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  CRONICA DE UN VUELO EN PLANEADOR

El piloto avisa que el vuelo es sin paracaídas. Y una vez arriba, habla de los accidentes: que las posibilidades son mínimas, dice. Igual, el vuelo se puede disfrutar. Aquí, una experiencia en el Club Planeadores de Zárate, a 80 kilómetros de Buenos Aires.

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Sobre el final de la Segunda Guerra Mundial llegaron a la Argentina los primeros planeadores, aquellos que encendieron la llama. Ahora, es un deporte que cuenta en el país con más de 40 clubes que ofrecen a sus socios y visitantes una experiencia inolvidable: la posibilidad de volar a vela, de ascender en las corrientes de aire térmicas (o dinámicas, para las zonas montañosas) y disfrutar de unas maravillosas vistas panorámicas y del silencio en las alturas.

“Siempre hay que lavar el planeador antes de salir. Una de las razones es que la capa de tierra que se le acumula le hace perder rendimiento. El otro es que la lavada es una buena práctica de inspección”, le explica a Página/12 el ingeniero y piloto Luciano Davolio, esponja y balde en la mano, mientras acaricia el planeador como si fuera una mascota.

Está preparando el planeador biplaza de instrucción, de origen polaco, llamado Puchacz (Lechuza), que mide unos 16 metros de envergadura y otros 8 metros de fuselaje, y que con carga completa de despegue pesa alrededor de 500 kilos. Será un vuelo de bautismo bajo un enorme cielo azul en el Club Planeadores de Zárate (CPZ), a 80 kilómetros de Buenos Aires.

Aunque a primera vista el vuelo a vela pareciera ser un deporte individual, el mito se desarma rápidamente. Otros pilotos se acercan y comienzan el ritual de cada fin de semana. Se necesitan muchas manos para sacar el avión de remolque y los planeadores del hangar y trasladarlos pacientemente hacia las cabeceras de las pistas que el CPZ comparte con otro club de la zona, El Cóndor.

El espacio es ajustado y cuesta acomodarse en la posición del piloto: piernas juntas y estiradas sobre la trompa del planeador. La movilidad se reduce con el ajuste de los cinturones de seguridad y cuando el acrílico transparente se cierra sobre las cabezas, no queda espacio ni para una mosca. Para este tipo de vuelo, dentro del denominado cono de seguridad –-el espacio aéreo dentro del cual, controlando la pérdida de altura, se puede regresar a la pista para aterrizar–, no hace falta llevar paracaídas, algo que toma por sorpresa al cronista y lo obliga a juntar un poco más de coraje. A fin de cuentas, todo se reduce a una cuestión de confianza. Habrá que animarse.

Cada piloto debe proveerse de una batería recargable (cuesta unos 100 pesos) para colocarle al planeador y darle vida a la radio y al instrumental eléctrico, ya que el resto de los instrumentos básicos –el altímetro y el variómetro, que marca la velocidad vertical e indica si se está subiendo y cuántos metros por segundo–, son neumático-mecánicos y funcionan por presión de aire. La única limitación para volar es el peso de los tripulantes: un mínimo de 50 kilos (en cuyo caso se debe agregar un lastre de 15 kilos para llegar a los 65) y un máximo de 110.

Delante, en la pista, espera el remolque, un biplaza con un motor de 180 HP (caballos de fuerza). La soga que une ambos aviones se tensa lentamente. El piloto del planeador da el OK por radio y el remolque comienza el carreteo. No hay tiempo para arrepentimientos. El planeador se endereza apenas comienza el recorrido y se levanta de la pista muy suavemente. A tiro, comienza a tomar altura hasta alcanzar los 500 metros, donde el piloto soltará la soga para que comience la verdadera aventura.

En el aire, sin motor, con el solo impulso de las fuerzas de la naturaleza, el vuelo se presenta silencioso y placentero. El piloto explica cuál va a ser el siguiente paso: buscar la térmica que le permita ganar altura. “La relación de caída de un avión a motor es, por dar un ejemplo, de 5 a 1, por cada cinco metros que avanza, cae uno; en un planeador esa relación es de 30 a 1. Y ahí está la clave”. A esa relación se la llama “relación de planeo” y es la clave del vuelo a vela.

Si se pudieran graficar las corrientes de aire térmicas, serían como unas grandes columnas de aire (pueden tener entre 30 y 100 metros o más de ancho) que atraviesan el cielo y que pueden advertirse con varios indicadores, entre ellos el vuelo de los pájaros, que también las utilizan. Desde abajo se pueden ver varios planeadores dando vueltas en círculos sobre esas columnas de aire, también llamadas “pajareras”.

“El riesgo en un planeador se resume a dos aspectos: lo que llamamos entrada en pérdida y la caída en tirabuzón, y después alguna colisión aérea, pero la probabilidad de accidente es prácticamente nula”, comenta Davolio. El solo hecho de imaginar la situación obliga al cronista a mirar hacia la tierra. Allá abajo todo se ve muy pequeño. Existe, sin embargo, un riesgo potencial, “como en toda actividad mecánica, pero ese riesgo depende principalmente de uno. La mayoría de los accidentes son por error humano”, agrega el piloto.

Fuera de las térmicas, el planeador va gastando su energía y pierde altura. El altímetro marca el ritmo del descenso e indica el límite (de 200 metros) para buscar la pista. “Aun en los aterrizajes más fuertes la sensación en la cola no es mayor a la de agarrar un pozo con el auto”, informa Davolio, poco tiempo antes de que las pequeñísimas ruedas del planeador toquen el pasto de la pista de 1000 metros de largo por 70 de ancho. Tras un breve recorrido, el Puchacz se detiene y el cronista respira aliviado. Con los pies sobre pasto, dan ganas de dar otra vuelta.

La otra mitad del viaje comienza en tierra. Otros pilotos se acercan para intercambiar información y sensaciones del vuelo. También para contar sus experiencias y para compartir unos mates con bizcochitos. “Esta es una disciplina rigurosa. Utiliza los mismos principios que la aviación comercial. Pero es también una actividad hermosa por todo lo que compartimos los pilotos y sus familias, que nos podemos pasar acá el fin de semana entero”, explica Carlos Estévez, otro piloto del club. “Este un deporte que en el resto del mundo es de ricos y en la Argentina es accesible a gente de otros recursos”, agrega.

Un vuelo de bautismo cuesta 150 pesos. Y si el iniciado quiere aprender a volar y obtener su licencia, deberá pegar unos 1500 pesos por el curso y completar un promedio de entre 40 y 60 vuelos –la mayoría de los cuales serán junto al instructor–, que tendrán un costo de 130 pesos cada uno.

La edad mínima es de 15 años y 9 meses –con autorización de los padres certificada– y no hay tope para la máxima. Un buen ejemplo es el experimentado piloto argentino y precursor del vuelo a vela Manuel “Lito” Fentanes, quien comenzó a volar a los 17 años y hoy con 84, y un vasto reconocimiento internacional, que incluye la Medalla de Plata de la Federación Aeronáutica Internacional (FAI), y un C de oro con tres Diamantes, continúa disfrutando del arte de volar.

Quienes conocen la actividad aseguran que de octubre a marzo es la mejor época para volar, habiendo picos de rendimiento entre los meses de diciembre y enero. Precisamente, en enero de 2013 tendrá lugar por segunda vez en la Argentina –la primera fue en Junín, en 1963– el campeonato mundial de la especialidad, que contará con pilotos de unos 50 países. El aeroclub elegido es el Otto Ballod, en la localidad bonaerense de González Chávez, considerada la capital nacional del vuelo a vela.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-163793-2011-03-10.html

  FUTBOL > LA SELECCION ARGENTINA APLASTO A LA DEBIL FORMACION DE CANADA EN SU ULTIMO PARTIDO ANTES DEL MUNDIAL

Los hinchas se entusiasmaron con la fiesta, que tuvo emociones y aplausos, aunque el partido no fuera un desafío para el equipo de Maradona, quien se dio el gusto de probar variantes. Maxi Rodríguez (2), Di María, Tevez y Agüero, los tantos.

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La Selección se despidió de sus hinchas a lo grande, con un show de goles en el Monumental ante Canadá, un seleccionado que se mostró desorientado y que terminó encontrando un buen precio con el 5-0 final. Para los argentinos el encuentro no dejó mucho más que el color y el calor de un partido que, si bien no deja tela para cortar, al menos permitió el desahogo y que varios de los protagonistas pudieran demostrar sus ganas de ser titulares en Sudáfrica, como Carlos Tevez y Maxi Rodríguez.

Para los canadienses la Argentina toda fue una caja de sorpresas. Nada era lo que esperaban: la 9 de Julio no era la avenida más grande del mundo, más bien parecía chica porque en los festejos del Bicentenario no cabía ni un alfiler; tampoco sobraba espacio en las tribunas del Monumental, a donde los hinchas nacionales acudieron en masa, pese a que la Selección se clasificó para el Mundial raspando la olla y también penó como condenada en los amistosos previos. Para colmo, ni siquiera pudieron darse el gusto de fotografiarse con Messi, el mejor jugador del planeta, quien por una contractura se quedó todo el partido en el banco.

Y es más, para cuando los canadienses se dieron cuenta de que la cancha no terminaba a los 75 metros ya perdían por 3-0 y la cosa se encaminaba para el baile, y no precisamente un pericón. Es que el espíritu patrio que ganó por estos días los corazones, sumado a la jerarquía del rival, hizo que la Selección se pareciera ayer al equipo de un país grande y generoso.

La cuenta la abrió Maxi en un tiro libre a un costado del área, con un zapatazo tremendo, de especialista, que el arquero Onstad vio pasar como una estrella fugaz. Pero ni tiempo tuvo de pedir un deseo, porque con Tevez enchufado a una trifásica, con Higuaín acechando en el área, con Di María rápido y certero, con Jonás Gutiérrez echando fuego por el lateral siempre más preocupado por atacar que por defensor, el equipo de Maradona ganaba en todas, pero, sobre todo, e increíblemente, cuando la visita tenía la pelota e intentaba salir jugando.

El segundo salió rapidito. Robó Di María –figura, entre varias figuras–, picó Higuaín por la franja central, se trabó y la dejó para que Tevez tomara la posta. Encaró el Apache y ante la opción de encarar o habilitar al compañero, se la dejó servida a Maxi para que éste asegurara el 2-0. El tercero fue todo de Di María, una obra de arte que incluyó enganche y zurdazo desde afuera del área que se coló por arriba del arquero y se metió en el ángulo.

Para la segunda parte, ni siquiera los cambios alteraron la fiesta. El espíritu colectivo se materializó en la famosa ola que dio varias vueltas al estadio. Higuaín, que había desperdiciado dos chances increíbles en la primera parte, tuvo revancha cuando, tras un robo espectacular de Tevez, dominó la pelota y luego lo habilitó para que el delantero de Manchester City pusiera con un toque seguro el 4-0.

El público festejaba el ingreso de Palermo, lo habían pedido varias veces, y el arquero Romero aplaudía para calentarse un poco las manos, cuando Agüero, en la primera que tocó, amagó en el área, para adentro, para afuera, y después con gran categoría puso el 5-0 final. Fue un golazo, pero fue de gusto: la frutilla del postre, como dice Maradona, que de llenarse la panza –de goles, por supuesto– sabe más que cualquiera.

VER FICHA DEL PARTIDO

Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/deportes/8-146292-2010-05-25.html

  EVACUACION EN EL LAWN TENNIS CLUB


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La jornada de ayer por los cuartos de final del ATP World Tour de Buenos Aires quedará de alguna manera en la historia, no precisamente por lo deportivo, ya que debió ser suspendida, sino por la inundación que castigó la zona de los Bosques y de la que ni siquiera se salvó el coqueto Estadio Central del Buenos Aires Lawn Tennis Club, cuya evacuación regaló varias postales pintorescas.

El duelo entre los argentinos Juan Mónaco y Horacio Zeballos, acaso el principal atractivo de una jornada ya empobrecida por el retiro de David Nalbandian, comenzó pasadas las 16, bajo un cielo encapotado, denso y oscuro. Sobre el cemento del estadio, el calor era realmente sofocante. La sensación era inequívoca, en la zona de los Bosques el clima se parecía bastante al de la subtropical selva misionera.

La tormenta se inició junto al arranque de la primera manga, con apenas unas gotas. Pero el cielo no tardó en venirse abajo. Con el partido igualado en un game, el árbitro decidió la suspensión y el público, que no era tanto todavía, abandonó el estadio en apenas unos pocos minutos para buscar refugio hasta la hipotética reanudación. El estadio quedó vacío y la cancha, como una inmensa pileta de agua anaranjada.

Una hora después, Martín Jaite anunció la suspensión de la jornada y ahí fue cuando comenzó la verdadera odisea. Cuando este cronista bajó las escaleras del estadio se encontró con que el camino hacia la sala de prensa se había transformado en una laguna. Había que descalzarse, caminar sobre el agua, ante las miradas socarronas de la gente de seguridad del estadio, que podía esperar a que las rejillas hicieran su trabajo.

Mucho peor fue la salida del predio. El agua cubría holgadamente los tobillos de las señoras y señores del mundillo de raquetas y pelotitas. Nadie sabía bien qué hacer, para dónde salir. Los autos iban y volvían buscando una vía de escape. Elegir alguno de los caminos que se abrían era una lotería. Tal vez Dorrego, mejor por Lugones, que meterse por Bullrich sería suicida, todos improvisaban.

La organización del torneo prestaba ayuda. Su gente se había apostado en algunas de las zonas más peligrosas, que estaban tapadas por el agua. “Mejor calzate”, advirtió un muchacho acreditado, que como el resto de la gente, también tenía los pies sumergidos. “Guarda que ahí hay un escalón”, advertía otro, señalando lo que sería el cordón de la vereda.

Caminando, descalzas y bajo la lluvia, un grupo de chicas con paraguas de promotoras se mataban de la risa. El agua tapaba más o menos media rueda de los automóviles, en algunas partes el panorama era peor: una rama de buen porte caída en la zona de estacionamiento y un tránsito díscolo, de sálvese quien pueda pero primero el auto.

No había ni Guardia Urbana ni Policía Metropolitana a la vista, tampoco federales. Hice un chiste en el camino: dije a una muchacha que intentaba avanzar saltando entre los charcos que yo no lo había votado. “¡Yo tampoco!”, contestó, la voz paqueta, resignada. Le hubiera contado que vivo en provincia, no hizo falta. Bajo la lluvia, saliendo del Buenos Aires Lawn Tennis Club, los pies sumergidos sobre los Bosques, en una jornada histórica, todos parecíamos ser unos pobres pero alegres condenados, de la lluvia, claro está.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/140690-45312-2010-02-20.html

  URUGUAY EMPATO 1-1 CON COSTA RICA EN EL CENTENARIO Y SE CLASIFICO AL MUNDIAL

El equipo del Maestro Tabárez cerró la lista de 32 participantes que lucharán por la gloria en Sudáfrica 2010, certamen que contará con todos los equipos que alguna vez se adjudicaron el título de campeones del mundo.

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La selección uruguaya de fútbol, después de ocho años de búsqueda tras el frustrado repechaje que perdió frente a Australia en 2005, volvió a clasificarse a un Mundial. Con un cabezazo de Sebastián Abreu, empató ayer 1-1 –goles de Abreu y Centeno– frente a Costa Rica en el partido de vuelta por el repechaje entre la Conmebol y la Concacaf (1-0 en la ida) y así se convirtió en el último de los 32 participantes en conseguir su boleto a Sudáfrica 2010, con una particularidad: fue al que más le costó, ya que de todos los participantes, la Celeste es la selección que más partidos debió jugar para lograr su boleto, 20 en total (18 por las Eliminatorias sudamericanas y 2 en el repechaje).

Uruguay llegó al partido con la tranquilidad que le había dado el 1-0 conseguido la semana pasada en el estadio Ricardo Saprissa, en San José. Salió a jugar con convicción, pero la visita aguantó la embestida y hasta se animó a manejarle la pelota, aunque sin profundidad. El segundo tiempo fue todo fricción y eso terminó favoreciendo a los locales, que apenas probaban suerte con remates de Forlán desde afuera. Tabárez mandó a Abreu a la cancha y en la segunda que tocó, a los 70 minutos, el ex delantero de River y San Lorenzo puso el 1-0 que desató la euforia en el Centenario, que duró poco porque, a los 73, Costa Rica logró descontar con un remate frontal de Centeno tras una serie de rebotes en el área.

Los últimos minutos fueron terribles, con invasión del campo de juego por parte de algunos periodistas y auxiliares del equipo uruguayo que fueron a prepear a los suplentes del equipo visitante. Hubo piñas, pero la policía intervino con celeridad y tras cuatro minutos de interrupción, en medio de un clima enrarecido, el encuentro se reanudó. Ya sobre el final, Saborido se escapó solo y pudo darle el triunfo a Costa Rica, pero definió desviado. En el Centenario no volaba ni una mosca. Para colmo, el árbitro suizo Massimo Busacca adicionó siete minutos de juego. Fueron tensos, sobre todo para los locales, que terminaron festejando a lo grande.

“La historia debe continuar”, reza imperativa la bandera que los hinchas uruguayos bajaron como cada vez que juega la Celeste desde lo alto de la tribuna Olímpica del mítico estadio Centenario. Cinco estrellas se pueden ver en el trapo. Dos corresponden a los campeonatos mundiales que los uruguayos lograron en 1930 y 1950, otras dos hacen referencia a los campeonatos olímpicos de 1924 y 1928, la última estrella está vacía y es un llamado a la gloria futura.

Esa estrella no ganada y la curiosidad de haber sido el único país con dos federaciones de fútbol que funcionaron simultáneamente, la AUF y la FUF, hasta que, producto de la confusión que eso provocaba, el gobierno uruguayo debió interceder para disolver la FUF, son algunas de las particularidades de la rica historia del fútbol uruguayo. Alcanza para ilustrar una famosa anécdota de Obdulio Varela, capitán y dueño del carácter del equipo que le ganó la final a Brasil en el Maracaná.

Cuenta la leyenda que el Negro Jefe compró un diario carioca, que en la previa a la final sacó una foto del equipo local en la tapa con la leyenda “Acá están los campeones del mundo”. Enojado, se compró todos los ejemplares en el quiosco y los dispuso en el piso del baño de su habitación de hotel, invitando a sus compañeros a orinarlos... En esa final en el también mítico estadio de Río de Janeiro, frente a 170.000 hinchas brasileños, los uruguayos dieron vuelta un partido que perdían por 1-0 tras un gol de Friaça y se llevaron el triunfo con goles de Schiaffino y Ghiggia. Esa gesta heroica, que por su dramatismo se convirtió en uno de los grandes momentos de la historia del fútbol mundial, recibió el nombre de Maracanazo y, sin dudas, fue la génesis de la denominada Garra Charrúa.

Curiosamente, a pesar del nacimiento de esa mística guerrera, la selección uruguaya nunca más volvió a jugar una instancia definitoria en un Mundial. Aunque en 1980 se adjudicó el título de un torneo no oficial, la Copa de los Campeones del Mundo, más conocida como el Mundialito.

En campeonatos mundiales, quedó cuarta en Suiza 1954 y México 1970, séptima en Inglaterra 1966, decimosegunda en Chile 1962, decimotercera en Alemania 1974, decimosexta en México 1986 y Italia 1990, vigésimosexta en Corea-Japón 2002 y no clasifició para los mundiales de Suecia 1958, Argentina 1978, España 1982, Estados Unidos 1994, Francia 1998 y Alemania 2006, que sumados a los de Italia 1934 y Francia 1938, de los que no participó, suman un total de ocho, sobre dieciocho mundiales disputados.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/deportes/8-135539-2009-11-19.html

  EL COLOR DEL CLASICO RIOPLATENSE ANTES, DURANTE Y DESPUES


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Desde Montevideo

Tan entusiasmado estaba el pueblo uruguayo con el partido que dos horas antes de su inicio, mientras Diego Maradona se peleaba con los periodistas que lo asediaban cuando la Selección ingresó al mítico estadio Centenario –verdadero “Monumento del fútbol”, como reza en su fachada principal–, estaba colmado y teñido con banderas celestes y uruguayas, que en la cercanía del estadio se vendían a unos 200 pesos locales (40 pesos argentinos), una muestra más de los precios que se manejan en estas latitudes, casi un 40 por ciento más altos que en la Argentina para un mismo producto.

Sólo en una pequeña parte lateral de la tribuna Colombes, ubicada detrás de uno de los arcos, poco más de mil hinchas argentinos alientan al equipo de Diego Maradona agitando globos y banderas con los colores nacionales.

En un palco, junto a Víctor Hugo Morales, el candidato presidencial José “Pepe” Mujica sostiene una animada charla con el relator. “Seis de cada diez de los hinchas que ves en las tribunas son del Frente Amplio”, le dice a Página/12 el diputado por Montevideo Gastón Silva, que está sentado junto a su esposa, infaltable mate en la mano, en las bancas que el estadio tiene reservadas para la Junta Departamental, que vendría a ser algo así como la Legislatura porteña.

En las tribunas los locales ganan por goleada: hacen la ola, chiflan hasta aturdirlo al arquero Romero, que es el único futbolista argentino que hace el precalentamiento dentro del estadio junto a sus preparadores. Desde la inmensa tribuna Olímpica los hinchas bajan una gran bandera con cuatro estrellas blancas y una más grande, vacía: dos corresponden a los campeonatos olímpicos, otras dos a los campeonatos mundiales, y la quinta, más grande pero vacía, está relacionada al porvenir: “La historia debe continuar”, se lee al pie de la misma.

El entusiasmo se fue apagando con la actuación del equipo. Recién cuando en el arranque del segundo tiempo llegó la noticia del gol del chileno Suazo en Santiago, el estadio volvió a tomar temperatura al calor del aliento de sus hinchas que, no conformes con asegurarse el repechaje, le pedían a sus jugadores la victoria. Pero el gol de Bolatti, sobre el arco de la tribuna Amsterdam, que da al Río de la Plata, hundió al estadio Centenario en un silencio prácticamente absoluto. El griterío de los hinchas argentinos hacía pensar, por primera vez en la noche, que la Selección era otra vez local...


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/deportes/subnotas/133501-43092-2009-10-15.html

FUTBOL  BOCA VOLVIO A SER VULNERABLE EN LA BOMBONERA, PERDIO CON GODOY CRUZ Y EL DT PRESENTO LA RENUNCIA

El entrenador había bromeado en la semana, pero cumplió ayer. Presentó la renuncia tras la derrota ante los mendocinos, aunque Bianchi trataba de convencerlo de lo contrario. El Apertura parece muy lejano y los cálculos se vuelcan a la Libertadores 2010.

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“Si no le ganamos a Godoy Cruz, marchamos”, había dicho –un poco en broma y un poco en serio– el entrenador de Boca, Alfio Basile, cuando sorprendió con una conferencia de prensa en Casa Amarilla en la práctica posterior a la derrota y eliminación frente a Vélez por la Copa Sudamericana. Es que, con ese objetivo caído, el único que quedó en pie es el de meterse en la Copa Libertadores 2010, para el que las victorias como local son vitales. Por eso, la derrota de ayer frente a Godoy Cruz por 3-2 es un golpe tremendo para las aspiraciones de Boca, que no pudo descontarle nada de los 12 puntos que lo separan de Central, que por ahora se mete en la Copa. Por eso, anoche, Basile marchó.

Si bien todavía falta mucho por jugar, el panorama de Boca es por lo menos oscuro. Continúa sin aparecer el equipo y las individualidades están lejos de apuntalar una estructura cuyas grietas comienzan a resquebrajarla y prenuncian su derrumbe. Basile no dio en la tecla y lo único que se repite de memoria son los errores de Abbondanzieri, las zonceras del paraguayo Cáceres, la impotencia de Medel –que parece no discernir entre la garra y el juego–, las fallas de los delanteros a la hora de marcar goles. Prueba de esto último son los dos goles frente a los mendocinos: el primero, una carambola que se presta a todo tipo de interpretaciones (ver aparte) y el segundo, una palomita de Medel, luego de un rebote del arquero Ibáñez tras un zurdazo de Insúa. Y eso que Boca generó, por lo menos, una quincena de situaciones más o menos claras.

Boca pasó de ser invencible en la Bombonera a ser completamente vulnerable. En la primera fecha arrancó 2-0 abajo frente a Argentinos, después logró empatar; en la tercera le ganaba por 1-0 a Newell’s, con un gol de Viatri luego de que Marino le bajara la pelota con una mano grosera y evidente que, dicho sea de paso, fue convalidada por el mismo juez de línea, Adrián Rastelli, que ayer convalidó el polémico primer gol de Boca y que por ese error había sido parado precisamente hasta ayer. La derrota de ayer no hace sino acentuar las flaquezas de un equipo que en los últimos meses parece haber tirado a la marchanta su mística ganadora.

Hace falta reacción y trabajo, y el tiempo apremia. Para colmo, sus dos próximos rivales son los peores que le podían tocar en este momento: Estudiantes, uno de los punteros del Apertura, y el escolta Vélez.


Estadio: Boca.

Arbitro: R. Furchi.

Goles: 6m Jara (GC), 36m Salomon (GC), en contra; 55m Medel (B), 78m Higuaín (GC), de penal, 90m Chávez (GC).

Cambios: 46m Marino (6) por Riquelme (B); 64m Chávez (7) por Vega (GC), 68m Torres por rojas (GC), 75m Gaitán por Noir (B), 76m Aguirre por Salomón (GC), 85m Rosada por Insúa (B).

Incidencias: 78m expulsado Medel (B).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libero/10-4749-2009-09-21.html