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  OPINION


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Imagen: DyN.

Cuando tenía tres años, mis padres me mandaron a un Kindergarten que, como su nombre lo indica, era alemán. Era hija única y querían que tuviera contacto con otros chicos. Eso por lo menos es lo que me contaron. El ascenso social de la época indicaba colegio privado, pero como no había vacantes en el High School, que era el más coqueto, me inscribieron en el alemán.

Fue una experiencia que marcó mi vida, en el mejor y en el peor de los sentidos. En el mejor, porque estoy segura que de ahí me vino siempre la necesidad de expresarme, escribiendo o dibujando. En el peor, porque me recuerda una parte de la infancia de una incomunicación muy dolorosa.

Pocos de mis compañeros hablaban castellano. Eran nenas y nenes criados en hogares de inmigrantes alemanes que luchaban contra el olvido de su propia lengua. El alemán que se hablaba en esas casas no era siempre alemán del todo: ya se mezclaba con neologismos y argentinismos como en el cocoliche. Debe haber habido cocoliches en todos los idiomas que hablaron los habitantes del Buenos Aires de las primeras décadas del siglo XX.

Las maestras del Kindergarten nos hablaban en alemán. Parecía que no les importaba, que no tenían en cuenta en absoluto que podía haber alumnos, como yo, que no entendían ni una palabra desde que llegaban hasta que se iban a sus casas. Jugábamos en alemán, y todos los días me tocaba hacer la prenda, porque perdía. Es una experiencia horrible no poder traspasar la lengua que a uno lo rodea. Es no poder compartir el mismo mundo con los otros. La lengua nos envía a una dimensión precisa que incluye forma y fondo. Es la manera de entenderse, ponerse de acuerdo en las palabras y en el significado de esas palabras para poder comunicarse con los otros y ser a su vez comprendido.

Esto no tiene que ver con estar de acuerdo en nada. No tiene que ver con coincidir más que en el marco, en el mar en el que se navega o se naufraga. En el colegio, yo nunca sabía si estaba naufragando o navegando, solamente llegaba a percibir que en la clase se estaba hablando sobre algo acuático. A medida que fui aprendiendo un poco, fui uniendo palabra con palabra, por deducción o iluminación. Eran flashes. Ponían más en relieve, todavía, la bruma en la que estaba el resto del tiempo. Cuando uno no habla la misma lengua que otro, puede comunicarse de muchas otras maneras, pero se pierde la comunicación directa y tranquilizadora que nos brinda la lengua. La precisión de la lengua. La buena escritura y la buena política también, creo, están muy vinculadas a la precisión. A lo específico. A la unicidad de lo que se describe, se comprende, se recibe del otro.

Esa especificidad tiene que ver tanto con lo personal como con lo colectivo. Así de específicas fueron, por ejemplo, las máquinas de coser Singer que regalaba Evita. Convirtió esa experiencia de millones de mujeres que por primera vez recibían un regalo del Estado en algo puntual irrepetible de cada una de esas biografías. Hizo que algo íntimamente emocional fuera una experiencia colectiva.

Sobre el Kindergarten todavía falta lo peor. Soy zurda. Me refiero a que escribo con la mano izquierda. Las maestras tenían decidido que eso era un defecto que había que corregir. En las clases de dibujo me ataban la mano izquierda con una soga a la cintura, y tenía que dibujar con la derecha. Tengo presente hasta hoy el árbol tieso y tenebroso que dibujé, mientras miraba entre lágrimas lo frondoso del árbol que dibujaba el nene que estaba a mi lado. Es terrible querer expresarse y no poder. Tener la idea o el impulso de hacer algo y no poder ser capaz de expulsarlo, es decir: de comunicarlo.

Por estas experiencias de frustración y de impotencia pasan diariamente muchos millones de seres, la gran mayoría de la humanidad. Millones y millones de criaturas que viven en los territorios sacrificables. A partir de ahí, de esa foto del World Press que pudieron haber tomado Cartier-Bresson, Salgado o Capra, de ese universo de anónimos sufrientes que nunca se han expresado, porque son una masa indiferenciada y, precisamente, inespecífica, uno puede ir acercando el foco hasta llegar a cualquier ámbito en el que el derecho de expresarse se les reserva a algunos ciudadanos, mientras no se concibe ni se defiende ni se reclama el derecho de expresión de enormes mayorías.

En nuestras sociedades, que han sacralizado la “libertad de expresión” como un icono impenetrable e incuestionable, no llama la atención que sea un sofisma que, es cierto, indica la necesidad democrática innegable de permitir que todas las voces, de todos los signos políticos, orígenes y clases sociales, puedan circulan libremente. Pero cuando se habla de “libertad de expresión”, ¿se alude a eso? ¿De qué estamos hablando exactamente cuando nos referimos a “libertad de expresión”? Si así fuera, si estamos defendiendo el derecho de todos, los ricos y los pobres, los célebres y los anónimos, los influyentes y los desesperados, es un buen momento para analizar, revisitar y debatir la “libertad de expresión”. Por mi parte, la completaría con la palabra “popular”: esa especificación es lo que necesito añadirle para asegurarme de que estoy diciendo lo que quiero: que la “libertad de expresión” es un derecho de todos, de todas, que no es solamente el derecho de los dueños de las empresas periodísticas. Sí de sus columnistas, de sus periodistas, piensen como piensen y digan lo que digan, pero en tanto dueños, ellos mismos, de sus propias firmas y sus propias conciencias. De sus palabras. Si no especificamos también esto, estamos decretando la muerte del periodismo. Y lo de “todos y todas” no es un cliché. Quiere decir que la “libertad de expresión” no puede excluir a nadie, si la respetamos en serio. Y porque la “libertad de expresión” es imposible sin el acceso a la comunicación, sin las condiciones materiales de acceso a la comunicación y a la emisión de mensajes, es porque apoyé fervorosamente la ley de medios y espero que el juez Carbone resuelva pronto sobre la medida cautelar del artículo objetado por Clarín.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-165472-2011-04-03.html


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Por Sandra Russo

El feriado del 24 de marzo, en su momento, fue un tema debatido. No en los términos en los que estamos acostumbrados ahora a discutir las cosas, pero en 2006, cuando Kirchner envió ese proyecto al Congreso, se insinuaba todavía que los feriados eran contraproducentes porque este país necesitaba trabajar. Era absolutamente cierto, pero todavía no era visible, porque el ciclo recién empezaba, que este país iba hacia un modelo en el que los feriados iban a incluir también a trabajadores tomándose unos días y a la industria turística pimpante. En perspectiva, haber convertido este día en feriado fue un verosímil del modelo que se insinuaba pero embrionariamente, y un hito en la batalla cultural que hoy es explícita.

En este primer feriado del 24 sin Néstor Kirchner me vino a la cabeza una conversación que tuve en esos días con un compañero de este diario. Yo había estado de acuerdo con el feriado casi automáticamente, sin razonarlo ni medirlo ni sopesarlo. Aquel compañero, que había estado exiliado, me dijo “a partir de ahora, gobierne quien gobierne, ese día se cuenta la verdad”. Me lo dijo con asombro y casi como una deducción. Era la época en la que muchos militantes de derechos humanos sin vínculos con el peronismo empezaban a admitir que no había diferencia alguna entre las políticas de Estado que habían reclamado siempre y las que Kirchner hacía suyas.

Ese era el sentido del feriado, su inercia fuerte, su textura. Que a partir de entonces, gobernara quien gobernara este país, el feriado indicara un sentido. El sentido era el de las víctimas del genocidio. Para ese entonces, ya no había dos demonios ni guerra sucia ni defensa del ser nacional ni la salvación de la patria de individuos con ideas foráneas que venían a destruir el modo de vida argentino, y todos esos otros eufemismos que nos habían acompañado, como sonido ambiente, desde 1976. La Justicia había hablado de genocidio y eso se sellaba con un feriado y la institución del Día por la Memoria de la Verdad y la Justicia.

El sentido de este feriado fue y es, en consecuencia, anclar en nuestra idiosincrasia un grado de verdad que no fue declamativo ni cosmético, sino que fue acompañado de políticas que elevan los derechos humanos por sobre cualquier discusión ideológica. Sobre ideología se puede discutir todo. Sobre la masacre, sobre los secuestros, sobre las desapariciones, sobre el robo de bebés, sobre los cuerpos tirados al río, sobre los campos clandestinos, sobre esa monstruosa capa de sombra y muerte que implicó el golpe del 24 de marzo de 1976, ya no se puede decir nada. “Ya no tiene vuelta atrás”, dijo hace poco el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti. El feriado recogió evidencia jurídica e histórica, y la puso en contacto con las vidas reales de millones de ciudadanos argentinos: es la Nación la que admite el lamento por aquel día.

Siempre hubo y habrá actos organizados por los organismos de derechos humanos, siempre hubo y habrá plazas para recordar a las víctimas. Pero el feriado institucionalizó ese dolor. De alguna manera, cerró una discusión, marcó un fin de época y le dio carácter al ciclo nuevo. Desde escasos nichos recalcitrantes de la derecha siguen diciendo hasta hoy que este período es el de “la revancha” de los que “perdieron la guerra sucia”. Hemos leído esos argumentos hace muy poco, cuando tanto el gobierno porteño como el arzobispo de La Plata plantearon objeciones ante cuestiones curriculares que hablan del golpe del 24 de marzo.

Dicen que son “gramscianas”, sin aclarar qué de Gramsci está mal. Pero lo que hoy está muy claro es que esas objeciones son evidentemente ideológicas, y lo que dice el feriado va más allá de cualquier ideología. No se debe interrumpir el orden constitucional. No se debe matar. Si nos circunscribimos a esas dos oraciones, ¿quién y por qué motivo puede oponerse? ¿Qué tendencia política u orientación ideológica puede no estar dispuesta a atenerse y a congratularse de que todas las tendencias y orientaciones se atengan a su vez a esas dos reglas? No se debe interrumpir el orden constitucional. No se debe matar. ¿Quién no firma?

Aunque a veces parezca que lo que llamamos batalla cultural se circunscribe a una pulseada coyuntural, se trata de algo mucho más profundo y sedimentario. Se trata de la raíz de nuestras percepciones de la realidad y de nuestras explicaciones sobre el mundo. Así como no hubo nunca dos demonios, y el terrorismo de Estado se elevó solo y terrible a la categoría de las peores pestes que pueden asolar a una sociedad, tampoco hay ahora dos maneras de entender el sentido del feriado. No se debe interrumpir el orden constitucional. No se debe matar. Somos otro país si creemos eso.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/subnotas/164788-52700-2011-03-24.html


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Lo había votado, pero a regañadientes. Se votaba sin esperanza. Ni siquiera uno llamaba traición a las traiciones. Eran más bien tradiciones, parecían como las vueltas de la vida o la humedad. Me acuerdo bien del 2003. Con que se fuera Duhalde estaba bien. Llorábamos a Kosteki y Santillán. Y la lucha cotidiana, desde mi trabajo, era intentar hacer ver a los desocupados como hombres y mujeres que hacían piquetes, no como piqueteros. Era hacer ver en los cartoneros a los desesperados, no a los ladrones potenciales.

Estábamos hechos mierda. Eramos ruinas. No teníamos ni trabajo ni orgullo ni líderes. Es sorprendente cómo consiguió ese poder en las sombras, ese siniestro poder que nadie vota, ese que hoy conocemos, convencernos de que todo era más o menos lo mismo, y que era beige. Es sorprendente el daño que le hizo y le sigue haciendo a este país una generación política que no tiene retorno de la entrega irrestricta de sus convicciones.

Creíamos que era inútil esperar cambios de la política, que la política era ese deporte sin reglas que jugaban y siguen jugando tantos. Y mientras todo era lo mismo, nos iban traicionando uno por uno.

En estos años, Kirchner pasó a ser Néstor, un privilegio del lenguaje y de su cercanía, un premio a esas ideas con las que llegó a la Rosada y que llevó adelante contra toda la adversidad que eligió enfrentar. Néstor fue el primer presidente que gobernó este país defendiendo con los dientes los pilares de lo que él concibió como un proyecto nacional y popular, de génesis peronista pero de alcances más amplios, y fue también el que sabía que había que esculpir lo maravilloso sobre la arcilla mugrienta que éramos.

A Néstor le debemos el regreso triunfante y orgulloso de la política. Y si no lo escribo ahora que se murió, no estoy siendo leal con lo que creo. Néstor fue un regalo de la historia, un sobreviviente de una generación decapitada, un disidente de la lucha armada que guardó en su corazón, no obstante, durante años, los sueños de ellos, que eran los mismos que los suyos, los de su compañera y los de tantos y tantos más.

No por casualidad uno de los pilares de su proyecto era el recambio generacional y la formación de nuevos cuadros. Los que nos sacarán de encima la chatura y la ignorancia que hoy reina en el Congreso serán los nuevos dirigentes, los que hoy aparecen de a racimos en el kirchnerismo, pero es de esperar que surjan también en todas las otras fuerzas, para que alguien recoja el guante de la discusión política a la que Néstor nos invitó, y la pluralidad no sea la excusa, como es usada ahora, para asfixiar una vez más un brote de poder popular.

Desde el día en el que hizo descolgar los cuadros de los asesinos, se hizo evidente que él hacía cosas que nadie antes había hecho, y no porque era imposible, sino porque faltaba estrategia, coraje, confianza, autoridad. Le achacan autoritarismo. A la autoridad de un presidente constitucional le llamaban autoritarismo. Siempre le han llamado como quisieron a todo. Néstor nos ayudó a renombrar nuestro mundo, el del nuevo paradigma, el mundo de nuestros sueños.

Recuerdo ahora una columna que escribí justo antes de aquellas elecciones desesperanzadas del 2003, escrita en el dolor del naufragio y la amargura de comprobar que nuestra sociedad se pliega en nichos de profundo individualismo y mezquindad. Se llamaba “Imagino”, y decía que después de todo lo que uno sueña para su pueblo es una vida que incluya el trabajo, un desayuno con algo calentito y pan con miel, un techo, un cumpleaños, un regalo para el Día del Niño. Decía que ahí, en esa escena privada de cualquier argentino vulnerable, en ese movimiento de regreso a la equidad, estaba el motor de nuestros sueños.

Con Néstor descubrimos que esa escena privada que replica la felicidad de un pueblo depende del líder apropiado, pero también de una correspondencia, un intercambio de lealtad entre ese liderazgo y los sectores que representa. Hoy hay una nueva generación de militantes que se suma a militantes de otras generaciones que nunca habían encontrado una expresión política que hablara por ellos. Su entrega final quizá nos diga la importancia de lo que está en juego.

No tengo más que gratitud hacia el hombre que, como un iluminador en un cine muy oscuro, nos señaló el camino, no para hacer inevitable algún tropiezo, sino para advertirnos que sí, que hay un camino.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-155879-2010-10-29.html

  OPINION


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“Los gobiernos pasan, son un mero episodio, pero la tierra permanece.” Tal el sustrato del discurso del liderazgo opositor más consolidado y visible hasta el momento. El mechón rebelde de Biolcati, que flameaba mientras al anochecer él leía su pieza oratoria y política, colaboraba en la pantalla, tan colocada en el primer plano, para ubicarlo en ese papel. Un papel, según definió, histórico: él, el más poderoso del núcleo duro opositor, viene a ser el heredero de las otras grandes luchas que libró la Sociedad Rural Argentina.

¿Qué luchas libró la Sociedad Rural Argentina? Todas y cada una, contra el pueblo. Todas y cada una, para sí. ¿Cómo llegamos a esta escena, en la que casi todos los dirigentes políticos opositores se arrastran a los pies de la gran corporación? Estaban allí, escuchando los insultos a la política. ¿Qué hacían Duhalde y Chiche escuchando que los pobres son la basura que genera la política para rejuntar votos, esa escoria que si es explotada por alguien, es por la política? Digo que es la clase política que se arrastra a los pies de la corporación, porque para alinearse ahí hace falta tragarse el sapo completo de la antipolítica. Ese sujeto histórico que dice representar Biolcati es el antipolítico por excelencia. Lo único que florece a su alrededor es servilismo y entrega.

Ese sujeto histórico embrionó en los financistas de la Campaña del Desierto. El país del que hablan no tiene pasado: lo fundaron ellos cuando les entregaron las tierras ya liberadas de indios de los que no hace ni falta acordarse, puesto que confirmó ayer, nosotros bajamos de los barcos. El embrión de ese país fue un pacto entre ricos y militares. Fue el Roca militar el primer político que aceptaron. Están acostumbrados a que les hagan esa clase de favores, y a que los pactos con los políticos sean de esa especie: con los políticos jugando para ellos y un territorio inmenso para ser sus dueños.

Los gobiernos pasan, la tierra queda. Ellos creen que son la tierra. Los dueños de las tierras se identifican con su propiedad privada, y es así en todo, claro, ellos son los que han tenido el poder durante casi toda nuestra historia. Todas las luchas populares de estos doscientos años se libraron contra los intereses que representan Biolcati y su Mesa de Enlace. El discurso de ayer lo consagra también para eso: es el que tiene la estancia más larga.

Si la política tiene sentido para millones de argentinos, ciudadanos, militantes, dirigentes, es precisamente para que gente como Biolcati tenga menos poder. Ellos no quieren ser sectores que pugnen con los otros, como en cualquier democracia. Quieren ser lo que han sido siempre, menos en los gobiernos peronistas: los que tutelan que lo mejor para todos, ese abstracto invocado por los políticos, siempre sea lo que les convenga a ellos. No quieren entrar en discusión. Desde el 2008 que se niegan a bajarse del caballo del dueño. No quieren negociar. No saben ser una parte. Siempre han hablado en nombre de la Patria, incluso cuando cobijaron a los asesinos o cuando eran amigos de Menem. Todos pasaron, la tierra queda. La tierra no son ellos, la Patria no son ellos. Tarde o temprano tendrán que darse cuenta.

Y si se preparan para una más de sus grandes luchas, Biolcati será el verdadero comandante. Tiene el carácter, la gula y el impudor que suelen enamorar a la derecha golpista argentina.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-150499-2010-08-01.html

  OPINION


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Durante mucho tiempo, la vida real fue lo que se oponía a la ficción. La vida real era la que vivían las personas, mientras la ficción era lo que actuaban los actores o contaban los escritores. Así, primero el teatro, la literatura, más tarde el cine, y luego el mundo del espectáculo, se ocupó de la ficción, en un abanico tan amplio como para ir de El Mercader de Venecia a Terminator, pasando por Betty la Fea.

La ley de matrimonio igualitario, entre muchas otras cosas, viene a decir que para nosotros, como mayoría representada en el Congreso, la vida real y la ficción se imbrican de otros modos y que este “cambio de paradigma” del que se está hablando significa eso antes que nada: que nuestras nociones de la vida real y la ficción han cambiado, que percibimos la vida real –la nuestra en contacto con las de quienes nos rodean– de una manera mucho más frontal que la que precedió.

Hay una larga tradición filosófica y religiosa que insta a los artistas y políticos a mostrar como “real” aquello a lo que se aspira. Al insistir en que “la familia” es un hombre, una mujer y los hijos que procreen, muchas personas viven dentro de esa tradición: la vida real no les devuelve ese espejo, pero al definir la familia como aquello que debería, según ellos, ser, son fieles a sus ideales. Son efectivamente idealistas. El problema con esos sectores, cuando son religiosos, es que ponen en pugna la ficción con la vida real, y se trata de una ficción que no debe ser interferida nunca para seguir funcionando como tal. Nada impedirá ahora que esas personas sigan viviendo como desean y creen que se debe vivir. Pero para que su ficción funcione, no debe haber vida real a su alrededor. Combaten, entonces, a quienes desmienten su ficción. No hace falta que nadie los ataque: la existencia misma de la vida real es la que pone en peligro su ficción.

El matrimonio igualitario es ley porque una mayoría parlamentaria rara, inesperada, transversal, puso política –cruda vida real, práctica consagrada a administrar vida real– en la ficción que se le oponía. Los conservadores quedaron expuestos en su reacción de-sesperada por defender una construcción cultural montada sobre un hecho biológico como “la familia”. Los progresistas, en cambio, pescados en su faz progresista por esta época, por este “cambio de paradigma”, defendieron la ley en su innegable relación con la vida real. Los hombres, las mujeres y los niños que defiende la ley ya existen. Están presentes en nuestras vidas reales y sabemos que su existencia no pone en peligro nada. Que en todo caso evidencia que la diversidad es uno de los núcleos del nuevo paradigma. Y que la bandera de la diversidad no le pertenece a un partido, ni a una orientación política, sino a un viento que sopla en esta dirección.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-149575-2010-07-16.html


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Describí en este mismo espacio, en noviembre pasado, el barrio de la Tupac Amaru en el Alto Comedero, en las afueras de San Salvador de Jujuy. Venía de hacer el primer viaje para escribir Jallalla. Escribo ahora al regreso del cuarto viaje, que hice con mi hija.

Nos queríamos alejar de Buenos Aires para el Día del Padre. Escapábamos de la Tiranía de la Familia Tipo. Y esta crónica pretende dar cuenta de cosas que suceden sin que se las planifique, sin que se las controle, y sin que nada de lo oscuro de uno interfiera en su curso.

Estaba pensando en un viaje a Jujuy, porque le había prometido a mi hija que la llevaría a conocer el barrio y a Milagro Sala. Lo que describí en aquella contratapa y en el libro a ella la intrigaban, por lo delirante. Las decenas de hileras de casas serigráficas que pudo haber pintado Andy Warhol, con la imagen de Tupac Amaru estampada en cada tanque de agua, el parque temático como el gran espacio público, con sus esculturas de dinosaurios y peques, las piletas de natación descomunales.

Pensaba en ese viaje evasivo del 20 de junio cuando caí en la cuenta de que el 21 era el solsticio de invierno, el Inti Raymi, y que este año la Tupac Amaru celebraba su fiesta del sol inaugurando su réplica del templo de Kalasasaya.

Cada vez que me habían hablado de ese templo yo había evocado las imágenes de Evo Morales en las ceremonias de su asunción. Me venían a la cabeza esas fotos, ya que nunca he ido a Tiawanaku. Quiero decir: pensaba en el Arco del Sol y la Luna. Pero el templo de Kalasasaya contiene al arco entre muchas otras estructuras y esculturas que abarcan dos hectáreas. Murallas, pérgolas, escalinatas en diferentes niveles componen ese templo “de las piedras paradas”. Quizá por esos pensamientos tan acotados me costó creer en lo que veía en la medianoche del domingo pasado.

La Tupac construyó el templo en el mirador del barrio. Lo corona. Cuando llegamos, caía una lluvia muy fina sobre los miles de personas que ya estaban allí. Comenzaba la ceremonia de los primeros minutos del solsticio. El templo de Kalasasaya servía a la cultura tiawanaku como observatorio astronómico. Los primeros rayos del sol de ese día entran desde el Este por el Arco del Sol y la Luna.

Los maestros mayores de obra de la Tupac viajaron a Bolivia a tomar medidas y a estudiar el proyecto, de una medida material y simbólica sobrecogedora. Ahora esa réplica hace enmudecer cuando se la divisa. Sobre todo si es de noche y el templo está muy iluminado en medio de la bruma que envuelve todo alrededor. Las whipalas flamean desde todos los ángulos del templo. A sus pies, hombres, mujeres y niños cantan en la oscuridad que apenas entrecortan las brasas de las parrillas en las que se prepara la comida para todos, y el fuego que es el núcleo de la ceremonia.

En un círculo que rodean muchos otros círculos de personas, entre los otros caciques y cacicas de otros pueblos originarios, está Mamá Quilla, la amauta del Tawantinsuyo, que guía espiritualmente a Milagro. Hacen sus ofrendas. Los sonidos cerrados del quechua se funden con los silbidos del guaraní, con los graves profundos de la lengua mapuche, con la notas dulces de la lengua toba. La pira de madera sobre la que descansan las ofrendas arde en el centro, como el corazón abierto de un cuerpo muy grande, un cuerpo que abarca todo lo vivo en este barrio.

Pasará la noche entera, y la lluvia persistente y siempre muy finita hará que los vecinos se metan en las carpas que armaron al pie del templo. Y cuando todavía esté cerrada esa noche, todos estaremos nuevamente atentos a la nueva ceremonia, que se hará en las escalinatas. Será cuando esté por despuntar el nuevo día, que traerá un nuevo año solar. Será el 5518 en el calendario aymara.

Cuando amanezca, todos miraremos al Este con los brazos extendidos para recibir esa etapa nueva, y le encomendaremos al sol nuestros equilibrios necesarios. Luego nos saludaremos con abrazos y felicitaciones. Y casi sin darnos cuenta cómo, lo que estaba oscuro se hará visible, y aparecerán entre la bruma las hileras de casas, las piletas gigantes, los peques, los dinosaurios, y se verán las caras, los ojos de los otros.

Nosotras dos, fugitivas errantes de la Tiranía de la Familia Tipo, acompañaremos y estaremos acompañadas en un ritual que no nos pertenece pero en el que hemos sido aceptadas. Hemos sido incluidas, como cualquiera que se acerque con respeto. Y el fluir inexplicable de las cosas hará que esta experiencia no borre el dolor de una falta, pero que sí abra un espacio para recibir con las manos abiertas la llegada de un nuevo ciclo de la vida.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-148380-2010-06-27.html

  OPINION


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Las imágenes griegas explotan en las pantallas. El Partenón allí, atrás del humo de los gases, dice algo que no se llega a escuchar. ¿Cuál es el debate sobre el neoliberalismo? ¿Cuál es su soporte? ¿Dónde rebotan las voces que se alzan contra esa escuela económica, política y filosófica que provoca desde hace décadas oleadas de sufrimiento humano? Los grandes medios mundiales no arbitraron ni promovieron ese debate ni aun cuando la crisis les estalló en el ombligo del imperio. El neoliberalismo y su utopía de libertad irrestricta de mercados y finanzas no permitieron que se creara masa crítica contra el neoliberalismo, simplemente porque no saben con qué reemplazarlo. No hay ninguna alternativa de derecha que pueda ofrecerse a cambio.

En 1989, Francis Fukuyama publicaba su biblia, El fin de la historia, un ensayo que concluía así: “Lo que podríamos estar presenciando no es sólo el final de la Guerra Fría, o la culminación de un período específico de la posguerra, sino el fin de la historia como tal; esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalidad de la democracia liberal como forma final de gobierno humano”.

Las cosas pasaron así. Efectivamente, aquella escuela creada por el austríaco Friedrich Hayek se erigió en el Pensamiento Unico, que hegemonizó a democracias y dictaduras de Occidente y Oriente en las últimas décadas. Su ascenso fue precedido del derrumbe del socialismo real, aquellos viejos regímenes burocratizados y deshumanizados que dejaron como saldo multitudes hambrientas de otras opciones políticas. Desde entonces, las alternativas de resistencia al neoliberalismo más vigorosas que han surgido lo han hecho en democracia. Pero se trata de desmontar la trampa que el neoliberalismo se niega a deshacer: se presume asimilado a la democracia, travestido en ella, camuflado en alternancias que aseguren la continuidad del statu quo. A esto le llaman “seguridad jurídica”.

Entre la Argentina de 2001 y la Grecia de 2010 tuvo lugar una crisis estructural con epicentro en Estados Unidos que sigue su curso ahora en Europa, y sin embargo la política económica que originó esas tres desgracias es la que sigue promoviendo la derecha de todas las latitudes, así como el verdadero Poder Ejecutivo de todas esas derechas, que es el FMI. Ahora evalúan “más ayuda” para Grecia. Los grandes medios han naturalizado que a esos préstamos usurarios que desatan desastres se los llame “ayuda”. Como si hubiera que agradecer esa deuda. Como si hubiera que inclinarse como un suplicante que recibe lo que implora.

Cada centavo de “ayuda” a Grecia será abstracto, como lo fueron los miles de millones de “ayuda” que recibimos en los largos años en los que peronistas y radicales elegían a Cavallo como ministro de Economía. Los medios celebraban cuando el FMI aprobaba esa “ayuda”. Eso es pura domesticación. Puro disciplinamiento. Los pueblos escuchaban, como buenas noticias, los presagios de sus futuros dolores. Hablaba de eso por televisión gente muy educada, con posgrados en universidades caras. Gente que sigue cobrando fortunas por conferencias. Dicen que los países deben ser austeros, que hay que achicar el gasto público porque en crisis hay que evitar la demagogia y el populismo, que hay que suprimir todos los controles al mercado porque más tarde goteará.

Grecia era evitable. Si se hubiese llegado al hueso del problema en un debate público que desenmascarara la aberración política y económica del neoliberalismo, la derecha seguiría siendo derecha, pero buscaría otro modo de serlo. Un modo aceptable para los electorados. Pero como nunca perdieron el control de la opinión pública globalizada, no se dedicaron a estudiar su fracaso, y no saben qué hacer.

Grecia demuestra, además, que el enemigo principal del neoliberalismo son los sindicatos. Es la principal red política y social que debe quebrar para imponerse. Eso explica tanto el mapa de nuestros desaparecidos de los ’70 como la noticia fresca que llega de Atenas, llena de humo, de represión y sangre.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/145429-46674-2010-05-10.html

  ADELANTO DEL LIBRO MILAGRO SALA. JALLALLA: LA TUPAC AMARU, UTOPIA EN CONSTRUCCION, DE SANDRA RUSSO

Militante social, organizadora barrial, activista en las zonas marginales de Jujuy, Milagro Sala resulta además una madre increíble, creadora de una notable familia extendida. Un retrato íntimo y una crónica que se presentan este viernes en la Feria del Libro.

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La mesa es una de las más largas en las que me he sentado. Son muchos caballetes alineados en el quincho. Es el primer domingo en mucho tiempo que Milagro pasa con toda su familia. Su familia es tan grande que siempre está presente pero también falta alguien. Milagro crió muchos hijos del corazón, y sigue haciéndolo. Ahora en su casa conviven con ella y con Raúl, su marido, siete chicos de entre ocho y trece años. Son chicos vitales, alegres. Andan nadando en la pileta, estudiando guitarra o flauta, mimando a los perritos que crían, mientras ellos son criados por esta mujer de piel oscura y este hombre de piel muy blanca que son sus padres del corazón. Esos chicos tienen madres que no pueden tenerlos, por diferentes motivos. Pero las visitan y mantienen esos lazos, alentados por Milagro. Ella, en cambio, fue abandonada y adoptada, y se enteró recién a los catorce. Entonces renació Milagro, infinitamente dolorida por la mentira y la verdad, y se perdió en las calles. Después se reencontró y empezó a construir su familia. Su familia hoy es enorme. Es la que llena esta mesa tan larga este domingo de tanto sol. Su familia son estos chicos con los que vive ahora y los otros, ya grandes, con los que ha vivido. Hoy están también sus otros hijos del corazón, los que adoptó cuando tenía veinte y algo. Ellos ya se han casado y tienen sus propias familias. Son doce. También tiene dos hijos biológicos, Sergio y Claudia, que a su vez tienen dos hijos: Catriel y Amaru. Este nieto de Milagro, Amaru, iba a ser otro de sus hijos adoptivos, pero apenas llegó a la casa, recién nacido, Claudia quedó prendada, abismada en su propio instinto maternal, y ahora es la madre de Amaru.

Amaru llegó a sus vidas de una manera muy distinta a los otros. Milagro siempre adoptó chicos grandes, nunca un bebé. Lo de ella, esa predisposición del alma hacia la maternidad, no tiene que ver con engendrar, sino con rescatar. Ya hacía años que se dedicaba a rescatar a excluidos jujeños cuando una vieja amiga de los tiempos en los que vivió en la calle, una prostituta, le dijo que el azar y su trabajo la habían puesto frente a una evidencia: dos hombres habían llegado a Jujuy para matar a Milagro. Hubo denuncia inmediata, y dos detenciones. Nunca se esclareció quién había contratado a los sicarios. Pasaron un par de años y la vieja amiga se acercó para contar que estaba embarazada, y que no podría criar a ese hijo. Le preguntó a Milagro si quería adoptarlo. Milagro le dijo que sí. Así llegó Amaru a la vida de Milagro, y después a la de Claudia. Ahora corretea con Catriel. Tienen casi la misma edad y la gracia de esa edad, esa ternura de los dos años. A Milagro le dicen Lela.

Claudia y Sergio, los hijos biológicos de Milagro, vivieron desde los cinco años junto a muchísimos hermanos salidos de las calles, de los penales, de la droga. Crecieron aprendiendo y aceptando con naturalidad que todos los hermanos son iguales. La igualdad entre hermanos es un principio en Milagro. Un núcleo duro que ahora trasladó a su organización, la Tupac Amaru, y más allá, a la red de Organizaciones Sociales jujeña y a los espacios que comparte con los pueblos originarios. La decisión política de construir todos los consensos y los aires favorables, y unirse o atrincherarse cuando los vientos vienen en contra.

La igualdad entre hermanos es lo que vivió de niña Milagro con su familia adoptiva. A ella no la dejaban entrar a las piletas, por negra, y ninguno de sus hermanos entraba. Era la debilidad de esa familia. Le dieron mucho amor. Todo el dolor que sobrevino luego, cuando supo la verdad, fue tolerado porque en esa familia había igualdad entre hermanos. Eso salva. Eso libera.

En la mesa, a la hora del asado, las ensaladas mixtas se turnan con fuentes llenas de papas hervidas con cáscara. Son momentos en los que la familia recuerda su pasado. Cuando llegaron a su casa los que hoy andan por los treinta, cuando después de las marchas de ATE, en los ‘90, ese grupo de changos desolados por el hambre se iban a la casa de ella, que era una delegada. Cómo las visitas se iban estirando, porque ellos no tenían ganas de irse a sus casas. Todos eran de familias numerosas que no podían alimentarlos ni cuidarlos. Si se iban de la casa de Milagro, no se iban a sus casas sino a la calle.

Por eso Milagro los adoptó. Pero ellos hicieron su parte. Para quedarse, empezaron a competir con la señora que ayudaba a Milagro con la casa dos veces por semana. Ellos, que habían choreado o se habían pegado a la merca, que tenían doce, catorce años, empezaron a limpiar la casa, a hacer arreglos, a mantener todo impecable. Sobraba la señora si estaban ellos. Era también su manera de ganarse su plato de comida. Y el techo y las noches en la cama de Milagro, todos tirados viendo televisión. Limpiar y estudiar, como exigió Milagro, era un buen trato para tener un hogar.

Todos recuerdan y se ríen sentados a lo largo de la mesa. Y los más chicos escuchan atentamente. Hace poco hubo un planteo, porque parece que los chicos no ayudan en la casa. Milagro les ha pedido a los mayores que se ocupen de hablar con los más chicos, para que entiendan que hay que dar cuando uno quiere recibir. El amor es recíproco o no es. De este tipo de amor habla esta historia y este libro: del amor que es recíproco o no es.

Milagro cría chicos desde hace más de veinte años y esos chicos son los que otros no quieren, en algunos casos, o los que no pueden querer, en otros. Así es su familia y su organización. Se verá aquí abierta y sostenida a la Tupac Amaru, hoy la organización social más grande y fuerte del país, como una enorme familia ampliada, apoyando una idea que me sobrevuela desde que fui por primera vez a Jujuy: Milagro construye permanentemente, familia y organización, a partir de ese dar y recibir, dialéctico, montado sobre un amor que es en principio contención y afecto, y que es orden. La gran lucha de Milagro es poner orden en lo desordenado. La discriminación desordena el alma. La opresión, la humillación, también. Milagro intenta todo el tiempo reparar lo roto y crear algo nuevo de eso.

Este es quizás el primer deslizamiento de contenido que uno deberá hacer para acercarse al mundo de Milagro. Una mujer, negra, india, hija adoptiva, chica de la calle, chorra, presa, militante, líder, se transmuta en el acto de transmutar a otros. Se verá muy claramente y desde diferentes perspectivas cómo Milagro ve desorden en la discriminación. O en la injusticia.

A pesar de que este libro sobre Milagro Sala y su organización, la Tupac Amaru, ya estaba acordado con su gente más cercana, cuando fui por primera vez a Jujuy no pude grabar con ella ni un minuto. Milagro estaba en crisis. Las calumnias del senador radical Gerardo Morales, de las que se hicieron eco los grandes medios nacionales, la habían afectado profundamente.

Sobre Milagro me habían hablado mucho, había leído algo, le había hecho una entrevista por radio, pero nunca la había visto en persona hasta hace tres meses, cuando llegué a Jujuy. Para escribir este libro había tenido que maniobrar entre muchas obligaciones laborales, y había viajado con un plan de trabajo para esos primeros cinco días. Ese plan de trabajo fracasó estrepitosamente, porque Milagro estaba herida y sin ganas de hablar. En el segundo viaje seguí corriendo tras ella para lograr que se sentara frente a un grabador, pero lo logré apenitas. A Milagro no le gusta sentarse frente a un periodista y menos frente a un grabador. Su manera de aceptarme fue incluirme en su vida cotidiana, y dejarme presenciar su vida íntima. Pude trazar decenas de coordenadas entre Milagro cuando es madre y esposa, y cuando es la conductora de la Tupac Amaru. Lo público y lo privado, en esta historia, se funden porque pertenecen a un orden kolla. Entre los suyos, sus hijos, su marido, sus nietos, Milagro no es distinta a como es entre los tantos otros que no son los suyos. Cada uno de los setenta mil miembros de la Tupac jujeña son los suyos. Lo son también los otros miles y miles que en todo el país agrandan la organización. De lo social sale esta historia. Es lo social lo que se le opuso en Jujuy hace ya diez años al neoliberalismo que pisó esa provincia marginal, la de índices de pobreza y desocupación más altos en esa década. Fue la organización social, la protesta social y los líderes sociales los que florecieron como síntomas de resistencia. Y quizá Jujuy sea hoy mismo, en este mundo de capitalismo salvaje y global, dopado con la concentración financiera y el martirio planetario que implica la producción a gran escala, un ejemplo, o una advertencia.

Pero todo esto es abstracto y Milagro Sala y la Tupac Amaru son concretos. A Milagro no le gusta andar teorizando mucho. Ella opera en la realidad, incide en la vida cotidiana de las decenas de miles de personas que ahora en todo el país integran la organización. Ella se empeña en las soluciones, se obsesiona con encontrarlas. Cree en un mundo mejor y habla de eso, pero a ese mundo se accede con los actos, inspirados en ideas sencillas pero de mucho peso.

Para encontrar soluciones, la Tupac Amaru tiene muchos recursos, y todos los consiguió con lucha. Porque al principio de todo, hace diez años, lo que había era un grupito de diez personas que después fueron cincuenta y que durante varios meses se juntaron en una piecita del local de ATE en San Salvador. Se juntaban para compartir su desolación. Hasta que Milagro decidió salir a los barrios, y de la nada, cuando no había Estado ni contemplaciones, cuando Carlos Menem todavía era rubio y de ojos celestes para el gran público, la Tupac Amaru comenzó a emerger.

Emergió con Milagro desafiando en los barrios a los pibes más bravos, a los más pesados. Los desafiaba a dejar de ser los giles que choreaban y que caían en cana. Los provocaba con hacer algo de lo que estuvieran orgullosos. Hubo que “hacerles la cabeza”, dice ella. Pero ella, en aquel mundo marginal de una provincia marginal de un país marginal, ya era Milagro y ya tenía un nombre. La conocían entre otras cosas porque había vivido en la calle y había estado presa, pero también porque estando sola y con dos hijos propios había adoptado a una docena de pibes de la calle. La conocían también porque la veían encabezar las marchas, tragarse los gases, liderar las tomas. Y era desde esa fortaleza y ese coraje que Milagro recorría los barrios proponiéndoles a los pibes más pesados que dieran de comer a los niños. Que dieran ese ejemplo.

Un hombre hoy todavía muy joven y con un cargo crucial en la organización, Finanzas de las Cooperativas, evoca esos tiempos. “Yo choreaba. Y me empezaron a decir en el barrio: vamos a ATE, vamos a ATE. A qué íbamos a ir, les decía yo. Uno de ellos ya la conocía a la Milagro. Fuimos y nos dijeron que podíamos compartir un bolsón de mercadería o un plan pero si hacíamos una copa de leche. Yo no entendía. Pero lo hicimos. Lo fui entendiendo mientras lo hacía. Construimos un horno de barro en el barrio. Al principio los padres de los chicos no querían saber nada. Qué merienda, vino les van dar ustedes, nos decían. Pero hicimos el horno de barro, y lo vieron. Y de a poco vinieron con sus hijos. Y eso cambió nuestro lugar en el barrio. Y nos cambió a nosotros. Nunca habíamos hecho nada como eso. Pero eso era lo que queríamos hacer.”

Las denuncias irracionales del senador Morales –que Milagro manejaba el narcotráfico, que les pegaba a las mujeres, que armaba a su gente, etc.– terminaron siendo un boomerang de rara especie en el país. Queriendo ensuciarla, Morales la visibilizó. La Tupac Amaru ya venía construyendo casas y redes sociales hacía una década, en silencio. Era acaso un secreto muy guardado. Su existencia y su esencia, así como la de su líder, no trascendían a nivel nacional. Los grandes medios, después de las denuncias, mandaron sus enviados a ver si con la Tupac Amaru podían ensuciar en una doble dirección: hacia el gobierno nacional y hacia los movimientos sociales.

Escribo en un bicentenario que la Tupac Amaru, igual que otras organizaciones comunitarias y sociales, vienen a interpelar frontalmente. Su esencia indígena, aymara, la define en un país que eligió, en los ’80 del siglo diecinueve, mirarse en un espejo blanco y erigirse en el oasis racial europeo de América latina, según el discurso dominante.

En el NOA, en la región más pobre, en la provincia más marginal, en la que más latigazos recibió en los ’90, emergió un liderazgo femenino y aymara. De ese liderazgo y de diez años de trabajo sostenido, sale hoy una organización descomunal, de una espiritualidad muy andina y muy fuerte, que se extiende a quince provincias argentinas. Jujuy es el lugar de referencia para un tipo de organización social de lógica muy simple y de alta disciplina. Ya veremos que nadie puede integrarse a la Tupac sin haber ofrecido su iniciación, que es armar, con los recursos que él mismo sea capaz de generar, una copa de leche. Dar de comer es el primer acto de pertenencia a una organización que une en su cosmovisión lo femenino y lo masculino. Dar de comer aquí no es un acto femenino, sino humano, femenino y masculino al mismo tiempo.

Resolverle el
problema al abuelito

Llegamos a la sede, nos bajamos del auto, cruzamos la avenida Alvear, estamos por entrar. Hay mucha gente en la puerta. Milagro saluda. Intenta pasar rápido pero un anciano la detiene. Es un hombre grande, de más de setenta años, vestido muy prolijamente. Es de esos hombres mayores de origen indígena que tienen mucho pelo negro y pocas canas. Tiene una receta en la mano.

En la sede central funciona un centro de salud. Allí está el tomógrafo que fue el segundo de la provincia y allí los hospitales provinciales le derivan pacientes a la Tupac Amaru. Allí también, como en el centro de salud del barrio, hay una farmacia a la que van los pacientes con las recetas extendidas por los médicos. La instrucción precisa es que cada paciente salga de allí con diagnóstico y medicación. “¿Qué hace alguien enfermo solamente con el diagnóstico? Lo que sirve es que tenga diagnóstico y tratamiento”, dirá dentro de un instante. El hombre mayor ahora le habla al oído. Ella reacciona con furia.

–¿Cómo puede ser que el abuelito esté hace veinte días esperando un remedio? ¿Cómo es posible que eso pase acá? –grita en la calle y sigue: Vamos a la farmacia, abuelito, tenemos que solucionar esto. Usted venga.

No usa el ascensor. Está tan enojada que sube a zancadas las escaleras. Somos varios los que la seguimos. Llega y pregunta quién atendió al abuelito. Se escucha sólo su voz, grave y cerrada; no se escucha lo que le contestan.

–A ver, Marcela. Nosotros somos Tupac Amaru, ¿sí? No somos un hospital público. No nos gusta la burocracia. No hacemos esperar a la gente enferma por cuestiones de papelerío. Acá resolvemos los problemas. La gente se va de acá con el medicamento que necesita. Si no lo tenemos lo mandamos a comprar. Acá veo la receta del abuelito. Es receta de la Tupac. Es nuestra. Si fuera de médico particular, quizá la persona se pueda comprar el remedio. Si es de la Tupac o si es de otra obra social, se lo damos. En el momento. No es difícil de entender. En el momento. Hace veinte días que el abuelito está esperando ese remedio. ¿Quién se hace cargo de estos veinte días que el abuelito pasó con dolor en los intestinos? A ver, llamen a los demás. Quiero ver todas las recetas que tienen pendientes y quiero saber por qué están pendientes de entrega. Espero que no haya ninguna otra de la Tupac.

Milagro le acaricia el brazo al abuelito, le dice que se siente unos minutos que ya van a venir a traerle su remedio. Después lo busca a Raúl con los ojos, y yo me anoto para seguir hasta el piso de arriba, donde está su oficina. Pero una mujer de edad mediana, alta, blanca y de pelo largo entrecano, agita un papel y se muestra, desde la planta baja, dispuesta a tirarse encima de Milagro. Es de una localidad cercana y no pertenece a la Tupac. Pero el pueblo tiene problemas con el agua corriente y con su propia cooperativa. La mujer está allí para ver si la Tupac puede hacerse cargo del problema, es decir, hacerse cargo del agua en ese pueblo. Milagro le explica en las escaleras, que subimos en tropilla unas diez personas:

–Pero nosotros no tenemos cooperativas de agua.

–Pero nos quieren hacer pagar cincuenta pesos a cada vecino. La cooperativa nuestra nos falló. No queremos pagar eso, es injusto.

–Pero no entiendo qué querés que hagamos, mamita. No tenemos cooperativas de agua –sigue Milagro.

–Pero algo deben poder hacer, seguro –replica la mujer.

Llegamos, por fin, al tercer piso, con Milagro y Raúl, a la oficina. Raúl y yo nos sentamos en los sillones de un cuerpo. Milagro, en el sillón más grande. En el segundo día del segundo viaje, saco mi grabador. Lo apago enseguida. La puerta se abrió y entró la mujer, con el papel en la mano.

–Milagro, disculpe, pero yo decidí venir a verla porque ya no sabemos que hacer. Me están esperando en el pueblo y tengo que llevar una respuesta –dice y se planta.

Milagro se frota la cara. Le hace una seña para que la mujer la deje ver el papel. No entiende lo que dice el papel. Marca en su celular y habla con alguien de la Municipalidad. Pregunta qué problema hay con el agua en la localidad de la que viene la mujer. La mujer está parada al lado. Sigue un rato de conversación triangulada entre la voz en el teléfono, Milagro y la mujer. Raúl y yo miramos. El me dice por lo bajo: “Siempre es así. Por eso Milagro te decía de ir a otro lado”.

La mujer finalmente acepta venir más tarde, aunque ya está más tranquila. La llamada que hizo Milagro probablemente les allane las cosas. Si en la Municipalidad saben que Milagro está pendiente del tema, serán más cuidadosos. Se va y después de más de una hora de haber llegado a la sede, quedamos solos.

–¿A veces te desborda todo esto? –le pregunto yo, desbordada.

–Sí, porque a veces uno quiere controlar todas las cosas y no puede. Viste el tema del medicamento del abuelito. La política nuestra es solucionar las cosas en el momento. Por que por ahí uno a veces critica a los hospitales públicos porque no te dan el medicamento y te lo mandan a comprar. Para qué va uno a hacerse curar de determinada enfermedad si el medicamento no está en el momento. Viste ahí en el pasillo, siempre hay compañeros que tienen urgencias. No sólo de salud. Buscan la solución acá adentro. Acá se acostumbra a dar soluciones. Es la política nuestra. Pero siempre no se puede. Hay momentos en los que vos decís puedo, pero no llego a tanto, no puedo tanto. A mí me gustaría tener solución para todo. Yo quisiera que todos se fueran contentos de acá. Los políticos no dan soluciones y la gente se entra a aferrar a los compañeros. Digo gente porque no todos acá son compañeros de la Tupac. Nosotros estamos todo el tiempo ocupándonos de temas de salud, de agua, de tierras, y no sólo de compañeros de la Tupac. Estas recetas que me traen son algunas de los médicos de la Tupac, pero otras son de otras obras sociales, o de médicos privados. Acá se pueden atender todos. ¿No escuchaste a la señora que me habló ahí abajo, la madre del pibito que agarró la policía el día de Reyes? Lo acusan de drogadicto y le quieren cortar el pelo. No es la de Tupac, pero vino a contármelo para que me ocupe. ¿Qué le voy a decir? ¿Hágase de la Tupac y después me ocupo? Hay cosas que son urgentes, atropellos, y uno tiene que atenderlos.

–Vienen acá a buscar soluciones y vos no querés desatenderlos.

–Exacto, y uno se siente obligado... no obligado, no es obligado, yo me siento presionada. Yo quiero dar soluciones, pero no puedo siempre. Esta señora en el pasillo me dice que a su pibito la policía le ha dicho negro de mierda, y que le quiere cortar el pelo. A nosotros nos importa la discriminación. Hay mucha discriminación. Nuestra lucha es contra la discriminación. Entonces no la podemos dejar de escuchar a esa señora. Lo que podemos hacer es poner un abogado que la escuche. Esa gente nunca tiene abogados. Bueno, es lo que podemos hacer.

–Finalmente, atrás de casi todos los problemas lo que hay es discriminación, ¿no?

–Es muy profunda. Son siglos. Hay sectores políticos que dicen que quieren la paz social, que están en contra de la violencia. Bueno, ¿y la discriminación? Que atropellen a la gente porque es pobre o es negra no es querer la paz social. Nosotros hemos plantado bandera. Donde haya una bandera de la Tupac no va a haber atropello. Al contrario: lo que nosotros queremos es reivindicar a los compañeros con salud, educación y trabajo. Esa es la base. Eso dicen las paredes del barrio y de esta ciudad, y de muchas ciudades de este país. Salud, educación y trabajo. Eso sí contribuye a la pacificación social. Una vivienda digna para todos, y que el compañero que por ahí ha nacido en un lugar muy pobre vuelva a recuperar su autoestima. Eso queremos.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-144568-2010-04-25.html

  OPINION


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La autoconvocatoria del 678 Facebook del viernes pasado se prestó a muchas lecturas, aunque todavía no se hicieron tantas, dada la poca visibilidad mediática que tuvo. Una de las lecturas posibles es precisamente ésa: cómo un suceso invisibilizado por los grandes medios puede, no obstante, gravitar de otros modos novedosos en la circulación de mensajes de esta sociedad tan alterada.

Desde el viernes de la semana pasada a este viernes, más de 20.000 personas se sumaron al Facebook de 678. Hay inercia y ánimo suficiente como para llegar a los 100.000 antes del miércoles 24, cuando se autoconvocarán nuevamente, esta vez en apoyo a las Madres y Abuelas.

¿Qué vienen a decir esos hombres y mujeres de todas las edades y todo el país que mantienen activa esa red social las veinticuatro horas? ¿Qué se vislumbra allí, en esa sucesión interminable de mensajes de personas con acceso a Internet en casas y en cibers de ciudades y pueblos, qué dicen esos mensajes que entran uno tras otro, sin parar, llenando una página entera en menos de cinco minutos? ¿Qué los llevó primero a hacerse fans de un programa de televisión, que eso sería lo de menos, y después a pensar, como dijo un hombre en la marcha, “cómo pasamos de lo virtual a los átomos”?

El título de la sección del programa que dio origen al multitudinario grupo de Facebook se llama “Eliminando al intermediario”. En principio, puede leerse con claridad que ese colectivo que pobló la Plaza salteó, para constituirse en tal, a los “intermediarios” oficiales en materia informativa, que son los grandes medios. Contrariamente a las definiciones más divulgadas y pueriles en torno de “oposición” y “oficialismo” que circulan precisamente en esos medios monopólicos, en materia discursiva el “oficial” es el discurso hegemónico, y así ha sido siempre. La disrupción que produjo la pelea Gobierno-monopolios convirtió al discurso “oficial” mediático en “opositor” político. Que los grandes medios y la oposición aparecen como partes de un mismo gesto hoy en la Argentina lo prueban los miembros del grupo de Facebook: se plantan a la vez opositores contra los grandes medios y contra la oposición política.

La expresión “la mierda oficialista”, creada por Carlos Barragán en el contexto del programa 678, sintetiza esa voltereta discursiva: recoge el guante de mierda que le llueve como adjetivación permanente al Gobierno desde los grandes medios, y completa con “oficialista” su provocación: es la reivindicación de una identidad que excede lo político. Una remera para mujeres creada por alguien cuyo nick es Rita Pavone reza: “Todas somos yeguas”. No se trata apenas de la defensa de la Presidenta que ellas han votado, sino de los atributos femeninos que ella representa y que han sido defenestrados desde su asunción por otras mujeres, con la ayudita de decenas de artículos sobre la doble capa de rimmel, las uñas demasiado largas o el bótox. De la misma manera, la palabra “crispación”, con la que los grandes medios aturden atribuyéndole al Gobierno malos modales, fue dada vuelta y resignificada con el mismo tono en las banderas que proliferaban en la plaza: “Cris Pasión”.

Antes de la acción concreta que los llevó a ser miembros del grupo, antes de “registrarse” como “fans”, todos ellos ya habían salteado al intermediario, cada uno desde su propia subjetividad, para poder sostener un punto de vista político mal visto, mal enunciado, atacado hasta lo risible en los últimos tiempos.

Eso marca a su vez el techo de los grandes medios para manipular a la opinión pública: expresa un “hasta acá”, en torno de sectores de una amplia clase media con pensamiento crítico hacia la información que consume. El poder de los grandes medios no es todopoderoso ni impune, aunque primen los mecanismos de aserción y repetición en mucha gente que toma para sí y como propio el discurso mediático. Ahora, sobre todo desde el viernes pasado, los grandes medios saben que hay miles y miles de testigos de sus deformaciones, exageraciones, inexactitudes y falacias.

El monopolio no cubrió la marcha el viernes pasado, pero en el blog TNylagente el video más visto fue uno que subió un manifestante. Esto no tiene exactamente que ver con “defender a un gobierno”, aunque lógicamente los sectores más sensibles a las deformaciones mediáticas de la realidad son quienes apoyan el modelo económico y social que lleva adelante Cristina Fernández. Sería una torpeza leer solamente ese apoyo, cuando ese apoyo es potenciado y concretado junto con la conciencia de ser diariamente estafados en lo que genéricamente se denomina “información”.

En el grupo de Facebook, los miembros eliminan hasta al intermediario que les dio origen. No es un grupo celebratorio de un programa de televisión como los hay de otros, ya que si bien hay comentarios favorables a 6 7 8 y el programa actúa como vertebrador del grupo, los temas de discusión son otros. El tema sobre el que más giran los mensajes del 678 Facebook no es ese programa, sino las mentiras y las opiniones disfrazadas de “neutralidad informativa” que cada uno encuentra en su provincia, en su ciudad, o en su pueblo. El tema central del grupo es la falacia de la información monopólica.

Esta sociedad está efectivamente alterada en lo que a información se refiere. Gracias a fallos de jueces mendocinos y salteños que ampararon a los monopolios –en Mendoza, por la misma jueza que ya había fallado en contra de Canal 7 y a favor de Daniel Vila–, la aplicación de la ley de medios está suspendida. Mientras tanto, queda suspendido también el acceso a la información por parte de la ciudadanía, rehén de los monopolios, cuyo tratamiento tendencioso puede constatar diariamente cualquier persona, incluso siendo juez. ¿Los jueces no son acaso lectores, oyentes, televidentes? Las pruebas nunca estuvieron tan a la vista.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-142385-2010-03-20.html


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Decía la prestigiosa socióloga Norma Giarracca, en una nota publicada el martes pasado en este diario en respuesta a una nota mía, “Lo destituyente”, que le costaba debatir con alguien que, presume, tiene sus mismas buenas intenciones. Se agradece el respeto, que es recíproco, pero también se aprovecha la ocasión. Es un buen momento para debatir entre quienes no queremos comernos los ojos. Finalmente, ésos son los debates que sirven, los intelectualmente honestos, ya que hay demasiado falso debate alrededor, demasiada cáscara de banana que encubre dinamita y no banana. Hay demasiadas poses periodísticas que encubren operaciones políticas, y hay algo que me angustia y sé que angustia a millones: estamos viviendo un altísimo grado de inseguridad informativa. Los medios concentrados están dando una batalla sucia, y del periodismo queda el decorado. Estamos siendo operados continuamente, ahogados en un clima de desánimo que todo argentino con memoria reconoce. Es el que montan para preceder la “defensa de las instituciones” acabando con ellas.

Yo planteaba en esa nota un tema que en cierto modo es tabú en el progresismo, y vuelvo a eso: hay un sector de centroizquierda, al que no le sustraigo ni un milímetro de su buena fe, que hace una lectura del kirchnerismo que es la que me parece oportuno cuestionar, en un ir más allá de los clichés y los slogans, pero también en la afirmación de otras lecturas que, en mi caso, no provienen de la estructura partidaria ni, desde luego, del interés económico.

Hace más de treinta años que trabajo en medios y a lo largo de esos años defendí siempre las mismas banderas. No son muy distintas de las que defiende Norma Giarracca en su artículo. Los derechos humanos, la equidad social, los derechos de los pueblos originarios, la soberanía medioambiental. Si me pongo a pensar si el kirchnerismo implica una victoria sobre cada uno de esos aspectos, creo que en algunos sí, inequívocamente, como los derechos humanos, y en otros no. Al kirchnerismo no le atribuyo victorias, sino más bien ánimo de pelea. Desde que yo me acuerdo, en lo que viví y no en lo que soñé, éste es el período con más ánimo de pelea justa que recuerde. Lo digo, lo afirmo, lo firmo. No me quiero arrepentir de no haberlo hecho.

Y si me pregunto si el kirchnerismo puede asimilarse con un gobierno de índole neoliberal, como afirma Giarracca y les he escuchado sostener también a dirigentes de ese sector de centroizquierda, me contesto que no, que de ninguna manera, que el perfil económico que leo no tiene nada que ver con el ajuste neoliberal con el que sí amenaza una derecha vigorosa que demoniza a este gobierno, con los medios concentrados de su lado. Esos medios se complacen ahora en hacerles notas a los dirigentes de ese centroizquierda para que completen la demonización de “lo K” por el otro lado. Para acorralar. Si ganan, esos dirigentes, ese discurso tan límpido que ahora propugna no pagar la deuda se esfumará de las pantallas, como se han esfumado uno por uno los intelectuales y los dirigentes que no llegan a los medios con su correspondiente y obligada dosis de antikirchnerismo.

Yo no creo que defendiendo la democracia y, en consecuencia, defendiendo la gobernabilidad ahora se defienda al neoliberalismo, contra el que llevo años escribiendo, gritando, marchando y militando. Es más: finalmente, en este contexto latinoamericano, entiendo al periodismo esencialmente como una herramienta de militancia antineoliberal, y por eso esta respuesta. Porque de la nota de Norma Giarracca queda colgando la posibilidad de que quienes defendemos otras posturas que no demonizan “lo K”lo que estemos haciendo sea precisamente eso. O somos cínicos o somos idiotas. Y ni una cosa, ni la otra.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/139437-45041-2010-02-02.html


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Ya hacía unos años que a la Argentina había vuelto la democracia, y apenas un par que este diario existía. Me tocó en suerte una cobertura inolvidable: ir a Chile a cubrir las elecciones con las que Augusto Pinochet se despedía. No se despedía del todo, porque había hecho una Constitución a su medida y quedaba como senador vitalicio. Pero aquel Chile fue una fiesta. En el acto de cierre de la Concertación, en el que hablaba Patricio Aylwin, quien sería el presidente electo, miles y miles de personas se apiñaban haciendo flamear sus banderas. Esas y otras banderas habían estado guardadas durante los años de dictadura. Chile, esas dos sílabas, ese nombre comprimido y rítmico, significaba entonces muchas cosas. Sobre todo significaba todavía Salvador Allende, significaba el Estadio Nacional, en consecuencia significaba Víctor Jara. Chile era llorar por los ausentes, y se lloraba de pena y de alegría al mismo tiempo esos días.

Las democracias latinoamericanas fueron llegando como pudieron. Fueron oportunidades arrancadas al enorme y monstruoso ballet de una generación más de militares que se aceptaron a sí mismos como el brazo armado de un orden de cosas que quisieron instaurar como el orden natural de las cosas. En cada país hubo pequeños grupos de civiles que buscaron y obtuvieron su propia representación en las fuerzas armadas. Tenemos esa clase de burguesías. Bananeras. La chilena, aunque camuflada en la circunspección idiosincrática y el recato religioso, fue tan bananera como la que más. Por bananera entiendo haber rifado sin titubeos una de las democracias más sólidas del continente para sacarse de encima, con estado de sitio, asesinatos y encarcelamiento de opositores, a un gobierno legítimo que estaba orientado hacia los débiles.

Ese sigue siendo nuestro problema en la región. Cómo pueden sostenerse los gobiernos que no se inclinen en el gesto de aceptación acrítica a lo que les exijan los países más poderosos.

Chile en aquel tiempo también significaba Ariel Dorfman y Armand Mattelart, y su Para leer al Pato Donald. Aquellas generaciones de latinoamericanos estaban descubriendo algunos mecanismos de colonización mental, algunos ardides a través de los cuales nuestros pueblos seguían viendo bello al rubio y feo al negro, confiable al blanco y ladino al indio. La aparatología cultural, puro artificio de comunicación de masas, no tenía todavía oponente. No había Ciencias de la Comunicación ni teorías que nos explicaran por qué y cómo la gente votaba contra sí misma, en una ensoñación programada para vulnerar hasta lo indecible a las mayorías.

Teníamos bases de ciudadanía extremadamente acotadas y selectivas. Se daba por bueno lo extranjero y malo lo nacional, como en esa propaganda de la silla que describió hace poco la Presidenta y que muchos hemos vuelto a ver con ojos azorados. Un hombre que se sienta en una silla hecha en la Argentina, y se cae porque la silla está mal hecha, no resiste su peso. Se exhibían entonces muchas otras sillas importadas, en las que cualquiera podía sentarse con confianza.

Lo ingenuo, lo falaz, lo antipatriótico y lo antipolítico de esa propaganda hoy la haría imposible. Sobre todo porque nos hemos sentado en infinidad de sillas importadas que se cayeron, y porque hasta el más desentendido entenderá al menos como un problema la desocupación de los trabajadores que hacen sillas y la quiebra de las fábricas de sillas. Pero en aquella época, en aquella edad del pavo mental que vivimos como continente y que terminó con los peores crímenes que puedan imaginarse, los ciudadanos eran niños leyendo al Pato Donald. Con fuerzas armadas instruyéndose en la Escuela de las Américas. Con burguesías y oligarquías aliadas en la saña que siempre pretendió ser moral o ideológica y siempre mintió, porque era económica. Algunos pocos generaron o preservaron negocios gracias a convencer a muchos de que había un estado de cosas que era el orden natural de las cosas.

Nunca nada tuvo por qué ser como fue. Lo que pasó fue la historia, con sus móviles, sus protagonistas, sus responsables, sus ganadores, sus firmantes. Tanto dolor, tanta muerte, tanto exilio, anidó en la parte más soez de miles de personas que, con el cuello apenas un poco afuera del agua, quieren hundirle la cabeza al de al lado. Hace unos días un hombre más bien pobre, que criticaba furiosamente al gobierno argentino, gritaba que él se había esforzado por pagar su jubilación y que ahora resulta que más de dos millones de vagos que no aportaron gozarán de su mismo beneficio. Eso es lo que han hecho con la idea del Estado: subvertirla tanto, que ya esa gente no entiende por Estado algo en común, sino la amenaza del reparto. No hay ningún pensamiento más funcional a esos pocos que manipulan a tantos, que ése: que la equidad es una amenaza.

Estos días en los grandes medios escuché a unos cuantos comunicadores machacar con el ejemplo chileno. Se referían a que Michelle Bachelet fue a saludar personalmente al presidente electo, el empresario Piñera. Vienen dando el ejemplo chileno porque Chile ya significa otras cosas. Significa beige, no rojo. Lo rojo se apiña en Bolivia, que ninguno de ellos da nunca como ejemplo de nada, a pesar de que es el país de la región cuya economía creció más el último año, y cuyos logros sociales van mucho más allá de lo aceptable para el statu quo. En Bolivia la democracia cura, educa y alimenta. En Bolivia el presidente Morales habla de la “revolución democrática” porque hay que sincerarse: que coman, se curen y se eduquen todos es lo revolucionario en estos países exóticos sólo si se los mira con el ojo del amo. La equidad, es necesario repetirlo, está siendo vestida de amenaza. Ese también es el ojo del amo.

Lamenté profundamente el triunfo de Piñera, lamenté ese retroceso, esa berlusconiada. Lamenté por anticipado lo que pasará y lamenté también tener que sepultar aquel recuerdo, el de Chile explotando de alegría con el fin de la dictadura. Porque la democracia, pensábamos todos entonces, no era solamente el llamado a elecciones sino la posibilidad de recrear las redes de solidaridad y de equidad que la dictadura había roto. La democracia, creíamos entonces, como había expresado aquí el entonces presidente Raúl Alfonsín, era una herramienta para dar de comer, para curar, para educar. Pues bien: eso lo ha hecho Bolivia y no Chile. No lo ha hecho hasta ahora, y con Piñera menos. Los ejemplos no son inocentes.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-138929-2010-01-23.html

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Hay algo pasmoso en la manera en la que los funcionarios del gobierno porteño están reaccionando ante los frentes gruesos de tormenta política. Se trata de la primera vez que el macrismo debe salir a remontar flagrantes errores propios, y lo hace dejando al descubierto una extraña actitud de megalomanía, cerrándose cada vez más la posibilidad de remontar decorosamente el escándalo. Es difícil imaginar cómo intentarán volver al camino de la verdad cuando las pruebas se les caigan encima, aunque de hecho ya las tienen sobre sus hombros. Incluso aceptando la delirante versión del infiltrado, el Fino Palacios pasa del mejor policía del mundo a un gil que estuvo siendo manipulado desde el principio. No hay lugar por el que cierre.

Si en los antecedentes de Palacios no figurara un libro que reivindica el terrorismo de Estado en los ’70, tal vez a uno podría sonarle en falso el montaje de una centralita de Inteligencia ilegal dentro del gobierno porteño. Pero a quien reivindica masacres y prácticas aberrantes no le combina mal pincharle los teléfonos a un opositor político. Vamos de mayor a menor. Dónde, en los antecedentes de Palacios, hay algo que haga dudar sobre su ideología. No es que Macri no lo sepa. Lo eligió porque Palacios es así.

Y eso es lo que no puede explicar el gobierno porteño, tan insistente en lo pro que es tirar los papeles en los cestos. No es que esté bueno tirarlos en la calle, pero si mientras tanto hay grupos de tareas que levantan a patadas a los indigentes en la madrugada, o si hay policías metropolitanos haciendo inteligencia desde el Ministerio de Justicia porteño, tirar los papelitos al cesto se vuelve una estupidez. Una tilinguería de barrio privado, y no es otra cosa lo que el macrismo aspira a hacer de la ciudad.

En el pasaje del empresariado a la política que hicieron buena parte de los principales dirigentes del PRO hubo un bache de contenidos que está saltando a la vista. Es como si esa desnudez lo exhibiera a Macri como presidente de un directorio, y no como un político. Hay algo desajustado en esta escena. Macri parece ubicarse incluso más arriba que la Justicia. Lo hizo cuando defendía a Palacios. “Para mí no”, respondía cuando se le planteaba el procesamiento del Fino en la causa AMIA. Que la Policía Metropolitana haya comprado los uniformes de sus futuros integrantes a la fábrica de Kanoore Edul fue otro signo extraño. No había ninguna necesidad de irritar más. Quizá deban leerse esos hechos, como síntomas de un liderazgo que nunca llegó a ser político.

A estos empresarios sus asesores les hacen spots que los ayudan bastante a ganar las elecciones. Les facilitan discursos de autoayuda para proponer cosas de consenso obvio, y hasta puede que entre ellos se reconforten en retiros espirituales. Pero la política no tiene nada que ver con eso. Y es eso lo que le estalla al macrismo.

El ministro Piccardo vio varios testimonios de víctimas de la UCEP. Lo hizo en televisión. Estaba la mujer embarazada a la que la patota manoseó en Pasco al 1300 a principios de octubre. La mujer gritaba que estaba embarazada, les mostraba su ecografía, pero la agredieron igual. La ecografía quedó tirada en el piso. La mujer lloraba en cámara. La reacción de Piccardo fue impactante, protopolítica. Cualquiera al ver y escuchar ese testimonio se escandalizaría, o propondría investigar a fondo, o se avendría a revisar lo mal tomada que estuvo la decisión de considerar a los indigentes con la misma entidad que los carteles ilegales. Es por eso que Piccardo es el ministro que debe deshacerse de los indigentes. Porque el macrismo no ve en esos pobres más que trastos que deben ser desechados. Esa es la piedad del macrismo. También, al ser públicos, esos testimonios están a disposición del cardenal Bergoglio. Sería oportuno que la Iglesia se pronuncie al respecto, ya que viene ocupándose de la pobreza. Son pobres entre los pobres los que duermen a la intemperie en Buenos Aires. Son pobres amenazados, golpeados y vejados.

Tanto para eludir las responsabilidades que tienen él o sus funcionarios en las escuchas como para enfrentar el escándalo de sus patotas nocturnas, Macri está mostrando la hilacha de un traje que le queda grande.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/134185-43302-2009-10-27.html

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Nos casábamos ese día, 3 de diciembre, a las dos de la tarde. Nos despertamos temprano, por los nervios. Vivíamos en la Boca y nos casábamos en el Registro Civil de la calle Rincón. No encendimos la radio hasta media mañana. El sol ya estaba a pleno, pero queríamos saber cuánto calor iba a hacer ese día. Fue entonces que nos enteramos.

El levantamiento carapintada que lideró Seineldín yace en mi memoria con la confusión con la que fue vivido. Me casaba. La primera y la única vez. Y del nerviosismo de aquel día recuerdo menos el arroz que los disparos que se llegaban a escuchar cuando íbamos de La Boca a San Cristóbal.

El Gallego era fotógrafo, así que la mitad de nuestros invitados eran fotógrafos. No fueron porque estaban cubriendo el levantamiento. Todos nuestros amigos trabajaban ese día. Algunos vinieron, pero muy pocos. Mi casamiento quedó impregnado de familiaridad, de parentela. Pero las familias se conocían ese día. Con el Gallego habíamos fantaseado que sería más fácil el encuentro mezclado con los amigos. Pero como hubo levantamiento, las tías charlaron con las consuegras y las cuñadas.

Creo que debe ser porque el casamiento para uno es muy importante, pero no me acuerdo casi de nada. Miré ese levantamiento detrás del vidrio de mi gran día, aunque es evidente que sabía dónde estaba: el nombre de Seineldín ya daba miedo desde hacía unos cuantos meses. Yo tenía una compañera de facultad que tenía un hermano en el Ejército. Ella era lesbiana y él no le dirigía la palabra desde hacía unos años. Pero unos días antes de mi casamiento (y del levantamiento) la había ido a ver para decirle que se fuera del país, que esta vez iban a cerrar los aeropuertos y que por su condición sexual y por su seguridad era mejor que se fuera del país.

Todavía tengo sus copas de cristal. En una semana con su compañera levantaron la casa y remataron todo. Me quedé con media docena de copas de cristal. Esas copas también derramaban el miedo que inspiraba Seineldín. Quizá la sonoridad del apellido, algo oriental, contribuyó a que ese nombre fuera una amenaza tan filosa durante largos meses. Un apellido como un látigo contra la democracia.

Pero uno el día en que se casa no piensa en la democracia. Cualquiera tiene derecho a no pensar en la democracia el día en que se casa. Aunque fuéramos dos veinteañeros con un par de convivencias encima, aunque no nos casáramos por iglesia, aunque nuestras familias no se conocieran. El día en que uno se casa, sea en las circunstancias que fueran, uno tiene derecho a inflarse de intimidad, a reducir el mundo a sus sentimientos, a disfrutar cada milímetro de esa decisión tan radical. Y si fuera en la democracia, vaya y pase. Si me hubiera pasado el día de mi casamiento reflexionando sobre la democracia, bueno, me las hubiese ingeniado para encontrarle su parte libidinal a un sistema con el que había soñado toda mi adolescencia. Pero no. Todo el día de mi casamiento me lo pasé pensando en Seineldín.

Después del almuerzo nos fuimos en nuestro desvencijado Renault 9 a Villa Gesell. Dios, qué psicobolches. Pero ésa era nuestra luna de miel. Me he pasado la vida viendo películas en las que los novios, después de la fiesta, se ponen ropa de calle y parten hacia Hawai, y en la vida real he conocido pila de novios que pasaron la luna de miel en las Cataratas. No fue mi caso. El auto no tenía radio. Estábamos tan histéricos porque no sabíamos si había o no golpe de Estado que parábamos sistemáticamente en cada estación de servicio, taller mecánico, kiosco, despacho de bebidas o similar que encontramos en las rutas argentinas. Nos turnábamos para bajar del auto y preguntarle a cualquiera si había novedades sobre el levantamiento. Tardamos veinte horas en llegar. Y dos días en reponernos del estrés.

Creo que además de la que nos quedó debiendo a todos, a mí Seineldín me quedó debiendo otra.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/131094-42246-2009-09-03.html

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Qué es América latina hoy, ayer estuvo claro. Tan claro, que fue Suramérica la que estuvo representada en Bariloche. La hegemonía norteamericana en décadas pasadas fue tan fuerte y fue a la ayuda de clases dominantes tan obtusas, aquí y allá, que la retirada histórica de las respectivas dictaduras dejó a la región, en una larga primera etapa, en un sopor de corrupción y negociados.

Nuestras democracias fueron tan deseadas, que a su vez ese deseo envolvió, como un biombo o como una máscara, las barbaridades que las clases dirigentes de esa primera etapa cometieron casi sin pudor.

Bolivia tuvo un presidente que no hablaba ni siquiera español, sino inglés. Brasil tuvo a Collor de Mello. Por Perú pasó Fujimori, que disolvió el Congreso. Ecuador no se privó de excentricidades. Por aquí, la pizza con champagne y las vedettes en Olivos matizaban los atentados terroristas, la voladura de Río Tercero, el tráfico de armas, los sobresueldos, y después el aire alzheimer de un presidente radical que hizo reír en el programa de Tinelli matizó los sobornos en el Senado para arrasar con los derechos laborales, y sigue siendo más recordado que los muertos del 20 de diciembre.

La cumbre de Unasur fue, además de todo lo que se consigna en otras notas, una lección de política. Los presidentes y las presidentas que ayer llegaron a un documento consensuado representan el vibrante regreso de la política a esta región, Suramérica, una palabra que llega del pasado pero alumbra una instancia tan nueva que necesita, claro, no ser solamente aquella América latina a la que la clase dominante hondureña, más que sus militares, le prestó el adjetivo de “bananera”.

Lo hemos visto recientemente, con Micheletti y sus seguidores. Han dicho que Obama es “un negrito que no sabe nada”. Han fraguado delitos que Zelaya no cometió. No estaba ni cerca de proponer ser reelecto, como sí hará el presidente colombiano Uribe. Es que las clases dominantes típicamente latinoamericanas son así. Si es necesario usar a los militares, y pueden, los usan sin problema. Es raro que si pueden no los usen. Más bien, si recurren al golpe de mercado o al acorralamiento mediático, siendo la clase dominante la poseedora de todos los medios de comunicación, es porque las cosas han cambiado tanto que ahora hay, como dijo Evo ayer en Bariloche, “fuerzas armadas que son de la democracia”.

Si bien nuestras clases dominantes típicamente latinoamericanas son educadas en la cultura que les pertenece y las refuerza –algún origen, hace apenas doscientos años–, hemos podido comprobar, sólo con ver cuándo y por qué motivos Estados Unidos decide ir a la guerra, que lo que las pone en acto indefectiblemente siempre es un motivo económico. Algo relacionado con la propiedad de las cosas. Nuestras clases dominantes tienen inscripto en la sangre que el pueblo nunca les sacará nada. Aunque se trate de algo que no les pertenece, de algo de lo que ellos se apropiaron. A eso le llaman confiscación.

Si uno se pone a soñar con Suramérica, sueña con una región que haya dejado en el pasado a las bananas, y con ellas a todos los horribles personajes bananeros que deambulan por las derechas latinoamericanas. Esos capangas que plantan café, caña o soja, esos oscuros abogaduchos de familias tradicionales, esos repetidores consuetudinarios de mentiras sobre la patria, el pueblo o los pobres.

Uno no sueña en ese sentido muy diferente de lo que alguna vez, en diversas materias, soñaron los habitantes de países soberanos.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/130783-42147-2009-08-29.html

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El mensaje del arzobispo de La Plata contiene todos los tópicos previsibles de la jerarquía eclesiástica que viene, desde hace siglos pero más puntualmente desde la Cumbre de Beijing, en 1995, perdiendo la batalla frente a la idea de género. Fue entonces que en documentos de las Naciones Unidas comenzó a imponerse ese concepto, para expresar que lo que entendemos por hombres en tanto hombres y mujeres en tanto mujeres no es “natural”, sino una construcción de sentidos sociales, históricos, políticos.

Efectivamente, esa batalla la Iglesia ya la perdió en la realidad. Aunque no lean estudios sobre género ni documentos de la ONU, millones de hombres y mujeres en todo el mundo viven sus vidas interrogándose sobre su ser mujer o su ser hombre. Lo que hace algunas décadas y desde siempre fue vivido como “natural” estalló por los aires. Y no precisamente por lo que Aguer llamaría “ideologías foráneas” ni por la “intervención totalitaria del Estado”, sino más bien por la época. Quizá podría llamársele historia. Y si es la nuestra, la de Occidente, es la historia del capitalismo globalizado.

La noción de género fue el ariete para que innumerables derechos fueran vividos, para que se acotara la discriminación contra las minorías sexuales y para que nuestras vidas privadas dejaran de estar permanentemente iluminadas, bajo los faros de la disciplina religiosa. Sobre todo a aquellos que no son religiosos. Jamás me explicaré por qué no se considera “totalitaria” a una religión que pretende consustanciarse con un Estado en el que conviven otros credos y ninguno.

Pero si la noción de género corrió como un reguero entre las personas comunes y corrientes, es porque interpretó un malestar de época profundo. En las sociedades líquidas, lo masculino de sí y lo femenino de sí, inquietan. Los varones y las mujeres que ve la Iglesia son solamente la cáscara de las criaturas culturales que somos, perforadas por mensajes contradictorios y paradójicos.

Pero eso sí. En una semana en la que se reivindicó a Martínez de Hoz y se le cayó otro velo a la ultraderecha que tira de la derecha, no podía faltar la contribución de Aguer, y estas ideas precarias, menos medievales que de Guerra Fría. Tenía que llegar el arzobispo que tirara su adjetivación sobre el Estado, y que dejara entrever beneplácito con otros ataques al Estado. La clásica.

El adjetivo “ateo” es uno que faltaba, pero ya lo tenemos a mano para los debates de la tele. Qué tal un arzobispo en la radio a la mañana, aunque bueno, sea Aguer. Tampoco hay que andar revisando el pedigrí de los entrevistados. Alcanza con que hablen del “totalitarismo del Estado”. Tiene punch.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/129096-41530-2009-07-30.html

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Alvaro Vargas Llosa está diciendo claramente lo que hasta hace poco se evitaba decir: que el gran peligro ahora para América latina no son los golpes de Estado clásicos, sino los presidentes que asumen constitucionalmente pero, una vez en el gobierno, quieren perpetuarse en el poder.

Pienso en Chávez, naturalmente. Hace poco Alvaro Vargas Llosa estuvo en Venezuela y hubo mucho revuelo periodístico por una supuesta detención en el aeropuerto. No hubo tal detención, y la demora tampoco fue tan larga (dos horas él y una hora y cuarto su padre) como para llamarla “retención”. Sin embargo, los grandes medios de América latina trataron esos dos episodios (los Vargas Llosa iban a un coloquio “demócrata” antichavista, el polo de pensamiento que inspiró hace ocho años un golpe de Estado que tuvieron que desandar) como si realmente hubiesen sido detenidos o por lo menos retenidos.

En los grandes medios, los periodistas siguen llamando a los Vargas Llosa “demócratas”. Y al antichavismo también. Puesto que están contra una “tiranía” o una “dictadura”, el planteo es que los que defienden la democracia son ellos.

Bien: Vargas Llosa está diciendo claramente algo que hay que poner a consideración con la mayor amplitud y la menor obcecación: los presidentes elegidos democráticamente (Chávez, Correa, Evo; Kirchner iba en camino de sumarse al grupo, pero el repentino y virulento antikirchnerismo acaba de derrotar en las urnas al kirchnerismo) que plantean no un gobierno sino un proceso, deben ser derrocados, puesto que la sola idea de reformar las respectivas constituciones para permitir, aun con un sistema electoral transparente, su eventual continuidad, es elevada por estos ideólogos al rango de “nuevos golpes de Estado”.

A esta altura, es necio no admitir que una crisis política de proporciones está llegando a la América latina que intenta emerger como una región con voz propia y que las respectivas burguesías conservadoras y liberales son los motores de los nuevos ánimos golpistas. En los grandes medios, incluso algunos periodistas que insisten en definirse como de “centroizquierda”, estas cuestiones no se hablan ni se hablarán porque el poder discursivo ya les aplanó los análisis: acá nadie es “golpista”, los que hablan de climas “destituyentes” son idiotas a sueldo del gobierno. “Centroizquierda”, cabe aclarar, es una palabra con la que se define también y sin que nadie se asombre el Acuerdo Cívico, que tiene a Carrió como líder, aunque parece que también perderá ese liderazgo a manos de Cobos. Para el caso, da lo mismo. Quiero decir: todas las categorías que conocemos ya no nos dicen nada. Los significados han mutado.

Es un poco difícil escribir esto. Mejor admitirlo: esto está escrito con miedo.

Nunca subestimes el poder de los grandes medios. Ni el reagrupamiento de las derechas latinoamericanas ni sus estilos sanguinarios, ni la ceguera de su ira. Me gustaría saber qué piensan de derechos humanos los candidatos electos. A los periodistas de los grandes medios el tema parece no importarles.

No creo en las corporaciones y mucho menos en la corporación periodística. Hay colegas a los que respeto y otros a los que desprecio. Soy igualmente correspondida, aunque a muchos periodistas que compartimos una lectura de la realidad que no coincide con la de los grandes medios, ningún medio privado nos dará nunca trabajo. La libertad de prensa hace rato que no existe. Los periodistas de los grandes medios son libres toda vez que replican sus líneas editoriales. Ninguno interpelará a Macri o a De Narváez sobre los juicios pendientes a represores. Sobre todo los que se pregonan como de “centroizquierda” evitarán poner en evidencia sus propias contradicciones.

Pero volvamos a los Vargas Llosa. Que siempre han sido lo más recalcitrante de la derecha. Lo que dice el más joven es que “los pueblos” están habilitados a derrocar a gobiernos democráticos si éstos no se limitan a la alternancia del sistema, y lideran procesos relegitimados por el voto popular.

Quedan preguntas, muchas preguntas válidas e interesantes en este continente históricamente aplastado. La democracia por la que tanto hemos luchado corre riesgos, ahora sobre todo el de representar un valor ético cuando lo que oculta es la reacción del poder ante otro avance de las “masas”, las “turbas”, las “hordas”. Por liderar a “una turba” fue que derrocaron a Manuel Zelaya. Ese golpe en tres días dejó de ser “tan” golpe para los grandes medios. Hay muy buenos reportajes en CNN, firme junto a la posición de Obama, que no es Bush y ahora se nota. Pero en TN, Juan Miceli primero habló de un “golpe que había que condenar” y se indignó de ver a un militar hablar desde un estrado, y al día siguiente ya dijo que “Zelaya tampoco. Después de todo terminaba su mandato en enero”.

Son necesarios límites. Andariveles. Saber cuál es la avenida por la que transitamos los que realmente, desde muchas posiciones ideológicas o políticas, creemos que el voto es soberano, y aceptamos triunfos y derrotas como parte de las reglas del sistema. Hay otros, y son muchos, que creen en intereses superiores a ese voto. Y nunca es la libertad. Nunca es el bien de la nación. Nunca es la democracia. No se defiende a la democracia atentando contra el voto popular. Y es bueno plantearlo ahora y dejarlo escrito. Ahora que el voto popular premió a Macri y a De Narváez. Ese voto adverso también es soberano. Pero seguirá siéndolo gane quien gane. Si hay que acordar, es un buen punto.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-127733-2009-07-04.html

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El martes estaba en mi casa haciendo otra cosa con la tele encendida y Macri hablaba en la pantalla. ¿A quién le interesa escuchar lo que siempre dice Macri? Macri, como su socio político, no dice nunca nada. No habla de política. Uno por el desvío de la eficiencia y los equipos, y el otro ya lanzado de cabeza a la prosa poética: “¿Querés cambiar?”, pregunta, intentando asimilar el cambio de modelo de país con el cambio de pareja, auto, trabajo, detergente.

Pero el martes, a Macri se le destrabó la lengua y mis oídos no daban crédito a lo que escuchaban. No porque no supiera que obviamente todo lo que dijo es lo que piensa Macri, que siempre fue Macri y no Mauricio. No creo que Macri hubiera dicho lo que dijo si hubieran estado sentados frente a él Marcelo Bonelli y Gustavo Silvestre, que más que dos periodistas son un intersticio del medio encarnado en ellos. En este sentido, el periodismo político sigue siendo, cuando asoma, un ejercicio provocador, del que hemos estado casi privados en esta campaña, condenados a aduladores y mequetrefes.

Macri empezó a hablar y yo me quedé dura. Más que boca, le vi fauces. Estaba diciendo exactamente lo que Ricardo Forster había dicho una noche de un frío terrible en la plaza, en la carpa de la JP, en pleno conflicto con los ruralistas, cuando Carta Abierta les hizo una visita. Que la ofensiva de la derecha estaba directamente relacionada con lo que el kirchnerismo había hecho bien, con lo que nadie se había animado. Y que todo lo demás es accesorio (esto lo agrego yo). Ahí está el hueso, el nombre de una pelea. Ahí está el 2001, pero también está 1930, 1955, 1976, 1989 y muchos otros momentos de la historia argentina. El hueso es el Estado y su potencial capacidad emancipatoria.

La defensa de las privatizaciones y del rol privado en la economía que hizo Macri este martes sólo es comparable a la que hacen los Vargas Llosa y lo más arcaico del mundo en materia de derecha ultraliberal. Y ya no es la oligarquía vacuna y sojera que tiraba manteca al techo la que acecha, sino el capital globalizado que inspira a gobiernos de derecha para que se le asocien. Lo que dijo Macri es mil veces peor que lo que se sabe: que los terrenos de Buenos Aires, los de la villa 31, los del Borda, los del Moyano, están mucho más arriba en la agenda política que la salud mental o las condiciones de vida de los débiles. Macri como presidenciable es el riesgo de volver a entregar todo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-126902-2009-06-19.html