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  OPINION


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La crónica del episodio arterial del ex presidente resultó un retrato de sus detractores. Si está internado es porque su ambición de poder lo somete a un esfuerzo patológico. Pars totalis, esta ambición compulsiva y voraz expresa lo que se manifiesta en la mesa cotidiana, en la que come desaforadamente, y en el ejercicio físico interrumpido para dar mandobles, coscorrones y amonestaciones a ministros, punteros y opositores. Para ciertos editorialistas los sujetos moralmente negativos y políticamente desastrosos son también biológicamente inviables, autodestructivos.

Para ellos, muchas veces defensores del realismo científico (como cuando no hay alternativa a recortar el presupuesto para asegurar el honor en los mercados y desasegurar generaciones), la enfermedad tiene etiología, más que psíquica, moral. Como en los films americanos de los ’90, en que los inadaptados sociales fuman, en el guión de los atildados los malos ganan las enfermedades que los minan. En las sociedades que congelan sus jerarquías con rituales que las refuerzan, se denuncia el valor negativo del apuro y la ansiedad. Para quienes está todo tan bien en su lugar, lo peligroso es el cambio, no es necesario ningún esfuerzo que las energías ordinarias no puedan superar y la tentativa de buscar la masa crítica que permita erosionar lo establecido resulta desviante y patológica. Pinches amortizados, muertos en vida y mortificantes de todo lo que se mueve.

A la percepción de los contreras se puede oponer la de adherentes y seguidores. Las jóvenes filias kirchneristas invocan míticamente las transiciones al peronismo de altri tempi (tantas abuelas evitistas recientemente descubiertas evocan aquello de que con las astillas que se reivindicaban propias de la cruz de Jesús se hubiera construido la armada invencible). Testimonios apócrifos aparte, valga la pena pensar que la imagen de K puede llamar más allá de la máscara del hombre impulsivo, controlador, desconfiado y vengativo que le otorga la oposición cultural. También pudo ser visto como el médico de guerra que opera en la trinchera, blasfemando, corriendo y siempre exhausto.

Quizás por eso es que su anterior accidente arterial redundó en cierta popularidad. Y quizás es por eso que, esta vez, para atenuar la reactividad autoincriminante que suele manifestar su nicho sociocultural (y la vergonzante risa de la desgracia ajena), algunos diarios sellaron sus ciber-letrinas para diatribas sin límite de homúnculos frustrados. En menor medida estaban presentes en las columnas de los diarios en que, con lenguaje alambicado, fueron tan obscenos como los foristas podrían haberlo sido. La moralización de las fatalidades es socialmente tan recurrente, tanto como reveladora de las divisiones que hoy oponen cierto conservadurismo contradictoriamente oscuro y new ager a un muchachismo que se santifica en el ajetreo desprolijo del ex presidente. Muera el colesterol.

* Sociólogo.


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-153263-2010-09-16.html

  OPINION


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Comparado con serial killers como Federico Sturzenegger –aquel que el Frepaso quería considerar progresista porque había hecho un doctorado–, Lucas Llach es buenito –y hasta se lo podría considerar más porque, al igual que la gente como nosotros, le gusta la literatura–. Y no sólo por eso, a primera vista, parece más bueno que aquel que describía el deficit cero como una política sencilla (“no hay, no se paga”), sino también por onda y porque cierta pietà lo invade a través de los genes y entonces uno lo imagina capaz de condolerse de las que sean sus víctimas cuando a él le toque comandar algunas área económica (¿presupuesto?, ¿política industrial?, así hasta que, en fin, le toque ser ministro). Tan es así que algunos de sus amigos lo acusaban de nac&pop. Pero aun así uno no tiene cómo no asombrarse, cómo no preocuparse cuando lo lee desplegar sus ocurrencias a cielo abierto. Su carrera de “loco izquierdista” ha terminado y vuelve maduro, con experiencia propia, a las lecciones de siempre.

Doblando la puesta de los que proponen un subsidio universal, Llach dice en su blog (blogs.lanacion.com.ar/ciencia-maldita): “Pienso en voz alta una alternativa, un poco más en la línea cristinista de que el camino para salir de la pobreza es el empleo. ¿No podría actuar el Estado sencillamente como ‘empleador de último recurso’? Garantizar que tomará como empleado, a un salario algo menor al mínimo legal –digamos, 1200 pesos– a quienquiera que estuviera dispuesto. Entiendo que puede sonar ridículo aumentar el ‘empleo público’ cuando casi todos creemos que sobra, pero aquí sólo se trata de algún sistema para detectar quién no tiene una alternativa mejor que pasarse ocho horas limpiando una escuela o barriendo una calle o pintando un cartel por 1200 pesos por mes”.

En tan poco logra implicar tanto que antes de criticarlo agradecemos su capacidad de condensación:

1. Que los pobres no trabajan porque no quieren.

2. Que 1200, pese a que él no está de acuerdo con las mediciones de pobreza e inflación que ofrece el Indec, es una remuneración movilizante para realizar lo que el autor no puede dejar de describir, de forma despectiva y asqueada, como un trabajo vil.

3. Nuestro blogger asume que el candidato a este subsidio puede presentarse como “quien no tiene una alternativa mejor que pasarse ocho horas limpiando una escuela o barriendo una calle o pintando un cartel por 1200 pesos por mes”. Sólo falta que, como me lo recuerda mi hermano, dijese como el capanga que cantaba Zitarrosa: “tírenle dos arrobitas nomás, y que se mande a mudar”. No necesita sin embargo ser taaan cachaciento. Su descripción de las situaciones sociales no es ni inocente ni inocua: falta la crítica y sobra la crueldad –una crueldad que alguien mínimamente atento a las formas hubiese querido o al menos creído conveniente, moderar–. La verdad es que, con o sin literatura, Llach está tan incapacitado como Sturzenegger para pensar las formas y su propia estética de un modo cabal: con la misma banalidad con la que Sturzenegger excitaba a quienes creían ver en su frontalidad sádica un hecho disruptivo, Llach apela al famoso “hay que ser más diplomático” frente a un debate tan sensible, sin que su argumento se deje penetrar un milímetro por esas sensibilidades que parece respetar.

4. Más aún: su breve descripción, infatuada de superioridad, es un mecanismo más de reforzamiento de la desigualdad entre este futuro ministrito y el supuesto candidato al subsidio (una desigualdad que no habrá mérito que la justifique).

Buenos muchachos, flacos, pulcros, republicanos, tolerantes, nunca olvidan el cinturón de seguridad y cada viernes se asoman a tu oficina y te saludan con un amable “buen finde”, y hasta pueden compartir un porrito. Hacen su trabajo con alegría e inteligencia y por ello plenos de eficacia, buscando la optimización en el uso de los recursos. Ya los vemos retornar, pregoneros de una estética del rigor que siempre sufren otros, futuros enterradores de la próxima pantalla/cementerio que sigue.

* Profesor del doctorado en Antropología Social (Unsam).


Nota Original: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-130171-2009-08-18.html