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  OPINION


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Asistí a la conferencia de prensa que ofreció Félix Díaz, representante de la comunidad qom de Formosa. Escuchamos allí la vasta crónica de un sufrimiento que se arrastra a lo largo de la historia argentina. Precisamente, Félix Díaz pronunció pocas veces la palabra “Argentina”, pero cuando lo hizo se podía notar un matiz de angustia, de severidad pero de serena expectativa. Sería bueno que más dirigentes políticos, que más periodistas –hubo muchos, pero la conferencia no salió mucho en los diarios–, que más militantes de los grupos sociales y estudiantiles, hubieran escuchado ese modo de pronunciar el nombre que decimos muchas veces, sobre todo en el Bicentenario. “Argentina”. El matiz con que lo pronuncia Félix Díaz, inexistente en los lenguajes habituales del ciudadano rápido y del político ocupado (pues inventamos dialectos secos y sarcásticos para nuestras confrontaciones), me resultó profundamente conmovedor.

Ante el pulular de las cámaras, en la típica escena de captura nerviosa de imágenes, recordó los bosques, los cursos de agua y los pajaritos. Con una morosidad y un castellano perfecto, que es difícil escuchar entre nosotros, iba relatando paso a paso un hondo drama nacional. Los asesinatos de los habitantes de las comunidades indígenas no han cesado, eran muy graves cuando ocurrían en masa, en tiempos no tan lejanos, pero no son menos graves ahora, cuando actúan las tramas policiales que los ven como enemigos encarnando una ajenidad absoluta. Los gritos de los esbirros, “indio de mierda, te voy a matar”, eran recreados por Félix Díaz con una dicción perfecta, sin rastros de exaltación ni de rencor, para contar una tragedia, tal como lo habrían hecho los grandes relatores de la antigüedad, un Esquilo del río Bermejo.

“Aprendí castellano para decir estas cosas”, afirmó en una emocionante confirmación del valor de los idiomas cuando están cercanos a la justicia. El castellano de este hombre sensible y que anda con su hondera es tan nítido como vigoroso en su recuerdo de los orígenes de una lengua. Hablamos un castellano atravesado por certezas ya calcificadas y con muchos derechos ya conquistados. Lo hablamos bien o mal, pero con suficiencia, latiendo en su trasfondo indisfrazable muchas notas de encono y desafíos desdeñosos. Pero aquí no, Díaz hablaba de cosas graves con la lengua cercana a la justicia, al reclamo de vida y de respeto, entregando una escena primordial del modo en que se formaron los lenguajes del mundo. Lado a lado del derecho a formar una comunidad libre.

No es que no sepa de violencias. Su hondera para cazar pájaros, a la que se refirió varias veces, es un instrumento de caza y de autodefensa. También el lenguaje de Félix Díaz se halla cercano a la vida agreste, abrupta, inconsolable. Pensemos a estos pueblos, con estos dirigentes tan sutiles, como pueblos de la hondera, la tecnología ruda de los ancestros de la humanidad. Pero cuando dice “hondera” surge una verdad de lucha dicha con una calma que es la del hombre justo, no la del guerrero. Los pajaritos son signos de la naturaleza, vitalidad del bosque y también alimento. Esta áspera ambigüedad de las cosas es dicha con una serenidad que nuestras formas de detectar lo ambiguo ya ha perdido.

Piden tierras al país en que viven, en el país en que viven, y por el país que han aprendido a hablar en un idioma que los constituye no sólo en esa destreza idiomática, sino en una reivindicación que no tiene astucias ni laberínticas peripecias. Son tierras que les pertenecen. Lo dicen los papeles. Lo dice la misma historia nacional. Saben de qué se trata pues hablan de negociación y diálogo. Pocas veces he escuchado pronunciar la palabra negociación sin que me pareciera un término vicario, sumiso o taimado. “Indio de mierda, te voy a matar” es una aseveración que también habita el repliegue oscuro de la historia argentina. Toda una literatura encumbrada quiso exorcizarlo. Ni Echeverría ni Hernández ni Mansilla aceptaron ese grito, pero no supieron cómo apartarlo para siempre. Grito ancestral de una veta repudiable de una formación nacional, Félix Díaz habla de ella con profundo dolor, pues surge del país que es el suyo y que demasiadas veces ha entumecido la capacidad de escuchar el modo en que puede ampliarse hacia zonas más ricas de la justicia social.

El modo de usar la lengua argentina es una inflexión sugestiva que nace de los idiomas guaycurúes subyaciendo en su milenarismo lleno de quebraduras insondables, pues conoce el desprecio ajeno y las formas de injuriar propias que son la vida interior de toda lengua. No es una historia idílica, pues ninguna lo es. Pero en la expresión idiomática de Félix Díaz se halla no sólo la reivindicación de la tierra y la condena a la torpe represión, sino una promesa de ampliar la sensibilidad misma de la urdimbre cultural argentina. Cuando dice “criollos”, un tono de vacilación se apodera de lo que cuenta. Un leve acento de extrañeza sacude su relato, pues esos “otros” somos nosotros, a los que nos interroga con decisión y convencida ingenuidad, pues sabe que utiliza un término prestigioso por el que transcurre la leyenda central del país.

Ahí pone su interrogante, que si es atendido, es la propia autorreflexión de un país ampliando sus contornos y también sus contenidos. Jefe sereno, infortunado y perseguido, Félix Díaz sabe que cuenta con partes enteras de una formación nacional de la que conoce como nadie su lado hostil. Habla con respeto profundo de la Presidenta. Para miles y miles de argentinos, incontables espíritus desasosegados, imbuidos de la necesidad de los cambios que reclama la hora, un diálogo entre el idioma de Félix Díaz y el de la Presidenta de la Nación sería un acontecimiento capaz de recrear muchas dimensiones de la justicia, la razón y el idioma de los argentinos.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-158102-2010-12-05.html


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Cuando proliferó la expresión “ciencias duras”, era para aplicarla al estudio de la naturaleza, a las viejas matemáticas, a la física y a la química. Pero se olvidaron de destinarla a Horacio Verbitsky, que convirtió el periodismo en una ciencia dura. Tanto en el sentido del rigor de los datos, testimonios y detalles, como en la elaboración de una personal ética del goce y de la austeridad. Toda la semana deleitándose con la música, la literatura y con sus nietos. Y los viernes quedar recluido y solo, escribiendo como un geómetra sobre los fantasmas de la historia. Sólo se permite ajustados sarcasmos, muchas veces sobre los nombres de los personajes oprobiosos o infames. O simplemente sobre pequeños y voraces oportunistas. Sabemos de periodistas que quieren escribir una novela, y lo hacen. Horacio Verbitsky constriñe al novelista que hay en él, descartando el despliegue, los intimismos y los decorados de la imaginación. Subyace la novela, esperando y desechada. Con todos sus elementos de drama nacional, de vidas golpeadas a la vista. Y como es propio del radicalizado ironista, surgen las pinceladas basadas en el método de las vidas paralelas, que explícitamente se lo permite pocas veces. Sin embargo, los contrastes entre biografías acechan en las penumbras de los grandes cuadros semanales donde se comprimen, como una ciencia exacta, las vidas de las marionetas. Viven en una maraña de hechos, que parecen conspirativos. Son apenas las que nos dejan ver los rompecabezas infinitos de una época. Así, la recordable estampa contrapuesta de un ejecutivo que hace su carrera y tiene la misma edad de un obrero de su fábrica, que también va haciendo su ciclo laboral. Pero alguna vez se cruzan. Uno sigue su carrera de acumulación, dejando al caer uno u otro dato de aquello que lo molesta. Por eso, el otro va a ser secuestrado, uno de los miles de desaparecidos. A veces Verbitsky expone todo esto con un relato vivo y enjuto (es que son hechos reales). A veces dejándolo en la bóveda interna del texto, secretamente (es que son hechos reales). En el punto justo de ese cruce, están los escritos de Horacio. Se escucha decir que trazan “la agenda semanal”. Pero se los puede ver también como una larga investigación sobre la Argentina, sus instituciones, sus secretos de Estado y sus llagas aborrecibles. Lo contrario de un tiempo breve, más bien nuestras vidas en sus amplios ciclos temporales. Desde hace muchas décadas, como un ermitaño que en todo lo demás es una de las personas más cordiales que pueda imaginarse, Horacio Verbitsky está escribiendo las peripecias de un país turbado. Horacio, como los buenos personajes de las novelas norteamericanas que leíamos en los años ’70, pertenece a las ciencias humanas, pero en un mundo agresivo y colérico, las resguarda bajo otra capa, como si fueran ciencias duras. En todo lo demás, paga el precio de los perros de la antigüedad clásica, aceptar serenamente las consecuencias de decir la verdad.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/subnotas/157651-50536-2010-11-28.html

  OPINION


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Néstor Kirchner fue un tipo de político reconstructor que supo ver también el lado fracturado de la historia. Podría decirse que fundó su idea reconstructiva manteniendo siempre abierta la idea de fractura, de hendidura. Todo podía fallar, irse al diablo de un día para otro. Tener ese sentimiento de quebradura permanente sobre las cosas le inspiraba la rara perseverancia que le conocimos, la perseverancia del frágil. No es inconcebible la idea de que ese contraste entre lo débil y lo promesante ejerciera una atracción que no fuera percibida al principio. Morales Solá opina ahora que era un hombre rico y poderoso, razones poco aptas para dejar un halo legendario, que sólo emanaría de los indigentes y los fracasados. Es un error de apreciación. Kirchner sostenía su actividad sobre una grieta esencial en su biografía política. Por un lado, provenía de la política tradicional, amasada lentamente en una carrera y en las infinitas variaciones de una paciencia negociadora. ¿Pragmático, como suele decirse? Lo era. Por otro lado, destilaba un aire de improvisación y repentismo, todo entremezclado, de lo cual surgían destilados símbolos que operaban en la encrucijada del presente y del futuro colectivo.

Se discute ahora si surgió de un intersticio ocasional de la historia o todo se venía madurando en las entretelas del movimiento colectivo. Creo, dándoles la razón a los ocasionalistas, que percibió que la política vive mejor de las raras ocasiones en que se abren las puertas de hierro que parecían bien claveteadas en la conciencia nacional. Pero concediendo siquiera una migaja a los historicistas –llamémoslos así–, llegaba desde una escuela política consabida, que había dado macizas memorias y jefaturas. A diferencia de Perón, Kirchner encaró el liderazgo como un ocasionalista, haciendo valer su fragilidad y desprotección. Perón fue amante de lo orgánico, no de las fisuras, aunque su exilio le dio una aureola de superior despojamiento. No obstante, no consideró ese tema en sus reflexiones íntimas, y dejó que todo pareciera obra de un pensamiento articulado y de cálculos estructurados sobre el tiempo: la resistencia, la conducción, de la periferia al centro, la organización vence al tiempo.

Kirchner (y no quiero hacer innecesarias comparaciones) era un hombre de flecos varios (un desflecado, tomando prestada una expresión de la antropología literaria de David Viñas) y lanzaba signos por doquier, sobreimpresos sobre la memoria social anterior (desaparecidos, antiimperialismo, tercermundismo, latinoamericanismo, distribución equitativa de la renta, etc.), sabiendo que era necesario fundar un nuevo trato entre las instituciones y la vida general. Desviar el país de sus cercamamientos ritualizados, recrear el armazón de derechos sociales, públicos, comunitarios y de la vida privada –es decir, una modernidad nacional emancipada– fueron así sus propósitos. Los encaró con los flecos de la política real –el peronismo con condición y obstáculo– y con los signos que lanzaba como un náufrago robinsoniano, destinado a recrearlo todo otra vez, aunque sin el puritanismo propietarista de aquel célebre personaje.

Sólo es posible proseguir en estos empeños dándole un curso frentista a la política argentina. Estarán los antiguos partidos, nombres y situaciones que conocemos, y sin duda habrá alianzas y nuevas perspectivas de mancomunión entre fuerzas sociales y políticas. Pero con la palabra frentismo nos referimos a otra cosa. A la posibilidad y promesa de colocar al país bajo otros cauces colectivos, más democráticos y justicieros, donde impere una noción de emancipación social y se renueve drásticamente los carcomidos aparatos institucionales de donde salen los disparos que se llevaron la vida de Mariano Ferreyra (en un suburbio de megalópolis) y de los luchadores de los pueblos preexistentes en el país (en las márgenes de una ruta provincial). Un Kirchner rememorado en un futuro real e inmediato de la política y la cultura argentina conduce a la tarea colectiva –ahora, puesto que es urgente– de enjuiciar estos hechos y a sus responsables desmontando políticamente las situaciones que los provocan.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-157686-2010-11-28.html

  OPINION


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Que no se diga que es fácil conmemorar. Que no se piense que zafamos sólo con tener un “sentimiento más auténtico” ante ritos ya probados. Que no se afirme que en un santiamén sabremos desmitificar a los próceres de opalina. Incluso, desconfiemos de nosotros mismos cuando descubrimos otros hechos “verdaderos” tras los hechos falsificados. También desenmascarando se corre el riesgo de ser trivial. En cambio, siempre es posible revisar un conjunto de sentimientos y nociones vinculadas al arte de conmemorar. ¿Hay Bicentenario? Pues inventemos nuestras instrucciones para conmemorar, con sensibilidad fina y evitando costumbrismos. Este tiempo ofrece buena oportunidad para hacerlo. Mejor que denunciar mitos inconducentes quizá sea examinar los elementos de nuestro propio fervor. Mejor que exhumar emociones calcáreas, haciendo con ellas otra cosa, podemos fabricar una emoción nueva, sólo para nosotros, si lo preferimos, para nuestra melancolía activa. O para compartirla con otros.

¿Cómo se forja un ciudadano conmemorativo? Nuestros republicanos de mercería están buscando una respuesta en sus cajoncillos: una ya está a mano. El pasado contra el presente; la Argentina está en decadencia y hay que salvarla. Atrás tenemos una historia que hacía flamear lo fundante, lo legítimo, lo egregio. ¿Y ahora? No, ahora dominan los impostores. Es menester sacarlos rápido de escena: ¡que nos devuelvan el quórum!

Pero al ciudadano conmemorativo no se la van a contar. Se ha forjado en el escepticismo, las dudas, las luchas y miedos de las últimas décadas. Puede saber qué es legítimo o no, porque ve los momentos del pasado con reservas y sabiduría. No tiene en su mano ni el misal de una historia abstracta ni excluye la posibilidad de que una chispa inspirada del pasado reviva ahora con sentidos nuevos. La historia la hacen los hombres pero no conociendo la integridad de las cosas que se podrían conocer. Tampoco la historia se repite, pero hay motivos recurrentes que se pasean en un silencio amenazante desde tiempos lejanos. Escuchar a los republicanos de herbolario y factoría, decir que son “impostores” los gobiernos que mantienen diferencias objetivas con un pasado injurioso, eso, al ciudadano conmemorante lo pone alerta. El hará críticas, es claro. Dirá que tal o cual cosa no debe ser así y acaso volvería enojado a su casa. Pero sabe que un pequeña fisura de la historia se ha abierto y que si él no la cuida –él, aun teniendo reproches y ofuscamientos– también va a perder mucho.

¿Sus bienes, sus proyectos, su posibilidad de salir de las penurias conocidas? Quizá no, el ciudadano conmemorativo no se asusta fácil. Pero perderá una ventana abierta a la posibilidad de hablar libremente. No paparruchas. Hablar libremente del destino colectivo, y de su vida misma recorriendo ese destino, siendo él una infinita partícula remota, como decía Scalabrini Ortiz, que lo hace consciente de que integra una larga caminata. No se trata de que luego vengan dictaduras. El hombre conmemorante, el ciudadano de esta época, lo descarta. Porque si esto tan complejo y no fácil de definir se acaba, reinarán palabras machucadas, acciones sin vértigo colectivo y mediocridades ya probadas, que es lo único que se ha ensayado bien en la Argentina. Pero el ciudadano conmemorante, que ha sabido lanzar improperios, y cómo, ya conoce que comenzará a extrañar muchas de las hoy inesperadas resoluciones que no son pobres astucias de sobrevida de un grupo político, sino un catálogo disponible de la memoria social del país. ¿Medidas que se toman quizá sin haberse pensado antes, dictadas por la urgencia, lo intrincado de las luchas, las jugadas de arrinconamiento, que unos devuelven a los otros? Sí, pero que demuestran que ésta es una época de libertades efectivas. La suma de errores existentes, verificados aún en los esfuerzos hacia una democracia social avanzada, demuestran libertad, frescura, imaginación. No incompetencia. El ciudadano conmemorante lo sabe. Porque conmemorar, para el hombre del Subteráneo B, de la suburbano candente, del microcentro a la hora del almuerzo, de las fábricas de la Panamericana a la hora del corte, del Plan Trabajar, del piso 5º de la Villa 31, del trapito travieso que tiene sus mañas pero aún espera su verdadera oportunidad ciudadana, conmemorar es el momento donde lo áspero, sin dejar de serlo, cobra aspecto de expectativa. Hubo cadáveres. Hay trapos y trapitos. No se obtendrá sentimiento reparador de los republicanos de regleta y orden policialesco, sino de quienes entiendan que los trapos deshilachados de la historia son restos de un viejo “spleen” de Baudelaire y que también cantó el tango. Trapitos degradados por el oscurantismo urbano, es claro, y porque las vidas pierden su libertad pero no su imaginación, y que esperan una justicia que la verdadera urbe porteña, que ahora parece mayoritariamente confiscada en su percepción social, sabrá deletrear nuevamente. Se ensaya el deletreo, si se quiere ser conmemorante, con palabras como Castelli, Mariano Moreno, Alfredo Palacios, Evita. Son calles de esta ciudad, piedras urbanas que a veces hablan de madrugada, y se escuchan en el semáforo.

¿Está preocupado por el quórum el ciudadano del Bicentenario? Sí, pero sabe que ésa es una vieja expresión latina que significa “todos los que estamos aquí”. ¿Cómo lo sabe? Porque lo leyó en las palabras cruzadas de un diario –en el mostrador del bar– mostrando así que extrae conocimientos de todos lados y que ningún lado es malo. Hay diputados que no lo saben. Y él, que quizá no fue a las marchas, pero que el último 24 de marzo sintió un cosquilleo mirándola por televisión, o leyendo el diario de ojito (¿aún existe eso?), o porque se lo comentaron en el taller mecánico, sabe que en la historia hay diferencias morales profundas, momentos aciagos, indiferencias varias, pero que a él no lo agarran otra vez. Formará parte del “quorum” de los que sabrán en qué pensar –y pensar ya es hacer, créanlo–, y de los que sepan cómo conmemorar. La conmemoración es una apertura hacia los demás y hacia sí mismo. Puede ser cantada, sentada, parada, acostada, en el Tedéum o en la esquina del barrio jugando a la bolita. ¿Y si allí no se nota nada? Habrá silencio, pero se está conmemorando. Conmemorar es romper palabras ordenadas, y también es juntar palabras que estaban dispersas. Obispos están escribiendo sus homilías en este mismo momento. ¿Qué dirán? ¿Hablarán claro o encontrarán los conocidos vericuetos melifluos y engañosos? Ellos saben lo que digo, pues de muchos de su cofradía salen los que lanzaron livianamente la idea de “impostura”, idea profunda que sin embargo la han prestado a un republicanismo encogido que, a espaldas de esta venerable palabra, hace aparecer sus condolencia sobre la pobreza como si hubiera fabricado salchichón barato.

El ciudadano conmemorante es hijo de la esperanza. Sabe que la esperanza es un coto secreta del espíritu público y una palabra a usar con cuidado. El no está en el púlpito y, si lo frecuenta, saca para sí palabras que alguna vez usará en otros diccionarios personales, sin despreciar nada pero haciendo su seleccionado propio de voces. No se niega a escuchar la palabras de ningún santoral. Pero para conmemorar, sabe que cada vocablo auspicioso lo debe medir con su astrolabio de realidades. Ya pasó muchas pero sabe que, en medio de las dificultades, ahora hay un cantero –mezcla de pasado, presente y futuro, la rara bohardilla de la memoria argentina– que, si no estuviera, no habría lo que ahora se palpa sin quizá poder explicarse bien. ¿Y quién puede hacerlo? Es esta democracia ruda, que se defiende y ataca, que saca providencias de todos lados, que reavivan el debate, y trazan caminos que al otro día parecen perderse, y resurgen, desvían, apagan, retornan al camino. Porque el ciudadano conmemorante podrá usar escarapela en las fechas que lo mueven al respeto, pero antes usa su bandera oculta, que puede no exhibir nunca, su himno quieto, adelgazado en su conciencia, pero que allí yace como resguardo dictado por un Arlt que ha o no ha frecuentado: ¿te creés que porque leo la Biblia soy un gil?

Todo esto el ciudadano conmemorante lo sabe. No es historiador ni lo recuerda todo, pero comprende que en un país sin demasiados planes elaborados de repente se enciende una luz olvidada y se repone un enlace inesperado de este difícil presente con los entusiasmos nunca dormidos por aquello que de mejor tuvo lo ya acontecido.

El ciudadano conmemorativo duda de las estampas escolares, pero como en la infancia están los recuerdos más vivos de la emoción cívica, sabrá sacarlos de su acartonamiento para discernir que esas emociones, como un pasadizo recién abierto en sarcófago egipcio, debe servir para inspirar acciones nuevas sobre la pobreza, sobre el destino de miles y miles que han visto sus vidas sometidas a injusticias pasadas o recientes, sobre los que pende amenaza de vida o incuria pública.

Y si para que se haga algo es necesario ponerse distintivo y seguir a pie juntillas las rutinas de un festejo escolar, también lo hace. Porque en este caso el fin justifica los medios y porque también fue feliz en la escuela pública –problemática, bien lo sabemos– pero en donde aprendió que la emoción histórica se sirve de símbolos necesarios, pero que en lo esencial puede vivir sin simbología ninguna. Va a conmemorar, pero lo hará a su manera, sabiendo que la memoria y sus discursos no son un carrete momentáneo que mandamos desfilar hacia atrás; tampoco una noticia sobre efemérides; un llamado a un misal preparado para encontrar la misma liturgia que nuestras escolaridades ya han preparado. ¡Y eso que el ciudadano conmemorante respeta las liturgias! Podrán estar adocenadas, pero en su profundidad desatinada siempre están a punto de decirnos algo. La memoria no lo es en sí misma, no existe para sí. Todo lo impregna sin que podamos definir claramente cómo lo hace, porque también sabe dejar en libertad al presente. Y sabe olvidarse de ella misma. Es lo que recrea del pasado cada vez que descubrimos la falla del presente. Y es lo que evita que el presente se cierre también sobre sus autoproclamadas glorias. El ciudadano rememorante, heredero del hombre que está solo y espera, lo sabe.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-143706-2010-04-11.html

  OPINION

Criticada por el Vaticano y por China y elogiada por Evo Morales, la exitosa película de Cameron dispara reflexiones tanto políticas como éticas y estéticas que permiten una mirada que cruza los diferentes planos significativos.

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Avatar fue criticada por el Vaticano y por China, elogiada por Evo Morales y los críticos de la nueva minería transnacional. ¿Todo esto provoca o admite este film, que en poco tiempo más –obvio– será multipremiado por Hollywood? ¿Cuál es el tema de Avatar? Es la vieja tesis de que toda metamorfosis es la forma más delicada del espíritu. Es lo que implicaría su verdadera dimensión ética. Metamorfosis mística entre la naturaleza vegetal, los animales y los hombres. Y amalgama entre todos los hombres, de la estirpe que fueran. ¿Qué agrega el director de la película a esta cosmología? La bienvenida metamorfosis entre la vida humana y su réplica tecnológica. Videojuegos denominados Second Life y otros del mismo género están en la mente de Cameron, el director.

Sólo que en Avatar hay muchos más planos significativos. En cuanto a las artes de la interpretación actoral, cambia totalmente la raíz del antiguo oficio. Queda sometida la actuación a un proceso también de metamorfosis. Entre la gestualidad dramática y el dramatismo tecnodigital. Se sustituyen así las teorías de la acción dramática que inauguraron el siglo XX y que originaron la diversidad de identidades actorales que conocemos. ¿Están en peligro luego de Avatar? No, porque, a su vez, el film se basa en las más conocidas mitologías narrativas, base de todas las teorías actorales, atrayéndolas momentáneamente a la nueva industria del cine digital. Nada nuevo bajo el sol (el que ilumina nuestros pobres asuntos terrícolas).

Otro avatar más del film: el misticismo naturalista que lo impulsa no parece contraponerse a la tecnología, sino que podrá ser un capítulo posterior de ella. O bien, se insinúa que mantendrá con ella una relación circular, complementaria. Lo que se narra es una lucha entre civilizaciones guerreras, una de ellas cazadora, que viaja montada en grandes pájaros de reminiscencia prehistórica como en las películas de Walt Disney. (Se ve una escena de caza a simulacros de rinocerontes diseñados oníricamente. Sangre, inverosímilmente, hay poca.)

El héroe lo es por igual de las dos civilizaciones, la técnica y la mística, que se transfunden. En un caso, el héroe soldado deja entrever un destino a autoinculpación del cual saldrá el salvataje de la cultura técnica planetaria. Y por otro, el mismo héroe desdoblado, pero ahora extranjero, se suma a la lucha ajena descubriendo en sí destrezas de redención. Ambos héroes practican una fusión mística. Mueren juntos, en una suerte de cristianismo bífido que no deja de ser interesante, una suerte de doble de Cristo rápidamente borroneado. Herético, desde luego. A Ratzinger no le va a gustar, claro. Pero se equivoca el Vaticano al ver todo eso poco teológico. Son las altas devociones profanas del cine norteamericano progresista.

Las tecnologías de guerra son presentadas como remedos monstruosos, zoomórficos, carros de guerra que de tan fantasiosos parecen griegos o romanos (obvio: siempre en la Ilíada suenan mejor estas cosas), pero hay detalles que permiten entrever que los pueblos agredidos desde sus místicas danzas power flower, no dudarán en utilizarlas (de hecho, lo hacen en el combate).

Sin duda, es una película con un viejo argumento teológico-político, pero de tono menor respecto de Solaris o Blade Runner, para mencionar dos proyectos considerados de ciencia ficción que contienen genuinas vetas filosóficas. Si se quiere, es mediocre lo que presenta Cameron (aunque no hollywoodianamente hablando) frente al mundo metafísico de la ciencia ficción de Tarkovsky o lo que hizo Ridley Scott con las novelas de Philip Dick. Esas llevan a la verdadera refundación ética de lo humano luego de un pasaje por otro “avatar”, si se quiere más interesante: el fracaso de la fabricación de bellos semidioses asesinos que quieren volver a ser humanos.

No le restamos mérito a la escritura digital expresionista del film de Cameron. Pero no es tan novedoso el factor tridimensional, ni mucho menos lo es la hipótesis del hombre prometeico que sucumbe al no respetar la sacralidad de la naturaleza. En toda su expresividad está en el Fausto de Goethe (¡qué decimos!), proveniente de la Metamorfosis de Ovidio. Filemón y Baucis, que son también arbolitos sacros, son sacrificados ante el espíritu fáustico industrialista, en sobrecogedora escena. Ahora, el coronel de ese ejército que pinta Cameron, burdamente tratado, es un pobre agente de las empresas multiplanetarias de minería. No hay naciones definidas en Avatar, hay vil experimento humano, aunque sea bajo el aspecto de una negociación (al principio) con los nativos de otro planeta. El coronel Kilgore de Coppola en Apocalipse Now –que remotamente inspira a Parker, el de Avatar– es infinitamente superior, pues en su condición caricaturesca, conserva un lúgubre y dolorido patetismo. Por no hablar del coronel Kurtz, donde se dan cita todas las líneas de ruptura del relato occidental. No hay que olvidar que a este crucial personaje (en donde se resumen todos los manierismos actorales de la mágica baulera de Marlon Brando) lo encontramos en Apocalipse Now leyendo un poema de Thomas Elliot. Ahora que los canales públicos vuelven a pasar como verdadera “replicante” de Avatar a Apocalipse Now, surgen las enormes diferencias artísticas.

Es que Coppola se inspira en Elliot, que a la vez conduce a Joseph Conrad, luego a La rama dorada, de Frazer, y por último a un libro revelador de la crítica literaria, From ritual to romance, de Jessie Weston, que en 1920 examinó la importancia de las leyendas del rey Arturo en la configuración de las mitologías narrativas de Occidente. Todos ellos son objetos de un grácil metalenguaje en el film y aparecen en una toma de la película de Coppola como un pilón de libros abandonados en la recámara de Kurtz. Un absoluto gesto de retroalimentación entre cine y literatura. Ese sí es un avatar, una carnosa metamorfosis.

La reciente recreación de Apocalipse Now en la novela de José Pablo Feinmann, Carter en Vietnam, se hace en nombre de seguir examinando la decadencia del propio lenguaje de la sociedad norteamericana, su ejército y sus industrias culturales. En el último número de la revista Los inrrokuptibles, un buen artículo sobre Avatar indica que en una de las escenas, donde el ejército bombardea un árbol totémico, se reproduce la caída del World Trade Center. Conclusión: “Hace asumir al ejército estadounidense la responsabilidad del 11 de septiembre”, además de otras vergüenzas profundas, esta vez por las culpabilidades ecológicas.

Como se ve, el film de Cameron parece representar una universalización política, de raíz humanística, en la discusión sobre las relaciones del hombre con la naturaleza. Surge evidente, además, la crítica a los medios militares-corporativos de destrucción de las fuentes de vida planetaria. Hay que agregar, sin embargo, que la “salvación” proviene del propio Imperio y su poder autocrítico, minoritario, pero efectivo. Un poder científico-cinematográfico.

Es que Avatar proviene en particular del nuevo giro científico y representacional de su industria cinematográfica. Su relato no es sino una fábula sin la calidad aristocratizante que tenía la radical crítica de Coppola a la historia devastada. Cameron hace predominar demorados remates finales calcados del viejo western y se deja ganar por las connotaciones de una love story que promete un retorno humano al planeta que los derrota, una mejor negociación entre las corporaciones mineras-militares, la ciencia que creó los hombres-avatar y las poblaciones nativas.

No sabemos por qué China la prohíbe; nada justifica una prohibición ni ésta puede entenderse cabalmente. Que Evo Morales la recomiende como una reflexión oportuna sobre la Madre Tierra nos parece muy comprensible. Esta gran figura del presente momento boliviano une la digna densidad de su antropología política con un candor novedoso, en un modelo de reconstrucción del lenguaje político inhabitual, desafiante e inspirador.

Sin embargo, siempre queda en pie el problema de estos films surgidos del guionismo y la nueva “gnosis tecnológica” de las grandes producciones de un sector del capitalismo informático liberal, que agita mitologías y meta-leyendas surgidas de la propia historia del cine norteamericano, con profesionalismo enraizado en una historia del relato industrial-cultural muy evidente. Pero sin realizar esfuerzos como el que en su momento, en plena década del ’70, iluminó a Apocalipse Now. Evidentemente, es necesaria una nueva cinematografía que esté al nivel de las discusiones mas profundas de nuestras sociedades. Desde luego, no la representa Avatar.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-139335-2010-01-31.html

  OPINION


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Recuerdo, de adolescente, haber ido a la plaza de Mayo con mis compañeros del colegio secundario. Frondizi había comprado un portaviones, y en cumplimiento de la buena conciencia estudiantil y algunos de sus más caros emblemas, me vi gritar junto a un puñado de muchachos: “Devuelvan el portaviones, queremos los millones”. Se trataba de las clásicas luchas por el aumento presupuestario para la educación, que acompañan la memoria de todos los estudiantes argentinos. La comparación del presupuesto militar con el educacional era una mención obligada. Y bien, ¿quién de nosotros no ha ido una y cientos de veces a la Plaza de Mayo? Si continúo con algunas rememoraciones, difusas pero no vagas, puedo observarme remotamente, como mero curioso, en la asunción de Illia en 1963, donde en el costado que da al Banco Nación hubo lo que la prensa denominó “incidentes con algunos manifestantes”. Un sector de la izquierda de la época había ido ruidosamente a la plaza a pedir la anulación de los contratos petrolíferos con las compañías extranjeras, lo que el presidente luego haría.

La plaza de la asunción de Cámpora en el ’73 fue de felicidad cívica y tumultuosa fraternidad política. Sobre los cuerpos apiñados de la multitud se escuchó decir al hoy siempre joven Leonardo Bettanin, que tenía el micrófono del acto, o que lo tuvo en algún momento: “Se ha perdido el documento de identidad número tal y cual, su poseedor debe pasar por la puerta de la Casa de Gobierno”. Muchos creímos que en ese mínimo tramo del acto se encarnaba el travieso nudo de la historia, en que se entrelazaban algo de la fiesta de un club de barrio y algo de la historia latinoamericana que había llevado a ese balcón a Salvador Allende y Dorticós Torrado (“Chile, Cuba, el pueblo te saluda”).

Después todos supimos, el país entero supo, cómo la plaza era la sede de la ronda de las madres, alrededor de la pirámide, cuyo carácter laico, irrevocablemente neoclásico, une los arcaísmos de la república con una salutación mítica que la figura de la libertad les dedica a los avatares nacionales. El círculo que trazaban esas mujeres en su voto de silenciosa imprecación significaba el contraste entre la factura cónica de ese obelisco –la línea que apunta hacia arriba– y la meditativa protesta en círculos –cuyo redondel infinito resiste pegado al suelo–. Círculo y línea que son las grandes formas de la idea de tiempo.

Con todas las modificaciones arquitectónicas, que no fueron muchas ni muy imaginativas, el solar de la plaza mantiene una continuidad de linaje y memoria. Basta imaginar los distintos subsuelos por debajo de la capa de piedra y el trazado de una conocida historia cuyos cordeles subrepticios llevaron a célebres fuentes, en nombre de la cual tantos y tantos fuimos a la plaza a cansar nuestras patas y refrescar nuestras ideas. Cada vez que desembocamos en ella, entre apretujones, tenemos la libertad de imaginar hasta qué punto reactualizamos el círculo o la línea, o ambas a la vez, el mismísimo sentido del tiempo, en su reiteración o su compromiso de ruptura.

Es posible pensar también, como figuras de una obvia geometría urbana, qué diferencia se verifica en una entrada por Avenida de Mayo o por alguna de las dos diagonales. Lógicamente, todo depende de la cita que dispongan las distintas agrupaciones, pero el reformador urbano de los años ’30 no imaginó las suaves alusiones que implicaría la confluencia simultánea de los concurrentes por el andarivel norte –lo que involucra la Catedral–, por el centro –indudablemente, se viene del Congreso, si es que la cita no marcaba antes Perú y Avenida de Mayo–, o por el sur, lo que obliga atravesar el monumento a Roca y es sin duda la entrada políticamente menos notable aunque la que evoca más antigüedades urbanas. Pero ese momento de la entrada provoca un sentimiento único, en el que se fusiona una secreta emoción urbana, el vértigo de las multitudes y el hecho de atravesar un arco invisible que por un momento nos convierte en otros, modifica la mirada y la voz, y nos suspende por un segundo en no sabemos qué indicio furtivo de la historia. Los manifestantes y a la vez los curiosos que se agolpan, ven entrar a los otros, los que van llegando en el siempre incesante y demorado cuerpo colectivo. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Los curiosos no son ellos también manifestantes? Sí, pero también son curiosos, se ven a sí mismos en los otros, entran por segunda y por enésima vez, van entrando como miembros de las distintas columnas, y de paso evaluando el peso y la presentación de cada una.

El 19 diciembre de 2001, los que allí estuvimos percibimos también en la lejana oscuridad de la Casa Rosada, muda y mezquina (desde la que algunas granadas lacrimógenas dejaban un sórdida estela encaracolada), el cosquilleo de la tragedia, que no lo sería menos por el hecho de que luego se anunciara la promesa de nuevas formas de organización social en los corazones de la época. Cuando Alfonsín propuso Viedma, aquella mudanza de la Capital, quizá la idea no era mala, quizás alguna vez ocurra ese cambio y el país será otro, quizás era descabellado administrativa y económicamente ese traslado. Pero lo que quizá convencía menos era disociar la Plaza de Mayo de la Capital. ¿A qué plaza había que ir entonces y quiénes irían? Y los de aquí, ¿irían a la plaza sin tener a su frente el edificio? ¿Ese denso nudo nervioso de la trama gubernamental delante de sí? No alcanzaban las buenas frases “hacia el frío, hacia el sur, hacia el mar”. Esa es la diferencia con Brasil, que no tiene plaza, tiene “espacios urbanos cívicos”, sin la acumulación de connotaciones superpuestas y trabajosas. Para mí, la plaza es la sede de los propios leviatanes destrozados, modestas barajas que parecían seguras. Allí fui con David Viñas, con León Rozitchner y tantos otros, allí discutí con Martín Caparrós un día que hablaba Cristina, allí me sentí acompañado o me sentí solo en la espera.

Ahora la plaza corre el riesgo de degradarse. Sigue siendo la desembocadura de todas las ansiedades colectivas. Pero si es mero reflejo de la Argentina en pedazos –tomo la expresión de Piglia– puede rebajarse o exonerarse su sentido histórico. Vemos al señor Castells con su huelga de hambre. Es sabido que sus acciones hacen retroceder los conocimientos políticos adquiridos en nombre de un golpismo plañidero, ya sea pidiéndoles vacas a los oligarcas o instalando kioscos de choripán en Puerto Madero. En los momentos de desconcierto surgen estos Padres Gapón, fruto de la manipulación de los desesperados, con técnicas aprendidas de la peor televisión de masas. Imaginativo juglar mendicante de la derecha, escenógrafo rocambolesco del fin de un ciclo, pieza disponible del ajedrez antidemocrático, Castells, no Hebe, ha dicho en verdad “esta plaza es mía”. Es el sueño que expresan a diario los operadores del desastre. Es de lo que hablaron, quizá sin saber que lo han hablado, Valenzuela y Cobos en las penumbras del Senado.

La plaza es de todos, por eso todos se expresan allí. Pero no puede ser descuartizada por ocupaciones facciosas, que cobran carácter caricatural, muy lejos de su contenido histórico, que es un hilado a veces trágico, a veces festivo, a veces cómico y a veces legendario. La plaza no debe el lugar donde al fin se sustituiría la memoria por el recuerdo de que alguna vez tuvimos memoria, la política por la operación política y la historia por la caricatura. Que siga siendo el desaguadero de las múltiples corrientes que expresan, porque nunca fue otra cosa, las inclemencias de un tiempo pero también las expectativas de un cambio.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-137331-2009-12-20.html

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Una vasta galería de personajes ofrece la escena, hombres y mujeres que creen que ya ha llegado la hora. Hacen sonar campanadas. Desenvueltos, ya no se guardan nada. Dicen lo que piensan. ¿Debemos agradecerles? El caso de Abel Posse puede haberle sorprendido a Macri. Habla sin reservas ni embozos. Se trata del tipo de personas de las que solemos decir: “Habla con sus convicciones profundas”. La sorpresa consiste en que Macri asumió la vida política sin saber qué cosa es hablar de política y cómo hablar de política. Experto en tuneladoras, cachadas deportivas y frases sueltas sin subordinadas, creyó que el mundo histórico se reducía a saltar charcos o hacer pogo en una noche de prosperidad electoral. Daba vergüenza escucharlo decir que tal cosa es “Pro” y tal otra cosa “no es Pro”. Los políticos argentinos, siempre cuidadosos y escépticos hasta consigo mismos, tratan de desembarazarse rápidamente de las vestimentas que les cuelgan sus publicitarios o del lenguaje que les infligen sus gabinetes de asesores. Macri no. Pero ahora debe poner en remojo la barba. Creía que para siempre esas cosas duran. Y él, que vivía feliz en el mundo Durán Barba.

Posse dijo la verdad que Macri apenas conocía a medias de sí mismo y que el electorado que lo votó, el público fluctuante de la gran metrópolis porteña, conocía también parcialmente. Creía que hacer otra policía no entrañaba problemas políticos que vienen desde las grandes tradiciones urbanas más antiguas. No había escuchado antes la palabra Polis o le habría sonado un chiste griego de sobremesa. La pobre derivación de este enorme vocablo en la idea de policía la tenía resuelta como se resuelve una final deportiva o un penalty afortunado visto desde la tribuna oficial. Así que se enfrascó en recrear las dos alas del gobierno –los dos “aparatos del Estado”, según dirían los filósofos estructuralistas de los años ‘60—, imaginando una policía propia con duras pedagogías y un Ministerio de Educación con propia folletería policial.

Trato de recordar algunas novelas que leí de Posse, por cierto, un autor argentino muy traducido a otras lenguas. No se puede evitar que un aire a los escritos de Hugo Wast se cuele en la rememoración de lo que, al azar, hemos leído de las novelas de este autor. Pluma a la que no le restamos cierta habilidad para tratar a la manera del folletín histórico algunos tramos dramáticos de la vida contemporánea –el nazismo, la decadencia de las clases pudientes, los misteriosos caminos de Che Guevara o de Evita, los errantes jefes cristianos de la conquista de América—, Posse se inflama sobre todo con su consigna más evidente: atacar la modernidad como fruto de una conspiración ilustrada, pero presentando el caso de “las mitologías secretas nazis” como una inevitable contraconspiración, a la que como es obvio, deja sobreentender que no adhiere.

Interesado por la “doctrina secreta de la doctora Blavatsky” –como Lugones, como Ingenieros, como Andy Warhol—, retoma la pendiente esotérica sin el espíritu grandiosamente contradictorio de los mencionados anteriormente. Y pretende, si no está equivocada o es demasiado olvidadiza nuestra lejana lectura, que su propensión a invocar esos temas sea la de buen ciudadano liberal que apenas encuentra temas tormentosos para su vieja máquina de escribir Continental fabricada hace más de un siglo (según lo vimos fotografiado en un matutino).

¡Demasiados tratamientos ideológicos! ¡Demasiado interés en una cristiandad algo sacrificial en las figuras de los aventureros del siglo XX que llegaban a estas Américas! Posse trata los excedidos temas de las guerras que desgarraron el siglo veinte con una estridente cosmovisión que, con lo ambigua que nos parece, significa que es un hombre de ideas, un intelectual locuaz. Irrumpe en un mundo “Pro” que se había caracterizado por el laconismo fervoroso de Macri, con un tinte sobrador a la Errol Flynn pero sin la habilidad que los guionistas del cine le prestaron a éste para los galanteos exquisitos del dandy. Y flanqueado por el pico encubridor de la señora Michetti, que se expresa en un lenguaje florido, con términos psicológico-sociales, de autoayuda, de evangelismo práctico y de coaching ontológico y aprendizaje transformacional –son sus aportes a la renovación política argentina—, técnicas que gozaron de cierta comprensión de una porción del electorado porteño. En estas mezclas que van desde la austeridad expresiva a la gelatinosa retahíla, aterriza el señor Posse con sus imaginerías y con inoportuno artículo en La Nación el mismo día de su nombramiento, como si la ya mencionada Blavatsky –una atractiva condesa rusa que mató a su marido, oficial del zar, con varios golpes de candelabro— dictara desde el más allá las coincidencias astrales en estos agitados días argentinos.

Posse había probado hace tiempo con Lavagna. Ahora lo hace con Macri. Fue diplomático antes y durante la dictadura. Pero antes de obtener de esos hechos elementos fáciles para una condena, hay que percibir sus dichos recientes, como el de creer que en esos tristes años había sido él también desfavorecido porque le demoraron varios meses el nombramiento como tercer cónsul. Caramba, estas administraciones públicas ineficientes que sospechan aun de lo que es seguro.

Esta opinión es una torpe muestra de insensibilidad ante la historia. Pero no la tiene Posse cuando sus novelas de tesis intentan trazar el ámbito de un reaccionarismo mejor fundado que el que ofrecen los descabezadores de turno. Sensible más que nunca, ahora, a las necesidades de dotar con un programa de acción inmediata contra el Gobierno –ahora, que el doctor Grondona pide paciencia en diálogo con Castells, que está más apresurado para provocar el truncamiento de pescuezos—, Posse encuentra su tribuna inesperada. Viene a hablar claro entre voces disimuladas, viene a decir palabras fuertemente ideologizadas ante un electorado que había votado a los que “hacían por encima de las ideologías”.

Los descabezadores se han llamado a degüello. Algunos de sus compadres de tribuna dicen “no, no comparto”. Sí, seamos institucionales, veamos los plazos, las piruetas necesarias, los tramiteos que hagan falta, buenas zancadillas tramadas en el mejor despacho del Senado. Pero allí están ellos, impacientes, los émulos del fast track, necesitando palabras más meditadas aunque haciendo relucir las afiladas cuchillas en sus manos. ¿Cuántos de ellos hubieran escrito el artículo donde Posse pide represión buceando en la etimología misma de la palabra reprimir? No se lo pidamos a Biolcati o a De Angeli, aunque reconozcamos sinceramente que en este preciso punto erudito han fallado el doctor Grondona y la doctora Carrió, gramáticos expertos en el descabezamiento lento. Los descabezadores rápidos, sin embargo, precisaban alguna voz previa para tocar el carrillón abrupto del fin de época. Es cierto que hay sacerdotes, rabinos y pastores al servicios de esa gesta, orates de la decapitación rápida. Pero se precisaba al fin a un hombre de letras, con algunos premios latinoamericanos a cuestas, traducido a insólitos idiomas –un triunfador–, para que entonara la doctrina secreta del corte de cabezas anunciada en los mataderos del Rosedal.

Posse es un alerta para quienes votaron a Macri pensando en otra cosa. Cumple una tarea develadora, nos dice claramente lo que la vaga abstinencia de los dirigentes de gobierno porteño evitaba decir. Lo sabíamos por la conducta de su protopolicía, por los implícitos contundentes que vagaban, con apariencia indecisa, en el parloteo balbuceante del macrismo, con su apéndice dialoguista salido de incontaminadas sacristías. Pero ahora tiene status novelístico, este libreto lo maneja un hombre con ganas de hablar.

El pueblo de Buenos Aires, la ciudad de Mariano Moreno y Castelli, en vísperas del Bicentenario, no va a permitir estos atropellos. Y el propio votante que los puso en funciones con otras expectativas sabrá interpretar el peligro que corre la ciudad y su historia. No somos descabezadores pero, a la vez, pretendemos conservar nuestra cabeza. No se debe estar con la segadera en las manos, que eso lo intenten ellos; hay que traer para las filas de las grandes tradiciones críticas de la ciudad –nuevamente—, los meditados argumentos de la recuperación, en el plazo correspondiente, de las fuerzas que establezcan un nuevo modo democrático, vital y justo sobre la metrópolis que otrora dio gestas de profundo civismo renovador. Y entonces, las figuras de la gran foto de Marcos López que hoy es gigantografía en el Mercado del Plata tendrá a esos personajes mitológicos de la biblia porteña, regocijados junto a la vida popular capaz de recrearse a sí misma, y de donde ellos, como arquetipos etéreos, también han salido.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-136937-2009-12-13.html

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No hace falta abrir manuales de doctrina, recetar extraños ungüentos, revisar estampas antiguas, contemplar almanaques viejos como le gustaba a Rimbaud o invocar el Qué hacer –impagable título que se pronunciaba “quéacer”, todo junto, sin respirar y con aire solemne–. No, el procedimiento surge solo, y recrudece en épocas de desprecio como las que vivimos. Es la técnica del desmonte de conciencias, más grave que la tala bosques, más grave que estragar glaciares. Estamos ante quienes rinden conciencias enemigas, las llevan al matadero. Y justo ahora, cuando la teoría política se anima a decir que ya no es cuestión de amigo/enemigo. Vemos surgir desde el fondo de la historia el paradigma de la mentalidad agraria con su exhibición de poder desnudo. Hubo alguna vez un humanismo agrario, un bucolismo libertario, un ruralismo democrático. Pero nos tocó a nosotros la época infausta de los señores del campo con sus Instrucciones de Estancia para transfundirlas a toda la sociedad. Tiranuelos de la soja, revisan vidas y las declaran infundadas, impostoras, llevadas de la nariz, capturadas o confusas. Son nuestras vidas. ¿Nos quejamos? ¡Vaya, si así son los grandes momentos de las luchas políticas! Pero para afirmaciones de esa monta a ellos les falta la genialidad del Facundo. Lo suplen con una alegre procacidad, saltando de gozo en sus taburetes mientras, pipones pipones, se arrastran en la arena los Shorthorn y los Aberdeen Angus. “¡Farsantes!”, parecen gritarnos los toros. “¡Sometidos!”, nos berrean las vaquillonas.

Escabrosamente nos han retirado la conciencia. No hay caletre, magín o mollera en nuestro caso. ¿Y protestamos? ¡Para qué! ¿No había anunciado la filosofía que ya no importa lo que llamamos conciencia? ¡Bueno, que venga a decirlo un Foucault! No es que nos guste, se lo discutimos. ¡Pero que nos lo digan Buzzi, Biolcatti, Llambías, los jefes rechonchos del reaccionarismo impúdico! Lo impúdico es una categoría política tan impensada como operante. Anuncian la exoneración total de las valoraciones: de la historia social argentina, de las lenguas políticas que hablamos, de los intentos tales o cuales de pensar con mayor justicia las épocas. ¡Cómo ellos no van a considerar, como rústicos rentistas, que sobra, que está de más, todo lo que emana de un gobierno! Proclaman que van a derribar el último mendrugo de credibilidad que reste. A la parte que apoya a tal gobierno –¿Muchos? ¿Pocos? ¿En retirada? ¿Firmes en la lucha? No sabemos– se los declara, con visión de hacendados de la patología nacional, personas con mente aprisionada y espíritu en bancarrota. No tenemos conciencia. Si no queremos ser subhumanos para siempre, tenemos que disponernos a recibir clases prácticas de indulgencia y liberación. Con misas entre los ganados y las mieses. Profesores, dómines y gurúes les sobran.

Nos dicen: las creencias que mantienen ustedes es urgente cambiarlas por otras. Pues bien: confiscar creencias es técnica de ocupación colonial. Pornógrafos involuntarios, a los nuevos colonizadores se los ve brazos en alto, levantándose de súbito de sus asientos, igual a la foto de cierta junta de comandantes que una vez festejó un gol argentino. Están cantando el Himno Nacional, y por eso es simple explicarnos por qué cuando los demás lo cantamos, descubrimos un nudo en la garganta.

Ahora conmemoran lo que se definiría como una rendición. La victoria corporativa pareció fácil. Ocurre incluso a contramano de las advertencias que los gladiadores rurales reciben de los políticos y los medios de comunicación que los acompañaron. Moderación, les piden, dejen llegar, les reclaman, no aprieten el fierrito a fondo, les advierten. Pero ellos no: ¡somos el último ícono en que debe reflejarse toda la nación! ¡Llegó el crepúsculo de las convicciones, no hay otra libertad de opinión que la que emana de sus himnos y tajadas Hilton! ¡Dentro de poco sus marchas y églogas camperas se entonarán en los andurriales del Segundo Cordón! ¡Qué poco falta para eso!

¿Cuál es el procedimiento que para imaginar estos cálculos ya se ha verificado? Ha desfilado ante nuestros ojos asombrados el impulso de una mayúscula empresa de infamación y agravios. No exige teorías ni acepta tácticas de momento. Va en la corriente que se ha establecido, mayoritariamente, en la sociedad argentina. Es una sociedad cuyo tejido sensible es la suspicacia y el fraseo hormiga de una demolición moral. Se trata de la tecnología de la detracción anónima, de la caza a los hombres dignos que hablan en minoría, de la infamia que viaja como cola de cometa detrás de artículos periodísticos que ofrecen el rostro culpable de quien hay que crucificar. Cuatrocientos, quinientos comentarios enmascarados brotan de inmediato pidiendo cadalso, pena de muerte, exilio o lapidación, todo con cuño digital. Sea debajo de la foto de la Presidenta o del osado que plasmó sus dudas sobre estas nuevas derechas. Sorprende el aluvión de mails anónimos que increíblemente toleran los diarios. Algunos, tradicionales, donde en épocas ya inconcebibles escribieron Lugones, Rubén Darío y José Martí. ¿No ven los periodistas que firman sus artículos, que estas superficies ya son irrisorias frente a los sigilosos albañales que están destinados a excitar? Una red clandestina de maldiciones corre el espíritu colectivo. De triunfar, y un poco ya ha triunfado, no habrá vida pública ni nación, pero tampoco periodismo ni escritura.

Han conseguido imponer actos políticos que equivalen a retirar la catadura humana de miles de hombres y mujeres. Postulan que no tienen conciencia autónoma, que se mueven por estipendio o que nacieron con el virus troyano de la corrupción. ¿Quién empezó con esta demolición del edificio conceptual de la política? Hay nombres de políticos recientes, inquisidores de larga data, maestros de la sospecha y fiscalías vocacionales que se especializan en la carnicería de almas. Callemos sus nombres, de todos modos vastamente conocidos. Son los directores de una conciencia pública que cree vivir en su máxima transparencia. Alegan que los que sobramos no tenemos alma. Faltarán muchos años, según parece, para que nos toque algún Bartolomé de Las Casas que nos vuelva a hacer parecidos a los griegos, a los romanos y a los cultivadores de soja.

Siempre se discute el grado de libertad de la conciencia. La fórmula de “la necesidad en la libertad” propuso variar el enfoque. Puede haber más libertad en un voto que emerge de las difíciles condiciones de lugar, existencia y recursos que el voto a lo largo de la Avenida Rivadavia. Puede haber voto cautivo en Recoleta y profunda autonomía en medio de las barracas. Por lo demás, ya ni sabemos, en este estadio del calentamiento global de las redes autoproductoras de “contenidos”, quién es verdaderamente libre, quién perdió su libertad creyendo que era un consumidor emancipado y quien la obtuvo en medio de una vida de privaciones.

Dicen que quieren rescatar a los compatriotas que cayeron en los corrales del clientelismo, en el cercamiento de los impostores. Dicen que muchos rompieron sus cadenas y que serán redimidos. Por fin los pobres arribaron a la órbita de la acción moral, cansados del sánguche de chorizo como escueta retribución por la asistencia a un mitin, o por efecto de las fiscalías que en vivo y en directo examinan las declaraciones juradas como el sabio Champollion analizó la piedra Roseta.

¡Qué envidia que ellos sepan qué es una conciencia libre! Ni siquiera deben molestarse en decir que son de derecha como Le Pen o de las nuevas ligas patrióticas, como se empalagó en definirse un Manuel Carlés. Son normales, honestos, de vez en cuando resumen en la famosa tríada “Dios, Patria, Hogar” la suma de sus ambiciones, pero siempre hay alguien que los modera o les sugiere que no digan nada de eso en voz alta. No por mera astucia. Sino porque nuevas multitudes ya se aprestan a creer que estaban humilladas y marchan con bombo y bandera a ampararse en los sucedáneos de esos enhiestos valores jerárquicos. Pero para eso ya no hacen falta sacerdotes adustos, lectores de encíclicas o discípulos sacrificiales de Joseph de Maistre. Alcanza con la pedagogía plebeya, tosca y profana de buena parte de los medios de comunicación, la publicidad electoral de cuño épico y las relucientes preocupaciones por la pobreza. Golpe maestro y final a los tontos progresistas: la inversión de los signos. Negaron que hubiera alma porque necesitaban sustraer temas, estilos y palabras.

La discusión con la Mesa de Enlace –tímido nombre para tantas apetitos–- trataba y trata de una discusión sobre cómo se forjan conciencias con todas las implicaciones posibles para el conjunto del lenguaje. Mejor dicho: para el conjunto de los actos y signos de una sociedad. Los bárbaros pueden ser vistos de distinta manera: con una chispa de bondad en una conciencia que no tiene reflexión racional (Sarmiento en el Facundo); como almas en ciernes que hay que reeducar (todo el evangelismo); como poseedores de una seducción aciaga a la que hay que entregarse o escapar (todo el romanticismo, con sus actuales toques bejaminiano-mesiánicos). Esta Mesa ha simplificado las cosas. Parece ir sola caminando –porque la Mesa cree tener alma– al nuevo mercado de las ilusiones reaccionarias: rendir a miles y miles de personas. No precisa de textos e incluso asusta a sus aliados que aún sostienen que hay que escribir, pensar, suscitar eventos en el seno de las culturas heredadas. Ante la enorme gravedad que para el país tienen estos hechos, todavía no se ven respuestas adecuadas. Hay que darlas y sin duda surgirá de los sectores nuevos, lúcidos y responsables de la sociedad. No habrá vida en común si no surge colectivamente el mejor argumento contra los que nos muestran, como si quisieran salvarnos, la bandera de rendición.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-129282-2009-08-02.html

  A CINCUENTA AÑOS DE LA MUERTE DE RAUL SCALABRINI ORTIZ

Intelectual central para entender una época, hizo la autopsia de la economía británica en Argentina, defendió la neutralidad en la guerra, continuó la elaboración de una metafísica de la Patria y su gente. De Forja a su larga continuidad, dos reflexiones sobre un personaje necesario.

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OPINION

Scalabrini manejaba teodolitos y aparatos de mensura. Un remoto temple positivista reinaba en su conciencia literaria. ¿Dónde y cuándo, como si fuera un narcótico salvador, se aloja en su profesión de agrimensor el tema del “hombre colectivo”? Se diría que siempre en Scalabrini convivieron los humores del positivismo paleontológico –herencia paterna– y los arrebatos del escritor sorprendido por el mito, la “creencia como magia de la vida”, cuestión que toma de Macedonio Fernández.

Pudo haber sido un aguafuertista, como Arlt. Algo de eso hay en La manga, sus cuentos de la década del veinte. Pero Raúl Scalabrini Ortiz abandonaría muy pronto su tributo a una literatura influida por aires decadentistas. Allí estaban la angustia de las muchedumbres, la relación de la locura con el genio y las memorias en primera persona de escritores desesperados.

Se equivocaría con él Hernández Arregui cuando festeja el discurso de la economía política crítica que informa la obra de Scalabrini, pero intenta separarlo de lo que llama las “neblinosas concepciones” tomadas de la obra macedoniana. No es así, una cosa está enlazada inseparablemente a la otra. Sin el autor de Papeles de Recienvenido no hay Scalabrini. Ni hay tampoco Borges o Marechal. Y tampoco hay Scalabrini sin el extraño telurismo que obtiene de la obra de Ameghino, apenas trasladándolo del naturalismo evolucionista hacia el cariz vitalista de un encierro moral que un día obtiene su resarcimiento súbito.

Scalabrini tuerce destinos literarios y científicos, de todo se impregna y todo reutiliza bajo su sello original, su revelada arrogancia. Con esas herramientas de desobediencia no solo leyó la historia de una postración nacional, sino que puso las bases para que no se pudiera hablar de imperialismo sin postular un sujeto moral en permanente convulsión. Esas “muchedumbres” que ya estaban en su obra juvenil, que recibe de la literatura social modernista. También presentes en El hombre que está solo y espera, lo que lo acerca aunque sea alusivamente al hombre social que surge de la venerable leyenda de la tierra poseída en común, que habían postulado los populistas rusos en el siglo XIX.

No es que Scalabrini manejara estos materiales de mezcla sin conciencia de lo que hacía, pues su idea del subsuelo es precisamente la de una fragua enterrada que mixtura lo artístico, lo social y la praxis de un mito reparador. Pero acaso sin percibirlo, ese vida subterránea encantada mantenía a la distancia un aire lugoniano en el estilo de su conciencia agónica y en la mención, no ocasional, de un personaje de la épica intelectual de todos los tiempos. Se trataba de un personaje dispuesto a mostrar en todo momento el honor desesperado de sus verdades: el escritor seducido por un arte de inmolación.

Para Scalabrini, el sujeto que garantizaba el sentido profundo de las cosas tenía un rostro compartido entre el jacobinismo de ínfula romántica y la investigación del archivo sigiloso de las fuerzas que generan el vasallaje nacional. Los investiga con la garra de un científico de las ciencias exactas, en la soledad empírica de su laboratorio.

Por otro lado, le importaba el lado agreste y revolucionario del misterioso secretario de la Primera Junta. El era un morenista. En cambio, no le importaba Rosas, a diferencia de tantos otros hombres de su generación y de su credo.

Aquel sujeto scalabriniano –en conmoción– tenía diversas traducciones. Para Jauretche asumía la figura de un payador de filo, contrafilo y punta. Para Hernández Arregui la de un proletario con conciencia nacional. Para Cooke la de un partisano lector de “manuscritos juveniles” un tanto luckacsianos. Pero para Scalabrini era propiamente el intelectual agonístico siempre al borde de ofrecerse en sacrificio público por la causa de una nación. Una causa que podía ir de la nada a la profecía. Este rasgo no lo toma Scalabrini del nacionalismo de alta escuela sino que lo encuentra en su propia concepción sacrificial. En un padecimiento novelado, con el que quería significar la alegoría misma de la desdicha nacional. Se atormenta una conciencia lúcida individual cuando ve sufrir al cuerpo nacional, antiguo tema del lirismo trascendentalista.

Sin embargo, Scalabrini es alegórico donde Lugones, en su suicidio, es resolutivo. Y es historicista con una visión progresista de la historia, allí donde los Irazusta o Ernesto Palacio son explícitos hombres de honor, duelistas declarados, tanto como eufóricamente lo fue Jauretche.

Todo esto ya está insinuado en El hombre que está solo y espera, un escrito absolutamente modernista al que solo la metafísica que absorbe de su maestro Macedonio Fernández le impide el giro carnavalesco que el mismo tema tiene en Brasil en la figura de Macunaíma o de la antropofagia de Oswald de Andrade. En el siempre recordable Hombre de Corrientes y Esmeralda se halla el arquetipo de una redención amorosa y fraternal, tallada en la inocencia de las multitudes argentinas de las que ya se había ocupado el ensayismo nacional de todas las épocas. Pero en Scalabrini se encuentran volcadas a una epopeya melancólica, a una epifanía de la que surgiría un hombre social emancipado, a partir de los planos internos de una naturaleza mítica. Saldría ese hombre del interior de la geografía, de los ríos, la fauna. De las piedras de las ciudades. Así, Scalabrini va recorriendo un camino. Desde lo inanimado del mineral iniciático, hasta al soplo de la vida liberada.

La famosa descripción del 17 de octubre del ‘45 implica una literatura mitológica, creacionista, con elementos tectónicos y políticos a la vez. Por otro lado, presenta de la manera más original posible, con simultáneo envoltorio mítico, social e histórico, el recorrido de un frente nacional obrero-campesino y criollo-inmigratorio. Hermanados, van el “peón de campo”, el “obrero de las hilanderías”, el “rubio inmigratorio”, el “morocho de overol engrasado”. Es la marcha de los mismos funámbulos que aún hoy –en estos mismos días– son interrogados por literaturas que quizá no consiguen alzar vuelo, aunque se presentan en el afán de dar reinicio a otro ciclo de la memoria crítica nacional.

Martínez Estrada había visto lo mismo, esa gran marcha de espectros, pero como primero creyó que debía condenarla para luego ir él mismo, ¡en persona! a salvarla, logró ser un verdadero incomprendido pues quedó tan solo la primera parte del argumento y no la que le seguía y lo justificaba. Injustamente se lo consideró así un antagonista de Jauretche y Scalabrini cuando en realidad era su complemento secreto. Una suerte de no declarado forjista en la Buenos Aires vista como “cabeza de Goliat”.

Scalabrini es hijo de una irrepetible conjunción. Pensó la economía política con las categorías del Lenin del Imperialismo, fase superior del capitalismo, pero lanzó su escritura como si fuera una réplica macedoniana de los papeles de recienvenido. Este era un hombre macedoniano burlesco, pero también un personaje que estaba solo y esperaba. Sólo que su humor patafísico originario es reconvertido por Scalabrini en un estilo grave y dolorido, del que denuncia en tanto humillado, en tanto perseguido. Entonces, Scalabrini no se privó de la justa altanería del profeta en el desierto, aunque a su alrededor crecían los lectores, que al mismo tiempo que se informaban sobre las formas imperiales de dominio, sentían que se operaba un llamado “desde el subsuelo”. Era la voz que intranquilizaba y urgía. Faltan hoy esos llamados.

Halperin Donghi se equivoca al relativizar a Scalabrini por prácticas que llama “demonológicas” en el lugar que debía haber análisis histórico–sociales. Este tema vale la pena debatirlo. Las de Scalabrini no son tanto demonologías como un capítulo esencial de la historia intelectual argentina, solo que definiendo al intelectual no como un ser irónico –-como lo hace de Halperin– sino con un ser intenso, turbado y agonal.

Una de las piezas maestras scalabrinianas, la “Destitución de Aramburu y Rojas”, publicada en la revista frondizista Qué, permite evaluar al paradoja del intelectual crítico. Frente al mismo Perón intenta rectificar los rumbos que juzga equivocados del gobierno surgido de las agitaciones del ‘45, mientras aquellos militares golpistas en su momento recibirían prebendas y medallas. Luego del golpe, es el intelectual que se había declarado disconforme el que saldrá a defender al gobierno derrotado por esos almirantes y generales, los mismos que en su momento habían sido parte del “sistema”. Como intelectual “descarnado” Scalabrini deberá mostrar que no pertenece ni pertenecerá a los dominios del Estado sino a una república utópica de revelaciones intelectuales y catacumbas pasionales. No hace demonología sino vivisección social con datos estadísticos sobre ferrocarriles y petróleo. No hace sociología política sino que se implica en una rara suerte de mesianismo realista, un patriotismo de cuadros estadísticos y democracia radicalizada.

Como nacionalista popular, Scalabrini esgrimió una economía de emancipación; como escritor amante de alegorías, fue poseído por una metafísica vitalista. Esta explosiva fusión es aún un ejemplo para los tiempos que corren. Verdaderos materiales faltantes en una vida nacional embotada que es menester recrear y despertar. Con ellos, Scalabrini sigue ofreciendo su pócima moral. La soledad junto a la esperanza. No las dos cosas separadas, como querrían los apenas ensimismados y los solamente bienhechores. Sino esas dos éticas actuantes en común. La del anacoreta en su cartuja avizora y la del expectante con su manojo de papeles de requerimiento y advertencia. Con ellos se dirige a las multitudes que siempre se hacen presentes, y siempre hacen notar un dolorido rasgo de ausencia.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-125865-2009-05-31.html

  OPINION


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Extraña es la muerte. Como decía Macedonio Fernández, no puede ser pensada, nada sabemos de ella porque ella misma, en acto, no provee experiencia alguna para el que la sufre. La muerte deja en libertad al presente y a la vida en general. Pero es una libertad tan amplia como condicionada, que el muerto no puede torcer aun con sus últimas disposiciones. La muerte de Alfonsín provocó los profundos simbolismos de los cuales el muerto nada sabe, pero es posible imaginar que los deseaba. La muerte deja suelta la imaginación del muerto, sin referencia. Entonces, puede superar a lo que hubiera sido su voluntad.

En el Congreso, el discurso de Sarney, ex presidente de Brasil, fue inflado, con la pompa de quien también es miembro de la Academia Brasileira de Letras, famosa por el cultivo de elaboradas exaltaciones. Sarney también había despedido a Tancredo Neves, presidente electo brasileño que no llegó a asumir. En aquel sepelio, hubo varios muertos entre los asistentes, por los apretujones. Sarney propuso que eran los “ángeles populares” que partían en compañía del insigne fallecido. El orador había encarnado la suave transición entre los regímenes militares y los gobiernos democráticos en Brasil. A ambos perteneció. Lo que dijo ante el féretro de Alfonsín fue quizá lo más interesante de lo escuchado en el Congreso. Debajo del boato contrito, había una consideración sobre la política energética encarada como una dificultad a superar entre ambos países. Sigue siendo un problema entre Brasil y Argentina que apenas ha evolucionado en su tratamiento pero no en su capacidad de sobresalto. Al margen de las luchas electorales argentinas, Sarney pudo mencionar así un elemento de verdad, una cuestión histórica controvertida.

Cobos fue más problemático, pero se notó menos, pues posee un estilo suave y resignado para decir las cosas más desmedidas. Su reflexión profunda es imperceptible pero súbitamente percibimos que captura lo esencial. Se trata de un monograma existencial que denomina “el destino”. Tiene razón. Es su propio estar-ahí. Una condición sólo justificada por los imprevistos encadenamientos de los hechos. A cargo de la presidencia ese día, con el gobierno nacional como gran ausente, recordó indirectamente su voto famoso y explícitamente la paz con Chile, que atribuyó al Papa. Este episodio lo encontraba como conscripto movilizado en la cordillera. Hijo de las formas más oníricas del azar –que de alguna manera es lo contrario a la muerte–, Cobos enlaza su vida con la historia a la manera de un sueño infantil. Con menudos ingredientes, sin moverse, obtiene mucho. El Estado se congela para él en un único momento glorioso. Es la ceremonia desnuda de su mera presencia entendida como extravagante intervención de la providencia en el seno de los reglamentos institucionales. Momento angélico que con las menciones papales intenta sujetar. Es su biblia escueta, con momentáneos granaderos y blasones.

Alfonsín, se sabe, era un laico. Cierta vez subió a un púlpito para responderle al propio púlpito. El obispo que en las escalinatas del Congreso pronunció el Agnus Dei por los difuntos fue prudente. Detalle interesante, señaló algo así como un “laicismo trascendente” en Alfonsín. El ex presidente muerto pertenecía al credo krausista, lo que no solía manifestar muy explícitamente, pero se expresaba en la convicción de que hay cierto misticismo profano en la vida política. El panteón de los muertos en la revolución de 1890 que ahora lo acoge en el cementerio de la Recoleta –allí también están Alem e Yrigoyen– parece apropiado. Pero en el tenor de ciertos discursos, ofrecía el bastante visible espectáculo de una historia cíclica, de un incómodo ritornello. El discurso de Leopoldo Moreau lo acentuó más que el de otros, pero no fue a la zaga del que en el Congreso pronunciaron, figuratio electionis, los senadores Morales y Sanz. Lo cierto es que Raúl Alfonsín se había referido muchas veces a aquella lejana revolución de 1890, justificada por lo que se señalaba del gobierno de Juárez Celman en cuanto a incompetencia y corrupción, y que parecía haber perdido el apoyo de su cuñado, el general Roca.

Los combates cruentos en Plaza Lavalle en aquel año, las dubitaciones del general Campos, el mitrismo presente en la fundación de la Unión Cívica, la sombría disconformidad de Alem con el curso de las acciones, la forja cívico-militar de la sedición, el perdurable origen partisano de la boina blanca, muy a menudo fueron parte de la reflexión de Alfonsín en los primeros tiempos de su gobierno. Quería medir aquellos hechos revolucionarios que veía como una legítima manifestación de la lucha fusil en mano –fundada en motivos republicanos, democráticos, constitucionales–, con las insurgencias armadas de los años ’70. Estas, a las que muy notoriamente había criticado, quedaban muy desfavorecidas frente a las huestes que se situaban en la prehistoria del partido radical.

Hoy, a la luz de una actualidad absolutamente presente en el texto interno de la despedida a Alfonsín, digamos que los cívico-militares del noventa que intentaron derrocar al torpe presidente de la época, tanto serían los progenitores de un recordable espíritu yrigoyeniano como también de las estructura persistente de las asonadas que a la postre –afirmémoslo ahora– tendrían evidentes parecidos con las que Alfonsín condenaba tan justamente, ya bajo la forma de los decididos golpes de Estado contemporáneos. Entonces, para ser justos, que nadie se ofenda, los antecedentes de esos golpes habría que buscarlos antes de la aciaga fecha de 1930.

Volviendo a los discursos en la Recoleta, frente al Panteón del 90, el ex presidente uruguayo Sanguinetti, que tiene todo derecho a contar su interpretación de la historia argentina, debería por eso mismo haber sido más cuidadoso, ecuánime y profundo en sus valoraciones. Periodizar adecuadamente la historia argentina con el concepto de golpe de Estado es una opción que debería ser renovada en los días que corren con otras reflexiones de mayor alcance y hondura. Quizás el presente argentino no las permite, aunque frente al estimable muerto no era necesario hacer notar el inmediatismo que nos atraviesa a todos ni una mirada abstracta de la historia.

David Viñas, cuando joven adolescente, presenció el cortejo de Yrigoyen por la avenida Callao, cubierta por una gran muchedumbre acongojada. El cajón –nos cuenta– iba de un lado a otro de la calle bailando por encima de las cabezas de la gente, como suspendido en bocanadas de angustia colectiva. Más de cuarenta años después, en el mismo Congreso nacional, Ricardo Balbín habría de hacer su recordado discurso frente al ataúd de Perón. Poseído por la severidad de ese gran momento, el líder radical enhebra figuras retóricas poderosamente efectivas y no lo llama nunca por su nombre a Perón. Le dice el muerto, como en un cuento de Borges. En cambio nombra a Yrigoyen, en un espectral gesto de rever la historia bajo una lógica recurrente. Reconciliado ya con un Perón –el muerto– del que quería decir que aún había que hacerle decir una y otra vez que debía volver de las brumas del golpe de 1930 como un joven capitán arrepentido.

La historia ha vuelto en estos días, y la vigorosa figura de Raúl Alfonsín –el muerto– merece ser interrogada por los hombres del presente. Es lo que intentó la oratoria que escuchamos por televisión. Como siempre, frente al drástico hecho de la muerte, los hombres buscan con desesperación las palabras propicias que huyan de las rutinas del género fúnebre. Si no lo logran, las pobres hilachas del presente reclaman sus oscuros derechos.

* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-122671-2009-04-05.html