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  TRABAJO PSICOANALITICO CON POBLACIONES DE VILLAS

“Es necesario ir al territorio que los villeros pudieron armar: la casa, la esquina. Ellos no van a salir a buscarnos, porque tienen miedo y razón en tenerlo”, señala la autora de este trabajo, y relata su experiencia de trabajo, mediante el psicoanálisis, con una familia.

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A partir de la experiencia de trabajo con poblaciones de villas, entiendo que muchas veces es necesario ir al territorio que ellos pudieron armar: la casa, la esquina, el baldío. Ellos no van a salir a buscarnos, básicamente porque tienen miedo y razón en tenerlo. Muchas veces los profesionales cambian, la gente se va, no es de ahí, y ellos se quedan solos una vez más. Si hay algo que los pibes que van a ASE (Acción Social Ecuménica) valoran es nuestra permanencia. Este movimiento de ir hacia el territorio se sustenta en la colaboración de los equipos de salud mental en combinación con otras disciplinas y actores sociales: agentes comunales, enfermeros, religiosos, vecinos. Allí se arma un territorio muy diferente para todos. Hay lugar para jugar diferentes roles.

Hemos observado que el comedor de sus casas es casi una prolongación de sus cuerpos. En el fondo, poder salir... es salir del “comedor” familiar, donde comen y son comidos por furiosas pasiones que los aplastan. Las adicciones, la oralidad. En este momento conduzco el tratamiento de tres chicas pobladoras de villas de emergencia, y hay una recurrencia: les resulta sumamente doloroso mejorar y salir solas de su situación, sin sus hermanos. Me pregunto qué derecho tenemos a despegarlos y realmente pienso que en muchos casos hay que tomar el riesgo, porque la suerte está echada. Si se angustian y llaman, como muchas veces lo hacen, habrá alguna chance. Si no, igual ya no hay nada, sólo el vacío llenado con tóxico o las balas. Entonces, trabajamos para producir, una y otra vez, actos clínicos, que tal vez den lugar a alguna subjetivación, si las balas no actuaron antes. Este es un factor muy difícil de tolerar para todos nosotros. El otro aspecto difícil es soportar que tienen sus recursos, sus linajes y sus goces: no somos conquistadores del territorio del otro.

Paso a relatar una escena que fue casi cinematográfica. Llegamos con el pastor integrante de ASE, como siempre, a la misma hora, a la casilla de una de las familias, y encontramos que el comedor está de-sierto: es que Emma, la madre, empezó a trabajar.

El trabajo es tema de casi todas las reuniones. Una de las últimas empezó con el relato de un episodio entre bandas, con intervención de la policía, y terminó con los clasificados en mano, jugando a buscar trabajo: el Bebe (19 años) les encontraba trabajo a todos, también a mí. En realidad, él y yo éramos los únicos que trabajábamos en ese momento. Fue entonces cuando me preguntaron si era muy difícil estudiar psicología, que cuántos años tardé, que dónde quedaba. La curiosidad se empezaba a hacer presente en transferencia.

La pregunta básica que empezaban a formularse era: ¿qué hay afuera?

Que Emma haya conseguido trabajo es todo un acontecimiento. Para cada hijo, esto tiene una resonancia distinta.

Sin Emma allí, la casa parece más liviana. Los jóvenes están contentos. “Ahora va a poder comprarse ropa”, dice el Bebe, que, un rato antes de nuestra llegada, se tatuó en la espalda un verso en homenaje a un amigo, muerto de leucemia.

El Negro (21 años) también se tatuó hace poco: las iniciales de la hija y un mensaje de amor a su madre. Los tatuajes los hizo un amigo que, como dibuja muy bien y quiere trabajar, se compró las agujas y practica con ellos.

Parecen estar jugando. Me pregunto si, ahora que la madre salió de la casa, ha dado lugar a un espacio potencial de juego, ahora y mediando nuestra presencia: Emma se fue a trabajar y ellos se tatuaron, ordenaron, hicieron limpieza, programan seguir buscando trabajo; jugaron.

La hija mayor (24 años, hija del incesto) dice querer hablar a solas conmigo. El Negro dice: “Vayan a mi pieza que está ordenada”. El Bebe interviene: “No, esa escalera es un lío, que vayan a nuestra pieza que también está ordenada”. Los dos hermanos ofrecen sus espacios más íntimos, y cierto velo está en juego, ya que aclaran que sus piezas están ordenadas; no ofrecen cualquier lugar.

Atravesamos varias cortinas que separan las piezas y llegamos a la única con puerta y llave. En la pieza, ahora consultorio, un grabador ofrece cumbia sin parar. Nos sentamos en la cama y ella empieza su relato: quejas y quejas sobre el lugar que le quedó a ella, ahora que su mamá trabaja; ella tiene que hacer lo que antes hacía su mamá, no puede negarse porque si no, ¿quién lo hace?

Es lo mismo que hace una semana decía Emma, resulta muy impresionante escucharlo ahora de su hija. La posta se pasó sin pausa. Después, cuando vuelvo al comedor, el Negro espera su turno.

Me cuenta de su gran malestar: hace días que está mal, no puede dormir. Sucede que salió sólo y Bruma (16 años), su mujer, quedó enojada; a Belén –la otra– no la vio y se transó a una tercera. Bruma y Belén se enteraron y ahora todo está perdido. “Al final hago lo mismo que mi viejo, es que mi mamá siempre dice que soy igual a él, borracho, infiel, mentiroso, pero yo estoy contento porque, aunque fue por 15 días, a mi vieja la tuve como una reina.” Se refiere a cuando cobró la indemnización, que gastó en pocos días, por la pérdida de un dedo en un accidente laboral (ver nota de Sergio Rodríguez).

Continúa: “Para mí, mi vieja es todo y no quiero que trabaje. Yo tendría que trabajar, pero no sé por qué no puedo”.

Le propongo trabajar sobre esto que dice, y lo invito que lo haga en mi consultorio. Acepta contento, dice que sí pero... –entre desconfiado y asustado—: “¿Toco timbre y salís vos o hay alguna otra persona?”

El Negro no sabe qué hay afuera, le da miedo.

Salimos de la pieza. Ha llegado Emma. En su cara inesperada veo la cara de su hija menor, de 15 años; la cara de ella misma cuando tenía esa edad.

La madre de Emma murió cuando ella tenía cuatro años, y ella fue la mujer de la casa. Su padre y sus dos hermanos la tomaron como la mujer de la casa, incluso para tener sexo con ella. Hasta que, a los 15 años, quedó embarazada y entonces, con ayuda de una hermana, se escapó.

Por eso la hija del incesto es, también, la hija que la salvó.

Emma, al volver de trabajar, está espléndida, erotizada, con cansancio de cuerpo feliz. Se ha bañado y se recuesta en un viejo sillón, se envanece de sí. El cuerpo y el cansancio se han articulado con relación al trabajo. Otras veces su mirada es esquiva, con desconfianza, tristeza y furia. Es difícil escucharla, puede resultar insoportable. En el trabajo se lesionó un pie. Cuenta que ese pie se lo esguinzó de chiquita, que siempre estuvo “resentido”.

En todo caso, creo que la marca y la diferencia se instalaron en la casa, propiciadas por el contexto que se armó en la ausencia de la madre: un espacio para hablar en privado y otro en grupo. Esto fue hecho posible por nuestra intervención en territorio, por el hecho de haber ido nosotros allí.

Adentro y quizás afuera, la “o”, disyuntiva, de la exclusión empieza a ser reemplazada por la “y”, que no nos permite valorar la cultura que ellos portan y no pretender desarraigarlos de lo que han construido. Esta es la política del pastor, con quien trabajamos en ASE, y es también la posición del Equipo de Sacerdotes de Villas de Emergencia, que van a vivir a territorio y en sus documentos valoran la cultura villera.

Trabajar en territorio, con todos los dispositivos que podamos crear, creo que es una apuesta desafiante y muy estimulante, que las políticas de salud no suelen contemplar: tendremos que argumentar para que esto sea tomado en cuenta. Es cierto que entraña una gran dificultad para los equipos, ya que a todos nos cuesta salir de nuestro territorio, seguro y conocido. Y no se trata de ir al territorio de ellos para sacarlos de allí, sino para escucharlos. Tampoco se trata de ir con ideas endulzadas o amorosas; esto sólo expondría más a nuestros jóvenes. Porque los territorios se defienden con guerras.

* Psicoanalista, miembro del equipo de ASE (Acción Social Ecuménica) y supervisora externa en salud mental de Moreno. Texto extractado de un trabajo presentado en las IX Jornadas de Salud Mental del Municipio de Moreno, 23 de octubre de 2010.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-158730-2010-12-16.html

  ENTREVISTAS PSICOLOGICAS CON UN JOVEN AUTOR DE DELITOS

“La primera vez que nos vimos fue duro él, y dura yo. Nos miramos desconfiados y calculamos distancias”: así relata la autora de esta nota el comienzo de una serie de entrevistas psicológicas con un “pibe chorro”, en un centro comunitario de una villa bonaerense.

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Paulo tiene 17 años y –aunque parezca una contradicción– es un delincuente de ley. La escena transcurre en un centro comunitario en una villa del Gran Buenos Aires. A Paulo lo manda el juez; forma parte de un programa de atención de chicos judicializados.

La primera vez que nos vimos fue duro él, y dura yo. Nos miramos desconfiados y calculamos distancias. Pregunté preciso y concreto, no dejé mucho margen. Casi me sentía interrogándolo: “Edad, nombre, teléfono, con quién vivís”. El, esquivo, apurado y amenazante: “Me tengo que ir rápido, me esperan afuera”. Se mostraba inquieto y en zozobra, todo el tiempo mirando hacia afuera. Miraba su celular y su reloj.

–Todavía no. Yo te digo cuándo te vas.

Tres minutos después le di el okey: “Andá, te espero el jueves que viene”. Antes de que se fuera –y éste es un detalle importante–, él y yo agendamos el celular del otro en el propio.

Jamás creí que volvería, pero volvió. Creo que lo había captado mi estilo inquisidor. El esperaba encontrar a la psicóloga y, lamento decirlo, yo parecía una celadora de instituto de menores. A “la psicóloga”, como él y otros chicos dicen, nos tienen muy caladas. El semblante tenía que ser otro. Este no lo calculé, salió casi visceralmente, mi cuerpo respondió a su adrenalina.

Probablemente, ante este semblante su masoquismo encontró una buena horma; su sadismo, parece, podía esperar.

El siguiente jueves Paulo fue puntual en varios sentidos. Habló:

–Yo, para salir a robar, ni tomo ni me drogo. Salgo bien consciente. Empecé a los catorce, me agarraron dos veces, y ahora me manda el juez.

–¿Y cómo te sentís?

–Bien, ahora bien. Voy a la escuela, me está yendo bien y cuido a mi hermanito de doce años. Si se llega a meter a chorro, lo cago a patadas.

–Ah, mirá qué piola. ¿Y vos para qué te metiste a chorro?

–No sé, la verdad no sé, las juntas. Estaba ahí me dijeron y fui. ¿Vamos a trabajar a un McDonald’s? Bueno, vamos.

–¿A trabajar?

–Sí, así se le dice para que los que escuchan cuando hablás no te descubran: vamos a trabajar un Coto, un Norte, lo que sea.

–¿Te acordás de la primera vez?

Como en cualquier cosa, los debuts marcan sesgos para bien y para mal. La primera vez no es la primera, sabemos que por lo menos es la segunda, pero es la que Paulo puede relatar, para pasar rápidamente a la serie. Cuenta entonces del miedo de la primera vez; él miraba lo que hacían los otros, él estaba atrás y observaba.

–Temblaba de miedo y los guachos iban rápido. Después me cansé de andar con ellos porque los agarraron, se mandaban cagadas y entonces me junté con otros pibes y casi siempre yo daba las órdenes.

–¿Y eso cómo se decide?

–Ahí en el momento: el que manda, manda, y listo. Yo grito: “Eh, guacho, para allá”; “Eh, guacho, cuidado atrás”. Y listo.

–¿Guacho?

–Sí. Para que no te conozcan el nombre.

–Qué cosa. Porque guacho es el que no tiene ni padre ni madre.

–Y sí... La verdad, mis viejos ni se la imaginaban.

–Los sorprendiste.

–Y, sí –dice sonriendo.

Cuenta que ese miedo de la primera vez pasó rápidamente, en realidad pasó cuando él empezó a mandar: él, que no se droga ni está borracho y que cuida al hermano; él, que parece poder ejercer la autoridad que, en sus padres, es sólo sorpresa. Entonces, en realidad, el mayor miedo es que nadie mande. Por eso cuando yo me planté frente a él, mandando, en cierto sentido lo alivió. Las veces que cayó preso, fue por la falta de líder o de líder “consciente”, como él dice.

Cuenta también de las reglas y las pautas que hay que cumplir para que no te maten. Una es de ley: “Si un ‘mulo’ (llama así a los empleados de seguridad de los supermercados, que son menos que ‘gorras’, policías, son los que llaman a la policía y muchas veces no están armados), si un mulo se te viene encima tirale, pero no para bajarlo, siempre a las piernas”. Le pregunto si esto le sucedió, si tuvo que disparar.

–Sí, en un videoclub. El tipo me quiso abrazar y yo estaba armado, así que miré para abajo, tranquilo, y le tiré en una pierna. Yo no entiendo por qué la gente se hace matar por la plata.

Me dan ganas de gritarle: “¡Pibe, vos hacés lo mismo! ¿Para qué?”. Y ahí caigo. Caigo, cuando me cuenta que tiene ahorros, que logró juntar plata para su cumpleaños de dieciocho, que va a hacer una gran fiesta. También tiene una moto escondida, y ropa que nadie le pregunta de dónde la saca. El se podría hacer matar por lo que no tiene; da su cuerpo para conseguir lo que no tiene. Los otros arriesgan su vida por lo que tienen, son unos estúpidos. Podríamos arriesgar: él tiene cuerpo, los otros vida. En el cambio, siempre pierde pero lo hace para ganar una vida más allá de su propio cuerpo, ese que cuida desde atrás, como dijo en sus relatos sobre la primera vez.

¿Será que Paulo está hablando de amor? El amor es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es, dice una fórmula de Jacques Lacan. El entrega su cuerpo creyendo que lo que le falta es eso que el otro tiene, vida. Se arma entonces un encierro amoroso. Ahora que él tiene ahorros suficientes, ya no sale a robar: dice sentirse seguro así, con plata guardada para una fiesta.

Si en algo me sorprendió en este caso es el punto del ahorro: cierta dosificación en pos de lograr su objetivo. Otros pibes de la zona que no roban, que trabajan, no logran ahorrar: “Se deliran la plata en cerveza, paco o lo que pinte”. La gran diferencia, creo, es que a Paulo lo ordena cierta significación fálica, es decir, que es capaz de estar en relación con la ley: su modalidad discursiva, su forma de relatar, su respuesta a mis intervenciones hablan de la posibilidad de una articulación. Me pregunto si él podrá descubrir alguna otra manera de encontrar vida. Si el robo es un acto de amor, ¿a quién estará dirigido? Podría ser a los padres; él reconoce haberlos sorprendido pero no más que eso, lo cual es un problema.

Finalmente me pregunto: su adrenalina, en el primer encuentro, ¿estaba en relación con el encuentro conmigo fuera de las reglas de su juego, o pensaba robarme? Tal vez sí, por eso al apurarlo de entrada le gané la parada de jefe. Acá mando yo y además en ésta vamos juntos.

Aún no hemos avanzado en historias de su infancia o de su vida familiar. Los únicos relatos que aparecen son los de la banda. Hace de estas historias su baluarte fálico: él ocupa el lugar de jefe luego de que otros jefes se mandaron macanas. Igual que con su hermano, a quien él controla que no afane. Sus padres están separados y su mamá trabaja todo el día. Al padre casi no lo ve. Tal vez sólo asoma cuando Paulo lo “sorprende”.

Y no puedo dejar de recordar a Donald Winnicott cuando habla del llamado antisocial que, en su acto delictivo, se presenta como sujeto. Es de esperar y de suponer entonces que Paulo sigue o seguirá robando, ahí podrá ser jefe y someterse a las leyes que, como tal, lo implican.

* Trabajo publicado en Psyche Navegante Nº 83; www.psychenavegante.com.ar


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-131881-2009-09-17.html