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  MEDIOS Y COMUNICACION

Luciano Sanguinetti asegura que los medios de comunicación, desde la televisión hasta Internet, constituyen hoy la llamada “cuarta plataforma” educativa y se pregunta cuáles serán sus consecuencias en el futuro cercano.

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La “primera plataforma” de aprendizaje y difusión de la cultura la constituyeron las escuelas filosóficas fundadas por los grandes maestros durante la Grecia clásica, como lo atestiguan las academias filosóficas de Elea o de Mileto, en el siglo IV a. C. Allí nacieron la mayéutica, el diálogo socrático, método por el cual el maestro trata de que el alumno tome conciencia de lo que ya sabe. Platón lo desarrolló magistralmente en el Teeteto, donde un Sócrates ingenioso y algo cínico busca saber qué es el conocimiento.

Lo “segunda plataforma”, en el siglo V, la constituyó la Iglesia, a través de abadías, monasterios y bibliotecas, sobre la base de una escritura con funciones de resguardo y clasificación, como bien lo reflejó Umberto Eco en El nombre de la Rosa, texto que relata cómo, en el siglo XIV, diversas órdenes religiosas se obsesionan por un conocimiento subordinado a la fe, como lo aconsejaba la escolástica.

La “tercera gran plataforma” la constituyó el Estado moderno, según la concepción napoleónica en la que abrevó Sarmiento para imaginar el normalismo que, a partir del siglo XIX, desarrolló sobre la base del libro impreso un sistema orgánico de enseñanza desde la infancia hasta la edad adulta. Una escuela que desde su invención se encarga de transmitir los saberes legitimados, constructora de una cultura común y de formación ciudadana.

Hoy vivimos el desarrollo de una “cuarta plataforma”: los medios de comunicación e información, desde la televisión hasta Internet. Si en la primera de las plataformas se inauguró el diálogo socrático como modelo de investigación, en la segunda la clasificación de lo ortodoxo y de lo heterodoxo sobre la base del principio de autoridad y, en la tercera, prevaleció la sistematización de saberes universales y la ciudadanía nacional... ¿cuál es el desafío de la cuarta plataforma?

Lo que acaban de leer es un borrador de una clase que estoy preparando para un seminario virtual que desarrolla el Instituto Nacional de Formación Docente a través de su Campus Virtual. El seminario se llama “Comunicación y ciudadanía, cómo transformar la información en conocimiento”. Ahora, mientras leen esta nota, hay diez mil docentes conectados recibiendo cursos sobre el uso de las TIC (tecnologías de información y comunicación) en la escuela para el programa “Conectar igualdad”, la enseñanza de la biología, la matemática, la química. Todos los cursos son gratuitos y los toman los docentes desde El Bolsón a La Quiaca sin moverse de su casa, en un cíber o en el mismo instituto si éste cuenta con conexión de banda ancha. Ninguno de esos cursos otorga puntaje, pero ya están completos, contradiciendo la práctica instalada en los noventa que permitía decir que los docentes nos movíamos sólo detrás del puntaje como los caballos al palenque. Este hecho, sumado al dato de que la inscripción para formación docente subió un promedio de 15 por ciento en todo el país, marca una tendencia nueva que va contra todas las teorías catastrofistas sobre la calidad educativa que se lanzaron al ruedo en los últimos días.

Por supuesto, es difícil emprender una evaluación objetiva y real sobre la calidad educativa si no partimos del supuesto básico de que los logros en esta materia son necesariamente de largo plazo. Lo que conocemos cómo la prestigiosa universidad de los años ’60 fue producto de la reforma universitaria que en 1918 liberó los claustros del control religioso y los paternalismos de las cátedras hereditarias; que la democracia política que en la Argentina inaugura la ley Sáenz Peña fue consecuencia de la ley 1420 que hizo obligatoria y común la enseñanza primaria en 1884; que la politización de los jóvenes de los años ’70 no fue más que una de las derivaciones de la gratuidad de la enseñanza universitaria impulsada por el peronismo de los años ’50.

Me pregunto cuáles serán los efectos de la Asignación Universal por Hijo, que aumentó la matrícula escolar y obliga a muchas madres a vacunar a sus hijos; de la secundaria obligatoria, que recupera en la escuela a jóvenes de los sectores populares; del otorgamiento de netbooks a todos los chicos; de la enseñanza intercultural bilingüe, que incorpora con plenos derechos culturales a los pueblos indígenas; de las políticas antidiscriminatorias por raza, religión o género; del portal Educ.ar, que produce contenidos online; de la señal de televisión educativa Encuentro y Paka Paka, que ponen a nuestra disposición un mundo de cultura y conocimientos donde antes no había más que frivolidad y competencias de baile; de la recomposición paulatina y constante del salario docente, que permite soñar a miles de jóvenes con una profesión dignificada.

* Docente-investigador de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-166604-2011-04-20.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

A propósito de la utilización masiva de netbooks en la educación impulsada por el gobierno nacional, Luciano Saguinetti propone algunos temas de reflexión acerca de los jóvenes, el uso de la tecnología y los cambios que produce la cibercultura en los modos de decir, hacer y pensar.

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A propósito de la entrevista publicada por Página/12 a la especialista en tecnologías y educación Nora Sabelli, asesora del programa Conectarigualdad, se me ocurrió pensar en el impacto de la cibercultura en los jóvenes que a partir de marzo comenzarán a recibir masivamente las netbooks, 450.000 el año pasado y más de 1.000.000 este año. El texto que sigue es parte de esas reflexiones.

La palabra cibercultura deriva del concepto de ciberespacio que fue popularizado por el escritor William Gibson en su novela Neuromante. A finales de la década del ochenta, cuando el proceso de expansión de las TIC (tecnologías de información y comunicación) comenzó a acelerarse, la palabra cibercultura definió las experiencias y producciones que se desarrollaban en esta nueva dimensión de la cultura contemporánea que hacía de las mediaciones tecnológicas su centro de gravedad. Entre sus rasgos primordiales encontramos la interactividad con las máquinas, la hipertextualidad y la conectividad que facilita formas de comunicación e información mediada por los ordenadores.

Claro, aquello que comenzó como una expresión para identificar a ciertos grupos marginales de científicos, tecnólogos, artistas, fue paulatinamente extendiéndose a medida que avanzaba la informatización de la sociedad. Hoy, la denominada cibercultura abarca la cultura mundial y se profundiza en determinados grupos sociales y etarios, en particular los jóvenes, dando origen a las ciberculturas juveniles. Para el sociólogo argentino Marcelo Urresti, los jóvenes han desarrollado a partir de los usos de las TIC una verdadera revolución cultural, en la que se transforma la relación que tienen con nuestro entorno.

Jóvenes y tecnologías

Igualmente, la relación de los jóvenes con las tecnologías no es nueva, y ni siquiera les corresponde exclusivamente a los jóvenes de hoy; ya sus padres incorporaron el sistema de televisión por cable o las primeras computadoras personales, del mismo modo que los padres de sus padres lo hicieron con la televisión, la radio o el cine. En síntesis, observar particularmente sorprendidos cómo los jóvenes interactúan con celulares o Internet es desconocer que son producto y viven una sociedad moderna que comenzó a inaugurar periódicamente nuevas formas de comunicación desde la invención de la imprenta y que estos modos diferentes de comunicación no son más que un jalón de este proceso de transformación sociocultural que llamamos modernidad. Esto nos obliga a preguntarnos qué es lo verdaderamente nuevo.

La respuesta no es tan sencilla como la pregunta, pero ya podemos arriesgar que la novedad radica en que los antiguos medios de comunicación e información todavía estaban inmersos en una lógica mediocéntrica, la de un gran productor de contenidos unilaterales y una masa indistinta de consumidores. Esos mensajes eran producidos industrialmente por grandes compañías que elaboraban esos contenidos sobre el modelo fordista de producción serializada: un contenido accesible, simple, con pretensiones de ser masivamente consumido. Lo que hoy vivimos con las nuevas tecnologías es que los usuarios se han vuelto los productores, que se ha quebrado la lógica emisor-receptor diferenciada y que somos tanto emisores como receptores, lectores como escritores, consumidores como productores de mensajes y contenidos.

Dentro de este cambio revolucionario, desde el punto de vista del acceso al conocimiento y del estatus que ha adquirido ese conocimiento, los jóvenes son los que más rápidamente se han apropiado de las nuevas herramientas. Se habla de empoderamiento. Sin embargo, alimentado desde el principio de la historia, la relación entre el hombre y las máquinas siempre está envuelta en ese halo de misterio, como vemos reflejado desde Frankenstein en adelante, pasando por Metrópolis o Terminator, siempre está envuelta en un halo de misterio.

¿Las tecnologías nos deshumanizan? ¿El hecho de que hace miles de años hayamos inventado el garrote nos ha hecho menos pensantes? ¿Acaso el afán de dejar la subordinación a la naturaleza nos ha subordinado a otra cosa? En el pensamiento occidental la tradición romántica ha sido la que más ha llamado la atención sobre este peligro: un mundo de máquinas insensibles se vuelven contra sus creadores, una sociedad de aparatos va tejiendo en torno de los sujetos una red de la cual emergemos paradójicamente menos libres, como en aquella famosa jaula de hierro de la que hablaba Weber. Incluso peor, porque los finos tentáculos de esa red se han vuelto invisibles, de fibra óptica, y en el proceso, cuando creemos que dominamos a las tecnologías somos dominados por ella, cuando creemos que hablamos con las tecnologías somos hablados por ellas.

La encrucijada: ¿deshumanización?

Dijimos al comienzo que la interactividad, la hipertextualidad y la conectividad eran algunos de los rasgos sustanciales de la cibercultura y que en ella los jóvenes eran los más expertos habitantes, los nativos. Precisemos. Interactividad supone esencialmente que las máquinas actuales tienden en gran medida a que los usuarios realicen más operaciones definiendo con mayor precisión lo que quieren y necesitan. Pueden definir contenidos, pueden ofrecer sus propias producciones, pueden buscar con quién comunicarse o compartir lo que producen, pero también pueden restringir su uso, en determinados niveles y alternativas. Las tecnologías de comunicación e información contemporáneas avanzan hacia el perfil de un usuario más que en un receptor. Marcelo Urresti llamó a esto prosumidor, es decir, un consumidor y productor que en funciones a veces simultáneas se relaciona con el mundo tecnológico. Interactividad implica que ha desaparecido aquella programación generalizada, sumado al hecho de que las tecnologías de hoy desubican también a los medios tradicionales. Cuando vemos una película en casa, ¿eso es cine? Cuando miramos una serie televisiva en la PC, ¿eso es televisión? Cuando escuchamos música en el celular, ¿eso es radio? Lo que se observa claramente es que lo que determina a las tecnologías de hoy es la convergencia. Como sugirió Henry Jenkins, una convergencia que es mucho más profunda que la síntesis entre audio, video y ordenadores; vamos hacia una cultura general de la convergencia en la que las producciones circularán en múltiples soportes. O quizá mejor dicho, los soportes ya no serán el contenido de los mensajes. ¿Es acaso una respuesta al famoso aforismo de Mac Luhan? ¿No es el medio ya el mensaje?

La hipertextualidad nos habla de la proliferación de multimediales lenguajes. La escritura en soporte digital ha revolucionado las comunicaciones, pero también lo hace el desarrollo de una segunda oralidad reproducida por la imagen en movimiento, el celular, el cine digital o las webcams. Lo sonoro reconfigurando nuestro espacio como sucede con las computadoras en los autos. Pero también una hipertextualidad que remite a las posibilidades de construir un discurso en el cual los enlaces se multiplican, a través de infinitas fuentes de información. El hipertexto lo que disuelve, como bien señaló Sabelli, es el discurso único del manual, el trabajo de la memoria como repetición.

La conectividad

Por último, la conectividad. ¿Qué significa estar conectados? La respuesta no es sencilla tampoco, pero intuyo que para los jóvenes estar conectados es de algún modo estar en el mundo, y eso no es saber aquello que se supone deben saber, sino saber lo que ocurre a través de ese intersticio entre la cultura oficial y la cultura popular en el que siempre confrontan dos estilos de vida, dos verdades, dos formas de ver el mundo. Los jóvenes quizá por estar en ese lugar de transición son los más perceptivos a esas contradicciones. Unas sociedades donde el discurso del trabajo entra en cortocircuito con las dificultades para encontrar trabajo, donde la democracia se ve desmentida por los grupos de poder y las mafias, donde la seguridad es vulnerada por la violencia de los que dicen ser responsables de la seguridad, donde la vida sana que promueven los medios oculta la pobreza y la marginación. La lógica de la conectividad es mucho más que la definición en la cual nos referimos a la capacidad de conexión entre ordenadores, nos referimos a la capacitad de interactuar con los múltiples soportes tecnológicos en los que se hace y se deshace la vida contemporánea.

Los jóvenes que atraviesan hoy los universos escolares intuyen entonces que en la brecha digital hay también una brecha cultural y política que habla de su futuro. Un futuro que como observó con agudeza el Indio Solari llegó hace rato.

* Docente e investigador. Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP.

Para comunicarse con esta sección escribir a laventana@pagina12.com.ar

Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-162440-2011-02-16.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Frente a los desarrollos de las tecnologías de la información, ante los desafíos que presentan en relación con las vincularidades, las relaciones humanas y la construcción de procesos sociales, Luciano Sanguinetti pregunta: ¿en qué vale comprometernos?

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Tim Berners-Lee imaginó una serie de protocolos que facilitaran la transmisión de datos entre las computadoras y eso permitió que la red fuera ramificándose por el mundo como cientos de miles de nodos que se enlazan en una malla que crece y se hace cada vez más densa a lo largo del tiempo.

Lo que empezó como una señal transmitida entre las computadoras de la Universidad de Stanford y la Ucla en California, en octubre de 1969, se convierte 40 años después en una biblioteca infinita como la que imaginó Jorge Luis Borges en La biblioteca de Babel, que Jimbo Wales hace realidad con Wikipedia. Ahora bien, en ese mar de datos y referencias, en ese océano infinito de textos e imágenes, en ese abismo de información, no estamos ciegos, como el gran poeta, preguntándonos qué es lo que nos une con los otros seres humanos: ¿será sólo el espanto?

En principio podríamos decir que sí. En los años sesenta, el contexto álgido de la Guerra Fría había sembrado en territorio norteamericano la fantasía inevitable de un ataque nuclear. Como en aquella vieja serie llamada Los invasores, el norteamericano medio había sido inducido a ver comunistas como extraterrestres, o viceversa. Se preguntaban cómo controlarían sus defensas si el suelo norteamericano era víctima de un ataque nuclear. Así, el desarrollo de una línea de investigación que facilitara la comunicación entre computadoras se volvió una gran promesa.

La creación de Arpanet estaba en camino. Aunque ésta no fue la única razón, la comunicación entre máquinas es una utopía de la ciencia moderna desde Leibniz en adelante; lo cierto es que el Departamento de Defensa y la industria militar fueron las más importantes instituciones que apoyaron estas investigaciones, que impulsaron tecnólogos como Leonard Kleinrock, y Douglas Enegelbart, cabeceras de aquella primera conexión.

Es cierto esto del espanto, pero también lo es el espíritu gregario, la comunidad transparente y el milenarismo que inspiraban a muchas corrientes culturales e intelectuales de la época. Como lo observó Margaret Mead en Cultura y compromiso, los Estados Unidos comenzaban a vivir una crisis cultural sin precedentes. Al calor de los movimientos hedonistas de Elvis Presley, los happenings de la cultura pop o los rituales milenarios del hippismo, todos los valores de la cultura calvinista que habían constituido los cimientos de esa nación se desmoronaban. ¿Qué puede pensar una nación que surge al final de la Segunda Guerra Mundial y que vive en los años cincuenta una euforia de consumo y desarrollo si diez años después esos jóvenes nacidos en el baby boom no quieren asumir la responsabilidad que conlleva ser parte de una potencia mundial con pretensiones hegemónicas internacionales? No había quizá nadie más preparado para responderla que la mujer que había pasado su vida investigando la adolescencia en Samoa.

¿En qué vale la pena comprometerse?

La brecha generacional estaba abierta. Mientras los desarrollos tecnológicos de la red se fueron perfeccionando, el mundo comenzó vivir un proceso de transformación a nivel global. Era la sociedad postindustrial que venía. Daniel Bell lo advirtió: el capitalismo vivía su primera gran contradicción cultural. ¿Cómo conciliar el espíritu en un mundo que nos exige, por el lado de la economía, trabajo, esfuerzo, ahorro, para alcanzar nuestras metas, y por el lado de la cultura nos propone consumo, diversión, satisfacción inmediata, una felicidad que está a la vuelta de la esquina?

En los años ochenta, al calor del derrumbe del edificio moderno que había presagiado Marshal McLuhan, finaliza el ciclo productivista que se iniciara en los años ’30. Las grandes compañías, como la Chrysler, símbolos de la industria manufacturera, caen en una crisis terminal, y surgen las poderosas industrias de las tecnologías o de producción liviana. Pasamos de los trabajadores de mamelucos azules a los de cuello blanco. Las grandes potencias occidentales se lanzan a la conquista del espacio, el ciclo de la industria de las cosas termina y comienza el de la industria de los servicios, del management; las economías nacionales se abren, los estados se achican, se liberalizan los flujos financieros y los regímenes cerrados del mundo oriental comienzan a horadarse.

Cerca de la economía real, comienza a hablarse de una economía virtual. Los medios y las tecnologías de información se desarrollan vertiginosamente. Las inmensas computadoras que se veían en las series de televisión comienzan a achicarse. La primera PC hogareña se convierte en la nueva vedette del mercado acompañada por un software que hace accesible aquello que antes sólo parecía destinado a los científicos. La gran visión de Bill Gates fue intuir el negocio de la masificación de la Informática. A este proceso lo acompaña la transformación de los viejos medios. De cómo el televisor se complementa con la videocasetera, de cómo el cine se convierte en un espectáculo hogareño, de cómo se desarrollan las señales audiovisuales temáticas y cómo se desarrolla cada vez más aceleradamente un sistema global de información. La guerra del golfo en 1991 fue la gran carta de presentación de la CNN, la primera señal informativa mundial de 24 horas. La televisión por cable acompaña la tecnificación de la vida, como en el nivel de la economía significan las políticas de desregulación y privatizaciones de las comunicaciones.

A la par que la red comienza a extenderse obstinadamente, se produce una disputa por la democracia comunicacional representada en la lucha entre las compañías y los usuarios por la libertad del ciberespacio. Los movimientos por un software libre reivindican los principios libertarios que estuvieron en el origen del mundo digital, mientras las corporaciones defienden sus posiciones dominantes. Windows y la compañía Microsoft es la representación más clara de una época, al calor también de la gran burbuja financiera de las punto.com. Las empresas digitales crecen de manera exorbitante, sin todavía haber modificado el modelo mediocéntrico. Un gran productor de mensajes y millones ahora de consumidores pasivos. Sin embargo, la red progresa por otro lado. Miles de internautas se convierten en productores. Desarrollos y aplicaciones de estos usuarios avanzados crean una nueva web. La interacción comienza a dar sus frutos, a la par de que se mejoran las condiciones de navegación.

Marshall McLuhan había dicho que hablar de los contenidos de la televisión en relación con la transformación de las relaciones humanas que ese medio implicaba era irrelevante. Aquella osada tesis se comprueba cincuenta años después. De ahí que el negocio futuro de la red no será la producción masiva de contenidos, sino la producción masiva de relaciones y los buscadores que facilitarán esas aventuras. Con Google, Facebook y Wikipedia nace la nueva red, la llamada 2.0, que bautizara Tim O’Reilly a partir del concepto de arquitectura de la participación.

La filosofía individualista de Ayn Rand que inspiró a Jimbo Wales representa una de las variables de un medio que paradójicamente promueve las interacciones humanas y las estrategias asociativas, las cuales, como lo demuestra la historia de Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, no suelen llevarse bien con los negocios.

Ahora las tecnologías están ahí, y la pregunta sigue siendo la misma: ¿en qué vale la pena comprometerse? ¿Si Sarmiento en el siglo XIX trajo a Mary O’Graham, maestra norteamericana nacida en Saint Louis, Missouri, para fundar la educación pública argentina, qué no hubiera hecho en este siglo? Si el gran pedagogo brasileño, Paulo Freire, dijo alguna vez que la alfabetización es la continuidad de la lectura del mundo, ¿cómo vamos a leer el mundo hoy sin las herramientas de las tecnologías de información y comunicación? Pequeños desafíos para todos nosotros.

* Docente e investigador. Ex decano de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-157005-2010-11-17.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Los jóvenes, la educación y la comunicación. Luciano Sanguinetti sostiene que hay que pensar la escuela más como “nodo” que como “fuerte”, un camino a recorrer para replantear la relación entre educación y medios. Florencia Saintout aporta nuevos elementos acerca del tratamiento que los medios les han dado a las demandas de los estudiantes secundarios.

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Los casos de “cibersuicidio” en Salta, como el de abuso de una menor en General Villegas, nos exigen una visión menos ingenua de lo que pasa en el ciberespacio. El grooming o el ciberbullying, como las tres horas diarias que los jóvenes y no tan jóvenes pasan frente a televisores y pantallas, no escapan tampoco a esta necesidad. Pero esta visión menos ingenua también la necesitamos en relación a los controles del Estado sobre las posiciones dominantes en la conectividad, como sobre los usos potenciales de las computadoras en los ámbitos escolares o así también para la oferta de contenidos de la nueva televisión digital terrestres.

En cierta forma todavía estamos anclados en el debate entre tecnofóbicos o tecnofílicos, entre modernistas o antimodernistas, entre tecnólogos o humanistas, casi en el mismo lugar en que Umberto Eco lo dejó hace más de cuarenta años entre apocalípticos e integrados. Como si no pudiéramos pasar de ahí, nos cuesta reconocernos como los “seres tecnológicos” que somos desde hace miles de años, cuando inventamos el primer garrote, después la rueda, la imprenta o la radio. Scott Lash habla de formas tecnológicas de vida y nos recuerda que ese entorno es cada vez más complejo. Lo cierto es que tenemos por delante varios desafíos.

Uno, primero, esencial, urgente, desarrollar políticas públicas que nos enseñen a mirar, leer, comprender y criticar la evolución y las posibilidades de los medios y las tecnologías. Hay que educar a las audiencias y a los navegantes. Del negocio de las punto.com al negocio de las bases de datos de la web 2.0, todo debe ser un tema de la agenda pública en materia educativa. La ciudadanía tiene derechos que ejercer en el ciberespacio tanto como en la vía pública. Los jóvenes que se forman hoy para ser docentes trabajarán probablemente hasta el 2040. ¿Imaginamos para qué mundo los estamos formando? Piensen que entre la escritura y la imprenta pasaron 5000 años, entre la imprenta y el cine y la radio, 350, entre el cine y la radio y la televisión 50, entre la televisión e Internet, 35, entre Internet domiciliaria y la móvil 15. Es claro que los cambios tecnológicos se aceleran.

Dos, reconocer no ingenuamente al ciberespacio implica también que hay cuestiones en ese nuevo entorno que tienen que ver con el poder. Los bloggeros de diferentes espacios y compromisos políticos lo saben. Los monopolios mediáticos nacionales e internacionales también. Y de a poco los políticos y los docentes. Las imágenes no son inocentes, pero la ciudadanía, los consumidores, los internautas, todavía sí. Tengamos en cuenta que hasta hace pocos años quienes dirigían la transferencia y la adaptación al nuevo entorno eran las mismas empresas que vendían el producto. Un amigo siempre me dice: lo importante es la tecnología apropiada. ¿Para qué queremos las máquinas? A partir de eso veremos qué maquinas necesitamos. Si la intuición de Tim O’Reilly (creador del concepto de “la arquitectura de participación”) es correcta, es decir, la estructura ahora no está en el soporte técnico ni en el software, sino en las relaciones humanas que los usuarios construyen y sobre las cuales se monta el negocio, la educación y la conciencia crítica de los usuarios es todavía más importante.

Convengamos que, a pesar de haber perdido fuerza el modelo escolar que construyó el normalismo sigue vigente –y ese modelo concebía a la escuela como el primer eslabón de una estructura reticular centralizada–, cada escuela era en el imaginario positivista un fuerte, una avanzada de la civilización sobre el desierto. Y el desierto era (si no siempre literal) la incultura, la vida salvaje e improductiva. La escuela venía a representar ese primer paso. Dentro de este sistema, los docentes, sea en el nivel que fuere, nos concebíamos como los adelantados, iluministas, muy a nuestro pesar, dedicados a producir ese salto civilizatorio.

Creo que la red y las nuevas tecnologías golpean fuertemente ahí: en su estructura. Y en todo caso la escuela (o la educación quizá) sufre ese cimbronazo y parece tambalearse. Ya el concepto escalafonario, con circuitos terminales fijos, no tiene sustento. Las competencias que imaginábamos hace años que serían eternas sufren a las claras grandes cuestionamientos. Vemos todos los días que lo que enseñamos no alcanza o que todos los días aparecen cuestiones nuevas que no abarca ningún programa. La formación se concibe hoy como permanente y menos escolástica. Las propias fronteras de las disciplinas se vuelven porosas y la escuela ya no es el único espacio de distribución del conocimiento.

Sin duda es un mundo distinto. Sin duda la organización escolar rígida y centralizada no responde a las nuevas demandas y por efecto de estos cambios tecnológicos es claro que la escuela comienza a verse más como un nodo dentro de la red que como un punto terminal y definitivo. Contra todos los pronósticos más pesimistas, Jesús Martín Barbero ha dicho que los medios pueden ser una estrategia por la cual la escuela se reencuentre con su sociedad. Ahora bien, qué tipo de medios, qué tipo de tecnologías o quizá, mejor dicho, qué usos de los medios, qué usos de las tecnologías. Pensar la escuela como nodo más que como fuerte puede ser una interesante metáfora para replantear la relación entre escuela y medios, entre educación y ciudadanía, entre cultura moderna y cultura popular, entre tecnologías y comunicación. Porque finalmente: ¿cuántas veces la mirada instrumental sobre la educación y los medios que tenemos tiene muy poco que ver con las tecnologías y sí mucho que ver con la política?

* Docente e investigador. Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-152779-2010-09-08.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Luciano Sanguinetti expone su perplejidad ante el escenario mediático y ciertas formas de hacer periodismo y comunicación.

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Desde hace un tiempo vengo postergando esta nota. Corrido muchas veces por otras actividades pero también a causa de la vorágine peligrosa en la que se han metido los medios y los periodistas. Proceso que se parece mucho al de los perros que desesperados corren tratando de morderse la cola.

Hace algunas semanas vengo pensando en Víctor Hugo Morales y su feroz pelea por la sensatez en medio de este carnaval de locos en el que los parámetros de lo que hasta hace poco, en la cultura profesional, se llamaba hacer buen periodismo se han trastrocado asombrosamente. No pienso que haya una única manera de hacer buen periodismo ni que ese buen periodismo se defina en términos ideológicos. Pero lo cierto es que hoy una parte de los profesionales parece haber entrado en una especie de guerra de vanidades, de sobreactuada guerrilla, en donde los criterios de jerarquización informativa y relevancia social de las noticias se ven vapuleados en orden a ver en cuánto lo que hacen puede perjudicar a tal o cual sector político, como si fueran ya los periodistas, actores principales de la contienda, metidos hasta el cuello en sus respectivas trincheras, sin pensar en lo que hay en el horizonte ni a quiénes sirven sus disparos. Esa nota se iba a llamar “La secta de los sensatos”. Y parafraseando un viejo cuento de Borges imaginaba a unos pocos sabios tratando de poner un poco de cordura en medio de fanatismos de toda laya, en una Babilonia tan argentina como insensata. Víctor Hugo ejercía en ese imaginario ensayo la virtud de la moderación que paradójicamente se volvía un arma revolucionaria.

Después pensé que era más interesante referir la forma en que los medios, en particular Clarín y La Nación, casi hacen “desaparecer de la esfera pública” el proyecto sobre la despenalización del aborto que impulsa un número importante de legisladoras de casi todo el arco ideológico, sin que esa noticia apareciera mencionada, apenas si quieren, en un minúsculo recuadro en la última página de sus diarios, ni en los flashes de sus radios, ni en los noticieros de sus canales de aire, ni en los programas periodísticos de sus señales de cable, ni en sus repetidoras, ni en sus portales de la web, ni en sus exposiciones rurales, ni nada, nadie, nunca, parafraseando al viejo Saer. Esa nota se iba a titular “¿Qué hacés, Estela, tanto tiempo?”, con su vaga inspiración carvereana. Porque en medio de la nota recordaría que una de las impulsoras del proyecto se llama Estela Díaz, quien fue una de mis compañeras de secundario y delegada eterna del curso, siempre al frente de todo, con la sonrisa de siempre, ahora en el centro de la tapa de Página/12.

Más tarde pensé que debía dejar de hacer sociales a través de los diarios, e imaginé que era más útil usar este espacio para referirme a cómo se está desarrollando el relevamiento de medios por parte del viejo Comfer, hoy Afsca, sobre las frecuencias de radio y televisión de todo el país, para ordenar de una vez por todas, como corresponde, sin parámetros de corto plazo, el espectro radioeléctrico y el seguramente desenfrenado, arbitrario, centralista, criterio con el que se distribuyeron las frecuencias de comunicación en el país desde tiempos inmemoriales.

Pero en medio de todo esto leí una nota en Perfil.com, en donde un periodista escribe una crónica sobre su visita furtiva al estudio donde se emite el programa 6,7,8 de Canal 7. Allí, más allá de ser una crónica de banalidades, lo que se observa es que el periodista se siente como un espía que ha cruzado las filas enemigas.

Entonces, la pregunta que me hice mientras escribía fue: ¿hasta dónde? ¿Qué tipo de ética está gobernando el ejercicio profesional de informar y comunicar? ¿Por qué nadie dice no, esto no lo hago? Si hubo en algún momento necesidad de demostrar que la concentración de los medios en pocas manos era un peligro para el funcionamiento de un sistema democrático en un pequeño país sudamericano, lo que está pasando nos exime de más pruebas. ¿Imaginen si el dueño de ese monopolio, por la razón que fuera, se volviese loco? Después pensé si no era yo el que estaba entrando en la misma vorágine. Entonces dejé de escribir finalmente, y abandoné la nota así, sin título.

* Docente e investigador de la FPyCs de la UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-142971-2010-03-31.html

  MEDIOS Y COMUNICACION

Luciano Sanguinetti aporta elementos para continuar debatiendo sobre la necesidad de estructurar políticas comunicacionales que no se limiten sólo y únicamente a pensar los medios, aunque reconociendo la importancia y la centralidad de los mismos.

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El debate que propuso Washington Uranga en su último artículo sobre la conformación de espacio público en la Argentina es la clave. La pregunta fundamental es ¿qué lugar ocupan en ese espacio las corporaciones mediáticas? La respuesta es cómo construir consensos democráticos, progresistas y transformadores en beneficio del bien público que resuelvan los problemas centrales de educación, trabajo, salud, inclusión (y en consecuencia la inseguridad). Las lecciones de los últimos dos años son claras y complejas a la vez.

Si alguien pensó hace algunos meses que aquella vieja consigna del comunicólogo colombiano Jesús Martín-Barbero (me refiero a la que daba el título a su clásico trabajo “De los Medios a las Mediaciones”) ha perdido vigencia por el poder de fuego demostrado por los medios en el último tiempo, es porque no leyó bien el libro. Martín-Barbero nunca dijo que los medios no eran centrales en la disputa por la hegemonía; lo que dijo es que la respuesta a la pregunta por aquella hegemonía no alcanzaba con remitirla exclusivamente a saber quién tenía el control de ese poder en términos de propiedad sino, en todo caso, de políticas comunicacionales, en las cuales se articulara lo que el mismo autor señaló como la complicidad entre la memoria popular y el imaginario de masas.

Perón lo dijo de una manera más simple alguna vez: “En el ’45 ganamos con todos los diarios en contra y en el ’55 nos fuimos con todos a favor”. ¿Qué fue lo que cambió entre el ’45 y el ’55? ¿Por qué los trabajadores que se levantaron masivamente el 17 de octubre sin nada más que una esperanza, no defendieron del mismo modo el gobierno que les había otorgado tantos beneficios durante casi una década?

Sintetizando: ¿Qué hizo que la imagen positiva del Gobierno a principios del 2007 se desmoronara menos de dieciocho meses después?

Lo que dicen los manuales es que la hegemonía se construye, que implica necesariamente el movimiento, que es tanto táctica como estratégica, que debe incluir al adversario en el proceso, porque como dijo el mismo Martín-Barbero, “no hay hegemonía sin circulación cultural”.

Pero tampoco deberíamos dejar de recordar que la recuperación de las capacidades del Estado (para usar la categoría que el sociólogo argentino Ricardo Sidicaro utilizó para su libro fundamental Los tres peronismos) en materia económica, educativa, cultural, comunicativa, en síntesis, la crisis temporal de la idea neoliberal del mercado como agente de distribución, no fue una conquista que devino de las organizaciones sociales o políticas en su lenta construcción contrahegemónica, sino producto de la crisis del propio sistema de poder que en el 2001, temeroso de su propio fracaso, saqueó a sus conciudadanos por si las moscas.

Sin embargo, a partir de entonces, fuimos elaborando como sociedad una suerte de decálogo nuevo, que habla de una Justicia independiente, de un Estado presente en el resguardo del trabajo, la salud, la educación y la vida de los jubilados, de garantizar ingresos mínimos para los que menos tienen, de acuerdos internacionales fuertes con nuestros naturales socios latinoamericanos, que una patria mediática sin escrúpulos, ni responsabilidad, trata día a día de socavar. ¿Para proponernos qué? ¿Para que busquemos qué?

Durante estas vacaciones vengo leyendo un libro que debería haber leído hace mucho tiempo. Se trata de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, el mismo que inspirara –y hay algo más que eso– la visión de Coppola sobre el conflicto de Vietnam en Apocalypse Now! Todavía no lo terminé. Y voy como el protagonista, Marlow, avanzando por ese río sinuoso, en medio de una selva cada vez más impenetrable, repleta de peligros que acechan y esperan, buscando a ese personaje siniestro, ambiguo, desconocido todavía, Kurtz, símbolo de todo: el poder, la inteligencia, la belleza, la felicidad. Me pregunto realmente qué encontraremos al final. Lo que presagió Conrad: ¿El corazón de las tinieblas?

* Docente e investigador de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social/UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-139102-2010-01-27.html

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Luciano Sanguinetti asegura que la brecha digital es una falacia si no superamos la brecha cognitiva. Para ello, sostiene, se necesita planificación y convicción.

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Tengo un amigo que se hizo a pulmón una casita en la playa. Para ser más precisos, en Chapadmalal, a unas treinta cuadras de los viejos hoteles de Perón. El año pasado pasé con su familia y una parte de la mía una semana. Como la playa no está cerca íbamos en bicicleta, a veces caminando. La pasamos bien, y varias veces fuimos temprano con el termo y el mate a desayunar tirados en la arena. A esa hora de la mañana, y ante los imponentes hoteles y algunos surfistas desprevenidos, las reflexiones eran inexorables.

A mi amigo le gusta filosofar y, como imaginarán, llegó a la misma conclusión que todos: es probable que no haya lugar más lindo de la costa argentina y Perón hizo ahí la famosa residencia presidencial y los vastos hoteles con la convicción de que los pobres se merecen la misma semana de descanso que el presidente.

Hoy en día aquella infraestructura permanece casi intacta como testimonio de las políticas sociales igualadoras del primer peronismo sin que haya habido hasta el momento política social que la supere. Aquella Argentina increíble todavía perdura en la memoria como un mito, incluso para los que no la vivimos; como si esos hoteles fueran el vestigio arqueológico de una civilización perdida.

Cuando la semana pasada escuché la profusa difusión que se le dio en las radios porteñas al plan de conectividad Ceibal de la república uruguaya recordé de inmediato el viejo (cinco años en el campo de las tecnologías de información y comunicación es demasiado) informe de Unesco sobre educación que lamentablemente pasó casi inadvertido. Publicado en el 2005, lleva un título pomposo “Hacia las sociedades del conocimiento”. Sin embargo, de algún modo es una elegante admisión de los errores de diagnóstico producidos tanto por la misma institución como por otros organismos multilaterales que durante la última década nos inundaron con eslóganes y programas seudo rigurosos sobre la mal llamada Sociedad de la Información. En ese texto, cientistas sociales de los más diversos países y especialistas internacionales reconocen y advierten que la tan mentada brecha digital es una falacia si no superamos a su vez la llamada brecha cognitiva. Palabras más palabras menos, los especialistas del mundo reconocen que no basta con conectar a individuos y pueblos a las redes de información si no impulsamos complementariamente una apropiación de esa información transformándola en conocimiento. Para eso los especialistas vuelven a mencionar a las instituciones educativas como elementos fundamentales.

En este sentido, el Plan Ceibal da en el blanco. Ceibal, además de referir al árbol nacional uruguayo, es la sigla de Conectividad Educativa de Informática Básica para el Aprendizaje en Línea que desarrollan una serie de organismos nacionales bajo la directa iniciativa del presidente Tabaré Vázquez, sobre la base del proyecto impulsado por Nicholas Negroponte del MIT.

No estamos aquí para justificarnos con que el plan uruguayo es factible por la reducción de su territorio, que la gran masa urbana de ese vecino país se congrega en unas pocas grandes ciudades, que su población escolar es casi la misma que la de La Matanza, que el nivel de conectividad es menor que en la Argentina.

Lo cierto es que ellos lo lograron. Que vienen trabajando hace tres años en forma sostenida y coordinada y allí están los logros. Sin embargo, tampoco tenemos que negar lo que ya hemos hechos nosotros. Tenemos hace varios años el portal educativo Educ.ar funcionando con óptimos resultados, hace tres años se puso en el aire la primera señal educativa Encuentro, hoy de referencia en toda América latina. En algunas provincias, como es el caso de San Luis, ya tienen wifi en todas las escuelas, y en otras, como puede ser el caso de la provincia de Buenos Aires, se ha probado que el Estado puede producir textos escolares en formato virtual de libre acceso.

¿Qué nos falta?

Básicamente la coordinación y sistematización de un plan de conectividad que reconozca y articule todas las particularidades de nuestro territorio geográfico y cultural. Pero también una convicción.

* Docente e investigador. Facultad de Periodismo y Comunicación Social. UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-136274-2009-12-02.html

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La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual ya fue sancionada. Pero el debate sigue abierto y los ecos continúan. Luciano Sanguinetti ofrece una original síntesis de la norma, agregando una cuota de humor.

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1 Todos los habitantes del territorio argentino podrán acceder o brindar servicios de comunicación de radio o televisión. Esta actividad es considerada de interés público, fundamental para el desarrollo sociocultural de la gente, por la cual se hace realidad el derecho humano inalienable de expresar, recibir, difundir e investigar informaciones, ideas y opiniones. Pueden llevar adelante este servicio las personas que los anima el lucro, las que no y las que mediante la decisión soberana del pueblo tengan la función temporaria de administrar el Estado.

2 Las licencias serán adjudicadas por concurso público. A fin de garantizar los principios de diversidad y pluralidad, se establecen las siguientes limitaciones, sean éstas para sociedades o personas con nombre y apellido. El jugador que quiera tener una señal audiovisual satelital por suscripción no podrá tener nada más. Lo siento. Los otros pueden tener hasta diez licencias de servicios de comunicación audiovisual, con una yapa de una señal de contenidos; a los que les gusta la radio, el límite de licencias es 24. Desde Ushuaia a La Quiaca, como diría León Gieco.

3 Cuando se trate de licencias de servicios de radiodifusión por suscripción con vínculo físico en diferentes localizaciones, la autoridad de aplicación determinará los alcances territoriales y de población, no sea cosa que alguno se quiera hacer el vivo.

4 En el orden local sólo podrán contar con una radio AM; una radio FM o hasta dos licencias cuando existan más de ocho en el área primaria de servicio; hasta una licencia de radiodifusión televisiva por suscripción, siempre que el solicitante no fuera titular de una de televisión abierta. En ningún caso la suma del total de licencias otorgadas en la misma área podrá exceder la cantidad de tres licencias. Si no les alcanza con los medios radiales y televisivos que aquí se mencionan, los jugadores podrán tener todos los diarios que quieran.

5 Si no entendieron los puntos 3 y 4 pregúntenle al señor Mariotto.

6 Ante cualquier conflicto los jugadores deberán someterse a la autoridad de aplicación compuesta por un presidente y un director designados por el Poder Ejecutivo Nacional; tres directores propuestos por una Comisión Bicameral del Congreso y dos representantes del Consejo Federal de Comunicación Audiovisual. Para evitar quejas en el Parlamento, sus directores deberán representar uno a la mayoría, otro a la segunda minoría y el tercero a la tercera (por supuesto que cuando las minorías sean mayoría tendrán la presidencia, y por lo tanto dejarán de quejarse).

7 La multiplicidad de licencias a nivel nacional y para todos los servicios en ningún caso podrá implicar la posibilidad de prestar servicios a más del 35 por ciento de los habitantes del país. De este modo, los jugadores deberán saciar su omnipotencia por otros medios.

8 Los jugadores que en la actualidad incumplan alguna de estas reglas tendrán un año para ajustarse a ellas. Mientras tanto seguirán recibiendo los beneficios de la posición dominante que ejercen desde la dictadura militar en adelante, lo que no es poco.

9 Las universidades tendrán la posibilidad de difundir y hacer extensión universitaria por televisión y radio como hasta hace poco tiempo lo hacían a través de los libros. La universidad que no lo haga atrasará por su cuenta.

10 La radio y la televisión es un servicio de interés público no solamente un negocio. Sirve para difundir ideas, compartir experiencias, expresar sentimientos individuales y colectivos, y además, para ganar plata. Pero no todos los jugadores tienen la obligación ni las ganas de hacerse millonarios a costa de los demás.

11 Ante cualquier reclamo por discriminación, censura, falta de ética periodística, etc., los jugadores podrán recurrir al defensor del Público, quien deberá analizar e investigar dicha denuncia. Ahora bien, previamente los denunciantes deberán revisar sus propios actos discriminatorios, censores o faltos de ética.

12 Los pueblos originarios podrán presentarse ante la autoridad de aplicación para solicitar los medios de comunicación que deseen, siempre y cuando respeten las normas aquí suscriptas. En ningún caso pueden cometer sobre otros argentinos o extranjeros, las tropelías que se cometieron con ellos, aunque algunos lo lamenten.

13 Los jugadores podrán ejercer libremente su derecho a pensar, hablar, escribir, producir, información y cultura en general a través de los medios radiofónicos y televisivos. Quien no lo hiciera no podrá alegar en su favor la connivencia con empresas privadas, mafias, gobiernos o sus hijas. En este último caso, Dalma y Gianina están exentas por obvias razones.

14 Los jugadores que actualmente sean dueños de medios o los simples mortales que no compartan estas normas tendrán la oportunidad de modificarlas cada dos años en las elecciones nacionales. Para ello deberán obtener una mayoría de legisladores (diputados y senadores) que concuerden con sus intereses y levanten la mano en la respectiva sesión, pudiendo haber pasado el anteproyecto por todas las comisiones que quieran.

* Periodista. Docente e investigador de la FPyCS-UNLP


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-133424-2009-10-14.html

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Luciano Sanguinetti sostiene que en los debates actuales se pretende evitar que cualquiera ingrese en un espacio que consideran privado y de carácter económico.

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Me llegaron comentarios sobre el último artículo (“Saber y enseñar”, publicado el 5 de agosto en este diario). Me puse a pensar qué había en ese texto que causaba estas reacciones. Lo volví a leer. Descubrí que no eran grandes ideas. Ni siquiera puedo decir que sean originales; es decir, comencé a criticarme. Después me pregunté por qué tenemos que ser originales. Lo volví a leer (¡cuidado con la megalomanía!, me dije). Observé en esa tercera lectura que lo interesante del artículo estaba en otra parte, en un aspecto que yo no había considerado demasiado y que mucha otra gente sí; en el fondo el texto reflejaba, más allá del discurso explícito, la sensación que tenemos muchos de que hay una parte del país que sólo habla de lo mal que hacen las cosas los otros, y otro, medio desapercibido, que, por el contrario, trata, no sé, de poner el hombro, incluso más allá de las dificultades o las diferencias.

Lo mío era un mensaje del tipo: “Bueno, che, hagamos algo, tenemos una oportunidad y una necesidad. Los pibes están reclamando, se están matando en los boliches, con el paco, o quizás ni siquiera eso, y se acomodan en alguna vereda con una cervecita, indiferentes, viendo cómo los demás se matan”. El artículo reflejaba ese sentimiento, aunque yo no fuera consciente cuando lo escribí.

Ahora se nos vienen dos o tres debates interesantes: la ley de servicios audiovisuales, la despenalización del consumo privado de ciertas drogas y la ley de educación superior. Y por supuesto, las famosas retenciones. La lista sigue...

Vayamos por lo primero. La tesis básica de un libro fundamental del pensamiento político contemporáneo, me refiero a Historia y crítica de la Opinión Pública, del filósofo alemán Jürgen Habermas, puede ilustrar bien el conflicto que se suscita con relación al debate sobre la nueva ley de radiodifusión. Habermas dice que la “esfera pública burguesa” nacida durante el siglo XVIII, particularmente en Inglaterra, se constituyó en un proceso progresista mediante el cual los ciudadanos comenzaron a desarrollar entre la esfera de la vida privada (y su economía) y el ámbito de la autoridad estatal un nuevo espacio de representación y crítica en el cual se encontraban con sus pares, democrática y políticamente, en el sentido griego, para ejercer un control del Estado sobre la cosa pública, es decir, sobre lo que les era común como integrantes de una sociedad. Habermas observa que este nuevo espacio constituido al calor de la filosofía política iluminista es uno de los momentos fundamentales de las democracias modernas. El problema, observa Habermas, es que este espacio que se articuló necesariamente en los periódicos de la época, como aquellas famosas tribunas de doctrina donde los ciudadanos utilizaban los medios para expresar sus posiciones ideológicas, decayó en los siglos XIX y XX cuando esos mismos periódicos, por el avance del sistema capitalista, se fueron convirtiendo en una industria, es decir, en productores, más que de ideologías y posiciones políticas sobre el bien común, de mercancías. La pregunta que se hace Habermas es cómo ejercer la libre representación de lo público en un espacio que tiene dominio privado cuyo objetivo no es político, sino económico.

Esta es la única explicación desapasionada que encuentro para pensar en el problema que tenemos. Es decir, la mayoría de los grandes oligopolios privados de comunicación no quieren lisa y llanamente que el Estado se inmiscuya en una actividad en la que creen tener derecho como simples productores de mercancías. ¿Acaso no son ellos finalmente responsables de que la ley de la dictadura no se haya modificado hasta ahora? Recordemos si no lo que pasó hace poco cuando nos lavábamos las manos dos veces cada media hora como si nos hubiera agarrado alguna de esas nuevas fobias compulsivas. Teníamos miedo de acercarnos a un desconocido a menos de un metro como si todos fuéramos terroristas. En la farmacia te atendían con barbijo (yo temblaba cuando pedía una aspirina). Y el mate era de pronto una bebida solitaria. La gripe A se parecía mucho a ese fantasma invisible que azota las ciudades en muchas películas recientes de ciencia ficción, tipo “Exterminio” o “Soy leyenda”. ¿Y esto por qué? Básicamente por la acción de los medios de comunicación. ¿Alguien podría imaginar si todo ese esfuerzo comunicacional lo ponemos en luchar contra el consumo de paco?

Lo que habría que recordarles entonces a los propietarios de los medios es que de la misma manera que los Estados contemporáneos no son los mismos del siglo XVIII, donde el poder era ciertamente absoluto, los ciudadanos fuimos ganando derechos, que en principio, en el campo de las comunicaciones, garantizaron para ellos la libertad de expresión, conquista típica del siglo XIX, en el siglo XX para los trabajadores de prensa, los periodistas, los comunicadores, y en el siglo XXI para los informados. Es decir, en este debate hay medios que quieren volver al siglo XIX y nosotros alcanzar el XXI.

* Docente e investigador de la FPyCS-UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-131822-2009-09-16.html

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A partir del anuncio oficial de la creación de una señal de televisión satelital pública, Luciano Sanguinetti formula propuestas para articular la producción televisiva con la educación.

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El anuncio de la creación de una señal de televisión satelital pública que alcance todos los rincones del país no puede ser mirado más que con satisfacción por quienes creemos en la importancia de las comunicaciones en las sociedades democráticas y sabemos que, a pesar de que arribamos al final de la primera década del siglo XXI, hay muchos conciudadanos que todavía están, en materia de medios, viviendo en el siglo XIX. La satisfacción es aún mayor cuando el enfoque que se le pretende dar es, entre otros, el de una señal educativa que redoble los esfuerzos encomiables que se están haciendo desde el canal Encuentro.

Porque es cierto, unas de las experiencias más originales en materia televisiva se desarrolla en este canal público. La sinergia entre científicos, cineastas, pedagogos, productores de televisión, guionistas, historiadores, actores, etc., está generando propuestas de calidad, creativas y entretenidas. Lo prueba cómo se corre la voz entre los jóvenes, que generalmente despotrican contra el sistema escolar y hablan con respeto de lo que ven en esta señal, aunque los temas sean tan intrincados como el calentamiento global, la poesía de Borges o la lucha fratricida entre unitarios y federales. Que esta experiencia no tenga cabida en las otras señales televisivas abiertas (ni en los diarios impresos, convengamos) resulta una comprensible paradoja, habida cuenta de la insoportable autorreferencialidad que muestra la televisión comercial. Como si la reacción del medio ante la crisis de representación de lo real sea morderse la cola.

Ahora bien, para no hablar siempre mal del vecino, ¿hacia dónde deberíamos encauzar los esfuerzos? Pienso cuatro sugerencias:

- Articular fuertemente la nueva secundaria a las tecnologías de información y comunicación (miles de adolescentes están ingresando por primera vez al secundario y varios millones lo harán en los próximos años, ya que la Ley Nacional de Educación estableció en el 2006 la obligatoriedad de ese nivel). Los pibes nos lo están diciendo. Son nativos digitales. Nacieron en un mundo mediatizado. Internet, YouTube, Google, los blogs, el celular son su lenguaje, sus formas de sentir y de pensar.

- Desarrollar una intensa y continua campaña de capacitación para los docentes actuales, formados todavía en la ideología de la escuela sarmientina, para que aprendan la utilidad de los recursos audiovisuales, informáticos, televisivos y virtuales. Necesitamos rápidamente que la escuela se abra a los medios y los medios a la educación. El texto impreso fue el eje de la escuela moderna; los formatos multimediales, la escuela contemporánea. Pero hay una condición necesaria: la conectividad de todas las escuelas del país y producir contenidos.

- Impulsar una reforma profunda en la formación de los futuros maestros en la que las mediaciones tecnológicas de información y comunicación no sean un apéndice en las estrategias de enseñanza aprendizaje sino parte constitutiva de la cultura escolar. Aquí el aporte de las universidades puede ser valiosísimo.

- Comprometer seriamente a los ministerios de Educación de cada provincia juntamente con el nacional (que por otra parte lo viene haciendo con significativo éxito, finalmente el canal Encuentro fue una iniciativa de ese ministerio durante la gestión Filmus) a producir contenidos educativos sean estos audiovisuales, digitales o impresos. La experiencia del Programa Textos para Todos de la provincia de Buenos aires, donde se articularon imaginativamente el Estado y el sector privado, puede ser un modelo. Porque los medios importan si tenemos un mensaje.

Hago estas propuestas en un momento en el que pareciera reinar cierta confusión. Donde un hombre común puede tener 83 millones de pesos de patrimonio; cuando Martínez de Hoz vuelve a ser el apellido ilustre del anciano fundador de la Sociedad Rural y no el del responsable de la destrucción de la economía argentina y ministro de Economía de la última dictadura militar; donde un golpe de Estado puede hacerse para defender la Constitución; cuando el vencimiento del contrato de un periodista puede ser un hecho de censura pero de otro periodista no; donde un prelado diga que los preservativos no son útiles para prevenir enfermedades de transmisión sexual y que el título de muchos diarios sea que un material de capacitación docente es neomarxista; cuando después de las elecciones ninguno de los partidos políticos que asistieron a la mesa del diálogo propuso modificar la ley de radiodifusión de la última dictadura... Me detengo... Escucho que “el campo” no se puso de acuerdo con el Gobierno o que el Gobierno no se puso de acuerdo con “el campo”, como prefieran. Y pienso en ese pequeño espacio televisivo en donde se habla de Borges, de Perón, de átomos, con gente que ha dedicado su vida a estudiarlos más allá de la coyuntura con el único anhelo de saber y enseñar.

* Docente investigador. Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-129411-2009-08-05.html

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Los medios se metieron en la campaña electoral... y la campaña electoral en los medios. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo juegan sus intereses? Luciano Sanguinetti opina sobre la forma como se incluyen los medios en la campaña y acerca de cómo el público genera sus propios recursos de comunicación. Y Carlos De Angelis rescata elementos para reflexionar acerca de la vigencia de la prensa escrita, quiénes la abandonan y quiénes siguen optando por este medio.

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Los medios y la campaña electoral

Habría que celebrar esta campaña electoral. Y celebrar dos cosas: el trabajo de los medios de comunicación y el trabajo de la gente.

Vayamos por lo primero: los medios. Desde los que se dedican a la información hasta los que hacen entretenimiento.

En realidad, desde la refundada democracia en el ’83 hasta ahora, probablemente nunca fueron más objetivos. Digo, más objetivos en mostrar y demostrar cuáles eran y son sus intereses. Todos.

¿Es malo eso?

No. Lo que no tiene es remedio.

Porque de algún modo sería ingenuo suponer que, como actores políticos en la sociedad, los medios no tienen (y defienden) sus intereses.

Que sus productos sean noticias (es decir, construcciones simbólicas sobre cómo es el mundo y sus avatares cotidianos) no los excomulga del resto de las otras industrias dedicadas a elaborar mercancías que circulan también en este mundo.

¿No habrá que exigirles a esta altura, como al resto de las otras mercancías, un mínimo de calidad?

Sí. Porque nunca antes actuaron de manera más desembozada. Y juegan con fuego.

“Bueno, no es para tanto; no afectan la salud”, nos dirá exculpándose algún empresario periodístico.

¿Pero las sociedades no se enferman también?

Digresión: la semana pasada un diario porteño tituló en su tapa, para referirse a las colas que había en los hospitales: “Gripe A: colapsan servicios médicos y piden cautela”. Enseguida recordé la Alemania de los años ’30, y aquel film genial de Ingmar Bergman, El huevo de la serpiente. Recordé a Orson Welles y su radioteatro sobre la invasión marciana, del ’38, previo a la Segunda Guerra Mundial. Y recordé también que aquí nomás desaparecieron 30.000 personas y apenas si hubo alguna gacetilla que decía “subversivos caen en un enfrentamiento”.

La pregunta es por qué ahora sí y antes no.

Sencillamente porque antes los partidos políticos no eran tan débiles y la gente no estaba tan expuesta a los medios. Más lo segundo que lo primero.

Que una encuesta diera por resultado que un 15 por ciento de los porteños admitiera que “Gran cuñado” tendrá influencia en su decisión electoral no hace más que confirmarlo.

Que en ese mismo programa, Francisco de Narváez reconociera cuánto lo estaba ayudando el programa, cierra el círculo. A confesión de parte, relevo de prueba.

En los Estados Unidos tienen una práctica saludable: los periódicos informan un tiempo antes de las elecciones a qué candidato apoyan. Eso daría a los medios una mayor transparencia. Porque la transparencia no supone desinterés: nadie está ajeno a las disputas y conflictos que hacen la historia.

Quienes dicen actuar por desinterés, en realidad demuestran que creen estar por encima de los demás.

¿Quién puede estar en una democracia por encima de los demás?

Nadie. O en todo caso, sólo aquellos que saben o suponen que sus intereses no deben estar sometidos al escrutinio público.

¿Y la gente?

La gente porque nunca también como antes se involucró tanto políticamente. Y no solo se involucró sino que armó sus propios medios, especialmente las redes, los celulares, las pantallas de YouTube, los blogs, para hacerse sentir y trabajar, por fuera de la estructura monopolizadora de la información que imponen las grandes corporaciones mediáticas.

La blogósfera se llenó de ciberactivistas, de militantes, de ciudadanos preocupados por el país y por los medios, haciendo una suerte de contrainformación permanente.

Nunca como antes el instrumento político fundamental del juego democrático (la comunicación y los medios que la hacen posible) se ha sometido a ese escrutinio público.

Y más, mucho más, los jóvenes y no tan jóvenes.

Pienso: si la globalización fragmenta la sociedad y concentra poder, no hay otro medio para enfrentarla que transparentando el poder y democratizando la sociedad y sus medios.

Todos.

* Docente e investigador de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-126780-2009-06-17.html

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A partir de un recorrido sobre la obra de Rodolfo Walsh, Luciano Sanguinetti propone una reflexión sobre la ética periodística y sobre nuestras propias actitudes ante la vida.

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Encontré Operación Masacre en la biblioteca de mi viejo. Corría la dictadura y yo tenía, creo, 16 años. Supongo que era herencia de la biblioteca de mi abuelo que fue director del diario católico El Pueblo, quizás uno de los últimos diarios confesionales masivos. En 1945, por una nota alusiva al 17 de Octubre y proclive al movimiento peronista en ciernes, se vio obligado a retirarse de la conducción del periódico. Como imaginarán, el abuelo era un nacionalista conservador (con todo lo que eso implica para los años cuarenta) que las circunstancias históricas pusieron ante un dilema. La leyenda familiar cuenta que, entre otros perjuicios, como consecuencia de aquella decisión, perdimos la modesta fortuna de una quinta y un caballo blanco en el que mi viejo y sus hermanos jugaban a los cowboys.

Hace algunos meses, a propósito de un seminario sobre Dilemas Eticos del Periodismo en la Maestría de Periodismo de la UBA (algunos alumnos podrán en este momento recordar la clase), había observado las diferentes éticas que Walsh había desarrollado en su vida profesional. Les recordaba a los alumnos que el primer Walsh, el que va de la serie de novelas policiales como Variaciones en Rojo hasta Operación Masacre en 1957, está ligado a la idea del periodista como detective, en el mejor estilo de la novela inglesa. Hay una ética racionalista, y el trabajo del periodista es descubrir la verdad (¿quién es el asesino?) y presentarla ante la opinión pública (una suerte de lector de la novela de la vida) para que la justicia, al fin y al cabo, cumpla con su cometido. Ahí el periodista usa las dos armas fundamentales del conocimiento: la sensibilidad y la razón, como el Guillermo de Baskerville, que plasmó Umberto Eco en El nombre de la rosa. Si buscara ahora el libro en la biblioteca de mi viejo encontraría estas palabras: “Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas”.

La segunda ética la podría representar los trabajos que Walsh publicó en la revista Panorama, entre 1966 y 1970. Ahí pareciera que la función del periodista es como la del antropólogo, darles voz a los que no la tienen. Reflejar sus visiones del mundo, sus rasgos y lenguajes, registrar (Aníbal Ford recordaba en un artículo premonitorio sobre Walsh que fue uno de los primeros en hacer uso del grabador) sus costumbres en el norte misionero, en los carnavales, en los leprosarios. Hay ahí seis lecciones de periodismo, imposibles de pasar por alto.

Hacia fines de esa década, Walsh pareciera entender que ya no alcanza con comprender el mundo, ni con presentar las pruebas ante unos jueces ciegos, ni darles la voz a los que no la tienen, lo que se exige es transformarlo. Para eso las herramientas del periodismo y la comunicación son fundamentales (de eso hablan su trabajo en el diario de la CGT de los Argentinos, en los talleres de periodismo en las villas, su participación en la contrainteligencia), acaso para no terminar defraudado como el personaje de Nota al pie, por haber vivido reproduciendo para La Casa “el linaje esencial de los imbéciles, el cromosoma específico de la estupidez”. (¿Alguien habrá escrito ya sobre las trasmutaciones del significado de las casas en la literatura argentina, desde la casa de los hermanos en Casa tomada hasta La Casa de León de Sanctis?) Aquí el compromiso de Walsh va a ser tan claro y sencillo que nos exime de comentarios.

Finalmente, el terrorismo de Estado, los propios errores, la muerte de los seres queridos, el refugio en el Tigre, llevan a Walsh a interpretar que ya es otro tiempo, el tiempo de “sentir la satisfacción moral de un acto de libertad”, como escribió en los documentos de Ancla. Aislado, perseguido, disfrazado, escribe con su nombre y apellido, cosa que no hacía desde principios de los setenta, otra cumbre de la literatura argentina: Carta abierta de un escritor a la Junta Militar y Carta a mis amigos, referida a su hija. Aquí el periodista habla (“sin esperanza de ser escuchado”, intuye) para el porvenir como un artista.

Presiento que de pronto estas reflexiones nos llevaron a una Argentina distinta, de pasiones encontradas, de convicciones, menos oportuna quizás, en la que los dilemas éticos parecían estar más claros y a la vuelta de la esquina. Alguien dirá, quizá con razón, que es una época pasada, que ya no todo es blanco o negro, que hay grises. Yo les digo sin nostalgia: entre los grises también hay diferencias, aunque en el camino, como en la historia de mi abuelo, perdamos una quinta y del caballo blanco nos quede apenas una foto.

* Docente, investigador. FPyCS UNLP.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-123244-2009-04-15.html