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  MEDIOS Y COMUNICACION

Para Manuel Barrientos los trabajadores de la comunicación tienen una responsabilidad muy importante y una tarea insustituible en la puesta en marcha de estrategias que permitan superar la fragmentación social que enfrenta la mayoría de los países de la región.

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La realidad latinoamericana brinda un panorama impensado una década atrás. Tras el largo ciclo de luchas y resistencias de los movimientos populares a la oleada neoliberal y la posterior instalación de gobiernos de centroizquierda en la mayoría de los países de la región, el lugar de la política como el espacio privilegiado de articulación de los intereses colectivos para la transformación social hoy vuelve a estar en el centro del espacio público.

Los gobiernos surgidos en los últimos años han logrado avances en la lucha por equilibrar la relación entre poder y política, entre corporaciones y Estado, que se había desbalanceado en los años ’90. Los movimientos y las organizaciones sociales hoy se encuentran frente a los múltiples desafíos que genera esta modificación en el escenario político de la región.

Más allá de la reivindicación conjunta de ciertos derechos y la movilización masiva en apoyo de determinadas políticas públicas, queda claro que aún no se ha logrado construir un espacio de trabajo efectivo que reúna y dote de un sentido de pertenencia colectiva a estas múltiples organizaciones dispersas en el territorio. Y estos modos de participación social se revelan, muchas veces, como realidades segmentadas e incomunicadas entre sí. Muchas veces, organizaciones o cooperativas que se enfrentan a un problema determinado desconocen el camino recorrido y las soluciones operadas por instituciones similares que se encuentran a pocos kilómetros de distancia.

Las explicaciones posibles a las dificultades para estructurar mecanismos de trabajo en red son muchas y palpables, desde los obstáculos temporales por la gran demanda de horas que requiere el trabajo diario en la trinchera hasta la estructuración de las organizaciones de forma radial en relación a los distintos niveles estatales. Pesan, también, elementos más intangibles como la apuesta por no arriesgar egolatrías bien conservadas o el temor a exponer el prestigio ganado en la tarea cotidiana frente al tumultuoso mundo de la política macro.

El problema es que si cada institución o movimiento circunscribe su juego a una lógica territorial acotada se genera un aislamiento que termina privando a las propias organizaciones de una capacidad de incidencia mayor sobre la marcha de las políticas públicas.

Los trabajadores de la comunicación (es decir, quienes buscan generar herramientas para “establecer una comunidad con alguien”) tienen un rol central en la puesta en marcha de estrategias que permitan superar este carácter muchas veces fragmentario y disperso de las acciones instrumentadas por las organizaciones populares.

Muchas veces ciertas discrepancias coyunturales o metodológicas se magnifican y se convierten en “diferencias morales o ideológicas insalvables”. Los comunicadores deben contribuir a que se identifique a las demás organizaciones como parte de un mismo campo popular, identificando las historias de lucha compartida.

Por otro lado, se vuelve urgente la necesidad de que las organizaciones se brinden a sí mismas estructuras flexibles pero permanentes de trabajo conjunto, sin establecer relaciones asimétricas ni burocráticas y a la vez resguardando la identidad particular de cada agrupación. Es decir, generar espacios de encuentro, intercambio, reflexión e investigación que permitan poner en marcha potenciales acciones conjuntas entre las distintas organizaciones.

Los enormes desafíos pendientes en Latinoamérica y el reagrupamiento de las fuerzas de orientación reaccionaria y neoliberal (como evidencian el golpe en Honduras, el intento de desestabilización en Ecuador y la arremetida de las grandes corporaciones en toda la región) obligan a los gobiernos progresistas y a los propios movimientos sociales a instrumentar y consolidar herramientas de participación popular, que son en definitiva la herramienta esencial para la continuidad y la necesaria profundización de las transformaciones iniciadas en las políticas públicas en los últimos años. Las recientes movilizaciones masivas y ciertos fenómenos suscitados en las redes digitales muestran un crecimiento de la necesidad de la sociedad civil por participar en la esfera pública y abren una oportunidad histórica.

* Licenciado en Comunicación UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-158696-2010-12-15.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Manuel Barrientos incursiona en otro aspecto de la comunicación: las estrategias de encerramiento y aislamiento que convocan permanentemente a desconfiar y a evitar la interacción con los semejantes.

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Caminamos por las calles con el ceño fruncido y la mirada atenta, con los sentidos en estado de alerta, ante un peligro desconocido pero siempre acechante. Los espacios de comunicación e interacción hoy parecen ser zonas de frontera, en las que el otro se nos aparece como alguien lejano, de quien debemos desconfiar.

No hay que hablar con extraños. Hay que avanzar y avanzar. Detenerse en el otro implica el riesgo de exponerse a ser asaltado. O, peor aún, de encontrar una mirada que nos devuelva, en esos otros ojos, aquello que no queremos ver y que nos hace temer.

Aislados, los individuos colocan rejas y alarmas con el objetivo de controlar su incertidumbre. Son voluntades atomizadas, portadoras de miedos incomunicados entre sí, cuyo horizonte se disuelve donde terminan sus propiedades.

Estamos regidos bajo una estrategia de encerramiento con dos polos. Prolifera la construcción de condominios y countries, donde las clases medias y altas se amparan de los crecientes “peligros externos”. Al mismo tiempo, con un reclamo de esos mismos sectores que se produce por oleadas, aumenta el número de detenidos en las cárceles.

El sistema penal parece apuntar con claridad a un determinado sector de la población. Según un informe de la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense elaborado en 2005, el 61 por ciento de las personas detenidas en esa provincia tiene entre 18 y 30 años. Y el 67,84 por ciento se encuentra detenido por los delitos de robo, hurto y sus tentativas.

Y, sin embargo, el mutuo encerramiento provoca mayor sensación de inseguridad.

La estigmatización del otro se traslada a la geografía urbana. Hay lugares que –desde la mirada de las clases medias y altas– se declaran no sólo inhabitables sino también decididamente intransitables, en los que es mejor “no meternos”, de los que tenemos que huir.

Las zonas intermedias entre el trabajo y la casa son espacios que hay que recorrer con apuro y ligereza. Los autos se vuelven cada vez más rápidos y los vidrios se tornan cada vez más oscuros. El miedo impulsa la velocidad.

La esfera del mercado también tiende al encierro a través de los shopping center. El poder de policía se refeudaliza: el Estado cede el ejercicio de la vigilancia y el control a los agentes privados contratados por los propietarios de countries y centros comerciales.

Crece la tendencia a refugiarnos en lo uniforme, en lo homogéneo. La educación también sufre la avanzada privatizadora. Los institutos de formación pública pierden espacio como herramienta potencialmente igualadora y los estudiantes se distribuyen en parcelas infranqueables de acuerdo con su poder adquisitivo.

Las nuevas tecnologías contribuyen, muchas veces, al refugio en la mismidad. Mientras transitamos por los espacios públicos, con nuestros celulares nos comunicamos con “los nuestros” y eludimos la mirada de “los otros”.

Ese aislamiento aumenta el desconocimiento de lo que está afuera, de lo que no es igual a nosotros. Y esa incomunicación creciente genera más miedos y actúa como un círculo perverso que –en la medida en que los puentes con lo distinto se desploman– se torna cada vez más frenético, porque tiende a retroalimentarse. Vivimos paralizados por la sospecha permanente, temiendo a algo que no sabemos muy bien qué es.

“Cuidate.” Con esa frase nos despedimos de amigos y familiares. Ya no hay más “buena suerte” o “abrazo o besos a los tuyos” o la promesa de un “nos vemos” como saludo de despedida. Simplemente, “cuidate”.

Los muros, el aislamiento del otro y el encerramiento propio, la opacidad de los vidrios, permite al “nosotros construido” no ver el sometimiento que sufre el extraño. Es necesario estigmatizar al otro, aislarlo y encerrarlo (en villas periféricas o en cárceles), para perpetuar la asimetría y, al mismo tiempo, restaurar la comunidad del “nosotros” en base a esa diferencia con el otro.

Esa desigualdad también genera miedo a que los demás nos perciban como diferentes y nos expulsen como nosotros expulsamos al diferente. Sentirse parte de una comunidad que expulsa y aglutina las identidades, como señala Alicia Entel en su libro La ciudad y los miedos. La solidaridad comunitaria se recupera a través de la elección de un enemigo común. La condena del otro permite sentirse parte de una comunidad: ponerle nombre y rostro a la inseguridad atenúa la angustia.

Tal vez es el momento de preguntarnos qué posibilidades cotidianas generamos para la comunicación con los demás. Es decir, qué estrategias colectivas podemos darnos como sociedad para romper ese círculo perverso que se alimenta del desconocimiento y la incomunicación.

* Licenciado en comunicación UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-143388-2010-04-07.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Manuel Barrientos aporta una visión particular sobre el debate del fútbol y la televisión, recurriendo a Borges y Bioy Casares.

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“Viejo turista de la zona de Núñez y aledaños, no dejé de notar que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River”, comenta Bustos Domecq, el personaje creado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, en “Esse est percipi”, publicado en 1967.

Azorado, el narrador se acerca hacia las oficinas de un viejo amigo, Tulio Savastano, a la sazón presidente del club Abasto Juniors. Dando una chupada postrímera a su bombilla exhausta, Savastano lo introduce en la realidad del fútbol argentino: “No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es una patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del ’37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”.

Con fina ironía e indudable cinismo, los escritores advierten sobre el avance del poder de las cadenas televisivas sobre el fútbol. Cuarenta años después de aquel relato, la comercialización de los derechos de transmisión representan la piedra basal de los ingresos de los clubes y las asociaciones de fútbol. De los 20 clubes más importantes de Europa, sólo el Celtic escocés percibe una suma mayor por la venta de entradas que por los derechos televisivos.

La asociación con las empresas televisivas posibilitó un crecimiento exponencial del volumen de negocios que gira alrededor del fútbol. Los adelantos tecnológicos en la transmisión satelital y la expansión de los canales de cable brindan difusión en directo en todo el mundo. Se consolida un esquema con dos polos: emisión centralizada, recepción privatizada (y abonada vía pay per view).

Manchester United, Real Madrid, Barcelona o Boca Juniors venden camisetas y organizan giras por los rincones más lejanos del planeta. La última final de la Supercopa de Italia entre Lazio (de Roma) e Inter (de Milán) se jugó en el Estadio Olímpico de... Beijing.

Conocidos de forma internacional, el precio de la transferencia de los jugadores llega a tasas astronómicas. La difusión masiva del fútbol atrae más sponsors y potencia la venta de merchandising deportivo.

La lógica de consumo eleva los montos en juego pero, a la vez, empobrece a los clubes. Las empresas televisivas gobiernan e imponen condiciones sobre los contratos. Los clubes reciben menos dinero por los derechos de televisación y cae la venta de entradas. Vacías, las hinchadas son hegemonizadas por las barras bravas.

La transmisión en directo requiere novedad perpetua. El rating no sólo exige resultados a los clubes, también noticias explosivas y escándalos minuto a minuto. Como los políticos y las estrellas de la farándula, los futbolistas se someten a una lógica implacable: hoy ser es ser visto en televisión. “Esse est percipi”. Jugadores con más horas en pantalla que partidos en primera se transforman en astros indispensables.

Técnicos y futbolistas se vuelven recursos disponibles. Y siempre reemplazables. Ante la primera derrota, hay que realizar recambios. Poco valen las glorias vividas en el torneo anterior, todo es presente continuo. Pero sorprender con algo nuevo requiere dinero no presupuestado. En plena temporada deben salir a la caza del jugador del momento. Los futbolistas se acumulan en los planteles y los clubes llegan a pagar el sueldo del técnico actual y de dos o tres anteriores de forma simultánea. Las exigencias obligan a contraer deudas a futuro. Los clubes más chicos, con menos ingresos por derechos televisivos y venta de merchandising, se ven obligados a vender jugadores que sólo son promesas.

Mientras, señalan Borges y Bioy, “el género humano está en casa, repantigado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué más quiere, Domecq? Es la marca gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone”.

Ahora, luego de muchos años, se abre la posibilidad de debatir si otro modelo de fútbol es posible. Tal vez, un fútbol con nuevas y diversas voces, sin restricciones de ingreso ni derechos exclusivos. Un fútbol que no sea sólo un relato espectacular y masivo, sino también un hecho social, cultural y popular. Un fútbol un poco menos ansioso y que pueda darse un horizonte de futuro.

* Licenciado en Comunicación Social, UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-130202-2009-08-19.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

El mundo de la comunicación y de la información está traspasado por desigualdades. En el emitir y en recibir. En la capacidad de producir mensajes y en las condiciones para percibirlos. Dicho de otro modo: la comunicación es un proceso atravesado por asimetrías. Aquí dos enfoques que, desde perspectivas diferentes, dan cuenta y debaten sobre este tema.

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Malas noticias para los jinetes de la inseguridad y los que gruñen a favor de la pena de muerte. Los mejores aliados de los productores de los canales de información en directo no son policías y comisarios sino los servicios meteorológicos. Por la periodicidad irrenunciable con la que proveen información y la centralidad de la fuente, la meteorología representa para los periodistas televisivos un bien tan querido como las efemérides para los productores de los matutinos radiales. Son las valiosas noticias-rellenaespacios, que facilitan la rutina periodística.

Los estudiosos de la comunicación recuerdan que el magnate Ted Turner alardeó, luego de la guerra del Golfo, que con la llegada de las cadenas de información en directo como CNN, la noticia pasó de ser considerada “lo que sucedió” para convertirse en “lo que está sucediendo”. Pues bien, la meteorología no sólo explica lo que sucedió y lo que está ocurriendo “ahora”, sino que también anticipa “lo que va a suceder”. Brinda islas de certeza (aunque muchas veces se equivoque) en un mar de inseguridad.

No es ninguna novedad la relevancia de la meteorología en nuestra vida cotidiana. De acuerdo con el tipo de espectador, los pronósticos meteorológicos brindan un servicio para establecer fechas de siembra, de realización de actividades turísticas o deportivas, para las planificaciones energéticas o simplemente para saber si es necesario o no llevar el paraguas antes de emprender una jornada laboral.

En los tiempos del infoentretenimiento, todas las noticias deben recubrirse de ropajes espectaculares. La información meteorológica, claro, no puede quedar al margen de esta tendencia. Compite minuto a minuto con el sensacionalismo de las noticias policiales y los eventos deportivos. “Urgente”, los canales informan sobre la declaración de “alertas meteorológicas”.

Los mapas contribuyen a la espectacularidad, con frentes de tormenta o vientos huracanados que se acercan al acecho de nuestras vidas. Y nuestras propiedades.

Al igual que los espectáculos deportivos, la meteorología ofrece records que llegan desde distintas partes del país y del mundo. Territorios muchas veces desconocidos se vuelven noticiables por las catástrofes naturales que sufren.

No puede decirse que la cobertura de los medios pretendidamente nacionales presente muchos esfuerzos en pos de una cobertura federal. Cerca del 85 por ciento de los contenidos televisivos nacionales son generados por esos medios capitalinos, que reducen lo que sucede en las “ciudades del interior” a imágenes bucólicas que sólo se ven interrumpidas por escándalos políticos pintorescos, algún desastre natural o episodios policiales con condimentos morbosos.

Sin embargo, ahí está el mapa con los pronósticos meteorológicos que día a día nos permite repasar nociones básicas de la geografía nacional. ¿Qué otro tipo de noticias nos da la posibilidad de recordar de forma diaria y sin la necesidad de sobresaltos que Santa Rosa es la capital de La Pampa, Rawson la de Chubut y Resistencia la de Chaco?

Las precisiones numéricas de los meteorólogos pueden aterrarnos y escandalizarnos. Pero, al mismo tiempo, nos reconfortan. Es que las informaciones meteorológicas tienen un valor agregado sobre las noticias deportivas o culturales. Si con el fútbol o el cine el televidente sueña con transfigurarse en uno de los protagonistas de esas grandes gestas, con la meteorología es el propio hombre de la calle el que se vuelve personaje central de episodios épicos.

Con indudable exactitud científica, la meteorología nos brinda a todos los espectadores un estatuto heroico. En la cotidianidad de nuestras vidas, al volver a casa prendemos el televisor y comprobamos que hemos sobrevivido a temperaturas de 40 grados o a vientos huracanados o a precipitaciones de 30 milímetros cúbicos en un plazo de sólo 17 minutos.

Son estadísticas certeramente numéricas que nos vuelven protagonistas heroicos de un mundo cada vez más oscuramente apocalíptico, como los propios noticieros nos remarcan día a día.

* Licenciado en Comunicación Social, UBA.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-122815-2009-04-08.html