Olivia, y qué cuando se enojaba tomaba una lata de espinacas y se transforma en algo parecido a Superman.

Quiero recordar a Wimpi pensando en esta ciudad donde abundan aquellos a los cuales Wimpi dedicaría unas líneas si los hubiera conocido, pero a lo mejor conoció a algunos y nosotros no lo sabemos.

El tipo de Rosario puede ser un tipo que sufre con Rosario Central, que ha elegido sufrir con Central, otros que prefieren sufrir con Ñuls. Los hay que sufren con Central Córdoba, otros con Tiro Federal y algunos con Argentinos. Desde hace tiempo que no veo tipos que sufran con los burros. Antes los observaba siempre cómo miraban el hipódromo desde afuera del mismo, tenían vista de lince, porque la llegada estaba lejos y generalmente, para no decir siempre tenían razón con el marcador. El tipo miraba la largada como si mirara un platillo de esos huevos de esturión con un poco de champán francés, de ser posible, aunque dude que eso le complaciera más que ver una largada desde tan cerca, los caballitos nerviosos y él mirando esa chaquetilla blanca, celeste y solferino que él que quería que ganara.

Pero me olvidé que hay rosarinos que sufren con cuadros de Buenos Aires, como Independiente, River Plate, Boca Juniors, Estudiantes, Banfield o Argentino Juniors. En Rosario hay tipos que pueden gustar de cualquier cosa, hasta de un club ignoto en el más ignoto Tibet, que no sé si los monjes juegan al fúbol.

Conocí a un tipo cuyo sueño, que no se si cumplió, era conocer Nueva York. Una vez estando de guardia en el diario me trajo un mapa de Nueva York, que estaba todo marcado y que él lo conocía al dedillo. Era como un viaje por esa ciudad en un mapa en el escritorio. Me gustaría que lo hubiera cumplido, pero no lo sé.

Había un tipo cuyas características eran que no le gustaban las pizzas, las empanadas y las cervezas y menos aún todas esas clases de moluscos que tanto gustan a muchos. A lo sumo puede comerse un plato de gambas al ajillo, que creo que son los camarones muy pequeños. Esto de los moluscos es porque hay gente que se parece mucho a los moluscos y si se los aplasta, se vuelven a levantar como si tal cosa, con una sonrisa de humillación en la boca. Hay que sacárselos de encima con la mayor rapidez posible, pues son pegajosos y tratan de pegarse como pueden. Provocan náuseas.

Había un tipo que decía que Cristo vendría el viernes de esa semana a la plaza San Martín. Publicamos la noticia y ese mismo día venía otro tipo que decía que eso era una locura, que los entendidos sabían bien que Cristo vendría el jueves no el viernes y que llegaría al Monumento a la Bandera. Siguieron llegando a la redacción, hasta que se cansaron. O tal vez porque había un tercer hombre que nos contaba que Cristo llegaba todas las semanas, pero solamente recorría y conversaba con los más humildes.

Conocía un hincha de Ñuls que iba a la cancha pero nunca miraba el partido. Caminaba de aquí para allá y se negaba a mirar la cancha. Dicho sea de paso en uno de los extremos estaba el vendedor de la única pisa que merecía comerse y en el otro uno que vendía cucuruchos de maní caliente.

Había un tipo que me decían que estaba loco, no lo conocí bien, pero hablé con él un par de veces, que pagaba los boletos del ómnibus con hojas de árboles. Le decía al guarda que se quedara con el vuelto y terminaba preso que era su secreto propósito. Se sabía de memoria un par de poemas de Rimbaud.

Conocí unos cuantos escritores que dormían de día y trabajaban de noche. Uno de ellos era rosarino y amaba el Uruguay. Ha sido olvidado, y sus artículos eran buenos.

Un tipo que me sigue sorprendiendo, aún cuando sé que murió, era uno que iba a los conciertos, ya sea en El Círculo o en la Fundación Astengo, llevaba una partitura y parecía leerla y movía las manos como si fuera el que dirigía a la orquesta. Después supe que no solo sabía leer música sino que era hijo de alguien que había fracasado tocando los timbales y que las partituras lo eran en verdad.

¿Y qué decir del tipo que tenía como mascota un ganso y lo paseaba por las calles? El caminaba muy orgulloso y el ganso también.

Conocí un tipo que decía ser Bustos Domecq y hacía responsable a Borges y Bioy Casares de lo que habían escrito en su nombre, pues él solamente escribía cosas metafísicas y no pensaba publicarlas porque nadie merecía saber lo que él podía descubrirles.

En esto de los tipos suelen ocurrir cosas inesperadas. Un día apareció alguien por la redacción. Era verano y hacía mucho calor. Me miró y me preguntó si no lo reconocía. Le dije que no entonces, me dijo, "soy el más grande los poetas americanos". Pero el tipo no mentía. No era el más grande poeta americano, pero era uno de los grandes, alguien olvidado y muchas veces odiado, Manuel del Cabral.

Wimpi escribió un texto sobre la lucha del hombre contra la polilla. Ese texto comenzaba así: "Los seres de la creación han venido demostrando que son capaces de resignarse a cualquier cosa, menos a la dieta. El caballo se resigna a la jardinera, el perro a la cadena, la mosca al flit, el ratón al gato, el tipo a su semejante. Pero a lo único que no se ha resignado nadie todavía es a la dieta. Y el tipo menos que nadie".

Es verdad, el tipo no se resigna con facilidad a la dieta (el que escribe se encuentra a dieta de muchas cosas) y si bien hay muchos que tratan de bajar de peso, dicen que no a la dieta aún cuando parezca que están diciendo que sí. Si uno no puede fumarse un buen puro, tomarse unos cuantos whiskys y comerse un familiar de salame, el tipo piensa que eso es parte de su vida y lo necesita. Los sustitutos de esas cosas son puro cuento, y el tipo sabe bien que los sustitutos no sirven para nada y si sirven para algo es para ponerlos muy tristes.

Estando sentado en una mesa con dos personas a las que tenía que entrevistar, al llegar el mozo se hicieron los pedidos. Uno de ellos pidió un pollo al horno con papas en camiseta. El otro tipo dijo, está bien, comamos eso. Pero el primero lo interrumpió: "Eso que pedí es para mí solo, hagan ahora su pedido". No recuerdo que pidió el otro, pero por mi parte dije que no comería pero tomaría un whisky con hielo y poco de agua. El tipo del pollo para él solo se lo comió con prolijidad, pero solamente dejó los huesos. De postre una rebanada de torta de chocolate con dulce de leche y helado de crema, de los que dio cuenta rápidamente. Era un gordo feliz el tipo ese, y muy capaz. Lamento no saber que ha sido de su vida o si ya ha partido donde nadie pide que se hagan dietas.

Un tipo curioso era aquel kiosquero, que se emborrachaba de tal manera, que todos los diarios del domingo terminaban en un hall de mi casa, pues nos habíamos hecho amigos y yo le aceptaba los diarios. Diarios, dicho sea de paso, que el tipo no se molestaba en buscar jamás.

Las singularidades de tipos bien conocidos en la historia, suelen llamar la atención, pero ya no tanto. Balzac escribía siempre cuando tuviera el café suficiente y una buena cantidad de deudas que lo obligaban a escribir noche y día sin descanso alguno. Raymond Chandler escribió una novela policial, para el cine, con la condición de estar borracho mientras la escribía. El Negro Ielpi cuenta que Horacio Quiroga hacía intrépidos viajes en motocicleta a Rosario porque estaba muy enamorado de una muchacha rosarina. A veces, por amor, cualquier cosa es válida.

¿Y el tipo que se encuentra escribiendo esto, qué clase de tipo es? No lo sé, pero es alguien buscándose en un laberinto. Es amigo del Minotauro, le gusta el jazz, las mujeres, el whisky y el whiskie, cosas muy distintas si las hay, la poesía, el cuarteto de Ravel, los poemas de Borges, "La tumba sin sosiego" de Connolly, los heterónimos de Pessoa, el otoño y la lluvia, la ancianidad no le molesta y entonces puede conversar con ella y tratar de enterarse de algunas cosas, Philip Marlowe, los tipos que no tienen certidumbres, los gorriones, "Rayuela", y supongo que otras cosas, como por ejemplo una esencial, escribir estas notas que con tanta amabilidad me publican.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28298-2011-04-17.html


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El hábito hace al monje, el instrumento al músico, el libro al escritor, el puñal al asesino, la pollera a la vendimia, el esguince al cisne y el caracol a la langosta.

El hábito es oscuro si el monje es oscuro. El asesino es bestial como su cuchillo. La pollera, morada como la uva. El caracol no tiene que ver con la langosta. Con el escritor y con el cisne pasa un poco de todo. No así con la escritora de la página última, pues con ella pasan cosas peores. "Tengo frío, no vayamos a París", puede ser alguna de esas cosas.

Por una simple cuestión de hábitos y vendimias, la escritora de la página última enciende el pabilo a la hora de los saltos insomnes. Después el lector pega la frente contra el diario a la hora en que deben callarse los gemidos.

De la última página cae una lluvia negra de tinta negra y el lector se echa hacia atrás empujado por un suspiro demasiado. Chorros de tinta negra caen sobre tierra colorada.

El soporte hace a la obra y la obra al artista. La capilla Sixtina hace a Michelangelo, el temblor a Schiele, el puñal a la muerte, el mingitorio a Duchamp, el libro a Lautréamont, el papel de diario a la escritora que enciende el pabilo. Todo en su debido lugar. A su debida hora. En su debido orden. Orden de mérito. De meridiano de Greenwich que se comió un sándwich para no levantarse de la mesa de juego. Lo sé todo, 1977.

El lector es excesivo como todo amante parafílico.

Lo que está en un libro es literatura. Lo que está fuera del libro no es literatura. ¿Qué escribe la escritora parafílica en la última página de un diario parafílico? "Tengo frío, me voy a Oberá". El lector es terrible. Lee cosas que nadie se atrevería a escribir. O la renquera en el pie de página. O la página que fue llevada de los pelos al país de las pelucas. O el esguince del cisne. Suprimamos esto y no queda más que el sexo escondido en el costurero.

Los escritores viajan a París, las parafílicas a Misiones. Los cuerpos se visten, los huesos se desnudan. Cuidado con la que esconde en la mano el aullido del lobo. Cuidado con los dones colmados de condones. No es la voz de la narración, es la misma carne desnarrada.

Algunas cosas se parecen a otras cosas. Ducasse construye a Lautréamont para crear a Maldoror para crear a Alejandra para crear el silencio. El lector es terrible. Lee lo que nadie ha escrito.

El diario no libra a la escritora de ser una escritora. Todo lo contrario: la confirma. Porque la aparta la confirma. Allá el libro, acá la página. Allá la cópula. Acá la parafilia. Allá el premio Clarín. Acá el texto desnarrado. Allá la palabra carbonizada. Acá el pabilo. Esto puede ser alguna de esas cosas. El lector bebe sendos chorros de tinta negra.

Quede claro que la parafilia literaria no es una doctrina para poner en práctica. Los doctores no lo recomendarían. La Gestalt y el mercado editorial, tampoco. Nadie diría que los doctores, la Gestalt y el mercado están en celo. El celo es una parafilia literaria.

Así, no. Todo esto en un libro, no. Que no quiero verla. A esta literatura parafílica no quiero verla. En las librerías no hay estante disponible. Al manicomio. Señoras y señores, no entren, no compren, no lean. No envíen su corazón a Noruega. No lograrán deshacerse de él, que volverá irremediablemente a la casilla de huesos. La cuestión del corazón está en el pecho, no en Noruega. Todo viaje tiene su regreso. Esto puede ser alguna de esas cosas.

Según un poeta, la luna es una galleta /mordida/ flotando en el cielo. Según otro, la luna es un perro. El lector puede encender un farolito chino. El lector puede no leer. Puede leerlo todo. Puede leer aquello que no se ha escrito. El lector no sale de su casa ni de su asombro. Sale de sí mismo para ver la galleta. Se prolonga en el mordisco del perro. El lector es un viajero perdido llamando a la puerta de un morador perdido. Ambos se pierden en un abrazo. Esto puede ser alguna de esas cosas desnarrables.

Tener un pájaro que no vuela es una acción malvada. No escribir lo que vuela, también. (Otra razón para no guardar el puñal entre las sábanas). Que el lector de otro diario sea invitado a leer este diario es una acción malvada. Hay pájaros que han decidido no volar y escritoras que han decidido no escribir lo que no vuela. Esto puede ser alguna de esas cosas. Volverse alguien que no viaja a París, por ejemplo. No ganarse el premio Pirulín, otro ejemplo. Poner una bomba en la puerta de Alfaguara, otro ejemplo. Esto puede ser alguna de esas cosas.

El lector de otro diario, puesto a leer éste, da tumbos sobre sí mismo, literalmente fulminado por los chorros de tinta. Su corazón no late. Se lo saca y lo pone sobre la mesa. Entonces nota que su corazón se halla en Noruega. Dígase lo que quiera. Dejar el corazón en Noruega es una acción malvada. Como violar cadáveres de mujeres hermosas recientemente muertas o prontas a fallecer de tedio o de anorgasmia.

El lector de la página última escribe lo que lee. "Desnudame", lee, y escribe desnudame. Desnuda dichas espantosas. Abrirle el corazón sería desnudarlo dos veces. Suceda lo que suceda sabe a qué atenerse. Hay lectores buenos porque no son malos. A priori son cleptómanos de sí mismos. Se roban la posibilidad de leerse y desnarrarse gota a gota en la página última.

cairo367@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28285-2011-04-16.html


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En la canchita donde jugábamos los domingos siempre había una vaca ciega. Vivía atada a un poste alejada del alambrado de púas. Su dueño, un vasco ancho como un aparador, solía ordeñarla bajo la sombra del eucaliptus mientras echaba una mirada distraída a nuestro partido. Eran domingos tediosos, largos, con fondo sepulcral de radios encendidas y una melancolía de hojas quemadas en un otoño mortuorio que prontamente, una vez culminadas las faenas futboleras, nos hacían disparar de allí como de un campo embrujado. Y la vaca ciega siempre allí, mirando sin ver, echada o enhiesta, atenta a los ruidos, con su cola de látigo y la cornamenta inútil. Llegaba el vasco con un balde gris a ordeñarla y al rato se iba con la carga espumosa hacia un caserón con arcada de chapa, tan gris como una barraca, tan sin color como la sombra del otoño sin frutas ni aromas vivos que se nos iba enquistando en la piel. Por eso, una tarde apedreamos la vaca ciega con terrones.

Por todo eso, por la nada, por buscar un blanco más indefenso que nosotros, porque sí. En eso estábamos cuando no vimos llegar al vasco, a quien no le bastaron más que unas zancadas para estarse en el centro de la escena y no tuvo más que estirar ambas manazas para tener dos enemigos capturados, agarrados del cuello de las remeras como gatitos del lomo.

Y pue, si aura los mato, ¿eh? ¿Qué dicen si aura mismo los mato a horquillazos?

Señalaba el instrumento que había dejado caer. Le palpitaba el cuello como un lobo, mientras medía los cuerpecitos de sus víctimas como quien examina dos cerditos antes de degollarlos. La vaca ciega mugió y pareció amonestar el hecho, por lo que el vasco soltó a los pibes que cayeron como pasas. "¡Que si no, hijitos de puta, que si no!". Y se fue dando zancadas con el balde al tope.

Luego, ya no sé cuando, si esa misma tarde o al rato, el Perchi se acercó a ella y la acarició varias veces en el lomo. En un partido uno tiene ojos para la pelota, pero lo sobrenatural cuando se presenta obliga y eclipsa todo: percibí un movimiento atrás mío, detrás del arco con ropa que estaba vigilando y lo vi al Perchi tan derecho, caminando hacia mí con una mueca de susto y alegría que era para una foto. El, un pibe que apenas caminaba, con sus piecesitos de barro y estopa ,estaba erguido. "Mirá, mirá, mirá, mirá", repetía en un grito por lo bajo. Había vuelto a andar normalmente.

Otro día el Chanchi, burro del fútbol, se despachó con una jugada de esas que luego han de ser narradas en las sobremesas de los campitos, bajo una enramada con higos, tomando agua de un pico de vertiente: había parado la pelota y eliminado a todos, incluido el arquero. La clavó junto a un poste, de chanfle como los que saben. Y esa misma tarde Albertito, mientras volvíamos, se encontró un billete de quinientos, una fragata, pequeña fortuna que admiramos, mientras huíamos del lugar como nos habían enseñado, no sea cosa que apareciese su dueño. Con esa guita pudieron en el kiosquito familiar levantar el pagaré. "Yo también toqué la vaca, igual que el Chanchi", dijo conmovido.

A la tarde siguiente mientras íbamos entrando al corralón, al campito de los sueños de gloria, descubrimos la vaca ciega y nos acercamos ansiosos por entender el enigma: todos los que habían protagonizado hazañas la habían tocado, lo corroboramos a los gritos. Entonces corriendo nos llegamos hasta el borde de cardos que cercaba al animal: todos debíamos acariciarla para que nos diera su milagro. Su leche benefactora. En eso, aparecido de la nada como un demonio, surgió el vasco horquilla en mano apuntándonos. La tiró a modo de advertencia y vino a caer muy cerca, por lo que huimos como conejos. Como a diez metros nos detuvimos. Estaban de testigos El Perchi, Chanchi y Albertito: queríamos más, por eso veníamos. Allí estaba la fuente abundante para aguar con su leche mágica todos nuestros problemas, sólo que interpuesta por un tío cabrón. Desde algún lado de su cuerpo emitió aquella voz horrorosa.

¡Sois un montoncito de bosta, argentinitos! ¿La han tocado? ¡Pues nunca más lo harán! ¡Ella elige quién quiere o quién no, y ahora yo elijo que se mueran todos sin más verla!

Y de verdad que desapareció: la condujo al otro lado del campito inaccesible. Aquella tarde no jugamos. Alguno inquirió acerca de los beneficios que habría obtenido el vasco por tenerla. Toledo, con una fineza sin igual musitó: "Y... el tipo antes seguro era judío... o italiano". Toledo padecía ambas etnias con una furia exagerada.

Nos quedamos rumiando, juramentándonos que nada diríamos a nadie y que una noche robaríamos la vaca ciega para llevarla a los hospitales, a los colegios y a los confines de todas las casas feas donde los pibes eran apaleados, vejados, encerrados. Y que en su trayecto le acariciaríamos un poco las ubres por nosotros mismos.

abonizio@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28269-2011-04-15.html


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El primer recuerdo que tengo de Justito Pezzino está ligado a un balde lleno de granadas que llevaba mi padre. Yo tenía entre tres y cuatro años porque aún mi abuela materna --la dulce nona Elisa- no se había mudado a Rosario con mis tíos.

Esa tarde mi madre había recogido un montón de granadas de las tres plantas que estaban frente a la casa en el lugar que hoy ocupa el majestuoso ibirá pitá. Puso todas las que entraron en ese gran balde y emprendimos los tres el trayecto hasta la casa que mi abuela ocupaba con sus dos hijos varones, en el extremo del pueblo frente a Domingo Fusco, don Félix Maestri --luego infortunado--, y pegada a la mansión de los Zinny.

Ibamos por el medio de la calle y debimos pasar por la calle de don Pablo Santacruz, porque allí vivía Justito con el papá. Esa casa --todos me lo dicen, pero yo no lo recuerdo- estaba sombreada por el eucalipto más alto y más verde de aquel tiempo.

Frente a esa casa nos rodeó un grupo de chicos --varios años mayores que yo- , entre los que puedo colegir a los hermanos Suárez --Víctor y el Negro- , Lorencito Miranda, los más grandes de los Correa y tal vez el mismísimo "Pileta" Rodríguez o a Roberto Escudero. Al vernos con ese botín de esa fruta seductora se nos apiñaron y le comenzaron a pedir a mi viejo, que llevaba el dichoso balde repleto. El tomó un par que ya explotaban con sus granas queriendo salirse de la cáscara y se las dio a Justito, solo a él. Cuando nos hubimos alejado algunos pasos le comentó a mi vieja:

Pobre, a este chico se le acaba de morir la madre.

Por primera vez yo oía que un chico podía no tener mamá, un chico entonces debería estar siempre triste y además las madres --comprendí- se morían.

Mi prima Gladys, me ha referido en una anécdota reciente de la crueldad inconsciente de los chicos compañeros de grado de ella, y de Justito, ya que hicieron el cursado juntos. Huérfano de madre reciente, en la escuela la Directora retiró de la clase a Justito porque el grado debía trabajar para el regalo que le harían a la mamá.

Para evitarle el dolor lo llevó a la quinta y se pasó todo el tiempo con él, en un acto de amor para que el chico no sufriera y se pudiera distraer regando la huerta que hacían entonces todos. Luego del recreo regresó a la clase donde un compañerito le dijo:

¿La directora te llevó a la huerta?

Supongo que Justito habrá asentido. Entonces el otro remató:

No lo hizo para premiarte, lo hizo porque nosotros hicimos el regalo de la madre y como vos no tenés, te sacó del grado.

En algún momento que no puedo precisar se mudó con el padre a las habitaciones del "Sindicato viejo", es decir en esa construcción que era (y es) de los Correa, es decir, sus parientes. Allí ocupaban las últimas habitaciones, detrás de un aljibe y un par de limoneros, junto al garage donde guardaban el automóvil del gremio. La primera parte de ese caserón había sido acondicionado para que funcionara el Sindicato de la Fatre. Al entrar había un salón que se había formado por medio de una pared que tiraron abajo y que separaba dos habitaciones grandes. Allí, en esas paredes desnudas resaltaban dos retratos gigantescos. Dos fotos mejor, enmarcadas en vidrio: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. "Dos mártires obreros", me aleccionó mi padre cuando muy niño le hube preguntado.

Más atrás había una habitación pequeña donde funcionaba una peluquería, atendida por don Hilario Villarreal (siempre y cuando no estuviera de cosecha) y adonde nos uniformaban con "la cero": bien rapado todo niño hijo de obrero que apareciera por allí. Y en rigor éramos todos, porque la solidaridad es así, sin tapujos. Así lo entendían aquellos hombres taciturnos que olían a cigarrillo y a agua de colonia los sábados, usaban grandes bigotes y pañuelos "Gardel" al cuello. Salvo mi tío Juan, que lo usaba bien colorado y por eso se había ganado el mote de "Carpecho", que lo acompañó hasta la tumba.

Con esta mudanza Justito se arrimó al barrio El Jazmín y entonces jugó con nosotros, se integró las inferiores del Huracán, nuestro club que tenía (y tiene) la cancha y la pileta de natación justo enfrente.

Hay una foto antigua, muy antigua, que fue tomada por un fotógrafo anónimo, o tal vez por Florentino Bueno, donde los más chicos acompañamos al equipo del Jazmín: "Tago" Sánchez, Justito, Juanca López, "Chajá" Correa, "Toto" y "Pili" Míguez y yo. Y él, Justito, tiene un gran flequillo sobre la frente y mira para siempre a la cámara con sus pequeños ojos claros, como no queriendo creer que esa probable explosión del magnesio fuera a eternizar ese humilde grupo humano que está allí, apiñado junto al equipo del Barrio que --una vez más -, se había alzado con el campeonato de Baby Fútbol en la canchita de la Cooperativa Agrícola Federal, que hoy es sólo recuerdo de los mayores y eco de las nostalgias.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28255-2011-04-14.html


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En el año que dejamos atrás, abundaron los acontecimientos orientados a agasajar el Bicentenario de la patria. Liturgias estatales, ceremonias de la sociedad civil y un reguero de textos conmemorativos aprovecharon la célebre ocasión para acoger los ecos del pasado y acometer un balance de nuestro inconcluso presente. La grandilocuencia de las fechas redondas siempre resulta propicia para acariciar los mitos y suscitar el retenido autoanálisis de los pueblos.

Vale recordar que estos movimientos culturales ya contaban con un sólido antecedente. Allá por el primer Centenario también proliferaron los fastos de la nación, vía el activismo institucional de los gobiernos de turno, vía la mirada punzante de una pléyade de intelectuales que consideraron que había arribado el momento de difundir un sesudo diagnóstico del derrotero argentino.

Por cierto en aquellos tiempos no se indagaban la crisis del sistema financiero internacional, la crispación populista o los traumas de la inseguridad urbana, sino lo que cabría denominar las desviaciones del proyecto modernizador. Esto es, nadie parecía contradecir las mieles del modelo agroexportador dependiente y el imaginario de una república de notables, pero se acumulaban las alertas sobre los riesgos de una inmigración fuera de cauce. Beneficiosa en su origen, ahora desplegaba un cosmopolitismo nocivo y abría las puertas a la insurgencia social del anarquismo apátrida.

Varios libros notables se escribieron en aquel inquietante contexto, pero interesa aquí uno de Manuel Gálvez que tuvo por título El diario de Gabriel Quiroga. Se destaca por empezar allí una referencia inevitable, pues hace a las figuras emblemáticas del paradigma civilizador que organizó la vida nacional durante el siglo XIX. Hablamos de Sarmiento, Mitre y Alberdi, respecto de los cuales se opera una disección en algún sentido sorprendente. Pues Gálvez dedica su obra a los dos primeros pero abomina del tercero, convirtiendo las oscilantes discrepancias de la Generación del '37 en irreparables antagonismos. De hecho Gálvez estructura su reflexión en torno al imperioso reemplazo de la consigna "gobernar es poblar" por "gobernar es argentinizar", procurando contraponer los efectos indeseados de una inmigración que había averiado la autoestima cultural argentina, con la impostergable búsqueda de piezas identitarias capaces de restaurar la entonces aminorada conciencia vernácula.

Ahora bien, el meollo de su enconada recusación del legado alberdiano apunta a aquello que justamente distancia al tucumano de la propuesta sarmientina. Para el sanjuanino, la barbarie que denosta combina la herencia hispánica con la incidencia malsana de los territorios desérticos en la construcción de la ciudadanía, siendo la civilización por el contrario sinónimo de asociativismo urbano y escuela. Alberdi desestima aquella conceptualización y señala que la barbarie se aloja en el interior mediterráneo y la civilización no en cualquier ciudad sino en aquellas de asentamiento litoral, en contacto directo con las benéficas brisas progresistas que arriban desde el norte desarrollado. El karma no está en la pampa, que contiene una genuina riqueza que nos hará prósperos, sino en los anquilosados nichos de tierra adentro, que atesoran neciamente tradiciones que sólo consiguen aislarnos del curso indefectiblemente moderno que guía la brújula de la humanidad.

Gálvez apunta contra todo este dispositivo doctrinario, pues donde Alberdi ve un impertérrito conservadurismo él ubica el baluarte de una castiza idiosincrasia ahora acorralada por el furor extranjerizante. Plenas de garbo hispano y espiritualismo católico, las localidades del interior destilan el plácido mensaje cultural que permitirá encarrilar los destinos de un país que en aras del progreso económico subestima el apropiado cultivo del alma noble de nuestro agredido pueblo. Una maniobra de pinzas ahoga así el potencial latente de la Argentina. La exaltación de lo foráneo malogra linajes que deben ser homenajeados y un frenesí materialista desplaza la sana inclinación a asentarse sobre una escala más sublime de valores.

Hay en las páginas que reseñamos un comentario que cabe señalar especialmente. Gálvez traslada su engranaje explicativo a nuestra provincia, y contrasta sin ocultar favoritismos, el señorío y la prestancia de Santa Fe capital con el desbocado mercantilismo de la floreciente ciudad de Rosario. El ejemplo le resulta operativo para confirmar con rotunda empiricidad sus alarmadas recomendaciones, donde el progresismo fatuo y mendaz de la nueva urbe encandila la imprescindible percepción de cuánto necesita el país de la savia moral que anida en los espacios aún no infectados por la adoración de lo importado.

En algo Gálvez no se equivocaba. El avasallador empuje de Rosario encajaba perfectamente en el modelo de país que había encontrado sede en el pensamiento y la letra de Juan Bautista Alberdi. Como queda dicho, representaba para empezar un enclave litoral siempre más próximo al influjo aleccionador del modélico Occidente. Suponía además un guiño al federalismo que nunca abandonó las cavilaciones del tucumano. A diferencia de Sarmiento, su compañero de generación postulaba que sin una cuota de integración con ese componente sustantivo de nuestro cuerpo histórico, la conformación definitiva del estado argentino devendría o hueca o inviable. Y por último, se trataba de una ciudad puerto, receptáculo privilegiado de una producción rural que abastecía a los solicitantes mercados europeos. Para el proyecto agroexportador soñado por Alberdi, Rosario era un jubiloso caso testigo. Cuantiosa inmigración, red ferroviaria adecuada y riqueza granaria partiendo de sus costas.

La enseñanza surge entonces evidente. El impresionante avance de Rosario está inextricablemente ligado a la consolidación del primer gran proyecto de país que conocimos: el que diseñaron los románticos luego devenidos publicistas del 80. Se advierte allí una carga genética, una irrebasable impronta natalicia. La ciudad se mueve al ritmo de coordenadas nacionales que sobre ella repercuten casi inmediatamente. La historia posterior así parece confirmarlo. En los años 40, ya del siglo XX, cuando el peronismo advino para dar vida a la otra gran estrategia de desarrollo que atravesó el país, Rosario fue llamada su capital, entre otras cosas porque fue particularmente receptiva del proceso de sustitución de importaciones que signó a aquellos tiempos. Y para culminar esta sintética pero fidedigna prosapia, los episodios dramáticos también se abatieron sobre nuestras calles. Cuando primero la dictadura y luego el menemismo liquidaron el estado de bienestar al calor de la expansión de la fase puramente especulativa del capital financiero, Rosario fue amargamente denominada la capital de la desocupación.

Siendo así las cosas, probado el estrechísimo maridaje entre ciclos nacionales y efecto local, extraña que buena parte de nuestra dirigencia pierda el sueño por las carencias que emanarían de la falta de autonomía municipal. Bien sabemos que la condición de urbe principal que no es capital de provincia nos marca, pero aún admitido ésto cuesta entender cómo en vez de esmerarnos por conectar fructíferamente a Rosario con un proyecto de nación que hace ya ocho años demuestra sus virtudes, se insista en proclamar un pliego autonómico que ya suena a fetiche. Falso ídolo en cuyos altares se vociferan dolencias que en gran parte reconocen otros orígenes.

No es una restricción de incumbencias lo que nos aqueja, sino una apenas encubierta vanagloria que obnubila el correcto camino que se impone transitar. No son tantos ni tan graves los problemas que no encuentran solución por insuficiencia de control exclusivamente municipal. Exploremos sin consignas rutinarias sobre aquellos que sí lo requieren, pero debería perturbarnos más la falta de vocación para colaborar solidariamente con las inequidades que padece el resto menos pudiente de la provincia; o la reticencia de las gestiones recientes a establecer un trato menos prejuicioso y más fecundo con los ejecutivos nacionales que en los últimos años han permitido que Rosario no desbarrancase en el pozo de una nueva frustración.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28240-2011-04-13.html


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Fluyen, las palabras fluyen como aguas de un río que desciende seguro de su origen y de su destino. Fluyen, las voces fluyen como la risa incontenible, esa que contagia y permanece en la sangre, y que eleva las almas hasta la esencia de la alegría. Fluyen, las notas fluyen perfectas y rítmicas como el pulso de la vida: jazz que concibe, blues que pare, rock que acciona, tango que amortaja y nosotros que asistimos al más bello espectáculo del mundo. Fluye, la energía fluye y se derrama sobre esta página que no es página sino apenas un vidrio pintado de blanco que simula la textura mientras yo aplasto estas teclas grises, perlas cúbicas que me amparan en la credulidad, en esta sensación de ser yo quien habla cuando es tan claro que no, que es mi voz ajena, propia y ajena; ella me convida las frases, me las alcanza para que elija, al fin elija, al fin, al fin, al fin, al fin elija, al fin acepte el acierto de mi opción.

Fluye, mi fuerza fluye en la seguridad de ese río que desciende, en la certeza de haber encontrado el destino, la senda que me fue concedida, en la habilidad para reconocer las señales, al fin reconocerlas para no temer a los obstáculos, para dejar de pensar en la meta, sólo en la meta, y así disfrutar de la perspectiva que me ofrece el camino.

Fluye, mi alma fluye distendida en los rápidos de aquel río seguro; se sacude, la barca reverbera, se mece, amaga hundirse y sin embargo avanza, avanza, avanza, y es la conciencia del avance (ahora que lo reconozco, que mi atención ya no está sobre el peligro aparente) la que me completa y me suspende, y me dejo llevar; fluye, fluyo, fluimos.

Aquí está mi amor, aquí lo vuelco, lo reinvento, lo acicalo y lo protejo innecesariamente: reflejo de un temor que ya no siento. Aquí está mi amor, aquí dispuesto para quien quiera recibirlo, aquí está mi vida. Es esta sensación eufórica, el deseo de salir a la calle y gritar: ¡lo encontré, al fin lo encontré! Aun cuando no lo veo ni puedo tocarlo, lo siento, lo siento con cada centímetro de mi piel, con cada gota de mi alma.

Trato de comprender, trato de no mostrarme soberbio, pues esto que tengo y tanto me costó conseguir es para cualquiera y está ahí, al alcance de la mano... Pero tanto, tanto me costó llegar a mi tesoro, tantas fueron las lágrimas y los pozos, las ciénagas y la oscuridad, los traspiés y las necias amenazas contra mí mismo, que ahora, ahora que lo tengo y sé que lo tuve siempre, me cuesta recordar que hubieron pozos y ciénagas, que si alguien llora y se desvive no hace más que empantanarse en los mismos lodazales que a mí me acobardaron.

Me aferro, debo hacerlo, me ligo a la memoria para no impacientarme, para saber esperarlos, o al menos acompañarlos en las caídas. Pero si me piden lágrimas, si me exigen que me hunda, les respondo con un no rotundo: ¡No, vengan hacia donde estoy yo, hacia este río que fluye seguro de su origen y de su destino! Claro que no es a mí a quien deben escuchar, sino a las palabras que fluyen, las suyas, los acordes que acompañan, esa voz que está y habla, siempre habla, y tan claro, tan, tan, tan claro.

Memoria, memoria, debo hacer memoria, yo también caí, también me empantané, lloré, lloré, lloré, rogué al cielo que me dimanara lento en la nada, que me arrancara de cuajo la mente y la transmutara en vapor, deseé tanto disolverme como bruma de media mañana, ser nada, ser nadie, no sufrir, no sentir, no al dolor por cobardía, no al amor por cobardía, no a nada, ni lo malo, ni lo bueno, nada, nada, nada: deseé tanto morir.

Memoria, debo recordar para apuntalar mi paciencia; sé que me alcanzarán, sé que llegarán, mi historia no es diferente a la historia de cualquiera.

Memoria, debo recordar para contagiarles mi alegría. Fui débil, tan débil y es aquello lo único que recuerdan de mí, se aferran a mis caídas para justificar la inmovilidad posterior a las suyas. Debo recordar, recordarles, recordarme; sin embargo, ése que resurge entre pliegues de nostalgia no soy yo. Es otro, es alguien que debió morir para permitirme nacer. Es otro, otro, otro; soy yo pero es otro, otro, otro...

Fluye, el dolor también fluye, liviano, como babas de diablo líquidas que buscan el Leteo afluente, aquel que hubo sido condena, fue olvido, y es perdón. Pero antes no, antes era una pasta gelatinosa que se aglutinaba en la bifurcaciones de las arterias, antes permanecía y se acumulaba, y transformaba el torrente en una laguna estanca y hedionda, la Estigia de Caronte, el límite hacia los círculos en espiral que desembocan en el peor de los núcleos, aquél que se debe conocer si se quiere renacer. Y desde allí, ascender, como Dante guiado por su amada (para él sí Beatriz, para Dante sí), ascender y no cejar en el esfuerzo hasta sentir en cada partícula de existencia la presencia de Dios. Yo existo, vos existís, El existe.

Fluye, el dolor también fluye, y hay que aceptarlo, hay que dejarlo fluir para que las venas respiren, para que el río prosiga su curso y no se desborde, para que las fuerzas no se dispersen en la innecesaria, en la fatídica autocompasión. No se puede vivir de lamentos, y sí se pude vivir de amor: si hubiese sabido esto antes, cuando el río era laguna, cuando yo no era yo; si lo hubiese sabido.

Fluye, la nostalgia fluye con un hálito de esperanza, de recuerdos aceptados; reales, tergiversados, mal olvidados, pero aceptados, al fin, al fin, al fin aceptados y necesarios para ser, ser, al fin ser en mi destino. Fluye el pasado y se presenta aquí, tan cierto como el instante, tan cierto como que lo he revivido en este presente que acaba de morir, y que consume en su muerte, con un hambre voraz, los instantes que hasta el último cerrar de ojos estarán por venir. Fluye, el tiempo fluye y todo cambia. Río, tiempo, cambio, la alegoría original. Fluye, el tiempo, corre, corre, corre.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28225-2011-04-12.html


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Me presento, soy Jorge, Jorgito. Ahora tengo casi cincuenta pero en mi relato estoy situado en los diez, los doce, pongamos. Vivía enfrente del parque, mi abuelo tenía el kiosco. Me sacaban a la mañana temprano o en la tardecita. En aquella época no había rehabilitación o mi familia era muy bruta. Mamá trabajaba de enfermera en el Monroe y nunca estaba, entre las guardias y los novios. "Tengo derecho a rehacer mi vida", gemía y me hablaba como si yo fuera un adulto más. Me fui acostumbrando a ver, a escuchar. Casi que no hablaba. La radio gigante, con estuche de cuero, me acompañaba. Yo sintonizaba tangos y fútbol. Y los radioteatros, pero los ponía bajito al oído para que no piensen que encima de tullido había resultado maricón.

Corría la dictadura de Onganía y el parque estaba despoblado... No comprendíamos las razones, pero la policía montada no nos dejaba jugar al fútbol en ese lugar. Nosotros teníamos seis, siete u ocho años y - sin saberlo- éramos "la resistencia". La montada entraba al parque al galope destruyendo el pasto que decían defender, y ante sus ojos un picado se transformaba instantáneamente en "las fuerzas realistas".

Tenían su infantería, compuesta por unos señores de mameluco, que en el medio de las imaginarias canchitas plantaban, una y otra vez, arbustos espinosos, arbustos que nosotros, una y otra vez pero por las noches, arrancábamos de cuajo.

Estaban obsesionados con nosotros... claro, nunca nos habían podido sacar la pelota y encima le dejábamos los arbustos arrancados como piquete.

Cuando los ruidos de corceles y de acero se dejaban oír, con nuestra brigada nos desparramábamos subiendo hasta la copa de los eucaliptus, y cuántas veces se terminaron quedando horas amenazándonos para que bajemos.

Habíamos construido una casa en uno de ellos, de los eucaliptus, y allí nos reuníamos a conspirar y planificar nuestras tácticas y estrategias. Pensábamos en trampas para los caballos, en tensar un alambre a la altura de los jinetes y hasta en la osadía de ir al cuerpo a cuerpo, pero nos dimos cuenta de que desgastarlos progresivamente y dejarlos al ridículo sería el mejor método. Llegamos a torearlos y burlarlos desde los caballitos de la calesita... Los atacábamos con barriletes y les tirábamos con unas pelotas de goma falladas que nos daba Don Gerildo, el dueño de "La Pulpo".

Increíblemente, los tipos llegaron a odiarnos por cosas como estas, y no podían hacer otra cosa que asustarnos. Su triste victoria sólo era sacarnos la pelota a nosotros, no cualquiera, una "Pintier" que en esa época valía oro.

Fue Ernesto el que un día me invitó. Entre todos los pibes cruzaron el carrito conmigo adentro y lo pusieron cerca del arco de la calesita para que viera mejor. Casi los mata mi abuelo, pero no importa. El gesto fue lo principal. Y las ganas mías de jugar que me hicieron saltar pis en el pantalón. Después vino la noche, la helada, mi neumonía pero no importa: el día se había llenado de gloria y casi casi había estado jugando a la pelota con ellos.

Nos retiramos por un tiempo del campo de batalla y volvimos a la cuadra a jugar al "1 y 2", también "al cabeza"; pronto nos aburrimos y volvimos al parque a dar la batalla final... Le dijimos a los de Vidal que por fin aceptábamos el desafío, pero en el parque. "En el parque no viene la montada, ya nos dejan", les dijimos. Se armó el desafío pero con la "Pintier" de ellos. Les estábamos pintando la cara y, como previmos, la montada apareció por sorpresa. Me la dieron a mí, como estaba planeado; la levanté y de volea se la puse en las manos al del primer caballo que la atajó sorprendido. Salimos todos corriendo y vimos cómo la caballería reculó y volvió con "su trofeo". Nunca más regresaron. Habrán creído, como siempre, que nos habían robado la pelota.

Después nunca mas lo ví: un día, en la época de Isabel alcancé a cruzarlo en la esquina pero me saludó triste. Después supe que lo andaban buscando. Y que lo cazaron. Nunca le supe agradecer que me llevara a la casa de la puta, que me hiciera comer higos recién cortados de la planta, que me repasara el cuaderno del colegio y que compartiera muchas cocas colas que él mismo le compraba a mi abuelo para tomarlas conmigo. Y jamás lo vi limpiar el pico de vidrio cuando yo se la pasaba.

Ahora Ernesto se fue. Heredé el kiosco, armé una canchita enfrente con arcos siempre bien pintados y cerco perimetral.

Hace un mes, durante el juicio al que asistí de testigo declarante, pude devolverle todo de un solo saque: limpiar su memoria, sacarlo a la luz, ver la cara de los dueños de la pelota con las esposas puestas porque creyeron que silenciándolo a él, robándosela, iban a poder con nosotros, los enfermos, los rengos, los callados, los que nunca pudieron hacer un gol y se quedaron silenciados hasta hoy.

* En colaboración con Ernesto Garabato.

abonizio@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28213-2011-04-11.html


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Para mí nieta Victoria y su profesora

Nuestra ciudad, la única ciudad para vivir o para morir, según decía un desconocido poeta, ha tenido siempre algunas curiosas costumbres. Una de ellas es la forma de entender las leyendas. Tal vez por eso, cuando desde una computadora se intenta entrar en algunos de esos sitios que exigen, entre otros datos, el nombre de la ciudad donde uno vive, si se pone Rosario nos dicen "esa ciudad no existe". Algún día eso se verá como una vieja leyenda, pero por ahora es una realidad a la que hay que aceptar porque no nos queda otro remedio. Yo diría que el más de millón de personas que vive en Rosario son rosarinos, hayan nacido o no aquí, pero son al mismo tiempo, cada uno de ellos, una leyenda. Y si el significado original de leyenda se refiere a la lectura de la vida de los santos, los mártires y los confesores, pero esto de la santidad no se aplica a los rosarinos, y tampoco en el idioma español.

Las leyendas que significaron para los rosarinos algunos protagonistas de la vida cotidiana de nuestra ciudad se va formando porque esos protagonistas fueron o aún son verdaderos personajes, que poco pueden haber tenido de santos, pero mucho de actitudes curiosas, en general simpáticas. Hay poetas y pintores, músicos y actores, artistas en general que están con vida, a Dios gracias, pero que son leyenda, auténticas leyendas por su popularidad y por el cariño que la gente en general les tiene.

Empezaría por dos fantasmas. ¿Existen? No, pero que los hay los hay. Uno de ellos durante un tiempo aparecía y desaparecía, según sus ocurrencias, pero en general de noche, por los pasillos vacíos de la radio en que trabajo. Prefiere el tango al jazz, pero creo que me tiene simpatía y suelo traerle algunas cosas que él, todavía en su vida fantasmal puede disfrutar. El otro fantasma, pero hay más, es uno que vivía en la isla del laguito del parque Independencia. Alguien dice que fue ese desconocido que se suicidó o mejor dicho quiso, y finalmente pudo suicidarse en ese laguito y fue condenado a quedarse viviendo en la isla, pequeña y rodeada, por lo menos ahora, por patos y gansos. En algún tiempo tuvo por compañero a un mandril del zoológico que se escapó del viejo zoológico perseguido por algunos miembros de la Liga de la Decencia, que lamentablemente no fueron leyenda.

Hubo alguien cuyos mejores amigos eran aquellos que cada tanto venían a visitarla de Júpiter, el planeta Júpiter sí, y que además me supo decir que yo, es decir el que escribe estas líneas, era alguien que provenía de Júpiter y que muchos en Rosario tenían el mismo origen. Era una buena amiga que murió no hace mucho, por eso la menciono pero no la nombro. Me solía decir las esquinas por las cuales con frecuencia pasaban los platos voladores y alguna vez me invitó a mirar uno pero no fui, por miedo, pero no por falta de interés. Si bien le hice una entrevista a un brasileño que con frecuencia viajaba a Júpiter, creo que semanalmente, le pedí una fotografía, pero me dijo que era imposible pues las fotografías se velaban en el viaje.

También tuve por amigo a un librero de viejo que era todo un personaje y que puedo nombrar porque a él le complacería ser nombrado. Se llamaba Rodino y tenía su librería por calle Córdoba, apenas pasando Balcarce. Se dedicaba a la astrología y sabía mucho de libros. Siempre estaba sentado cerca de la puerta. Además tenía un don, nada mágico pero certero. Me decía, y era indudable que estaba enterado, "mirá, cuando muera tal" (y nombraba alguien a punto de morir) "van a vender todo los libros de su biblioteca y son muy buenos". Eso se cumplía puntualmente, por lo cual llegué a tener libros que nunca esperé tener pero que ya no tengo más. Muchos de ellos firmados por el autor, en dedicatorias escritas con mucho afecto. ¿Por qué las bibliotecas privadas de muchos rosarios corren el parejo destino de desaparecer fragmentariamente? (Dejo para otra ocasión a Longo, los Benítez de Castro, Laudelino Ruiz. Todos ellos entrañables).

El vendedor de plumeros que caminaba por las calles de Rosario, existió, claro, pero ya va tomando la forma de una leyenda. Tenía una característica: cuando vendía uno de sus plumeros hablaba en castellano (lo escuché una vez por boulevard Oroño) pero cuando caminaba, daba largos discursos, levantando la mano en la que no llevaba los plumeros y sin duda con enojo, en un idioma que nunca pude saber cuál era, pues lo hacía con voz sonora y en realidad el sonido del lenguaje era musicalmente atractivo. Murió de una trágica carambola del tránsito: En una esquina chocaron unos autos y uno de ellos terminó aplastándolo en una esquina en el que estaba parado, esperando. ¿Esperaba la muerte?, me preguntó alguna vez alguien. ¿Quién puede saberlo?

Hay tres personajes, y los conocí a los tres que ya tienen la forma de la leyenda. Pataqueno, al que muchos no recuerdan, el Poeta Aragón, al que suelen recordar muchos más y al inolvidable Cachilo, al cual incluso se le dedicaron videos, uno de ellos realmente excelente, de Mario Piazza, algún folleto y un libro. Escribía en las paredes de la calle y algunos de esos escritos fueron recopilados. Podrían formar parte de alguna antología de la poesía del absurdo. Tenía alma de poeta y cosas de la vida lo llevaron a deambular por las calles de la ciudad, a escribir sus cosas en la pared que en ese momento le deben haber parecido las indicadas para dejar sus mensajes.

Pataqueno tenía su habitual lugar de residencia en la plaza Sarmiento, la que se encuentra frente al Normal Número 1. Una agencia de lotería, que creo estaba por Corrientes, le regalaba billetes de lotería viejos, que él vendía como nuevos, y aunque algunos lo compraban todos sabían o se daban cuenta que eran billetes que no servían para nada, o sólo eran útiles para que el pobre Pataqueno tuviera sus monedas para sobrevivir.

El Poeta Aragón fue el rey del Carnaval, cuando el Carnaval existía en serio. Por cierto, no hubiera aceptado el actual, pues se trata de una caricatura del que fue. Esos que se van transformando en leyenda no pueden aceptar las caricaturas. Tenía un lugar para vivir y un perrito que lo acompañó hasta el final.

Había otros personajes, claro, pero muchos de ellos lo eran en algunas zonas determinadas y no más allá de ellas. Eso ocurrió sobre todo en Pichincha, barrio bien conocido y de cierta mala fama, con el encanto que eso le daba. Había guapos bien nuestros, para no hablar de la abundancia de gente de otros lares. Sobre uno de ellos Roger Pla, escritor rosarino poco conocido, hizo un cuento estupendo, "Los atributos", cuento que los rosarinos en su mayoría desconocen. De ese mismo guapo le oí contar varias cosas a Borges, que tenía predilección por esos ambientes que pinta en poemas como el dedicado a Jacinto Chiclana.

Hay otros personajes que para mí son leyendas, diría que leyendas privadas y corresponden a unas cuantas historias de taxistas, que me han quedado grabadas. Son de hace mucho tiempo, por cierto no sé sus nombres y si lo supiera no los diría. Me gustaría que estén vivos y felices. Uno de ellos amaba los pájaros y el otro el cine.

Las dos historias, contadas prolijamente, tenían algo de tristeza, pero creo que eso ya se debe haber superado y realmente quisiera que fuese así. Comenzaré por el taxista que amaba los pájaros. Era joven y cuando llegamos a la esquina donde yo me bajaba, después de un largo viaje, me dijo: "me gustaría contarle la historia de mis pájaros y pedirle un consejo". Todo venía porque en el trayecto habíamos visto un pájaro que no reconocí sobre el cual el taxista me dio una clase digna de un profesor. "No tienen hábitos nocturnos, pero algo le ha pasado y se ha desprendido de la bandada". Su claridad me hizo acordar a la del Hermano Carlos, profesor, entre otras materias de Biología lo que explicaba con verdadero conocimiento y una gran pasión. Cuando llegamos, como dije, me dijo que quería contarme una historia y pedirme un consejo. "Yo tenía en el patio trasero de mi casa una muy buena cantidad de pájaros, la mayoría pequeños, que me reconocían cuando me acercaba a la jaula, cosa que hacía cada vez que podía, para mirarlos, alimentarlos y creo que hasta comunicarme con ellos. Era mi momento de mayor felicidad. Un día llegué un poco tarde, y cuando fui hacia el patio trasero me encontré con una sorprendente, muy triste e inexplicable sorpresa: mis padres le habían abierto las jaulas a todos los pájaros. Algunos ya habían regresado y otros regresaron después, pero la mayoría desapareció para siempre. Esa noche simplemente comencé a lagrimear y les pregunté a mis padres ¿Por qué?

"No me contestaron nada, se dieron vuelta y al rato salió mi madre y me dijo que fuera a comer. Le dije que no, que no comería. Han pasado algunos años, nunca he recibido explicación alguna para esa actitud. Quisiera irme de casa y no puedo por razones económicas. La pregunta: ¿qué debo hacer?". Le contesté sin saber que contestarle.

La otra historia era sobre el amor que un chico sentía por el cine. No era caro por ese entonces frecuentar los cines de barrio donde teníamos el placer de ver casi siempre tres films. Quien manejaba el taxi, no estaba angustiado como el taxista de los pájaros, pero cuando hablaba uno percibía que la historia no había sido sencilla. El, de chico, había sentido una irresistible deseo de ir al cine. El que le quedaba más cerca era el célebre Sol de Mayo, que quedaba en la Avenida Pellegrini. Al principio, cundo era chico, solía sacar unas monedas del saco del padre, y con eso le alcanzaba para ir al cine. Cuando el padre se enteró, y lo que más le molestó era que usara esas monedas para ir al cine. "Trabajé en lo que lograba y con lo que me daban marchaba al cine. Poco a poco tuve más suerte y empecé a ir otros cines. Mientras tanto nunca quise ver a mi padre. Y recién me he encontrado ahora, cuando ya estoy casado y nació mi primer hijo. Pero mi padre sigue sin perdonarme aquella historia del cine".

Todos sabíamos que Milonguita murió, pero con Raúl Hernán Sala le hicimos un reportaje por alguna calle del viejo barrio Pichincha. Muchos tangueros se enojaron, nosotros pensamos que se podía tratar de una reencarnación de Milonguita, pero no había ningún poeta para que le cantara.

También en esos días en que salíamos para hacer algunas notas con el primer camión de exteriores del Canal 3, llegamos hacia el mediodía hasta la casa de Julio Vanzo. La trasmisión eran en vivo y en pocos minutos su estudio estaba repleto de gente, sobre todo de adolescentes, en una cantidad asombrosa. Creo que para todos los que llegaban, ese hombre inolvidable, en un estudio que a muchos les pareció inmenso, debieron pensar que se trataba de alguien legendario. Y lo era, sin duda. Para nosotros, también ahora ese pintor se ha transformado en una leyenda.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28199-2011-04-10.html


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A Roberto y Grisel

Escena 1: (El hombre aguarda en la mesa que está al lado de la tercera columna del bar. La mujer abre la enorme puerta y entra con ella un séquito de fantasmas que no se ven porque son fantasmas)

- El Hombre: Hola.

- La Mujer: Hola.

(Se saludan con cierta familiaridad, pero sin excesiva confianza).

- La Mujer (mientras se sienta): El malentendido de los correos electrónicos vino bien para que pudiéramos programar este café, ¿no?

- El Hombre: Sí, es cierto...

- La Mujer: Pensé en lo complicado que podía ser encontrar lugar aquí a determinado horario, pero no había tenido en cuenta lo difícil que es conseguir taxi.

- El Hombre (con amabilidad): No te preocupes... (Los labios del hombre se siguen moviendo porque de ellos salen palabras que llegan a los oídos de la mujer que, en su momento, también mueve los labios para decir palabras que llegan cómodamente a los oídos del hombre). Pero primero elijamos algo para tomar, ¿tomás alcohol? Y en ese caso, ¿qué preferís?

- La Mujer: Vino. (Leve agitación de un fantasma especiado, que no se ve porque es fantasma).

Escena 2: (La mesera se retira luego de servir el vino).

- El Hombre: Mi padre, que era un antiguo militante anarquista, amaba el teatro. Era actor en un grupo del barrio... (Los fantasmas del hombre se mueven en la conversación armoniosamente y agitan a los viejos fantasmas de la mujer que escucha desde el presente y desde el pasado, sin hablar, hasta que el hombre pregunta). ¿Cairo es tu apellido real o un nombre de fantasía?

- La Mujer (sonriendo al comprobar que podía ser muy curioso su apellido): Nombre real. Me dijeron que David Viñas a sus primeros escritos los firmaba con el seudónimo de Antonio J. Cairo. (Un fantasma muy amado sonríe ante ese comentario).

- El Hombre: Sí, justamente por eso te preguntaba.

- La Mujer (con la copa en la mano y el fantasma especiado en la nuca): En mi caso es real. Bueno, tan real como se puede, dadas las circunstancias.

- El Hombre: ¿Viniste sola?

- La Mujer: Intenté, pero no pude.

- El Hombre: Entiendo, no te preocupes. ¿Ella está aquí?

- La Mujer: En la mesa de atrás, a tus espaldas.

- El Hombre: Bueno, voy hacer de cuenta que no está.

- La Mujer: Sí, es lo mejor...

- El Hombre: ¿Qué hace?

- La Mujer: Escribe, por supuesto.

- El Hombre (intranquilo): Ah... (Bebe un sorbo de vino y se traga un fantasma morado).

- La Mujer: Tiene unos altísimos zapatos rojos con plataforma. Está desquiciada.

- El Hombre: ¿Por qué?

- La Mujer: No está dando bien con el personaje: una escritora con zapatos de prostituta es inverosímil.

Escena 3: (El fantasma muy amado se retira discretamente. La escritora con zapatos de prostituta escribe mientras come un helado blanco con algunos hilos rojos de sangre o de frambuesa)

- El Hombre: Yo te hacía por completo distinta. (El fantasma que el hombre había tragado con el vino sale rodando por los ojos). Los textos hacen que uno se haga otra imagen de vos.

- La Mujer: Sí, lo sé. Lo mismo me dijo Grisel, una hermosa actriz que conocí hace poco. Pero lo que pasa es que estoy a merced de ella. (La Mujer señala con la cabeza a la narradora de zapatos rojos que se mete con fruición profusas cucharadas de crema en la boca).

- El Hombre: Sí, claro. Uno sabe bien que el narrador no es el ser de carne y hueso, pero aún así, esos textos resultan tan convincentes, que...

- La Mujer (interrumpe con cierta picardía): Esperabas a Moria Casán...

- El Hombre (sorprendido): No, no, por favor. Además, me alegro de que no seas Moria Casán porque... (Todo cuanto el hombre dice es sumamente tranquilizador para la mujer que escucha pero las palabras no quedan en sus oídos sino que pasan a través de ellos y son arrebatadas por la narradora de zapatos rojos).

Escena 4: (El fantasma muy amado vuelve, sigilosamente, pero no se ve porque...).

- El Hombre: Ahora entiendo por qué bebemos vino en lugar de ron. (La mujer se sorprende por ese comentario al tiempo que observa a la narradora escribiendo a la velocidad del rayo).

- La Mujer (acercándose al hijo del antiguo militante anarquista, susurra): Hablemos más bajo porque ella (señala con la cabeza a la narradora) nos está escribiendo.

- El Hombre (inquieto otra vez, acerca una mano a la boca, como una barrera, para que lo dicho no se vaya más allá de la mesa): ¿Cómo? No es posible. Yo estoy diciendo lo que pienso, no lo que me escriben.

- La Mujer (con gesto de duda): ¿Estás seguro? ¿A vos se te ocurrió lo del ron?

- El Hombre (desconcertado): Bueno, no estoy seguro de dónde me vino eso...

- La Mujer (resignada): De Rosario/12 o de "Culonas".

- El Hombre (nervioso y con los fantasmas alborotados): ¿Por qué no la dejaste en tu casa?

- La Mujer (impotente): ¿Te creés que para mí es fácil dejarla salir con esos zapatos? Si hubiese podido la habría atado a la cama, y aun así no estoy segura de que me hubiera librado de ella.

- El Hombre: Vámonos de acá. ¿Anda en auto?

- La Mujer: No, no sabe manejar.

- El Hombre: Qué suerte. No va a poder seguirnos.

- La Mujer: Sí, vamos. Además, a esta hora le va a ser imposible conseguir un taxi.

(El hombre paga apresuradamente y los dos huyen seguidos por algunos fantasmas. La narradora pide un café y sigue escribiendo. A su lado se embriaga un fantasma muy amado que no se ve porque...)

cairo367@hotmail.com


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28187-2011-04-09.html


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El pibe de la foto lleva una chomba verde. El pibe de la foto se tapa la cara con una de sus manos, con los dedos abiertos, como hoja de plátano o taparrabo adánico velando su identidad, y detrás ríe. Se le ve la boca, siempre sale su boca en todas las fotos. Una hilera de banderines de colores cuelga del techo. Los banderines salen en la foto, donde el pibe de verde es el de la punta; el resto del largo y anacrónico sofá (es un sofá cama, pero está muy bien cerrado) es ocupado por tres pibes más, uno al lado del otro, cada uno con una chomba lisa de algún color distinto (rojo, celeste, amarillo) que hacen juego con los banderines y yo me pregunto en qué estaba pensando el fotógrafo cuando les sugirió la gran idea, o si acaso ellos mismos se lo dijeron, al fotógrafo que al instante Lee Eastman Kodak de descerrajarles el obturador debe haberles dicho tóquense, tóquense, o algo así porque dos de los pibes se tocan a sí mismos y otros dos entre sí.

Cuando los hombres pararon de mear el fuego, comenzó la civilización, dice Freud.

Estos mean el asado con alegría. Las larguísimas piernas del pibe de verde culminan en un par de zapatillas que me parecen muy cool. Esas mismísimas piernas, en un par de pantalones de gabardina y un par de zapatos negros bien lustrados, y de pie, dan miedo. No las piernas en sí, sino el hombre trajeado en lo alto de ellas. Han pasado apenas dos o tres años desde aquella foto y el pibe ya es un hombre, que entregó su bajo Excalibur a su mejor amigo, quien se lo canjeó muy caballerosamente por su propia hermana. O no, pero esa es mi hipótesis. Delirante como todas las hipótesis aún no comprobadas.

El de verde escribe sobre enredaderas. Mi madre ve enredaderas de colores. Yo no.

Yo miro los colores reales de las cosas y no ceso de asombrarme. El cambio de bajista se refleja muy discretamente en la página de Facebook del nuevo bajista, quien ha recortado de la foto al anterior. ¿Amigo o enemigo? Cuando los hombres renunciaron a mear el fuego pudieron llevárselo, irse con la antorcha y con la música a otra parte tras la eterna lucha de machos alfa que de lo contrario dejaba a uno de ambos derrotado y beta en el fondo de la cueva o si no lo empujaba a una fuga que era al frío y a la muerte.

"Yo te condeno a morir ahogado", dice a Georg Bendemann su padre y el bueno de Georg va y se tira al río justo cuando pasa un tranvía para que no lo oigan hacer plaf.

"¡Abogado, abogado!", grita el señor Bendemann pero ya es tarde, justo pasa el tranvía, su hijo no lo oye y en 1912 las ambulancias de la Cruz Roja eran muy lerdas. Un error fatal del veterano de guerra, o de la precoz sordera de su vástago, aturdido de tocar en sótanos los sábados. "Yo te condeno a recibirte de abogado", había dicho el padre, luego de negar la existencia del amigo en Rusia y confesarle "me cogí a tu novia", en la misma frase. No, no era así, pero esta es la versión porno soft rock del cuento de Kafka.

Mientras discutía con su hijo antes del fatal malentendido, el veterano Bendemann se paró en la cama, se levantó el faldón del camisón y le mostró una vez más al bueno de Georg la herida de guerra en el muslo. Tenía podrida a toda la familia con esa escenita de la herida. Lo hacía cada domingo en la sobremesa del asado, algo achispado ya por el tinto con soda; Toro viejo tomaba el viejo, siempre, a la vez que fumaba, a la vez que atizaba las brasas en el parrillero para que las cenizas no las ahogaran, civilizado el viejo, con su malestar en la cultura a cuestas, él lograba reprimir el instinto atávico burlón y rocker avant la lettre de mear el fuego y así conseguía que su familia almorzara; pero después de que morfaban todos, el viejo se ponía bien pesado.

"Vino con la bayoneta así, desde acá abajo, y me la clavó ahí; yo tiré bien fuerte de las riendas para no caerme, espoleé al pingo para que siguiera avanzando pero el pingo estaba como clavado, paralizado como si fuera de bronce y yo para el bronce, me dije, no estaba todavía", se ríe el viejo cada vez que delante de primos y sobrinos muestra, en el centro del patio del fondo, arremangándose el pantalón corto verde oliva como de boy scout que usa para asar, la herida de la batalla. "¿Una carga de caballería contra una carga de infantería?", pregunta uno de los sobrinos, que está estudiando Historia, y el viejo dice "sí, esto fue antes de la del catorce, en el catorce ya les metimos tanques".

Domingo en su esplendor: hay una luz blanquecina en el aire del fondo del patio, una luz reverdecida por los últimos fulgores de verde vegetal del verano, aunque por suerte la enredadera del tapial es siempre verde, piensa Georg algo molesto por la diurna luz grisácea de comienzos de otoño que desde el patio y el tapial inunda su pieza; arde Georg entre las sábanas revueltas y extraña el bajo, que siempre se apoyaba de pie como un fusil contra la pared de su pieza, como don Quijote cuando velaba las armas; arde y deja que ella proceda, a la ternura que no es entre los hombres él no la entiende del todo.

El pibe de la foto se saca la remera. Deja que ella le acaricie el pecho y cierra los ojos porque le hace mal mirarla, porque cuando la mira ve la cara del otro: son como dos cuencas del mismo par de ojos, ella y el hermano. El la abraza, la alza y siente el peso de su cuerpo. Ella es densa y liviana como un bajo eléctrico, como el fusil con bayoneta al que describe el padre en su relato, en su relato de los domingos a la tarde que el viejo siempre arruina; son tan lindos los domingos a la hora de la siesta, dice el pibe de la foto, y le pide a ella que se dé vuelta, y se imagina que es el del otro su culo blanco.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28172-2011-04-08.html


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No hay ninguna hilacha para tirar de ella cuando un rostro, o un nombre o un apodo, no se acompañan con el gesto de esa persona memorada.

A veces es como un presentimiento, una noción un poco oscura, un nombre que alguien dice en la mesa del bar, o cruzando una calle solitaria, que está hoy asfaltada y que transitamos --con una trampera cada uno - con Oscar Blanco, primer compañero de primaria que recuerdo. Oscar es el mismo cascarrabias que en el pueblo nombran "Gallego Blanco" y a quien mi madre le decía "Blanquito", y algunos --los menos- "El petizo". Yo, con mi fijación infantil, sigo llamándolo Oscarcito, como cuando nos cambiábamos las figuritas de los cracks de la época o yo le pedía algún libro prestado en nuestra compinchería de la escuela primaria, ya que hicimos los siete años juntos. Hacia el quinto y el sexto de entonces nos hicimos más amigos.

El, Oscar, venía junto a su hermano Raúl --todos los días después de almorzar-- a jugar conmigo entre los árboles que en mi casa siempre fueron numerosos. Allí se entretenían a mares sacando agua del pozo con un balde, a través de una cadena que circulaba por una roldana, ya que ellos vivían "en el centro", frente al Club Huracán, y la casa de ellos tenía un local al frente donde el papá, don Luciano - un español venido de León -, era dueño de una pequeña granjita. La familia la completaba doña Ana, la hacendosa mamá de grandes lentes con marco negro, que también ayudaba detrás del mostrador. Al agua ellos la extraían con un bombeador eléctrico.

De cadetes fungían Oscar y Raúl, luego de la escuela, a través de una bicicleta con una gran canasta de mimbre con la cual entregaban los pedidos. El arreglo entre ellos --o la orden de don Luciano- era un viaje cada uno, que aún así no respetaban a juzgar por las grandes discusiones que a veces llegaban hasta las escenas de pugilato.

Oscar Miguel Blanco, con todos los alias que ostenta, es la única persona que me habló de Roque Vázquez. Lo que cuento de esta persona (que yo debí conocer, pero no me acuerdo) corre por su cuenta.

El papá del tal Roque era "ratonero" de la empresa Norte, cerealera de entonces. Quiero decir que su oficio (el del papá) era exterminar la numerosa prole ratonil que buscaba alimentarse de los muchos quintales que se almacenaban allí. Esta familia se fue pronto del pueblo, cuando Roque - un año mayor que nosotros- estaba en primer grado. El chiste es que cuarenta años después, pasando por la ruta, quiso volver "a ver su primera escuela". No bien bajó del automóvil, se le aproximó Oscarcito, que vivía justo en frente, y lo espetó más como interrogatorio que como saludo: "¿Qué decís, Roque Vázquez?".

No quiero imaginarme el asombro de este ex niño --hoy hombre- que se perdió en la nada de mi tiempo, porque salvo esta anécdota que me fue referida por mi amigo no tengo otra noticia de él desde entonces.

Con una personalidad tan llena de amistad y de pocas pulgas de un hombre inteligente como es el Gallego Banco, no es raro que sobren anécdotas, cuando hay mar de años y de distancia encima. Desde los primeros tiempos, los remotísimos años de entonces, cuando en la 156 se trompeaban duro en cada recreo con el "Bocha" Peiró, a quien la buena de la señorita Lidia sentaba junto a Oscar para que se amigaran o tal vez porque eran los dos más bajitos del grado, pasando por la adolescencia donde integramos la segunda división del Huracán y nos subíamos a esos traqueteantes camiones que nos llevaban a pueblos vecinos que a mí --tal vez por la intemperie y aspereza de los caminos de tierra- se me antojaban lejanísimos y volvíamos casi siempre vencidos pero nunca derrotados, con el optimismo intacto, el espíritu en pie para nuevas aventuras futbolísticas.

Y el hoy nuestro, él allá en la Galicia de sus mayores y yo aquí, en esta ciudad del "río marrón". En este presente donde nos vemos sólo si coincidimos en el pueblo, muy de vez en cuando, pero que sin embargo no pone en juego el afecto y los recuerdos como una llaga viva.

Este último verano nos vimos en un par de oportunidades y yo, no por ponerlo a prueba sino sólo por charlar, le fui haciendo algunas preguntas sobre el pasado que nos incluye por generación, pero también por muchos momentos --algunos cruciales- que compartimos.

Comprendí que el Gallego sigue siendo el más certero, milimétrico y obsesivo cronista de cuanta anécdota dé vueltas por nuestras mentes olvidadizas, que sobrevuelan la melancolía arrasadora del edificio del club y esas mesas "que nunca preguntan".

Hasta recordaba de quién había sido aquel foul que trajo el penal y nos sacó olímpicamente del campeonato cuando militamos en la quinta división y jugábamos con camisetas descoloridas y desiguales que venían siendo usadas desde cinco años atrás.

Todo eso y mucho más me llevé esa noche cuando nos despedimos en esa calle de su casa que siempre transitamos de niños, que pasa por el club, y cuando me detuve para ver cómo se iba al tranco ligero de sus piernas cortas le grité: "¡Chau Oscarcito!". Y sin pararse, se dio vuelta y me saludó con la mano, internándose en la calle cubierta de sombra nocturna que pronto se lo tragó como nada.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-28159-2011-04-07.html